Burlando al destino (Cruce de destinos 2)

Lola Rey

Fragmento

Creditos

1.ª edición: noviembre, 2017

© 2017, Lola Rey

© 2017, Sipan Barcelona Network S.L.

Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona

Sipan Barcelona Network S.L. es una empresa
del grupo Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.

ISBN DIGITAL: 9788490699195

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Maquetación ebook: emicaurina@gmail.com

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Contenido

Contenido

Portadilla

Créditos

 

Introducción

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Glosario de personajes

Promoción

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Introducción

Los khandishan han descubierto que hay una joven humana, nacida bajo circunstancias especiales, que es la llave para volver a ser corpóreos. Un joven guardián, Dasyan Miller, compañero de clase de la joven, la protege hasta que los kauhea los encuentran, entonces son los durstads los encargados de ocultar a la joven hasta que Volestad encuentre la manera de neutralizar la amenaza que supone.

Pero algo hermoso y poderoso ha nacido entre Dasyan y su protegida, algo que definirá sus destinos…

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Capítulo 1

Ashley apretó el botón de apagado del mando a distancia y sintió un frugal alivio por el silencio y la penumbra que se instauraron en la sala cuando el aparato de televisor se apagó.

Mentalmente repasó todos los pasos de su plan a pesar de haberlo hecho ya una decena de veces antes; solo le faltaba una cosa. Cogió su teléfono móvil y abrió la galería de imágenes. Reprimiendo un intenso sentimiento de tristeza, comenzó a borrar las fotos de sus padres y la de su hermano; por supuesto, no pensaba llevar teléfono móvil, pero no quería dejar atrás algo tan personal.

Una leve sonrisa curvó sus labios al ver las últimas fotos que se habían hecho juntos; habían pasado ya tres años. Desde que Seth se había hecho cargo de ella, solo había visto a su familia un par de veces y durante unas pocas horas; el saber que todo era por su bien no mitigaba en nada el sentimiento de añoranza y pérdida que experimentaba.

Convencer a sus padres de que accedieran a las condiciones de Seth había sido mucho más difícil. Los durstads habían tenido que emplearse a fondo para persuadirlos de no dejarlo todo en manos de la policía. Solo cuando fueron testigos de algunas de las capacidades sobrehumanas que poseían comenzaron a darse cuenta de que todo aquello no era el argumento de una película de ciencia ficción: el destino de la humanidad tal y como la conocían hasta ese momento estaba en las manos de Ashley. Si los khandishan daban con ella, todos lo lamentarían. A pesar de los hechos prodigiosos que habían observado, los padres de Ashley aún se negaban a aceptar algo así, pero tampoco podían arriesgarse a que fuese cierto y, por extraño que pareciese, el que toda esa historia fuese tan disparatada era lo que en cierta forma la dotaba de credibilidad. Podía existir una persona tan loca como para creer algo así, pero… ¿tantas? Esos durstads eran trece y todos parecían tan cuerdos como ellos mismos.

En ese momento, el dedo con el que estaba marcando las fotografías para eliminarlas se detuvo. Los ojos color miel de un atractivo chico parecieron atravesarla: Dasyan.

No recordaba tener esa foto allí; de hecho, estaba segura de no haber guardado ninguna imagen suya… ¿Cómo era posible que hubiese aparecido justo en ese momento? Se alegró al comprobar que ya no sentía la punzada de anhelo que había experimentado durante casi todos y cada uno de los días que habían estado separados; siete años habían transcurrido desde aquel lejano momento en el círculo de piedras en el que los durstads habían decidido que lo más seguro era separarlos. Desde entonces no había sabido nada de él.

Los primeros meses había pensado que no podría soportar un solo día más sin tener noticias suyas; poco a poco había dejado de preguntarle a Seth si sabía algo de él. En ese momento, contemplar la imagen del sonriente chico del que se había enamorado solo le provocaba un leve regusto a resentimiento. Apretando los labios en un gesto inconsciente marcó la foto y la eliminó.

Sabía que no iba a ser nada fácil, pero estaba completamente decidida a tener una nueva vida: una vida normal. A sus veinticuatro años no estaba dispuesta a seguir recluida; Seth había elaborado un programa de entrenamiento que habían llevado a cabo con disciplina militar durante esos siete años y, aunque no poseía las habilidades sobrehumanas de un guardián, sabía que era capaz de defenderse… si su atacante era un ser humano, claro.

Disponía solo de una hora. Se levantó y buscó debajo de su colchón; durante tres años, justo después de la breve visita de sus padres, había comenzado a elaborar su plan. Había reunido las cosas que necesitaba y el dinero poco a poco para evitar levantar sospechas. Dominando su impaciencia y haciendo gala de una fuerza de voluntad que no sabía que tenía, había esperado hasta estar segura de tenerlo todo bien atado. Había llegado el momento.

Durante un instante sintió una punzada de remordimiento al pensar en la reacción de Seth cuando descubriera que se había escapado. La relación que habían mantenido había ido estrechándose hasta el punto de que ella lo considerara como un miembro muy querido de su familia, la única persona que siempre permanecía a su lado. Al principio él no se separaba jamás de ella; luego, conforme la confianza entre ambos aumentaba a la par de sus habilidades de defensa, comenzó a ausentarse durante breves periodos en los que nunca le decía a ella dónde estaría o qué iba a hacer, solo la hora a la que regresaría, que cumplía con precisión suiza. Aún faltaban dos horas para el plazo que Seth había fijado para su llegada, pero Ashley esperaba ultimarlo todo en la mitad de ese tiempo para asegurar su huida.

Con frialdad observó los objetos y productos que servirían para eliminar su identidad y proporcionarle una vida nueva y, sin que le temblara el pulso, se puso manos a la obra.

***

La joven caminaba con paso rápido por las desiertas calles de Bartlesville. Sus zapatillas con suela de goma no hacían ningún ruido, daba la sensación de que, más que andar, se deslizaba en la quietud de la noche. Había elegido al azar esa ciudad tal y como podría haber elegido cualquier otra; la única razón que guiaba sus pasos era la de alejarse cada vez más.

Una vez resuelta su huida, no planificaba los pasos a seguir; se limitaba a moverse por instinto. Buscaría un lugar donde quedarse unos días, un motel limpio y barato donde permanecería hasta que se sintiera a salvo. Una vez que hubiese tanteado la ciudad, comprobaría si era un lugar seguro y, si era así, buscaría trabajo, algo temporal. Aunque tenía suficiente dinero guardado en el doble fondo de la enorme mochila que cargaba en su espalda, prefería reservarlo por si las cosas se torcían. Usar la tarjeta de crédito que le había facilitado Seth pondría a los durstads sobre su pista; la llevaba solo por si acaso, sabiendo que en el momento en que la usara ellos la localizarían.

Mientras caminaba, su mente se entretenía en cuestiones prácticas; había aprendido que debía vivir al día procurándose solo lo que necesitaba para cada momento; no podía permitirse pensar en lo que dejaba atrás, en lo que había sido su vida. Esos pensamientos eran un lastre, así que jamás sucumbía a la tentación de mirar la fotografía arrugada y algo desvaída de sus padres y hermano que llevaba en el fondo de la mochila junto al dinero. No tenía teléfono móvil y su documento de identidad era falso, una falsificación tan buena como la que algunos años atrás les habían proporcionado los durstads a ella y a Dasyan. En su nueva identidad ella se llamaba Amy Starcry y era originaria de Columbus, en Ohio; conseguirla le había costado un buen puñado de dólares, pero los daba por bien empleados.

Ashley esbozó un gesto de disgusto al darse cuenta de que unos metros por delante de ella había un grupo de cuatro jóvenes haciendo ruido, bebiendo y fumando marihuana. Esperaba que no le causaran problemas. Su máxima era pasar lo más desapercibida posible y, aunque sabía que saldría airosa de cualquier enfrentamiento gracias a las enseñanzas de Seth, esperaba sinceramente no tener que ponerlas en práctica. No le gustaba la violencia; ya había visto demasiada en sus veinticuatro años de vida.

No tuvo suerte y, en cuanto estuvo a su altura, ellos comenzaron a darse codazos y a emitir estúpidas risitas.

—¡Oye guapa! ¿Te apetece un trago?

Ella negó con la cabeza y continuó su camino sin apenas mirarlos, rezando para que no insistiesen, pero el que se había dirigido a ella la tomó del brazo.

—Vamos, solo será un momento. —Su aliento apestaba a cerveza.

—Tengo prisa.

—Un traguito nada más —insistió, mientras las risas de sus amigos y sus gestos de expectación lo animaban—. No seas antipática…

Ashley se dio cuenta de que tratar de razonar con ellos iba a ser inútil, así que, dando un brusco tirón, se desasió de la mano que la agarraba a la vez que lanzaba su pie contra la entrepierna del hombre. Luego, en un movimiento casi invisible por su rapidez, sacó la navaja automática que siempre llevaba consigo disimulada en lo que parecía la funda de un teléfono móvil.

—¿Alguno de vosotros quiere que la haga una cirugía estética?

Todos menos el que la había agarrado, que estaba retorciéndose en el suelo aullando de dolor, la miraron con los ojos y la boca abiertos por la sorpresa, preguntándose cómo la situación había cambiado de una forma tan rápida. Algo en la expresión fría y tranquila de Ashley les hacía comprender que no bromeaba.

—Coged vuestra mierda y largaos —dijo ella, señalando con la cabeza las botellas que había por el suelo.

Los tres se apresuraron a hacer lo que les decía; uno de ellos cogió a su amigo del suelo y, caminando deprisa, se alejaron de allí. Ashley permaneció unos minutos parada en mitad de la calle. Solo cuando estuvo segura de que se habían marchado, guardó la navaja y continuó su camino.

Tuvo que caminar durante media hora más hasta que encontró una pensión cuyo aspecto le gustó, aunque quizá sería más adecuado decir que le disgustó menos que las demás que había visto desde que había bajado del autobús. Un cartel en la puerta la invitaba a llamar al timbre si quería una habitación. Llamó y, a pesar de que el mismo cartel anunciaba que estaban disponibles las veinticuatro horas del día, tuvo que esperar casi diez minutos a que le abrieran la puerta.

Un hombre de mediana edad con aspecto soñoliento y con el escaso cabello revuelto la miró de arriba a abajo. A Ashley no se le escapó la expresión recelosa de su cara mientras evaluaba la conveniencia de dejarla pasar o no. Ella soportó el escrutinio en silencio. Estaba acostumbrada a esas miradas de desconfianza. Sabía que su aspecto despertaba recelos.

—¿Qué quieres? —preguntó el hombre con voz brusca.

«El último best seller de Stephen King, no te jode», pensó ella con fastidio. En lugar de eso dijo:

—Una habitación.

Tras dudar unos segundos, el hombre asintió.

—Está bien, pasa.

Ella casi tuvo que reprimir un suspiro de alivio.

—Son veinte dólares la noche, pago por adelantado de la mitad de la estancia. No me gustan las drogas ni los líos. A la mínima te pondré de patitas en la calle, ¿está claro? —El hombre lanzó la retahíla mientras rebuscaba en un cajón una llave.

—Como el agua.

—¡Ah! Y el pago siempre en efectivo. —El gesto de suficiencia del recepcionista daba a entender que sus condiciones serían inaceptables para ella.

—Le pagaré una semana.

Él la miró con desconfianza.

—No estarás escapando de la policía, ¿no?

«Ojalá fuera tan sencillo como eso», pensó ella.

—No, aquí tiene mi documentación. —Sacó su carnet falso y se lo tendió. El hombre lo cogió y lo miró, detuvo la mirada en su rostro y volvió a mirar la tarjeta un par de veces, como si su aspecto pudiese cambiar en ese intervalo de tiempo. Por fin pareció darse por satisfecho y le tendió la llave que había estado buscando.

—Toma, el cambio de sábanas y toallas se hace cada cinco días; la limpieza es diaria.

—Perfecto. —Ella se permitió una sonrisa. Había estado en lugares que parecían auténticas pocilgas, lo de la limpieza diaria le parecía estupendo.

Ashley subió las escaleras hasta la segunda planta. Un pasillo abierto comunicaba varias habitaciones, pero solo en una de ellas le pareció distinguir el sonido de un televisor. Cuando llegó frente a la puerta marcada con el número doscientos diecisiete la abrió, soltó la pesada mochila y encendió la luz.

La habitación no era demasiado amplia, pero tal y como había esperado, se veía bastante limpia y era funcional. Cerró la puerta tras de sí y se entretuvo en revisarla minuciosamente. Probó las luces y el televisor. Abrió la puerta que comunicaba con el baño y esbozó una breve sonrisa, satisfecha. Olía a desinfectante, y las toallas eran de un blanco impoluto. Se lavó la cara y las manos, y observó su reflejo en el espejo. Ya había logrado acostumbrarse a su nueva imagen, aunque en un principio se sobresaltaba cada vez que se miraba, como si una extraña hubiese tomado su lugar.

Su largo cabello había desaparecido, sustituido por un corte radical. La parte derecha del cabello estaba cortada casi al cero, mientras que la izquierda lucía larga, casi hasta el mentón. Ya no era rubio, lo había teñido de negro, y el contraste con sus grandes ojos verdes era bastante llamativo. Ashley había probado ponerse lentillas de color marrón, tratando de pasar desapercibida, pero sus ojos no las toleraban. Lucía varios piercings, un pequeño brillante en la nariz y aros en las cejas y en las orejas. Se había tatuado el brazo derecho desde el hombro hasta el codo, un hada hermosa y triste que lloraba sobre un lago en el que había reflejado un corazón roto. A todo color.

Vestía un pantalón vaquero tan apretado que parecía una segunda piel, camiseta negra de tirantes y cómodas zapatillas. Además de esto llevaba un ancho brazalete negro en el que escondía otra pequeña navaja.

Nadie reconocería en ella a Ashley Dawson, la popular estudiante que una vez había sido. A pesar de que solo habían pasado siete años, tenía la sensación de que había transcurrido toda una vida desde que había sido una despreocupada chica de diecisiete cuyo mayor problema era decidir qué ropa se pondría para salir con su chico.

Apretó los labios y desechó los recuerdos al sentir cómo la autocompasión la invadía; Seth se había encargado de protegerla, manteniéndola oculta, enseñándole y haciéndole comprender la verdadera naturaleza de la amenaza que la acechaba, pero en ese proceso la había despojado de la ilusión, de la esperanza y de la vida que había llevado hasta entonces. Cuando se dio cuenta de que prefería asumir el riesgo de ser atrapada por esas horribles criaturas en lugar de vivir cómo una prisionera, había comenzado a trazar su plan.

Por supuesto, antes había intentado convencer a Seth para que la dejara vivir con algo más de normalidad, pero él se había mantenido imperturbable y le había dicho que aún era demasiado peligroso. Por lo visto las nemheim continuaban su búsqueda.

«Son más fieles que Dasyan», había pensado con sarcasmo. Mientras se desvestía para ducharse, la imagen fugaz del joven de pelo castaño e increíbles ojos color ámbar cruzó por su mente, pero con la misma rapidez ella la expulsó. Le había costado mucho aceptar que él no volvería, que probablemente la había olvidado. Seth se limitaba a decirle que no era el momento. Lo repetía de una manera tan mecánica que Ashley había sabido que ni siquiera lo pensaba.

Dando un profundo suspiro recibió el chorro de agua tibia sobre sus cansados músculos. Al día siguiente volvería a preocuparse por el paso que debía dar a continuación y saldría a buscar trabajo, pero en ese momento solo quería disfrutar del pequeño placer del agua resbalando sobre su cuerpo y perderse en la ensoñación de que era una chica normal viviendo una vida normal.

La necesidad de buscar un trabajo la dictaba el hecho de ahorrar más dinero a fin de no tener que recurrir a la tarjeta de crédito. Permanecería en esa ciudad hasta que algo la inquietase; la cualidad que la hacía tan especial para los khandishan la dotaba de un sexto sentido para olfatear el peligro que ellos suponían. Así que, si su cabello se erizaba sin causa aparente, si una pesadilla terrorífica la despertaba con el corazón acelerado o bien si notaba unos pasos a su espalda y al volverse no había nadie, cogería su pesada mochila y se largaría a otro lugar, sin importarle la hora del día que fuese o lo a gusto que pudiese encontrarse. Sabía que su vida dependía en gran medida de hacer caso a su instinto.

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Capítulo 2

Aunque la gorra con forma de perro que llevaba era ridícula y la camiseta de un espantoso color naranja chillón que invitaba a comer en el Mr. Doggy le daban un calor terrible, Ahsley se sentía satisfecha. La gente en los lugares de comida rápida no solía fijarse en los dependientes; todos se cosificaban: vestían igual, acababan adoptando el mismo tono de voz y pasaban totalmente desapercibidos. Eso era lo que ella buscaba.

A pesar de lo monótono del trabajo que realizaba y del cansancio de pasar tantas horas de pie, Ashley lucía una tibia sonrisa que

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