PRÓLOGO
LA TELA
He pasado por el lugar que odio y que me odia. Aquél donde ya no soy feliz, aquel que me hizo feliz.
Las curvas, sé cuántas curvas hay desde el último cruce de carreteras. Las voy contando en voz baja. Luego diviso los álamos, los chopos, árboles ahora sin hojas. Dos sauces, el abedul en el que tallé mi nombre de guerra, ¿Boris qué?, cuando era adolescente. («Pudo ser un amor del montón, pero todo el montón era mío.»)
Una paloma torcaz, solitaria, revoloteando a un lado del camino que lleva al Arroyo; que llevaba. Y en lo alto, dos finas columnas de humo sobre el pueblo, humo de chimenea.
Pero mira, me digo, hay musgo sobre el lugar en el que te sentabas a esperar al abuelo Claudio cuando venía de la Vega al Canto. Un musgo ahora húmedo, casi fosforescente cuando de repente se alza el sol y las piedras brillan un poco más.
Pienso en otro musgo: el del belén junto al que juegan mis sobrinos Telmo y Pablo, musgo seco, felices la mañana de Navidad, entre regalos. El mismo belén junto al que jugamos su padre y yo de niños y que parece ahora menos pobre que entre aquellas cuatro paredes de la calle Diego María Crehuet, al llegar a Cáceres, pero igualmente triste, con las patas de la mesa cubiertas por la misma tela que separaba la cocina del saloncito en nuestra casa de Hoyos, en la sierra.
La tela.
Comemos, celebramos, nos reímos junto a ella todos estos últimos días. La tela que odié en cada lugar que visitaba cuando niño… Estaba allí, la tela de la frontera: el mismo dibujo, el mismo tejido: la tela de las casas de Extremadura en 1970.
He estado a punto de llorar, lo confieso, cuando he llegado esta mañana, muy temprano, y aún dormían todos. Los pajes, los camellos, el dios de mentira en su cuna. La harina, árboles llenos de polvo ya, el musgo seco.
(Lo sentimental. Louis-René des Forêts se pregunta por ello en una anotación de su fragmentaria autobiografía. ¿Cómo expresar «lo sentimental» de un modo no gastado?, nos preguntamos con él.
En cierta medida, Cultivos trata de ese asunto.
De preguntas para las que buscamos respuestas nuevas.
Somos ignorantes, vivimos en la ignorancia de muchas «cosas», de muchas realidades. A veces, corderos; otras, elefantes.
Según José Emilio Burucúa, en el vocabulario simbólico de san Gregorio, «corderos eran los simples e iletrados, y elefantes los eruditos. El pontífice decía que los primeros vadeaban sin dificultad el río de las Escrituras, mientras que los segundos, paradójicamente, solían hundirse en las mismas aguas».
¿Puede haber en una misma familia corderos y elefantes? ¿Quiénes ostentan ese «alto grado de la pureza» que cita Ingeborg Bachmann en algunos de sus poemas? Pureza de seres no siempre puros, advierte, de «la última escala de la sociedad, campesinos que ya no tienen papel alguno en esa sociedad».)
¿Somos al mismo tiempo, podemos serlo, corderos y elefantes?
Estáis vosotros, los dos niños, los cuatro niños en estas páginas.
Mi padre, el Casi Anciano, a mi lado, frente al tiovivo invernal, con la escarcha aún prendida en los árboles más altos del paseo, sostiene los globos gigantes, el huevo de chocolate y su juguete.
Y esa música, estridente, hoy soportable porque ellos giran delante de nosotros.
El Extraño, el Inventor de Comodidades Para Apañar Aceitunas se retira de la mesa de la bronca, está cansado. Soy ya otro…
(Mi madre ha vuelto a poner boca abajo la foto del verdadero Boris, Pasternak, que presidía mi antiguo cuarto como si fuera el mejor antepasado.
¿Quién es éste?, pregunta siempre ella.)
La nieve en lo alto del Portillo, cuatro brasas que refulgen a última hora en esta casa de Las Hurdes, mientras camino de nuevo hacia el coche, al abrir la botella de champán entre temblores de fiebre, traen al presente los poemas de Pasternak.
«Si pensamos que, en la civilización de Occidente, aquellas Escrituras fueron por largo tiempo, y quizás siguen siendo, el modelo latente de todo texto o la écfrasis implícita de toda imagen, la parábola de los corderos y elefantes tal vez pueda ser vista como una forma emblemática de explicar las relaciones de diferenciación y de fusión entre las culturas populares y las culturas letradas.»
Cara de Pasternak la de mi abuelo Claudio Marcos Bravo en Las Mestas.
Ha sonreído, ha dicho nosequé y ha mirado a su mujer, Claudia, que encogida sobre sí misma, doblada como una raíz, recoge las últimas patatas, escarba entre las cenizas, lava la ropa, da de comer a los gatos, me besa con fuerza, hasta hacerme daño. Pues no tiene dientes ya y su mandíbula se te clava en la piel y en la carne blandas, todavía sin acné ni barba ni arrugas ni cortes ni cicatrices.
Cara de Maiakovski la de mi abuelo Mónico Rodríguez Amores en Ceclavín.
Bebe un ponche de vino caliente y huevo crudo junto a la lumbre donde cuecen los pucheros. Su mujer, mi abuela, Ángela, la analfabeta, lo mira con rubor (recuerdo esa mirada sobre todas) y murmura para sí.
Están los cuatro muertos.
(Georges Bataille, en Lo imposible: «Esa noche no pensaba en el recuerdo de mis abuelos, a los que la bruma de las ciénagas mantenía en el barro, con el ojo seco y el labio afilado por la angustia; teniendo, por la duración de su condición, el derecho a maldecir al otro, y extrayendo de su sufrimiento y de su acritud el principio que dirige el mundo».)
Tienes la cara de los Rodríguez, dicen a uno de los dos niños esta tarde.
No somos mi hermano ni yo, sino el niño Telmo, que busca un billar toda la mañana, recorre la ciudad buscando ese billar en miniatura, ensaya dos o tres saltos de superhéroegato, lanza una peonza eléctrica, pregunta por los personajes de una película de dibujos animados, sonríe y come, come, para luego volver a sonreír.
(Georges Bataille, ibídem: «Cuando pienso en mi loca angustia, en mi necesidad de ser inquieto, de ser en este mundo un hombre que respira mal, al acecho, como si fuera a carecer de todo, imagino el horror de mis antepasados campesinos, ávido de temblar de hambre y de frío, en el aire enrarecido de las noches».)
Están los cerezos, los castaños, el agua que discurría, como en el poema, rumorosa, las avecillas también de verso, el verdor y las huertas deshelándose.
He creído que viajaba hasta aquí hoy para reconciliarme, pero no es así. Me guardo mis mentiras.
Mi teléfono no tiene cobertura. Querría llamar a mi hermano y decirle: Han pintado una frase de Ronaldinho en la plaza, donde antes, tanto tiempo, estuvo la del Che.
Pero no puedo hacerlo, así que olvido esa conversación (pendiente hasta este momento).
MÁQUINAS DE SUPRIMIR EL TIEMPO
1
En mi tierra llaman acehúches a los acebuches. Injertan los acebuches para que se conviertan en olivos, así que algunos olivares antiguos parecen sembrados por el azar. Allá donde germinó una aceituna… Mis tíos, mi padre, aseguran que los acebuches injertados son muy resistentes y dan mucho fruto, más que las estacas de olivo trasplantadas. He de creerles, pero en ocasiones no quiero creerles. Yo soy el renegado, como dije antes: el Inventor de Comodidades Para Apañar Aceitunas, fui el chico que no quería agacharse demasiado, el que barre los surcos y se guarda del frío con guantes y una cazadora de cuero sobre el mono verde. Soy un extraño en esa tierra cuando hay que trabajar en ella. Me gusta la tierra, pero no me gusta trabajar en ella. Creo que a nadie en sus cabales, excepción hecha de la generación de mi padre, puede gustarle ese trabajo. Es un trabajo demasiado duro.
¿De qué hablan los hijos de los campesinos cuando regresan a la tierra? Ya he dicho que soy un extraño en esa tierra. Aunque es campo de cultivo, en ocasiones me gustaría que sólo fuera paisaje. Espero que se entienda esto. Se arruinarán los cultivos algún día, nadie querrá trabajarla, pero la tierra será la misma tierra. La pena que embarga a todos los mayores cuando hablan de sus viñas es esa: nadie querrá trabajarla, los campos quedarán pusíos.
La palabra rentabilidad es la que le concede o deniega todo futuro. No hay otra con más poder. Lo saben los campesinos. Los más escépticos, algún cínico, añaden «subvención», «subsidio». La Unión Europea es el mesías que todos esperaron en otro tiempo. «Lo ecológico» (las subvenciones establecidas para el cultivo ecológico) es el lema del misterio. Un misterio casi religioso. No se entiende bien esa política (es política en sentido estricto), pero, mientras tanto (hasta que concluyan las ayudas), se cumplirán los mandatos de tal religión: no abonos químicos, no fertilizantes compuestos por… A los campesinos se les escapa la terminología exacta. En la cooperativa traducen las reglas para todos, y éstas se aplican. Un satélite o los helicópteros con sus peritos y asistentes sobrevuelan una vez al año todo el término municipal, fotografían el número de cultivos, sus características. Suman esta, aquella otra estaca que crece, el olivo viejo. Suman (otro funcionario los convertirá en dinero) los árboles que recibirán una subvención. Los campesinos no creen que se les esté regalando nada. Y tienen razón, no sólo sus razones.
Los hijos de los campesinos aliñan sus ensaladas en las casas de Barcelona, de Madrid, con el aceite de la cooperativa. Los abuelos plantan para sus nietos recién nacidos un olivo. El olivo de Telmo, el olivo de Pablo. O lo plantan o lo eligen entre los mejores. En una correspondencia poética, y casi bíblica, el niño comerá y beberá de ese aceite que también lleva su nombre.
Pero la realidad se impone sobre la poesía. Un poeta al que cité antes, Maiakowski, escribió que la barca del amor se rompía contra la vida cotidiana. Más que del amor, hablaba de la poesía, de los ideales y de las quimeras. En mi tierra se habla a menudo de quimeras. La quimera es algo muy
