Hacia el infinito. Mi vida con Stephen Hawking

Jane Hawking

Fragmento

1
Alas para volar

La historia de mi vida con Stephen Hawking comenzó el verano de 1962, aunque quizá empezara unos diez antes sin que yo fuera consciente de ello. A principios de la década de los cincuenta, entré con siete años en la escuela femenina de Saint Albans como alumna de primero y, durante un breve período, un niño de pelo castaño dorado muy lacio se sentó junto a la pared de la clase contigua a la mía. La escuela admitía a chicos, entre ellos mi hermano Christopher, en los primeros cursos, pero yo solo veía al niño del pelo lacio cuando, si faltaba nuestra profesora, nos juntaban en un aula con los alumnos mayores. Jamás cruzamos una palabra, pero estoy segura de que este recuerdo de infancia es fiel a la realidad, pues en aquella época Stephen estudió un trimestre en la escuela antes de ir a un colegio privado que se hallaba a unas millas.

Las hermanas de Stephen eran más fáciles de reconocer, porque se quedaron más tiempo en la escuela. La mayor de las dos, Mary, a quien Stephen llevaba solo dieciocho meses, era una figura inconfundible por su excentricidad: rolliza, siempre desaliñada, despistada, propensa a trabajar en solitario. Su mayor atractivo, un cutis transparente, quedaba enmascarado por unas gafas de cristales gruesos nada favorecedoras. Philippa era cinco años menor que Stephen; nerviosa y excitable, tenía los ojos vivos, la cara redonda y sonrosada, y el pelo rubio, recogido en trenzas cortas. La escuela no toleraba la diferencia ni en el aspecto académico ni en la disciplina, y los alumnos, como los de cualquier otro colegio, podían ser crueles e intransigentes cuando se topaban con algo insólito. Tener un Rolls Royce y una casa en el campo se veía con buenos ojos, pero los alumnos —como yo— cuyo medio de transporte era un Standard 10 de antes de la guerra —o, aún peor, un taxi londinense antiquísimo, como en el caso de los Hawking— se convertían en el hazmerreír de todos o en el objeto de una compasión desdeñosa. Los Hawking se tumbaban en el suelo del taxi para que sus compañeros no los vieran. Por desgracia, en el suelo del Standard 10 no había espacio para esa táctica evasiva. Las dos hermanas Hawking dejaron la escuela antes de llegar a los cursos superiores.

Su madre era una figura familiar desde hacía ya tiempo. Menuda y enjuta pero fuerte, envuelta en un abrigo de pieles esperaba en la esquina de mi escuela, junto al paso de peatones, a que su hijo menor, Edward, llegara en autobús del colegio privado al que iba, situado en el campo. Mi hermano también acudió a aquel colegio masculino después del curso de preescolar en Saint Albans; se llamaba Aylesford House y los alumnos vestían de rosa: chaquetas rosas y gorras rosas. Por lo demás, era un paraíso para los chiquillos, sobre todo para los que no tenían inclinación por los estudios. Cuando conocí a los Hawking, Edward, un niño adorable y muy guapo de ocho años, tenía ciertas dificultades para relacionarse con su familia adoptiva, posiblemente porque, a la hora de cenar, todos acostumbraban a tener un libro delante y a ignorar a quienes no fueran lectores ávidos como ellos.

Diana King, una compañera mía de la escuela, había sufrido aquella costumbre de los Hawking, lo que tal vez explique por qué, al enterarse más tarde de mi compromiso con Stephen, exclamó: «¡Vaya, Jane! ¡La familia de tu futuro marido está muy pero que muy loca!». Fue Diana quien primero me llamó la atención sobre Stephen aquel verano de 1962, cuando, después de los exámenes, ella, Gillian —mi mejor amiga— y yo disfrutábamos del feliz período de relativa inactividad antes del final del trimestre. Gracias al cargo de alto funcionario de mi padre, yo ya había realizado un par de incursiones en el mundo de los adultos fuera de la escuela, los deberes y los exámenes. Había asistido a una cena en la Cámara de los Comunes y, un día de verano muy caluroso, a una recepción en los jardines del palacio de Buckingham. Diana y Gillian dejaban la escuela ese verano, mientras que yo seguiría como delegada durante el trimestre de otoño, y luego presentaría solicitudes para entrar en la universidad. Ese viernes por la tarde recogimos los bolsos y, tras ponernos los canotiers, decidimos ir a merendar al centro. Apenas habíamos recorrido cien yardas cuando vimos una curiosa estampa al otro lado de la calle: un joven desgarbado caminaba de un modo extraño en dirección opuesta, con la cabeza gacha y la cara protegida del mundo por una rebelde masa de pelo castaño lacio. Absorto en sus pensamientos, no miraba ni a derecha ni a izquierda, por lo que no vio a las tres chicas de la otra acera. Era un verdadero bicho raro en el conservador y tranquilo Saint Albans. Asombradas, Gillian y yo nos lo quedamos mirando con bastante descaro, pero Diana no se inmutó.

—Es Stephen Hawking. He salido con él, por cierto —anunció a sus estupefactas compañeras.

—¡No me digas! —exclamamos entre risas, sin terminar de creerla.

—Pues sí. Es raro pero muy inteligente. Es amigo de Basil [el hermano de Diana]. Me llevó una vez al teatro y he estado en su casa. Va a manifestaciones a favor del desarme nuclear.

Enarcando las cejas, reanudamos nuestro paseo, pero yo no lo disfruté porque, si bien no sabía explicar el motivo, el joven al que acabábamos de ver me había inquietado. Puede que su excentricidad resultara fascinante para alguien que, como yo, llevaba una existencia bastante convencional. Quizá tuviera la extraña premonición de que volvería a verlo. Fuera lo que fuese, aquella escena se me grabó profundamente en la memoria.

Las vacaciones de aquel verano fueron un sueño para una adolescente que estaba a punto de independizarse, aunque es muy posible que para mis padres fueran una pesadilla, pues mi destino, una escuela de verano en España, era en 1962 tan lejano, misterioso y arriesgado como, por ejemplo, lo es Nepal para los adolescentes de hoy en día. Con la confianza que me brindaban mis dieciocho años, no me cabía ninguna duda de que sabría cuidar de mí misma, y tenía razón. El curso estaba bien organizado y las estudiantes nos alojábamos en grupos en casas particulares. Los fines de semana nos llevaban a lugares de interés turístico: a Pamplona, donde soltaban toros por las calles; a la única corrida de toros que he visto, brutal y violenta, pero también espectacular y fascinante, y a Loyola, tierra natal de san Ignacio.

Cuando no realizábamos excursiones, pasábamos las tardes en la playa y las noches en bares y restaurantes del puerto, participando en las fiestas y bailes, escuchando estridentes bandas musicales y admirando los fuegos artificiales.

A mi regreso a Inglaterra, mis padres, aliviados por tenerme de vuelta sana y salva, me llevaron casi de inmediato a unas vacaciones familiares en los Países Bajos y Luxemburgo. Aquella también fue una experiencia muy enriquecedora. Gracias al entusiasmo de mi padre, estuvimos en la vanguardia del movimiento turístico: recorríamos centenares de millas por tortuosas carreteras secundarias de Europa, que en aquella época estaba en vías de recuperarse del trauma de la guerra; visitábamos ciudades, catedrales y museos de arte que también mis padres veían por primera vez. Era una espléndida combinación de cultura, a través del arte y la historia, y de disfrute de los placeres de la vida —vino, gastronomía y sol estival—, todo ello mezclado con monumentos a los caídos y cementerios de los campos de Flandes.

Cuando empecé las clases aquel otoño, las experiencias del verano me brindaron una sensación de confianza en mí misma sin precedentes. Conforme salía del capullo, me parecía que la escuela solo ofrecía un pálido reflejo de los conocimientos y la independencia que había adquirido en los viajes. Siguiendo el ejemplo de las nuevas formas de sátira que aparecían en la televisión, yo, la delegada, organicé un desfile de moda para el espectáculo de bachillerato, con la particularidad de que todos los modelos estaban confeccionados con prendas del uniforme escolar modificadas de manera estrafalaria. La disciplina se fue al traste cuando el alumnado entero, reunido en la escalera, pidió a voces entrar en el salón de actos y, por una vez, la señorita Meiklejohn (también conocida como Mick), la fornida y curtida profesora de educación física, de cuyo aterrador ladrido masculino dependía el buen funcionamiento de la escuela, no pudo hacerse oír entre tanto alboroto y montó en cólera. Desesperada, recurrió al megáfono, que solo sacaba para vociferar el día de los Deportes, en la exposición de mascotas y para controlar las interminables dobles filas que debíamos formar cuando recorríamos todas las callejuelas de Saint Albans para asistir a las misas que se oficiaban en la abadía una vez por trimestre.

El objetivo de aquel lejano trimestre del otoño de 1962 no era montar espectáculos, sino entrar en la universidad. Por más que admiráramos al presidente Kennedy, la crisis de los misiles de Cuba de aquel octubre había socavado de forma profunda la sensación de seguridad de mi generación y truncado nuestras esperanzas para el futuro. Puesto que las superpotencias jugaban peligrosamente con nuestras vidas, no había garantías de que fuéramos a tener siquiera un futuro que esperar. Cuando toda la escuela rezaba por la paz bajo la dirección del capellán, recordé la predicción, realizada por el mariscal de campo Montgomery a finales de los años cincuenta, de que habría una guerra nuclear al cabo de menos de una década. Todos, jóvenes y mayores por igual, sabíamos que el ataque nuclear se anunciaría con cuatro minutos de antelación y que significaría el brusco final de toda la civilización.

Aparte de la tremenda amenaza en el panorama internacional, yo me sentía agotada después de los exámenes de reválida y carecía de entusiasmo para estudiar tras haber saboreado la libertad ese verano. La importante tarea de entrar en la universidad solo me trajo humillación cuando ni Oxford ni Cambridge se interesaron por mí. Consciente de mi sensación de fracaso, la señorita Gent, la directora, se esforzó por consolarme señalando que no era ninguna deshonra no entrar en Cambridge, pues muchos de los hombres de esa universidad eran muy inferiores intelectualmente a las mujeres rechazadas por falta de plazas. En aquella época, en Oxford y Cambridge la proporción era más o menos de una mujer por cada diez hombres. Me recomendó que aceptara la oferta de una entrevista en el Westfield College, de Londres. Así pues, un día de diciembre frío y lluvioso partí de Saint Albans en autobús para realizar el trayecto de quince millas hasta Hampstead.

El día fue tan catastrófico que, cuando terminó, representó un alivio estar de nuevo en el autobús camino de casa, bajo la misma fría cellisca que en el viaje de ida. Después del desagradable ejercicio de intentar quedar bien en la entrevista del Departamento de Español, que pareció girar exclusivamente en torno a T. S. Eliot, de quien yo apenas sabía nada, me mandaron a hacer cola a la puerta del despacho de la rectora. Cuando me tocó entrar, la mujer me entrevistó con una actitud de antigua funcionaria, sin apenas levantar los ojos de los papeles para mirarme por encima de las gafas de concha. Aún con los nervios de punta por el desastre de la entrevista anterior, decidí que era mejor hacerme notar aunque de ese modo diera al traste con las posibilidades de que me admitieran. Así pues, cuando me preguntó, con un tono seco y aburrido: «¿Y por qué ha puesto español en vez de francés como segundo idioma?», respondí, con un tono igual de seco y aburrido: «Porque en España hace más calor que en Francia». Los papeles se le cayeron de las manos y, efectivamente, me miró.

Para mi sorpresa, me ofrecieron una plaza en Westfield, pero al llegar la Navidad apenas me quedaba nada del optimismo y entusiasmo que había descubierto de España. Cuando Diana me invitó a la fiesta de Año Nuevo que daba con su hermano el primero de enero de 1963, acudí muy bien arreglada, con un traje verde oscuro de seda —artificial, por supuesto— y el cabello recogido en un llamativo moño ahuecado, pero en mi fuero interno me sentía tímida e insegura. Y allí, con una chaqueta negra y una pajarita roja, ambas de terciopelo, y el pelo caído sobre la cara y las gafas, estaba Stephen Hawking, el joven desgarbado al que había visto por la calle en verano.

Apartado de los otros grupos, conversaba con un amigo de Oxford, al cual explicaba que había comenzado a investigar sobre cosmología en Cambridge, no bajo la dirección de Fred Hoyle, el conocido científico de la televisión, como él esperaba, sino con alguien de extraño apellido: Dennis Sciama. Reconoció que el verano anterior —cuando yo me examinaba de la reválida— le había tranquilizado saber que se había graduado en Oxford con la nota máxima. Esto fue la feliz consecuencia de un examen oral en el que los desconcertados examinadores debían decidir si aquel candidato tan poco apto, cuyos exámenes mostraban, sin embargo, destellos de genialidad, debía graduarse con la nota máxima, con un notable o con un aprobado, lo cual equivalía a un suspenso. Con aire despreocupado, Stephen les informó de que, si obtenía la nota máxima, iría a Cambridge para cursar el doctorado, con lo cual les brindaría la oportunidad de introducir un caballo de Troya en el campo enemigo, mientras que si le ponían un notable —lo cual también le permitiría dedicarse a la investigación— se quedaría en Oxford. Los examinadores prefirieron no arriesgarse y le concedieron la nota máxima.

Yo escuché, entre divertida y fascinada, a aquel personaje tan poco corriente, que me atraía por su sentido del humor y su carácter independiente. Estaba claro que, al igual que yo, era una persona que tendía a avanzar a trompicones por la vida y conseguía verle el lado gracioso a todo. Una persona que, al igual que yo, era bastante tímida pero no se abstenía de expresar sus opiniones; una persona que, a diferencia de mí, había desarrollado una buena autoestima y tenía el descaro de manifestarlo. Cuando la fiesta terminó, intercambiamos señas, pero yo no esperaba volver a verlo, salvo quizá por casualidad. El pelo largo y la pajarita eran una fachada, una declaración de independencia de criterio, y en el futuro podría permitirme pasarlos por alto, como había hecho Diana, en vez de mirarlo boquiabierta, si volvía a cruzarme con él en la calle.

2
En el escenario

Solo dos días después, me llegó una tarjeta de Stephen: me invitaba a una fiesta el 8 de enero. Estaba escrita en una hermosa letra inglesa que yo envidiaba pero que, pese a mis arduos esfuerzos, jamás había llegado a dominar. Consulté a Diana, que también había recibido una invitación. Me dijo que el motivo de la fiesta era celebrar que Stephen cumplía veintiún años —un dato que no constaba en la tarjeta— y prometió que pasaría a recogerme. Era difícil elegir un regalo para una persona a quien acababa de conocer, de modo que le compré un vale para discos.

La casa de Hillside Road, en Saint Albans, era un monumento a la parquedad y el ahorro. Aunque, por otra parte, en aquellos tiempos no constituía ninguna excepción, ya que en la posguerra nos habían educado para que tuviéramos respeto al dinero, compráramos barato y gastáramos poco. Construido a principios del siglo XX, el número 14 de Hillside Road, una enorme casa de ladrillo rojo con tres plantas, poseía cierto encanto porque se conservaba por entero en su estado original, sin la intromisión de tendencias modernizadoras como la calefacción central o la moqueta. La naturaleza, los elementos y una familia de cuatro hijos habían dejado huella en la deslustrada fachada, oculta tras un seto mal recortado. Una glicina colgaba por encima del deteriorado porche acristalado y faltaban gran parte de los rombos del vitral emplomado de la parte superior de la puerta. No obtuvimos una respuesta inmediata cuando llamamos al timbre, pero al final salió a abrirnos la misma persona que en el pasado esperaba, envuelta en un abrigo de pieles, junto al paso de peatones. Diana me la presentó: era Isobel Hawking, la madre de Stephen. La acompañaba un niño adorable de pelo oscuro rizado y ojos de un azul intenso. Detrás de ellos, una sola bombilla alumbraba un largo recibidor con suelo de baldosas amarillas, muebles macizos, entre ellos un reloj de pie, y el papel pintado de William-Morris original, ya oscurecido.

Cuando los diversos miembros de la familia comenzaron a aparecer en el salón para saludar a las recién llegadas, descubrí que los conocía a todos: la madre de Stephen era famosa por sus largas esperas junto al paso de peatones; Edward, el hermano menor, era sin duda el niño de la gorra rosa; a las hermanas, Mary y Philippa, las reconocí de la época escolar, y el padre, Frank Hawking, un hombre alto y distinguido de cabello cano, había ido una vez a nuestro jardín trasero para recoger una colmena de abejas. Mi hermano Chris y yo habíamos querido mirar cómo lo hacía, pero nos llevamos un chasco cuando nos echó con hosco laconismo. Además del único apicultor de la ciudad, Frank Hawking debía de ser uno de los pocos habitantes de Saint Albans que tenían esquís. En invierno pasaba esquiando por delante de nuestra casa camino del campo de golf, adonde nosotros íbamos a comer y a coger jacintos silvestres en primavera y verano, y a deslizarnos por las cuestas, subidos a bandejas de hojalata, en invierno. Fue como encajar las piezas de un rompecabezas: había visto a aquellas personas por separado, pero hasta ese día ignoraba que fueran parientes. De hecho, había en la familia otro miembro a quien también reconocí: se alojaba en la habitación de la buhardilla, que tenía una entrada independiente, pero bajaba para participar en acontecimientos familiares. Agnes Walker, la abuela escocesa de Stephen, era una figura célebre en Saint Albans por méritos propios, debido a su virtuosismo al piano, del que hacía gala en público una vez al mes, cuando en el ayuntamiento aunaba esfuerzos con Molly du Cane, nuestra bulliciosa instructora de danza folclórica.

La danza y el tenis habían sido mis únicas actividades sociales durante la adolescencia. Gracias a ellas tenía un grupo de amigos de ambos sexos que provenían de diversos colegios y distintos entornos. Fuera de la escuela, íbamos a todas partes en pandilla: café los sábados por la mañana, tenis por la tarde y reuniones en el club de tenis en verano, clases de bailes de salón y danza folclórica en invierno. El hecho de que nuestras madres también asistieran a las veladas de danza folclórica junto con muchos de los ancianos y enfermos de Saint Albans, no nos cohibía en absoluto. Nos sentábamos aparte y bailábamos por nuestra cuenta, bien lejos de los mayores. De vez en cuando surgían amoríos en nuestro rincón —lo cual daba pie a muchos chismorreos y a unas cuantas peleas—, pero por lo general no duraban demasiado. Éramos una pandilla de adolescentes amables y despreocupados con una vida mucho menos complicada que la de los jóvenes de hoy en día.

A la fiesta de cumpleaños asistieron amigos y parientes. Algunos de los primeros eran de la época en que Stephen había estudiado en Oxford, pero la mayoría había coincidido con él en la escuela de Saint Albans y contribuido al éxito de esta en los exámenes de acceso a Oxford y Cambridge de 1959. Con diecisiete años, Stephen había sido menor que sus compañeros de curso y, en consecuencia, era bastante joven para ingresar en la universidad aquel otoño; muchos de los otros alumnos no le llevaban solo un año, sino varios, puesto que habían entrado en Oxford después de cumplir el servicio militar obligatorio, que después fue abolido. Más adelante Stephen reconoció que no le había sacado todo el jugo a Oxford por la diferencia de edad que había entre sus compañeros y él.

Sin duda tenía lazos más estrechos con los amigos de la escuela que con las amistades de Oxford. Aparte de Basil King, el hermano de Diana, yo solo los conocía de oídas y sabía que se les consideraba la nueva élite de la sociedad de Saint Albans. Se decía que eran los aventureros intelectuales de nuestra generación, consagrados en cuerpo y alma al rechazo crítico de todo lugar común, a la burla de los comentarios manidos o tópicos, a la afirmación de su propia independencia de criterio y a la exploración de los confines de la mente. Nuestro periódico local, el Herts Advertiser, había pregonado el éxito de la escuela hacía cuatro años y publicado en sus páginas el nombre y la cara de aquellos alumnos. Por supuesto, eran muy distintos de mis amigos, y yo, una joven de dieciocho años lista pero corriente, me sentía intimidada. Ninguno de ellos pasaría jamás una tarde bailando danzas folclóricas. Dolorosamente consciente de mi falta de sofisticación, me acomodé en un rincón, lo más cerca posible del fuego, con Edward en las rodillas, y escuché la conversación sin hacer ningún intento de participar. Algunas personas estaban sentadas; otras, apoyadas en la pared del comedor, espacioso y frío, donde la única fuente de calor era una chimenea cerrada. La conversación fue entrecortada y se compuso sobre todo de chistes, ninguno de los cuales fue ni remotamente tan intelectual como yo esperaba.

Durante una temporada no volví a tener noticias de Stephen. Estaba muy atareada en Londres realizando un curso de secretariado sobre un revolucionario estilo de taquigrafía que utilizaba el alfabeto en vez de jeroglíficos y que omitía las vocales. Aparte de un breve descanso para comer, siempre estaba metida en el aula, rodeada del martilleo de un ejército de anticuadas máquinas de escribir y la cháchara de chicas de la buena sociedad cuyo principal mérito para considerarse distinguidas eran las veces que las habían invitado a los palacios de Buckingham y Kensington o a Clarence House.

El estilo revolucionario de taquigrafía se aprendía con relativa facilidad, pero la mecanografía era una pesadilla. Yo veía la utilidad de la taquigrafía, dado que iba a servirme para tomar apuntes en la universidad, pero la mecanografía era aburridísima y se me daba fatal: a duras penas escribía cuarenta palabras por minuto cuando mis compañeras de clase terminaron el curso y ya dominaban todas las otras técnicas de secretaría. En realidad, la taquigrafía solo me sirvió durante un breve período, mientras que la mecanografía demostraría su utilidad en incontables ocasiones.

Los fines de semana podía olvidar el suplicio de escribir a máquina y mantener contacto con los amigos de siempre. Un sábado de febrero, quedé por la mañana con Diana, que estudiaba enfermería en el hospital Saint Thomas, y con Elizabeth Chant —otra amiga de la escuela, entonces estudiante de magisterio— en nuestro local favorito, el café-bar de Greens, los únicos grandes almacenes de Saint Albans. Intercambiamos impresiones sobre nuestros respectivos cursos y luego nos pusimos a hablar de amigos y conocidos. De repente Diana preguntó:

—¿Os habéis enterado de lo de Stephen?

—Ah, sí —dijo Elizabeth—. Qué horror, ¿no?

Comprendí que se referían a Stephen Hawking.

—¿Qué pasa? —pregunté—. No sé nada.

—Por lo visto lleva dos semanas en el hospital, en Saint Bartholomew, creo, porque es donde se formó su padre y donde ahora estudia Mary —explicó Diana—. Tropezaba continuamente y no se podía atar los cordones de los zapatos. —Se calló un momento—. Le han hecho un montón de pruebas horrorosas y han descubierto que tiene una terrible enfermedad incurable que provoca parálisis. Se parece un poco a la esclerosis múltiple, pero no lo es, y creen que probablemente le quedan solo un par de años de vida.

Yo estaba perpleja. Acababa de conocer a Stephen y, pese a su excentricidad, me caía bien. Los dos nos mostrábamos tímidos ante los demás, pero en el fondo confiábamos en nosotros mismos. Era impensable que una persona que solo me llevaba un par de años tuviera que enfrentarse a la perspectiva de su muerte. La mortalidad era un concepto que no formaba parte de nuestra existencia. Aún éramos lo bastante jóvenes para ser inmortales.

—¿Cómo está? —pregunté, afectada por la noticia.

—Basil ha ido a verlo —continuó Diana— y dice que está bastante deprimido: las pruebas son muy desagradables y el chico de Saint Albans que ocupaba la cama de enfrente murió el otro día. —Suspiró—. Stephen insistió en estar en el pabellón, por sus principios socialistas; se negó a que le dieran una habitación individual, como querían sus padres.

—¿Saben cuál es la causa de la enfermedad? —pregunté aturdida.

—Pues no —respondió Diana—. Creen que tal vez le pusieron una vacuna contra la viruela sin esterilizar cuando fue a Persia hace un par de años y que eso le introdujo un virus en la columna vertebral, pero no están seguros; es solo una conjetura.

Me fui a casa en silencio, pensando en Stephen. Mi madre percibió mi preocupación. No lo conocía, pero sabía quién era y que me caía bien. Yo había tenido la precaución de advertirle de que era muy excéntrico, por si se tropezaba con él por casualidad. Con la prudente confianza en la honda fe que la había ayudado a soportar la guerra, la enfermedad terminal de su querido padre y las depresiones del mío, dijo en voz baja: «¿Por qué no rezas por él? Podría ayudarle».

Así pues, me quedé estupefacta cuando, al cabo de una semana más o menos, esperando el tren de las nueve de la mañana, vi a Stephen caminar sin prisas por el andén con una maleta de lona marrón en la mano. Parecía animado y se alegró de verme. Tenía un aspecto más convencional y, de hecho, se le veía bastante más atractivo que en ocasiones anteriores: los elementos de la imagen que sin duda había cultivado en Oxford —la pajarita, la chaqueta negra de terciopelo, incluso el pelo largo— habían dado paso a una corbata roja, una gabardina beige y un cabello más corto y mejor peinado. Nuestros dos encuentros anteriores habían tenido lugar al atardecer, con una luz tenue; esta vez, la luz del día permitía ver su sonrisa, ancha e irresistible, y los límpidos ojos grises. Tras las gafas de montura redonda, sus facciones tenían algo que me resultaba atractivo, pues me recordaban, quizá de forma inconsciente, a lord Nelson, mi héroe de Norfolk. Nos sentamos juntos en el tren con destino a Londres y hablamos tranquilamente, aunque apenas abordamos la cuestión de su enfermedad. Yo le comenté cuánto me había apenado enterarme de su ingreso en el hospital, ante lo cual él arrugó la nariz y no dijo nada. Su actitud de que todo iba bien era tan convincente que pensé que sería una crueldad insistir. Él regresaba a Cambridge, me dijo, y cuando nos acercábamos a la estación de Saint Pancras me explicó que volvía a casa muchos fines de semana. ¿Me gustaría ir al teatro con él alguna vez? Por supuesto, dije que sí.

Quedamos un viernes por la tarde en un restaurante italiano del Soho, lo cual, por sí solo, ya habría sido una velada espléndida. Pero Stephen también tenía entradas para el teatro y tuvimos que darnos prisa en terminar la cena, que resultó ser vergonzosamente cara, para llegar a tiempo a la representación de Volpone, en el Old Vic. Entramos en el teatro corriendo y, cuando acabábamos de dejar las cosas debajo de nuestras butacas, en una de las últimas filas, comenzó la función. Como mis padres eran muy aficionados al teatro, yo ya había visto la otra gran obra de Jonson, El alquimista, que me había encantado; Volpone era igual de entretenida, y enseguida me quedé absorta en las intrigas del viejo zorro que quería poner a prueba la sinceridad de sus herederos pero cuyos planes fracasaron estrepitosamente.

Entusiasmados con la obra, al salir del teatro hablamos de ella en la parada de autobús. Un pordiosero se acercó y preguntó educadamente a Stephen si tenía unas monedas. Él se palpó el bolsillo y exclamó azorado:

—Lo siento, ¡pero creo que no me queda nada!

El pordiosero sonrió y me miró.

—Tranquilo, jefe —dijo, y me guiñó el ojo—. Lo entiendo.

En ese momento llegó el autobús y nos montamos. Una vez que nos hubimos sentado, Stephen se volvió hacia mí con aire de disculpa.

—Lo siento muchísimo —dijo—, pero no tengo dinero ni para comprar el billete. ¿Llevas algo?

Pesarosa por lo mucho que debía de haberse gastado en la cena, me alegró poder corresponderle. El cobrador se acercó y esperó a nuestro lado mientras yo buscaba el monedero en las profundidades del bolso. Al ver que no lo tenía, me dio tanta vergüenza como la que había sentido Stephen en el restaurante. Bajamos del autobús en el semáforo siguiente y casi no paramos de correr hasta llegar al Old Vic. La puerta principal del teatro estaba cerrada, pero Stephen siguió andando… hasta la entrada de los artistas, en un lado del edificio. Estaba abierta y el pasadizo tenía la luz encendida. Entramos con cautela, pero no vimos a nadie. Recorrimos el pasadizo hasta el final y llegamos al escenario, que estaba vacío pero aún iluminado. Cohibidos, lo atravesamos de puntillas y bajamos al patio de butacas, envuelto en la oscuridad. En un abrir y cerrar de ojos encontramos, para alivio de ambos, el monedero de cuero verde debajo de la butaca que yo había ocupado. Cuando regresábamos al escenario las luces se apagaron y nos quedamos a oscuras.

—Dame la mano —dijo Stephen con tono autoritario.

Le obedecí y contuve el aliento con muda admiración mientras me conducía por el escenario y luego por el pasadizo. Por suerte, la entrada de los artistas seguía abierta, y cuando salimos a la calle nos reímos a carcajadas. ¡Habíamos estado en el escenario del Old Vic!

3
Una carroza de cristal

Unas semanas después del episodio del Old Vic, cuando el curso de taquigrafía estaba oficialmente a punto de terminar, llegué a casa una tarde y mi madre me enseñó entusiasmada un recado de Stephen, que había telefoneado para invitarme a un baile de mayo en Cambridge. Era una propuesta muy tentadora. En bachillerato habían invitado a una compañera a un baile de mayo y las demás, muertas de envidia, habíamos saboreado cada detalle de una gala digna de un cuento de hadas. Ahora, por increíble que pareciera, me tocaba a mí. Cuando Stephen llamó para confirmar la invitación, acepté encantada. El problema del atuendo se resolvió enseguida, cuando en una tienda de Oxford Street próxima a la academia de taquigrafía encontré un vestido de seda blanco y azul marino que estaba al alcance de mi bolsillo.

Aún faltaban unos meses para los bailes de mayo, que, con la obstinada rebeldía típica de Cambridge, se celebran en junio. Entretanto, tenía que empezar a reponer mis ahorros, agotados con la compra del vestido de noche, para mis viajes por España en verano, de modo que me inscribí en una agencia de empleo temporal de Saint Albans. Mi primer trabajo fue una suplencia de un día y medio —jueves por la tarde y todo el viernes— en la sucursal del Westminster Bank en Hatfield, cuyo director, el señor Abercrombie, hombre paciente y bondadoso, era amigo de mi padre. Primero me mandaron a la centralita pero, como no tenía la menor idea de qué debía hacer, me puse tan nerviosa al ver las luces parpadeantes que empecé a sacar clavijas como una loca mientras intentaba encajar otras en los agujeros vacíos. Lo único que conseguí fue cortar todas las llamadas externas y conectar los teléfonos de personas que estaban sentadas frente a frente. Después de aquella experiencia me habitué poco a poco a desempeñar diversos trabajos temporales conforme la primavera daba paso al verano y la noche del baile de mayo se acercaba.

Cuando Stephen llegó una calurosa tarde de principios de junio para llevarme a Cambridge, me impactó ver que su estado había empeorado desde la noche de la aventura del Old Vic e incluso dudé que tuviera fuerzas para conducir el coche de su padre, un viejo Ford Zephyr enorme. Al parecer, aquella especie de tanque había vadeado ríos en Cachemira cuando la familia —salvo Stephen, que se había quedado a estudiar en Inglaterra— había vivido en India hacía unos años. Me daba miedo que aquel vehículo resollante corriera demasiado para su conductor, una figura delgada, frágil y renqueante que parecía utilizar el volante para alzarse y ver por encima del salpicadero. Presenté a Stephen a mi madre, quien, sin dar muestras de sorpresa ni de alarma, nos dijo adiós con la mano, como si fuera un hada madrina que me enviaba al baile, con el príncipe azul, en una carroza de cristal desbocada.

El viaje fue aterrador. Resultó que Stephen había tomado como modelo de conductor a su padre, quien conducía deprisa y de forma temeraria, adelantando en cuestas y curvas; se sabía que incluso había circulado por una autovía en sentido contrario. Frustrando cualquier intento de conversación, el viento aullaba por las ventanillas bajadas mientras dejábamos atrás los campos y árboles de Hertfordshire y entrábamos en el pelado paisaje de Cambridgeshire. Yo apenas me atrevía a mirar la carretera; en cambio Stephen parecía mirarlo todo salvo la carretera. Probablemente consideraba que podía permitirse vivir al límite porque el destino ya le había asestado un golpe cruel. No obstante, a mí ese pensamiento apenas me servía de consuelo, de modo que me prometí que regresaría a casa en tren. Decididamente, empezaba a dudar de que la experiencia de asistir a un baile de mayo fuera el cuento de hadas que todos decían.

En contra de todas las estadísticas sobre accidentes de tráfico, llegamos sanos y salvos al alojamiento de Stephen, una elegante residencia para graduados construida en los años treinta y rodeada de un umbroso jardín donde los otros juerguistas estaban ocupados con los preparativos de última hora. Cuando me hube cambiado en la habitación de la primera planta que me había asignado la gobernanta, conocí a los compañeros de residencia e investigación de Stephen, cuya actitud hacia él, en apariencia contradictoria, me dejó perpleja. En el plano intelectual le hablaban como a un igual, unas veces con cáustico sarcasmo, otras con aplastante espíritu crítico, siempre con humor. En cambio, en el plano personal lo trataban con una delicadeza que rozaba casi la ternura. Me costaba conciliar aquellos dos polos de conducta. Estaba habituada a que actitud y postura coincidieran, por lo que me desconcertaban aquellas personas que tan pronto se erigían en abogados del diablo y discutían enconadamente con alguien, es decir, con Stephen, como cambiaban de actitud y atendían con afecto las necesidades personales de este, como si sus palabras fueran órdenes. No había aprendido a distinguir entre razón y emoción, entre intelecto y corazón. Con mi inocencia, aún tenía que aprender algunas duras lecciones. Aquella inocencia, en Cambridge, era aburrida y previsible.

Fuimos todos a cenar a un restaurante situado en la primera planta de un edificio que hacía esquina con King’s Parade. Desde mi asiento contemplé los pináculos y chapiteles de King’s College, la capilla y la casa del guarda, que se recortaban oscuros en el dilatado y luminoso panorama de una puesta de sol en Anglia Oriental. Aquello, por sí solo, ya fue mágico. Regresamos a la residencia para dar los retoques de última hora antes de emprender el paseo de diez minutos por los verdes prados de los Backs hasta los viejos patios de Trinity Hall, el college de Stephen. Él insistió en llevar su magnetófono y su colección de cintas para que escucháramos música en la habitación que un amigo había puesto a nuestra disposición por si necesitábamos tomarnos un respiro durante el baile, pero él no podía llevarlos. «Venga ya —rezongó uno de sus amigos con tono benévolo—. Ya veo que tendré que cargar yo con ellos.» Y lo hizo.

Relativamente pequeño, modesto y escondido de la vista pública, Trinity Hall se compone de un variopinto grupo de edificios —muy viejos, viejos, victorianos y, últimamente, modernos— que circundan céspedes, macizos de flores y una terraza con vistas al río. Cuando nos dirigíamos al college desde el otro lado del río Cam, nos detuvimos un momento en mitad de un alto puente nuevo que, según me explicó Stephen con tono grave, se había construido hacía poco en recuerdo de un estudiante, Timothy Morgan, que había muerto trágicamente en 1960 justo después de proyectarlo. Desde el puente nos deleitamos con un espectáculo de cuento de hadas; me recordó la misteriosa casa de campo de una de mis novelas francesas favoritas, El gran Meaulnes, de Alain-Fournier, en la que el héroe, Augustin Meaulnes, se topa con un castillo profusamente iluminado en mitad del campo y, de ser un perplejo observador, pasa a participar en los festejos, la música y los bailes, sin saber nunca qué ocurrirá. En Trinity Hall las bandas de música tocaban al aire libre, el prado que descendía hacia al río estaba decorado con lucecitas titilantes, al igual que la magnífica haya roja del centro, y algunas parejas ya bailaban en una tarima bajo el árbol. En el entoldado de arriba conocí a más amigos de Stephen, y juntos fuimos derechos a buscar nuestra ración de champán, que se sacaba de una bañera, y después al bufet y a los diversos espectáculos: al abarrotado salón, donde en un escenario distante se representaban números de cabaret que no se oían; a una elegante sala con las paredes revestidas de madera, donde un cuarteto de cuerda intentaba competir con una banda jamaicana de percusión que estaba tocando fuera, y a un rincón de la biblioteca vieja, donde se servían castañas recién asadas en un brasero. Nuestros compañeros se habían alejado y nos habían dejado sentados en la terraza junto al río, viendo cómo bailaba la gente al ritmo hipnótico de la banda de percusión.

—Siento no bailar —se disculpó Stephen.

—Tranquilo; no me importa —mentí.

No obstante, la posibilidad de bailar no estaba totalmente descartada, porque más tarde, después de otro bufet y más champán, descubrimos una banda de jazz escondida en un sótano. La sala estaba a oscuras, aparte de unas extrañas luces azuladas. No se veía a los hombres, salvo los puños y la pechera de la camisa, que brillaban con un intenso resplandor morado, mientras que las chicas eran prácticamente invisibles. Yo estaba fascinada. Stephen me explicó que las luces captaban el elemento fluorescente que contenían los detergentes en polvo, razón por la cual destacaban tanto las camisas de los hombres, pero que, como los vestidos nuevos de las chicas no se habían contaminado con Tide, Daz ni ningún otro jabón, no adquirían esa luminosidad fantasmagórica. En la oscuridad de la sala subterránea, convencí a Stephen de que saliera a la pista. Nos mecimos suavemente, riéndonos de los dibujos danzarines de aquella luz morada, hasta que, para nuestra gran desilusión, la banda recogió los bártulos y se fue.

De madrugada, como era tradición, los otros colleges que habían organizado bailes de mayo abrieron las puertas a todo el mundo. Mientras amanecía, caminamos tambaleándonos por Trinity Street hasta Trinity College, donde, en unas espaciosas habitaciones, la novia extremadamente bien organizada y madura de algún universitario preparaba el desayuno, pero yo me hundí en un sillón y me quedé dormida. Algún alma caritativa debió de llevarme sonámbula a la pensión de Adams Road, donde dormí a pierna suelta hasta media mañana.

El programa del día para las parejas del baile de mayo se había planificado con la eficiencia de una agencia de viajes moderna, con la salvedad de que era mucho más estimulante. Además de cursar el doctorado en química, Nick Hughes y Tom Wesley, amigos de Stephen, participaban como editores en la redacción de una guía de los edificios construidos en Cambridge durante la posguerra, Cambridge New Architecture, que se publicaría en 1964. Stephen compartía su interés y colaboraba en el proyecto como asesor a tiempo parcial. Así pues, los tres estaban impacientes por enseñar los objetos de sus deliberaciones a cuantos se mostraran interesados. Pese a la mirada escéptica que estos edificios reciben hoy en día, en los años sesenta despertaron gran entusiasmo, el entusiasmo arrasador del desarrollo urbanístico de la posguerra, indiferente a las viviendas antiguas, los prados o los árboles que podían frenar la nueva oleada de calles, edificios y complejos universitarios. La protección del patrimonio no era todavía un tema de interés general.

Después de comer dimos un paseo en batea todos juntos y entonces surgió el interrogante del viaje de regreso. «Creo que será mejor que vuelva en tren», le comenté a Stephen con cierta vacilación, pero él dijo que ni hablar. Como no quería ofenderlo, me senté de nuevo en el asiento delantero del temido Zephyr. El trayecto de regreso fue tan aterrador como la ida y, cuando llegamos a Saint Albans, decidí que, por mucho que agradeciera el baile de mayo, no estaba dispuesta a someterme nunca más a aquel suplicio. Mi madre se encontraba en el jardín delantero cuando paramos delante del portón. Me despedí de Stephen con un lacónico «Gracias y adiós» y, sin volver la vista atrás, entré en casa. Mi madre me siguió y me echó una buena reprimenda. «No irás a despachar a ese pobre joven sin ofrecerle siquiera una taza de té, ¿no?», dijo, sorprendida por mi indiferencia. Al oír sus palabras me remordió la conciencia. Salí corriendo para intentar alcanzarlo. El coche continuaba aparcado delante del portón y Stephen trataba de ponerlo en marcha. El Zephyr empezó a bajar despacio por la empinada cuesta porque Stephen había quitado el freno de mano antes de arrancar el motor. Volvió a echarlo de inmediato y entró con presteza a tomarse el té. Se sentó conmigo al sol junto al portón del jardín y, mientras relatábamos a mi madre los acontecimientos del baile, se mostró atento y encantador. Concluí que me gustaba mucho y que podía perdonar su locura al volante siempre que no tuviera que sufrirla con demasiada frecuencia.

4
Verdades ocultas

Unas dos semanas más tarde, nuestra familia tuvo durante un tiempo un miembro más porque mis padres habían respondido a la petición de dar a alojamiento a adolescentes franceses de visita en la ciudad y se ocupaban de una chica de dieciséis años cuya amiga, por una misteriosa coincidencia, se hospedaba con los Hawking. Un sábado de junio, no mucho después del baile de mayo, Isobel Hawking nos invitó a las dos francesas y a mí a acompañarla a Cambridge. Para mi alivio, condujo con prudencia y llevó un picnic magnífico (una «colación fría», lo llamó ella), que nos comimos en la terraza de la habitación de Stephen, en una planta baja de Adams Road. Así pues, mi familia y yo empezamos a mantener un contacto más estrecho y regular con los Hawking y, cuando Stephen regresó a Saint Albans para pasar el fin de semana, mis padres lo invitaron a cenar. Lo trataron con una hospitalidad impecable, sin que en apariencia les perturbara su imagen. Stephen había retomado las viejas costumbres de Oxford. Llevaba el lacio pelo más largo que nunca, y la chaqueta negra de terciopelo con la pajarita roja se había convertido en su uniforme, adoptado para desafiar precisamente los valores convencionales que mis padres representaban. Ellos, por su parte, quizá se consolaron pensando que no volveríamos a vernos durante una temporada, dado que yo estaba a punto de viajar otra vez a España.

Un día de julio de 1963, mi padre me llevó en coche a Gatwick, donde yo tenía que coger un avión para estudiantes que partía a las nueve de la mañana y llegaba a Madrid a la una, pero hubo que reparar el motor y salimos tarde. El retraso no me preocupó en absoluto, ni tampoco la necesidad de hacer reparaciones, ni que, después de despegar, el techo goteara agua, que acabó congelándose en forma de carámbanos. Tampoco me inquietó descubrir que el capitán y el copiloto tomaban tranquilamente un vaso de cerveza cuando invitaron a los estudiantes a ver la cabina. Bill Lewis, un conocido de nuestro médico de familia que fue a recogerme al aeropuerto de Madrid, estaba mucho más nervioso. Me llevó a su casa para que conociera a su esposa, quien se aseguró de recibirme en su piso con los brazos abiertos todas las tardes a partir de las seis, y luego me dejó en la pensión que me había buscado. Pilar, la dueña, una mujer soltera menuda y vivaz de nariz aguileña y pelo moreno, vivía en un piso extraordinariamente grande y muy bien equipado justo a la vuelta de la esquina de la casa de los Lewis. Sylvia, la otra huésped de Pilar, también era inglesa y trabajaba en la embajada británica. No estaba contenta con algunos de los amigos de Pilar, que se presentaban a cualquier hora del día y la noche, y cuando me confío sus preocupaciones me apresuré a hacer planes para marcharme de Madrid en cuanto tuviera ocasión, pero no antes de aprovechar mi estancia en la capital para visitar el Museo del Prado e ir en autobús turístico a los palacios reales de Aranjuez y el Escorial. Por supuesto, también fui a Toledo, la ciudad medieval encaramada a una roca sobre el río Tajo, donde en el siglo XIII judíos, árabes y cristianos trabajaban en perfecta armonía en la búsqueda del saber, y donde en el XVII El Greco pintó algunos de sus mejores cuadros. Con un grupo de estudiantes visité el Valle de los Caídos, supuestamente el monumento a los caídos de ambos bandos en la guerra civil, pero en realidad una necrópolis solo para los fascistas —y, con el tiempo, para el propio Franco— construida por prisioneros de guerra republicanos. Empecé a darme cuenta de que los numerosos pordioseros mutilados que veía en las calles de Madrid eran los trágicos supervivientes de la guerra civil, que revelaban una faceta fea y esquizoide de España. A mediados del siglo XX, el país aún conservaba los perturbadores contrastes que Goya plasmó en las pinturas y los dibujos de mediados del siglo XVIII y principios del XIX que yo había visto en el Prado.

En la pensión de Pilar, Sylvia y yo teníamos la incómoda sensación de que la situación estaba alcanzando un punto crítico. Sintiéndome un poco culpable por dejar a Sylvia en la estacada, adopté una táctica evasiva y huí a Granada en un tren con aire acondicionado. Estuve una larga temporada en un albergue juvenil internacional donde se hospedaba gente estimulante e imprevisible, sobre todos los españoles, cuyas conversaciones pasaban de la política a la poesía en una exhalación. A fin de conservar la cordura, a veces tenía que escapar de las apasionadas discusiones para vagar por la calles de Granada en las horas de más calor y ver cómo los niños gitanos jugaban delante de sus cuevas, o pasear por el palacio morisco, la Alhambra, y los jardines del Generalife, estupefacta ante la exótica belleza del lugar.

Me pasaba horas sentada bajo los arcos del Patio de la Acequia del Generalife, contemplando las imponentes paredes que ocultaban los intrincados arabescos color crema de los patios interiores de la Alhambra. Deslumbrante bajo el sol, la ciudad se extendía a mis pies. Una ciudad hermosa pero también cruel. ¿Qué otra podía decir que había asesinado a su hijo más famoso? Fue en Granada donde, al estallar la guerra civil española, los franquistas, el bando rebelde de derechas, mató al español más grande del siglo XX, Federico García Lorca, el poeta que, mediante el color, el ritmo y la imaginación de sus versos, me hizo conocer Andalucía mucho antes de que pisara su suelo.

Durante aquellos largos períodos de solitaria contemplación en un entorno de una belleza espectacular y evocadora, en ocasiones me invadía una extrema soledad. El motivo, que ya empezaba a quedar patente, era comprensible: deseaba tener a alguien con quien compartir mis experiencias. Además, me di cuenta de que la persona con quien más ganas tenía de compartirlas era Stephen. Nuestro entendimiento inicial había encerrado una gran promesa de armonía y compatibilidad. Debido a su enfermedad, cualquier relación con él estaba condenada a ser precaria, breve y probablemente dolorosa. ¿Podía ayudarlo yo a realizarse e incluso a hallar la felicidad? Dudaba que estuviera a la altura de la tarea, pero cuando me confié a mis nuevos amigos de todas las nacionalidades, ellos me animaron a seguir adelante. «Si te necesita, debes hacerlo», me dijeron.

En Madrid se habían estrellado unos cuantos platos contra la pared durante mi ausencia, según me explicó Sylvia. Pilar estaba cada vez más descontenta con los ingresos que le generaban sus huéspedes, pues sin duda había previsto obtener importantes beneficios de algún tipo, y había echado a Sylvia de la habitación, con lo que teníamos que compartir la mía. Concluimos que eso nos venía bien, ya que juntas nos sentíamos más seguras, pero no era una buena solución a largo plazo para Sylvia, dado que yo me iría en breve y era imposible que ella se quedara sola en la casa. Hasta entonces me había abstenido de explicar a los Lewis la verdad sobre la pensión que habían tenido la amabilidad de buscarme, porque no quería dar la impresión de que no les agradecía su ayuda y hospitalidad, pero había llegado la hora de informarles de lo que sucedía en la casa de Pilar. Sylvia me acompañó al cóctel que los Lewis daban a las seis de la tarde y juntas les hablamos de la serie de hombres repulsivos que visitaban el piso…, porque, si bien a pequeña escala, Pilar regentaba un burdel. Mencionamos, sin entrar en detalles, las correrías que tenían lugar durante toda la noche en las otras habitaciones y las inquietantes sacudidas al picaporte de nuestra puerta, que siempre cerrábamos con llave.

Mientras, en mi última noche en Madrid, Sylvia y yo relatábamos aquellas historias a nuestro fascinado público de expatriados británicos, la señora Lewis farfulló airada con el gin-tonic en la mano y los otros invitados sonrieron divertidos. De inmediato corrió la voz de que Sylvia necesitaba alojamiento con la mayor urgencia. Casi todos los invitados habituales de los Lewis trabajaban, al igual que Sylvia, en la embajada británica, aunque ella no los conoció hasta aquella noche. Eran divertidos pero recatados, una buena publicidad para el servicio diplomático, que empezó a atraerme como estimulante perspectiva profesional. Regresé a Inglaterra al día siguiente, en un vuelo para estudiantes, apenada por dejar atrás tantas experiencias, imágenes, sonidos, conocidos e intrigas, pero maravillada por el conjunto de posibilidades enfrentadas, quizá incluso contradictorias, que se extendían ante mí.

5
Principios de incertidumbre

Los intentos de ponerme en contacto con Stephen a mi regreso de España fueron inútiles. Según me dijo su madre, ya había vuelto a Cambridge y no se encontraba nada bien. Yo estaba ocupada preparándome para irme de casa y comenzar una nueva etapa de mi vida en Londres y, durante las siguientes semanas de aquel otoño, la actividad académica y social de Westfield en particular, y la de Londres en general, me absorbió por completo. Por eso me enteré del asesinato del presidente Kennedy cuando iba en el metro londinense con un grupo de amigos y vimos los titulares de los periódicos. Fue por esa época, en noviembre de 1963, cuando volví a tener noticias de Stephen, que tenía previsto viajar a Londres para ir al dentista y me preguntó si me gustaría acompañarlo a la ópera. Aunque yo adoraba la música desde la más tierna infancia, apenas la había estudiado y solo había ido a la ópera en una ocasión: a una representación de Las bodas de Fígaro, en el teatro Sadler’s Wells, con la escuela. Mi único intento de aprender a tocar un instrumento —la flauta— se había malogrado enseguida cuando, a los trece años, me fracturé los dos brazos patinando en el lago helado del parque de Verulamium, los restos de la ciudad romana que dio origen a Saint Albans.

Un viernes por la tarde de aquel noviembre quedé con Stephen en Harley Street, donde Russell Cole, su tío político de origen australiano, tenía el consultorio dental. Andaba a trompicones, tambaleándose, lo cual lo obligaba a pagar caros trayectos en taxi para los desplazamientos largos. Curiosamente, cuanto más vacilantes se volvían sus andares, más categóricas y audaces eran sus opiniones. Cuando nos dirigíamos a visitar la colección Wallace, que se hallaba a poca distancia de Harley Street, declaró de forma terminante que no compartía la veneración que en general se profesaba al presidente asesinado. A su juicio, la manera en que Kennedy había actuado en la crisis de los misiles de Cuba solo podía calificarse de temeraria: había llevado al mundo al borde de una guerra nuclear y fue él, no los rusos, quien había amenazado con un enfrentamiento militar. Más aún —añadió—, era ridículo que Estados Unidos lo considerara una victoria, porque Kennedy había accedido a retirar de Turquía misiles estadounidenses para apaciguar a Jruschov. Pese a la vehemencia con que expresaba sus ideas y a las dificultades para andar, Stephen era infatigable, de modo que al salir de la colección Wallace echamos a andar por Regent Street en busca de un restaurante. Teníamos que cruzar Lower Regent Street y, cuando el semáforo estaba a punto de ponerse en verde para los coches, tropezó en mitad de la calzada y se cayó. Con ayuda de un transeúnte, lo levanté, y en adelante le ofrecí mi brazo para que se apoyara en él. Aturdidos, paramos un taxi para que nos llevara a Sadler’s Wells.

La ópera para la que Stephen tenía entradas era El holandés errante. Fue espléndida y nos conquistaron la fuerza de la música y el dramatismo del relato legendario. El holandés, condenado a vagar por los mares, entre tempestades y vendavales, hasta que encontrara una mujer dispuesta a sacrificarse por amor a él, era una figura indómita y torturada, que se lamentaba a gritos de su destino desde las jarcias del buque azotado por las olas. Senta, la muchacha que se enamoraba de él, era pura e inocente. Sin embargo, como les ocurría a la mayoría de las sopranos wagnerianas, su peso la mantenía bien amarrada a la rueca. Al intuir que Stephen se identificaba profundamente con el héroe, empecé a comprender su endiablada forma de conducir. El coche de su padre le permitía desahogar la rabia ante la mala pasada que el destino le había jugado. También él vagaba por el mundo en busca de la redención, de un modo que solo podía calificarse de temerario.

Después de aquella velada, sentí la necesidad de recabar más información sobre la enfermedad de Stephen. Hice varias escapadas al centro de Londres para ver a algunos conocidos que estudiaban medicina y preguntar en minúsculas oficinas de diversas organizaciones benéficas dedicadas a las enfermedades neurológicas. Mis pesquisas no dieron fruto. Quizá fuera mejor no saber. ¿Era el destino de Stephen peor que el que nos amenazaba a todos? Vivíamos con el temor a la nube radiactiva y nadie podía contar con llegar a los setenta.

En la calma de los días invernales entre Navidad y Año Nuevo, visité a Stephen en su casa de Saint Albans. Estaba a punto de marcharse a Londres para ir a la ópera con su padre y sus hermanas. No obstante, su alegría al verme fue tan evidente que no vacilé en aceptar su invitación espontánea: acompañarlos a él y a su padre, la semana siguiente, a ver otra ópera, El caballero de la rosa, de Strauss. Al parecer la ópera era un pasatiempo consolidado en el hogar de los Hawking, mientras que yo, una principiante, aún estaba analizando esa forma híbrida de arte. Aunque sin duda podía tener un poder emocional formidable mediante la combinación de la música y el teatro, también podía resultar ridícula si, por un breve instante, el espectador perdía la concentración. Durante el trimestre siguiente Stephen tuvo acceso a un inagotable suministro de entradas para la ópera e iba continuamente a Londres para llevarme a Covent Garden o a Sadler’s Wells. En una ocasión me atreví a señalar que preferiría ir a ver ballet, dado que era mi pasión desde los cuatro años, pero rechazó la propuesta con un desdén fulminante. El ballet era una pérdida de tiempo y la música, trivial; ni siquiera merecía la pena molestarse en escucharla, me dijo.

Stephen seguía yendo con frecuencia a Londres para asistir a seminarios e ir al dentista, y yo viajaba cada vez más a Cambridge para verlo los sábados o los domingos. Aquellas visitas, pese a que las esperábamos con impaciencia, a menudo representaban una desilusión para los dos. El precio del billete de ida vuelta —diez chelines— se llevaba una buena parte de mi asignación mensual, que era de diez libras, y, aunque nos queríamos, no lo teníamos nada fácil. No hacía falta mucha imaginación para entender que Stephen no podía plantearse una relación estable y duradera debido al deprimente pronóstico de su enfermedad. Probablemente lo único que podía contemplar era una breve aventura, posibilidad que yo —inocente e inmersa en el ambiente puritano de principios de los años sesenta, una época en que el temor a un embarazo no deseado constituía un poderoso freno— ni me atrevía a concebir. Aquellas perspectivas enfrentadas creaban tanta tensión entre los dos que a menudo yo regresaba a Londres llorando y Stephen probablemente tenía la impresión de que mi presencia solo echaba sal en la llaga de su sufrimiento. Apenas manifestaba sus emociones y se negaba a hablar de su enfermedad. Por temor a herirlo, yo trataba de intuir sus sentimientos sin obligarle a expresarlos y, de ese modo, sin querer, contribuí a que se estableciera entre nosotros una incomunicación que a la larga resultaría insoportable. Ese mismo invierno volvimos a quedar en Harley Street, después de que él tuviera una cita con su especialista.

—¿Cómo ha ido? —le pregunté.

Hizo una mueca.

—Me ha dicho que no me moleste en volver, porque no hay nada que hacer —respondió.

En Westfield, M

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