
You got me singing
Even tho’ the news is bad
You got me singing
The only song I ever had.
LEONARD COHEN
Nadie pone en duda que el paisaje urbano o natural donde ha vivido un escritor marca necesariamente su obra, aunque a menudo no sea explícito. Pero igual de indudable es que para quien ha leído al autor, también el paisaje donde transcurrió su vida y creó su obra está sellado por esa sombra tutelar. No podemos recorrer la estepa manchega y ver a lo lejos un molino o pasar junto a una venta sin evocar a don Quijote y por tanto a Cervantes; el barrio de Palermo o los arrabales de Buenos Aires no son iguales para los amantes de Borges que para los demás, y pasear en Londres por Bloomsbury no es sencillamente hacer turismo sino recorrer páginas inolvidables de la literatura inglesa contemporánea, a poco que uno haya leído a Virginia Woolf y Lytton Strachey. ¿Fetichismo? Pues adelante con el fetichismo, que también es una forma de amor. O mejor dicho, cualquier amor —balbuciente o sublime— siempre es una forma de fetichismo.
Toda gran obra literaria encierra un enigma, además del hechizo que ejerce sobre nuestra sensibilidad e imaginación: el enigma de su autor. ¿Por qué fue él y no otro quien halló el tesoro? ¿Cómo desarrolló esos dones o, quizá, cómo aprovechó sus limitaciones en su favor? Carnal y doméstico como cualquiera de nosotros, deambuló por unas calles que también sus admiradores podemos recorrer, subió a unas colinas o se sentó bajo un árbol que aún se nos ofrecen, miró los cambios de esa parcela del cielo que ahora vemos, se entretuvo soñando ante ese pedazo de mar. Y ahora sus restos físicos, definitivamente insignificantes, se guardan en esa tumba apartada del pequeño cementerio rural o en ese gran mausoleo metropolitano. A través de esas pistas evocamos su figura, y ese conjuro personal sirve para complementar nuestra lectura de su obra, aunque nunca para sustituirla. Más bien al contrario, es un pretexto para volver sobre ella y recaer en el placer que nos causa, pero ahora con un decorado y un paisaje que nos permiten quizá comprenderla mejor... ¡o que nos intrigan aún más sobre el hechizo que encierra!
Hace unos pocos años, Sara Torres y yo hicimos una serie de documentales para televisión sobre sitios donde nacieron, vivieron y murieron algunos de nuestros escritores preferidos. Se tituló Lugares con genio y también dio lugar a un libro que recogía al vuelo (a veces de modo no totalmente fiable) mis intervenciones en los programas y las de algunos expertos o lectores apasionados con los que me entrevisté en ellos. El resultado fue aceptable (mucho mejor en la parte filmada que en la escrita), pero pagamos la novatada, como suele decirse, y cometimos equivocaciones que nos enseñaron cómo hacerlo mejor si volvíamos a intentarlo. Y eso, intentarlo de nuevo, es lo que pretendimos hacer sin contar con que la crisis económica convertía en utópica la búsqueda de financiación hasta para un proyecto tan económicamente discreto como el nuestro. Hubiera podido financiarse con menos de lo que cobra Belén Esteban o similares por participar en Sálvame, pero ni la televisión pública ni las otras cadenas (a pesar de que las principales dependen de grandes grupos editoriales) estaban dispuestas a financiar un proyecto tan insólita y provocativamente cultural. De modo que Sara y yo decidimos en primer lugar centrarnos en hacer un libro sobre el tema, más cuidado en cuanto al texto y las ilustraciones, dejando para más adelante la posibilidad de nuevos programas televisivos de renovado planteamiento. Un libro culto pero sin academicismos, con toques populares en la parte de la imagen (genial la idea de Sara de incluir un pequeño cómic sobre una obra de cada autor, que me recordaba aquella colección de mi infancia, «Historias», que combinaba el tebeo y el texto, en la que leí a muchos de mis primeros clásicos), que intentase contagiar a los lectores nuestro fervor por los autores y también mostrase otros puntos de interés en los viajes.
Lo que más gozábamos haciendo era la preparación de cada capítulo, recorriendo Recanati y Nápoles en busca de Leopardi, el Torquay de Agatha Christie o la inagotable Normandía de Flaubert... Siempre fuimos acompañados de nuestro amigo José Luis Merino, indispensable apoyo en los buenos momentos y aún más necesario y meritorio luego, en los malos. Cuando disfrutábamos de Galicia en pos de Valle-Inclán, Sara cayó enferma de un mal atroz. Eso no mermó su entusiasmo ni su capacidad de seguir planeando capítulos, dirigiendo su realización gráfica y buscando documentación sobre cada autor. Aprovechó nuestra forzosa estancia en Baltimore, donde fue operada en la Johns Hopkins, para visi
