ÍNDICE
Portada
Dedicatoria
Introducción
CAPÍTULO 1. El submundo de las “cuevas”
Pescados y rúcula
Un negocio familiar
Delivery boys
La “cueva” de Gordon Gekko
Marche preso
El “arbolito” tapa el bosque
Antros de la aristocracia
Pase pa’l fondo
Amigos de la caverna
Los “corretas”
El llanto de la “cueva”
Los otros ganadores
Cooperando para uno
Los compradores
Los perdedores
CAPÍTULO 2. Historia de una pasión
Liberales pero no tanto
La primera pesificación
Ladrillos en pesos
Ámbito Financiero
El que apuesta al dólar
Ataque ochentoso
“¿Ves que no confiás?”
Uno por uno es negocio
“¿Quién fue el boludo?”
Unidos y dolarizados
¿El ocaso del “verde”?
CAPÍTULO 3. TOC o racionalidad
Amor platónico
La libertad de los ansiosos
Para qué comprar
Para todos los bolsillos
Clase media y capitalismo punk
Des-desarrollados
En Latinoamérica no se consigue
Subdesarrollo mental
¿Importa el paralelo?
CAPÍTULO 4. La gran fuga
Billones del mundo, fugaos
Plata quemada
La legal de las empresas
Una canilla que pierde
“Devaluta” de facto
Sacarla por zurda
Decí que exportás menos
Negocio redondo
Chanchullos filiales
Ingeniería financiera
Tirate un préstamo
¿Muchos o pocos impuestos?
Buquebus lleno
Bueno para mí, malo para el país
Fugan mucho y por derecha
El delfín de la fuga
Más guapo que Moreno
CAPÍTULO 5. Los políticos del partido “verde”
Porque se me canta
Obedientes y desacatados
Los que declaran sus bienes
Por cuatro dólares locos
“Rúcula” de minorías
Todas las manos todas
El apuesta al euro...
Patrones y gremialistas
Menem lo hizo
Divisas declaradas
CAPÍTULO 6. Uno, dos, tres... 1.300 dólares
Pegar en la radio
Los que van a “cuevas”
Parrilla con “lechuga”
Cuando el dólar bajó
El lado oscuro
Medios y sindicalizados
CAPÍTULO 7. La avivada del chiquitaje
La calculadora loca de Echegaray y el dólar-Wainfeld
Botones
Troco reais troco
“Taxicuevas” y “arbolitos” cinco estrellas
Hagan sus apuestas
Campeones mundiales
El Club de los Diez
Dólar “macy’s”, PayPal y los “datáfonos”
Escondrijos
CAPÍTULO 8. Fronteras verdes
Lo más débil del hilo
La City
Patria Grande
El dólar “villa”
De bolsas de orégano y fronteras calientes
Paraguayísima
Jubilaciones adelgazadas
Tasas chinas y dólar saqueo
CAPÍTULO 9. En los márgenes
Sabuesos de imprenta
El Artista
Dólar-merca
Cocodrilo, nunca cartera
Tutti ladri
CAPÍTULO 10. Contrabandistas: todo por un dólar (blue)
La fábrica del mundo
Los dos contrabandos
Área restringida
Números que no cierran
Siga la Vaca
Un control más efectivo
La ruta del contenedor
Las mil y una trampas
Fronterizos
El ingenio de los otros
Llave en mano
Encuentro en Once
Con historia
Entrevista con el vampiro
El jardinero fiel
Epílogo
Agradecimientos
Biografía
Créditos
Grupo Santillana
A Ángela,
a mis padres Miguel y Diana,
a mis hermanos, que son amigos,
a esos amigos que son como hermanos.
ALEJANDRO BERCOVICH
A mis padres Adalberto y Dolly,
a mi compañera Inés y a mis hijas, Luz y Olivia,
a mi hermano Adalberto.
ALEJANDRO REBOSSIO
Introducción
Viajo por todo el mundo pero en la Argentina me siento como en casa. Incluso más a gusto que en el Ecuador o en Panamá, donde me honran con el curso legal y la circulación forzosa. Como dicen las estrellas de rock, ustedes son el mejor público que he tenido. Me ofrecen a gritos en las calles y me buscan hasta en las “cuevas”. Aunque el gobierno empezó a vapulearme en sus discursos y hasta me persigue cuando ando indocumentado, sé que la mayor parte de la sociedad me desea y me cuida cuando llego a sus manos. También estoy escondido en las casas, las cajas de seguridad y las cuentas cifradas en Suiza de empresarios y políticos. Algunos de ellos decían hasta hace cinco minutos que me atesoraban porque les daba la gana y desde fines de 2011 me ningunean y hacen malabares para borrarme de sus declaraciones juradas. Si pudieran, esos ingratos lo harían retroactivamente. Pero ahí estoy, molesto, en el pasado de todo argentino que haya ahorrado alguna vez para algo más que un auto usado.
Soy una sombra verde gigantesca sobre este país condenado al éxito que el consenso de las commodities pintó de color verde soja y decoró con volutas de dorado megaminero. Me han intentado replicar miles de atormentados artistas clase B en todo el planeta a lo largo de un siglo entero, pero nadie lo hizo con tanto amor como Pablito, ese argentino que hace varias décadas estampó su firma con trazo micrométrico en el tronco del árbol que pintó con plumín en una copia de mí casi perfecta. Pocos me veneraron con el fervor de Héctor Fernández, el último falsificador de fama criolla, que llegó al paroxismo de untarme grasa de cerdo para que oliera a mi tinta original.
No ocupo mucho lugar: apenas quince centímetros y medio de largo por menos de siete de ancho. Peso un gramo independientemente del valor que me imprima mi mamá, la Reserva Federal. Con una sola mano nos pueden cargar cuando nos juntamos de a un millón, como sueñan tantos, porque no superamos los diez kilos. Nadie podría decir que estoy excedido; durante milenios ustedes intercambiaron oro y hasta siguen diciendo que algo vale “su peso en oro” si es muy preciado, pero ignoran que diez kilos de oro valen apenas la mitad del millón que cabe en el mismo peso de mis billetes de cien. Si nos apilan a todos los que formamos ese “palito”, como nos dicen acá cariñosamente, medimos lo que un niño de escuela primaria: 1,24 metro.
Mi maniobrabilidad me hace ideal para las coimas y los peajes non sanctos. Aunque mi primo europeo ocupa menos lugar en valijas y bolsillos porque sabe contar hasta quinientos y no frena en cien, como yo, ni en cincuenta, como mi cuñada británica, nunca logró desplazarme de los laberintos del bajo mundo. En la Aduana soy la moneda corriente, aunque siempre voy en un mismo sentido: me deslizan dentro de un pasaporte en Ezeiza para sobornar a un inspector de equipaje o me cuelan en la carpeta de un despachante ansioso por convencer al burócrata del puerto de que se haga el distraído frente al contrabando. En pocas ocasiones me han devuelto, indignados, los destinatarios de esas dádivas. La mayoría me acepta y guiña un ojo. Los hago felices.
Disfruto haciéndolos disfrutar porque en la Argentina pasé algunos de mis mejores momentos. Volé gratis en aviones Fokker de su Fuerza Aérea durante la corrida de 2008, para que ninguno de ustedes se quedara sin poder comprarme, ni siquiera en las provincias más alejadas de Buenos Aires. Sentí el calor de las cinturas más codiciadas de la noche porteña cuando manos temblorosas de lascivia me engancharon en tangas microscópicas en los prostíbulos de Recoleta y Palermo. Me había pasado antes en mi tierra natal, pero no con mujeres así. Soy la paga habitual por la carne humana más deseada del mundo, como si hicieran falta más pruebas de lo poderoso que soy y lo poco que pueden contra mí la culpa y los escrúpulos.
En estas pampas conocí también los excesos de esa vida disipada, cuando me enrollaron para tomar cocaína en los baños de esos mismos prostíbulos o cuando me salpicaron con sangre, con champán o con semen en habitaciones carísimas de los hoteles de lujo que frecuento. Pero soy versátil: de ese ambiente puedo saltar sin escalas y sin cambiarme de ropa a esperar paciente en las alcancías de los ni
