
H0la, viej0!
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Vigila la puerta del tiemp0. Stop.
Y detén a Oblivia ?e una vez p0r todas.
Tu amig0,
Peter

E
ra una luminosa noche estrellada. El cielo, inmenso y silencioso, envolvía el infinito horizonte de una meseta encerrada entre los dientes afilados de las montañas.
Allí, invisible para quien no conociera el camino de llegada, empezaba el Jardín del Preste Juan: un gigantesco castillo encaramado sobre una roca. Los tejados coronados de almenas, los arcos, las escaleras, las cisternas y las murallas se abrazaban entre sí como niños asustados. Por las ventanas de cristales azogados, las corrientes de aire colmaban los espacios vacíos de los largos pasillos. El castillo vibraba silencioso. A través de las rejillas subterráneas cintilaban pálidos resplandores de agua. En las chimeneas encendidas ardían las brasas y de los tejados se alzaban perezosas volutas de humo. Los pavos reales del extenso jardín estaban agazapados ante la puerta de su amo, como mariposas que hubieran crecido demasiado.
De una ventana apartada del castillo salía un fuerte resplandor, que dejaba intuir una gran habitación iluminada por velas. Un hombre, de pie tras el alféizar, contemplaba la procesión de arcos crueles que se sucedían más allá del patio. Mesándose la barba, volvió a leer el mensaje escrito en el largo trozo de tela que yacía desenrollado a sus pies. Era un objeto extraño de verdad: una especie de cruce entre una alfombra y lo que, mil años después, se habría llamado «telegrama».
Decía:




¡H0la viej0!
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Tu amig0,
Peter
Las velas temblaron, señal de que la única puerta de la habitación se había abierto. El hombre reconoció el rostro anguloso de su joven asistenta china. Se hicieron una reverencia.
–Tu indicación era exacta –dijo la mujer–. Los soldados han arrestado a dos intrusos.
–¿Dos? –murmuró el hombre, pensativo.
Llevó arrastrando el largo rollo de tela hasta la chimenea y lo arrojó a las llamas. La tela se tiñó de negro, lanzando un humo oscuro por la chimenea.
–Entonces tendremos que irnos los dos, amiga mía. Y será un viaje largo, me temo.
En su voz se adivinaba un cúmulo de malos recuerdos, algunos de ellos inconfesables.
La llama viva de la chimenea arrojaba lenguas doradas.
La asistenta china hizo una pequeña reverencia.
–Voy a preparar mis cosas.
El hombre esperó a quedarse solo. Luego apagó todas las velas excepto una. Apartó un tapiz, introdujo la mano en



un hueco y, procurando no poner en marcha ninguno de los mecanismos que la protegían, sacó una caja de madera adornada con una taracea dorada. La cerradura de esmalte se abrió.
Dentro había numerosas llaves, todas con forma de animal. Pero faltaban cuatro: las llaves del aligátor, la bisbita, la rana y el erizo.
El hombre se quedó sorprendido.
–Pero… ¿cómo es posible? –se preguntó, mirando otra
vez dentro de la caja.
Incapaz de encontrar una respuesta, apagó la última vela encendida y desapareció en la oscuridad.





J
ason cogió a su hermana del brazo y exclamó:
–¡Chist!
Julia estaba justo en mitad de las escaleras.
–¿Qué pasa? –La presión de la mano de su hermano le
indicó que era mejor no hacer más preguntas.
La escalera por la que habían subido estaba a oscuras, cerrada entre paredes angostas y con el techo sumido en la oscuridad. Una antorcha ardía en lo alto de los escalones, junto a una enorme puerta cerrada de la que provenía un ruido metálico: unas manos estaban abriendo el cerrojo.
Los gemelos lanzaron una rápida ojeada a su alrededor: en el tramo de escaleras que habían recorrido no había ningún sitio donde ocultarse y les quedaban demasiados escalones por subir como para poder llegar hasta la puerta y esconderse allí. El único escondrijo eran dos hornacinas que estaban a ambos lados de la escalera y que albergaban dos grandes floreros cargados de plantas.
Jason le hizo una seña a su hermana.
Julia entró reptando dentro del hueco, agazapándose en el reducido espacio que quedaba entre el florero y el muro. Jason, por su parte, saltó por encima del otro florero haciendo crujir las plantas y cayó al otro lado con un ruido sordo. A pesar del daño que seguramente se había hecho, no emitió ni un solo gemido.
La puerta situada en lo alto de las escaleras se abrió teatralmente, con un estruendo metálico de remaches de clavos que golpearon contra la pared. Una cascada de luz llovió so




bre los escalones, arrojando destellos dorados que llegaron a rozar las dos hornacinas. Julia vio la zapatilla de Jason que sobresalía del florero situado delante del suyo, pero no consiguió avisar a su hermano: en lo alto de la escalera, apareció la figura de un hombre robusto, que empezó a bajar los peldaños de dos en dos. La chica se refugió todavía más dentro de su escondite, rezando para que no los descubrieran.
–¡Despacio, Zan-Zan! –exclamó el hombre con voz atronadora–. ¿Quieres despertar a todo el castillo?
Zan-Zan entrecerró la puerta y siguió a su compinche escaleras abajo.
–¿Lo has cogido todo? –le preguntó él sin esperar respuesta. Zan-Zan llevaba a hombros un enorme saco de seda azul, atado con dos robustas cuerdas de viaje.
–¿Y hemos colocado las trampas? –continuó el hombre. Una vez más, la mujer no contestó.
–¿Las garzas? ¿Las corrientes de aire? ¿Los conejos? Hum… sí. El laboratorio está a buen recaudo.
Pasaron junto a los floreros. La luz de la antorcha osciló y, por primera vez, la mujer habló:
–Un momento… –murmuró deteniéndose.
Julia cerró los ojos y escondió el rostro tras los puños apretados.
«Que no nos vean… que no nos vean…», rogaba con toda la intensidad de que era capaz.
Zan-Zan se acercó al florero en el que se ocultaba Jason, a uno de cuyos lados sobresalía su zapatilla de deporte.



«Que no lo vean… que no lo vean…», imploraba Julia. Zan-Zan era china, muy bajita y llevaba un gracioso sombrero redondo y una capa corta azul que se anudaba en torno al cuello y descendía luego ensanchándose como una campana. El hombre tenía, en cambio, rasgos occidentales: una buena planta, no demasiado alto, barba oscura, un largo hábito de monje y un calzado que desentonaba con todo lo demás. Julia lo volvió a mirar con atención, segura de que la luz danzante del fuego la había engañado, pero al final se convenció: el hombre llevaba puestas unas viejas Nike.
Zan-Zan metió una mano en el florero y cogió un puñado de flores de manzanilla haciendo crujir la mata.
–No estaba segura de haber cogido bastante –dijo.
Su compinche asintió.
–Vamos. No tenemos mucho tiempo.
Los dos empezaron a bajar de nuevo la escalera.
Julia se asomó lo justo para observarlos: el monje con las zapatillas de deporte llevaba a la espalda una mochila de viaje grande y desgastada, que lograba mantener cerrada gracias a decenas de correas de cuero. Y a Julia le parecía que ya había visto aquel rostro en alguna parte.
Cuando la luz de la antorcha que llevaban desapareció al pie de la escalera, la chica salió arrastrándose de su escondite y llamó a su hermano.
–¡Se han ido! –le avisó mientras se dirigía a gatas al otro lado.




–¡Ayyy! –se quejó entonces Jason con un hilo de voz–. ¡Qué golpe!
–¡Sal! –le aconsejó Julia.
–Es fácil decirlo… –murmuró él, intentando moverse
hacia uno y otro lados.
La oscuridad y la forma panzuda del florero le impedían a Julia entender cómo había logrado encajonarse ahí dentro, pero por el número de lamentos dedujo que debía de haberlo hecho de un modo bastante complicado.
Al final Jason apareció por el lado izquierdo, recuperó la zapatilla que sin saber cómo había volado hasta el rincón opuesto y se atusó el pelo lleno de hojitas y telarañas.
–Esa hornacina es una verdadera trampa –declaró.
Tras una breve consulta sobre la conveniencia o no de seguir a aquellos dos, Jason y Julia decidieron que era demasiado peligroso. Querían intentar saber primero algo más del lugar donde se encontraban.
Así que subieron los escalones que les quedaban y llegaron hasta la puerta situada en lo alto.
–Esos dos hablaban de un laboratorio –dijo Julia en el último escalón.
–Sí, lo he oído.
–Y de trampas.
–Y de garzas, corrientes de aire y conejos. Lo he memorizado.
–¿Qué querrá decir?



–Ni idea. –Jason observó la puerta, tres veces más alta que él, e intentó moverla–. Pero nosotros tenemos otras cosas que hacer. Tenemos que encontrar a Black Vulcano lo antes posible. Y volver a Villa Argo antes de que mamá y papá se den cuenta de que hemos desaparecido. Entonces, veamos. Sabemos que Black se refugió aquí después de coger todas las llaves de Kilmore Cove.
–Incluida la Primera Llave –le interrumpió Julia, no sin cierta tensión–. Y también tenemos que encontrar a Rick.
–Tranquila. Estará estupendamente, ya verás.
–Pero…
–No te preocupes por Rick. Cuando volvamos a Kilmore Cove, estará allí esperándonos y… –Jason frunció los labios en un ridículo beso.
–Estúpido –replicó ella.
Jason apoyó los dedos en el marco de la puerta y la empujó suavemente.
–No la han cerrado del todo –dijo abriendo una rendija lo suficientemente grande como para pasar.
Julia se mordió los labios.
–Jason, ¿has visto las zapatillas?
–Ajá… –comentó él pensando en otra cosa.
Pasada la puerta, se encontraron en una gran terraza coronada de almenas, en el centro de la cual crepitaban los restos de una hoguera. En el lado izquierdo, un adarve recorría zigzagueante las murallas de una ciudadela. Manchas




de luz, semejantes a frutos ardiendo, punteaban otras tantas terrazas dispuestas a intervalos regulares.
De un solo vistazo, Jason contó por lo menos veinte.
El aire de la noche era seco y en absoluto frío. El ciel
