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Cupido tiene las alas de cartón

Raphaëlle Giordano

Fragmento

cap

El verbo «amar» es difícil de conjugar:

su pasado no es simple,

su presente solo es indicativo

y su futuro siempre es condicional.

JEAN COCTEAU

No hay palabra demasiado grande demasiado

    intensa si es para ella

Yo le sueño un vestido de nubes hiladas

Haré que los ángeles tengan celos de sus alas

Y las golondrinas de sus joyas

En la tierra las flores se creerán exiliadas

LOUIS ARAGON,
«La constelación», Los ojos de Elsa

cap-1

París

cap-2

Escena 1

Meredith

De aspecto sofisticado, papel satinado de color perla y tipografía elegante. Una invitación de lujo. El nombre de Antoine figura en letras cursivas doradas. El mío ni siquiera aparece. Los que nos acoplamos no tenemos existencia propia. Antoine se vuelve hacia mí y me sonríe, ajeno a los pensamientos que me asaltan. Desde que nos metimos en esta berlina negra de cristales tintados no nos hemos dirigido ni media palabra. Sin embargo, su mano no ha soltado la mía y este gesto cariñoso me anima lo suficiente como para afrontar la velada.

El chófer abre la portezuela y Antoine me ofrece el brazo con caballerosidad. Sacar el primer pie es todo un arte cuando se lleva un vestido largo, una estola que cae hacia delante y unos zapatos de tacón peligrosamente inestables. Los invitados van llegando. Cada cual se presenta a las azafatas, que comprueban los nombres autorizados a adentrarse en la glamurosa guarida.

La azafata muestra una sonrisa de dientes blanquísimos a Antoine (¿cómo es posible tener tantos dientes?) y luego se vuelve hacia mí con una mirada inquisitiva que aviva de inmediato mi síndrome de la impostora.

—Y usted es la señora...

Antoine zanja la cuestión de un plumazo.

—La señora viene conmigo.

—Adelante, entonces.

Nos deja entrar y me desea una feliz velada con esa cortesía un tanto forzada que tiene la virtud de ponerme de los nervios.

Es una gala benéfica. La enésima cena para salvaguardar el patrimonio cultural y artístico. La flor y nata está ahí. Invitados heteróclitos de mundos asombrosamente distintos. Estrellas de la tele, políticos, gente de la alta sociedad, herederos, jefes de empresas que cotizan en bolsa, intelectuales, artistas... Y yo, y yo, y yo... que no soy más que yo.

Llevamos media hora de pie disfrutando del cóctel de bienvenida entre la muchedumbre de celebridades, con una copa de champán en la mano. Miramos de reojo para saludar pero, sobre todo, para detectar e identificar a posibles conocidos. Antoine está como pez en el agua. La costumbre. No dejan de saludarle debido a su empleo, un puesto muy codiciado en una de las principales radios francesas.

—¿Estás bien, cariño? —me pregunta con un susurro.

No tengo valor para desengañarle. Era muy importante para él que le acompañase. Parece orgulloso de presentarme. Una pareja se nos acerca: reconozco a la presentadora de un popular programa de televisión y, de su brazo, a un reputado deportista.

—¡Antoine!

Mil saludos efusivos que apenas suenan intentan aparentar una falsa intimidad. Al final acaban percatándose de mi presencia y me lanzan una mirada inquisitiva: «¿Y esta quién es?».

—Os presento a mi pareja, Meredith —anuncia Antoine.

La presentadora me examina de arriba abajo. Busca en el disco duro de su memoria si estoy relacionada con alguien conocido. Sin resultado.

—¿A qué te dedicas, Meredith?

—Soy actriz...

Finjo ignorar el sarcasmo de los «Ah, qué bien...» que le siguen. Entorna los ojos antes de clavarme la banderilla.

—¿Y dónde has actuado?

Tocada y hundida.

Los cinco últimos años sin trabajar se me suben a las mejillas y las encienden de súbito. La mujer retuerce un ratito más el cuchillo en mis complejos, lo cual parece proporcionarle un malicioso placer. ¿Por qué no aprovechar esta oportuna diversión para matar el aburrimiento tan típico de estos eventos? Apuro de un trago la copa de champán.

Finalmente anuncian la cena. No me han puesto junto a Antoine, por supuesto. Me lanza una mirada pesarosa por encima del centro de mesa floral que se yergue como una frontera entre las filas de comensales y nos priva de cualquier posibilidad de conversar. Solo puedo socializar con mis vecinos a derecha e izquierda. A un lado, una figura nobiliaria decidida desde el principio a darme la espalda me ofrece como única alternativa charlar con su moño. Me queda el otro vecino, un señor de edad avanzada que se siente con derecho a tomarse ciertas familiaridades.

Aguanto un rato sus asaltos libidinosos hasta que no puedo más y me levanto de la mesa para buscar refugio en el lavabo. Y allí me encierro a cal y canto. Quedarme ahí. No salir jamás. Entran dos mujeres. Hablan sin orden ni concierto mientras se retocan el maquillaje. Reconozco la voz de la presentadora. Aprovecha esa breve pausa, parece, para dar un buen repaso a los invitados y todos se llevan algún comentario punzante, como si fuese la escena de una película. Antoine y yo no somos una excepción. Sobre todo yo. Y no se corta: una chica mona, pero solo es una actriz de segunda que ha sabido jugar sus cartas pescando un buen partido.

Estoy a punto de vomitar. Tras unos segundos que se me hacen eternos, por fin se van. Se equivocan: cuando me reúno con Antoine, sonrío y vuelvo a interpretar mi papel a la perfección. Él no se da cuenta de nada.

cap-3

Escena 2

Meredith

Empujo las puertas del centro de estética. Está escondido en una callejuela de mi barrio, en pleno Distrito XIX de París. Llevo días pensando que necesito un masaje cada vez que paso por delante. Me salieron unas contracturas en la espalda después de la gala; ya se sabe, el cuerpo no perdona. La velada removió cosas que hubiera preferido que siguieran ocultas. Ahora han salido a la superficie y no doy pie con bola.

El centro de estética es minúsculo, pero está decorado con gusto y elegancia; es una joyita consagrada al bienestar. Una tal Lamai se va a ocupar de mí. La joven me conduce hasta la cabina. Una cabeza de Buda, velas, música ambiental y luz tenue. Mi mente aprovecha esta invitación al viaje para darse un respiro. Me desnudo deprisa. Lamai llama a la puerta. La dulzura de su voz, de sus ojos y de su tacto me calma al instante. Me indica que me tumbe con una sonrisa. El olor de los aceites esenciales me transporta y sus manos se ponen en marcha.

Mientras Lamai deshace hábilmente mis contracturas, me va tirando de la lengua con la misma sutileza.

—Estoy hecha un lío —me oigo decirle—. Estoy pasando por una época complicada.

Al principio, las palabras fluyen con dificultad. Después, adormecida por la sensación de bienestar, comienzo a soltarme.

—Amo a un hombre, pero... Es extraño. A pesar de todo, no consigo estar a gusto conmigo misma. Sin embargo, él también me quiere. Un amor correspondido es algo poco común, ¿no te parece?

Lamai asiente en silencio, no quiere interrumpir mi confesión con palabras vanas. Debe de estar acostumbrada a escuchar quebraderos de cabeza de desconocidas. Así que me dejo llevar por su benévola escucha.

—¿Sabes? No tengo motivos para estar orgullosa de mí. Tengo la sensación de que no soy nadie...

—¿Cómo que «nadie»? —replica Lamai.

—Bueno, él ya se ha hecho un hueco, ha triunfado en lo suyo. Y yo estoy dando los primeros pasos en mi carrera. A saber si algún día saldré del montón.

—Perdona que te diga, pero ya eres alguien.

Lanzo un suspiro, rota por dentro.

—Sí, pero no la que me gustaría ser. Tengo la sensación de ser un borrador, un boceto de mí misma, ¿me entiendes?

En la penumbra, me parece entrever una sonrisa de la masajista convertida en psicóloga.

—En Asia apreciamos el encanto de lo incompleto...

Suena más bonito de lo que es. ¡No quiero existir solo a través de sus ojos! ¡Y no me apetece en absoluto depender de él para sentirme viva!

—Hasta que uno no se encuentra a sí mismo, es difícil amar a otro.

Las palabras de Lamai se quedan flotando en el aire unos segundos y llegan a mí con un eco particular. Cuando termina la sesión, desaparece y me deja sola en la acogedora cabina. Me tomo un momento para despejar mi mente y pienso en algunos hombres anteriores a Antoine, en historias de amor frustradas, saboteadas más o menos de manera consciente por mis temores, con dudas y complejos ocultos que las fueron minando hasta desanimarlos. ¿Iba a dejar que mi historia de amor con Antoine corriera la misma suerte?

Sondeo mi alma un momento. No. Le quiero demasiado como para eso. Tengo que encontrar la forma de existir por mí misma. Pero ¿cómo?

Mientras me visto, una idea, descabellada, atrevida, arriesgada, se va abriendo paso en mi cabeza...

cap-4

Escena 3

Antoine

Me había dicho: «Tengo que hablar contigo». Que tu pareja te diga eso no suele ser buena señal. Pero no le presté atención. Porque yo también tenía que hablar con ella. Estaba tan contento por la sorpresa que iba a darle que no vi venir la tormenta. Eso fue hace seis horas. En otra vida. La de antes del «anuncio».

Ahora Meredith y yo estamos sentados ante una mesa que ha perdido de golpe todo su esplendor. Las burbujas del champán, el salmón, las velas... La bonita puesta en escena en mi casa, que pronto debería haberse convertido en nuestra casa, de repente es irrelevante. He estado a punto de darle una copia de las llaves para que se instalase aquí, un gesto de que mi compromiso con ella iba en serio. El compromiso. Tal vez ese sea el quid de la cuestión.

Meredith no está preparada. Es lo que intenta explicarme de todas las maneras de las que es capaz, pero no consigue pulir las aristas de mi dolor.

Quiere tomarse un tiempo para encontrarse, hacer su camino, para volver conmigo siendo mejor. Su idea: aprovechar su próxima gira para empezar una especie de Love Tour, una gira de mí, una gira de nosotros, una gira del amor. Como si se le pudiera dar vueltas al tema...

Yo me quedo con que eso significa alejarse de mí. Y es lo que no entiendo. Incrédulo, veo cómo sus labios se mueven y hablan del amor que siente por mí. Que por eso precisamente. Que no quiere estropearlo. Las palabras brotan de ella como un grito del corazón. También parece afectada. Entonces ¿por qué se obliga?

Al hablar parece hipnotizada por su propio discurso. Que quiere estar a la altura de nuestra historia de amor. Que, para ella, una historia de amor con mayúsculas hay que merecérsela, ha de prepararse... Si se compara conmigo, tiene la sensación de ser un borrador, un esbozo de lo que podría ser, y no soporta esa idea. Quiero gritar que se equivoca, pero ¿cómo luchar contra unas ideas tan ancladas? Está convencida de que esa falta de orgullo gangrenará sus sentimientos y de que su falta de autoestima acabará lastrando nuestra relación y destruyéndola. Argumenta: «Tú ya lo tienes todo». El respeto. El reconocimiento. Un productor de programas de radio que ya ha conquistado a su corte. Rememora el dichoso sarao del otro día, vuelve a hablarme del malestar que la invade cuando la presento, le enfada que le pregunten dónde ha actuado, no soporta las sonrisas incómodas o burlonas que, según ella, le dirigen. No le deja vivir el maldito complejo de inferioridad que arrastra como una losa desde hace años, desde que su burguesa familia de provincias le hiciera el vacío cuando anunció que quería ser actriz. Por más que le diga que yo creo en ella aunque aún no haya «florecido», no sirve de nada. Quiere ser alguien antes de embarcarse en la aventura de una vida con otro que, por fin, sería The One. Ese otro soy yo. Y no cree en lo de 1 + 1 = 3. Me gustaría decirle que me da absolutamente igual su falta de madurez afectiva, que la acepto encantado. Es verdad que cuesta echarle treinta y dos años por sus antojos infantiles, que intenta disimular bajo una apariencia de adulta como si fueran unas pecas rebeldes, por su genio de mil demonios, sus caprichos de princesita, sus prontos, que me gusta provocar haciéndome el gallito para que se ría, sí, su risa, que colorea y nutre mis días, y todavía más mis noches, y su piel de terciopelo, que estaría acariciando hasta la noche de los tiempos como un loco Barjavel...

Loco, eso es. Loco.

La vena que me atraviesa la frente da cuenta de mi angustia.

Me quedo mirando a esta tonta, esta boba, esta saltimbanqui, este amor. Qué guapa está cuando desvaría.

He esperado treinta y siete tacos hasta encontrarla. Las historias anteriores se volvieron traslúcidas en mi cabeza desde que ella lo eclipsó todo con una mirada, con una sonrisa. Y ahora que por fin he encontrado mi perla, ¿quiere marcharse, abandonarme? La vida no tiene sentido.

Meredith hilvana su razonamiento con puntadas absurdas.

—¡Quiero hacerlo porque te quiero! —grita finalmente—. Tengo que arriesgarme a perderte para encontrarme, y después reencontrarte siendo mejor, ¿lo entiendes?

En mi vida he escuchado algo tan alocado. Debo decir que, para ser una actriz en ciernes, ya posee un notable sentido del drama.

—¡Mantendremos el contacto de todas formas! —trata de tranquilizarme.

—¡Ah, estupendo! —le digo con amargura—. Hasta voy a tener derecho a algún mensaje...

—¡Antoine! Será mucho más que eso, te lo prometo. ¡Nuestra comunicación, por teléfono, correo electrónico, mensaje o como sea, se prolongará como un hilo de Ariadna, ya verás! El hecho de no vernos durante un tiempo no es el fin del deseo, más bien al contrario. Podríamos incluso apreciar la ausencia...

Con un último estallido de esperanza, intento hacerla entrar en razón sacudiéndola suavemente por los hombros.

—¡Eh, eh! ¡Meredith! ¡Esto no es una obra de teatro! ¡Estás desvariando! Me dices como si tal cosa que me dejas plantado para irte a explorar no sé qué cuestiones existenciales sobre ti, sobre mí, sobre la vida, el amor y no sé qué más.

—No lo entiendes...

—¡Ah, claro! ¡Perdón por no entenderte!

—Antoine, no te estoy dejando tirado. Lo hago precisamente porque tú eres la esencia de mis planes de futuro, porque te amo con locura y porque quiero darle una oportunidad a lo nuestro para que funcione.

—Y yo, ¿crees que no te amo con locura? ¿Tienes idea de lo que le estás haciendo a mis sentimientos? ¡Mírame!

Le agarro el mentón con firmeza para obligarla a mirarme a la cara. Intenta zafarse de mí. Una lágrima traicionera le baja por la mejilla. Algo se afloja en mi pecho. No podía ni imaginarme lo que siente por mí.

De pronto, mi rechazo flaquea, mi reticencia se desvanece. Mi voz se convierte en una caricia, le beso los labios con ternura. Le susurro en el cuello unos mil «te quiero» hasta hacerla temblar. Qué sensible es mi Meredith. Un Stradivarius de sensibilidad.

Meredith

Un «te quiero» más y pierdo los papeles. Aprieto los dientes para reprimir los sollozos. Tiene que dejar de soltar esas palabras lacrimógenas.

—¡Cállate!

—Nunca.

¡Antoine! Si le dejara KO diez veces, él se levantaría a la undécima. Me gusta su tenacidad. Mi mirada se pierde en sus ojos marrones con destellos ámbar y, sin darme cuenta, deslizo la mano por su denso y sedoso pelo castaño, que tiene el don de ponerme el vello de punta.

Nuestros labios se unen. Mi cuerpo se pega al suyo como un barco que llega a puerto. ¿Cómo zarpar?

Sin embargo, por mi mente empapada de azúcar vuelve a rondar mi peor pesadilla: me veo dentro de cinco años inmersa en una rutina burguesa, la «señora de», esa a la que sonreímos cuando habla de su carrera, que es la viva imagen de la palabra «interrumpida», pues ya no es una trayectoria lineal, sino que tiene tantos huecos que se parece más bien a un queso gruyer en el que un ratón no encontraría algo que llevarse a la boca. Y por una buena razón. La encantadora esposa tiene dos hijos del hombre al que ama. Él trabaja mucho, claro. Y uno de los dos debe estar más pendiente de la organización familiar. Lleva un vestido sin pedrería ni lentejuelas, sino con cercos de papilla y algún reguero de regurgitación. Unas uñas muy cortas donde el esmalte ya no tiene cabida. Más práctico. Y la mirada de su amado, día tras día, se va apagando cuando la mira... ¡Imposible! ¡Su amor no puede acabar así! El suyo, no. ¡Ellos no!

Por eso tengo que buscar una solución. Claro, ahora no lo entiende. Pero tengo que ser fuerte por los dos.

Suelto las amarras de sus brazos.

—Me voy, Antoine —digo con toda la firmeza posible—. Me voy, pero volveré. ¡Te lo juro!

—¿Cuándo?

—No lo sé... Yo...

—Eso es muy vago, Meredith, no lo aguanto. Lo que me impones ya está en el límite de lo soportable. Te quiero, pero no podré esperarte eternamente. Duele demasiado...

Se sirve otra copa de champán. La apura de un trago apretando la mandíbula y se pone a dar vueltas por la habitación como si intentara librarse de su angustia. Le miro nerviosa mientras busco una idea a toda prisa.

—¡Un año y un día! —exclamo de pronto—. ¡Como con los objetos perdidos! ¡Un año y un día, y luego seré tuya para siempre!

—¿Me estás proponiendo una cuenta atrás, Meredith? Definitivamente, tienes instinto teatral...

A pesar del enfado, diría que se piensa mi propuesta aunque no parezca gustarle. Se apoya en la ventana dándome la espalda y, de pronto, se da la vuelta.

—Meredith, sé realista. Es muchísimo. No aguantaré tanto tiempo.

En mi fuero interno, estoy de acuerdo con él. Entonces, Antoine me propone otra idea.

—¿Y por qué no ochenta días, como Phileas Fogg en la novela de Jules Verne?

Veo en sus ojos un hilo de esperanza. Calculo rápidamente, menos de tres meses. Le miro con gesto triste.

—Me parece muy poco, mi amor...

Le decepciona.

—¿Cuánto tiempo necesitas entonces? —profiere.

Siento un nudo en el estómago al verle en semejante estado. Con la boca pequeña, le propongo seis meses. Agacha la cabeza para calcular lo que eso significa en términos de separación, pero también para que no vea su mirada cuando capitula ante mi demanda. Se toma unos segundos antes de contestarme con una honda inspiración.

—Vale, Meredith. Vale. Te doy seis meses para que hagas tus averiguaciones y vuelvas conmigo. Eso sí, te aviso: ¡no aguantaré ni UN día más!

Me encanta cuando se hace el duro. Me acerco y le abrazo haciendo caso omiso de su cara enfurruñada.

—Una cosa más —añade.

—Dime...

—Quiero verte al menos una vez durante todo ese tiempo.

—Te lo prometo.

Lanza un suspiro que me parte el alma.

—¿Estás segura de que esto es lo que quieres, Meredith?

Siento que el calor de su cuerpo se expande peligrosamente por mi piel y temo que mi determinación flaquee. Le aparto con dulzura.

—Estoy segura.

Simulo no ver el halo de tristeza que nubla sus pestañas.

—¿Has podido entender por qué hago todo esto?

Me mira con una ternura infinita.

—Sí.

Sé cuánto le cuesta darme esta especie de bendición. Es un regalo que me hace para que pueda irme tranquila. En este momento le quiero aún más.

Rápido. He de marcharme antes de que cambie de idea.

Me estrecha entre sus brazos una última vez y, mientras me doy la vuelta para alejarme, nuestras manos siguen unidas. Desgarro.

Me tambaleo mientras cojo el abrigo y cruzo la habitación en tres zancadas. Me giro en el umbral para lanzarle una última mirada. Mala idea. Salgo corriendo.

En la calle, mis tacones resuenan en la acera y el repiqueteo acompaña los hirientes pensamientos que me martillean las sienes. «Estás loca. Como una cabra.»

En un último arrebato, levanto la vista hacia el segundo piso. Ahí está, medio oculto por la cortina. Juraría haber visto brotar una lágrima por la comisura de su ojo. Una rata me devora las entrañas. Me alejo como una ladrona. Me llevo un extraño botín: una historia de amor inacabada que dentro de seis meses valdrá mucho más... ¡o nada!

Llueve. No, yo soy la llovizna.

Algo me vibra en el bolsillo. Un mensaje. Es él. Respiro por primera vez en los últimos quince minutos. Ante mis ojos surgen cuatro palabras:

Vete, vive y vuelve

Se le dan bien las fórmulas. ¡Ojalá fuera su única virtud! Como en la película de Radu Mihaileanu, Vete y vive, yo también me voy al exilio. Pero en este caso me lo he buscado yo sola.

«El pan amargo del exilio.» ¡Gracias, Shakespeare! No esperaba este sabor metálico en la boca. Y este regusto a óxido... ¡no creo que hagan un chicle de este sabor! Me he metido yo sola en el temporal, pero ahora mismo no lo soporto. En mi balsa tambaleante solo me viene un nombre a la cabeza: Rose.

Cojo el teléfono. Al oír mi voz llena de mocos, no necesita saber más.

—¡Vente! —ordena.

Dicho y hecho. Me meto en un taxi sin hacerme de rogar para ver a mi reparadora de corazón roto.

cap-5

Escena 4

Rose

Cuando la veo llegar, Meredith parece derrotada. Abro completamente los brazos antes de estrecharla con fuerza contra mi pecho. Dos airbags de cariño.

—¡Pero, bueno, querida, qué pinta tienes! Pasa, pasa, estás helada.

—Gracias, Rose. Eres un cie...

—¡Chis! ¡Habla bajito! Késia está durmiendo aquí al lado.

Que no despierte a mi princesita. Han hecho falta tres cuentos y dos canciones para que se durmiera.

Meredith entra sin reparos, se quita despacio los tacones para ponerse cómoda y se acurruca en el sofá con toda naturalidad. Conoce la casa.

—¿Porrr qué llorrras?

—¡Calla, Roméo! ¡Cierra el pico!

Roméo es mi loro. Una magnífica cacatúa rosada que me regalaron el día que cumplí quince años. Veinte años de amor cómplice. Roméo, el otro pequeño rey de la casa. Me tiene loquita. Además, no es un loro cualquiera. Al parecer, sus aptitudes cognitivas están muy por encima de la media, hasta el punto de que un equipo de científicos le hace un seguimiento y todo tipo de pruebas... Les dejo hacer, ya que parece que le divierte. Como es muy sensible a los estados de ánimo, se da cuenta al instante de que a mi amiga le pasa algo y, con tres aleteos, vuela hasta ella.

—¿Estás bien, carrriño?

Meredith le dirige una sonrisa triste al pájaro rosa de alas grises. Él, coqueto, despliega su cresta de color rosa chuche, como dice mi hija. Ella le acaricia despacio el plumaje con una mano mientras con la otra intenta quitarse los ríos de rímel que caen de sus ojos.

Lanzo un suspiro medio compasiva medio molesta porque, a pesar del inmenso cariño que siento por Meredith, no la entiendo: es ella quien ha tenido la absurda idea de dejar a Antoine para vivir ese extraño paréntesis. No se lo he dicho por no hacerle daño, pero soy escéptica. ¡Si todo el mundo esperase a estar preparado para el amor verdadero antes de dar el paso, no quedarían muchas parejas en el planeta! En fin... Lo que yo creo es que se ha achantado. Se veía a la legua que él iba en serio. Incluso puede que estuviera a punto de pedirle que se casara con él. Meredith aún no es lo bastante madura como para dar el gran salto a la vida conyugal, no.

Nos tiramos horas hablando de esta historia, ¡hasta volvernos tarumbas! Mi sentido común me impide entender por qué no se limita a disfrutar de ese amor sin comerse el tarro. Un tipo como él no aparece todos los días. ¡Cuando pienso que los presenté yo...!

He intentado hacerla entrar en razón, advertirla del riesgo. Nada que hacer. Meredith está convencida de lo bien fundamentado que está su absurdo plan. Al contrario: cree que solo el Love Tour y esa gran búsqueda le permitirán conocer los secretos de una historia de amor duradera, como en los cuentos o en las películas de Hollywood con final feliz. En fin, yo sigo pensando que se parece más bien a una huida hacia delante.

Sea como fuere, al verla así, hecha un ovillo en el sofá con un afligido mutismo, siento pena por ella. Voy a esperar un poco antes de preguntarle qué ha pasado...

—¿Qué quieres tomar, guapa? ¿Un café? ¿Una tisana? ¿Un chupito de ron?

Todo es más llevadero con un poco de humor. Mi abuelo Victorin, de Martinica, siempre me lo decía.

—¡Venga, una tisana con ron!

Bien. No ha perdido el norte del todo. Hay esperanza.

Voy a la cocina a preparar unos brebajes reconfortantes y transgresores.

Conozco a Meredith desde hace cinco años. Más que una amiga, se ha convertido en una hermana. Y ahora, en mi pareja escénica. Prácticamente no nos separamos. Cuando la vi llegar a la clase de teatro de la rue Frochot tenía pinta de estar muy perdida, pero emanaba algo que cautivaba a todo el mundo. Sobre todo a los hombres. Creo que todos los de la clase se fueron enamorando de ella. A mí, como a todos, me parecía arrebatadora. No solo porque fuera guapa, sino porque tenía una belleza entrañable. «Una guapa que no sabe lo guapa que es.» El pelo castaño con reflejos dorados le caía por los hombros con un corte irregular de efecto despeinado, su boca parecía dibujada por el buril de Rodin, una naricilla pícara salpicada de pecas y los ojos verde claro... Por suerte, el escaso pecho y las uñas comidas la libraban de tener una belleza indecente. En ese momento yo tenía dos opciones: odiarla o hacerme su mejor amiga. Elegí lo segundo.

El hervidor pita y oigo el agua borbotar con fuerza. Cojo dos bolsitas de infusión y echo un buen chorro de ron en cada taza. ¡Como para resucitar a un muerto!

Meredith se apoya en el marco de la puerta.

—¿Te ayudo?

—No, quédate calentita bajo la manta, ya voy.

La veo alejarse y sonrío para mis adentros. ¿Quién mejor que yo conoce los extraños contrastes de esta mujercita? A veces gata, a veces pantera. Tierna y violenta. Tímida y extrovertida. Todo y su contrario. Una mezcla de estilos que no deja a nadie indiferente. Lo más curioso son los resquicios de una educación burguesa que intentan convivir con un carácter contestatario y un fuerte genio plagado de complejos imaginarios.

Recuerdo las primeras veces que se subió al escenario. Cada vez que tenía que ponerse delante del grupo me clavaba las uñas en el antebrazo, absolutamente histérica. Para Meredith, mostrarse ante el público es una tortura, el miedo le retuerce las tripas. Y aun así, ha elegido las tablas como tabla de salvación. Más tarde supe que, en un ataque de rebeldía, se fue de su provincia natal dejando atrás a su familia, contraria a unos planes artísticos que no encajaban con la idea de tener una vida como Dios manda. Estudios, carrera, boda, niños... Lo normal. Qué palabra tan fea. Aunque ella lo intentó. Para contentar a sus padres. Tres años de Ciencias Económicas y Sociales en la Universidad de Lille. Con un traje que no estaba hecho a su medida, tardó en ver que se marchitaba y se traicionaba a sí misma año tras año. Todo acabó en una depresión. Una de las gordas. Una de esas en la que no quieres salir de la cama y dar una vuelta por el barrio es toda una proeza olímpica. Por culpa de la sobreadaptación, por agradar a los demás. Tras varios meses arrastrándose como un alma en pena entre el oprobio familiar y la desolación, la muerte de su querida abuela fue el desencadenante de su rebelión. Solo la anciana, su única aliada, detectó precozmente el talento de su nieta para el teatro. No paraba de animarla a intentarlo. Al final, su abuela se fue antes. Sin embargo, estoy segura de que eso es lo que le dio a Meredith el valor de escapar de la mirada se sus padres para atreverse a llevar la vida con la que siempre había soñado: la vida de artista.

Vuelvo al salón con las dos bebidas humeantes, que dejo sobre la mesita, y miro a Meredith a los ojos.

—Venga, cuenta.

Meredith

Mi Rose. Cuando me ha abierto la puerta hace un momento, he sentido una oleada de gratitud. En pocos años se ha convertido en una madre, una hermana, una amiga. Una familia que es solo ella, como una navaja suiza. No sé por qué, pero Rose es una de esas pocas personas que, en cuanto la ves, te hace sonreír. Así es Rose: un rayo de sol de metro ochenta, ¡por lo que cubre una superficie enorme!

Ahora que con tanta amabilidad, con tanta paciencia, me escucha mientras le cuento lo que ha pasado, observo su fascinante pelo encrespado, que forma una aureola de veinte centímetros alrededor de su cabeza.

¡Qué guapa es! Rose, el nombre que le puso su madre en honor a la cantante Calypso Rose, a la que escuchaba en bucle: disfrutaba dejándose llevar por la alegría de la «Cesária Évora del Caribe» y por el ritmo pegadizo de sus canciones.

Cuando le cuento la conversación con Antoine se me caen las lágrimas y veo dos pequeñas arrugas leoninas dibujarse en el ceño de mi amiga. Dos pupilas de un color avellana claro con reflejos aguamarina brillan de malestar.

—¿Ves cómo te afecta todo esto? La verdad es que me da pena. Parece que te guste arruinarte la vida.

Los pendientes criollos se mueven al ritmo de su indignación. Me conmueve que se preocupe.

—No es eso, Rose... De verdad, le he dado mil vueltas y, aunque sea muy duro, el paréntesis me parece la única solución para tomar distancia, comprender por qué me bloqueo y ver si nuestra historia de amor tiene posibilidades de continuar...

Refunfuña, poco convencida. Doy un sorbo a la tisana humeante.

—¡Ten cuidado! —dice mi hada con una sonrisa—. ¡Ya te está abrasando el amor, no hace falta que te quemes más!

Oímos el ruido de una puerta que se abre y una vocecilla que murmura:

—¿Qué pasa, mamá?

Rose masculla algunos tacos en criollo. Késia se ha despertado. He debido de hacer mucho ruido. Qué graciosa está la niña con ese camisón con un unicornio estampado, aferrada a un conejo de peluche curtido (pelón y sin un ojo). Ha vivido mucho durante los cinco años que lleva entre los brazos de Késia.

—Pero ¿qué haces levantada? ¡Lo que faltaba! ¡Mañana en el cole estarás agotada! ¡Vamos, vamos! ¡A la cama!

Agarra a su oveja descarriada con mano ágil y se la echa a la espalda. El contraste entre ambas es impresionante. Késia parece una gambita entre los brazos de su madre. Piel lechosa, largo pelo castaño claro, liso como las hierbas de la sabana, grandes ojos azules. Nada haría pensar que sea hija de Rose. ¡Cuántas veces se ha enfadado mi amiga porque la han tomado por su canguro! Las leyes genéticas son inescrutables... La niña se ha llevado todo del padre, un colosal azafato sueco seducido entre dos escalas en París y que levantó el vuelo en cuanto tuvo noticia del embarazo. La niña enrolla las piernas flacuchas alrededor de las anchas caderas de su madre, como una lapa aferrada a una sólida roca.

—¡Hazme de caballito, mamá! —suplica la niña.

—¡A estas horas no, pitusa!

—¡Venga, porfa!

Rose trota alegremente hacia el cuarto.

—¡Arre! ¡Arre! —chilla la niña, encantada—. Así es mucho más divertido volver a la cama.

Mi amiga suelta una de sus carcajadas atronadoras que tanto me gustan y muestra sin complejos sus dos paletas separadas. Se presta de buena gana al juego de su hija. Sé que no puede negarle casi nada. Roméo se entromete y empieza a imitar el relincho del animal. Siempre me quedo boquiabierta ante su talento como imitador. Revolotea hasta el hombro libre de Rose y le picotea el cuello entre onomatopeya y onomatopeya. ¡Un auténtico circo ambulante! Para restablecer un poco la calma, Rose finge enfadarse. Y sostiene a Késia con una mano.

—¡Ya está bien! ¡Que son las doce y media! ¡Menudo cachondeo!

—Eh... ¿te puedo ayudar en algo?

—No, tú no te muevas. Tú, vuelve a la jaula. ¡Y tú, a la cama! ¡Ya!

Cuando se pone en plan sargento, todos obedecen. Al criar sola a su hija, debe asumir todos los roles, desde el de la mamá dulce hasta el de la mamá inflexible. Multifunción.

Mientras Rose se afana en dormir a Késia en su habitación, me quedo sola con Roméo. Está algo ofendido por la bronca que le han echado hace un rato. El loro pone mala cara y me lanza una mirada sombría. Le entiendo.

—Sí, querido. ¡A veces la vida es dura!

—¡Es durrrrrra! —repite acentuando la última sílaba.

Cuando regresa, Rose me encuentra fumando en el minúsculo balcón y me sermonea.

—Oye, métete rápido, que vas a pillar una pulmonía. ¿Cuándo piensas dejarlo?

Hago un esfuerzo por no responderle: «Cuando por fin sea feliz».

Abre a toda prisa el sofá cama, ya que solo tiene una habitación, la que ocupa su hija.

—¡Vamos a apretujarnos bien! —dice sin ningún apuro ante la perspectiva.

Como pijama, me presta una de sus camisetas, que me queda enorme y me llega hasta la rodilla. Me lavo los dientes para quitarme el sabor a tabaco y me meto bajo el edredón. Me dejo puestas las medias. Tirito. De frío. Pero no solo.

Hablamos aún otro rato.

—Venga, que mañana será otro día.

Ya...

Rose apaga la luz mientras me desea que pase una buena noche. Sé que, para mí, será larga.

cap-6

Escena 5

Meredith

Cuenta atrás: -182 días

El despertador suena a las siete y media. La niña tiene que estar en el colegio dentro de una hora. Para dejarme dormir, Rose trata de hacer el menor ruido posible y susurra. Al contrario que Késia, que, como cualquier niña de cinco años, habla alto y está intrigada por mi presencia en su salón.

—¿Por qué ha dormido Meredith ahííííí?

Me fascina lo agudo que pueden llegar a ser los sonidos que emiten los niños y, sobre todo, su facultad para usar las palabras como martillos en la cabeza de un pobre insomne.

—¡Chisss! ¡Habla más bajito, pitusa! Meredith está muy triste y ha venido a consolarse un poco aquí, ya ves.

—¿Y cuándo se va a ir a su casa?

—¡Késia! —dice su madre, molesta y algo abochornada.

La lleva hasta la cocina para prepararle su leche con cacao y el acostumbrado pan de leche con miel.

Huele bien. Se me hace la boca agua... Pero aún no tengo fuerzas para levantarme. Medio en coma, me doy la vuelta soltando un gruñido y meto la cabeza bajo la almohada.

No moverme. No salir jamás de esta burbuja de calor protectora. Olvidar la estúpida decisión de alejarme de Antoine... ¿Qué narices me ha dado?

Rose y Késia ya están casi listas para salir.

—¡Ponte el abrigo, Késia! Date prisa, que llegaremos tarde.

La niña lo hace despacio. Rose la ayuda con una mano impaciente a abrocharse el plumífero. Su mirada se topa con unas zapatillas luminosas con los cordones desatados.

—¡Késia, no! ¡Encima esto! ¡Sabes que no puedes ponerte las zapatillas con suela de lucecitas para ir al cole! ¿Por qué no has cogido las rosas de velcro?

Sonrío para mis adentros: sabe lo que hace. ¡Molan mucho más las suelas de leds!

Rose echa un vistazo al reloj y refunfuña.

—¡Da igual, no hay tiempo de cambiarse! Peor para ti, ya verás cómo te regaña la profe.

Késia simula estar arrepentida, pero sus ojos brillantes revelan que está feliz de haberse salido con la suya y ahora mismo solo piensa en su felicidad. Los niños son encantadores.

—¡Bueno, yo me voy! —me suelta Rose—. Quédate el tiempo que quieras, ¿vale? He quedado por la mañana, volveré a mediodía.

—Gracias, eres un amor. Pero creo que voy a volver a casa.

—¡Como quieras! Ya hablamos.

—¿Rose?

—¿Qué?

—Gracias por todo.

Cuando se va, decido salir de mi letargo y levantarme. Mis pasos se dirigen hacia la cocina, donde espero encontrar algo para hacerme un café de supervivencia. Sin sentirse apenas intimidado, Roméo empieza a seguirme. Cuando me doy la vuelta, se queda quieto. Juego un rato con él a una especie de escondite inglés. Sonrío impresionada y me inclino para rascarle el cuello y acariciar su bonita cabeza. Me honra con unos esplendorosos gorjeos y veo que sus pupilas se dilatan de gusto. Creo que lo tengo en el bote.

Rebusco en todos los armarios hasta que, por fin, encuentro la cafetera y el preciado polvo negro. Mientras estoy plantada delante de la máquina mirando cómo avanza el goteo regenerador, oigo un extraño ruido a mi lado. ¿Y a quién veo meterse en la cocina? ¡A Roméo, que viene hacia mí a toda velocidad montado en unos patines!

—¡Pero mira qué gracioso! ¿Tu dueña te deja hacer eso?

¡El loro se pone

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