El príncipe de la mafia

Vito Bruschini

Fragmento

Contenido

Contenido

PRIMERA PARTE

1 1921. La matanza de Borgo Guarine

2 1938. El juego del Tocco

3 1920. Las estrategias del poder

4 1938. El encuentro fatal

5 1938. Cuando nace el amor

6 1938. Las razones del miedo

7 1939. La súplica

8 1939. Los Cien Santos

9 1920. Cooperativas blancas y rojas

10 1920. Cómo nace un bandido

11 1920. Quién nace y quién muere

12 1920. El esfuerzo de morir

13 1939. Adiós Providencia

14 1939. No se mueve una hoja...

15 1921. ¿Recuerdas la primera vez?

16 1939. Cuando los errores se transforman en remordimientos

17 1939. Esto es el cine

18 1921. Años difíciles

19 1939. Mensajes anónimos

20 1939. Caminar por las tumbas

21 1921. El precio de la valentía

22 1939. La violencia engendra violencia

23 1939. La fuga

24 1921. La Glisenti 1911

25 1939. Salto en la oscuridad

26 1939. El Santuario de Calatafimi

27 1939. Adiós, amarga tierra

SEGUNDA PARTE

28 1939. Esto es América

29 La Almadraba

30 Vagnari u pizzo[26]

31 La era del swing

32 Agua en la boca

33 La sangre de Pilatos

34 Cocaína para desayunar

35 El marido ideal es el que se queda soltero

36 La vida es un tren que no se detiene nunca

37 Las pesadillas reaparecen al amanecer

38 La «barrida»

39 Nunca hay que celebrar fiestas sorpresa

40 La venganza es un plato que se sirve caliente

41 En la fiesta de San Ciro

42 El final de la razón

43 Paz, o mejor, casi guerra

44 La cámara de la muerte en La Almadraba

45 La pesadilla queda atrás

46 1942. El sabotaje del Normandía

47 La traición de un amigo

48 De pactos con la Cosa Nostra

49 Noticias del futuro

50 Un golpe de genio

51 1943. El príncipe de Villalba

52 Los dos parapetos de Jano

53 Los «indeseables»

54 Las noticias se confirman

55 Operación Husky

56 Todos a casa

57 Sicilia, estado 49 de Estados Unidos

58 Venganza en familia

59 El que se queda accucchiato, pierde

Un agradecimiento a todos los «padres»

Notas

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PRIMERA PARTE

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1

1921. La matanza de Borgo Guarine

«La maldita noche de la matanza de Borgo Guarine», así recordarían los habitantes del valle de Salemi aquella noche de finales de julio.

No era la luna la que iluminaba la vastedad de los campos del latifundio siciliano, sino el cielo, negro como la pez, que estaba sembrado de millones de puntitos luminosos, y hacia su cénit transcurría el río de la Vía Láctea, que parecía que pudiera tocarse tan sólo alargando la mano. Aquella claridad era suficiente para distinguir los contornos de las montañas en el horizonte. El calor del día había dejado paso a la leve brisa que soplaba del mar y la magia de aquel paisaje, tan áspero y severo de día, se dulcificaba con el perfume de los azahares y los limonares.

Aquella maldita noche Gaetano Vassallo salió de los desfiladeros de la Montagna Grande con dos de sus hombres de más confianza: Corrado y Mariano. Hacía por lo menos cuatro meses que no veía a sus hijos, el tiempo más largo desde que se vio obligado a echarse al monte.

Los dos guardaespaldas llegaron primero a Borgo Guarine; Vassallo se había parado al resguardo de una mata de higos chumbos para evitar eventuales emboscadas.

El ladrido de los perros, alertados por el trote de los caballos de los dos bandoleros, rompió el silencio de la noche. Corrado y Mariano se aproximaron al puñado de casas de la aldea para cerciorarse de que no hubiera intrusos en las inmediaciones. Ojos suspicaces los espiaban detrás de las contraventanas, atrancadas con pestillo. Los dos espolearon las cabalgaduras. Al comprobar que no había extraños, Corrado emitió un suave y prolongado silbido.

Gaetano Vassallo, con un tirón de riendas, llamó al orden a su propio caballo, salió del escondrijo y se dirigió al galope hacia los dos hombres. Tras haberse reunido, se encaminaron hacia el sendero de la finca que partía de la aldea y que, aproximadamente medio kilómetro más allá, terminaba delante de la casa de campo del hermano de Gaetano, Geremia.

En la guarida, excavada en un barranco natural del terreno por los gastadores de la Guardia Real,[1] Gaspare oyó ladrar a los perros, luego un silbido prolongado y finalmente los cascos de los caballos. Alzó los terrones que los gastadores habían colocado para disimular el escondite y con unos anteojos puso en el punto de mira la hacienda.

La oscuridad y la distancia no le permitían divisar los detalles de la casa de Geremia Vassallo, pero cuando el tragaluz de la puerta se abrió y una llama de luz temblorosa disipó en parte la oscuridad, distinguió una sombra que entraba furtivamente en la estancia.

Gaspare sintió un nudo en la garganta y recordó las órdenes del capitán Lorenzo Costa: «Ante la menor duda, corre a informar.» Aquella visita nocturna era decididamente inusitada. Se arrastró fuera del escondite y se puso a correr para cubrir en el tiempo más breve posible los tres kilómetros que lo separaban de una avanzada formada por correligionarios. Tras cinco minutos de loca carrera, llegó a la cueva y desde allí, con un teléfono de campaña, alertó al cuartel general.

Una hora más tarde, cuarenta guardias reales, al mando del capitán Lorenzo Costa, rodearon silenciosamente la casa de Geremia Vassallo. No estaban seguros de que su hermano Gaetano, el bandido más peligroso del territorio de Salemi, se hallase dentro, pero lo sospechaban. Tenían órdenes de no permitir que huyese y de capturarlo, de ser posible, vivo. En cuanto a los otros dos bandoleros, podía arreglarse en el momento: vivos o muertos, no había disposiciones precisas.

Los miembros de la Guardia Real, distribuidos en grupos de tres, se acercaron con sigilo a la casa. Mariano, uno de los dos guardaespaldas de Vassallo, se encontraba en la parte trasera, mientras que Corrado vigilaba la entrada.

La larga permanencia en los bosques había desarrollado en los bandidos una sensibilidad especial para captar ruidos y movimientos distintos de los que producía la naturaleza. Mariano, de hecho, oyó de pronto un roce sospechoso no lejos de su posición. Se volvió de golpe empuñando el mosquetón y se quedó mirando la oscuridad, tratando de penetrarla. De un zarzal cercano, el joven guardia real se arrojó sobre él, le tapó la boca y con el puñal le rebanó la garganta, de oreja a oreja. Lo apretó contra sí y lo inmovilizó en el suelo. Al cabo de un momento, dos de sus compañeros se reunieron con él. Pero Mariano ya había abandonado este mundo.

El otro bandolero percibió el leve alboroto procedente de la parte de atrás de la casa y llamó en voz baja a su compañero.

Uno de los guardias emitió un silbido de respuesta. Corrado se puso alerta. Aquella señal no lo había convencido. Pero fue suficiente ese momento de vacilación para que cayeran sobre él. Corrado se volvió con la violencia de una cobra. Tenía el dedo sobre el gatillo del mosquetón. Apenas vio la figura del primer miliciano dibujarse en el cielo, disparó y dio al hombre de lleno en el pecho. Pero en el instante mismo de apretar el gatillo fue arrollado por una fuerza descomunal que lo arrojó al suelo. Después, dos, tres, cuatro, cinco guardias reales se le echaron encima y acabaron con él a golpes de puñal y bayoneta. Una docena de guardias se precipitó hacia la puerta de entrada de la casa y otros hacia las ventanas para bloquear cualquier vía de escape, como les había ordenado el capitán.

Apenas abatieron la puerta, los primeros guardias reales entraron ordenando a gritos a los ocupantes que se rindieran. Toparon con Geremia, que empuñaba una escopeta de dos cañones. Con gran sangre fría disparó al primero que apareció en el vano de la puerta e inmediatamente después, en rápida sucesión, abrió fuego contra el segundo guardia. Los dos jóvenes militares cayeron desplomados con un alarido desgarrador. Entretanto, en la casa se oyeron gritos de mujer y el llanto de varios niños.

Mientras Geremia se apresuraba a recargar la escopeta, otros diez guardias irrumpieron en la cocina. En ésta había una chimenea, una mesa que ocupaba el centro y dos catres contra la pared. El pequeño pero valiente Jano, atemorizado, aunque sin llorar, se deslizó de debajo de las mantas y se escondió bajo la cama.

Procedente de la habitación de la tía, que se abría directamente a la cocina, le llegaba el llanto de su hermano Giovanni. Jano se metió un trozo de tela en la boca para no dejar escapar ni un lamento. Desde debajo de la cama vio a numerosas personas irrumpir en la estancia y lanzarse contra el tío Geremia, al que arrancaron el arma de las manos; después fue una carnicería. Vio con horror una mano tronchada caer al lado de la cama donde estaba escondido, luego oyó algunos disparos y, justo después, trozos de piernas y brazos, cubiertos de sangre, rodaron por el suelo. El pequeño Jano, aturdido de horror, cerró los ojos, se tapó las orejas y se hizo un ovillo en el rincón más escondido del improvisado refugio. Oyó la voz irreconocible de su tía Rosalia. Pero no pudo ver a ésta lanzarse desesperada sobre el tío e intentar irracionalmente devolverle la vida. Los diez minutos siguientes fueron una orgía de gritos, objetos revueltos y arrojados al suelo. Aunque para su suerte el niño no vio lo que la tía tuvo que sufrir, sus gritos le quedaron grabados en la mente por muchos, muchos años.

Alguien arrancó al tío Geremia de los brazos de su esposa, quien, cubierta tan sólo con el camisón empapado de sangre, fue brutalmente violada. La mujer, enloquecida de dolor, en la confusión alcanzó a recoger del suelo una pistola y se pegó un tiro. Partes de su cerebro salpicaron la cara del hombre que estaba encima de ella y a quien el proyectil, al rebotar, le destrozó un ojo. Fue como una señal para la segunda orgía de sangre. Los guardias reales, aún no saciados, se arrojaron sobre el cuerpo desnudo de Rosalia.

La locura terminó con la llegada del capitán Lorenzo Costa, que tuvo que disparar algunos tiros al aire para hacerse oír por aquellos hombres transformados en fieras. Finalmente, extenuados, sucios de sangre y saciados de violencia, se aplacaron.

El capitán Costa recorrió la casa observando los frutos de la destrucción. Entró en la habitación de la cama. Había un niño tendido, con la cabeza hecha pedazos; debía de tener cinco o seis años. Se aproximó a una gran cuna y vio los cadáveres de dos bebés. Pero luego reparó en que de los dos sólo uno permanecía callado; el otro, una niña de pocos meses, parecía aún con vida. Quizás había perdido el sentido a causa de un golpe en la cara, ahora tumefacta. Nadie se percató de Jano, acurrucado bajo la cama tras un montón de mantas.

—¿Dónde está Vassallo? —gritó el capitán con un tono que hizo estremecer a los hombres que lo rodeaban—. ¡Habéis dejado que escape!

—De aquí no ha salido nadie, señor —dijo uno de los guardias—. Hemos vigilado todas las vías de escape. De la casa no ha salido nadie.

De repente un detalle llamó la atención de Costa. Bajo la cuna vio unos cristales rotos. Hizo apartar el pequeño lecho y descubrió una trampilla que conducía al sótano de la casa y, a través de una galería natural, a la ladera de una colina cercana. Vassallo había huido de allí nada más oír el primer disparo de Corrado.

El descubrimiento hizo enfurecer al capitán. La responsabilidad de toda aquella locura era sólo suya. Por demasiado tiempo había expuesto a los muchachos a una presión intolerable, en espera de encontrar al bandido. Los había acostumbrado a la muerte y ahora esa misma muerte se había convertido en una eventualidad de poca importancia para ellos. Los había transformado en un hatajo de fieras. Habían perpetrado una matanza sin precedentes. Sufrirían un proceso del cual ninguno de ellos saldría bien librado. Estallaría un escándalo. Necesitaba encontrar deprisa una vía de escape o su carrera y quizá su vida terminarían en aquel lugar. Si al menos hubieran capturado a Vassallo todo habría sido más aceptable. Habrían podido decir que el bandido y sus hombres los habían atacado, y que se habían defendido. Pero ¿cómo justificar la muerte de dos niños, uno todavía en pañales, una mujer y su marido? Al alba todo el pueblo lo sabría. Tenía que encontrar una solución. La responsabilidad debía caer sobre un chivo expiatorio. El culpable sería alguno que tuviera interés en aniquilar a la familia Vassallo.

Tomó la decisión. Ordenó a sus hombres que le entregaran una pistola y uno de los puñales ensangrentados. Los envolvió en una camiseta que cogió de la habitación y ordenó a uno de sus hombres de mayor confianza, Michele Fardella, que fuera a esconder aquel bulto en la estancia de Rosario Losurdo. Después dispuso que se llevaran los tres caballos de los bandidos y los abandonaran lejos de allí, en el bosque, y que hicieran desaparecer las sillas de montar y los arreos.

Entonces habló a sus cuarenta canallas y selló con todos ellos un pacto perverso.

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2

1938. El juego del Tocco

Diecisiete años después, el eco de aquellos acontecimientos se había transformado en una leyenda entre los campesinos más jóvenes de Salemi, pero para los viejos el caso continuó representando el capítulo más tenebroso de su desesperado pasado.

La pequeña ciudad había sufrido transformaciones, pero no en el tejido urbanístico, sino en el social y en el político. Muchos se habían visto obligados a emigrar hacia países más hospitalarios, mientras que el fascismo había encumbrado a individuos poco recomendables.

Los días pasaban idénticos, como en cualquier pequeña provincia italiana, cuando, en una límpida tarde de otoño, la quietud del pueblo se vio rota por el redoble rítmico del tambor de Ninì Trovato, el pregonero municipal, interpretado por los habitantes como un alegre reclamo para quién sabe qué proclama.

Durante años los habitantes de Salemi se habían habituado a las salidas fragorosas del factótum del alcalde. Todos, hasta los niños, conocían el contenido del anuncio que Ninì se disponía a transmitir.

Pero aquella tarde los habituales «bien informados» aún no habían leído el bando, y al ver pasar a Ninì bajo las ventanas, todos se preguntaban de qué podría tratarse.

Algunas mujeres se asomaron a las ventanas y le gritaron que cosa avesse da fare tutta quella camorria.[2] Pero Ninì, con actitud muy profesional, no se dignó mirarlas y, tomando el sendero que subía hacia la plaza principal del lugar, siguió golpeando la piel cuarteada del tambor.

La hostería de Mimmo Ferro, que daba a la plaza central de Salemi, se hallaba en el lado opuesto de la iglesia principal, frente a los imponentes muros del castillo normando. La hostería, junto a la casa de Dios, era el único sitio del pueblo donde se podían reunir después de una jornada de duro trabajo, con la diferencia de que la iglesia la frecuentaban exclusivamente las mujeres y los ancianos, mientras que la hostería era la meta preferida de los hombres y los jóvenes.

Aquel anochecer de octubre, Mimmo Ferro sirvió en la mesa del juego del Tocco la segunda jarra de vino tinto. Retiró los cuatro vasos usados y distribuyó otros cuatro limpios.

La mesa estaba rodeada de paisanos. Había canteros, azufreros, curatoli, campieri.[3] Raramente se sumaban al juego campesinos o pastores, y no tanto por el hecho de que para participar era necesario disponer de un poco de dinero, como porque era indispensable poseer una cierta habilidad oratoria, cosa que campesinos y pastores, evidentemente, distaban de manejar a la perfección.

Alrededor de la mesa se encontraban Nicola Cosentino, uno de los campieri de Rosario Losurdo, y Curzio Turrisi, campiere del marqués Pietro Bellarato. Estaban también Domenico el barbero, Turi Toscano el salitrero, Pericle Terrasini el leñero, Alfio el tallador, Fabio, de la azufrera, y un número impreciso de otros paisanos que rumoreaban a sus espaldas, algunos de pie, otros sentados en pequeños taburetes, creando afición, ora hacia un grupo, ora hacia otro.

El objetivo del juego era hacer beber el mayor número de vasos de vino a los de la propia facción y al mismo tiempo humillar a los rivales haciendo emborrachar a uno y dejando al resto con la boca seca. Se echaba a suertes el padrone, o sea, aquel que tenía la responsabilidad de manejar la jarra de vino. Pero él no era el conductor efectivo del juego. El que decidía verdaderamente quién debía beber y quién quedarse accuchiato, es decir, en el dique seco, era el sotto, el auténtico amo del juego, que duraba el tiempo de consumir tres jarras de vino. Nadie se movería de la taberna de Mimmo Ferro hasta que la última gota de néctar no se vertiera en los vasos, a riesgo de volver a casa bien entrada la noche.

El redoble del tambor de Ninì Trovato atrajo la atención de los clientes de la hostería. Los que no jugaban se acercaron a la puerta, la abrieron y salieron para escuchar qué tenía que proclamar el viejo pregonero.

En ese mismo instante el príncipe Ferdinando Licata y monseñor Antonio Albamonte estaban subiendo de nuevo la Via Garibaldi, la callecita que, serpenteando entre las casas, terminaba en la plaza del Castillo.

Al príncipe Ferdinando Licata le gustaba conversar con el culto monseñor. Se encontraban a menudo al final de la jornada, cuando los dos debían esperar la llegada de la hora de la cena. Las frecuentes discusiones les llevaban a infinitas elucubraciones, porque tenían conceptos del mundo y de la vida diametralmente opuestos. Sin embargo, se respetaban: monseñor había renunciado a convertir al príncipe a sus ideas místicas, y Ferdinando Licata había abandonado el propósito de hacer cambiar al sacerdote sus opiniones sobre Voltaire.

Juntos constituían una extraña pareja. Licata sobrepasaba de manera casi cómica a don Antonio, que era de baja estatura, redondito y con una cara circular, perforada por dos grandes ojos que brillaban de astucia e ingenio. El príncipe, a primera vista, no tenía nada del típico siciliano; de hecho medía casi un metro noventa de estatura. Y ni siquiera sus modales, muy formales, se correspondían con el carácter de los sicilianos. Donde traicionaba sus antiguos orígenes isleños, por parte de su bisabuela, era en el comportamiento siempre mesurado y su renuencia a mostrar los propios sentimientos. Su humor y self control revelaban los orígenes anglosajones del bisabuelo, que formaba parte de una antigua aristocracia inglesa, a la que debía el título.

Ninì Trovato había sacudido la plácida atmósfera del lugar. Algunos niños corrían alegremente en torno al pregonero, intentando tocar aquel fascinante instrumento, probablemente una reliquia de las campañas napoleónicas. Algunas personas se asomaron a las ventanas, entre ellas Peppino Ragusa, el médico municipal, a quien sus propios conciudadanos nunca sabían cómo recompensarle por sus milagrosas intervenciones.

El doctor interrumpió la visita a un picciotto[4] víctima de los piojos y se aproximó a la ventana del ambulatorio para escuchar las palabras del pregonero. También la madre del chico se acercó con curiosidad, situándose, respetuosamente, un paso por detrás de él.

Los dos vieron a Ninì alcanzar el centro de la plaza y lo escucharon gritar el increíble anuncio:

—Sintite, sintite, sintite... U’ puristà rici... ca cu appaitene a razza braica ava esseri denunciatu all’autorità, nu registru ru statu civili... e allura a mita, a tutti a cuappaitene a ’sta razza chi stanno rientra u’Cumuni, a prisintarisi rientra l’uffici ru statu civili.

Las palabras gritadas por el pregonero hicieron estremecer al doctor Ragusa. Ninì tocó una vez más el tambor y repitió el vergonzoso edicto: «Escuchad, escuchad, escuchad... El alcalde ordena que todos los hebreos deben ser denunciados a la autoridad en el registro civil... E invita a todos los que pertenezcan a la raza hebrea a presentarse en las oficinas del registro civil.»

El 6 de octubre de 1938, el Gran Consejo Fascista había promulgado las impopulares «leyes raciales», una serie de ordenamientos que tenían por objetivo exaltar la raza itálica como pura raza aria. Ésta era la razón aparente, suscrita, entre otros, por diez doctos personajes de la ética claudicante. Todo el mundo, sin embargo, había comprendido que se trataba de una concesión de Mussolini al amigo Hitler, que justo unos meses antes había ido a Roma en visita oficial. Se pretendía golpear al pueblo hebreo, al que ya se había despojado de la ciudadanía italiana; fueron declarados nulos los matrimonios mixtos y su raza se proclamó incompatible con los cargos militares y públicos, y con algunas profesiones, como la de docente, abogado, periodista o magistrado.

Para una parte de los italianos el futuro se auguraba más miserable que el ya desolado presente. Entre esos italianos figuraba también el doctor Peppino Ragusa.

—Estos pobres judíos aún no han terminado de expiar su deicidio —comentó don Antonio Albamonte deteniéndose ante la hostería de Mimmo Ferro.

Ni siquiera en esta circunstancia él y su amigo el príncipe se pusieron de acuerdo. Licata, de hecho, sacudió la cabeza y dijo:

—Don Antonio, ¿no se da cuenta de que los hebreos son sólo un chivo expiatorio? Así ha sido por los siglos de los siglos, y así será siempre.

—Pero es gente ávida —dijo el cura mientras entraba en la hostería seguido del príncipe. Monseñor adquiría los cigarros toscanos únicamente en el local de Mimmo Ferro. Su aparición enmudeció a los que estaban jugando al Tocco. Todos se volvieron hacia ellos. Quien estaba sentado se levantó en señal de respeto y quien llevaba coppola[5] se la quitó.

Don Antonio pidió los toscanos habituales a Mimmo y echó un vistazo al corro de jugadores.

—Vea, príncipe —dijo—, en este juego está toda la filosofía de nuestra gente. Algo diferente de Aristóteles o vuestro Voltaire.

Mimmo le dio cinco cigarros envueltos en un papel aceitoso. Don Antonio cogió uno, lo encendió y aspiró voluptuosamente algunas bocanadas.

—Éste es uno de mis numerosos vicios. —Sonrió con falsa modestia.

—El cigarro puro es el símbolo del placer perfecto —comentó el príncipe—. Es exquisito, y nos deja insatisfechos. —Esbozó una sonrisa irónica y se dirigió hacia la salida, seguido del monseñor—. Pero ¿qué quería decirme a propósito de ese juego?

El cura hizo un amplio gesto con la mano, abarcando las casas, los edificios y la gente que pasaba.

—¿Ve todo esto? Pues bien, aquí en Sicilia no queda claro que eso sea la realidad. El mundo real es una apariencia. El verdadero mundo, el del poder y las decisiones importantes, es subterráneo e invisible. Es como en el Tocco: el ritmo bello y perverso lo marca el sotto, una figura que parece depender del padrone pero que en realidad es el verdadero señor de la partida.

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3

1920. Las estrategias del poder

Diecisiete años después de aquella límpida tarde de otoño, el pueblo italiano estaba viviendo sus días más dramáticos. El descontento, en casi todas las clases sociales, había alcanzado niveles de extrema intolerancia. Justo aquel año la cosecha había sido la más desastrosa en la memoria de los campesinos, tanto que el gobierno se había visto obligado a adquirir en el exterior los dos tercios de la cantidad necesaria de trigo a un precio mucho más alto que el que podía pagar el consumidor medio italiano. En muchas ciudades los enfrentamientos entre manifestantes y fuerza pública estaban a la orden del día. A los enfrentamientos los seguían las huelgas, proclamadas tanto por profesionales como por obreros, y aun trabajadores estatales y docentes.

En Sicilia, a diferencia del resto de Italia, la situación no fue tan dramática, porque a la insatisfacción de los campesinos le faltaba el apoyo determinante de los obreros de las grandes industrias. Sin embargo, también allí la gente común, apoyada por socialistas y populistas, consiguió hacer oír violentamente su voz. Fue por esas razones por lo que aquel 14 de octubre de 1920 los grandes latifundistas de la Sicilia occidental se convocaron en una reunión secreta. Debían decidir qué rumbo dar a la economía italiana a fin de no perder el control del poder.

El encuentro tuvo lugar en los salones del palacio Cesarò, en el corazón de Palermo, de propiedad de Calogero y Paola Colonna, descendientes de una rama de la famosa familia romana, llegada a Sicilia en el siglo xiii. Las invitaciones fueron distribuidas secretamente a treinta y ocho grandes latifundistas, además de algunos representantes del clero, ciertos políticos y unos cuantos representantes de la prensa. A la cita se presentaron treinta y cuatro: todos hombres. Mujeres y amantes estaban excluidas de la asamblea. Naturalmente, la condesa Paola Colonna, verdadera artífice de aquella conjura, fue, en tanto que anfitriona de la reunión, la única mujer presente en la misma.

Ferdinando Licata, que hacía poco había cumplido cuarenta años, fue de los últimos invitados en llegar.

Besó la mano a la condesa y dijo:

—Doña Paola, es un honor para mí conocerla. He de reconocer que lo que se cuenta sobre su belleza no es nada comparado con la realidad.

La noble señora, entrada ya en años, se sintió lisonjeada por las palabras del príncipe y admirada por su prestancia.

—Príncipe Licata, cuando una mujer es joven se dice que es bella, pero cuando tiene cierta edad lo mejor que se le puede decir es que es «fascinante». A mí me gustaría ser recordada por mi inteligencia.

Licata sonrió.

—A los hombres les espanta una mujer bella y dotada de inteligencia. Ciertamente, vuestro marido ha sido afortunado.

La condesa le devolvió una sonrisa de complicidad y con ello le dio a entender que la conversación había terminado.

Fernando Licata conocía a la mayoría de los asistentes y aquellos pocos a quienes todavía no había tenido el placer de conocer le fueron presentados por el propio don Calogero Colonna.

La casi totalidad de los presentes eran nobles que habían recibido en herencia feudos que poseían por la gracia de Dios y del rey. Estaban Francesco Adragna, de Salemi, barón de la Salina di Altavilla; Gioacchino Caffarelli, de Vizzini, barón de Guzman; Pietro Bellarato, marqués de Campo Allegro; Carlo Quartararo, de Sciacca; Antonio Todaro, barón de la Galia, y Alfio Mastropaola, un noble de Palermo. Entre los políticos habían sido invitados el liberal Antonio Grassa, el republicano Vito Bonanno y un tal Ninì Rizzo. No faltaba un representante de los periodistas, Raffaele Grassini, portavoz oficial del «partido de los agrarios», y, en fin, también él mismo exponente de la clase noble isleña.

Don Antonio Albamonte, por entonces simple párroco del duomo de Salemi, era el menor de tres hermanos varones y por estrategias familiares había sido obligado por el padre a abrazar la carrera eclesiástica. Pero tanto su carácter como su despreocupación lo hacían muy distinto de los otros invitados.

Cuando fueron presentados, Licata y don Antonio sintieron una instintiva e inmediata simpatía el uno por el otro.

Ferdinando Licata se acercó al corro que parecía más aguerrido. En el centro se remangaba cual cabecilla el barón Gioacchino Caffarelli de Vizzini.

—La culpa es toda del estúpido de Salandra —decía—, que durante la guerra, para incitar a aquellos cuatro huelguistas a combatir, prometió que cuando volvieran a casa todos ellos dispondrían de un pedazo de tierra.

—Salandra debería cortarse la lengua —apuntó el honorable Ninì Rizzo.

—Ahora ya no lo para nadie. Y no son sólo los socialistas... —arriesgó el marqués Pietro Bellarato.

—También se metió de por medio ese reliquia de santo de don Sturzo y sus populares —remachó Alfio Mastropaola—. Ahora también ellos quieren dividir nuestros feudos para repartirlos entre el pueblo. Pero ¿qué revolución es ésa? Yo no lo comparto.

—La devaluación está a mínimos históricos y no parece que vaya a cambiar —intervino Paolo Moncada, príncipe de Valsavoia—. En un año el oro ha subido de 5,85 liras el gramo a 14,05 liras. El doscientos cuarenta por ciento. ¡Una cifra intolerable!

—El verdadero bubón que hay que extirpar son las heces socialistas —declaró en tono decidido el marqués de Bellarato.

—El problema es que en la Cámara poseen la mayoría de los escaños: 156 —precisó Moncada, alisándose la larga y blanca barba.

—Pero no nos olvidemos de que en Sicilia los socialistas no han obtenido ni uno —apuntó con satisfacción el republicano Vito Bonanno.

—Es cierto —reconoció Moncada, el anciano príncipe de Valsavoia—. Y también los fascistas se han quedado a dos velas. En cuestión de un par de años ellos también desaparecerán. Los que me preocupan, en cambio, son los cientos de escaños de los populares, de aquel cura miserable... y excúseme don Antonio..., el tal don Sturzo tendrá la túnica negra, pero podría ser perfectamente roja.

Raffaele Grassini, el periodista, intervino en la discusión.

—No olvidemos que éstas, señores, son las primeras elecciones verdaderamente libres desde la unificación. Hemos de reconocer que los socialistas son los auténticos representantes del pueblo.

—Es la consecuencia del sufragio que los señores políticos han querido extender a todos los ciudadanos varones —protestó Bellarato, el más exaltado de todos—. Sin embargo, se ha de considerar que sólo ha votado poco más del cincuenta por ciento del electorado.

—Eso es porque nadie ha creído jamás en el parlamento. Sobre todo desde que el rey ha ignorado a los diputados cuando se ha tratado de decidir entrar en la guerra. ¿Recordáis? —intervino Alfio Mastropaola, volviéndose hacia los presentes—. La mayoría de los diputados estaba a favor de la no intervención, pero el rey decidió de todos modos que se debía combatir.

—Hoy, sin embargo, es el parlamento mismo el que quiere mantener el precio político del pan. ¡Nosotros ya no podemos mantener esos precios! —gritó el marqués Pietro Bellarato, concentrando la atención de los presentes—. El trigo lo vendemos a un cuarto del precio real. ¿Por qué tenemos que pagarlo de nuestro propio bolsillo? Estos rojos nos están llevando a la ruina.

La improvisada asamblea asintió, con preocupación.

—Quieren sembrar el terror entre las masas campesinas; su objetivo es crear pánico. Nos provocan porque pretenden hacer estallar el resentimiento de la gente y llevar el pueblo a las armas para revolucionar el sistema y apropiarse de todos nuestros bienes. ¡Ésa es la verdad!

Aquellas palabras soliviantaron a los presentes.

Fue entonces cuando Calogero Colonna se puso en el centro del salón y, batiendo las palmas, llamó la atención de los invitados.

—Queridos amigos, gracias por haber intervenido. —Se aclaró la voz, extrajo una lista con nombres del bolsillo de la chaqueta y prosiguió—: Tengo que comunicaros que cuatro de nosotros no han respondido a la convocatoria. Para salvaguardar nuestros asuntos, conviene saber quiénes son: el barón Vincenzo Aprile, el conde Gabriele Amari, el marqués Enrico Ferro y el barón Giovanni Moleti. Siempre hay que tener claro quiénes son los amigos y quiénes los enemigos. Y ahora paso la palabra a nuestro portavoz, el eximio profesor Raffaele Grassini.

Tras pronunciar esas palabras volvió a sentarse, mientras en el centro del salón avanzó el periodista, que, sin más preámbulos, volviéndose hacia la condesa, sentada en el centro de la estancia, empezó a hablar:

—Ante todo, un saludo a nuestra gentilísima anfitriona, la condesa Paola Colonna, que ha tenido la bondad de acogernos en su estupenda morada. —Esperó a que el aplauso cesara para continuar—. El orden del día, y el motivo de la reunión de esta tarde, es analizar la actitud a mantener ante las afrentas que todos nosotros hemos sufrido en las últimas semanas: campesinos que ocupan nuestras tierras, gabellotti[6] que no quieren seguir pagando lo pactado, bandidos que sustraen el ganado revendiéndolo después a consumeros de feudos lejanos. La situación es grave.

»El Estado está ausente y se suma al colapso económico —prosiguió—, los gastos del balance superan tres veces las entradas. Los campesinos que han ido a la guerra a combatir, donde podían comer al menos una vez al día, han regresado a una vida mísera y de privaciones. Ahora esos mismos campesinos miran con odio a aquellos que se han quedado en casa para hacer fortuna. Los campos están abandonados, un poco por falta de mano de obra, pero un poco, asimismo, porque así nos conviene. Pero en estas condiciones no se necesita mucho para encender la mecha de la revuelta, y, os aseguro, hay ciertos agitadores que son capaces de hacer estallar revoluciones aprovechándose de unos ánimos mucho menos exaltados. La pregunta es: ¿hemos de detener toda esta locura? El debate está abierto. Para no crear confusión, tratad de intervenir de uno en uno y levantando la mano. Gracias. —Calló y, permaneciendo de pie, se puso a un lado de la sala.

—La respuesta no puede ser más que una. —El marqués Pietro Bellarato fue el primero en tomar la palabra. Era un hombre bajo y fornido, y, ciertamente, carecía de los rasgos aristocráticos de un Licata—. Es una respuesta que llega desde lo más profundo de los siglos pasados. Es la respuesta que siempre nos han indicado nuestros precursores y que nunca ha fallado: la fuerza de las armas. Yo, como todos vosotros, tengo a mi servicio un ejército de asesinos que me cuestan un ojo de la cara. Demos un buen ejemplo y veréis que todo volverá a ser como antes.

Se dispuso a sentarse. Cerca de él se alzó una mano. Era la de Francesco Adragna, que dijo:

—Los campesinos son como hijos para mí. Y los hijos necesitan bofetadas para obligarlos a obedecer. Sólo reaccionan a eso. Estoy de acuerdo con el marqués.

Todos los asistentes parecían coincidir con él.

El príncipe Ferdinando Licata levantó la mano para pedir la palabra. Hasta ese momento había permanecido en silencio. De hecho, casi nadie se había percatado de su presencia.

—Tiene la palabra el príncipe Licata —anunció Raffaele Grassini, señalándolo.

El príncipe, delgado, alto, con una cabellera tupida y rizada, negra como la pez, y los ojos azules como el cielo de marzo, heredados de su padre, un aristócrata de origen galés, había impresionado no sólo a la bella anfitriona sino a todos los presentes.

—No creo que sea una idea sabia. —La voz firme del príncipe Licata hizo agitarse a toda la asamblea. En concreto, el marqués Bellarato se quedó rígido en su asiento. Licata continuó con tono decidido—: Los tiempos están cambiando y nosotros tenemos que cambiar con ellos. Basta de violencia. Hemos tenido ya demasiados muertos y lutos. ¿Nuestros campesinos quieren formar cooperativas? Dejemos que creen esas cooperativas. ¿Quieren ocupar las tierras y solicitar a los tribunales que les reconozcan sus derechos? Que lo hagan. No nos opongamos; al contrario: secundemos sus peticiones, ayudémosles a ponerlas en práctica... Diré aún más: hagamos un pequeño esfuerzo y participemos, nosotros y nuestros amigos más fieles, en estas cooperativas. Ayudémosles a solicitar dinero a la Caja Rural para los alquileres colectivos. —Hizo una pausa, mirando al auditorio. Luego continuó con tono más insinuante—: Pero ¿quién dirige la Caja? ¿Acaso no somos nosotros? Y ¿no seremos siempre nosotros los que demos los préstamos? —Sonrió con aire taimado y los presentes soltaron un suspiro de alivio, si bien no todos habían comprendido a fondo el sutil humor del príncipe e interrogaban a sus vecinos al respecto.

—Si he entendido bien —intervino en tono sarcástico el marqués de Bellarato—, debemos ayudarlos en sus proyectos. ¿Es así?

—Así es —repuso Licata—. Podemos controlar sus movimientos, alargar indefinidamente los procesos de expropiación y hacerlos fracasar. Darles a entender que obtendrán préstamos para los alquileres, para después negárselos con algún olvido burocrático o simplemente porque las solicitudes se perderán en un incendio y habrá que instruir nuevos expedientes. O, si pensamos que puede ir en nuestro provecho, hagamos lo posible por concederles esos benditos trozos de papel.

—Un escopetazo es la forma más expeditiva de arreglar estos asuntos —se opuso, arrogante, el marqués.

—Marqués, eso sería como invitar a todos los esbirros y policías del continente a invadir nuestras bellas tierras —replicó plácidamente el príncipe—. Además, violencia llama a violencia, y la muerte a la muerte.

—¡El príncipe Licata tiene razón! —La voz llegó de los asientos de los prohombres.

Era el párroco de Salemi, don Antonio Albamonte. Todos se volvieron hacia él; a pesar de que sólo tenía treinta y cinco años de edad, la suya era una de las opiniones más respetadas de la asamblea.

—Seamos gente civilizada —añadió don Antonio—. Hay que prescindir de la violencia. Nuestros campesinos son como un rebaño de ovejas que necesitan un perro y un pastor que las guíe. Hagamos, pues, que elijan ellos el sendero, pero de manera que siempre seamos nosotros quienes los guiemos. Si bien debemos allanar la necesidad de cambio de nuestros protegidos, tenemos también la obligación de hacerlo de modo que nada cambie de forma sustancial.

—Pero, don Antonio, así haremos como los capones, que se creen gallos y no tienen cojones —dijo el marqués, provocando la risa de gran parte de los asistentes—. Perdóneme, condesa —se disculpó de inmediato volviéndose hace la única mujer presente en la sala. Luego continuó—: ¡Nos comerán vivos! ¡Está profundamente equivocado! Una buena perdigonada es la única música que esta gente entiende. —Miró alrededor en busca de aprobación. Pero en el salón reinaba el silencio.

El moderador, Raffaele Grassini, retomó la palabra:

—Bien. Si he sabido interpretar el pensamiento de esta asamblea, nos encontramos con que tenemos que elegir entre dos corrientes de pensamiento: la del marqués Bellarato, que propugna el uso de la fuerza, y la del príncipe Licata, que, por el contrario, nos exhorta a secundar a los campesinos en sus veleidades manteniendo, no obstante, el control sobre sus iniciativas. A la entrada os han entregado unas tarjetas de invitación. Indicad en el dorso cuál de las dos propuestas queréis apoyar.

El resultado de aquella votación puede considerarse hecho fundamental para la mafia siciliana.

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4

1938. El encuentro fatal

A la mañana siguiente, el doctor Peppino Ragusa, más combativo que nunca, se acercó al ayuntamiento para tratar de entender qué quería decir, en la práctica cotidiana, aquella absurda ordenanza. Era incapaz de comprender qué podía comportar ser señalado con el dedo como «perteneciente a la raza hebrea» en un registro civil. ¿Representaba una ventaja o podía acarrear consecuencias nefastas? Alguien debería explicárselo.

Se puso su mejor traje y su mejor corbata y, escoltado por su hijo Saro, recorrió el pueblo con paso decidido directo hacia la oficina del secretario municipal. Estaba seguro de que el destino no le deparaba nada bueno. Sus pensamientos volaron hacia los hijos. Había esperado para ellos un porvenir mejor que el suyo, y de ser posible lejos de esa tierra avara. Stellina, la hija más joven, se había casado con un muchacho tranquilo de Marsala y quizá fuese la que estaba mejor de todos. Pero Ester, la primogénita, hija de su primera mujer, había cumplido hacía poco los veintiocho años y, a pesar de su título de maestra, no podía encontrar una colocación y, sobre todo, un buen marido. Y, en fin, estaba Saro, el huérfano al que habían adoptado cuando iba todavía en pañales y a quien crio como a un hijo propio. Saro era tímido y demasiado serio para su edad, pero también muy inteligente y hermoso como un sol con aquella rebelde cabellera de un castaño claro que una y otra vez caía sobre sus ojos. En la escuela era siempre el mejor, pero tuvo que adaptarse al trabajo en la barbería de Domenico, y eso Peppino no se lo podía perdonar.

Llegaron al edificio del ayuntamiento y Ragusa pidió hablar con el secretario municipal.

Por entonces era alcalde de Salemi Lorenzo Costa, un ligur que había desembarcado en Sicilia veinte años antes al frente de un puñado de guardias reales. Costa había sabido adaptarse al ritmo de los tiempos y, después de la experiencia con los guardias reales, se pasó al Nuevo Cuerpo de Policía y finalmente fundó la sección de los Fascios de combate de Salemi. Su carrera política lo había llevado al máximo cargo comunal. En calidad de alcalde había nombrado secretario municipal a su hombre de máxima confianza, Michele Fardella, el único que conocía todos sus errores. El mando de las escuadras de acción lo había dado a Jano Vassallo, el joven hijo de aquel Gaetano Vassallo que había sido cabecilla de una de las más aguerridas bandas de los campos de Salemi antes del fascismo y del cual, hacía ahora ya muchos años, se había perdido toda pista.

Las escuadras de acción estaban formadas por jóvenes corruptos, agresivos y envalentonados por la autoridad que les confería Roma y la protección personal del alcalde. El núcleo duro estaba constituido por, además de Jano, cinco de los muchachos más desesperados de Salemi. El más joven era Ginetto, un verdadero cobarde que en grupo, sin embargo, pegaba más palos que los demás. También estaba Nuncio, el hijo mayor de Manfredi, uno de los numerosos emigrantes de la primera hornada. Prospero Abbate, Cosimo y Quinto eran los otros tres, y para todos el apelativo «bastardos» podía considerarse un cumplido benévolo. Jano, su digno jefe, era un joven dotado de buenas espaldas y buenas piernas; su presencia infundía miedo y antipatía a los habitantes de la zona.

Lorenzo Costa, que ahora debía pensar sobre todo en preservar el orden público del territorio de su competencia, lo toleraba y procuraba contener su ira.

Jano había tenido una infancia rebelde. Había sido la desesperación de todos los educadores que se habían alternado en la tentativa de domarlo.

La matanza de sus familiares, a la que había asistido de niño, lo había marcado para siempre. Odiaba el mundo, se había convertido en un ser violento y, para suerte suya, con la llegada del fascismo había ingresado en un organismo sin escrúpulos que lo había acogido bien. La escuadra de acción había representado su salvación, aunque la paranoia ya lo había envuelto en un oscuro laberinto.

Jano quería la redención y amaba la sangre, odiaba al doctor Ragusa porque no había sido capaz de salvar a su madre cuando había dado a luz a los gemelos; odiaba a Rosario Losurdo, el gabellotto del príncipe Ferdinando Licata, porque había saldado con sólo cinco años de prisión la matanza de sus familiares; odiaba a su padre, el terrible bandido Gaetano Vassallo, porque, durante la matanza, había pensado únicamente en salvarse a sí mismo, abandonando a la familia a merced de los asesinos; odiaba también a su madre, porque había elegido a aquel villano como marido... En definitiva, estaba en contra del mundo entero.

Ver a Ragusa allí, en el ayuntamiento, fue una verdadera y grata sorpresa, una óptima perspectiva de diversión para Jano y sus milicianos, que habían transformado un salón del edificio en su base de operaciones.

—Querido doctor, ha venido a nuestro encuentro —dijo en voz alta Ginetto, que estaba fumando apoyado en la jamba de la puerta.

Ragusa, sin aminorar la marcha, siempre seguido por Saro, pasó por su lado y, haciendo valer su autoridad, dijo en tono reprobatorio:

—Ginetto, ¿por qué no estás en la escuela a esta hora?

El muchacho se alejó de la puerta, como sorprendido in fraganti, y respondió titubeante:

—Ya no voy más. Soy mayor.

En ese instante se asomó Jano, quien exclamó:

—¿Mayor? ¡No me hagas reír!

Pero ya Ragusa y su hijo estaban subiendo la escalera que conducía a la planta noble, donde se encontraban las oficinas del alcalde y el secretario municipal.

—Eh, doctor. ¿Adónde cree que va? —le gritó Jano.

—El secretario municipal me ha convocado —mintió Ragusa, sin detenerse. Poco después entró en la oficina de Michele Fardella y se paró delante de su mesa.

El escritorio de Fardella no servía para trabajar, porque en realidad el secretario no sabía leer ni mucho menos escribir. Pero era un simple puesto para justificar su sueldo. El trabajo verdadero lo hacían los empleados en la planta baja, amontonados en una habitación llena de papeles y archivadores.

—Señor Fardella, no le haré perder tiempo —dijo el doctor tomando asiento—. Ayer escuché a Ninì decir que me presentara aquí en la alcaldía. ¿Se puede saber de qué se trata?

—¿De qué está hablando, doctor?

—Pero, ¿cómo que de qué estoy hablando? ¿Quién ha mandado a Ninì por ahí a avisar a los judíos que se presenten en el registro público? ¿Era una broma? —El doctor comenzaba a impacientarse. Saro, con la mano, le hizo señas de que se calmara.

—Un momento... —Michele Fardella, a quien no le gustaba que lo cogiesen por sorpresa, se levantó y se aproximó a la puerta—. ¡De Simone! —gritó con fuerza. Luego volvió a sentarse delante del doctor, sonrió y le ofreció un paquete de Popolari, que el doctor rechazó. Ignorando a Saro, se llevó un cigarrillo a los labios, lo encendió y se apoyó en el respaldo de la silla—. Un poco de paciencia y descubriremos el misterio.

Unos segundos más tarde entró De Simone, un anciano empleado que en el ayuntamiento sacaba adelante el trabajo de diez personas. Jadeaba por haber subido las escaleras. No tuvo ni fuerzas para presentarse.

—¿Qué historia es ésta de los judíos? —preguntó Fardella.

El viejo tomó aliento y finalmente dijo con voz ronca:

—Es una nota que llegó hace una semana desde el Ministerio del Interior. Se votaron las leyes raciales. Los hebreos ya no son ciudadanos como nosotros los cristianos.

Al doctor se le heló la sangre y Saro no comprendió bien de qué estaban hablando. Tampoco Michele Fardella acababa de entender qué significaba en la práctica aquella decisión.

—Está todo escrito ahí —añadió De Simone acercándose a la pila de papeles ordenados en una esquina del escritorio. Sacó un ejemplar de la Gazzetta Ufficiale y se lo entregó al secretario municipal, expresamente con el texto puesto del revés, para mofarse de él. Michele Fardella fingió dar una lectura veloz y después devolvió el impreso a De Simone.

—¿De qué se trata? Explícalo en diez palabras —ordenó en un tono que no admitía réplica.

—Eso, lo que dije, hay que inscribir a los hebreos en un registro que luego tendremos que enviar al ministerio. No podrán ejercer más sus profesiones. —Pasó algunas páginas del real decreto. Luego comenzó a leer como una cantilena—: «Disposiciones para la defensa de la raza italiana. Vittorio Emanuele III por la gracia de Dios y por voluntad de la nación rey de Italia, emperador de Etiopía, habida cuenta de la necesidad urgente y absoluta de disponer, visto el artículo tres...»

—Basta, ya es suficiente, De Simone. Te puedes ir.

Peppino Ragusa sentía un torbellino en la cabeza y no se percató de la señal de comprensión del viejo amigo De Simone, que hizo una leve inclinación a todos, se volvió y salió de la estancia.

Saro había permanecido en silencio hasta aquel momento. Por respeto a su padre no había intervenido en la discusión. Pero ahora, viéndolo en dificultades, preguntó, no sin cierto candor, a Michele Fardella.

—Pero, ¿son normativas ya operativas?

—¿Y qué quieres que sean? De todos modos, no debéis preocuparos. Doctor, doctor... ánimo. No se lo tome de esta manera, ya sabe cómo funcionan las cosas aquí en Italia. Se dictan tantas leyes... ¿y cuántas se respetan? Ésta es una más. Nuestros gobernantes lo hacen aposta. ¿Cómo se dice? Muchas leyes, ninguna ley.

De la planta baja llegaron unos chillidos desesperados, luego un vocerío de gente, algunos gritos de mujeres y un tumulto, como de personas que huían.

Michele Fardella se puso en pie de un salto. La acción era la actitud más acorde con su carácter. Cogió del cajón una Beretta y corrió hacia la puerta. Saro lo siguió, mientras que el padre de éste permaneció apoyado en el escritorio imaginando ya un futuro de desesperación.

Desde la galería, Fardella y Saro vieron en el piso de abajo, en el centro del salón, un hombre que había tomado como rehén al viejo De Simone. Lo inmovilizaba con el brazo izquierdo al tiempo que con la mano derecha empuñaba una pistola que apuntaba, ora contra la sien del pobre empleado, ora contra la gente apiñada contra una pared. Algunos tenían las manos en alto, otros estaban agazapados en el suelo.

—¡Que nadie se mueva o lo mato! ¡Lo mato como que hay Dios! —gritó el hombre, que no se había percatado de la presencia de Fardella justo encima de él.

—¡Cálmate! —exclamó Fardella—. No hagas tonterías, no ha sucedido nada todavía.

La atención de todos se centró en Fardella, que, ocultando la pistola detrás de la espalda, había comenzado a bajar lentamente la escalera, seguido de Saro.

—¡Párate! ¡Que pares te digo! Si no paras lo mato... —El hombre apretó la pistola contra el cuello de De Simone.

—Está bien, me paro aquí, tranquilo —dijo Fardella, pero continuaba bajando, si bien aminorando al máximo los movimientos—. Pero dime qué puedo hacer por ti.

—Tú no puedes hacer nada. Ahora ya nadie puede hacer nada —gritó aquel desesperado.

Cerca del hombre había dos mujeres. La más gorda apretaba contra sí a la más joven, como para protegerla. La chica era Mena, la hija de Rosario Losurdo, y la otra Nennella, su gobernanta. Saro había visto a Mena pasear por el pueblo y había quedado fascinado por su belleza. Ahora estaba allí, en peligro de muerte, con el cañón de la pistola que sostenía aquel loco a menos de un metro de distancia. Saro temió por ella.

Jano, al lado de la puerta del salón, tenía las manos levantadas, como sus compañeros. Esperaba el momento para actuar. Pero el hombre que apuntaba con la pistola se cuidaría mucho de moverse.

Michele Fardella volvió a hablar.

—¿Qué quieres? —dijo—. ¿En contra de quién estás?

En aquel instante alguien hizo un gesto, quizá bajó las manos. El hombre debió de percibirlo, se volvió y disparó al techo. Fue como una señal. Estalló una gran confusión: gente que gritaba y trataba de precipitarse fuera de la estancia, otros que se tiraban al suelo. También Mena y la gobernanta intentaron huir, pero la muchedumbre las empujó, separándolas. La chica cayó a un paso del loco. Jano y los suyos fueron de inmediato en busca de las armas; Michele Fardella se refugió detrás de la balaustrada de mármol de la escalera, manteniendo al hombre en el punto de mira de su pistola. Lo único que pudo hacer fue gritar:

—¡Calma, calma! ¡No dispares, no dispares!

Saro, de un salto, alcanzó a Mena y, rodando con ella por el suelo, la alejó del loco.

El hombre, arrastrando a De Simone, se refugió en uno de los rincones del salón. Estaba completamente fuera de sí. Ya no razonaba, era muy peligroso. Continuaba gritando:

—¡Los mato a todos, los mato a todos! ¡Bastardos, malditos bastardos!

Mena elevó dos ojos aterrorizados hacia el muchacho que la estaba protegiendo con su propio cuerpo. Sus miradas se cruzaron, sus narices casi se tocaban.

—No tengas miedo —le susurró Saro. Mena cerró los ojos y se aferró a él.

Michele Fardella trató de llamar la atención del hombre:

—Estate tranquilo... háblame... dime quién eres.

El hombre, en el colmo de la desesperación, lanzó un aullido desgarrador.

—¡Dios, perdóname! ¡Perdona a toda esta gente! —Empujó a De Simone a un lado con todas sus fuerzas. El empleado, que esperaba el disparo que pusiese fin a su vida, cayó de bruces al suelo. Luego el pobrecillo volvió el cañón de la pistola hacia su propia garganta y apretó el gatillo.

El estruendo hizo sobresaltar a los presentes. La bala le salió por el centro de la cabeza partiéndole el cráneo y haciendo explotar el cerebro en mil jirones que salpicaron la pared. El hombre cayó lentamente el suelo y quedó sentado contra la pared como un títere al que le hubieran cortado los hilos. Alguien gritó, y alguien más quedó inmóvil, paralizado.

Michele Fardella, reunido ya con Jano y los otros miembros de la milicia, se había acercado al suicida.

Saro ayudó a Mena a ponerse en pie.

—Son tiempos horribles —susurró, también él sinceramente espantado.

La joven, aún trastornada, tuvo la fuerza de mirarlo a los ojos. Luego bajó la mirada en cuanto Nennella, la gorda criada, se acercó para cuidar otra vez de ella.

—El cielo te bendiga, Saro —dijo Nennella, que, evidentemente, lo conocía. Luego se llevó a Mena fuera del edificio.

Saro siguió con la vista a la joven hasta que desapareció por el portón. Después se volvió hacia el corro de gente que se había formado en torno al suicida.

Prospero, uno de los hombres de Jano, se había inclinado sobre el cadáver y le había levantado la cabeza, o lo que quedaba de ella.

—¿Lo conoces? —le preguntó Jano.

—Debe de ser uno de aquí —respondió Prospero.

Un viejo campesino se abrió paso entre sus paisanos.

—Es Davide Zevi —dijo en voz alta y tono de reprobación.

—¿Un hebreo? —inquirió Jano.

El campesino se limitó a asentir con la cabeza.

—Bien. Nos ha ahorrado una bala —comentó cínicamente Jano al tiempo que se abría paso entre la muchedumbre.

Algunos se santiguaron, otros fueron a informar a la policía y otros a avisar al enterrador.

Saro se dio cuenta de que, en la confusión, había pisado un documento. Lo recogió. Era el carné de identidad de Mena. La joven había cumplido dieciocho años y había ido a retirar el documento. Observó la foto y volvió a contemplar sus magníficos ojos verdes, y su hermosa y negra cabellera. Mena era la chica más guapa que había conocido, pensó. Guardó el carné en el bolsillo y levantó la vista. En lo alto de la escalera había aparecido su padre.

Peppino Ragusa había asistido a la escena del suicidio en silencio, literalmente conmocionado. No era propio de él permanecer impasible ante una escena como aquélla. En otros tiempos se habría precipitado sobre el hombre para conjurar cualquier locura, lo habría hecho hablar, en definitiva habría intentado hacerlo razonar del modo que fuese. Ragusa era fuerte y seguro de sus propias fuerzas, tanto dialécticas como humanas. Pero ahora algo se había quebrado en él. El equilibrio y la seguridad que habían hecho de él una de las personas más influyentes entre los suyos, lo habían abandonado de improviso.

Saro fue a su encuentro. Lo tomó del brazo y se lo llevó fuera de aquel infierno.

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5

1938. Cuando nace el amor

Annachiara se entretuvo después de la cena, sentada cerca de la chimenea de la cocina, en terminar los hilvanes de un vestido que estaba confeccionando para la mujer del maestro de la escuela primaria. La luz trémula de la lámpara de petróleo iluminaba los ágiles dedos que se movían veloces como los de un prestidigitador.

Llegó al borde del vestido, entonces se detuvo y se irguió. Tenía los ojos cansados y le dolía la espalda debido a la agotadora posición. De repente sintió un cansancio que conocía bien y que desde hacía un tiempo casi cada día debía soportar e ignorar. Volvió a colocar el hilo y la aguja en la caja de zapatos y se fue hacia el dormitorio. Peppino seguía despierto, dando vueltas en la cama.

—Peppino, ¿no duermes? —le preguntó.

Peppino resopló y por enésima vez se volvió echando hacia atrás las pesadas mantas militares.

Annachiara se sentó al borde de la cama.

—Peppino, no te atormentes. Sabes cómo funcionan las cosas aquí. Dentro de un mes ya nadie se acordará. Además, ¿quién quieres que se acuerde de nosotros, aquí, en Sicilia?

Peppino se irguió.

—Esta vez no será como las otras —dijo—. Nos perseguirán. El Duce intentará contentar al Führer. ¿Has oído lo que han dicho en Roma?

—Has trabajado toda la vida, has ido a las trincheras, los austriacos incluso te han herido. ¿Quién se va a meter contigo? Cuando te pones así no te entiendo. —Annachiara se levantó de la cama y se quitó el suéter y luego el vestido de lana, para quedar con la enagua negra de algodón.

Aún no tenía cuarenta años, pero las dificultades de la vida y la crianza de tres hijos, el esfuerzo de inventar cada día qué poner a la mesa para la comida y la cena, el trabajo de costurera que desempeñaba por la noche robando horas al sueño, la habían hecho marchitar antes de tiempo.

Peppino Ragusa la miró y experimentó un sentimiento de culpabilidad.

—Tenemos que irnos del pueblo —dijo.

El tono con que pronunció aquellas palabras la hizo estremecerse.

—No lo puedes decir en serio. Nuestra vida está aquí —respondió paciente, poniéndose el grueso camisón.

Peppino se acomodó en la cama.

—Será difícil para nosotros los judíos vivir en un país donde nos arrebaten todos los derechos, incluido el de trabajar.

Annachiara intentó desdramatizar las paranoias de su marido.

—Peppino, vivimos en lo más profundo de Italia —dijo con aquel simpático acento véneto que tanto había cautivado a su marido siciliano—. No padezcas, que nadie vendrá a buscarte.

Peppino sacudió la cabeza.

—Deberías haber visto la desesperación de aquel hombre.

—De modo que es eso... No pienses más. Mejor apaga la lámpara, que estamos a punto de acabar el petróleo.

El domingo siguiente se celebraría en Salemi la gran fiesta de Santa Faustina, patrona de los campesinos. Desde las primeras horas del alba las calles de la villa estarían invadidas por puestos y vendedores ambulantes procedentes de toda la provincia. En el programa constaba la celebración de la santa misa y luego la solemne procesión con intervención del obispo. Por la tarde, la banda de la vecina Calatafimi alegraría a los asistentes con fragmentos de ópera y piezas del repertorio local. Después vendría la tómbola, en la plaza, cuyos premios, expuestos bajo palio, habían sido donados por algunos mayoristas de la provincia: botellas de vino, aceite, ricotta y salami. Al final, con las primeras sombras de la noche llegaría el momento más esperado: los fuegos de artificio. Un espectáculo emocionante con el que los niños soñaban todo el año, pero que tampoco los adultos se habrían perdido por nada del mundo.

La llegada de los puestos, surtidos con toda clase de artículos, era la ocasión para las mujeres del pueblo de encontrar vestidos, mantones, jabones, medias y otros productos que era difícil hallar en el lugar. Mena, acompañada de su omnipresente Nennella, daba vueltas por el mercadillo que ocupaba toda la plaza del Castillo.

Era un día gris y ventoso, y no parecía que fuese a llover. Los paisanos se habían puesto sus trajes de fiesta y las mujeres habían abandonado su vestimenta negra de todos los días para vestir atuendos más elaborados y coloridos.

Mena iba de puesto en puesto con la alegría y la curiosidad de una niña que recorriese libremente el país de los juguetes. Nennella la seguía con dificultad, debido a su peso, y a veces permitía que le sacase algo de ventaja, limitándose a vigilarla de lejos, mientras reposaba apoyándose en la jamba de un portón.

Aquella mañana también la barbería había cerrado por la fiesta y Saro disfrutaba de una jornada de libertad. Como todos los muchachos de Salemi, sabía que el mercadillo ejercía en las chicas una atracción inevitable, y vagaba por los puestos mirando de soslayo aquí y allá, con la esperanza de hallar a la joven hija de Rosario Losurdo.

Desde el día del suicidio del hebreo en la Casa Municipal no había hecho otra cosa que pensar en ella, en sus tupidos cabellos negros, en sus ojos luminosos como esmeraldas. No fue, por lo tanto, una casualidad que ambos se encontraran el uno junto a la otra, rebuscando entre antiguos objetos de un chamarilero. Sus manos se rozaron al ir a coger la misma estatuilla liberty de una vestal filiforme.

Mena, educadamente, se retrajo primero:

—Oh, perdón.

—Mena...

La joven miró el rostro de Saro y los ojos se le iluminaron de placer.

—Ah, Saro...

El apretón de manos que se dieron fue sugestivamente prolongado.

—Hola... encantado de volver a verte —dijo el muchacho con una sonrisa.

—Nunca te di las gracias por lo que hiciste —dijo Mena.

Saro sintió que se le aceleraba el pulso.

—Imagínate, por poco...

—Aquel infeliz podía haber causado una matanza. —Mena soltó una carcajada y se cubrió la boca con una mano pequeña y ahusada—. De pronto me encontré en el suelo con un hombre encima de mí. Por un instante creí que a Nennella le daría un infarto.

—Hice lo primero que me pasó por la mente —intentó justificarse Saro.

—Sí, pero fuiste lo bastante astuto para no intentar salvar a Nennella, que estaba junto a mí... —dijo Mena con una sonrisa, y le tocó afectuosamente la espalda.

Fue un contacto que lo hizo emocionar una vez más. Mena se dio cuenta de ello.

—Estoy bromeando, tonto. Qué quisquilloso eres, Saro Ragusa.

En realidad se sentía violento.

—Es que... Pero... espera. —Del bolsillo de la chaqueta de fustán Saro extrajo un carné de identidad—. Esto es tuyo, lo perdiste en la confusión. —Mena abrió desmesuradamente los ojos y quizás exageró al mostrarse felizmente maravillada.

—Mi carné de identidad... Pensaba que tendría que sacarme uno nuevo. Pero tú eres mi ángel de la guarda. —Batió palmas de contenta y arrebató el documento de las manos de Saro. Abrió el carné y vio que dentro, doblada en dos, había una tarjeta—. Oh, oh... ¿qué es esto?

La desdobló y comprobó que se trataba de una rifa de la tómbola. Alzó los ojos para restituir la jugada... no podía pensar que Saro hubiese querido hacerle un regalo... pero Saro ya no estaba delante de ella. Lo buscó con la mirada entre la muchedumbre, pero había desaparecido. En cambio, vio aproximarse a Nennella, quien al llegar a su lado le preguntó en tono inquisitorial:

—¿Era Saro el joven con el que hablabas?

—Me ha devuelto el carné de identidad. Lo encontró después del incidente...

—Menos mal, así no tenemos que pedir un duplicado —respondió distraída la gobernanta.

Mena escondió en un puño la rifa de la tómbola y se puso de nuevo a vagar entre los puestos del mercadillo.

Hacia el mediodía sacaron de la iglesia, no sin cierta dificultad, el pesado baldaquín de la santa. Lo transportaban sobre los hombros dieciséis de los hombres más robustos de Salemi. Santa Faustina llevaba colgados del cuello ristras de higos secos, pero también muchos billetes de cinco y diez liras. Delante de ella se divisaba el perfil rubicundo de monseñor Antonio Albamonte y al joven párroco, don Mario, que sujetaba un alto crucifijo de metal. A sus lados una hilera de monaguillos se esforzaba para mantener el paso de la procesión, seguidos por las mujeres de la Congregación de la Catedral. Don Mario entonaba las letanías que las pías mujeres primero, y después todo el pueblo, repetían con la misma cadencia y las mismas tonalidades.

Los campesinos, al paso de la santa, salían de los portones y lanzaban a su efigie puñados de granos de trigo, que se conservaban de la última siembra para favorecer la futura cosecha y llevar un poco de suerte a la propia familia.

En el gentío de la procesión Mena y Saro volvieron a encontrarse el uno al lado del otro como por ensalmo. ¡Pero cuánto se había esforzado Saro para llegar a ella!

—¿Dónde verás los fuegos? —le preguntó Saro.

—En la plaza —respondió ella en voz alta, por encima del estruendo de la multitud.

—Yo conozco un lugar extraordinario donde no nos perderemos ni una chispa —dijo él, nervioso por el temor a ser rechazado.

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