Quiero escribirte esta noche una carta de amor

Ángeles Caso

Fragmento

cap-1

Introducción

ALGUNAS DUDAS

¿Alguien sabe de verdad lo que es el amor?

¿Una descarga química, una tormenta hormonal que nos obliga a tendernos hacia el otro/la otra con el cuerpo anhelante y la mente al borde del abismo?

¿El encuentro de dos almas predestinadas?

¿El reencuentro de dos almas que se conocieron —y ya se amaron, inevitablemente— en el pasado o en aquello que existe antes del pasado?

¿Es el amor un sentimiento universal?

¿Todas las mujeres y los hombres del mundo, durante millones de años —dondequiera que pongamos el límite más o menos caprichoso en el que haya comenzado esta forma de animalidad que llamamos «humanidad»—, han amado a otra/otro, deseando a ese ser, justamente a ese, como si no existiese nadie más sobre la tierra?

Un indígena shuar —nuestros antepasados lo llamarían «jíbaro»— me dijo una vez que en su lengua no existe la palabra «amor».

Ese fue, creo, uno de los descubrimientos más deslumbrantes de mi vida.

Si los shuar no conocen la palabra «amor», ¿quiere eso decir que no aman?

¿Quiere decir que no necesitan del sentimiento amoroso para desearse, gozar, reproducirse y protegerse mutuamente?

¿Quiere decir tal vez que en la condición humana más cercana a la naturaleza el amor no existe?

¿Porque no es necesario?

¿Porque aún nadie lo ha «inventado»?

¿O quiere decir que existe en ellos, como en nosotros, pero no saben nombrarlo?

Pero ¿existe lo que no se nombra?

¿Es entonces el amor una construcción cultural que adorna con palabras, gestos y sensaciones lo que no es más que un proceso bioquímico, puramente natural?

¿Amamos porque nos han dicho que debemos amar?

En tal caso, ¿podríamos evitar, si quisiéramos, la disolución de nuestro yo en ese sentimiento avasallador?

¿Amamos como nos han dicho que debemos amar?

¿Somos acaso las hijas amorosas, los hijos enamorados de los cuentos que nos han contado, de los libros que hemos leído, de las películas que hemos visto?

¿Se puede amar fuera de la historia, de todo lo que nos acompaña y nos determina en nuestras vidas?

¿Amaron de la misma manera la «intelectual francesa» del siglo XII Eloísa, sensible a su carne, enfrentada al Infierno, y la intelectual francesa del siglo XX Simone de Beauvoir, empeñada en destruir todo rastro burgués en su vida, descreída y antimoral?

¿Sintieron lo mismo, a pesar de su propio pensamiento, la epicúrea del siglo XVII Ninon de Lenclos, que rechazaba los tópicos sobre la pasión amorosa, y la romántica del XIX George Sand, decidida a morder el amor hasta sangrar?

¿Temblaron de igual modo —el alma y el cuerpo fusionados el uno en el otro— la joven estudiante de filosofía María Zambrano, castellana, avergonzada por la «mancha» suprema del embarazo a destiempo, anhelante del matrimonio, y su contemporánea rusa Marina Tsvietáieva, ardiente de buscar en el amor, sin límites ni casillas ni sexos decididos de antemano, la fuente fundamental de su inspiración poética?

¿Se ama de la misma manera a alguien del otro sexo que a alguien del propio?

¿Es el mismo amor el que sintió Elizabeth Barrett por Robert Browning que el que sintió Virginia Woolf por Vita Sackville-West?

¿El mismo anhelo, la misma esperanza, el mismo desgarro si todo eso —hormonas, cultura, cuerpo y alma— huye a esconderse y te aparta a manotazos para que le dejes libre el camino?

¿Es exclusivo el amor? ¿Elige a uno, a una, y solo sabe vivir para él?

¿O se puede amar a diversas personas a la vez, con la misma fuerza, el mismo empeño?

¿Fue más sincera Mary Wollstonecraft, que permitió —¿permitió?— que el Único la arrollase, destruyéndola, o Julie de Lespinasse, que amó a dos al mismo tiempo, con la misma intensidad?

¿Solo ama quien es valiente y está dispuesto a jugarse el cuello en el intento?

¿Es entonces el amor algo que únicamente conocen las diosas y los héroes?

¿Tienen que conformarse los cobardes con las migajas del banquete olímpico?

¿O es el más vulgar de los sentimientos, el que ilumina y arrasa por igual los palacios y las chabolas?

¿Amó más Charlotte Brontë, que arriesgó su reputación, que Emilia Pardo Bazán, que usó exitosamente todas las estrategias para no ser descubierta?

¿Se puede amar más y amar menos, como si hubiera una balanza-de-pesar-todo-ese-tumulto?

¿Y se puede no amar nunca, vivir toda la vida al margen de la convulsión?

¿Lo hacen los shuar?

Si alguien tiene respuestas, quizá debería, como le aconsejaría Marina Tsvietáieva, escribir un poema de amor. (O un largo ensayo sobre el tema.)

Yo, simplemente, en esta hora en la que ya he vivido mucho, sin respuestas, doy mi versión de sus historias de amor, y transcribo lo que todas estas mujeres dotadas de un talento gigantesco escribieron a los seres a los que amaron.

(Aunque no creo, la verdad, que ninguna de ellas, mis hermanas mayores, tuviese a pesar de todo muchas más certezas que yo sobre todo esto.)

Este es, supongo, mi homenaje a lo que he sentido, siento y sentiré.

Mi personal constatación del milagro.

ALGUNAS ACLARACIONES

Esta es una selección, en un doble sentido: una selección de quince escritoras que escribieron cartas a hombres o a mujeres a quienes amaron. Y, al mismo tiempo, una selección de algunas de esas cartas.

Sobre lo primero: no todas las escritoras que escribieron cartas de amor están recogidas aquí. Solo algunas. Por razones personales: mi admiración hacia ellas, o impersonales: su importancia literaria. Imposible, claro, incluirlas a todas, a riesgo de hacer una enciclopedia.

Sobre lo segundo: la mayor parte de esas correspondencias son muy extensas. He elegido tan solo algunas cartas representativas de sus sentimientos y de sus estilos literarios. Únicamente en tres casos, los de Eloísa, Hildegarda de Bingen y Charlotte Brontë, reproduzco las correspondencias al completo por ser muy breves.

Todas estas correspondencias están publicadas. A veces por decisión de las propias escritoras o de sus herederos. Otras veces, porque en algún momento alguien encontró las cartas y las consideró dignas de ser conocidas. No son por lo tanto materiales inéditos.

Sin embargo, en el caso de la mayor parte de las autoras que no son españolas, es la primera vez que pueden leerse en castellano. Solo las cartas de George Sand, Marina Tsvietáieva y Simone de Beauvoir han sido publicadas en España. Las de Eloísa y Ninon de Lenclos lo fueron hace siglos —textualmente—, y son por lo tanto inencontrables.

En la bibliografía que figura al final del libro indico todas las ediciones de las correspondencias que he utilizado. He traducido personalmente la mayoría de los textos. Solo en dos casos no ha sido posible, por razones que tiene que ver con los derechos de autor vigentes. Para las cartas de Marina Tsvietáieva, he recurrido a las ediciones de Minúscula y Renacimiento. Para las de Simone de Beauvoir, reproduzco las cartas ya publicadas por Lumen con anterioridad.

En cuanto a las biografías que acompañan las cartas de cada escritora, solo son aproximaciones a sus figuras y, en particular, a sus relaciones amorosas. Para quien quiera saber más sobre ellas, al final del libro indico igualmente algunas biografías y ensayos, tanto en castellano como en otros idiomas.

También sugiero algunas de las obras de cada una que se pueden encontrar en español: léanlas. Porque leerlas es, sin duda alguna, el mejor homenaje que podemos rendir a todas estas mujeres grandes.

Hay un asunto que no me ha resultado fácil decidir: ¿debía utilizar en mis textos, para referirme a las escritoras y a los hombres a los que amaron, sus nombres o sus apellidos? Parece algo menor, pero no lo es. Cuando se habla de un hombre conocido, siempre se utiliza, por abreviar, su apellido. Cuando se habla de una mujer, a menudo se usa el nombre. Por ejemplo, Alfred de Musset es Musset, mientras que George Sand es George. Los hombres imponen respeto, las mujeres inspiran cercanía.

Afortunadamente, esa tendencia discriminatoria está desapareciendo en los últimos años, y todos los que escribimos hemos ido adquiriendo la costumbre de referirnos a las mujeres conocidas, en el ámbito que sea, por su apellido. Ahora bien: el contenido de este libro es especial. Al tratarse de su correspondencia íntima, lo protagonizan ellas como mujeres, y no ellas como escritoras. He decidido por lo tanto mencionarlas por sus nombres, tal y como ellas se presentaban ante las personas amadas y firmaban sus cartas. Y he hecho lo mismo con los hombres a los que escribieron, salvo en los casos en los que ellas mismas se dirigían a ellos por sus apellidos. Si hablo por ejemplo de Simone y de Sartre y no de Simone y Jean-Paul, no es por falta de respeto hacia ella, sino porque ella en la intimidad era llamada por su nombre y él, en cambio, por su apellido.

Una nota más: he tomado el título del libro de una de las cartas de Katherine Mansfield a John Middleton Murry. Supongo que a ella no le molestaría.

cap-2

1

Cartas de la abadesa Eloísa

a Pedro Abelardo

(hacia 1132-1135)

cap-3

Fue una palabra tuya la que me hizo tomar los hábitos, y no el amor a Dios.

Un monasterio pobre, mínimo, al suroeste de París, hacia el año 1132. Una celda despojada, en la que penetran el viento y la nieve. Y, desde allí, el grito solitario de una mujer que clama —abandonada, pero llena de orgullo— por su amor y su deseo.

Quizá, el primer grito de amor de una mujer en la cultura occidental. No la lírica feliz de Safo, ni el susurro reposado de alguna poeta anónima, ni la composición sofisticada de las intelectuales de al-Ándalus, ni el canto melódico y formal que, en el mismo instante, comenzaban a entonar las trovadoras de las cortes del sur de Francia, sino un quejido hondo, una voz que se levanta y aúlla por encima de los muros de su celda-prisión, como una hoguera ardiendo en medio de la noche, y defiende su derecho a amar, a desear y a sentir placer.

Su derecho, también, a recordar lo que se le ha prohibido: Eloísa, la autora de las primeras cartas de amor conocidas, era monja. Monja casada y forzada a abandonar «el mundo» por voluntad de su propio marido, Pedro Abelardo.

Esta historia empieza en el año 1113 en París, una ciudad que ya era por entonces rica y bulliciosa, salpicada de importantes escuelas y estudios ligados a la Iglesia, antes incluso del nacimiento de su Universidad. En esa fecha, Pedro Abelardo, a sus treinta y cinco años, era un famosísimo profesor de dialéctica, muy conocido además como músico: componía e interpretaba canciones que la gente adoraba, convirtiéndolas en verdaderos éxitos populares. Una especie de filósofo-estrella-del-pop, seguido por las multitudes y deseado por muchas mujeres.

Eloísa (sin apellido conocido) tenía por entonces unos quince años. Era hija ilegítima de dos miembros de la alta nobleza, y había sido educada con un gran esmero por su tío Fulbert, canónigo de la catedral. Extrañamente —pues las niñas no solían acceder a esos grados del saber—, Eloísa se formó en las disciplinas que entonces se llamaban artes liberales, estudiando gramática, dialéctica, retórica, aritmética, geometría, astronomía y música, además de latín y hebreo.

En 1113, Pedro Abelardo —a quien ya le gustaba Eloísa, según su propia confesión— alquiló una habitación en casa de Fulbert. El canónigo cometió el error de permitir que vivieran bajo el mismo techo un hombre de gran atractivo y una doncella cuyo mayor tesoro, a ojos de la sociedad, era su virginidad. Ocurrió lo que tal vez era inevitable: Abelardo comenzó por darle clases y terminó seduciéndola. «Nuestro deseo —confesó él mismo— hizo que nos entregáramos a todas las etapas del amor, y enseguida le añadimos las invenciones más insólitas.» El profesor y la alumna se enamoraron apasionadamente, mezclando en su relación el entendimiento intelectual, la admiración mutua y una sexualidad desbordante, que fue vivida por ellos con total libertad.

Algún tiempo después, Eloísa se quedó embarazada. Él, dispuesto a «restaurar su honor», le propuso casarse, pero ella se negó con una rebeldía inaudita para una muchacha de su tiempo. El mundo intelectual de la época no veía con buenos ojos el matrimonio de los teólogos y profesores: un hombre dedicado al saber debía permanecer soltero, y no verse obligado a responsabilizarse de las cargas familiares. Eloísa compartía esa idea. También es posible —aunque ella nunca se atreviera a expresarlo— que prefiriese igualmente para sí misma una vida más libre que la de una esposa, tiempo para seguir estudiando, esa «habitación propia» que siglos después describiría Virginia Woolf, en la que pudiera leer, escribir y pensar, sin necesidad de tener que ocuparse de niños ruidosos ni de un marido exigente.

En el otoño de 1116, en pleno embarazo, Abelardo sacó a Eloísa a escondidas de la casa de su tío y la llevó hasta el pequeño castillo de su hermana, al sur del Loira. Allí nació su hijo Astrolabio, que se quedaría al cargo de la familia paterna. Entretanto, el amante se reunió en París con el canónigo Fulbert y le prometió que obligaría a Eloísa a contraer matrimonio, para acallar el escándalo que ya corría por las calles.

Ella terminó aceptando, pero exigió que la boda se celebrase en secreto para proteger la carrera de su marido. Eloísa volvió a vivir como una joven soltera en casa de su tío, y siguió demostrando que no estaba dispuesta a dejarse pisotear por las convenciones y las normas morales de los demás: cuando Fulbert decidió contar públicamente que su sobrina se había casado, ella insistió en negarlo. El canónigo optó entonces por utilizar la violencia para obligarla a reconocer los hechos. Y ahí se desencadenó el drama: Eloísa, indómita, rechazó reconocer la autoridad sobre ella de su tío, huyó de la casa y se refugió en un monasterio cerca de París, en Argenteuil, en el que se había educado de niña. Abelardo la visitaba allí en secreto y, como él mismo reconoce en sus textos, llegó a «fornicar» con ella en un rincón del refectorio.

Fulbert, incapaz de entender la mente de su sobrina y de captar la profundidad de aquel amor, creyó que el filósofo intentaba desembarazarse de su esposa encerrándola con las monjas. Y, en venganza por todo el daño causado al honor de la familia, contrató a dos sicarios que entraron en casa de Abelardo y le aplicaron el castigo que solía utilizarse contra los adúlteros: lo castraron, cortándole los testículos.

La reacción de Abelardo fue tan extrema como lo había sido la venganza de Fulbert: privado simbólicamente de su masculinidad, sintió que Dios le había castigado por sus pecados de lujuria. Sin tener en cuenta la opinión de Eloísa, decidió que ambos debían renunciar al mundo y expiar sus culpas ingresando en una orden religiosa: en aquella época, los monasterios aceptaban a personas casadas si el marido así lo decidía.

Para Eloísa, aquel era un destino atroz: no solo debía separarse de su marido —algo que le causó un inmenso dolor, que nunca superó—, sino que además tendría que renunciar al mundo por completo. Un monje podía llevar una vida activa fuera de los muros del monasterio: el propio Abelardo siguió dando clases y viajando de un lugar a otro. Una monja, en cambio, se veía obligada a guardar la clausura más estricta, alejada para siempre de la vida exterior. Sin embargo, esta vez Eloísa no se rebeló: se sometió a la voluntad de su marido, aunque, como dejó claro en sus cartas, lo hizo por amor a él, y no por devoción o arrepentimiento, pues jamás se sintió pecadora.

Es probable que Eloísa apenas volviera a ver a Abelardo. Quizá, al principio, él la visitara en alguna ocasión, o le mandara al menos noticias suyas por medio de mensajeros. Hacia 1121 o 1122 decidió fundar para ella un nuevo centro religioso, la abadía del Paracleto, no muy lejos de París: un monasterio exclusivamente para mujeres —algo muy radical en su tiempo—, del que Eloísa sería la abadesa.

Pero entonces desapareció de la vida de Eloísa. Abelardo se vio enredado en una serie de luchas y persecuciones que no solo tenían que ver con sus ideas teológicas, sino también con las rivalidades entre diferentes clanes, que en aquel entonces podían llegar a ser muy violentas. Centrado en sus propios problemas, se olvidó de su esposa y de las monjas del Paracleto, a pesar de que, como fundador de la abadía, dependían de él en todos los sentidos, incluido el económico. Ella se sintió totalmente abandonada: a la pena por la ausencia de su marido y la falta de noticias se unieron el hambre y las penurias que las religiosas sufrieron durante años, aunque la abadesa siguió esforzándose por organizar la nueva regla monástica femenina.

Pasaron diez años hasta que Eloísa volvió a tener noticias de su marido. Abelardo había escrito un texto del que circulaban muchas copias por Francia. Era, supuestamente, una carta de consuelo a un amigo, pero en realidad se trataba de un minucioso relato de su vida —incluyendo su relación con su esposa— y de las persecuciones a las que se veía sometido. Una de las copias llegó a la abadía. Imagino el fervor y la añoranza con los que Eloísa debió de leerla. De inmediato, le escribió una carta desgarradora. Así se inició una breve correspondencia, que solo incluye —al menos en las copias que han llegado hasta nosotros— dos cartas de cada uno de ellos.

Escritos en latín, estos textos constituyen un monumento de la literatura medieval. En especial, las cartas de Eloísa: mientras Abelardo se muestra distante y parece considerar el amor de su esposa como un arrebato de lujuria ocurrido en un pasado muy lejano, ella es una mujer que amó y aún ama con todo su ser. En medio de la dicotomía medieval entre alma y cuerpo, Eloísa se niega a escoger: su alma es profunda y vibrante, pero no oscurece la imperiosa realidad de su carne, que ella reconoce, venera.

Pedro Abelardo murió en el priorato de Saint-Marcel en 1142, a los sesenta y dos años. Había pedido ser enterrado en el Paracleto, pero los monjes de Saint-Marcel se negaron, considerando que aquella reliquia de un hombre famosísimo en su tiempo les otorgaría visitantes y dinero. Tampoco ante este hecho se plegó Eloísa: dos años después consiguió que el poderosísimo abad de Cluny, Pedro el Venerable —que la admiraba mucho por su sabiduría—, levantase la sentencia de herejía que aún pesaba sobre algunos de los escritos del filósofo y autorizase el traslado de sus restos al Paracleto.

Cuando ella falleció en 1164, a los sesenta y cinco años, fue enterrada en la capilla bajo él, en un último gesto de esa confusa y agitada sumisión tan extraordinariamente descrita en sus cartas. Al fin, después de la muerte, los amantes estaban unidos.

Las cartas de Eloísa y Abelardo fueron muy conocidas desde el siglo XIII. En la segunda mitad del XVIII, cada vez más admiradas, inspiraron una de las obras más importantes del filósofo Rousseau, La nueva Eloísa (La Nouvelle Héloïse). Poco después, en pleno movimiento romántico, su historia de amor se convirtió en una auténtica leyenda y sus dos protagonistas llegaron a ser personajes de culto. Sus restos fueron trasladados a París desde la abadía ya abandonada, y en 1817 —adorados por los amantes de las pasiones desdichadas— se construyó para ellos un mausoleo en el nuevo cementerio del Père-Lachaise, donde todavía hoy algunos visitantes dejan flores.

Durante mucho tiempo, la autenticidad de las cartas fue objeto de controversia. Actualmente, la mayor parte de los historiadores consideran que son auténticas. Se ha podido establecer incluso que las primeras copias proceden del propio scriptorium del Paracleto. Nadie sabe si fue Eloísa quien ordenó copiarlas y hacerlas circular o si lo hicieron sus monjas después de que ella muriese, en un intento de recrear la historia del matrimonio fundador de la abadía.

Fuera como fuese, estos textos componen un extraordinario relato de amor, pecado, redención, sumisión y rebeldía que, todavía hoy, hace estremecerse a sus lectores.

cap-4

[1][1]

A su maestro, o mejor, a su padre; a su esposo, o mejor, a su hermano; de su sirvienta, o mejor, de su hija; de su esposa, o mejor, de su hermana; a Abelardo, de Eloísa.

 

 

Amado mío:

Acaba de llegar a mis manos, por casualidad, tu carta de consuelo a un amigo. Al saber por el encabezamiento que era tuya, la devoré con un ardor tan solo comparable a la ternura que siento por el que la ha escrito: puesto que le he perdido a él —pensé—, al menos que sus palabras me devuelvan una parte de su recuerdo. Pero cada línea de esa carta, aún presente en mi memoria, estaba llena de hiel y de absenta, pues volvió a hacerme revivir, oh mi bien supremo, la lamentable historia de nuestra vida y de tus continuos padecimientos.

[...] Dudo que nadie pueda oír o leer sin romper a llorar el relato de tus sufrimientos. El cuidado que has puesto en revivir cada detalle hizo que el dolor naciese de nuevo en mí con intensidad, e incluso lo acrecentó al darme a conocer el peligro cada vez mayor en el que vives. Todas nosotras vivimos ahora temblando por tu suerte, y nuestros corazones conmovidos, nuestros pechos palpitantes esperan recibir el golpe de la noticia de tu asesinato.

Te suplicamos pues, en nombre de Aquel que parece cubrirte aún con el manto de su protección para que sigas sirviéndole, en nombre de Cristo, cuyas humildes sirvientas somos (igual que lo somos tuyas), que te esfuerces en escribirnos a menudo y en hablarnos de las tormentas que te zarandean; que al menos nosotras, lo único que te queda en el mundo, podamos compartir tus penas y tus alegrías. Normalmente, compartir el dolor es un consuelo: el fardo cuyo peso se reparte entre diversas espaldas es más ligero, más fácil de llevar. Y cuando la tempestad se calme, date aún más prisa en escribirnos, pues tus noticias nos llenarán entonces de felicidad. Pero, sea cual sea el contenido de tus cartas, nunca dejarán de hacernos un gran bien, aunque solo fuese porque serán la prueba de que no nos olvidas.

[...] Bien sabes, amado mío, lo que perdí al perderte; sabes de qué manera tan penosa la indigna traición de la que fuiste víctima, de todos conocida, me alejó al mismo tiempo del mundo y de ti; sabes que lo que causa mi mayor dolor no es el hecho de haberte perdido, sino la manera como sucedió. Cuanto más desgarradora es la pena, mayor consuelo exige. Y nadie salvo tú, tú mismo, la razón única de mis sufrimientos, puede consolarme. Tú eres la causa única de mi tristeza, y solo tú puedes devolverme la alegría o concederme al menos algún alivio. Y estás obligado a ello, pues yo he cumplido a ciegas todas tus voluntades: no pudiendo resistirme a ti ni en lo más mínimo, por orden tuya, tuve el valor de destruirme a mí misma. Para mi propio asombro, al sacrificar a aquel que era el único objeto de su ardor sin ninguna esperanza de recuperarlo, mi amor se convirtió en delirio. Por orden tuya, me puse el hábito y adopté al mismo tiempo un nuevo corazón, para demostrarte que eras el único dueño de mi cuerpo y de mi alma.

Jamás, y Dios es mi testigo, busqué en ti nada que no fueras tú mismo: tan solo te amaba a ti, y tus bienes nada me interesaban. Nunca pensé ni en el matrimonio, ni en la dote, ni en mis placeres, ni en mis deseos: bien sabes que solo quise satisfacer, con todo mi corazón, los tuyos. Y aunque el nombre de esposa parezca más sagrado y más poderoso, yo prefería otro: yo deseaba ser tu amante, o tu concubina, o incluso, permíteme que lo diga, tu cortesana. Me parecía que, cuanto más me humillase ante ti, más agradecido te sentirías, y menos obstaculizaría yo tu glorioso destino.

Veo que tampoco tú te has olvidado de esos sentimientos en tu carta de consuelo a un amigo. En ella has tenido a bien recordar algunos de los argumentos con los que yo intenté convencerte para que no contrajéramos un matrimonio fatal, pero has guardado en cambio silencio sobre aquellos que me llevaron a preferir el amor al matrimonio, la libertad a las cadenas. Pongo a Dios por testigo de que aunque [el emperador] Augusto, el dueño del mundo, me hubiese considerado digna de ser su esposa y me hubiese asegurado el dominio del universo, me habría resultado más dulce y más noble ser considerada tu puta que su emperatriz; porque lo que hace grande a un ser no son ni la riqueza ni el poder, que solo son consecuencia del azar; la grandeza, en cambio, depende del mérito. La mujer que prefiere casarse con un hombre rico en lugar de con uno pobre, la que ansía en el esposo más sus posesiones que a él mismo, es una interesada. Sin lugar a dudas, aquella a la que mueve al matrimonio semejante codicia merece ser pagada y no amada, pues se siente unida a la fortuna, no a la persona, y si se diese la ocasión, se prostituiría con un hombre más rico.

[...] ¿Qué rey, qué filósofo podía alcanzar tu celebridad? ¿Qué lugar, qué ciudad, qué villa dejaban de sentirse excitadas cuando tú acudías? ¿Quién no corría a admirarte cuando aparecías en público y no intentaba seguirte con los ojos, estirando el cuello, cuando te alejabas? ¿Qué mujer casada, qué joven doncella podía evitar desearte en tu ausencia, arder en tu presencia? ¿Qué reina, qué gran dama no sentía celos de mis goces y mi lecho?

[...] Todas las virtudes del espíritu y del cuerpo adornaban tu juventud. Pero entre las mujeres que envidiaban entonces mi felicidad, ¿existe hoy una sola que, al saberme privada de tales deleites, no se apiade de mi infortunio? ¿Qué hombre o qué mujer, aunque fuese mi enemigo, no sentiría hoy hacia mí un justo sentimiento de piedad? Aunque he cometido muchos errores, tú sabes bien que soy inocente, pues la culpabilidad no radica en los actos, sino en la predisposición del pensamiento. La balanza de la justicia no pesa los hechos en sí, sino la intención. Y mis intenciones hacia ti, solo tú, que las pusiste a prueba, puedes juzgarlas. Yo las deposito todas en tu balanza, y me abandono a tu testimonio.

Dame una única razón, si eres capaz de hacerlo, que explique por qué, desde que decidiste que ambos entrásemos en religión, me has dejado abandonada, por qué te has olvidado de mí y ya no puedo recurrir a tu presencia para que me dé ánimos, pero tampoco a tus palabras: ni una sola carta tuya para consolarme en tu ausencia. Dímelo si eres capaz, o seré yo quien te diga lo que piensa, lo que todo el mundo sospecha: que fue la concupiscencia y no la ternura lo que te unió a mí, el ardor de los sentidos y no el amor. Y que por eso, cuando tus sentidos se aplacaron, todos los gestos que ellos inspiraban se desvanecieron también. Esta idea, amado mío, no es mía, es lo que piensa todo el mundo; no es una opinión personal, es una creencia muy extendida. ¡Bien que querría ser la única en verlo así, y que tu amor encontrara defensores cuyos argumentos pudiesen disminuir mi dolor! ¡Cuánto desearía poder creer en alguna razón que te excusara a ti y me justificase a mí!

Piensa, te lo ruego, en lo que te pido: es tan poco, y tan fácil... Ya que me falta tu presencia, que al menos la ternura de tus palabras me devuelva la dulzura de tu persona: ¡te costaría tan poco escribirme una carta! ¿Cómo voy a esperar que seas generoso en tus actos si eres tan avaro con tus palabras? Creía haber hecho muchos méritos a tus ojos, pues todo lo hice por ti, y si sigo retirada aquí es tan solo por obedecerte. Acepté encerrarme en plena juventud en la vida monástica, con toda su dureza, no por devoción, sino porque tú me lo ordenaste. Si eso no es para ti un mérito, mi sacrificio habrá sido en vano: no es de Dios de quien debo esperar recompensa, ya que nada de lo que he hecho ha sido por amor a Él.

Cuando tú te encaminaste hacia Dios, yo te seguí o, más bien, te precedí: como si el recuerdo de la mujer de Lot y su mirada hacia atrás te preocupase, hiciste que yo fuera la primera en ponerme el hábito y en hacer los votos monásticos. Me entregaste a Dios antes de entregarte tú. Y te confieso que esa falta de confianza, la única que me demostraste en toda mi vida, me llenó de dolor y de vergüenza: Dios sabe que yo no habría dudado en precederte o seguirte aunque te arrojaras a un volcán, si tú me lo hubieras pedido. Porque mi corazón ya no era mío, sino tuyo. Aún hoy, sigue siendo todo tuyo, pues no existe fuera de ti. Te suplico que le permitas sentirse a gusto en tu seno. Y eso solo ocurrirá si eres bondadoso con él, si le devuelves favor por favor, pequeñas cosas a cambio de las grandes, palabras al menos en lugar de actos. ¡Si te sintieras menos seguro de mi amor por ti, amado mío, mostrarías más interés hacia mí! Pero he hecho que te sientas tan seguro, que me ignoras.

Te lo suplico, recuerda todo lo que he hecho, y piensa en lo mucho que me debes. Mientras disfrutaba contigo de los placeres de la carne, los demás podían preguntarse si era el amor el que me guiaba o la pura concupiscencia. Ahora, el desenlace de la aventura demuestra cuáles han sido mis sentimientos desde el principio: me he prohibido a mí misma todos los placeres por prestarme a tu voluntad; no me he guardado nada para mí, salvo el derecho a ser toda tuya. ¡Qué injusticia la tuya al negarle cualquier recompensa a quien tanto la merece, cuando lo que te pide es además tan poca cosa!

En nombre de Aquel al que te has consagrado, en nombre del mismo Dios, te lo suplico, devuélveme tu presencia: si no puede ser de otra manera, escríbeme al menos unas palabras de consuelo. Si no lo haces por mí, hazlo para que al encontrar así nuevas fuerzas, me pueda entregar con más fervor al servicio de Dios. En el pasado, cuando pretendías atraerme a la vergonzosa voluptuosidad, me anegabas de cartas, y tus canciones ponían sin cesar el nombre de tu Eloísa en boca de la gente: sí, mi nombre resonaba en todas las plazas y en todas las casas. ¿No sería acaso justo que ahora me animases a amar a Dios, igual que entonces me animabas al placer?

Una vez más, te lo suplico, sopesa lo que me debes, considera lo que te pido.

Termino con unas breves palabras esta carta tan larga: adiós, mi todo.

[2]

[Pedro Abelardo respondió a la primera carta de Eloísa detallando la situación de peligro en la que creía encontrarse, perseguido por sus enemigos y temiendo ser asesinado en algún momento. El resto de su carta se compone de una serie de exhortaciones a Eloísa para que rece por él y se concentre en su vida religiosa, pero sin mencionar su relación, como si nunca los hubiera unido algo más que el amor divino.

Ella le escribió entonces esta segunda carta llena de temblor.]

 

 

A aquel que lo es todo para ella después de Jesucristo, de la que es toda suya en Jesucristo.

[...] Grande fue nuestro asombro al ver cómo aumentabas el sufrimiento de aquellas a las que hubieras debido aportar consuelo, y cómo provocabas nuestras lágrimas, cuando hubieras debido calmarlas. Pues ¿quién de nosotras habría podido escuchar con los ojos secos el final de tu carta: «Y si el Señor me entregase a las manos de mis enemigos, si ellos demostrasen ser más fuertes que yo y me mataran», etcétera? Oh, amado mío, ¿cómo puedes pensar algo así? ¿Cómo pudo tu boca expresarlo? ¡Que Dios no se olvide de sus humildes sirvientas hasta el punto de permitir que te sobrevivan! ¡Que jamás nos conceda una vida así, que sería más insoportable que cualquier muerte!

[...] Un alma destrozada por el dolor no puede sentirse en calma, un espíritu enfrentado a las perturbaciones no puede ocuparse sinceramente de Dios. Te lo ruego, no nos impidas cumplir con los santos deberes a los que tú mismo has hecho que nos consagremos. Ante una desgracia inevitable que traerá consigo un dolor inmenso, solo cabe desear que sea repentina, y no sentirse torturado antes por un temor que sería vano, pues no serviría para nada. Es lo que el poeta [Lucano] expresó en esta oración dirigida a Dios: «Que tus dictámenes se cumplan de improviso, que la cabeza humana permanezca ciega sobre su destino. Permite que en medio del temor guardemos la esperanza».

Pues, si te pierdo a ti, ¿qué esperanza me quedará? ¿Qué razón encontraría para continuar mi camino en esta tierra en la que mi único apoyo eres tú y mi única dicha saber que estás vivo? Cualquier otro placer que tú pudieses otorgarme me ha sido prohibido, y ni siquiera se me permite gozar de cuando en cuando de tu presencia, que podría al menos devolverme el ánimo.

Si pudiera, diría que Dios es muy cruel conmigo. Que su clemencia es implacable. Sí, la Fortuna es despiadada conmigo: ha agotado en mí todas sus fuerzas y ya no puede golpear a nadie más; ha vaciado conmigo su carcaj, y ya nadie tiene que temer sus golpes. Si aún le quedase alguna flecha, ¡encontraría un hueco en mí para una nueva herida!

[...] Soy la más desdichada de las desdichadas, la más infortunada de las infortunadas. Tú me alzaste por encima de todas las mujeres, llevándome al rango más sublime. Luego, precipitada desde esas alturas, tuve que soportar una dolorosísima caída, la mía propia y también la tuya. Cuanto más alta, más dura es la caída. ¿A qué mujer noble o poderosa colocó la Fortuna por encima de mí? ¿Y a cuál ha rebajado tanto, y ha abrumado con tanto dolor? ¡Qué gloria me concedió al conocerte! ¡Y qué desastre!

[...] Mi indignación ante la injusticia es aún más profunda porque fuimos avasallados. Mientras gozamos de las alegrías de nuestra pasión y —por emplear un término vergonzante pero más expresivo— nos entregamos a la fornicación, la severidad divina no se fijó en nosotros. Pero cuando sustituimos nuestro comportamiento ilícito por acciones loables, cuando recubrimos la vergüenza de nuestras fornicaciones con el velo del honor conyugal, la cólera del Señor se abatió con violencia sobre nosotros. No quiso aceptar nuestro lecho inmaculado, mientras que antes había soportado su suciedad.

El castigo que otros merecen por su adulterio, tú lo soportaste por haberte casado y haber dado así garantías de tu voluntad de reparar todos los errores. Lo que las mujeres adúlteras les deparan a sus cómplices, a ti te lo deparó tu propia esposa: y no cuando nos abandonábamos a nuestra voluptuosidad, sino cuando, separados por un breve espacio de tiempo, vivíamos de manera casta, tú al frente de tu escuela parisina y yo, por orden tuya, compartiendo la vida de las religiosas de Argenteuil.

Fue entonces cuando tú, y solo tú, pagaste en tu cuerpo las faltas que ambos habíamos cometido. Solo tú soportaste el castigo, a pesar de que ambos habíamos participado de la falta. Tú, el que menos hubiera debido sufrirlo, pues ya habías dado amplia reparación humillándote por mí y honrándonos a mí y a mi familia, y no merecías por lo tanto ninguna pena, ni a ojos de Dios ni ante aquellos traidores.

[...] Para compensar de alguna manera el sufrimiento de tu herida, yo debería hacer una penitencia digna de mi culpa. Lo que tú sufriste en un instante en tu cuerpo, tendría yo que soportarlo en remordimiento toda mi vida, y poder así pagar mi deuda. Pero no lograré resarcirme a ojos de Dios, pues debo reconocer la debilidad de mi pobre corazón: confieso que no encuentro en mí ningún arrepentimiento que pueda apaciguar al Señor. A decir verdad, le acuso a Él por su extrema crueldad en la injusticia que ha cometido con nosotros, me rebelo contra Sus acciones, y no ceso de ofenderlo con mi indignación, en lugar de intentar apaciguar Su ira mediante la penitencia.

¿Se podría siquiera decir que un ser hace penitencia, por mucho que maltrate su cuerpo, si su espíritu conserva vivo el deseo del pecado y aún arde con las pasiones del pasado? Es fácil confesar las culpas y acusarse de ellas, es incluso fácil someter el cuerpo a mortificaciones externas. Lo más difícil es arrancar del alma el anhelo de las más dulces voluptuosidades.

[...] Disfruté tanto de aquellos placeres de amantes de los que gozamos juntos, que no consigo detestarlos ni borrarlos de mi memoria. Allá donde miro, se presentan ante mí, se imponen a mi mirada junto con los deseos que despiertan en mi cuerpo. Incluso cuando estoy dormida invaden mis sueños. Hasta en medio de la solemnidad de la misa, cuando la oración debe ser más pura, las imágenes obscenas de esas voluptuosidades se adueñan de tal manera de mi alma, que me obligan a estar más pendiente de ellas que de la oración. Mientras debería lamentarme por las faltas que he cometido, suspiro por el placer perdido.

No son solo los actos que realizamos los que están grabados en mi entendimiento, son también los lugares y los momentos en los que viví todo eso contigo, y vuelvo a hacerlo todo una y otra vez, de la misma manera. Ni siquiera mientras duermo me dejan en paz. A veces, los movimientos de mi cuerpo traicionan los pensamientos de mi cabeza, y se me escapan ciertas palabras que no puedo contener.

[...] La gracia de Dios, amado mío, llegó a ti sin que la pidieses: una única herida en tu cuerpo apaciguó en ti los aguijones del deseo y curó todas las llagas de tu alma. Creímos entonces que Dios era tu peor enemigo, pero lo que hizo fue mostrarse solícito contigo, a la manera de un médico de confianza que no nos ahorra el dolor con tal de mejorar nuestra salud. Pero en mí, el ardor de la juventud y el recuerdo de aquellas dulces voluptuosidades no hicieron más que excitar los aguijones de la carne, el ardor de la lujuria.

El mundo alaba mi castidad porque no ve mi hipocresía. Creen que la pureza de mi carne es consecuencia de mi virtud, como si la virtud fuese un asunto del cuerpo y no del alma. Los hombres me glorifican, pero no tengo ningún mérito ante Dios, que examina los corazones y las entrañas, y ve claro en las tinieblas. [...] Puede que, a ojos de Dios, haya algún mérito en no escandalizar a la Iglesia con malos ejemplos, en no dar a los infieles pretexto para blasfemar sobre el nombre del Señor ni a los libertinos ocasión de difamar esta vida religiosa a la que hemos jurado pertenecer. [...] Pero yo, en cada uno de los momentos de mi vida, y Dios lo sabe, es a ti a quien he temido ofender, y no a Él. Es a ti, y no a Él, a quien deseo complacer. Fue una palabra tuya la que me hizo tomar los hábitos, y no el amor a Dios. Piensa qué desdichada será mi vida, qué miserable, si todo eso lo he hecho en vano, pues no puedo esperar recompensa ninguna después de la muerte.

Durante mucho tiempo, mi manera de disimular te ha engañado, a ti y a otros muchos: creíste que mi hipocresía era piedad, te fiaste demasiado de mis rezos. Ahora me preguntas qué espero de ti: te lo suplico, ¡no confíes tanto en mí, no dejes de sostenerme con tus oraciones! ¡No pienses que estoy curada, no me quites la ayuda de tu medicina! ¡No dejes de imaginarme desprovista de todo, retrasando así la ayuda que necesito! ¡No creas que soy fuerte, no te olvides de sostenerme, pues me tambaleo y me siento a punto de caer!

[...] Tus alabanzas son un peligro para mí, pues me resultan placenteras, me seducen y me llenan de alegría: deseo gustarte sea como sea. Te lo ruego, ten miedo de mí y no confianza, para que tus cuidados me sirvan constantemente de ayuda. Ten más miedo que nunca, ahora que mi incapacidad para dominarme ya no encuentra remedio en ti.

No quiero que, para exhortarme a la virtud y animarme al combate, me digas: «La virtud se hace fuerte en la debilidad». Tampoco: «No será coronado quien no haya combatido hasta el final». No busco la corona de la victoria; me basta con evitar el peligro. Es más seguro huir del peligro que lanzarse a la batalla. Con que Dios me conceda un rincón cualquiera del Cielo, me bastará. Allí, nadie envidiará a nadie, y cada uno se contentará con su suerte.

cap-5

2

Cartas de la abadesa Hildegarda de Bingen

a la abadesa Richardis von Stade

y al arzobispo Hartwig von Stade

(1151-1152)

cap-6

Que lloren conmigo todos los que padezcan una pena semejante.

Hildegarda de Bingen amó a Richardis von Stade. La poderosísima abadesa del monasterio de Rupertsberg, aquella a la que no hacían flaquear ni papas ni emperadores, la que no tenía miedo de nada ni de nadie, sintió cómo su corazón se rompía cuando alejaron a su querida monja de su lado.

Luchó por ella, como siempre hacía, con uñas y dientes. Pero en esta ocasión perdió: la gran derrota, seguramente, de aquella mujer que fue un trueno que resonó por toda Europa.

¿Se puede decir que aquel fue un amor carnal? ¿Una evidente historia de lesbianismo entre dos vírgenes que vivían consagradas a Dios, encerradas en un mundo casi exclusivamente femenino? ¿La hazaña de dos mujeres que se enamoraron y, a pesar de sus votos de castidad, se lanzaron la una a los brazos de la otra, amándose en el secreto de una celda oscura, entre los rezos de completas y los de maitines?

La idea es sugerente, novelesca, incluso liberadora. Pero es imposible afirmarlo de manera rotunda. Que se quisieron es evidente. Lo sabemos por las cartas que se conservan entre Hildegarda, Richardis y el hermano de esta, el arzobispo de Bremen, Hartwig von Stade. A través de su lenguaje apasionado y vibrante, el dolor de las dos mujeres por la separación forzosa resuena casi nueve siglos después con una fuerza extraordinaria.

Sin embargo, los datos no son suficientes para dar por hecho una relación de pareja entre ellas. Aunque tampoco es totalmente descartable: Hildegarda fue una monja medieval, no una religiosa de la Contrarreforma. Vivió en un tiempo duro y crudo, que apenas podía permitirse la hipocresía, en el que las gentes todavía llamaban a las cosas por su nombre —lo hemos visto en la fuerza expresiva de Eloísa— y aún entendían el misterio profundo de la naturaleza, el poder imbatible de la vida y de la muerte, el vigor demoníaco de la carne luminosa y corruptible.

Hildegarda y Richardis eran vírgenes por sus votos, pero esa virginidad —la inocencia de las entrañas respecto al pene masculino— no tenía por qué renegar necesariamente de otras formas de sensualidad que a veces, por qué no, podían desembocar de manera natural en sexualidad. De hecho, Hildegarda, que siempre cuidó de los aspectos sensoriales del culto que sus monjas practicaban en el monasterio, también dejó dicho en sus escritos que el exceso de castidad —con la pretensión de alcanzar la santidad— era una «forma suprema de la vanidad». O que la abstinencia inmoderada resecaba el alma y no engendraba «paz, sino irascibilidad». ¿Lo sabía, acaso, por experiencia propia, por haber sentido el ansia ingobernable de la carne y su exquisita satisfacción?

Cuando se llevaron a Richardis de su lado, en el año 1151, Hildegarda de Bingen tenía cincuenta y dos años y era una de las mujeres más extraordinarias de Europa. Miembro de la alta nobleza del condado germánico del Palatinado, había vivido desde su infancia en el monasterio benedictino de Disibodenberg. Allí recibió una magnífica educación de manos de otras damas nobles, monjas y laicas, y allí tomó el velo a los quince años. En 1136, al morir la anterior abadesa, fue ella la designada para gobernar la comunidad de monjas. Y entonces surgió la auténtica Hildegarda, bravía y genial.

Disibodenberg era un monasterio dúplice, es decir, un recinto en el que convivían monjas y monjes, ellas siempre sometidas a la autoridad masculina. Aunque ahora nos parezca raro, eso había sido lo habitual en la vida monástica durante los siglos de la Edad Media. Pero, desde el principio, Hildegarda dejó claro que no estaba dispuesta a plegarse fácilmente al poder del abad Cuno y que quería la autonomía para ella y sus «hijas». Era algo que ya estaba sucediendo en otros monasterios europeos, como el Paracleto de Eloísa, fundado poco tiempo atrás. Pero esa independencia no era fácil de lograr. Hildegarda tardó catorce años en conseguirla, y tuvo que convertirse para ello en una auténtica celebridad espiritual.

No deja de ser sorprendente la manera como muchas mujeres, en siglos diferentes, alcanzaron un alto grado de empoderamiento a través del misticismo. Hildegarda de Bingen fue uno de los ejemplos más claros. Apenas elegida abadesa, aquella mujer culta y llena de talento —quizá también de imaginación— empezó a escribir las visiones místicas que, según ella, tenía desde la infancia: la «Fuente divina» le hablaba y le hacía ver imágenes extraordinarias, que señalaban los caminos hacia Dios. Sus inesperados textos causaron conmoción y provocaron, por supuesto, una profunda revisión por parte de las autoridades eclesiásticas. Aunque muchos estaban dispuestos a condenarla, finalmente, el propio Papa, Eugenio III, aceptó su veracidad, lanzándola así a la fama: desde ese momento, Hildegarda fue para la cristiandad una de las elegidas de Dios.

Segura de sí misma, astuta y ambiciosa, logró que sus opiniones se impusieran en un mundo de hombres. Gracias a una intensa correspondencia, se convirtió en consejera —a menudo regañona— de varios pontífices y emperadores, y de infinidad de dignatarios eclesiásticos, reyes, príncipes y aristócratas de media Europa. A pesar de que las mujeres tenían prohibido predicar, ella, con el permiso papal, realizó numerosos viajes dando a conocer sus interpretaciones de las Escrituras. Compuso músicas extraordinarias para que fuesen interpretadas por sus monjas, y escribió un puñado de libros que aún hoy son leídos con enorme interés. Algunos de ellos son tratados místicos, pero también dejó dos obras científicas. Physica o De natura, que es una especie de enciclopedia de los conocimientos botánicos y zoológicos de la época, y Causae et curae, un tratado de medicina natural, una disciplina que parece haber conocido muy bien y que seguramente aprendió desde pequeña, pues las monjas —y muchas mujeres laicas— ejercían en aquel entonces la medicina.

No fue hasta finales de la Edad Media cuando el género femenino se vio apartado con violencia de esa profesión, justo cuando aparecieron las primeras universidades —bajo el dominio de la Iglesia—, que fueron el instrumento para reservar en exclusiva a los hombres el ejercicio de las profesiones de prestigio. Las monjas-médicas quedaron relegadas a la mera condición de enfermeras y las expertas en medicina natural —que solían transmitirse los conocimientos de madres a hijas a lo largo de muchas generaciones— se convirtieron en brujas, perseguidas y quemadas en toda Europa en las hogueras de la Inquisición: el «excesivo» saber femenino iba siendo considerado cada vez más por la sociedad patriarcal algo perturbador y peligroso.

En 1150, cuando su fama de visionaria y de sabia estaba ya establecida, Hildegarda logró al fin el permiso de las autoridades eclesiásticas para abandonar el monasterio dúplice e instalarse con sus monjas en un nuevo monasterio, el de Rupertsberg, cerca de Bingen, que enseguida se convirtió en un lugar de peregrinaciones y donaciones valiosísimas.

Pero también fue en ese momento cuando estalló la tragedia. Durante muchos años, Richardis había sido la monja más cercana a Hildegarda, ejerciendo incluso como una especie de secretaria, que la ayudaba en su intensa actividad de escritura. Por lo que la abadesa cuenta en su primera carta a Hartwig, debió de haber rumores y críticas respecto a la predilección de la superiora por su hija espiritual. Quizá, sobre la posibilidad de un amor excesivo y, tal vez, pecaminoso.

Tan solo es una suposición, pero es probable que, recién llegadas a su nuevo monasterio, el abad Cuno aprovechase este asunto para vengarse de Hildegarda y se dedicara a envenenar a la familia de Richardis. Los Von Stade eran una dinastía muy poderosa y hasta ese momento habían apoyado plenamente a Hildegarda en su deseo de independencia. Lo lógico habría sido mantener a Richardis en el nuevo monasterio que ellos habían contribuido generosamente a crear. Pero, inesperadamente, Richardis fue nombrada abadesa del monasterio de Bassum, en Sajonia, de cuya diócesis era arzobispo su hermano Hartwig. Lejos, muy lejos de Hildegarda, casi inalcanzables la una para la otra, a quinientos kilómetros de caminos embarrados, nieves, vientos heladores o soles ardientes. Una separación quizá definitiva en tiempos como aquellos.

Hildegarda, la que nunca se plegaba, no quiso resignarse. Intentó convencer a la madre de Richardis, a su hermana y a otro miembro de la dinastía para que su hija predilecta se quedase con ella. También a los abades pertinentes y a su arzobispo. Pero no hubo nada que hacer: la

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