RELACIÓN DE PERSONAJES
ADAMA, Atanasio: dominico, mentor del futuro obispo Carrasco.
ANDRADE, Ana de: cómica, amiga de Catalina.
ANSELMO, fray: tutor de Diego de Cárdenas.
ARNEDILLO, Clara: cómica en Madrid.
ARRIAGA, Javier de: confesor de la madre Santiago de San Blas.
ATARES, Suero de: hombre de confianza de don Benito de Cárdenas y ayo del hijo de éste, Diego.
AVICENA: médico árabe, autor del El libro de la curación.
AYAMONTE, Florencio: miembro de la familia gitana que acogió a Catalina. Marido de Tarsicia.
AYAMONTE, Manuel: hijo del anterior.
AYAMONTE, Tomé: hermano de Florencio.
BASTOS, Nuño: informante del caso de don Martín de Rojo.
BLAS: jardinero sordomudo de San Benito.
BLASILLO: hijo del anterior. Compañero de juegos de Catalina.
BORBÓN, Isabel de: futura mujer de Felipe IV.
BUCKINGHAM, lord: acompañante del príncipe de Gales cuando éste viajó a Madrid como pretendiente de la infanta María.
CALDERÓN, María: la Calderona, amante de Felipe IV y madre de don Juan José de Austria.
CALDERÓN DE LA BARCA, Pedro: dramaturgo. Autor del auto sacramental La hidalga del valle representado en la feria de Carrizo.
CALDERÓN, Rodrigo: marqués de Sieteiglesias y conde de Oliva.
CAMPUZANO, Matías: amigo de Cristóbal López-Dóriga.
CÁRDENAS, Benito de: marqués de Torres Claras. Padre de Diego.
CÁRDENAS Y ENRÍQUEZ, Diego de: hijo del anterior.
CARRASCO Y MALDONADO, Bartolomé: obispo de Astorga y secretario provincial del Santo Oficio.
CASTELOBRANCO Y ANTUNES, Manuel: erudito y bibliófilo lisboeta.
CEPEDA Y AHUMADA, Teresa: santa reformadora del Carmelo.
CERVANTES SAAVEDRA, Miguel de: autor de El Quijote.
CIFUENTES, Antón: lacayo en San Benito. Casado con Casilda Peribáñez.
CONTRERAS: capitán.
CORDERO, María: dueña de una mancebía y amiga de Tarsicia.
CÓRDOBA, María de: comediante.
CRISÓSTOMO, fray: dominico del Santo Oficio.
CRUZ, sor Gabriela de la: prefecta de novicias en San Benito. Luego priora.
CUARESMA, Mateo: nombre falso de Josué Yed-Amircal.
DÍAZ ALONSO: paje de Diego de Cárdenas en Benavente.
DÍAZ, Bartolomé: marino y descubridor portugués.
DOROTEA: prostituta de la mancebía de María Cordero.
FELIPE III: rey de España (1598-1621).
FELIPE IV: rey de España (1621-1665).
FLEITAS DE ANDRADE, Sebastián: portugués y familiar del Santo Oficio. Caballero de Alcántara.
FLORENCIO, Jerónimo: eclesiástico.
FONTES, Beatriz de: esposa de don Martín de Rojo e Hinojosa.
GALLASTEGUI, Javier: jesuita.
GERUNDIO, fray: capellán de San Benito que fue sucedido por el padre Rivadeneira.
GÓMEZ, Catalina: protagonista de la novela.
GÓMEZ DE LEÓN Y URBINA, Andrés: médico. Víctima del Santo Oficio.
GÓNGORA Y ARGOTE, Luis de: poeta.
GUILLERMINA, sor: hermana enfermera en San Benito.
GUZMÁN Y PIMENTEL, Gaspar de: duque de Sanlúcar la Mayor y conde de Olivares (luego conde-duque). Valido de Felipe IV.
HILDEFONSA, sor: hermana cocinera en San Benito.
HURTADO DE MENDOZA, Antonio: autor de Cada loco con su tema.
JUÁREZ, Orlando: jesuita.
LACALLE, Marcelino: hijo de Marcelo Lacalle.
LACALLE, Marcelo: correo del Santo Oficio y esposo en segundas nupcias de Leonor.
LACRI-MADEI GONSÁLVEZ, Jacob: judío condenado a la hoguera, antepasado de los Rojo.
LAGARTEARE: profesor de danza de Diego.
LAÍNEZ, Alonso: comerciante que obtuvo una baronía, deudo de don Benito de Cárdenas.
LANDERO, Cosme: provincial de los jesuitas en Madrid.
LAURENCIA: criada septuagenaria del doctor Gómez de León.
LEONOR: esposa de Marcelo Lacalle. Camarera de Beatriz de Fontes.
LÓPEZ-DÓRIGA, Cristóbal: hijo del marqués del mismo título. Amigo de Álvaro Rojo.
LORENZO: encomendado de la casa de Cárdenas.
LUJÁN, María: partrera del doctor Gómez de León.
LUTERO, Martín: heresiarca alemán.
MENDOZA, Antonio de: noble, padre de la bella Elena.
NARVÁEZ, Luis: profesor de esgrima de Diego de Cárdenas.
NAZARIO, Andrea: arquitecto italiano autor del palacio episcopal de Astorga.
OQUENDO, Antonio de: marino guipuzcoano.
OSORIO, Elena: cómica.
PACHECO, Pedro: maestro de esgrima en Madrid.
PÉREZ, maese: maestro armero.
PERIBÁÑEZ, Casilda: recogida de San Benito y amiga de Catalina.
PERIBÁÑEZ, Rafael: primo de Casilda. Carretero.
QUEVEDO Y VILLEGAS, Francisco de: poeta y dramaturgo.
RICHELIEU: cardenal francés, enemigo de Olivares.
RIQUELME, María: cómica, esposa de Manuel Vallejo.
RIVADENEIRA Y ANTÚNEZ, Julián: segundo capellán de San Benito.
ROJAS ZORRILLA, Francisco de: dramaturgo, autor de Cada cual lo que le toca.
ROJO, Bernardo de: padre de don Martín y doña Camila.
ROJO, Elvira de: hija de don Martín de Rojo.
ROJO, Sancha de: hija de don Martín de Rojo.
ROJO, Violante de: hija de don Martín de Rojo.
ROJO E HINOJOSA, Martín de: hidalgo y protector de San Benito. Tutor de Catalina.
ROJO E HINOJOSA, Camila de: hermana del anterior. Priora de San Benito.
ROJO Y DE FONTES, Álvaro: hijo de don Martín.
ROSA, Pedro de la: comediante de Madrid, amigo de Tarsicia.
RUIZ DE ALARCÓN, Juan: dramaturgo.
SANTIAGO DE SAN BLAS, madre: última priora de San Benito.
SANTO ESPÍRITU, Leocadia del: nueva prefecta de novicias en San Benito.
SILVA Y VELÁZQUEZ, Diego de: pintor y aposentador real.
SOLÍS, doctor: cirujano retirado en Valladolid.
SOTOMAYOR, fray Antonio de: confesor del rey.
TARSICIA: gitana, esposa de Florencio Ayamonte.
TÉLLEZ, Gabriel: dramaturgo. Conocido también como Tirso de Molina.
TOB, Sem: escritor judío, autor de los Proverbios morales.
TORAL, marqués de: yerno del conde Olivares.
TORNOS, conde de los: uno de los mejores lidiadores de Madrid.
ÚBEDA, Francisco de: informante de órdenes militares.
ÚRSULA, madre: monja de San Benito.
VEGA CARPIO, Félix Lope de: poeta y dramaturgo.
VILLAMEDIANA, conde de: don Juan de Tasis. Presunto amante de la reina.
VILLANUEVA, Jerónimo de: protonotario de Aragón.
YÉBENES, Fermín: herborista de Ponferrada.
YED-AMIRCAL, Elías: judío de Estambul.
YED-AMIRCAL, Josué: hermano del anterior.
NOTA DEL AUTOR
Me he permitido dos licencias, que paso ahora a explicar a fin de no defraudar a los estudiosos del tema. Primero: he cambiado a mi conveniencia algunas fechas para que los hechos de mi historia cuadren mejor. Segundo: he intentado que mis personajes hablen, de alguna manera, el castellano de la época de un modo inteligible. He aplicado a la narración un barniz del tiempo en el que esos personajes vivieron, con el fin de dotarla de una mayor propiedad.
A mis raíces: mis padres y mi hermana Josefa,
que desde donde están me han ayudado siempre.
A mis tres hijos, Adela, Santiago y Víctor,
que tanto quiero.
A Cristina, Nacho, Beatriz y Jacobo,
que me escogieron como padre.
Y a Cris, mi mujer,
que se echó a los hombros el peso de mi casa
para que yo pudiera realizar un sueño
AGRADECIMIENTOS
A Pilar Soler y colaboradores. Sus notas y observaciones sobre las medicinas de la época fueron para mí de un valor inestimable.
A Nenuca Daganzo. Mi copista predilecta, gracias desde aquí por tu interés.
Al doctor Juan Antonio Vanrrell, que me asesoró en todo lo referente a los temas del mar.
A mi cuñado, el doctor Jorge Barbat, que me introdujo en el mundo de la informática.
A Carlos Suris, que me ayudó en lo relativo al mundo del caballo.
A José Fabra y Amparo. Gracias por todo.
A Jaime Iturriaga. El mundo de los Austrias en el Madrid de Felipe IV te lo debo a ti; fue para mí una revelación.
A los lectores del manuscrito. Por su valioso tiempo y mejor consejo.
Lucía Lafita.
Cristina Valentí.
Ana Mercadal.
Elena Gibernau.
Juana Bruguera.
Juan Carlos Calero.
Enrique Illa.
Andrés de Muller Barbat.
El uso que hice de toda esta información es de mi única responsabilidad.
UN HIDALGO
Ufano de su talle y su persona,
con la altivez de un rey en el semblante,
aunque rotas quizá, viste arrogante
sus calzas, su ropilla y su valona.
Cuida más que su hacienda su tizona,
sueña empresas que olvida en un instante.
Reza con devoción, peca bastante
y en lugar de callarlo, lo pregona.
Intentó por su dama una quimera
y le mataron sin soltar la espada.
Sólo quiso al morir que se le hiciera,
si algo quedó en su bolsa malgastada,
una tumba de rey, donde dijera: «Nació para ser mucho...
y no fue nada».
ENRIQUE LÓPEZ ALARCÓN
Prefacio final
La reverenda madre Santiago de San Blas agonizaba. Todo el monasterio de San Benito parecía intuir el inminente desenlace, y tanto las personas como los animales y aun las cosas permanecían expectantes; un ruidoso silencio lo presidía todo, y los sonidos eran los justos y necesarios para cada circunstancia. Lo que era y representaba la reverenda madre lo demostraba la pequeña multitud de lugareños que, en cualquier medio de transporte, habían acudido a las puertas del convento a la espera de no se sabía, concretamente, qué cosa; caballos, acémilas, burros, carricoches, alguna que otra galera, todo servía para que hombres, mujeres, niños, campesinos, algún pequeño hidalgo, criados, escuderos, lacayos de casas solariegas, arrieros allí hubieran coincidido sin ser avisados por nadie y traídos, únicamente, por las noticias que lleva el viento y que las gentes sencillas, agradecidas y de corazón limpio, perciben al punto.
Los alrededores del lugar estaban atestados y ni tan siquiera los niños se atrevían a organizar sus ruidosos juegos. Las gentes esperaban. En circunstancia tan especial, la iglesia del convento permanecía abierta y veinticinco monjas de las treinta y tres que formaban la comunidad, más todas las novicias y postulantas y asimismo las dieciséis recogidas, rezaban sin cesar los quince misterios del santo rosario.
En la celda de la moribunda, el resto de la comunidad oraba a los pies de la cama en tanto la prefecta de novicias y el muy anciano padre Javier de Arriaga, sacerdote jesuita, confesor de la monja y cura del monasterio, lo hacían atentos a la enferma, junto a un costado de la cabecera, mientras en el otro el doctor Ruy Pablos acercaba una astilla encendida que sostenía en su diestra a la pupila del ojo derecho de la moribunda, cuyo párpado superior mantenía abierto con la yema del dedo pulgar de su otra mano, para ver si dilataba. Una aspiración más profunda que las demás, una parada, otra aspiración y la expiración total del aire de los pulmones, que al salir emitió un gorgoteo especial... La monja y el sacerdote se miraron y después dirigieron su mirada al físico.
—La reverenda madre ha dejado de sufrir —dijo éste.
La madre Santiago de San Blas había exhalado el último suspiro, y sin embargo había oído perfectamente la última frase del doctor Ruy Pablos. Su corazón había dejado de latir, pero el cerebro seguía emitiendo una leve corriente, suficiente para que su pensamiento aún no remitiera; tenía segundos, a lo mejor ni tan siquiera enteros, quizá fracciones, para revisar en un instante su vida y pedir por última vez perdón a Dios a través de su Santísima Madre, de la que fue siempre muy devota. Como en un calidoscopio gigante, pasaron ante ella todas las situaciones y momentos en los que tuvo que tomar decisiones terribles que afectaron tanto a ella como a personas cuya trayectoria vital hizo que le fueran próximas. Pensó que obró bien y mal, pero que sin embargo el Señor, al que tanto deseaba ver, sabría, en su misericordia infinita, hacer balance de sus actos; jamás creyó que nadie se condenara o salvara por una sola acción... Allá arriba sumarían y restarían y el saldo final sería lo importante. El carácter forjaba el destino de las personas y nadie nacía escogiendo el suyo. ¡Y a fe que a ella le había correspondido uno harto singular! Lejos, muy lejos, una campana tocó a difuntos; su curiosidad y su esperanza, por un igual, vencían una vez más a su angustia, segura como estaba de que sus santos patronos Santiago y Blas la introducirían ante la presencia del Altísimo y de toda la corte celestial. El gran momento se aproximaba, su alma iba a encontrarse con el Gran Hacedor... y no sentía temor alguno. De nuevo en San Benito redoblaron las campanas. La reverenda madre ya no pudo escuchar el último tañido. La gran campana tocó a difuntos toda la noche...
El parto
—Vuesa merced ha sido padre de otra niña.
Al dar la noticia, la poblada barba del doctor Gómez de León temblaba ligeramente; ante él, la figura imponente de don Martín de Rojo e Hinojosa se cernía negra y grave.
—¿Estáis seguro? —indagó el hidalgo.
—Cómo no voy a estarlo, comprenderá vuecencia que esas cosas son evidentes.
Don Martín alzó la vista y su mirada abarcó todo el aposento intentando vencer la penumbra dominante. Dos grandes ambleos con sendos hachones encendidos y un gran candelabro de doce bujías eran los únicos puntos de luz de la estancia, ya que un pesado cortinón de terciopelo adamascado tapaba el único ventanal de policromados vidrios emplomados que podía haber aportado luz al conjunto; al fondo, en una cama con baldaquino, descansaba sudorosa y agitada doña Beatriz de Fontes, su esposa, que para acrecentar su desgracia le había dado, con esta última, cuatro hembras y ningún varón que perpetuara su ilustre aunque apolillado linaje. A la derecha, de un gran caldero de cobre colocado sobre un arcón salía un humillo blanquecino que olía a cardamomo y eucalipto, y al que de cuando en vez se acercaba María Luján, la partera, para meter en él trapos de hilo secos y sacar otros húmedos que, una vez escurridos, aplicaba a la frente de la parturienta.
Al otro lado del lecho una monja con hábito de San Benito, robusta y arremangada, atendía sobre una mesilla de cuero, de tijera, a la criatura que berreaba fuertemente quejándose ya del recibimiento que el mundo hostil le deparaba. Sobre la cabecera del lecho, un cuadro de la Virgen con el Niño Jesús en brazos. Cuando la neonata estuvo fajada, desengrasada y limpia, la monja la tomó en brazos y se dirigió confianzudamente a don Martín:
—Lo lamento, hermano, pero los designios del Señor son inescrutables... Al nacer todos tenemos marcado nuestro destino.
El hidalgo regresó al mundo desde sus compartimientos mentales y sus ojos se fijaron en la criatura, sin casi verla.
—Por lo menos, ¿está completa? —indagó.
—Y como veréis, hermano, tiene buenos pulmones. —La madre Teresa, priora del convento de San Benito, y don Martín de Rojo eran hermanos—. ¡Ah! Por cierto... observad.
La monja se aproximó a la luz del gran candelabro y desnudando a la criaturita le mostró algo.
Don Martín, acercándose, posó la vista donde le indicaba la monja; bajo la tetilla izquierda de la niña se podía ver una señal que parecía un pequeño ojo que lloraba tres lágrimas escarlata.
—La marca de origen de la familia —susurró la priora.
—Pero no en el lugar habitual. ¿Qué habré hecho yo para merecer tanta desgracia? —apostilló el hidalgo.
—Si me permite vuecencia. —La voz del doctor resonó a su espalda; volviose don Martín lentamente sin decir palabra y alzó, interrogantes, sus pobladas cejas—: La señora os reclama a su lado.
El doctor abrió la marcha hacia el lecho, seguido del confundido padre, en tanto que la monja, luego de volver a vestir a la niña y entregársela a la comadrona, hacía lo propio por el otro costado.
La parturienta, muy debilitada y con grandes ojeras, aguardaba a que se aproximaran; cuando don Martín llegó a su lado, ella le tomó la mano y acercándosela a los labios la besó; luego, como excusándose, añadió:
—¡Perdonadme, señor, soy un monstruo! No sé engendrar varones.
Quedose mudo el hidalgo en tanto que al otro lado del tálamo resonaba la voz de la priora:
—Ahora descansad. El Señor escribe con renglones torcidos...
—Dice bien la reverenda madre —terció el doctor Gómez de León al ver la agitada respiración de doña Beatriz—. Ahora debéis reponer fuerzas, ya que os espera una dura tarea.
—A todos sin duda —remarcó el hidalgo desasiéndose de la mano de su esposa y saliendo del aposento seguido de su hermana, en tanto que el doctor se quedaba indicando a la comadrona las pócimas que debía suministrar a doña Beatriz y los cuidados que requería la criatura que, al parecer y ante la potencia de su llanto, no serían otros que cuidar de que estuviera limpia y debidamente alimentada.
Los Rojo
La familia Rojo era oriunda de León y tenía tanta alcurnia como pocos dineros. Cuatrocientos años antes, un antepasado de don Martín había comandado la caballería en la gloriosa jornada de las Navas de Tolosa, y uno de sus tatarabuelos fue lugarteniente de Portocarrero en los días azarosos de la conquista de México; sin embargo, reveses de fortuna y lances desgraciados habían mermado notablemente sus arcas, y los tiempos eran malos. Un gran incendio devastó el palacete familiar, y la casona actual, aunque sólidamente construida y debidamente blasonada, no estaba a la altura de la anterior. Las rentas eran escasas, los renteros pagaban tarde, mal o nunca y la carcoma endémica no era, precisamente, actual y se arrastraba ya de tiempos lejanos.
Don Bernardo, su progenitor, que era hijo de Carrión de los Caballeros, había enviudado de su primera esposa doña Catalina sin tener descendencia. Y siendo todavía joven y necesitando su hacienda y su persona de una esposa capaz, que hiciera todo lo que a él no le gustaba realizar, que excepto cazar y holgar con todas las mozas de sus pedanías era casi todo, desposó en segundas nupcias a doña Teresa de Hinojosa, de familia acomodada, aunque de la baja nobleza, la cual aportó a la boda una dote que alivió su escaso peculio. Doña Teresa fue una buena esposa y dio a don Bernardo dos hijos: Martín, el primogénito, cuyo nacimiento llenó a don Bernardo de alegría, y luego a los seis años una niña, a la que recibió sin muestras excesivas de contento. Nació ésta el día de san Camilo, y con ese nombre la bautizaron. Ambos niños crecieron y compartieron juegos, secretos y travesuras, y al ser ella menor que el muchacho, lo hizo su ídolo sin que esto fuera obstáculo para que, casi siempre, impusiera ella su personalidad y su fuerte carácter sobre el de su hermano. Un día, en mala hora, don Bernardo cayó del caballo a la vuelta de una de sus correrías por los moceríos de los alrededores, golpeándose en la nuca con tan mala fortuna que quedó lisiado de por vida y amarrado a un sillón. Su carácter, de por sí adusto, se fue agriando lentamente y se tornó imposible. Doña Teresa no tuvo otro remedio que tomar en sus manos la responsabilidad total de la hacienda. Cinco años, todavía, alargó su vida el hidalgo; en el sillón junto a la ventana que daba al bosque de abedules pasaba las horas con la mirada perdida en la lejanía. El joven doctor Gómez de León lo visitaba con frecuencia e intentaba entretenerlo con sus chanzas y con las noticias que llegaban de la Corte. Era inútil, don Bernardo no se interesaba por nada; cayó en una profunda melancolía, y una mañana cuando doña Teresa se disponía a levantarlo para, con ayuda de un criado, llevarlo a su sillón, encontrose que el hombre tenía paralizada toda la parte derecha del cuerpo y casi no alentaba. Llamaron de urgencia al físico, que acudió presto, pero ya no hubo nada que hacer... únicamente suministrarle el santo viático.
Martín tenía ya once años y Camila cinco; su intuición de niños detectó que algo desacostumbrado estaba sucediendo en la casa, y como nadie parecía tener tiempo de ocuparse de ellos se colaron en la oscura estancia y se escondieron entre el armario y el postigón de la ventana, que casi los ocultaba totalmente. Desde allí presenciaron sucesos extraordinarios: primero fue el médico vestido con una larga hopalanda negra y al cuello la cadena de plata que sujetaba el medallón que acreditaba sus conocimientos, acompañado de un ayudante que portaba su maletín que, sacando de un frasco de vidrio unos bichejos repugnantes, los colocaba en las orejas de don Bernardo hasta que al poco se hincharon como pequeños globos; luego fue su confesor, al que doña Teresa había avisado, el que untando su dedo pulgar en el aceite de un pequeño frasco iba haciendo cruces en la frente, los ojos y la boca del moribundo para después, con un hisopo, rociar de agua bendita todo su cuerpo en tanto rezaba unos misereres y el monaguillo hacía sonar una lúgubre campanilla. Todo fue inútil. Los niños no lo pudieron ver, porque al fin una aya se los llevó, pero al cabo de tres horas don Bernardo, el gran fornicador de aquellos pagos, entregó su espíritu al Sumo Hacedor con la esperanza de que, por las misas encomendadas en su testamento, su paso por el purgatorio fuera breve, ya que nunca mostró interés por conocer aquellos parajes puesto que jamás pudo asegurarle clérigo alguno que en aquel tórrido lugar hubiere mozas o caballos, que en verdad fueron las dos únicas cosas que le interesaron en vida.
—Martín, si jamás soporté veros derrotado cuando éramos niños, menos aún ahora.
—No sigáis, Camila. —En la intimidad se dirigía a ella por su nombre de pila y no por el de religión—. No necesito vuestra compasión, lo que requiero son soluciones. Vos conocéis mejor que nadie mi situación... un hidalgo sin poder dar una buena dote a sus hijas no tiene posibilidad alguna de casarlas, y en los tiempos que corren y con los vientos que soplan, una mujer soltera no tiene camino en este reino.
Quedose la monja meditabunda.
—Permitidme pensar.
—Tomaos el tiempo necesario. Ni Dios todopoderoso puede hacer que lo ya acaecido no haya sucedido.
—No blasfeméis, hermano, que Él nos da la posibilidad de influir, con nuestros actos, en el destino. En esto consiste el libre albedrío.
—Si os place así, bien está, pero las cosas son como son. Hace ya muchos años que ruego a Dios me bendiga con un varón y hoy tengo ya, con la recién nacida, cuatro hembras.
La monja cavilaba...
—Eso de momento, aparte de vos y de vuestra esposa, lo sabemos tres personas: el doctor Gómez de León, la comadrona y yo... ¿No es así? —apuntó la monja.
—Y eso qué importa —replicó don Martín dubitativo.
—Sí importa.
El hidalgo quedó expectante. Sor Teresa prosiguió:
—María Luján ya ha cumplido con su cometido. Sed generoso con ella... Es una mujer a la que el brillo del dinero atonta, y todo el mundo conoce este defecto. Vive muy apartada del pueblo y su marido os debe muchas rentas.
—No entiendo adónde queréis ir a parar.
—Es muy sencillo. Como no tenéis ninguna certeza de que en el futuro vuestra esposa engendre un hijo varón, tal vez sea necesario que aprovechemos la coyuntura de este parto.
—Hermana, por el recuerdo de nuestro señor padre que no os comprendo.
La monja miró alrededor y saliendo de la estancia indicó con un gesto imperioso al hidalgo que la siguiera. Fuera estuvieron sobre quince minutos.
—¿Habéis comprendido?
—No demasiado.
—Pues ahora regresemos que hay mucho que hacer.
Y diciendo esto, sor Teresa se dirigió de nuevo a la habitación de la parturienta con un frufrú de refajos y el seco tintineo de las cuentas del gran rosario de madera de cerezo que le colgaba del cordón del hábito.
La penumbra seguía dominando la estancia. Todo estaba recogido; doña Beatriz descansaba en un duermevela inquieto al fondo de la habitación y el doctor Gómez de León departía en un rincón de la misma con la partera, dándole las últimas instrucciones, en tanto ordenaba su maletín.
—¡María! —La voz de sor Teresa resonó autoritaria—. Ahora nosotros partiremos a una encomienda y vos quedaréis al cuidado de la criatura. Hasta que el doctor regrese nadie tiene que entrar en este aposento, ¿habéis comprendido?
—Como mande su maternidad —respondió la comadrona.
—Luego un cochero os llevará a vuestra casa. —Y dirigiéndose al doctor—: Si vuestra merced es tan amable... —Esperó un instante a que el doctor Gómez de León se aproximara—. Don Martín y yo misma quisiéramos dialogar un momento con vuesa merced... El asunto es delicado y confiamos plenamente en vuestra discreción.
El doctor estaba expectante.
—Soy todo oídos, priora.
—Veréis, mi buen doctor, me comentó don Martín el diálogo que mantuvisteis con él al respecto del parto de mi querida cuñada.
—No os comprendo, sor Teresa.
—Dejadme que os explique. Si no estoy mal informada, y corregidme si es así, sostuvisteis que os preocupaba el último embarazo de doña Beatriz... que, por cierto, os sorprendió. ¿Estoy en lo cierto?
—Bueno... en cierta manera... vuestra cuñada tiene ya cuarenta y dos años y, dado su asma y la debilidad de sus pulmones, no está precisamente en la mejor edad para tener una criatura, y no andaba muy errado. El parto ha sido muy duro y...
La monja le interrumpió:
—Y otra preñez sería impensable.
—Bueno... digamos inconveniente, aunque posible. Ved vos misma cómo santa Isabel...
—Mi cuñada no es prima hermana de María Santísima, y el Señor, en los tiempos que corren, hace pocos milagros.
Don Martín asistía al diálogo entre el doctor y la monja ansioso y expectante.
—De lo que decís deduzco que lo prudente fuere que mi señor hermano no intentara tener más descendencia, por el bien de la frágil salud de su querida esposa... claro está.
El médico dudaba; no alcanzaba a comprender adónde iban a parar los circunloquios de la monja.
—Sí... tal vez... mejor sería.
—Entonces, doctor, vayamos al grano.
El convento
San Benito distaba doce leguas de Quintanar del Castillo, y el camino hasta el convento no era una calzada romana precisamente; hasta el límite del arroyo era transitable, pero el último tramo se convertía en una trocha, que después de llover era un fangal. El carricoche avanzaba traqueteando penosamente, con fango hasta el cubo de las ruedas y las ballestas gimiendo como galeotes al compás del látigo del cómitre; en la portezuela, el escudo heráldico de los Rojo lucía algo desvaído por las intemperies y el tiempo. El cochero, desde el pescante, animaba con sus gritos y silbos al tiro, un alazán y un tordo de media edad que habían conocido mejores tiempos. Detrás, en el lugar del lacayo no iba nadie; no estaban los años para dispendios y las rentas no daban para sobrantes.
Dentro, y en el asiento acolchado de raído terciopelo granate al que algún botón faltaba, y en el sentido de la marcha, iban don Martín y la priora; frente a ellos el doctor Gómez de León escuchaba atento y asombrado.
—Pues veréis, mi buen doctor, el Señor posibilita que los humanos modifiquemos el destino con nuestros actos, ya que de no ser así estaríamos predestinados ¿Y vos no creeréis en la predestinación?
—Habladme claro, señora, y no andéis dando vueltas al molino, porque soy muy lerdo para acertijos y, a estas horas, poco dado a adivinanzas.
—Atended. Mi querido hermano tiene ya tres hijas, y no sólo necesita un heredero varón, sino que una cuarta niña representaría una carga inútil e imposible para su hacienda... amén de que nada aportaría para la continuidad de su apellido.
—Y ¿qué se puede hacer? La neonata es una hembra y eso no tiene vuelta de hoja.
—Ahí es donde interviene la mano del hombre para forzar el destino; y el Señor nos ha colocado a nosotros en esa tesitura precisamente para pasar página.
—Volvéis de nuevo a los juegos de palabras.
—Dejadme continuar. Mi cuñada no volverá a concebir... este parto ha sido su última oportunidad... Vos sabéis que en San Benito recogemos a pobres desgraciadas que vienen a dar a luz, deshonradas por algún galán y expulsadas de sus casas por sus padres para impedir que el oprobio caiga sobre sus familias.
—¿Y bien?
—Hace una semana, una muchacha murió de parto después de traer al mundo una criatura que por sus facciones y su piel se puede colegir que el progenitor era de noble cuna. Enterramos a la madre, lógicamente fuera de sagrado pues, no habiendo querido confesar, evidentemente murió en pecado, y dimos el niño para su crianza a una de las recogidas, que a su vez estaba amamantando a su propio hijo antes de darlo en adopción.
El doctor atendía y don Martín, arrebujado al fondo del asiento, escuchaba por segunda vez las explicaciones de la priora.
—¿Vais comprendiendo?
—Algo de luz voy viendo —respondió el médico.
—Bien, como os he dicho antes, nosotros tres y vuestra comadrona somos las únicas personas que conocemos el nacimiento de esta noche.
—Olvidáis a la madre.
—No, doctor, una mujer que recién ha parido... medio entontecida por las pócimas que le habéis suministrado y ahora profundamente dormida... bien puede haber tenido un mal sueño y, además, sentirse sumamente agradecida al Altísimo, que finalmente le ha concedido el tan ansiado varón. ¿Vais captando?
El doctor Gómez de León asintió lentamente con la cabeza.
—Concluyamos. Mi sobrina vendrá al convento bajo mi tutela y allí la criaremos; leche de madre no ha de faltarle, quizá es lo único que nos sobra... y a la edad adecuada entrará en religión, que siendo la cuarta hija de un hidalgo ése y no otro era el destino que la aguardaba. Y en cambio, de esta forma y ante la imposibilidad de que mi cuñada vuelva a engendrar, mi querido hermano podrá tener un varón que alegre sus años y perpetúe su linaje.
El doctor meditó unos segundos.
—Hace muchos años que sirvo a vuestra familia. Podéis contar con mi silencio... Comprendo.
—Eso lo dábamos por descontado. El silencio que me debéis garantizar es el de María Luján.
—Ella es de mi absoluta confianza, amén de que si pudierais ser algo generosos... anda muy necesitada.
—No os preocupéis por ello.
La voz de don Martín resonó desde el fondo del carricoche.
La monja interrumpió:
—La generosidad es una cualidad que agrada a Dios. Os pedimos, únicamente, que la partera no haga demasiados comentarios sobre los acontecimientos vividos esta noche... Aunque en el fondo no sabrá nada.
—Decidme cómo —inquirió don Martín.
—Es muy sencillo. El niño irá con vos y con el doctor a vuestra casa, vos esperaréis en vuestro despacho con la criatura y el doctor despedirá a María Luján, que en el coche del convento regresará a su pueblo conducida por Blas, nuestro jardinero, el cual como sabéis, a Dios gracias, es sordomudo... y además lo hará bien remunerada; cuando haya partido y sólo entonces, el doctor, en vuestro coche, me traerá a la niña, y luego el cochero acompañará al buen doctor a su casa. En vuestra mansión, querido hermano, no van a haber más partos; la comadrona no tendrá por tanto que regresar jamás. Cuando ella haya partido, colocaréis al niño en la cuna de vuestra hija a fin de que cuando vuestra esposa despierte lo vea allí. Entonces... confío plenamente en vuestras dotes de histrión que tanto me agradaban cuando éramos niños, amén de que la criada que pongáis esta noche para velar el sueño de la madre y de la criatura no tendrá que hacer pantomima alguna, porque ella siempre habrá visto un niño. ¿Lo tienen claro sus mercedes?
Ambos asintieron.
—En ese caso —prosiguió la monja—, seamos prácticos. En llegando al convento me dejaréis en la puerta principal, luego daréis la vuelta al muro que rodea el monasterio y recogeréis al niño al que nadie verá, puesto que os lo entregaré por la puerta que da a la parte posterior del huerto, y regresaréis a casa acompañando a mi señor hermano. El coche del convento seguirá a vuestro coche conducido por Blas, el jardinero. Yo me quedaré... hora es ya de que me recoja... presidiré los rezos de las hermanas. Vos, entre ir y volver, emplearéis no menos de tres horas. Os estaré esperando despierta; dejaréis el coche junto al muro exterior y descenderéis embozado en vuestra capa y con la niña en los brazos. Diréis a la hermana tornera, a vuestra llegada, que me avise. No es la primera vez que nos entregan a una criatura en medio de la noche para que le busquemos adopción; para todas las hermanas, el niño habrá muerto de madrugada... Esas cosas ocurren... nuestro cementerio tendrá otra pequeña tumba. El crío no abulta más que un perrillo, que es lo que habrá en la caja, y yo me ocuparé de que reciba cristiana sepultura. Todo estará hecho para maitines. —La monja dio con los nudillos en el redondo cristal que separaba la cabina de los pasajeros de la banqueta del postillón y le indicó, con la mano, que se detuviera y que acudiera a la portezuela. Éste así lo hizo—. Cuando lleguéis al monasterio me dejaréis en la puerta, luego rodearéis el muro y os detendréis en una entrada disimulada que os indicará vuestro amo. Allí esperaréis hasta que se os ordene.
Todo se hizo como indicó la priora. Los tres, cual si fueran conspiradores, entraron en el convento y, al poco, volvieron a salir dos de ellos embozados y con un pequeño bulto en los brazos.
La noche y los acontecimientos fueron transcurriendo...
Al cabo de un largo tiempo, el doctor Gómez de León regresaba al monasterio y descendía del coche de don Martín de Rojo, tirado en esta ocasión por dos mulas de refresco, ante la cancela principal del convento de San Benito; el auriga sostenía la portezuela y cuando intentó ayudarlo, ya que el doctor tenía ocupadas sus manos, fue detenido por la voz ronca y muy cansada del cirujano:
—Puedo solo. Aguardadme al fondo del camino.
Embozado en su capa y con paso cansino, se dirigió a la puerta del torno. Sonó la campana y esperó. Al poco rato, una voz cantarina respondió desde dentro.
—Ave María Purísima. ¿Quién va a estas horas?
—Sin pecado concebida. Un caballero, hermana. ¿Podéis avisar a la priora?
—Dadme a mí el encargo que yo se lo transmitiré.
—No puedo, hermana, el asunto es grave y de alcurnia es la persona que me lo encomienda. —Aquí cambió la voz y se tornó autoritaria—: ¡Avisad a la priora os digo!
—Lo hago bajo la responsabilidad de vuesa merced.
—No se hable más.
El doctor Gómez de León oyó a través de la gruesa y claveteada puerta de roble cómo los pasos se alejaban... al rato, el ruido ocasionado al ser retirados los pestillos y cerrojos y finalmente, tras la breve visión de la priora que lo observaba por el ventanuco del centro, el sordo roce del pasador que descorría la gran llave de hierro.
—Alabado sea el Señor. ¿Quién sois y qué os trae a estas horas a esta santa casa?
—Él sea alabado. No importa quién sea yo, os diré únicamente que mi condición es noble y un juramento me impide daros más explicaciones. Me encomiendan que os deje aquí a esta criatura.
La tornera escuchaba.
—Solamente os diré que es de buena cuna, pero no conviene que se críe con su familia. Aquí tenéis el donativo de un año e iréis recibiendo, a través de persona de confianza, los subsiguientes emolumentos. Tratad a la niña como algo muy especial; no creáis que es una expósita común o una inclusera para entregar en adopción.
Y diciendo esto, el doctor entregó a la priora del convento de San Benito un pequeño bulto acompañado de una escarcela de cuero.
Al día siguiente, todas las monjas de la abadía tenían conocimiento de los sucesos acaecidos aquella noche.
Un año después
Dos grandes braseros llenos de huesecillos de aceituna calentaban el salón de los Rojo en aquel enero frío y ventoso. Doña Beatriz, en un gran bastidor de madera, estaba terminando el bordado de la capa debida a san Martín, cumpliendo la promesa que había hecho al santo, si éste le concedía la merced de darle un varón. El pequeño gateaba por la alfombra mudéjar, ajeno a las cuitas que ocasionó a sus padres al venir al mundo; la madre le seguía considerando si no un milagro, sí un gran prodigio. Recordaba el despertar al día siguiente, todavía sumida en la somnolencia que le produjeran las pócimas que el doctor Gómez de León le había suministrado; sentada en un escabel a los pies de su cama, a su doncella Leonor. Y recordaba asimismo que cuando le ordenó que le acercara a su hija, la doncella la miró extrañada y la corrigió.
—Querréis decir a vuestro hijo. —Ella la miró confusa y Leonor insistió—: Ayer noche alumbrasteis un varón.
Recordaba haber preguntado por su esposo y ya no podía recordar nada más, hasta que, horas más tarde y ya mucho más despejada, don Martín a su lado la confortaba y le agradecía que hubiera traído al mundo al tan deseado vástago. Su recuerdo lo evocaba contento, pero no exultante, y cuando ella le insinuó que creía haber tenido una niña:
—Son cosas del parto y de las pócimas que os dieron para dormir. Estabais tan obsesionada y tan preocupada que lo comprendo —contestó.
Ahora mirando al pequeño Álvaro quería encontrarle algún parecido, mas no lo conseguía. Sin embargo su suegra, doña Teresa de Hinojosa, había pontificado:
—Es igual que mi difunto esposo don Bernardo, que en gloria esté.
Y a partir de aquel día los familiares decidieron que el niño era el vivo retrato de su fallecido abuelo don Bernardo de Rojo.
Leonor
Leonor era una buena muchacha. Había entrado al servicio de los Rojo a la temprana edad de doce años al quedar huérfana y a requerimiento de su tía, que ejercía en la casa de cocinera hacía ya mucho tiempo.
No era agraciada, pero algo en su porte atraía la atención de las gentes. Su lugar, desde el primer día, fue la cocina, pero este su natural encanto hizo que a los quince años doña Beatriz la reclamara para ocupar plaza junto a ella de segunda camarera. En principio, sus obligaciones fueron atender los deseos de su ama y cuidar que todo lo que desordenaban las niñas en sus juegos ella lo fuera después colocando en su sitio.
Elvira, Violante y Sancha eran tres diablillos de siete, cinco y cuatro años respectivamente, y Leonor disfrutaba como otra criatura más participando en sus juegos y en sus travesuras infantiles. Cuando Elvira, la mayor, empezó a tomar lecciones de un preceptor, doña Beatriz se interesó por su nivel de educación y, siendo lista como era, rogó a don Martín que su doncella compartiera las clases de la niña. Pero siendo la edad de las dos muy despareja, y el preceptor hombre ocupado, al tener que dedicar más tiempo a la enseñanza pidió un aumento de sus emolumentos, a lo que don Martín se negó pues sus finanzas no le permitían dispendio semejante; entonces el ama rogó a su marido que dedicara parte de su tiempo, que por otra parte le sobraba, a culturizar a la muchacha.
Al principio el hidalgo se hizo el remolón, pero ante la insistencia de su esposa y al quedar ésta de nuevo embarazada, no se atrevió a disgustarla y accedió a sus deseos. Las clases las daban en el despacho del primer piso cuando don Martín podía o, más bien, cuando le venía en gana.
—Tenéis más suerte que un monaguillo cuando el cura olvida cerrar la alacena —le espetó su tía la cocinera al saber la nueva.
Leonor pensó que tenía razón, ya que su afán de aprender era mucho y sus oportunidades pocas. Y así fue cómo la muchacha, pasando los días, esperaba ansiosa cada tarde que el hidalgo tuviera a bien dedicarle unas migajas de su, para ella, valioso tiempo.
El gabinete de don Martín se hallaba en el primer piso, e impresionó profundamente a Leonor la primera vez que entró en él no a limpiar el polvo, sino a aprender las letras y los números. Estaba el hidalgo apoltronado en el sillón detrás de la mesa de despacho de torneadas patas, cuando ella, tímidamente, llamó a su puerta.
—Pase.
La voz sonó profunda y atemorizadora, y la doncella empujó el batiente y penetró en la estancia a la vez que la suya, insegura, musitaba:
—Soy yo, don Martín... Leonor...
—Adelante. No os quedéis ahí pasmada. No os podré enseñar las letras si no os acercáis.
La chica se aproximó tímida e irresoluta sin saber qué hacer ni qué decir.
—Tomad asiento. No tenéis nociones de lectura, ni sumar ni restar... imagino.
—Nada sé, señor. Doña Beatriz me ha dicho que vos me ibais a...
—No tengo otro remedio. De no complacerla, mi hijo, sostiene, nacería con un antojo... ya sabéis, esas manchas rojas que muestra la piel de una criatura cuando su madre ha tenido un deseo que no ha sido complacido. Pero, acercaos. Si no, no vamos a avanzar nada.
La muchacha se aproximó, quedando de pie frente a la gran mesa.
—Tomad aquel escabel e instalaos aquí a mi lado. Será mejor que pueda corregir vuestros errores; así no tendré que levantarme cada vez.
Leonor obedeció y, transportando el asiento al costado del hidalgo, se sentó junto a él.
Y de esta manera empezó todo.
Los días se sucedían e irían ya por el tercer mes de clase. Leonor llegó a la conclusión que don Martín no era el ogro que muchos imaginaban; era amable con ella y tenía cierto sentido del humor. Demostraba, además, una paciencia infinita ante sus torpes intentos de aprender las letras; incluso a veces se permitía unas bromas que, hasta hacía muy poco, habría considerado incapaz de hacer.
Una tarde, la casa estaba vacía. Doña Beatriz y las niñas habían partido hacia San Benito a visitar a la madre Teresa, priora del cenobio y hermana de don Martín. La campanilla que la avisaba sonó en la cocina...
—Ve y pregunta, ya que tienes clase, si don Martín quiere merendar en el comedor o en su cámara —le dijo su tía, que a veces la tuteaba y otras le hablaba de vos.
Leonor subió al estudio y encontró al hidalgo con un talante diferente; al entrar le transmitió la pregunta de la cocinera.
—Decid a vuestra tía que hoy no tomaré nada hasta la cena, y que no me pasen ningún mensaje. Nada hay que me incomode más que las interrupciones cuando me pongo a hacer alguna tarea. Avanzamos poco; hora es ya de que sepáis leer. Bajad a dar mi recado, luego tomad vuestro cartapacio y acudid... a ver si hoy, que tenemos toda la tarde y no hay ruidos en la casa, podemos darle un empujón a vuestros conocimientos.
Leonor cumplió con el mandado y regresó preparada a aprovechar aquella circunstancia favorable que le deparaba la providencia, ya que al no estar en casa su ama ni las niñas, nadie la iba a distraer de sus estudios.
La atmósfera era pesada. La chimenea recién cargada de leña esparcía su calor por toda la estancia y antes de sentarse el hidalgo le ordenó que corriera los espesos cortinajes y encendiera los dos candelabros de seis brazos que, junto con un candil de aceite que se ubicaba sobre la mesa, suministraban luz al despacho.
El temor reverencial que sentía por la negra figura del hidalgo se había transformado, por obra y gracia de aquellos íntimos ratos de estudio, en un afecto filial que su huérfano corazón anhelaba.
Todo transcurría igual que los demás días. Se sentó a su lado y comenzaron a repasar lo aprendido la última tarde; cuando se equivocaba, la mano del hidalgo, grande y tibia, le oprimía el hombro para que ella repitiera la frase corrigiendo el yerro. El ambiente estaba caldeado y las cabezas de ambos se hallaban a una mínima distancia. Súbitamente Leonor sintió que la mano de él se deslizaba por su espalda y le acariciaba la cintura. El rostro de don Martín estaba arrebolado por el calor y unas pequeñas gotas de sudor perlaban su frente; la muchacha estaba tensa sin saber qué hacer y no se atrevía a moverse. La mano fue subiendo. Ahora le deshacía los lazos que cerraban la amplia blusa a su espalda... Ella seguía leyendo... Al cabo de un momento había retirado la ordinaria sarga de la bata que la cubría y la mano palpaba sus jóvenes pechos. Leonor estaba confusa y quieta. Después ya todo sucedió rápidamente. Se encontró desnuda, recostada sobre una piel de oso delante de la chimenea y el hidalgo tendido sobre ella respirando afanosamente... Luego la penetró. Al contrario de lo que ella creía, no sangró nada ni fue traumático, y no fue tampoco doloroso ni violento. Luego, como si nada hubiera pasado, se vistieron y la clase continuó. Hubo entre los dos un pacto de silencio. Únicamente al cabo de dos horas y cuando ya se iba a retirar, él le dijo:
—Perdonadme, pero no toco a mi esposa hace cuatro meses y me quedan por lo menos otros seis.
Leonor nada dijo. Se compuso la ropa y salió de la estancia.
Después, ya por la noche y en la soledad de su dormitorio, analizó lo sucedido; tenía un auténtico afecto a don Martín, y su instinto le avisaba de que nada tenía que decir de todo aquello a nadie si no quería perder la ventajosa condición de que gozaba en la casa. Aquello no había sido tan terrible como las mujeres de la cocina vaticinaban sobre «la primera vez». Cuando ya le vencía el sueño, ante sus ojos apareció aquella rara mancha de color púrpura que brillaba a la luz de las llamas del hogar sobre la sudorosa piel de la espalda del hidalgo, a la altura del hombro diestro, y que parecía talmente un pequeño ojo del que brotaran tres lágrimas.
El hecho se repitió un par de veces más a lo largo de aquellos meses y el hidalgo, cada vez que sucedió, al finalizar le pidió perdón. Luego nació Álvaro y ya no se volvió a repetir nunca más, pese a que las lecciones de lectura y escritura continuaron.
Leonor jamás habló de ello a nadie.
Nueve años después
—¡Catalina! ¿Qué está usted haciendo?
La voz de la hermana Hildefonsa retumbaba al fondo de la cocina mientras su figura imponente avanzaba hacia ella cuchillo en mano como si se dispusiera a cercenar el cuello de un pavo.
Catalina, sin pensarlo dos veces, tomó del gran frutero que había en la alacena un hermoso y verde limón y luego, como alma que lleva el diablo, huyó hacia el fondo del huerto, confiada como siempre en que sus ágiles piernas la pondrían a salvo del peligro inminente que se cernía sobre ella. Sor Hildefonsa se asomó a la puerta de la cocina mirando hacia uno y otro lado, para ver si descubría hacia dónde había huido la ladronzuela. Pero todo estaba en paz y en orden; su voluminosa presencia giró lentamente ciento ochenta grados y se dirigió de nuevo al interior de sus dominios rezongando imprecaciones, costumbre en ella más frecuente que la de recitar jaculatorias. Sor Hildefonsa reinaba en los calderos, por cierto con mano de hierro, y de entre todas las hermanas a la única que soportaba levantara la voz en la cocina era a la priora. Las tres recogidas y las dos monjas que le ayudaban habían detenido sus actividades, expectantes, ante el incidente.
—Vamos, ¿qué os sucede? ¿Os ha dado un pasmo? —Eso dijo dirigiéndose a las zagalas, y volviéndose a las monjas—: El Señor pedirá cuentas a vuestras maternidades por el mal uso que dan al tiempo. Recuerden que también entre los pucheros se le sirve... y hoy es día de mucho trabajo.
Todo andaba revuelto en San Benito, ya que en aquella misma fecha todos los años acudían a la reunión anual de protectores todos los que lo eran del convento, presididos por el doctor Carrasco, obispo de Astorga, quien además ostentaba el cargo de secretario provincial del Santo Oficio. Las hermanas trabajaban como hormigas diligentes, y desde el refectorio hasta el coro todo relucía. Se habían remendado las sayas de las recogidas, preparado la sala del Consejo, arreglado los patios y jardines; la capilla lucía como nunca. Se cuidaba con esmero hasta el último detalle, ya que tras la santa misa y la bendición pasarían, antes de la reunión, al refectorio, donde libarían un «frugal» refrigerio: sopa castellana de albóndigas, empanada de pavipollo, ragú de jabalí y trucha asturiana; el postre iba a ser fruta confitada, mazapán de Soria y yemas de San Benito, estas últimas especialidad del convento, y todo ello generosamente regado por caldos del Duero y un licor de manzana que confortaba el espíritu.
Don Martín de Rojo, mecido por el traqueteo de su viejo coche, iba camino del monasterio; a su cerebro regresaba la evocación de los sucesos vividos, iba ya para diez años, y lo acontecido durante ese tiempo. En un principio doña Beatriz dudó, aunque finalmente admitió, no sin dificultad, que había dado a luz un varón, y pese a su reticencia a asumirlo, no sabía bien por qué, la realidad de los hechos consumados se había impuesto y el pequeño Álvaro estaba ahí, obviamente, amén de que el testimonio del doctor Gómez de León no dejaba lugar a duda, pues la vez que ella le insinuó que creía haber parido una niña le explicó que eso ocurría frecuentemente con las madres que se obsesionaban en demasía, por diversos motivos, en traer al mundo un heredero.
Quedose conformada y se dedicó a cuidar del niño en tanto don Martín vigilaba atentamente su crecimiento y en él cifraba muchas esperanzas de futuro, ya que el presente pintaba muy magro. Don Martín no había dejado de acudir ningún año a la cita anual de San Benito ni, aunque modestamente, dejado de asistir a la manutención de Catalina, que así se llamaba la niña. Su hermana, la priora, velaba por ella y cuidaba de que el arbolito creciera derecho, ya que indudablemente, a la edad oportuna, entraría en religión en la orden de la cual él era protector.
Otras cuitas ocupaban su mente aquella mañana. Sus asuntos iban de mal en peor; las rentas de sus tierras habían menguado hasta el punto de que no sólo no podía mantener su casa solariega, sino que su condición de hidalgo estaba gravemente amenazada por las deudas que le acuciaban. Lo único positivo de aquel tiempo había sido que su hija mayor Elvira había casado con un caballero rural y vivía en un pueblecito cerca de Sevilla; su yerno era ambicioso y listo, y estaba seguro de que medraría en la Corte, donde, en un futuro próximo, se iban a instalar. Por esta parte, cierto estaba de que únicamente iba a recibir satisfacciones; de cualquier manera tenía una boca menos que alimentar. Sus otras dos hijas y Álvaro estaban en casa y recibían la educación cristiana que convenía a su sexo y condición, y los criados y servidores habíanse reducido al mínimo, pero años de malas cosechas, una climatología adversa, la epidemia de los corderos que asoló la provincia y los fuertes impuestos del rey le habían obligado a pedir créditos a los genoveses que, tras dos prórrogas, no iba a poder devolver.
Su salvación estaba en manos del doctor Carrasco, y la solución de todos los problemas se basaba en conseguir ser nombrado familiar1 del Santo Oficio. En ese instante sus cuitas quedarían atemperadas y los cuatro años pignorados de sus rentas serían asumidos por sus acreedores, que amén de no poder enajenarle las tierras estarían obligados a explotarlas, con el riesgo que eso implicaba, pues en el ínterin tenían la obligación de asistir a la manutención de su casa y de su hacienda, corriendo con absolutamente todos los gastos que generara, hasta los dispendios más mínimos, y también con sus aficiones. Por otra parte, creía cumplir con todas las premisas exigidas por la santa Inquisición para el nombramiento de sus familiares. Era cristiano viejo de ocho generaciones, que eran las que contaban; lo «otro» fue anterior. Por otra parte el blasón de su escudo pregonaba la nobleza de su estirpe, que aunque venida a menos era de rancio abolengo. En esas cuitas andaba cuando oyó las voces del postillón deteniendo las caballerías y el traqueteo de los aros de hierro de las ruedas repicando en el empedrado del atrio de la entrada del convento de San Benito. Levantó la cortinilla de cuero encerado de la ventana y ante él apareció la mole inmensa del viejo monasterio; el número de carricoches allí aparcados junto a sus cocheros y lacayos le indicó que la mayoría de los protectores habían llegado antes que él. Su coche se detuvo, y apenas lo hizo el hidalgo descendió sin esperar a que su cochero le desdoblara la estribera y le abriera la portezuela; la cerró él mismo indicándole a su auriga que se colocara al fondo, lo más alejado posible del lujoso carruaje del Santo Oficio que sin duda había transportado al doctor Carrasco, porque no desmereciera el suyo, ya que al lado del otro se iba a ver ajado y deslucido, vetusto, y en estado sumamente precario.
El gallo rojo
—¡Os he dicho que es muy fácil, Blas! ¡Agarrad vos el gallo que yo le pondré el limón!
—No podremos, Catalina, el maldito es muy fuerte y malo de sujetar.
—¡Pardiez!, que sois un cobarde. ¡A fe mía! Yo lo haré.
Los dos niños hablaban en el fondo del huerto bajo del convento de San Benito. Estaba situado éste en una pequeña meseta que rompía la monotonía del paisaje. La iglesia románica con la espadaña de su campanario fue aglutinando a su alrededor las construcciones que luego, con el tiempo, formarían el conjunto. El muro lateral de la misma hacía de medianera con una de las naves del monasterio, y una puerta lateral permitía a las monjas acceder al templo sin pisar el exterior. Los feligreses de las gañanías y de los pueblos circundantes entraban en San Benito directamente por la entrada posterior, cuya puerta, por cierto, estaba siempre cerrada con cerrojo de llave y pasador, y solamente la sacristana, mediante la oportuna orden de la priora, la abría para la misa del domingo o bien para fiestas señaladas y puntuales. La paralela a la iglesia y tres naves más circunvalaban un hermoso claustro interior con un estanque en medio. El peristilo, de pequeñas columnas jónicas cuyos capiteles estaban adornados con hojas de acanto, permitía a las monjas rodear el patio en invierno aunque lloviera y hacer sus peripatéticos rezos en verano aunque el calor apretara. De la nave opuesta a la de la iglesia salían, paralelas, tres construcciones donde se alojaban, por este orden, el refectorio y la cocina en la primera; en la del medio la biblioteca, el locutorio, las celdas de las monjas y las de las novicias, y en la tercera el dormitorio corrido de las recogidas con la sala común para sus tareas. Entre estas tres prolongaciones y rodeando el conjunto estaba el jardín, y cuando ya terminaba la pequeña meseta descendía en una terraza circular al huerto bajo, regado por un riachuelo que suministraba agua al convento y que pasaba al exterior bajo el alto muro, para perderse en la lejanía, a través de un rastrillo de viejos barrotes de hierro mohosos y llenos de yerbajos que se clavaban en su lecho. Ésta y otras dos salidas cerradas por dos grandes portones eran las únicas aberturas al exterior desde el pequeño y recluido mundo del monasterio; las hojas de ambos eran de grueso roble con los herrajes de hierro negro y tenían a los costados diversas construcciones. Al lado de la principal vivía la hermana que se ocupaba de la portería y del torno, y estaba cuidada y engrasada puesto que era la salida natural de la abadía. Las construcciones de la parte posterior servían para guardar los aperos de la labranza, las dos galeras de viaje de las monjas y algún carro de carga para acudir a los mercados vecinos y poder así vender los productos que las religiosas elaboraban. En las cuadras y establos habitaban las caballerías y el ganado que proveía de lana, leche y carne al convento; ese portón estaba mucho más deteriorado, pues sólo se utilizaba para menesteres puntuales.
Blasillo, el hijo único del cochero-jardinero de las monjas, era el compañero de juegos de Catalina. Ambos rondaban los diez años. Los niños de las mujeres recogidas eran entregados en adopción a familias que los solicitasen, y en caso de que la madre se negara a ello, apenas recuperada del parto era despedida del convento. Eso hacía que Catalina y Blas no tuvieran otros compañeros de juegos.
Desde el primer día, y gracias a los buenos oficios de la priora, la niña fue el juguete maravilloso de aquellas buenas mujeres, que volcaban en ella sus frustradas vocaciones de madre. Catalina era de cuerpo gentil, espigada, mejor se diría larguirucha para su edad, morena de cabello; sus ojos eran garzos y profundos y cuando se encorajinaban a Blasillo le daban miedo. En los juegos llevaba la voz cantante, pero no existía problema alguno ya que siempre optaban por juegos de chicos: guerras, asaltos, emboscadas, la peonza y la pinola, eso cuando no estaban preparando un aquelarre como aquella tarde.
Al lado de las cuadras y establos tenían las monjas un gran gallinero que suministraba aves y huevos al convento, y a continuación, y adosados al muro, dos gallineros más pequeños. En el primero paseaba su majestuosa estampa un inmenso gallo negro: era un animal magnífico; una gran cresta roja, que temblaba inquieta y se movía a los bruscos impulsos de su cuello, adornaba su pequeña cabeza; dos ojos vivísimos y vigilantes como dos carbones de antracita estaban incrustados a ambos lados de su perfil; las plumas tenían reflejos metálicos; el pecho era poderoso, el cuerpo proporcionado y musculoso y las patas rojas; el tridente de sus garras estaba terminado en la parte posterior por dos espolones que constituían un arma terrible. Era un gallo de pelea mexicano, regalo de un adelantado de Castilla al convento de San Benito, del que era muy devoto; más allá y completamente apartado, las monjas tenían a un gallo rojo muy joven y también de hermosa estampa que estaba destinado a sustituir al viejo y actual amo del gallinero y reinar entre las gallinas a su debido tiempo. El gallo miraba a los niños con desconfianza.
—Y vos, ¿de dónde sacáis que poniendo zumo de limón en el agujero del gallo se pone furioso?
—Yo lo sé. Lo oí cuando trajeron al negro. Se lo dijo el criado del marqués al mozo de cuadra.
—¿Qué es lo que le dijo?
—Que allá en Nueva España los hacen pelear, y ésa es una de las argucias que emplean para que los gallos se pongan rabiosos... ¡Y no tardéis más que para luego es tarde! Además, como comprenderéis, no me la he jugado esta mañana cuando he afanado el limón de la alacena para que por vuestra falta de ánimo no llevemos nuestro plan hasta el final.
Dicho esto, Catalina abrió la puerta del gallinero del rojo y, tras introducirse en él, la cerró a su espalda.
El gallo, inquieto, se refugió en el ángulo más alejado del mismo emitiendo un sordo cloqueo. La niña se abalanzó sobre él, pero el ave dando un corto vuelo y aumentando el volumen de su cacareo cambió de rincón. La escena se repitió varias veces; las otras aves rebullían inquietas y Blasillo sonreía divertido.
—No vais a poder, Catalina.
—¿Que no? Vais a ver. ¡Dadme vuestro jubón!
—¿Que os dé qué, decís? Dejadlo ya y vámonos.
—Sois un mentecato, no tenéis valor. ¡Dadme el jubón os digo!
Blasillo, resignadamente, se quitó la prenda y abriendo una cuarta la puerta se lo entregó; Catalina lo tomó en sus manos y lo abrió entre ellas acercándose lentamente al animal.
—¡Ya sois mío, maldito!
Y diciendo esto le echó el juboncillo al ave, que al perder de vista a la niña se quedó un segundo inmóvil. ¡Fue su perdición! Cuando quiso revolverse, Catalina ya le había sujetado las patas y lo mostraba triunfante a Blasillo.
—¡Qué decís! ¿Lo he conseguido o no? ¡Pardiez que sois un inútil! Y favor os hago de no llamaros otra cosa. —Catalina había salido ya del gallinero y, colocando al gallo en la postura conveniente, la cabeza debajo de su antebrazo y la parte menos noble del animal hacia su amigo, al punto le conminó—: Mientras yo le abro las plumas, cortad el limón por la mitad. —Y al ver que Blas parecía paralizado, añadió—: Venga. ¡Voto a bríos! ¿O lo tendré que hacer yo todo?
Blasillo puso el limón sobre una piedra plana y sacando su pequeña navaja lo cortó en dos mitades. Catalina lo observaba.
—Venid acá y proceded en cuanto yo os lo diga. ¡Ahora!
La niña sujetó fuertemente al gallo y el zagal le echó el zumo del limón en la abertura que habían dejado las separadas plumas al descubierto.
—¡Rápido, abrid un poco la puerta del negro!
Blasillo, como hipnotizado, así lo hizo. Catalina, con un rápido movimiento, lanzó al gallo rojo en el gallinero del mexicano y cerró rápidamente. El negro midió al intruso y el terreno. Al rojo le hizo efecto el ácido y se revolvió furioso. Ambos animales empezaron una rara ceremonia: los cuellos a ras del suelo y las cabezas juntas moviéndose arriba y abajo sincronizadas, como si ambas estuvieran sujetas por un corto bramante. De repente el negro se abalanzó sobre el intruso, en un vuelo breve, con los espolones adelantados a la altura del pecho; el rojo se fue al suelo y, aunque herido, se levantó rápido. Entonces comenzó una lucha sorda, con un revuelo de picos, plumas y espolones que danzaban a un ritmo mortal. Catalina y Blasillo asistían mudos y asombrados a aquel cortejo de muerte. En pocos minutos los genes del negro se fueron imponiendo; el gallo estaba haciendo lo que sus ancestros habían hecho toda la vida: luchar para subsistir. El rojo trastabillaba y huía más rojo de sangre que de pluma, ciego y medio cojo. El negro se dispuso a rematar su obra; se impulsó con sus poderosas alas y en un majestuoso y curvo vuelo en el aire cayó encima del espinazo de su enemigo, que ya no se defendía... El final fue rápido; los espolones clavados y el fuerte pico buscando la cabeza de su contrincante. En un instante lo remató en el suelo, y cuando ya no se movía, y a una hora extemporánea, lanzó un quiquiriquí rotundo y triunfal ante el revuelo de todo el gallinero y el asombro de los niños, que no reaccionaban.
En la cocina, sor Hildefonsa se dispuso a bajar a los gallineros para ver lo que allí estaba sucediendo, ya que el canto triunfal del negro había llegado nítido y rotundo a sus dominios a una hora que no correspondía.
Una monja le había introducido en el despacho de la priora, y don Martín esperaba ansioso la entrada de su hermana; la acompañante le advirtió que ésta se demoraría un poco, ya que en día tan señalado tenía un sinfín de tareas que realizar.
—¿Deseáis alguna cosa?
—Muchas gracias, vuesa merced ha sido muy amable. No, no necesito nada, podéis retiraros.
Silenciosa como un suspiro, la religiosa cerró tras de sí la puerta de madera de cedro y desapareció. Don Martín dejó su capa de viaje al desgaire sobre uno de los dos sillones de cuero de Ubrique tachonados de grandes clavos de latón dorado que estaban frente a la mesa de la priora, y paseó su mirada por la estancia. Era ésta cuadrada y espaciosa. Dos estrechas ventanas orientadas al este permitían la entrada de la luz diurna; entre las dos, en el paño de pared que las separaba, un cuadro, reproducción sin duda de La disputa de Jesús entre los Doctores, del Veronés. Tras el sillón del escritorio, dos imágenes, una talla de madera de san Benito y una Virgen policromada que podía ser de un discípulo de la Escuela de Berruguete; en el paño de pared frente al despacho, una pequeña librería con pocos pero seleccionados volúmenes, todos relacionados con vidas de santos, reglas de la orden, libros de rezos, encíclicas y pragmáticas de los santos Padres. El suelo de grandes losas rojizas estaba cubierto por una alfombra tapiz de la Real Casa, con imágenes de los siete pecados capitales según cartones de Rafael Sanzio de Urbino, regalo sin duda de un protector del convento; y, finalmente, en el paño de pared donde se encontraba la puerta, una larga mesa arrimadero de roble, cubierta de lado a lado por un estrecho tapiz de terciopelo rojo engalonado por dos tiras de pasamanería doradas y flecos del mismo color; en medio, una pequeña vitrina relicario de pórfido y cristal, y en su interior alojado un mínimo cuadradito de tela, reliquia sin duda de algún santo. El ruido inconfundible de los pasos y el sonar de las cuentas del rosario avisaron a don Martín de la llegada de la priora. Abriose la puerta y la figura de sor Teresa apareció en el dintel. Sonrió a su hermano. Se aproximó y alargó la cruz de su rosario para que el hidalgo la besara, hecho lo cual se dirigió al sillón de detrás del escritorio y, sentándose, indicó al hidalgo con el gesto que hiciera lo propio. Apenas cómodamente aposentados y distendido el clima del primer momento, el ambiente se hizo familiar y confianzudo.
—¿Cómo estáis, querido? Estaba deseando veros.
—Ya veis, Camila. —No se acostumbraba a llamarla en privado de otra manera—. Continuamos malviviendo e intentando resolver lo cotidiano, que ya es mucho.
—No tentéis a Dios, Martín. Sé que tenéis cuitas que os apremian, pero el noventa por ciento de los cristianos de estos pagos se cambiarían por vos.
—Lo sé, hermana, pero mis asuntos son los que corresponden a mi alcurnia y condición. Los siervos y gañanes de mis pedanías viven más felices; sus problemas consisten en comer y holgar, y eso, mal que bien, ya lo hacen.
—Sois injusto, Martín. Lo hacen o no lo hacen, y si os parece que un plato de patatas y nabos todos los días constituye la felicidad, creo que os equivocáis.
—Sus necesidades, miréis como lo miréis, son muy otras que las mías. Yo vivo en el perenne agobio de mis deudas. Tengo ya pignoradas las rentas de cuatro años y, o consigo que el doctor Carrasco me haga admitir como familiar del Santo Oficio o realmente no sé adónde voy a ir a parar.
—El Señor proveerá —dijo la priora, y cambiando el tercio—: ¿Cómo están doña Beatriz y vuestros hijos?
—Ella está bien, ya la conocéis. Sus limosnas, su sopa de los pobres2 y atender a los hijos que quedan en casa, ésas son sus tareas.
—Os quedan, si no me falla la memoria, Violante, Sancha y nuestro Álvaro, puesto que Elvira casó en Sevilla. —La priora recalcó lo de «nuestro»—. Por cierto, ¿hay noticia de que os hagan próximamente abuelo?
—Todavía no, pero imagino que todo se andará... Y debo decir, en honor a la verdad, que tengo un yerno magnífico y que ha sido una suerte casar a Elvira.
—Ved cómo os quejáis en demasía.
—Realmente debo decir que me he alegrado mucho por ella, ya que era impensable que a la hija sin dote de un hidalgo de campo como yo le cupiera este honor, pero poco cambian las cosas en cuanto a mi economía doméstica.
—¿Y Violante, Sancha y Álvaro?
—Hacen lo que corresponde a sus edades, eso sí, con modestia. Comparten el mismo tutor; me preocupa el muchacho... nada que tenga que ver con las armas le place... solo quiere andar entre libros, creo que doña Beatriz lo ha mimado en demasía, no tiene ninguna afición por las cosas que apasionan a un muchacho de su edad... los caballos... la sala de esgrima... todo el día lo quiere pasar con los clásicos, y dice el tutor que está muy adelantado para su tiempo.
—No todos los hombres han de hacer la guerra. Enviadlo a Salamanca cuando llegue la edad. Hay muchas oportunidades para un hombre de letras. Hora es ya de que no sean los clérigos los amos de todas «las disciplinas».
—Y ¿con qué lo envío a Salamanca, hermana?
—Las aves del cielo tienen nidos y las raposas tienen madrigueras. El Señor cuida hasta del último de sus pajarillos.
—Cómo no haga el milagro el doctor Carrasco, mal veo la salida. Pero, decidme, ¿qué hace Catalina?
—De ella quería hablaros.
—Os escucho, soy todo oídos.
—Me habéis dicho que Álvaro tiene un carácter tranquilo. Pues Catalina... ¡Válgame el cielo!
Don Martín se revolvió inquieto. La monja tomó la pluma de ganso que reposaba en el tintero de su escritorio y jugueteó con ella.
—Contadme, Camila, ¡vive Dios!
—Pues... tiene el carácter de nuestro difunto padre, que en gloria esté. Los animales, el río, el cazar alimañas, la pinola, los juegos con rodelas y espadas de madera... en fin, todo aquello que complacería a un ganapán de su edad. En cambio, los rezos y los latines apenas los soporta. Todavía no es importante porque es una criatura, pero cuando entre de postulanta vamos a tener muchos problemas. ¿Sabéis que a vuestra llegada os he hecho esperar? Pues bien, me ha llamado la hermana cocinera con gran premura; he creído que pasaba algo en los fogones al respecto del refrigerio que se os servirá después de la misa, y al llegar me ha contado la última hazaña de la criatura.
Sor Teresa explicó a su hermano con pelos y señales la aventura de los gallos. El hidalgo la escuchó con semblante adusto pero íntimamente regocijado.
—Lástima no fuera un muchacho. El tiempo mitigará estos afanes. En vuestras manos la confié y deberá, en su día, entrar en religión. Antes de marcharme quiero que me la mostréis. Al fin y a la postre, nada hay de raro en ello. Soy uno de los protectores del convento, además de su tutor.
—No hay inconveniente. Por cierto, hermano, ¿recordáis que de pequeño erais zurdo?
—Lo recuerdo muy bien, y grandes disgustos y esfuerzos me costó el ser diestro. Ya sabéis que la siniestra es la mano de Satanás... —Ambos hermanos se santiguaron—. Nuestro padre me arrancó esa mala costumbre a palos. ¿Por qué lo decís?
—Porque Catalina maneja indistintamente ambas manos y con ambas es igualmente hábil, y pienso que manejar también la diestra se convierte mayormente en ventaja en vez de inconveniente.
—La zurda trae malas inclinaciones y, al fin, disgustos. Quitadle, quitadle ese hábito... Tras él está el Maligno. —Se santiguaron de nuevo—. Y ahora, Camila, vayamos a reunirnos con los demás. Es hora ya de rezos, y por cierto veo entre los protectores mucho más interés por el refrigerio que, sin duda, nos ofreceréis que por la espiritualidad de nuestros cometidos. Fruto de la época y de los vientos que corren, supongo.
—Lo malo se contagia antes que lo bueno y las costumbres que nos llegan de la Corte no son precisamente edificantes.
Los Cárdenas
Don Suero de Atares esperaba, respetuosamente en pie, a que don Benito de Cárdenas, marqués de Torres Claras, levantara la cabeza del escrito que ocupaba su atención. Don Suero, ascendido al oficio de maestro de armas, había sido el fiel escudero del marqués en las jornadas de Flandes, cuando a las órdenes de Alejandro de Farnesio el Tercio viejo de Nápoles había asombrado al mundo en Malinas y Maestrich. Don Benito de Cárdenas dejó el pergamino sobre el escritorio, tomó la pluma, la mojó en el tintero y puso al pie su firme trazo. Después extrajo de una cajita un polvillo blanco y lo esparció sobre su firma; cuando estuvo seca la tinta, dobló tres veces el documento, acercó a la llama de una vela una barrita de lacre rojo y, cuando estuvo reblandecido, depositó una gota en el doblez del pergamino aplicando el sello de su anillo al mismo, garantizando de esta manera que nadie pudiera leer el escrito sin antes rasgar el lacre.
—¿Qué trae por aquí a vuesa merced, que tan escaso se prodiga?
Toda la soltura y confianza que don Suero mostraba en campo abierto se tornaba torpeza bajo el techo artesonado de los aposentos del marqués de Torres Claras.
—Bueno, pues veréis, el caso es... no sé cómo explicar a vuecencia...
Se atascó de súbito.
Don Benito lo animó.
—¿Qué os ocurre, viejo amigo? Si os hubierais mostrado tan remiso en Malinas, yo ya no me encontraría entre los vivos.
El marqués aludía a la ocasión en la que, siendo alférez abanderado, fue alcanzado por un tiro de arcabuz y estando en el suelo mal herido y con la pierna rota se le vinieron encima dos herejes con aviesas intenciones; cuando creía que había llegado su última hora, compareció su fiel escudero que, tirando de toledana, cargó contra los dos luteranos, interponiendo su cuerpo entre él y el enemigo. Al primero lo despachó con un metisaca en el gañote y al otro lo envió a reunirse con Caronte tras un breve encuentro, de una certera estocada que le atravesó el emballenado peto a la altura del corazón. Luego, bajo un fuego de mil pares de diablos y cuando el tambor principal tocaba retirada presurosa,3 todavía tuvo redaños para recogerlo a él y al estandarte, subir el talud y reintegrarse a la posición.
—Decidme, don Suero, que os conozco bien. ¿Cuáles son vuestras cuitas?
—Veréis, vuecencia sabe que entiendo perfectamente que don Diego ha de recibir la educación que corresponde a su linaje y condición, y sé que el latín, las matemáticas y demás materias son muy importantes. Pero creo que fray Anselmo se excede en el tiempo que dedica a ello, porque cada día cercena más el que a mí corresponde, y si sus enseñanzas son importantes las mías son vitales, ya que el manejo de la espada, la rodela, la daga, el arcabuz y el caballo son para el soldado como el pan que come, y don Diego será, antes que nada, un soldado; amén de que cuando vaya a Madrid las calles son la guerra, y los malandrines, valentones y falsos mendigos que matan en un Jesús las invaden, y creo que mejor se defenderá desabrigando el sobaco4 prestamente que recitando latinajos. ¡Ea, ya lo he dicho!
Don Suero había acabado su discurso de un tirón y aguardaba nervioso. El marqués, que sonreía para sus adentros, demoró unos instantes su respuesta.
—Entiendo lo que decís, don Suero. No os preocupéis, yo hablaré con fray Anselmo para que cada cual tenga el tiempo que le corresponde. Y sé y me consta que a mi hijo le complacen mucho más vuestras lecciones que las que le imparte su tutor. Por cierto, ¿cómo van las clases?
A don Suero se le iluminaban los ojos cuando hablaba de su pupilo.
—Es esforzado y valiente, monta a caballo ya mejor que yo mismo y tengo que refrenar sus ímpetus con la espada, porque quiere ir demasiado deprisa. Tira con muchachos tres y cuatro años mayores que él y los pone en serios aprietos.
El marqués escuchaba complacido. Diego era todo lo que le quedaba en el mundo, después de que aquellas malditas fiebres se llevaran a su queridísima esposa cuando el niño aún no había cumplido los seis años.
—Bien, don Suero, os voy a dar la ocasión de recuperar el tiempo que, decís, se os debe.
El escudero escuchaba atentamente.
—Vais a llevar un mensaje a la priora de San Benito. Ya sabéis que, pese a la distancia, soy protector mayor del mismo. Mi señor padre, que el Señor tenga en su gloria, ya lo era, y es por ello que me bautizaron con su nombre. Os acompañará don Diego. Va a ser su primera salida importante, y tenéis a caballo tres jornadas a la ida y tres al regreso, más una de estancia como mínimo, para recuperar el tiempo perdido. Dormiréis en mesón o posada si la hay, y si no en campo abierto; no quiero que lo hagáis en casas de deudos o amigos, a fin de que el muchacho sepa de las incomodidades y privaciones de los caminos. Lo que vais a llevar es una orden de pago de mil ducados. Ya sabéis que la Iglesia es insaciable... y a mí me es imposible asistir a la reunión, y ¡a fe que me gustaría!
Esto último lo dijo el señor de Cárdenas sonriendo, pero no tanto como don Suero, cuya felicidad se colmaba al rescatar durante siete días a su pupilo de las garras de fray Anselmo, que no era precisamente santo de sus devociones.
—No paséis cuidado alguno ni por vuestro mensaje ni por vuestro hijo. Va en ello mi vida.
—Lo sé, amigo mío, a nadie más que a vos confiaría la seguridad de Diego en su primera salida al mundo. Id, don Suero. Partiréis a la amanecida.
El escudero, con una respetuosa inclinación de cabeza y un airoso gesto de su emplumado chambergo, salió de la estancia.
El Consejo de San Benito
Oída la misa, a don Martín le quedaban dos cosas por hacer: intentar hablar con el siempre difícil doctor Carrasco y ver a Catalina, cosa que hacía, por lo menos, una vez al año. Lo primero lo prefería demorar hasta después del refrigerio, ya que, conociendo la afición a la buena mesa del secretario provincial del Santo Oficio, cuya figura oronda avalaba dicho afán, creía más oportuno exponerle sus cuitas una vez el prelado hubiera satisfecho sus apremiantes apetitos tras la opípara libación que, sin duda, ofrecerían las monjas, y ante una copa del mejor orujo del convento que se llamaba, cómo no, licor de San Benito. Decidido lo cual, requirió a su hermana con el fin de que trajera la niña a su presencia en la biblioteca del monasterio.
En tanto aguardaba, repasó su atuendo brevemente e imaginó que a los ojos de una criatura de diez años resultaría imponente. La peluca negra recortada a la altura del cogote, mostacho y perilla perfilados, jubón, calzas, medias y zapatos de hebilla, asimismo negros; lo único blanco era su golilla encañonada que le ceñía el cuello, dando la sensación de que su cabeza estaba separada del resto del cuerpo. Sentose cómodamente en el sillón cabecero de la larga mesa y esperó la entrada de la niña. Catalina llegó acompañada de la priora. Vestía una bata de sarga azul hasta media pantorrilla, medias blancas y zuecos, y un rebelde mechón de su oscuro cabello se le escapaba en la frente por debajo del casquete de la cofia que le cubría la cabeza. Llegose hasta donde él estaba e hizo una airosa reverencia; su semblante no reflejaba temor alguno, en todo caso en sus ojos se podía adivinar un destello de recelo o desconfianza.
—Vuesa merced sabrá perdonar su aspecto, pero estaba trabajando en el huerto y, para no perder la costumbre, castigada. Ya os he contado esta mañana para justificar mi demora la aventura de los gallos.
Sor Teresa había abierto el fuego.
—¿Qué hay que hacer con vos? Vengo al convento una vez al año, soy vuestro tutor y no hay ocasión, desde que tenéis uso de razón, en que no me cuenten alguna fechoría vuestra.
La niña sostuvo su mirada en silencio y don Martín se rebulló nervioso en el sillón. La actitud de la criatura le incomodaba y conseguía desazonarlo.
—¿Habéis recibido ya a nuestro Señor?
—La está preparando nuestro capellán para el acontecimiento —terció la monja, y añadió—: Pero tampoco tengo buenas referencias sobre su actitud.
—¿Qué tenéis que decir, Catalina, a todo esto?
La niña no respondía, pero tampoco agachaba la cabeza.
—Bien está, acabemos el tema. Tomaréis el Cuerpo de nuestro Señor y entraréis de postulanta.
—¡Yo no quiero ser monja!
La niña había hablado alto y claro.
El hidalgo se retrepó en el sillón, mesándose la perilla.
—Y ¿qué queréis ser? Si se puede saber.
—¡Soldado!
La priora iba a intervenir. Don Martín, con un gesto de su mano, la detuvo.
—¿Y qué sabéis vos de la vida de la milicia?
—Antón, uno de los mozos del establo, estuvo en Flandes y nos lo ha contado a mí y a Blas.
—¿Quién es ese que llena la cabeza de esta criatura de historias guerreras y quién es ese Blas? —preguntó el hidalgo dirigiéndose a la reverenda madre.
—El primero, señor, entró el año pasado para ayudar al jardinero; es sordomudo, como recordaréis. Se llama Antón Cifuentes y nos lo recomendó su excelencia don Benito de Cárdenas, marqués de Torres Claras. Su padre fue primer protector del convento y él lo es ahora. Creo que estuvo con él en Flandes y volvió, por su buena conducta, con muchas cartas de recomendación y también con muchas pagas adeudadas; vagaba por Madrid sin tener donde caerse muerto hasta que dio con el marqués, que nos lo envió. Y he de decir, a fe mía, que es un buen trabajador, aunque, como todo soldado, un poco fantasioso y dado a contar batallas. Si caso he de hacer de sus historias, en Lepanto se venció al turco porque él estuvo allí. Y en cuanto a Blasillo... es el hijo del jardinero, tiene los mismos años que Catalina y vos ya lo conocéis. Hace ya mucho tiempo que está con nosotras.
Don Martín quedó un momento pensativo.
—Bien, priora, reprendedlo. Decidle que se dedique a sus tareas y que no encalabrine la mente de los niños con historias de guerras. En cuanto a vos... —Se encaró con Catalina—. ¡Haréis la comunión y entraréis de postulanta, y no se hable más!
Don Martín extendió su mano derecha a fin de que la niña se la besara, y tal acción no fue un puro formulismo. Era el amor que su corazón sentía por aquella criatura con la que creía estar en deuda. La priora presionó con su mano derecha el hombro de la chiquilla a fin de que ésta realizara la acción esperada. Sin embargo, Catalina con una breve inclinación de cabeza dio media vuelta, saliendo a continuación de la biblioteca.
—Ved que es imposible. Su corazón es oro molido, a mí me ha robado el mío, pero su carácter es talmente el de su abuelo. Recordad cómo era nuestro padre.
—Lo sé y lo comprendo. Pero, por su bien, domeñadla. No será feliz si no la moldeáis para la vida que deberá llevar en el convento, y bien que lamento que tanto carácter y tanta osadía se pierdan en lances tan contemplativos como los que dentro de estos muros acontecen. En fin, hermana, lo hecho hace diez años hecho está. No cabe ni conviene vuelta de hoja. Por tanto, proceded según mis órdenes.
—Si me permitís, os ruego reconsideréis el mandato. Aún es temprano para tan seria decisión. Dejadla crecer como un pajarillo, que es lo que es. Tiempo habrá para todo, dentro de tres o cuatro años tal vez. Os ruego que tal decisión la sometáis a mi criterio. Yo la conozco mejor que nadie y sabré apreciar cuándo la fruta esté madura para entrar en religión. Tened confianza en mí.
—Sea como decís. Pero dejad a salvo mi autoridad. Decidle que hemos hablado, que de momento hará la comunión y que espero un cambio total y absoluto de actitud. De no ser así... la próxima vez que vuelva al convento, si me volvéis a contar sus historias de libros de caballerías, no tendré piedad. ¿Lo habéis entendido?
—Perfectamente, Martín, y os agradezco el voto de confianza.
Tras decir esto último, el hidalgo y la priora abandonaron la biblioteca.
El doctor Carrasco estaba de buen humor. El refrigerio había sido excelente y el día, hasta el momento, había transcurrido placentero. Al cabo de media hora se reuniría el Consejo y el secretario haría la farragosa lectura anual con los capítulos de gastos y necesidades de las monjas que a él tanto le aburrían, y, como cada año, aprovecharía la coyuntura para descabezar una siesta, costumbre inveterada que no perdonaba ni en las grandes solemnidades. El sillón de su lado en aquel momento estaba desocupado, y súbitamente apareció en él la persona que menos deseaba ver y cuya sola presencia le producía, año tras año, un insufrible dolor de estómago y una caterva de insoportables recuerdos. Don Martín, ajeno a tal circunstancia, sentose a su lado e inquirió:
—¿Me permitís sentarme a vuestro lado, reverencia?
—Ya lo habéis hecho —respondió el prelado adustamente.
—Si os incomodo...
El doctor Carrasco entendió que el origen de sus inquinas debía permanecer oculto y cambió el tono de su discurso.
—En modo alguno, don Martín, decidme... ¿cómo van los asuntos de vuesa merced?
El prelado, marcándolo bien, le retiró el «vuecencia».
El hidalgo hizo como si no se diera cuenta y prosiguió:
—Como los tiempos que corremos, excelencia, parvos y difíciles.
—El pesimismo no es bueno para el espíritu. Aún somos la nación más poderosa de la tierra y el bastión irreductible de la Santa Madre Iglesia.
—Soy consciente de ello, ilustrísima, pero la misma extensión de nuestros dominios obliga a que gran cantidad de brazos sean necesarios para defender nuestras fronteras tanto en el Nuevo Mundo como en Flandes o Italia. Ello, sumado a la expulsión de los moriscos que ordenó nuestro buen rey Felipe III, ha hecho que nuestro agro esté descuidado e improductivo, y a los pocos hombres que quedan para ello les deslumbra la vida en las ciudades. Todos emigran a Madrid, Valladolid o Sevilla en busca de una fortuna rápida y engañosa, y los hidalgos como yo necesitamos brazos para el campo.
—Todo lo que argumenta vuesa merced es cierto, pero antes de cuidar de lo material debemos cuidar de lo espiritual, y nuestra nación está asediada por las más perniciosas influencias que se han dado en la historia. Por el norte, esos diablos de luteranos y calvinistas, que el Señor confunda, y por el sur todavía laten novecientos años de guerra santa y sangre que costó expulsar de esta tierra de María Santísima a esos herejes del islam para permitir que esos falsos conversos corrompan ahora las almas de los cristianos auténticos que nos han sido encomendadas. ¡No voy a tolerar que nadie en mi presencia sostenga que la expulsión de los moriscos no fuera, en el tiempo, una sabia medida! ¡Y menos a alguien como vos, que por el cargo que ocupa como protector de esta santa casa tiene la obligación de ser sumamente escrupuloso! Por mucho menos de lo que decís se han incoado causas en el Santo Oficio. Y ahora, si no os incomoda, os ruego que me excuséis...
Don Martín captó el mensaje rápidamente y se maldijo por su ligereza. ¿Cómo podía haber cometido semejante desliz, cuando era de todos conocido que el doctor Carrasco, en lo tocante a la ortodoxia del culto, a la pureza de la fe y a la obediencia estricta a la Iglesia de Roma era insobornable?
—Perdone su reverencia. No me he explicado bien. Me refería únicamente a que son necesarios hombres jóvenes para las labores del campo y...
—¡Pero no a cualquier precio! Y desgraciadamente no son todos como el jardinero de esta santa casa, que tengo entendido es sordomudo. Las gentes hablan y las malas ideas crecen como la cizaña entre el trigo y son el fuego que prende en la hojarasca; nuestro señor, el buen rey Felipe III, hizo santamente extirpando esta buba purulenta.
—Estoy totalmente de acuerdo con vuestra reverencia y pido humildemente perdón por no haberme sabido explicar.
El doctor Carrasco, sin dignarse a responderle, se volvió hacia el comensal de su otro costado en una demostración de desprecio absoluto. Don Martín comprendió claramente que se había torcido su oportunidad, que no era momento de súplicas ni de peticiones y que debía iniciar una prudente retirada a fin de que al secretario se le olvidara el desliz. Cuando ya se levantaba de su asiento, el obispo se revolvió como un áspid hacia él y le espetó:
—¡Cuidad vuestra lengua y ved a quién os dirigís! No es prudente expresaros como lo habéis hecho, y dad gracias a Dios de que he sido yo vuestro interlocutor y no otro porque, debéis creerme, mi conciencia me va a recriminar este mal paso y no sé si seré capaz de acallarla. Y ahora pasemos al Consejo.
Dicho lo cual, el doctor Carrasco hizo el gesto de levantarse dando por terminada la conversación. Don Martín se despidió al instante en tanto el joven clérigo que atendía al obispo acudía solicito. Éste, dirigiéndose a él al tiempo que secaba su sudorosa calva con un gran pañuelo, le espetó:
—Recordadme mañana, fray Valentín, que recabe información exhaustiva de este don Martín de Rojo. Me ha parecido un cristiano demasiado tibio y despegado para desempeñar las responsabilidades inherentes al cargo que desempeña cerca de San Benito.
—Descuide su paternidad, que así se hará.
El secretario del Santo Oficio era absolutamente implacable en lo tocante a la fe y a las desviaciones de la ortodoxia, máxime si en ello mezclaba su inquina personal.
El viaje
Diego de Cárdenas era feliz. Por vez primera, a sus doce años, salía de la casa paterna para, durante seis días y sus correspondientes noches, correr los caminos hasta el convento de San Benito en comisión de servicio y regresar, acompañado, claro es, por su amado ayo y mentor, don Suero de Atares. Teniendo en cuenta las calamidades y peligros que acechaban a los viajeros en los tiempos que corrían, y contando con que alguna noche tendrían que dormir al raso, su mente volandera evocaba encuentros con malandrines y bandidos, sin olvidar animales salvajes, lances, estocadas y tiros. Ni que decir tiene que de todo ello salía indemne, heroico y triunfante. En aquellos momentos se sentía, talmente, cual si fuera un correo del rey. Aunque exagerándolo en demasía, su imaginación no iba desencaminada, pues en los caminos secundarios y las trochas donde las postas del correo real no transitaban eran comunes los asaltos de los maleantes que expoliaban a los viajeros solitarios y desafiaban a la autoridad de la Santa Hermandad,5 que era en el tiempo el único obstáculo que se oponía a sus fechorías, a temer fuera de las ciudades.
Don Suero, que conocía perfectamente la cantidad y dimensión de los posibles peligros, iba en cabeza, vigilante pero tranquilo. Habían partido de Benavente antes de la salida del sol. Montaba el tutor un bayo de gran alzada, vestía jubón y calzas forradas, botas de piel vuelta, tahalí en bandolera que soportaba en su costado izquierdo y a la altura de la cintura su larga toledana, al lado derecho una pistola de rueda que nunca abandonaba y a la espalda, oculta por su ferreruelo,6 su amada vizcayna;7 en el zurrón llevaba asimismo el recado8 para la pólvora, la mecha y los plomos. Atada al fuste de su silla, una cuerda de cáñamo con la que arrastraba el ronzal del mulo de carga, y para que no se desflecara estaba rematada en el extremo por un cordoncillo de cuero. El animal portaba dos alforjas de esparto llenas de todo lo necesario para el camino, por si alguna noche debían dormir a la intemperie, y cerraba la marcha el pequeño Diego montado en Lucero, su corcel favorito. Era éste un hermoso animal de capa negra, alta cerviz y porte noble, que debía su nombre a la mancha blanca que adornaba su frente. La vestimenta de Diego era de campo, mucho más refinada que la de su ayo, pero adecuada al camino; lucía el muchacho un tabardo de piel vuelta forrado de castor, los calzones bombachos eran acuchillados, sus botas altas de suave gamuza y en su chambergo lucía una pluma roja. Sin embargo él no llevaba pistola al cinto, aunque sí espada y una pequeña daga.
El día era claro y el tiempo frío. Don Suero podía recorrer aquellos caminos como quien inspecciona un viejo bolsillo. Sus ojos gavilanes recogían la información que la naturaleza le suministraba y su experta mente la procesaba al instante; desde el tiempo que iba a hacer al día siguiente hasta cuántos caballos habían pasado antes que ellos, nada escapaba a su aguda percepción. Su plan de viaje era cabalgar un promedio de siete u ocho horas diarias, según las dificultades del camino, y si sus cálculos no fallaban y el tiempo se mantenía, presumía que podían estar en San Benito al mediodía de la tercera jornada. La ruta a seguir partía de Benavente y pasado Astorga se desviaba en Santa María del Páramo siguiendo el cauce del Órbigo. Aquella primera noche pretendía pernoctar en el Mesón del Ciego, que estaba en la encrucijada de Villaquejida. Llevaban un buen paso teniendo en cuenta el peso que transportaba el mulo, a cuyo tranco se acoplaban las otras dos cabalgaduras. Diego, con un suave golpe de talones en los ijares de Lucero, obligó al animal a ponerse a la altura del bayo de don Suero.
—Ayo, quiero deciros que no existe en el mundo hombre más feliz que yo. Os agradezco infinitamente todo lo que hacéis por mí y quiero aprovechar este viaje para aprender cuanto tengáis a bien enseñarme sobre la naturaleza y los caminos.
—La gratitud es cualidad de los bien nacidos y vos, sin duda, lo sois, amén de buen discípulo, ya que todo lo aprendéis rápida y fácilmente. Pero no sería honesto por mi parte atribuirme el mérito de estas jornadas, ya que fue idea de vuestro padre y señor mío el ponernos en el camino. Yo solamente he tenido que vencer la resistencia que ha ofrecido fray Anselmo. Ya sabéis cómo es...
—Es pesado como piedra de molino, eso es lo que es, y se dedica a embrollar mi vida yéndole con pláticas a mi señor padre. Está empecinado en que lo más importante del mundo son el latín y la filosofía, y yo no quiero ser un clérigo.
—Todo es importante, don Diego —observó el escudero.
—¿Cuántas veces debo deciros que cuando estemos los dos solos apeéis el tratamiento y me llaméis Diego a secas? Además, aún no soy bachiller, y no pienso ir a Salamanca.
—Bien, sea como queráis, Diego, pero aunque ahora no lo penséis así, todo es importante. Amén de que si queréis ser artillero o contador9 os son imprescindibles las matemáticas, y si os pluguiese hacer puentes o máquinas de guerra o levantar parapetos o desviar un río... todavía más.
—¿Se puede desviar el agua?
—En Flandes más de una vez lo hicimos, y el de ingeniero es un hermoso oficio y ¡a fe mía! bien remunerado.
—¡Yo quiero ser infante! —dijo el muchacho con convicción.
—No os lo recomiendo: poca paga y muchas liendres. Se cobra tarde, mal o nunca.
—¿Y los capitanes?
—No, ésos ya viven mejor. Pero ¿no decíais que queríais aprender cosas?
—Eso he dicho.
—Pues ved. —El escudero señaló una huella—. Delante de nosotros van tres muleros y una de las mulas ha perdido una herradura. Amén de que hace poco que han pasado por aquí, pues observad que la boñiga es tierna, la coja va sin carga y han colocado su peso sobre una de las otras dos. Ved que las tres marcas son de diferente profundidad, y por la amplitud de la zancada podemos deducir que los tres animales son aproximadamente de pareja envergadura.
Diego estaba asombrado.
—¡Cuánto sabéis! ¿Quién os ha enseñado tantas cosas?
—La vida, Diego... la vida.
Se detuvieron al mediodía al lado de un riachuelo, acercaron las cabalgaduras a la corriente para que abrevaran y luego las ataron a la rama baja de un chopo. Tras sacar de la alforja la munición de boca que llevaban, se dispusieron a yantar aprovechando para ello el tocón de un árbol que les servía a la vez de mesa y asiento: cecina de cabrón, pan, huevos cocidos y una fruta.
—Tengo más hambre.
—Queda mucho camino y no es conveniente para cabalgar que el estómago esté lleno; aún nos restan tres horas de viaje. Ahora recoged todo y tirad al río el corazón de la fruta, las cáscaras de los huevos y las mondaduras; a nadie le interesa si hemos estado aquí y cuándo.
Una vez que Diego hubo cumplido el mandado, partieron. Cabalgaron más de tres horas y antes de llegar a la encrucijada pasaron por un bosquecillo de hayas. El muchacho no lo supo, pero don Suero se apercibió de que tres pares de ojos, escondidos en la maleza, los observaban. Al poco llegaron al Mesón del Ciego y el escudero descabalgó.
—No os mováis de aquí y vigilad a los animales, voy a ver si tenemos sitio para dormir y algo para cenar.
Don Suero desapareció en el interior del viejo edificio y al poco salió con la sonrisa en el rostro.
—Esta noche tendréis que soportar mis ronquidos. Únicamente queda un cuarto para dos de limpio10 y tendremos que compartir la cama.
—No importa, ayo, estoy tan cansado que dormiría si fuera preciso en un lecho de ortigas.
—Pues vamos allá. Dejaremos los caballos en las cuadras. Es sitio seguro, conozco bien al Ciego y me consta que dos de sus hijos duermen siempre con los animales.
Diego desmontó y cogiendo al corcel por la brida siguió a don Suero, que llevaba al bayo y al mulo. Encontraron sitio en un rincón apartado. Don Suero sacó cuatro maravedís de la escarcela, se los puso en la mano al mozo de cuadra y, señalando a las cabalgaduras, dijo:
—He hablado con vuestro padre. Han caminado toda la jornada, han hecho más de nueve leguas y mañana deberán hacer otras tantas; cepilladlos bien, dadles buen forraje y agua y ponedles paja nueva. Si así lo hacéis, mañana tendréis otras cuatro monedas.
El mozo inclinó la cabeza para dar a entender que había captado el mensaje y tomando a los tres animales por la brida se los llevó hacia el interior de la cuadra, no sin esperar a que don Suero retirara la alforja del lomo del mulo y con ella al hombro saliera de la cuadra seguido por el muchacho.
En aquel mismo instante llegaban los tres muleros con dos de las acémilas cargadas y la tercera cojeando detrás. Cuando ya estaban a medio camino entre las cuadras y el mesón, apareció de nuevo el mozo en la puerta.
—¡Eh, señor!
Don Suero se volvió.
—No me ha dicho vuesa merced a qué hora desea que estén preparadas las caballerías para la partida.
—Partiremos al alba. Tenedlas preparadas para las cuatro y media.
Dicho lo cual, ambos reemprendieron la marcha hacia la posada.
—¿No habíais dicho que no había sitio? ¿Dónde dormirán ésos?
Al decir esto, Diego indicó con un gesto a los acemileros.
—En las cuadras con los animales.
Y sin más, don Suero aligeró el paso hasta tal punto que a Diego le costó ponerse a su altura. Entraron a continuación en el mesón. Tras el pequeño vestíbulo se abría un arco que daba a la estancia central, donde en unos bancos corridos que se hallaban arrimados a unas mesas de pino se ubicaba todo el personal. Una neblina aceitosa lo invadía todo. Al fondo, de la puerta de la cocina salía, junto con el humo, un olor a fritanga de cordero; al otro lado, una escalera de madera sin desbastar subía al primer piso. El Ciego, como si viera y tanteando en derredor suyo con un palo, se aproximó a don Suero.
—¿Prefiere vuesa merced cenar ahora o mejor subir a dejar sus bultos y a refrescarse?
—Primero lo segundo —respondió el escudero.
—Seguidme.
Marcharon en pos del hombre que, ciego y todo, se arreglaba mejor que ellos en aquella penumbra y por aquella desvencijada escalera. Cuando coronaron la ascensión, los ojos asombrados de Diego vieron, arrumbados contra la pared, doce o catorce catres con una colchoneta encima que algún día debió de haber sido blanca. El Ciego continuó adelante y llegando al final se detuvo ante dos puertas; luego, rebuscando una llave que de una gran anilla pendía en su cintura, la introdujo en la cerradura y abrió la de la izquierda. Después se adentró en la estancia con paso firme y seguro cual si pudiera ver, se aproximó a un ventanuco y apartó el cortinón de gruesa y basta tela a fin de que la luz penetrara en la habitación. Cuando tal ocurrió, los ojos de Diego escrutaron una pequeña pieza amueblada humildemente con una cama algo más ancha que las del exterior, al fondo había una jofaina soportada por unas patas de madera de pino y una jarra de cinc llena de agua; en uno de los rincones vio un anaquel y en el otro un ambleo con un gastado cirio al que aún le restaban unas horas de vida, y finalmente, bajo la cama, un desportillado bacín que había conocido mejores tiempos.
—Aquí estaréis mismamente como en palacio. —El viejo truhán sabía quién era don Suero y asimismo que siempre pagaba generosamente y con buenos dineros—. Os espera abajo una olla podrida y, si lo preferís, guiso de liebre adobada.
—Tomaremos el guiso —replicó el escudero t
