Sueños frágiles

Yara Zgheib

Fragmento

Capítulo 1

1

Yo la llamo la habitación Van Gogh. Por la paleta cromática tan diferente que tiene. Manta de color melocotón difuso, paredes del mismo tono. Moqueta verde pastel sobre un suelo de madera de cerezo. Persianas y contraventanas blancas, la ventana y la puerta del armario chirrían. Todo aquí es pálido y desvaído, un poco como yo.

Miro alrededor y pienso: Aquí es donde empieza. En la Habitación 5, en el lado este de una casa rosácea que hay en el 17 de Swann Street. Un sitio tan bueno (o malo) como cualquier otro para una historia como esta. Es un dormitorio sencillo y bastante acogedor, discutiblemente limpio. Al menos tiene una ventana; veo la entrada, el filo de la calle y un trocito de jardín y de cielo.

Cuatro perchas, cuatro toallas, cuatro baldas. No metí gran cosa en la maleta, tampoco necesito más. Pero sí que traje mi estuche de maquillaje, uno rojo que antes era de mi madre. Aunque no es que vaya a necesitarlo; no iré a ninguna parte en mucho tiempo. No tengo que ir a trabajar el lunes por la mañana, tampoco tengo planes para el fin de semana. Pero quiero estar guapa, debo estarlo. Pongo el estuche de maquillaje en la balda blanca y me aplico un poco de colorete en las mejillas.

Desodorante, crema corporal de coco. Mi perfume de manzana y jazmín. Una pulverización detrás de cada oreja y después dos más. No quiero oler a cama de hospital.

Cuatro imanes sobre un tablón magnético. Vaya, necesitaré muchos más. Por ahora extiendo en forma de abanico una buena pila de fotografías en el suelo. Miro detenidamente todos los rostros que he amado en mi vida y cuelgo en el tablón mis cuatro favoritos.

Mi madre y mi padre. Maman et papa aquel lejano día en que se fugaron juntos. Ella con el vestido blanco prestado y los zapatos blancos, él con el traje de su padre.

Una foto de Sophie, Camil y yo, haciendo un pícnic junto a un arroyo. Debía de ser otoño; el cielo estaba nublado. Camil tendría cinco o seis años; tiene en el regazo a Leopold, que entonces todavía era un cachorro.

Matthias, el guapísimo Matthias, entornando los ojos a causa del sol ante mi cámara. La primera foto que le hice, aquella primera mañana en París. Un día tranquilo y feliz.

Y la última es de Matthias y yo con las bocas manchadas de chocolate y unos crepes a medio comer en las manos. Nuestra foto de boda oficial, para la que posamos orgullosos delante del Métro hace tres años.

El caleidoscopio va junto a la cama, las zapatillas y una caja debajo. Bajo la persiana y enciendo la lámpara de la mesilla.

Acabo de mudarme a la Habitación 5 del 17 de Swann Street.

Me llamo Anna. Soy bailarina y siempre estoy soñando despierta. Me gusta tomarme un vino espumoso a última hora de la tarde y comer fresas maduras y jugosas en junio. Las mañanas tranquilas me hacen feliz y los atardeceres me ponen triste. Como a Whistler, el pintor, me gustan las ciudades grises y brumosas. Los días grises y brumosos los veo violetas. Creo en el sabor intenso del auténtico helado de vainilla que se derrite sobre un cucurucho formando chorretones pegajosos. Creo en el amor. Estoy locamente enamorada de alguien y ese alguien está locamente enamorado de mí.

Tengo libros que leer, lugares que ver, bebés que acunar, tartas de cumpleaños que saborear. Incluso me quedan unos cuantos deseos de cumpleaños de sobra que todavía no he gastado.

¿Qué estoy haciendo aquí entonces?

Tengo veintiséis años. Pero es como si mi cuerpo tuviera sesenta y dos. Y mi cerebro también. Ambos están cansados, irritables y doloridos. Hace tiempo tenía el pelo rubio claro y una tupida melena. Ahora lo tengo de un beis desvaído e insulso y los mechones me caen sobre la cara, a veces incluso se me quedan en las manos. Los ojos, verdes como los de mi madre, los tengo tan hundidos que no hay maquillaje que consiga hacer menos profundos esos cráteres. Lo que sí conservo son mis bonitas pestañas. Siempre me han gustado. Se curvan ligeramente hacia arriba como las de una muñeca que tuve.

Las clavículas, las costillas, las rótulas y unas venas azules, delicadas como serpentinas, se aprecian bajo mi piel, fina como el papel. Y la piel, el órgano más grande del cuerpo y su primera línea de defensa, me resulta más decorativa que funcional últimamente. De hecho, ni siquiera eso: la tengo agrietada y tensa y siempre está fría y llena de hematomas. Hoy huele a aceite de bebé. Me he puesto el de lavanda para la ocasión.

Tengo el vientre plano. En algún momento tuve labios y pechos, pero todo eso se desinfló hace meses. Como también se encogieron mis muslos, mi hígado y mi culo. También he perdido mi sentido del humor.

Ya no me río mucho. Muy pocas cosas me resultan divertidas. Y cuando lo hago, mi risa suena diferente. Por lo visto, también le pasa a mi voz por teléfono. Aunque no es que yo haya notado la diferencia: no tengo mucha gente a la que llamar.

Caigo en la cuenta de que no tengo el teléfono, y entonces me acuerdo: me lo han quitado. Me permiten tenerlo hasta las 10.00 de la mañana y después de la cena. Una de las muchas normas que tendré que seguir mientras viva aquí, dure esto lo que dure. ¿Cuánto tiempo estaré aquí? Aparto de mi mente ese pensamiento…

… y me asalta el pánico. No reconozco a la chica cuyos rasgos acabo de describir.

Capítulo 2

2

Formulario de Ingreso y Evaluación Clínica

Viernes, 20 de mayo de 2016

Datos personales del paciente

Nombre: Anna M. Roux (apellido de soltera: Aubry)

Fecha de nacimiento: 13 de noviembre de 1989

Lugar de nacimiento: París, Francia

Sexo: Mujer

Edad: 26 años

Persona de contacto en caso de emergencia

Nombre: Matthias Roux

Relación con la paciente: Cónyuge

Otros datos

Profesión:

Yo le digo a la gente que soy bailarina, aunque hace años que no bailo. Trabajo de cajera en un supermercado, pero mi verdadera profesión es la anorexia.

Estado civil: Casada

Hijos: No

Aún. ¿Tal vez, con suerte, los tendré cuando todo esto acabe?

Me salto: Etnia, Historial familiar y social, Educación y Aficiones.

Estado físico

Me encuentro bien, gracias.

Alergias: Ninguna

Última regla: Se desconoce

Es que no recuerdo la fecha.

¿Métodos de planificación familiar? ¿Medicación anticonceptiva?

¿Para qué? Y otra vez: ¿para qué?

Peso y altura: ¿Y a usted qué le importa?

Peso del paciente: 40 kilos

Altura del paciente: 1,53 metros

IMC: 15,1

Sí, estoy un poco delgada. ¿Y qué?

Hábitos nocivos

Tabaco:

No. No me gusta cómo huele.

Alcohol:

Una copa de vino una vez a la semana, los viernes por la noche.

Drogas recreativas:

No.

Cafeína:

¿Cómo voy a funcionar si no teniendo en cuenta que solo duermo tres horas?

Número de ingestas de comida que hace habitualmente en un día normal:

Habría que definir las palabras «normal» y «comida». Suelo llevar unas manzanas en el bolso por si tengo mucha hambre.

Número de ingestas de comida que hace habitualmente en un día de fin de semana normal:

¿Por qué iba a ser diferente de lo anterior? Bueno, a veces me hago palomitas de maíz en el microondas. Una sola ración. Baja en calorías.

Rutina de ejercicio regular: Sí.

Por supuesto.

Frecuencia: Diaria.

Describa el tipo de ejercicio que realiza:

Corro, hago ejercicios de fuerza y estiramientos durante dos horas todas las mañanas, antes de las 7.00.

¿Qué hace para gestionar el estrés?

Corro, hago ejercicios de fuerza y estiramientos durante dos horas todas las mañanas, antes de las 7.00.

Salud mental

Principal problema o preocupación: Dificultad para ingerir ciertos alimentos.

Dificultad para comer, punto. Pérdida de interés por la comida, pérdida de interés por todo en general.

Cambios importantes o factores estresantes en los últimos meses: Ninguno.

Que yo quiera revelar aquí.

Problemas mentales diagnosticados con anterioridad: Ninguno. Ya he dicho que me encuentro bien.

¿Siente tristeza?

Sí.

¿Angustia?

Sí.

¿Ansiedad?

Sí, sí.

Marque los síntomas que haya tenido durante el último mes:

Ingesta restringida de alimentos.

Sí.

Ejercicio físico compulsivo.

Sí.

Evitación de ciertos alimentos.

Sí.

Abuso de laxantes.

Sí.

Atracones.

Sí. Me comí un paquete entero de moras la semana pasada.

Vómitos autoinducidos.

Solo por el sentimiento de culpa. Véase lo de las moras de antes.

Preocupación por el peso, la imagen corporal o por verse gorda.

Sí. Sí. Sí.

Peso total que ha perdido durante el último año:

Paso.

Peso más bajo que ha alcanzado:

Paso otra vez.

Estas preguntas no me parecen adecuadas.

Diagnóstico

Anorexia nerviosa restrictiva.

Capítulo 3

3

La habitación, más bien el piso entero, era un cubo de estilo industrial. El tipo de vivienda que les encanta a los promotores que buscan reducir costes y a los inquilinos con ingresos reducidos. Techos altos y paredes de hormigón al descubierto, provocativamente desnudas, enmarcadas por tubos de acero. Más un loft que un apartamento… o, mejor, un estudio.

La luz entraba a raudales por la ventana que ocupaba la única pared que daba al exterior. Ella se acercó y miró la pequeña extensión de césped y el edificio de enfrente, y después alzó la vista hasta el tercer piso y la ventana que se encontraba justo a la altura de la suya. Las persianas estaban cerradas. ¿Allí la gente conocería a sus convecinos? Aunque allí dirían «vecinos». Tendría que procurar recordarlo.

«Piso» tampoco era la palabra que utilizaban allí, se dijo. Allí a los pisos los llamaban «apartamentos». Ahora estaba en Estados Unidos.

«Apartamento.» «Estados Unidos.» Repitió las palabras para probar y sintió su sonido al pronunciarlas. Ese apartamento estaba vacío, pero les pertenecía, y era pequeño, aunque lujoso considerando los estándares parisinos.

En París habían vivido en una habitación que era como un armario y compartían una pared, un cuarto de baño, una cocina diminuta y una nevera con un estudiante de filosofía, un psicólogo y sus amantes, y un informático que casi nunca estaba en casa, pero que cuando sí lo estaba preparaba un pesto estupendo. La vida bohemia no le asustaba; siempre le había encantado y la disfrutaba. Pero eso no era bohemio, ni tampoco París. Eso era el Medio Oeste de Estados Unidos.

Había aterrizado allí la noche anterior. Matthias la esperaba en el aeropuerto con una rosa roja. Después la había llevado en coche hasta allí. Cena, vino, sexo y por la mañana se había ido a trabajar… … y no había dicho cuándo volvería, cayó en la cuenta Anna. Terminó de sacar sus cosas: el perfume de manzana y jazmín, la crema corporal, el cepillo del pelo y el de dientes, que puso junto al de él. Los libros al lado de la cama. Se le habían olvidado las zapatillas. ¡Listo! Las 11 h.

Otra mirada alrededor. Las paredes no estaban demasiado vacías. Acabaría de llenarlas con fotografías de casa. También compraría comida, velas y más vino. ¿Vendría Matthias a comer?

Seguramente no. Pero ella prepararía la cena para que estuviera lista cuando él llegara. Se darían un banquete y después irían a explorar esa ciudad nueva. Hasta entonces… Se puso a tararear notas sueltas y fue hasta la nevera. Encontró un cuarto de la pizza que Matthias había pedido la noche anterior. Había dejado los bordes a un lado; sabía que a Anna le gustaban. También había un trozo de queso, yogur y varias frutas. Cogió el yogur y unas cuantas fresas.

Pero ¿dónde iba a comérselas? No tenían muebles todavía, aparte de la mesita del café y la cama. Pues tendría que ser la mesita del café. Y se sentaría en el suelo.

Puso agua a hervir y se preparó un café instantáneo. Un sorbo. Penoso. Ni un traguito más. Eso no era café. Lo tiró por el fregadero y optó por prepararse un té.

Pero no había té. Las 11.05. El yogur era de frutas, con mermelada. Volvió a guardarlo en la nevera y se comió las fresas. Las 11.06. No faltaba mucho para la hora de comer, de todas formas. Cogió el teléfono y después lo dejó de nuevo; en París era última hora de la tarde y seguro que todo el mundo estaría ocupado.

Tal vez podría salir a correr un rato antes de comer. Quizá Matthias habría vuelto para cuando ella regresara.

Pero no lo encontró en casa. Se duchó, después cumplió despacio con su rutina de la crema corporal, se secó el pelo, se puso un vestido azul y cogió su estuche de maquillaje: crema facial, rímel, colorete de color melocotón. Pintalabios rosa. Las 12.28.

Nevera. Pizza, bordes, queso, yogur y fruta. Debería ir a comprar cosas para preparar la cena. Haría crepes y ensalada. Con queso y champiñones. Y la fruta de postre.

Las 12.29. Iría antes de comer.

La una y media y por fin tenía todo lo que necesitaba. La tienda que había visto mientras corría no estaba cerrada, como le pareció. La voz se le había quebrado un poco cuando llegó a la caja; era la primera vez que la utilizaba en todo el día. Un rato después los huevos, la leche, la harina, el queso ricota, la lechuga, los champiñones y los tomates estaban en la nevera. Listo.

Paredes de hormigón. Descolgó el teléfono y volvió a colgarlo. Abrió y cerró la nevera. Cogió dos de los bordes de pizza que Matthias había dejado, los troceó y se puso a masticar despacio el primero mientras miraba por la gran ventana e intentaba librarse de la ansiedad con cada exhalación.

Nueve minutos después había terminado. Detestaba comer sola. A la 1.41 se quitó el vestido azul y lo colgó con el resto de su ropa. Todo lo que tenía había pasado de una maleta a las veinte perchas y una balda que había en el cubo 315 de los muchos que había en el edificio del número 45 de Furstenberg Street. Volvió a tumbarse en la cama.

Seguro que Matthias regresaría pronto, y entonces ella podría hacer los crepes.

Capítulo 4

4

No sufro de anorexia, tengo anorexia. Esos dos estados no son iguales. Conozco mi anorexia y la comprendo mejor que al mundo que me rodea.

El mundo que me rodea es obeso, al menos la mitad de él. La otra mitad está en los huesos. Los valores son pobres, pero las comidas son ricas en sirope de maíz con alto contenido en fructosa. Los estándares son siempre dobles, igual que las porciones. El mundo está atestado de gente, pero en él reina la soledad. Mi anorexia me hace compañía, me reconforta. Puedo controlarla, así que la elijo.

El Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-5) de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, la APA, define la anorexia nerviosa como una enfermedad neurológica, un desorden mental con graves efectos en el metabolismo de todo el organismo. Características:

1. Restricción del alimento, inanición autoinducida con el objetivo de perder peso.

2. Miedo obsesivo a engordar o a estar gordo.

3. Percepción distorsionada del peso o la imagen corporal que afecta de manera importante al bienestar mental

además de

falta de consciencia sobre la gravedad de la enfermedad.

Corro ochenta minutos al día, hago ejercicios de fuerza durante otros veinte, mantengo el número de calorías que ingiero por debajo de las ochocientas, mil cuando me doy algún atracón. Me peso todas las mañanas y lloro cuando veo el número que aparece en la báscula. También lloro cuando me miro en los espejos: veo grasa por todas partes.

Cuantos me rodean creen que tengo un problema. Todos tienen miedo. No tengo ningún problema. Solo debo perder un poco de peso. Yo también tengo miedo, pero no a subir de peso. Es la vida la que me aterroriza. Un mundo triste e injusto. No tengo un cerebro enfermo. Lo que tengo enfermo es el corazón.

Arritmia. Ritmo cardíaco irregular. Como cuando te enamoras o cuando tienes un ataque al corazón.

Cardiomiopatía. Pérdida de masa muscular del corazón. Sí, pero solo la que me sobraba.

No necesito tejidos prescindibles, ni grasas ni órganos prescindibles. Pero mi cuerpo es insaciable; quiere más potasio, más sodio, más magnesio. Energía.

Mi cuerpo no sabe lo que necesita. Yo tomo las decisiones por él. Como forma de protesta, mi corazón bombea menos sangre. Bradicardia. Ritmo cardíaco lento. Mi tensión arterial cae en picado.

El resto de mi cuerpo sigue sus dictados y cae a su vez, poco a poco, despacio, como la lluvia o la nieve. Los ovarios, el hígado y los riñones son los siguientes. Después es el cerebro el que entra en un sueño profundo.

Capítulo 5

5

¿Anna? ¿Paro la película? Te estás perdiendo lo mejor.

¿Anna?

Anna, ¿va todo bien ahí dentro? Abre la puerta, por favor.

¡Anna, abre la puerta! ¡Anna!

Capítulo 6

6

Matthias me encontró en el suelo; tenía las piernas como de algodón y la boca adormecida. Notaba los azulejos del baño bajo la espalda, helados, haciéndome daño, pero a la vez era como si me deslizara entre ellos. No lograba encontrar y enlazar las palabras que necesitaba para decirle que estaba bien. Tampoco podía agarrarle la camisa; tenía los dedos torpes. Y también los pensamientos.

No podía mover las manos, no podía mover nada. Matthias me cogió en brazos, me sacó del cuarto de baño y me llevó al dormitorio.

Durante unos minutos ninguno de los dos dijo nada. La película también estaba en pausa. Yo deseaba pulsar el play, terminar con aquel desagradable intermedio. Pero Matthias tenía otros planes.

Tenemos que hablar, Anna.

¿De qué?

¿Qué te ha pasado ahí dentro?

Me he caído en el baño, Matthias,

contesté, cortante.

Pero ya estoy bien. Creo que me levantado demasiado rápido.

Músculos tensos, defensas en guardia, moviéndome en círculos alrededor del cuadrilátero. Matthias reparó en el tono de mi voz, así que él también empezó a moverse en círculos, cauto.

¿Y ayer, durante tu turno en el trabajo? ¿Y la semana pasada, cuando te hiciste daño en el hombro?

¡Estaba cansada! ¡Resbalé!

Tenemos que hablar, Anna.

¡Ya estamos hablando!

Pues entonces tenemos que dejar de mentir ya.

Matthias era un poco mayor que yo, cumpliría treinta y un años en un par de meses. Y en ese momento parecía aún mayor. Habíamos estado levantando la voz progresivamente, pero esa última frase la dijo muy bajito.

Otra pausa mientras elegía las palabras. Yo no lo ayudé a hacerlo, no quería.

Creo que necesitas tratamiento. He sido un cobarde.

Debería haber dicho algo hace mucho. Pero todo este tiempo trataba de convencerme de que estabas bien… Ya te lo he dicho: ¡estoy bien!

Saqué las garras, como una gata acorralada.

Sé que desde Navidad las cosas han sido difíciles,

pero ¡lo tengo todo bajo control! He estado comiendo con normalidad… Has perdido mucho peso…

¿Y cómo lo sabes, Matthias? ¡Si nunca estás aquí!

Pasé a la ofensiva, no me dejó otra opción. Estaba contra las cuerdas y necesitaba un poco de aire. Pero cuanto más nerviosa me ponía yo, más tranquilo se mostraba él.

Tienes razón. No estoy aquí. Lo siento.

¡No necesito que lo sientas… ni que te preocupes por mí! ¡Puedo cuidarme sola! Ya te lo he dicho: estoy bien… Y te he creído, porque quería creerlo. Pero ya no puedo, Anna.

No recuerdo muchas de las cosas de esos tres años que nos condujeron a ese momento. Solo sé que me parecieron largos y fríos y que todo el tiempo me sentí como si estuviera bajo el agua. Pero los dos días siguientes se redujeron para Matthias y para mí al momento de meternos en el coche y circular por una autopista 44 vacía hasta una casa en Swann Street. Nos llevó un poco menos de cuarenta y cinco minutos. Aunque en realidad nos hizo falta mucho más para llegar al Formulario de Ingreso y Evaluación Clínica: tres años y diez kilos.

Capítulo 7

7

Era jueves por la noche y hacía un frío que pelaba, pero las decoraciones navideñas hacían que mereciera la pena, consideró Anna mientras se abrigaba mejor el cuello con su gruesa bufanda blanca. Enterró un poco más profundo en el abrigo las manos enguantadas mientras paseaba por los grandes bulevares, de escaparate en escaparate, viendo tamborileros y cascanueces, lucecitas y trenecitos de juguete.

Entonces se tropezó con él, o él con ella. Fuera como fuese,

Oh, je suis désolée!

Pero él sonrió. Ella también. Qué coincidencia, él iba en la misma dirección que ella. Siguieron paseando juntos hasta el final de la zona decorada. Y después no dejaron de pasear y de charlar.

Continuaron por una amplia acera y la conversación no paró de fluir. Después hacía mucho frío, así que entraron en un local. Se tomaron dos copas de burdeos cada uno. Y compartieron una ración de patatas fritas.

Se llamaba Matthias y le dijo que era preciosa. Se besaron. Entonces sugirió:

¿Vamos a tomar un helado?

¿Un helado? ¡Pero si hacía un frío espantoso! ¿Es que estaba loco?

Más frío no nos dará….

Tenía razón.

Pero con una condición:

Que sea uno de cucurucho.

Un cornet pour mademoiselle!

Ella soltó una risita y los dos se acurrucaron, se cogieron del brazo y salieron otra vez al frío.

Cruzaron el puente y pasaron ante los vistosos cafés en los que los turistas se dejaban timar encantados. Giraron a la izquierda hacia una calle perpendicular y fueron hasta el final, hacia un quiosco perfectamente oculto.

La cola que había fuera era una buena señal y además no había turistas en la fila. Él pidió dos bolas: chocolate y algo rosa. Ella prefirió vainilla y en cucurucho. Se lo comieron mientras paseaban y tiritaban de frío. De vez en cuando se detenían para darse algún beso pegajoso.

¿Te apetece cenar conmigo mañana por la noche?

Fue el sí más fácil de la historia.

No, la verdad es que no. Ese vino más adelante, justo un año después, en el mismo lugar.

Con los labios y los dedos pegajosos, él le preguntó entonces:

¿Quieres casarte conmigo?

Se casaron la primera semana de enero, la boda más fría de la historia.

Comieron cruasanes de la boulangerie de abajo para desayunar. Ella preparó café en la cocinita. Y después salieron a helarse en medio la nieve, él con su único traje y ella con un vestido de un blanco cremoso que se había comprado. Salieron de la mairie a mediodía cogidos de la mano, besándose y riéndose ante las palabras «marido» y «mujer» y, justo antes de bajar al Métro, se tomaron unos crepes dulces y pegajosos como banquete de boda.

Capítulo 8

8

Tuvo que haber señales de que estábamos desviándonos del camino que conducía a lo de ser felices y comer perdices.

Hoy me han hecho una oferta,

dijo Matthias una tarde.

¿Una oferta? ¿De qué?

Le di un sorbo al té. En la cara seria de Matthias había una mancha de Nutella. Sonreí.

Una oferta de trabajo. ¡En Estados Unidos!

Más té. Su cara de emoción. Su cara de esto es lo que quiero. Estados Unidos. Bueno…

¿Por qué no? Tal vez había llegado en el momento perfecto. Iban a quitarme la escayola unas semanas después y necesitaba un nuevo comienzo. Mi plaza en el cuerpo de baile del ballet de la Opéra (a la izquierda del escenario, segundo cisne contando desde el lateral) se había cubierto de inmediato y con facilidad tras el accidente. El espectáculo tenía que continuar. Sin rencores.

Podría bailar en Estados Unidos, nunca había estado allí.

¿Dónde es la oferta?

En Saint Louis,

el mismo nombre de la pintoresca isla en la que nos besamos en nuestra primera cita. Me imaginé pintorescos cafés pequeñitos y tiendas a ambos lados de pintorescas callecitas. Saint Louis. Tal vez era una señal. ¿Tendrían buenos helados allí?

Da igual, porque no voy a comer helado, me dije con dureza. Llevaba meses sin bailar y sin correr. Tenía que recuperar la forma física. Hasta entonces haría dieta y, por lo visto y por qué no, seguiría a Matthias hasta Estados Unidos. Lo vi lamerse la Nutella de los dedos y le di un beso en la barbilla, donde le quedaba un poco.

Él se fue de París primero, con la primera de nuestras maletas. Yo metí el resto de nuestra vida en la segunda. Teníamos billetes solo de ida, un plan y el uno al otro. No tenía pérdida.

Seguro que hubo señales, pero nos distrajo la montaña rusa que suponía aquella aventura. Papeleo, buscar un sofá para el apartamento, corbatas y camisas para Matthias.

Buscar una compañía de ballet en la que yo pudiera trabajar. Era pequeña, pero al final la encontramos.

Y entonces nos dijeron que no necesitaban a nadie en su cuerpo de baile, pero gracias por solicitar el puesto.

No pasa nada,

dijo Matthias.

Seguiremos buscando.

No pasa nada,

repetí yo. Y lo hicimos. Seguro que hubo señales, pero no las vimos; estábamos demasiado ocupados, él trabajando y yo intentándolo.

Me pasé meses concentrada en volver a ponerme en forma y buscar otras oportunidades para bailar. Sin embargo, había poco donde escoger, o yo tenía el listón muy alto… o Saint Louis no era una ciudad de ballet. No encontré otra compañía, ni tampoco los cafés pintorescos en pintorescas callecitas.

Sí encontré otros trabajos y fui a hacer entrevistas, pero no estaba cualificada. Era una bailarina de ballet pidiendo trabajo de encargada de tienda o de cajera de banco. ¿Cuál es su experiencia?

Hubo señales: alimentos que poco a poco fui dejando de comer, vestidos que dejé de ponerme. Me quedaban demasiado grandes, y además no iba a ninguna parte donde poder lucirlos.

Esperaba a que Matthias llegara a casa del trabajo para no comer sola. Y cuando llegaba:

¿Ha habido suerte hoy, Anna?

Al final dejó de preguntarme.

Y yo al final dejé de buscar. Y dejé los lácteos y también de coger el teléfono. Y de maquillarme, pero al menos ya no estaba gorda.

Otras señales: los días largos se volvían más cortos porque corría más tiempo, me daba duchas más largas y echaba más siestas. Cada vez me parecía menos a la chica que salía en nuestras fotos. A pesar de todo, no sé por qué, no lo vimos.

No había nada misterioso en la carretera que nos llevó al 17 de Swann Street. Cientos de chicas la habían utilizado antes que yo para llegar a esa casa de las afueras pintada de color melocotón. Con alguna variante: unas iban en coche, otras en avión, unas venían de fuera de la ciudad, otras de fuera de las zonas urbanas, algunas de fuera del estado. A las que tenían más suerte las llevaban hasta allí su familia o sus amigos. A las que tenían menos, una ambulancia.

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