Índice
La Torre Oscura VII: La Torre Oscura
Ilustraciones
PRIMERA PARTE. EL PEQUEÑO REY ROJO DAN-TETE
I. Callahan y los vampiros
II. Elevados por la ola
III. Eddie hace una llamada
IV. Dan-tete
V. En la selva, la poderosa selva
VI. En Turtleback Lane
VII. Reencuentro
SEGUNDA PARTE. CIELO AZUL DEVAR-TOI
I. El devar-tete
II. El observador
III. El alambre resplandeciente
IV. La puerta a Tronido
V. Punta-Tete
VI. El amo de Cielo Azul
VII. Ka-shume
VIII. Notas de la Casa de Chocolate
IX. Huellas en el camino
X. La última garla (El sueño de Sheemie)
XI. El ataque a Algul Siento
XII. El tet se rompe
TERCERA PARTE. EN ESTA BRUMA DE VERDE Y ORO VES’-KA GAN
I. La señora Tassenbaum viaja al sur
II. Ves’-Ka Gan
III. Otra vez Nueva York (Roland enseña su identificación)
IV. Fedic (dos visiones)
CUARTA PARTE. LAS TIERRAS BLANCAS DE EMPÁTICA DANDELO
I. La cosa de debajo del castillo
II. En la vía de las Tierras Yermas
III. El castillo del Rey Carmesí
IV. Pellejos
V. Joe Collins de Odd’s Lane
VI. Patrick Danville
QUINTA PARTE. EL CAMPO ESCARLATA DE CAN’-KA NO REY
I. La herida y la puerta (Adiós, querida mía)
II. Mordred
III. El Rey Carmesí y la Torre Oscura
EPÍLOGO
Susannah en Nueva York
CODA
Hallada
APÉNDICE
Robert Browning, «Childe Roland a la Torre Oscura llegó»
Nota del autor
Notas
Biografía
Créditos
Quien habla sin que le presten atención es mudo.
Por tanto, Lector Constante, este último libro de la saga
de la Torre Oscura está dedicado a ti.
Largos días y placenteras noches.


¿No escuchas? ¡Si había ruido por doquier! Tañía
con creciente fuerza, como una campana. En mis oídos,
los nombres de los aventureros desaparecidos, pares amigos,
que tal tenía fuerza, y cual valentía,
y el otro fortuna, pero en los pasados días
¡perdidos!, ¡perdidos! Un momento de tañido
por los años de desdicha.
Ahí se encontraban, alineados, en las laderas, congregados
para verme por última vez, un marco viviente
¡para un cuadro más! En un lienzo ardiente
les vi y les reconocí a todos. Y sin embargo,
impávido, llevé el cuerno a mis labios;
«Childe Roland a la Torre Oscura llegó», toqué.
ROBERT BROWNING,
«Childe Roland a la Torre Oscura llegó»
Nací
con un revólver en la mano.
Detrás de un revólver
libraré mi última lucha.
BAD COMPANY
¿En qué me he convertido?
Mi más dulce amigo
todo cuanto conozco
desaparece al final
podrías haber tenido todo
mi imperio de polvo
te decepcionaré
te haré daño.
TRENT REZNOR

1
¡EL PODER DEL BLANCO OS LO ORDENA!
2
MOVED EL CULO, HIJOS DE PUTA
3
TE IMPORTARÍA…
4
INTENTÓ VOLVER A COGERLO
5
A SUS PIES, ILUMINADO POR UNA FILTRACIÓN DE LUZ, ESTABA EL PUEBLO
6
SE COLOCÓ ENTRE JAKE Y EDDIE
7
EL LUGAR DONDE SE DETUVO ROLAND AL FIN TENÍA MÁS ASPECTO DE IGLESIA QUE DE CLARO
8
SENTADO EN SU TRONO … HECHO DE CALAVERAS
9
POBRE DEL QUE SE CRUZARA EN SU CAMINO
10
NO VOLVERÍA A ABRIRSE JAMÁS
11
SU ROSTRO SE IMBUYÓ DE UNA ESPECIE DE ÉXTASIS
12
LA TORRE OSCURA



CAPÍTULO I
CALLAHAN Y LOS VAMPIROS
UNO
El padre Don Callahan había sido en otro tiempo el párroco de un pueblo, un pueblo llamado Salem’s Lot, borrado ya de cualquier mapa. A él eso le era indiferente. Conceptos como la realidad habían dejado de importarle.
Este antiguo párroco sostenía ahora un objeto pagano en la mano: una tortuga tallada en marfil. El animal tenía una muesca en el pico y un rasguño en el caparazón, con forma de signo de interrogación. Pese a ello, era un objeto hermoso.
Hermoso y poderoso. Callahan sentía su energía en la mano como si se tratase de una descarga voltaica.
—¡Qué bonita es! —le susurró al muchacho que estaba con él—. Es la tortuga Maturin, ¿verdad?
El muchacho era Jake Chambers y había dado un gran rodeo para regresar prácticamente al punto de partida: Manhattan.
—No lo sé —respondió—. Ella la llama sköldpadda, y puede ayudarnos, pero no puede matar a los devastadores que nos están esperando allí. —Hizo un movimiento de cabeza en dirección al Dixie Pig, al tiempo que se preguntaba si se había referido a Susannah o a Mia al utilizar de forma deliberada el pronombre «ella». En el pasado habría considerado que no tenía importancia porque ambas mujeres estaban estrechamente unidas. Sin embargo, en la actualidad creía que sí importaba, o que importaría pronto.
—¿Y usted? —preguntó Jake al padre, queriendo decir: «¿Aguantará? ¿Luchará? ¿Matará?».
—Desde luego —respondió Callahan con tranquilidad. Se metió la tortuga de marfil de ojillos sabios y caparazón arañado en el bolsillo de la pechera, donde llevaba las balas de reserva para la pistola, luego le dio una palmadita al ingenioso objeto para asegurarse de que viajaba seguro—. Dispararé hasta que se agoten las balas, y si me quedo sin munición antes de que me maten, los aporrearé con… con la culata.
La pausa fue tan breve que Jake ni siquiera se percató de ella. Sin embargo, durante ese silencio, el Blanco habló al padre Callahan. Se trataba de una fuerza que él conocía hacía tiempo, incluso desde niño, pese a haber experimentado unos años en los que le flaqueó la fe, años en que su entendimiento de esa fuerza elemental primero se había ido difuminando para acabar esfumándose por completo. No obstante, esos días habían pasado, el Blanco volvía a ser suyo, y dijo a Dios gracias.
Jake estaba haciendo un gesto de asentimiento con la cabeza, diciendo algo que Callahan apenas entendió. Y lo que Jake decía no importaba. Lo que esa otra voz decía —la voz de algo
(«Gan»)
quizá demasiado imponente para ser llamado Dios— sí importaba.
«El muchacho debe continuar —le dijo la voz—. Ocurra lo que ocurra aquí, sea como fuere, el muchacho debe continuar. Tu parte de la historia ha llegado casi a su fin. La de él no.»
Pasaron por delante de un cartel que había en un poste de acero inoxidable (CERRADO POR FUNCIÓN PRIVADA), el amigo especial de Jake, Acho, iba trotando entre ambos, con la cabeza elevada y el hocico coronado por una de sus habituales sonrisas que eran todo dientes. Al final de la escalera, Jake encontró la bolsa de cáñamo que Susannah-Mia había traído desde Calla Bryn Sturgis y cogió dos de los platos, los ’Rizas. Los entrechocó, asintió con la cabeza al oír el sordo zumbido y luego dijo:
—Veamos la suya.
Callahan levantó la Ruger que Jake había traído desde Calla Nueva York para llevarla de vuelta al mismo sitio; la vida es una rueda y todos decimos gracias. Durante un instante, el padre tuvo el cañón de la Ruger a la altura de la mejilla, como un duelista. Entonces se palpó el bolsillo de la pechera, repleto de balas y donde estaba la tortuga, la sköldpadda.
Jake asintió en silencio.
—En cuanto entremos, permaneceremos juntos. Siempre juntos, con Acho entre ambos. A la de tres. Una vez que empecemos, no pararemos.
—No pararemos.
—Bien. ¿Está listo?
—Sí. Que el amor de Dios esté contigo, muchacho.
—Y con usted, padre. Uno… dos… tres. —Jake abrió la puerta y avanzaron juntos hacia la tenue luz y el sabroso y penetrante aroma a carne asada.
DOS
Jake se dirigió a lo que estaba seguro que sería su muerte al tiempo que recordaba dos cosas que Roland Deschain, su verdadero padre, había dicho. «Las batallas que duran cinco minutos propagan leyendas que perviven durante miles de años», y «No morirás necesariamente feliz cuando llegue tu hora, pero debes morir satisfecho, porque has vivido la vida desde el principio hasta el fin y el ka siempre es atendido».
Jake Chambers recorrió el Dixie Pig con la mirada y con las ideas claras.
TRES
Además, lo veía todo con una gran nitidez. Tenía los sentidos tan a flor de piel que podía oler no solo la carne asada, sino el romero con el que la habían adobado; podía oír no solo el ritmo tranquilo de su respiración, sino el murmullo de marea de su sangre, que ascendía hacia el cerebro por un lado del cuello y descendía hacia el corazón por el otro.
También recordó a Roland diciendo que incluso la batalla más breve, desde el primer disparo hasta el último cuerpo caído, parecía larga a quienes tomaban parte en ella. El tiempo se volvía elástico; se estiraba hasta el punto de desaparecer. Jake había asentido como si lo entendiera, pero no lo entendió.
Ahora sí lo entendía.
Su primer pensamiento fue que eran demasiados; más que demasiados, muchísimos. Calculó que serían casi una centena, la mayoría, sin duda, de la clase a la que el padre Callahan llamaba «hampones». (Algunas eran hamponas, pero Jake no tenía duda de que la esencia era la misma.) Diseminados entre ellos, todos menos fornidos que las yentes hamponas y algunos tan delgados como floretes de esgrima, con la piel cetrina y el cuerpo envuelto por auras de un tenue color azul, estaban los que debían de ser vampiros.
Acho permanecía pegado a los talones de Jake, con su carita zorruna en tensión, emitiendo un gemido grave.
Ese olor a asado que flotaba en el aire no era de carne de cerdo.
CUATRO
«Debemos dejar tres metros entre los dos siempre que podamos, padre», eso había dicho Jake en el exterior, e incluso cuando se acercaron al maître del atril, Callahan se desplazó hacia la derecha de Jake para la distancia requerida entre ambos.
El muchacho también le había dicho que gritase lo más fuerte que pudiera y durante todo el tiempo que pudiera. Callahan estaba abriendo la boca para hacerlo cuando la voz del Blanco volvió a hablar en su interior. Solo pronunció una palabra, pero fue suficiente.
«Sköldpadda», dijo.
Callahan seguía con la Ruger levantada a la altura de la mejilla derecha. En ese momento metió la mano izquierda en el bolsillo de la pechera. La sensación que le provocó el panorama que tenía ante sus ojos no fue tan reveladora como la de su joven compañero, aunque vio bastante: las anaranjadas antorchas eléctricas de las paredes, las velas en todas las mesas, enclaustradas en unos recipientes de un naranja más chillón, tipo Halloween, y las impecables servilletas. En la parte izquierda del comedor había un tapiz donde se veía a unos caballeros y sus damas sentados a una mesa de banquete alargada. Daba la sensación —Callahan no estaba seguro de cuál era la razón, pues los distintos estímulos y revelaciones eran demasiado sutiles— de que los allí presentes se estuvieran reacomodando después de cierto revuelo: tras un pequeño incendio en la cocina, por ejemplo, o un accidente automovilístico en la calle.
«O después de que una mujer haya tenido un niño —pensó Callahan al tiempo que acercaba la mano a la tortuga—. Eso siempre viene bien para hacer una pequeña pausa entre el aperitivo y los entrantes.»
—¡Ahora! ¡Venga, ka-mais de Gilead! —gritó una voz exaltada y nerviosa. No era una voz humana, Callahan estaba casi seguro de ello. Zumbaba demasiado para ser humana. Callahan vio una especie de híbrido monstruoso entre pájaro y hombre que estaba de pie en el fondo de la habitación. Llevaba unos vaqueros de pierna recta y una camisa blanca sin estampados, pero la cabeza que emergía del cuello de aquella camisa estaba decorada con elegantes plumas de amarillo oscuro. Sus ojos eran como gotas de alquitrán líquido.
—¡A por ellos! —gritó esa horrible y ridícula cosa, y apartó de golpe una servilleta. Debajo había una especie de arma. Callahan supuso que se trataba de una pistola, aunque parecía una de esas que se ven en Star Trek. ¿Cómo se llamaban? ¿Fasers? ¿Paralizadores?
Daba igual. Callahan tenía un arma mucho mejor y quería asegurarse de que todos la vieran. Apartó las sillas y el recipiente de cristal con la vela de una de las mesas más cercanas, luego retiró el mantel como un mago haciendo un truco. Lo último que deseaba era tropezar con un trozo de tela en el momento crucial. Entonces, con una agilidad que le hubiera parecido increíble hacía tan solo una semana, se subió a una de las sillas y de allí a la mesa. En cuanto estuvo encima de la mesa, levantó la sköldpadda, con los dedos en el vientre terso de la tortuga, para que todos le echaran un buen vistazo.
«Podría cantar algo con voz suave —pensó—. Tal vez “Moonlight Becomes You” o “I Left My Heart in San Francisco”.»
En ese momento llevaban exactamente treinta y cuatro segundos en el Dixie Pig.
CINCO
Los profesores de instituto que deben lidiar con un numeroso grupo de alumnos en una sala de estudio o en una reunión de clase dirán que los adolescentes, incluso cuando están recién duchados y peinados, apestan a las hormonas que sus cuerpos se afanan en fabricar. Cualquier grupo de personas en tensión emana un hedor similar, y Jake, con los sentidos despiertos en grado sumo, lo olió en aquel lugar. Cuando pasaron junto al maître del atril («Central del Chantaje», así le gustaba llamar a su padre a ese puesto de trabajo), el aroma de los comensales del Dixie Pig se disipaba, era el olor de las personas que volvían a la normalidad después de una especie de pelea. Sin embargo, cuando el ser que era medio pájaro gritó desde su alejado rincón, Jake captó el olor más intenso que desprendían los clientes. Era un aroma metálico, lo bastante parecido a la sangre como para estimular su genio y sus emociones. Sí, vio a Piolín retirar de golpe la servilleta de la mesa; sí, vio el arma que había debajo; sí, entendió que Callahan, subido a la mesa, era un blanco fácil. Eso preocupaba mucho menos a Jake que el arma con poder de movilización que era la boca de Piolín. El muchacho estaba echando hacia atrás el brazo derecho con la intención de lanzar el primero de sus diecinueve platos y amputar la cabeza que albergaba aquella boca, cuando Callahan levantó la tortuga.
«No funcionará, aquí no», pensó Jake, pero antes de que la idea hubiera alcanzado a formarse en su mente, entendió que sí estaba funcionando. Lo supo por el olor que emanaban los presentes. En él se palpaba la agresividad. Y los pocos que habían empezado a levantarse de su mesa —a los hampones se les agrandaba el orificio rojo de la frente, y a los vampiros se les retraía y se les intensificaba el aura azul— se volvieron a sentar de golpe, como si de pronto hubieran perdido el control de los músculos.
—A por ellos, esos son los que Sayre… —Entonces Piolín dejó de hablar. Tocó la culata de su pistola de alta tecnología con la mano izquierda (si es que se podía llamar «mano» a esa espantosa garra) y luego la dejó caer. El brillo parecía haber abandonado sus ojos.
—Esos son los que Sayre… Sa-Sa-Sayre… —Una nueva pausa. Después, ese ser con aspecto de pájaro dijo—: ¡Oh, sai!, ¿qué es esa hermosura que sostenéis?
—Ya sabes lo que es —respondió Callahan. Jake se estaba moviendo y Callahan, pensando en lo que le había dicho el joven pistolero en el exterior («Asegúrese de que siempre que yo mire a la derecha pueda verle la cara»), bajó de la mesa para desplazarse junto a él, sin dejar de sostener la tortuga en alto. Prácticamente podía paladear el silencio de la habitación, pero…
Pero había otra habitación. Se oían risas socarronas y gritos roncos, de juerga; se trataba de una fiesta, a juzgar por los ruidos, y cercana. A la izquierda, justo detrás del tapiz donde se veía a los caballeros y sus damas en un banquete. «Algo pasa ahí detrás —pensó Callahan—, y apuesto a que no se trata de la noche de la partida de póquer de Elk.»
Oyó la rápida y pesada respiración de Acho, que se colaba por su perpetua sonrisa: era un motorcillo perfecto. Oyó algo más: un traqueteo violento con el sonido de fondo de un tic-tac grave y acelerado. La combinación hizo que le rechinaran los dientes y se le puso la piel de gallina. Algo se ocultaba bajo las mesas.
Acho fue el primero en ver a los insectos que avanzaban, y se quedó inmóvil como un perro de caza, con una pata levantada y el hocico apuntando hacia delante. Durante un instante, la única parte del cuerpo que movió fue la oscura y aterciopelada piel del morro: primero la arrugó para dejar a la vista las apretadas agujas que tenía por dientes, después la relajó para ocultar las fauces y por último volvió a arrugarla.
Los bichos salieron. Fueran lo que fuesen, la tortuga Maturin levantada en la mano del padre no les afectaba. Un tipo obeso con esmoquin de solapas a cuadros escoceses habló con un hilo de voz, en tono casi interrogativo, a los seres con aspecto de pájaro:
—No podían pasar más allá, Meiman, ni podían irse. Nos dijeron que…
Acho salió a la carga, lanzando un gruñido a través de los dientes apretados. Sin duda alguna era un sonido atípico en Acho, a Callahan le recordó a la onomatopeya de un bocadillo de cómic: «¡Arrggg!».
—¡No! —gritó Jake, alarmado—. ¡Acho, no!
Al oír el grito del muchacho, los chillidos y las risas que procedían de detrás del tapiz cesaron de forma abrupta, como si las yentes que estaban allí se hubieran dado cuenta de pronto de que algo había cambiado en la sala principal.
Acho no escuchó el grito de Jake. Aplastó a tres bichos uno tras otro, el crujido de sus caparazones rotos retumbó con una asquerosa nitidez en el nuevo silencio. El brambo no hizo intento alguno de comérselos, sino que se limitó a lanzar al aire sus cadáveres, del tamaño de un ratón, con un golpe de cuello y las mandíbulas abiertas como en una sonrisa.
Los demás bichos se retiraron y regresaron debajo de las mesas.
«Nació para esto —se dijo Callahan—. Puede que todos los brambos nacieran hace tiempo para esto mismo. Nacieron para esto al igual que un terrier nace para…»
Un grito ronco procedente de detrás del tapiz interrumpió esos pensamientos:
—¡Son hum! —gritó alguien, y luego algo más—: ¡Ka-hum!
Callahan tuvo el estúpido impulso de gritar: Gesundheit!*
De pronto, antes de poder gritar eso o cualquier otra cosa, la voz de Roland le invadió la mente.
SEIS
—Jake, vete.
El muchacho se volvió hacia el padre Callahan, desconcertado. Iba caminando con los brazos cruzados, listo para lanzar los ‘Rizas en cuanto se moviera el primer hampón o hampona. Acho había regresado a sus pies, aunque balanceaba la cabeza sin cesar de un lado para otro y tenía los ojos brillantes ante la perspectiva de otra presa.
—¡Vamos juntos! —sugirió Jake—. ¡Están intimidados, padre! ¡Y estamos cerca! La han hecho pasar por aquí… por esta habitación y luego por la cocina…
Callahan no prestaba atención. Seguía sosteniendo la tortuga en alto (como se sostendría una linterna en una gruta profunda) y se había vuelto hacia el tapiz. El silencio que provenía de allí detrás era mucho más terrible que los gritos, las risas enfebrecidas y los gorgoritos. Era un silencio como un arma punzante. Y el muchacho se había detenido.
—Vete mientras puedas —ordenó Callahan, luchando por mantener la calma—. Llega hasta donde ella esté si puedes. Es la orden de tu dinh. Esta es también la voluntad del Blanco.
—Pero usted no puede…
—¡Vete, Jake!
Los hampones y hamponas del Dixie Pig, al margen de que estuvieran o no subyugados por la sköldpadda, murmuraron con disgusto al escuchar ese grito, y sus buenas razones tenían, porque la voz que salió por boca de Callahan no era la suya.
—¡Tienes esta única oportunidad y debes aprovecharla! ¡Encuéntrala! ¡Como dinh, yo te lo ordeno!
Jake abrió los ojos de par en par al oír que la voz de Roland fluía de la garganta de Callahan. Quedó boquiabierto y miró a su alrededor, estupefacto.
Un segundo antes de que el tapiz que tenía a la izquierda fuera arrancado de cuajo, Callahan entendió la macabra broma que contenía, lo que el ojo desatento no habría captado de un primer vistazo: el asado, que era el entrante principal del banquete, tenía forma humana; los caballeros y sus damas estaban comiendo carne humana y bebiendo sangre humana. El tapiz era la representación de una comunión caníbal.
En ese momento, los antiguos que estaban cenando arrancaron el obsceno tapiz y lo quemaron, mientras chillaban a través de los enormes colmillos que dejaban siempre entreabierta su boca deforme. Tenían los ojos negros como la ceguera, la piel de la mejillas y las cejas —incluso la del dorso de las manos— plagada de dientes bestiales. Como los vampiros del salón, estaban envueltos en auras, pero estas tenían un ponzoñoso color violeta tan oscuro que era casi negro. Una suerte de humor les supuraba por el rabillo de los ojos y las comisuras de los labios. Se reían con nerviosismo y muchos, a carcajadas: no parecía que ellos emitieran esos ruidos, sino que los atrapaban del aire como algo desgarrado en vida.
Callahan los conocía. Por supuesto que los conocía. ¿Acaso no lo había enviado uno de su calaña? Allí estaban los verdaderos vampiros, los Tipo Uno, guardados como un secreto y ahora soltados a los intrusos.
La tortuga que Callahan levantaba no los apaciguó lo más mínimo.
Callahan vio a Jake observando, pálido, con los ojos vidriosos y saliéndose de las órbitas por el terror; la visión de esos monstruos le había nublado cualquier propósito que tuviera en mente.
Sin saber lo que iba a salirle de la boca hasta que lo escuchó, Callahan dijo:
—¡Matarán a Acho primero! ¡Lo matarán delante de ti y se beberán su sangre!
Acho ladró al oír su nombre. A Jake se le aclaró la vista al escucharlo, pero Callahan no tenía más tiempo para seguir su trayectoria.
—La tortuga no los detendrá, pero al menos está reteniendo a los otros. Las balas no los detendrán, pero…
Con una sensación de déjà vu —y ¿por qué no?, ya había vivido todo eso antes, en la casa de un chico llamado Mark Petrie—, Callahan se metió la mano por la camisa abierta y sacó el crucifijo que llevaba. El objeto golpeó con un ruido metálico contra la culata de la Ruger y luego quedó colgando debajo del arma. El crucifijo relucía con un destello blanco azulado. Los dos seres antiguos que iban a la cabeza tenían la intención de agarrar al padre y llevarlo hasta donde estaban los demás. Sin embargo, retrocedieron en ese mismo instante, lanzando alaridos de dolor. Callahan vio que se les resquebrajaba la piel y empezaba a licuarse. Esa visión lo llenó de un júbilo desenfrenado.
—¡No os acerquéis a mí! —exhortó—. ¡La fuerza de Dios os lo ordena! ¡La fuerza de Cristo os lo ordena! ¡El ka de Mundo Medio os lo ordena! ¡El poder del Blanco os lo ordena!
No obstante, uno de ellos se abalanzó de forma precipitada hacia delante, era un esqueleto deforme vestido con un antiguo y mohoso traje de gala. Llevaba una especie de condecoración antigua colgada al cuello… ¿La Cruz de Malta, tal vez? Intentó dar un zarpazo con una de sus manos de largas uñas al crucifijo que sostenía Callahan. El padre lo bajó en el último momento, y la garra del vampiro pasó dos centímetros y medio por encima del objeto. Callahan se echó hacia delante sin pensarlo y clavó la punta del crucifijo en la apergaminada y amarillenta piel de ese ser. La cruz de oro se hundió como una brocheta candente en la mantequilla. El ser con el ajado traje de gala lanzó un grito de acuosa sonoridad y de dolorosa consternación, y cayó de espaldas. Callahan volvió a meterse el crucifijo por dentro de la camisa. Durante un instante, antes de que el anciano monstruo se palmoteara la frente con sus zarpas, Callahan vio el orificio que había hecho su crucifijo. A continuación, una sustancia espesa, cremosa y amarillenta empezó a supurar por entre los dedos del antiguo. Le flaquearon las rodillas y cayó al suelo entre dos mesas. Sus compañeros se apartaron de él, gritando de indignación. El rostro del ser empezó a hundirse bajo sus manos retorcidas. Su aura echó el tufillo de una vela apagada y después no quedó más que carne amarillenta y licuada que se extendía como el vómito por las mangas de su chaqueta y las perneras del pantalón.
Callahan avanzó con grandes zancadas hacia los demás monstruos. Ya no tenía miedo. La sombra de la vergüenza, que pesaba sobre él desde que Barlow le había quitado el crucifijo y lo había roto, se había esfumado.
«Libre al fin —pensó—. Libre al fin, Dios todopoderoso, por fin soy libre. —Y luego—: Creo que esta es la redención. Y está bien, ¿verdad? Bastante bien, de hecho.»
—¡Parta eso! —gritó uno de los seres con las manos levantadas para protegerse la cara—. ¡Baratija del dios de los deros, pártala ya, dita sea!
«Sí que es una baratija del dios de los corderos. De ser así, ¿por qué te encoges?»
De haberse enfrentado a Barlow no se hubiera atrevido a responder a ese desafío, habría sido su perdición. En el Dixie Pig, Callahan volvió el crucifijo hacia el ser que había osado hablar.
—No necesito poner a prueba mi fe por el desafío de un ser como vos, sai —espetó, y las palabras resonaron en la habitación. Había obligado a los antiguos a retroceder prácticamente hasta el arco de entrada por el que habían aparecido. A los que iban delante les habían aparecido en las manos y en la cara unos enormes tumores negros que les consumían, como el ácido, su antigua y apergaminada piel—. Y jamás apartaría a un viejo amigo como este en ningún caso. Pero ¿ocultarlo? Sea, si así lo deseáis. —Y volvió a meterse el crucifijo por dentro en la camisa.
Varios vampiros se abalanzaron hacia Callahan de inmediato, sus fauces preñadas de garras tenían dibujada lo que podría haber sido una sonrisa. El padre extendió las manos hacia ellos. Los dedos (y la culata de la Ruger) resplandecían, como si los hubiera sumergido en fuego azul. En cierta forma, los ojos de la tortuga se habían inundado de luz; le brillaba el caparazón.
—¡Apartaos de mí! —gritó Callahan—. ¡La fuerza de Dios os lo ordena!
SIETE
Cuando el terrible chamán se volvió para encararse con los Abuelos, Meiman de los taheen sintió que el encantador poder de atracción de la tortuga disminuía un poco. Vio que el muchacho había desaparecido, y eso lo llenó de desesperación, aunque seguramente habría logrado avanzar y no salir a hurtadillas. De ser así, todo iría bien. Pero si el muchacho encontraba la puerta a Fedic y la utilizaba, Meiman podría verse metido en un buen lío. Porque Sayre daba cuentas a Walter o’ Dim, pero Walter solo daba cuentas al mismísimo Rey Carmesí.
Daba igual. Cada cosa a su tiempo. Primero había que arreglar el lío del chamán. Conseguir que los Abuelos dieran media vuelta. Luego seguir al muchacho, tal vez podría funcionar el gritar que, después de todo, su amigo lo quería…
Meiman (el Hombre Canario para Mia, Piolín para Jake) avanzó sigilosamente, agarró a Andrew —el gordo con el esmoquin de las solapas de cuadros escoceses— con una mano y con la otra a la jilly aún más regordeta. Hizo un gesto hacia Callahan, que estaba de espaldas.
Tirana sacudió la cabeza con decisión. Meiman abrió el pico y le silbó. Ella se apartó de él. Detta Walker ya había puesto los dedos en la máscara que llevaba Tirana y colgaba, hecha jirones, de su mandíbula y cuello. En el centro de la frente se abría y cerraba una herida roja, como la agalla de un pez muerto.
Meiman se volvió hacia Andrew, lo soltó durante el tiempo suficiente para señalar al chamán, y pasó la garra que le servía como mano por su cuello plumífero con un gesto forzadamente expresivo. Andrew asintió en silencio y apartó las rechonchas manos de su mujer cuando esta intentó retenerle. La expresión de humanidad fue lo bastante clara para transmitir que el hampón con el esmoquin chabacano estaba reuniendo valor. A continuación dio un salto hacia delante con un grito ahogado y agarró a Callahan por el cuello, no con las manos, sino con sus rechonchos antebrazos. Al mismo tiempo, su jilly se lanzó hacia delante, propinó un golpe a la tortuga que el padre tenía en las manos, y gritó al hacerlo. La sköldpadda cayó sobre la alfombra roja, llegó rebotando bajo una de las mesas, y allí (como un barco de papel, de esos que muchos de vosotros recordaréis) desaparece de esta historia para siempre.
Los Abuelos seguían sin avanzar, al igual que los vampiros Tipo Tres que estaban cenando en el comedor principal, pero los hampones y hamponas percibieron la debilidad y avanzaron, primero de forma dubitativa y luego con una seguridad creciente. Rodearon a Callahan, se detuvieron, y luego se abalanzaron sobre él todos a una.
—¡Soltadme, en el nombre de Dios! —gritó Callahan, pero, por supuesto, no sirvió de nada. A diferencia de los vampiros, los seres con la herida roja en la frente no reaccionaban ante el nombre del dios de Callahan. Lo único que le quedaba era esperar que Jake no se detuviera, ni que decir tiene que volviera sobre sus pasos; que Acho y él volaran como el viento hacia Susannah. Que la salvaran si podían. Que murieran con ella si no lo conseguían. Y que mataran a su bebé, si tenían oportunidad. Que Dios se apiadase de él, pero se había equivocado al pensar esto último. Tendrían que haber acabado con la vida del bebé en el Calla, cuando tuvieron oportunidad.
Algo le golpeó con fuerza en el cuello. Ahora los vampiros podrían acercarse, con o sin crucifijo. Se abalanzarían sobre él como los tiburones que eran en cuanto les llegara el primer tufillo de su sangre vital. «Dios mío, ayúdame, dame fuerzas», pensó Callahan y sintió el flujo de la fuerza en su interior. Se movió hacia la izquierda cuando las zarpas le desgarraron la camisa y la dejaron hecha jirones. Durante un instante logró liberar la mano derecha, y todavía sujetaba la Ruger. La dirigió hacia el rostro de gesto esforzado, sudoroso y congestionado por el odio del gordo llamado Andrew y colocó el cañón de la pistola (que, en un pasado lejano, el padre de Jake, ejecutivo de televisión bastante obsesivo, había comprado para proteger su hogar) contra la blanda y roja herida de la frente del hampón.
—Nooo, ¡no l’agas! —gritó Tirana, y al tiempo que se acercaba a la pistola, la pechera de su vestido reventó y sus enormes pechugas quedaron al aire. Estaban recubiertas por una burda pelambrera.
Callahan apretó el gatillo. La detonación de la Ruger en el salón fue ensordecedora. La cabeza de Andrew estalló como una vasija llena de sangre, y salpicó a las criaturas que se habían amontonado tras él. Se escucharon gritos de horror y estupefacción. Callahan tuvo tiempo de pensar: «Se suponía que no tenía que ser así, ¿verdad? —Y también—: ¿Con esto basta para que me hagan miembro del club? ¿Ya soy un pistolero?».
Tal vez no. Pero allí estaba el hombre pájaro, de pie, justo delante de él, entre dos mesas, abriendo y cerrando el pico, el cuello se le hinchaba y se le deshinchaba visiblemente por la agitación.
Callahan sonrió, se apoyó en un codo mientras la sangre de su garganta desgarrada se derramaba sobre la alfombra y apuntó con la Ruger de Jake.
—¡No! —gritó Meiman, llevándose las maltrechas manos hacia la cara con un vano gesto de protección—. No, no, no puedes…
«Claro que puedo», pensó Callahan con regocijo infantil, y volvió a disparar. Meiman dio dos pasos tambaleantes hacia atrás, luego un tercero. Chocó con una mesa y se desplomó sobre ella. Tres plumas amarillas salieron revoloteando hacia arriba, con una perezosa oscilación.
Callahan escuchó aullidos desaforados, no de rabia ni de miedo, sino de hambre. El olor a sangre por fin había penetrado por las hastiadas fosas nasales de los antiguos, y ya nada los detendría. Así que, si no quería acabar siendo uno de ellos…
El padre Callahan, otrora padre Callahan de Salem’s Lot, volvió el cañón de la Ruger hacia sí mismo. No perdió tiempo buscando la eternidad en la oscuridad del cañón, sino que se lo apoyó con fuerza debajo de la barbilla.
—¡Salve, Roland! —exclamó, y supo
(la ola los eleva la ola)
que lo habían escuchado.
—¡Salve, pistolero!
Apretó el dedo del gatillo cuando los monstruos ancestrales cayeron sobre él. Quedó enterrado por el hedor de su aliento frío y exangüe, pero no se dejó intimidar por él. Jamás se había sentido más fuerte. Los años más felices de su existencia habían sido los que vivió como mero vagabundo, no como sacerdote, sino simplemente como Callahan de los Caminos, y sintió que pronto sería liberado para retomar esa vida y vagar a placer, con los deberes cumplidos, y eso estaba bien.
—Que encuentres tu Torre, Roland, y que penetres en ella, y ¡que subas hasta lo más alto!
Los dientes de sus viejos enemigos, esos viejos hermanos y hermanas de un ser que se hacía llamar a sí mismo Kurt Barlow, se clavaron en él como lancetas. Callahan no lo sintió. Estaba sonriendo mientras apretaba el gatillo y escapaba de ellos para siempre.

CAPÍTULO II
ELEVADOS POR LA OLA
UNO
Mientras se alejaban por la carretera de montaña que los había llevado hasta la casa del escritor en la ciudad de Bridgton, Eddie y Roland pasaron junto a una ranchera de color naranja con las palabras SERVICIO DE MANTENIMIENTO DE LA CENTRAL ELÉCTRICA DE MAINE pintadas en un lateral. Por allí cerca, un hombre con casco y chaleco reflectante de color naranja estaba talando las ramas que amenazaban con caer sobre los tendidos eléctricos. ¿Acaso en ese momento Eddie notó algo, una especie de fuerza creciente? ¿Tal vez precursora de la ola que descendía desde el Camino del Haz hacia ellos? Eso se le ocurriría más tarde, aunque no podía asegurarlo. Dios sabía que ya se había sentido bastante raro, y ¿por qué no? ¿Cuántas personas llegaban a conocer a sus creadores? Bueno… Stephen King no había creado a Eddie Dean, un joven cuya Co-Op City resultaba estar en Brooklyn en lugar de en el Bronx; todavía no, no en el año 1977, aunque Eddie tenía la sensación de que, pasado cierto tiempo, King lo crearía. ¿Cómo si no iba a estar él allí?
Eddie se detuvo delante de la furgoneta de mantenimiento, bajó del vehículo y le preguntó al hombre sudoroso con la podadora en las manos cómo ir a Turtleback Lane, en la ciudad de Lovell. El tipo de la Central Eléctrica de Maine le dio la indicación de muy buena gana y añadió:
—Si de verdad quieren llegar a Lovell hoy, tendrán que ir por la Ruta 93. Algunos la llaman el Camino de la Ciénaga.
Levantó una mano hacia Eddie y sacudió la cabeza como anticipándose a una réplica, aunque Eddie no había dicho ni una palabra desde que había formulado la pregunta.
—Son once kilómetros más, lo sé, y la muy puñetera está llena de baches, pero hoy no se puede pasar por East Stoneham. La poli lo ha bloqueado todo. Están los guardas forestales, los paletos de por aquí, e incluso el Departamento del Sheriff del Condado de Oxford.
—Está de guasa —dijo Eddie. Parecía una respuesta bastante prudente.
El electricista sacudió la cabeza con gravedad.
—Nadie sabe qué ha ocurrido exactamente, pero ha habido tiros, puede que con armas automáticas, y explosiones. —Se dio una palmadita en el radiotransmisor maltrecho y lleno de serrín que llevaba prendido en el cinturón—. Esta tarde he escuchado esa palabra que empieza por t una o dos veces. No es que me pille por sorpresa, vamos.
Eddie no tenía in idea qué era «esa palabra que empieza por t», pero sabía que Roland quería irse. Percibía mentalmente la impaciencia del pistolero; casi podía ver el impaciente gesto de girar la mano de Roland, el que significaba «venga, vamos».
—Me vengo a referir al terrorismo —dijo el electricista, y a continuación habló en voz baja—: La gente no cree que esa mierda pueda ocurrir en los Estados Unidos, amigo, pero yo tengo noticias frescas: sí que puede ocurrir. A lo mejor no ocurre hoy, pero sí tarde o temprano. Alguien va a volar por los aires la estatua de la Libertad o el Empire State Building, eso creo yo; los fachas, los rojos o los putos árabes. Hay demasiados chiflados.
Eddie, quien tenía un ligero conocimiento histórico que superaba en una década al de ese tipo, asintió.
—Seguramente tiene razón. En todo caso, gracias por la información.
—Yo solo lo decía para que se ahorrasen tiempo. —Y, cuando Eddie abrió la puerta del conductor del Ford sedán de John Cullum—: ¿Ha estado en una pelea, señor? Tiene la nariz como tapada. Además, cojea.
Eddie había estado en una pelea, claro: lo habían herido en el brazo y le habían golpeado la pantorrilla derecha. Ninguna de las dos heridas era grave, y con el precipitado devenir de los acontecimientos casi las había olvidado. En ese momento volvieron a dolerle. ¿Por qué puñetas habría rechazado el frasco de píldoras de Percocet de Aaron Deepneau?
—Sí —respondió—, por eso voy a Lovell. El perro de un tío me ha mordido. Él y yo vamos a tener unas palabritas sobre eso. —Una historia extravagante, no serviría como argumento de una trama, pero Eddie no era escritor. Ese era el trabajo de King. En cualquier caso, era lo bastante buena para devolverlo al volante del Ford Galaxie de Cullum antes de que el electricista le hiciera más preguntas, y Eddie consideró que eso la convertía en un éxito. Se alejó conduciendo deprisa.
—¿Te ha indicado cómo llegar? —preguntó Roland.
—Sí.
—Bien. Se está resquebrajando todo al mismo tiempo, Eddie. Tenemos que llegar hasta Susannah lo antes posible. Jake y el padre Callahan también. Y el bebé ya llega, sea lo que sea. Puede que ya haya llegado.
«Gire a la derecha cuando vuelva a salir a la carretera de Kansas», le había dicho el electricista a Eddie (Kansas, la de Dorita, Toto y la tía Emm, se está resquebrajando todo al mismo tiempo), y así lo hizo. Eso los puso rumbo al norte. El sol se había ocultado tras lo árboles que quedaban a su izquierda, lo que dejó envuelto en sombras el asfalto de dos carriles. Eddie había tenido una sensación casi palpable de que el tiempo se le escurría entre los dedos como una tela carísima, demasiado sedosa para atraparla. Pisó el acelerador del viejo Ford de Cullum, que, pese a sus válvulas espasmódicas, aceleró un poco. Eddie consiguió ponerlo a noventa y lo clavó ahí. Podría haber aumentado la velocidad, pero la carretera de Kansas tenía muchas curvas y no estaba en buen estado.
Roland se había sacado del bolsillo de la camisa una hoja de libreta, la había desdoblado y la estaba estudiando (aunque Eddie dudaba de que el pistolero supiera leer todo el documento; las palabras escritas de ese mundo siempre serían, en gran medida, un misterio para él). En el encabezado de la hoja, encima de la letra bastante temblorosa, aunque del todo legible, de Aaron Deepneau (y de la importantísima firma de Calvin Torre), estaba el dibujo de un sonriente castor y la frase QUE NO SE ME OLVIDE CON LAS PRESAS. Era el juego de palabras más absurdo del mundo.
«No me gustan las preguntas tontas, no pienso participar en juegos tontos», pensó Eddie, y sonrió de pronto. Era una opinión que Roland todavía mantenía, Eddie estaba bastante seguro de ello, pese al hecho de que, mientras iban montados en Blaine el Mono, unas cuantas preguntas tontas les habían salvado la vida. Eddie abrió la boca para comentar que lo que podría convertirse perfectamente en el documento más importante de la historia mundial —más importante que la Carta Magna o la Declaración de Independencia de los Estados Unidos o la Teoría de la Relatividad de Albert Einstein— tenía el encabezamiento de un estúpido juego de palabras, ¿cómo le dejaría eso el cuerpo a Roland? Sin embargo, antes de que pudiera pronunciar ni un solo vocablo, la ola los golpeó.
DOS
Se le resbaló el pie del acelerador, y fue para bien. De haberlo dejado allí, tanto Roland como él habrían salido heridos, puede que hubieran muerto. Cuando llegó la ola, mantener el control del Ford Galaxie de John Cullum desapareció de la lista de prioridades de Eddie Dean. Fue como ese momento en que la montaña rusa ha culminado la primera ascensión, duda durante un instante… se inclina… y cae en picado… y uno cae sintiendo una ráfaga repentina de aire caliente estival en la cara, presión en el pecho y el estómago flotando en algún lugar de por allá atrás.
En ese instante, Eddie se dio cuenta de que todo el contenido del coche de Cullum estaba suelto y flotando: cenizas de tabaco de pipa, dos lápices y un clip del salpicadero, el dinh de Eddie y el ka-mai de su dinh: el bueno de Eddie Dean. ¡Pues claro que había perdido el estómago! (No se dio cuenta de que el propio coche, que se había desviado hacia el arcén hasta detenerse, también estaba flotando, cabeceando con pereza hacia atrás y hacia delante, a unos doce o quince centímetros del suelo, como una barquita en un mar invisible.)
Después, la carretera de montaña flanqueada por árboles desapareció. Bridgton desapareció. El mundo desapareció. Eddie escuchó el sonido de las campanillas de exotránsito, repulsivo y nauseabundo, y sintió el deseo de apretar los dientes como gesto de protesta… pero sus dientes también desaparecieron.
TRES
Al igual que Eddie, Roland tenía una clara sensación de que lo habían elevado para dejarlo colgado, como un objeto que había perdido su anclaje con la gravedad terrestre. Escuchó las campanillas y sintió que ascendía y atravesaba el muro de la existencia, pero entendió que no era un exotránsito real; al menos, no del tipo que habían experimentado antes. Este era, casi con total seguridad, lo que Vannay llamaba aven kal, palabras que significaban «elevado por el viento» o «elevado por la ola». Salvo que la forma kal, en lugar de la más común kas, se refería a una fuerza natural de proporciones desastrosas: no el viento, sino un huracán; no una ola, sino un tsunami.
«El mismísimo Haz desea hablaros, Charlatán —dijo Vannay en su cabeza; Charlatán, era el apodo sarcástico que Vannay le había puesto porque el chico de Steven Deschain era muy reservado. Su renqueante e inteligente tutor había dejado de usarlo (seguramente por insistencia de Cort) el año en que Roland había cumplido once años—. Harías bien en escucharlo si te habla.»
«Lo escucharé con atención», respondió Roland, y lo dejaron caer. Le dieron arcadas, se sentía ingrávido y mareado.
Se oyeron más campanillas. Entonces, de súbito, volvía a estar flotando, esta vez por encima de una habitación llena de camas vacías. Una mirada bastó para asegurarle que ese era el lugar al que los lobos llevaban a los niños que raptaban en los Callas de las tierras fronterizas. Al fondo de la estancia…
Una mano lo agarró del brazo, algo que Roland habría considerado imposible en ese estado. Miró hacia la izquierda y vio a Eddie junto a él, flotando desnudo. Ambos estaban desnudos, sus ropas habían quedado atrás, en el mundo del escritor.
Roland ya había localizado lo que Eddie señalaba. Al fondo de la habitación, habían juntado dos camas. Una mujer blanca yacía sobre una de ellas. Tenía las piernas —las mismas que Susannah había utilizado en su visita de exotránsito a Nueva York, a Roland no le cabía duda— abiertas de par en par. Un mujer con la cabeza de rata —una de los taheen, el pistolero tuvo la certeza— estaba inclinada entre las extremidades.
Junto a la mujer blanca había otra de piel oscura cuyas piernas acababan justo por debajo de las rodillas. Sin importar si estaba o no flotando desnudo, con ganas de vomitar o no, en exotránsito o no, Roland jamás se había sentido tan feliz de ver a alguien. Eddie sentía lo mismo. Roland lo oyó gritar de felicidad en su cabeza y alargó una mano para calmar al joven muchacho. Tenía que calmarlo, porque Susannah los estaba mirando, casi con total seguridad los había visto, y si les hablaba, Roland tenía que escuchar todas las palabras que les dijera. Porque aunque esas palabras salieran de su boca, sería muy probable que quien hablara fuera el Haz; la voz del Oso o la de la Tortuga.
Ambas mujeres llevaban capuchas metálicas en la cabeza. Estaban conectadas por una alargada manguera de acero segmentado.
«Debe de ser una especie de fusión mental de Vulcano —comentó Eddie, ocupando nuevamente el centro de la cabeza de Roland y apartando todo lo demás—. O puede que…»
«¡Chitón! —le interrumpió Roland—. ¡Chitón, Eddie, por la gloria de tu padre!»
Un hombre que llevaba una bata blanca agarró un par de fórceps de aspecto cruento de una bandeja y apartó de un empujón a la enfermera taheen con cabeza de rata. Se inclinó hacia delante y echó un vistazo entre las piernas de Mia, mientras levantaba los fórceps por encima de su cabeza. Por allí cerca, con una camiseta que llevaba estampadas unas palabras del mundo de Eddie y Susannah, había un taheen con la cabeza de una feroz ave marrón.
«Advertirá nuestra presencia —pensó Roland—. Si nos quedamos el tiempo suficiente, sin duda advertirá nuestra presencia y dará la alarma.»
Sin embargo, Susannah lo estaba viendo con la mirada enfebrecida bajo la sujeción de la capucha. Tenía la mirada iluminada por la comprensión. Los veía, sea, digo verdad.
Dijo una sola palabra, y en un segundo de intuición inexplicable aunque del todo fiable, Roland entendió el vocablo pronunciado, no por Susannah, sino por Mia. Aunque también era la voz del Haz, una fuerza lo bastante sensible para entender la grave amenaza de la que era víctima, y para desear autoprotegerse.
«Chassit» fue la palabra que pronunció Susannah; Roland la escuchó en su cabeza porque eran ka-tet y an-tet; también vio cómo se formaba sin emitir sonido alguno en sus labios mientras ella alzaba la vista hacia el lugar donde estaban flotando. Eran espectadores de algo que estaba ocurriendo en otro donde y otro cuando en ese preciso instante.
El taheen con cabeza de halcón alzó la vista, tal vez siguiendo la mirada de Susannah, tal vez al escuchar las campanillas con su agudeza auditiva, predeterminada por la naturaleza. Entonces, el médico bajó los fórceps y los metió por debajo de la túnica de Mia. Ella chilló. Susannah chilló con ella. Y como si la fuerza de la suma de esos gritos hubiera podido empujar el ser esencialmente incorpóreo de Roland, como una vaina de algodoncillo que viaja en brazos de una ráfaga de viento de octubre, el pistolero sintió que se elevaba de forma violenta, que perdía el contacto con ese lugar mientras ocurría, pero se aferró a aquella única palabra. Le trajo el claro recuerdo de su madre inclinada sobre él mientras estaba en la cama. Había sido en la habitación multicolor, en la sala cuna, y, por su puesto, ahora entendía el porqué de los colores que solo había aceptado de niño, como los niños de pecho lo aceptan todo tras un tortazo: con un asombro ciego, con la suposición tácita de que todo es mágico.
Las ventanas de la sala cuna eran unas vidrieras de colores con las Bandas del Arco iris, claro. Recordó a su madre inclinándose sobre él, con el rostro coloreado por una encantadora y variopinta luz, con la capucha echada hacia atrás, de forma que él podía recorrer la curva de su cuello con sus ojos de niño
(«todo es mágico»)
y el alma de un amante; recordó haber pensado que la cortejaría y se la quitaría a su padre, si ella lo hubiera aceptado; que se casaría con ella, tendrían hijos y vivirían juntos para siempre en un reino de cuento llamado Todoesresplandor. Y que ella le cantaría, que Gabrielle Deschain le cantaría a su niñito de los ojazos que la miraban con solemnidad, con la cabeza apoyada en la almohada, y la cara ya tintada por los muchos y confusos colores de su vida errante, una cancioncilla cadenciosa que sonaba así:
Mi hortelanito, mi niñito,
Mi pequeño, trae las bayas, presto.
¡Chussit, chissit, chassit!
¡Trae bastantes para llenar tu cesto!
«Bastantes para llenar mi cesto», pensó Roland, ingrávido, surcando la oscuridad y escuchando el terrible tintineo de las campanillas de exotránsito. Las palabras no eran una simple tontería, sino números antiguos. Chussit, chissit, chassit: diecisiete, dieciocho, diecinueve.
«Chassit es diecinueve —pensó—. Claro, todo es diecinueve.» A continuación, Eddie y él volvían a estar en la luz, una luz anaranjada y enfebrecida, y allí estaban Jake y Callahan. Incluso vio a Acho junto al talón izquierdo de Jake, con el pelaje erizado y la piel del hocico arrugada para enseñar los dientes.
«Chussit, chissit, chassit —pensó Roland mientras miraba a su hijo, ¡un niño tan pequeño y terriblemente superado en número en el salón comedor del Dixie Pig!—. Chassit es diecinueve. Bastantes para llenar mi cesto. Pero ¿qué cesto? ¿Qué significa?»
CUATRO
En el arcén de la carretera de Kansas, en Bridgton, el Ford de doce años de John Cullum (con 2.560 kilómetros en el cuentakilómetros, y eso que no había empezado más que a calentar, como le gustaba decir a Cullum) se balanceaba con languidez hacia delante y hacia atrás sobre el blando arcén. Las ruedas delanteras primero tocaban el suelo y después se levantaban, de forma que las ruedas traseras besaban durante un breve instante el polvo. En el interior, dos hombres que no solo parecían inconscientes, sino transparentes, se dejaban voltear con languidez por el movimiento del coche, como cadáveres en un barco hundido. Y a su alrededor flotaban los escombros que se acumulan en cualquier coche viejo de uso intensivo: las cenizas, bolígrafos y libretas, el cacahuete más antiguo del mundo, un penique en el asiento trasero, agujas de pino de las alfombrillas del suelo e incluso una de las alfombrillas. En la oscuridad de la guantera, los objetos traqueteaban con timidez contra la puertecilla cerrada.
Sin duda, alguien que pasara por allí se habría quedado de piedra al ver todas esas cosas —¡y a esas personas! ¡Unas personas que podrían estar muertas!— flotando en el coche como los restos ingrávidos en el interior de una cápsula espacial. Pero no pasó nadie por allí. Los que vivían a la orilla del Long Lake, en su mayoría, estaban mirando al otro lado del lago, hacia East Stoneham, aunque, en realidad, ya no había nada más que ver. Incluso el humo había desaparecido casi por completo.
El coche flotaba con ociosidad y, en su interior, Roland de Gilead levitó con lentitud hacia el techo, y su cuello quedó presionado contra la sucia tapicería de la capota y las piernas abandonaron el asiento delantero para quedar tras de sí. Eddie se quedó en su sitio en un principio, gracias al volante, pero luego, unos movimientos aleatorios del coche hacia los lados lo liberaron y también se elevó, con la cara fláccida y adormecida. Un hilillo plateado de baba se le escapó por la comisura de los labios y salió flotando, brillante y lleno de burbujitas diminutas, pegado a una mejilla manchada de sangre.
CINCO
Roland sabía que Susannah lo había visto, seguramente también habría visto a Eddie. Por eso se había esforzado tanto por pronunciar aquella única palabra. Sin embargo, Jake y Callahan no vieron a ninguno de los dos. El muchacho y el padre habían entrado en el Dixie Pig, una acción que podía considerarse o bien valerosa o bien descabellada, y ahora toda su concentración estaba centrada en lo que habían encontrado allí.
Sin importarle que hubiera sido imprudente o no, Roland sentía un feroz orgullo por Jake. Vio que el muchacho había dejado canda entre Callahan y él: esa distancia (nunca la misma en dos situaciones distintas) que garantiza que un par de pistoleros superados en número por el enemigo no puedan caer derribados por un mismo disparo. Ambos se habían preparado para la lucha. Callahan empuñaba la pistola de Jake… y había algo más: una especie de talla. Roland estaba casi seguro de que era un can-tah, uno de los dioses menores. El muchacho tenía los ’Rizas de Susannah y su bolsa de cáñamo, recuperada de saben los dioses dónde.
El pistolero descubrió a una mujer obesa cuya humanidad acababa en el cuello. Por encima de su trío de rechonchas papadas, la máscara que llevaba le colgaba hecha jirones. Al mirar a la que tenía cara de rata, Roland entendió, de pronto, bastantes cosas. Algunas se habrían aclarado antes de no haber tenido la atención centrada —como el muchacho y el padre en ese mismo instante— en otras cuestiones.
Los hampones de Callahan, por ejemplo. Bien podrían haber sido taheen, criaturas que no eran ni del Prim ni del mundo de la naturaleza, sino seres mal concebidos de algún lugar entre los dos. Sin duda no eran la clase de seres que Roland llamaba mutantes lentos, porque esos habían aparecido como resultado de las guerras desacertadas y los experimentos desastrosos de los antiguos. No, podían ser taheen auténticos, en ciertas ocasiones conocidos como pueblo tercero o can-toi, y sí, Roland tendría que haberse dado cuenta antes. ¿Cuántos taheen servían en ese momento al ser conocido como Rey Carmesí? ¿Unos cuantos? ¿Muchos?
¿Todos?
Si la tercera era la respuesta correcta, Roland consideró que el camino a la Torre sería tortuoso. Sin embargo, mirar más allá del horizonte no era típico del pistolero y, en este caso, su falta de imaginación resultaba, sin duda, una bendición.
SEIS
Vio lo que necesitaba ver. Aunque los can-toi —los hampones de Callahan— habían rodeado a Jake y al padre por todas partes (ninguno de los dos había visto siquiera a la pareja que se encontraba tras ellos, los que habían estado vigilando las puertas de la calle Sesenta y uno), Callahan los había paralizado con la talla. Ocurría lo mismo que la vez en que Jake había logrado paralizar y fascinar a la gente con la llave que había encontrado en el solar vacío. Un taheen amarillo con el cuerpo de hombre y la cabeza de pájaro tenía una especie de pistola a su alcance, pero no hizo esfuerzo alguno para agarrarla.
Con todo, había otro problema, un problema que la vista de Roland, entrenada para captar cualquier posible trampa o emboscada, percibió de inmediato. Vio la blasfema parodia de La última comunión de Eld en la pared y entendió su importancia un segundo antes de que fuera arrancada. Y ese olor: no era simplemente carne, era carne humana. Esto también lo habría entendido antes de haber tenido tiempo para pensar en ello… si la vida en Calla Bryn Sturgis le hubiera dejado un poco más de tiempo para pensar. En el Calla, como en una novela, la vida había sido una maldita sucesión incesante de acontecimientos.
Sin embargo, ahora estaba bastante claro, ¿verdad? Los hampones podrían no ser más que taheen; los ogros de un niño, si a bien tienes. Los que estaban detrás del tapiz eran los que Callahan llamaba vampiros Tipo Uno y a quienes Roland conocía como los Abuelos, quizá los supervivientes más repulsivos y poderosos de la antigua retirada del Prim. Y mientras esos taheen podían mantenerse contenidos tal como estaban, mirando boquiabiertos el sigul que levantaba Callahan, los Abuelos no perderían ni un minuto en echarle un segundo vistazo.
En ese momento, los ruidosos bichos empezaron a salir de debajo de la mesa. Eran de una clase que Roland ya había visto antes, y cualquier duda que pudiera haber albergado todavía sobre lo que había detrás de aquel tapiz se disipó al verlos. Eran parásitos, chupasangres, ladillas: las pulgas de los Abuelos. Sin duda inofensivos mientras hubiera un brambo presente, pero, claro, cuando se veía a los matasanos en esa cantidad, los Abuelos no podían andar muy lejos.
Mientras Acho arremetía contra los bichos, Roland de Gilead hizo lo único que se le ocurrió: se sumergió en Callahan.
Penetró en Callahan.
SIETE
«Padre, estoy aquí.»
«Sea, Roland. ¿Qué…?»
«No hay tiempo. SÁQUELO DE AQUÍ. Tiene que hacerlo. ¡Sáquelo de aquí mientras haya tiempo!»
OCHO
Y Callahan lo intentó. El muchacho, por supuesto, no quería irse. Roland, mirándolo a través de los ojos del padre, pensó con cierta amargura: «Debería haberlo educado mejor en la traición. Aun así, todos los dioses saben que lo hice lo mejor que pude».
—Vete mientras puedas —aconsejó Callahan a Jake, luchando por encontrar la calma—. Llega hasta donde está ella si puedes. Es la orden de tu dinh. Es también la voluntad del Blanco.
Esto debería haber hecho que se moviera, pero no fue así, protestó —dioses, ¡era casi tan cabezota como Eddie!— y Roland no podía esperar más.
«Padre, permítame.»
Roland tomó el control sin esperar una respuesta. Ya podía sentir que la ola, la aven kal, empezaba a retroceder. Y los Abuelos llegarían en cualquier momento.
—¡Vete, Jake! —gritó, utilizando la boca del padre y sus cuerdas vocales como un altavoz. Si hubiera pensado en cómo se puede hacer algo así, se habría perdido por completo, pero pensar en las cosas no había sido nunca algo típico de él, y se sintió agradecido de que el muchacho abriera los ojos de par en par. «Tienes esta única oportunidad y debes aprovecharla. ¡Encuéntrala! ¡Como dinh, yo te lo ordeno!»
A continuación, como en la sala del hospital con Susannah, se sintió una vez más propulsado hacia delante como un objeto sin peso, expulsado de un soplo de la mente y el cuerpo de Callahan, como un fragmento de tela de araña o una pelusa de diente de león. Durante un instante intentó sacudirse para retroceder, como un nadador que intenta resistirse a una corriente fuerte el tiempo suficiente para llegar a la orilla, pero fue imposible.
«¡Roland! —era la voz de Eddie y estaba llena de desesperación—. ¡Jesús bendito, Roland! ¡¿Qué son esas cosas, por el amor de Dios?!»
Habían arrancado el tapiz. Las criaturas que salieron a toda prisa de allí eran ancianas y monstruosas, sus rostros endemoniados estaban cubiertos de dientes que iban creciendo de forma desenfrenada, se les abría la boca por unas garras que tenían el grosor de las muñecas del pistolero. Tenían las mejillas arrugadas y con barba de tres días, con sangre y jirones de carne.
Y aun así —¡dioses, oh, dioses!—, ¡el muchacho seguía allí!
—¡Matarán a Acho primero! —gritó Callahan, salvo que Roland no creía que fuera Callahan. Creía que se trataba de Eddie, utilizando la voz de Callahan, como ya había hecho él mismo. De algún modo, Eddie había encontrado corrientes más fáciles o más fuerza. La suficiente para introducirse después de que Roland fuera expulsado—. ¡Lo matarán delante de ti y se beberán su sangre!
Al final fue suficiente. El muchacho se volvió y escapó con Acho corriendo tras él. Ahuecó el ala justo delante del taheen pájaro y dos de las yentes hamponas, pero ninguno de ellos hizo esfuerzo alguno por atraparlo. Seguían quietos mirando la tortuga levantada en la palma de la mano de Callahan, hipnotizados.
Los abuelos no prestaron atención al muchacho a la fuga, como Roland sabía con certeza que harían. Sabía por la historia del padre Callahan que uno de los abuelos había llegado a la pequeña ciudad de Salem’s Lot, donde el padre había predicado durante algún tiempo. El padre había sobrevivido a la experiencia —nada común para las personas que se enfrentaban a esa clase de monstruos después de perder sus armas y siguls de poder—, pero el ser lo había obligado a beber su sangre contaminada antes de dejarlo marchar. Lo había marcado para esos otros monstruos.
Callahan sostenía su sigul en forma de cruz hacia ellos, pero antes de que Roland pudiera ver nada más, volvió a sentirse absorbido por la oscuridad. Las campanillas empezaron a sonar de nuevo, lo estaban enloqueciendo con su espantoso tintineo. En algún lugar, a un volumen bajo, pudo oír a Eddie gritar. Roland se dirigió hacia él en la oscuridad, rozó el brazo del chico, lo perdió, encontró su mano y la agarró. Dieron vueltas y más vueltas, cogidos de la mano, intentando no separarse, esperando no perderse en la negrura sin puertas entre los mundos.

CAPÍTULO III
EDDIE HACE UNA LLAMADA
UNO
Eddie volvió al viejo coche de John Cullum como solía despertar en algunas ocasiones de las pesadillas cuando era adolescente: hecho un lío y temblando de miedo, totalmente desorientado, sin la certeza de saber quién era, ni qué decir tiene dónde estaba.
Tuvo un segundo para darse cuenta de que, aunque pareciera increíble, Roland y él estaban flotando uno en brazos de otro como gemelos no natos en el útero, solo que no estaban en un útero. Un bolígrafo y una libreta se balanceaban delante de sus narices. También una caja amarilla que, según vio, era una cinta de ocho pistas. «No pierdas el tiempo, John —pensó—. Esto no tiene continuidad, es el trasto con menos porvenir de la historia.»
Algo le raspaba la nuca. ¿Sería el piloto de la luz de cortesía del viejo y ajado Galaxie de John Cullum? ¡Por Dios!, se le ocurrió que podía ser…
La gravedad se restableció y ellos cayeron, con una lluvia de objetos fútiles sobre sus cabezas. La alfombrilla que había estado flotando en la cabina del Ford aterrizó doblada sobre el volante. Eddie se golpeó la cintura con el respaldo del asiento delantero y un ronco quejido salió propulsado de sus labios al aire. Roland aterrizó junto a él, sobre la cadera mala. Lanzó un único grito enloquecido y empezó a volver al asiento delantero.
Eddie abrió la boca para hablar. Antes de poder hacerlo, la voz de Callahan le inundó la cabeza: «¡Salve, Roland! ¡Salve, pistolero!».
¿Cuánto esfuerzo físico le habría costado al padre hablar desde ese otro mundo? Al fondo se oían, con vaguedad pero se oían, unos gritos bestiales y triunfantes. Aullidos que no eran exactamente palabras.
Los ojos abiertos como platos y deslumbrados de Eddie se encontraron con los de Roland, de un azul desvaído. Alargó la mano para alcanzar la izquierda del pistolero, pensando: «Va a irse. Dios mío, creo que el padre va a irse».
«Que encuentres tu Torre, Roland, y que penetres en ella…»
—… y que subas hasta lo más alto —dijo Eddie en un suspiro.
Habían regresado al coche de John Cullum y Eddie había aparcado —torcido, pero con la suficiente tranquilidad— en el arcén de la carretera de Kansas, en las sombrías y primeras horas de una tarde de verano. Sin embargo, lo que Eddie vio fue la infernal luz anaranjada de ese restaurante que no era tal, sino un antro de caníbales. La idea de que esas cosas pudieran existir, de que la gente pasara junto a su escondite todos y cada uno de los días sin saber lo que había dentro, sin sentir la mirada de los ojos codiciosos que tal vez los marcaban y los evaluaban…
Entonces, antes de que pudiera seguir pensando, gritó de dolor cuando unos dientes fantasmales se le clavaron en el cuello, las mejillas y el diafragma; las ortigas le besaron con violencia en los labios y le ensartaron los testículos. Chilló, asiéndose al aire con la mano que tenía libre, hasta que Roland se la agarró y lo obligó a bajar.
—Basta, Eddie, basta. Se han ido. —Silencio. La conexión se cortó y el dolor se mitigó. Roland tenía razón, por supuesto. A diferencia del padre, ellos habían escapado. Eddie vio que Roland tenía los ojos vidriosos por las lágrimas—. Él también se ha ido. El padre.
—¿Los vampiros? Ya sabes, ¿los caníbales? ¿Han… han…? —Eddie no podía concluir el pensamiento. La idea del padre Callahan como uno de ellos era demasiado espantosa para verbalizarla.
—No, Eddie. No, en absoluto. Él… —Roland sacó la pistola que todavía llevaba. Los laterales de acero relucían bajo la luz vespertina. Se hundió el cañón bajo la barbilla durante un instante, mirando a Eddie mientras lo hacía.
—Ha escapado de ellos —dijo Eddie.
—Sea, y deben de estar muy cabreados.
Eddie asintió en silencio, repentinamente agotado. Las heridas volvían a dolerle. No, rabiaban de dolor.
—Bien —dijo—. Ahora vuelve a poner eso donde toca antes de que te pegues un tiro. —Y mientras Roland lo hacía, añadió—: ¿Qué acaba de ocurrirnos? ¿Hemos entrado en exotránsito o ha sido otro Hazrremoto?
—Creo que ha sido un poco de ambas cosas —respondió Roland—. Hay algo llamado aven kal, que es como la ola de un maremoto que corre a lo largo del Camino del Haz. Fuimos levantados por ella.
—Y se nos permitió ver lo que quisimos ver.
Roland pensó en ello durante un rato, luego sacudió la cabeza con gran determinación.
—Vimos lo que el Haz quiso que viéramos. Dónde quiere que vayamos.
—Roland, ¿esto lo estudiaste cuando eras niño? ¿Tu viejo colega Vannay daba clases de… no sé, de Anatomía de Haces y Bandas del Arco Iris?
Roland estaba sonriendo.
—Sí, supongo que nos enseñaron estas cosas en Historia y Summulae Logicales.
—¿Logicacuáles?
Roland no respondió. Estaba mirando por la ventana del coche de Cullum, intentando todavía recuperar el aliento, tanto física como figurativamente. No era tan difícil conseguirlo, no en ese lugar; estar en esa parte de Bridgton era como estar en el vecindario de cierto solar vacío en Manhattan. Porque había un generador por allí cerca. No sai King, como Roland había creído en un principio, sino el potencial de sai King… o de lo que sai King podría ser capaz de crear, si había mundo y tiempo suficientes. ¿King también estaba siendo arrastrado por la aven kal, generando tal vez la misma ola que lo levantaba?
«Un hombre no puede levantarse sin ayuda, no importa lo mucho que lo intente», les había sermoneado Cort cuando Roland, Cuthbert, Alain y Jamie no eran más que niños de pecho. Cort, el que hablaba con un tono que denotaba seguridad en sí mismo y que poco a poco se había endurecido hasta convertirse en severidad, cuando su último grupo de muchachos había madurado hasta acercarse a sus pruebas de hombría. Aunque, puede que Cort se equivocase con lo de levantarse sin ayuda. A lo mejor, en determinadas circunstancias, un hombre sí que podía levantarse sin ayuda. O dar a luz al universo por el ombligo, como se decía que había hecho Gan. Como escritor de historias, ¿no era King un creador? Y, en esencia, ¿no trataba la creación de obtener algo de la nada… de ver el mundo en un grano de arena o de levantarse sin ayuda?
Y ¿qué estaba haciendo, sentado ahí y teniendo largos pensamientos filosóficos mientras dos miembros de su tet estaban perdidos?
—Que este carruaje no se detenga —sentenció Roland, al tiempo que intentaba pasar por alto el tenue rumor que estaba escuchando; no sabía si era la Voz del Haz o la Voz de Gan, el Creador—. Tenemos que llegar a Turtleback Lane, en Lovell, y ver si podemos encontrar la forma de llegar hasta donde está Susannah.
Y no solo Susannah. Si Jake lograba burlar a los monstruos en el Dixie Pig, también se dirigiría hacia donde ella yacía. A Roland no le cabía duda.
Eddie alcanzó la palanca de la transmisión —pese a todos los giros, el viejo Galaxie de Cullum no había dejado de funcionar— y luego alejó la mano de ella. Se volvió y miró a Roland de forma lúgubre y deprimente.
—¿Qué te aqueja, Eddie? Sea lo que sea, escúpelo pronto. El niño ya llega; puede que incluso ya haya llegado. ¡Pronto no la utilizarán más!
—Lo sé —afirmó Eddie—. Pero no podemos ir a Lovell. —Hizo una mueca como si lo que estuviera diciendo le causara dolor físico. Roland supuso que, efectivamente, así era—. Todavía no.
DOS
Permanecieron sentados en silencio durante un rato, oyendo el armonioso zumbido del Haz, un zumbido que a veces se convertía en voces de júbilo. Se quedaron sentados contemplando las sombras que iban agrandándose en los árboles, donde merodeaban un millón de rostros y un millón de historias. Se puede decir puerta ignota, se puede decir perdida.
Eddie esperaba que Roland le gritase —no habría sido la primera vez— o que le diera un capón en la cabeza, como el anciano profesor del pistolero, Cort, estaba acostumbrado a hacer cuando sus alumnos eran lentos o replicaban. Eddie casi tenía la esperanza de que lo hiciera. Un buen puñetazo en la mandíbula le hubiera aclarado las ideas, por Shardik.
«Solo que las ideas turbias no son el problema y tú lo sabes —pensó—. Tienes la mente más despejada que él. Si no fuera así, podrías dejar este mundo e ir a buscar a tu esposa perdida.»
Al final, Roland habló:
—Entonces ¿qué te ocurre? ¿Esto? —Se agachó y cogió el pedazo de papel plegado, escrito con la mala letra de Aaron Deepneau. Roland se quedó mirándolo durante un instante, luego se lo plantó en el regazo a Eddie con un leve gesto de disgusto.
—Ya sabes cuánto la quiero —dijo Eddie en un tono grave, crispado—. Ya lo sabes.
Roland asintió con la cabeza, pero sin mirarlo. Por lo visto, estaba mirando sus botas ajadas y polvorientas, y el suelo sucio de la alfombrilla que tenía debajo. Esos ojos alicaídos, esa mirada que no se volvería hacia él, quien había llegado prácticamente a idealizar a Roland de Gilead, le rompían el corazón a Eddie Dean. Aun así, siguió insistiendo. Puede que alguna vez hubiera lugar para los errores, pero ya no era así. Eso era el final.
—Iría a donde se encuentra ella en este mismo instante si creyera que es lo correcto. Roland, ¡ahora mismo! Pero tenemos que acabar nuestra misión en este mundo. Porque este mundo solo es de ida. En cuanto nos hayamos marchado hoy, el 9 de julio de 1977, no podremos volver jamás. Nosotros…
—Eddie, ya hemos pasado por todo esto. —Seguía sin mirarle.
—Sí, pero ¿no lo entiendes? Solo una bala que disparar, un ’Riza para lanzar. Para empezar ¡por esto vinimos a Bridgton! Dios sabe que yo quería ir a Turtleback Lane en cuanto John Cullum nos habló de ese sitio, pero creí que teníamos que ver al escritor, y hablar con él. Y tenía razón, ¿no? —En ese momento hablaba casi rogando—. ¿No?
Roland lo miró por fin, y Eddie se sintió contento. Aquello ya era lo bastante difícil, doloroso, para tener que soportar la mirada de rechazo y alicaída de su dinh.
—Y puede que no importe si nos quedamos un poco más. Si nos concentramos en esas dos mujeres tumbadas una junto a otra en esas camas, Roland (si nos concentramos en Suze y en Mia tal como las vimos la última vez), entonces es posible que podamos meternos en su historia justo en ese punto. ¿Verdad?
Después de un largo y reflexivo momento durante el que Eddie no fue consciente de realizar una sola inspiración, el pistolero asintió en silencio. Eso no podría ocurrir si en Turtleback Lane descubrían lo que el pistolero había llegado a imaginar como una de las «puertas antiguas», porque esas puertas estaban dedicadas, y siempre aparecían en el mismo lugar. Pero si encontraban una puerta mágica en algún lugar de Turtleback Lane, en Lovell, una puerta que pudiera haberse conservado tras la retirada del Prim, entonces sí, podrían meterse donde querían. Sin embargo, esas puertas podían ser dificultosas. Lo habían descubierto por sí mismos en la Cueva de las Voces, cuando la puerta que se encontraba allí había enviado a Jake y a Callahan a Nueva York en lugar de a Roland y a Eddie, desbaratándoles entonces todos sus planes en la Tierra del Diecinueve.
—¿Qué más debemos hacer? —preguntó Roland. No había enfado en su voz, aunque a Eddie le pareció tanto cansado como inseguro.
—Sea lo que sea, va a ser difícil. Eso te lo aseguro.
Eddie cogió el contrato de venta y lo miró con tanta gravedad como lo hubiera hecho cualquier Hamlet de la historia del teatro al contemplar la calavera del pobre Yorick. A continuación volvió a mirar a Roland.
—Esto nos da derecho a regresar al solar vacío con la rosa dentro. Tenemos que llevárselo a Moses Carver de Holmes Dental Industries. Y ¿dónde está? No lo sabemos.
—En cuanto a eso, Eddie, ni siquiera sabemos si sigue vivo.
Eddie soltó una estridente carcajada.
—Dices verdad, ¡digo gracias! ¿Por qué no doy la vuelta, Roland? Volveremos a la casa de Stephen King. Podemos gorronearle veinte o treinta pavos; porque, colega, no sé si te has dado cuenta, pero no tenemos ni un puñetero centavo entre los dos. Lo que es más importante, podemos conseguir que cree a un detective privado de esos tan listos y duros, alguien tipo Bogart y que vaya rompiendo caras como Clint Eastwood. Dejemos que él le siga la pista a ese tal Carver por nosotros.
Eddie sacudió la cabeza como para aclararse las ideas. El zumbido de las voces sonaba con suavidad en sus oídos; el antídoto perfecto para las horribles campanillas de exotránsito.
—Quiero decir, mi esposa está en un buen lío en alguna parte del camino, por lo que sé, se la están comiendo viva unos vampiros o unos bichos vampirescos. Y aquí estoy yo, sentado en el arcén de una carretera comarcal con un tipo cuya máxima habilidad es disparar a la gente, intentado descubrir ¡cómo coño voy a abrir una puta empresa!
—Cálmate —le advirtió Roland. Ahora que se había resignado a quedarse en ese mundo durante un tiempo más, parecía bastante tranquilo—. Dime qué crees que tenemos que hacer antes de sacudirnos el polvo de este donde y este cuando de los zapatos de una vez por todas.
Y eso hizo Eddie.
TRES
Roland había escuchado gran parte de aquello antes, pero no había entendido del todo la difícil postura en la que se encontraban. Eran propietarios del solar vacío de la Segunda Avenida, sí, pero la prueba de su posesión era un documento holográfico que podría no resultar convincente en un tribunal, sobre todo si las autoridades pertinentes de Sombra Corporation empezaban a echarles a sus abogados encima.
Eddie quería llevar la orden de venta a Moses Carver, si podía, junto con la información de que su nieta Odetta Holmes —desaparecida desde hacía trece años, desde el verano de 1977— estaba viva y bien, y que quería, sobre todas las cosas, que Carver asumiera la custodia, no solo del solar vacío, sino de cierta rosa silvestre que crecía en su terreno.
Moses Carver —si seguía vivo— tenía que sentirse lo bastante convencido de lo que escuchara para incorporar la llamada Tet Corporation en Holmes Industries (o viceversa). ¡Más aún! Tenía que dedicar lo que le quedaba de vida (y a Eddie le parecía que Carver podría tener en ese momento la edad de Aaron Deepneau) a construir un gigante empresarial cuyo único propósito real sería frustrar los planes de otros dos gigantes empresariales, Sombra y North Central Positronics, siempre que tuviera oportunidad. Asfixiarlas si era posible, y evitar que se convirtieran en un monstruo que dejara su huella destructora en toda la extensión moribunda de Mundo Medio e hiriese de muerte a la mismísima Torre Oscura.
—Tal vez deberíamos haber dejado la orden de venta con sai Deepneau —musitó Roland una vez que hubo escuchado a Eddie hasta el final—. Al menos él podría haber localizado a ese tal Carver, lo habría buscado y le habría contado nuestra historia por nosotros.
—No, hicimos bien en quedárnosla. —Esa fue una de las pocas cosas de las que Eddie tenía una certeza absoluta—. Si hubiéramos dejado este pedazo de papel con Aaron Deepneau, ahora estaría reducido a cenizas.
—¿Crees que Torre podría haberse arrepentido de su negociación y haber dicho a su amigo que lo destruyera?
—Lo sé —afirmó Eddie—. Pero aunque Deepneau pudiera haber soportado el come-come de oreja de su amigo durante horas hasta el final («quémalo, Aaron, me han obligado y ahora quieren joderme, lo sabes tan bien como yo, quémalo y llamaremos a la poli para denunciar a esos hijos de puta»), ¿crees que Moses Carver se tragaría una historia así de disparatada?
Roland sonrió con sobriedad.
—Me parece que no importa lo que él crea, Eddie. Porque, pensadlo un momento, ¿cuánto de nuestra disparatada historia ha escuchado en realidad Aaron Deepneau?
—No lo suficiente —admitió Eddie. Cerró los ojos y se los presionó con los pulpejos de ambas manos. Con fuerza—. Solo se me ocurre una persona que de verdad pueda convencer a Moses Carver de que haga lo que tenemos que pedirle, y esa mujer está ocupada. En el año 1999. Y en esa época, Carver estará tan muerto como Deepneau y puede que como el mismísimo Torre.
—Bueno, ¿qué podemos hacer sin ella? ¿Qué te satisfaría?
Eddie estaba pensando que quizá Susannah podría regresar a 1977 sin ellos, puesto que ella todavía no lo había visitado. Bueno… había llegado hasta allí entrando en exotránsito, pero Eddie no creía que eso contara. Supuso que solo podían impedirle entrar en 1977 alegando que formaba ka-tet con él y con Roland. O por alguna otra razón. Eddie no lo sabía. Leer entre líneas nunca había sido su fuerte. Se volvió para preguntar a Roland su opinión, pero Roland habló antes de que tuviera oportunidad de hacerlo.
—¿Qué pasa con nuestro dan-tete? —preguntó.
Aunque Eddie entendió el término —quería decir dios menor o pequeño salvador—, no entendió en un primer momento lo que Roland quería decir. Pero supo a quién se refería. ¿No les había prestado su dan-tete de Waterford el mismísimo coche en el que se encontraban sentados, digamos gracias?
—¿Cullum? ¿Te refieres a él, Roland? ¿El tipo con la vitrina llena de pelotas de béisbol autografiadas?
—Dices verdad —respondió Roland. Habló con ese tono seco que indicaba no diversión, sino una ligera exasperación—. Por favor, no te entusiasmes tanto con la idea.
—Pero… ¡tú le dijiste que se largara! ¡Y él accedió a irse!
—¿Y te pareció que le hacía mucha ilusión ir a visitar a su amigo a Vermong?
—«Mont» —corrigió Eddie, incapaz de reprimir una sonrisa. Aun así, con sonrisa o sin ella, lo que sentía con más intensidad era desesperación. Creía que ese espantoso rasguño que escuchaba en la imaginación era la mano derecha con dos dedos de Roland, escarbando hasta el último recurso.
Roland se encogió de hombros como si le diera igual que Cullum hubiera hablado de ir a Vermont o a la Baronía de Garlan.
—Responde a mi pregunta.
—Bueno…
En realidad, Cullum no había expresado mucho entusiasmo por la idea, en absoluto. Desde el principio había actuado como uno de ellos y no como uno de los paletos entre los que vivía (Eddie reconocía a los paletos con bastante facilidad, pues había sido uno de ellos hasta que Roland lo raptó por primera vez y empezó sus lecciones para convertirse en asesino). Cullum se había mostrado visiblemente interesado por los pistoleros, e intrigado por su misión en el pueblecito. Pero Roland había puesto mucho énfasis en lo que quería, y la gente acostumbraba a cumplir sus órdenes.
En ese momento hizo su giro de la mano derecha, su conocido gesto de impaciencia. «Deprisa, por la gloria de tu padre. Caga o sal del váter, y da una oportunidad a los demás.»
—Supongo que en realidad no quería ir —respondió Eddie—. Pero eso no significa que siga en su casa, en East Stoneham.
—Pero sigue allí. No se ha ido.
Eddie consiguió evitar quedar boquiabierto solo porque hizo un esfuerzo.
—¿Cómo puedes saberlo? ¿Puedes tocarlo, es eso?
Roland sacudió la cabeza.
—Entonces ¿cómo…?
—El ka.
—¿El ka? ¿El ka? ¿Qué coño significa eso?
Roland tenía el rostro ojeroso y cansado, la piel pálida bajo el bronceado.
—¿A quién más conocemos en esta parte del mundo?
—A nadie, salvo…
—Entonces es él. —Roland habló de forma inexpresiva, como si afirmara una realidad evidente para un niño: arriba es por encima de tu cabeza, abajo es donde tus pies tocan el suelo.
Eddie se dispuso a decirle que eso era una estupidez, que no era más que una intuición descarada, pero no lo hizo. Dejando a un lado a Deepneau, Torre, Stephen King y el detestable Jack Andolini, John Cullum era la única persona que conocían en esa parte del mundo (o en ese nivel de la Torre, si se prefiere pensar de esa forma). Y, después de las cosas que Eddie había visto en los últimos meses, ¡joder!, en las últimas semanas, ¿quién era él para desdeñar una intuición?
—Está bien —admitió Eddie—. Supongo que será mejor que lo intentemos.
—¿Cómo nos ponemos en contacto?
—Podemos llamarle desde Bridgton. Pero en un relato, Roland, un personaje secundario como John Cullum jamás dejaría el banquillo para solucionar la trama. No se consideraría realista.
—En la vida —dijo Roland—, estoy seguro de que ocurre a todas horas.
Y Eddie rió. ¿Qué otra cosa se podía hacer, joder? ¡Era algo tan perfectamente típico de Roland!
CUATRO
CALLE MAYOR DE BRIDGTON 1
LAGO HIGHLAND 2
HARRISON 3
WATERFORD 6
SWEDEN 9
LOVELL 18
FRYEBURG 24
Acababan de pasar por delante de este cartel cuando Eddie dijo:
—Rebusca un poco en la guantera, Roland. Mira a ver si el ka o el Haz o lo que sea nos ha dejado un poco de calderilla para el teléfono.
—¿Guante…? ¿Te refieres a esta consola de aquí?
—Sí.
Roland intentó primero girar la pieza de cromo que había en la tapa, luego entendió su funcionamiento y la apretó. El interior era un batiburrillo, que no había mejorado con el breve período de ingravidez del Galaxie. Había recibos de tarjetas de crédito, un tubo muy antiguo de algo que Eddie identificó como «dentífrico» (Roland pudo adivinar las palabras HOLMES DENTAL en él con bastante facilidad), una fotergrafía en la que se veía a una niñita —quizá la sobrina de Cullum— montada en un poni, un palo que en un primer momento tomó por un explosivo (Eddie le dijo que era una bengala de socorro en carretera, para las emergencias), una revista que al parecer se llamaba YOYANKY… y una caja de puros. Roland no logró entender con claridad la palabra que había en ella, aunque pensó que podría ser pelajes. Le mostró la caja a Eddie, a quien se le iluminó la mirada.
—Ahí dice PEAJES —dijo—. A lo mejor tenías razón con eso de Cullum y el ka. Ábrela, Roland, hazlo si a bien tienes.
El niño que había entregado esa caja como regalo le había hecho un encantador (y bastante tosco) pestillo para mantenerla cerrada. Roland descorrió el pestillo, abrió la caja y le mostró a Eddie un montón de monedas plateadas.
—¿Con esto basta para llamar a la casa de sai Cullum?
—Sí —respondió Eddie—. Parece suficiente hasta para llamar a Fairbanks, en Alaska. Aunque no nos servirá de nada si Cullum está de camino a Vermont.
CINCO
La plaza del pueblo de Bridgton estaba delimitada por una licorería y una pizzería por un lado; un cine (La Linterna Mágica) y unos grandes almacenes (Reny’s) por el otro. Entre el cine y los grandes almacenes había una placita equipada con bancos y tres cabinas de teléfono.
Eddie rebuscó en la caja de calderilla de Cullum y le dio a Roland seis dólares en monedas de cuarto.
—Quiero que vayas hasta allí —dijo, y le señaló la licorería— y me compres un bote de aspirinas. ¿Lo reconocerás si lo ves?
—Astina. Ya sé.
—Quiero el tamaño más pequeño que tengan, porque seis pavos en realidad no es mucho dinero. Luego ve al lado de la tienda, a ese lugar que dice Pizza y Bocatas Bridgton. Si todavía te quedan como mínimo dieciséis de esas monedas, diles que quieres un bocata completo, con carne, queso y lechuga.
Roland asintió en silencio, lo que a Eddie no le bastaba.
—Veamos cómo lo dices.
—Un tocata completo.
—Bo-ca-ta.
—To-ca-ta.
—Bo… —Eddie se rindió—. Roland, a ver cómo dices «pobrecillo».
—Pobrecillo.
—Bien. Si te quedan al menos dieciséis monedas de cuarto, pide un Pobrecillo. ¿Puedes decir «con un montón de mayonesa»?
—Con un montón de mayonesa.
—Sí. Si te quedan menos de dieciséis, pide uno de salami y queso. Un bocata, no un popkin.
—Tocata de salome.
—Se parece bastante. Y no digas nada más, a menos que sea absolutamente necesario.
Roland asintió con la cabeza. Eddie tenía razón, más le valía no hablar. La gente no tenía más que mirarlo para saber, en el fondo de su corazón, que no era de por allí. También acostumbraban a alejarse de él. Era mejor no empeorar la situación.
El pistolero se echó una mano a la cadera izquierda al volverse en dirección hacia la calle, una antigua costumbre que no le reportó ningún consuelo en esa ocasión; los revólveres estaban en el maletero del Galaxie de Cullum, metidos en sus cartucheras.
—Tenemos un dicho en nuestro mundo, Roland. A quien le toca, le ha tocado.
—¿Y qué significa?
—Esto —respondió Eddie sombríamente—. Lo que estamos haciendo. Deséame suerte, tío.
Roland asintió.
—Sea, para mí también. Para los dos.
Empezó a volverse y Eddie lo llamó para que regresara. En esta ocasión, Roland tenía una expresión de ligera impaciencia.
—Que no te maten al cruzar la calle —le advirtió Eddie, e imitó durante un instante la forma de hablar de Cullum—. Por quí hay nos tíos que van metiendo palos en los culos de los chuchos. Y no van a caballo.
—Haz tu llamada, Eddie —comentó Roland y a continuación cruzó la calle principal de Bridgton con apaciguada seguridad, avanzando con esos andares que lo habían llevado por otras miles de calles mayores en miles de pueblecitos.
Eddie lo observó, luego se volvió hacia el teléfono y consultó las instrucciones. Después de aquello levantó el auricular y marcó el número de información telefónica.
SEIS
El pistolero había dicho que no se había ido, refiriéndose a John Cullum con una certeza categórica. Y ¿por qué? Porque Cullum estaba al otro lado de la línea, no tenían a otra persona a quien llamar. Era el puñetero y viejo ka de Roland de Gilead, en otras palabras.
Tras una breve espera, la operadora del centro de información telefónica le espetó el número de Cullum. Eddie intentó memorizarlo —siempre se le había dado bien recordar números, Henry a veces lo llamaba pequeño Einstein—, pero esta vez no podía fiarse de su habilidad. Por lo visto, algo le había ocurrido o bien a sus procesos mentales en general (lo que no creía) o a su capacidad de recordar ciertos objetos de este mundo (lo que más bien sí creía). Mientras preguntaba el número una segunda vez —y lo escribía sobre el polvo acumulado en la pequeña repisa de la cabina telefónica—, Eddie se preguntó si sería capaz de leer una novela, o seguir la trama de una película por la sucesión de imágenes de la pantalla. Lo dudaba bastante. Y ¿qué importaba? En el Linterna Mágica daban La guerra de las galaxias, y Eddie pensó que si llegaba al final de su camino vital y al claro sin volver a ver a Luke Skywalker ni volver a escuchar la ruidosa respiración de Darth Vader, podría seguir estando bastante bien.
—Gracias, señora —le dijo a la operadora, y estaba a punto de volver a marcar cuando se produjo una serie de explosiones tras él. Eddie se volvió, con el corazón en la boca, bajando la mano derecha, esperando ver a los Lobos, a los devastadores o a ese hijo de puta de Flagg…
Lo que vio fue un descapotable lleno de estudiantes de instituto sonrientes y con cara de pasmados, con las mejillas tostadas por el sol. Uno de ellos acababa de sacar una tira de tracas que le había sobrado de la fiesta del Cuatro de Julio; eran como los petardos de los chicos de su edad en Calla Bryn Sturgis.
«Si tuviera una pistola en el cinto, podría disparar a un par de esos tontainas —pensó Eddie—. Queréis hacer el idiota, pues vamos allá.» Sí, bueno. Y a lo mejor no podría. Fuera como fuese, tenía que admitir la posibilidad de que ya no se estaba seguro ni en los lugares más civilizados.
—Aguántate —murmuró Eddie, luego añadió el consejo favorito del gran sabio y yonqui eminente para los pequeños contratiempos de la vida: «P’os falen».
Marcó el número de John Cullum en el antiguo teléfono de discador y cuando la robótica voz —quizá de la tatara-tatara-tatara-tatara-tatara-abuela de Blaine el Mono— le pidió que depositara noventa centavos, Eddie metió un dólar. ¡A la mierda con todo! ¡Estaba salvando el mundo!
El teléfono sonó una vez… dos veces… y alguien lo cogió.
—¡John! —Eddie casi gritó—. ¡De putísima madre! John, soy…
Pero la voz al otro lado del aparato ya estaba hablando. Como niño de finales de los ochenta, Eddie sabía que eso era mala señal.
—… estás llamando a John Cullum de Mantenimientos y Vigilancia Cullum —dijo la voz de Cullum con su conocida y lenta cadencia del norte del país—. Man llamao sin avisar, ya te digo, y no tengo ni idea de cuando volveré. Si eso le causa problemas, yo lo siento, pero puede llamar a Gray Crowell, al 926-5555, o a Junior Barker, al 929-4211.
La consternación inicial de Eddie había desaparecido —«desapacido», según habría dicho Cullum— justo en el momento en que la temblorosa voz grabada del hombre le decía a Eddie que él, Cullum, no podía decir con certeza cuándo volvería. Porque Cullum estaba justo ahí, en su pequeño cobertizo para los hobbies en la orilla oeste del estanque Keywadin, o bien sentado en su sofá repleto de los cachivaches de sus aficiones, o bien en una de sus sillas también repleta de cacharros. Estaba ahí sentado escuchando los mensajes de su contestador, sin duda un trasto viejo de mediados de los setenta. Y Eddie lo sabía porque… bueno…
Porque lo sabía.
La antigua grabación no podía ocultar por completo la maliciosa comicidad que había teñido la voz de Cullum hacia el final del mensaje.
—Poque, si todavía estás empeñao en rajar con un servidor, puedes dejar un mensaje cuando oigas el pito. Que sea cortito. —La última palabra sonó «cotito».
Eddie esperó el pitido y entonces dijo:
—Soy Eddie Dean, John. Sé que estás ahí, y creo que has estado esperando mi llamada. No me preguntes por qué lo creo, porque en realidad no lo sé, pero…
Eddie escuchó en la oreja un fuerte clic, y luego la voz de Cullum —su voz en directo— y dijo:
—Cómo estás, hijo, ¿tás cuidando bien de mi carro?
Durante un instante Eddie quedó demasiado desconcertado para contestar, porque el acento de la costa de Nueva Inglaterra de Cullum se había convertido en algo distinto: «¿Tás cuidando bien de mi carro?».
—¿Muchacho? —preguntó Cullum, preocupado de repente—. ¿Sigues al aparato?
—Sí —respondió Eddie—, y tú también. Creí que te ibas a Vermont, John.
—Bueno, te diré algo. Aquí no hemos visto un día con más movida desde que se quemó la Fábrica de Calzado de South Stoneham en 1923. La poli ha bloqueao todas las carreteras que salen del pueblo.
Eddie estaba seguro de que dejaban pasar a la gente si enseñaban su identificación en regla, pero pasó por alto esa cuestión a favor de otras cosas.
—¿Quieres decir que no has encontrado otra forma de salir del pueblo sin ver ni a un solo poli, si te apetecía?
Se hizo un breve silencio. Durante el cual, Eddie se dio cuenta de que tenía a alguien a la altura del codo. No se volvió para mirar; era Roland. ¿Qué otra persona tendría el olor —sutil pero incuestionable— de otro mundo?
—Oh, bueno —soltó Cullum al final—. Puede que conozca uno o dos bosques y caminos para salir de Lovell. Ha sido un verano seco, y supongo que no me podrían seguir la pista.
—¿Uno o dos?
—Bueno, digamos, tres o cuatro. —Se hizo un silencio que Eddie rompió. Se lo estaba pasando de maravilla—. Cinco o seis —rectificó Cullum, y Eddie decidió no responder tampoco a ese comentario—. Ocho —dijo Cullum al final, y cuando Eddie rió, Cullum se unió a él—. ¿Qué tienes en la cabeza, hijo?
Eddie miró a Roland, que sostenía un bote de aspirinas con los dos dedos que le quedaban en la mano derecha. Eddie lo tomó agradecido.
—Quiero que vengas a Lovell —anunció a Cullum—. Por lo visto tenemos que garlar un poco más, después de todo.
—Y que lo digas, y tengo la sensación de que ya lo sabía —comentó Cullum—, aunque nunca fue lo que más pensé; en lo que más pensaba era: «Pronto estaré de camino a Montpellier», y seguía encontrado más y más cosas que hacer por aquí. Si m’ubieras llamado hace cinco minutos, lo habrías encontrado ocupado, taba hablando con Charlie Beemer. Las que palmaron en el súper eran su mujer y su cuñada, ya ves. Y entonces pensé: «Qué puñetas, voy a darle una buena barrida a este sitio antes de meter mis cosas en el maletero y largarme». En lo que más pensaba era en lo que he dicho, pero en el fondo supongo questaba esperando que me llamaras desde que volví. ¿Dónde taréis? ¿En Turtleback Lane?
Eddie le quitó la tapa al bote de aspirinas y miró con codicia la formación de pastillas. El que ha sido yonqui, muere yonqui, pensó. Incluso para esas cosas.
—Y que lo digas —dijo con la lengua hacia un lado; se había convertido en todo un imitador de los acentos regionales desde que había conocido a Roland en un avión Delta que aterrizaba en el aeropuerto Kennedy.
—Dijiste que ese camino no estaba más que pasando un tramo de curvas de tres kilómetros después de la Ruta 7, ¿no?
—Eso es. Hay un par de casas bastante bonitas en Turtleback. —Breve silencio para la reflexión—. Y un montón están en venta. Ha habido muchos visitantes en esa parte del mundo últimamente. Como puede que ya haya dicho. Esas cosas ponen a la gente de los nervios, y la gente rica, al menos, se puede permitir alejarse de lo que les quita el sueño.
Eddie no podía esperar más; cogió tres aspirinas y se las echó a la boca, degustando la acidez mientras se le disolvían en la boca. Pese a lo fuerte que era el dolor en ese momento, aguantaría el doble de dolor si pudiera haber escuchado a Susannah. Pero ella estaba callada. Le parecía que la línea de comunicación entre ellos, arriesgada en el mejor de los casos, había dejado de existir con la llegada del maldito bebé de Mia.
—Muchacho, si vais para Turtleback, en Lovell, será mejor que tengáis las pipas a mano —le advirtió Cullum—. Por mi parte, creo que echaré la escopeta en la ranchera antes de largarme.
—¿Por qué no? —admitió Eddie—. Busque su coche en la curva, ¿vale? Allí lo encontrará.
—Y que lo digas, es difícil no ver al viejo Galaxie —comentó Cullum—. Dime algo, hijo. No voy a Vermont, pero me da en las tripas que quieres enviarme a algún sitio, si yo me dejo. ¿Quieres decirme dónde?
Eddie pensó que Mark Twain podría haber decidido titular el siguiente capítulo de la pintoresca vida de John Cullum «Un yanqui de Maine en la Corte del Rey Carmesí», pero decidió no decirlo.
—¿Has estado en Nueva York?
—Y que lo digas, sí. Estuve allí durante un permiso de cuarenta y ocho horas, cuando estaba en el Ejército. —La última palabra sonó como un ridículo acento desafinado—. Fui al Radio City Music Hall y al Empire State Building, de eso sí que me acuerdo. Aunque hice un par de visitas turísticas más, porque me faltaban treinta dólares en la cartera y un par de meses después me diagnosticaron un caso bastante grave de gonorrea.
—Esta vez estarás demasiado ocupado para pillar gonorrea. Llévate las tarjetas de crédito. Sé que tienes alguna, porque eché un vistazo a los recibos de la guantera. —Sintió una necesidad casi malsana de alargar la última palabra, arrastrando las vocales como Cullum: «guanteeeraaa».
—Menuda pocilga, ¿a que sí? —preguntó Cullum con serenidad.
—Y que lo digas, era como los restos que deja el perro cuando se come unos zapatos. Nos vemos en Lovell, John. —Eddie colgó. Miró la bolsa que llevaba Roland y enarcó las cejas.
—Es un tocata pobrecillo —informó Roland— con un montón de mayonesa, sea lo que sea. Yo hubiera preferido una salsa que no tuviera tanto aspecto de corrida, pero que a bien tengas.
Eddie entornó la mirada.
—¡Dios! Esto sí que despierta el apetito.
—¿Lo dices en serio?
Eddie tuvo que recordar una vez más que Roland prácticamente carecía de sentido del humor.
—Lo digo en serio. Venga. Puedo comerme el bocata de corrida y queso mientras conduzco. Además, tenemos que hablar de cómo vamos a arreglar esto.
SIETE
La forma de arreglarlo, ambos estuvieron de acuerdo, era contarle a John Cullum la parte de la historia que, en su opinión, podría soportar por su credulidad (y salud mental). Entonces, si todo iba bien, le confiarían la vital orden de venta y lo enviarían hasta Aaron Deepneau. Con órdenes estrictas de que se asegurase de hablar con Deepneau, apartado de Calvin Torre, que no era del todo de fiar.
—Cullum y Deepneau pueden trabajar juntos para dar con el paradero de Moses Carver —dijo Eddie—, y creo que puedo darle a Cullum información suficiente sobre Suze (detalles confidenciales) para que convenza a Carver de que sigue viva. Sin embargo, después de hacerlo… bueno, gran parte de lo que suceda depende del poder de convicción que puedan tener esos dos. Y de las ganas que tengan de trabajar para la Tet Corporation en el ocaso de sus vidas. Oye, ¡puede que nos sorprendan! No me imagino a Cullum con traje y corbata, pero ¿recorriendo el país y fastidiando los negocios de Sombra? —Lo pensó, con la cabeza ladeada, luego asintió en silencio y sonriendo—: Sí. Eso sí que me lo imagino, y muy bien.
—Puede que el padrino de Susannah sea un vejete —observó Roland—. Salvo que de otro color. Esos tipos suelen hablar su propia lengua cuando son an-tet. Quizá pueda dar a John Cullum algo que lo ayude a convencer a Carver de unirse a nosotros.
—¿Un sigul?
—Sí.
Eddie estaba intrigado.
—¿De qué tipo?
Sin embargo, antes de que Roland pudiera responder, vieron algo que hizo que Eddie pisara a fondo el pedal del freno. En ese momento estaban en Lovell, en la Ruta 7. Ante ellos, mirándolos de modo inseguro en el arcén, había un anciano con el pelo canoso, enmarañado y descuidado. Llevaba un harapo sucio que de ninguna manera podía llamarse túnica. Sus brazos y piernas escuálidos estaban llenos de arañazos. Además, los tenía cubiertos de llagas de un intenso rojo oscuro. Iba descalzo y tenía unas desagradables garras amarillas con aspecto peligroso en lugar de dedos de los pies. Agarrado bajo el brazo llevaba un objeto de madera astillada que podría haber sido una lira rota. A Eddie se le ocurrió que no podría existir nadie que estuviera más fuera de lugar en esa carretera, donde los únicos peatones que habían visto hasta el momento eran deportistas, que evidentemente venían «de lejos», con un aspecto en extremo conjuntado: con sus pantalones cortos de nylon para hacer footing, gorras de béisbol y camisetas (un corredor llevaba una camiseta que decía: NO DISPAREN A LOS TURISTAS).
El ser que caminaba con dificultad por el arcén de la Ruta 7 se volvió hacia ellos, y Eddie soltó un grito involuntario de terror. Se le entrecruzaron los ojos sobre el tabique nasal, lo que le dio aspecto de huevo frito con dos yemas en una sartén. Al extraño ser le colgaba un colmillo de una fosa nasal, como un moco seco. Aun así, lo peor de todo era el resplandor verdoso que emanaba del rostro de la criatura. Era como si le hubieran pintado la piel con una especie de mejunje fosforescente.
Los vio y de inmediato salió corriendo hacia el bosque, momento en que se le cayó la lira astillada.
—¡Jesús bendito! —gritó Eddie. Si eso era un visitante, esperaba no volver a ver otro.
—¡Para, Eddie! —gritó Roland, luego apoyó el pulpejo de una mano sobre la guantera al tiempo que el viejo Ford de Cullum iba deteniéndose cerca del lugar donde había desaparecido la cosa.
—Abre el portador trasero —dijo Roland mientras abría la puerta—. Dame el hacedor de viudas.
—Roland, tenemos un poco de prisa y todavía quedan casi cinco kilómetros hacia el norte para llegar a Turtleback Lane. De verdad creo que tendríamos que…
—¡Cierra ese pico insensato y dámelo! —rugió Roland, luego corrió hacia la linde del bosque. Inspiró hondamente y cuando gritó a la solitaria criatura, a Eddie se le erizó el vello de los brazos. Había escuchado hablar así a Roland en una o dos ocasiones, pero en el ínterin había sido fácil olvidar que la sangre de un rey corría por sus venas.
Dijo varias frases que Eddie no entendió, pero luego dijo una que sí entendió:
—¡Mostraos, vos Hijo de Roderick, vos malcriado, vos errado, e inclínate ante mí, Roland, hijo de Steven, del linaje del Eld!
Durante un instante no hubo nada. Eddie abrió el maletero del Ford y le entregó su arma a Roland. Roland la agarró sin dedicarle siquiera una mirada a Eddie, ni mucho menos una palabra de agradecimiento.
Puede que pasaran treinta segundos. Eddie abrió la boca para hablar. Antes de poder hacerlo, la polvorienta arboleda que flanqueaba el camino empezó a temblar. Pasados uno o dos minutos, el ser mal concebido reapareció. Se quedó mirando cabizbajo. En la parte delantera de su túnica había una enorme mancha húmeda. Eddie olió la hediondez de la orina de un ser enfermo, acre e intensa.
Con todo, el ser hincó una rodilla en el suelo y levantó una maltrecha mano hacia su frente, un maldito gesto de lealtad que a Eddie le dio ganas de llorar.
—Salve, Roland de Gilead, ¡Roland del Eld! ¿Me enseñaréis un sigul, querido señor?
En un pueblo llamado Cruce del Río, una anciana que se hacía llamar Tía Talitha le había entregado a Roland un crucifijo de plata con una delgada cadena del mismo metal. Él la había llevado colgada al cuello desde entonces. En ese momento se metió la mano en la camisa y se la mostró a la criatura arrodillada —un mutante lento que estaba muriendo por la enfermedad de la radiación, Eddie estaba bastante seguro— y el ser soltó un ronco grito de estupefacción.
—¿Tendréis paz al final de vuestra jornada, vos Hijo de Roderick? ¿Tendréis la paz del claro?
—Sea, mi querido señor —dijo la cosa, sollozando, y luego añadió algo más en un galimatías que Eddie fue incapaz de entender. El muchacho miró en ambas direcciones de la Ruta 7, esperando ver algo de tráfico (al fin y al cabo estaban en plena temporada alta de verano), pero no vio nada en ninguna de las dos direcciones. Por el momento, al menos, la suerte seguía de su parte.
—¿Cuántos como vos sois por estos lares? —preguntó Roland, interrumpiendo al visitante. Cuando habló, cogió su revólver y levantó el viejo artilugio de la muerte hasta apoyárselo sobre la camisa.
El hijo de Roderick extendió la mano hacia el horizonte sin levantar la vista.
—Dela, pistolero —dijo—, porque aquí los mundos son ralos, digo anro con fa; sey-sey desene fanno billet cobair can. Yo Chevin devar dan do. Porque me siento tristeee por ellosss. Can-toi, can-tah, can Discordia, aven la can mah can. May-mi? Iffin lah vainen, eth…
—¿Cuántos dan devar?
El ser se pensó la pregunta de Roland, luego separó los dedos (había diez, Eddie lo vio) cinco veces. Cincuenta. Aunque Eddie no sabía cincuenta de qué.
—¿Y Discordia? —preguntó Roland de forma repentina—. ¿Lo dices en serio?
—¡Oh!, sea, yo lo digo, Chevin de Chayven, hijo de Mail, trovador de las Llanuras del Sur que otrora fueron mi hogar.
—Di el nombre del pueblo que se encuentra cerca del Castillo Discordia y te dejaré ir.
—¡Ah, pistolero!, allí todos están muertos.
—Creo que no. Dilo.
—¡Fedic! —gritó Chevin de Chayven, un músico errante que jamás habría sospechado en toda su vida que acabaría en un lugar tan extraño y lejano; no en las llanuras de Mundo Medio, sino en las montañas del oeste de Maine. De repente alzó su horripilante y refulgente rostro hacia Roland. Abrió los brazos de par en par, como un ser crucificado. «Fedic, en el otro extremo de Tronido, ¡en el Camino del Haz! ¡En Shardik V, Maturin V, el Camino de la Torre Osc…!»
El revólver de Roland habló una sola vez. La bala le dio al ser arrodillado justo en el centro de la frente, completando la ruina de su ajado rostro. Mientras caía de espaldas, Eddie vio que su piel se tornaba en un humo verdoso tan efímero como el vuelo de un avispón. Durante un instante, Eddie vio los dientes flotantes de Chevin de Chayven como un fantasmagórico aro de coral, y a continuación desaparecieron.
Roland volvió a poner el revólver en la cartuchera, luego juntó los dos dedos que le quedaban en la mano derecha y los hizo descender por delante de la cara, un gesto de los más sacramentales que hubiera visto Eddie.
—Te doy la paz —dijo Roland. Luego se desabrochó el cinto y empezó a meter el arma dentro una vez más.
—Roland, ¿eso era… un mutante lento?
—Sea, suponía que lo preguntarías, ¡pobre bicho! Pero los Roderick son de más allá de cualquier tierra que haya conocido, aunque antes de que el mundo se moviera honraron a Arthur Eld —Roland se volvió hacia Eddie, sus ojos azules ardían en su faz cansada—. Fedic está donde Mia ha ido a tener a su bebé, no me cabe ninguna duda. Donde se ha llevado a Susannah. Por el último castillo. Al final tendremos que desandar el camino hasta Tronido, pero Fedic está donde tenemos que ir primero. Es bueno saberlo.
—Ha dicho que se sentía triste por alguien, ¿por quién?
Roland se limitó a sacudir la cabeza y no respondió la pregunta de Eddie. Pasó, disparado, un camión de Coca-Cola y provocó un gran estruendo en el lejano oeste.
—Fedic del Discordia —murmuró el pistolero en lugar de responder—. Fedic de la Muerte Roja. Si podemos salvar a Susannah y a Jake, desandaremos el camino en dirección a los Callas. Pero nosotros regresaremos cuando nuestra misión esté completa. Y cuando regresemos al sudeste…
—¿Qué? —preguntó Eddie con disgusto—. Entonces ¿qué, Roland?
—Entonces no nos detendremos hasta llegar a la Torre. —Levantó las manos, las miró y le temblaban ligeramente. Luego alzó la vista hacia Eddie. Tenía la expresión cansada, pero sin temor—. Jamás he estado tan cerca. Escucho a todos mis amigos perdidos y a sus padres perdidos cuchicheándome. Cuchichean sobre el mismísimo aliento de la Torre.
Eddie se quedó mirando a Roland durante un minuto, fascinado y asustado, y tuvo que hacer un esfuerzo, casi físico, para dejar de sentirse así.
—Bueno —dijo, regresando hacia la puerta del conductor del Ford—, si cualquiera de esas voces te dice lo que tenemos que contarle a Cullum, lo mejor para convencerlo de lo que queremos, no dejes de decírmelo.
Eddie subió al coche y cerró la puerta antes de que Roland pudiera responder. Mentalmente siguió viendo a Roland apuntando con su enorme pistola. Lo vio apuntado a la figura arrodillada y apretando el gatillo. Ese era el hombre al que llamaba tanto dinh como amigo. Pero ¿podía decir con alguna seguridad que Roland no le haría lo mismo… o a Suze… o a Jake… si su corazón le indicaba que así estaría más cerca de su Torre? No podía asegurarlo. Pese a ello, lo acompañaría. Habría seguido adelante aunque tuviera el presentimiento —oh, ¡Dios no lo quisiera!— de que Susannah estaba muerta. Porque tenía que hacerlo. Porque Roland se había convertido en algo mucho más importante para él que su dinh o su amigo.
—Es mi padre —murmuró Eddie entre dientes justo antes de que Roland abriera la puerta del acompañante y subiera al coche.
—¿Has dicho algo, Eddie? —preguntó Roland.
—Sí —respondió Eddie—. «Es más adelante», eso he dicho.
Roland asintió en silencio. Eddie volvió a poner la transmisión en la posición de conducir y dirigió el Ford hacia Turtleback Lane. Todavía en la distancia, aunque un poco más cerca que antes, volvió a retumbar un trueno.

CAPÍTULO IV
DAN-TETE
UNO
A medida que la hora del bebé se acercaba, Susannah Dean miraba a su alrededor, contando una vez más sus enemigos como le había enseñado Roland. «No debes desenfundar hasta que no sepas cuántos tienes en tu contra, o si estás convencida de que no podrás averiguarlo, o si has decidido que te ha llegado la hora de morir.» Susannah deseó no tener que enfrentarse, además, a ese casco que llevaba puesto, que se entrometía en sus pensamientos. Sin embargo, fuera lo que fuese ese artilugio, no parecía alterarse con el esfuerzo que estaba haciendo Susannah por contar a los presentes para la llegada del chaval de Mia. Y eso estaba bien.
Allí estaba Sayre, el hombre al mando. El hampón con una de esas manchas rojas latiendo en el centro de la frente. Estaba Scowther, el médico entre las piernas de Mia, preparándose para oficiar el parto. Sayre le había dado una paliza al doctor cuando este había mostrado demasiada arrogancia, aunque seguramente no suficiente para interferir en su eficiencia. Había otros cinco hampones además de Sayre, pero Susannah solo distinguió dos nombres. El que tenía la parte inferior de los carrillos como un bulldog y la barriga caída era Haber. Junto a Haber había un ser con aspecto de pájaro, con la cabeza de plumaje marrón y los maliciosos ojos de un ave rapaz. El nombre de esa criatura era Jey, o puede que fuera Gee. Eso hacía un total de siete, todos armados con una especie de pistolas automáticas en agarraderas. La de Scowther asomaba por debajo de su bata blanca cada vez que se agachaba. Susannah ya se había adjudicado esa para ella.
Había otros tres seres pálidos, vigilantes y con aspecto de humanoide más allá de donde estaba Mia. Estos, envueltos en auras de color azul oscuro, eran vampiros, Susannah estaba bastante segura. Debían de ser los que Callahan llamaba Tipo Tres. (El padre se había referido en una ocasión a ellos como tiburones.) Con esos hacían diez. Dos de los vampiros llevaban bahs, el tercero llevaba una especie de espada eléctrica que en ese momento estaba apagada y no era más que una mecha de luz parpadeante. Si conseguía hacerse con la pistola de Scowther («cuando la consigas, cariño», se corrigió. Había leído El poder del pensamiento positivo y creía todo lo que había escrito el reverendo Peale), iría primero a por el hombre con la espada eléctrica. Dios sabe cuánto daño podría infligir un arma así, aunque Susannah Dean no quería averiguarlo.
También había una enfermera con la cabeza de una enorme rata marrón. El latiente ojo rojo en el centro de su frente hizo pensar a Susannah que la mayoría de los demás hampones llevaban máscaras humanizadas, seguramente para no asustar a sus presas cuando iban por las aceras de Nueva York. Quizá no tuvieran aspecto de ratas sin la máscara, aunque Susannah estaba bastante segura de que ninguno de ellos se parecía a Robert Goulet. La enfermera con cabeza de rata era la única presente que no llevaba un arma visible para Susannah.
Eran once en total. Once en esa enorme y casi desierta enfermería que no estaba, se sentía bastante segura de ello, bajo el municipio de Manhattan. Y si los iba a poner en su lugar, tendría que ser mientras estuvieran ocupados con el bebé de Mia… su querido chaval.
—¡Ya llega, doctor! —gritó la enfermera con excitación nerviosa.
Ya llegaba. Susannah dejó de contar cuando el dolor más intenso seguía recorriéndola. Las recorría a ambas. Las quemaba. Gritaron a dúo. Scowther estaba ordenando a Mia que empujara, que ¡empujara ya!
Susannah cerró los ojos y también empujó, porque también era su bebé… o lo había sido. Cuando sintió que el dolor emanaba de ella como el agua absorbida en remolino por un sumidero oscuro, experimentó la pena más honda que hubiera sentido jamás. Porque era el bebé de Mia lo que se estaba vertiendo; las últimas frases de un mensaje viviente cuya transmisión era, en cierto modo, el porqué de la creación del cuerpo de Susannah. Se estaba acabando. Fuera lo que fuese que ocurriera a continuación, esa parte se estaba acabando, y Susannah Dean dejó escapar un grito con una mezcla de alivio y lamentación; un grito que era en sí mismo una canción.
Entonces, antes de que empezara el horror —algo tan terrible que lo recordaría hasta el último detalle, como si estuviera bajo un destello de luz brillante, hasta el día de su entrada en el claro— sintió una manita caliente que la agarraba de la muñeca. Susannah volvió la cabeza, moviendo con ella el desagradable peso del casco. Podía oírse respirar con dificultad. Su mirada se encontró con la de Mia. Mia separó los labios y pronunció una sola palabra. Susannah no la escuchó por los gruñidos de Scowther (en ese momento estaba agachado, mirando con detenimi
