
La escuela de Atenas de Rafael
PRÓLOGO
Bienvenidos a la escuela de Atenas
El papa Julio II era un gran entusiasta de las reformas domésticas. No contento con encargarle a Bramante el diseño de la cúpula de la basílica de San Pedro, y a Miguel Ángel los frescos de la bóveda de la capilla Sixtina, Su Santidad contrató a un tal Rafael, un artista de veintisiete años natural de Urbino y no muy conocido a la sazón, para que pintase una serie de frescos gigantescos en las paredes de su biblioteca privada del palacio del Vaticano. Debían representar los principales temas de la biblioteca de Julio: la teología, la jurisprudencia, la poesía y la filosofía. Hoy en día, el más admirado de estos frescos es el último, que el tiempo ha bautizado como La escuela de Atenas. En esta obra, Rafael nos muestra reunidos, y en vivaz conversación, a un grupo de filósofos antiguos, sobre todo griegos, pero también romanos, persas y de Oriente Próximo. Los expertos ignoran la composición exacta de este grupo de filósofos, pero de lo que están seguros es que las dos figuras que debaten en el centro de la obra son Platón y Aristóteles, puesto que suyos son los libros que llevan en la mano. También están casi seguros de que el filósofo del primer plano a la izquierda, el que escribe ecuaciones, es Pitágoras, y de que la figura sedente a la que vemos melancólicamente apartada del resto es Heráclito. El personaje de aspecto algo dudoso que se despatarra en el mármol de los escalones podría muy bien ser Diógenes el Cínico. Sócrates se encuentra en el grupo del fondo, interrogando a un bello mozo, y el filósofo que sonríe en el extremo izquierdo, el de la corona de hiedra, podría ser Epicuro. De lo que no cabe duda es que se trata de un grupo muy heterogéneo, compuesto por filósofos que postularon ideas personales y atrevidas, muy alejadas en su mayoría del dogma del catolicismo. Epicuro era materialista, Platón y Pitágoras creían en la reencarnación, y Heráclito lo hacía en una inteligencia cósmica hecha de fuego. Aquí, sin embargo, aparecen todos juntos, saliendo de los muros del palacio del Vaticano.
La escuela de Atenas es una de mis pinturas favoritas. Me encanta su equilibrio entre orden y anarquía, y entre la personalidad individual de los filósofos y la unidad subyacente en sus ideas. Me encanta cómo en el centro de la obra, con largas y vistosas túnicas, Platón y Aristóteles aparecen enzarzados en una discusión en la que el uno señala en dirección al cielo, y el otro hacia la calle. Me encanta también el marco urbano, en el que no nos queda claro si es un templo, un mercado o un pórtico de una ciudad ideal en la que todo el mundo tiene derecho a participar en la conversación, y donde lo cotidiano enlaza con lo divino. Al mirar la pintura, me hago una pregunta: ¿cómo sería sumarse a esa conversación? ¿Cómo sería estudiar en la escuela de Atenas, escuchar a profesores de semejante talla y «atreverse a hablar con ellos»? ¿Qué tienen que decir sobre nuestra época?
Este libro es mi escuela soñada, mi plan de estudios ideal, mi intento de plasmar lo que sería recibir un abono diario para la escuela de Atenas. He reunido a doce de los mejores profesores de la Antigüedad para que nos enseñen cosas que a menudo quedan al margen de la educación moderna: a gobernar las emociones, a participar en nuestra sociedad y, en general, a vivir. Estos maestros nos instruyen en el arte de la autoayuda (puesto que, según Cicerón, la filosofía nos enseña a «curarnos a nosotros mismos»), pero no una autoayuda cualquiera, sino la mejor de todas, la que no se centra específicamente en lo individual sino que ensancha nuestro pensamiento y tiende puentes entre nuestro yo y la sociedad, la ciencia, la cultura y el cosmos. No hay contenidos normativos; existen disensiones en el cuerpo docente (por no decir, en algún caso, abierta hostilidad), y el libro no propone una sola filosofía, sino varias. Aun así, como en el fresco de Rafael, en la diversidad subyace una unidad: el optimismo de todos los docentes respecto a la razón humana y a la capacidad de la filosofía para mejorar nuestra vida.
Por la mañana, al pasar lista, Sócrates, el director del centro, nos explicará por qué puede ayudarnos la filosofía, y cómo aplicarla a nuestra época. A partir de ese momento, las clases se distribuirán en cuatro sesiones. En la de la mañana, los estoicos nos enseñarán a ser «guerreros de la virtud» (apelación debida a que muchos de los estoicos actuales a quienes conoceremos son militares). En la sesión de mediodía, Epicuro nos instruirá en el arte de gozar del momento. En la primera sesión de tarde, la de los místicos y los escépticos, analizaremos el vínculo entre nuestras filosofías personales y nuestras ideas sobre el universo y la existencia (o no) de Dios. En la sesión final, por último, la de Política, nos plantearemos nuestra relación con la sociedad, y la influencia de la filosofía antigua en la política actual, antes de que Sócrates selle la ceremonia de graduación con un discurso sobre el arte de la despedida. Quien se quede con ganas de profundizar encontrará en mi página web, www.philosophyforlife.org, muchas actividades extracurriculares, así como entrevistas en vídeo y texto con algunos de los personajes presentados en el libro, y un «mapa filosófico mundial» con los grupos filosóficos más próximos a cada cual. (Si alguien monta uno propio, que me lo haga saber y lo incorporaré a mi mapa.) No olvido, por supuesto, las magníficas obras de los propios filósofos, disponibles en su mayoría de forma gratuita en internet.
Mi deseo es recrear el carácter abierto y bullicioso que vemos en el fresco de Rafael, la sensación de un vivo debate callejero en el que puede participar cualquiera. Son muchos hoy en día los que redescubren a los pensadores de la Antigüedad y emplean sus ideas para mejorar, enriquecer y dar más sentido a su vida. Nos estamos sumando de nuevo a esa conversación acalorada y vibrante que con tal belleza plasmó Rafael. «Nos atrevemos a» hablar con los antiguos; y ellos, humanos como son, responden.
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Pasando lista
Sócrates y el arte de la filosofía callejera
—Esto… hum… ¿y qué, cómo te… encuentras? ¿Estás… bien?
La tensión era insostenible.
Fue en 1996, mi primer año en la universidad. Mis estudios de licenciatura iban bien, y mis profesores parecían contentos con mis exámenes, pero mis emociones se habían desbaratado de la noche a la mañana, y empezaba a sufrir ataques de pánico, cambios de humor, depresión y ansiedad. Estaba hecho un lío, sin saber por qué.
—Muy bien, gracias.
—Me alegro.
Le habían pedido al director de mi departamento que me diera un toque. La causa era que mi incontinencia emocional me había hecho superar mi límite de crédito, y el banco se había puesto en contacto con la universidad, la cual, a su vez, había avisado al jefe de departamento, prestigioso experto en poesía anglosajona, pero poco versado en charlas íntimas.
—No estarás jugando, o drogándote, ¿verdad?
No, ni lo uno ni lo otro, aunque en los últimos años del colegio hubiera hecho experimentos bastante imprudentes con las drogas. Me pregunté si sería esa la causa del trastorno… Yo era hijo de padres afectuosos, y hasta hacía poco tiempo no podía quejarme de no haber sido feliz. Sin embargo, había visto desquiciarse a más de un amigo, incluso alguno había acabado en el psiquiátrico. Ahora era mi salud mental la que se desmoronaba. A ver si el consumo de drogas nos había trastocado los circuitos neuronales, y nos había condenado a toda una vida de disfunción emocional… O tal vez solo era el típico adolescente neurótico. ¿Cómo saberlo?
—No, si ahora estoy bien, de verdad; perdone que… que… hum…
—Bueno, pues nada.
Hubo una pausa.
—Me está gustando mucho Sir Gawain y el caballero verde —comenté.
—Sí, es un libro fantástico, ¿verdad?
Y así fue como huimos de la oscura cueva de lo emocional, regresando a los más puros aires de lo impersonal y lo académico.
Mi educación ha sido francamente buena, lo cual agradezco. El grado en literatura inglesa me permitió estudiar libros tan espléndidos como Sir Gawain y el caballero verde, y me enseñó a valorar un texto bien escrito. Sé que es una gran suerte haber tenido esa oportunidad. Sin embargo, lo que no me enseñó fue a entender o a regir mis emociones, ni a reflexionar sobre el sentido de la vida; y aunque quizá fuera pedir demasiado a mis estresados profesores (a fin de cuentas no eran psicólogos), estoy convencido de que en los colegios, universidades y centros de formación de adultos se debería orientar de alguna manera a las personas no solo en lo profesional sino en la vida, con lo que tiene de bueno y de malo. Es lo que brindaban antiguamente los profesores que aparecen en La escuela de Atenas: enseñaban a sus alumnos a transformar sus emociones, a hacer frente a las adversidades y a sacar el máximo partido a la vida. Ojalá que en esos años tan difíciles me hubiera encontrado con sus enseñanzas, pero no fue así; la impresión que me dio la facultad fue más bien la de un sistema industrial: fichábamos, entregábamos trabajos, volvíamos a fichar, y a partir de entonces nos dejaban a nuestro aire, como si ya fuéramos adultos totalmente responsables y formados. Las instituciones no parecían traslucir demasiada inquietud por el bienestar de los alumnos, ni por el desarrollo de la personalidad en su sentido más amplio.1 Tampoco entre los estudiantes había demasiadas esperanzas de que lo que aprendíamos pudiera ser aplicable en nuestras vidas, no digamos ya cambiar la sociedad. Los títulos eran meros preparativos para el mercado, esa gran fábrica en la que estábamos a punto de ingresar, y cuyas reglas no teníamos ninguna posibilidad de modificar.
Durante los siguientes tres años de universidad, mis estudios fueron bien, y mi vida emocional de mal en peor. Los ataques de pánico eran como terremotos que me despojaban de cualquier confianza en mi aptitud para entenderme, o controlarme. La sensación de no poder hablar de lo que sucedía en mi interior hizo que me fuera retrayendo en mi caparazón, lo cual, a su vez, puso en marcha un círculo vicioso en que lo errático de mi conducta distanciaba a los amigos y atraía las críticas, confirmándome en mi idea de que el mundo era un lugar hostil e injusto. No entendía lo que me pasaba. En ese aspecto, tampoco mis estudios parecían muy útiles. ¿En qué podían beneficiarme la literatura y la filosofía? Mi cerebro era un artefacto neuroquímico. Lo había estropeado, y ya no tenía remedio. Al salir de la universidad, sin saber cómo, tendría que enchufar aquel aparato estropeado a la gran maquinaria de acero del mercado y sobrevivir. Me licencié en 1999, con un buen expediente, y para celebrarlo sufrí una crisis nerviosa.
Finalmente, en 2001, después de cinco años de miedo y desorientación, me diagnosticaron ansiedad social, depresión y trastorno por estrés postraumático. Gracias a mis propias investigaciones, averigüé que esas dolencias podían tratarse con algo llamado «terapia cognitivo-conductual», o TCC, y encontré un grupo que se reunía una vez por semana en una parroquia de los alrededores de Londres para ayudar a los enfermos de ansiedad social. No había ningún psicólogo presente, pero seguíamos un curso de TCC comprado en internet por un miembro del grupo.2 Leíamos los fascículos, practicábamos los ejercicios y nos dábamos ánimos. A algunos les funcionó. En mi caso, dejé de sufrir ataques de pánico aproximadamente al cabo de un mes, y empecé a confiar más en mi capacidad de razonar con mis vaivenes emotivos. Fue un largo viaje de regreso a la cordura. No es como cruzar una frontera y encontrarse bien de golpe. Todavía me estoy recuperando.
FILOSOFÍA ANTIGUA Y PSICOLOGÍA MODERNA
En mi primer contacto con la TCC, sus ideas y técnicas me resultaron familiares. Me recordaban lo poco que sabía sobre la filosofía de la antigua Grecia. En 2007 ya era periodista freelance, así que empecé a investigar los orígenes de la TCC y viajé a Nueva York para entrevistar a Albert Ellis, su inventor en los años cincuenta. Mi entrevista fue la última que concedió antes de su muerte. También fui yo quien escribió su necrológica en el Times. Durante los siguientes cinco años extendí mis entrevistas a Aaron Beck, el otro fundador de la TCC, y a otras grandes figuras de la psicología cognitiva,3 y fue así como acabé por descubrir la influencia directa de la filosofía griega en la terapia cognitiva. Albert Ellis, por ejemplo, me contó que a él le había impactado de forma especial un dicho del filósofo estoico Epicteto: «Conturban a los hombres, no las cosas, sino las opiniones que de ellas tienen». En esta frase se inspiró el modelo «A-B-C» de las emociones de Ellis, en el que se basa la TCC: primero vivimos algo (A), después lo interpretamos (B), y a continuación experimentamos una respuesta emocional acorde con nuestra interpretación (C). Siguiendo a los estoicos, Ellis sostuvo que podemos modificar nuestras emociones cambiando lo que pensamos u opinamos de los hechos. En esta misma línea, Aaron Beck me explicó que se había inspirado en la lectura de La República de Platón, y que «otra influencia fueron los filósofos estoicos, que decían que lo que afectaba a las personas no eran tanto los hechos en sí como el significado de esos hechos. Con la formulación de Ellis ya me cuadró todo». Lo que hicieron estos dos pioneros (Ellis y Beck) fue tomar las ideas y técnicas de la antigua filosofía griega e incrustarlas en el meollo de la psicoterapia occidental.
Según la TCC, y la filosofía socrática en la que se inspira, la causa de mi ansiedad social y de mi depresión no era la represión de los instintos libidinosos, como propugnaba el psicoanálisis, ni ninguna disfunción neurológica que solo pudiera corregirse mediante fármacos, como habría defendido la psiquiatría, sino mis ideas. Yo albergaba una serie de creencias y hábitos de pensamiento tóxicos que me estaban envenenando, como por ejemplo «me he perjudicado para siempre», o «tengo que estar bien considerado por todo el mundo; si no, es un desastre». Estas ideas tóxicas constituían la esencia de mi sufrimiento emocional. Mis emociones derivaban de mis convicciones, y por eso experimentaba una enorme ansiedad en las situaciones de grupo, y me deprimía cuando estas no salían bien. Eran ideas inconscientes, en las que nunca había indagado. Podía, sin embargo, aprender a analizarlas a la luz de la razón, a fin de ver si respondían a la lógica. Podía preguntarme: «¿Por qué tengo que estar bien considerado por todos? ¿Es realista? Quizá pueda aceptarme y gustarme a mí mismo, aunque no guste a todos los demás». Ahora me parece de lo más obvio, pero fue gracias a este tipo de preguntas básicas, y al apoyo de mi grupo de TCC, como logré pasar gradualmente de las convicciones tóxicas e irracionales del principio a otras más racionales y sensatas. A partir de ese momento, siguiendo el modelo A-B-C de las emociones de Ellis, mis emociones respondieron a mis nuevas convicciones, y empecé a sentirme menos angustiado y deprimido en situaciones de grupo, y más seguro de mí mismo, más contento y con mayor control sobre mi vida.
SÓCRATES Y LA FILOSOFÍA DE LA VIDA COTIDIANA
A esta técnica de analizar las convicciones inconscientes Aaron Beck la denominó «método socrático», por beber directamente de Sócrates, figura máxima de la filosofía griega y romana de la Antigüedad, y director de nuestro centro. Un siglo antes de Sócrates ya había personas que se hacían llamar filósofos, como Tales, Pitágoras y Heráclito, pero o bien se centraban en la naturaleza material del universo, o bien creaban filosofías de la vida bastante elitistas y antidemocráticas. Sócrates, nacido en el año 469 a.C. y fallecido en el 399 a.C., fue el primer filósofo que insistió en que la filosofía debía abordar las inquietudes cotidianas de la gente de a pie. Él mismo era de humilde cuna, hijo de un albañil y de una partera, y aunque no gozase de riquezas, ni de contactos políticos, ni fuera guapo, sedujo por completo a su sociedad, en una época en la que no faltaron personalidades de relieve. No escribió ningún libro. Tampoco tuvo una filosofía, si entendemos como tal un corpus coherente de ideas transmitido a sus seguidores. De Sócrates, como de Jesús, solo sabemos a través de testimonios ajenos, especialmente los de sus discípulos Platón y Jenofonte. Cuando el oráculo de Delfos le proclamó la persona más sabia de Grecia, él adujo que solo era por ser consciente de lo poco que sabía. Sin embargo, también era consciente de lo poco que sabían los demás, y lo que trató de impartir al resto de los atenienses, lo que consideraba una misión pedagógica de orden divino, era la costumbre de cuestionarse a uno mismo. Consideraba, dijo, «el mayor bien del hombre» estar «ya sea examinándome a mí mismo, ya examinando a los demás», y «hablar de la virtud todos los días de su vida».4 Insinuó que la mayoría de la gente vivía en un estado de sonambulismo, sin preguntarse nunca qué hacían, ni por qué lo hacían: asimilaban los valores y creencias de sus padres, o su cultura, y los aceptaban sin ponerlos en duda en ningún caso. Lo malo es que quien asimile creencias erróneas acabará por enfermar.
Sócrates insistió en que existe un vínculo muy fuerte entre la filosofía de cada persona (cómo interpreta el mundo, y a qué aspectos de la vida da importancia) y su salud mental y física. Las ideas distintas derivan en estados emocionales distintos; también las diversas ideologías políticas se manifiestan en variadas formas de enfermedad emocional. Yo, por ejemplo, daba demasiado valor a la aprobación ajena (lo cual, si hemos de hacer caso a Platón, es la enfermedad más habitual de las democracias liberales), y esa filosofía provocaba en mí el ansia social. Mediante la TCC, y la filosofía de la Antigüedad, trasladé a la conciencia mis valores inconscientes, los analicé y decidí que no tenían sentido. Cambié, pues, de convicciones, lo cual, a su vez, cambió mi salud emocional y física. Hasta cierto punto, esos valores me los había transmitido de manera inconsciente la sociedad en la que vivía, pero no podía echar la culpa a los demás, ni a mi cultura, porque tomaba diariamente la decisión de aceptarlos. Sócrates dijo que a todos nos compete «cuidar nuestras almas». Pues bien, lo que nos enseña la filosofía es precisamente eso: el arte de la psicoterapia, que en griego significa «cuidado del alma». De nosotros depende examinar nuestra alma y decidir qué convicciones y valores son razonables, y cuáles tóxicos. En este sentido, la filosofía es un tipo de medicina que podemos aplicarnos a nosotros mismos.5
MEDICINA PARA EL ALMA
El estadista y filósofo romano del siglo I Marco Tulio Cicerón escribió lo siguiente: «En realidad, la filosofía es medicina del alma, y su auxilio no se ha de buscar de fuera, como en las medicinas corporales, sino que hemos de procurar con todo esfuerzo curarnos a nosotros mismos».6 Es lo que intentó enseñar Sócrates al resto de los ciudadanos, mediante su filosofía callejera. Entablaba conversaciones con cualquier persona a quien se encontrase durante sus paseos por Atenas (una ciudad con pocos habitantes, la mayoría de los cuales se conocían entre sí), con la finalidad de averiguar en qué creía esa persona, qué valoraba y qué buscaba en la vida. Cuando los atenienses le juzgaron por impiedad, él les dijo: «Toda mi ocupación es trabajar para persuadiros, jóvenes y viejos, que antes que el cuidado del cuerpo y de las riquezas, antes que cualquier otro cuidado, es el del alma y de su perfeccionamiento».7 Con su manera afable, jocosa y modesta, hacía que la gente analizase su filosofía vital a la luz de la razón. Las conversaciones con Sócrates eran experiencias de lo más normales y cotidianas, pero cambiaban por completo a la persona: después de haber hablado con él, ya no era la misma. En resumidas cuentas, la persona despertaba. La TCC pretende recrear este «método socrático» y enseñar el arte de cuestionarnos a nosotros mismos. Durante una sesión de TCC, uno no se limita a tumbarse en un sofá y recitar un monólogo sobre su infancia, sino que, erguido, entabla un diálogo con el psicólogo, que trata de ayudarle a descubrir sus convicciones inconscientes, ver cómo condicionan los sentimientos y cuestionarles a fin de saber si tienen algún sentido. Aprende uno a ser su propio Sócrates, para que, cuando le noquee alguna emoción negativa, se pregunte: ¿estoy reaccionando sabiamente? ¿Es razonable esta reacción? ¿Podría ser más sabia? Y así, adoptas para el resto de tu vida esta facultad socrática.
La filosofía socrática descansa en un mensaje de optimismo: que podemos curarnos a nosotros mismos. Podemos analizar nuestras convicciones y decidir cambiarlas, lo cual, a su vez, modificará nuestras emociones. Es un poder que todos llevamos dentro. No hace falta arrodillarse ante ningún sacerdote, psicoanalista o farmacólogo para obtener la redención. El gran ensayista del Renacimiento Michel de Montaigne lo formuló estupendamente al decir que Sócrates «hizo un gran favor a la naturaleza humana mostrando lo que puede sacar de sí misma. Somos todos más ricos de lo que pensamos, pero se nos enseña a pedir prestado, y a buscar siempre algo más (…) [Y sin embargo] poco saber precisamos para vivir a gusto; y Sócrates nos enseña que lo llevamos dentro, y el modo de encontrarlo y de utilizarlo».8 Tiene razón Montaigne: somos todos más ricos de lo que pensamos, pero, al haber olvidado las capacidades que llevamos dentro, las mendigamos fuera de nosotros.
¿HACIÉNDOSE ILUSIONES?
A menos que todo esto sea una visión excesivamente optimista de la razón humana… ¿Será exigirnos demasiado? Algunos psicólogos y neurocientíficos actuales discreparían del optimismo de Sócrates, despreciándolo tal vez como fatua autoayuda. Empezarían por poner en duda que podamos conocernos a nosotros mismos. Señalarían que gran parte de nuestras decisiones son inconscientes y automáticas, condicionadas por los genes, o la química neural, o el sesgo cognitivo, o la situación en que nos encontramos. Señalarían los límites del raciocinio humano, y lo débil que es nuestra capacidad de cuestionar nuestras reacciones emotivas. Algunos pondrían en duda la idea de que los seres humanos tengan la capacidad de cambiar sus formas habituales de pensar y actuar, e insinuarían que estamos condenados a incurrir una y otra vez en los mismos errores.9 De hecho, hay científicos que pondrían en tela de juicio la propia idea del libre albedrío y la conciencia, alegando que se trata de supersticiones místicas. Somos seres materiales en un universo material, y nos rigen y determinan leyes físicas, como al resto del universo. En consecuencia, si resulta que has nacido con marcadas tendencias depresivas, o de ansiedad social, o de cualquier otro trastorno emocional, lo más probable, por desgracia para ti, es que las sufras siempre. Tu única esperanza a la hora de sobrellevar ese trastorno bioquímico es intentar equilibrarlo con otras sustancias químicas. Una solución material a un problema material. Tu conciencia y tu razón no intervienen en nada.
Sin embargo, existen cada vez más pruebas de que Sócrates tenía razón. Para empezar, la neurociencia ha demostrado que al cambiar de opinión sobre una situación también se modifican nuestras emociones. Es lo que los neurocientíficos llaman «reevaluación cognitiva», cuyo descubrimiento se remonta, según ellos, a la filosofía griega.10 Estas investigaciones sugieren que el ser humano sí tiene algo de control sobre su interpretación del mundo, lo cual nos otorga la facultad de modular nuestras reacciones emocionales.
En segundo lugar, la TCC ha demostrado con unos ensayos controlados y aleatorizados que es posible hacer frente a los trastornos emocionales y superarlos, incluso cuando están muy arraigados. Los investigadores han descubierto que con dieciséis semanas de TCC, en torno al 75 por ciento de los pacientes se recupera de la ansiedad social, el 65 por ciento del TEPT (trastorno por estrés postraumático) y hasta el 80 por ciento de los trastornos de pánico (aunque el índice de recuperación del TOC (trastorno obsesivo-compulsivo) mediante TCC es inferior al 50 por ciento).11 En una depresión entre leve y moderada, la TCC ayuda a recuperarse más o menos al 60 por ciento de los pacientes, aproximadamente el mismo índice que el de un tratamiento con antidepresivos, con la diferencia de que en la TCC el índice de recaídas es mucho menor que después de un tratamiento farmacológico.12 Estos datos parecen indicar que es posible superar hábitos de pensamiento y sentimiento muy enraizados. En este aspecto, el premio Nobel de psicología Daniel Kahneman, que suele mostrarse pesimista sobre la capacidad de vencer los sesgos cognitivos irracionales, se muestra optimista: «La TCC —me dijo— ha demostrado claramente que es posible un reaprendizaje de las reacciones emocionales. Aprendemos y nos adaptamos continuamente».13
APRENDER NUEVOS HÁBITOS
A esta capacidad tan señalada del cerebro humano para modificarse los neurocientíficos la llaman «plasticidad». Los filósofos griegos y romanos figuraron entre sus primeros valedores. En palabras del filósofo estoico Epicteto, «no hay nada más dúctil que la psique humana».14 Ellos ya entendían lo que nosotros empezamos a comprender: que nuestro ser moral se compone en gran parte de hábitos maleables. De hecho, la palabra «ética» procede del griego ethos, cuyo significado es «hábito». Algunos psicólogos contemporáneos, como Daniel Kahneman, apuntan en la dirección de que tenemos cerebros de «procesador dual»: un sistema de pensamiento principalmente automático, basado en hábitos, y otro capaz de reflexiones más conscientes y racionales. El sistema consciente-reflexivo es más lento y consume más energía que el automático, y por eso lo usamos mucho menos.
Si la filosofía pretende cambiarnos, tendrá que usar los dos sistemas, que es lo que hizo la de la antigua Grecia. Descansaba en un doble proceso: volver consciente lo habitual, y en segundo lugar, volver habitual lo consciente. A través del examen socrático, empezamos trasladando nuestras convicciones automáticas a la conciencia para decidir si son racionales, y a continuación tomamos nuestras nuevas percepciones filosóficas y las repetimos hasta que se conviertan en nuevos hábitos automáticos. La filosofía no es un mero proceso de reflexión abstracta, sino una práctica. Las virtudes, escribió Aristóteles, se adquieren con la práctica: «Si no se practican actos de este género, es imposible que nadie llegue nunca a ser virtuoso. Pero el común de las gentes no practican estas acciones; y pagándose de vanas palabras, creen crear una filosofía y se imaginan que por este método adquieren una verdadera virtud. Esto es poco más o menos lo mismo que hacen los enfermos que escuchan muy atentos a los médicos, pero que no hacen nada de lo que los mismos les ordenan».15 La filosofía es un entrenamiento, una serie de ejercicios mentales y físicos diarios que se vuelven más fáciles con la práctica. Los filósofos griegos usaban mucho la metáfora de la gimnasia: del mismo modo que fortalecemos nuestros músculos mediante la práctica y la repetición, también fortalecemos nuestros «músculos morales» mediante la práctica y repetición de determinados ejercicios. Cuando se ha practicado bastante, se sienten de manera natural las emociones correctas en las situaciones indicadas, y se actúa acertadamente. Nuestra filosofía pasa a ser algo reflejo, y alcanzamos lo que los estoicos llamaban «un feliz curso de vida».16
No es un proceso fácil. Se necesita mucha energía y mucho valor para cambiar los automatismos del pensamiento y de las emociones; sin olvidar la humildad, ya que a nadie le gusta reconocer que su visión del mundo pueda estar equivocada. Solemos aferrarnos a nuestras creencias incluso cuando estas nos llevan a pique. El hecho de que la TCC solo funcione en el 60-70 por ciento de los casos de trastorno emocional parece indicar que la capacidad socrática de conocerse y cambiarse no pasa de ser eso, una capacidad. Los griegos no afirmaban que el ser humano naciera libre, consciente y dotado de una racionalidad perfecta, sino que daban a entender que en realidad era un ser profundamente inconsciente y automático, que va como sonámbulo por esta vida. Aun así, hacían hincapié en que la mayoría podemos usar el raciocinio para elegir caminos más sabios en la vida, siempre y cuando pongamos verdadero empeño en nuestra práctica de la filosofía. Es posible que nuestra capacidad de razonar con nuestros hábitos emocionales esté determinada por los genes y el entorno, pero yo creo que casi siempre tenemos cierto margen, cierta capacidad de desafiar a nuestra programación automática, y que casi todos, con la debida práctica, podemos ser más sabios y felices. Esta capacidad limitada de conocernos y cambiarnos puede marcar la diferencia entre una vida de desolación y otra de satisfacción moderada.17
FILOSOFÍAS VITALES
La idea de Sócrates de que la filosofía es realmente capaz de cambiar a las personas y otorgarles la felicidad ha sido objeto de burla a lo largo del tiempo, incluso por parte de filósofos como el pensador escocés del siglo XVIII David Hume, deliciosamente despectivo con el poder terapéutico de la filosofía. Con ánimo provocador, acaso, escribió que la mayoría de los seres humanos «quedan efectivamente excluidos de cualquier pretensión filosófica y de la tan vanagloriada “medicina del alma”… El imperio de la filosofía se extiende sobre unos pocos, y también en relación con ellos su autoridad es muy débil y limitada».18 Yo me atrevería a decir que Ellis y Beck han desmentido a Hume al demostrar que la filosofía, incluso en una forma muy simplificada y básica, sí puede ayudar a millones de personas normales a vivir con más felicidad y con un mayor conocimiento de sí mismas.
En el proceso que implica convertir la filosofía de la Antigüedad en dieciséis semanas de TCC, era inevitable que los terapeutas cognitivos se vieran obligados a truncar su alcance y hacerlo más estrecho, sin embargo, dando lugar a una forma bastante atomizada e instrumental de autoayuda, que solo se centra en la manera de pensar individual y pasa por alto los factores éticos, culturales y políticos. No cabe duda de que las filosofías antiguas que estamos a punto de conocer nos brindan instrumentos terapéuticos rápidos y útiles, pero su radicalismo va más allá, y también ofrecen críticas sociales e ideas políticas sobre cómo debe gestionarse la sociedad. Por si fuera poco, brindan toda una serie de teorías sobre Dios, el sentido de la vida y nuestro lugar dentro del universo. La autoayuda de la Antigüedad era mucho más ambiciosa y expansiva que la de nuestros días: enlazaba lo psicológico con lo ético, y lo político con lo cósmico sin marcar, huelga decirlo, plazos cortos de apaños que sea necesario practicar durante uno o dos meses hasta que llegue la siguiente moda de autoayuda. Proponía una forma de vida duradera, algo que practicar diariamente durante años para transformar el yo de modo radical, y cambiar tal vez la sociedad. Actualmente son muchos los que intentan encontrar una filosofía vital, y acuden a los filósofos antiguos en busca de una base en la que apoyar su vida. A todas las personas que conocerás en este libro la filosofía antigua les ha cambiado la vida, y muchos dirían, como yo, que se la ha salvado. Cubren todo el espectro socioprofesional: militares, astronautas, ermitaños, magos, gángsteres, amas de casa, políticos, anarquistas… Y todos han descubierto que la filosofía funciona de verdad, incluso en las situaciones más peligrosas y extremas.
FILOSOFÍA CALLEJERA
La idea de «la filosofía como forma de vida» se aleja bastante del modelo académico contemporáneo de los estudios filosóficos, en que se enseña a los alumnos una teoría de la que más tarde son examinados. Para los antiguos griegos, como he avanzado ya, la filosofía era un proceso mucho más práctico, más íntimo y comunitario. Los alumnos no podían limitarse a ejercitar sus facultades intelectuales, sino que debían volcarse por entero en la práctica. ¿Cómo y dónde podría practicarse en nuestros días este tipo de filosofía? Una de las respuestas ha sido intentar que la filosofía regrese a la calle, donde solía ejercerla el propio Sócrates. En 1992, Marc Sautet, un joven francés experto en la materia, irritó a sus colegas del ámbito universitario al declarar que la filosofía se había institucionalizado demasiado y se había divorciado de las inquietudes de la gente normal. Como alternativa, Sautet fundó el Café Philosophique, que se reunía cada domingo por la mañana en el Café des Phares de París, y al que podía acudir cualquier persona para votar sobre el tema de debate del día y participar en un gran diálogo socrático (hasta doscientas personas llegaban a apretarse en el café). Gracias a internet, el movimiento se internacionalizó con rapidez, y ahora existen unos cincuenta Cafés Sócrates en todo el mundo.19
El ejemplo de Sautet llevó a la creación de nuevos movimientos filosóficos de base. En 2000, en Liverpool, tres jóvenes de procedencia obrera organizaron el movimiento Philosophy in Pubs. Actualmente hay treinta PIP en Gran Bretaña, y solo en Merseyside catorce, lo cual convierte Liverpool en capital mundial indiscutible de la filosofía de base. Uno de los fundadores, Rob Lewis, me contó que hizo un curso de filosofía cuando estaba en el paro, y que ese curso marcó rotundamente un antes y un después en su vida. «Practicar la filosofía —dice— me ayudó a superar la sensación de alienación que tenemos a veces, y que nace de vivir en una sociedad que quiere juzgarte para calcular tu valor.» Desde el principio, la idea de los PIP fue sacar la filosofía de la universidad y de lo que Rob llama «las clases parlanchinas» y llevar su poder a las clases trabajadoras. Como me dijo uno de los fundadores, Paul Doran, «me gustaría que dentro de diez años se considerase como algo totalmente normal entrar en cualquier pub de Gran Bretaña y decir: “¿Qué noche se reúne vuestro club filosófico?”».
Estas organizaciones filosóficas de base a menudo tienen cierto espíritu antiacadémico. En 2008, por ejemplo, el conocido filósofo Alain de Botton creó una organización que se llamaba School of Life, «Escuela de la Vida», con el propósito de liberar a la filosofía del rígido institucionalismo del ámbito académico. De Botton se quejaba de que la filosofía académica ya no nos enseñaba a vivir: «Hace más preguntas correctas Oprah Winfrey que los profesores de humanidades de Oxford».20 (Ya puede despedirse de que le inviten a la mesa de honor.) Yo simpatizo un poco con este punto de vista. Recuerdo que le pregunté a un experto en estoicismo si alguna vez había aplicado esta filosofía a su propia vida, y él contestó: «¡No, por Dios! Afortunadamente nunca me ha ido tan mal». Está visto que consideraba la filosofía antigua como un vetusto museo de reliquias. Claro que también hay expertos universitarios más receptivos a la utilidad contemporánea de la filosofía antigua, como Pierre Hadot, A. A. Long, Michael Sandel y Martha Nussbaum.21 El grupo de filosofía en cuya gestión yo colaboro ha acogido a muchos filósofos del ámbito académico que han cedido su tiempo para hacernos partícipes de su saber de forma gratuita. La filosofía callejera y la académica no son antagónicas, se necesitan la una a la otra. Sin la filosofía académica, la callejera perdería coherencia, y sin la callejera, la académica sería irrelevante.
NUEVAS COMUNIDADES FILOSÓFICAS
Ni en la School of Life, ni en Philosophy in Pubs, ni en el London Philosophy Club es requisito indispensable que los miembros sigan una filosofía o ética concretas. Son foros liberales en los que personas que no se conocen entre sí se reúnen con el objetivo de debatir filosofías diversas sin tener que comprometerse con ninguna en especial. En ese sentido, se diferencian de las escuelas filosóficas establecidas por los descendientes de Sócrates, como los cínicos, los platónicos, los estoicos o los epicúreos. Como veremos, todas estas escuelas de la Antigüedad se parecían más a sectas religiosas, ya que sus miembros se comprometían con una ética y una forma de vida muy concretas. Hoy también estamos asistiendo a la aparición de nuevas comunidades filosóficas que se aproximan más a este antiguo modelo. Conoceremos a los Nuevos Estoicos, por ejemplo, un grupo de estoicos contemporáneos con presencia en todo el mundo. Sabremos qué es Action for Happiness, un movimiento dedicado a la propagación del hedonismo racional. Visitaremos una comuna anarquista que acampa en las aceras de Londres, como los cínicos de la Antigüedad. Conoceremos la School of Economic Science, comunidad platónica con unos veinte mil seguidores. Conoceremos también el Landmark Forum, que afirma haber impartido su filosofía socrática de shock a más de un millón de personas. Iremos a Las Vegas para asistir a una reunión mundial de los Escépticos, movimiento de base con varios millones de miembros. Algunas de estas comunidades filosóficas ocupan el lugar de contrincantes de la religión tradicional, lo cual, naturalmente, plantea un reto de reconstrucción histórica: no hay ninguna filosofía de la antigüedad griega o romana que haya perdurado como tradición viva desde que se creó, hace dos milenios, y, en consecuencia, los modernos seguidores deben intentar que encajen de nuevo los fragmentos, y construir nuevas tradiciones. También plantea un reto de organización: ¿son realmente capaces estas organizaciones de sustituir a las religiones tradicionales sin convertirse en sectas?
LA POLÍTICA DEL BIENESTAR
La terapia filosófica del mundo antiguo también tenía un componente político muy importante. Como hemos visto, nuestras convicciones pueden hacernos enfermar, o bien ayudarnos a alcanzar nuestra plenitud. Dado que muchas de nuestras convicciones las tomamos de nuestra cultura y de nuestro sistema político y económico, todo aprendiz de filósofo tendrá que decidir qué relación adopta con su sociedad. Los profesores de nuestro cuadro docente proponen una serie de soluciones. Los estoicos y los escépticos, por ejemplo, declaraban su independencia interior respecto a los valores tóxicos de su cultura, pero no intentaban evangelizar a nadie, ni cambiar a los demás. Eran pesimistas respecto al interés por la filosofía de la gente de a pie, y sus ganas de cambiar. También los epicúreos y los pitagóricos adoptaron una visión pesimista de la influencia de la filosofía y se retiraron de la sociedad, formando comunas filosóficas. Algunos integrantes de nuestro profesorado, sin embargo, albergaban mayores esperanzas para la filosofía, y estaban convencidos de que podía provocar una transformación real de la sociedad. Nuestra última sesión, que versará sobre política, analizará las visiones que sobre este tema se formaron Diógenes, Platón, Plutarco y Aristóteles, e indagará en cómo algunas personas tratan actualmente de que se hagan realidad dichas visiones.
Desde que el filósofo decimonónico John Stuart Mill insistió en que había que dejar que la gente persiguiera «nuestro bien a nuestra manera»,22 las sociedades liberales de Occidente han puesto un gran empeño en resistirse a la idea de que sea posible unir a toda una sociedad bajo una sola filosofía o religión del buen vivir. En este mismo sentido, los dos grandes leones de la filosofía liberal de posguerra (sir Karl Popper y sir Isaiah Berlin) advirtieron de que la búsqueda de una fórmula única para vivir bien era una «quimera metafísica».23 Dado que ningún país coincidirá jamás en un solo modelo de felicidad, cualquier tentativa por parte de un gobierno de imponer una filosofía a sus ciudadanos sería necesariamente coercitiva y despótica. Berlin hacía mucho hincapié en que los gobiernos debían proteger la «libertad negativa» de sus ciudadanos (su libertad frente a cualquier intromisión), pero también darles licencia para buscar su «libertad positiva», su modelo de realización personal y espiritual.
