El recuerdo del viento (Aire y viento 2)

Marta Márquez Rodríguez

Fragmento

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PRÓLOGO

Él tenía treinta y un años y su vida, una vez más, volvía a dar un giro.

Habían transcurrido más de dos años desde que había dejado atrás aquellas calles que le habían regalado tantos momentos, pero su barrio seguía tan vivo en su mente como en su corazón.

Escondido allí, había algo que le hacía recordar una y otra vez.

Aunque creyó que nunca volvería, un suceso inesperado lo obliga a hacerlo, y el miedo se apodera de él otra vez , como le sucede siempre que tiene que volver.

El viento del pasado regresa para llevarlo. El mismo que siempre le trae los mismos recuerdos.

Ella tenía veintitrés años y continuaba como siempre.

Seguía recorriendo las mismas calles una y otra vez y, pese a los años transcurridos, seguía sintiendo que su vida aún no había logrado completarse.

Si miraba hacia atrás, solo había un momento en el pasado en el que se había sentido parte del mundo que la rodeaba, pero eso ya no era más que un antiguo recuerdo.

Desde hacía más de dos años paseaba por las calles de la ciudad en busca de la emoción perdida, a la espera de volver a encontrarla tras alguna esquina.

No podía evitar pensar que el aire que ahora respiraba había dejado de ser el mismo.

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PRIMERA PARTE

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CAPÍTULO 1

David apuró el último trago de whisky y dejó el ancho vaso vacío sobre la mesa. Apagó el cigarrillo y respiró hondo. Todo estaba sumido en la oscuridad y el silencio reinaba a su alrededor.

Consultó su reloj de pulsera. Faltaban veinte minutos para que las manecillas marcaran las dos de la madrugada. La noche era cálida para ser septiembre, pero la madrugada había traído con ella una fresca brisa marina.

Se puso de pie y abrió un poco más el gran ventanal que separaba la pequeña terraza de la sala de estar. Ya en el interior, agradeció el calor que envolvía la sala.

Al encender la luz todo se transformó. Lo que hasta hacía escasos segundos no eran más que sombras que reptaban por las paredes, eran ahora sus enseres y recuerdos. Pudo ver el sofá negro que había apoyado contra la pared y, frente a él, el mueble de estilo moderno de color ceniza que contenía dos fotografías, una en la que posaba junto a su amigo Damián y otra de él mismo cuando era un niño, una maqueta de un coche antiguo a escala y un gran televisor de plasma.

Recorrió la sala de estar en unos pocos pasos y llegó hasta el estrecho pasillo que separaba el cuarto de baño de su habitación. El piso era tan pequeño que podía recorrerlo en menos de un minuto; pero no le importaba, era suficiente para él, además desde las ventanas podía ver el mar y con eso le bastaba.

Se lavó los dientes frente al espejo y contempló su imagen con cierta desidia. En los últimos meses había ganado algo de volumen y sus músculos eran ahora más robustos y definidos. Las horas que pasaba en el gimnasio practicando boxeo daban sus frutos.

Apagó la luz y su imagen se perdió en el espejo, formaba ahora parte de la oscuridad. Caminó hasta su habitación. A través de la ventana, se colaba la luz procedente de las farolas que había en la calle y, aunque era una tenue claridad, pudo distinguir sin problema la gran cama de dos por dos que presidía la habitación, las dos mesillas que había a cada lado y en las que ahora no podía distinguirse el color chocolate que las bañaba. La silueta del televisor que colgaba de la pared parecía querer fundirse con los gráciles reflejos brillantes y blanquecinos de la luz.

Se metió en la cama y se desprendió de la ropa que llevaba. Se quedó solo vestido con su ropa interior blanca. Cerró los ojos cuando el reloj digital marcaba las dos.

La alarma lo despertó como cada día. Eran las nueve de la mañana. Se quedó unos minutos tumbado en la cama, enredándose entre las sábanas y sintiendo la irresistible tentación de cerrar los ojos de nuevo y dejarse llevar por las olas del sueño.

Al final, y no sin esfuerzo, se levantó de la cama despacio. Subió la persiana y sonrió cuando vio que el sol brillaba esplendoroso. Abrió la ventana y recibió el sonido del mar que se encontraba a tan solo unos metros. El mismo mar que escuchaba cada mañana al despertar, que le gustaba contemplar cada noche antes de dormir, el que llevaba un par de años regalándole el aroma salino que tanto le gustaba.

El mismo olor que lo recibía cada mañana al salir a la calle. Caminó escasos metros hasta que llegó a su coche, aparcado frente al bloque de apartamentos. El Opel Astra negro que hacía tantos años lo acompañaba. El mismo que esperaba que lo escoltara en todos los viajes que estaban por venir.

Poco más de diez minutos después, llegó frente a la tienda de recambios de vehículos en la que trabajaba desde hacía más de un año. Aparcó su coche en el pequeño aparcamiento que había junto a la trastienda y saludó con un movimiento de cabeza a su compañero que también acababa de llegar.

—Vamos a ver qué hacemos con este lunes. —El chico sonreía, pero unas marcadas ojeras azules bajo sus ojos parecían indicar que el día sería duro y que el fin de semana debía haberlo sido aún más.

David sonrió. Llevaba trabajando con ese chico desde el primer día. Rubén tenía veinticinco años y llevaba más de siete trabajando en aquella tienda que era propiedad de un familiar. Nunca había mostrado demasiado interés en los estudios, y todos siempre supieron que allí estaría su futuro. Era un joven alegre, de mirada traviesa y pícara sonrisa. Divertido y amante de la fiesta, también era un chico responsable y cariñoso con el que David había entablado una amistad casi desde el primer minuto. Cuando lo miraba no podía evitar ver a la misma persona que él había sido algún día y de la que no conseguía desprenderse del todo.

Miró el reloj. Eran casi las diez de la mañana. Su jornada laboral estaba a punto de empezar. Los casi diecisiete meses que llevaba trabajando allí lo habían convertido en todo un experto sobre la materia, además, su desparpajo innato y su simpatía le encumbraban como uno de los mejores vendedores de la tienda, motivo por el que su jefe, Ramón, siempre accedía a todo lo que David le pidiera; lo cierto es que era un buenazo, bajo su apariencia de hombre robusto y barrigón se escondía uno de los corazones más grandes que David se había encontrado en toda la vida, era tranquilo y sosegado, aunque podía hacer temblar al más valiente cuando arrugaba su frondoso bigote, síntoma inequívoco de que su paciencia se había agotado.

A las dos y cinco de la tarde se dirigió al almacén. En uno de los extremos, en una pequeña sala que entre ellos habían habilitado con un par de viejos sofás, un antiguo televisor y una estrecha mesa de madera que ya nadie usaba, pasaban los ratos de descanso.

Se dirigió a la máquina que había junto a la puerta y cogió un refresco de cola y un sándwich de jamón york con queso. Comió en silencio pensando en lo que haría cuando su turno terminara. Aquel día sería a las siete de la tarde, era un buen horario, le ofrecía la posibilidad de tener gran parte de la tarde libre, y él sin duda la aprovecharía golpeando un saco de boxeo, no se le ocurría otra forma mejor de hacerlo.

Miró el cuadrante que había colgado en la pared y lo memorizó en un segundo. Era una de las cosas que más le gustaban de ese trabajo. Como la tienda abría de diez de la mañana a diez de la noche de forma ininterrumpida, los trabajadores podían planificarse los turnos de forma que a todos los favoreciera. David siempre lo organizaba de forma sutil para coincidir con Rubén, su inseparable compañero, y para que las prioridades de Ramón y de Miguel, el hombre de calva brillante y sonrisa constante que siempre le hacía reír con su inocencia e ingenuidad, se antepusieran a las de Álvaro. De todos sus compañeros este último era el único con el que David apenas cruzaba más de dos palabras. No soportaba la forma que tenía de andar entre los demás, creyéndose siempre el mejor y el más listo en todos los ámbitos. Eran dos defectos que para David eran imperdonables y que convertían su relación en imposible. Pero no le importaba, aquel hombre no era más que alguien que pasaba por su vida de forma temporal, que olvidaría en cuanto lo perdiera de vista y que no volvería a recordar jamás.

Aparcó frente al gimnasio y cogió la mochila que estaba en el maletero. La temperatura era suave esa tarde de mediados de septiembre. Mientras caminaba, aspiró una bocanada y se dio cuenta de que el aire ya era diferente. El verano iba perdiéndose entre las calles de aquella ciudad costera. Había estado tan ocupado últimamente que apenas había reparado en ello y de pronto se sintió un tanto melancólico. El final del verano suponía un cambio, algo que en un lugar como Valencia se hacía aún más pronunciado. Los turistas habían empezado a marcharse, la playa estaba cada vez más vacía y el silencio que llegaba poco a poco cubría todo bajo un manto de nostalgia.

Sus pensamientos se vieron interrumpidos por el sonido de su teléfono móvil. Lo buscó en la mochila y sonrió cuando vio el nombre que aparecía en la pantalla.

—Hola, Damián —dijo con la alegría implícita en la voz. Siempre que hablaba con su amigo, el que aún seguía siendo su mejor amigo, la felicidad lo invadía. Se alegraba de haber conseguido mantener la relación de amistad con él a pesar de todo.

—David, ¿Cómo estás?

Notó enseguida que la voz de su amigo era débil.

—¿Va todo bien? —preguntó sin más dilación.

Hubo un silencio al otro lado que se prolongó durante unos segundos.

—Estoy en Madrid —Damián respondió al fin.

David frunció el ceño. Su amigo vivía en Barcelona desde hacía casi dos años.

—¿Estás de visita? —Mientras hacía esa pregunta notó que su estómago daba un vuelco. Siempre que pensaba en Madrid se sentía de la misma forma, no podía evitarlo. De repente sintió vértigo. El mismo que si estuviera frente a un precipicio.

—Es mi padre, David. —La voz de su amigo se suavizó—. No está bien.

—¿Qué ha pasado?

—Bueno, le han detectado cáncer de pulmón.

David abrió desmesuradamente los ojos y apretó los puños, no esperaba una respuesta tan directa.

—Vaya… yo… no sé qué decir. Lo siento mucho. Muchísimo. —Sintió que daba un paso más hacia aquel precipicio.

—Lo sé. —Damián pareció sonreír al otro lado—. Solo quería que lo supieras. Quería contártelo. Quería hablar contigo.

—Sabes que yo siempre estaré aquí. —Sonrió—. ¿Él cómo está?

—Bueno solo hace un par de días que lo sabemos. Está bien, ya sabes como es. He venido a pasar unos días con él. Con ellos.

David sintió que la sensación de vahído era aún más acuciante. Ellos. Aquella simple palabra significaba tanto para él que no pudo evitar sentirse frágil.

—¿Cómo esta ella?

Esa palabra tan sencilla tembló en sus labios. Era incapaz de hablar de Sara, de pensar en ella sin sobrecogerse.

—Está bien. Sabes que es fuerte. Muy fuerte.

—Claro. —Al pensar en la chica su mente voló cientos de kilómetros, casi podía sentirse a su lado, como en los viejos tiempos, como cuando Sara era tan familiar como su propia sombra—. ¿Cuántos días estarás en Madrid?

—Aún tengo un par de semanas de vacaciones, así que aprovecharé para quedarme aquí. No quiero irme ahora. No quiero dejarlos solos.

Un pensamiento atravesó su cabeza a toda velocidad, como un rayo que vuela en un cielo de verano una noche de tormenta. Y tal y como lo pensó, lo dijo en voz alta, y de inmediato se arrepintió de ello. Saltó directamente hacia el precipicio sin pensarlo.

—Iré a verte.

Cuando terminó de decir la frase cerró los ojos y susurró una maldición.

—Eso sería estupendo. —La voz de su amigo de repente había cobrado fuerza.

David sonrió. Aunque fuera duro para él, aunque volver a Madrid lo asustara mucho más de lo que estaba dispuesto a reconocer, tenía que estar con su amigo en un momento como ese, quería estar con él.

—Quizá pueda ir el fin de semana.

—Ojalá puedas hacerlo. Ven cuando puedas.

—Te llamaré en cuanto sepa algo. —Comenzó a caminar de nuevo y se apoyó contra un banco de piedra que había frente al gimnasio—. Damián, estate tranquilo. Yo estoy contigo, ya lo sabes.

—Lo sé. Muchas gracias.

Colgó el teléfono y se quedó mirando la pantalla. Su mente estaba bloqueada. Aquella llamada había cambiado todo en un segundo. De pronto había tomado la decisión de ir a Madrid, y ahora que empezaba a ser consciente del alcance de sus palabras, sentía miedo. Miedo de volver. Miedo de volver a verla.

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CAPÍTULO 2

Sara se sentó de nuevo en la incómoda silla de plástico que había abandonado hacía tan solo unos minutos. Estaba nerviosa, tanto que no podía evitar sentarse y levantarse constantemente.

Pablo apoyó una mano sobre su pierna, en un gesto tranquilizador. Ella lo miró y sonrió con dulzura mientras lo acariciaba.

Los minutos se hacían eternos en la sala de espera. Damián estaba de pie, apoyado contra la pared, en silencio y con la vista clavada en la puerta que tenía delante, la número 102.

Una enfermera vestida con una camisa y un pantalón de color verde manzana apareció al otro lado de la puerta y sonrió.

—Pablo, ya puede pasar.

Sara se puso de pie, pero su padre la sujetó con delicadeza del hombro mientras negaba casi imperceptiblemente con la cabeza. Antes de que tuviera tiempo de decir algo, el hombre se encaminó con paso decidido hacia la sala.

—Quiere ir él solo, estará más tranquilo así.

Escuchó la voz de su hermano y lo miró, el chico seguía con la vista clavada en la puerta que volvía a estar cerrada. Sonrió con timidez.

Ella notó que los nervios que hasta ahora caminaban por su estómago sin parar se habían convertido en un tropel de caballos galopando frenéticamente. Respiró hondo, tratando de relajarlos, de domarlos. Pensó en su padre, a él le tranquilizaba entrar solo a la consulta con el médico, siempre había sido así, apenas pisaba el hospital y cuando lo hacía, prefería hacerlo solo, como si de esa forma pudiera mantener las enfermedades a raya. En las últimas semanas, la chica había tenido que insistir a diario para que el hombre fuera al médico a un estudio rutinario. Lo había hecho a regañadientes, después de bastantes quejas y protestas, pero ahora se daba cuenta de que era la mejor decisión que había tomado en su vida. Gracias a ello habían descubierto que algo no iba bien dentro de Pablo. Sara no había querido creerlo hasta que las pruebas fueron innegables. Su padre padecía cáncer de pulmón. Al oír esas palabras, la tierra había comenzado a temblar bajo sus pies y, en cuestión de minutos, las placas se habían abierto y todo había desaparecido. Cáncer. La temida y odiada palabra que se estaba adueñando del mundo. Sara palideció y enmudeció, pero en cambio Pablo sonrió y dijo unas palabras que ella no olvidaría jamás.

—Sabía que ese cabrón vendría a buscarme alguna vez.

Sara lo miró, sin poder articular palabra, y encontró una irónica sonrisa en los labios de su padre. Así había empezado todo.

Sara volvió a la realidad y al ver a su hermano paseando por el frío pasillo del hospital, recordó la tarde que había que tenido que llamarlo para comunicarle la noticia. Damián solo había dicho unas palabras que también se grabaron a fuego en su mente: “Papá es más fuerte de lo que pensamos, podrá con esto, ya lo veras”.

El sonido de su teléfono móvil la hizo despertar de sus cavilaciones. Había sonado un mensaje. Lo buscó enseguida en el interior de su mochila negra. “Seguro que es Alberto”, pensó. Pero solo tuvo que contemplar el teléfono un instante para que su corazón se lentificara, como si acabara de quedarse helado. Abrió ligeramente los labios, un intenso calor recorría su interior, le faltaba el aire. Se puso de pie deprisa y miró a su alrededor. Damián estaba a varios metros.

Caminó hacia el pasillo que había paralelo a esa sala, con el teléfono en las manos y la sangre bullendo en su interior. Se apoyó contra la pared y respiró hondo.

El mensaje era de David. Lo abrió y leyó muy despacio, como si quisiera empaparse de cada una de sus palabras. Había pasado tanto tiempo…

“Hola Sara, ¿Cómo estás? Me ha llamado tu hermano para contarme lo de tu padre, lo siento muchísimo. Espero que este bien y que tú también lo estés. Cualquier cosa que necesitéis, decídmelo sin dudar. Un beso”.

Era David. Su David. Había pasado tanto tiempo que le resultaba casi imposible ver su nombre al otro lado del teléfono. Las piernas le flaquearon. Cientos de recuerdos, de imágenes, de momentos, de deseos, de pensamientos volaron a su mente. Pudo ver, años atrás, un atardecer de julio, dejando atrás la ciudad que la había visto nacer.

Escuchó la voz de su padre procedente de la sala de espera y guardó el teléfono móvil. Casi corrió hasta su voz. Cuando la alcanzó, su padre sonreía y Damián lo tomaba a través de los hombros.

—¿Qué ha pasado?

El hombre la miró sin borrar la sonrisa de su rostro y la tomó del brazo.

—Todas las pruebas han salido bien, así que mañana comenzaré la quimioterapia. —Pese a todo, su voz era alegre.

Sara asintió y lo besó en la mejilla. Aquello no había hecho más que empezar.

Apenas una hora más tarde, entraba en el supermercado. Sandra se interpuso en su camino, mordía nerviosa una uña.

—¿Qué ha pasado?

—Mañana empezará con la quimioterapia.

Su amiga chascó la lengua y maldijo.

—Lo siento, Sara. —Besó la mejilla de la joven de cabello dorado que se encogió de hombros levemente.

—Es la única alternativa. Seguro que va a salir bien.

Se apartó de su amiga con un gesto cariñoso y se dirigió hacia el vestuario. Aunque fuera extraño, lo cierto era que sentía la mente despierta y despejada. Sabía que ahora tenía que ser fuerte, ambos debían serlo, su padre los necesitaba más que nunca.

Pensó en su madre. Al tomar la decisión de marcharse, también había aceptado desentenderse de sus vidas para siempre. Tras su partida, nunca sabría lo que había sucedido en la vida de Sara, de Damián o de Pablo, y la chica no podía evitar culparla por ello. Quizá, si nunca se hubiera ido, Pablo no habría caído en una vorágine de alcohol y de desenfreno y aquel cáncer nunca hubiera llegado.

Antes de dejar el teléfono móvil, leyó de nuevo el mensaje de David. Al ver su nombre al otro lado, como en tantas otras ocasiones, sentía que le faltaba el aire.

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CAPÍTULO 3

Eran más de las once cuando David se recostó en el sofá. Estaba agotado. El entrenamiento había sido duro esa tarde. Su entrenador, Roberto, había tratado de devolverlo a la realidad y despertarlo de su ensimismamiento, pero pese a todos sus esfuerzos, le había resultado imposible. Incluso en ese momento, varias horas después, su mente continuaba en ese limbo invisible.

Miró de nuevo el teléfono móvil que estaba a su lado. No había nada y era precisamente ese vacío el que mantenía su mente ocupada, el que le hacía sentirse en otro lugar, lejos de allí.

Se metió en la cama más pronto de lo habitual y se quedó dormido enseguida.

Despertó sobresaltado. Miró el reloj digital de la mesilla. Eran las dos y veinte de la madrugada. No recordaba nada de su sueño y se sentía inquieto. Se levantó de la cama y se dio cuenta que el sueño había desaparecido, como si hubiera dormido muchas horas y ya no hubiera cansancio que apaciguar. Encendió un cigarrillo y se asomó a la pequeña terraza. Todo estaba en calma, tan solo el sonido del mar llegaba hasta sus oídos. Aquello le hizo sentirse mejor. Siempre lo hacía.

Dio una calada al cigarro y, de repente, como si el humo le hubiera ayudado a recordar, se vio a sí mismo tumbado sobre la cama, pero no en esa cama que acababa de abandonar, sino la que tantos sueños le había regalado en su casa de Madrid, en el apartamento que estaba poblado de recuerdos, algunos que aún dolían.

Pensó en lo extraño que era recordar de pronto su vivienda de Madrid, y no pudo evitar sentir cierta nostalgia. Aspiró una bocanada de humo y, al observar las volutas de humo que parecían danzar, una imagen se dibujó en su cerebro, estaba viendo retazos de un sueño, el que lo había hecho despertar sobresaltado. Se vio tumbado en su cama de Madrid, pero había alguien más, una persona que parecía dormir a su lado. David cerró los ojos con fuerza. La imagen se hizo más clara. Lo que estaba a su lado no era en absoluto lo que hubiera podido suponer o imaginar. Tenía el cabello rubio. Reconocía aquellas ondas, las mismas que había sentido entre sus dedos en las largas noches de verano. Pudo ver su rostro. La perfección de sus facciones. Los labios ligeramente entreabiertos. La pequeña nariz que parecía moverse despacio.

Allí estaba Sara, como si nunca se hubiera ido.

Volvió a la cama sintiendo frío, un frío que atravesaba mucho más que su piel, que parecía apoderarse de su interior.

Apagó la luz y esperó que la oscuridad se llevara la imagen tan nítida de Sara, sabía que era imposible que se llevara su recuerdo, aquel que seguía susurrándole en el viento.

El sonido de la alarma lo obligó a despertarse. Le costó abrir los ojos y aún más mantenerlos abiertos. La luz se resistía a entrar en la habitación. Giró su cuerpo hasta quedar mirando el hueco vació que había a su lado en la cama. El recuerdo del sueño llegó de nuevo hasta él y, de pronto, como si estuviera en el aire, pudo oler a Sara, aquel aroma dulzón que siempre la seguía. El olor que años atrás se quedaba impregnado durante horas en su cama, que se filtraba en su propia piel y que lo acompañaba durante todo el día.

Agitó la cabeza como para tratar de apartar aquellos pensamientos. Había pasado mucho tiempo de todo eso. Tenía que aprender a olvidar aquel olor.

Al coger el teléfono móvil, lo recordó enseguida y al ver un mensaje vibrando en la pantalla, todo el sueño que le atenazaba desapareció de repente. Se incorporó con rapidez. Abrió el mensaje con el corazón en un puño. Sin querer y sin poder evitarlo, sintió una punzada de decepción.

“Buenos días, guapo. ¿Qué tal has dormido?”.

Sara no había respondido a su mensaje y este era de Irene. Dejó el teléfono sobre la mesilla y giró de nuevo su cuerpo en la cama.

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CAPÍTULO 4

Sara tenía la cabeza en otro sitio, no podía concentrarse, apenas podía pensar. Su mente estaba lejos de allí, junto a su padre, en el hospital, mientras recibía su primera sesión de quimioterapia. Apenas había podido estar a su lado un par de horas, no podía ausentarse todos los días en el supermercado.

—Sara, necesito que repongas todos los productos capilares. Acaba de llegar el pedido.

La voz de Diego le llegó desde la espalda. Giró y asintió.

Hacía más de un año que Diego trabajaba allí, desde que Juanjo había decidido marcharse, alegando que había recibido una mejor oferta de trabajo por parte de una empresa de la competencia. Lo cierto era que tanto Sara como Sandra nunca habían creído la veracidad de esa supuesta oferta de trabajo, pero nunca les importó, librarse de él era todo lo que podían pedir. Tan solo esperaban que dónde estuviera, no haya molestado a nadie nunca más.

Diego era ahora el encargado y era totalmente diferente. Tenía más de cuarenta años y un aspecto un tanto desgarbado. Era demasiado alto y estaba muy delgado. Sus piernas parecían dos alambres que podían romperse en cualquier momento. Lo cierto era que tenía un aspecto un tanto extraño. Su cabeza era demasiado estrecha y alargada y apenas tenía restos del fino cabello negro que algún día había podido lucir, pero tenía unos grandes ojos azules que denotaban serenidad y confianza. Era un hombre tranquilo, pero con el suficiente carácter como para poder controlar un equipo de chicos jóvenes.

Esa tarde, Sara llegó a casa más deprisa de lo habitual. Se moría de ganas de ver a su padre. Abrió la puerta del apartamento con ímpetu y sonrió cuando escuchó el televisor.

Cuando vio a Damián sentado en el sofá, dibujó un mohín.

—¿Dónde está?

—Hola, hermanita. Hemos llegado hace muy poco y se ha ido a echar un rato. Está cansado.

Se sentó junto a su hermano y lo avasalló a preguntas, quería que le contara cómo había ido todo. Cuando terminó, se encaminó a su habitación y se tumbó un rato sobre la cama mientras pensaba en lo mucho que habían cambiado las cosas. Desde hacía más de dos años, la paz reinaba en el hogar. Su padre había cumplido su promesa de beber menos y había logrado reconducir su vida hasta algo mucho mejor. No había sido fácil. Había necesitado la ayuda de médicos profesionales y muchas horas de charla y paciencia por parte de sus hijos, pero poco a poco, aquel hombre envejecido y casi abandonado, volvía a ser una parte de lo que algún día había sido. Ahora, cada vez que Sara lo miraba, podía ver en él un recuerdo que temió no recuperar jamás.

Aunque no podía ver a Damián tanto como hubiera querido porque ahora vivía en Barcelona, hablaba con él varias veces por semana. Desde que se había visto involucrado en aquel homicidio que aún retumbaba por las calles del barrio, él también había cambiado, la relación con su padre se había suavizado e incluso el propio chico parecía ser otra persona, un chico mucho más tranquilo y sosegado que parecía estar encontrando por fin un lugar en el mundo. Su padre había cambiado tanto que hasta había podido aceptar trabajos esporádicos y ella había podido dejar por fin el trabajo en el restaurante.

Las cosas habían mejorado tanto que, a la joven, en ocasiones, aún le costaba creerlo.

Sara apretó los dientes. Siempre que las cosas iban bien, llegaba algo que le quitaba la tranquilidad a su familia. Estaba convencida de que estaban abocados al fracaso y que nunca podrían ser felices en realidad. Ahora que todo iba mejor, había llegado ese cáncer para volver a convertir su camino de arena en terreno pedregoso.

Sara escuchó el sonido de su teléfono móvil. Era un mensaje de Alberto. Lo abrió.

“Buenas tardes, cielo. Espero que tu padre este bien. He intentado llamarte durante todo el día, pero me ha sido imposible. Tengo mucho trabajo, ni siquiera sé a qué hora podré escaparme hoy. Espero que no sea tarde y que pueda verte al menos un rato. Un beso grande”.

Ella suspiró. Su cabeza estaba tan ocupada, tan aturdida, que apenas había pensado en Alberto en todo el día.

“He podido estar con él un par de horas en el hospital, ha estado allí mucho tiempo y ahora está descansando. Mi día también ha sido largo y cansado, me acostaré pronto”.

Estaba a punto de dejar el teléfono cuando recordó el mensaje que David le había enviado el día anterior. Aún no le había contestado y no era porque no quisiera hacerlo, ni porque lo hubiera olvidado, era porque aún le costaba hablar con él. En su interior, la herida aún no había cicatrizado, y el perdón aún no había llegado.

“Hola, Sara, ¿Cómo estás? Me ha llamado tu hermano para contarme lo de tu padre, lo siento muchísimo. Espero que este bien y que tú también lo estés. Cualquier cosa que necesitéis. decídmelo sin dudar. Un beso”.

De nuevo, al volver a escuchar las palabras en su cabeza, porque en verdad era como si pudiera escucharlo hablándole cerca del oído, sintió que su pulso se aceleraba y que su corazón lo imitaba. Por más que quisiera esconderlo, no podía evitarlo. David seguía causando aquella sensación en ella.

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CAPÍTULO 5

David habló con sus compañeros de trabajo para cuadrar el turno y salir el viernes a las siete de la tarde, de esa forma podría ir antes hacia Valencia.

Cuando terminó su turno en la tienda fue al gimnasio. Estaba a punto de entrar cuando escuchó el sonido del teléfono móvil indicándole que había recibido un mensaje.

“Hola, guapo. Esta noche no tengo turno en el hotel, podemos vernos cuando salgas de la tienda. Avísame”.

Y al final, a modo de despedida, había una emoticono de una cara que a David le pareció bastante sugerente. El chico miró al frente. Pese a que le gustaba entrenar y que adoraba la sensación del saco bajo sus puños, la oferta de Irene era muy tentadora. Él nunca decía que no a una cita bajo las sábanas.

“Hola, guapa. Acabo de salir de la tienda. Puedo pasarme por tu casa en veinte minutos”.

La respuesta fue instantánea.

“Ok. Te espero”.

Volvió hacia el coche y encendió el motor. Emprendió su marcha siguiendo al sol, que iba bajando paulatinamente en el horizonte.

Cuando cerró la puerta del apartamento era casi la una de la madrugada. No esperaba volver tan tarde a casa, pero sabía que entre

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