Un objeto de belleza

Steve Martin

Fragmento

Índice

Índice

Cubierta

Un objeto de belleza

PRIMERA PARTE

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

SEGUNDA PARTE

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

TERCERA PARTE

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Capítulo 62

Capítulo 63

Capítulo 64

Capítulo 65

Capítulo 66

Capítulo 67

Capítulo 68

CRÉDITOS FOTOGRÁFICOS Y COPYRIGHTS

Créditos

Acerca de Random House Mondadori

PRIMERA PARTE

PRIMERA PARTE

Capítulo 1

1

Estoy cansado, muy cansado de pensar en Lacey Yeager, y no obstante me preocupa que si no escribo su historia y la veo encuadernada y ordenada en la librería, no vaya a ser capaz de escribir nada más.

Me apellido Franks. Una vez, en la universidad, Lacey me cogió la cartera y leyó mi carné de conducir en voz alta, y así descubrió que me llamo Daniel Chester French en honor al escultor del monumento a Abraham Lincoln. Soy de Stockbridge, Massachusetts, donde vivió y trabajó Daniel Chester French, y mis padres, americanos de provincia, no comprendían lo ridículo que resultaba llamarse Daniel Chester French Franks. Lacey me contó que también tenía una relación familiar con el arte pero se negó a darme más datos aduciendo: «Es una historia demasiado larga. Ya te la contaré». Teníamos veinte años.

Me fui de Stockbridge, una ciudad a la sombra de su otro ciudadano todavía más famoso, el pintor de la América alegre, Norman Rockwell. Es una ciudad que se siente a gusto con el arte, pero, eso sí, con el arte no demasiado complicado, no con el que se enseña en instituciones educativas tras la secundaria. Mi objetivo, en cuanto descubrí que mis aspiraciones artísticas no venían acompañadas de un talento equivalente, era aprender a escribir sobre arte con claridad y fluidez. No es tan fácil como parece: cada vez que lo intentaba, acababa en un enrevesado embrollo retórico sin salida.

Al terminar la secundaria me mudé al sur, al Davidson College de Carolina del Norte, adonde llegó Lacey desde Atlanta, y allí los dos estudiamos historia del arte y mantuvimos relaciones sexuales una sola vez.

Incluso a la edad de veinte años, la entrada de Lacey en el aula era propia de una estrella de Broadway. Nuestros ojos la seguían por el pasillo, donde tomaba asiento con un experto golpe de melena. Cuando salía de la habitación se producía un momento de desinfle mientras todos regresábamos a la vida normal. Todo el mundo tenía claro que Lacey iba a alguna parte, aunque su camino a menudo dejara un rastro de sangre.

Si alguna de sus amigas pasaba por una crisis, Lacey corría a ayudarla ofreciéndole oleadas de preocupación. Calmaba o incitaba en nombre del apoyo: «Supéralo, cielo» o, a la inversa, «Devuélsela, cielo». Ambos consejos inspiraban a la interesada. Sin embargo, las emociones de los hombres pertenecían a otra categoría. Eran molestias irritantes, malignas pelusas de polvo a sus pies. Tenía un don innato para romper corazones, pero su vitalidad a menudo conseguía que le perdonaran sus fechorías románticas. Ahora, no obstante, ronda los cuarenta años y ya no se la perdona tan fácilmente como cuando su piel era tersa como las rosas.

Me acosté con ella el segundo año. Yo estaba despechado y evité la debacle reconectando más tarde con mis días, con mis horas de noviazgo, por lo que los tentáculos de Lacey no tuvieron ocasión de atraparme. Pero su sentido de la diversión me cautivaba y, una vez me protegí lo suficiente contra sus encantos convirtiéndola en un proyecto científico, pude disfrutar de lo mejor de ella sin dejar atraparme.

Os contaré su historia según la recuerdo, a partir de las conversaciones que mantuve con la gente de su entorno y, por desgracia, de cotilleos: gracias a Dios, una página no es un tribunal. Si de vez en cuando os preguntáis cómo es que conozco alguno de los hechos que relato en este libro, no lo sé. He descubierto que –como en la vida real– a veces la imaginación tiene que sustituir a la experiencia.

Capítulo 2

2

La vida de Lacey y la mía corren en paralelo desde hace tiempo. Cuando teníamos veintitrés años, nuestro interés profesional por el arte nos condujo a ambos a la ciudad de Nueva York en una época en que el mundo artístico se forjaba en los márgenes, como un huracán crece en el mar. Nuestros almuerzos periódicos me mantenían al corriente de sus andanzas. A veces se presentaba en una cafetería de Manhattan con un novio nuevo que debía tolerar mi presencia sin explicaciones y, cuando Lacey iba al servicio, los dos conversábamos a trancas y barrancas mientras el hombre intentaba dilucidar si yo era un ex amante, como él mismo sería en breve.

En agosto de 1993, Lacey se presentó a uno de dichos almuerzos con un vestido veraniego tan transparente que cuando pasó frente a una ventana iluminada por el sol, tuve la impresión de que el vestido se incineraba como la nitrocelulosa. Llevaba el pelo recogido con un pasador de plástico a topos que le quitaba unos cinco años de encima.

–Pregúntame dónde he estado –me dijo.

–Y ¿si no?

Cerró un puño y me lo acercó a la cara.

–Estupendo.

–Vale –dije–. ¿Dónde has estado?

–En el Guggenheim. En una exposición de muebles.

El Museo Guggenheim es la discutible obra maestra de Frank Lloyd Wright que se eleva en espiral en la Quinta Avenida. Discutible porque obliga a inclinarse a todo el que la ve.

–La Metamorfosis Italiana –dije–. He escrito sobre el tema. Demasiado tarde para que me publicaran. ¿Qué te ha parecido?

–Antes me follaría a un italiano que sentarme en una de sus sillas.

–¿No te ha gustado?

–Parece que no me explico. No.

–¿Y eso?

–¿Gusto? –dijo, y luego añadió–: Solo podría mejorarlo una cosa.

–¿Cuál?

–Patines.

Lacey siguió hablando, ajena a las salivaciones que provocaba su vestido. Tenía que saber el efecto que causaba, pero parecía que se lo hubiera puesto por la mañana, sopesando las consecuencias, y luego se hubiera olvidado del hechizo. Jamás apartó la mirada ni la atención de mí, lo cual formaba parte de su estilo.

Lacey hacía que los hombres tuvieran la impresión de que únicamente estaba interesada en aquella refundición única del ADN que eras tú y que, en cualquier momento, solo por lo fascinante que eras, podía acostarse contigo. Incluso se tomaba su tiempo para disfrutar de alguna de tus bromas, como si necesitara un momento para asimilar tanta brillantez, y luego se reía adelantando la cara y mirándote con admiración socarrona como queriendo decir: «Eres mucho más complejo e interesante de lo que había imaginado».

–Acompáñame –dijo después del café.

–¿Adónde?

–A comprarme un traje. Mañana tengo una entrevista en Sotheby’s y necesito deslumbrar.

Nos cocimos al calor de Nueva York hasta que entramos en una tienda más o menos fresca del centro que vendía ropa de segunda mano con clase. La música atronaba mientras Lacey concentraba su atención en una falda ajustada azul marino y la chaqueta a juego. El precio la hizo estremecer, pero no la detuvo. Abrió la cortina del probador y oí el susurro de la ropa. Me imaginé la falda subiendo, la cremallera. Lacey apareció con la chaqueta sin abrochar y nada debajo –lo que creaba un escote lateral– y comenzó a abotonársela delante del espejo, estudiando su aspecto.

–En casa tengo una blusa que pegaría con esto –me dijo entre dientes.

Se enderezó y se quitó el pasador del pelo, de modo que una cascada de cabellos rubios y castaños cayó sobre sus hombros y la hizo madurar al instante.

–Les vas a encantar.

–Más me vale, porque estoy en la ruina. Me quedan siete mil.

–La semana pasada te quedaban tres mil.

–Bueno, si tuviera tres mil estaría jodida. Así que digamos que me quedan siete.

Lacey le dio la espalda al espejo por primera vez y posó con el Donna Karan usado.

–Estás estupenda. Mucha gente de nuestra edad no sabe cómo presentarse para pedir trabajo.

Lacey me miró fijamente.

–No voy a pedir trabajo. Voy a conseguirlo.

Y Lacey se sumó al especiero que formaban las chicas de Sotheby’s.

Sotheby’s y Christie’s, las dos principales casas de subastas de Nueva York, atraían a jóvenes talentos frescos de Harvard y similares. Una especialización en historia del arte tenía preferencia frente a una especialización en creación y, en ambos sexos, se prefería la belleza. Ambas casas querían que sus empleados tuvieran un aspecto magnífico mientras recorrían las concurridas galerías en día de subasta cargados con carpetas, faxes y transparencias. Como pagaban poco, los más jóvenes solían depender de la financiación familiar. A los padres les parecía bien si sus hijos entraban en empresas respetables y trabajaban en un negocio glamouroso, con dinero de todo el mundo flotando en el ambiente. Las casas de subastas no parecían tan aburridas como sus equivalentes financieras de Wall Street, donde los padres imaginaban que sus hijas toparían con techos de cristal y palmadas en el culo.

Sotheby’s era una institución que implicaba acentos europeos e ideas grandilocuentes sobre arte y estética coexistiendo con dinero viejo y nuevo, trajes elegantes y corbatas de seda. Era la Nueva York fresca y pulcra, donde te acicalabas con esmero a diario y trabajabas en un imponente edificio libre de humos y drogas y rebosante de bustos, bronces y billonarios. Lo que los padres olvidaban eran los fines de semana y las noches, cuando sus hijos dejaban a Cézanne y Matisse y bajaban al metro, en el que viajaban para compartir los espacios del centro de la ciudad y hacer exactamente las mismas cosas que habrían hecho de montar un grupo de rock.

El primer trabajo de Lacey fue en los almacenes, catalogando y midiendo cuadros del siglo XIX en un sótano oscuro prácticamente desierto. Desperdició su Donna Karan entre cajas y embalajes, pero mantuvo su vestuario a la altura de las ocasionales visitas a las oficinas de la planta cuarta. Puede que hubiera estudiado arte en una universidad de élite, pero lo esencial lo aprendió en el sótano de Sotheby’s. Subía los cuadros a una mesa forrada de moqueta, los medía por el dorso con una cinta métrica y anotaba todo lo que podía. Les daba la vuelta y apuntaba firmas y monogramas, tratando de descifrar los garabatos ilegibles de los artistas, y escarbaba en los voluminosos diccionarios de referencia, el Myers y el Bénézit, en busca de listados de artistas ignotos para poder informar a sus superiores de una atribución exitosa. Durante el primer año vio la cara y el reverso de miles de cuadros. Aprendió a tamborilear con precisión el dorso de una pintura con el dedo: si el lienzo estaba duro y tieso significaba que había sido reentelado, lo que generalmente era un aviso sobre el mal estado de la pintura. Aprendió a detectar impresiones barnizadas que intentaban pasar por pinturas: una lupa de aumento revelaba los puntitos de la impresora (para decepción del emocionado vendedor que se creía en posesión de un original). Aprendió a distinguir un aguafuerte de una litografía inclinando el grabado bajo una luz potente y buscando sombras delatoras en los surcos de la línea de grabado.

Por lo general los cuadros del sótano eran porquerías; las mejores obras se quedaban arriba, colgadas sobre el escritorio de algún director o en una sala privada hasta que conservadores pertrechados con lupas y luces negras las examinaban mientras Lacey se afanaba abajo entre polvo antiguo cual enanito Mocoso. El tema al que se enfrentaba cada día no eran las manzanas de Cézanne, sino el kitsch decimonónico: monjes bebiendo, niños de la calle vendiendo flores, cardenales riendo, vacas en el campo, gondoleros venecianos, pollitos en los patios de las granjas, pícaros limpiabotas y naturalezas muertas tan mal pintadas que los objetos parecían levitar sobre la mesa a la que se suponía que los unía la gravedad. En sus escasas visitas a las plantas superiores, se serenaba contemplando algún que otro Suerat o Monet y, a veces, un Rembrandt. Sin embargo, en la monotonía de su trabajo en el sótano, Lacey fue desarrollando un instinto que se agazaparía en su interior para no abandonarla jamás: la capacidad de distinguir un buen cuadro de uno malo.

Su papel de figurante en Sotheby’s contrastaba con su protagonismo en los bares y cafés del East Village. Tras el viaje a casa en metro, practicado y perfeccionado, calculado como un ballet –adelantaba un pie y las puertas del vagón se abrían justo a tiempo para acogerla–, Lacey sabía que se acercaban las luces de los bares, las voces altas, la música que se escapaba a las aceras. Mientras recorría a pie las escasas manzanas que la separaban de su piso sin ascensor se sentía la luz más brillante, la estrella que esparcía polvos mágicos a su alrededor. Una vez dentro, se desplomaba de lado en la cama con el teléfono pegado a la cabeza y bebía whisky a sorbitos mientras llamaba a Angela o Sharon o, a veces, a mí.

–Hola… ¡Dios mío, cómo te echo de menos! ¿Dónde estás? Vente al Raku conmigo a comer sushi. ¡Mierda! Perdona, me he derramado el whisky encima. Quedemos… No, ahora.

Raku era el restaurante misterioso del Lower East Side. De proporciones grandes, precios pequeños y nunca más de cuatro camareros con independencia de la hora del día que fuera. Las mesas esperaban a Lacey como los cachorritos de una perrera a un nuevo amo. Llegaba a las siete y se sentaba sola.

Estaba igual de a gusto sola que acompañada. A solas, era un potencial; con otros, estaba realizada. Sola, se contenía; su energía magnética oscilaba a su alrededor. En compañía, ataba con lazos invisibles al resto de los presentes; cuando se alejaban, tiraba de ellos. Sabía a quién le iba mejor que a ella, qué hombre se molestaría en seducir solo para demostrar que podía. Era un comandante al tanto de la ubicación de todos sus barcos.

En el East Village se mezclaban la vida tranquila y la vida ajetreada y, en ocasiones, de manera indistinguible. Los actores se reunían y charlaban en bares cutres mientras los veteranos para quienes el anuncio luminoso de cerveza no era una pieza de colección kitsch sino simplemente un anuncio de cerveza luminoso se sentaban en los taburetes ajenos al hecho de que, ese año o quizá el siguiente, serían expulsados de un vecindario cada vez más joven. A veces la clientela nueva encendía torpemente algún cigarrillo y Lacey se unía al grupo.

La escena del arte contemporáneo era el barrio de la orilla izquierda por oposición al mundo del arte de la zona alta, que era la orilla derecha. La conexión de Lacey con la primera derivaba de los numerosos pluriempleados que vagaban por los bares: artista y pintor de brocha gorda, artista y trabajador de mudanzas, artista y músico. Uno de sus favoritos, Jonah Marsh, ostentaba una etiqueta más rara: artista y disc-jockey. Podría haber sido un buen artista pero pintaba cuadros que, por mucho que los cambiara o desarrollara, siempre parecían derivar de la obra de un pintor mejor. Sin embargo, como disc-jockey era guapísimo. Una noche en un bar, mientras pululaba alrededor de Lacey intentando aparentar ser listo, divertido, impetuoso, escandaloso, patético, cualquier cosa con tal de llevársela a la cama, bueno, pues Lacey cedió y le dijo: «Mira, solo quiero un rollo». Fueron a casa de Lacey y después él, muy convenientemente, dijo «Tengo que madrugar» y se marchó, para alivio de Lacey.

Capítulo 3

3

Un martes, el riesgo de muerte por inanición empujó a Lacey a darse el gusto de entrar en el comedor de Sotheby’s, una sala con elegantes sándwiches empaquetados amueblada con mesas de fórmica y con precios propios de la zona alta. Allí el personal se mezclaba con los jefes de departamento y a Lacey no le costó discernir a una clase de la otra a partir de la tela de los trajes. Los jefes de departamento solían ser menos atractivos que los empleados, puesto que se les contrataba por su experiencia, no por su glamour, y acostumbraban a tener menos ojeras que los trabajadores a los que mandaban corriendo de una planta a otra. En una mesa estaba Cherry Finch, jefa de Pintura Americana, y en otra Heath Acosta, jefe de Pintura Europea, muy peripuesto con corbata y traje gris y sentado con quien, a todas luces, era un cliente. A todas luces por su pelo negro y rizado y embadurnado de algo. Su tez mediterránea y la camisa de seda abierta proclamaban a las claras que no trabajaba en Sotheby’s. Tenía treinta y pico años, era extranjero y lo bastante atractivo para que la crítica interior de Lacey no objetara nada a su indumentaria de ligón.

Los ojos del cliente se posaban regularmente en Lacey. Ella comía cada vez más despacio, intentando detener el reloj antes de quedarse sin excusa para seguir allí. Al final, después de pagar la cuenta, Acosta y el cliente se acercaron a la mesa de Lacey.

–Hola. Te tengo vista, pero no nos han presentado. Soy Heath Acosta, de Pintura Europea.

–Pues entonces eres mi superior, como el resto de la empresa. Me llamo Lacey Yeager. Trabajo abajo, en el Hades.

–Ah, en almacenes.

–De ahí mi ausencia de bronceado.

El cliente metió baza:

–Mejor eso que tener la piel como el cuero con cuarenta años. Hola, soy Patrice Claire. –Tenía la cara de color bronce botella y un acento francés que sorprendió a Lacey, que se esperaba a alguien de Oriente Medio–. ¿Te gusta la pintura europea?

–Algún día acabará por gustarme.

–Quizá no has visto las obras adecuadas –repuso Patrice. Y luego se dirigió a Acosta–: No es justo que tengáis un grupo solo para los impresionistas. ¿Acaso no son europeos?

–Los impresionistas son demasiado caóticos para nuestros coleccionistas europeos.

–Bueno, pues entonces tampoco me gustarían –dijo Lacey.

La expresión de Patrice indicó lo contrario.

–¿Has estado en alguna subasta? –preguntó Acosta.

–No sabía si podía…

–Ven a la venta de pintura europea de la próxima semana. A las diez. El jueves. Ese día te dejamos que no bajes al Hades.

–¿Hay que ir pronto para coger sitio? –preguntó Lacey.

–No, por Dios, para los europeos no. La recesión se ha encargado de arreglarlo.

Acosta dio media vuelta para irse y Patrice añadió:

–Ten cuidado de no toser, estornudar ni rascarte.

Lacey no tenía la menor duda de que la visita a su mesa había respondido a una petición de Patrice para establecer contacto con ella y verla de cerca. Lacey le devolvió una mirada que indicaba que podría follársela pero tendría que trabajárselo un poco primero.

Capítulo 4

4

El jueves por la mañana Lacey se sentó en una de las sillas plegables de la venta europea. La sala estaba a mitad de su capacidad y el rumor excitado de una subasta en directo iba apagándose con cada paleta alzada con desgana antes de la marcha prematura de los compradores. El mercado del arte se había derrumbado hacía pocos años y todavía intentaba recuperarse. En 1990 el período de auge había terminado pero, hasta entonces, habían vendido a los japoneses cargamentos de pintura francesa menor embalados y despachados a toda prisa antes de que los compradores cayeran en la cuenta de que, tal vez, su ojo para el Impresionismo no era del todo bueno. Sotheby’s, Christie’s y marchantes de toda la avenida Madison habían encontrado un depositario para sus cuadros de segunda y tercera categoría y todos temían el momento en que los japoneses decidieran vender los Pissarro más grises y los Renoir más suaves y esponjosos –que colgaban orgullosamente en centros comerciales para impresionar a la clientela– y reconocieran que se la habían colado. Afortunadamente el crac del mercado del arte proporcionó a los marchantes la excusa para eludir apremiantes peticiones de recompra cuando los japoneses descubrieran lo malas que eran las pinturas que habían adquirido: «Uy, es que la economía se ha ido al garete».

Lacey presenció el desarrollo de la subasta preguntándose cómo era posible que la gente se gastara veinte mil dólares en un apunte de un español desconocido con tres nombres. Observó a Heath Acosta resplandeciendo a un lado de la sala, pero no logró imaginar el motivo de su expresión radiante. Los demás cuadros no se vendieron. Probablemente Acosta intentaba poner buena cara a una venta desastrosa. Lacey contempló cómo cuadros a los que se había aficionado en el almacén no recibían el trato merecido, por lo que regresarían al sótano, donde esperarían a que sus decepcionados dueños los reclamaran.

Le tocaba el turno a un cuadro de un concurrido vestíbulo del teatro al final de una representación, obra de James Jacques Joseph Tissot. Hombres con sombrero conducían a sus jóvenes acompañantes hacia la salida; las mujeres lucían vestidos fastuosos y tocados informales que costaban tanto como los carruajes y flotaban bajo nubes de pieles. Tissot era el maestro de una temática pequeña –los ricos– y envolvía a las mujeres en metros de tela y las pintaba en pleno aspaviento mientras desembarcaban, holgazaneaban en parques o se sentaban ante ventanas con vistas al mar.

La Mondaine, de James Tissot, 1883-1885 (148,08 × 102,87 cm)

Aquel Tissot en concreto estaba valorado entre quinientos mil y setecientos mil dólares. Se produjo un pequeño revuelo cuando el expositor giratorio lo mostró al público; tenía buena pinta. Si no se vendía, a Acosta le costaría conservar su máscara de felicidad. La puja abrió en trescientos cincuenta mil y no se levantó ninguna paleta. Acosta no se inmutó. Escudriñó la sala, luego asintió y el subastador anunció: «Ofrecen trescientos cincuenta mil». Enseguida fueron cuatrocientos mil. Luego, cuatrocientos cincuenta mil. Después el subastador se arriesgó: no más incrementos de cincuenta mil. Seiscientos mil. Setecientos mil. El cuadro alcanzó el millón, luego el millón y medio y después, de nuevo en incrementos de cincuenta mil dólares, terminó vendiéndose por dos millones de dólares.

¿Se trataba de un caso excepcional o la recesión del arte comenzaba a remitir? ¿Sonreía Acosta porque estaba al corriente de pujas secretas por el Tissot? A menudo los subastadores conocían de antemano lo que alguien estaba dispuesto a pagar. Lacey se fijó en que, a medida que las pujas subían, se le iba acelerando el pulso, como si la hubiera atravesado un rayo afrodisíaco.

Esa noche llamó a Jonah Marsh, el disc-jockey guapo, y quedaron a última hora en el MoMA. Estuvieron viendo cuadros hasta que Lacey recargó el ardor matinal y por fin se lo llevó a casa. Cumplido el procedimiento sexual de rigor –romper la inhibición, contorsiones, palabras al viento y sudores con intercambios justos por ambas partes– Jonah se marchó grogui, ahorrándole una vez más a Lacey la pesadez de la charla poscoital. Ella se bebió un oporto y miró por la ventana, una ventana todavía mugrienta de los residuos invernales, y revivió la subasta de la mañana. Un millón, un millón y medio… dos millones. Alguien había sacado una tajada grande, inesperada. De ahí que se preguntara: ¿podría ella ganar dinero con el arte, dinero como el del Tissot?

Comenzó a mirar los cuadros de Sotheby’s de otro modo. Se convirtió en una calculadora eficiente. El flujo interminable de cuadros que pasaba por la casa de subastas la ayudó a desarrollar la capacidad de calcular su valor. En la biblioteca de Sotheby’s podían consultar los récords de subasta y, cuando llegaba una pintura notable, Lacey buscaba diligentemente su historial en el Índice de Precios del Arte. Tenía en consideración el estado de conservación, el tamaño y la temática. Había visto que una muchachita de Renoir valía más que una vieja del mismo pintor. Un paisaje del oeste americano con cinco tiendas indias valía más que uno con una sola tienda. Si un cuadro había salido recientemente al mercado sin llegar a venderse era menos codiciado. Un cuadro que no se había vendido espantaba a los compradores. ¿Por qué nadie lo quería? En el negocio se decía que estaba «quemado». Una vez quemado el cuadro, el propietario tenía que reducir drásticamente el precio o conservarlo otros siete años hasta que se borrara de la memoria. Cuando Lacey comenzó con estos cálculos, entró en un terreno del que era difícil regresar: empezó a convertir objetos de belleza en objetos de valor.

Capítulo 5

5

Lacey sabía que yo estaría por la zona alta e insistió en que me pasara a almorzar por Sotheby’s. Tenía que enseñarme algo, dijo. Quedamos en la cafetería de Sotheby’s y conseguimos una mesa soleada en un rincón.

–¿Quieres ver un cuadro de mi abuela? –preguntó Lacey.

–¿Es una pregunta con trampa?

Hundió la mano en el bolso de boc

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