El emperador Vespasiano: amo del mundo (escaso de dinero contante y sonante)
Sus hijos:
Tito: (un tesoro)
Domiciano: (un tormento)
Sus funcionarios:
Anacrites: «secretario» (jefe de los servicios secretos)
Momo: «capataz de esclavos» (espía)
M. Didio Falco: investigador (que no espía)
Integrantes de una conspiración recientemente abortada, caídos en desgracia:
G. Atio Pertinax: (muerto)
Nombre desconocido: cadáver en un almacén (más muerto que mi abuela)
A. Curcio Longino: alejado de Roma por motivos religiosos
A. Curcio Gordiano: ídem
L. Aufidio Crispo: fuera de Roma en un crucero
El personal:
Barnabas: liberto favorito de Pertinax
Milo: mayordomo de Gordiano, un tío fuertote
Renacuajo: socio de Milo, un retaco
Baso: contramaestre de Crispo
Amigos y parientes de Falco:
Madre de Falco: una fuerza a tener en cuenta
Galla (la engañada): una de las hermanas, casada con un barquero
Lario (un romántico): hijo de Galla y del barquero
Maya (la sensata): otra hermana, esposa de Famia
Famia (el veterinario): un tío con trastienda
Mico (el yesero) L.: ¡basta con que menciones mi nombre!
Petronio Longo: capitán de la guardia del Aventino y el mejor amigo de Falco; un buen hombre
Arria Silvia: esposa de Petro; una mujer eficaz
Petronila, Silvana y Tadia: sus hijas
Ollia: la niñera
Un pescador: el pretendiente de la niñera
Lenia: propietaria de la Lavandería del Águila
Julio Frontino: pretoriano que conoció al hermano de Falco y lo lamenta
Gémino: subastador que podría ser el padre de Falco y espera no serlo
Glauco: entrenador de Falco, un hombre sensato
D. Camilo Vero: senador con un problema
Julia Justa: su esposa
Helena Justina: el problema de los anteriores; ex esposa de Atio Pertinax (problema de ella) y antigua amiga de Falco (problema de él)
Nombre desconocido: el zopenco del portero
Personas encontradas durante el cumplimiento del deber:
Nombre desconocido: sacerdote del templo de Hércules Gaditano, en el Aventino
Tulia: camarera del Trastevere con grandes proyectos
Laeso: capitán honrado de Taranto
Ventrículo: fontanero de Pompeya (bastante honesto para su oficio)
Roscio: afable carcelero de Herculano
S. Emilio Rufo Clemente: magistrado de Herculano con un historial impresionante (y muy poco sentido común)
Emilia Fausta: su hermana, ex prometida a Aufidio Crispo
Caprenio Marcelo: ex cónsul anciano; padre adoptivo de Atio Pertinax (también carente de sensatez)
Bryon: domador de los purasangres de Pertinax en la villa de Marcelo
Otros seres encontrados:
Nombre desconocido: una cabra sagrada
Nerón (alias Mancha): un buey que disfruta de sus vacaciones
Ned: un burro que se llevó una gran sorpresa
Cerbero (alias Fido): un amistoso perro de campo
Los purasangres de Pertinax:
Ferox: un campeón
Pequeño Encanto: una paradoja
Un día cualquiera
ROMA
Finales de primavera, año 71 d.C.
Entrega tu corazón al oficio que has aprendido
y así hallarás sosiego...
MARCO AURELIO, Meditaciones
Cuando llegué al final del callejón los delgados vellos de mi nariz estaban empezando a temblar. Mayo tocaba a su fin y hacía una semana que el tiempo era cálido en Roma. La intensa luz del sol primaveral había azotado el techo del almacén, por lo que fermentaba una generosa cantidad de moho en su interior. Las especias orientales zumbarían mágicamente y el cadáver que habíamos ido a enterrar estaría animado por la descomposición y los gases humanos.
Conseguí reunir cuatro voluntarios entre los miembros de la guardia pretoriana, más un capitán llamado Julio Frontino, que había conocido a mi hermano. Frontino y yo quitamos las cadenas de la calleja posterior y deambulamos por la zona de carga mientras los guardias intentaban abrir la pesada puerta interior.
Mientras esperábamos, Frontino masculló:
—¡Falco, a partir de hoy haré como si jamás en la vida hubiese tratado a tu hermano! Este es el último recado repugnante al que me arrastras... Un favor personal para el emperador... ¡Festo lo habría definido de otra manera!
Frontino describió al emperador con la palabra que solía utilizar mi hermano y que no era nada amable.
—¡Atender al César es trabajo fácil! —comenté restándole importancia—. Uniforme elegante, alojamiento gratuito, la mejor localidad en el circo... ¡y todas las almendras garapiñadas que seas capaz de comer!
—¿Por qué motivo Vespasiano te eligió a ti para esta misión?
—Soy fácil de intimidar y necesito dinero.
—¡Vaya, una elección muy coherente!
Me llamo Didio Falco, Marco para ciertos amigos de confianza.
Por aquel entonces contaba treinta años y era ciudadano libre de Roma. Lo único que eso significaba era que había nacido en un tugurio, seguía viviendo en un tugurio y, salvo en los momentos en que la irracionalidad me dominaba, suponía que moriría en un tugurio.
Era investigador privado y ocasionalmente en palacio utilizaban mis servicios. Quitar un cadáver putrefacto de la lista de ciudadanos del censor era una tarea típica de las que me asignaban. Era antihigiénica, irreligiosa y me quitaba el apetito.
En mis tiempos había trabajado para perjuros, insolventes de poca monta e impostores. Presenté declaraciones juradas para denunciar la burda corrupción de senadores de alcurnia, corrupción que habría sido imposible encubrir incluso en tiempos de Nerón. Encontré niños desaparecidos de padres ricos que habrían preferido abandonarlos y defendí las causas perdidas de viudas sin herencia que una semana después contrajeran matrimonio con sus sometidos amantes... justo cuando les había conseguido un poco de dinero. La mayoría de los hombres intentaban largarse sin pagar y la mayoría de las mujeres estaban dispuestas a pagarme en especie. Ya os podéis imaginar qué clase de especie, jamás un capón tierno ni un buen pescado.
Después de una temporada en el ejército trabajé cinco años por mi cuenta como investigador. Entonces el emperador me propuso ascenderme de categoría social si trabajaba para él. Ganar el dinero necesario para conseguir ese cambio era prácticamente imposible y el ascenso enorgullecería a mi familia y daría envidia a mis amigos al tiempo que molestara seriamente al resto de la clase media, por lo que todos me dijeron que esa disparatada apuesta merecía que dejase ligeramente de lado mis ideas republicanas. Me convertí en agente imperial... y no me gustó. Como era el nuevo me endilgaban los peores trabajos. Por ejemplo, este fiambre.
El almacén de especias al que llevé a Frontino se encontraba en el barrio comercial, lo bastante cerca del Foro para percibir el ajetreado murmullo de la plaza. Aún brillaba el sol y bandadas de palomas alzaban el vuelo contra el cielo azul. Un gato flaco sin el menor sentido de la oportunidad se asomó por la puerta abierta. Desde un edificio cercano llegó el chirrido de una polea y el silbido de un trabajador, aunque la mayoría de los depósitos parecían abandonados como suelen estarlo los almacenes y los lugares donde venden madera, sobre todo cuando quiero comprar un tablón barato.
Los guardias lograron saltar la cerradura. Frontino y yo nos cubrimos la boca con pañuelos y empujamos la pesada puerta. Un hedor caliente nos abofeteó las mejillas y retrocedimos; las ráfagas parecieron adherir la ropa a nuestra piel. Dejamos que el aire se aposentara y entramos. Nos detuvimos. Una oleada de terror primitivo nos obligó a hacer un alto.
En todas partes dominaba un silencio sepulcral... salvo en el sitio donde un montón de moscas había trazado durante días parábolas obsesivas. El aire de arriba, iluminado por pequeñas ventanas opacas, parecía impregnado de polvo aromático y cargado de sol. La luz de abajo era más débil. En medio del suelo discernimos una figura: el cuerpo de un hombre.
El olor de la descomposición es más suave de lo que uno espera, pero muy definido.
A medida que nos acercábamos intercambié una mirada con Frontino. Nos detuvimos sin saber qué hacer. Alcé con delicadeza la manta y empecé a quitar la toga que cubría los restos. La solté y retrocedí.
El cadáver llevaba once días en el almacén de pimienta cuando un listillo de palacio recordó que había que enterrarlo. La carne muerta se desmenuzaba como el pescado demasiado cocido después de pasar tanto tiempo sin embalsamar en medio del aire tibio y cargado.
Retrocedimos unos instantes para cobrar ánimo. A Frontino le dio un ataque de náuseas.
—¿Lo remataste tú mismo?
Negué con la cabeza.
—No tuve ese privilegio.
—¿Lo asesinaron?
—Solo fue una ejecución discreta..., así se evitan juicios inoportunos.
—¿Qué hizo?
—Fue por traición. ¿Por qué crees que he pedido ayuda a los pretorianos?
Los pretorianos eran el cuerpo de élite de la guardia de palacio.
—¿A qué viene tanta discreción? ¿Por qué no lo ponen como ejemplo?
—Porque oficialmente nuestro nuevo emperador fue recibido con aclamaciones universales. ¡En consecuencia, no existen las conspiraciones contra Vespasiano César!
Frontino rio irónicamente.
Roma estaba plagada de conspiradores que, en la mayoría de los casos, fracasaban. La apuesta contra el destino que el finado había hecho fue más inteligente que la de los demás, pero ahora yacía en el suelo cubierto de polvo, junto a un manchón ennegrecido de su sangre seca. Varios compañeros de conspiración huyeron de Roma sin detenerse a coger unas túnicas para cambiarse ni una botella de vino para el viaje. Al menos uno había muerto, apareció ahorcado en su celda de la sórdida cárcel de Mamertina. Entretanto, Vespasiano y sus dos hijos fueron acogidos en Roma con una bienvenida incondicional y se disponían a reconstruir el Imperio tras dos años de horrorosas guerras civiles. Aparentemente, todo estaba bajo control.
La conspiración había sido desbaratada y solo faltaba eliminar sus pruebas pustulentas. Permitir que la familia de ese hombre celebrase un funeral público normal con procesión callejera, música de flauta y plañideras que saltaban vestidas como lo habían estado sus célebres antepasados pareció a los afables secretarios de palacio un modo incorrecto de acallar la conspiración fracasada. Por eso ordenaron a un funcionario de poca monta que encomendase la tarea a un recadero discreto..., y ese funcionario me mandó llamar. Tengo una familia numerosa que confía en mí y un casero violento al que le debía varias semanas de alquiler. Fui presa fácil de los lacayos que han de organizar un entierro poco ortodoxo.
—Si seguimos aquí, no lo moveremos...
Tiré de la toga y dejé al descubierto el cuerpo cuan largo era.
El cadáver estaba tal como había caído, pero era espantosamente distinto. Percibimos cómo se derrumbaban las entrañas a medida que los gusanos se retorcían en su interior. No me atreví a mirarlo a la cara.
—¡Por Júpiter, Falco, este cabrón pertenecía a la clase media! —Frontino puso cara de preocupación—. Deberías saber que ningún miembro de la clase media fallece sin que su muerte se publique en el Boletín Oficial para advertir a los dioses del Hades de que el espectro de una persona eminente espera ocupar el mejor asiento en la barca de Caronte...
Frontino tenía razón. Si aparecía un cadáver ataviado con las delgadas rayas púrpuras del caballero romano, los ajetreados funcionarios querrían saber de quién había sido padre o hijo ese digno ejemplar.
—Espero que no sea recatado —coincidí en voz baja—. Tendremos que desvestirlo...
Julio Frontino repitió el taco que solía soltar mi hermano.
Trabajamos deprisa para combatir el asco.
Tuvimos que quitarle dos túnicas que apestaban a residuos corporales. Solo el más paupérrimo de los vendedores de ropa usada cogería los harapos el tiempo suficiente para echar un vistazo a las tiras con el nombre bordado que se ponían en el interior del cuello. Pero debíamos cerciorarnos de que eso no ocurriera.
Salimos al patio, aspiramos bocanadas de aire fresco y quemamos cuanto pudimos: incluso calcinamos los zapatos y el cinturón. El cadáver llevaba anillos. Frontino logró quitarle la alianza de oro que demostraba su pertenencia a la clase media, un gigantesco camafeo de esmeralda, una sortija de sello y dos más, una de las cuales llevaba grabado un nombre de mujer. No podían venderse so pena de que volvieran a circular por el mercado. Más tarde los arrojaría al Tíber.
Por fin pasamos una cuerda alrededor del cadáver casi desnudo y logramos colocarlo en la parihuela que habíamos llevado. Estuve a punto de empujarlo con el pie, pero me lo pensé mejor.
Los silenciosos guardias pretorianos mantuvieron despejado el callejón mientras Frontino y yo avanzábamos para arrojar nuestra carga por una boca del sistema de alcantarillado. Aguzamos el oído: percibimos un chapoteo en el fondo, cerca de los escalones de piedra del acceso. Las ratas lo encontrarían muy pronto. Cuando la próxima tormenta de verano bajara del Foro, los restos de ese hombre serían arrastrados hasta el río a través del impresionante arco que se extendía bajo el puente Emiliano, para quedar encajado contra los pilotes y asustar a los barqueros de paso o para seguir su camino y ser mordisqueado por peces sin discernimiento en su última morada ignota y sin marcas en el mar.
El problema estaba resuelto y Roma no volvería a pensar en ese ciudadano desaparecido.
Regresamos al patio, quemamos la parihuela, regamos el suelo del almacén y nos limpiamos las manos, los brazos, las piernas y los pies. Fui a buscar un cubo de agua limpia y volvimos a lavarnos. Arrojé las lavazas a la calle.
Alguien que vestía capa verde con la capucha puesta se detuvo al verme solo junto a la puerta. Asentí con la cabeza y eludí su mirada. El hombre siguió callejón arriba. Ese ciudadano respetable siguió su camino, ignorante de la horrorosa escena que acababa de perderse.
Dada la temperatura, me pregunté por qué iba tan abrigado. A veces tengo la impresión de que todos los romanos se mueven furtivamente por callejones perdidos haciendo cosas para las que conviene ir disfrazado.
Dije que me ocuparía de cerrar el almacén.
—¡Entonces nosotros nos largamos!
Frontino llevaba a sus chicos a beber una copa más que merecida. No me invitó... lo que no me sorprendió.
—Te agradezco tu colaboración. Julio, ya nos veremos...
—¡No si yo te veo primero!
En cuanto partieron me detuve unos segundos con el corazón oprimido. Una vez a solas disponía de más tiempo para reparar en detalles. Mi mirada se posó en una interesante pila apoyada contra la pared exterior del patio, bajo una discreta cubierta de pieles viejas. Como corresponde al vástago de un subastador, era incapaz de pasar por alto cualquier mercancía abandonada que pudiera venderse. Me acerqué a la pila.
Bajo las pieles había un par de arañas ágiles y un montón de lingotes de plomo. Aunque a las arañas no las conocía, los lingotes eran viejos amigos. Los conspiradores se proponían utilizar lingotes de plata robados para pagar sobornos y acceder al poder. Los lingotes que contenían el precioso metal habían sido recobrados por los pretorianos y trasladados al templo de Saturno; pero los ladrones que contrabandeaban la plata de las minas britanas los habrán engañado descaradamente enviando a los conspiradores ingentes cantidades de plomo... que no servían para los sobornos. Sin duda el plomo estaba allí para que lo recogiera una sucesión de carros imperiales; los lingotes estaban perfectamente apilados, con precisión militar, cada hilera trazaba un ángulo recto perfecto con relación a la inferior. Los lingotes de plomo habrían sido valiosos para alguien que tuviera los contactos pertinentes... Volví a cubrirlos, como debe hacer un funcionario estatal honrado.
Dejé el portal abierto y me dirigí sin compañía a la boca del sistema de alcantarillado. De los asquerosos cadáveres de los empresarios fracasados que llenaban Roma, ese era el último que habría querido tratar con tan poco respeto. Todo traidor tiene familia, y yo conocía a la del muerto del almacén. Su pariente varón más próximo, el que debió de dirigir su funeral, era un senador cuya hija significaba mucho para mí. Se trataba de una típica situación complicada al estilo Falco: frente a una familia muy importante, ante la que intentaba causar buena impresión, debía demostrar mi buen carácter arrojando sin miramiento al pariente muerto por una alcantarilla pública...
Mascullé en voz baja, volví a levantar la manta, arrojé apresuradamente un puñado de tierra y murmuré el réquiem esencial: «A los dioses de las sombras envío esta alma...»
Lancé una moneda de cobre en su nombre para pagar al barquero y abrigué la esperanza de que Fortuna me sonriera y de no volver a saber nada más de él.
¡Ni soñarlo! La diosa de la fortuna se limitaba a hacerme una mueca como si se hubiera pillado con la puerta uno de sus sagrados dedos.
Volví al almacén, pateé las cenizas y las esparcí por el patio. Cargué las cadenas sobre el hombro, presto a cerrar la puerta. Pero antes de partir volví por última vez al interior del almacén, con los músculos tensos por el peso de las cadenas.
Todo estaba impregnado por el lóbrego efluvio de la corteza de canela. Las moscas inquietas seguían trazando círculos sobre la mancha del suelo, como si aún estuviesen en presencia de un alma que no ha partido. Las sacas inmóviles de productos orientales de un precio desorbitado reposaban en medio de las sombras e impregnaban la atmósfera con un aroma seco y dulzón que parecía modificar la textura de mi piel.
Me volví para salir. Percibí un movimiento. Me dominó un arrebato de terror, como le ocurre a quien ha visto un fantasma. De todos modos, yo no creo en fantasmas. En medio de la moteada penumbra una figura embozada se acercó a mí.
El hombre era real. Aferró la duela de un barril y la lanzó sobre mi cabeza. Aunque estaba de espaldas a la luz, tuve la lejana impresión de que lo conocía. No tuve tiempo de preguntarle cuál era su agravio. Giré, lancé violentamente las cadenas contra sus costillas, perdí pie y caí de bruces sobre el codo y la rodilla derechos, arrastrado por el peso de las cadenas.
Con un poco de suerte lo habría atrapado. Pero la suerte casi nunca ha estado de mi lado. El malvado puso pies en polvorosa mientras yo me agitaba en medio de las cadenas.
Aunque solo estuve un instante en la boca de acceso, tendría que haberlo sabido. Al fin y al cabo, estaba en Roma y bastaba dejar de vigilar durante tres segundos una casa con un tesoro para que apareciese un ladronzuelo.
Pese a que no vi el rostro del hombre, persistía la sensación de haberlo reconocido. La capucha verde que le cubría firmemente la cabeza era inconfundible: se trataba del mismo sujeto que había visto mientras vaciaba el cubo con las lavazas. Maldije a ese individuo, luego a mí mismo y salí cojeando al callejón, mientras la sangre manaba de mi pierna.
Los dispersos manchones de sol creaban un intenso deslumbramiento, al tiempo que la sombra profunda era desconcertantemente fresca. El pasadizo de detrás del almacén no llegaba al metro de ancho y contaba con una entrada que daba a una calle sucia y siniestra. Por el otro lado una curva cerrada impedía ver la salida. A ambos lados se alzaban depósitos malsanos y húmedos, con carretillas cansadas de ver mundo y pilas de barriles en precario equilibrio. Las cuerdas sucias serpenteaban en las puertas abiertas. Agresivos letreros colgados de un clavo advertían a los visitantes que se alejasen de las puertas que, a juzgar por su aspecto, nadie había abierto en diez años. Al recorrer esa horrible madriguera comercial parecía imposible que andando escasamente dos minutos se llegara al alegre ajetreo del Foro... Pero, como ya he dicho, Roma era así.
No había nadie a la vista. Una paloma aleteó en un tejado y luego se coló por una teja rota. Una puerta crujió una sola vez. Nada más se movió... salvo mi corazón.
El individuo podía estar en cualquier parte. Mientras yo lo buscaba en un sitio tal vez escaparía en dirección contraria. Mientras yo me afanaba en la búsqueda, él o cualquier otro malhechor que no tuviera nada que ver podía asaltarme inesperadamente y aplastar mi cabeza rizada. En ese caso, o si caía por el suelo podrido de cualquiera de los almacenes abandonados, podrían pasar varios días sin que nadie reparase en mi presencia.
Di un salto hacia atrás. Con la ayuda de un viejo clavo volví a echar el cerrojo en la puerta del almacén. Escudriñé el patio calentado por el sol. Utilicé la tenaza militar que Frontino había traído para volver a colocar las cadenas de la puerta, como hace cualquier persona responsable. Luego me fui.
El olor del cadáver había impregnado mi ropa. Como no podía soportarlo fui a casa a cambiarme.
Vivo en el Sector Decimotercero. Cuando las calles están vacías se tarda diez minutos, pero a esa hora del día abrirme paso entre el gentío me llevó tres veces más. El bullicio parecía más estrepitoso que de costumbre. Llegué a casa ensordecido y desesperado.
El apartamento de Falco era cuanto podía pagar, de modo que era una vivienda macabra. Alquilaba una sucia buhardilla encima de la Lavandería del Águila, en una calle denominada Plaza de la Fuente (a pesar de que la fuente nunca había existido y de que no era una plaza). Para llegar a ese sitio impresionante tenía que abandonar el lujo relativo de la empedrada vía de Ostia y atravesar una serie de entradas serpenteantes que se tornaban más estrechas y amenazadoras a cada paso que daba. El punto en el que se perdían en la nada era la Plaza de la Fuente. Me abrí paso en medio de varios tendederos con togas húmedas que ocultaban la fachada de la lavandería y abordé los seis tramos de escalera hasta el cuchitril celeste que me servía de despacho y de hogar.
Una vez arriba llamé a la puerta, por joder y para advertirle de mi llegada a cualquier bestia que retozara en mi morada durante mi ausencia. Me dije que podía pasar y abrí la puerta.
Disponía de dos habitaciones, cada una de las cuales apenas medía dos metros y medio de lado. Pagaba un recargo por un balcón poco firme, pero mi casero —Esmaracto— me hacía un descuento en forma de luz natural que se colaba a través de un agujero del tejado (más acceso gratuito al agua cada vez que llovía). En Roma había multimillonarios que alojaban mejor a sus caballos, así como miles de seres anónimos que corrían peor suerte que yo.
Mi ático era ideal para inquilinos que pasaban muchas horas fuera. Durante cinco años ese cuchitril miserable me había parecido encantador, sobre todo porque rara vez paraba en casa cuando buscaba clientes. Nunca había sido barato; vivir en Roma no era barato. Aunque algunos de mis vecinos humanos dejaban mucho que desear, desde hacía poco compartía residencia con una afable salamanquesa. Podía recibir a cuatro personas si abría la puerta del balcón y a cinco si alguna muchacha estaba dispuesta a sentarse en mi regazo. Vivía solo; económicamente no tenía otra opción.
Deseoso de quitarme la túnica sucia, crucé deprisa la primera habitación. Contenía una mesa en la que comía, escribía o pensaba en las dificultades de la vida, amén de un banco, tres taburetes y un horno que yo mismo había construido. El dormitorio disponía de mi cama coja, un sofá auxiliar, una cómoda que también cumplía la función de lavabo y una escalera que utilizaba cuando me obligaba a reparar el techo que goteaba.
Me desnudé aliviado y utilicé el último chorro de agua que quedaba en el cántaro para lavarme a fondo. Busqué una túnica que solo se había rasgado en dos sitios desde la última vez que mi madre la remendó. Me peiné al desgaire, preparé la segunda mejor toga que tenía por si más tarde acudía a un lugar respetable y bajé la escalera.
Mientras me desprendía de los desechos oí que Lenia, la lavandera, me llamaba a voz en grito:
—¡Falco! ¡Esmaracto quiere que le pagues!
—¡Qué novedad! Dile que en esta vida es imposible conseguir todo lo que deseamos...
Encontré a Lenia en el rincón que usaba como sala de contabilidad, sentada con sus pantuflas grasientas y bebiendo una infusión de menta. Lenia había sido una de mis modestas amigas hasta que, como una mema digna de compasión, decidió invertir en bienes inmuebles (y en la auténtica miseria) al planear su matrimonio con Esmaracto, nuestro casero. En cuanto la convenciera de que se deshiciese de esa bestia, Lenia volvería a ser una persona. Era una mujerzuela de carnes flojas con cinco veces más fuerza de la que aparentaba y sorprendentes penachos de cabellos color rojo alheña que constantemente escapaban del pañuelo con que se cubría la cabeza; cuando quería ir a algún sitio tenía que meter los mechones dentro del pañuelo para ver a dónde se dirigía.
—¡Falco, Esmaracto habla en serio!
Lenia tenía los ojos empañados y su voz sonó como un puñado de guisantes secos que se agitan en un cubilete.
—Me alegro. Me gustan los hombres que se toman en serio sus ambiciones...
Para entonces ya había desviado mi atención, como sin duda Lenia sabía. Estaba en compañía de otra mujer a la que presentó como su amiga Secunda. Hacía mucho que habíamos superado la época de encontrarle ventajas a mis coqueteos con Lenia, así que pasé unos instantes echando un buen repaso a su amiga.
—¡Hola! Soy Didio Falco. Creo que no nos hemos visto antes.
La señora agitó sus brazaletes y sonrió astutamente.
—¡Ten cuidado con él! —advirtió Lenia.
Secunda era madura sin estar pasadita; tenía edad suficiente para plantear un desafío interesante y era lo bastante joven para dar a entender que superar el desafío valdría realmente la pena. Me estudió de arriba abajo mientras yo la miraba descaradamente.
Aunque me ofrecieron una taza de menta, su poco atractivo color gris me llevó a rechazarla por motivos de salud. Secunda recibió mi inminente partida con un perfumado pesar. Adopté la expresión de alguien a quien es posible retener.
—Falco, un carroñero con cara de hurón vino a buscarte hace un rato. —Lenia frunció la cara de mala manera.
—¿Un cliente?
—No tengo ni idea. Me pareció de tu calaña porque sus modales eran muy bastos. Irrumpió aquí y pronunció tu nombre.
—¿Qué pasó después?
—Se marchó. Te aseguro que no lo lamento.
—De todos modos, me parece que te espera afuera —añadió Secunda cálidamente. Nada se le escapaba... si incluía a un hombre.
El local de Lenia daba a la calle si exceptuamos los trastos de su oficio. Moví las coladas hasta que pude mirar sin ser visto. Dos puertas más abajo, junto a la entrada de la panadería de Casio, merodeaba un tío de capa verde con la capucha puesta.
—¿Es ese de verde? —Las mujeres asintieron y yo fruncí el ceño—. ¡Parece que un sastre ha dado con una mina de oro! Sin duda las capas verdes con capucha puntiaguda son la última moda de este mes... —Muy pronto lo confirmaría; el jueves siguiente era el cumpleaños de mi sobrino mayor y sin duda Lario pediría una capa verde si era lo que causaba furor—. ¿Lleva mucho rato ahí?
—Llegó poco después de que aparecieses y desde entonces está esperando.
Me sentí claramente atemorizado. Abrigaba la esperanza de que el ciudadano de verde no fuera más que un descuidero que se había enterado de que en el almacén pasaba algo y había entrado a investigar en cuanto Frontino y yo nos fuimos.
El hecho de que me siguiese a casa daba otra perspectiva a su presencia. Ese grado de curiosidad no podía ser inocente. Demostraba que su interés por el almacén no era casual. Debía de tratarse de un personaje desesperado por saber qué había ocurrido y por poner nombre a cualquier desconocido relacionado con el almacén. Todo eso significaba problemas para los de palacio que creímos que habíamos echado tierra sobre la conspiración contra el emperador.
Mientras yo observaba, al individuo se le acabaron las ganas de espiar y echó a andar hacia la vía de Ostia. Debía averiguar más cosas sobre ese hombre. Alcé el brazo ante Lenia, me despedí de Secunda con una sonrisa que esperaba que la dejase turulata y salí en pos de la capa verde.
Cuando pasé, el panadero Casio, que sin duda no le había quitado ojo de encima al forastero, me lanzó una mirada cavilante y un panecillo seco.
Estuve a punto de perderlo de vista en la arteria principal. Divisé a mi madre, que seleccionaba cebollas en el puesto de un verdulero. A juzgar por su expresión, las cebollas —como la mayoría de mis amigas— no estaban a la altura de sus exigencias de calidad. Mi madre se había convencido de que mi nuevo trabajo en palacio suponía un buen salario, trabajo administrativo fácil y llevar túnicas limpias. No quise que se enterase tan pronto de que era la sempiterna persecución de malvados a los que les daba por holgazanear precisamente a la misma hora en que a mí me apetecía almorzar.
Tuve que apelar a un hábil juego de piernas para dar el esquinazo a mi madre sin perder el rastro de aquel individuo. Por fortuna la capa verde era de un horroroso tono verdusco que se distinguía fácilmente.
Lo seguí hasta el río, que cruzó por el puente Sublicio; una caminata de diez minutos que te aleja de la civilización y te lleva a los tugurios del Trastevere donde se apiñan los buhoneros cuando al anochecer los echan del Foro. El Sector Decimocuarto formaba parte de Roma desde los tiempos de mis abuelos, pero albergaba a tantos inmigrantes de piel morena que parecía extranjero. Después de la faena de esa mañana no me importaba que alguno me apuñalase por la espalda. Cuando algo te da igual nunca ocurre.
Caminábamos en medio de las sombras, atravesando calles en las que sobresalían balcones peligrosos. Perros flacos se escabullían por las cunetas. Gitanillos andrajosos y orejudos gritaban a los canes aterrorizados. Si me permitía pensar en el asunto, todo el barrio me habría aterrorizado a mí.
El tío de la capa verde avanzaba a paso regular, como cualquier ciudadano que vuelve a casa a comer. Su figura era corriente, de hombros estrechos y andares juveniles. Aún no le había visto la cara porque llevaba la capucha puesta a pesar del calor. De lo que sí estaba seguro era de que se mostraba demasiado recatado para ser honesto.
Aunque por ética profesional mantuve entre nosotros una barrera de aguadores y vendedores de pasteles, lo cierto es que no era necesario. El hombre de la capa verde no esquivó el bulto ni hurtó el cuerpo, lo que habría sido sensato en ese sórdido barrio. Ni siquiera una vez miró hacia atrás.
Yo sí lo hice regularmente. Al parecer nadie me siguió.
Por encima de nuestras cabezas las mantas se oreaban tendidas en cuerdas y por debajo otras cuerdas acarreaban cestas, objetos de latón, ropa barata y alfombras harapientas. Los africanos y los árabes que vendían esos productos parecieron aceptar al de la capa verde y lanzaron enérgicas exclamaciones a mi paso, aunque es posible que admiraran mi apostura. Percibí el aroma de pan ázimo recién horneado y de empalagosos pasteles extranjeros. Tras los postigos entreabiertos mujeres cansadas y de horrible voz gritaban exasperadas a los holgazanes; de vez en cuando los hombres replicaban de mala manera, por lo que agucé el oído solidariamente al tiempo que aceleraba el paso. En esa zona vendían pequeñas y rebuscadas navajas de cobre con sortilegios grabados en la hoja, drogas adictivas que destilaban a partir de flores orientales o niños y niñas con extremidades de querubines, cuyo vicioso oficio ya los estaba pudriendo por dentro con enfermedades aún no declaradas. Podías adquirir el sueño de tu corazón o una muerte sórdida... para otro o para ti mismo. Si te quedabas mucho tiempo en un sitio, la muerte u otra crisis peor podía sobrevenirte sin que te tomaras la molestia de pagarla.
Perdí al hombre de la capa verde al sur de la vía Aurelia, en una calle siniestramente tranquila, unos cinco minutos después de haber entrado en el Sector Decimocuarto.
El individuo había tomado por un callejón estrecho, manteniendo su paso regular, y cuando llegué a la esquina ya no le vi el pelo. La calle tenía puertas que daban a paredes grises, aunque probablemente no era tan agorera como parecía.
Me pregunté qué podía hacer. No había columnatas desde las que acechar y la siesta de mi amigo de verde podía durar toda la tarde. Ignoraba quién era ese hombre y las razones por las que nos perseguíamos mutuamente. La verdad es que no sé si me importaba. Hacía mucho calor y yo empezaba a perder el interés. Si alguien del Trastevere sospechaba que yo era informante, al día siguiente aparecería en la calzada con el monograma de un criminal grabado en el pecho.
Vi el letrero de una tasca, me interné en su fresca penumbra y cuando apareció la mujer de cuello rechoncho y pecho generoso que la llevaba, le pedí vino condimentado con especias. No había un solo parroquiano más. La tasca era minúscula. Disponía de una mesa. El mostrador estaba casi escondido en la penumbra. Palpé el banco en busca de astillas y me senté con cuidado. Era un local donde el servicio tardaba una eternidad porque la patrona preparaba la bebida en el acto incluso para un forastero. Esa hospitalidad espontánea me puso de mala leche y me cogió con la guardia baja, sentimientos archiconocidos.
Como la dueña volvió a desaparecer, permanecí solo ante mi copa.
Crucé los dedos y pensé en la vida. Puesto que estaba muy cansado para ocuparme de la vida en general, me concentré en la propia. Pronto llegué a la conclusión de que no valía el denario que me había costado sentarme allí a meditar copa de vino en mano.
Estaba muy deprimido. Mi trabajo era horrible y la paga aún peor. Por si eso fuera poco, afrontaba el final de una relación con una joven a la que apenas conocía y a la que no quería perder. Respondía al nombre de Helena Justina. Como era hija de un senador, aunque nuestras relaciones no eran exactamente ilegales, desatarían un escándalo si sus amistades se enteraban. Era una de esas calamidades que desde el principio sabes que es inútil y que cortas casi de raíz porque continuar resulta todavía más doloroso que romper.
En ese momento no tenía ni idea de lo que le diría. Era una muchacha maravillosa. La fe que depositaba en mí me llenaba de desesperación. Probablemente se daba cuenta de que intentaba apartarme de ella. Y el hecho de que Helena Justina comprendiese la situación no me ayudaba a redactar el discurso de despedida...
Intenté olvidar y bebí un trago sin saber lo que hacía. El ardor de la canela caliente en el paladar me recordó el almacén. De pronto mi lengua pareció convertirse en arenilla. Dejé la copa de vino, arrojé varias monedas sobre un plato y me despedí con un grito. Estaba a punto de salir cuando una voz exclamó a mis espaldas:
—¡Gracias!
Me di la vuelta y, después de todo, decidí quedarme.
—¡Cariño, no digas nada! ¿La mujer que vi antes se dedica a la magia o eres otra persona?
—¡Soy su hija! —La muchacha rio.
Se notaba (aunque apenas) que lo era. Dentro de veinte años ese cuerpo cimbreante y maravilloso podría ser tan poco atractivo como el de su madre... pero en el camino cubriría algunas etapas fascinantes. Rondaba los diecinueve años, edad que me gustaba. La hija de la tabernera era más alta que su madre, lo que volvía más graciosos sus movimientos; tenía ojazos oscuros, dientes blancos y diminutos, la piel tersa, pendientes de oropel y un aire de inocencia absoluta que era descaradamente falso.
—Me llamo Tulia —dijo aquella visión en carne y hueso.
—¡Hola, Tulia! —exclamé.
Tulia me sonrió. Era un ser cariñoso que ese día no tenía casi nada que hacer y yo era un hombre con el ánimo por los suelos y necesitado de consuelo. Le sonreí afablemente. Si no me quedaba más remedio que perder a la encantadora dama con la que soñaba, las mujeres sin principios ya podían hacer lo que quisieran conmigo.
Un investigador privado que sabe lo que hace pronto consigue trabar amistad con una camarera. Sostuvimos una charla intrascendente y luego comenté:
—Busco a un hombre al que es posible que hayas visto... A menudo lleva una capa de un tono verde repugnante.
No me sorprendí cuando la hermosa Tulia reconoció al susodicho; al reparar en ella, la mayoría de los hombres del barrio seguramente se sumaban con rapidez a la clientela de su madre.
—Vive al otro lado del callejón.
Tulia se acercó a la puerta y señaló la pequeña ventana cuadrada de la habitación del individuo. El tío empezó a caerme bien. Su entorno parecía bastante insalubre. Todo indicaba que el hombre de la capa verde vivía tan miserablemente como yo.
—Me pregunto si ahora está en casa...
—Puedo averiguarlo —dijo Tulia.
—¿Qué dices?
La muchacha señaló hacia arriba con la mirada. Disponían de la habitual escalera que subía por la pared interior y conducía al desván tapiado en el que los propietarios vivían y dormían. Seguro que encima de la entrada de la tasca había una ventana larga que les proporcionaba luz y aire. Lógicamente, una jovencita despierta e interesada en sus congéneres pasaba sus ratos de ocio asomada a la ventana, mirando a los hombres.
Tulia se dispuso a subir complaciente la escalera. La habría acompañado, pero sospeché que su madre acechaba en la planta alta, lo que echaba a perder la diversión.
—Te lo agradezco, pero de momento prefiero no molestarlo. —Fuera quien fuese y quisiera lo que quisiese, nadie me pagaría por interrumpirlo en pleno almuerzo—. ¿Qué sabes de él?
Tulia me miró con suspicacia, pero mi actitud era indolente y mis rizos, naturales. Además, había dejado una generosa propina a su madre.
—Se llama Barnabas. Llegó hace una semana... —Yo pensaba al tiempo que la muchacha hablaba. Alguien había mencionado recientemente el nombre Barnabas—. Pagó tres meses de alquiler por adelantado... ¡y no discutió! —Tulia se maravilló—. Cuando le dije que era tonto, rio y afirmó que algún día será rico...
Sonreí.
—¿Por qué te dijo eso? —Sin duda por las razones habituales por las que los hombres hacen a las mujeres delirantes promesas de riquezas—. Tulia, ¿a qué se dedica ese empresario cargado de ilusiones?
—Dijo que era triguero, pero...
—¿Qué?
—Que también rio cuando lo dijo.
—¡Es todo un comediante!
Definirse como comerciante de cereales ya no cuadraba con el Barnabas en el que yo pensaba, que era el esclavo liberto de la casa urbana de un senador y que era incapaz de distinguir el trigo de la paja.
—¡Haces muchas preguntas! —protestó Tulia con picardía—. ¿Y tú a qué te dedicas? —Eludí la respuesta con una mirada de complicidad, que ella me devolvió—. ¡Vaya con los misterios! ¿Quieres salir por la puerta trasera?
Como me gusta reconocer cualquier sitio al que tal vez quiera regresar, poco después atravesé el patio de la parte trasera de la tasca; lo crucé a gran velocidad porque pertenecía a una casa particular. Tulia parecía estar a sus anchas; sin duda el afortunado propietario se había percatado de sus encantos. Me ayudó a salir por una puerta que no tenía echado el cerrojo.
—Tulia, si aparece Barnabas a tomar un trago, puedes decirle que lo estoy buscando... —Más me convenía lograr que se pusiese nervioso. En mi línea de trabajo no ganas coronas de laureles si le haces ascos a los desconocidos que te siguen hasta casa—. Dile que se presente en la casa del Quirinal, supongo que sabrá a qué me refiero, pues tengo que entregarle una herencia. Tendrá que identificarse en presencia de testigos.
—¿Sabrá quién eres?
—¡Descríbele mi perfecta nariz clásica! Me llamo Falco. ¿Me harás este favor?
—¡Si quieres que lo haga, pídelo amablemente!
Esa sonrisa ya había prometido favores a un centenar de hombres. Ciento uno debimos de llegar a la conclusión de que podíamos pasar por alto a los demás. Ignoré los remordimientos de conciencia con respecto a la hija de cierto senador y le pedí el favor a Tulia de la forma más amable que pude. Al parecer surtió efecto.
—¡No es la primera vez que lo haces! —exclamó cuando la solté.
—Cuando se tiene una nariz clásica se corre el riesgo de ser besado por las mujeres hermosas. Para ti tampoco es la primera vez. Dime, ¿cuál es tu excusa?
Las camareras casi nunca necesitan una excusa. Tulia sonrió.
—¡Falco, no tardes en volver, te estaré esperando!
—¡Cuenta conmigo, princesa! —le aseguré antes de irme.
Probablemente ambos mentíamos. Pero en el Trastevere, que es aún más sórdido que el Aventino, la gente vive de esperanzas.
El sol aún brillaba cuando crucé hacia Roma a través de la isla del Tíber. En el primer puente, el Cestio, donde la corriente es más veloz, hice un alto y vacié el bolsillo de la túnica que contenía los anillos del fiambre del almacén.
Faltaba el camafeo de la esmeralda. Supuse que lo había perdido en la calle.
Cruzó por mi mente la idea de que tal vez lo había robado la camarera, pero llegué a la conclusión de que era demasiado bonita para hacer semejante cosa.
Caminé hacia el norte. Compré una torta rellena de carne de cerdo picada y picante que comí mientras andaba. Un perro guardián meneó la cola a mi paso y le dije que dirigiese sus colmillos sonrientes a otra parte.
La vida es injusta. Con excesiva frecuencia es demasiado injusta para ignorar una sonrisa amistosa. Desanduve mis pasos y compartí la torta con el can.
Llegué a una casa en el sector de las calles altas del Quirinal. Su propietario había sido un joven senador que participó en la misma conspiración que el hombre que Frontino y yo arrojamos a la cloaca. Este también estaba muerto. Lo habían detenido para interrogarlo y lo encontraron ahorcado en la cárcel de la Mamertina..., asesinado por sus compañeros de conspiración para que no abriese la boca.
Se estaba procediendo al desalojo de su casa. Como vaciar una propiedad era el oficio de la familia Didio, me ofrecí voluntario cuando se planteó el tema en palacio. Además, en otro tiempo el ilustre propietario había estado casado con Helena Justina, mi amiga predilecta, y me interesaba ver cómo habían convivido.
Comprobé que habían vivido en la abundancia. Satisfacer mi curiosidad fue un grave error. Me acerqué a la casa embargado por la melancolía.
La mayoría de los romanos se vuelven locos a causa de sus vecinos: basura en la escalera y depósitos de agua sucia sin vaciar; los toscos vendedores con sus chapuceras tiendas en la planta baja y las putas imponentes en el piso alto. No ocurría lo mismo en el caso de su señoría, pues su elegante morada ocupaba el edificio en propiedad absoluta. La mansión abarcaba dos niveles y se apoyaba en los riscos del Quirinal. Una puerta discreta pero firmemente blindada me condujo de la calle a un pasillo discreto que contenía sendos cubículos para dos porteros. El patio principal no estaba techado, de modo que la elegante cenefa de azulejos vidriados resplandecía en medio de largos haces de luz brillante. La magnífica fuente del segundo patio acrecentaba el efecto fresco y brillante porque relumbraba sobre las exóticas palmeras plantadas en urnas de bronce situadas a la altura del hombro. Corredores ornados y con suelo de mármol se abrían a uno y otro lado. Si el propietario se hartaba de los salones formales, en la planta alta disponía de varios recovecos masculinos ocultos tras las pesadas cortinas de damasco de las puertas.
Antes de dedicarme a mi trabajo oficial en la casa, tenía que aclarar si el personaje que me había seguido esa mañana estaba relacionado con esta elegante residencia del Quirinal.
Me acerqué al portero.
—Dime..., ¿qué fue de aquel liberto con el que tu amo estaba tan encariñado?
—¿Se refiere a Barnabas?
—Sí. ¿Barnabas poseía una horrorosa capa verde?
—¡Ah, esa cosa! —El portero frunció el entrecejo con evidente desagrado.
El liberto Barnabas se había esfumado. Por poner las cosas en perspectiva, si hubiese sido un esclavo desaparecido no habría valido la pena pegar un cartel con su nombre y clasificarlo como fugitivo.
No habría valido la pena ni aunque leyera y escribiese en tres alfabetos, tocara la flauta de doble tubo y fuese un virgen de dieciséis años con cuerpo de lanzador de disco, naturaleza complaciente y ojos de color pardo oscuro y transparentes. Su amo le había dejado un botín tan fácil de vender que perder una bella pieza de arte —humana o de otro tipo— no hacía al caso.
A mí me había convenido pasar por alto a Barnabas. En pro de su fama de hombre afable (reputación que nunca tuvo pero a la que aspiraba), el emperador decidió respetar los legados personales secundarios del difunto y yo era el encargado de cumplirlos. El modesto regalo de despedida del senador a su liberto preferido consistía ni más ni menos que en medio millón de sestercios. Los protegía en mi caja del banco del Foro y los intereses ya habían rendido un rosal en un tiesto de cerámica negra que ornaba mi balcón. Hasta ese momento había supuesto que Barnabas tomaría la decisión de verme cuando necesitara su herencia.
Los acontecimientos de ese día aguzaron mi ingenio. Fisgonear en las inmediaciones del almacén demostraba un interés malsano por hechos que cualquier liberto sensato preferiría simular que ignoraba, y agredirme había sido una insensatez.
Como sabía que si no tenía las ideas claras me resultaría imposible abordar el trabajo, decidí hacer más pesquisas entre los seres abandonados que todavía no habíamos enviado al mercado de esclavos.
—¿Quién conoce a Barnabas?
—¿Qué beneficio nos reportará?
—Si me proporcionáis otra cosa en que pensar tal vez me olvide de apalearos...
Fue difícil arrancar información a aquellos pazguatos. Me di por vencido y busqué a Crisosto, un secretario levantino que se vendería a buen precio en cuanto lo sacáramos a subasta, aunque de momento yo lo utilizaba para hacer los inventarios.
Crisosto era un vejiga floja con piel de mal color y mirada borrosa de tanto meter la nariz en grietas a las que es mejor no arrimarse. Lucía una túnica blanca, demasiado corta, a pesar de que las piernas de las que estaba tan orgulloso eran las habituales cañas pálidas que acechan en los despachos, rematadas con pomos peludos a modo de rodillas y gastadas sandalias. Con los dedos como martillos de sus pies podías clavar las estacas de una tienda de campaña.
—Deja de escribir un momento. ¿Qué tenía Barnabas de especial?
—Bueno, su señoría y Barnabas se criaron en la misma granja.
Dada mi penetrante mirada, Crisosto metió sus piernas flacas bajo la mesa. Probablemente al principio tenía talento, pero escribir cartas para un hombre corto de entendederas y malhumorado muy pronto le enseñó a encubrir su iniciativa.
—¿Qué aspecto tiene?
—De calabrés desaliñado.
—¿Te cae bien?
—No mucho.
—¿Supones que estaba enterado de lo que tu amo tramaba?
—Barnabas se jactaba de saberlo todo.
Ese calabrés bien informado se había convertido en liberto, de modo que, en teoría, si quería hacer algún trabajillo era cosa de él. Como su amo era traidor, en principio yo también pensé que la idea de largarse de casa era sensata. En ese momento me pregunté si se había ido porque tramaba algo sucio.
—Crisosto, ¿sabes por qué se fue? ¿Quedó muy afectado por la muerte de tu amo?
—Es probable, pero a partir de entonces nadie le vio el pelo. Se encerró en su habitación. No tocó la comida que le dejamos fuera. Como nunca se entendió con nosotros, nadie intentó intervenir. Aquí no nos enteramos cuando fue a la cárcel a reclamar el cadáver. Me enteré de que había organizado el funeral cuando el empresario de pompas fúnebres trajo la factura.
—¿Nadie asistió a la incineración?
—Nadie se enteró. De todos modos, las cenizas reposan en el mausoleo familiar. Ayer fui a rendirles mis respetos. Hay una urna nueva, de alabastro...
El hecho de ser aristócrata había impedido que el joven senador fuese arrojado a una cloaca. Después de morir en la cárcel su cadáver fue entregado para los costosos ritos funerarios, pese a que los realizó su liberto, a solas y en secreto.
—Quiero preguntarte algo más. Cuando tu amo concedió la libertad a Barnabas, ¿le montó un negocio..., por ejemplo, algo relacionado con la importación de cereales?
—Que yo sepa, no. Esos dos solo hablaban de caballos.
A esas alturas Barnabas me provocaba una alarma considerable. Mi mensaje a través de Tulia sobre su legado podría atraerlo a la mansión si quería el dinero contante y sonante. Para reforzar mis palabras aun en el caso de que Barnabas no se acercase, encargué a un recadero que pusiese un letrero en el Foro prometiendo una modesta recompensa a cambio de noticias sobre su paradero. La recompensa podía convencer a un ciudadano afable de entregarlo a un miembro de la guardia.
—Falco, ¿qué pongo de recompensa?
—Digamos que tres sestercios. Si se trata de alguien que no tenga mucha sed, con esa suma podría comprarse el trago de una noche...
Lo cual me recordó que yo estaba más que dispuesto a beber una copa.
No hizo falta salir de la casa en busca de una copa. El hombre que la había habitado se llamaba Gneo Atio Pertinax y había dejado cuanto se podía desear para una vida cómoda: la bebida abundaba y yo tenía acceso directo.
Como Pertinax era un traidor habían confiscado sus propiedades: nuestro jovial y nuevo emperador se las quedó. Ya había tomado varias granjas poco productivas en Calabria (por ejemplo, aquella en la que Pertinax y Barnabas se criaron). Unas pocas cosas que aún pertenecían a su anciano padre fueron devueltas a regañadientes: algunas viviendas de alquiler que eran rentables y un par de hermosos caballos de carrera. También había un par de barcos, y el emperador aún no había decidido si se los quedaría en nombre del estado. Entretanto, confiscamos esta mansión romana, atiborrada de objetos apetecibles que Pertinax había acumulado como suelen hacer los hombres mundanos: a través de legados personales, de ingentes esfuerzos comerciales, de regalos de los amigos, de sobornos por parte de los colegas de profesión y de éxitos en el hipódromo, donde su capacidad de juicio era insuperable. Tres agentes imperiales pusimos patas arriba la mansión del Quirinal: Momo, Anacrites y yo.
Nos llevó casi una quincena. Hicimos cuanto pudimos por disfrutar de ese trabajo monótono. Cada noche nos recuperábamos y nos tendíamos en el salón de banquetes, todavía ligeramente perfumado con sándalo, en inmensos sofás de marfil tallado con colchones de lana perfectamente cardada, para ocuparnos de lo que quedaba del vino albanés del difunto propietario, caldo añejado durante quince años. En una de las mesas de tres patas poníamos un calientavinos de plata, con su cámara para quemar carbón, una bandeja para la ceniza y una pequeña espita para servirnos la bebida en el momento en que estaba en su punto. Esbeltos portalámparas con patas triples de león quemaban aceite perfumado de primera calidad mientras intentábamos convencernos de que no nos gustaría vivir con tanto lujo. El comedor estival de la mansión había sido decorado por un genial especialista en frescos: la panorámica espectacular a través del jardín mostraba la caída de Troya y hasta el jardín resultaba ser estuco primorosamente pintado en la pared interior, para no hablar de los pavos reales tan realistas a los que un gato atigrado acechaba.
—¡Los caldos de nuestro difunto anfitrión son de tan buen gusto como el decorado doméstico! —afirmó Anacrites, y simuló ser un experto engreído, de los que hacen mucho ruido pero en realidad no saben nada.
Anacrites se hacía llamar secretario, aunque era espía. Poseía un cuerpo macizo y compacto y cara fofa, con insólitos ojos grises y cejas tan rubias que eran casi invisibles.
—¡En ese caso, bebamos! —intervino Momo inopinadamente.
Momo era el típico capataz de esclavos: la cabeza rapada para evitar los piojos, tripa de bebedor de vino, cinturón sucio, mentón mugriento, voz ronca a causa de las enfermedades de su oficio, y tan resistente como un viejo clavo hundido en la madera. Se encargaba de liquidar al personal. Había desahuciado a todos los libertos con modestos obsequios en efectivo para que estuviesen agradecidos y ahora dividía en grupos a los esclavos que encontramos apiñados en los alojamientos de la parte trasera del complejo de edificios. El senador había coleccionado manicuras y peluqueras, jefes de pastelería y creadores de salsas, esclavos para el baño y para el dormitorio, paseantes de perros y domadores de aves, un bibliotecario, tres contables, arpistas y cantantes, e incluso un contingente de jovencitos veloces cuya única tarea consistía en correr a poner sus apuestas en las carreras. Se había equipado magnánimamente para ser un hombre joven sin responsabilidades familiares.
—Falco, ¿has avanzado algo? —preguntó Momo, y usó como escupidera un perfumador dorado.
Me llevaba bien con Momo; era un tipo tortuoso, mugriento, chapucero, tramposo y maestro en artimañas: un personaje agradablemente definido.
—¡Catalogar los bienes muebles del hogar del hijo de un cónsul es toda una lección para un simple muchacho del Aventino!
Noté que Anacrites sonreía. Algunos amigos me dijeron que había indagado en mis orígenes hasta averiguar en qué piso de qué casa de vecindad ruinosa había nacido y si la habitación en que vi la luz hacía treinta años daba al patio o a la calle. Sin duda ya había descubierto si yo era o no tan simple como aparentaba.
—Estoy de acuerdo contigo —reconoció Momo—. ¿Por qué alguien que poseía semejante botín lo arriesgó ofendiendo al emperador?
—¿Fue eso lo que hizo? —pregunté inocentemente.
Nosotros tres pasábamos más tiempo vigilándonos mutuamente que buscando conspiradores. Momo, que era un redomado escucha de conversaciones ajenas, se fue a dormir no muy convencido. Sus pies planos trazaban un perfecto ángulo recto con sus botas negras, que eran rígidas para patear mejor a los esclavos. Me percaté de que Anacrites me observaba. No dije nada.
—Falco, ¿has pasado un buen día?
—¡De la mañana a la noche estuvo plagado de hombres muertos y de mujeres veh
