Prefacio a la edición del Reino Unido
Intento recordar ahora dónde y cuándo me di cuenta. ¿Fue durante mi primer paseo a lo largo del Bund de Shanghai en 2005? ¿Fue entre el polvo y el esmog de Chongqing, mientras escuchaba a un funcionario del Partido Comunista local describir un inmenso montón de escombros como el futuro centro financiero del sudoeste de China? Eso ocurrió en 2008, y de algún modo me impresionó más que toda la sincronizada parafernalia de la ceremonia de apertura olímpica de Pekín. ¿O fue en el Carnegie Hall en 2009, mientras permanecía sentado hipnotizado por la música de Angel Lam, un joven compositor chino de deslumbrante talento que personifica la orientalización de la música clásica? Pienso que quizá fue solo entonces cuando realmente comprendí qué era lo que definía a la primera década del siglo XXI, justo cuando esta tocaba a su fin: el hecho de que estamos viviendo el final de quinientos años de supremacía occidental.
Tengo la creciente impresión de que la materia principal que se aborda en este libro es la cuestión más interesante que puede plantear un historiador de la era moderna. Simplemente: ¿por qué, más o menos a partir de 1500, unos pequeños regímenes del extremo occidental de la masa continental eurasiática pasaron a dominar el resto del mundo, incluidas las sociedades, más populosas y en muchos aspectos más sofisticadas, de Eurasia oriental? Y para mí, la cuestión subsiguiente es esta: si podemos dar con una buena explicación de la supremacía de Occidente en el pasado, ¿podremos ofrecer entonces un pronóstico para su futuro? ¿Es este realmente el fin del mundo de Occidente y el advenimiento de una nueva época oriental? En otras palabras: ¿estamos presenciando la decadencia de una edad en la que la mayor parte de la humanidad ha estado más o menos subordinada a la civilización surgida en Europa occidental tras el Renacimiento y la Reforma; la civilización que, impulsada por la revolución científica y la Ilustración, se expandió a través del Atlántico y llegó hasta las Antípodas, alcanzando finalmente su apogeo durante los años de la revolución, la industria y el imperio?
El mero hecho de que desee plantear tales cuestiones ya dice algo sobre la primera década del siglo XXI. Nacido y criado en Escocia, educado en la Academia de Glasgow y la Universidad de Oxford, desde los veinte años hasta los cuarenta di por supuesto que mi carrera académica transcurriría en Oxford o en Cambridge. Primero empecé a pensar en trasladarme a Estados Unidos porque un eminente benefactor de la Escuela de Negocios Stern de la Universidad de NuevaYork, el veterano de Wall Street Henry Kaufman, me había preguntado por qué alguien interesado en la historia del dinero y el poder no iba al lugar donde el dinero y el poder residían realmente. ¿Y qué lugar podía ser ese sino el centro de Manhattan? En los albores del nuevo milenio, la Bolsa de Nueva York era evidentemente el eje de una inmensa red económica global que era estadounidense en su diseño y también en gran medida estadounidense en su propiedad. La burbuja de las «punto com» se desinflaba, es cierto, y una pequeña y desagradable recesión hacía que los demócratas perdieran la Casa Blanca justo cuando su promesa de pagar la deuda nacional empezaba a parecer casi plausible. Pero solo ocho meses después de acceder a la presidencia, George W. Bush se vio enfrentado a un acontecimiento que subrayó enérgicamente la posición central de Manhattan en el mundo dominado por Occidente. La destrucción del World Trade Center a manos de terroristas de al-Qaeda venía a rendir a Nueva York un atroz homenaje: este era el objetivo número uno para cualquiera que quisiera desafiar en serio el predominio occidental.
Los acontecimientos posteriores se mostraron ebrios de arrogancia. Los talibanes derrocados en Afganistán, un «eje del mal» considerado maduro para un «cambio de régimen», Sadam Hussein expulsado del poder en Irak… El «texano tóxico» arrasaba en los sondeos, encaminándose a la reelección. La economía estadounidense se recuperaba gracias a los recortes fiscales. La «Vieja Europa» —por no mencionar a la Norteamérica progresista— estaba que echaba humo, presa de impotencia. Fascinado, me encontré leyendo y escribiendo cada vez más sobre imperios, en particular sobre las lecciones que Estados Unidos podía aprender de Gran Bretaña; el resultado fue El imperio británico. Cómo Gran Bretaña forjó el orden mundial (2003). En la medida en que reflexionaba sobre el auge, el reinado y la probable caída del imperio americano, se me hizo cada vez más evidente que en el corazón del poder estadounidense había tres déficit fatales: un déficit de mano de obra (no había suficientes soldados en campaña en Afganistán y en Irak), un déficit de atención (no había suficiente entusiasmo público de cara a una ocupación a largo plazo de los países conquistados), y, sobre todo, un déficit financiero (no había suficientes ahorros en relación a la inversión y no había suficientes impuestos en relación al gasto público).
En Coloso. Auge y decadencia del imperio americano (2004), advertía de que Estados Unidos había pasado a depender imperceptiblemente del capital asiático-oriental para financiar sus desequilibradas cuentas corrientes y fiscales. La decadencia y caída del solapado imperio de América podría deberse, pues, no a que hubiera terroristas a sus puertas, ni a los regímenes canallas que los patrocinaban, sino a una crisis financiera declarada en el propio corazón del imperio. Cuando, a finales de 2006, Moritz Schularick y yo acuñamos el término «Chimérica» para describir lo que nosotros veíamos como la relación peligrosamente insostenible —de ahí el juego de palabras con «quimera»— entre la cicatera China y la despilfarradora Norteamérica (léase Estados Unidos), de hecho habíamos identificado una de las claves de la inminente crisis financiera global. Y ello porque, si el consumidor estadounidense no hubiera dispuesto tanto de mano de obra barata china como de capital barato chino, la burbuja de los años 2002-2007 no habría llegado a ser tan mayúscula.
El espejismo de la «hiperpotencia» estadounidense se rompió, no una, sino dos veces durante la presidencia de George W. Bush. Su némesis llegó primero en las callejuelas de Ciudad Sadr y en los campos de Helmand, que revelaron no solo los límites del poderío militar estadounidense, sino también, y lo que es más importante, la ingenuidad de las visiones neoconservadoras acerca de una oleada democrática en el denominado «Gran Oriente Próximo». Y golpeó por segunda vez cuando la crisis de las hipotecas subprime de 2007 desembocó en el colapso crediticio de 2008 y, finalmente, en la «gran recesión» de 2009. Tras la bancarrota de Lehman Brothers, las falsas verdades del «Consenso de Washington» y la «Gran Moderación» —el equivalente al «Fin de la Historia» para los gobernadores de los bancos centrales— quedaron relegadas al olvido. Durante un tiempo pareció espantosamente posible una segunda Gran Depresión. ¿Qué había fallado? Por mi parte, en una serie de artículos y conferencias que comenzaron a mediados de 2006 y culminaron con la publicación de El triunfo del dinero en noviembre de 2008 —cuando la crisis financiera estaba en su apogeo—, argumenté que todos los principales componentes del sistema financiero internacional se habían visto desastrosamente debilitados a causa del excesivo endeudamiento a corto plazo sobre los balances bancarios, de unos valores con garantía hipotecaria (y otros productos financieros estructurados) groseramente tasados y literalmente sobrevalorados, de una política monetaria en exceso laxa por parte de la Reserva Federal estadounidense, de una burbuja inmobiliaria políticamente orquestada, y, por último, de la desenfrenada venta de falsas pólizas de seguros (conocidas como «derivados») que ofrecían una protección ficticia frente a incertidumbres incognoscibles, en lugar de hacerlo frente a riesgos cuantificables. Se había supuesto que la globalización de unas instituciones financieras que eran de origen occidental anunciaba una nueva era de menor inestabilidad económica. Hacían falta ciertos conocimientos históricos para prever que una obsoleta crisis de liquidez podía hacer que el precario edificio de la ingeniería financiera apalancada se viniera abajo.
Después del verano de 2009 el peligro de una segunda Depresión se alejó, aunque no desapareció del todo. No obstante, el mundo había cambiado. Cabría haber esperado que el impresionante colapso del comercio global causado por la crisis financiera, al cortarse en seco el crédito para financiar las importaciones y exportaciones, devastara las grandes economías asiáticas, que se decía que dependían de las exportaciones a Occidente. Sin embargo, gracias a un programa de estímulo público sumamente eficaz, basado en una masiva expansión crediticia, China solo sufrió una ralentización del crecimiento. Fue una hazaña notable, que pocos expertos habían previsto. Pese a la manifiesta dificultad de controlar una economía continental de 1.300 millones de personas como si fuera una gigantesca Singapur, en el momento de redactar estas líneas (diciembre de 2010) sigue siendo mayor que nunca la probabilidad de que China continúe avanzando en la senda de su revolución industrial, y de que en el plazo de una década llegue a adelantar a Estados Unidos en términos de producto nacional bruto, tal como (en 1963) Japón adelantó al Reino Unido.
Durante la mayor parte de los quinientos años anteriores, Occidente había disfrutado manifiestamente de una auténtica y sostenida ventaja sobre el resto del mundo. La brecha entre las rentas occidental y china había empezado a abrirse ya en la década de 1600, y había seguido ensanchándose hasta una fecha tan reciente como finales de la de 1970, o incluso más tarde. Pero desde ese momento había pasado a estrecharse con asombrosa rapidez. La crisis financiera venía a cristalizar la siguiente cuestión histórica que yo deseaba plantear: ¿había desaparecido aquella ventaja occidental? Solo determinando en qué había consistido exactamente esta podía tener la esperanza de obtener una respuesta.
Lo que sigue a continuación está relacionado con la metodología histórica; los lectores impacientes pueden saltárselo y pasar directamente a la introducción. Escribí este libro porque me había formado la firme opinión de que la gente que vive actualmente presta una insuficiente atención a los muertos. Viendo crecer a mis tres hijos, tenía la incómoda sensación de que estaban aprendiendo menos historia de la que yo había aprendido a su edad, no porque tuvieran malos profesores, sino porque tenían malos libros de historia y aún peores exámenes. Al observar el desarrollo de la crisis financiera me di cuenta de que ellos no eran ni mucho menos los únicos, ya que parecía que solo un reducido número de personas en los bancos y los ministerios de Hacienda del mundo occidental tenían algo más que una información incompleta sobre la última Depresión. Durante unos treinta años, en las escuelas y universidades occidentales se ha proporcionado a los jóvenes el concepto de una educación liberal, sin la sustancia del conocimiento histórico. Se les han enseñado «módulos» aislados, no narraciones, y mucho menos cronologías. Se les ha formado en el análisis formulista de extractos documentales, no en la habilidad fundamental de leer mucho y rápido. Se les ha alentado a identificarse con unos imaginarios centuriones romanos, o con las víctimas del Holocausto, no a escribir ensayos sobre por qué y cómo surgieron los conflictos que padecieron. En Los chicos de Historia, el dramaturgo Alan Bennett plantea un «trilema»: ¿debe enseñarse la historia como un modo de argumentación a la contra, como una comunión con la Verdad y la Belleza pasadas, o simplemente como «una puta cosa detrás de otra»? Evidentemente, Bennett ignora que hoy a los alumnos de los últimos cursos de secundaria no se les ofrece ninguna de las tres alternativas; como mucho, consiguen un puñado de «putas cosas» sin ningún orden concreto.
El antiguo rector de la universidad donde doy clases me confesó una vez que, cuando era estudiante universitario en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, su madre le había implorado que hiciera al menos un curso de historia. El joven y brillante economista replicó con arrogancia que él estaba más interesado en el futuro que en el pasado, una preferencia que hoy sabe ilusoria. De hecho, no existe nada parecido al futuro, en singular; solo futuros, en plural. Hay, ciertamente, múltiples interpretaciones de la historia, ninguna de ellas definitiva; pero solo un pasado. Y aunque el pasado ya no exista, hay dos razones por las que resulta indispensable para comprender lo que experimentamos hoy y lo que nos espera mañana y en lo sucesivo. En primer lugar, la actual población mundial representa aproximadamente el 7 por ciento de todos los seres humanos que han vivido nunca. En otras palabras: los muertos superan en número a los vivos en una proporción de catorce a uno, e ignorar la experiencia acumulada de una mayoría tan enorme de la humanidad redunda en perjuicio nuestro. En segundo lugar, el pasado es realmente nuestra única fuente de conocimiento fiable sobre el efímero presente y los múltiples futuros que nos aguardan, de los que solo uno ocurrirá realmente. La historia no es solo el modo en que estudiamos el pasado; es el modo en que estudiamos el tiempo propiamente dicho.
Reconozcamos ante todo las limitaciones del tema. Los historiadores no son científicos. No pueden (ni deberían intentar) establecer leyes universales de «física» social o política con capacidades predictivas fiables. ¿Y por qué? Pues porque no hay posibilidad alguna de repetir este único experimento plurimilenario que constituye el pasado. El tamaño de la muestra de la historia humana es único. Además, las «partículas» de este vasto experimento tienen conciencia, la cual está sesgada por toda clase de tendencias cognitivas. Ello significa que su comportamiento es aún más difícil de predecir que si fueran partículas rotatorias ciegas y mecánicas. Uno de los numerosos caprichos de la condición humana es el de que la gente ha evolucionado aprendiendo casi instintivamente de su propia experiencia pasada. De modo que su comportamiento es adaptativo; cambia con el tiempo. No deambulamos al azar, sino que transitamos por caminos, y lo que hemos encontrado detrás de nosotros determina la dirección que escogemos cuando los caminos se bifurcan, cosa que hacen constantemente.
Entonces, ¿qué pueden hacer los historiadores? Primero, imitando a los sociólogos y basándose en datos cuantitativos, los historiadores pueden diseñar «leyes de cobertura» en el sentido de Carl Hempel: afirmaciones generales sobre el pasado que parecen «cubrir» la mayoría de los casos (por ejemplo, cuando un dictador asume el poder en lugar de un líder democrático, aumenta la posibilidad de que el país en cuestión vaya a la guerra). O bien —aunque los dos planteamientos no sean mutuamente excluyentes—, el historiador puede comunicarse con los muertos reconstruyendo imaginativamente las experiencias de estos en la forma descrita por el gran filósofo de Oxford R. G. Collingwood en su Autobiografía, publicada en 1939. Estos dos modos de indagación histórica nos permiten convertir las reliquias que han sobrevivido del pasado en historia, en un cuerpo de conocimiento e interpretación que ordene e ilumine retrospectivamente el drama humano. Cualquier afirmación predictiva seria sobre los posibles futuros que podemos experimentar se basa, implícita o explícitamente, en uno de estos procedimientos históricos o en ambos. En caso contrario, pertenece a la misma categoría que el horóscopo en el periódico de la mañana.
La ambición de Collingwood, forjada en el desencanto con respecto a las ciencias naturales y la psicología que siguió a la masacre de la Primera Guerra Mundial, era la de hacer entrar a la historia en la modernidad, dejando atrás lo que él rechazaba como «la historia de refritos», en la que los escritores «solo repiten, con diferentes arreglos y diferentes estilos de decoración, lo que otros dijeron antes que ellos». Merece la pena reconstruir aquí su proceso de pensamiento:
a) «El pasado que estudia un historiador no es un pasado muerto, sino un pasado que en cierto sentido todavía vive en el presente» en forma de rastros (documentos y objetos) que han sobrevivido.
b) «Toda la historia es historia del pensamiento», en el sentido de que una evidencia histórica carece de significado si no puede inferirse el propósito para el que se concibió.
c) Dicho proceso de inferencia requiere un salto imaginativo a través del tiempo: «El conocimiento histórico es la reconstrucción en la mente del historiador del pensamiento cuya historia está estudiando».
d) No obstante, el verdadero significado de la historia proviene de la yuxtaposición del pasado y el presente: «El conocimiento histórico es la reconstrucción de un pensamiento pasado encapsulado en un contexto de pensamientos presentes que, al contradecirlo, lo confinan a un plano distinto del suyo».
e) Así, el historiador «puede muy bien compararse con el no historiador como el curtido habitante del bosque con el viajero ignorante. «Aquí no hay más que árboles y maleza», piensa el viajero, y prosigue su avance. “¡Cuidado! —advierte el habitante del bosque—. ¡Entre aquella maleza hay un tigre!”.» En otras palabras, afirma Collingwood, la historia ofrece algo «completamente distinto de las reglas [científicas]; a saber: percepción».
f) La verdadera función de la percepción histórica es «informar [a la gente] sobre el presente, en la medida en que el pasado, su aparente objeto, [está] encapsulado en el presente y [constituye] una parte de él no inmediatamente evidente para el ojo inexperto».
g) En cuanto a nuestra elección del objeto de la investigación histórica, Collingwood deja claro que no hay nada malo en lo que su contemporáneo de Cambridge Herbert Butterfield condenaba como «mentalidad presentista»: «Los verdaderos problemas históricos surgen de problemas prácticos. Estudiamos la historia para ver más claramente la situación en la que estamos llamados a actuar. De ahí que el plano en el que en última instancia surgen todos los problemas sea el plano de la vida “real”; [mientras que] aquel al que se remiten para su solución es la historia».
Collingwood, un erudito tan experto en arqueología como lo fue en filosofía, acérrimo oponente de la política de apaciguamiento y uno de los primeros detractores del Daily Mail,* ha sido mi guía durante muchos años, pero nunca me ha resultado más indispensable que a la hora de escribir este libro, puesto que el problema de por qué caen las civilizaciones es demasiado importante para dejarlo en manos de quienes nos proporcionan una historia de refritos. Es realmente un problema práctico de nuestro tiempo, y este libro pretende ser la guía de un curtido habitante del bosque para abordarlo, ya que hay más de un tigre oculto entre su maleza.
Al reconstruir debidamente el pensamiento pretérito, he intentado siempre recordar una sencilla verdad sobre el pasado que los históricamente inexpertos son propensos a olvidar. En el pasado la mayoría de la gente moría joven o esperaba morir joven, y los pocos que no lo hacían se veían repetidamente privados de sus seres queridos, que sí morían jóvenes. Consideremos, por ejemplo, el caso de mi poeta favorito, el maestro John Donne, que vivió en la Inglaterra de Jacobo I hasta la edad de cincuenta y nueve años, trece más de los que yo tengo en el momento de redactar estas líneas. Abogado, miembro del Parlamento y, tras renunciar a la fe católica romana, sacerdote anglicano, Donne se casó por amor, y como resultado perdió su puesto de secretario del tío de su esposa, sir Thomas Egerton, lord custodio del Sello Privado.* En el lapso de dieciséis años de penuria, Anne Donne le dio a su marido doce hijos. Tres de ellos, Francis, Nicholas y Mary, murieron antes de cumplir los diez años. La propia Anne murió después de dar a luz al duodécimo hijo, que a su vez nació muerto. Después de que su hija favorita, Lucy, hubiera muerto y de que él mismo estuviera a punto de seguirla a la tumba, Donne escribió sus Devotions upon Emergent Occasions («Oraciones sobre ocasiones imprevistas», 1624), que contiene la mayor de las exhortaciones a compadecerse de los muertos: «La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque yo participo de la humanidad; así pues, nunca preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti».** Tres años después, la muerte de un amigo íntimo le inspiró a escribir «A Nocturnal upon St. Lucy’s Day, Being the Shortest Day» («Nocturno sobre el día de Santa Lucía, que es el más corto»):
Estudiadme entonces, vosotros, amantes del mundo venidero,
es decir, de la próxima primavera:
porque yo soy todo lo que ha muerto,
en quien el amor forjó nueva alquimia;
pues su arte, aun en vanas privaciones y magra vacuidad,
manifiesta la quintaesencia de la nada:
Él me llevó a la ruina, y en la ausencia, la oscuridad
y la muerte, allí donde no haya existencia,
soy de nuevo procreado.***
Debería leer estas líneas todo el que desee entender mejor la condición humana en los días en que la esperanza de vida era menos de la mitad de la actual.
El hecho de que la muerte tuviera un poder mucho mayor para llevarse a la gente en la flor de la vida no solo hizo que la existencia pareciera precaria y llena de aflicción; también supuso que la mayoría de las personas que construyeron las civilizaciones del pasado fueran jóvenes cuando hicieron sus aportaciones. El gran filósofo judío holandés Baruch Spinoza (también conocido como Benito Espinosa), que planteó la hipótesis de que hay solo un universo material de sustancia y causalidad determinista, y de que «Dios» es el orden natural de ese universo tal como nosotros podemos vagamente aprehenderlo y nada más, murió en 1677 a la edad de cuarenta y cuatro años, probablemente a causa de las partículas de cristal que había inhalado al realizar su trabajo diario puliendo lentes. Blaise Pascal, el pionero de la teoría de la probabilidad y de la hidrodinámica y autor de los Pensamientos, la mayor de las apologías de la fe cristiana, vivió para cumplir solo los treinta y nueve; y habría muerto aún más joven si el accidente de carruaje que reavivó su lado espiritual hubiera resultado fatal. ¿Quién sabe qué otras grandes obras podrían haber alumbrado estos genios de habérseles concedido los años de vida de los que disfrutaron, por ejemplo, los grandes humanistas Erasmo (sesenta y nueve) y Montaigne (cincuenta y nueve)? Mozart, compositor de la más perfecta de las óperas, Don Giovanni, murió cuando tenía solo treinta y cinco años. Franz Schubert, autor del sublime Quinteto de cuerda en Do mayor (D. 956), sucumbió, probablemente de sífilis, a la edad de solo treinta y un años. Prolíficos como eran, ¿qué más obras podrían haber compuesto de habérseles concedido los sesenta y tres años de los que disfrutó el imperturbable Johannes Brahms o los aún más excepcionales setenta y dos que vivió el cansino Anton Bruckner? El poeta escocés Robert Burns, autor de la suprema expresión del igualitarismo, «A Man’s a Man for A’ That» («Un hombre es un hombre en cualquier caso»), tenía treinta y siete años cuando murió en 1796. ¡Qué injusticia, que al poeta que más despreció el estatus hereditario («El rango no es sino un sello de guinea / el hombre vale oro en cualquier caso») le sobreviviera tantos años el poeta que más lo reverenció: lord Alfred Tennyson, que murió rodeado de honores a la edad de ochenta y tres! El Tesoro dorado de Palgrave* sería mejor con más Burns y menos Tennyson. ¡Y qué distintas serían hoy las galerías de arte del mundo si el meticuloso Jan Vermeer hubiera vivido para cumplir los noventa y un años, y el prolífico Pablo Picasso hubiera muerto a los treinta y nueve, en lugar de ocurrir lo contrario!
También la política es un arte, y forma parte de nuestra civilización tanto como la filosofía, la ópera, la poesía o la pintura. Sin embargo, el mayor artista político de la historia norteamericana, Abraham Lincoln, cumplió solo un mandato completo en la Casa Blanca, cayendo víctima de un asesino con un resentimiento mezquino solo seis semanas después de su segundo discurso de investidura. Tenía entonces cincuenta y seis años. ¡Qué distinta habría sido la Era de la Reconstrucción si aquel titán nacido en una cabaña de troncos y hecho a sí mismo, autor del majestuoso Discurso de Gettysburg —que redefinió Estados Unidos como una «nación, concebida en libertad y consagrada al principio de que todos los hombres son creados iguales», con un «gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo»—, hubiera vivido tanto como aquel gran noble, jugador de polo y luego afectado por la polio, que fue Franklin Delano Roosevelt, a quien la ciencia médica mantuvo con vida el tiempo suficiente para cumplir casi cuatro mandatos completos como presidente antes de morir a los sesenta y tres años de edad!
Dado que nuestras vidas son tan diferentes de las vidas de la mayoría de la gente en el pasado, sobre todo en su probable duración, pero también en nuestro mayor grado de bienestar físico, debemos utilizar nuestra imaginación con bastante intensidad para entender a los hombres y a las mujeres del pasado. En su Teoría de los sentimientos morales, escrita un siglo y medio antes de las memorias de Collingwood, el gran economista y teórico social Adam Smith definía por qué una sociedad civilizada no es una guerra de todos contra todos; porque se basa en la empatía:
Dado que no tenemos una experiencia inmediata de lo que sienten otros hombres, no podemos formarnos una idea de la manera en que se ven afectados más que concibiendo lo que nosotros mismos sentiríamos en una situación similar. Aunque nuestro hermano lo pase mal, mientras nosotros mismos estemos bien nuestros sentidos nunca nos informarán de lo que él sufre. Estos nunca nos han llevado, ni pueden llevarnos, más allá de nuestra propia persona, y solo mediante la imaginación podemos formarnos alguna idea de cuáles son sus sensaciones. Tampoco esa facultad puede ayudarnos en ello de ninguna otra forma más que representándonos las que serían las nuestras si nosotros estuviéramos en su caso. Es solo la impresión de nuestros propios sentidos, no la de los suyos, lo que nuestra imaginación imita. Por medio de la imaginación nos ponemos en su situación.
Eso, desde luego, es precisamente lo que Collingwood dice que debería hacer el historiador, y es lo que me gustaría que hiciera el lector cuando se encuentre en estas páginas con los pensamientos redivivos de los muertos. La clave del libro consiste en comprender qué hizo que su civilización se expandiera tan espectacularmente en riqueza, influencia y poder. Pero no puede haber comprensión sin esa empatía que, mediante un acto de imaginación, nos pone en su situación. Ese acto resultará aún más difícil cuando pasemos a vivificar los pensamientos de los habitantes de otras civilizaciones, aquellas a las que Occidente subyugó o, cuando menos, subordinó a la suya, ya que estas son miembros igualmente importantes del reparto de nuestro drama. Esta no es una historia de Occidente, sino una historia del mundo, en la que el predominio occidental es el fenómeno que hay que explicar.
En una entrada enciclopédica que escribió en 1959, el historiador francés Fernand Braudel definía así una civilización:
… ante todo un espacio, un «área cultural»… un locus. Con el locus… hay que describir una gran variedad de «bienes», de características culturales, que van desde la forma de sus casas, el material con el que están construidas, su techado, hasta habilidades tales como emplumar flechas, pasando por un dialecto o grupo de dialectos, los gustos culinarios, una tecnología concreta, una estructura de creencias, un modo de hacer el amor, e incluso la brújula, el papel o la imprenta. Es la agrupación regular, la frecuencia con la que se repiten determinadas características, su ubicuidad en un área concreta [junto con ]… alguna clase de permanencia temporal.
Braudel, sin embargo, era mejor a la hora de delinear estructuras que a la de explicar el cambio. Hoy en día se dice a menudo que los historiadores deberían contar historias; en consecuencia, este libro ofrece una gran historia —una metanarración de por qué una civilización trascendió los límites que habían ligado a todas las anteriores— y muchos relatos más pequeños o microhistorias dentro de ella. No obstante, el renacimiento del arte de la narración es solo una parte de lo que se necesita. Además de historias, es también importante que haya preguntas. «¿Por qué Occidente llegó a dominar al resto del mundo?» es una pregunta que exige algo más que una mera historia como respuesta. La respuesta tiene que ser analítica, debe estar respaldada por la evidencia y ha de ser verificable mediante la pregunta contrafáctica: si las innovaciones cruciales que identifico aquí no hubieran existido, ¿habría gobernado Occidente al resto del mundo de todos modos por alguna otra razón que he pasado por alto o he subestimado? ¿O el mundo habría resultado ser completamente distinto, con China en cabeza, o alguna otra civilización? No deberíamos engañarnos pensando que nuestras narraciones históricas, tal como normalmente se construyen, son algo más que visiones retrospectivas. Para los contemporáneos, como veremos, el resultado del predominio occidental no parecía precisamente el más probable de los futuros que podían imaginar; la posibilidad de una desastrosa derrota a menudo dominaba la mente del actor histórico más que el final feliz que suele concederse al lector moderno. La realidad de la historia como experiencia vivida es que esta resulta ser mucho más parecida a una partida de ajedrez que a una novela, mucho más similar a un partido de fútbol que a un juego.
No todo fue bueno. Ningún escritor serio afirmaría que el reinado de la civilización occidental ha sido impecable. Pero hay quienes insistirían en que no ha tenido nada de bueno en absoluto. Esta última postura es absurda. Como ocurre con todas las grandes civilizaciones, la de Occidente ha sido un Jano bifronte: capaz de nobleza, pero no menos capaz de vileza. Quizá sea una analogía más acertada decir que Occidente se parecía a los dos hermanos rivales de las Memorias privadas y confesiones de un pecador justificado de James Hogg (1824), o de El barón de Ballantrae de Robert Louis Stevenson (1889). Competencia y monopolio; ciencia y superstición; libertad y esclavitud; curación y asesinato; trabajo duro y ociosidad: en cada caso, Occidente ha engendrado tanto lo bueno como lo malo. Simplemente ocurrió que, como en la novela de Hogg o en la de Stevenson, el mejor de los dos hermanos en última instancia se alzó con la victoria. También debemos resistir la tentación de idealizar a los perdedores de la historia. Las otras civilizaciones invadidas por Occidente, o más pacíficamente transformadas por este mediante empréstitos tanto como mediante imposiciones, tampoco estaban libres de defectos, de los que el más obvio es que fueron incapaces de proporcionar a sus habitantes cualquier mejora sostenida de la calidad material de sus vidas. Una dificultad es que no siempre podemos reconstruir los pensamientos pasados de esos pueblos no occidentales, puesto que no todos ellos existieron en el contexto de civilizaciones con medios para registrar y conservar el pensamiento. Al final, la historia es primordialmente el estudio de las civilizaciones, ya que, sin los registros escritos, el historiador se ve obligado a retroceder a las puntas de lanza y los fragmentos de cerámica, de los que pueden inferirse muchas menos cosas.
El historiador y estadista francés François Guizot decía que la historia de la civilización es «la mayor de todas… [y] comprende a todas las demás». Esta debe superar las múltiples fronteras disciplinares erigidas por los académicos, dada su compulsión a especializarse, entre la historia económica, social, cultural, intelectual, política, militar e internacional. Debe abarcar una gran cantidad de tiempo y espacio, dado que las civilizaciones no son pequeñas o efímeras. Pero un libro como este no puede ser una enciclopedia. A quienes se quejen de lo que se ha omitido no puedo por menos que recordarles las palabras del peculiar pianista de jazz Thelonious Monk: «No lo toques todo (ni todo el tiempo); pasa por alto algunas cosas… Lo que no tocas puede ser más importante que lo que tocas». Estoy de acuerdo. En lo que sigue se han omitido muchas notas y acordes; pero se han dejado fuera por una razón. ¿Que quizá la selección refleja las tendencias de un escocés de mediana edad, el arquetípico beneficiario del predominio occidental? Es muy probable. Pero albergo la esperanza de que esa selección no merezca la desaprobación de quienes hoy son los defensores más apasionados y elocuentes de los valores occidentales, personas cuyos orígenes étnicos son muy distintos de los míos: desde Amartya Sen hasta Liu Xiaobo, desde Hernando de Soto hasta la persona a la que va dedicado este libro.
Un libro que aspira a cubrir seiscientos años de historia mundial es necesariamente una empresa colectiva, y debo mi agradecimiento a muchas personas. Doy las gracias al personal de los siguientes archivos, bibliotecas e instituciones: Archivo General de Indias, Museo Departamental Albert-Kahn, Bridgeman Art Library, Biblioteca Británica, Sociedad Bibliotecaria de Charleston, Zhongguo Guojia Tushuguan (Biblioteca Nacional de China, Pekín), Corbis, Instituto Pasteur de Dakar, Deutsches Historisches Museum de Berlín, Geheimes Staatsarchiv Preussischer Kulturbesitz de Berlín, Getty Images, Observatorio de Greenwich, Heeresgeschichtliches Museum de Viena, Biblioteca Nacional de Irlanda, Biblioteca del Congreso, Museo de Historia de Missouri, Musée du Chemin des Dames, Museo Oro de Perú, Archivos Nacionales de Londres, Museo Marítimo Nacional, Başbakanlik Osmanli Arşivleri (Archivos Otomanos, Estambul), PA Photos, Museo Peabody de Arqueología y Etnología de Harvard, Archivos Nacionales de Senegal en Dakar, Sociedad Histórica de Carolina del Sur, Escuela de Estudios Orientales y Africanos, Biblioteca de Manuscritos Süleymaniye de Estambul, y, desde luego, la incomparable Widener Library de Harvard. Sería un error no añadir también una línea de agradecimiento a Google, actualmente un recurso sin parangón para acelerar la investigación histórica, así como a Questia y Wikipedia, que también hacen más fácil el trabajo del historiador.
He contado en la investigación con la inestimable ayuda de Sarah Wallington, además de Daniel Lansberg-Rodríguez, Manny Rincón-Cruz, Jason Rockett y Jack Sun.
Como es habitual, este libro en su versión inglesa ha sido publicado por Penguin a ambos lados del Atlántico, y editado con la acostumbrada habilidad y vigor por Simon Winder en Londres y Ann Godoff en Nueva York. El incomparable Peter James hizo algo más que corregir el texto. Debo también mi agradecimiento a Richard Duguid, Rosie Glaisher, Stefan McGrath, John Makinson y Pen Vogler, y a muchas otras personas, demasiado numerosas para mencionarlas.
Como ha ocurrido con cuatro de mis cinco últimos libros, Civilización fue desde el primer momento una serie de televisión además de un libro. En el Canal 4 de la BBC, Ralph Lee me impidió ser abstruso o simplemente incomprensible, y lo hizo con la ayuda de Simon Berthon. Ni la serie ni el libro podrían haberse hecho sin el extraordinario equipo de personas reunido por Chimerica Media: Dewald Aukema, un príncipe entre los cineastas; James Evans, nuestro ayudante de producción en los filmes 2 y 5; Alison McAllan, nuestra documentalista; Susannah Price, que produjo el filme 4; James Runcie, que dirigió los filmes 2 y 5;Vivienne Steel, nuestra jefa de producción, y Charlotte Wilkins, nuestra ayudante de producción en los filmes 3 y 4. También Joanna Potts desempeñó un papel clave en las primeras fases del proyecto. Chris Openshaw, Max Hug Williams, Grant Lawson y Harrik Maury llevaron hábilmente la filmación en Inglaterra y Francia. Gracias a su paciencia y generosidad con el autor, mis colegas «chiméricos» Melanie Fall y Adrian Pennink han asegurado que en ningún momento dejáramos de representar una imagen propagandística bastante buena en favor del triunvirato como forma de gobierno. Mi amigo Chris Wilson, por su parte, se aseguró una vez más de que no perdiera ningún avión.
Entre las numerosas personas que nos ayudaron a filmar la serie, hubo algunos «manitas» que también contribuyeron a la investigación encarnada en el libro. Vaya mi agradecimiento a Manfred Anderson, Khadidiatou Ba, Lillian Chen, Tereza Horska, Petr Janda, Wolfgang Knoepfler, Deborah McLauchlan, Mattias de Sa Moreira, Daisy Newton-Dunn, José Couto Nogueira, Levent Öztekin y Ernst Vogl.
También me gustaría dar las gracias a las numerosas personas a las que entrevisté en nuestro recorrido por el mundo, en particular a Gonzalo de Aliaga, Nihal Bengisu Karaca, reverendo John Lindell, Mick Rawson, Ryan Squibb, Ivan Touška, Stefan Wolle, Hanping Zhang y —por último, pero no menos importante— los alumnos de la Robert Clack School de Dagenham.
Soy extremadamente afortunado por tener en Andrew Wylie al mejor agente literario del mundo, y en Sue Ayton a su equivalente en el ámbito de la televisión británica. Vaya también mi agradecimiento a Scott Moyers, James Pullen y todo el resto del personal de las oficinas de Londres y NuevaYork de la Agencia Wylie.
Varios historiadores eminentes leyeron generosamente todo o parte del manuscrito en borrador, como hicieron también varios amigos y alumnos míos antiguos y actuales: Rawi Abdelal, Ayaan Hirsi Ali, Bryan Averbuch, Pierpaolo Barbieri, Jeremy Catto, J. C. D. Clark, James Esdaile, Campbell Ferguson, Martin Jacques, Harold James, Maya Jasanoff, Joanna Lewis, Charles Maier, Hassan Malik, Noel Maurer, Ian Morris, Charles Murray, Aldo Musacchio, Glen O’Hara, Steven Pinker, Ken Rogoff, Emma Rothschild, Alex Watson, Arne Westad, John Wong y Jeremy Yellen. Debo también mi agradecimiento a Philip Hoffman, Andrew Roberts y Robert Wilkinson. Todos los errores que todavía hayan podido quedar son de mi exclusiva responsabilidad.
En la Universidad de Oxford, me gustaría dar las gracias al rector y a mis colegas del Jesus College, a sus homólogos del Oriel College, y a los bibliotecarios de la Bodleiana. En la Institución Hoover de Stanford, he contraído una deuda con John Raisian, el director, y su excelente personal. Este libro se terminó en el centro IDEAS de la Escuela de Economía de Londres, donde he sido muy bien cuidado como titular de la cátedra Philippe Roman durante el curso académico 2010-2011. Mi mayor deuda, no obstante, es con mis colegas de Harvard. Dado que llevaría demasiado tiempo dar las gracias individualmente a cada uno de los miembros del Departamento de Historia de Harvard, me limitaré a expresar un agradecimiento colectivo: no es este un libro que yo pudiera haber escrito sin vuestro apoyo académico, vuestro estímulo y vuestra inspiración intelectual. Y lo mismo vale para mis colegas de la Escuela de Negocios de Harvard, en particular los miembros de la sección de Negocios y Gobierno de la Unidad de Economía Internacional, así como para el profesorado y el personal del Centro de Estudios Europeos. Debo dar las gracias asimismo a mis amigos del Centro Weatherhead de Asuntos Internacionales, el Centro Belfer de Ciencia y Asuntos Internacionales, el Taller de Historia Económica y la Lowell House. Pero, sobre todo, vaya mi agradecimiento a todos mis alumnos de ambas orillas del río Charles, en particular a los de mi clase de «Educación General, Sociedades del Mundo 19». Este libro inició su vida en vuestra presencia, y se benefició en gran medida de vuestros trabajos y comentarios.
Finalmente, ofrezco mi más profundo agradecimiento a mi familia, en especial a mis padres y a mis hijos, a menudo descuidados, Felix, Freya y Lachlan, sin olvidar a su madre, Susan, y a nuestra extensa parentela. En muchos aspectos, he escrito este libro para vosotros, hijos.
Sin embargo, está dedicado a alguien que entiende mejor que nadie que yo conozca lo que realmente significa la civilización occidental; y lo que todavía puede ofrecer al mundo.
Londres, diciembre de 2010
Introducción
La pregunta de Rasselas
Él [Samuel Johnson] no admitiría civilización [en la cuarta edición de su diccionario], sino solo civilidad. Con toda mi deferencia hacia él, yo consideraba civilización, de civilizar, mejor, en el sentido opuesto a barbarie, que civilidad.
JAMES BOSWELL
Todas las definiciones de civilización… forman parte de una conjugación que reza: «yo soy civilizado, tú perteneces a una cultura, él es un bárbaro».
FELIPE FERNÁNDEZ-ARMESTO
Cuando Kenneth Clark definió la civilización en su serie de televisión del mismo nombre, no dejó ninguna duda en los espectadores de que se refería a la civilización de Occidente, y especialmente al arte y la arquitectura de Europa occidental desde la Edad Media hasta el siglo XIX. La primera de las trece películas que hizo para la BBC se mostraba cortés pero firmemente despectiva con respecto a la Ravena bizantina, las Hébridas celtas, la Noruega vikinga y hasta la Aquisgrán carolingia. La Alta Edad Media comprendida entre la caída de Roma y el renacimiento del siglo XII simplemente no se consideraba civilización en el sentido que Clark le daba al término. Esta solo revivió con la construcción de la catedral de Chartres, consagrada, aunque no completada, en 1260, y mostraba ya signos de fatiga en los rascacielos de Manhattan de su propia época.
La enormemente exitosa serie de Clark, que se emitió por primera vez en Gran Bretaña cuando yo tenía cinco años, definió la civilización para toda una generación en el mundo de habla inglesa. Civilización eran los castillos del Loira; eran los palacios de Florencia; era la capilla Sixtina; era Versalles. Desde los sobrios interiores de la República Neerlandesa hasta las exuberantes fachadas del barroco, Clark sacaba partido a sus conocimientos de historiador del arte. Hacían su aparición la música y la literatura; y de vez en cuando asomaban la política y hasta la economía. Pero la esencia de la civilización de Clark era claramente la alta cultura visual. Sus héroes eran Miguel Ángel, Da Vinci, Durero, Constable, Turner, Delacroix…1
Hay que decir, para hacer justicia a Clark, que su serie se subtitulaba «Una visión personal». Y él no era inconsciente de las implicaciones —problemáticas ya en 1969— de afirmar que «la era precristiana y Oriente» eran en algún sentido incivilizados. Sin embargo, en el transcurso de cuatro décadas se ha ido haciendo cada vez más difícil aceptar la visión de Clark, personal o no (por no hablar de su hoy ligeramente irritante talante condescendiente). En este libro adopto una visión más amplia, más comparativa, y pretendo adoptar una postura más humilde y a ras de suelo que elevada y altanera. Mi idea de civilización tiene tanto que ver con alcantarillados como con arbotantes, si no más, ya que sin unas instalaciones sanitarias públicas eficientes las ciudades se vuelven trampas mortales, convirtiendo ríos y pozos en un refugio para la bacteria Vibrio cholerae. Estoy recalcitrantemente interesado en el precio de una obra de arte tanto como en su valor cultural. En mi opinión, una civilización es mucho más que el mero contenido de unas cuantas galerías de arte de primer orden. Es una organización humana sumamente compleja. Sus pinturas, estatuas y edificios pueden constituir muy bien sus logros más llamativos, pero resultan ininteligibles sin cierta comprensión de las instituciones económicas, sociales y políticas que los idearon, los pagaron, los ejecutaron, y luego los conservaron para nuestra contemplación.
El de civilisation es originariamente un término francés, utilizado por primera vez por el economista galo Anne-Robert-Jacques Turgot en 1752, y publicado inicialmente por Victor Riqueti, marqués de Mirabeau, padre del gran revolucionario, cuatro años después.2 Samuel Johnson, como aclara el primer epígrafe de esta Introducción, no aceptaría el neologismo, prefiriendo el término de civilidad. Si para Johnson la barbarie tenía un antónimo, este era la educada y cortés (aunque a veces también claramente grosera) vida urbana de la que él tanto disfrutaba en Londres. Una civilización, como sugiere la propia etimología del término, gira alrededor de sus ciudades, y en muchos aspectos son las ciudades los auténticos héroes de este libro.3 Pero las leyes de una ciudad (civiles o no) son tan importantes como sus murallas; y su constitución y costumbres —las prácticas de sus habitantes (civiles o no)—, tan importantes como sus palacios.4 La civilización tiene tanto que ver con los laboratorios de los científicos como con las buhardillas de los artistas; con las formas de tenencia de tierras como con los paisajes. El éxito de una civilización se mide no solo en sus logros estéticos, sino también —y seguramente más importante— en la duración y la calidad de vida de sus ciudadanos. Y esa calidad de vida tiene numerosas dimensiones, no todas ellas fácilmente cuantificables. Podemos ser capaces de calcular la renta per cápita de gente de todo el mundo en el siglo XV, o su esperanza de vida media al nacer. Pero ¿qué hay de su nivel de bienestar? ¿Y de limpieza? ¿Y de felicidad? ¿Cuántas prendas de vestir poseían? ¿Cuántas horas tenían que trabajar? ¿Qué comida podían comprar con su salario? Las obras de arte por sí solas pueden ofrecer pistas, pero no pueden responder a tales preguntas.
Es evidente, sin embargo, que una ciudad no hace una civilización. Una civilización es la mayor unidad de organización humana, superior incluso, aunque más amorfa, que el imperio. Las civilizaciones son en parte una respuesta práctica de las poblaciones humanas a su entorno —a las necesidades de comer, beber, abrigarse y defenderse—, pero tienen también un carácter cultural; a menudo, aunque no siempre, religioso; y a menudo, aunque no siempre, de comunidad lingüística.5 Son pocas, pero no muy distantes entre sí. Carroll Quigley contó dos decenas en los últimos diez milenios.6 En el mundo premoderno, Adda Bozeman solo vio cinco: Occidente, la India, China, Bizancio y el islam.7 Matthew Melko calculó un total de doce, de las que siete han desaparecido (la mesopotámica, la egipcia, la cretense, la clásica, la bizantina, la mesoamericana y la andina) y cinco permanecen todavía (la china, la japonesa, la india, la islámica y la occidental).8 Shmuel Eisenstadt contó seis, agregando la civilización judía al club.9 La interacción de estas pocas civilizaciones entre sí, además de con sus propios entornos, se ha contado entre los principales impulsores del cambio histórico.10 Lo sorprendente de dichas interacciones es que las civilizaciones auténticas parecen permanecer fieles a sí mismas durante períodos muy largos a pesar de las influencias externas. En palabras de Fernand Braudel: «La civilización es de hecho la historia más larga de todas… Una civilización… puede persistir a través de una serie de economías o sociedades».11
Si en el año 1411 el lector hubiera podido dar la vuelta al mundo, probablemente se habría sentido impresionado por la calidad de vida de las civilizaciones orientales. La Ciudad Prohibida estaba en construcción en la Pekín Ming, al tiempo que se habían iniciado las obras de reapertura y mejora del Gran Canal; en Oriente Próximo, los otomanos se acercaban a Constantinopla, que finalmente conquistarían en 1453. El Imperio bizantino exhalaba su último aliento. La muerte del caudillo Timur Lang (Tamerlán) en 1405 había eliminado la repetida amenaza de las crueles hordas invasoras de Asia Central, la antítesis de la civilización. Para el emperador chino Yongle y el sultán otomano Murad II, el futuro era brillante.
En cambio, el lector se habría visto sorprendido por la Europa occidental de 1411, miserable y atrasada, que se recuperaba de los estragos de la peste negra —la cual había reducido la población a la mitad en su recorrido hacia el este entre 1347 y 1351— y seguía aquejada por las malas condiciones sanitarias y una guerra aparentemente incesante. En Inglaterra ocupaba el trono el rey leproso Enrique IV, que había derrocado y asesinado al malhadado Ricardo II. Francia era presa de una guerra interna entre los seguidores del duque de Borgoña y los del asesinado duque de Orleans. La guerra de los Cien Años entre Inglaterra y Francia estaba a punto de reanudarse. A los otros reinos en conflicto de Europa occidental —Aragón, Castilla, Navarra, Portugal y Escocia— no parecía irles mucho mejor. En Granada todavía gobernaba un musulmán. El rey escocés, Jacobo I, estaba prisionero en Inglaterra tras haber sido capturado por piratas ingleses. Las zonas más prósperas de Europa eran, de hecho, las ciudades-estado del norte de Italia: Florencia, Génova, Pisa, Siena y Venecia. En cuanto a la Norteamérica del siglo XV, no era más que un páramo anárquico en comparación con los reinos de los aztecas, los mayas y los incas en Centroamérica y Sudamérica, con sus altísimos templos y sus elevadísimas carreteras. Al término de este recorrido mundial, la idea de que Occidente pudiera llegar a dominar al resto del mundo durante casi toda la mitad del siguiente milenio habría parecido extraordinariamente descabellada.
Y, sin embargo, eso fue lo que ocurrió.
Por alguna razón, a partir de finales del siglo XV, los pequeños estados de Europa occidental, con sus corruptos préstamos lingüísticos del latín (y algo del griego), su religión derivada de las enseñanzas de un judío de Nazaret, y su deuda intelectual con las matemáticas, la astronomía y la tecnología orientales, produjeron una civilización capaz no solo de conquistar los grandes imperios de Oriente y de subyugar a África, América y Australasia, sino también de convertir a pueblos de todo el mundo a la forma de vida occidental, una conversión lograda en última instancia más por la pluma que por la espada.
Hay quienes discuten esto, afirmando que todas las civilizaciones son en cierto sentido iguales, y que Occidente no puede atribuirse superioridad alguna sobre, digamos, el este de Eurasia.12 Pero tal relativismo resulta demostrablemente absurdo. Ninguna civilización anterior había alcanzado nunca un predominio como el que alcanzó Occidente sobre el resto del mundo.13 En 1500, las futuras potencias imperiales de Europa representaban alrededor del 10 por ciento de la superficie terrestre del mundo y, como mucho, el 16 por ciento de su población. En 1913, once imperios occidentales* controlaban casi las tres quintas partes de todo el territorio y la población, y más de tres cuartas partes (un asombroso 79 por ciento) de la producción económica global.14 La esperanza de vida media en Inglaterra era casi el doble de la de la India. El superior nivel de vida de Occidente también se reflejaba en una dieta mejor, incluso para los trabajadores agrícolas, y una superior estatura, incluso para los soldados ordinarios y convictos.15 La civilización, como hemos visto, tiene que ver sobre todo con las ciudades; y también en este aspecto Occidente llevaba ventaja. En 1500, por lo que podemos determinar, la ciudad más grande del mundo era Pekín, con una población de entre 600.000 y 700.000 habitantes. De las diez mayores ciudades del mundo de entonces, solo una —París— era europea, y su población totalizaba menos de 200.000 almas. Londres tenía probablemente unos 50.000 habitantes. Las tasas de urbanización eran también más altas en el norte de África y en Sudamérica que en Europa. Sin embargo, en 1900 se había producido una asombrosa inversión. En esa fecha solo una de las diez mayores ciudades del mundo era asiática: Tokio. Con una población de unos 6,5 millones de personas, Londres era entonces la megalópolis global.16 Tampoco terminó el predominio occidental con la decadencia y caída de los imperios europeos. El auge de Estados Unidos ensanchó aún más la brecha entre Occidente y Oriente. En 1990, el estadounidense medio era 73 veces más rico que el chino medio.17
Asimismo, en la segunda mitad del siglo XX se hizo evidente que el único modo de cerrar aquella abismal brecha de renta era que las sociedades orientales siguieran el ejemplo de Japón adoptando algunas (aunque no todas) de las instituciones y formas de funcionamiento de Occidente. Como resultado, la civilización occidental se convirtió en una especie de modelo del modo en que el resto del mundo aspiraba a organizarse. Obviamente, antes de 1945 había toda una serie de modelos de desarrollo —o sistemas operativos, por utilizar una metáfora informática— que las sociedades no occidentales podían adoptar. Pero los más atractivos eran todos de origen europeo: el capitalismo liberal, el nacionalsocialismo, el comunismo soviético… La Segunda Guerra Mundial liquidó el segundo en Europa, aunque sobreviviera bajo nombres supuestos en muchos países en vías de desarrollo. La desmembración del Imperio soviético entre 1989 y 1991 vino a liquidar el tercero.


Es verdad que a raíz de la crisis financiera global se ha hablado mucho de los modelos económicos asiáticos alternativos. Pero ni siquiera el más acérrimo relativista cultural se dedica a recomendar una vuelta a las instituciones de la dinastía Ming o de los mogoles. El actual debate entre los defensores del libre mercado y los de la intervención estatal es, en el fondo, un debate entre escuelas de pensamiento occidental perfectamente identificables: los seguidores de Adam Smith y los de John Maynard Keynes, junto con unos cuantos fervientes devotos de Karl Marx que se mantienen en sus trece. Los lugares de nacimiento de los tres hablan por sí solos: Kirkcaldy, Cambridge y Tréveris. En la práctica, hoy la mayor parte del mundo está integrada en un sistema económico occidental en el que, como recomendaba Smith, el mercado establece la mayoría de los precios y determina el flujo comercial y la división del trabajo, mientras que el Estado desempeña un papel más cercano al previsto por Keynes, interviniendo para tratar de allanar los altibajos del ciclo económico y reducir la desigualdad de renta.
En cuanto a las instituciones no económicas, no hay ningún debate digno de tal nombre. En las universidades de todo el mundo se da una convergencia en las normas occidentales. Y lo mismo vale para el modo en que se organiza la ciencia médica, desde la cúspide de la investigación hasta la atención sanitaria de primera línea. Hoy la mayoría de la gente acepta las grandes verdades científicas reveladas por Newton, Darwin y Einstein, e incluso cuando no lo hacen, no por ello dejan de acudir corriendo a buscar los productos de la farmacología occidental al primer síntoma de gripe o de bronquitis. Solo unas pocas sociedades siguen resistiéndose a la invasión de los modelos occidentales de marketing y de consumo, así como a la propia forma de vida occidental. Cada vez más, los seres humanos se alimentan con una dieta occidental, llevan ropa occidental y viven en viviendas de estilo occidental. Incluso la peculiar forma de trabajar occidental —unas ocho horas, cinco o seis días por semana, con dos o tres semanas de vacaciones al año— se está convirtiendo en una especie de estándar universal. Paralelamente, la religión que los misioneros occidentales trataron de exportar al resto del mundo hoy es profesada por una tercera parte de la humanidad, además de obtener pingües beneficios en el país más populoso del mundo. Incluso el ateísmo surgido en Occidente está haciendo impresionantes progresos.
Cada año que pasa aumenta el número de seres humanos que compran como nosotros, estudian como nosotros, se mantienen sanos (o malsanos) como nosotros, y rezan (o se abstienen de rezar) como nosotros. Hamburguesas, mecheros Bunsen, tiritas, gorras de béisbol o Biblias: vayamos donde vayamos, no podemos escapar fácilmente de todas esas cosas. Solo en el ámbito de las instituciones políticas se mantiene realmente una significativa diversidad global, con una amplia gama de gobiernos en todo el mundo que se resisten a la idea del imperio de la ley, con su protección de los derechos individuales, como fundamento de un gobierno auténticamente representativo. Que el islam más militante trate de oponerse al avance de las pautas de igualdad de género y libertad sexual propias del Occidente de finales del siglo XX es una cuestión de ideología política tanto como de religión.18
Así pues, no es «eurocentrismo» ni (anti-)«orientalismo» decir que el auge de la civilización occidental es el fenómeno histórico más importante de la segunda mitad del segundo milenio después de Cristo. No es más que afirmar lo evidente. El reto consiste en explicar cómo sucedió tal cosa. ¿Qué tenía la civilización de Europa occidental a partir del siglo XV que le permitió triunfar sobre los imperios en apariencia superiores de Oriente? Obviamente, era algo más que la belleza de la capilla Sixtina.
La respuesta fácil, si no tautológica, a la pregunta es que Occidente dominó al resto del mundo gracias al imperialismo.19 Hoy sigue habiendo muchas personas que se ven exaltadas a un estado de gran indignación moral ante las tropelías de los imperios europeos. Tropelías, sin duda, las hubo, y no están ausentes de estas páginas. Es evidente asimismo que las diferentes formas de colonización —asentamiento frente a extracción— tuvieron impactos muy distintos a largo plazo.20 Pero el imperio no constituye una explicación históricamente suficiente del predominio occidental. Hubo imperios mucho antes del imperialismo denunciado por los marxistas-leninistas. De hecho, en el siglo XVI varios imperios asiáticos aumentaron considerablemente en poder y extensión. Paralelamente, tras el fracaso del proyecto de Carlos V de un gran Imperio Habsburgo desde España hasta Alemania pasando por los Países Bajos, Europa se fragmentó más que nunca. La Reforma desató más de un siglo de guerras de religión europeas.
Un viajero del siglo XVI difícilmente podría haber dejado de percibir el contraste. Además de abarcar Anatolia, Egipto, Arabia, Mesopotamia y Yemen, bajo Solimán el Magnífico (1520-1566) el Imperio otomano se extendía hasta los Balcanes y Hungría, llegando a amenazar las puertas de Viena en 1529. Más al este, el Imperio safawí, bajo el reinado de Abbas I (1587-1629), abarcaba ininterrumpidamente desde Isfahan y Tabriz hasta Kandahar, mientras que el norte de la India, desde Delhi hasta Bengala, estaba gobernada por el poderoso emperador mogol Akbar (1556-1605). También la China de los
