Te tengo en mi piel (Segundas oportunidades 2)

Bela Marbel

Fragmento

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PRÓLOGO

Byron pensó que lo más difícil ya estaba hecho. Sí, lo llevó a cabo casi sin pensar, fue una cuestión de reacciones. No pudo soportar ver ese gesto de dolor en su hermoso rostro.

Era evidente que Candy se sentía aterrada ante la idea de volver a caer en el barro... Como aquella vez, cuando él supo que era suya, y maldita gracia que le hizo. No podía seguir luchando, no era capaz, aunque en su fuero interno quisiera hacerlo con todas sus fuerzas.

Y cuando probó su sabor, se acabó toda su vida tal y como la conocía hasta ese momento.

Había repasado esa escena una y otra vez y hasta él estaba de acuerdo con Nat en que se había comportado como un cerdo machista, y no es que lo fuera, pero sí era alguien acostumbrado a hacer lo que le venía en gana. En ese momento había querido cerrarle la boca a Candy, pero no había esperado la reacción de ella; ese miedo mezclado con deseo y algo más, una pasión salvaje que se guardaba para sí dentro de aquella fachada de princesa pálida.

La mirada cargada de terror y furia era la misma que distinguía en su rostro inmaculadamente maquillado en ese momento. Había algo en ella que lo obligaba a actuar.

La boda de George y Nat era íntima, apenas la familia, algunos amigos y trabajadores. Y Candy.

Él no esperaba que tuviera el valor de asistir; su exnovio se casaba con la española, a la que ella odiaba. Pero Candy, su Candy, se había presentado con Mark, nada menos.

Mark, el gran amigo de George; su voz de la conciencia. El Santo, como le llamaban ellos. Las chicas lo adoraban y siempre ponía cordura en sus vidas. Incluso estuvo a punto de morir por defender a su amigo y eso él lo valoraba por encima de todo, pero lo conocía lo suficiente como para saber que la rubia no le interesaba de ese modo.

Y aunque así fuera, no iba a ser suya. Desde luego, Candy había demostrado que los tenía bien puestos. Pero en esos momentos, con el tacón clavado en el barro y a punto de caer al suelo delante de los invitados, toda esa fachada de dignidad pendía de un hilo.

Mark no andaba cerca, pasaban los minutos y Candy no se movía, suponía que por miedo a terminar por tierra, y su cara reflejaba mucha más angustia de la que la escena describía.

Lo iba a hacer; iba a salvarla y, de paso, a morir en el intento.

Fue hasta el lugar en el que había dejado su quad, se subió y se encaminó hacia el mismo centro de la celebración. Varias mesas volcaron a su paso, oía a la gente maldecir y llamarle loco, pero sin reducir la velocidad, agarró a su presa por la cintura y la montó sobre sus rodillas, desapareciendo de la fiesta.

En apenas tres minutos había declarado una guerra, y la persona a la que había salvado no estaba precisamente contenta.

Al llegar al lago paró el motor del vehículo. Candy intentó saltar de entre sus brazos, pero eran fuertes y poderosos y la sujetaban contra él mientras lloraba y se debatía en una lucha que había perdido antes de empezarla; no solo por la fuerza del hombre, sino por sus propios sentimientos.

—Tienes dos minutos para desahogar tu frustración —la amenazó sin piedad—. Después voy a hacer que te olvides hasta de tu nombre y espero que no vuelvas a pensar en él en esos términos. No quiero tener que matarlo.

—¡Déjame! ¡Suéltame! Quiero... quiero... —Ella siguió peleando, aun sin saber qué quería exactamente.

No la dejó terminar. El indio enredó la tosca mano en su sedoso cabello y tiró de él hasta dejar la blanquísima garganta completamente expuesta para lamerla de abajo a arriba hasta llegar a la boca, que intentaba, con poco éxito, inhalar algo de aire que llevarse a los pulmones.

—Te queda un minuto. Llora, patalea, grita... Después se acabó. No más George, ¡nunca!

—Tú no puedes decirme a quién querer. No puedes obligarme. Tú... tú... —Intentaba articular las palabras mientras él deslizaba la otra mano por su espalda, para introducirla con habilidad bajo el vestido.

Ella seguía aferrada a su chaqueta y se dejaba hacer al mismo tiempo que intentaba protestar.

—Eso es, princesa. Yo. Yo. Así me gusta. Te quedan treinta segundos. Yo que tú, saldría corriendo.

Ella también lo habría hecho. Sabía que tenía que hacerlo, pero, por algún motivo no podía moverse de donde estaba. No quería perder el amparo de ese duro cuerpo. La realidad la golpeó como un puñetazo; quería tener dentro ese duro cuerpo.

—Se acabó el tiempo —la informó, a la vez que bajaba la mano hasta sus nalgas y las apretaba con fuerza.

No la estaba besando a pesar de que su boca se empeñaba en buscarlo, entreabierta y dispuesta. Con un hábil movimiento, él la colocó a horcajadas encima de su propio regazo. Sintió un ramalazo de placer al notar la protuberancia que él restregaba con descaro contra su sexo.

—Me asustas —gimió ella.

—Mejor. —Y se lanzó a su boca, casi engulléndola.

Nunca la habían besado de esa forma. Era brutal, exigente, primitivo... salvaje. «Su salvaje». No, estaba loca. No podía pensar en él en esos términos. Se sentía confundida, asustada y él estaba aprovechándose, decidió. «Sí, pensando así se sentía mejor con su conciencia».

—Cuando se enteren de que me has secuestrado y me estás forzando, mi familia te va a matar —lo amenazó, mientras levantaba el trasero y dejaba que él le arrancara el fino tanga rojo de un tirón.

—Los estaré esperando.

Los dedos de él vagaron entre sus nalgas. Sin darse cuenta se tensó ante el placer que le proporcionó descubrir que deseaba que él siguiera explorando aquella sensación, desconocida para ella. Y lo hizo, al tiempo que soltaba su cabello y bajaba por la garganta la mano con que lo aferraba, llegando hasta el pecho, que tomó con la palma, rozando el pezón con el pulgar, que estaba rosa, duro y apetecible. Luego se lo metió en la boca, chupó y tiró de él hasta que ella no pudo evitar gemir y arquearse contra él.

El deseo que sintió fue brutal, devastador. No sabía que podía sentir tanto placer con aquella caricia prohibida, con esa forma de tocar... Tan duro, tan áspero, tan fuerte...

Le gustaba. Le gustaba mucho. Si solo apretara un poco más, podría correrse en ese mismo instante.

Él la había hechizado, estaba claro. Ella era modosita, más bien tímida en cuestiones de sexo, y esas cosas le daban vergüenza. Se odió por sentirse tan excitada y necesitada por culpa de un maldito salvaje que la trataba como a una...

—Eres un bruto. George siempre fue dulce...

Una fuerte palmada resonó contra su trasero. El picor la puso tan al límite del abismo del placer que la enfureció.

—Si vuelves a nombrar a otro hombre mientras estás conmigo, te pondré este hermoso y redondo culo como un tomate —la amenazó.

Ella se movió como una gatita y, despacio, con delicadeza, le pasó la mano por la cintura. Pero, en un rápido movimiento, se hizo con el cuchillo que él siempre llevaba en la parte de atrás del cinturón y se lo apretó contra la garganta. Alzó las cejas mientras sonreía con gesto ganador al tiempo que, con la otra mano, se enredaba el oscuro y largo cabello de Byron en el brazo y tiraba de él.

—Si vuelves a amenazarme conseguiré que te arranquen esta linda cabellera de la manera más dolorosa posible.

—Ya sabía yo que en algún rincón de ese oscuro corazón tuyo retenías a la pantera que en realidad eres.

Él le agarró la muñeca y la empujó hasta dejarla tumbada contra el depósito de la moto mientras que, con la otra mano, le quitaba el cuchillo. Luego se irguió sobre ella, deshaciéndose de la chaqueta y la camisa, para pasar la afilada punta del Comanche 440 por entre sus pechos, haciendo saltar los pequeños botones que unían el vestido hasta que los senos quedaron completamente expuestos.

Clavó la navaja en el suelo de un golpe de muñeca y se bajó la cremallera de los pantalones. Casi sin darle tiempo, ella subió las piernas y las enroscó alrededor de sus caderas.

—La próxima vez escoge el que llevo en la bota. Con el abrecartas no podrías arrancarme ni un mechón de recuerdo.

Ella pensó que podría morir de placer en ese mismo instante. Nunca había sentido algo parecido al fuego que ahora mismo corroía sus entrañas. Jamás la necesidad de ser poseída había sido tan apremiante; lo necesitaba en su interior empujando y llenándola por completo. Ya habría tiempo de arrepentirse después. Siempre podría dar a su primo la ubicación exacta del salvaje, para que fuera a buscarlo y le pegara un tiro.

No tuvo tiempo de pensar más, ya que el indio le pasó la mano por la cintura y se la colocó encima, sentada a horcajadas sobre sus piernas, mientras se acomodaba de nuevo en el sillín. Por un momento pareció dudar en tumbarla en el suelo, pero decidió que no le daría la oportunidad de cambiar de opinión. Y ella se lo agradeció, no pensaba hacerlo. Quería aquello y lo quería rápido. Estaba húmeda y dispuesta, hinchada y preparada para él.

—No me voy a ensuciar las manos con tu repulsiva sangre. Será cuando menos te lo esperes. Vas a pagar por esto —le amenazó sin embargo, mordiéndole el lóbulo de la oreja.

—Lo sé, princesa, créeme. Lo sé. —Se introdujo en ella con fuerza, haciéndola temblar y estremecerse entre sus brazos.

Él continuó empujando y ella suspiró, casi gritando de placer. No sabía que se podía sentir algo así, un deseo tan fuerte que doliera y un dolor que proporcionara tanto placer.

—Di mi nombre —exigió él.

—¡Salvaje! —contestó, provocativa. En respuesta, él dejó de moverse.

Ella levantó el trasero y se dejó caer sobre él suavemente, mirándolo a los ojos mientras se pasaba la lengua por los labios. Él le propinó otra palmada en el trasero.

Sintió una descarga de placer que la hizo temblar hasta el punto de aferrarse a él y morderle con fuerza en el hombro. Él la sujetó por las caderas y tiró de ella hacia arriba, retirándose prácticamente por completo.

—He dicho que digas mi nombre.

—Si me haces esto, juro que no solo morirás, sino que además será doloroso.

—Dilo.

—¡Byron!

Se introdujo en ella de golpe. Estaba tan excitada que pensó que moriría si no se corría pronto. Pero él llevó los dedos hasta su clítoris para presionarlo y acariciarlo al compás de las embestidas. En pocos segundos los dos cayeron en un éxtasis brutal, repleto de jadeos, gritos y sudor.

Un viaje que les llevaría directos al cielo... y al infierno.

Mark recibió una llamada en el móvil. Un tono, dos tonos...

—Jacob... —respondió.

—Mark, ella está en la casa del lago. Ven a recogerla, está fuera de sí. No puedo controlarla.

—Byron, ¿qué has hecho? —exigió.

—Lo que todos esperáis de mí. Ahora tú haz lo que todos esperamos de ti y ven a rescatar a la princesa pálida.

—Byron, aún te puedo partir la cara.

—Que te jodan, Mark.

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PRIMERA PARTE

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Rota

Candy pensó que jamás sería capaz de describir lo que había sentido en ese momento, el preciso instante en que el salvaje la había poseído, porque si algo le había quedado claro era que eso no era hacer el amor. Había sido un acto de rendición por su parte. Y supo que su vida se iba a convertir en un infierno.

¿Cómo había podido traicionar así a toda su familia?

Sus antepasados se estarían revolviendo en sus tumbas. Tumbas que los malditos salvajes no se habían molestado en cavar.

Llevaba toda la vida escuchado las historias que se contaban al calor del fuego, el whisky y la sed de venganza. Ella y su primo Lester apenas sabían hablar, pero ya sabían a quién tenían que odiar.

Su padre le contó, en más de una ocasión, cómo habían encontrado los cuerpos de una de las familias fundadoras del país; la suya.

«Corría el año 1898 y los colonos se repartían las tierras que habían sido libres hasta ese momento. Al salir de Europa soñaban con un mundo nuevo, lleno de riquezas, oro, futuro. Y lo encontraron, todo eso y más. Nadie los iba a detener, y menos que nadie una pandilla de vagos que se dedicaban a canturrear y andaban desnudos todo el día.

»Encontraron su punto débil, el mismo que el de los blancos: whisky.

»El primer Shaw que reclamó su pedazo de gloria, decidió no luchar, prefirió darles a los salvajes eso que tanto les gustaba, pero todos los comanches no eran iguales. Hubo quien se resistió.

»Desde el norte, un grupo que se dedicaba a recuperar las tierras que otros habían perdido, decidieron quemar los bidones con el líquido que estaba envenenando a su pueblo. Y decidieron, también, que cada uno de los que lo estaban proporcionando se quemara con él. Un hombre por barril.

El espectáculo fue desolador. Pieles calcinadas, cabelleras desprendidas, olor a muerte y destrucción, tortura...».

Cuando su padre contaba cómo se habían apoderado de esas tierras, no se dejaba detalle. Pero, por alguna razón, matar indios siempre era lo bueno, lo justo, lo ético. Al fin y al cabo los consideraban salvajes, nada más que animales sueltos. Eran pocos los que habían aprendido a respetarlos, la mayoría influenciados por el miedo.

«Hileras de indios colgados boca abajo, arrastrados desde los caballos, hasta ser despellejados vivos. Mujeres violadas y mutiladas, esclavizadas...

»Era la guerra y en la guerra matas o mueres. El miedo es un factor muy importante. Qué pensáis que hacíamos en Vietnam o en Corea, por eso somos la mejor de las naciones...».

Su discurso daba un repaso por todas las guerras que su familia había vivido, que eran muchas. Los hombres Shaw eran guerreros. Y ella, una pobre mujer que apenas merecía llevar ese apellido. Para su padre solo había hecho una cosa bien en la vida; liarse con un ranger. ¿Qué más se podía desear de una hija de Texas?

Y ahora...

Sabía muy bien lo que le esperaba tras su ruptura con George, tarde o temprano llegaría. El gran Jack, el todopoderoso, había mantenido las apariencias.

Ella no se atrevió a darle la noticia, lo supo por su madre, que aguantó con estoicismo las bofetadas que iban dirigidas a ella. Pero no el resto de la paliza, esa la esperaba todavía. El sello de oro de su padre quemaría su blanquísima y sedosa piel. Las marcas tardarían semanas en abandonarla y probablemente no podría sentarse en un mes y, como siempre, fingiría una caída del caballo.

La última vez, antes de George, su querido Senses, el más amado de sus sementales, fue quien sufrió las iras de su padre; lo mató de un tiro para que pagase las supuestas caídas de su hija, ganándose el respeto y el miedo de todo el condado. Y de paso, inventó una nueva forma de castigo para ella.

«Perderás todo lo que ames, hija. Así es como se paga la desobediencia».

Y ahora perdería a Byron. Su padre lo mataría y la mataría también a ella.

¿Byron? No, ella no amaba a Byron, era una locura. Todo lo que sentía era absurdo, una forma de rebeldía. Seguro. Era solo que... en sus brazos, en la moto aquella... se había sentido poderosa, el centro del mundo. Nadie pensaba en otra persona, él se lo estaba dando todo a ella. Sí, era eso. La había hecho sentir importante, por eso le había gustado.

¿Amarlo? No, eso nunca, ella lo odiaba. Odiaba todo lo que él representaba. Se odiaba a sí misma por seguir deseándolo. Cuando Mark la trajo a casa fue incapaz de decir una sola palabra, ni siquiera pudo mirarlo a la cara, la vergüenza la devoraba por dentro.

—No sé lo que ha pasado, pero Byron se preocupa por ti. De eso estoy seguro. Fue él quien me llamó para que te recogiera —le dijo, antes de que ella saliera del coche.

—No me importa ese salvaje —contestó ella.

—Ya... Candy, estaré aquí siempre que me necesites. ¿Quieres que le dé una paliza... o algo? —Eso la hizo sonreír, así era Mark, un hombre perfecto. Sería tan fácil quererlo a él. Pero no, ella tenía que enamorarse de los imposibles.

—Solo dile... Dile... Nada. No quiero saber nada más de él. —Se terminó. Había vuelto a casa con el mismo hombre que la había llevado a la boda y su padre no tenía por qué enterarse nunca de lo que había pasado.

Eso pensó ella. Pero la realidad fue otra. Wellstone era, al fin y al cabo, un pueblo pequeño. El rumor del secuestro se extendió como la pólvora, algunos incluso se atrevieron a insinuar que la había forzado.

Su padre se había encargado de desmentir el rumor.

El domingo siguiente a la boda de su ex prometido con la española, Jack Shaw subió al púlpito de la iglesia y arrastró con él a su hija. Ella sabía muy bien lo que se esperaba de un Shaw. Miró todas esas caras expectantes, pero en realidad solo era capaz de ver una: la de él. Sus oscuros ojos, su recta y ancha nariz, esos gruesos labios que la hicieron sentir viva, deseada, hermosa...

El gran Jack comenzó su discurso haciéndoles saber que su hija había sido repudiada, en favor de una hispana, por el ranger amigo de los indios. Se lamentó de haber tratado a George como a un hijo y como a un patriota y aseguró que le haría pagar haberla puesto en peligro...

—Pero, sobre todo, juro con la mano sobre esta sagrada Biblia, que el salvaje que osó intentar mancillar su honor y su buen nombre responderá ante mí por sus actos. Ni todos los rangers de Texas van a poder evitarle el sufrimiento.

—¡Deja de decir sandeces Shaw! Estás igual de loco que toda tu familia. —Ella pudo ver cómo Rosa se ponía en pie y se atrevía a gritar a su padre. La abuela de George era una mujer fuerte, dura, curtida por la vida... y buena. Estaba en la última fila y todas las caras se volvieron hacia ella. Un murmullo general se extendió por el lugar.

—Mujer, vete a tu casa a cuidar de la familia que te queda. Esto es un asunto entre hombres. No tendremos en cuenta tus palabras porque sabemos que estás pasando por un momento de duelo por la pérdida de tu hija...

—Si vuelves a meterte con alguien de mi familia, te mataré con mis propias manos, Jack. Te lo juro —le amenazó con voz pausada—. Pero en una cosa estamos de acuerdo; esa hija tuya no tiene nada que hacer con ninguno de mis chicos. Mantenla alejada de Byron o lo haré yo.

El odio que pudo ver en los ojos de Rosa cuando posó la mirada en ella la rompió por dentro. Se sintió pequeña y absurda. Todo aquello le parecía una película, no era algo que le estuviera sucediendo a ella. Tenía que sobrevivir, tenía que contar lo que su padre quería y salir de allí cuanto antes.

Rosa se abrió pasó a empujones entre sus vecinos. Veía caras amigas que bajaban la vista con vergüenza, algunos incluso salieron con ella, otros la increparon al pasar a su lado. El pueblo estaba dividido. Jack Shaw era un hombre poderoso que compraba las simpatías de la mitad del pueblo, al resto los aterrorizaba. La familia de George nunca estuvo en un lado o en otro. La relación que ella y George tuvieron durante los últimos años hizo que el gran Jack aflojara la cuerda con la que mantenía atados a sus opositores.

Ahora la cuerda se había tensado y cada familia tiraba de un extremo.

—Candance —se dirigió Rosa a ella, antes de marcharse—, no sabes cómo me habría gustado equivocarme contigo.

Alzó la cabeza y salió, tratando de mantener su orgullo intacto. Tras ella, unos cuantos vecinos.

Por suerte, Richard no solía ir a la iglesia y George y Nat estaban en España con la niña. No tardarían en volver y entonces...

Candy sintió el dolor de una bofetada hecha con palabras.

El día que Rosa se enfrentó a George y Byron —sus propios nietos, porque ella los consideraba así a ambos— para defenderla, fue uno de los pocos días en su vida en que se había sentido segura y protegida. Como cuando George la quería a ella... Tenía que ser realista, George nunca la quiso.

Había herido a Rosa en lo más profundo, lo vio reflejado en su rostro. Le habría gustado volverse, airada, y enfrentarse a su padre tal y como ella lo había hecho. Se permitió soñar con ello un instante, mientras el gran Jack seguía con su perorata acerca de la pérdida de valores y tradiciones. ¿A quién quería engañar? Ella no tenía coraje. Era un ser débil y lamentable; una persona sin más valor que el de su herencia, tal como Jack y su primo le recordaban continuamente.

Tardó en percatarse del silencio que se había hecho en la sala. Todas las miradas estaban fijas en ella, algunas la juzgaban, en otras sentía la lástima, en otras el odio, el miedo e incluso la envidia... Sabía que todos estaban esperando sus palabras y ella solo quería salir corriendo; huir, desaparecer lo antes posible.

Y para ello tendría que darles lo que querían.

A pesar de que las lágrimas le inundaban los ojos, no dudó ni un momento. Ni siquiera sufrió una ligera inflexión en la voz al afirmar que no había mantenido ningún tipo de relación con el salvaje. Aseguró que se había tirado de la infernal moto de cuatro ruedas para evitar el ataque que, sin duda, el repugnante ser que era el indio trataba de cometer. Dio las gracias a Mark, que la había recogido en el camino.

No había mentido, no del todo al menos. Y ni Mark ni Byron estaban allí para desmentirla. Tras lo sucedido se sintió aterrada. Por una vez no era el hombre el que le dio miedo, esta vez fueron sus propios sentimientos los que la atacaron sin piedad.

¿Por qué sentía que le estaba traicionando? «Sucia». La palabra le venía a la cabeza una y otra vez, mientras los murmullos de indignación crecían en la iglesia del pueblo. La revuelta se estaba gestando y ella podía haberla parado, solo tenía que dar un paso al frente y decir la verdad. Pero no lo hizo.

El corazón le latía acelerado. Las lágrimas pugnaban por salir y amenazaban con inundar su rostro, rojo por la vergüenza, por el pesar. Se mordió el labio hasta hacerlo sangrar y se clavó las uñas en las palmas de las manos, necesitaba el dolor, tenía que sentirlo... Sabía que iban a ir a por Byron, sabía lo que le esperaba, pero se mantuvo firme en su versión. Era una cobarde.

Pero él se lo había buscado por sacarla así del infierno en que se estaba convirtiendo la boda de George. En realidad la había salvado de la mayor de sus humillaciones y ella se lo estaba pagando así...

Se lo advirtió. Ella se lo había advertido, pero él no le hizo caso. Él... era hombre muerto.

¡Dios! Solo quería que todo eso terminara de una vez. Quería irse a casa, meterse en la cama y tomar medio bote de las pastillas de su madre. Terminaría como ella; borracha, dolorida y amargada. Jugando el papel de la esposa perfecta de algún perfecto amigo de su padre.

Se le nubló la vista, la garganta comenzó a secarse y sintió la boca como un estropajo usado y sucio. Los latidos del corazón resonaban en su pecho a un ritmo frenético, pensó que moriría en ese mismo instante y dio gracias a Dios por concederle ese deseo, justo antes de caer derrumbada a los pies del púlpito.

La última imagen que vio fue la del salvaje riendo, pintado con sus pinturas y preparado para asustarla.

Y sonrió.

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Miedos

Rosa supo que los problemas acababan de empezar. Jack Shaw no se conformaría con el circo que había montado en la iglesia. Nunca se atrevería a intentar algo contra su George, al fin y al cabo era un hombre ruin y mezquino, pero no era tonto. George era ranger del condado, un capitán, además de uno de los más jóvenes y más condecorados, pero Byron... Él era otra cosa. Y por si fuera poco, era nativo, un motivo más para que Jack personalizara en él todos sus odios y sus miedos.

Pero lo peor era que su chico era un cabezota, no podría convencerlo de que desapareciera mientras se calmaban las aguas. Ni siquiera podría persuadirlo para que se alejara de aquella perra traidora. Y pensar que había llegado a sentir lástima por ella... Y ahí estaba ella, consintiendo la pantomima que había puesto en práctica su padre. Era una Shaw, como todos ellos. Tenía que hacer algo; tenía que impedir que le hicieran daño a su pequeño.

Al bajar de su vieja y destartalada furgoneta, Rosa vio la nueva y reluciente de su marido y el trasto ese de cuatro ruedas de Byron. Había pasado una semana desde la actuación de Jack en la iglesia. Ella no había hablado con Richard ni con Byron, ya que ambos habían ido, junto con otros hombres, a una feria de ganado en Oklahoma y aquel no era un tema para tratar por teléfono. Si en algo conocía a su marido, apostaba a que iría a buscar a Shaw en cuanto lo supiera.

—¡Richard! —gritó en cuanto entró en la casa—. ¿Dónde estás?

—En el estudio —contestó él.

Al abrir la puerta se quedó paralizada. Allí estaba Richard, escopeta en mano, rodeado de algunos trabajadores y vecinos que estaban armados, como él. Los miró y entendió de inmediato lo que pretendían.

—Las noticias vuelan. ¿Dónde está Byron? —dijo con calma.

—Ha ido al pueblo, quería comprar una silla de montar para Nina.

—He visto la moto en la entrada.

—Se llevó la furgoneta. George lo llamó, vuelven hoy. Además, creo que Byron está huyendo de ti. —Hizo una pausa y continuó tras una profunda respiración—. Nadie amenaza a mi familia, Rosa. No intentes detenerme.

—No pensaba hacerlo. Voy a por mi escopeta —repuso, dándose la vuelta. Richard la alcanzó y frenó, sujetándola del brazo.

—No seas loca, tú no vas a ningún lado —sentenció.

—No me lo puedes prohibir. Por desgracia para ti y los que son como tú, las mujeres tenemos nuestros derechos, y ni Jack ni tú me vais a amedrentar.

—Chicos, esperadme fuera —ordenó Richard al resto.

Una vez a solas, Richard dejó la escopeta en el escritorio y se apoyó en el borde. Se cruzó de brazos y miró a su esposa con toda la intensidad de sus ojos azules, más oscuros que los de su nieto, que los tenía igual que su maldito padre y su preciosa bisnieta. Rosa, su mujer, cuánto la amaba. Seguía siendo hermosa, racial, morena y cabezota. Le gustaban todas y cada una de sus arrugas, se las había ganado a pulso. Era una luchadora. Él la conocía muy bien y podía ver moverse con rapidez los engranajes de ese enrevesado cerebro suyo.

Sonrió, con esa sonrisa ladina que Nat decía que era igual a la de George.

—Y bien, señora Hansen, ¿qué quiere? —le preguntó sin ambages.

—Que me respete y me trate como a una igual, señor Hansen —contestó ella, acercándose con la barbilla muy levantada, lo suficiente como para llegarle a la altura del pecho.

Él agachó la cabeza cuando ya la tenía a menos de un metro.

—Eso ya lo hago, señora.

—No me ha consultado este disparate, señor... y creo que la posibilidad de quedarme o no viuda es algo que me incumbe.

—Nadie va a morir hoy. Solo vamos a dejar claro a ese terrateniente de pacotilla de qué material estamos hechos —contestó mientras llevaba las manos a la trenza de su mujer y se la deshacía poco a poco.

Ella le dio un manotazo y se alejó un par de pasos.

—No pienses que vas a distraerme. ¿Crees que tu nieto aprobaría esta demostración de... de...?

Rosa observó cómo su mirada se desviaba hacia la puerta y se volvió, justo para ver a George, con la boca apretada levantándose el ala del sombrero y ese regaliz tan característico entre sus labios.

—Ya terminaré yo la frase, abuela —intervino Nat, que se acercó hacia él para darle un beso, tras lo cual se puso a su lado. Él la abrazó—. En realidad es un concurso de «a ver quién la tiene más larga».

—¡Nat! —la riñó George.

—¿Qué pasa? ¿Acaso no tengo razón?

—No les hagas caso, cielo, claro que la tienes —la apoyó la abuela—. ¿Y Nina?

—Esperando a que sus abuelos dejen de hacer el tonto para poder saludarlos —contestó George, mirándolo desafiante.

—Abuela —interrumpió Nat—, será mejor que los dejemos arreglar esto a ellos. Vamos, Nina, nos espera.

Al quedarse solos, él tomó asiento tras el escritorio y sacó una botella de bourbon y dos vasos. Sirvió un dedo de alcohol en cada uno y le dio un trago al suyo.

—Esto es más serio de lo que piensa tu abuela, hijo —informó.

—Lo sé, conozco a Jack. Lo conozco muy bien. En este momento nuestra familia representa todo lo que es malo para ellos. Sé bien de lo que es capaz y, aun así, no creo que vaya a matar a nadie, ni siquiera a Byron.

—Nos ha amenazado delante de todo el pueblo, no podemos mirar hacia otro lado.

—Soy representante de la Ley, no puedo dejar que os toméis la justicia por vuestra mano. —Él apretó la boca y miró hacia la ventana mientras acababa con el bourbon de un trago.

—Y entonces ¿qué?

—Deja que yo me ocupe. Esto no es el lejano oeste, abuelo. Las cosas se pueden arreglar de muchas formas y, si no atiende a razones... haré lo que tenga que hacer —aseguró George, mientras alejaba de él el vaso con el líquido ambarino.

Era divertido ver cómo su abuelo continuaba con la costumbre de poner un vaso para cada uno, sabiendo que a él no le gustaba especialmente acompañar los problemas, o su solución, con bourbon. George era un hombre más de café. Richard echó mano de la bebida de su nieto y la acabó de un trago.

—Voy a preparar café, vamos a necesitarlo —sentenció él, dirigiéndose a la cocina.

«Hogar, dulce hogar», se dijo a sí mismo. Aún no había deshecho las maletas y ya tenía que enfrentarse a las consecuencias de haber dejado a Candy. Sabía que tenía que llegar el momento en que todo explotaría, pero habría deseado disponer, por lo menos, de una pequeña tregua.

A pesar de sentirse culpable por el daño que había hecho a la chica, sabía que había tomado la decisión correcta. Intentó hablar con Jack antes de casarse, pero el hombre se negó; se sentía dolido y, lo que era peor, traicionado.

A él le hubiera gustado explicarle que su hija en realidad tampoco lo quería a él, que ella quería solo lo que representaba y no se habrían hecho felices; no como Nat y Nina lo hacían a él, ni como Byron podría hacer a Candy. Aunque en realidad no habría servido de nada hablar con Shaw, no habría atendido a razones. Se sentía humillado y odiar a los comanches estaba en su sangre. Su ADN pedía venga

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