Mujeres de la Conquista

Lucía Gálvez

Fragmento

Ubicación en el tiempo: sociedad y mentalidad

La conquista y poblamiento de nuestro territorio se realiza en el tránsito del siglo XVI al XVII, años difíciles, signados en Occidente por las guerras de religión y el espíritu barroco. En lo político, España está perdiendo terreno. No se realizará ya el sueño imperial de Carlos V en Europa, pero en cambio se tratará de mantener incólume el mundo hispánico, preservándolo de las herejías que pudieran venir de atrás de los Pirineos. España se aísla más aún para “mantener la pureza de su fe y costumbres”. Esto contribuye a que se afirme en su misión de propagar “la verdadera fe” en el Nuevo Mundo que acaba de descubrir. La evangelización será, además, la justificación de esa controvertida conquista que hasta los teólogos españoles comenzaban a cuestionar. Por otra parte, evangelizar al pueblo conquistado y, sobre todo, unirse a él sexualmente por medio del matrimonio y el concubinato, fue el mejor modo de proclamar su igualdad ante los ojos de Dios, aunque luego en la práctica esa igualdad no se diera.

Octavio Paz destaca, en su trabajo sobre Sor Juana Inés de la Cruz, que las grandes diferencias que existen entre la colonización latina y la sajona “nacen de opuestas actitudes ante la religión tradicional de Occidente: el cristianismo. […] en tanto que los Ingleses fundaron sus comunidades (en América) para escapar de una ortodoxia, los españoles las establecían para extenderla. En un caso, el principio fundador fue la libertad religiosa; en el otro, la conversión de los nativos a una ortodoxia y una Iglesia. La idea de evangelización no aparece entre los colonos ingleses y holandeses; la de libertad religiosa no figura entre las que moverían a los conquistadores españoles y portugueses”.

En efecto, la idea de la salvación del prójimo no entraba en la ética puritana o calvinista porque no era la acción humana sino la gracia divina lo que podía salvar al hombre predestinado desde su nacimiento. En consecuencia, si los indígenas estaban condenados de antemano, no sólo no había que evangelizarlos sino que se los podía someter y si fuera necesario exterminar. Los españoles, en cambio, tendrían una actitud totalmente diferente hacia el infiel: sería considerado vasallo del rey pero con la categoría jurídica de un menor, dependiente de un encomendero o, en las reducciones, de un misionero. Quedaría así expuesto a un paternalismo cuyo mayor riesgo sería la explotación, pero se le facilitaría el acceso a la religión de los vencedores y no se pondrían reparos a la mezcla de sangres, dando lugar así a una nueva raza. “Frente a la colonización clásica o moderna, que aísla las culturas y los pueblos conquistados en una ‘reserva’, la colonización católica empieza por considerarlos sus iguales ante Dios”, afirma Rupert de Ventós en El laberinto de la hispanidad.

Después de siete siglos de pelear o convivir con los moros y con una presencia judía de larga data en la península, españoles y portugueses estaban acostumbrados a la mezcla de sangres y culturas. Eso los preparó para la experiencia etnográfica que les tocaría vivir, y si bien muchos de ellos eran exponentes de la intolerancia y el fanatismo religioso que fueron en aumento durante el siglo XVII hasta llegar a las guerras religiosas y a las mayores aberraciones cometidas por la Inquisición, otros estaban influidos por las ideas humanistas que inspirarían las justas Leyes de Indias.

Dijimos que nuestro territorio se conquistó en los contradictorios años del barroco y para comprender mejor a quienes fundaron y poblaron sus primitivas ciudades es bueno que recordemos algunas características de la mentalidad de esos hombres barrocos que a la vez vivían en América una realidad a caballo entre el Renacimiento y la Edad Media. Medievales eran las circunstancias en que estaban inmersos: extensiones desconocidas y semidesérticas, distancias desmesuradas, dificultades en las comunicaciones con el poder central, amenazas constantes de ataques, “vasallos” indígenas a quienes proteger y a la vez servirse de su trabajo como verdaderos señores feudales, precariedad de medios, carencia de lo elemental. Instituciones medievales como el adelantazgo y la encomienda confundían su campo de acción con otras instituciones modernas propias de un poder central fuerte y con aspiraciones de serlo cada día más. A esto debe añadirse la vigencia de los valores señoriales y de los ideales caballerescos en la España de esos siglos.

A pesar de que en el mundo renacentista los factores dominantes en el Estado y la sociedad eran el poder mercantil de la burguesía y el poder financiero de los príncipes, en España persistían aún, mucho más que en el resto de Europa, los ideales de la caballería. Apenas cincuenta años habían pasado desde las guerras de la reconquista cuando comenzó la exploración de nuestro territorio. Aún se mantenía el prestigio de los guerreros, principal razón de ser de la nobleza. De allí que muchos conquistadores de Indias se sintieran émulos de los caballeros medievales y llevaran en su equipaje libros de caballería. De allí también el valor temerario del que tanto hicieron gala, las hazañas portentosas y la atracción por lo desconocido.

Otra atracción inconfesada que ejercía sobre ellos el Nuevo Mundo eran las posibilidades de una mayor libertad sexual. Los cuentos sobre las indias desnudas y complacientes habían exaltado muchas imaginaciones. El deseo de enriquecerse rápidamente y la posibilidad de ascender en la escala social fueron también un factor fundamental al tomar la decisión de embarcarse hacia lo desconocido. Se sabía que los “méritos y servicios” derivados de la conquista y poblamiento eran el mejor modo de lograr el acceso a la nueva “nobleza americana” que se estaba forjando. “En Las Indias, vale más la sangre vertida que la heredada”, era un dicho de la época.

Muchas veces, sin embargo, las riquezas eran esquivas. Así sucedió en estas tierras “sin oro ni plata”, donde la realidad obligó a muchos auténticos hidalgos y a otros que pretendían serlo a recurrir al comercio y a otras labores múltiples para poder vivir “conforme a su condición”.

No por esto dejaban de aspirar a un modo de vida casi inalcanzable en sus circunstancias. Una de las características más notables de esta sociedad fue el culto por las formas, aun cuando éstas fueran sólo un ropaje para encubrir la realidad. Y la triste realidad era que no había aquí oro ni plata ni grandes civilizaciones prehispánicas, nada que pudiera ni remotamente compararse con Cuzco o Tenochtitlán ni con la menor de las ciudades de los imperios inca, maya o azteca. Éramos un arrabal del virreinato del Perú, un extremo sur poblado por los grupos humanos más primitivos de América. Desde el punto de vista occidental, aquí no había nada hecho. Estaba todo por hacer.

Cuando recordamos el, para nosotros, absurdo legalismo español, sus rimbombantes fórmulas y títulos resonando en esos pobres cabildos de barro, en esas “ciudades” por cuyas calles de tierra merodeaban chanchos y gallinas y a tres o cuatro cuadras de la plaza comenzaba el campo, comprendemos que quisieran transformar su modesto escenario con la magia de las fórmulas y las palabras altisonantes. Se vivía de irrealidades y sueños de grandeza, se vivía representando una comedia en la que se aparentaba ser mucho más de lo que se era. No en vano para la mentalidad barroca la vida era un sueño y el mundo un gran teatro.

La misma función que cumplían los tapices de Flandes sobre las paredes blanqueadas con cal, la vajilla de plata y los manteles de holanda sobre las rústicas mesas de algarrobo y las faldas de raso y brocado arrastradas por el polvo de las primitivas calles, la cumplían en sus vidas las palabras traducidas en fórmulas jurídicas y en títulos, las ceremonias religiosas y cívicas y el predominio de unos sobre otros. Cada acción que realizaban, al ser eternizada en el papel, adquiría mayor importancia, sobre todo si iba acompañada por signos y ritos de antiguo significado: caminar y cortar ramas al tomar la posesión de un solar o chacra o en la fundación de una ciudad; realizar las distintas ceremonias del pleito-homenaje al hacerse cargo de una encomienda, etc. Por eso los “notarios” —es decir, los escribanos— no faltaron en ninguna circunstancia.

Tampoco faltaron las mujeres —aunque no siempre los documentos mencionen su presencia—, pues si evangelizar y poblar eran los imperativos del momento, para poblar era imprescindible la presencia de la mujer, sobre todo de la mujer española que sería la principal encargada de transmitir a las nuevas generaciones los valores que se

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