Todo por amor

Jean Sasson

Fragmento

Prólogo

Prólogo

En Afganistán, las niñas también pueden soñar, pero solo los sueños de los niños se hacen realidad. Los niños son dueños del mundo en el que viven, mientras que las niñas quedan relegadas al papel de criadas, obligadas a complacer a los hombres de su familia. Los niños afganos están educados para tratar con dureza a las mujeres, pero, pese a ello, el corazón se me encogió de compasión mientras observaba a las niñas entrar tímidamente en la escuela Share-i-Now de Kabul para afrontar su primer día de parvulario.

Sin embargo, erguí los hombros, saqué pecho y tiré de la mano de mi madre para abrirme paso con gesto altivo entre las amilanadas criaturas que se apretujaban contra sus hermanas mayores o sus madres.

Sentía la importancia del momento, pues toda la ropa que llevaba era nueva, recién estrenada, desde la camisa blanca hasta el pantalón corto gris e incluso los mocasines negros. Bajé la vista para cerciorarme una vez más de que el polvo de Kabul no les había arrebatado aquel lustre tan intenso que casi permitía que me viera reflejado en ellos. Vestía un atuendo muy caro, puesto que las familias afganas se gastan hasta el último pul en proporcionar a sus hijos varones lo mejor, aunque lo cierto era que para nuestra familia no suponía un gran sacrificio, pues gozábamos de una posición económica desahogada.

Era 1966 y yo tenía cinco años. Los niños y las niñas afganos eran segregados en la pubertad, pero a edades más tempranas se les permitía relacionarse. Así pues, compartiría aula con niñas de mi edad, si bien al ser varón se me consideraría más importante.

Entramos en la clase, y mi madre y yo elegimos un pequeño pupitre con silla en la zona donde estaban congregándose todos los niños. Mi madre se inclinó hacia delante para rozarme la mejilla con los labios, pero me aparté de ella, convencido de que era demasiado mayor para tales demostraciones públicas de afecto. Mi madre me acarició la cabeza recién afeitada, el estilo de moda para los niños de la época. Me dirigió una última mirada penetrante antes de darse la vuelta a regañadientes y alejarse de su único hijo varón, Yousef Agha Khail. Aquel era el momento más feliz de mi corta vida, porque sabía que iba en camino de convertirme en un hombre, algo que siempre había anhelado.

Miré a mi alrededor. Las niñas se habían situado en un lado y los niños en otro. Poco acostumbradas a verse sin sus madres, las niñas, paralizadas por la angustia, agachaban la cabecita, mientras que los niños se sentaban muy erguidos y seguros de sí mismos. Me volví hacia mi madre, que me observaba desde el umbral, y le dediqué un ademán de cabeza breve y sobrio.

Recuerdo que pasé aquellos primeros meses de parvulario jugando, convirtiéndome en el niño más osado de la clase y realizando mis tareas con ahínco, porque se esperaba mucho de los niños varones. La rutina escolar se rompió de pronto aquel fatídico día en que mi anciana niñera, a la que todos llamábamos Muma, me puso sin darse cuenta unos pantalones cortos muy difíciles de desabrochar.

Ahora puedo perdonarle aquel terrible error, pues la niñera Muma era tan anciana que el cabello se le había vuelto tan blanco como la nieve de las montañas, aunque en ocasiones se lo teñía con henna. Era de Pansher, una región de Afganistán en la que, según los rumores, las mujeres producen más leche de la que necesitan para amamantar a sus bebés. Por esa razón, muchas familias afganas de buena posición contrataban a mujeres de Pansher como nodrizas. Muma había sido la nodriza de la familia de mi madre durante muchos años. Cuando mi madre quedó embarazada por primera vez, mi abuela Hassen envió a Muma a casa de su hija para que cuidara de ella. Nada más nacer mi hermana Nadia, se puso de manifiesto que Muma se había quedado sin leche hacía ya mucho tiempo, pero pese a ello mi madre conservó a su lado a la fiel nodriza.

Aquella mañana, al sentir la llamada de la naturaleza, comprobé que mis deditos no lograban desabrochar las hebillas. El encargado de los lavabos de niños se ofreció a ayudarme, pero yo tenía un secreto que no deseaba revelar, de modo que se lo impedí. Sin embargo, al poco estaba desesperado, porque corría el peligro de orinarme encima. Mi habitual seguridad en mí mismo me abandonó y dio paso a unos intensos sollozos. En aquel instante, el encargado me cogió la mano para llevarme de nuevo al aula. Cuando la maestra se agachó para ayudarme, intenté zafarme de sus manos insistentes con todas mis fuerzas.

La consternación extrema que me embargaba intensificó el volumen de mi llanto, por lo que la desconcertada maestra ordenó al encargado que fuera a buscar a mi hermana mayor, Nadia. Esta llegó corriendo y me desabrochó la cinturilla del pantalón corto. Mi hermana no debía de estar pensando con claridad, porque, en lugar de parar, me bajó el pantalón delante de toda la clase.

Todo el mundo profirió una exclamación ahogada.

Bajé la mirada e intenté recobrar el aliento. Mi secreto había salido a la luz. ¡Yousef Khail no era un niño! ¡Yousef Khail era una niña!

Horrorizada, me subí los pantalones de un tirón, salí como una exhalación de la clase y corrí al lavabo de niños, donde por fin oriné. Después me quedé en el pasillo, demasiado avergonzada para enfrentarme a la maestra y a mis compañeros, pero al poco me ordenaron que volviera a la clase. Cuando entré, todos me miraron sin disimulo y con expresión perpleja. Advertí que algunos lanzaban risitas burlonas, de modo que me apresuré a sentarme con la cabeza gacha. De repente, me parecía a las niñas a las que tanto había desdeñado. En cuestión de pocos minutos, había pasado de ser un niño popular a convertirme en una niña insignificante.

Mi maestra era muy bondadosa y no mencionó siquiera el hecho de que la clase contaba ahora con una niña más. Aquel tormento de día por fin acabó, y yo salí despavorida del edificio a esperar con impaciencia la llegada de mi niñera. Anhelaba llevarme mi vergüenza a casa.

La casa de mi familia, situada en el barrio residencial de Share-i-Now, se hallaba tan cerca del parvulario que Muma me acompañaba a pie a la escuela cada mañana y me recogía cada tarde. Lancé un suspiro de alivio al divisar su silueta familiar acercarse al edificio, pero en aquel instante mi maestra salió para saludarla y la condujo al despacho de la directora. Presencié la escena trastornada, con el rostro ruborizado y el corazón desbocado.

Ardía en deseos de ver a mi madre, que estaba fuera del país a causa de una dolencia. En aquella época, casi todos los afganos cultos y bien relacionados buscaban tratamiento médico en el extranjero, y mi padre la había llevado a Moscú para que le trataran un problema de tiroides. Mi madre era tan inteligente y osada que sin duda habría logrado convencer a la directora de que todo aquello era un extraño malentendido, de que su segundo vástago era en verdad un varón, pero yo sabía que mi pobre niñera nunca reuniría el valor suficiente para plantar cara a la autoridad. Hundí los hombros, desalentada. La niñera se lo contaría todo a las maestras, les explicaría por qué la hija de un destacado pashtún afgano, Ajab Khail, se había hecho pasar por un niño.

La entrevista transcurrió tal como había temido. La directora no tardó en conocer la historia de mi vida, el hecho de que ansiaba tan desesperadamente ser un niño que había representado ese papel durante toda mi vida, de que me negaba a jugar con niñas y reaccionaba con furia si alguien rehusaba aceptar que era un varón.

La directora envió a una maestra a buscarme. El corazón me dio un vuelco cuando supe que todas las profesoras de la escuela querían verme. Me puse a temblar: imaginaba que me castigarían por vivir semejante mentira y que mi humillación sería absoluta. Para mi sorpresa, cuando se abrió la puerta comprobé que los numerosos rostros que me miraban con fijeza sonreían. Exhalé un suspiro de alivio. ¿Los habría convencido Muma de lo imposible, de que en verdad yo era un niño y de que los acontecimientos de aquel día no eran más que un terrible malentendido?

La afable directora me apoyó las manos en los hombros y me llevó a la parte delantera de la estancia.

—Este es un día especial para todos nosotros —anunció—. El día oficial en que nuestro joven alumno Yousef se convierte en Maryam. —Dedicó una sonrisa alentadora a su público antes de proseguir—: Permítanme que les presente a Maryam Khail.

Me quedé tan estupefacta que no alcancé a articular palabra; me limité a rascarme la cabeza rapada con ademán de desconcierto. Todas las maestras parecían muy divertidas, y una a una me felicitaron. Acto seguido, la directora me tendió el uniforme escolar femenino.

—Maryam, eres una niña muy especial, una niña preciosa y única en todos los sentidos.

Me sobresalté cuando otra maestra entró con paso firme en el despacho para entregarme un enorme y colorido ramo de flores. La directora incluso hizo venir al fotógrafo de la escuela, quien preparó un retrato oficial con grandes aspavientos. Pese a la emotiva celebración y a la amabilidad de aquellas maestras, yo estaba hundida. Bajé la mirada hacia las prendas que sostenía en las manos. Ahora tendría que llevar el uniforme que tanto detestaba: un sombrío vestido negro que llegaba por debajo de la rodilla, con medias también negras y pañuelo blanco. Los niños podían combinar todo tipo de pantalón corto o largo con cualquier camisa que estuviese limpia; sin embargo, las niñas de la escuela estaban obligadas a llevar ese uniforme. Aquel atuendo hacía imposible jugar con libertad, montar en bicicleta o patinar, ya que resultaría escandaloso si una niña se caía y dejaba al descubierto las extremidades o las bragas.

Una vez más se cernía sobre mí mi futuro como niña afgana. A partir de entonces, tendría la obligación de mostrarme sumisa ante los chicos, quienes ocupaban el centro del escenario. Las asignaturas más interesantes se ofrecerían a los varones, mientras que yo me encontraría confinada entre las chicas para aprender a pespuntear en línea recta o preparar copiosos ágapes para los hombres de la familia. Al cabo de pocos años aparecería la sangre y entonces el espejo me devolvería la imagen de un rostro maduro. Al poco dejaría a mi familia para casarme, entrar a formar parte de un hogar desconocido y convertirme en la criada de la madre de mi esposo.

Seguía sin pronunciar palabra cuando Muma, también muy callada, me sacó de la escuela. Yo arrastraba los pies por el peso de la desesperación: estaba convencida de que aquel había sido el último día feliz de toda mi vida. Había disfrutado de cada minuto de mi vida como Yousef. No albergaba deseo alguno de convertirme en Maryam, pues a lo largo de los años había escuchado a demasiados familiares expresar la decepción que les causaba mi sexo.

Yo era la segunda y última hija de mis padres, Ajab Khail y Sharifa Hassen. Tras el nacimiento de mi hermana Nadia, tanto familiares como amigos ansiaban desesperadamente que el segundo vástago fuera un varón, ya que en Afganistán las madres y los padres que tan solo engendran hijas no gozan de respeto alguno. Así pues, fue una decepción para muchos desde el mismo instante de mi estruendoso nacimiento. Si bien no era el hijo varón que anhelaban, ocasioné mucho revuelo porque llegué al mundo de un modo espectacular.

Nací al filo de la medianoche del viernes 16 de diciembre de 1960. Horas antes, mi madre se había sometido a la última exploración prenatal. Madre le contó al médico que se sentía tan incómoda que estaba convencida de que su segundo hijo no tardaría en nacer, pero el facultativo discrepó y le advirtió que se lo tomara con calma, puesto que en su experta opinión su segundo hijo no vendría al mundo hasta al cabo de diez días como poco. Pero demostré que el médico se equivocaba al cabo de tan solo unas horas, cuando mi madre despertó poco después de acostarse. Yo estaba preparada para nacer y empezar a hacer de las mías en el mundo.

Afganistán sufre inviernos largos y muy duros, y aquella noche de diciembre se acumulaban más de treinta centímetros de nieve, que sin duda se convertirían en más. Mi madre debía dar a luz en el hospital, de modo que necesitaba que la trasladaran allí. Cuando yo nací, pocos hogares afganos disponían de teléfono, por lo que mi padre se vio obligado a correr hasta la calle principal para utilizar el público. Llamó al servicio de ambulancias y les rogó que acudieran deprisa, ya que su esposa debía llegar al hospital de inmediato.

Sin embargo, nada va deprisa en Afganistán, de manera que mi pobre padre esperó al menos dos horas en la nieve, permaneciendo en el lugar acordado a fin de poder acompañar al conductor de la ambulancia hasta nuestra casa. Esta tardó tanto en llegar que las contracciones de mi madre se intensificaron cada vez más. A fin de tranquilizarla, Muma y la abuela Mayana Khail, la madre de mi padre, que vivía con nosotros, se turnaban para masajearle la espalda. Por fin, las tres mujeres oyeron la sirena de la ambulancia, y la abuela envolvió a mi madre con cuidado en un grueso abrigo de invierno. Salieron a toda prisa de la casa para esperar en el porche.

Después de una contracción particularmente fuerte, mi madre se desplomó en el escalón superior del porche, y en cuanto quedó sentada, salí proyectada hacia el exterior. Por suerte, Muma era una experta cazadora de bebés. Se abalanzó hacia delante para atraparme al vuelo cuando nací, porque salí disparada del alto escalón. Quizá el viento gélido me espabiló más de lo que es habitual en los recién nacidos, pues Muma me contó más tarde que vine el mundo con los ojos brillantes, ansiosa desde el primer instante.

Me han contado que desde el primer día fui una hija testaruda y difícil, nunca dócil ni obediente como se espera de las niñas musulmanas. Quizá mi actitud se debía a que cada vez que nuestra familia se reunía para alguna celebración, tíos, tías y primos me saludaban con comentarios hirientes tales como «¡Lástima que no sea niño!». Si bien mis padres eran más modernos e inteligentes que la mayoría, y replicaban a aquellas pullas diciendo que Maryam era su niño, mis sentimientos acerca del hecho de ser niña siempre fueron negativos.

Empecé a lamentar mi sexo, aunque más tarde me enfurecí conmigo misma por no ser el niño que quería ser. Detestaba tanto ser una niña que como una tonta me convencí de que podía convertirme en un niño si lo deseaba con suficiente ahínco. Despreciaba a las niñas de mi edad y jugaba con mis primos varones o con los niños del barrio. Mis padres me seguían la corriente, permitiendo que me vistiera siempre de chico y que llevase la espesa cabellera corta. No interpusieron objeción alguna cuando más adelante insistí en raparme por completo. Coleccionaba coches de juguete, y con los años me hice experta en el manejo de las cometas, uno de los pasatiempos favoritos de los niños afganos. Asimismo, patinaba y montaba en bicicleta. Me sentía tan capaz como cualquier niño.

Se me daba tan bien ocultar mi sexo que al poco tiempo mi familia y el barrio entero parecieron olvidar que no era lo que fingía ser. Creía ingenuamente que podría perpetuar la farsa, pero la realidad me dio alcance con rapidez y crueldad cuando mi hermana reveló mi secreto de modo involuntario. La escuela se había convertido en la parte más importante de mi mundo, y nunca más me aceptarían como varón en aquel universo tan esencial para mí fuera de mi hogar y mi barrio.

Poco tiempo antes, mis padres se habían ausentado de Afganistán en busca de tratamiento médico para mi madre. No lograba dejar de preocuparme por ella, y los acontecimientos de aquel día consiguieron que los echara de menos a ambos todavía más. Mis padres eran maravillosamente modernos, distintos por completo de casi todos los demás adultos del país, y anhelaba una intercesión milagrosa por su parte. Los dos eran muy cultos y proclives a aceptar ideas nuevas. Asimismo, me adoraban y casi siempre apoyaban mis excentricidades. Creía que mis padres podrían protegerme de mi destino, pero por supuesto era demasiado pequeña para comprender realmente lo que significaba ser mujer en Afganistán. Lo que todavía no sabía era que incluso la reina podía morir asesinada por un capricho de su esposo o incluso de su padre, hermano o primo. Si eso sucedía, nadie se alzaría para defenderla. Todo el mundo aceptaría cualquier explicación absurda que ofreciera su familia, porque si un hombre considera que debe asesinar a una pariente, todos inferirán que la mujer se lo ha buscado. La única pregunta que formularían sería: ¿qué pecado habrá cometido para que sus pobres parientes varones se hayan visto obligados a matarla?

Apreté el paso al divisar la silueta de nuestra casa. Lo único que quería era refugiarme en algún rincón.

En aquella época no lo sabía, pero vivíamos en la zona más elegante de Kabul, la capital de Afganistán. Se trata de una ciudad muy antigua, con más de tres mil años de historia, situada en las espectaculares montañas de Hindu Kush, a horcajadas sobre el río Kabul. Durante mi juventud, era el corazón económico y cultural del nordeste de Afganistán. Kabul era por entonces una ciudad hermosa, y todo colegial aprendía de memoria poemas que ensalzaban su belleza. El más conocido de ellos era «Kabul», obra del poeta persa Saib-e-Tabrizi.

KABUL

Ah, hermosa Kabul, cercada por sus áridas montañas,

aun la rosa envidia sus espinos punzantes,

sus ráfagas de arena pican levemente mis ojos,

pero amo Kabul, que el conocimiento y el amor mismo han nacido de este polvo.

Mi canción exalta el centelleo de sus aguas,

sus flores de mil colores y la belleza de sus árboles.

¡Qué brillantes son los ríos de Pul-I Bastaan!

¡Que Alá proteja tal belleza del malvado ojo humano!

Los hombres eligen Kabul por encima del Paraíso,

pues sus montañas los llevan cerca de los placeres del cielo.

Cada calle de Kabul es cautivadora al ojo.

A través de los bazares, las caravanas de Egipto recorren las tortuosas calles.

Mil soles espléndidos se ocultan tras sus muros.

Son incontables las lunas que brillan sobre sus azoteas,

su risa temprana es alegre como las flores,

sus noches de oscuridad, reflejos de hermosos cabellos.

Sus ruiseñores melodiosos con pasión cantan sus canciones,

ardientes melodías que caen como hojas encendidas por el torrente de sus gargantas.

Aun el Paraíso siente celos de Kabul.

A la sazón, todo el mundo hallaba Kabul espléndida, y nadie imaginaba las cruentas guerras que acechaban en el futuro tenebroso de mi país y que reducirían a cenizas casi todos los edificios de la ciudad.

Si bien vivíamos en un vecindario rico, nuestro hogar no era suntuoso, sino un edificio sencillo de una sola planta. Contaba con un salón pequeño, otra sala de estar y una cocina diminuta, aunque bien equipada. La estancia más espaciosa de la casa era el dormitorio de mis padres, tanto que en él se acomodaban cuatro camas. Nadia y yo dormíamos en dos camas de dimensiones americanas estándar situadas en un rincón, mientras que los lechos de mis padres, más grandes, se hallaban al fondo de la habitación. La cama de mi padre era la más bonita, de lujosa madera maciza, obsequio de un general británico que había vivido un tiempo en Afganistán. Junto a ella, había una mesilla de noche antigua de madera labrada, regalo de un marajá de la India. La madera siempre había sido un bien muy preciado en mi país, porque los árboles escasean en casi todo el territorio.

Recuerdo cuánto me gustaba deslizarme en la cama de mi madre para dormir unas horas allí antes de levantarme y pasar a la cama de mi padre para seguir durmiendo unas horas más. Eran tiempos agradables e inocentes. La casa tenía otro dormitorio muy pequeño, donde dormía la abuela Mayana, pero era una mujer triste y solitaria a la que veíamos menos de lo que debíamos.

Cuando Muma y yo nos disponíamos a entrar en el jardín delantero, atisbé a mi abuela deambulando con la cabeza baja, una anciana absorta en sus pensamientos. Aflojé el paso, agarré la mano de Muma y tiré de ella. La abuela Mayana era una mujer dulce en extremo, pero también la última persona del mundo a la que quería ver ese día, porque tenía la personalidad más deprimente que había visto en mi vida. En una ocasión, mi padre dijo que todos los sinsabores que había sufrido a lo largo de su vida habían transformado su rostro en una máscara de tristeza perpetua.

Seguí caminando a paso de tortuga con la esperanza de que la abuela desapareciera en su cubículo, aquel pequeño refugio del que rara vez salía. En aquel momento, ella alzó la vista y me vio, pero en sus ojos no apareció expresión alguna, y sus labios no se curvaron en una sonrisa. Tampoco yo le sonreí. Después de aquel día tan espantoso, no estaba de humor para que nadie me recordara que su pasado podía llegar a ser mi futuro.

Según la leyenda familiar, la abuela Mayana había sido una de las muchachas más hermosas del país. Pero como sucede a todas las mujeres afganas, ni la belleza más admirada logró salvarla del mal que acechaba en Afganistán.

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En una época, los sueños juveniles de la abuela Mayana prometían llegar a hacerse realidad. Si bien su familia apenas poseía bienes materiales, incluso los pobres de Afganistán sueñan con chozas limpias, una paletilla de cordero que servir en las celebraciones ocasionales y un matrimonio satisfactorio seguido de muchos hijos varones.

El padre de Mayana era un granjero pobre de Sayid Karam, un distrito de la provincia de Paktiya, situada a unos cien kilómetros al sur de Kabul y habitada por integrantes de la tribu Khail. La zona eminentemente montañosa y desprovista de bosques y demás vegetación padece un clima muy seco, por lo que a los granjeros les resulta difícil cultivar alimentos suficientes para mantener a sus familias.

Pese al durísimo clima, que exigía esfuerzos redoblados a los granjeros, el padre de Mayana no estaba descontento, pues tenía una mujer que trabajaba sin descanso e hijos a los que adoraba. La familia era conocida por engendrar hijos apuestos y bellas hijas, pero ninguna resultaba tan hermosa como Mayana. Incluso las mujeres, admiradas ante tanta belleza, murmuraban que Mayana era exquisita, una joven de hoyuelos irresistibles, labios sensuales y enormes ojos oscuros y danzarines.

Si bien no existían partidas de nacimiento para las niñas, la familia cree que la abuela Mayana nació alrededor de 1897, en una época de relativa paz en el país. El Afganistán de su juventud vivía en un aislamiento casi absoluto, fruto de unos gobernantes que desconfiaban de sus vecinos, así como de la inaccesibilidad de un país engarzado en las altas montañas que lo rodeaban por completo. Afganistán era por entonces un país de unos seis millones de habitantes, organizados en su mayoría en tribus fanáticas que luchaban entre ellas o contra cualquier incauto que osara cruzar sus fronteras. Los británicos habían intentado ocupar Afganistán, ya que el país era el amortiguador entre sus intereses en la zona y Rusia, pero la derrota y la retirada habían dejado un rastro de huesos británicos esparcidos bajo el ardiente sol afgano.

«Prohibido el paso», rezaban las señales en todas las fronteras, custodiadas por soldados. Había torres de vigilancia repartidas a lo largo de las antiguas rutas de las caravanas, las mismas rutas que utilizaran antaño Alejandro Magno y Genghis Khan. No había ferrocarril ni líneas de telégrafo. Todos los productos que entraban o salían se apilaban sobre bestias de carga, caravanas compuestas de asnos, caballos, camellos e incluso elefantes.

La crueldad formaba parte integrante de la cultura, con castigos aprobados por el Estado que iban desde el lanzamiento de presos con cañones y las decapitaciones con sable hasta los entierros en vida, las lesiones oculares que causaban ceguera y las lapidaciones. Tal vez el castigo más despiadado de todos fuera la muerte por inanición. Los ladrones eran encerrados en jaulas metálicas y colgados en lo alto de postes en el centro de la ciudad para que sus amigos no pudieran pasarles veneno ni comida. Los pobres diablos sufrían una muerte terrible por la falta de comida y agua; los más afortunados morían antes a causa del calor o la hipotermia, según la época del año.

El monarca reinaba con una autoridad incuestionada, pero los miembros de la realeza se trataban entre sí con la misma brutalidad que mostraban a sus súbditos. Muchos herederos al trono eran cegados adrede, porque un hombre con una discapacidad física no podía ocupar una posición elevada en Afganistán.

En 1913, la abuela debía de tener quince o dieciséis años. El emir de Afganistán tenía muchos problemas con los proscritos, bandas de guerreros que lanzaban ataques en todo el norte del país antes de huir al valle de Khost. Aquel fue asimismo el año en que se descubrió una conspiración contra el emir en Kabul. Los conspiradores fueron desenmascarados y lapidados o bien apuñalados hasta morir, de modo que el levantamiento quedó en agua de borrajas. La noticia causó gran revuelo en todo el país, pero es muy probable que la abuela no fuese consciente de ello, pues los asuntos políticos eran dominio exclusivo de los hombres. A buen seguro, ella estaba por completo centrada en su futuro matrimonio.

Sin duda alguna, su belleza de ojos brillantes y mejillas sonrosadas atraía a muchos pretendientes a su puerta, pero el matrimonio de Mayana había quedado concertado en el momento de su nacimiento. Estaba destinada a convertirse en la esposa de su bondadoso primo hermano, hijo del hermano de su padre. Todo el mundo aprobaba el acuerdo, pues la cultura afgana favorece el matrimonio entre primos, pero la belleza excepcional de la abuela torció el camino establecido de su vida.

La ley gubernamental, respaldada por la cultura tribal, obligaba a las mujeres a llevar velo, si bien la familia de la abuela permitía a sus mujeres correr de una casa familiar a otra sin cubrirse el rostro, ya que las viviendas estaban muy juntas. No obstante, las mujeres vestían con gran pudor, cubriéndose el cuerpo con capas y la cabeza con pañuelos.

Fue por esa razón que, cierto día de 1913, mi abuela salió de la humilde morada de su padre para dirigirse a casa de su tía justo en el momento en que Ahmed Khail Khan, jefe de la tribu Khail, pasaba por delante a caballo.

La belleza clásica de Mayana sobrecogió a Ahmed Khail con tal intensidad que más tarde afirmaría haberse quedado sin habla. Hombre acostumbrado a obtener cuanto deseaba, decidió al instante que convertiría a la belleza de la aldea en su cuarta esposa. Ahmed Khail Khan había contraído matrimonio seis veces, pero en aquellos momentos tan solo tenía tres esposas, de modo que no le haría falta divorciarse de ninguna de ellas a fin de casarse con una cuarta. No solo era el hombre más poderoso del clan Khail, sino que además era un musulmán pashtún suní, y nuestra religión permite a los hombres tener cuatro esposas.

Aunque embargado por un profundo deseo, Ahmed Khail mantuvo la compostura, guardó silencio y se limitó a tomar nota del lugar a fin de poder enviar más tarde a un emisario que se encargara de concertar el matrimonio. Al día siguiente, el representante del khan apareció en casa de Mayana cargado de regalos caros. El hombre entregó los tesoros al asombrado padre de la joven al tiempo que pedía la mano de su hija más hermosa para Ahmed Khail, jefe de la tribu Khail.

El padre de Mayana era un hombre honorable y, aunque sin duda se sintió tentado por la gran riqueza y el prestigio que tanto él como su familia obtendrían a través de semejante unión, rechazó el ofrecimiento del khan.

—Nuestra familia se siente profundamente honrada —explicó en voz baja—, pero no puedo aceptar estos suntuosos obsequios ni la propuesta de matrimonio. Mi hija se casará pronto con el hijo de mi hermano. Está prometida a él desde su nacimiento.

El emisario se quedó de una pieza. Nadie había rehusado jamás complacer al poderoso Ahmed Khail Khan. El pobre hombre se puso nervioso, temeroso de poner en peligro su propia vida si regresaba con los regalos rechazados en lugar de la promesa de una hermosa novia. Partió a regañadientes e hizo acopio de valor para aguantar el temporal que sin duda le esperaba: la joven a la que tanto deseaba Ahmed Khan estaba prometida con otro hombre.

Como era de esperar, el cabeza de la tribu montó en cólera. Cuantos le rodeaban permanecieron inmóviles a fin de no llamar su atención.

—¿Quién es ese miserable granjero que osa contrariar al jefe de su tribu? —rugió a pleno pulmón mientras agitaba los brazos—. ¿Dónde puedo encontrar a ese desgraciado que pretende quedarse con semejante belleza?

Mientras la familia de Mayana proseguía con los preparativos de la boda, otro plan espeluznante ya estaba en marcha. Mayana nunca se casaría con su prometido, el único hombre al que había considerado en su vida como posible esposo y padre de sus hijos.

Dos días después de que el emisario del khan se marchara con las manos vacías, un diestro jinete pasó a toda velocidad por delante de la casa y arrojó un gran saco de arpillera desastrada ante la puerta del granjero. El padre de Mayana lo abrió con un cuchillo y de inmediato retrocedió horrorizado. El saco contenía el cadáver destrozado de su sobrino. Todo el mundo comprendió que el ominoso mensaje procedía sin duda del jefe de la tribu Khail: nadie podía contrariarlo. El asesinato era un brutal recordatorio de que el khan detentaba un poder absoluto sobre su tribu. A fin de evitar más derramamiento de sangre, la horrorizada familia le envió un mensaje al khan para asegurarle que su joven hija Mayana se presentaría en su casa al cabo de unos días.

Como de costumbre, Ahmed Khail se salió con la suya.

Así fue como mi abuela Mayana se convirtió en una esposa trofeo, al igual que muchas otras mujeres afganas que son entregadas al hombre más rico e influyente.

Mi abuela rara vez me hablaba de su juventud o de sus primeros años de casada. Mostraba un profundo afecto por mi hermana y por mí, pero guardaba un sile

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