PRÓLOGO
Surrey, 1804
Topacio Loughy se apretó más contra la pared de madera. Pensó que quizás no había sido buena idea esconderse en el armario que había llegado esa tarde para su tía Henrietta, y que todavía no habían llevado a su habitación. Sin embargo, pareció ser la mejor opción cuando la institutriz les propuso, de manera bastante insistente, a su parecer, que jugaran a esconderse. En ese momento, Topacio supo que algo no iba bien, y ahora, mientras escuchaba los disparos provenientes de afuera, tuvo la certeza que no se había equivocado.
Se abrazó a sí misma para intentar detener los temblores que el miedo provocaba en su cuerpo. No tenía la menor idea de qué podía estar sucediendo en el salón, pero sabía que no era nada bueno. Las lágrimas rodaban por sus mejillas como una cascada y solo morderse el labio impedía que los sollozos hicieran eco en el encerrado lugar. Esperaba que sus primas hubieran elegido un mejor sitio para esconderse, porque ese, definitivamente no lo había sido.
Un «NO» dicho en tonalidad bastante alta la puso en alerta. Era imposible no reconocer la voz de su madre, pues había escuchado más de una vez esa palabra de su boca, solo que nunca había tenido ese tono de terror impreso.
Armándose de un valor desconocido, se acercó a las puertas del armario y las abrió un poco, lo suficiente para poder observar cómo un hombre con la cabeza cubierta le disparó a la mujer que le había dado la vida.
Un grito de horror pugnó por salir de sus labios, pero no supo si fue por el miedo, o por la impresión, que este murió antes de emitirse en voz alta. El chillido que ella no pudo profesar salió de la boca de su padre, quién se abalanzó contra el agresor e iniciaron una pelea por el arma.
—Todos morirán —aseguró la voz del uno de los asesinos.
Este hombre tenía la cabeza cubierta, pero Topacio no necesitó más que escuchar su voz para reconocerlo. La sangre se le congeló en las venas y su respiración se volvió dificultosa. No, no podía ser, él no podía haber orquestado todo eso. No podía ser quien pensaba. No el tío Mathew.
—¿Por qué haces esto, Mathew? —gritó su padre— ¿Qué te hemos hecho? Siempre te hemos tratado bien.
—Me han brindado su lástima, querrás decir —dijo la voz amarga del otro hombre—. Todo esto debió ser mío, no de ustedes. ¡Mío!
—Entonces, ¿nuestro pecado es haber nacido? —espetó su progenitor mientras intentaba quitarle el arma a aquel ser que quería matarlo— Dime, ¿qué ganaste arruinando mi hacienda? ¿Qué ganaste incendiando la hacienda de Colin? Porque ahora estoy seguro de que fuiste tú el causante de todas nuestras tragedias, pero sobre todo ¿qué ganas matándonos? Esto jamás será tuyo de igual forma. No podrás heredar.
—Tal vez no, pero ni tú ni los demás vivirán para disfrutarlo tampoco. Esa será mi venganza.
—¡Estás loco!
El asesino movió bruscamente el arma hacia abajo con la intención de quitársela, pero su padre era más fuerte y logró conservarla. La pelea por esta se hacía cada vez más reñida y se fueron desplazando hasta que Topacio no pudo verlos. Cuando sonó un disparo se sobresaltó y se atrevió a abrir un poco más el armario, solo para buscar desesperada una respuesta. El alivio la inundó cuando vio a su progenitor caminar hasta quedar de rodillas frente al cuerpo inerte de su madre. Ella iba a salir, quería ir hasta ellos, pero sus pies se negaron a moverse. Su padre alzó entonces la vista y la vio, le hizo una rápida seña para que volviera a esconderse y le dirigió una de esas miradas que advertían que esperaba ser obedecido.
Lo último que Topacio vio antes de meterse nuevamente al armario fue cómo un hombre disparaba a su padre y lo dejó inmóvil en el piso.
El cuerpo empezó a temblarle sin poder controlarlo y su mente era incapaz de analizar lo sucedido. No, ellos no podían haber muerto. Ese hombre no pudo haber hecho eso. Él siempre las había tratado bien ¿Cómo se atrevió a traicionarlos de esa forma?
Los sollozos empezaron a volverse esta vez más fuertes. Ella no quería hacer ruido, pero le era imposible parar. Acababan de matar a sus padres. Ella lo había visto y no había hecho nada por evitarlo. No había intentado defenderlos. Era una cobarde.
Los disparos cesaron luego de un tiempo indefinido.
Con el cuerpo tembloroso, abrió las puertas del armario y salió.
El salón principal, antes adornado para la Nochebuena, se había vuelto un río de sangre en el que flotaban cuerpos inertes. No había rastros de sus agresores.
—¿Mamá? ¿Papá? —dijo entre sollozos viendo los cuerpos de sus padres—. Respondan. —Se acercó a ellos y los movió—. Les prometo que me portaré bien, pero respondan.
Silencio. Su voz era la única que se escuchaba en el lugar.
—¿Tía Henrietta? —Movió el cuerpo de la mujer rubia—. Tía Henrietta, tienes que supervisar dónde pondrán tu armario. Tío Colin, dile que despierte; si suben el armario sin su supervisión, lo pondrán en el lugar equivocado.
El hombre rubio no se movió.
—¿Tía Marion? Tía Marion, recuerda que Rubí te desobedeció y se trepó a ese árbol de donde luego se cayó. Dijiste que la ibas a castigar ¡Tienes que despertar para castigarla!
Topacio se desplomó en el piso intentando negar lo innegable, todos estaban muertos. Observó a su alrededor. Su abuela paterna estaba solo a unos pasos de ella, su abuelo materno se encontraba más atrás. Los padres de sus tías estaban por algún otro lado del salón. Todos muertos.
—Topacio.
La voz fue solo un débil susurro, pero suficiente para ser escuchado por la niña cuya esperanza se aferraba a cualquier cosa.
—¡Tío Albert! —exclamó— ¡Estás despierto! Tienes que levantarte, tú siempre dices que uno debe levantarse después de cada caída, ¿Vas a caso a negar tu propio consejo? ¡Párate! —ordenó acercándose a él.
La cara del hombre se torció en una mueca que pretendió ser una sonrisa.
—Siempre dando órdenes, Topacio —murmuró—. Promete una cosa, querida niña—. Una tos con sangre lo interrumpió—. Pro… promete que siempre estarán unidas, prométeme que harán lo posible para que las otras sean felices, júrame que usarás tu instinto gitano, que nunca te falla, para el bien.
Otro ataque de tos.
—Esa es más de un promesa —observó la niña—. Pero te las prometo todas si te levantas.
Él negó con la cabeza.
—Me temo que se pondrá a prueba la fortaleza de todas, mi niña. Si tan solo le hubiera hecho caso a tu abuela... Ella se lo advirtió a tu madre. Le advirtió que el peligro nos asechaba. —más tos—. Su hija murió y probablemente nunca lo sepa. ¿Me lo prometes, entonces?
Ella asintió con las lágrimas que rodaban por sus ojos.
—Te lo prometo.
La mueca de una sonrisa volvió a asomar a sus labios.
—Bien, busca a las demás y váyanse, huyan antes de que regresen.
Sus ojos se cerraron antes de que pudiera decir más.
Topacio se limpió la última lágrima de la mejilla. No creía que regresaran, ya que el causante de todo estaba a unos metros atrás de ella. Pero se irían solo porque no creía soportar ver esa escena más tiempo.
Un grito ahogado sonó desde la escalera. Era Zafiro. Sus ojos azules miraron con horror la escena antes de llenarse de lágrimas.
—¿Están dormidos verdad?
La voz de Esmeralda la hizo girar nuevamente la cabeza. La pequeña de tan solo cuatro años miraba los cuerpos inertes sin entender nada.
—Rubí, ¿por qué duermen en la Nochebuena? Aún es temprano ¿Por qué hay tanta sangre?
Rubí no respondió. Los sollozos empezaron a invadirla.
—Tenemos que irnos —dijo Topacio sin una lágrima en su rostro—. ¡Ahora!
Ninguna puso objeción. Aunque hasta él último momento miraron hacia atrás, como si todo fuera a volver a la normalidad de repente y lo vivido fuese solo un mal sueño.
Topacio también tuvo esa esperanza, pero mientras recorrían los caminos de tierra la desechó. Ellos no despertarían porqué todos estaban muertos. Muertos debido al odio desmesurado de alguien en quien confiaban. Si no se podía confiar en la familia, ¿en quién se podía confiar? Si tu propia sangre te traicionaba ¿Por qué no podía hacerlo alguien más?
El camino hacia el lugar indefinido lo recorrió con la mente en otro lado. Su cerebro rememoraba una y otra vez lo sucedido, y las imágenes de los asesinatos paseaban ante sus ojos como si las estuviera viendo de nuevo, torturándola, haciendo que se reprochara el no haber podido hacer nada. Era una cobarde, pero nunca más, se juró. Jamás volvería a ser una cobarde. Nunca más volvería a mostrar debilidad. Pero, sobre todo, en su vida volvería a confiar en alguien que no fueran esas personas que caminaban junto a ella en ese momento. La gente era mala, y siempre tendría que estar alerta. Un traidor podía estar donde sea, debía que mantener las defesas altas para que nadie pudiera hacerle daño. No sería la misma. Topacio Loughy jamás volvería a ser la misma.
CAPÍTULO 1
Topacio se enderezó bruscamente en la cama y con una mano secó el sudor de su frente. Otra vez la misma pesadilla. Tal parecía que esos recuerdos no la abandonarían nunca, pero que hubieran pasado tantos meses desde la última, le había dado ciertas esperanzas.
Sabiendo que le sería imposible volver a dormirse, tomó una bata, una vela y bajó hasta la cocina. Allí se preparó un té y lo bebió mientras rememoraba lo nefasto que había sido ese día. La pesadilla solo había sido la cereza del pastel para culminarlo.
Cuando esa mañana recibió una nota de lord Frederick, en la que pedía que se vieran en la noche en un lugar poco transitado de Hyde Park, supo que no estaba tramando nada bueno. De hecho, cualquiera lo hubiera supuesto ¿Qué clase de caballero citaba una dama a solas en la noche? Se debía tener un nivel bajo de inteligencia para pensar que existían intenciones honorables detrás.
El hombre había estado practicando con ella últimamente una especie de cortejo. Intentaba enamorarla y no se alejaba de su lado por más grosera que se portara. Cualquiera diría que se había enamorado, cualquiera menos ella. No era tonta, y su instinto jamás le había fallado, por lo que no desconfió de este cuando le advirtió que lord Frederick planeaba algo. No obstante, aunque no se consideraba, ni se consideraría estúpida, tenía que admitir que haber asistido a esa reunión fue una completa idiotez. Su única justificación era su espíritu aventurero y nata curiosidad.
Al acceder a ir a esa cita que desde todos los puntos de vista era más que inapropiada, solo deseaba dos cosas. Primero, descubrir de una vez por todas por qué lord Frederick no la dejaba en paz y parecía estar tan interesado en ella. Segundo, quería divertirse un poco. Deseaba experimentar la adrenalina del peligro que la sociedad le tenía vedada por ser mujer. Sabía que podía suceder cualquier cosa cuando salió esa noche, vestida de hombre, hacia Hyde Park; pero decidió tomar el riego. Su vida era muy aburrida últimamente y quería vivir una aventura.
Esa aventura solo consiguió que pudiera escapar intacta por algún milagro.
Cuando llegó al lugar acordado, este se encontraba completamente solo. No debería haberle causado sorpresa, entonces eran casi las diez de la noche, no era una hora común para un paseo, y aunque lo fuera, no era uno de los caminos que más se recorrieran del afamado parque. La sensación de peligro la inundó apenas llegó y eso debería haber bastado para que cualquiera diera media vuelta y se marchara, hubiera bastado si ella hubiese sido más cobarde, pero no lo era. Ese sentimiento le era desde hacía años desconocido y no pensaba traerlo de nuevo. Así que se quedó ahí tomando con la mano la pistola que había guardado entre su pantalón como toda medida de seguridad.
El silencio en el lugar se volvía más tenso a cada minuto que pasaba, pero eso no la desanimó y se recostó en un árbol para esperar. Cuando empezó a sentirse fastidiada, habló.
—¿Lord Frederick?
Nadie respondió.
Acababa de decidir que no seguiría perdiendo su tiempo cuando una mano la agarró por el brazo y la pegó a un fornido cuerpo. Topacio se había encontrado mirando entonces a los claros ojos de lord Frederick.
—Disculpa la tardanza, querida.
Ella bufó y se alejó de él. Se dijo que hacía todo eso para librarse de una vez de esa sanguijuela fastidiosa.
—Déjese de juegos tontos, lord Frederick, si vine es porque quiero saber, de una vez por todas, la razón de su interés en mí. Tal vez así pueda librarme de su presencia pronto. —respondió tajante.
A pesar de la oscuridad reinante, el brillo maligno en los ojos del joven rubio no le pasó desapercibido a Topacio quien, muy en contra de su voluntad, había retrocedido unos pasos.
—Me sorprendes que no sepas qué deseo, querida, sobre todo, teniendo en cuenta que has venido. Cualquiera afirmaría que estás de acuerdo, no veo por qué fingir inocencia.
Topacio entendió en ese momento todo, y también comprendió que había sido una estupidez ir ahí. En vez de salir huyendo como se hubiera esperado, sonrió con la misma maldad que él.
—¿Quiere deshonrar a una joven respetable, lord Frederick? —preguntó en tono burlón—. Nunca creí que fuera un hombre de esa clase, pero me temo que se ha equivocado de presa.
—¿Ah sí? —cuestionó arqueando una ceja—. Si no lo deseas ¿Por qué estás aquí?
Ella se encogió ligeramente de hombros, ese era su gesto más característico de cinismo.
—Por salir del tedio, para descubrir la razón tras su falso interés, o puede que sea solo estupidez, pero no por lo que creyó. Lamento decepcionarlo.
—Si lo que querías era salir del tedio, te aseguro que tomaste la decisión correcta.
Él había dado un paso hacia delante y, aunque se odió por ello, ella había retrocedido de nuevo.
—No lo creo, lord Frederick, no tengo la menor intención de matar el tedio con usted. Seguramente quedaría más aburrida. Búsquese a otra paloma que sí quiera ser mancillada y que caiga rendida a sus pies.
Empezó a retroceder, pero no se giró, nunca había que darle la espalda al enemigo, ni mucho menos confiarse. Esa era una dura lección que había aprendido de la peor manera.
—No lo creo querida, tienes que ser tú o no tendré mi dinero.
—¿Dinero?
—El dinero que aposté con unos amigos. Aposté mil libras a que domaría a la fiera de Topacio Loughy. No pienso perder mi dinero y tú no vas a hacer que lo pierda.
Topacio se negó a sentir miedo y mucho menos a mostrarlo.
—Temo que esa apuesta fue toda una imprudencia de su parte, lord Frederick. El día que alguien me domine será cuando el infierno se congele. Lamento informarle que ha perdido mil libras.
—Yo creo que no querida, te aseguro que no.
Lord Frederick había sonreído y luego silbó.
Topacio vio cómo dos hombres más aparecían tras los árboles. Los reconoció como Los Marcus y Lord Chase. Todos eran jóvenes lores libertinos e irresponsables que solo disfrutaban de lo que su posición les proporcionaba.
—Debí saber que los cobardes no trabajan solos —comentó Topacio con una carcajada amarga.
Los hombres empezaron a acercarse a ella y fue cuando sacó la pistola y apuntó, moviéndola por todos sus posibles objetivos. Imbéciles. ¿En verdad creían que podían mancillarla sin que opusiera batalla? Al parecer, eran lo suficientemente estúpidos para creerlo, así como debían ser tan estúpidos para atreverse a agredir a una dama. El duque los mataría si llegaban a completar la ofensa, pero por qué molestar a William si podía hacerlo ella.
—Bien, queridos, el primero que dé un paso al frente, será el primero en reunirse con el Creador. No se engañen, no soy tan estúpida como para haber venido aquí sin ninguna protección. —Aunque sí lo lo bastante estúpida por haber ido ahí— Tengo dos pistolas. —en realidad tenía una, pero eso ellos no lo sabían—. Puedo agarrar la otra con una agilidad impresionante; se los aseguro, los dos primeros en acercarse serán los primeros en morir. No teman por mi puntería, es muy buena; aun siendo de noche, un balazo al corazón y morirán sin mucho sufrimiento.
Los hombres se quedaron petrificados, incapaces de creer que en verdad se encontraban en esa posición. Era imposible, inimaginable. Topacio había tenido que hacer uso de su fuerza de voluntad para no mostrarse débil. No tenía intención de matar a nadie, pero dispararía si tenía que hacerlo, y que Dios la ayudase.
—Bien, ya que nadie tiene el valor de dar un paso al frente, los invito a dar un paso atrás.
Los hombres empezaron a retroceder, pero lord Frederick dijo mientras lo hacía:
—La hija de una gitana dándose aires de dama, eso si que es nuevo.
Topacio había tenido que hacer un esfuerzo enorme por no perder el control. Nadie se metía con su familia y mucho menos con su difunta madre. Era cierto que había sido mitad gitana, y también era verdad que ellas no tenían muy buena reputación, pero su madre era una dama y no permitiría que nadie la ofendiera. Tamara Loughy había sido la hija de un hacendado rico y de una gitana. Ella la había dejado a cargo de su abuelo porque deseaba que su hija tuviera una mejor vida, que se criara como una dama, y así fue; quizás nunca pudo recibir el apellido de su padre, pero era una dama que, aunque de vez en cuando visitaba a su madre, era respetable, tal vez despreciada por la sociedad, pero respetable. Su padre se dio cuenta de ello y por eso la desposó, siempre la defendió de los ataques de la gente y ella tampoco permitiría que la ofendieran, mucho menos estando muerta.
—Veo que tiene ganas de morir hoy lord Frederick, no tengo ningún problema en darle el gusto.
—Tú no puedes matarnos —aseguró.
—¿Ah no? ¿quién me detendría? Estaría lejos de aquí antes de que alguien encontrara sus cuerpos.
Se enorgulleció de que su voz sonara tan fría como la de una verdadera asesina, eso los asustaría más.
—Investigarán, y uno de nosotros quedaría vivo para delatarte.
—Sería interesante oír esa versión. Una joven dama que seguramente estaba dormida en su cama en esos momentos, mató a dos aristócratas. Primero mandan a Bedlam a que lo diga antes de detenerme a mí por asesinato, no sean ridículos. Ahora, sigan retrocediendo.
Los hombres hicieron caso. Cuando vio que estaba lo suficientemente lejos, se giró y echó a correr como si su vida dependiera de ello —literalmente, su vida dependía de ello—. Esa experiencia le enseñaría a no volver a hacer oídos sordos a su fiel instinto, por lo menos se había llevado el arma.
Mientras corría, una sonrisa se formó en su rostro. Ver las caras asustadas de todos esos arrogantes aristócratas bien había hecho que valiera la pena el riesgo corrido.
La sonrisa se le borró cuando, al no ver por donde corría, tropezó con un duro cuerpo cuyo dueño de inmediato la sujetó por los hombros.
Topacio vio con horror cómo su pistola se le resbalaba de las manos e iba a parar al piso. Miró entonces al desconocido.
—¿Estás bien, mu… muchacha?
El simple moño en el que había recogido su pelo debió haberse soltado en algún momento de la carrera y dejó que su cabellera caoba cayera en cascada por su espalda mostrando su condición de mujer.
—Perfectamente. Ahora, suélteme —ordenó.
El hombre no le hizo caso y la observó con curiosidad. Topacio también lo vio. La oscuridad no le permitía ver bien sus rasgos, pero lo poco que podía identificar decía que era un hombre guapo. Su cabello y sus ojos eran oscuros y su cuerpo estaba bien formado. Topacio se estremeció en sus brazos. Podía ser un hombre peligroso. Observó su ropa, vestía como un caballero, pero eso no significaba que fuera buena persona, acababa de comprobar que no todos los que llevan ropa fina lo eran. Estaba metida en un buen lío.
—¿Por qué corría de esa manera? —le preguntó el desconocido con curiosidad.
Topacio lo fulminó con sus ojos grises.
—Eso a usted no le interesa, ahora ¡Suélteme!
—Me temo, señora, que dejar que una dama ande sola por la noche va en contra de mi código de caballero. No importa que dicha dama esté vestida de hombre.
Topacio bufó.
—¿Y qué piensa hacer, acompañarme para asegurarse de que llegue a salvo?
—Podría ser una opción, sí.
—Pero qué caballero es usted y qué suerte la mía —se burló—. Si es tan caballero como dice, ¿por qué no me suelta? —Intentó zafarse, pero no lo consiguió.
El hombre sonrió dejando que una hilera de dientes blancos sobresalieran en el oscuro lugar.
—Si lo hago, saldrá corriendo.
—¿Y eso a usted qué le importa?
—Ya le he dicho que no pienso permitir que una dama ande sola a estas horas de la noche, y menos una que puede estar en peligro. Venía huyendo, no lo niegue —dedujo.
Topacio gruñó.
—No necesito ni su ayuda ni la de nadie, ahora ¡quíteme las manos de encima!
—No, hasta que me diga de qué o de quién huía.
—¡De nadie!
—¿Entonces salió a correr a medianoche? —preguntó y ella pudo ver cómo arqueaba una ceja divertido.
Topacio intentó tranquilizarse. Qué hombre más entrometido.
—¿Por qué no hacemos algo? Usted me deja ir y olvida que esto sucedió.
—Me temo que no puedo hacer eso. No se olvida a una dama tan bella como usted.
—Entonces, déjeme ir y mantenga mi cara en su recuerdo.
Él posó su vista de repente en sus labios.
—La dejo ir si me da un beso, dulzura.
Topacio no pudo evitar sorprenderse ante la propuesta. Se había tenido que topar con todo un granuja. Lo que le faltaba. Tenía que irse de ahí y olvidar que esa noche existió.
—Bien —Se alzó de puntillas hasta casi rozar sus labios—. Acepto —dijo con voz seductora.
Cuando el hombre bajaba la cabeza para rozar su boca, ella aprovechó que había bajado la guardia para propinarle un rodillazo en la
