El baile de la corrupción

Jorge Trias Sagnier

Fragmento

Prólogo

Prólogo

Como en tantas otras ocasiones me dirigía en AVE a Barcelona, aunque esta vez era solo para ver a mi hermano Eugenio, con cáncer en fase terminal. Era el sábado 19 de enero de 2013, y a la altura de Calatayud recibí la llamada de José Manuel Romero, subdirector de El País. Volvía a pedirme mi opinión sobre la fortuna oculta en Suiza del extesorero del Partido Popular, Luis Bárcenas, de la que hablaban todos los periódicos. Le repetí que no quería opinar sobre ese tema, pero le confesé que sí, que me sorprendía lo que se estaba publicando, de lo cual no tenía ni el más remoto conocimiento. Todas esas historias no me cuadraban con lo que Bárcenas me había contado a mí, y a quienes le conocíamos: que él gestionaba un fondo que pertenecía a diversas personas, una especie de sicav o de fondo de inversión, como hacían quienes se dedicaban a las finanzas o a este tipo de operaciones. ¿Y eso qué tenía de irregular?, decía.

Efectivamente, ninguno de quienes habíamos escuchado sus explicaciones le dimos mayor trascendencia. Al fin y al cabo, hacía más de dos años que había dejado de ser tesorero del PP y senador. Estaba apartado de la política. Sin embargo, hubo algo que me inquietó. ¿Qué había de verdad en todo lo que estaba apareciendo? ¿Por qué nos dejaba Luis Bárcenas en mal lugar a quienes, como yo o sus abogados, le habíamos defendido públicamente? ¿A qué se debía tanto hermetismo y que no fuera capaz de dar una explicación pública convincente ante la gravedad de esas imputaciones que podían llevarle a la cárcel? Y, además, ¿qué tenía yo que ver con todo eso?

Ya no veía a Luis con la asiduidad de los dos últimos años. Lo había conocido a finales de 2009. Sus llamadas ahora se habían distanciado. Estábamos en mundos distintos. El último contacto que tuve con él fue para pedirle el teléfono de una persona que organizaba viajes singulares. Mi intención era hacer una expedición a Kirguistán. Pero ese proyecto, y tantas otras cosas, quedó anegado en el tsunami del caso Bárcenas.

En mi asiento del AVE, por más que intentaba distraerme, no podía dejar de pensar en cómo encontraría a mi hermano Eugenio. Era uno de esos días tristes y fríos de invierno. Los bancos de niebla se alternaban con el suelo nevado. Abrí mi iPad preguntándome si me saldría algo que mereciera la pena mandar a El País; así me dejarían en paz de una vez. A fin de cuentas, ¿por qué estaba metido en ese lío? Sonreí al imaginarme a mí mismo en medio de una escalera sin saber si subía o bajaba. Pero ¿qué más me daba si subía o bajaba? Aquello no iba conmigo. Y así, entre dudas, con pensamientos lúgubres sobre la salud de mi hermano, en un día de penumbra, y mientras se iban sucediendo los paisajes más diversos a casi trescientos kilómetros por hora, fui escribiendo un borrador de artículo que titulé «¿Sombras o certezas?». En media hora había terminado un texto que al releerlo me gustó. Reflejaba con bastante exactitud lo que recordaba haber vivido de toda esta historia en los últimos años. Por decencia había que contar esas cosas. ¿Debía hacerlo yo? ¿Acaso no había dicho la secretaria general del PP aquella lapidaria frase de que cada palo aguantase su vela?

La buena fe de quienes creíamos en la transparencia de las finanzas del Partido Popular había sido burlada. Aquellos que nos hicimos del PP porque, además de vocación política, nos tomamos muy en serio la necesidad de una regeneración democrática, fuimos engañados. Y lo peor de todo: los millones de ciudadanos que nos habían votado habían sido traicionados por unos dirigentes que convirtieron la política en su forma de vida, y el partido, en una oficina de colocación.

En ese momento creí que, por deber moral, debía denunciarlo desde un artículo en la prensa. Mis ambiciones personales estaban más que colmadas. Es cierto que me hubiese gustado ser ministro o defensor del pueblo. Tal vez lo hubiera hecho mejor que algunas personas que han ocupado esos cargos. Pero ya había comprendido que yo era alguien incómodo y que no me ajustaría nunca al argumentario rígido de un partido. Los independientes tenemos difícil encaje en la vida política. Y yo no estuve jamás dispuesto a abandonar mi independencia de criterio.

Quienes me conocen saben que siempre he actuado así. Los españoles nos merecemos que se sepa la interioridad de la vida política en nuestro país, el juego del poder, cómo funciona la justicia, cómo se mueven los hilos de las decisiones, etcétera. Eso es lo que trato de escribir en estas páginas, tal vez cubriendo con humor y acidez la angustia que he sentido al vivir todo lo que aquí dejo narrado.

Ese día, en el AVE, me estaba debatiendo entre si desvelar o no todavía, en un artículo para El País, la corrupción que yo había visto y que Luis Bárcenas me había mostrado en estado puro.

Sabía que era una bomba porque iba a confirmar que en el PP muchos de sus dirigentes percibían sobresueldos en dinero negro. Pero no me di suficiente cuenta de la potencia de esa bomba, de que estaba cruzando la frontera entre la reflexión sobre una noticia que ya había sido publicada, y la confirmación de un escándalo. Quizás en ese momento no era consciente de la importancia de que, además, lo dijera alguien que había sido diputado del PP, aunque ya no estuviera metido en la política activa. Al fin y al cabo, los diputados que seguían en activo se soltaban auténticas barbaridades unos a otros en el Congreso, y no pasaba nada.

Durante un rato me dediqué a mirar el paisaje. ¿Y ahora qué hacía? ¿Esperaba a llegar a Barcelona? ¿Comentaba el artículo con alguien antes de enviarlo? Después de darle varias vueltas, decidí mandarlo. Llamé al subdirector de El País para decirle que finalmente sí había escrito un texto y que me diese su correo electrónico para remitírselo. En él plasmé lo que había visto, oído y vivido entre los años 2009 y 2013, como si fuera el «notario de la vida» de Balzac. El artículo me salió bien. Sinceramente. Entonces pensé —y en líneas generales sigo pensándolo— que era uno de esos artículos de los que me sentía satisfecho. El juego político que había visto era tan sucio que merecía la pena ser contado. Y, una vez más en mi vida, me dejé guiar por la intuición, que casi siempre me ha llevado a tomar decisiones acertadas.

Ahora, desde la atalaya que da el tiempo, creo que podría haber mejorado el artículo dando más datos, pues los tenía. Y veo con claridad que la resolución de ese día debió estar acompañada de una estrategia política y mediática que entonces ni siquiera me planteé. No imaginé que se diera a mi testimonio un valor que no había previsto. Las alimañas se lanzaron contra mí, y sufrí unas consecuencias personales que también cuento en este libro.

Le di al Intro y al poco rato llegué a la estación de Barcelona-Sants.

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Primera parte. 2009-2012: Los años de sospechas

PRIMERA PARTE

2009 - 2012: Los años de sospechas

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Capítulo 1

1

Me llamo Jorge Trias Sagnier y empecé a ejercer la abogacía y a escribir artículos en Barcelona en 1971. Me inicié en política primero junto a mi padre, y luego en la universidad. Mi casa era un hervidero. Como en tantas otras familias franquistas, sentíamos inquietudes políticas. En esa época, mi hermano mayor, Eugenio, formaba parte del Partido Comunista, y otro hermano, Carlos, de Bandera Roja. Yo, en cambio, siempre adopté una postura moderada. Éramos ocho hermanos y hermanas, y todos admirábamos la honestidad de nuestro padre franquista. A él se debían muchos aciertos urbanísticos de la Barcelona moderna y del Gran Madrid. Pero murió en 1969 con cincuenta y cuatro años, y sin más bienes que su enorme biblioteca.

Empecé en política al terminar la carrera: durante la Transición pertenecí al Grupo Tácito, del que salieron la mayoría de los ministros del gobierno de Adolfo Suárez, luego a la Federación de Partidos Demócratas y Liberales, y más tarde a la Lliga de Catalunya, de la que fui secretario general. En 1975, poco antes de la muerte de Franco, organicé la visita que los príncipes de España realizaron al escritor Josep Pla en su masía del Ampurdán. Y, dos años más tarde, fui asesor del Ministerio de Justicia para la reforma penitenciaria.

En 1981 ya me había instalado definitivamente en Madrid. Barcelona empezaba a perder su identidad cosmopolita y se inclinaba hacia un nacionalismo excluyente con el que no comulgaba. Y, además, me había enamorado de una madrileña. Triunfé como abogado, profesión que siempre he intentado ejercer de forma honesta, y llevé una vida más que confortable. Años más tarde, al convertirme también en un columnista leído, José María Aznar, que aún era líder de la oposición, me ofreció la oportunidad de presentarme a las elecciones como diputado por Barcelona. Acepté, salí elegido, y entre los años 1996 y 2000 fui diputado del Partido Popular en Madrid.

Sin embargo, muy a pesar mío, dejé de serlo en el año 2000, aunque no de estar presente en la vida política, sobre todo a través de mis artículos en prensa. Me di cuenta de que resultaba incompatible con el ejercicio de la abogacía. Era muy difícil no traspasar la frontera de lo que hoy llamamos corrupción y que entonces, hace más de veinte años y en pleno boom económico, se llamaba, a lo sumo, «conflicto de intereses». En 2009, nueve años después de dejar el Congreso, mi despacho volvía a estar en apogeo.

No imaginaba que mi vida iba a cruzarse con la Gürtel. El caso había comenzado con una denuncia de la Fiscalía Anticorrupción ante la Audiencia Nacional. El juez Baltasar Garzón, a quien le turnaron el caso, imputó y detuvo a una serie de personas relacionadas con las finanzas del PP. Varios jueces se sucedieron en la instrucción judicial, complicando hasta lo irreconocible este kafkiano proceso en que, hasta la sentencia del 17 de mayo de 2018, la única condena en firme había recaído sobre el juez que inició el caso en la Audiencia Nacional: Garzón.

Después de Garzón, el caso pasó al juez Pedreira, en el Tribunal Superior de Justicia de Madrid (TSJM), mientras que la parte correspondiente a Bárcenas, que era senador, fue enviada al Tribunal Supremo. Más adelante, al dimitir Bárcenas como senador, volvió al juez Pedreira del TSJM. Y tras la convocatoria de elecciones —cuando los cargos de la Comunidad de Madrid imputados en el TSJM perdieron el aforamiento—, todo el asunto volvió de nuevo a la Audiencia Nacional, que es donde finalizó la instrucción y se juzgó en primera instancia. Por entonces el juez instructor, en comisión de servicios sustituyendo a Garzón, era Pablo Ruz. Al cubrirse la plaza del juzgado de la Audiencia Nacional que ocupaba interinamente Ruz, la instrucción terminó en manos del juez Manuel García Castellón.

Acabada la instrucción, la Sala de tres magistrados de la Audiencia Nacional juzgó el caso y dictó sentencia condenatoria el 17 de mayo de 2018. El Tribunal Supremo decidirá, en última instancia, de forma definitiva las condenas y absoluciones. Así pues, cuando se publica este libro todavía queda un largo recorrido, además de varios casos más pendientes de juicio.

La llamada telefónica de un magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Madrid iba a cambiar el curso de mi vida. El 15 de julio de 2009, mi secretaria me preguntó si me pasaba a un tal Pareira o Pereira, quien decía que era compañero mío, o sea, abogado. Yo no tenía ni idea de quién podía tratarse, pues no recordaba a ningún compañero con ese nombre. Pero suelo contestar a casi todas las llamadas. Así que me la pasó y, tras un seco saludo mío, un hilo de voz ronca y débil me dijo, complacido: «Soy tu compañero Antonio Pedreira, ¿me recuerdas?» Soy un poco duro de oído y no entendí bien el nombre. «Sí, hombre, sí —añadió—, ¡de cuando estaba en el ayuntamiento con el alcalde Tierno y luego con su sucesor, Juan Barranco! Y ya ves, ahora con el caso Gürtel a cuestas. Te llamo para darte las gracias por tu artículo defendiendo mi independencia.» Pensé que era una persona agradecida. ¡Y un juez que me llamaba compañero! Eso sí que no me había pasado nunca.

Tuve relación con Pedreira cuando este ejercía como letrado en el Ayuntamiento de Madrid. Posteriormente, en la época en que el socialista Joaquín Leguina presidía esa comunidad autónoma, fue nombrado juez del Tribunal Superior. Por ello en el Partido Popular lo consideraban un magistrado próximo a los socialistas. Pero yo escribí lo contrario: que era independiente. También yo he ejercido siempre de independiente, unas veces por convicción y otras por rebeldía ante el paso de oca de los argumentarios partidistas.

Quedamos en que iría un día a saludarlo en el Tribunal Superior de Justicia. Y dos semanas después, un sofocante 29 de julio, ahí me fui caminando, picado por la curiosidad y procurando cazar todas las sombras. De mi antiguo despacho de la calle Almagro a la sede del tribunal hay un corto paseo de diez minutos enfilando la calle Zurbano, que desemboca en la sede del PP, y de allí, cruzando la calle Génova, te plantas en dos saltos. Llegué a las 10:55 y un guardia civil me indicó el piso y cómo se accedía al despacho de Pedreira. Después de varias vueltas por el complicado edificio y de preguntar otras tantas veces, me encontré una puerta entreabierta y a una persona al fondo que, con la voz ronca y débil que ya le había escuchado por teléfono, me indicó que entrara.

Era un despacho interior sin una brizna de luz natural en el que había tres mesas, dos de madera más o menos clásicas de estilo indefinible de los años cincuenta y otra más funcional, como de comisario de policía, con cristal y todo. Además de Antonio Pedreira, al que no reconocí de entrada porque estaba desmejorado, había otras dos personas, que supuse eran también jueces. Levantaron un poco la cabeza. Uno me saludó afablemente y el otro, con la nariz pegada a unos papeles, emitió un sonido gutural que interpreté como de bienvenida. Pedreira hizo el esfuerzo de levantarse, se me acercó y nos abrazamos. Nos dimos unas suaves palmadas en la espalda y nos dijimos las palabras de rigor: «Cuánto tiempo, Antonio... No sabía que estuvieses fastidiado.» Él me contestó que ahora, con los ejercicios y la fisioterapia, se encontraba mucho mejor. Y supongo que, para halagarme, añadió: «Pero qué joven te veo, Jorge.»

Me invitó a dar un paseo. Un poco angustiado por su deplorable estado físico, le dije que por qué no nos quedábamos ahí, pero él se empeñó en que saliésemos a tomar el aire, probablemente para tener un poco de intimidad alejados de los otros dos magistrados, con los que, me explicó, compartía espacio y componían la Sala de lo Civil y Penal del Tribunal Superior de Justicia de Madrid —la máxima expresión del poder judicial autonómico y encargada de las causas penales contra personas aforadas de la comunidad autónoma—.

Pedreira era el juez que instruía el caso Gürtel —que significa «cinturón», «correa» en alemán— y los otros dos, junto a un tercer magistrado, eran los encargados de ratificar o corregir sus decisiones. En 1989, la Asamblea de Madrid lo había designado magistrado de ese tribunal entre una terna de juristas de reconocido prestigio. Al salir del edificio, él mismo me comentó: «Todo esto funciona con muchas garantías, aunque, como podrás ver, los tres sabemos lo que hace el otro.» Y al decirlo se le escapó un chasquido, entre risita y ronquido. Me costaba comprender por qué no había dado alguna excusa para rechazar un asunto de tanta envergadura. Era evidente que estaba enfermo.

Ya en la calle, me angustié aún más. Tenía la sensación de que Pedreira se iba a caer o a tropezar en cualquier momento. Caminaba muy encorvado y se movía como un tentetieso, aunque en seguida me di cuenta de que controlaba muy bien todos sus movimientos. Llevaba las manos en los bolsillos, tal vez para disimular los temblores. «¡Qué mérito!», pensé. Le convenía caminar, y aprovechaba esos momentos de esparcimiento para charlar con intimidad; «para que no se contaminen las actuaciones judiciales», me dijo riendo hacia dentro y con sorna gallega.

De todos modos, no era necesario ser muy perspicaz para notar que estaba abrumado y que no se sentía muy seguro con el caso Gürtel. Parecía como si lo llevase a cuestas. Me recordaba al Sísifo de Tiziano del Museo del Prado. Por no tener, no tenía ni ordenador; bueno, tenía el suyo. Me comentó que solía leer mis artículos, se lo agradecí, y hablamos de lo que habíamos hecho todos esos años en los que no nos habíamos visto. Llegando a la esquina de la Audiencia Nacional señaló la sede del PP y, con la misma sonrisa de antes, me dijo: «Pues ahí los tienes.»

Se quedó mirando el edificio, pensativo, dimos media vuelta y otra vez, con la inmensa piedra de la Gürtel sobre sus frágiles espaldas, bordeando la plaza de la Villa de París y de sombra en sombra, lo dejé en la puerta del tribunal. Antes de despedirnos me pidió que, pasadas las vacaciones de verano, nos viésemos otra vez, pues quería pedirme algo. Pensé: «Será gallego...» ¿Por qué no me lo decía entonces? Y así fue como llegué a la conclusión de que lo que querría era que siguiera escribiendo artículos sobre su independencia.

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Capítulo 2

2

Las vacaciones de verano pasaron como una exhalación, y tal como habíamos quedado volví a telefonearle el 11 de septiembre. Me pidió que dejase pasar unas semanas, que él me llamaría. Mientras tanto todo seguía su ritmo. El trabajo, los artículos, alguna que otra charla... Los fines de semana estaba con mis hijos o por la Sierra madrileña. Un sábado, concretamente el 26 de septiembre, quedé con Luis Fraga para subir a Peñalara, la cima de la Sierra de Guadarrama. Fraga, sobrino de Manuel Fraga Iribarne, era senador por el PP y, sobre todo, montañero y escalador. Su famoso tío, fundador de Alianza Popular y del PP, tenía colocada a casi toda su familia en política.

Luis era un hombre de mirada penetrante, barba al estilo de El Greco y palabra afilada. Ocultaba una cierta timidez con un aire entre soñador y enigmático. Incluso había hecho con Luis Bárcenas una expedición memorable y polémica al Everest y había subido a la cima del Nanga Parabat, la mítica montaña de Pakistán. A mí siempre me costaba seguir el ritmo que imprimía a las excursiones. Pero la de ese día fue bastante tranquila. Íbamos hablando de política, de filosofía, de literatura, de todo un poco. Fraga, además de montañero y senador, era un hombre culto y admirador de la filosofía nietzscheana, que tenía una buena relación con el escritor Ernst Jünger. Creo que el famoso escritor alemán incluso estuvo como invitado en su casa de El Paular cuando visitó España con ciento y pico años. Irremediablemente, a media jornada terminó saliendo a relucir el caso Gürtel. Yo me despaché a gusto.

Menuda panda de chorizos teníamos en el PP, le comenté, a lo que Luis asintió. ¡Precisamente nosotros, que nos habíamos comprometido en 1996 a regenerar España, a hacer una segunda Transición, a darle altura política a las instituciones, a no aprovecharnos de las mayorías y a bla, bla, bla! ¡Todo palabrería hueca! La realidad era que eso que un diputado valenciano le comentó a Eduardo Zaplana de que allí estábamos para forrarnos no era un chascarrillo, sino la pura y dura verdad. «Y tu amigo Luis Bárcenas que se prepare. Está metido en un lío monumental.» Mientras le decía todo eso, íbamos ascendiendo camino de la cumbre. «¡Ah, Luis! Esta vez no va a tener éxito otra estrategia como la del caso Naseiro. Ahí se cerró todo en falso.»

El caso Naseiro estalló poco después de que José María Aznar llegara a la presidencia del PP, en 1989. Un juez de Valencia procesó a varios miembros del Partido Popular, entre ellos a Rosendo Naseiro, que entonces era el tesorero del partido, y a Ángel Sanchís, que fue su predecesor y diputado por Valencia. Los procesaron por una trama de financiación ilegal que apareció por casualidad y como resultado de las escuchas telefónicas a otro diputado del PP valenciano, Salvador Palop, cuyo hermano era investigado por narcotráfico. Aznar actuó con rapidez: ordenó una comisión de investigación en el partido, pidió sin éxito una comisión de investigación en el Congreso de los Diputados y expulsó del PP a todos los implicados, pecadores y justos. No se anduvo con miramientos e hizo bien. El asunto llegó al Tribunal Supremo por el aforamiento de Sanchís y de Pedro Agramunt, que entonces presidía el PP de la Comunidad Valenciana. (Hay apellidos que siempre aparecen cuando salta un nuevo caso de corrupción.)

Ese gran escándalo terminó con el archivo del caso, porque las escuchas habían sido ordenadas para el tema de los narcos, pero no para pescar en el río revuelto de la financiación política del PP. Así es la ley. Todo bastante chusco, pero debido a las garantías jurídicas, al suprimirse de la causa penal esas escuchas, el caso se archivó y no hubo nada. El ingeniero de toda esa estrategia judicial, que a día de hoy aún no ha sido investigada a fondo, fue Federico Trillo.

«El país no podría soportar otro cambalache como ese —le dije a Luis Fraga—. Y aunque ahora se dudara en el PP sobre la imparcialidad del juez Pedreira, ese tipo de artimañas no prosperaría. Algunos nos encargaríamos de que eso no ocurriera.» Luis me observó con mirada escéptica. «Así que conoces al juez Pedreira», me dijo. Pues sí, lo había tratado hacia el año 1985, o quizá fue en 1986 —cuando Tierno Galván, el «viejo profesor», que tendría más o menos nuestra edad ahora, era el alcalde de Madrid—, y también después, al sucederle a su muerte Juan Barranco. Iba a verle por temas de licencias municipales, pues era letrado del municipio. Un tipo afable y simpático. Siempre accesible y de los que solucionaban los problemas en lugar de enredarlos. Era íntimo amigo de Barranco.

Le conté mi encuentro con Pedreira. Y Luis, ante mi confesión, me pidió que si tenía ocasión le dijera al juez que Bárcenas no era un chorizo y que si estaba metido en ese lío era por haber destapado el escándalo de la constructora que trabajaba para el Ayuntamiento de Majadahonda, y por haber puesto a raya a quienes querían controlar las finanzas del partido a través de empresas de viajes, de organizaciones de eventos, de suministro de material o de cualquier cosa de donde pudiesen desviar fondos en beneficio propio. Se movían grandes cantidades de dinero; y algunas personas próximas a los líderes del PP, como era el caso de Francisco Correa, ya habían amasado unas fortunas importantes y muy difíciles de ocultar. Quizá pensaron que gozaban de total impunidad gracias a sus privilegiados contactos políticos.

Se había destapado la trama y todo el mundo quería controlar las finanzas del partido porque empezaban a ver que era ahí donde se repartía la pasta... y siempre podría quedarse pegada a los dedos de los repartidores. Nadie, ni los alcaldes ni los presidentes de comunidades, quería pasar por la taquilla central de la tesorería nacional del partido.

Luis Bárcenas, a quien el anterior tesorero, Álvaro Lapuerta, le recomendaba silencio y prudencia, se explicaba muy mal y había optado por un perfil bajo en los medios de comunicación, pe

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