PRÓLOGO
¿Eres profe por vocación?
Si hay una pregunta que nos han repetido hasta la saciedad a quienes nos dedicamos a la enseñanza es esta: «¿Eres profe por vocación?». Supongo que quieren saber si eres como algunos de esos profes que tuvieron y que pasaban un poco de todo o si, por el contrario, eres de los que se implican en lo que hacen. Blanco o negro. A menudo no hay término medio cuando se habla de vocación. La mayoría cree que para dedicarte a la enseñanza has debido de tenerlo claro desde muy pequeñito. Yo no lo veo así.
¿Soy profe por vocación? Sí, no podría negarlo aunque quisiera. De hecho, siempre recordaré la maestra que tuve al empezar el parvulario. Estoy convencido de que gracias a ella he llegado donde estoy ahora. No recuerdo nada de sus clases porque no era más que un niño, pero a menudo mis padres me dicen que iba tan emocionado a la escuela que incluso entraba corriendo por la puerta para ser de los primeros en saludar a la maestra. Se llamaba Alícia y era afable y cercana con nosotros.
Han pasado los años y ya no sé nada de ella. De todas formas, me gustaría escribirle un mensaje que ojalá pueda leer algún día:
A menudo te cruzas con personas en la vida. A partir de ese día, compartís momentos y ratos de muchas risas. Pasado un tiempo, todo cambia porque cada cual debe emprender un nuevo camino y os marcháis por donde habíais llegado, y al final casi no queda nada. Sin embargo, sucede otras veces que, sin saber muy bien por qué, aparecen personas en tu vida, compartís momentos y ratos de muchas risas y, cuando el inexorable paso del tiempo os separa, permanece una huella que nunca se borra, porque ahora eres como eres gracias a ese alguien y serás como serás gracias a los momentos y a los ratos de muchas risas que habíais compartido. Y sabes de sobra que todavía es más mágico cuando estás convencido de que ninguno de los dos lo pretendíais ni lo esperabais.
Alícia, gracias por convertirme en el profesor que soy hoy.
Sí, es por vocación. Durante los estudios de primaria, cuando los otros compañeros se enclaustraban en la habitación para pasar el rato con juegos de su edad, yo rebuscaba en un cajón el libro roído de lengua y literatura del curso anterior, lo posaba en mis manos como un tesoro y lo abría por la página que tenía un bolígrafo a modo de marcapáginas. Después, disponía los cojines y los pocos peluches que había en mi cama como si fueran alumnos. Y entonces ponía en marcha mi discurso de recordatorio de lo que había explicado en la última sesión. Jugaba a ser profesor y me inventaba listas de nombres y, si era preciso, gritaba a los peluches que me parecía que se portaban peor.
Es curioso cómo los referentes de que disponemos pueden influir en un momento concreto. Recuerdo que durante aquella etapa tenía a maestras que, a pesar de tratarnos bien, se ponían hechas un basilisco y nos gritaban tan fuerte que mi madre podía oírlas desde el balcón de casa.
—¡Menudos gritos! Seguro que os habéis portado fatal... —me decía mi madre nada más verme.
—Yo no he hecho nada malo.
Me defendía porque era la verdad. No solían enfadarse conmigo, pero en clase éramos una piña: si todo iba bien, era gracias a nosotros, pero si la cosa se torcía, también era por culpa nuestra. En cualquier caso, creo que durante esos primeros años como alumno y como aspirante a futuro profesor tuve una concepción bastante sesgada de la actitud que debía tener un docente. A partir de mis modelos educativos, intuía de manera confusa que había que ganarse la autoridad a golpe de silbato. Y por esta razón, si los cojines y los peluches me hacían enfadar, descargaba toda la rabia sobre ellos hasta que mis gritos retumbaban por toda la comunidad de vecinos.
Durante la educación secundaria obligatoria, seguí jugando a ser profesor, pero lo hacía a escondidas. Se volvía cada vez más difícil defender esta modalidad de juego ante un entorno adolescente más hostil. Tuve algunos referentes educativos que he procurado imitar en ciertos momentos, pero guardo de la mayoría un recuerdo que me cuesta saber si es bueno o no. Me disgustaba cuando en algunos casos notaba que hacían su trabajo porque no les quedaba más remedio.
Debo decir que, cuando me tocaba un profesor que rezumaba pasión por los cuatro costados, me aferraba a él como una lapa porque deseaba saber más sobre su trabajo. Mis compañeros a menudo me miraban de un modo extraño, ya que no entendían por qué me interesaban más los adultos que la gente de mi edad. Supongo que por aquel entonces debía de pensar que de unos podría aprender mil historias mientras que de los otros no sacaría nada en claro. ¡Quién me iba a decir que años después estaría aprendiendo tanto de los adolescentes!
Durante el bachillerato, tuve la suerte de coincidir con docentes que me demostraron día tras día que el oficio de enseñar es un regalo, porque si te lo propones puedes conseguir despertar la emoción y las ganas de seguir aprendiendo. ¡Ay, Àngels! Sus clases de griego y latín suponían el oasis del aprendizaje significativo. Nos mostraba a cada minuto el vínculo de la cultura clásica con nuestra realidad más palpable.
«La marca Nike es en realidad Niké, la diosa de la victoria. Y su logo representa una de sus alas. La letra omega es también una marca de relojes. Y ya veis que la letra kappa es la que se usa para la ropa deportiva», nos explicaba.
Vaya, enfocaba los contenidos como procuro hacerlo yo hoy en día en mis clases... Por eso, si hay un modelo educativo que he querido imitar siempre, sin duda, es el suyo. Todo el mundo la respetaba porque te hablaba desde el corazón y desde la comprensión, y llenaba de sentido todo cuanto enseñaba. Lanzaba la semilla para hacer florecer la emoción. Algún día lo leerás y te emocionarás, Àngels. Estoy convencido de ello.
Sí, es por vocación, pero la vocación es solo una parte. Lo importante es el día a día. He tenido varios compañeros que jamás se habrían imaginado que serían profesores. Ni siquiera se les había pasado por la cabeza en ningún momento que algún día tendrían que romperse los cuernos para motivar a grupos de adolescentes que no siempre lo ponen fácil.
Estos compañeros, sin embargo, realizan su trabajo con empeño, con dedicación y con pasión. No tenían una vocación predestinada, como en mi caso, pero puedo asegurar que se dejan la piel cada día y estoy convencido de que, si justo ahora alguien les diera a escoger entre seguir enseñando o dedicarse a lo que siempre habían soñado, elegirían mil veces la primera opción y no lo dudarían ni un segundo.
Sí, es por vocación, pero tuve miedos. Durante toda mi vida académica, me he vanagloriado de saber de sobra a qué me quería dedicar y no acababa de entender por qué había gente que no lo tenía tan claro. Durante la primaria, los compañeros aspiraban a ser veterinarios, astronautas, bomberos y muy ricos. Durante la secundaria, decían que no tenían nada claro, pero que querían ser muy ricos. Durante el bachillerato, habían elegido una rama académica por eliminación y apenas se planteaban nada más. Y durante los estudios universitarios, veía a compañeros que acababan dejándolo todo porque se habían equivocado al elegir la carrera y a otros que me decían «estoy fluyendo» y se pasaban fluyendo cuatro años para seguir fluyendo durante sus estudios posuniversitarios sin una meta clara.
Y de tenerlo todo tan claro y de haber presumido de ello como el que más, poco a poco empecé a sentir vértigo porque se acercaba la hora de la verdad.
¿Y si no era buen profesor? ¿Y si la vocación fuera solo una parte? ¿Y si, cuando me tocara ponerme ante una clase, no supiera ni por dónde empezar? ¿Y si no se me diera bien explicar conceptos teóricos? ¿Y si me aburriera de tanto repetir cada año lo mismo? ¿Y si no era capaz de conectar con los estudiantes? ¿Y si...?
La primera vez que pisé una clase estaba hecho un flan. Llevaba a cuestas tantos temores que me asustaba no poder disfrutar del momento. Al tratarse de una sustitución breve, empecé con la típica broma de «ya veis, chicos, que yo no soy vuestra profesora». Entonces dos o tres se rieron por empatía y luego ya fue como la seda.
Obviaremos que la escuela estaba en obras y que mi primera clase fue en un aula improvisada en un laboratorio lleno de trastos y cajas de cartón. Obviaremos, por supuesto, que, en ese preciso instante y en la misma aula improvisada, unos obreros estuvieran haciendo unas rozas en el techo para instalar los cables de la nueva conexión a internet. Obviaremos la vergüenza que me daba que un adulto pudiera oír la broma absurda del «ya veis, chicos, que yo no soy vuestra profesora».
Obviaremos, además, que, cada vez que daban un martillazo, tuviera que alzar la voz para que los del fondo pudiesen oírme bien. Obviaremos, en definitiva, que aquella primera clase fue de todo menos magistral. Y no lo tendremos en cuenta porque, tras los sesenta minutos que duró, supe que aquel trabajo con el que tanto había soñado y al que había jugado tantas veces a escondidas en mi habitación estaba hecho para mí. Simplemente, me sentí completo.
Es por vocación, también, que me dedico a la enseñanza, porque cada instante es una sorpresa. Ayer, por ejemplo, fue un día redondo porque por la tarde di la mejor clase de la semana y por la mañana, la peor. ¿Quién puede aburrirse así? No hay término medio. Que conste que era la misma actividad, pero con dos grupos muy distintos. Última hora de la tarde, dicen. Que si están pesados y que no hay nada que hacer. En contra de los tratados teóricos, los de la mañana, dormidos como marmotas, no me habían hecho ni caso y la propuesta fue un fracaso rotundo.
Llevaba preparada una propuesta sobre literatura. Tenían que descubrir qué autores se conmemoraban en una serie de doodles literarios que Google había estado recopilando. En una de las animaciones, junto a las letras del buscador de internet, un personaje masculino que sujetaba una linterna de fuego caminaba por un pasillo mientras iluminaba el retrato de un hombre desfigurado.
—¡Tres pistas! —dije—. Escritor irlandés. Encarcelado por homosexual. El retrato de...
Por la mañana, silencio sepulcral. Nadie había movido ni un dedo para intentar responder. Por la tarde, en cambio, les faltó tiempo. Empezaron a trastear, móvil en mano, para averiguar quién podría esconderse tras aquella identidad. Con energía, dos o tres alzaron el brazo, pero desde el fondo alguien se adelantó y gritó:
—¡Oscar Wilde!
—¡Perfecto! Y si hubieras respetado el turno de palabra, ¡ya ni te cuento!
Los compañeros que se habían quedado con las ganas de responder asintieron de manera justiciera.
—La novela El retrato de Dorian Gray —añadí— plantea un protagonista que está obsesionado con la belleza. Hará lo que sea necesario para mantenerla...
De repente, alguien murmuró que en Instagram hay gente que haría lo que fuera para conseguir un like. Como no podía dejar escapar aquella oportunidad, quise retarlos con la siguiente pregunta:
—¿Sigue vigente hoy en día el mensaje que nos plantea Oscar Wilde? ¿La sociedad actual sigue obsesionada con las apariencias?
Y venga intervenciones aquí y allá. En definitiva, la reflexión caló bien hondo porque casi todos se habían dejado atrapar alguna vez, intencionadamente o no, por las garras de las redes sociales. Acabamos trabajando la literatura enlazándola con una pequeña reflexión necesaria. Y un tema nos llevó a otro y, sin darme cuenta, la clase se acabó.
Al final, la docencia es por vocación, pero no es suficiente. La vocación te aporta la ilusión y las ganas necesarias, pero la constancia y la superación las aporta uno mismo. Ser profesor es el mejor trabajo del mundo, pero también lo son todos aquellos que te completan como persona.
Mientras tanto...
—¿Por qué decidiste ser profesor?
También me lo preguntan a menudo. Supongo que debe de ser una pregunta muy normal en cualquier trabajo. ¿Te la han hecho alguna vez? ¿Qué dirías?
Cuando estoy inspirado y me apetece ser intenso, me lleno la boca de argumentos y respondo más o menos así:
—Decidí ser profesor porque me siento afortunado de ser una parte del proceso de aprendizaje de muchas personas y porque, ante pinturas que están por terminar, puedo ser la paleta de colores. Porque nunca me aburro. Porque cada día se multiplican mil historias y puedo darle la vuelta a todo para que se convierta en inesperado para ellos y para mí. Porque puedo seguir aprendiendo para ofrecer todavía más. Porque siempre empiezo de cero y porque, cuando me equivoco y también cuando fracaso, les enseño que así se aprende mejor. Porque, cuando entro en una clase y se cierra la puerta, somos ellos y yo, y no hay nada ni nadie más porque las preocupaciones se quedan fuera. Porque a veces surge aquella chispa que lo convierte todo en real. No puedo pedir más cuando aquel alumno que se me ha atragantado a lo largo de todo el curso, de repente, se me acerca para conocer más detalles sobre un tema que de verdad le ha impresionado. Porque, cuando estoy en una clase, me dejan ser irónico a más no poder. Porque, con sus reflexiones, termino aprendiendo más de lo que esperaba enseñarles yo a ellos. Porque ante una clase me lo paso pipa siendo el niño inmaduro que nunca quise dejar de ser. Porque tal vez algo de lo que aprendan conmigo lo recordarán toda la vida. Porque es un orgullo ver cómo evolucionan, con sus aciertos y errores. Porque, en mi día a día, trabajo con personas que me dan permiso para modelarlas y procurar ser un poco mejores. Porque, desde mi posición privilegiada, puedo contribuir a una sociedad mejor, con ciudadanos más críticos y felices.
En cambio, cuando prefiero dar una respuesta rápida porque no tengo tiempo o porque no tengo ganas de tanto mareo ni de tanta intensidad, simplemente digo:
—Porque creo que no sabría dedicarme a otra profesión.
Me da un poco de apuro que la gente me pida consejos. No soy quién para darlos, porque el mejor consejo debería ser no tener que recibirlos. Una vez alguien me escribió este mensaje:
Hola, Cristian:
Se me ha ocurrido escribirte porque ahora mismo me encuentro haciendo las prácticas del máster de profesorado en secundaria y en los próximos días me pondré delante de una clase por primera vez. Como novata, me inquieta un poco ese momento, sobre todo por empezar con buen pie con ellos. ¿Tendrías algún consejo para profesores novatos? Muchas gracias y disculpa las molestias.
Mi respuesta fue esta:
¡Hola!
Me hace mucha ilusión que me escribas y espero estar a la altura con la respuesta. Recuerdo mis primeras clases durante las prácticas y, aunque estaba loco de emoción, me temblaban las piernas. Solo se me ocurre un consejo para darte: ¡disfruta! Sé empática, no tengas vergüenza de equivoc
