Introducción
¿QUÉ ES la antimasonería? En términos generales, se denomina «antimasonería» a todos aquellos acontecimientos en los que se aprecia una crítica, un cuestionamiento, una parodia, una censura, una persecución o incluso un ataque en contra de la masonería, los masones y sus prácticas. En términos más específicos, la antimasonería constituye un campo de estudio: aquel que tiene por objeto el análisis y la reflexión en torno a los registros antimasónicos conocidos bajo cualquiera de sus formas.
En el presente libro intentaré bosquejar una breve antología de los ejemplos más característicos del discurso antimasónico que se han registrado a lo largo de la historia. A través de un recorrido cronológico que comienza en 1717 y culmina a principios del segundo milenio, repasaré la génesis, los protagonistas y el contexto en que se produjeron cada uno de esos casos, describiendo un arco temporal que permitirá apreciar la evolución del pensamiento antimasónico desde el siglo XVIII hasta los inicios del siglo XXI. Por razones metodológicas, solo abordaré en este libro la antimasonería contemporánea a la época de la «masonería moderna» o «especulativa», omitiendo aquellos episodios antimasónicos que se sucedieron en la época de la «masonería operativa», cuyos orígenes se pierden en la noche de los tiempos.
Uno de los prejuicios más comunes de los estudios antimasónicos consiste en suponer que la antimasonería es siempre un ejercicio voluntario y consciente de agresión en contra de la fraternidad, practicado maliciosamente por los enemigos de la masonería. Esta afirmación no es necesariamente falsa, pero sí incompleta. Existen infinidad de circunstancias en las que la crítica o la refutación de los principios masónicos no se producen a través de la violencia, la agresión o la persecución, sino del humor, la burla, la parodia y la ironía. También existen casos en que la crítica del discurso masónico ocurre sin el propósito deliberado de agredir a la orden, como son testigos de ello gran cantidad de ejemplos de la antimasonería artística, donde la actitud antimasónica se rige únicamente por criterios estéticos; no toda antimasonería, por tanto, implica «antimasonismo». Por esta razón, incluyo en este libro motivos de censuras al pensamiento masónico que provienen desde el interior mismo de las filas de la orden, según se aprecia en las obras de masones como Arthur Conan Doyle, Rudyard Kipling y Jonathan Swift, por citar unos pocos referentes ilustres.
La antimasonería, como Proteo, es capaz de asumir diversos aspectos. Los discursos antimasónicos aparecen en libros, revistas, leyes, discursos, sermones religiosos, panfletos y folletines. También pueden manifestarse a través de acciones concretas, como la fundación de partidos antimasónicos, la excomunión de masones y cualquier otra forma de estigmatización o persecución en contra de la masonería y sus integrantes. En el campo artístico, la antimasonería está presente en los medios más diversos: la literatura, el cómic, la pintura, el cine, las obras de teatro, las páginas de internet, los programas de televisión… En este libro pretendo representar, precisamente, la heterogeneidad del campo antimasónico y por esta razón, además de los ejemplos clásicos de cualquier manual introductorio a la temática, analizaré ejemplos de la antimasonería en otros medios no tradicionales.
También es mi propósito demostrar que la antimasonería es un campo que ha tenido exponentes en distintos lugares y tiempos, razón por la cual incluyo manifestaciones del discurso antimasónico registradas en una gran variedad de naciones occidentales. Entre los países citados en los diferentes capítulos del texto figuran Alemania, Argentina, Austria, Chile, España, Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Irlanda, Italia, México, Uruguay y el Vaticano. No obstante —salvo cuando la ocasión así lo amerite, como en un par de eventos antimasónicos singulares registrados en India y Rusia—, no analizaré en este texto referencias de la antimasonería en Oriente, como por ejemplo, en el mundo musulmán, donde los agentes antimasónicos tienen una actividad muy intensa.
Obviamente, tampoco es mi propósito ofrecer en este libro una historia de la antimasonería en Occidente, ni siquiera una antología exhaustiva de todos los casos antimasónicos de importancia registrados desde el siglo XVIII hasta nuestros días, tarea que trasciende las posibilidades de esta publicación. Solo aspiro a ofrecer una muestra lo suficientemente representativa de ejemplos antimasónicos que permitan al lector hacerse una idea aproximada de las características de un campo de estudio mucho más extenso, que todo el tiempo suma nuevos capítulos. Por no tratarse de un texto de difusión académica, sino de un ensayo con propósito de divulgación dirigido a un público no necesariamente especializado en estas temáticas, preferí también concentrarme en aquellos casos antimasónicos que puedan resultar curiosos, pintorescos y llamativos, ya sea por su propia naturaleza o por el prestigio de los personajes que participaron en su producción.
Se observará que el libro está acompañado de una gran cantidad de imágenes. La circunstancia no es casual, ni responde únicamente a razones estéticas. Desde sus inicios, las imágenes desempeñaron un rol muy importante en el desarrollo del discurso y la propaganda antimasónicos. De hecho, sería un ejercicio interesante analizar las particularidades de las estrategias retóricas del discurso visual de la antimasonería, así como sus similitudes y diferencias respecto de la antimasonería oral y escrita. Por lo pronto, este libro incluye también una serie de afiches, caricaturas de prensa, dibujos aparecidos en panfletos de circulación popular y otros registros visuales en los que se aprecia una crítica o un cuestionamiento hacia la masonería o los masones, muestras representativas de la rica y variada tradición de la iconografía antimasónica.
En un libro clásico de los estudios antimasónicos titulado ¿Es verdad lo que dicen sobre la francmasonería? (Is it true what they say about freemasonry, 1990), de Arturo de Hoyos y S. Brent Morrison, los autores señalan:
Este libro contiene varias tergiversaciones comunes a propósito de la masonería y muestra ejemplos específicos de fraude deliberado. No intentamos responder a cada uno de esos cargos, porque esa tarea resulta, en última instancia, infructuosa. Cualquiera que quiera pasar por alto las mentiras fácilmente verificables aquí presentadas puede también racionalizar fácilmente sobre cualquier otra falsificación que pueda encontrar.
La cita resume a la perfección el espíritu de este libro, que no pretende constituir ni una diatriba antimasónica, ni una vindicación de la masonería, ni siquiera articular juicio de valor alguno sobre todas las leyendas, mitos, errores, fantasías y mentiras que se tejen alrededor de la fraternidad. En este texto, simplemente pretendo poner en evidencia, a través de una serie de ejemplos calificados y con propósitos meramente ilustrativos, la forma en que la antimasonería ha actuado históricamente. Con un poco de suerte, este ejercicio permitirá arrojar luz sobre un campo discursivo no demasiado conocido por el gran público y posibilitar que el lector, apoyado en sus propios juicios e investigaciones, saque por sí mismo las conclusiones que estime convenientes.
Este 2017 se celebran en todo el mundo, a través de un sinfín de actividades, los trescientos años de creación de la masonería moderna, oficialmente fundada en Londres, Inglaterra, el 17 de julio de 1717. También en 2017 se celebran los trescientos años de existencia de la antimasonería, práctica tan vieja como la masonería misma y que ha acompañando a la fraternidad desde el momento de su constitución. La ocasión parece propicia, entonces, para presentar un trabajo de esta naturaleza, que ofrece una perspectiva complementaria de la siempre polémica historia de la masonería y una mirada a vuelo de pájaro sobre un trabajo de presencia permanente en los últimos tres siglos de vida de las sociedades contemporáneas.
PARTE I
ANTIMASONERÍA EN EL SIGLO XVIII
LA MASONERÍA «moderna» o «especulativa» tuvo una fecha de nacimiento bien precisa: el año 1717. Antes de esa época, existía otro período que los historiadores denominan masonería «operativa», durante el cual las logias masónicas eran corporaciones de albañiles que se dedicaban a la construcción de iglesias y catedrales. La estructura y funcionamiento de estas organizaciones de compañeros del oficio se regulaban por las Constituciones Góticas o Antiguos Deberes (Old Charges), un conjunto de documentos datados entre los siglos XIV y XVIII como el Manuscrito Regio o de Halliwell, el Manuscrito Cooke, el Manuscrito Dumfries, el Manuscrito Kewan y los Estatutos de William Shaw, Maestro de Obras, entre otros, en los cuales hay infinidad de referencias a los orígenes mitológicos de la fraternidad. Durante la masonería operativa había logias de constructores funcionando en Inglaterra, Escocia e Irlanda y sus enseñanzas, ritos y jerarquías, si bien basados en el simbolismo constructivo que caracteriza a la francmasonería, presentaban sensibles diferencias con los que utilizan las logias contemporáneas. En su enorme mayoría, eran organizaciones teístas, pues aquellos primeros masones creían en Dios y su palabra revelada a través de la Biblia.
Sin embargo, al inicio del siglo XVIII aquella vieja estructura operativa estaba en decadencia. El fervor religioso había decaído luego de la Reforma, por lo que se había enlentecido la construcción de edificios religiosos. Para no desaparecer, desde el siglo XVII esos gremios de constructores comenzaron a recibir a masones «aceptados», miembros ajenos al arte de la construcción, pero a pesar de ello hacia 1715 solo funcionaban en Londres unas pocas logias, que recibían el nombre de la taberna donde se reunían. Fue así que el 24 de junio de 1717, día de San Juan Bautista, las logias londinenses El Vaso y las Uvas, El Manzano, La Corona y El Ganso y la Parrilla se reunieron en la taberna de esta última para dar un nuevo impulso a la orden y fundar la primera Gran Logia conocida, con jurisdicción en Londres y Westminster. El pastor presbiteriano James Anderson fue encomendado por esta Gran Logia a escribir la historia de la masonería y definir sus reglas de funcionamiento1. Como en estas logias, de perfil deísta, se usaban los símbolos de la construcción como puntapié para reflexiones filosóficas, morales y espirituales, se conocieron como logias «especulativas».
Fue precisamente en este período de transición entre la masonería operativa y la masonería especulativa que se registraron ejemplos de «antimasonería masónica», es decir, discursos y acciones antimasónicas —si no contra la masonería en su conjunto, al menos sí contra algunas de sus organizaciones e integrantes— realizadas por los propios miembros de la fraternidad. En 1751 se creó una nueva Gran Logia, la Gran Logia de Inglaterra de acuerdo a las Antiguas Instituciones, cuya base fueron seis logias irlandesas que no reconocían la autoridad de la Gran Logia de 1717. Se denominaban a sí mismos «Masones antiguos de York» y acusaban a la Gran Logia de Londres y Westminster de haberse alejado de las verdaderas tradiciones, modernizando la masonería, así como también de sus genuinas raíces místicas. También acusaban al pastor Anderson de pregonar ideas cercanas al deísmo francés y por eso escribieron sus propios reglamentos, la Constitución de los Antiguos (o Ahiman Rezon), donde presentaban una postura más cercana al teísmo tradicional. Además de esta confrontación entre «antiguos» y «modernos», que alcanzó momentos de extrema tensión, los especulativos fueron resistidos por las logias operativas, que estaban en desacuerdo con el proceso de transformación de la masonería anglosajona.
Al promediar el siglo XVIII, la masonería especulativa tuvo una rápida expansión en Europa. Y fue justo en estos años cuando, al margen de sus disputas internas, comienzan las primeras graves hostilidades externas contra la masonería, en especial, de parte de sus clásicos contrincantes: la religión y el poder político. Las primeras sospechas surgieron cuando las logias comenzaron a permitir la participación de masones extranjeros en sus talleres y, más tarde, cuando admitieron, basándose en los principios de igualdad y fraternidad, tanto a integrantes de la nobleza como a ciudadanos ordinarios, dando toda la apariencia de estar conspirando contra el orden establecido. Entonces las logias fueron vigiladas y se llegó a suspender sus actividades, aprehendiéndose tanto a masones como a quienes los ayudaban a escapar de las persecuciones. De todos modos, esto no fue obstáculo para que las logias continuaran funcionando y, de hecho, en muchos casos su clandestino funcionamiento llegó a alentar el interés de las personas por pertenecer a ellas, dando como resultado una multiplicación de las logias masónicas especulativas en Inglaterra, Francia, Alemania, Austria, Italia, Holanda y España.
En este período se publicaron algunos textos clásicos de la antimasonería. En 1730, Samuel Pritchard editó La masonería diseccionada —mal traducido a veces como La masonería disecada—, considerado el primer documento antimasónico de la historia y donde se pusieron al descubierto algunos secretos hasta entonces celosamente guardados por los miembros de la orden, como algunos rituales, símbolos y tejadores2. En 1738, el papa Clemente XII emitió la bula In Eminenti Apostolatus Specula y en 1751, el papa Benedicto XIV la encíclica Providas, que significaron críticas oficiales del Vaticano hacia la masonería moderna con argumentos ya manejados por la Iglesia católica durante la Santa Inquisición. Asimismo, los masones operativos hicieron circular en la prensa diferentes publicaciones satíricas en las cuales se burlaban de las innovaciones de los modernos, como La Hermandad de las Costureras Libres (1724) y Carta de la Gran Maestra de los Francmasones (1724), de Jonathan Swift. En 1751, el padre Torrubia publicó en España Centinela contra Francmasones; en 1784, el príncipe-elector de Baviera, duque Karl Theodor, aprobó en Alemania un edicto contra los Iluminados de Baviera, la masonería y cualquier sociedad no autorizada por la ley; entre 1797 y 1799, Augustin Barruel editó en Francia los cuatro volúmenes de Memoria para servir a la historia del Jacobinismo, donde afirmaba que la masonería y los illuminati estaban detrás de la Revolución francesa; en 1798, apareció en Escocia Proofs of a Conspiracy, de John Robinson; y por esos años también empezaron a propagarse ciertos rumores que vinculaban la muerte de Wolfgang Amadeus Mozart con una conspiración masónica que lo habría castigado por revelar secretos masónicos en su composición «La flauta mágica».
En estos discursos, el secreto masónico fue el punto de acusación fundamental en contra de la fraternidad. Las autoridades civiles y eclesiásticas desconfiaron desde siempre del hecho de que las logias masónicas mantuvieran en silencio sus actividades y la naturaleza de sus enseñanzas, así como que se reunieran en sitios con acceso permitido solo a los iniciados. Por supuesto, este sentimiento de sospecha llegó a imaginar las posibilidades más asombrosas; se acusó a los masones de urdir conspiraciones políticas, de llevar a cabo en sus templos juegos satánicos y ejercicios de magia sexual, de pretender deliberadamente corromper la moral y las buenas costumbres y de socavar el reino de Dios, a través de oscuras intrigas y heréticas maquinaciones, con el propósito de establecer sobre la Tierra el imperio de Lucifer. Si bien no en todos los países ocurrió con la misma intensidad, los masones fueron perseguidos, estigmatizados y censurados por los principios filosóficos humanistas y liberales. Y, no pocas veces, estos argumentos antimasónicos que justificaron la persecución estuvieron construidos con ayuda de fantasías, fraudes y engaños, originándose así en el siglo XVIII algunas estrategias retóricas que la antimasonería repetiría regularmente hasta nuestros días.
1 James Anderson (1678-1739) fue un pastor presbiteriano y masón, coautor, junto con Jean Théofile Désaguliers, de la primera Carta constitucional de la francmasonería moderna o especulativa, conocida comúnmente como las Constituciones de Anderson (1723), uno de los documentos del derecho positivo masónico más importantes de la historia.
2 En masonería se denomina retejar al acto de comprobar o examinar los conocimientos masónicos de un hermano. El retejador es aquel masón que en el transcurso de ciertas ceremonias es encargado de retejar a otro masón, tarea que suele ser atribuida al cargo de primer o gran experto. Los tejadores son una serie de materiales informativos, muy populares en el siglo XIX, que resultan útiles para contribuir a la instrucción masónica de los hermanos, fortaleciendo sus habilidades al momento de retejar o ser retejados.
Una parodia anglosajona en contra de la iniciación femenina
«Carta de la Gran Maestra de las Francmasonas», de Jonathan Swift
LA MASONERÍA moderna tuvo un origen polémico en Irlanda. Si bien desde 1730 había logias regulares en Dublín, el dominio de la Gran Logia de Irlanda sobre toda la isla no se produjo sino hasta 1741, más de veinte años después de la fundación de la Gran Logia de Londres y Westminster. Este fenómeno se explica a raíz de la oposición hacia las innovaciones especulativas del pastor Anderson entre los masones operativos irlandeses, en su mayoría protestantes, quienes no veían con buenos ojos el matiz presbiteriano de las Constituciones, la posibilidad de admitir en los gremios de constructores a personas ajenas a la profesión (masones aceptados) y la definición de cuál debía ser la Biblia que presida la realización de los trabajos de las logias. Incluso muchos gremios operativos irlandeses constituyeron en secreto organizaciones satíricas, como El Antiguo y Noble Orden de los Gormogons, que se burlaban en la prensa de la época de los innovadores modernos.
Uno de los mejores ejemplos de este tipo de ejercicio de la antimasonería anglosajona lo encontramos en el texto «Carta de la Gran Maestra de las Francmasonas» («A Letter from the Grand Mistress of the Female Free-Masons»), publicado, supuestamente, en el año 1727.
El autor de dicho texto, el deán irlandés Jonathan Swift (Dublín, 1667-1745), fue un héroe del nacionalismo irlandés y uno de los autores más famosos de la historia de la literatura. Dueño de un estilo satírico, paródico y humorístico, adquirió reconocimiento universal con su libro Los viajes de Gulliver (1726), que contiene una aguda crítica hacia la política y las relaciones sociales de su época y que se transformó en un éxito de la literatura infantil. Curiosamente, Swift pertenecía a la masonería. Se cree que era miembro de la Logia Goat at the Foot of the Haymarket N.o 16, con sede en Londres. Y hay constancia de que hacia 1688, en sus épocas de estudiante de Teología en el Trinity College de Dublín, integró la Trinity Lodge, siendo autor de un texto satírico titulado The Trinity Tripos en el que ironizó sobre algunas prácticas masónicas, las analogías entre los rituales masónicos y la caballería militar, las relaciones entre masones escoces e irlandeses y los procedimientos de iniciación de albañiles aceptados.
El opúsculo en cuestión, cuyo título completo era «A Letter from the Grand Mistress of the Female Free-Masons, to George Faulkner, printer», presenta algunos problemas de datación, pues Swift tenía la costumbre de conservar largos años en su poder sus escritos antes de darlos a conocer y a veces los publicaba en forma anónima o con pseudónimos. George Faulkner, a quien el texto está dirigido, fue el primer impresor de Irlanda en ganar prestigio en el oficio y era editor del Faulkner’s Dublin Journal, cuyo primer número apareció el 27 de marzo de 1725. Además de ser amigo de Swift, Faulkner también era francmasón, por lo que se convirtió en el impresor oficial del deán en 1726 y el responsable de la conservación de muchas de sus obras. Se estima que la primera edición de «Carta de la Gran Maestra de las Francmasonas» apareció en 1727, aunque algunos investigadores solo la ubican en el período comprendido entre 1725 y 1735.
El texto simula ser una carta escrita por una autora llamada Thalestris, quien se identifica como la autoridad suprema de la Sociedad de Mujeres Franc-Masonas, que tiene sus reuniones en la «cafetería femenina del señor Prater cada martes desde las nueve de la mañana a las doce y en el décimo día de cada mes en el año», donde «todas las damas de corazones sinceros y moral íntegra» son admitidas sin jurar. El estilo satírico de Swift se aprecia en el hecho de que la masonería hable a través de la pluma de una mujer, en tiempos en que esta estaba excluida de la iniciación. Allí, Thalestris describe una serie de nociones —historia, mitología, signos y toques de reconocimiento, vínculos con otras fraternidades esotéricas, etc.— que ilustran a los lectores del Faulkner’s Dublin Journal sobre algunos de los secretos mejor custodiados de la orden.
Por ejemplo, el texto de Swift se burla del estado de situación de una de las principales discusiones de los orígenes de la masonería especulativa: el problema de la Biblia. El debate acerca de si la Biblia debía estar obligatoriamente en el ara de los templos masónicos durante los trabajos de una logia recién aparecería con fuerza en la masonería occidental hacia la segunda mitad del siglo XIX, en ocasión del enfrentamiento entre la Gran Logia Unida de Inglaterra y el Gran Oriente de Francia. Sin embargo, el deán opinaba irónicamente que no tiene sentido cuidar con tanto celo, como lo hacían los masones especulativos ingleses y escoceses, si sobre el ara debía figurar la Biblia luterana, presbiteriana o anglicana. Para todos ellos, la Biblia reúne el Antiguo y el Nuevo Testamento y siendo que la mitología masónica se nutre de la leyenda hebrea de la construcción del Templo de Salomón, lo correcto, dice Swift, sería utilizar solo el Antiguo Testamento. En tiempos en que el simbolismo de la masonería británica estrechaba vínculos con la tradición católica, estas ideas que la aproximan a la tradición hebrea resultaban por demás temerarias.
También parodia Swift las prácticas de ciertos masones e historiadores de la masonería que, en su afán de descubrir cada vez nuevas interpretaciones esotéricas ocultas en los signos y toques de reconocimiento, arriban a conclusiones absurdas. Por ejemplo, Swift analiza las correspondencias entre algunas letras del alfabeto hebreo (beth, caph, gimel, nun, cheth, thau, daleth y resch) y las formas de los patíbulos. Y al explicar que los signos y toques se basan en esas letras, señala que los misterios de los masones remiten a nociones como «estar prontos a ser colgados en los patíbulos antes que divulgar el secreto» o que «todos los que revelen el secreto cuelguen sobre el patíbulo hasta que caiga». Incluso inventa una palabra hebrea: manaboleth, que remitiría en sí misma a la comu
