Rescate en White Angel (The G-Squad)

TheGrefg

Fragmento

cap-1

#1

Tu invierno es una broma

Oymyakon, República de Sajá-Yakutia, Rusia.

Hora local: 07.15 a.m.

Los reclutas John Falcon, Karen Chow, Apon Drake, Joseph «Byte» Bishop y Diego Ricco sintieron escalofríos en la oscuridad incluso antes de que se abrieran las compuertas del Hércules C-130 de la Fuerza Área. Especialmente Apon Drake, acostumbrado como estaba a las cálidas temperaturas de las playas de Malibú. Porque hacía frío. Más frío del que hace en Murcia una noche de invierno cerrada.

Pero el estremecimiento también estaba provocado por el miedo: era la primera vez que aquellos cinco novatos llevaban a cabo una misión de campo. Era un simulacro, un entrenamiento y las armas eran de fogueo... sin embargo, el peligro de sufrir era real. Cabía la posibilidad de que se congelaran allá abajo, pues decían que Oymyakon era el pueblo más frío de la Tierra.

Treinta minutos para la hora D.

Las compuertas del enorme avión Hércules se abrieron lentamente, dejando entrar un vendaval de finas partículas de hielo que empezaron a revolotear alrededor de los cinco reclutas. La temperatura bajó diez grados más en pocos segundos. Los rotores y los turborreactores de los aviones, en semejantes condiciones climatológicas, debían llevar sistemas de calefacción eléctrica para continuar funcionando.

En sus cascos sonó la voz del sargento Hicks:

—¡Escuadra! Estáis a punto de descender sobre el culo del mundo a una temperatura capaz de congelar el infierno. No abriréis los paracaídas hasta los seiscientos metros. Luego avanzad en formación Alfa. Recordad que esta maniobra es un simulacro, pero es lo más real a lo que os habréis enfrentado nunca. La misión es incursionar en White Angel. Nada de alarmas. Recogidas de fuego rojo a los cuarenta minutos. Después evacuad las instalaciones y efectuad la llamada de recogida. Esto solo es una incursión, no una batalla, así que no malgastéis munición. Cuarenta segundos para el salto. ¿Alguna pregunta?

Byte pensó que aquello no iba a ser como los simuladores, tampoco como los gameplays que tanto le relajaban después del duro entrenamiento en la academia militar. Aquello se parecía cada vez más a la pura realidad. Pero no iba a hacer esa reflexión en voz alta, claro.

—¡Señor, no, señor! —respondieron al unísono aquellos reclutas novatos tratando de no tiritar de frío y de miedo.

Una luz roja iluminó el interior del Hércules y, por primera vez en los últimos cinco minutos, los reclutas pudieron distinguir sus caras parcialmente ocultas tras el visor del casco. Un zumbido anunciaba el lanzamiento en diez segundos. El rugido del viento ahogaba la respiración jadeante de los reclutas. Se acercaba la hora.

—¡Ahora! ¡Ya, ya, ya! —vociferó Hicks en sus oídos—. ¡Buena suerte, la vais a necesitar!

Como impulsados por un resorte, los cinco reclutas fueron saltando ordenadamente hacia el vacío. El frío gélido golpeó sus cuerpos que, a pesar de estar perfectamente protegidos por los trajes termoeléctricos de combate fabricados por la Armada, les llegó muy adentro.

Apenas podían respirar en aquella caída libre a más de ciento cincuenta kilómetros por hora, como proyectiles humanos, atravesando las partículas de hielo que se estrellaban repiqueteando contra sus trajes y sus cascos. En los descensos en terreno de combate hay que alcanzar la velocidad terminal para evitar el fuego de artillería. No importaba que aquello fuera solo un entrenamiento, debían comportarse como si la incursión fuese real.

Un soldado de infantería solo puede combatir si se halla en la zona correcta y, en ese caso, la única forma de conseguirlo era lanzándose al vacío.

Tres mil metros y cayendo.

Un mal descenso puede provocar que la escuadra quede demasiado desperdigada y tarde mucho tiempo en reagruparse.

Dos mil quinientos metros. Gasss.

Así que, durante el descenso, la escuadra debe mantenerse lo más unida posible, como acróbatas de circo interpretando un número de caída libre. Como un mod que se adapta a la perfección al código original, sin fisuras, pensó Falcon.

Dos mil metros. ¡Madre mía, qué frío!

El frío empezaba a ser insoportable. Si no alcanzaban pronto la superficie, quizá llegarían convertidos en estalactitas.

Mil quinientos metros. Vámonos, tío.

La caída debe guardar un vector lateral próximo a cero para alcanzar la velocidad terminal lo antes posible y evitar ser interceptado en el aire.

Mil metros. Dame más mierda, si puedes.

—¡Abrid los paracaídas, chicos! —sonó la voz de Hicks en sus oídos.

Si te dejas dominar por el pánico tiendes a abrir el paracaídas demasiado pronto, con lo que te conviertes en un blanco demasiado fácil. Pero si te distraes, entonces el paracaídas se abre demasiado tarde y lo más probable es que te rompas los tobillos al impactar contra el suelo. Lo que se llama un fail en toda regla.

Un buen tirón del paracaídas hizo que sus cuerpos se tambalearan y estremecieran como marionetas. Aquella sacudida brusca permitió desentumecer un poco sus articulaciones parcialmente congeladas por aquel frío. Si alguna vez hubo un buen momento para decir «no siento las piernas», era este.

Aterrizaron los cinco junto a la ribera de un río congelado. Se desprendieron de los paracaídas y empezaron a trotar en formación de a dos hacia las instalaciones de White Angel. Por un segundo, John Falcon pensó que la Navidad se había adelantado.

Nadie es capaz de describir el frío hasta que se encuentra a -45 grados. Solo si has nadado en un lago congelado sabes lo que es. La nevera que todos tenemos en la cocina no es capaz de alcanzar ni siquiera la mitad de esa temperatura. A esa temperatura, tu vejiga se convierte en un gin-tonic.

No obstante, cuando Oymyakon se encuentra a -45 grados, en el parte meteorológico suelen decir alegremente que no hace demasiado frío. Porque Oymyakon, un pueblo ruso ubicado a siete mil kilómetros de Moscú, en la república de Yakutia, es la ciudad más fría de la Tierra: en 1926 llegó a alcanzar una temperatura de -72,1 grados. Aquí el invierno dura nueve meses y los frigoríficos solo sirven para mantener la comida algo menos fría de lo que estaría a temperatura ambiente. Si se lanza un cubo de agua, se convertirá en hielo antes de tocar el suelo. Y, sin embargo, en este pueblo viven más de dos mil personas.

—Vamos a convertirnos en helados de limón —rezongó Falcon, sin dejar de jadear, mientras se creaban espectros de vaho frente a su boca.

Los cinco reclutas trotaban impulsados por el miedo y la adrenalina que corría por sus venas, mientras la entrada trasera de White Angel, la división rusa de desarrollo de armamento avanzado, estaba cada vez más cerca. La misión era sencilla: entrar sin ser detectados, obtener el testigo (una simple bengala que deberían prender al finalizar la misión) y regresar a la pista de aterrizaje para volver a casa. Solo era una hora de frío. Pero aquel frío era tan intenso que parecía que iba a durar siempre.

No había ningún riesgo porque las armas solo llevaban cargadores de fogueo. El único peligro era congelarse. O caerse y romperse algún hueso. O quedar en ridículo como la escuadra más incompetente de la historia del ejército de Estados Unidos.

—No te pares, helado de limón —espetó Karen mientras marchaba tras Falcon.

Los cinco reclutas dejaban tras de sí pisadas sobre la nieve que no tardaban en ser borradas por la ventisca. Ninguno de ellos había entrado en combate, pero habían sido seleccionados para aquella prueba de campo por sus habilidades por encima de la media.

Eso incluía al recluta Diego Ricco, que cada diez pasos miraba a las alturas, seguramente para distinguir el Hércules, donde le esperaba su fiel perro Sting. Había luchado para que Sting y él fueran una unidad indivisible de su instrucción, el equipo perfecto, pero en esta ocasión no era apropiado que accediera a aquel complejo. Hacía demasiado frío para aquel pastor alemán, que además prefería buscar bombas o minas enterradas antes que someterse a los estrépitos de las armas de fuego. Ricco, como el resto de sus compañeros, estaba temblando, sin duda de frío y tal vez de miedo.

—¿Echas de menos a tu perrete? —Ese era Apon Drake, que podía ser realmente un grano en el culo cuando le daba por ser gracioso. Pero, bajo esa enorme capa de músculos, realmente tenía un sexto sentido para adivinar lo que uno estaba pensando.

—Mi perro y yo formamos un equipo; él encuentra las bombas y yo le doy galletas. Lo probamos al revés, pero no funcionó —dijo Ricco recurriendo al sentido del humor para esconder su miedo.

White Angel tenía el aspecto de un gigantesco trapezoide de color blancuzco, por lo que estaba casi difuminado en aquel amplio terreno nevado circundado por miles de abetos del tamaño de casas familiares. Parecía un centro comercial; el más grande que hubieran visitado jamás. De hecho, la comparación con un centro comercial era muy acertada, porque allí se diseñaban, fabricaban y vendían algunas de las más sofisticadas armas experimentales y prototipos del planeta. Lo único que distorsionaba las líneas rectas y sobrias del edificio era una gran antena parabólica situada en el techo y que apuntaba en dirección ascendente.

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La puerta emitió un ligero siseo que quedó eclipsado por el tronar de la ventisca de nieve. Las esquirlas de hielo volaban alocadas alrededor de los cinco reclutas, perturbándoles la visión y agrediendo las pocas zonas de piel desnuda que quedaban fuera del resguardo de la ropa.

Los cinco cruzaron el umbral de la puerta, uno a uno, y se arremolinaron en la pequeña sala oscura. La puerta se cerró tras ellos y, de repente, aquel infierno meteorológico se apagó. Ya no había ruido atronador, ni frío gélido. Podían abrir sus capuchas y hablar entre ellos sin sentir a cada momento que el aliento se les congelaba en la garganta.

—Empiezo a echar de menos las olas de Malibú —musitó Apon Drake agitando su cuerpo, propio de un culturista, lo que provocó que se desprendieran placas de hielo de él. Drake se había criado en la costa Oeste, en Los Ángeles, y casi toda su vida había estado subido a una tabla de surf, así que aquel lugar se le antojaba lo más par

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