Capricho del destino

Mairi Duan

Fragmento

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CAPÍTULO 1

El murmullo continuo de un río cercano comenzó a devolverla a la consciencia. Intentó abrir los ojos, pero los párpados se negaron a obedecer las órdenes de su cerebro mientras sentía en las sienes el desbocado palpitar de su corazón. La cabeza no paraba de darle vueltas, su cuerpo estaba dolorido y tenía la garganta completamente seca. Se esforzó de nuevo por abrir los ojos y, lentamente, una tenue claridad pareció vislumbrarse a través de las pestañas de Elena, que permanecía inerte y boca arriba. Su cerebro, poco a poco, fue interpretando las imágenes que entraban por su retina, formando figuras que, momentos atrás, eran indefinidas: un poderoso roble de casi treinta metros de altura, con su grueso y rígido tronco grisáceo, se erguía imponente delante de ella. Desde una de sus ramas, una pequeña ardilla la observaba curiosa mientras sus mofletes se movían rítmicamente al devorar un manjar que sostenía en sus patitas. Al tiempo, un pajarillo apostado en otra de las ramas levantó vuelo y se alejó de Elena.

Buscó en su memoria los últimos minutos para recordar en qué momento se había tumbado bajo aquel solitario árbol, sin embargo, su mente parecía vacía. Con dificultad, consiguió incorporarse hasta sentarse sobre una mullida alfombra verde mientras sus ojos registraban el entorno que la envolvía: agrestes montañas ascendían desde un inmenso valle abierto por el que discurría un río que se perdía en el interior de un bosque de pinos, donde el silencio solo era interrumpido por el sonido del agua que, en su recorrido, chocaba con piedras y arrastraba todo lo que encontraba a su paso.

No tenía ni idea de dónde estaba ni cómo había llegado a parar allí. Ni siquiera recordaba haber estado en ese lugar anteriormente. Estrujó su cerebro buscando alguna pista que le ayudara a recordar lo sucedido, pero sus recuerdos permanecían aletargados. Solamente inconexas ráfagas de imágenes sin sentido acudían a su cabeza sin que Elena supiera qué significaban o pudiera relacionarlas con nada: un autobús en medio de la noche, el silencio, un fuerte resplandor, oscuridad, la presión de las manos de Alicia mientras caían… Sus ojos se abrieron con desmesura y su cabeza giró en todas direcciones.

—¡Alicia! ¿Dónde estás?

Como si tuviera un resorte, se levantó rápidamente para buscar a su amiga, pero tuvo que volver a sentarse cuando la cabeza comenzó a darle vueltas amenazando con hacerle perder de nuevo la conciencia. Cerró los ojos para recuperar el control y, después de unos minutos que se le antojaron eternos, los abrió, moviendo muy lentamente la cabeza, en busca de alguna señal del paradero de Alicia. Unas deportivas negras sobresalían por detrás de un arbusto a pocos metros de ella. Controlando la urgencia de salir corriendo por riesgo a desvanecerse, se levantó muy despacio y se acercó a ella.

—Alicia, ¿estás bien? —Tomó su pulso, suspirando de alivio al verificar que seguía viva.

Su respiración era regular y el color de su piel sonrosado, un poco pálido, pero con vida. Examinó con cuidado su cuerpo en busca de alguna herida o contusión que pudiera significar algún traumatismo, pero estaba intacta, ningún rasguño, simplemente desmayada. Se sentó junto a ella sujetando sus manos como si temiera que al soltarla pudiera desaparecer y se relajó a la espera de que se despertara; quizás ella supiera dónde estaban.

Cerró los ojos y dejó su mente en blanco. Cuando su respiración y el ritmo de su corazón se normalizaron, nuevas imágenes comenzaron a agolparse en su memoria. Poco a poco, los últimos momentos vividos fueron pasando por su cabeza como si fuera una película, haciéndose cada vez más nítidos.

Una cena en el castillo de Eilean Donan organizada por la agencia de viajes que habían contratado para realizar una excursión por las tierras altas de Escocia.

—¡Las Highlands! ¡Claro! —Abrió los ojos—. ¡Seguimos en Escocia! —Sonrió satisfecha—. Pero ¿dónde? —Frunció el ceño—. ¿En qué parte de Escocia? ¿Y cómo demonios hemos llegado aquí?

Obligó a su mente a indagar más profundamente en sus recuerdos.

Después de la cena, habían regresado al hotel entre intensos relámpagos que, a lo lejos, se pudieron ver descender furiosos hasta que rompieron en la tierra. A los pocos segundos, escucharon el terrible sonido que pareció reverberar contra las montañas amplificando su estruendo. El suave zarandeo del autobús junto con el cansancio por la intensa excursión del día fue la combinación perfecta para que los cansados ojos de Elena se cerraran. En pocos minutos, su conciencia se escabulló entre el mundo de los sueños y se dejó mecer por Morfeo que la transportó hasta los confines del mundo onírico. Un inesperado frenazo la despertó bruscamente, pero no fue capaz de recordar lo que ocurrió después. Solamente recordaba una extraña sensación de desesperanza, miedo, soledad, un brillo cegador y caer... caer por un precipicio que parecía no tener fin hasta que perdió la consciencia.

—¡Mi cabeza! —dijo Alicia. Se soltó de la mano de su amiga mientras intentaba incorporarse—. ¿Qué… qué ha pasado?

—Espera —aconsejó Elena, poniendo las manos sobre sus hombros para impedir que se levantara—. No te levantes de golpe o te marearás.

—¿Dónde estamos? —volvió a preguntar mientras movía la cabeza de un lado a otro, intentando abarcar el mayor espacio posible que su posición en el suelo le permitía.

Elena tardó unos segundos en contestar.

—No tengo la más repajolera idea. Esperaba que tú pudieras decírmelo. No recuerdo casi nada.

—¿Hemos sufrido algún accidente? —inquirió, confusa, Alicia.

—Que yo sepa no.

—¿Y los demás? —preguntó, pero la impaciencia pudo más que la prudencia y, desoyendo lo que Elena le había aconsejado, intentó levantarse para, unos segundos después, volver a tumbarse.

—Te dije que no te incorporases tan rápido. Respira despacio e intenta calmarte. No sé lo que ha pasado, ni dónde estamos ni dónde están los demás.

Alicia permaneció quieta hasta que volvió a ser dueña de su cuerpo. Sentía que la cabeza le iba a estallar y no conseguía recordar por qué estaba allí tumbada, todo parecía borroso.

—Hemos debido de sufrir algún traumatismo, por eso está todo tan confuso. Necesito levantarme.

—Hazlo despacio —le sugirió Elena.

—Vale.

A medida que se incorporaba, su expresión iba cambiando al contemplar el valle que las envolvía. Miró desconcertada a Elena.

—No recuerdo este lugar.

—Yo tampoco —comentó Elena, encogiéndose de hombros—. No tengo ni idea de dónde estamos. Supongo que seguimos en Escocia, pero no sé en qué lugar específicamente ni tampoco cómo hemos llegado hasta aquí. ¿Qué es lo último que recuerdas?

Alicia buscó en su memoria intentando retroceder todo lo posible hasta que, de a poco, volvieron a su mente el autobús, el castillo, la cena, la tormenta… Arrugó la nariz cuando la imagen de una luz resplandeciente y una posterior oscuridad total se atascaron en su memoria, sin comprender muy bien qué significaban. De pronto, sintió un escalofrío al experimentar un extraño vértigo que le hizo recordarr aquella oscuridad surgida de la nada…

—No… no… no tiene sentido —objetó—. No sé… —Las palabras se quedaron atrapadas en su garganta, buscando una forma de darles coherencia.

—Aunque te parezca que no tiene sentido, Alicia, ¿qué es lo que recuerdas? —volvió a inquirir, mirándola fijamente.

Alicia, con los ojos muy abiertos y la boca desencajada, quería explicar lo que recordaba, pero no sabía por dónde empezar. Aquello no tenía ni pies ni cabeza.

—No sé, Elena. Recuerdo que… después de cenar en el castillo de Eilean Donan, cogimos el autobús y luego me quedé dormida.

—Y al despertar… ¿qué recordaste?

Alicia cambió de posición y titubeó antes de continuar.

—Cuando regresábamos a Fort William, me despertó el frenazo del autobús y, al abrir los ojos… —Se detuvo, no sabía cómo seguir. No tenía muy claro qué era lo que había visto.

—¿Qué viste? —insistió Elena.

—No lo sé —Negó con la cabeza—. Recuerdo una brillante luz, quizás otro autobús o un camión. No sé lo que era, solo una luz muy potente. Luego se apagó de repente y todo quedó a oscuras. ¿Tú recuerdas lo mismo? —preguntó, dudando de si había sido imaginación suya.

—Sí, y tampoco tengo claro qué era esa luz —confesó Elena—. Es como si mi cerebro hubiera borrado esa parte. No sé qué ocurrió cuando se apagó, me vienen imágenes sin sentido.

—¿Qué imágenes?

Elena buscaba las palabras correctas para describir aquellas extrañas imágenes.

—Una especie de… túnel o pozo muy oscuro.

—Y caímos en él, ¿verdad, Elena?

Elena se quedó callada mirando a los ojos de su amiga sin saber qué contestar. No era consciente de haber caído en aquel pozo, túnel o lo que fuera. Sin embargo, recordaba la sensación de vértigo y la angustia cuando todo lo de su alrededor desapareció y se vio inmersa en una oscuridad total.

—No lo sé, Alicia. No recuerdo que nos cayéramos.

—Yo creo que sí, que caímos en ese pozo, no sé cómo, pero caímos. Al principio, estaba muy oscuro, pero cuando llegamos al final… la luminosidad fue tan brillante que tuve que cerrar los ojos. Después… todo se desvaneció.

—Si hubiéramos caído en un pozo, estaríamos heridas y ni tú ni yo tenemos un solo rasguño —rebatió Elena, buscando en sus brazos alguna señal que demostrara la teoría de su amiga.

—Entonces, ¿por qué no sabemos dónde estamos? La única respuesta lógica es que hemos sufrido un accidente que nos causó algún tipo de amnesia anterógrada, por eso no recordamos nada posterior al accidente. Y todo apunta a la caída en ese agujero. ¿No crees que tenga lógica?

—Sí, es posible —contestó Elena, sin estar muy convencida.

—Lo único que tenemos que hacer es llegar al pueblo más cercano y regresar a Fort William —afirmó Alicia, satisfecha de haber solucionado el enigma—. Si no recuerdo mal nos hospedamos allí ¿no?

—Sí, en Fort William.

—Seguramente, allí alguien podrá aclararnos qué nos ha pasado —comentó Alicia más animada.

—Supongo...

—Pues pongámonos en camino. Cuanto antes, mejor.

—De acuerdo —respondió Elena, a falta de una mejor propuesta.

Iniciaron la marcha hacia el río para, poco a poco, adentrarse en el bosque donde los enormes pinos de corteza roja fueron envolviéndolas a medida que se zambullían entre sus poderosos troncos, que se elevaban hacia el cielo formando una barrera vegetal que impedía el acceso a los rayos de sol.

Las dos amigas caminaban en silencio, enfrascadas en sus pensamientos, oteando a su alrededor. Elena se preguntaba cómo era posible que estuvieran tan alejadas, pues llevaban varios kilómetros recorridos adentrándose cada vez más en el profundo bosque y no habían encontrado ninguna señal humana, ningún camino, ni letrero, ni siquiera basura que indicara que por allí había pasado algún ser humano. De pronto, se paró en seco haciendo que Alicia, que seguía de cerca sus pasos, chocara contra ella. Cuando su amiga fue a quejarse por aquella precipitada parada, Elena se puso un dedo en los labios para comunicar a su amiga que permaneciera callada.

—Shhh. Creo que he oído algo —susurró, oteando cuidadosamente a su alrededor.

—¿Qué has oído? —inquirió Alicia, imitando a su amiga. Se encorvó y se colocó a la defensiva en busca de algo, aunque no sabía qué.

—Creo que fue un grito —musitó Elena, intentando captar algún otro sonido.

—¿Un grito? ¡Entonces hay alguien cerca! —Soltó esperanzada, girando la cabeza en todas direcciones mientras se movía ruidosamente entre las hojas secas esparcidas por el suelo.

—Si no dejas de hacer tanto ruido, no sabremos dónde están.

Ralentizaron su respiración para poder escuchar con mayor claridad mientras sus ojos escrutaban a su alrededor en busca de cualquier movimiento que delatara una presencia humana. Un chillido se escuchó desde algún lugar en el interior del bosque, haciendo que sus miradas se desviaran en aquella dirección.

—Ha venido de allí —señaló Alicia, y dirigió sus pasos hacia aquel punto hasta que Elena la agarró por el brazo, impidiendo que continuara.

—Espera.

—¿Qué pasa?

—Me ha parecido que… pedía ayuda.

—¿Ayuda? —se alarmó Alicia.

El aullido de una voz infantil mezclado con otras voces más graves, evidentemente adultas, unidas a un sonido de forcejeo y lucha paralizó a las dos mujeres que se miraron preocupadas.

—Esto no me gusta —dijo Alicia al mismo tiempo que negó con la cabeza—. Deberíamos ir en busca de ayuda.

—¿Adónde? No sabemos dónde estamos ni dónde está el núcleo urbano más cercano.

—Pues continuemos en la dirección que íbamos y seguro que encontraremos a alguien. ¡Joder! Cuando más necesitas un móvil, no lo tienes a mano.

—Alicia, parece un niño que está en apuros. No podemos irnos y dejarlo sin más. No nos perdonaríamos haberlo dejado a su suerte.

Alicia sabía que Elena tenía razón.

—¿Y qué podemos hacer nosotras?

—No lo sé —admitió Elena—. Primero echemos un vistazo a ver qué es lo que ocurre, y luego ya pensaremos qué hacer.

Se miraron y asintieron para encaminarse silenciosamente hacia el lugar del que parecían proceder los gritos. A medida que se acercaban, el corazón de Elena se iba desbocando al escuchar el sonido de lucha desigual que provenía de detrás de una enorme roca apostada en medio del bosque. Cuando los gritos cesaron al tiempo que un gemido furioso se ahogó a través de lo que parecía un trozo de tela, Elena comprendió que lo que iban a encontrar detrás de aquella roca era peligroso.

Se acercaron con sigilo, procurando evitar las ramas y hojas secas que se esparcían por el suelo para no hacer ruido. Elena se preguntó si los latidos de su corazón no delatarían su presencia. Las imponentes voces masculinas que se escuchaban apuntaban a que se trataba de dos o tres hombres corpulentos que debían de tener dificultades para controlar al pequeño, cuyos gemidos ahogados daban a entender que lo habían amordazado. Elena se situó en el único lateral despejado de ramas de la enorme roca que ocultaba lo que ocurría detrás. Con sumo cuidado, fue asomando la cabeza hasta que sus ojos quedaron por encima de la piedra. Cuando su retina proyectó la imagen, tuvo que ponerse la mano en la boca para no gritar: un niño de unos cinco o seis años, atado en un árbol, se agitaba desesperado al mismo tiempo que emitía furiosos y ahogados gemidos por la mordaza que tapaba su boca. Junto a él y boca arriba, yacía inerte una mujer de mediana edad con el cabello ligeramente blanco y vestida con un atuendo que le llegaba a los tobillos, ajustado en la cintura por un grueso y desgarrado cinturón de tela del que manaba un delgado, pero continuo chorro de sangre. Elena estaba estupefacta, pero su asombro se convirtió en confusión al desviar la mirada para contemplar a dos imponentes highlanders con el tradicional, aunque andrajoso, kilt hasta las rodillas. En sus cinturas, portaban dos enormes espadas que reflejaban los escasos rayos de sol que conseguían traspasar el tupido manto vegetal. No muy lejos de ellos, varios caballos permanecían atados a un árbol. Su cuerpo se tensó y estuvo a punto de gritar al sentir la presión de la mano de Alicia sobre su hombro.

—¿Qué pasa? —le preguntó. El susurro, apenas perceptible, no llegó al tímpano de Elena que, volviéndose hacia ella, le instó a guardar silencio. La sujetó firmemente de la mano y se alejaron.

La expresión de su rostro denotaba no solo sorpresa, sino también preocupación, enfado, una rabia contenida difícil de disimular. Cuando estuvieron lo suficientemente lejos para no ser oídas, Elena le explicó lo que había visto.

—¿Cómo? ¿Espadas? ¿Estás segura? —Los ojos de Alicia parecían que se iban a salir de órbita.

—Completamente.

Alicia se quedó pensativa.

—¿No estarán grabando una película?

—No he visto ningún equipo de grabación —respondió Elena.

Alicia frunció el ceño.

—Seguro que no has mirado bien —espetó mientras se daba la vuelta para dirigirse hacia el lugar donde Elena había contemplado la extraña escena. Cuando volvió, estaba blanca.

—¿Dónde demonios estamos?

—No lo sé —reconoció Elena—. Me imagino que seguimos en Escocia, en algún lugar perdido de Dios donde la civilización todavía no ha llegado.

—Pero… ¿Espadas?

—Estoy tan confundida como tú. Me angustia no saber dónde estamos o qué nos ha pasado, pero ahora mismo lo que me preocupa es que hagan daño a ese niño. Por muy malo que sea lo que haya hecho, no creo que justifique que lo traten así.

—¿Y qué podemos hacer? Sospecho que no nos entregarán al muchacho por nuestra cara bonita.

Elena se quedó pensativa analizando el escenario en donde tenían al chico y trató de visualizar cada roca, cada arbusto, cada tronco, el emplazamiento donde estaba cada uno de los hombres, en busca de la mejor forma de rescatarlo, pero sabía que la única manera era enfrentarse a ellos. No podrían desatarlo sin ser vistas para después escapar sin más. La expresión de su rostro dio a Alicia una idea de lo que pasaba por su cabeza.

—¿En qué estás pensando, Elena?

—Hay que enfrentarse a ellos —antes de que Alicia se quejara, continuó—: Soy cinturón negro en varias artes marciales y creo que podré con ellos.

—¿Crees? —inquirió Alicia, incrédula—. ¿Te has vuelto loca? ¿Has visto el tamaño de esos hombres? Aunque son dos, abultan como cuatro y encima ¡tienen espadas! Elena, ¿has luchado alguna vez contra cuatro hombres armados? Te he visto competir en los campeonatos de artes marciales y reconozco que eres muy buena, pero sé realista. No se trata de ganarles por puntos, inmovilizarlos ni de defenderte. Van a matarte y, al final, tu esfuerzo no servirá para liberar al chico.

—¿Se te ocurre algo? —preguntó, sabiendo que, en el fondo, su amiga tenía razón.

—La verdad es que lo único que se me antoja inteligente es salir corriendo.

—Sería lo más inteligente, sí, pero no lo más ético. No podemos dejar al chico a su merced.

—Lo sé, pero hay que buscar otra forma —replicó Alicia.

—¿Cuál? —cuestionó Elena que ya estaba empezando a perder la paciencia. Era consciente de que era una locura enfrentarse a dos hombres, pero el tiempo corría en su contra y no sabía qué planes tenían para el chico—. Alicia, no podemos ir a buscar ayuda sin saber dónde porque seguramente cuando regresemos aquí, o bien ya no estarán o bien habrán hecho hecho algo de lo que nos sentiremos culpables el resto de nuestras vidas. Sé que tienes miedo, yo estoy aterrorizada, pero hay que hacer algo para salvar a ese chico. Aunque ponga mi vida en peligro, estoy dispuesta a ello.

Alicia asintió.

—Está bien, ¿qué planes tienes?

Puedo luchar contra uno, pero hay que noquear al otro. Tenemos que vigilarlos y esperar la oportunidad, aunque nos lleve todo el día. En algún momento, se separarán y entonces, intervendremos.

Después de encontrar un par de palos firmes y contundentes, se acercaron sigilosamente a la roca para volver a comprobar la situación.

Los dos hombres se encontraban sentados en el suelo de espaldas a ellas y al chico, que seguía maniatado, quieto, cansado de forcejear. De pronto, uno de ellos se levantó desperezándose y, con paso torpe y pesado, se acercó a un árbol con claros signos de querer vaciar la vejiga mientras eructaba de forma sonora. Ambas mujeres se miraron y supieron que era el momento que estaban esperando.

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CAPÍTULO 2

Elena agarró con fuerza los palos y se encaminó hacia el lugar en donde el highlander se aliviaba, mientras Alicia se encargaba de desatar al chico. Sabía que el factor sorpresa era determinante para el éxito de su propósito, así que se escondió detrás de un ancho tronco, que la ocultaba por completo pero al mismo tiempo le permitía ver. Rezó para que su plan funcionara y se preparó para atacarlo. El escocés no vio venir el palo que se rompió en su cabeza y que lo hizo tambalear, aunque sin llegar a caer. Sorprendido, se volvió hacia Elena, que rápidamente descargó el otro palo en su cabeza. El enorme cuerpo del escocés dio varios pasos cortos, a derecha e izquierda, hasta desplomarse boca abajo delante de ella. Se preguntó si tenía que volver a golpearlo, pero, esta vez, no se movió.

El impacto del cuerpo sobre la tierra alertó a su compañero, que inmediatamente se levantó. Desvainó la espada y se dirigió a la zona donde el otro había caído. Frunció el ceño al ver al hombre abatido y entonces reparó en Elena, que todavía llevaba el palo en la mano. Su sorpresa inicial se transformó en una sonrisa malévola cuando comprobó que estaba sola y, enseñando los dientes como un león al ver a su presa, se dispuso a arrojarse contra ella. Elena echó un rápido vistazo detrás de él para comprobar que Alicia ya había desatado al chico, por lo que solo tendría que alejar el escenario de combate a otro lugar para permitir a su amiga inmovilizar al otro compinche antes de que volviera en sí.

La adrenalina circulaba frenética por su sangre, poniendo en pie de guerra a todo su organismo, haciéndola ignorar la corpulencia de aquel coloso y agreste individuo que se acercaba a ella a grandes zancadas. Se desplazó al centro del claro, moviéndose lentamente con la intención de alejarlo del cuerpo inmóvil del compañero y para disponer de un espacio más amplio. El escocés se plantó frente a ella con las piernas separadas. Bufaba como un toro al mismo tiempo que blandía con su mano derecha una espada de casi la misma altura que ella. La mirada asesina del guerrero había oscurecido sus ojos, haciéndolo parecer más peligroso. Con aire prepotente y una sonrisa burlona de satisfacción anticipada, levantó su espada dispuesto a cercenar la hermosa cabeza de la impertinente que osaba desafiarlo. El hombre se detuvo desconcertado cuando Elena comenzó a mover el palo haciendo círculos y a danzar a su alrededor. La miró extrañado y, cuando se cansó de girar continuamente la cabeza, empezó a acercarse despacio con una sonrisa lasciva que la hacía retroceder y, de esta manera, no perderla de vista.

Elena se preparó para el ataque. Con los brazos en tensión, y con el palo en su mano diestra, adelantó su pierna izquierda flexionando la rodilla mientras mantenía la derecha recta, ligeramente hacia atrás. Cargó toda su fuerza en la pierna retrasada y cuando el hombre estuvo a una distancia que consideró oportuna, lanzó un terrible rugido descargando toda su potencia en la pierna derecha, que avanzó silbando hacia el plexo solar de su oponente. El inesperado impacto lo lanzó varios metros hacia atrás, dejándolo sin respiración durante unos segundos, instante que Elena aprovechó para volver a golpear, esta vez, en el rostro desencajado del hombre. En el momento en el que los pies femeninos tocaron el suelo, giró sobre sus talones para darse impulso y con un giro pateó de nuevo el pecho del oponente, que perdió el equilibrio, cayó al suelo y soltó la espada.

Elena supo que tenía que actuar con rapidez antes de que el escocés reaccionara. Sin dilación, alejó el acero del hombre y remató su defensa con el palo, pero cuando estuvo frente a él, un rápido movimiento de su adversario la hizo trastabillar. Consiguió mantenerse en pie, pero perdió el palo al sujetarse a un tronco para no caer. Cuando controló su cuerpo, vio al escocés levantase encolerizado, con la mirada fija en ella y los ojos inyectados en sangre. Se abalanzó hacia ella expulsando de sus pulmones todo el aire contenido en un escalofriante grito de guerra. Elena sintió temblar la tierra bajo sus pies. Se preparó para el ataque retrocediendo un poco para dejar un espacio entre ellos y poder golpearle con la pierna. El escocés, al descubrir las intenciones de la mujer, se giró rápidamente, se colocó a su espalda, la cogió del pelo y la lanzó contra un árbol. El golpe la dejó aturdida. Tardó unos segundos en reaccionar y, cuando lo hizo, vio con horror que aquel gigante, rabioso, se lanzaba de nuevo contra ella. Sabía que no estaba en condiciones de contraatacar. Su instinto fue echar a correr, pero las piernas le fallaron y, antes de que pudiera evitarlo, se encontró con las manos del enfurecido highlander alrededor de su cuello apretando sin piedad.

Elena luchaba por zafarse de aquellas garras que intentaban quedarse con su último aliento, sin embargo, la fuerza de aquel bárbaro parecía acrecentarse con su resistencia. Sabía que era cuestión de segundos que el oxígeno no llegara a su cerebro y su capacidad para buscar una salida se viera mermada, por lo que tuvo que decidir rápidamente cuál sería su próximo paso. Levantó el brazo derecho y rotó de forma brusca la cadera para inmediatamente después bajarlo de golpe. Impactó con el codo sobre el antebrazo del hombre que, sorprendido más que dolorido, aflojó su presión, pero no la soltó. Su mirada asesina le mostró que no iba a dejar impune su osadía. Elena intentaba llegar al rostro de su opresor, pero este la mantenía sujeta a pocos centímetros del suelo, con una mueca en su boca de asesino implacable.

De pronto, el aire comenzó a pasar por su tráquea. Elena pudo ver a Alicia tirar fuertemente del cabello del highlander en un intento de separarla. Hasta ese momento no se había preguntado dónde estaba su amiga y agradeció que apareciera en un momento tan crítico, pero la tregua apenas duró unos segundos. Sin soltar el cuello de Elena, con un rápido movimiento, el hombre consiguió zafarse de Alicia que, al intentar volver a colgarse de su cuello, recibió un fuerte golpe en el rostro que la hizo caer inconsciente. Las manos se cerraron de nuevo con furia y Elena pensó que aquel rostro nauseabundo sería lo último que vería. Luchó desesperada para poder llegar a alguna parte del cuerpo masculino y defenderse, pero este no permitió que sus manos ni sus piernas se acercaran a él. Cuando creyó que todo estaba perdido, aquellos ojos se dilataron y la boca del escocés se torció en una grotesca mueca que emitió un gemido de dolor. A medida que el oxígeno irrigaba su cerebro, las manos que apresaban su garganta perdían fuerza y comenzaban a soltarla. El hombre miró incrédulo cómo de su torso sobresalía una punta metálica ensangrentada y, volviendo a mirar a la mujer, se desplomó delante de ella. Detrás de él y aún con su pequeña mano firme en la empuñadura del arma, el muchacho miraba furioso el cuerpo caído del atacante.

Elena cayó de rodillas intentado henchir sus pulmones. Masajeaba su dolorido cuello mientras miraba al chico sin saber si darle la

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