Veréis, hay mujeres que nacen con una habilidad innata para seducir a cuantos las rodean. Tienen esa especie de aura de credibilidad que conocemos como carisma, poseen unos rasgos físicos que coinciden con los cánones estéticos de su tiempo: su manera de moverse, de gesticular, de andar («eso es andar y lo demás, maltratar el pavimento...»), de cruzar las piernas (o descruzarlas) hace de ellas mujeres sobre las que recae el deseo de un sinfín de personas. Se convierten, casi sin quererlo, en las protagonistas de las ficciones (eróticas, sentimentales, vitales) de los que las observan, y esos observadores, con tal de llevar a la realidad sus fantasías, harían cualquier cosa por ellas. Hay mujeres, como os decía, que consiguen esto de manera intuitiva... pero no la mayoría de nosotras. Y ¿qué queréis que os diga? A mí siempre me ha parecido más atractiva la gente que se lo ha currado; esa que se ha abierto y luego recosido, y que pelea en ese esfuerzo de conocerse a sí misma (lo que requiere sabiduría, valor y acción), que la que sólo asume lo que trae de serie.
Capacidad de seducción tenemos todas. Absolutamente todas. Es algo que las mujeres solemos descubrir en nuestra adolescencia; la capacidad de manipular y conseguir nuestros propósitos mediante el hecho de hacerles creer a los demás (aunque haya que entregar algo a cambio) que «de verdad» somos las protagonistas de sus fantasías. Es un momento delicado de nuestras vidas pues todavía desconocemos aquello que expresó muy bien Kierkegaard: «Pienso que quien lleva a los otros al error terminará cayendo en el error». Así, cuando aprendemos a contonear unas incipientes caderas o a mostrar un descaro «impropio de nuestra edad» y vemos que funciona, no nos planteamos que esa capacidad es como una varita mágica que la realidad puede acabar metiéndonosla por donde más duele. Normalmente, al madurar, y aunque no siempre es así, aprendemos a gestionar nuestra capacidad de seducción y a enfocar los objetivos de esa seducción.
En las siguientes páginas encontraréis una serie de reflexiones, muchas de tipo práctico, que tienen como finalidad un objetivo primordial: el de que establezcáis la paz con vosotras mismas. Las técnicas para levantarse a un «primo» de la barra de un bar, para quitarse un sostén mientras bailas el «nueve semanas y media» o para hacer una mamada como todo el mundo (y que venden como si hubieran descubierto cómo se enfría el agua caliente), se las dejo a otros autores.
En esto de la seducción hay un único método: la autenticidad. Si sois vosotras mismas, no fallaréis nunca (y si falláis será una bendición porque no habréis errado el tiro sino la pieza). No se trata de que os creáis lo que no sois sino de que os creáis lo que sois.
¿Implica esto que todos los actos que atañen a la seducción deben ser sinceros y cristalinos? No. En ocasiones hay que interpretar, pero tenemos que saber perfectamente cuándo estamos actuando y cuándo no (eso es autenticidad). Para conseguirlo necesitamos conocimientos. Conocimientos, sobre todo, de una misma, pero también relativos a las diversas facetas del hecho sexual humano. Y aquí es donde nos centraremos, pues pone más una cabeza alta que un escote bajo, no lo dudéis.
Encontraréis algún truquito propio de la experiencia, o consejos, digamos, técnicos (hay órganos más difíciles de tocar que el de la catedral de Sevilla... y bueno es saber, al menos, dónde están las teclas), pero de lo que se trata con esto de las artes amatorias no es de que volváis locas a un amante sino de que os volváis locas a vosotras mismas. El resto viene solo, y serán pocos los que se os escapen y muchos los que se «vayan corriendo» nada más veros.
Decía un sabio japonés: «El ser humano perfecto no tiene método; bueno, tiene el método del no método». Esto es la espontaneidad, la naturalidad, con la que, contrariamente a lo que algunos creen, no se nace, sino que se aprende a conquistar. Se aprende a no impedir que surja en nosotras. Pensad que a cualquier ser humano se le ha enseñado, desde antes incluso a que supiera eructar, a contener su naturalidad: «Eso no se hace, no se dice, no se toca, no se piensa...». Si ese proceso de domesticación (y de humanización) se realiza en todos los ámbitos sociales, desde comer hasta manifestar una opinión, imaginaos cuál ha sido la presión en los temas sexuales y la que habéis sufrido, además de por ser personas, por el hecho de ser mujeres. Este proceso de humanización es necesario, pues, en caso contrario, no pasaríamos, en toda nuestra existencia, de comer bellotas y bramar cuando el apetito sexual aprieta, pero la naturalidad aparece cuando se trasciende esa educación. Os pondré un ejemplo: una sólo puede decir «lo que quiere decir» y no «lo que tiene que decir» cuando previamente ha aprendido las reglas funcionales del lenguaje y, además, sabe exactamente lo que quiere decir porque se conoce a sí misma. Si ni sabe hablar ni sabe pensar nunca será natural, será más bien un borrico o una borrica (y sólo seducirá a sus congéneres, los borricos y borricas).
Eso es lo que pretendo ofrecer con este libro: conocimiento en la letra y transgresión en el espíritu. De este modo, nos ocuparemos de cuestiones que van desde lo que es el clítoris hasta lo que significa la seducción, o de cómo no caer presa de la propia capacidad de seducción, pasando, naturalmente y con naturalidad, por lo que es una buena felación o un orgasmo y sus diversas manifestaciones según donde se estimule, sin olvidar, por ejemplo, la literatura erótica y sus funciones. También habrá sitio para eróticas extremas (los libros no tienen horario infantil) como el bukkake y otras refinadas como el kokigami. Y habrá humor, sencillamente porque, como suele decirse, «el humor es la distancia más corta entre dos personas», y yo quiero que notéis mi aliento y notar a mi vez, en ocasiones, cómo se eriza el vello de vuestros brazos.
Algunas quizá ya me conozcáis de otros escritos o de mis intervenciones en eso que llaman la «plaza pública». A todas vosotras espero no decepcionaros, y a las nuevas espero seduciros (¿de qué serviría un pequeño tratado sobre seducción si no os seduce?).
Una vez escribí un Antimanual de sexo en el que me ciscaba (decir que me cagaba no quedaría fino, así que no lo digo) en los manuales de sexo. Ah, ¿que este libro es un «manual de seducción»? Pues eso, leedlo y ya me diréis si puedo seguir luciendo mis bragas de La Perla sin el menor rubor.
VALÉRIE TASSO

1
¿En tu casa o en la mía?
Muchas de vosotras pensaréis: «Da igual el sitio, lo importante es conseguir seducir». Pues no. No da igual. Si empiezo por este capítulo, por algo será. Una curiosidad a modo de introducción: ¿conocéis la procedencia de la palabra «fornicación», el acto posterior a la seducción? (porque no nos engañemos, ¿qué buscamos después de haber seducido...?; sí, sí, lo sé, es cierto que algunas veces el mero acto de seducir es un fin en sí mismo, pero normalmente se persigue otro). Pues, como os decía, el término «fornicación» deriva de fornix, que significaba «zona abovedada», lugar donde habitualmente se encontraban las prostitutas romanas. De allí, fornix empezó a asociarse con la palabra «burdel». Os relato esto para demostraros que el sitio donde dos personas pueden encontrarse y practicar el juego de la seducción resulta fundamental. Es curioso cómo la palabra «fornicación» va asociada a «lugar», ¿no os parece? Ya sé, queridas amigas, que la mayoría no sois, Dios nos libre, putas (quizá hayáis tenido esta fantasía, y es más que probable, por mucho que lo neguéis), pero si hasta en la antigua Roma ya había sitios para cada cosa, entonces ¿cómo no va a ser importante en nuestros tiempos en los que los encuentros «convencionales» son cada vez más fríos y difíciles de materializarse?
¿DÓNDE ENCONTRAR A LA FAUNA MASCULINA?: LOS SITIOS CONCURRIDOS
Es evidente que todo el mundo (incluidos los hombres, bueno... sobre todo los hombres) pensará que el mejor sitio (y momento) para seducir es cuando estamos de fiesta, en un local, con una copa entre las manos y muchas risas en el ambiente. Es cierto que los lugares concurridos suelen ser los ideales ya que rompen con la rutina diaria y transportan a la persona que queremos seducir a otra realidad, o mejor dicho, la alejan de su realidad cotidiana durante unas horas. Por lo que también puede llegar a despojarse de sus responsabilidades y obligaciones, y mostrarse más receptiva. Sería como una especie de «liberación» que le haría actuar de manera diferente durante unas horas. La máscara social se cae, la magia es susceptible de aparecer (mucho más que en la vida cotidiana), la persona resulta más asequible y, sin duda, se siente más viva. Las barreras de lo «permitido o no» suelen borrarse y es entonces cuando «la presa» se vuelve más vulnerable. Todo esto debe tener en cuenta una buena seductora.
El Carnaval
Cuando hablo de fiesta, no me refiero sólo al festejo en un bar o una discoteca. Luego hablaré de ello. Voy a empezar por una celebración que es el mejor ejemplo de todo lo que acabo de explicar.
¿Por qué creéis que los grandes carnavales en Nueva Orleans, Río o Venecia, por citar sólo algunos, tienen tanta fama? Sí, claro, por lo espectaculares que son. No lo dudo. Pero también, y fundamentalmente, porque la máscara social desaparece para dejar sitio a la máscara de lo irreal, del sueño, de los miedos incluso (véase la máscara del Dottore della Peste). Obviamente, queridas amigas, os recomiendo echarle un vistazo a la cara del «perseguido» antes de intentar seducirle, no vaya a ser que tenga de verdad el rostro del Dottore della Peste... Este mundo de cuentos de hadas es muy importante ya que, la mayoría de las veces, la seducción y un entorno marcadamente onírico están bastante hermanados.
La fiesta es ideal porque también suele distorsionar (o, muchas veces, inmovilizar) el tiempo y producir un efecto mental euforizante, y a veces los mismos «daños colaterales» (buenos... eso sí) que un huracán. Si tratas de seducir durante una fiesta de carnaval, te recomiendo que uses una máscara bella pero, a la vez, misteriosa. Nada de rostros de cerdito, de rana, de bruja con verrugas incluidas, o de Paris Hilton... No, no, no. Tomémonos la cosa muy en serio. Además, están muy vistas. Usa la imaginación y ponte una buena máscara que transmita misterio, erotismo, picardía, etc. Si además te envuelves en un buen perfume embriagador (evita el pachulí, que suele dejar, durante semanas, los mismos rastros que el Cucal...), entonces estarás preparada para que el seducido se convierta en el seductor (o que lo crea...). Suma total del esfuerzo empleado para la seducción: sólo el tiempo invertido en tu disfraz.
La discoteca
Pero volvamos a algo mucho más corriente y por lo que debería haber empezado: la discoteca. Parece el sitio por excelencia de los/las seductores/as y los/las que buscan ser seducidos/as. Lo siento, pero es así. ¡Cuidado con este tipo de lugar! Si se quiere seducir buscando una relación de más de una noche, la discoteca sólo es el mejor sitio por la cantidad, pero no por la calidad.
De modo que, si no hay más remedio que la famosa «discoteca-con-el-Dj-de-moda-que-cobra-más-que-un-ministro» (y que todo un gabinete entero), primero os aconsejo esquivar a los amiguitos pelmazos (es otro proceso de seducción, sí, lo reconozco) y aislar al hombre que realmente os interesa. Conseguir aislarle es en gran parte haber conseguido seducirlo. Antiguamente, no había más sitio que las fiestas, los bailes de pueblo, etc., para intentar crear vínculos amatorios. Pero los bailes de pueblo eran otra cosa. Se podía hablar, conocerse mejor, y, sobre todo, se podían establecer mejores estratagemas.
Hoy en día la gente se dispersa mucho y, lo peor, ¡atención!, hay mucha COMPETENCIA. Debemos evitarla a toda costa, al menos hasta que la presa elegida esté locamente rendida a nuestros pies. Pero en una discoteca es fácil que la listilla de turno, con el push-up puesto, las extensiones en su sitio y el alisado japonés impecable, se cuele y acabe retorciéndose en un beso apasionado con nuestra «futura» captura. Lo único que puedes ganar en noches como ésas son unos buenos mechones de pelo arrancados entre los dedos. Si tu rival lleva extensiones, la dejarás en evidencia, lo cual es un punto a tu favor, pero es todo menos glamuroso. Dignidad ante todo, y más si él está presenciando este panorama de histeria femenina. No, no hay que dejar que piense que es objeto de deseo de varias féminas, porque entonces se crecerá y será mucho más difícil poner en práctica tu talento de seductora. Lo que sí puedes hacer es dejarte cortejar por varios humanoides y, sobre todo, que tu presa vea lo que está sucediendo. Siempre se ha dicho que un hombre casado o con novia tiene más éxito que un hombre soltero. Es cierto. En nuestro caso, pasa lo mismo. El objeto de deseo en el que podemos convertirnos tendrá más éxito si está rodeado de pretendientes. Esta curiosa actitud debe ser una reminiscencia fósil del instinto animal de competencia de todos los mamíferos. Así que déjate querer. Obtendrás más éxito.
Me encuentro con muchas mujeres que se quejan de lo mismo. Y suelo ser bastante dura con ellas, lo reconozco.
A continuación, vienen algunos ejemplos de conversación que he podido oír al respecto:
«Salgo todos los sábados por la noche y no hay manera de encontrar a mi alma gemela. ¡Todos los hombres son iguales!»
«Cuando me encuentro con un chico que me gusta, sólo piensa en meterla y luego desaparece sin dejar rastro.»
Acto seguido, pregunto dónde los han conocido, y al unísono me cantan: un sábado por la noche, de fiesta, o de copas, etc. ¡Hombre, claro! Pero ¿qué esperáis encontrar en una discoteca? ¿Un premio Nobel de Literatura? ¿Un ingeniero nuclear? (Si aparece es por pura casualidad, o bien porque su empresa celebra algo, o bien porque un amigo suyo lo ha arrastrado hasta allí, o bien porque el local es radiactivo.) Encontraréis hombres, sí, cuyas masculinas atribuciones incluyen el ser capaces de preguntar la inteligente sentencia: «¿Estudias o trabajas?», a lo que puedes responder: «Y tú, ¿opositas o cobras del paro?», o «¿En tu casa o en la mía?» (os aseguro que estas frases siguen escuchándose por allí, para la desgracia de mujeres inteligentes como nosotras). Lo peor, al menos para mí, es la pregunta: «¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?». Ahora mismo espantando a un gilipollas.
Chicas, estamos frente al mismo debate y a los mismos tópicos que generamos nosotras mismas: «Los hombres sólo piensan en follar, etc.». Queridas amigas, si vais a un río, no pretendáis pescar tiburones. Con un poco de suerte, conseg
