Estoy verde

Alejandro Bercovich
Alejandro Rebossio

Fragmento

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ÍNDICE

Portada

Dedicatoria

Introducción

CAPÍTULO 1. El submundo de las “cuevas”

Pescados y rúcula

Un negocio familiar

Delivery boys

La “cueva” de Gordon Gekko

Marche preso

El “arbolito” tapa el bosque

Antros de la aristocracia

Pase pa’l fondo

Amigos de la caverna

Los “corretas”

El llanto de la “cueva”

Los otros ganadores

Cooperando para uno

Los compradores

Los perdedores

CAPÍTULO 2. Historia de una pasión

Liberales pero no tanto

La primera pesificación

Ladrillos en pesos

Ámbito Financiero

El que apuesta al dólar

Ataque ochentoso

“¿Ves que no confiás?”

Uno por uno es negocio

“¿Quién fue el boludo?”

Unidos y dolarizados

¿El ocaso del “verde”?

CAPÍTULO 3. TOC o racionalidad

Amor platónico

La libertad de los ansiosos

Para qué comprar

Para todos los bolsillos

Clase media y capitalismo punk

Des-desarrollados

En Latinoamérica no se consigue

Subdesarrollo mental

¿Importa el paralelo?

CAPÍTULO 4. La gran fuga

Billones del mundo, fugaos

Plata quemada

La legal de las empresas

Una canilla que pierde

“Devaluta” de facto

Sacarla por zurda

Decí que exportás menos

Negocio redondo

Chanchullos filiales

Ingeniería financiera

Tirate un préstamo

¿Muchos o pocos impuestos?

Buquebus lleno

Bueno para mí, malo para el país

Fugan mucho y por derecha

El delfín de la fuga

Más guapo que Moreno

CAPÍTULO 5. Los políticos del partido “verde”

Porque se me canta

Obedientes y desacatados

Los que declaran sus bienes

Por cuatro dólares locos

“Rúcula” de minorías

Todas las manos todas

El apuesta al euro...

Patrones y gremialistas

Menem lo hizo

Divisas declaradas

CAPÍTULO 6. Uno, dos, tres... 1.300 dólares

Pegar en la radio

Los que van a “cuevas”

Parrilla con “lechuga”

Cuando el dólar bajó

El lado oscuro

Medios y sindicalizados

CAPÍTULO 7. La avivada del chiquitaje

La calculadora loca de Echegaray y el dólar-Wainfeld

Botones

Troco reais troco

“Taxicuevas” y “arbolitos” cinco estrellas

Hagan sus apuestas

Campeones mundiales

El Club de los Diez

Dólar “macy’s”, PayPal y los “datáfonos”

Escondrijos

CAPÍTULO 8. Fronteras verdes

Lo más débil del hilo

La City

Patria Grande

El dólar “villa”

De bolsas de orégano y fronteras calientes

Paraguayísima

Jubilaciones adelgazadas

Tasas chinas y dólar saqueo

CAPÍTULO 9. En los márgenes

Sabuesos de imprenta

El Artista

Dólar-merca

Cocodrilo, nunca cartera

Tutti ladri

CAPÍTULO 10. Contrabandistas: todo por un dólar (blue)

La fábrica del mundo

Los dos contrabandos

Área restringida

Números que no cierran

Siga la Vaca

Un control más efectivo

La ruta del contenedor

Las mil y una trampas

Fronterizos

El ingenio de los otros

Llave en mano

Encuentro en Once

Con historia

Entrevista con el vampiro

El jardinero fiel

Epílogo

Agradecimientos

Biografía

Créditos

Grupo Santillana

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A Ángela,

a mis padres Miguel y Diana,

a mis hermanos, que son amigos,

a esos amigos que son como hermanos.

ALEJANDRO BERCOVICH

A mis padres Adalberto y Dolly,

a mi compañera Inés y a mis hijas, Luz y Olivia,

a mi hermano Adalberto.

ALEJANDRO REBOSSIO

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Introducción

Viajo por todo el mundo pero en la Argentina me siento como en casa. Incluso más a gusto que en el Ecuador o en Panamá, donde me honran con el curso legal y la circulación forzosa. Como dicen las estrellas de rock, ustedes son el mejor público que he tenido. Me ofrecen a gritos en las calles y me buscan hasta en las “cuevas”. Aunque el gobierno empezó a vapulearme en sus discursos y hasta me persigue cuando ando indocumentado, sé que la mayor parte de la sociedad me desea y me cuida cuando llego a sus manos. También estoy escondido en las casas, las cajas de seguridad y las cuentas cifradas en Suiza de empresarios y políticos. Algunos de ellos decían hasta hace cinco minutos que me atesoraban porque les daba la gana y desde fines de 2011 me ningunean y hacen malabares para borrarme de sus declaraciones juradas. Si pudieran, esos ingratos lo harían retroactivamente. Pero ahí estoy, molesto, en el pasado de todo argentino que haya ahorrado alguna vez para algo más que un auto usado.

Soy una sombra verde gigantesca sobre este país condenado al éxito que el consenso de las commodities pintó de color verde soja y decoró con volutas de dorado megaminero. Me han intentado replicar miles de atormentados artistas clase B en todo el planeta a lo largo de un siglo entero, pero nadie lo hizo con tanto amor como Pablito, ese argentino que hace varias décadas estampó su firma con trazo micrométrico en el tronco del árbol que pintó con plumín en una copia de mí casi perfecta. Pocos me veneraron con el fervor de Héctor Fernández, el último falsificador de fama criolla, que llegó al paroxismo de untarme grasa de cerdo para que oliera a mi tinta original.

No ocupo mucho lugar: apenas quince centímetros y medio de largo por menos de siete de ancho. Peso un gramo independientemente del valor que me imprima mi mamá, la Reserva Federal. Con una sola mano nos pueden cargar cuando nos juntamos de a un millón, como sueñan tantos, porque no superamos los diez kilos. Nadie podría decir que estoy excedido; durante milenios ustedes intercambiaron oro y hasta siguen diciendo que algo vale “su peso en oro” si es muy preciado, pero ignoran que diez kilos de oro valen apenas la mitad del millón que cabe en el mismo peso de mis billetes de cien. Si nos apilan a todos los que formamos ese “palito”, como nos dicen acá cariñosamente, medimos lo que un niño de escuela primaria: 1,24 metro.

Mi maniobrabilidad me hace ideal para las coimas y los peajes non sanctos. Aunque mi primo europeo ocupa menos lugar en valijas y bolsillos porque sabe contar hasta quinientos y no frena en cien, como yo, ni en cincuenta, como mi cuñada británica, nunca logró desplazarme de los laberintos del bajo mundo. En la Aduana soy la moneda corriente, aunque siempre voy en un mismo sentido: me deslizan dentro de un pasaporte en Ezeiza para sobornar a un inspector de equipaje o me cuelan en la carpeta de un despachante ansioso por convencer al burócrata del puerto de que se haga el distraído frente al contrabando. En pocas ocasiones me han devuelto, indignados, los destinatarios de esas dádivas. La mayoría me acepta y guiña un ojo. Los hago felices.

Disfruto haciéndolos disfrutar porque en la Argentina pasé algunos de mis mejores momentos. Volé gratis en aviones Fokker de su Fuerza Aérea durante la corrida de 2008, para que ninguno de ustedes se quedara sin poder comprarme, ni siquiera en las provincias más alejadas de Buenos Aires. Sentí el calor de las cinturas más codiciadas de la noche porteña cuando manos temblorosas de lascivia me engancharon en tangas microscópicas en los prostíbulos de Recoleta y Palermo. Me había pasado antes en mi tierra natal, pero no con mujeres así. Soy la paga habitual por la carne humana más deseada del mundo, como si hicieran falta más pruebas de lo poderoso que soy y lo poco que pueden contra mí la culpa y los escrúpulos.

En estas pampas conocí también los excesos de esa vida disipada, cuando me enrollaron para tomar cocaína en los baños de esos mismos prostíbulos o cuando me salpicaron con sangre, con champán o con semen en habitaciones carísimas de los hoteles de lujo que frecuento. Pero soy versátil: de ese ambiente puedo saltar sin escalas y sin cambiarme de ropa a esperar paciente en las alcancías de los ni

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