1
Su primer movimiento contra nosotros fue tan minúsculo, una irregularidad tan infinitesimal en contraste con el atronador ruido de fondo de la vida, que no lo consideré significativo.
Adoptó la forma de un mensaje de texto procedente de mi esposa, Alison, y me llegó al móvil a las 15.28 de un miércoles.
Eh, lo siento, olvidé decirte q los niños tienen médico esta tarde. Los recogeré enseguida.
Si reaccioné de alguna manera a aquella modificación inesperada fue con una ligera decepción. Los miércoles eran los días de Piscina con Papá, un ritual semanal lo bastante respetado en nuestra familia como para merecer las mayúsculas. Los gemelos y yo participábamos en él desde hacía aproximadamente tres años. A pesar de que había comenzado como un desastre previsible —en realidad se trataba más de evitar ahogarse que de nadar—, desde entonces había evolucionado hasta transformarse en algo mucho más placentero. Ahora que ya tenían seis años, Sam y Emma se habían convertido en fervorosas ratas de agua.
Durante los cuarenta y cinco minutos que solíamos aguantar, hasta que a uno de los dos empezaban a castañetearle los dientes con una fuerza que me avisaba de que ya había sido suficiente, lo único que hacíamos era disfrutar los unos de los otros. Nos salpicábamos. Echábamos carreras de punta a punta de la piscina. Nos inventábamos nuestros propios juegos acuáticos, como Bebé Hipopótamo, nuestro preferido. Divertirte de verdad con tus hijos tiene una capacidad de sanar el alma que ninguna otra cosa puede igualar, aunque te pases la vida estancado en el papel de Mamá Hipopótamo.
Lo esperaba con tantas ganas como todos los demás ritos semanales que habían llegado a definir el pequeño universo de nuestra familia. Los viernes, por ejemplo, era la Fiesta de los Juegos de Mesa. El domingo era el Día de las Tortitas. Los lunes eran Baile y Sombreros, que consistía en…, bueno, en bailar. Con sombreros en la cabeza.
Y quizá nada de esto suene demasiado sexy. Está claro que a nadie se le ocurriría estamparlo en la portada del Cosmo: ¡DALE A TU CHICO EL MEJOR DÍA DE LAS TORTITAS DE SU VIDA! Pero he llegado a creer que una buena rutina es la base de una familia feliz y, por lo tanto, de un matrimonio feliz y, por lo tanto, de una vida feliz.
Así que, aquel miércoles por la tarde, cuando me arrebataron la oportunidad de disfrutar de nuestra pequeña rutina, me mosqueé. Una de las ventajas de ser juez es que tengo un horario un tanto flexible. Mi personal sabe que, con independencia de qué tipo de crisis judicial se cierna sobre nosotros un miércoles por la tarde, el honorable Scott A. Sampson abandonará sus dependencias a las cuatro en punto para recoger a sus hijos de sus actividades extraescolares y llevarlos a la piscina del centro juvenil.
Pensé en marcharme de todas formas y hacer unos largos. Los hombres blancos y fofos de cuarenta y cuatro años con un trabajo sedentario no deberían desperdiciar las ocasiones de hacer ejercicio. Pero cuanto más pensaba en ello, más rastrero me parecía ir a la piscina sin Sam y Emma. De modo que me fui a casa.
Durante los últimos cuatro años hemos vivido en el viejo caserón de una granja junto al río York. Lo llamamos «la granja» porque somos así de creativos. Está en una zona rural de las tierras bajas del litoral de Virginia conocida como Península Media, en una sección sin regular del condado de Gloucester, a unas tres horas al sur de Washington D. C. y muy lejos del mundanal ruido.
La historia de cómo terminamos aquí comienza en Washington, donde yo era el hombre de confianza de un influyente senador de Estados Unidos. Continúa con un incidente —al que bien podría referirme como el Incidente, de nuevo con mayúsculas— que me dejó postrado en una cama de hospital, lo que suele llevarte a reconsiderar tus prioridades. Termina con mi nombramiento como juez federal, asignado a Norfolk, en el distrito este de Virginia.
No era, precisamente, lo que había imaginado para mí cuando cogí el Congressional Quarterly por primera vez en sexto de primaria. Tampoco era el típico puesto político con el que te pasas el día rascándote la barriga. Desde el punto de vista de la carga de trabajo, los jueces federales son como los patos: bajo la superficie suceden muchas más cosas de las que cualquiera podría percibir.
Pero desde luego era mucho mejor que el lugar donde podría haber acabado con el Incidente, es decir, el depósito de cadáveres.
Así que, en conjunto, habría dicho que todo me iba bastante bien, con mis dos niños sanos, mi amante esposa, mi trabajo exigente pero gratificante, mi rutina feliz.
O al menos eso es lo que habría dicho hasta las 17.52 de aquel miércoles.
Fue entonces cuando Alison llegó a casa.
Sola.
Yo estaba en la cocina cortando fruta para la comida del día siguiente de los gemelos.
Alison emitió sus ruidos habituales de estoy entrando en casa: abrir la puerta, dejar el bolso, echar un vistazo al correo. Todos los días, de nueve a cinco y media, trabaja con niños que tienen discapacidades intelectuales tan severas que la administración de su distrito escolar carece de la capacidad de adaptarse a sus necesidades. Es, en mi opinión, un trabajo agotador que me dejaría totalmente destrozado. Sin embargo, ella casi siempre regresa a casa de buen humor. Alison es una verdadera fuerza nutricia.
Llevamos juntos desde nuestro segundo año de universidad. Me enamoré de ella porque era guapa y, aun así, le resultaba adorable que yo fuera capaz de recitar los nombres de los 435 miembros del Congreso, junto con los estados a los que representaban y el partido al que estaban afiliados. ¿Qué haces si eres un tipo como yo y encuentras a una mujer así? Te aferras a ella como si te fuera la vida en el intento.
—¡Hola, cariño! —grité.
—Hola, cielo —contestó.
A quienes no oí, me di cuenta enseguida, fue a los gemelos. Un humano de seis años es un animal ruidoso; dos humanos de seis años, todavía más. Sam y Emma suelen entrar en casa corriendo y dando portazos, charlando y canturreando, creando su propia desarmonía natural.
Lo único más evidente que el alboroto que montan es la ausencia de este. Me sequé con un paño las manos pringosas de manzana y recorrí el pasillo hasta el vestíbulo para averiguar qué sucedía.
Alison estaba allí, con la cabeza inclinada sobre una factura que había abierto.
—¿Dónde están los niños? —pregunté.
Ella levantó la mirada de la factura, perpleja.
—¿Qué quieres decir? Es miércoles.
—Lo sé, pero me enviaste un mensaje.
—¿Qué mensaje?
—El del médico —contesté mientras rebuscaba en el bolsillo para que Alison pudiera leerlo—. Está aquí.
Sin molestarse en mirar, dijo:
—Yo no te he mandado ningún mensaje sobre ningún médico.
De repente fui consciente de lo que debe de ser estar sentado en una playa cuando toda el agua desaparece misteriosamente, como ocurre justo antes de un tsunami. Es imposible, sin más, que imagines las dimensiones de lo que está a punto de golpearte.
—Espera, entonces, ¿me estás diciendo que no has recogido a los gemelos? —preguntó Alison.
—No.
—¿Están con Justina?
Justina Kemal es la estudiante universitaria turca que vive gratis en nuestra cabaña a cambio de hacernos de canguro ciertas horas al mes.
—Lo dudo —respondí—. Es miércoles, ella…
Me sonó el teléfono.
—Seguro que es del colegio —dijo Alison—. Diles que llegaré enseguida. Cielo santo, Scott.
Alison ya estaba cogiendo las llaves de la bandeja. El número aparecía como PRIVADO. Le di al botón de responder.
—Scott Sampson.
—Hola, juez Sampson —me saludó una voz que sonaba espesa, profunda e indistinta, como si la pasaran por un filtro—. Debe de ser agradable tener a su esposa en casa.
—¿Quién es? —pregunté como un estúpido.
—Seguro que se están preguntando dónde están Sam y Emma —continuó la voz.
Una oleada de fluidos primigenios me invadió el cuerpo. El corazón empezó a golpearme las costillas. La sangre se me acumuló en la cara y me rugió en los oídos.
—¿Dónde están? —pregunté.
Una vez más, estúpido.
Alison se había detenido a medio camino de la puerta. Yo me había posicionado como si estuviera a punto de liarme a puñetazos.
—Skavron —contestó la voz.
—Skavron —repetí—. ¿Qué pasa con eso?
Estados Unidos contra Skavron era un caso de drogas cuya sentencia tendría que dictar al día siguiente en mi sala del juzgado. Había dedicado la primera parte de la semana a prepararlo.
—Mañana recibirá en un mensaje de texto las instrucciones acerca del veredicto que deseamos —dijo la voz—. Si quiere volver a ver a sus hijos, las seguirá al pie de la letra.
—¿Qué instrucciones? ¿Qué…?
—No acudirá a la policía —prosiguió la voz—. No se pondrá en contacto con el FBI. No se lo notificará a las autoridades de ninguna manera. Que sus hijos salgan de esta ilesos y con vida depende de que usted siga con sus asuntos como si tal cosa. No hará nada. No dirá nada. ¿Lo entiende?
—No, espere, no lo entiendo. No entiendo nada.
—Entonces, permítame que se lo aclare: si tenemos la más mínima sospecha de que ha hablado con las autoridades, empezaremos a cortar dedos. Si sabemos con certeza que lo ha hecho, nos pondremos con las orejas y las narices.
—De acuerdo. De acuerdo. Por favor, no les haga daño. Haré lo que quiera. Por favor, no…
—No diga nada —advirtió la voz.
Y puso fin a la llamada.
2
La puerta de entrada seguía abierta. Los ojos de Alison centelleaban.
—¿Qué está pasando? —preguntó—. ¿Qué ocurre? ¿Por qué has dicho «no les haga daño»?
No pude responderle de inmediato. Ni siquiera era capaz de respirar.
—Scott, contéstame.
—Los niños… Los han… —Tuve que obligarme a pronunciar la palabra—. Secuestrado.
—¿Qué? —gritó.
—La voz… Ha dicho… Ese hombre quería un veredicto en un caso que voy a presidir y… Ha dicho que si acudimos a la policía empezará a cortar… —Me llevé las manos a la cara de forma involuntaria, me costaba respirar—. A cortar dedos. Ha dicho que no tenemos que decir nada. Que no digamos nada o…
Tenía el corazón desbocado. Me sentía como si no hubiera oxígeno suficiente en el mundo, aunque juro que lo aspiraba lo más rápido que podía. Una mano enorme, invisible, me aplastaba el pecho.
«Ay, Dios —pensé—, estoy sufriendo un ataque al corazón.»
Respirar. Tenía que respirar. Pero, a pesar de lo desesperado que estaba por lograrlo, no conseguía que se me llenaran los pulmones. Me tironeé del cuello de la camisa, que tenía los botones demasiado ajustados. No, un segundo, era la corbata. La corbata me estaba estrangulando.
Me llevé la otra mano al cuello para arrancarme todas las prendas que obstaculizaban que la sangre fluyera hacia el cerebro. Entonces me di cuenta: no llevaba la corbata puesta.
Mi cara era un horno. De repente había empezado a sudar por todos y cada uno de los poros de mi piel. Los pies y las piernas me hormigueaban. No iban a sostenerme durante mucho más tiempo.
Alison me estaba gritando:
—Scott, ¿qué ocurre? ¿A qué viene eso de que los han secuestrado?
La observé, desde una distancia surrealista, mientras se le hinchaban las venas de un lado del cuello.
—¡Scott! —chilló, y después me agarró de los hombros y me zarandeó—. ¡Mierda, Scott! ¿Qué está pasando?
Para mí, la pregunta era imposible de contestar. Pero Alison, que al parecer esperaba algún tipo de respuesta, empezó a golpearme en el pecho y a desvariar.
—¿Qué está pasando? ¿Qué sucede?
Sus puños continuaron machacándome hasta que se me ocurrió que debería protegerme de los golpes. En cuanto levanté las manos para repeler el ataque, ella se dejó caer al suelo llorando y se rodeó las rodillas con los brazos. Me pareció que decía «Ay, Dios». Aunque puede que dijera «Mis niños». O ambas cosas.
Me agaché para levantarla —no tenía ni idea de lo que aquello provocaría—, pero no lo conseguí. En lugar de alzarla, el esfuerzo me hundió a mí también. Me desplomé sobre una rodilla, luego sobre las dos. Los márgenes de mi visión estaban borrosos. Sentí que estaba perdiendo el conocimiento. Dejé escapar un fuerte gemido.
Algún recodo aún vagamente activo del cerebro me dijo que, si iba a morir, lo mejor sería que me tumbara. Me eché de costado en el suelo y luego me giré para tenderme de espaldas. En esa postura, clavé la vista en el techo mientras jadeaba y esperaba a que todo se volviera negro.
Pero no ocurrió. Todavía tenía la cara colorada y estaba convencido de que la parte de arriba del cráneo iba a estallarme a causa del calor. Pero poco a poco fui tomando conciencia de que aquello significaba que me estaba subiendo demasiada sangre a la cabeza, no lo contrario.
No estaba sufriendo un ataque al corazón, sino un ataque de pánico.
Los ataques de pánico no te matan. Tenía que ordenarle a mi cuerpo que empezara a funcionar, aunque se negara. Sam y Emma me necesitaban. Me necesitaban más de lo que lo habían hecho en toda su vida.
Ese pensamiento me impulsó a ponerme a cuatro patas. Gateé hasta la pared, me recosté contra ella y a continuación me las ingenié para ponerme otra vez de pie. Cerré la puerta de entrada —no sé por qué— y luego miré hacia donde había dejado caer el teléfono.
Lo recogí y empecé a buscar un número en la lista de contactos. El deseo de ayudar a mis hijos era de pronto tan fuerte como lo había sido el de continuar respirando hacía unos momentos.
—¿Qué-qué estás haciendo? —preguntó Alison.
—Estoy llamando a los alguaciles.
El Cuerpo de Alguaciles de Estados Unidos se encarga de mi seguridad mientras estoy en el tribunal. Fuera de allí, soy responsabilidad del FBI. No tenía ningún número de este servicio grabado en el móvil, pero sí el del alguacil jefe a cargo del tribunal. Él podría, a su vez, llamar al FBI.
—¿Qué? —gritó Alison.
—Estoy llamando al algua…
Con una velocidad extraordinaria, mi esposa se puso de pie como un resorte y me arrancó el teléfono de la mano de un golpe. Lo vi deslizarse hacia una esquina.
—¿Has perdido la cabeza? —preguntó.
—¿Por qué me has…?
—No dirás en serio lo de llamar al Cuerpo de Alguaciles, ¿verdad?
—Sí, yo…
—Rotundamente no —dijo con voz estridente.
—Mira, Ali, tenemos que pedir refuerzos. Necesitamos a gente formada en la negociación con secuestradores. Necesitamos al FBI. Ellos tienen recursos que nosotros ni siquiera podemos empezar a…
—Rotundamente no —repitió por si no la había oído la primera vez—. ¿Qué te ha dicho ese hombre del teléfono? ¿Que si llamábamos a la policía empezarían a cortar dedos?
Y orejas. Y narices.
—Está claro que ellos también tienen recursos —prosiguió—. Disponen de la tecnología necesaria para falsificar el origen de un mensaje de texto. Consiguieron tu número de móvil. Han llamado justo en cuanto he llegado a casa, lo cual quiere decir que nos están observando ahora mismo. ¿Qué quieres hacer? ¿Ponerlos a prueba para ver si van en serio? Van en serio, ¿vale? Tenemos que suponer que están ahí fuera, en el bosque. —Señaló hacia los cerca de diez acres de terreno boscoso que separaban nuestra casa de la carretera—. Y en cuanto vean un coche de policía, aunque sea de incógnito, van a empezar a mutilarlos. No quiero que me envíen trozos de mis hijos por correo.
Se me encogió el estómago.
—Nunca, jamás, podría perdonarme si nuestra forma de actuar provocara… —No pudo obligarse a formular el pensamiento completo. Al menos en voz alta. Lo que se le ocurrió al final fue—: Yo crie esos dedos.
Aquello zanjó de manera efectiva cualquier discusión que hubiéramos podido tener. Alison y yo nos decimos a nosotros mismos que somos una de esas parejas modernas que comparten de manera igualitaria los deberes de la crianza de los hijos. Y es verdad. Hasta que no estamos de acuerdo en algo. Entonces se hace más que evidente que, en el fondo, todavía estamos chapados a la antigua. En lo que se refiere a los niños, Alison lleva la batuta.
—Muy bien, ¿y qué crees que deberíamos hacer? —pregunté.
—Has dicho «Skavron». ¿Es ese el caso que intentan controlar?
—Sí.
—¿Cuándo lo presides?
—Mañana.
—De acuerdo, pues les das lo que quieren… exacta y precisamente lo que quieren, sea lo que sea —dijo—. Y mañana a estas horas todo habrá acabado.
—Les doy su veredicto. Y ellos nos devuelven a los niños ilesos.
—Eso es.
—Y tú les crees, claro, porque de todos es sabido que la gente que secuestra niños es muy honrada.
Torció el gesto.
—Lo siento —me disculpé.
Desvió la mirada hacia otro lado.
Podría haber continuado insistiendo en mi punto de vista. Pero recordé algo que me habían contado una vez sobre el FBI. En los casos de secuestro, los agentes no se enfrentan a sanciones si la víctima resulta asesinada. Eso se considera un daño colateral a veces inevitable. Su carrera profesional solo sufre consecuencias si los secuestradores escapan.
Eso quería decir que, en aquel momento, el FBI y la familia Sampson tenían prioridades muy distintas.
—De acuerdo —cedí—. No diremos nada.
3
El rancho de un solo piso y paredes de madera lo había construido un hombre —muerto hacía ya tiempo— cuya máxima aspiración en la vida era que lo dejaran tranquilo. Estaba situado en un condado tan poco poblado que ni siquiera disponía de un semáforo; estaba al final de una carretera apenas transitada y bordeada de granjas abandonadas y caravanas corroídas, enterrado en un espeso bosque de pinos, pantanales y hiedra venenosa.
Su única conexión con el mundo exterior, aparte del tendido eléctrico, era una antena satélite que canalizaba la televisión e internet desde el cielo. El acceso para vehículos consistía en un exiguo sendero de arena y barro, lleno de baches, atravesado por una cadena oxidada en la entrada y con varios carteles vistosos de PROHIBIDO EL PASO.
No era el fin del mundo. Solo lo parecía.
Fuera, en el pequeño claro de pinaza que hacía las veces de glorieta, había una furgoneta blanca. Dentro, en la cocina, había dos hombres sentados a una mesa circular. Lucían una barba desaliñada y tenían nariz protuberante y ojos del color del café fuerte. Eran corpulentos y de hombros anchos. Estaba claro que eran hermanos.
El mayor era ligeramente más alto. Leía un libro de bolsillo con el lomo destrozado. El menor era ligeramente más grueso. Toqueteaba su iPad concentrado en un juego cuyo objetivo final era dominar el planeta.
Cuando hablaban, lo hacían en una lengua extranjera.
—Deberías darles de comer —dijo el mayor.
—¿Por qué? —replicó el otro sin apartar la mirada de su juego.
—Son niños. Necesitan comer.
—Que se mueran de hambre.
—Se mostrarán más dóciles si los alimentamos.
—Se mostrarán más dóciles si los atamos.
—El que nos paga nos dijo que no lo hiciéramos.
El menor se limitó a gruñir y el mayor volvió a centrar la atención en su libro, sin hacer ademán de acercarse al frigorífico o a los armarios. Al final el pequeño se encendió un cigarrillo y fue dándole caladas mientras continuaba manipulando el iPad.
Entre ellos, sobre la mesa, descansaba un teléfono vía internet, algo necesario en un lugar tan alejado de la cobertura de las antenas de telefonía móvil como aquel. Cuando sonó, el hermano mayor respondió presionando el botón de altavoz para que ambos pudieran oírlo.
—¿Sí? —contestó en un inglés con mucho acento.
—Ya he llamado al juez.
—¿Y?
—Ha captado el mensaje. No creo que tengamos ningún problema, pero aun así le echaréis un ojo, ¿verdad?
—Claro.
—La primera entrega es esta noche, ¿no?
—Sí.
—Bien. No dejéis que se sienta cómodo.
—Descuide.
La llamada terminó. El hermano mayor volvió a colocar el teléfono en medio de la mesa. De una mochila que tenía a los pies, extrajo un cuchillo de caza de mango largo y hoja de sierra y se lo pasó al hermano menor.
—Muy bien —dijo el mayor—. Hora de ponerse a trabajar.
4
A lo largo de la siguiente hora, mientras el horror de lo sucedido nos fustigaba, Alison y yo fracasamos en todos nuestros intentos de consolarnos mutuamente. Al final, cada uno se dirigió a su propio espacio de la casa y a su infierno individual.
Ella se batió en retirada hacia la sala de estar, donde se tapó con una manta y clavó la mirada en la pared, perdida en su sufrimiento. De vez en cuando, me llegaban los sonidos del dolor: inhalaciones dificultosas, estremecimientos que se tornaban audibles, gemidos débiles.
La tentación de sucumbir a lo mismo me resultaba casi abrumadora. Estoy seguro de que si me hubiera permitido reflexionar sobre nuestra nueva realidad —que alguien se había llevado por delante los cimientos de nuestra vida y que debajo de ellos no había absolutamente nada—, habría encontrado un agujero en el que desplomarme y rendirme al derrumbe que sin duda andaba cerca.
Pero aquel impulso permanecía: el deseo de hacer algo que diera la sensación de ayudar a mis hijos, sin importar lo inútil que fuera el gesto. Me dediqué a caminar en círculos frenéticos alrededor de la casa hasta que, al final, acabé sentándome a la mesa de la cocina, donde dábamos de comer a los niños, como si de alguna manera aquello pudiera acercarme a ellos. Expulsé de mi mente todos los pensamientos irrelevantes (y aterradores) que la invadían una y otra vez y me obligué a concentrarme en Skavron. Las personas que tenían a mis hijos debían de estar conectadas con él. Ojalá pudiera averiguar de qué manera.
Hasta las 17.52, habría asegurado que no había nada destacable en Skavron. Más bien al contrario, se trataba de un caso descorazonadoramente típico. Las condenas por drogas eran, con mucho, las acciones jurisdiccionales más habituales en el sistema judicial federal, que carga con gran parte del peso del espectacular fracaso de la política pública que es la guerra contra las drogas. Me ocupo de al menos una treintena de procesos así al año.
Mi plantilla me había entregado el expediente del caso el lunes. Ese mismo día mantuve una conversación telefónica con el agente de la condicional, quien el martes redactó el informe previo a la sentencia. Había pasado gran parte de aquella jornada, la del miércoles, revisando en el despacho dicho informe, que en esencia era la historia de la vida del acusado.
Rayshaun Skavron había nacido en Danville, una ciudad venida a menos en la parte centromeridional de Virginia. Nunca había sabido nada de su padre. A su madre le habían quitado la custodia del niño cuando este tenía seis años, después de que la detuvieran por un cargo de estupefacientes. Lo había criado una tía. Su primer arresto fue a los trece años, y lo siguieron otros muchos. Drogas y armas, armas y drogas… Intercalados con unos cuantos delitos de tráfico para romper la monotonía. Pasó el resto de su infancia entrando y saliendo de centros de menores, hasta que dio el salto a las prisiones del estado.
En algún momento se trasladó a la costa de Virginia, tal vez para empezar de cero, o quizá en busca de un lugar donde los policías no lo conocieran tan bien. Pasó dos años sin arrestos, y entonces dio el gran golpe: utilizando la información facilitada por un testigo colaborador y por un familiar que estaba harto de las acciones de Skavron, la policía lo vinculó a un alijo de cinco kilos de heroína y cantidades más pequeñas de cocaína y crack.
En su favor hay que decir que le había ahorrado al sistema judicial los gastos de un juicio, pues había aceptado declararse culpable y colaborar con las autoridades.
El caso se consideraba federal debido al peso de los estupefacientes que componían el alijo. El acuerdo que le habían ofrecido a Skavron lo ayudaría un poco, aunque las pautas de sentencia federales no eran demasiado flexibles. Con sus antecedentes y el delito que había cometido, Rayshaun Skavron pasaría una buena temporada a la sombra.
Salvo que, tal vez, alguien quisiera asegurarse de que no fuera así.
Pero ¿quién? Y ¿por qué?
Mis conocimientos del mundo de las drogas se limitaban a lo que veía en mi sala del juzgado. Pero Skavron me parecía, como mucho, un mando de nivel medio. De acuerdo con los documentos de la acusación, recibía sus mercancías de una persona a la que se referían como CCNI n.º 1, que quería decir Coconspirador No Imputado n.º 1. Tenía clientes propios, pero servía sobre todo de intermediario. Empaquetaba la mercancía y se la vendía a otros traficantes/consumidores, que la sacaban a la calle.
Las pruebas sugerían que ninguna de esas actividades había sido especialmente lucrativa para él. Antes de que lo arrestaran y encerrasen, Skavron vivía en un apartamento pequeño, conducía un Chrysler viejo y había tenido empleos intermitentes de camarero, el último en una residencia de ancianos donde le pagaban el salario mínimo. La policía se había incautado de una cantidad insignificante de efectivo —creo que doscientos treinta y ocho dólares— en su vivienda. No tenía cuenta bancaria. No había podido pagar la fianza ni contratar a un abogado privado.
¿Cómo alguien así había conseguido encontrar, estando entre rejas, los recursos necesarios para organizar el secuestro de los hijos de un juez? Pensé en los pasos que se habían dado. Primero, había llegado el mensaje. Los secuestradores necesitaban asegurarse de que yo no recogía a los niños, y también de que no me ponía a buscarlos de inmediato. Así que, de algún modo, piratearon el sistema telefónico y lo dispusieron todo para que «Alison» me enviara un mensaje.
El siguiente paso fue el secuestro en sí mismo, cuyos detalles eran difíciles de desentrañar. Sam y Emma iban a primero de primaria en el Colegio Montessori Península Media. Era una escuela diminuta en la que solo tenían otros tres compañeros de clase. No es que dos niños puedan desaparecer de un centro así sin que nadie se dé cuenta.
Además, el personal del colegio no tenía la costumbre de permitir a sus alumnos marcharse con extraños. Tenían listas de las personas autorizadas para recogerlos. En la nuestra figuraban Justina y la familia de Alison: su madre, sus dos hermanas y los maridos de estas. ¿Era posible que hubieran eludido esa defensa por medio de algún tipo de engaño?
Lo que me revelaba todo eso, sumado a lo del mensaje de texto, era que quienquiera que hubiera orquestado la maniobra era astuto, disciplinado y bien organizado.
Y nada de eso parecía encajar con el Rayshaun Skavron que yo había conocido mediante el informe previo a la sentencia. Debía de haberlo ayudado alguien mucho más sofisticado que él. Pero ¿quién?
La respuesta obvia podría haber sido el CCNI n.º 1. En teoría, se trataba de alguien que estaba un poco más arriba en la cadena de mando, alguien que tal vez quisiera asegurarse de que Skavron quedaba libre para que no testificase en el caso contra él o ella.
Si no fuera por el asunto de la «N» de «CCNI». No imputado. Que bien podría haber significado «No conocido». Si hubiera un caso pendiente contra el CCNI n.º 1, Skavron no estaría en mi sala. La oficina del fiscal general procesaría primero al CCNI n.º 1 y a Skavron un poco más tarde. Siempre pescaban antes al pez más gordo.
Es probable que Skavron no supiera ni una sola cosa útil respecto al CCNI n.º 1. Ese es precisamente el motivo por el que los cárteles tienen cientos y miles de mandos intermedios como Skavron. Traficar en la calle es una empresa arriesgada, pues es casi imposible distinguir al cliente del agente de policía encubierto o el soplón. Los arrestos son parte del coste de hacer negocios. Por esa razón, los jefes de verdad nunca trafican de forma directa con los consumidores. Crean varias capas de aislamiento, como Skavron, entre ellos y el caos de las calles.
Y a esas capas de aislamiento las mantienen en la más absoluta ignorancia. Lo más seguro es que Skavron ni siquiera supiera para qué organización trabajaba.
La oficina del fiscal general no podría sacar más de aquel caso. Desde el punto de vista procesal, Skavron era un callejón sin salida.
Tal vez una o dos horas más tarde, yo seguía dándole vueltas a todo lo que tenía en la cabeza cuando Alison entró en la cocina sorbiéndose la nariz. Tenía los ojos rojos.
No se detuvo junto a la mesa ni reconoció mi presencia de forma alguna. Se limitó a acercarse a uno de los armarios y sacar un vaso de agua.
Incluso bajo aquella evidente presión, caminaba con una elegancia natural. Alison también tenía cuarenta y cuatro años, pero no los aparentaba. Su cuerpo conserva la misma forma esbelta que cuando nos conocimos, hace veintitantos años. Su postura se mantiene igual de erguida. Los hombros —mi esposa tiene unos hombros magníficos, aunque sea un halago un tanto extraño— no han cedido ni un ápice a la gravedad.
Le estaban saliendo unas cuantas canas, pero combinaban bien con su rubio cenizo natural. Mientras que yo soy muy consciente de que mi pelo es cada vez más escaso y mis arrugas cada vez más abundantes, podría jurar que Alison apenas envejece. O tal vez no me diera cuenta. El amor tiene esas cosas.
No intento presentarla como una especie de dechado de perfección. Se pone morada de chocolate y patatas fritas de bolsa. Fuma a escondidas en el trabajo, aunque se cree que no lo sé. Conduce fatal.
Tampoco diría que nuestro matrimonio es perfecto, eso solo existe en la imaginación de los redactores de tarjetas de felicitación y en los delirios de la gente soltera. Tenemos unas peleas que no se definen por su estruendo, sino por la ferocidad de su silencio. Nos pasamos literalmente días sin apenas hablarnos, ambos demasiado testarudos para dar nuestro brazo a torcer en lo que fuera que comenzase la discusión. En las profundidades de esos silencios, hay ocasiones en las que llego a pensar que en realidad estamos a las puertas del divorcio.
Pero, de manera inevitable, uno de los dos cede. Y sí diré que, si hay algo que hacemos bien, es encontrar después la manera de reírnos de ello. Una de nuestras bromas recurrentes es que Alison podría volver corriendo a los brazos de Paul Dresser en cuanto quisiera —Paul es su novio del instituto, que ahora es un hombre más apuesto, galante y rico cada año que pasa—. Así que cuando hacemos las paces, me dice: «Bueno, el jet privado de Paul Dresser se ha quedado atrapado en las Maldivas, así que supongo que podemos continuar juntos un poco más».
Aparte de eso, puedo afirmar sin lugar a dudas que la llama inicial de la atracción —esa chispa que avivó mi enamoramiento por ella hace tantos años— sigue ardiendo en mí. Mi esposa no me cree cuando se lo digo, pero es verdad: si me borraran la memoria y entrara en una habitación en la que estuvieran Alison y otro centenar de mujeres, ella seguiría siendo a la que querría llevarme a casa.
Así que, si me tomé un instante para admirarla mientras se servía un vaso de agua del grifo, fue solo porque eso se había convertido para mí en un aprendizaje motor.
Se volvió a medias hacia mí y preguntó:
—¿Quieres un poco?
—No, gracias.
Alison contempló el vaso que tenía en la mano.
—Emma estuvo justo aquí ayer por la noche —dijo con voz hueca—. Insistió tanto en que quería ayudarme a fregar los platos que la dejé subirse a una silla y hacerlo. Yo solo los sequé. Qué mayor me pareció.
Se le resbaló el vaso de entre los dedos y, cuando se hizo añicos contra el fregadero, ella ya estaba sollozando.
—Eh, eh —dije tratando de calmarla tras levantarme de la silla y acercarme rápidamente a ella.
Se negaba a enderezarse o a darse la vuelta para mirarme, así que me agaché y la rodeé con los brazos desde atrás. Durante un rato lo único que hice fue abrazarla en esa incómoda posición para que supiera que estaba allí.
—No puedo dejar de pensar en ellos —admitió—. ¿Dónde están? ¿Qué están haciendo? ¿Les han hecho daño? ¿Tienen miedo?
—Lo sé, lo sé.
Un aspecto inesperado de la paternidad es que, en algún momento a lo largo del primer trimestre del embarazo de Alison, mi cerebro desarrolló una región extra dedicada a un único propósito: preocuparme por mis hijos. Aun cuando el resto de mi ser está centrado en algo que no tiene nada que ver con ellos, esa zona palpita con suavidad.
En aquel momento, latía desbocada.
—Creo que todavía estoy en estado de choque —comentó—. Si es que había empezado a procesar todo esto… Me he cerrado en banda por completo.
—Sí —dije.
En un intento por estabilizarse, Alison inspiraba tan profundamente que los jadeos le sacudían el cuerpo entero. Le acaricié la espalda con la mano, arriba y abajo, con la esperanza de que aquello la tranquilizara.
—Mañana a estas horas todo habrá acabado —le recordé—. Solo tenemos que mantener la calma, hacer lo que nos digan, y todo irá bien.
—Lo sé, lo sé. Sin esos…
No terminó la frase. La abracé con más fuerza.
—Scott, si los perdemos, yo…
—Chis. No podemos pensar así. No nos ayudará en nada.
—Ya, pero…
—Chis —repetí, como si de alguna manera el hecho de que uno de los dos expresara en voz alta aquel pensamiento fuera a darle fuerza.
Nos quedamos allí de pie sin hablar hasta que Alison reunió el valor necesario para apartarse de mí.
—Lo siento —dijo.
—No tienes que disculparte.
Hizo ademán de acercarse al fregadero para recoger los fragmentos del vaso roto. Se lo impedí.
—Yo me encargo. En serio. No te preocupes.
Se detuvo.
—De acuerdo. Creo que iré a acostarme.
—Buena idea.
—¿Sería…? ¿Sería extraño que entrara en una de las habitaciones de los gemelos?
—En absoluto —respondí.
Alison asintió. La besé en una mejilla aún húmeda por las lágrimas y salió de la cocina sin decir una palabra más.
Mientras, con mucho cuidado, retiraba del fregadero los restos de lo que había sido un vaso de agua, esperaba que la rabia comenzara a manar en mi interior, que me poseyera la necesidad de arremeter contra quienes nos habían hecho aquello, que albergara fantasías de venganzas letales.
Sin embargo, lo único que sentí mientras recogía aquellas esquirlas de cristal fue una gran impotencia.
Era una sensación claramente ajena a un hombre de mi profesión. En nuestra democracia, el sistema judicial federal es el único lugar que tolera las dictaduras. A los jueces federales se nos nombra de por vida. No tenemos que preocuparnos por presentarnos al cargo o arrastrarnos ante nuestros superiores. Se necesita una ley del Congreso para apartarnos de la magistratura. En el día a día, no respondemos ante supervisores, votantes ni ninguna otra cosa que no sea nuestra propia conciencia.
Algunos abogados se refieren a los jueces federales como Pequeños Césares, y no es del todo en broma. La verdad es que tenemos un grado de autoridad asombroso. Sí, los tribunales superiores pueden anular o modificar algunas de mis decisiones, pero un sorprendente número de ellas son, en la práctica, incontestables.
Con poca más orientación que la de mi propia intuición, mi rutina consiste en emitir dictámenes que modelarán el resto de la vida de la gente. Los abogados más ricos del territorio se postran ante mí. Administraciones enormes están obligadas a seguir mis órdenes. Las personas más formidables de nuestra sociedad están a solo una mala decisión de terminar en mi sala del juzgado suplicando mi clemencia, a veces temblando de manera literal ante mí.
Me doy cuenta de que es el cargo, no la persona, lo que inspira ese servilismo. Por supuesto, yo no hago nada para fomentarlo. Soy una especie de César a regañadientes. La adulación continua me hace sentir violento.
Pero, de todas maneras, es algo que viene con el puesto.
Me guste o no, represento el poder.
Lo quiera o no, tengo poder.
O al menos solía tenerlo.
5
Alrededor de medianoche, subí a nuestra habitación para realizar un desafortunado intento de dormir. Me quedé tumbado en la cama con esa región extra de mi cerebro —la sección de los niños— funcionando a toda marcha.
Pensé en Sam. En el valiente y adorable Sam. Alison y yo hemos hecho cuanto hemos podido para romper con los estereotipos de género en la forma de criar a nuestros hijos. Aun así, Sam es niño al cien por cien. Hay cierta cantidad de energía que tiene que quemar todos los días. ¿Y si no lo hace? Una desgracia para los muebles, paredes y seres humanos que se crucen en su camino. A veces, a última hora de la tarde, cuando su naturaleza inquieta está a punto de superarnos a todos, lo enviamos a dar unas vueltas corriendo alrededor de la casa.
Luego pensé en Emma. La dulce y atenta Emma. Ella también tiene mucha energía, pero la expresa de una manera mucho más emocional que física. Es increíblemente sensible. Si Alison y yo mantenemos una conversación más ruidosa de lo habitual —aunque ni siquiera tengamos un desacuerdo, sino que hablemos más alto de lo normal—, nos pide que dejemos de pelearnos. En las escasas ocasiones en que he tenido que reñirla, he aprendido a hacerlo con delicadeza, comenzando con promesas de que la quería infinitamente y para siempre. De lo contrario, una mirada de enfado podía hacerla estallar en lágrimas y acabar con toda esperanza de diálogo.
Mientras reflexionaba acerca de algunas de las preguntas que había formulado Alison —¿dónde estaban los niños?—, imaginé un escenario en el que ambos estaban ilesos y a salvo.
En ese pensamiento ilusorio, los secuestradores se habían inventado algún tipo de mentira para hacerles creer que todo aquello era un juego, así que no entendían del todo lo que estaba sucediendo. No les estaban dando de comer mantequilla de cacahuete ni ningún otro fruto seco (Emma era alérgica). Los estaban alimentando con los tres elementos fundamentales de la dieta de un niño de seis años —pizza, pasta y nuggets de pollo— y los estaban dejando empacharse de televisión.
Sabían que todo era un poco raro, sí, pero por lo demás estaban bien. Al fin y al cabo, Sam tenía a su Emma. Y Emma tenía a su Sam. Hasta cierto punto, mientras se tengan el uno al otro, los gemelos siempre están bien.
Ese era el mejor escenario posible.
El peor era el que yo luchaba desesperadamente por mantener alejado de mi cabeza.
El tiempo pasaba en intervalos minúsculos.
En torno a las dos de la mañana, Alison entró en la habitación, apartó las sábanas de la cama y se metió debajo de ellas. Permanecimos tumbados, el uno junto al otro, ambos callados y sumidos en nuestra propia desgracia.
La casa estaba oscura y seguía emitiendo sus habituales ruidos de casa, aunque ninguno de ellos sonaba como debía sin los niños allí. Ellos habían sido la causa de que nos sintiéramos atraídos por aquel lugar, no nosotros. La compramos porque sabíamos que llegarían a adorar el río, con su arena blanca de playa y su orilla un poco inclinada; porque en su enorme extensión se incluían mil árboles que darían sombra a sus días de verano; porque era una antigua granja muy grande y laberíntica en la que había un millón de recuerdos por crear. Alison comentaba con frecuencia lo especial que era para ella que les estuviéramos regalando a los gemelos una infancia tan distinta de la habitual existencia de urbanización de casas idénticas de la mayor parte de los niños de clase media alta.
Pero básicamente la compramos porque antes del Incidente yo era de esos optimistas joviales que confiaban en la bondad de sus semejantes. Después de este, tras haber visto el potencial humano para la maldad, quise criar a mis hijos en un lugar que fuera lo más seguro posible. Pensé que todos aquellos árboles y todos aquellos acres actuarían como una especie de muralla; y que nuestro camino de entrada, una calzada de tierra de más de medio kilómetro, era lo bastante larga para aislarnos de manera eficaz de lo peor del mundo.
Solo entonces comprendí la falsedad de todo aquello. La seguridad era un mito, una gran mentira que nos contábamos a nosotros mismos para enmascarar la discordante realidad de la condición humana: que el contrato social estaba escrito en arena, no en piedra, de manera que cualquiera con el suficiente aliento en los pulmones podía hacerlo volar en cualquier momento.
Aquel era el pensamiento que daba vueltas incesantes en mi cabeza mientras permanecía tumbado en la cama y la noche avanzaba a rastras. Intenté desviar mis sueños hacia los tiempos más felices que estaban por llegar. Aquello terminaría. Pronto. Tenía que creerlo.
Poco a poco, fui sintiendo que mi cuerpo se hundía en el colchón. La respiración de Alison se había vuelto más estable. Empezaba a pensar que tal vez fuera capaz de dormitar durante un minuto o dos.
Y entonces alguien llamó al timbre.
Me puse de pie antes de que el repiqueteo del timbre se hubiera desvanecido. Alison estaba incorporada. Vi las órbitas blancas de sus ojos, delirantes en la negrura. El reloj marcaba las 3.17.
Sin pensarlo demasiado, ya me dirigía dando grandes zancadas hacia la puerta del dormitorio.
—Espera, ¿adónde vas? —preguntó Alison en un susurro feroz.
—¿Qué quieres decir? ¿Y si son los niños?
—¿Los niños? Claro, llegan ellos solos hasta el porche y llaman al…
—Bueno, un agente de policía con los niños.
No pensaba quedarme allí a discutirlo. Había llegado a la puerta de la habitación y estaba a punto de alcanzar el pomo con la mano.
—Espera —repitió ella, que se había levantado de la cama de un salto y me sujetaba por la muñeca—. ¿No crees que si fueran de la comisaría nos habrían llamado antes por teléfono? ¿Y si son los secuestradores? ¿Y si tienen un arma?
—Quédate aquí —repliqué soltándome de su presa.
—¡Scott! —gritó a mi espalda, pero yo ya había salido del dormitorio y estaba bajando la escalera.
Tenemos una pistola, una Smith & Wesson 9 milímetros que compramos cuando Alison estaba embarazada y yo pasaba fuera la mayor parte del tiempo. Empezó a bromear —bueno, a medio bromear— con que sus hormonas de mamá osa le decían que la necesitaba. Pobre el delincuente que intentara enfrentarse a Alison. La había criado un padre militar cuya idea de estrechar vínculos con su hija era pasar una tarde en el campo de tiro. De niña, había ganado un montón de premios de puntería. A juzgar por cómo manejó la Smith & Wesson cuando nos la dejaron probar el día que la compramos, sus habilidades apenas habían disminuido.
Por desgracia, en aquellos momentos la pistola estaba desensamblada, y una mitad estaba en el desván y la otra, medio escondida bajo el lavabo del cuarto de baño principal. Yo me había empeñado en ello tras investigar las estadísticas de muertes accidentales por armas de fuego para un proyecto de ley que había redactado. Los números estaban claros: un arma operativa dentro de una casa era un peligro mucho mayor para los niños que cualquier otra cosa que los acechara en el exterior.
Aquella fue la primera vez que me arrepentí de esa decisión. Repasé rápidamente las posibles armas que tenía a mi disposición —cuchillos de cocina, destornilladores, el atizador de la chimenea— y opté por un palo de golf del armario del vestíbulo.
Todavía no se me había ocurrido pensar en lo absurdo de la situación: que un hombre fofo de mediana edad pensara que podía plantar cara con un hierro del seis a unos agresores armados. Presioné el interruptor que controlaba las luces del exterior. Después me dirigí a hurtadillas a la sala de estar para mirar por la ventana y hacerme al menos una idea de a qué estaba a punto de enfrentarme.
Al igual que muchas granjas del sur, la nuestra tiene un generoso porche delantero que ocupa dos laterales de la casa. Está decorado con muebles de mimbre y varios comederos para pájaros que habían pintado los niños el verano anterior, cuando a Justina le había dado por los trabajos manuales. Más allá del porche hay un jardín delantero salpicado de magnolias y pinos, y el largo camino de entrada.
Al asomarme por la ventana no descubrí mucho. El porche y la parte del jardín que estaba ahora iluminada parecían vacíos. Los árboles y el camino, más lejos, apenas eran una sugerencia en la penumbra.
Aferré con más fuerza el palo de golf y regresé a la puerta principal, que era antigua y pesada. Le quité la cadena al cerrojo y después la abrí escondiendo la mayor parte de mi cuerpo tras ella, por si acaso me esperaba alguna emboscada.
No fue necesario. Allí fuera no había nadie. Lo único que oí fueron los ladridos distantes de una pequeña jauría de perros semisalvajes que a veces rondan nuestros bosques.
Entonces miré hacia abajo y vi una caja de cartón que me llegaba a la altura de la rodilla y tenía el logo de una tienda de bricolaje y materiales de construcción impreso en un lateral. Habían empleado un trozo de cinta de embalar plateada para cerrar la parte superior.
Di unos golpecitos a la caja con el pie para hacerme una idea de su peso. Lo que fuera que contenía no pesaba mucho más que la propia caja. Agucé el oído —¿para captar qué, el tictac de una bomba o algo así?—, pero no oí nada.
Y al final me di cuenta de que me estaba comportando como un paranoico. Quienquiera que estuviese haciendo todo aquello me necesitaba vivo, al menos hasta pasadas las once de la mañana, cuando siguiera las instrucciones que me estaban esperando. Dejé caer el palo de golf a un lado y desgarré el precinto de la caja.
Dentro había dos bolsas de plástico transparente con cierre hermético llenas de mechones de pelo. Concretamente, de mechones de pelo de mis hijos. El de Sam era liso y rubio pajizo. El de Emma, rizado y, aunque también rubio, un poco más oscuro que el de su hermano.
Me llevé la mano a la garganta, un típico gesto de vulnerabilidad. Un juez se pasa la vida examinando pruebas. Aquello era todo lo que necesitaba para tomar conciencia de que la pesadilla era real. Tuve que sujetarme al marco de la puerta para mantener el equilibrio.
Después de recobrarme y respirar hondo varias veces, vi que también había un sobre. Era pequeño, como los que suelen acompañar a un ramo de flores. Lo abrí. Había un trozo de cartulina doblado por la mitad. El mensaje que contenía estaba escrito en mayúsculas:
JUEZ SAMPSON:
SIGA LAS INSTRUCCIONES O LA PRÓXIMA VEZ CORTAREMOS ALGO MÁS QUE PELO.
LOS AMIGOS DE RAYSHAUN SKAVRON
Atisbé la oscuridad una vez más. Nada había cambiado en ella. Aunque, cuando devolví la mirada al porche, noté algo extraño en el poste más cercano a los escalones.
Faltaba uno de los comederos para pájaros.
6
El ruido del sensor de movimiento fue lo bastante estridente para hacer saltar al hermano menor de la butaca en la que había estado dormitando. Se levantó, cogió un rifle de asalto que había caído al suelo y a continuación se acercó a la ventana.
Un par de faros delanteros irrumpieron en el claro que había delante de la casa; después se apagaron y encendieron varias veces seguidas.
La señal de todo despejado. El hermano menor se apartó de los postigos y deshabilitó el sistema de seguridad. Era antiguo, lo había instalado el chiflado que construyó la casa, y ya no estaba conectado al control central. Pero todavía emitía un pitido bastante agudo si alguien abría una ventana o una puerta. Devolvió el arma al gancho de la pared que le correspondía y ya estaba sentado a la mesa de la cocina con su iPad cuando entró el hermano mayor.
—¿Cómo te ha ido? —preguntó el menor.
—Bien —contestó el otro mientras volvía a activar el sistema de seguridad.
—¿Ningún problema con la entrega?
—Ninguno —contestó el mayor—. ¿Algún problema aquí?
—Nada serio. El niño empezó a quejarse de que quería comida. Se la he dado solo para que se callara.
—Te dije que así serían más dóciles. ¿Qué les has dado?
—Pan con mantequilla de cacahuete y mermelada. Me dijiste que eso es lo que les gusta a los niños estadounidenses.
—¿Se lo han comido?
—El niño, sí. La niña ni lo ha tocado.
—Lo hará cuando tenga el hambre suficiente.
El menor señaló con la cabeza hacia una de las habitaciones.
—El niño no ha parado de llorar. No deja de preguntar por sus padres. Me está poniendo de los nervios.
—Bien, entonces supongo que eso lo aclara todo.
—¿El qué?
—De cuál de los dos vamos a librarnos.
7
No hubo más descanso durante lo que quedaba de noche. Solo un montón de sábanas revueltas.
Por la mañana, el sol de principios de otoño se alzó sobre Gloucester, Virginia, cruelmente ajeno a las dos vidas atormentadas que estaba iluminando. Alison ya se había levantado de la cama. La oí en la ducha y puede que hasta diera una cabezada arrullado por el rumor del agua corriente.
Lo siguiente que supe fue que mi esposa estaba en la habitación, vistiéndose.
—¿Vas a ir a trabajar? —le pregunté.
—No, por Dios. Ya he avisado. Voy al colegio de los niños.
Me incorporé apoyándome en un codo.
—No puedes. No podemos decir nada, ¿recuerdas?
—No diré nada. Solo… Solo tengo que hacer unas preguntas, eso es todo. Llevo toda la noche pensándolo. Es decir, ¿qué pasó ayer? ¿Alguien fue a recoger a los niños y se los llevó sin más? Necesito comprenderlo. O al menos intentarlo. Por mi propia salud mental. De todas formas, querrán saber por qué los niños no irán hoy al colegio. Tendremos que inventarnos algo.
—Iré contigo —dije al tiempo que apoyaba los pies en el suelo.
—Será mejor que no me acompañes. A veces el hecho de que seas juez intimida a la gente.
—Bien, entonces te dejaré hablar a ti —concedí—. Yo solo quiero oír sus respuestas.
—No creo… —Y en ese momento se interrumpió—. De acuerdo —cedió al fin.
Tras esas palabras, me obligué a meterme en la ducha. Nos marchamos en cuanto terminé de vestirme. La casa estaba terriblemente silenciosa sin los gemelos.
Cada uno cogió su coche y, quince minutos más tarde, estábamos en el Colegio Montessori Península Media. El condado de Gloucester no destacaba por su prosperidad, y la simplicidad de la escuela era un reflejo de ello. No era más que un pequeño edificio de acero erigido al borde de un aparcamiento de gravilla. Las creaciones artísticas de los alumnos que decoraban la parte exterior siempre me habían hecho pensar en él como en un lugar alegre y acogedor, un minúsculo refugio de amor y sabiduría al que enviaba a mis hijos todos los días.
Entonces me pareció grotesco.
Pasaban unos minutos de las ocho cuando llegamos. La jornada escolar comenzaría menos de media hora después.
—Yo me encargo de hablar —me repitió Alison cuando me reuní con ella junto a la puerta de su coche.
—Desde luego —dije.
Cruzamos el aparcamiento arrancándole crujidos a la gravilla con los pies. La puerta principal estaba cerrada con llave —política del centro—, así que Alison llamó al timbre.
Suzanne Fridley, la directora del colegio, apareció enseguida. La señorita Suzanne, como la llamaba todo el mundo, era una de esas personas preternaturalmente calmadas que se habrían desperdiciado en cualquier otro ambiente que no hubiera sido el educativo. Lo suyo con los niños era simple magia.
—Vaya, buenos días, señora Sampson. Juez —saludó al abrir la puerta—. Pasen, pasen. ¿A qué debemos el placer?
Nos encontrábamos en el pequeño vestíbulo de la escuela, que también hacia las veces de biblioteca. Miré a Alison para dejar claro a todo el mundo que ella iba a llevar la voz cantante.
—Puede que le resulte una pregunta un poco extraña —empezó ella—, pero ¿quién vino ayer a por los gemelos?
Imperturbable, la señorita Suzanne cogió una carpeta que había sobre una mesita cerca de la puerta. Allí registraban todas las recogidas. La directora dio la vuelta a una página.
Entonces frunció el ceño.
—Pues… fue usted misma.
Dio la vuelta a la carpeta para que Alison pudiera inspeccionar la página. En efecto, señalaba que Sam y Emma se habían marchado a las 15.57. En la columna de «Persona de recogida» estaba escrito: «Mamá». Al lado aparecían las iniciales garabateadas de un miembro del personal.
Creo que, si hubiera sido por mí, me habría limitado a quedarme con la boca abierta. En cambio Alison, muy meritoriamente, dijo:
—Esa es la firma de la señorita Pam, ¿verdad?
—Sí, así es.
—¿Está aquí? —preguntó.
—Un momento, por favor.
La señorita Suzanne entró con mucha calma en la sala de al lado y regresó quince segundos más tarde con la señorita Pam, una mujer de avanzada edad y aspecto entrañable que trabajaba como auxiliar docente.
—El juez y la señora Sampson me han hecho unas preguntas acerca de la recogida de ayer —explicó la señorita Suzanne—. ¿Recuerda haber acompañado a los gemelos a la salida ayer?
—Sí —contestó la señorita Pam con aire perplejo.
—¿Quién los recogió?
—Fue… la señora Sampson —contestó la señorita Pam con la mirada clavada en Alison, que se había sonrojado.
En ese momento, decidí intervenir.
—Tiene que haber alguna confusión. Alguien recogió ayer a los niños, pero no estamos seguros de quién. Así que sé que esto va a sonar extraño, pero ¿está segura de que fue ella?
La señorita Pam volvió la cabeza hacia la señorita Suzanne, luego hacia mí de nuevo, y finalmente hacia Alison.
—Bueno, sí, creo que sí —contestó—. Llevaba una… una gorra de béisbol y gafas de sol, ¿verdad?
Alison no había vuelto a ponerse una gorra de béisbol en público desde sus tiempos de noches en vela por las juergas universitarias.
—¿Llegó a verle la cara? —insistí.
—No, yo… Solo la nuca. Tenía el pelo recogido en una coleta.
—¿Dijo algo?
—Pues… no —admitió la señorita Pam.
Cosa que, para mí, confirmaba que no se trataba de Alison, que era una mujer de «por favor» y «gracias». Resultaba evidente que alguien se había hecho pasar por mi esposa confiando en la gorra y las sombras para esconder las diferencias entre ella y otra mujer rubia y delgada.
—¿Y era su coche?
—Sí, por supuesto —contestó la señorita Pam, que volvía a mirar a la señorita Suzanne con una expresión desesperada que decía «Échame una mano, por Dios».
Al final, la directora intercedió:
—El año pasado instalamos una cámara de seguridad. Si quieren, podemos ver el vídeo de ayer por la tarde.
—Eso sería fantástico —aseguré.
—Acompáñenme.
La seguimos hasta un despacho estrecho que estaba justo al lado de la entrada. Se sentó en una silla frente a la pantalla de un ordenador que enseguida se iluminó con las imágenes de la escuela en aquel preciso instante. En realidad la cámara estaba enfocada hacia la puerta de entrada, pero captaba una pequeña parte del aparcamiento.
—Permítanme rebobinarla —dijo la señorita Suzanne.
Presionó el ratón varias veces. El reloj que había en la esquina superior derecha de la pantalla empezó a retroceder muy deprisa. La mañana dio paso a la noche, después al crepúsculo del día anterior y finalmente a una tarde cada vez más soleada.
Pronto, una sucesión de coches y camionetas, todos ellos moviéndose hacia atrás, comenzó a cruzar la pantalla de un lado a otro. Yo no había visto nada destacable, pero Alison dijo:
—Justo aquí.
—Muy bien —dijo la señorita Suzanne, que puso el vídeo hacia delante y a velocidad normal.
El reloj de la esquina superior derecha marcaba las 15:55:06. Durante los setenta y dos segundos siguientes no sucedió nada. Entonces, a las 15:56:18, un monovolumen Honda Odyssey gris apareció en la pantalla por la parte izquierda y se detuvo.
Nosotros tenemos un monovolumen Honda Odyssey gris. Lo compramos de segunda mano hace unos años para que Justina pudiera utilizarlo para recoger a los niños.
Sin embargo, no distinguía si aquel monovolumen Honda Odyssey gris era nuestro Honda Odyssey gris. La marca y el modelo parecían ser idénticos. No se veía la placa de la matrícula, puesto que la imagen solo mostraba el lateral derecho del vehículo. Pero sí reconocí la pegatina del Colegio Montessori Península Media en la parte derecha de la ventanilla trasera, en el lugar exacto donde la llevábamos nosotros.
O era nuestro coche —¿tal vez robado d
