Dioses de un castigo celestial

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Cita

DIOSES DE UN CASTIGO CELESTIAL

1. Hamburg, Nueva York (1935)

2. Karuizawa, Japón (1935)

3. Portaaviones USS Hornet, océano Pacífico (1942)

4. Shin Nagano, Manchuria (1942)

5. Terreno de pruebas en Dugway, Utah (1943)

6. Tokio, Japón (1945)

7. Buffalo, Nueva York (1945)

8. Tokio, Japón (1945)

9. Los Ángeles (1962)

Notas

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DIOSES DE UN CASTIGO CELESTIAL

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1

Hamburg, Nueva York (1935)

Mayo de 1935

La ascensión resultó casi fatigosa. La máquina que movía la noria gigante chirriaba y traqueteaba; se detuvo en cuatro ocasiones y volvió a arrancar. Sin embargo, valía la pena llegar arriba; siempre valía la pena. Estaban tan arriba que el pobre mundo tenía un aire inofensivo y parcheado a sus pies, tan inofensivo como un trenecito de juguete.

Cam no se imaginaba nada más parecido a volar. Lacy Robertson, que estaba sentada a su lado, no entendía qué pasaba.

—¿Se ha estropeado? —preguntó—. ¿Por qué ha parado así?

Cam se encogió de hombros.

—Tendrán que engrasar los engranajes, o algo parecido.

Alzó los brazos, disfrutando de la sensación de soledad y de quietud, del curioso sentimiento de omnisciencia que le proporcionaba siempre esta ascensión. Debajo de ellos se extendía el recinto ferial de Hamburg, Nueva York. La hierba tenía ya un matiz otoñal, y las carpas, infladas al viento, parecían velas amarradas. Unos niños rapados al cero y unas niñas con rizos diminutos corrían frenéticamente de un lado a otro, de la caseta al juego, de allí al tenderete. Sus padres, con su ajada ropa de domingo, los seguían sin prisa; se paraban a charlar frente al puesto del forzudo, el concurso de pepinillos o la muestra de confección de vestidos, pero sin detenerse lo suficiente para comprar. En realidad, nadie tenía dinero.

Eran pocos los visitantes que iban más allá de las carpas y llegaban a la improvisada pista de aterrizaje de East Field, donde se había anunciado un espectáculo con acróbatas aéreas. En ese momento no había ni una mujer con traje de lentejuelas sobre las relucientes alas de los aviones que volaban tranquilamente como una bandada de pájaros. Sus brillantes siluetas se recortaban contra una oscura franja de nubes en el cielo vespertino.

Dios mío, pensó Cam. Un día sabré lo que se siente al volar así.

—Mira eso —le dijo Lacy—. El pobre diablo que ha subido al avión no habrá comido mucho, me imagino. Si fuera yo, ya lo habría vomitado todo.

Su voz, normalmente grave y un poco ronca para una chica, sonó aguda, crispada. Cam se volvió hacia ella y vio que había palidecido y estaba tan blanca como el cuello de su chaqueta de punto.

—¿Te encuentras bien?

—Me asustan un poco las alturas —repuso Lacy, y esbozó una sonrisa como diciendo: «Bah, no es nada.» Pero tenía los labios pálidos y apretados.

—¿En serio? Pero... espera. ¿No fuiste tú la que dijo que quería montar en la noria?

Lacy asintió enérgicamente.

—Sí. Eso dije.

Como para dar más énfasis a estas palabras, la cabina avanzó unos centímetros y se detuvo con un resuello, como si se hubiera quedado sin gota de gasolina. El parón hizo que la cabina se balanceara; Lacy cerró los ojos con fuerza y se agarró a la portezuela. Tenía unas pestañas espesas, increíblemente largas, como las de las chicas de los anuncios. A Cam le fascinaban las pestañas de Lacy. Y no porque fueran femeninas, graciosas y bonitas, sino porque eran radicalmente distintas de sus propias pestañas, tan finas, largas y rubias. Dependiendo de la inclinación de la luz, los párpados de Cam —al igual que los de su padre y su hermano— parecían desnudos como los de un lagarto.

—No lo entiendo. —Cam le cogió la mano sin pensar (tenía gracia, ya que en su última cita no hizo más que pensar en darle la mano y no se atrevió)—. ¿Por qué querías subirte a una cosa que te asusta?

Lacy abrió los ojos y miró sus dedos entrelazados. Cuando alzó el rostro, sus ojos tenían esa misma mirada irónica que le había llamado la atención a Cam la semana anterior; una mirada indulgente y un poco burlona que le hacía sentirse como un juguete que se coge de la estantería al pasar.

—Para empezar —respondió Lacy—, pensé que si me asustaba de verdad era muy probable que me cogieras la mano.

Cam sintió que le ardían las mejillas y las orejas. Hizo ademán de soltarse, pero Lacy Robertson le agarró la mano tan fuerte que le clavó el anillo en el nudillo y le hizo daño.

—Ni se te ocurra —dijo.

Cam carraspeó. Respira, se ordenó a sí mismo.

—¿Quieres decir que en realidad no tienes miedo?

—Oh, claro que tengo miedo. —Lacy asintió enérgicamente—. De hecho, estoy absolutamente aterrorizada.

Él soltó una carcajada de incredulidad.

—¿Y valía la pena morirte de miedo para que un chico te cogiera la mano?

—Nada de «un chico» —replicó ella, y su tono de voz hizo que Cam se ruborizara otra vez—. Además, no es solo por eso. —La cabina dio otra sacudida. Lacy se estremeció y apretó la mano de Cam—. Es por lo que me dijo mi padre.

—¿Qué te dijo?

—Que la mejor manera de superar un temor es haciendo justamente lo que temes.

—Supongo que es cierto.

—¿No te parece? Por eso se alistó en 1901 para combatir en las Filipinas.

Cam la miró de reojo.

—¿Tenía miedo de los filipinos?

Lacy le dio un leve puñetazo en el brazo con la mano libre.

—No, idiota. Tenía miedo de combatir. En el colegio se metían con él. Pero tú no sabes lo que es eso, ¿no?

Más de lo que te imaginas, se dijo Cam. Sin embargo, mantuvo la boca cerrada; siempre era lo mejor.

Lacy miró hacia el cielo.

—Bueno, parece que por lo menos no nos movemos. De momento. —Miró a Cam con picardía—. Ya puedo recuperar mi mano, si te parece.

Cam se acercó la mano de Lacy al pecho con ademán protector.

—Ni lo sueñes.

—No te preocupes —dijo ella alegremente—. Enseguida te la devuelvo.

Con suavidad, soltó los dedos que Cam tenía entrelazados, colocó el bolso sobre el regazo y lo abrió. Él la contemplaba admirado. Otra vez lo ha hecho, se dijo, aunque no estaba seguro de lo que quería decir, pero tenía relación con lo cómodo que estaba en su compañía, mucho más que en la de cualquier otra persona, excepto Mike y su madre. Pero también porque en las dos ocasiones que salieron, la joven consiguió llegar al meollo de las cosas. O por lo menos a lo que a él le parecía la verdad de las cosas. En cualquier caso, le gustaba su forma de ser.

—Siempre he pensado lo mismo —dijo, reclinándose pensativo en el asiento.

—¿Acerca de qué?

Lacy hurgaba en su bolso. A la luz del atardecer, sus ojos tenían el mismo tono que el voluminoso anillo que se le había clavado a Cam en la mano. También su rostro tenía un tono verdoso. Cam confió en que no buscara una bolsa para vomitar. Se quedó aliviado cuando vio que extraía del bolso un pintalabios plateado y una diminuta polvera a juego.

—Acerca del miedo —dijo.

Lacy frunció el ceño mientras se pintaba los labios con decisión, como si así pudiera prevenir algún tipo de catástrofe.

—¿En serio? No parece que te asustes con facilidad.

Y una mierda, pensó él.

—Todos tenemos miedo de algo, ¿no?

Al ver que Lacy apretaba los labios, Cam se preguntó de nuevo qué se sentiría al besarla. Ya lo había pensado la semana anterior, cuando salieron del cine donde proyectaban Mar de China. Incluso decidió que la besaría cuando se despidieran, pero cuando estaban de pie en la calle se echó atrás porque le invadió otra vez el miedo, la aterradora vergüenza de su tartamudez.

—Entonces, ¿qué es lo que te da miedo, señor Cameron Richards Junior? —preguntó Lacy con picardía—. ¿Los relámpagos? ¿Los tiburones?

Cam intentó parecer despreocupado. Se encogió de hombros.

—No, nada de eso, en realidad. Me dan más miedo otras cosas... no sé. Más pequeñas.

Como que te lleve cinco minutos preguntarle a una chica si quiere bailar contigo, solo para que ella se ría en tu cara. Como que el profesor ponga cara de circunstancias cada vez que levantas la mano en clase. Como que tu padre te presente a la gente diciendo: «Este es mi hijo Cameron. No habla demasiado bien.»

—Quedar como un idiota delante de los demás, supongo —dijo con cautela.

Lacy le miró por encima de la polvera, enarcando una ceja.

—¿Tú?

Asintió, y volvió a ruborizarse sin querer, y a pesar de que ella le miraba con esos preciosos ojos verdes que le hacían sentir como si flotara en un mar de color menta.

—Vaya, esta sí que es buena. —Cerró de golpe la polvera con una risa franca y cálida..., otra de las cosas que le gustaban de ella.

—¿A qué te refieres?

—A ti. —Ella sacudió la cabeza—. Así que no tienes ni idea, ¿verdad?

—¿Ni idea de qué?

—Hablo de ti, tonto. En mi residencia las chicas te pusieron la mejor nota, ¿sabes?

—¿La mejor nota de qué?

—Ya sabes, en la puntuación de chicos con los que vale la pena salir.

Cam seguía sin entender, así que Lacy le dio una pequeña lección, dibujando en el aire cada letra con su pintalabios.

—Es una escala que va de la A a la E. La A significa que eres fantástico, la B que estás bien. Una C significa que estás en la media.

—¿Hasta dónde llega?

—Hasta la E.

Cam notó que a Lacy ya no le temblaban las manos y se sintió orgulloso de sí mismo, como si se hubiera propuesto aliviar su miedo y viera ahora el fruto de sus esfuerzos.

—Una E significa que eres horrible —siguió Lacy—. Y la D es solo un poco mejor.

—¿Qué significa la D?

—Que eres medio idiota. —Guardó el pintalabios en el bolso con una sonrisa—. Pero no te preocupes, porque según mis amigas eres una A. Un auténtico M. A., un macho alfa.

Cam no tenía ni idea de lo que significaba eso, pero no quería preguntar.

—Entonces, ¿por qué te reías?

—Porque en realidad no eres así. Ni siquiera pretendes ser un machote.

Cam no supo discernir si se estaba burlando de él o no.

—¿Y debería pretenderlo?

Lacy le miró atentamente. Le acercó el rostro; estaban tan juntos que sus narices casi se tocaban.

—¿Pretender el qué? —murmuró.

Cam inspiró hondo. Más que oler, podía saborear el aroma almizclado de su perfume. Tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para no apartar la cara, y entonces volvió a suceder: en cuanto abrió la boca, sus palabras quedaron atrapadas como trocitos de grasa detrás de la lengua. Empezó a tartamudear (pa, pa, pa) como un motor viejo, y la sonrisa de Lacy se transformó en una mueca de disgusto.

—¿Se te ha comido la lengua el gato? —susurró—. ¿Pretender el qué?

Respira, se dijo Cam. Respira y dilo despacio. Ahora ya sabes qué hacer en estos casos. Y así era. Antes de empezar la universidad se había pasado casi todo verano a solas en su habitación, sentado en una silla de respaldo alto delante del espejo, con el Autoentrenamiento para corregir la tartamudez crónica (tercera edición) en el regazo. Con los ojos puestos en los labios, la mandíbula y la lengua, seguía con fervor religioso los pasos indicados en el libro, y se enseñaba a sí mismo a mantener la cara y las manos relajadas mientras hablaba. Aprendió a respirar con el diafragma, como un cantante de ópera, a usar deliberadamente con frecuencia palabras «desencadenantes», como «parar», «poner» y «coger», en lugar de evitarlas, por acto reflejo. Cuando llegó el mes de septiembre, no estaba totalmente curado de la tartamudez, pero la tenía bastante controlada. La había guardado en lo más profundo de su esófago y de su mente, y allí estaría oculta casi todo el tiempo..., salvo que bajara la guardia. O se pusiera nervioso. O se asustara.

Respira, se dijo, habla lentamente.

—Pu... pues... hacerme el machote en la universidad.

Se estremeció al ver que la primera palabra le había salido quebrada, pero al parecer Lacy no se había dado cuenta.

—No deberías —susurró—. ¿Y quieres saber por qué?

Cam asintió con la cabeza. No se atrevía a decir nada.

—Porque no quiero que te descubra nadie más en la universidad.

Se inclinó hacia él. Cam creyó por un momento que Lacy iba a darle un beso en la boca, pero le besó en la mejilla, con mucha dulzura.

Cuando Lacy se apartó, se quedaron mirándose un instante. Cam no quiso detenerse a pensar. Le devolvió el beso en la boca y notó la suavidad y la entrega de sus labios, el roce de su jersey de punto, el delicado relieve de su clavícula. El corazón despegó dentro de su pecho y se elevó como un biplano. Se sintió volar a treinta metros por encima de su propio cuerpo, como si hubiera subido a otra noria gigante invisible y se contemplara desde arriba: en la estación de juguete que era ahora el recinto ferial de Hamburg, un diminuto Cam Richards estaba besando a una diminuta Lacy Robertson.

Estuvieron tanto rato besándose que Cam no habría sabido decir dónde acababan la piel, el aroma y los labios de Lacy y empezaban los suyos. Ella no daba señales de querer parar, y justo cuando él empezaba a preguntarse si podía deslizar una mano bajo su jersey, la cabina dio otra sacudida y Lacy se apartó. Se le había corrido el carmín de los labios. Cam tuvo una intensa sensación de caída al vacío, pero por un momento no supo si se debía al beso o al movimiento de la cabina. Enseguida advirtió que ya estaban bajando y a mitad de camino del suelo. Soltó una carcajada, mezcla de incredulidad y alegría.

—¿Qué pasa? —preguntó Lacy. Se estaba dando unos toquecitos en la comisura del labio con un dedo enrojecido y parecía levemente indignada.

Con un solo movimiento, Cam se pasó la mano por el pelo y por el cuello. Su piel conservaba el calor del contacto con Lacy.

—Supongo que... no me lo esperaba.

—¿La sacudida?

Soltó una carcajada.

—No. El... mmm... El beso.

Lacy lo miró de soslayo.

—Pues yo sí. Hacía un buen rato que quería hacerlo.

Cam sacudió la cabeza, todavía incrédulo. Vaya una chica. De nuevo parecía estudiarlo atentamente.

—Dime lo que estás pensando en este preciso momento —le dijo muy seria.

Un poco mareado todavía, Cam cerró los ojos con fuerza.

—Pues... supongo que lo que pienso es que la mayoría de las chicas que conozco no se habrían atrevido a hacer lo que has hecho.

Lacy apretó los labios con expresión pensativa. Se inclinó hacia él y volvió a besarle. Esta vez fue un beso breve, apenas un roce con los labios. Después se recostó en el asiento y dirigió la mirada hacia las nubes, donde los aviones escribían con humo blanco: «Ten siempre un Camel a mano.»

—Pues razón de más —dijo.

Al avanzar la tarde empezó a oscurecer, las sombras de las tiendas se alargaron. Cam y Lacy decidieron de mutuo acuerdo que ya estaba bien de juegos y atracciones. Con los dedos suavemente entrelazados, recorrieron a paso lento el recinto ferial, balanceando las manos con un movimiento que a Lacy le pareció espontáneo y perfectamente acompasado. Le gustaba tanto el contacto de Cam como su aspecto; le gustaba que sus dedos fueran delgados pero fuertes, que las palmas de sus manos estuvieran cálidas pero secas. Le gustaba el hecho de que sus pálidas mejillas —que en la noria gigante se habían puesto rojas como un tomate— siguieran tan suaves como la piel de un bebé, incluso a las cinco de la tarde. Se preguntó cada cuánto se afeitaría, y luego intentó imaginar su aspecto cuando se afeitaba: desnudo de cintura para arriba, con una toalla alrededor de las estrechas caderas. Algo se reblandeció en su interior.

—¿Adónde vamos ahora? —preguntó Cam. Sonreía como si compartieran un secreto.

Lacy se encogió de hombros.

—Adonde quieras llevarme.

—De acuerdo —dijo él, con esa seguridad suya, tan lenta y callada.

No se parecía a ninguno de los chicos con los que Lacy había salido en la universidad, ni en el instituto, ni en secundaria. Para empezar, era más guapo. Tenía la belleza rubia y de ojos azules de un atleta sueco o un actor de cine. Aunque de hecho, a Lacy nunca le había importado mucho que fueran guapos. En general, cuanto más guapo era un chico, menos se esforzaba en seducirla.

Pero Cameron Richards Jr. era distinto. No se comportaba como se esperaba que lo hiciese un hombre guapo. De hecho se comportaba como todo lo contrario. Era difícil decir en qué consistía su diferencia, pero poseía una especie de timidez combinada —de forma bastante atractiva, por otra parte— con una extraña intensidad, que se hacía evidente tanto cuando escuchaba como cuando hablaba. Esto le concedía una fuerza totalmente desprovista de arrogancia. O tal vez fuera contundencia suavizada por la inseguridad. Fuera lo que fuese, Lacy lo percibió el primer día que lo vio en clase de literatura, cuando el cuaderno se le cayó (de forma totalmente accidental, aunque sus compañeras de habitación no se lo tragaran) encima de los gastados zapatos de cuero de Cam.

—Oh, Dios mío —dijo. Iba a decir algo más, alguna tontería sobre lo torpe que era, o sobre lo grandes que tenía él los pies. Pero cuando levantó la vista y vio aquellos ojos azules como el cielo que la miraban con tanta concentración, se le atragantaron las palabras. Y lo que dijo fue:

—¿Estás bien?

El chico parpadeó y se humedeció los labios. Por un momento, Lacy pe

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