El fracaso inevitable

Ángeles Valdés-Bango

Fragmento

El fracaso inevitable

1

Al poco de cumplir los doce años, mi madre me dijo que el padre de mi padre se había suicidado y después me advirtió que no podíamos hablar de ello porque mi padre no lo sabía. Eso fue todo, y durante el tiempo que vivimos juntas siempre nos comportamos como si las dos lo hubiésemos olvidado.

Los motivos que llevaron a mi madre a hacerme aquella confidencia nunca los supe, ni me permití el pensar en ellos ni en si había confiado, o no, aquella revelación a alguien más. Sólo puedo imaginar ahora que probablemente pudo haber sido porque temiera que alguno viniese a contarme que mi abuelo había muerto de aquella manera y que yo no considerase que fuera tan importante el mantenerlo en secreto, o quizás pudo ser porque ella misma acababa de enterarse y no encontró a nadie tan cercano como yo para que lo compartiera con ella y para que la acompañase en el silencio que me exigió. Lo que no excluye que también pudieran haberla motivado ambas razones a la vez, o cualquier otra causa que se me escapa.

La forma como yo la recibí entonces no se diferenció en nada a la naturalidad con la que aceptaba los estremecimientos que me producían las lecturas de las historias de todos aquellos personajes que iban cayendo muertos alrededor de Hamlet, el príncipe de Dinamarca, o las de aquellos otros que iban siendo devorados sin misericordia por las pasiones más devastadoras. Es posible que eso tuviera mucho que ver no sólo con los libros que leía sino también con el hecho de que nosotros no nos relacionábamos con los familiares más directos de mi padre porque, cuando él regresó a su pueblo después de haber perdido la guerra civil de 1936 por seguir al lado de la República, su madre se había negado a recibirlo y había extendido ese rechazo a su mujer, a toda su descendencia y a cada uno de los parientes que formaban la familia de mi madre.

Fuera por lo que fuese, y casi instantáneamente, el suicidio de mi abuelo y mi abuelo mismo parecieron hundirse y ocultarse en la oscuridad de unas profundidades abismales en las que todavía no estoy muy segura de haber sabido entrar en ninguna circunstancia. Tanto él como su muerte se mantuvieron ignorados y desaparecidos durante años, y nunca vinieron a mí, consciente o inconscientemente, ni mezclados con ninguna de las historias leídas en los libros a las que con tanta espontaneidad asimilé y que iban creando o manipulando mis pensamientos, ni acompañando a la imagen fija que yo siempre he tenido de mi abuela y por la que sentí, siendo niña, una clara repulsa que me llevaba, cuando me lo lanzaban como un insulto, a negar con obstinación que era su nieta como San Pedro a Jesucristo o como un juez prevaricador, es decir, a sabiendas de que negaba una verdad. Ni siquiera me acordé de mi abuelo cuando conocí a sus dos hermanas ni cuando supe que su padre, mi bisabuelo, había procurado dejarlas oportunamente mejoradas en su testamento con la finalidad de dotarlas para un codiciable matrimonio; cuestión por la que debía de sentir una especial preocupación porque aún se conserva en la familia un escrito, de su puño y letra, en el que defiende el derecho de esas tías de mi padre al goce de unas dotes fundadas, el quince de enero de mil setecientos siete, por el Ilmo. Sr. D. Juan Queipo de Llano Arzobispo de las Charcas, en el Perú, a favor de sus hermanas y sobrinas y de las hijas y nietas que tuvieran y de todas aquellas descendientes femeninas suyas que fueran naciendo en sucesivas generaciones, y también se conservan, escritos por su mano, una copia de la escritura de fundación de la obra pía de esas dotes y un árbol genealógico demostrativo del derecho de sus hijas a ellas. Lo que a mí no me consta es si, después de tantos desvelos, consiguió que se lo reconocieran y que se las concedieran.

A mi abuela sólo recuerdo haberla visto un par de veces, de lejos y de refilón, sentada en una silla de ruedas en un minúsculo jardín delante de su casa con las piernas paralizadas y con la cara blanqueada y redonda como una luna. Un pariente cercano me dijo que, cuando ella y sus tres hermanos quedaron huérfanos, los cuidó una tía que tenía una fonda en la que solían alojarse viajantes de comercio, vendedores ambulantes, feriantes y otros huéspedes de ese tipo, cuando venían al pueblo, y otro más cercano aún me aseguró que, en la guerra civil, ella había hecho que el hermano menor de mi padre se alistase en una bandera de Falange, y que él, con veinte años recién cumplidos, no había regresado de la batalla del Ebro. En mi infancia, yo encontré una razón para mis apasionadas negativas de aquel parentesco que me unía a mi abuela en la creencia, surgida de un intenso deseo de que así fuera, de que yo era nieta de Josefa, una señora que me daba caramelos cuando nadie nos veía y que había entrado en su casa como ama de cría de la segunda de sus hijas y luego se había quedado a cuidar de todos ellos pero como uno más de la familia. Según iba creciendo, tal vez porque fui aprendiendo a no dejarme herir en mis sentimientos, aquella pueril aversión se iba transformando en un desapego no exento totalmente de algún interés con el que se alejaba de la indiferencia y empecé a sentir, primero, que mi relación con mi abuela no era precisamente un asunto de familia y, más tarde, que la naturaleza de esa relación sería la misma tanto si fuera como si no fuera una cuestión de carácter familiar. Y un día me olvidé de que ella existía, incluso cuando ella ya había dejado de existir sin que yo lo hubiera sabido; pero ese olvido yo sé que nunca tuvo nada que ver ni podría encontrarse en él ningún parecido con aquel ignorado paradero en el que desapareció la noticia de la realidad de la vida y de la muerte de mi abuelo, cuando mi madre me la confió.

No escribo estas cosas porque me conmovieran que sí lo hicieron, ni porque marcaran mi vida ya que todo el mundo sabe que mientras vives la que vives no puedes vivir la que vivirías si estuviera en tu mano la elección, ni porque crea que sean especialmente singulares pues todas las vidas están llenas de cosas como éstas. Mi propósito se aproxima a cualquiera de esos intentos que se hacen para encarar y comprender y aceptar la manera que tienen nuestras vidas de reflejarse y de repetirse, unas en otras, aunque parezcan diferentes por la impronta y el énfasis y la composición que a cada papel le prestan los distintos intérpretes. Y para ello se acerca, todo lo que puede, a una apropiación de la huidiza realidad con la intención de detenerla en su fuga.

En una ocasión en la que yo me encontraba en esa precaria situación que se extiende entre un empleo que se pierde o que se abandona y un trabajo que urge encontrar pues el fondo de resistencia con el que se cuenta para subsistir no está muy sobrado, porque creí que me ayudaría a atravesarla, acepté una oferta que me llegó bajo la forma de una proposición para codirigir, con otra licenciada universitaria, una residencia para estudiantes tutelada, así se la presentaba, por otra residencia universitaria reconocida, eso se predicaba de ella, por la Universidad. La propuesta me la hizo Agustina Portal, mi dentista, que era amiga de Mariola Vaquerizo, la dueña de ambas residencias o la cabeza o la cara visible de la sociedad propietaria si es que había algún socio detrás de ella, y que procedente de la provincia de Murcia estaba afincada en Madrid desde hacía muchos años, y yo misma fui la que propuse como codirectora a Amparito López, una extremeña con la que había estado viviendo hacía ya un tiempo en un Colegio mayor y había encontrado casualmente unas semanas antes en una librería, quien, por lo que se había quejado de la señora que le alquilaba una habitación sin derecho a utilizar ninguna otra dependencia de la casa que no fuera el cuarto de baño, estaba tan perdida como yo.

La residencia a la que al fin fuimos las dos se reducía a un dúplex en un edificio de viviendas, que eran de las que habían sido vendidas en su día como de alto standing y aún conservaba algunos vecinos de esa categoría inicial de alto nivel económico y social, situado en la amplia avenida que se construyó como prolongación del paseo de la Castellana y que todavía se llamaba del Generalísimo. El dúplex tenía, en la planta baja, una puerta principal por la que se entraba a un pequeño vestíbulo donde había un teléfono para usar con monedas enganchado en la pared y un paragüero metálico, y que estaba separado por un arco de la pieza más amplia de la residencia, cuyas paredes ennegrecidas igual que las de los demás cuartos hubieran agradecido un lavado como una tierra seca el agua de mayo, y en una de las esquinas de esa pieza se ordenaban, con una mínima separación entre ellas, media docena de mesas cuadradas rodeadas de cuatro sillas, cada una, que nos servían de comedor y que con mucha voluntariedad nos hubieran debido servir como mesitas de juego o de estudio. Confundiéndose casi con una de las paredes que estaba detrás de ellas había también un estrecho mueble con múltiples celdillas numeradas donde guardábamos nuestros servilleteros y en las que se colocaba el correo diario que hubiéramos recibido, y encima de él colgaba de una alcayata un relieve de cerámica y de colores chillones con un receptáculo para el agua bendita a los pies de una imagen de la Virgen de Fátima, que humilde y resignada se encargaba de bendecir todo aquello, y que alguien debió de haber traído de Portugal. Y completando su mobiliario, en un rincón delimitado y aislado por un delgado tabique que terminaba antes de cerrarlo del todo, se había instalado un sofá y una butaca con el tapizado y los muelles muy estropeados y con la apariencia de haber sido viejos desde su instalación ante un antiguo aparato de televisión por encima del que habían colgado el único cuadro que había en todo el dúplex y que Amparito, que era muy redicha y algo mitómana, aseguraba que lo había pintado en los comienzos de su carrera un reconocido pintor abstracto aunque nunca recordó cómo se llamaba el autor de aquella firma irreconocible que aparecía en la desangelada pintura. Desde esa sala y comedor se podía salir, por unas grandes puertas correderas de cristal que hacían las veces de ventanal por el que entraba la luz a sus anchas, a una terraza de regulares dimensiones y completamente desnuda en cuyo suelo el polvo del aire madrileño había ido formando una pátina que ninguna lluvia había logrado arrancar y en la que se marcaban las huellas de los cartones que utilizábamos para sentarnos a recibir los rayos del sol, cuando empezaban a ser tibios y aún no quemaban, todo a lo largo del muro exterior de la casa.

Las habitaciones en las que dormíamos, y era de esperar que además guardaran nuestra intimidad, estaban distribuidas entre los dos pisos del dúplex. En la planta baja, Amparito y yo ocupábamos una habitación pequeña, probablemente diminuta, con una ventana proporcionada a su tamaño que se abría a un patio interior, y amueblada con dos literas metálicas, la mía era la de la parte de abajo en la que pasivamente me había acostado con una inquietante docilidad y sin ofrecer resistencia por mi miedo a la experiencia de una dura caída desde la de arriba, y un armario de dos cuerpos y de madera, como la mesita rectangular, las dos sillas y la mesilla de noche que componían el conjunto del mobiliario, y todo ello nos lo habíamos repartido entre nosotras como unas compañeras bien avenidas o, siguiendo lo ordenado por el Código Civil en algunos casos, como un buen padre de familia. En la misma planta, compartíamos un cuarto de baño, adaptado para no ser utilizado por más de una persona al mismo tiempo, con las seis estudiantes que dormían en una segunda habitación que estaba enfrente de la nuestra y que, aunque era amplia y con una gran ventana que daba a la avenida del Generalísimo, se la veía abarrotada con las seis literas metálicas y las dos mesillas de madera colocadas entre ellas y las tres sillas destinadas para estar a los pies de cada par de literas, que la llenaban. Sus seis ocupantes tenían que distribuirse entre ellas, nunca hice nada por averiguar el contenido del acuerdo al que habían llegado, un armario empotrado todo a lo largo de la pared más ancha de la habitación, y todavía les quedaba sitio en las paredes para una exhibición de carteles y anuncios variados clavados en ellas con chinchetas de diversos colores. Las cinco habitaciones restantes destinadas a dormitorios, que no se diferenciaban de las de la planta baja en lo que se refiere al mobiliario que las llenaba y a la densidad de residentes que las ocupaban, se encontraban en el piso de arriba, al que se accedía por una pretenciosa escalera que hacía una curva como las de esas por las que, en las películas, desciende la dueña de la casa vestida para recibir a los invitados. En ellas, veinticuatro residentes se repartían todo lo que había que repartir, y compartían tres cuartos de baño, uno de ellos ubicado en el interior de una de las habitaciones probablemente diseñada en su construcción como dormitorio principal, que eran más o menos iguales al que usábamos nosotras. Y, como las otras residentes que dormían en la planta baja, también utilizaban las paredes de las habitaciones para exhibir carteles y anuncios, y no sabría decir si lo hacían porque tuvieran algún valor o significado o simplemente porque habían ido a parar a manos de alguna de ellas o de cualquier otra que incluso ya no estuviera allí.

En un extremo de la planta baja, y comunicándose con el resto de la casa por una puerta con una hoja de vaivén que había en la sala que hacía de comedor, se agrupaban las dependencias en las que se atendían los servicios domésticos o generales de la residencia: una cocina, un cuarto de plancha que hacía también las veces de lavandería, una minúscula habitación en la que dormían Engracia, la cocinera, y Conchita, su ayudante, y un office que servía para ampliar la cocina y para que la cocinera y su ayudante dispusieran de un cuarto de estar propio en el que había una puerta de servicio por la que podían salir a las escaleras del edificio o entrar desde ellas.

Nosotras apenas íbamos a esa zona salvo situaciones o necesidades excepcionales y no recuerdo que, mientras estuve allí, sucediera nada tan excepcional que nos obligara o nos aconsejara o, en definitiva, nos indujera a irrumpir en ella. Nos limitábamos a empujar aquella hoja de vaivén, a las horas correspondientes, para recoger las fuentes con la comida y todo lo necesario para poner las mesas y, después, para hacer el viaje de regreso a devolver lo que se había usado, y una vez a la semana volvíamos a hacerlo para dejar la ropa sucia y para hacernos cargo de la que nos habían lavado y planchado, pues en la residencia estaba prohibida la utilización de infiernillos, estufas y planchas eléctricas. Todo aquello se colocaba encima de una mesa o en un cesto de mimbre, debajo de ella, que estaban en un corto pasillo que había al otro lado de la puerta y que terminaba, en uno de sus extremos, con otra puerta también de vaivén por la que se entraba directamente a la cocina, y se había cerrado una parte del otro extremo con una gruesa cortina para guardar, tras ella, los útiles y los productos que debíamos usar para limpiar nuestras habitaciones, asunto que entraba dentro de nuestras obligaciones y que cada una de nosotras cumplía con la regularidad que estimaba oportuna.

La cocinera, Engracia, era una cartagenera de mucho carácter, y Conchita, su ayudante y a la que veíamos un poco más porque salía de su espacio habitual para completar la limpieza de algunas piezas de la casa con una periodicidad que nosotras no controlábamos, era también de Cartagena y si bien se presentaba como más suave y silenciosa eso no quería decir que fuera dúctil y maleable. Las dos juntas o cada una por separado, no podría saberse, vivían su vida con total independencia, como por otra parte eso mismo sería lo que se podría haber afirmado que hacíamos todas las demás. Ambas habían sido contratadas, en su propio lugar de origen y para la apertura de la residencia, por la misma Mariola Vaquerizo que, teniendo en cuenta que toda su familia vivía diseminada por aquella zona, debía de conocerlas por lo menos desde aquella contratación, aunque en todo caso, a aquellas alturas, ya tenían que conocerse de sobra entre ellas. En cierto modo se puede decir que yo pude presenciar uno de sus encuentros, y hacerme una idea del tipo de relación que probablemente debían de mantener, escuchando, prudentemente semioculta en el interior de mi habitación, una diatriba que Engracia gritaba por el teléfono del vestíbulo y que volvía a recomenzar cada vez que concluían y se iniciaban los periodos abonados por las monedas que iba introduciendo. Deduje que había llegado a aquel enfado casi paroxístico desquiciada por un estropicio que se había producido en la cocina y que había sido insuficientemente atendido y reparado a medias por los operarios enviados por la autoridad competente, y entendí que quería que se escuchara con mucha claridad su amenaza de abandono del servicio si Mariola no se presentaba a solucionarlo, ipso facto. Esa fue literalmente la expresión que utilizó y la que, por lo inesperada, me hizo quedar atónita. El hecho de que Mariola se presentase a la media hora y fuera directa a empujar ruidosamente la hoja de vaivén no me extrañó en absoluto, y por eso pude arreglármelas para evitarla, aprovechándome desde luego de que nadie preguntó por mí y porque, por el silencio que sobrevino al poco rato, Mariola tenía que haberse marchado ya por la puerta de servicio dando por zanjada definitivamente la cuestión o una vez negociada una prórroga satisfactoria.

Aquel trasiego de personas, siguiendo aquellos protocolos mal que bien pero con fricciones, me ponía de los nervios y no podía librarme de la impresión de estar siempre donde no debería estar, ni lograba dejar de sentir que recibía todas y cada una de las variadas agresiones con las que se suele rechazar al que está estorbando o está de más. Sin embargo, no podía dejar de ver que resultaba sorprendente que al mismo tiempo estuviera obsesionada, y no podía evitarlo, con que esos sentimientos no eran otra cosa que la envoltura o la justificación de la verdad inconfesable en la que yo misma había convertido el hecho de que todas ellas me estorbaban a mí. De algún modo, todo eso no me dejaba sentirme bien porque me impedía agradecer a mi buena o mala estrella el que se las hubiera ingeniado y que se hubiera desvelado por poner a mi alcance mi comida, mi bebida y mi dormida de todos los días, aunque fuera a aquel precio y en aquellas circunstancias. Y, para más inri, todo parecía confabularse para poner en evidencia ante mí, y para impedir que se apartara de mi vista, la imagen siempre peyorativa de todo lo que yo estaría dispuesta a aceptar por cuidar de estar en pie o con esa disculpa.

En todos y cada uno de los días que puedo recordar de mi existencia en este mundo, y nunca estuve muy segura de que no fuera pedir demasiado, yo me he preocupado de disponer de unas horas de soledad, y hasta las he reclamado cuando he podido hacerlo, para buscar en ellas el sosiego necesario en la tarea de vivir, y, en cuanto al resto de mis horas diurnas y nocturnas, hubiera agradecido a todos los dioses que me hubieran permitido elegir la compañía dispuesta a caminar a mi lado para que me proporcionase el placer suficiente que me compensara de cualquier dolor y que me llenase de deseo de seguir viviendo. Tal vez sólo sea que haya buscado un respiro, o quizás solamente sea una figura de mi pensamiento, pero mire adónde mire siempre me veo instalada en un punto en el que me es imprescindible pasar en solitario por la conciencia y la contemplación de lo que vivo, no para corregirlo o modificarlo, ni para aprobarlo o aceptarlo, sino para poder continuar en ello.

Es posible que eso explique la premura con la que Amparito y yo procuramos establecer unos turnos de permanencia obligatoria dentro de la residencia, y que después los transformáramos en correturnos o en algo que se le parecía, con el buen fin de no quedar encadenadas o condenadas, ninguna de las dos, a una privación de libertad con carácter indefinido, siempre en la misma mitad de la jornada y en los mismos días de la semana y en sus mismas noches. Y también es posible que arroje algo de luz sobre el hecho de que aquel orden con el que intentamos estructurar nuestras vidas, para que se relacionaran sin que chocasen entre sí, convirtió el desorden del que partimos en el caos al que conseguimos llegar. Pero fuera porque una de nosotras era culpable de que aquello no funcionase, o porque ninguna de las dos tenía nada que envidiar a la otra en lo de entorpecer la relación que debiera haber sido, o porque toda aquella imaginada organización era una fatua pretensión sin fundamento alguno, el hecho fue que aquello lisa y llanamente no funcionó.

No sé qué agravios hubiera podido presentar, Amparito, en mi contra, es de suponer que demasiados, pero por lo que a mí respecta, y dejando a un lado el que la haya estimado o no todo lo que merecía, yo me pasaba los días disciplinándome o más bien fustigándome en mi afán de poner en escena, en una esquina de la mesa que compartíamos en nuestra habitación, una representación del papel de una mala e inoperante opositora que se forzara a estudiar un anticuado programa de oposiciones al Cuerpo Nacional de Inspección de Trabajo de la Administración del Estado, porque me habían prestado unos libros con las contestaciones a los temas aprobados para una convocatoria anterior. Y mientras tanto Amparito preparaba las suyas, a Cátedras de Lengua y Literatura para Institutos de Enseñanza Media, enseñoreándose del resto de la mesa y de la habitación entera y hasta de mí misma pues, de pie y en voz alta y reclamando imperativamente mi atenta mirada, me leía con carácter previo y necesario aquellos fragmentos que después me comentaría sin que yo pusiera reparo alguno y sin que me diera opción para ensayar otro comportamiento.

Tampoco he llegado a saber si con ello enriquecía o no sus temas, o si sólo le servía para entorpecer la zambullida que yo debería estar obligada a realizar en los míos porque la sonoridad de mi falta de atención hacia lo que ella se traía entre manos la distrajese y la desconcentrase pero, moviéndose por la habitación con la parsimonia de una señora a la que resulta inadecuado mandar a hacer puñetas y saliendo de ella y entrando de nuevo para retomar el hilo de lo que había dejado por decir, trabajaba o mejor dicho esculpía con voz engolada farragosos comentarios sobre la vigencia de las novelas ejemplares de Cervantes o acerca del interés del personaje de la Maga en la Rayuela de Cortázar. Además volvía, una y otra vez, al tema de la fonética de las consonantes, que se le había atragantado porque estaba reñida o tenía una seria dificultad no recuerdo si con las fricativas o con las palatales, y cuando lo recitaba frente a mí, por la intensidad que ponía en su mirada y por lo agudo del tono de su voz, se diría que para hacerse entender tenía que salvar tantos obstáculos y tantos abismos como si yo, la destinataria del discurso, fuera por lo menos un habitante de alguna región remota y aislada de la China, o de la antigua Cochinchina, que se expresara en una lengua dialectal y minoritaria.

Y lo que ocurría en las noches que sucedían a aquellos días, con ella dentro de la habitación que compartíamos, iba minando y corroyendo mi resistencia por dentro y por fuera, con una rapidez que me daba vértigo, porque me mantenían en una perpetua vigilia, y literalmente me sacudían los nervios, los sonidos de la música que Amparito escuchaba en la radio todas las noches sobre todo cuando se trataba de Stravinski. Llegué incluso a pensar, en el colmo de la irritación, que había alguien, en aquellas fechas y en aquella emisora que Amparito sintonizaba, que insistía cada noche en Stravinski tan sólo por crueldad. Por eso ensayé a defenderme, de los dos, poniéndome en los oídos unos tapones que adquirí en una farmacia que había en uno de los bajos del mismo edificio en el que estaba la residencia, y además tomé la determinación de hacerme la dormida cada vez que me llegaba la voz amortiguada de Amparito reclamando mi atención y preguntándome si dormía. Pero no supe encontrar nada para evitar que me cubriera el polvo que caía desde la litera que me hacía de techo, cuando Amparito se removía en ella, como no fuera tapándome completamente hasta la cabeza y rogando por que ella pasara una buena noche y por que tuviera un sueño sin sobresaltos, y me descubrí haciendo todo lo posible para no ser tentada con la fantasía de que nos cambiarían los viejos y polvorientos colchones y para asumir la condición del que está abajo y ha de pechar con la servidumbre de cargar con todo lo que le caiga encima; pero me puse un antifaz para proteger los ojos por si me destapaba durante el sueño.

Los efectos nocivos de aquella manera de vivir no creo que se fueran acumulando en mí, y quién sabe si no se podría decir que hasta me estuvieran ocasionando serios perjuicios, debido a que yo ni disfrutaba de una salud física y mental adecuada, ni estaba adornada con la extraordinaria virtud de la templanza, ni me encontraba en esa edad en la que todo resulta apropiado y oportuno, y que por eso me era tan difícil arrastrar esa vida; porque siempre estuve muy segura de que aquella manera de vivir tendría efectos perniciosos para mí aunque yo estuviera gozando de una salud de hierro en plena gloria de la juventud, y aunque la paloma del Espíritu Santo hubiera puesto todos sus dones a mi disposición incluida la longanimidad, que ya es decir. Aquella vida y yo éramos incompatibles, pues ni había nacido para ese tipo de vida, ni me había preparado para ella después de nacer. Esa era la única razón, y no se le podría dar ninguna otra explicación al hecho, absolutamente cierto para mí, de que tampoco las cosas hubieran sido muy distintas si Amparito y yo, también juntas o incluso con algo de separación, hubiéramos aterrizado en Santa Águeda, la otra residencia que poseía Mariola Vaquerizo, en lugar de haber caído en la avenida del Generalísimo, como lo hicimos; y aunque esta certeza mía se aleje bastante de la opinión que hubiera defendido Amparito, sobre ese mismo punto.

Santa Águeda, a diferencia de nuestra residencia que tenía un régimen propio y muy alejado del de ella, estaba bajo la directa y predilecta dirección de Mariola. Hace al caso hablar de Santa Águeda porque planeaba sobre todas nosotras, y no sólo sobre mí, un sobrentendido que contenía una exigencia, si no explícita sí de obligado cumplimiento, de admiración y de respeto hacia ella por lo que se había establecido que representaba, o por lo que debíamos saber que tenía que representar, cuya imposición mal disimulada me producía una desazón añadida que contribuía a aumentar mis incomodidades, si eso fuera posible; y yo, para ser exactos, ya había podido comprobar que en todas las situaciones siempre se debe esperar que aún cabría más, de lo que sea. No sé por qué la habían puesto bajo la advocación de aquella santa, a la que yo, dentro del santoral de la Iglesia católica y a lo mejor con no mucho acierto, le había asignado una leyenda en la que ella, una jovencita de una familia acomodada, había cortado sus pechos de un solo tajo, milagrosamente limpio e incruento, y después de colocarlos en una bandeja de plata los había enviado a un aguerrido y engreído militar romano que se había atrevido a piropearlos y a acercarse demasiado a sus encantos, y quién sabe cuáles habían sido sus intenciones y si no pudo haberlo hecho hasta con buenos fines matrimoniales. Es bastante probable que yo estuviera confundida en cuanto a la vida de la santa, aunque también podría haber acertado al seleccionar aquella leyenda, pero fue lo que mi mente demasiado fatigada probó como lenitivo, o como placebo, para los respingos que me sacudían cada vez que Mariola se refería a la residencia en la que vivíamos nosotras dándole el nombre de Generalísimo, pues, aun estando en guardia para evitarlos y aunque estuviera convencida de la lógica de llamarla así por la avenida en la que estaba situada, siempre conseguía sobresaltarme porque la modulación de su voz me hacía tomarlo por un conjuro.

Lo que yo podría decir de Santa Águeda se reduce a lo que creí conocer de ella por los relatos que tuve que escuchar de Amparito sobre las cuatro o cinco veces que se había acercado hasta allí sin ningún motivo aparente que no fuera su alambicada cortesía y su irreprimible curiosidad. No creo que hubiera que desconfiar de los golpes de vista de Amparito cuando se referían a que Santa Águeda tenía sus instalaciones en un chalet, rodeado de un amplio patio con zonas ajardinadas, que estaba situado después de haber recorrido un buen trecho una vez llegados al final de aquella prolongación del paseo de la Castellana en la que estaba nuestra residencia. Y todas sus dependencias se distribuían entre sus distintas plantas: un sótano con varios ventanucos al patio y por el que se extendía y repartía toda la zona de servicio; una planta baja un poco elevada, pero no tanto para ser considerada entresuelo, en la que se encontraban el despacho y todos los demás aposentos destinados al uso particular de Mariola, y en la que se ubicaban una sala que hacía de comedor y otras dos salas más, una de ellas reservada para los invitados ilustres o distinguidos y que permanecía cerrada para cualquier otro uso; y también tenía un primer piso con balcones y un segundo piso abuhardillado en los que estaban todos los cuartos asignados para albergar a las residentes, cuyo número nunca llegué a conocer.

Sin embargo, cosa distinta sería la confianza que habría que dar a las informaciones de Amparito sobre las actividades que se desarrollaban en Santa Águeda y sobre lo que pasaba dentro de ella, que habría que tomar con cierta cautela. No obstante, y como todo aquello constituía suficiente causa para aumentar mi desazón aunque sólo lo conociera de oídas, también viene al caso hacer mención de lo que me contó en relación con los actos culturales y las reuniones y cenas privadas que se celebraban en ella, de los que hablaba siempre en términos generales y muy vagos e imprecisos y probablemente con mucho desconocimiento, y que se puede resumir en que Mariola llevaba a cabo una escogida selección de los invitados que asistían a aquellos actos y a aquellas reuniones y a aquellas cenas, y que había mucho interés, nunca me dijo y tampoco se lo pregunté en qué capas de la sociedad ni hasta dónde se extendían geográficamente, por conseguir una de esas invitaciones con las que acudir a ellos para encontrarse con gente importante y para conocer a personas interesantes porque Mariola era única para concertar encuentros y para organizar reuniones con cierta garantía de éxito. A lo que es justo añadir que mucho tiempo después, cuando ya no vivíamos en la residencia ninguna de las dos, una noche me telefoneó para decirme que Mariola Vaquerizo había muerto y que a su entierro, en un pueblo de Murcia, habían asistido centenares de personas importantes o distinguidas o famosas por diversas circunstancias, y que la acompañaron hasta el cementerio siguiéndola a pie y detrás de un cortejo de coronas y de arreglos florales; y no creo que yo esté haciendo méritos para que nadie haga eso por mí.

Mariola pasaba por nuestra residencia una vez al mes sin fecha fija y sin avisar, como si pretendiera sorprendernos, para ajustar las cuentas de los gastos corrientes con la cocinera, que era la persona a la que se las tenía encomendadas, y para cobrar directamente las mensualidades a las residentes. Amparito y yo no interveníamos para nada en la ejecución de sus presupuestos económicos, ni por supuesto en su elaboración, y yo siempre creí que eso era para evitar que cruzase o se detuviera delante de nuestras narices algún dinero de esa procedencia, y contante y sonante, y del que no iría a parar a nuestras manos ni un solo duro en concepto de estipendio. Supongo que por eso Mariola nunca dejaba de poner en eviden

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