La vigilante del Louvre

Lara Siscar

Fragmento

Diana

 

 

Me pusieron de nombre Diana por la diosa de la caza, pero yo me quedé en nada. Afortunadamente les gustó más Diana que Venus, aunque yo hubiese preferido que me llamaran Victoria, por la Victoria de Samotracia. Mis padres visitaron el museo y decidieron que cuando yo naciera heredaría el nombre de alguna de las deidades que lo habitaban. La vida, ya sea azar o destino, me ha llevado a pasar la mayor parte de mis días allí donde surgió mi nombre. Soy vigilante de sala.

Frente a mí, a tiro de bolígrafo, las más exquisitas y magníficas creaciones de la raza humana. De lo bueno que haya salido de unas manos, lo mejor. Son tantas y tan espléndidas las obras, tan asombrosamente geniales, que no importa cuántas veces pase por delante, siempre me robo unos minutos para observarlas. Si el tiempo es escaso, las miro de reojo de camino a mi rincón de trabajo. Como del canto de las sirenas, tampoco es posible escapar a la llamada de las criaturas del Louvre. Para ignorarlas, hay que no verlas.

Mi trabajo me lleva hoy frente a dos mujeres casi siamesas, Las dos hermanas de Théodore Chassériau, según dice la cartela. No es mal día éste. Dos mujeres vestidas iguales con ropajes de aspecto recio, a rayas en rojo y dorado, y grandes chales en el mismo tono rojo con ribetes de oro. Se parecen. Nunca les había prestado atención y no recuerdo los nombres. Me acerco más a la placa y leo… ay, las gafas. No veo esta letra tan pequeña. Sí… Adèle y Aline. Adèle y Aline, hermanas de Théodore. Las hermanas del pintor. Da la impresión de que me están mirando.

No es de las salas más concurridas, en absoluto. El Louvre es el museo más visitado del mundo, pero aún existen reductos de soledad en él y éste es uno. He tenido suerte, los puestos no pueden escogerse. Los rincones se reparten estrictamente por turnos.

Faltan quince minutos para la apertura. Es sábado, y eso significa que hay que pastorear un buen rebaño. Lo siento por los compañeros que quedaron en las salas más populares porque en ellas se viven momentos de puro caos. El Esclavo moribundo, La Gioconda o la Venus de Milo. Ahí sí que hay que estar alerta. Siempre aparece algún palurdo que intenta palpar, saltar el límite, y se excusa: «No sabía…», «No iba a tocar…» o «Disculpe, era para la foto». Siempre.

Aquí, sin embargo, no. Tendré un día tranquilo. Si además de pasar las horas sin tener que abortar ningún atentado de lesa cultura puedo leer tranquila, será un día redondo. Qué bien se lee en el museo. Qué escenario tan adecuado, qué ganas de aprender… y estos techos altos. Y esas figuras quietas. Y tanto monumento callado. Yo me quedo en mi rincón, vigilante si oigo pasos, pero si no, me abstraigo en mi libro sin disimulo porque, en este monstruoso contenedor del saber, ¿quién se atrevería a llamarme la atención por leer? Valiente incoherencia sería… Tengo el mejor trabajo del mundo.

Ahora que me fijo en las hermanas… creo que se parecen a mí. Se asemejan entre ellas, así que puedo decir que las dos se parecen a mí. Voy a acercarme un momento. Uf, qué mala vista tengo. No se parecen en nada. La semejanza no es más que una ilusión porque van vestidas y peinadas. Calcadas. Ese cabello moreno recogido en un moño bajo con la raya en medio y una pátina de brillo graso. Qué serias. Qué impecables. Qué pena.

Esto me pasa por mirar demasiado a las figuras de un cuadro, que acabo empatizando.

Diría que guardo cierto parecido con la de la derecha. Con Aline, la pequeña.

Claudette

 

 

Y es justo en este instante cuando pego mi pelvis a la suya. Acelero, un poco más rápido, más… ¿Es ahora? Sí, es ahora. Lo atrapo como si sufriese urgencia. Fuerte. Que no escape, y que lo note. Que note la necesidad. Eso anula toda resistencia. Ya casi. Una última sacudida y silencio. Ésa es la señal… Es curioso cómo deja de respirar cuando se aboca al orgasmo. De todos los hombres que he conocido, mi marido es el único que se practica por instinto la asfixia sexual. Habrá que jugar a dos algún día. Aquí llega… Contiene el aliento en los segundos previos, aguanta, y cuando parece rozar el límite, estalla. Sólo entonces suelta el aire contenido en una exclamación penosa. Ahí es cuando jadea. Para recuperar. A veces me pregunto qué pasaría si algún día se le retrasara mucho el final.

Tres años casados y seis meses de noviazgo han sido tiempo más que suficiente para automatizarlo. Jodemos de memoria: más rápido, ligeramente más rápido, notablemente más rápido, nos apretamos y asfixia. Fin. Si nada va mal, ya está. Si me oye gemir y le clavo las uñas en la espalda, nada va mal nunca. Para que algo fuese mal tendría que empujarle con violencia, lanzarle al suelo, llamarle por otro nombre o preguntarle qué le apetece para cenar. Si mantengo mi papel, llegados a ese punto nada puede fallar. Es una máquina de precisión, un follador suizo.

¿De dónde le vendrá a Bruno esa manía de dejar de respirar? Qué confuso se quedó cuando le pregunté. No pudo responder, ni siquiera sabía de qué le hablaba. No era consciente de que negarse el aire formase parte de su rutina sexual. Tan ignorante era de esa costumbre suya, que incluso me costó hacerme entender. Le sorprendió mucho, tanto, que en la siguiente ocasión puso interés y se mantuvo bien alerta, o eso se propuso el pobre. Resultó inútil. Muy a mi pesar jamás olvidaré cómo, llegado el momento, se descontroló y en el esfuerzo por tomar nota de su propia reacción ante la venida, lo único que consiguió fue no cerrar los ojos del todo y que se le quedasen en blanco, como vueltos del revés. Parecía una escena de miedo de película de serie B. Un espectáculo repugnante visto desde abajo. Ésa fue la única vez que confesé no haber gozado, más bien al contrario, y se lo hice saber de inmediato. No tenía sentido mentir, me lo hubiese notado. Al menos me dio por reír y Bruno prometió que no se repetiría. Mi marido renunció a escrutarse durante el momento álgido de sinrazón y, superado el episodio, volvió a dejarse ir. Sin pensar. Yo hago como que también, y algunas veces no va tan mal.

Diana

 

 

Qué raro… es muy extraño que me toque la misma sala dos días seguidos. Pero aquí estoy de nuevo con las dos hermanas. Después de tantas horas juntas me parece que fueran de la familia, ¿verdad que sí, Aline y Adèle? ¿Qué tal habéis pasado la noche? ¿Cuál sería mi nombre si fuésemos primas, chicas? ¿Abril? ¿Abel? ¿Abellard? ¿Antoinette? Prefiero la versión más larga: Antoinette. Al fin y al cabo, la familiaridad en segundo grado debería dejar espacio a una sílaba de libertad. Y lo mejor, queridas primas, es que según la tradición de la época en las buenas familias como la nuestra, ya me veo contrayendo nupcias con Théodore. Así pues, confío en que nos llevemos bien y en que seamos, más que cuñadas, amigas. Qué digo. Más que amigas, hermanas. ¿Me aceptáis, queridas? ¿Me aceptáis en vuestra casa? Espero que sí, Aline y Adèle. Ojalá que esa posibilidad os sea grata, pues hace algún tiempo que no hay modo de evitarla; el amor que vuestro hermano y yo nos profesamos va a dar fruto. Estoy encinta, hermanas.

Así sería. Y estas dos estiradas de aquí enfrente me odiarían por arrimada y oportunista. Cosas de familia.

Pero es raro… no suelo repetir puesto de vigilancia dos días consecutivos, y sin embargo aquí estoy. Misma silla, mismo libro; El librero de París y la princesa rusa. Me gusta el personaje de la noble exiliada en París que conoce a un librero judío. Los dos son ya maduros y comparten inquietudes, intereses, conversaciones. Su relación no cae en lo físico sino que flota, levita sobre lo físico, en una suerte de suspensión delicada basada en la admiración mutua, en el respeto, en el embeleso. Es la tercera vez que lo leo. Acaba mal. Y a pesar de todo, me gustaría ser la princesa rusa.

¿Cómo se sentirá una al vivir algo así? Protagonizar un cuento de hadas realista. Los sueños se desbocan ante una historia como ésta… Ojalá fuese absurda, increíble, inverosímil. Así no resultaría tan duro sostener el paso de la vida imaginando que hay otros modos, más vivos, de vivirla.

Nadie todavía… Qué extraño. Siendo domingo ya debería haber alguien pululando por aquí.

Pasos. Mierda, justo cuando estaba a punto de terminar el libro. Tacones. ¿De hombre o de mujer? Con esta moda masculina de llevar esos chapines amarfilados nunca se sabe… Ya llega. A ver…

Mujer.

Isabelle

 

 

Al próximo que haga un chiste sobre mis tetas desiguales le marco la mano en la cara. No debí venir. Cada vez soporto menos estas aulas llenas de críos. Niñatos de clase alta con uniformes escolares. Pantalones grises, americanas azules, corbatitas a rayas y un escudo. Un escudo sobre el corazón, como si en lugar de alumnos de un colegio fuesen ciudadanos de otra nación. Miembros orgullosos de un país aparte más formado, más rico, con más estilo… mejor. Cachorros con la pancita llena de soberbia que han mamado la distancia que marcan papá y mamá con el servicio, con la camarera, con el portero, con el pueblo.

Y aquí estoy yo, para servirles. Desnuda de cintura para arriba para que los chiquillos aprendan. Pues también podrían aprender que no todas las tetas son iguales, joder.

Los padres también visten de uniforme, con esos trajes. Mucho afán de distinción, y al final todos similares. De ahí supongo que les viene la avidez por la exclusividad en los detalles.

—Bonito reloj.

—Bueno, el tuyo es de aplauso.

—Gracias, me costó encontrarlo. Está mal que yo lo diga, pero es un modelo bastante exclusivo.

—Se nota, se nota. Lo vale. El mío está seriado. Es el vigésimo octavo de una serie de cien.

—Oh…

Uno a cero. Es increíble lo que se oye desde mi posición.

Los sábados y los domingos se visten de sport, que en contra de lo que pueda parecer no tiene nada de deportivo. Mocasines en lugar de zapatos con cordones, pantalones tejanos y una americana de lana. Perdón, de tweed. Algunos lo solventan quitándose sólo la corbata. Padres… e hijos. Todos hombres. Para hacer más efectivo el adiestramiento se trata de un colegio masculino. Segregación de género. Así me miran éstos…

Como sigan con sus chistes de mierda me quito también la parte de abajo y les monto un escándalo. Por lo que pagan, qué menos que completar la lección de anatomía.

Diana

 

 

Y no es sólo una mujer, es una mujer espléndida. A primera vista parece un hada. O una elfa. Y a su lado, yo, una enana. De vez en cuando se ven algunas de éstas por las salas. Se mueven observándose; les encanta pensar cómo lucen entre tanta obra de arte, robar la atención de los visitantes aunque sólo sea por un instante, conscientes de que son más guapas que casi todas.

Apenas he logrado verle la cara, pero su cabello es rubio, lo lleva atado en una cola de caballo que se balancea agitada. Es el copete destacado de una figura alta y delgada. Espigada. Eso salta a la vista. Ese cuerpo pinzado de los extremos, el de arriba y el de abajo, y puesto a estirar. Una esbeltez de portada que ella subraya con un vestido verde ligero, vaporoso, largo hasta media pantorrilla y ajustado a la cintura por una banda ancha. Qué tobillos tan finos anclados en un zapato alto. Pensaría que se trata de una bailarina de no ser por el detalle de llevar a la espalda un instrumento musical de tamaño considerable… ¿Un violonchelo? ¿Tocará por oficio o por entretenimiento? Bien podría ser una aficionada, o ¿será al mismo tiempo gusto y profesión?

Siempre se dice que una carrera artística se desarrolla por vocación, por una natural o inducida inclinación a una determinada profesión. El mensaje implícito es que un placer acaba convirtiéndose en profesión por un matrimonio entre trabajo e interés, pero ¿qué sucede con todos esos grandes creadores de vida atormentada? ¿Dónde queda entonces el disfrute? ¿Acaso es falta de vocación? ¿Miedo al fracaso? ¿Ansia de éxito? ¿Necesidad de dinero?

Yo no lo sé, nunca he creado nada. Tal vez ella tampoco, aunque camina como si hubiese compuesto un aria. O como si un aria hubiese sido compuesta sólo para ella. Ya pasó. Sólo cruzó la sala. Qué maleducada. Ha ignorado a mis cuñadas como si no valieran nada. Pobres. No sufráis, chicas, de estas espectadoras con la cultura bordada en las faldas está el museo lleno. Y a saber qué es esta mujer, si una bailarina aficionada a la música o una música que practica ballet.

Qué olor más dulce y fuerte, como a vainilla… Soy muy sensible a los olores. ¿Por dónde iba…? Ya perdí la página. Aquí.

Claudette

 

 

¿Cuándo me acostumbré a esta opción de vida? A esta existencia de jarrón chino, a la vista, aunque protegido con delicadeza. Casi siempre me siento cómoda, pero a veces, al levantarme de la cama, me asalta cierta sensación de ausencia con suficiente insistencia como para no permitirme ignorarla. Aquí, tras el cristal, el vacío se dispersa, se deshilacha, al asomarme al ventanal. Noto cómo se deshace y los restos, que dejan poso en mi abdomen, los arrastro con un té. Así de sencillo. Sin dramas. A mis pies, el Sena. Sucio, sí, pero hoy el cielo amenaza lluvia y en días como éste el río se crece, muestra un reflejo extraño, excepcional. La densidad de las nubes se duplica en el agua y la espesa. Más que agua, veo crema y me imagino sumergiéndome en ella. Me fascina. ¿Estaré enferma?

Eso explicaría que le dé vueltas a lo mismo cada día durante el desayuno, el almuerzo o la cena. O bebiendo un té. Sola, con la nariz pegada al inmenso ventanal que es la pared frontal del ático. O me doy mucha importancia, o es la rareza que se me acentúa.

Bruno no parece notar nada. Esta mañana nos hemos despedido con cariño, como siempre, y con un leve punto de impaciencia, también como siempre.

—Me voy.

—Sí… —distraída.

—¿Sí, qué?

—Que te vas y que te deseo un buen día —prestándole atención.

—¿Es ésa manera de despedir a tu marido? —cogiéndome de la cintura—. ¿No puedes esperar a que me vaya para olvidarme?

—No te olvido, querido, no me dejas.

Bruno es un tipo encantador, inteligente y guapo, y se gana bien la vida en un laboratorio farmacéutico. No tanto como para financiar con su sueldo este piso, eso es cierto, pero sí para costear los gastos del día a día y los caprichos propios de nuestro nivel de vida. Así que no, no es extraño que me haya acostumbrado a esto. El gran montante de dinero de Bruno le viene de familia, y eso es una suerte porque al no ser mérito suyo, no marca entre nosotros grandes diferencias. Soy beneficiaria por usufructo del esfuerzo de cuatro generaciones de farmacéuticos. Entre sus padres y sus hermanos llevan tres boticas en el centro. Ahora que lo pienso… ¿cuántos meses hace que no les veo? Me temo que en breve me pedirá que haga acto de presencia en alguna de las comidas familiares. Me repugna verles, vencidos por montones de comida diseminados sobre la mesa como los restos de un derrumbe. A quien sí me hubiese gustado conocer es al fundador, un bisabuelo que se jactaba de haber aliviado de sus dolencias a distinguidos miembros del gobierno de Paul Reynaud, el primer ministro al que los nazis obligaron a dimitir. Fue el último antes del régimen de Vichy, o como decía el farmacéutico, antes de la vergüenza de Pétain. Fue él, el bisabuelo, el que empezó a invertir en inmuebles. Con los años y entre todos sus hambrientos cachorros levantaron un imperio.

Cualquiera envidiaría mi vida. Les parecería fácil y llevadera. Y en realidad lo es. Y esta situación me permite ahorrar mi sueldo entero, que no es poco pero desde luego es menos que la asignación del heredero. En previsión.

Y tengo el ventanal. Para perderme en el Sena.

Diana

 

 

¡Cómo pesa este bolso! Es tan incómodo… Y lo que abulta. Se me clava el asa en el hombro y me hace tropezar con la gente que abarrota el autobús municipal. La culpa la tiene el libro. Gordísimo. Ya podía haberme aconsejado otro: «Magnífico, espléndido, es imperdonable que no lo haya leído, una joya clásica de nuestra literatura. De las más grandes». Y tanto que sí. Mil quinientas páginas de volumen que ayer, de la librería a casa, apenas se hicieron notar pero hoy, camino del Louvre en transporte público, me lastran la vida. Es tan pesado que no puedo sacarlo. Imposible leer este ejemplar de pie. Sujetar el tocho con una sola mano, mantener la página abierta y hacer por no caer de culo en un frenazo. No lo pensé. Quería uno que me durase mucho, tengo tantísimo tiempo para leer… y ahora me veo acarreando con Los miserables, de Victor Hugo.

El conductor del autobús me observa. Lo veo por el retrovisor. Él lo sabe, y por eso me mira tan fijamente, para que yo lo note. Resulta muy halagador, pero no tengo tiempo. Tampoco debería, pero sobre todo es por falta tiempo. Si fuera sólo el museo… pero están la casa, mi hijo, mi marido… La carga más pesada es él, mi marido. Más que el libro.

—No me da la vida de tanto como tengo por hacer.

—Pues quítate algo de encima —me dicen las compañeras.

—Me encantaría… ¿Quieres que te presente a mi marido?

Se ríen, pero no bromeo. Mi marido. A los dos nos convendría una separación cordial, pero él es demasiado vago, demasiado parado, para buscarse otra vida. Y yo soy demasiado plana, demasiado poco resuelta, para dejarlo en la cuneta. Son tantos años juntos, tantas inercias. Y a mi edad…

¡Qué descaro! ¡Cómo me mira! Hasta me siento incómoda. Espero no sonrojarme. Ojalá tuviese yo algo más de voluntad.

Al fin, la parada. Me vendría bien una sala tranquila a ver si puedo empezar a leer.

—¿Cómo? El cuadrante debe de estar mal.

—¿Por?

—Repetí sala dos días seguidos y en ésta también estuve la semana pasada.

—¿Y?

—Que está mal repartido.

—Mal repartido sería que estuvieseis dos en la misma silla.

—Alguien se escaquea.

—A mí me parece que tú, que no estás en tu puesto.

El destino se ríe en mi cara. La Gioconda, ni más ni menos. ¿Cuál es la probabilidad de que me tocase otra vez en este mes? ¿Un cero y medio por ciento? Seguramente menos, vete a saber. La cifra me la invento. Y yo con este bloque de hormigón que he cargado desde casa, que va a pasar la tarde bajo la sillita de mi rincón que ya no es tal. Ni es rincón, ni es tranquilo, ni es museo. Es un circo. La sala de La Gioconda es una verbena continua y no hay mayor premio en la tómbola que hacerse un autorretrato con ella al fondo y desde primera fila. Pueden esperar horas para escalar posiciones y llegar justo a la barra que delimita el área de seguridad. Y allí, en cuanto llegan, se dan la vuelta y de espaldas al cuadro se hacen la foto y se van. ¡Se van! Algunos ni le miran la cara, no caen, no se acuerdan. Están demasiado obsesionados con inmortalizar el momento, guardarlo para luego, compartirlo sin demora en alguna red social. Son centenares los que nunca serán conscientes de que en realidad, y a pesar del testimonio gráfico, ellos no la vieron jamás.

Y ahí los tengo, apiñados desde primera hora. Hay que estar alerta a empujones, saltos de altura, lanzamientos, gritos, robos de carteras y tocamientos. Desde el arco de visión de la Mona Lisa, el Louvre no es un museo, es el Moulin Rouge. No es de extrañar que la mujer se ría.

Ni un momento, ni un minuto, ni un segundo de tregua, y obligada a esperar al relevo para poder ir al baño. Al menos el día pasa más rápido así. Son casi las seis menos cuarto. Convencida estaba de que era más temprano. Eso sí, el libro ni tocarlo. Sólo de pensar en tener que cargarlo de vuelta me produce dolor de cervicales, casi mejor se queda aquí. En cuanto me libere de este montón de amantes del arte lo meto en la taquilla. Menos cinco. Ya casi. Ya menos. A la de tres.

Qué gusto caminar por las Tullerías ahora que aún es de día. De noche el jardín se llena de chusma, de maleantes, pero ahora da gusto. Y envidia. Está lleno de parejas afectadas diciéndose tonterías. Normal, yo también lo haría, aunque mi marido nunca fue mucho de darme alegrías. No quiso o no supo.

Y qué ligera sin Victor Hugo. Con ese texto denunciante de injusticias y ese aire recio y severo, nadie diría que su vida íntima tenía tanto enredo como cualquier novela. Vivía con su mujer, ¿cómo se llamaba…? No me acuerdo. Si lo escuché en el programa ese de libros… ¿Marian? No… no era Marian. Bueno, da igual, su mujer. Con la que tuvo cuatro hijos y que estuvo liada con un gran amigo suyo, teniendo él conocimiento pleno. Nunca se separaron. Él, a su vez, tuvo varias amantes. A una de ellas la encarcelaron por adúltera al ser pillados en pleno acto y la sacaron de la celda gracias a las gestiones de la propia esposa del dramaturgo, especialmente sensible a la desproporción del castigo. Pero de entre todas las que tuvo, destaca Juliette Drouet, una joven aspirante a actriz con mucho descaro y poco talento. Victor Hugo no fue su primer mantenedor, pero sí el más solvente. Escribió para ella el papel de María Tudor y el día después del estreno la crítica la destrozó de tal manera que fue sustituida en la siguiente representación. Ella abandonó su incipiente carrera y se consagró a él por amor, agradecimiento y por exigencias del poeta. Ni su amante ni su esposa fueron obstáculo para que el autor siguiese interesándose por otras mujeres, pero cuando el dramaturgo tuvo que exiliarse en la isla de Guernsey a causa de sus críticas al gobierno, ambas le acompañaron, y en aquella pequeña isla alquiló una casita para su fiel Juliette. Lo suyo duró cincuenta años. Se escribían al menos una carta de amor al día.

¡Ay! ¡Si mañana es martes! Día de libranza, día de morirse del asco en casa. Y dejé el libro en el museo. Qué torpe soy. Qué fastidio. Anochece. Tengo frío y me molestan los tacones. Me voy.

Isabelle

 

 

Conozco bien a los de su clase. Pasé tres temporadas en casas de gente rica. «Trabajadora doméstica», ponía en el contrato cuando lo tenía, o «sirvienta», como se empeñaba en decir la señorita Marcel, un ejemplar de los de antes, cuando había visita.

—Dale el abrigo a la sirvienta. —Y a mí—: ¡Isabelle! ¡El abrigo!

—Ahora le digo a la sirvienta que nos ponga un refrigerio. ¡Isabelle! ¡Algo ligero!

—¡Isabelle! —Y a la visita—: Nunca sé en qué rincón se me mete. El servicio ya no es lo que era, les puede el orgullo.

La señorita Marcel era una dama de sesenta y cinco años, hija de un catedrático, pensador y ensayista —recitaba ella de corrido—, que decidió quedarse soltera por no arriesgarse a que algún sinvergüenza —repetía— se aprovechase de su herencia. Tan poca altura alcanzaban sus sentimientos y tan difícil le resultaba identificar la estima en los demás, que fue incapaz de distinguir el amor verdadero del puro interés, y ante la duda…

—… así me quedo —sentenciaba, como si aún tuviese remedio.

Eso sí, aunque agria y desconfiada, hay que reconocer que haciendo gala de una educación impecable la señorita Marcel siempre lo agradecía todo con un: «Gracias, querida». Por mi parte hubiese renunciado a algún «querida» con mucho gusto, a cambio de que la vieja en lugar de «sirvienta» me hubiese llamado algo más neutro. No sé, cualquier otra cosa que remitiese a un ser humano.

La señora Sébastien, una abogada laboralista casada con un procurador, muy mujer de hoy en día, prefería referirse a mí como «la chica» ante las amigas.

—Tranquila, que esto luego lo recoge la chica.

«La chica» distaba mucho de ser perfecto pero, al menos, era un paso más hacia la humanidad. Desde «la chica» se podía evolucionar.

Aunque la mejor de las tres temporadas, con diferencia, fue la que pasé con Pauline. Me llevé con ella mejor que con ninguna. Cuando me contrató me dejó claro que el trato iba a ser de tú a tú.

—No sé a lo que estarás acostumbrada pero a mí no me llames señora, llámame Pauline. Pauline a secas. No somos amigas, no te confundas. Tú trabajas para mí, pero no soporto los apelativos que marcan diferencias. Subrayar la sumisión de las criadas es inaceptable hoy en día. Muy poco elegante. Tú a mí, Pauline. Yo a ti te llamaré Gabrielle.

—Es Isabelle.

—Isabelle.

Pauline provenía de una estirpe de artistas que cubrió diversos campos. Su abuela fue una cantante de salón que reunió algo de fortuna gracias a su esfuerzo, concretamente al de casarse con su abuelo, un industrial del acero que pasó sus últimos días renqueando por los teatros de París. Tuvieron una hija, su madre, que heredó la vena creativa y consiguió cierto renombre como autora teatral. No le fue mal. Llegó a ocupar la vicepresidencia de la Sociedad de Autores de Francia y se empeñó en crear un premio de consolación para los que habían escrito mucho sin llegar a representar. El objetivo era reconocer a los eternos aspirantes con talento con uno de los Grandes Premios del Teatro de la Academia Francesa. No lo consiguió jamás. En el mercado del arte y las letras no hay solidaridad. El desengaño le dolió poco porque, por aquellas fechas, la embarazó un galán de películas en blanco y negro que tenía buena voz y memoria para mantenerse hasta última hora sobre el escenario. Con él tuvo una niña, Pauline, que desde bien pequeña necesitó ser siempre el centro de atención. En la Navidad de su décimo aniversario, les hizo saber a sus padres que quería ser actriz. En la siguiente temporada, antes de acabar el año, la pequeña Pauline andaba ya moviendo el culo sobre las

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