El libro de Cupido

Franco Torchia

Fragmento

Una mariposa,
un ángel

POR FERNANDA LAGUNA

No existiría Cupido si no fuera gracias a la ausencia del amor y es a ella a quien le rendiré mi máximo homenaje. Porque la ausencia existe antes que el amor, las canciones románticas bien lo demuestran. Hay algo que no existe y ellas le rinden culto a ese espacio-tiempo de posibilidad maravillosa. No está, hay que traer lo que no existe con un llamado primitivo y creativo. La canción es el cuerpo del amor porque a eso se dedica el arte, a hacer visibles o audibles las frecuencias.

Vamos a abrir un paréntesis científico, improvisado y sin lecturas previas sobre el asunto “El amor”. Que es algo y no es algo concreto y por lo tanto se vuelve un verdadero problema. Por un lado tenemos la Teoría magnética, donde el amor sería una onda –justamente– magnética que induce la atracción de diferentes tipos de “seres” animados-inanimados, “reales”-ficcionales, concretos-ideales.

Otra teoría es la Teoría de la propiciación, donde se dice que las cosas, como el universo, estarían atravesadas constantemente por accidentes que las harían inestables, propensas a desbordar sus propios límites. Estos accidentes a grandes rasgos serían la temporalidad, la espacialidad, lo climático, etcétera. El amor actuaría de propiciador sobre los seres humanos, al hacerlos correrse de sus propios límites y motivar el encuentro del género.

Existen muchas más teorías, pero estas dos bastan para echar un poco de luz sobre la competencia que existe entre dos equipos: el amor con minúscula –magnetismo-propiciatorio– y Amor con mayúscula, que representa al amor que se identifica con “cosas” definidas como un corazón o algo que está fuera de uno en algún lugar. Cuando se dice que el Amor y Dios son lo mismo, llegamos al límite máximo de esta categoría. ¿Ya ven a dónde me voy dirigiendo? Cada equipo propone diferentes formas de ver el mundo de lo amoroso y uno va de un lado para otro sin saber qué hacer. ¿Elegir entre la eficiencia de la física –lo físico– o la seguridad de la fe que calma la ansiedad? Porque el universo podrá ser muy perfecto con sus hermosos órganos reproductores de las flores, sus electrones de protones tan chiquititos a escala, sus agujeros negros enormes que chupan y sorprenden. Será perfecto el todo, pero la parte de la vida que nos toca no lo es. Las personas somos los seres encargados de adaptar lo perfecto para que encaje en nuestro día a día. La voluntad, el gusto, nos desvían permanentemente del plan universal. Cocinamos combinando cosas porque nos gustan las cosas saladas. Y en el caso que nos interesa, ¿a quién le importa –satisface– que el amor sea una onda que atraiga solamente? Necesitamos combinarla con fantasía… Condimento fundamental que da sabor a aventura.

Yo acá, es lo que pienso, lo que estoy pensando. Estoy sentada, llueve y estoy sola, no hay nadie. Solo una canción romántica que habla de alguien que espera a alguien que no está y el que espera es el que canta. Habla de él con respecto a otra persona. Y yo hablo de mí pensando que este texto lo va a leer alguien. El habla de él y yo de mí. Pero cuando él habla, no es un “él”, es un “yo” cantando. Y un yo siempre está solo, por eso el amor viene después. Y por esa cosa heroica que tiene esa palabra creo que es la más hermosa del mundo.

Existirá el universo teórico de las grandes mentes, pero en el fondo –poco profundo– cada uno se percibe como el universo, nuestra vida es la vida misma. Vivir en esta confusión permanente es bastante difícil para un ser humano. Esta desconexión entre lo que sería la existencia y lo que percibimos de ella es un energía bipolar vital-letal. Hay otros yoes dando vuelta por el mundo, con el mismo problema de entendimiento que uno. La única forma de comprender esto es haciendo uno al otro, atrayéndolo para meterlo dentro nuestro a través de la experiencia.

No sé, creo que la idea del amor tipo “cosa”, tipo “es algo que no encontrás porque sos un inútil”, nos puede hacer mal y nos puede alejar más aún de nuestro objetivo de “quiero sentirme contenta y que se apacigüe un poco este vacío interior”. Hay que cuidarse relajando los conceptos. Aflojemos un poco… Y bueno, sí es muy impresionante ser un yo. Uno es como una especie de masa amorfa llena del todo. Está tan lleno nuestro ser que la soledad es total. Lo pienso y empiezo a desesperarme. Pero resulta que como está todo, la parte del otro también está. Y esta es una experiencia primordial sobre el otro, que nos enseña muchísimo sobre lo que no entendemos que está afuera, y a su vez es una seguridad que sin ella no podríamos ni movernos. Fijémonos:

La boca antes de besar dice “quiero darle un beso” –pasemos por alto todo lo del no lenguaje del bebé y la teta, que no lo sé–. La mano antes de abrazar escribe “lo vi, y quise abrazarlo”. Antes de que pase lo que no existe ya estamos ahí haciendo cosas muy importantes. Luego besamos un espejo o nuestra mano cerrando los ojos, sintiendo el calor de nuestra piel y ese instante es tan total que volvemos a hacerlo. Escribimos en el diario, bailamos acariciándonos la espalda con la luz apagada. Ponemos música y abrazamos un almohadón, o un pequeño objeto “especial” que nos regalaron que tiene que ver con él, con ella. En estos casos de intimidad estamos con alguien que es uno, pero a la vez que no es uno. Y esa parte de uno en uno que no es uno, ¿quién es? ¿Quién es ese fantasma que está con nosotros? ¿Cómo se llama? Ese que cuando estamos por salir nos dice: “Vamos loco que estás muy bien”. O: “Te queda bárbara la pollera. Tenés el pelo mejor que nunca. ¡Perfume! ¡Volvé a ponértelo ya!”. El que cuando estás en un bar dice: “Vamos al baño a recomponernos. Tomá agua”. Y nos ayuda a ordenar un poco aquellas neuronitas mareadas. Ese pequeño ayudante invisible que se deja chupar, babear, apretar, que nos aguanta el llanto y que como puede nos tira onda se llama… él tiene varios nombres, según el idioma de cada persona. Pero aquí lo llamaré con su nombre de guerra –por eso lleva un arco y una flecha–: Cupido, Cupidito. Y por lo que decíamos es mucho más que el encargado de ayudarnos a enamorarnos. Él está desde mucho antes, él es la posibilidad del amor. La distancia que uno necesita para poder crear un imán efectivo. Nace con nosotros o por ahí se inocula en algún momento –no nos distraigamos– y a medida que uno crece junto con él, crece la posibilidad de la humanidad. Bue… Por eso sólo a través de él somos capaces de ir… de partir de la casa de la soledad hacia el misterio de las casas de los otros yoes con sus camas donde ir a dormir, o cocinas donde ir cenar, o lo que sea. Cupido, no es uno. Lo aclaro porque tanto “uno que no es uno en uno” por ahí no quedó claro –tampoco que esto sea una teoría muy seria–. Cupido es mucho más raro de lo que hasta uno está preparado a entender. Tiene todos los sexos posibles, voces, caras, cuerpos. Combinaciones de cuerpos –mitad estrella, mitad genio– indibujables, pensamientos múltiples encadenados con sabores de cosas, una zapatilla en un pie y en el otro, que no lo tiene, tiene una copa de champagne llena. Esta particularidad de ser algo más allá de lo concreto le permite a Cupido encarnar en todo lo existente. Puede adueñarse de la voz de grandes figuras de la canción o poner su rostro transparente en la cara de un actor de novelas. Puede modelar en París o en Nueva York, ser el reflejo de una estrella fugaz en un charco, una caja de bombones en un escaparate, el perfume de una toalla, la suavidad de un caballo, la luz que se filtra por debajo de una puerta que nos dice: “Uy… esto debe significar algo”. Y, por último, ¿se acuerdan quién era él antes? Él era nuestro amado amigo invisible, el que jugaba con nosotros cuando no había nadie. Y jugando nos enseñó todo. Aprendimos a tener la voz más grave a través de soldaditos, a hacernos grandes con una Susy mientras le hacíamos un diseño de vestido o un torniquete en la pierna. Hicimos ciudades de ladrillitos y autopistas con choques casi permanentes. Un zoológico en el que ya empezábamos a besar leones. El era nuestro mejor amigo y luego fue nuestro primer amor –no voy a entrar en detalles, imaginemos–. A cada uno esta etapa le dura lo que le dura. En un momento muchos cortamos y es allí, al convertirse el amigo-novio en un ex, cuando nace Cupido… que no nace. Él es la transformación del yo en una mariposa tipo... ¿ángel? Porque cuando él despliega sus alas significa que uno ya está habilitado para tener un registro de portación de ellas para volar de nuestra casa a la casa de quién sea.

COMPARTIMOS EL MISMO CUPIDO TORCHIA

Una mariposa. Un ángel sin nombre con un arco y una flecha, salta del corazón para convertirse en Cupido Torchia. Y me encanta que el cuerpo que encarne sea sonoro. Acompaña mi “teoría”, en realidad, hice este texto inspirándome en este Cupido, van a ver.

El medio de la voz es el aire. Lo poético de sus palabras son un fuelle que alimenta la postergación del romance. Sin consumación Cupido es feliz, porque en el suspiro de cada participante él dobla la apuesta. Para él eso es vida y su sangre es de gracia. El va y viene, muestra una nariz, una comisura, o hace escuchar un comentario de alguien. Bate sus alas y agita el ambiente externo e interno de los participantes y de los espectadores –participantes– para producir un mareo de tipo encantamiento… ¿Vieron esos bailes de chamamé en donde los bailarines golpean con sus pies la tierra, como llamando a una puerta y levantan una nube de polvareda para eclipsar la realidad? No en cualquier lugar uno se enamora. Hay que deshacer ese cualquier sitio para que sea propicia la creación de una mirada que nos haga estremecer cada pelito de la piel, que haga que nuestro cerebro esté a un metro de distancia de la cabeza, que las orejas nos lleguen a los codos y que sintamos al fin el batir feliz de las alas de Cupido.

CÓMO DEJÉ DE SER Franco
Y ME CONVERTÍ EN Cupido

Nací y viví en Ensenada, a pocos kilómetros de La Plata. Llegué tarde a todo. También al amor. Fui Cupido para no lanzarme al amor.

En Ensenada me empecé a convertir en Cupido por obra del petróleo. Y del fósforo de la siderurgia. Soy del 76 y tuve un vecino que fue a Malvinas. A veces veía restos de fideos de la noche anterior flotando en la zanja. La ropa tenía hollín y el aire era fabril. A las 6 de la mañana ya estaba en la calle. Era un chico triste.

Tendría que haberme convertido en un varón: tendría que haber sido un varón de Ensenada. Ingeniero de la destilería YPF, estibador del puerto u operario del astillero. Pero soy Cupido, con el sabor agrio de la estación de trenes Río Santiago: una leyenda de amor color marrón.

No hubiera hecho ni haría el programa Cupido, no sería su voz en off, su guionista y su contralor, sin haber invertido tantas tardes con Yo me quiero casar… ¿y usted?, de Roberto Galán, en Canal 11 o en Canal 9: el acento de la voz de Galán subrayando la nacionalidad de cada candidato es la banda sonora de mi vida: un acento que en Ensenada, en los años 80 y en los 90, con el puerto y la industria de fondo, determinaron el timbre de voz, el énfasis de reto y la propensión a la ira de Cupido.

Lo mío era el habla, porque absorbí el habla que emergía de los altoparlantes. A los altoparlantes de mi infancia y mi adolescencia les debo Cupido. De ellos, no recuerdo voces puntuales: recuerdo tonos generales y algunas modulaciones. Eran locuciones caseras, involuntarias, y surgían de la necesidad o el auxilio: el botellero que pasaba a recolectar colchones, cacerolas o frazadas los sábados al mediodía; el Sr. Barragán, que de lunes a viernes entre las cinco de la tarde y las ocho de la noche, desde un zaguán, conducía la radio céntrica de la ciudad; el altoparlante del Club de Regatas La Plata, que ante una llamada de emergencia alertaba a los socios dispersos en el predio y les pedía que acudieran rápido al puesto del teléfono, y el altoparlante del Club YPF, que pasaba los hits enganchados de cada verano.

Cada vez que hacia el comienzo de una emisión tengo que volver a decir: “Sean bienvenidos: esto es Cupido, el primer programa de televisión en contra de las apariencias y a favor del corazón”, pienso en los aullidos de la hinchada del club de fútbol Defensores de Cambaceres, en los redoblantes de la comparsa del Club La Curva, en Héctor Larrea al mando de Seis para triunfar, en mi hermana Gabriela al son de algunos lentos de FM Horizonte y en las pelotas de básquet de mi vecino Adrián contra la medianera de doña Laura.

En Ensenada había una FM de un tal Cánepa: una vuelta, Cánepa tuvo la gentileza de pasar el vals “El Danubio azul” justo a la medianoche, para que quienes estábamos en ese mismo momento en el living de Sabrina, esperando que se hicieran las doce para brindar por sus flamantes 15, tuviésemos la sensación exacta de contar con un disc jockey propio. Sabrina no tenía equipo. Ahí también supe que quería convertirme en algo así como en Cupido y ser un servicio bajo demanda para cubrir necesidades mínimas, como la canción de fiesta que todos necesitamos bailar en el momento justo. La radio patrulla del amor garantizado.

Tía Marina, tía Eli, tía Dominga, tía Rosa, tío Armando, tía Tuca, tía Irma, tía Gina, tío Roque, tía Dora, tío Rafael, tío Emilio, tía Estela contaban que a lo de Galán, más de una vez, había ido un ensenadense que finalmente murió solo: la historia rota e incomprobable de ese solitario, mitificada por la parentella, construyó mi vínculo eterno con Roberto.

Además de ver a Galán, de quedarme tieso frente al polvo que acumulaba el escritorio de mi cuarto erigido sobre una terraza, mirando la máquina de escribir, y de acariciar mis cuadernos forrados con papel y con nylon, cada tanto mi plan era comprarle artículos de librería a las “solteronas” (así las llamaba Pili, mi madre) del local “Los diablitos”: solteronas, como corresponde a un orden mundial en la que el trámite matrimonial divide y reina. Las solteronas “sin suerte” que habían sido compañeras de Pili en la Técnica del Hogar.

Mi plan B era que mi madre, o la futura esposa de uno de mis primos, me llevara algún sábado a la noche a la iglesia a ver los casamientos. La novia de mi primo estudiaba Ingeniería Hidráulica y dicen que era un bocho: cantaba el Ave María a pedido en algunas ceremonias. A Pili le gustaba ir a chusmear los vestidos. A mí me emocionaba imaginarme en la conducción de un enlace, nunca en su protagónico.

Con mucha dedicación recorría la agenda telefónica de Pili porque me gustaba leer en voz alta los nombres y los números de teléfono de cada contacto. Me enloquecían los apellidos: el desafío de la pronunciación exacta. La aleatoriedad con la que Pili consignaba nombre, apodo o referencia general, como “Las de Dicósimo”, por dos hermanas, dos primas o dos matronas que planchaban para afuera.

El crujido que hacía la copia de Crónica de un niño solo de Leonardo Favio que por ese entonces pasaba ATC –sobre todo, en la escena desesperante en el monte– me daban la pauta de mi adicción sostenida: detenerme frente a cada resquicio sonoro que me permitiera comprobar que el mundo lastima.

Crecí ensordecido por motores, además: los motores del taller mecánico de mi padre y el motor del remolcador “El ideal”, en el que mi padre vivió embarcado décadas; y los motores que arreglaba Rogelio en la calle, a metros de mi casa. Crecí enamorado de la historia de amor de mis vecinos Nelda y Rogelio. Nelda vivía cruzada de brazos al lado de Rogelio y dejaba hundir su cabeza en el motor del auto que él arreglaba: eran compañía absoluta, resignación, entrega, postergación, vigilancia y sabiduría. Me convertí en Cupido de tanto ver a Nelda cruzada de brazos al lado de Rogelio en sesiones interminables de arreglo automotor. Supe así que esperar de un matrimonio algo más que esa imagen es la falacia más imperdonable, y la más ingenua.

Me estremecía de ajenidad cuando escuchaba de lejos fuegos artificiales, petardos y aplausos, porque sentía que los acontecimientos públicos, las ceremonias de interior, los eventos sociales, el mero festejar, no eran para mí.

Soy producto de una educación auditiva que no elegí y que más de una década después derivó en Cupido: el caño sin costura de su voz alzada contra la simpleza. Un monstruo con espasmos pirotécnicos y corazón bloqueado.

Cupido es violento, sordo y extranjerizante. Es gritón e insufrible. Su origen es metalúrgico y barrial. Sabe a puerto y a tallarinada. Escucha los discos de Ray Conniff de su madre y le suena el reloj cucú del comedor. Cupido es una vieja chota que nació entregada. Su extenuación es su heráldica. Su miedo al amor se hizo escudo.

A los 12 años grabé un demo para un programa de radio imposible, o para una radio entera: “FM Amores”. Ahí narraba las peripecias de los enamorados de la zona. Tenía insomnio porque la curiosidad crecía de madrugada: ¿por qué están juntos quienes están juntos? ¿Por qué Pascualito se casó con La Peti? ¿Por qué la de Mech, que se tiñe tanto, besa a su “orangutaneril” esposo si él la faja y ella llora? ¿Por qué Manso tiene una esposa ideal, un garaje munido de las mejores herramientas, una esposa que no asoma salvo los domingos, una hija monja y un hijo mayor sarmientino? ¿Qué hacen los que hacen cosas juntos? ¿A qué juegan?

A la tía Irma, que tenía (y acaso leía) novelas rosa, y a veces incluso se le daba por pintar, se le ocurrió sugerirle a Pili que para curarme del insomnio me ponga a leer: dicho y hecho. Pero nunca más dormí. Empecé a leer a Verne y a Mark Twain. Cupido también nace de Mujercitas, y de los programas Las vendedoras de Lafayette, Finalísima del humor y Libertad condicionada.

Siempre fui literario: literario se es cuando lo que hay nunca alcanza.

En esa atmósfera empecé a metabolizar al monstruo: el flecha veloz Cupido es mi decisión de vivir para otros. Viví convencido de no poder armar nada, porque soy producto de un desarme organizado. Y porque aún habiendo podido experimentar con tradición y simpleza los vínculos dados, me corrí.

Por años, me iba a (no) dormir tan angustiado que ponía a todo volumen “Puente sobre aguas turbulentas” de Simon & Garfunkel e imaginaba enamoramientos.

El ruido que hace la voz de Cupido es el mismo, para mí, que el de los ciclomotores Zanella C3, cuando me sentaba a ver pasar la caravana de motitos que emprendían las escapadas de los adolescentes deseantes, de la muchachada caliente, hacia “La Playita”, un pedazo sucio de arena negra y agua contaminada en Punta Lara. Chombas, bikinis, escupidas, aceleres y piruetas en una rueda.

Me convertí en Cupido porque es la única posición a la que accedí: la del médium que, abandonadas sus posibilidades de lidiar en serio con la “locura de a dos”, orquesta apareamientos. Cupido fue, es y será mi mejor manera de dejar de existir.

Fui un niño llorón que vivió prematuramente y fue senil a los 8. Me olvidé de jugar, y en 2001, cuando caían las Torres Gemelas y se hundía la Argentina, apareció Cupido, vía de acceso para empezar a ser.

Me convertí en Cupido por mi anhelo de ser música sentimental y ser canción de cuna punk. Huir de las imágenes cotidianas y, de alguna chiflada manera, vivir como en un cartoon suizo ambientado con melodías japonesas. Mirar el sol cuando sale por detrás de la montaña y escucharme haciendo de astro que abre cada programa asegurando que “el amor es un misterio; una experiencia propia de las especies salvajes; una reverenda porquería; sin embargo, ¡qué injustamente necesario es el amor!”.

Fui pasajero imaginario de El crucero del Amor y amigo fiel de Albert en La familia Ingalls. Por eso también me convertí en Cupido.

Me convertí en Cupido porque me quedé quietito frente a Bambi en el cine. Y porque crecí con el loop de esta escena, inspirada, yo creo, en mi propia vida:

Bambi: ¿Mami? ¿Mamita? ¿Dónde estás? ¿Mami? ¿Mami? ¿Mamita?

Gran Príncipe del Bosque: Tu madre ya no podrá venir más. Los hombres se la han llevado.

Bambi: (Cierra los ojos y le corren lágrimas por uno de sus ojos.)

Gran Príncipe del Bosque: Debes ser valiente y a aprender a andar solito. Ven, hijo mío.

En Bambi, además, descubrí la única cita literaria que me interesa, y que hasta el día de hoy se la hago decir a Cupido. Es la síntesis exacta de la bobada inherente al estado de enamoramiento y al avance consecuente que, cuando eso ocurre, hace sobre las vidas de todos el mismísimo Satanás: el amor es una “canción de amor”, la “canción de todos nuestros demonios”.

Y me convertí en Cupido por El asno de oro de Apuleyo: porque nunca más volveré a leer un texto tan moderno, una novela tan anticipatoria y una obra tan encantadoramente miserable, “berreta” a propósito y vanguardista por donde se la aborde.

La vida y la obra de Apuleyo en Roma, durante el siglo II después de Cristo, destroza los mitos sublimes e idealizantes del amor romántico: los textos escritos por él que a lo largo de los siglos lograron conservarse son el

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