Pulphead

John Jeremiah Sullivan

Fragmento

cap

EL REGRESO FINAL DE AXL ROSE

1

Él no es de ningún sitio.

Esto suena coquetamente retórico, y en los tiempos que corren, resulta incluso jactancioso: una observación socioeconómica en clave para decir: «Fui a un colegio de segunda, carezco de contactos y he ganado todo este dinero yo solo».

No lo digo en este sentido. Quiero decir que no es de ningún sitio. Con los mapas pertinentes y un puntero, sé que podría convencer a las mentes más exigentes de que cuando el vasto rompecabezas empapado de sangre que es la estructura regional de este país adquirió más o menos su actual configuración después de la guerra civil, alguien extravió una pieza, que dejó un vacío, y a ese vacío lo llamaron «Indiana central». No intento decir que allí no hay nada de nada. Intento decir que eso es ningún sitio. Pensad en ello; sed metódicos. ¿Cuál es la zona de Estados Unidos que podemos considerar que es ningún sitio? El Medio Oeste, ¿verdad? Pero una vez te metes en el Medio Oeste, te encuentras con que cada uno de esos no lugares se ha puesto a reclamar su propia realidad particular. Están las solitarias planicies de Iowa. Sobre Michigan hay una canción de Gordon Lightfoot. Ohio tiene su idiosincrásica sosería y mediocridad, ligeramente cómica, para reivindicarse. Todos ellos tienen algo. Pero ahora os invito a cerrar los ojos, y cuando digo «Indiana»… la pantalla azul de la muerte, ¿verdad? Y estamos hablando tan solo de Indiana en general, que incluye también el sur de Indiana, donde crecí, y el norte de Indiana, que está pegado a uno de los Grandes Lagos. Todavía no hemos centrado el objetivo en la Indiana central. ¿La Indiana central? Eso es en plan: «¿Dónde estás?». No estoy en ningún sitio. «Ve a algún sitio.»

Cuando le pregunté a Jeff Strange, un DJ de rock matinal en Lafayette, qué opinaba de esa parte del mundo –por ejemplo, ¿lo consideraba parte del Sur? Después de todo, es un lugar con mucha presencia del Klan (lo cual puede interpretarse en cierto modo como una pose de desesperación), ¿o creía que formaba parte del Medio Oeste?, ¿o qué pensaba?–, ¿sabéis qué me dijo? Me dijo: «Aquí hay gente que lo llamaría “la región”».

William Bruce Rose Jr.; William Bruce Bailey; Bill Bailey; William Rose; Axl Rose; W. Axl Rose.

Él es de allí. Tenedlo presente.

2

El 15 de mayo apareció con tejanos, una chaqueta de cuero negra y unas enormes gafas de sol negras, todo cristales, que le daban un aire de hombre avispa. Habíamos estado esperando mucho, tanto en años como en horas. Era el tercero de los cuatro conciertos de regreso en Nueva York, en el Hammerstein Ballroom. Eran las once pasadas. Habían abierto las puertas a las siete en punto. Los teloneros habían acabado de tocar hacia las ocho y media. Ya se habían producido algunas peleas en la platea, y no parecía que la sala pudiese soportar más tensión sin que pasase algo serio. Yo estaba junto a una mujer de Nueva Jersey verdaderamente encantadora, una peluquera que me dijo que su marido «se encargaba de la pirotecnia» para Bon Jovi. No paraba de enviarle mensajes a uno de los amigos de su marido, que «se encargaba de la pirotecnia» de este concierto, y le preguntaba: «¿Cuándo va a empezar?». Y él le respondía: «Ni siquiera hemos entrado todavía». En determinado momento le dije:

–¿Has visto alguna vez a una multitud tan excitada antes de un concierto?

Y ella me responde:

–Sí, están así de excitados cada noche antes de que salga Bon Jovi.

De pronto allí estaba él. Y mis disculpas a la mujer encantadora, pero la gente no enloquece de tal modo cuando sale a escena Bon Jovi. La gente se volvió LOCA. Axl no es un tío alto; dudo de que contando los tacones de sus botas (de cuero rojo) llegue al metro ochenta. Avanzó hacia nosotros con una actitud pendenciera, acechante y como de dibujo animado.

Lo que ya nadie comenta sobre Axl es su extraña nueva apariencia, pero resulta difícil pasar por alto la inusual impresión que causa. A mi modo de ver, parece que llevase una máscara de Axl Rose. Se parece a un tipo al que vi hará unos doce años comiendo solo en un área de descanso para camioneros en Monteagle, Tennessee a las dos de la madrugada. Cada vez se parece más a la leyenda albina del reggae Yellowman. Su melena evoca una masa de intrincadas trenzas con aspecto de fibra de cáñamo de un rojo frambuesa, cuyos puntiagudos y retorcidos extremos se han clavado un centímetro en el cuero cabelludo. El vello de su pecho es del color de un centavo nuevo. Con las gafas de sol de hombre avispa, las trenzas y la perilla, recuerda al monstruo de Predator, o a la esposa del monstruo en su planeta natal. En sus primeras apariciones, en las fotografías a menudo parecía una chica guapa, esbelta y pelirroja de veinte años. Ahora se le ha ensanchado el tronco, con un ensanchamiento de músculos, no ese ensanchamiento debido a la acumulación de grasa de hace unos años. Marca paquete y su paquete es enorme. Me limito a informar. Ahora planta los pies muy separados.

–¿Sabéis dónde estáis? –pregunta, y nosotros, abajo, claro que lo sabemos, pero él nos lo aclara de todos modos–: Estáis en la jungla, tíos –dice, y después nos asegura que vamos a morir.

Debe de estar encantado, no solo por el modo desmesurado en que estamos enloqueciendo por verlo, sino también por el abanico de edades que se aprecia entre el público: hay hipsters que probablemente nacieron más o menos cuando apareció Appetite y a partir de ahí todo el recorrido hasta los maduros que han reducido sus voluminosas cabelleras rockeras a una coletita canosa, y un montón de microgeneraciones entre unos y otros. Pero ¿por qué debería parecerme importante destacar esto? Hace menos de un año, los lectores de la revista Teen lo colocaron en el número dos (detrás de los «abuelos») en la lista de los «100 viejos más guays»… Axl Rose, que no ha publicado un disco oficial en trece años y que, durante ese tiempo, se convirtió casi en un personaje a lo Howard Hughes –solo pedía comida a domicilio, divulgaba esporádicas promesas de que un nuevo álbum, titulado Chinese Democracy, estaba a punto de aparecer y hacía ocasionales apariciones por sorpresa en acontecimientos deportivos o desfiles de moda y espectáculos por el estilo–, con un aire un poco montaraz, un poco perdido, con un aspecto no muy distinto al de un tipo al que le han concedido un primer permiso de salida de una penitenciaría estatal. Ahora ha vuelto. Los guitarristas atacan el tema, el batería inicia su aporreo en plan Estoy-REfor-ZANdo-EL-¡TEMA!, y aun a riesgo de revelar cierta blandenguería en mis gustos, debo decir que la siniestra perfección de ese riff de apertura no ha envejecido nada en absoluto.

Solo se puede hacer una cosa, y se nota que todo el mundo lo está haciendo: comparar esto con lo de la MTV de 2002. Si viste eso, puede que lo de aquí te parezca una nueva versión de sus tediosas escenificaciones grotescas, pero frente a eso, lo que yo digo es que no hay que olvidar ningún detalle. Sobre el guitarrista Buckethead. Sobre el otro guitarrista. Sobre el ondeante jersey de rugby de aire adolescente de Axl o el desolador modo en que abortó su baile serpenteante deslizando los pies transcurridos solo unos segundos en la pantalla sobre el escenario, en plan: «¿Queréis ver mi baile serpenteante? Vale. Hago mi baile serpenteante. Oh, no, creo que me ha dado una pequeña apoplejía. Me largo». El audible resollar en busca de oxígeno en la segunda «pose de rodillas» en el Sha-na-na-na-na-na-na-na-na-na-na-na, pose de rodillas, pose [¡jadeo!] de rodillas. Los correteos y cantos que cada vez parecían más y más traspiés y graznidos a medida que transcurrían los interminables minutos. El constante toquetearse el auricular en un gesto con algo de geriátrico.

En mi opinión esta noche es diferente. En primer lugar, estos tíos pueden cubrir el expediente o incluso afrontar en condiciones las partes de Slash. No tienen que recurrir a la partitura para reconstruir sus solos, como sucedió en la MTV. A Buckethead lo ha reemplazado un tipo llamado Bumblefoot, y Bumblefoot es un virtuoso.Y también lo es Robin Finck, que antes formó parte de los Nine Inch Nails. Lo tocan todo nota a nota. Y aunque podríamos debatir sobre el asunto del virtuosismo aplicado a la música pop –concretamente que, por algún motivo, la gente capaz de tocar cualquier cosa, cuando se le pide que se invente algo, nueve de cada diez veces creará algo espantoso–, el caso es que, si pretendes sustituir a todo tu grupo, instrumentista por instrumentista, y decirles «Tocad así», tienes que encontrar músicos cojonudos.

Todo el concierto tiene este planteamiento bien claro. La rudeza está aquí al servicio de la sinceridad; es una batalla entre la disonancia de ver a estos tíos que no estaban en la formación original de Guns N’ Roses pegando saltos con Axl y tocando las canciones de Guns N’ Roses –algo que provoca una chocante e incluso perturbadora discordancia– y la perdurable calidad de las propias canciones. El resultado determinará si lo de esta noche ha sido una puta mierda o «un poco triste, pero, tío, es Axl». Por si sirve de algo, yo creo que salió victorioso. De entrada, ha recuperado la voz. Sentía lo que cantaba. Y su baile…, no sé muy bien de qué otro modo llamarlo. Ha madurado. Desde el principio, él ha sido el único varón blanco indispensable como bailarín de rock de su generación, el único que merece ser imitado en plan burlón. Considero el momento en que, en el vídeo de «Patience», hace a cámara lenta el baile serpenteante deslizando los pies mientras deja que sus manos floten como si fuesen plumas en el aire estático –un breve instante de casi pausa en su descenso por cada nota que Slash enfatiza en su transición hacia la coda–, el mejor momento de baile rock de un varón blanco en la era del vídeo. Lo siento, pero lo que hace Axl es maravilloso. Si pudiese, yo lo haría cada vez que voy caminando hasta la tienda. Al levantarme cada mañana bailaría como William Byrd de Westover, y ese sería mi baile. Y aunque no puedo decir que esta noche Axl esté bailando tan bien como solía hacerlo, que sus talones se deslizan con tanta fluidez que parece que hayan sido tocados por una varita mágica que les ha librado del peso y la resistencia, y aunque en algunos momentos puntuales a uno le recuerda a uno de esos tíos paletos que, con unas copas de más, intenta «hacer su Axl Rose» después de una fiesta de la Super Bowl, pese a todo logra salir honorablemente airoso. Está haciendo ese baile del «maldita sea, me he tirado una bola de bolera encima del pie mientras giraba sobre mí mismo con el soporte del micrófono en la mano»; está haciendo el baile, entre estrofa y estrofa, del «doy saltitos laterales agarrando el soporte del micrófono como si fuese un guerrero empuñando un arma en un ritual de ataque». Y al acabar cada frase mira fijamente a la multitud con esos ojos extrañamente sorprendidos pero sin atisbo de miedo, como si lo hubiésemos pillado en su guarida desgarrando alguna carroña.

3

Conversación con la esposa, Mariana, el 27 de junio de 2006:

YO: Oh, Dios mío.

ELLA: ¿Qué?

YO: Axl ha mordido a un guardia de seguridad en una pierna en Suecia. Está en la cárcel.

ELLA: ¿Eso va a afectar a tu entrevista con él?

YO: No. No creo que a ellos se les haya pasado por la cabeza en ningún momento dejarme hablar con él… Pero lo de morderle a alguien en la pierna, te obliga a imaginártelo en una, digamos, postura tan deshonrosa…

ELLA: ¿Alguien ha ayudado a Axl cuando ha pasado eso?

4

Llevaba un par de días merodeando por el sorprendentemente bonito, soleado y recién renovado centro de Lafayette, husmeando cualquier cosa que pudiese encontrar. Vi la casa en que creció, eché un vistazo a las fotografías de su viejo anuario escolar en la biblioteca pública. Todo el mundo tenía su particular historia sobre Axl. Robó un televisor de esa casa de allí. Aquí es donde intentó ir con su monopatín agarrado a la parte trasera de un coche, se cayó y le quedó todo el brazo en carne viva. Salió de ese motel con una mujer medio desnuda, y un grupo de chicos más mayores se quedaron mirándola y uno de ellos tiró al suelo un cigarrillo, sin ninguna mala intención, pero Axl se cruzó, se abalanzó sobre ellos y recibió una buena tunda de hostias. Difícil documentar cualquiera de estas historias. Pero lo cierto es que existen suficientes órdenes judiciales de busca y captura dictadas contra Axl en su época en Indiana como para dar credibilidad al hecho de que la policía local y los agentes del condado se sentían justificados, y técnicamente hablando lo estaban, para retenerlo y tocarle las narices cada vez que le ponían el ojo encima. Uno duda de que saliese mucho de casa para evitar que lo pillaran, porque con esa larga y desparramada melena pelirroja era fácilmente localizable. No siempre resulta divertido ser Axl.

Hice una visita a la policía local. Están en buena sintonía con la ciudad. De hecho, resultaron ser muy amables. Encontraron y revelaron para mí los negativos de unas fotos para la ficha del detenido nunca antes vistas. Del 80 y del 82, la primera de las cuales (en la que tiene tan solo dieciocho años) es una obra maestra desconocida del arte norteamericano más desolado y cutre. Las damas del archivo rebuscaron un poco y regresaron con el informe relacionado con esa fotografía, que jamás he visto mencionado en ninguna de las biografías, ni en internet, ni en ningún lado. Está redactado por un agente que firma como «1-4». Me lo llevé al Holiday Inn y me pasé el resto de la tarde leyéndolo. Podríamos llamarlo El Incidente Sheidler. Empieza así:

NOMBRE COMPLETO: BAILEY, WILLIAM BRUCE…

ALIAS: BILL BAILEY…

TRABAJO ACTUAL: AUTOEMPLEADO - GRUPO MUSICAL.

CARGOS: ORD[EN DE] BÚSQ[UEDA] AGRESIÓN…

EDAD: 18; ESTATURA: 1,75. PESO: 67; CABELLO: PELIRROJO; OJOS: VERDES; COMPLEXIÓN: DELGADO; TEZ: CLARA…

Y esto es lo que sucedió ese día… «supuestamente» (os seleccionaré las partes más jugosas). Un chaval llamado Scott Sheidler pasaba en su bicicleta por delante de la casa de un chico más mayor llamado Dana Gregory. Scott derrapó y dejó unas marcas en la acera. Dana Gregory salió corriendo, agarró a Scott por debajo de las axilas, le arreó unas patadas a su bici y le ordenó al chaval QUE SE PUSIERA A CUATRO PATAS Y BORRASE LAS MARCAS QUE HABÍA HECHO EN LA ACERA. El chaval se fue chillando a buscar a su viejo, Tom Sheidler. Tom Sheidler se fue a ver al joven Dana Gregory y le preguntó si era cierto lo que Scotty le había contado. Dana Gregory respondió: «SÍ, Y A TI TE VOY A MACHACAR A HOSTIAS». Entonces la madre, Marleen, apareció corriendo y empezó a gritar. Más o menos al mismo tiempo, apareció BILL BAILEY, rojo, verde, esbelto e imparcial. Y a partir de aquí me veo obligado a dar paso al informe, aunque solo sea momentáneamente, ya que me siento incapaz de emular su capacidad de síntesis y autoridad:

La señora Sheidler declaró que BAILEY estaba también discutiendo con SHEIDLER y que estaba utilizando la PALABRA QUE EMPIEZA POR «P» delante de los niños. LA SEÑORA SHEIDLER declaró que se acercó a BAILEY y señaló con el dedo a BAILEY y le dijo que no pronunciase la PALABRA QUE EMPIEZA POR «P» delante de los niños. LA SEÑORA SHEIDLER declaró que BAILEY, que lleva EL BRAZO ENTABLILLADO, le golpeó en el brazo y en el cuello con la tablilla. Eché un vistazo a LA SEÑORA SHEIDLER y pude observar unas MARCAS ROJIZAS en su BRAZO y su CUELLO que podrían ser consecuencia de haber sido golpeada.

El asunto de con qué mano se produjo la agresión pasa a ser el centro de atención durante un buen rato. Marleen Sheidler dice «con la TABLILLA» y el pequeño Scott dice «con una TABLILLA», pero el hermano pequeño de Dana Gregory, CRIS, 15, dice «con la mano que no llevaba ENTABLILLADA» (y añade que Bailey golpeó a Sheidler en respuesta a «LOS GOLPETAZOS [sic] QUE SHEIDLER LE DABA» a él). Entonces interviene el propio Bill Bailey para decir que «golpeó a M. SHEIDLER en la CARA con la MANO IZQUIERDA, la mano que no llevaba ENTABLILLADA». Y una vez más, insiste en que eso solo se produjo después de que «MARLEEN SHEIDLER le golpease a él en la cara» (aunque segundos antes, según él mismo admitió, le había dicho que «mantuviese a sus jodidos mocosos en su casa»). La historia acaba de una forma repentina que resulta extrañamente impactante: «BAILEY se encaró a SHEIDLER, le atacó y le aplastó la cara, y después se largó a su casa…»

Lo que no pude dejar de preguntarme, mientras leía el documento, fue: ¿por qué se montó todo ese cristo por unas marcas de ruedas? ¿Hacer marcas con las ruedas en la acera es algo malo? Me lleva a pensar que me pasé la mitad de mi infancia enfureciendo inadvertidamente a todo mi vecindario.

El DJ local de las matinales de Lafayette, Jeff Strange, sobre la brevísima pero muy publicitada pelea a puñetazos con el diminuto y aparentemente amable diseñador de ropa de grandes almacenes Tommy Hilfiger; de hecho, «pelea a puñetazos» es demasiado fuerte; los testimonios sugieren que la pelea consistió básicamente en que Hilfiger abofeteó a Axl en el brazo reiteradamente, y las fotos muestran a Axl clavando la mirada en Hilfiger con una perpleja mezcla al cincuenta por ciento de rabia y divertida incredulidad, como diciendo: «¿Debería… partirle la cara?»:

–Tío, lo vi y pensé: Eso es puro Lafayette.

5

Di con Dana Gregory. Llamé a su madrastra. Es el primer amigo que tuvo Axl y trabajó con él en una ocasión, en L. A., cuando los Guns ya eran muy famosos. Cuando me senté a la mesa en el patio trasero de un local tipo pub llamado Sgt. Preston’s, él llevaba puestas las gafas de sol. Cuando se las subió y las dejó sobre su tupido cabello cano, aparecieron unos ojos de un pálido azul mineral perturbador, que habían visto muchos amaneceres. Él había estado allí. Lo sabías antes de que abriese la boca. Había hecho un espectacular montón de locuras en su vida, y pasaría el resto de su existencia recordando y reflexionando sobre esas locuras día tras día. La metamorfosis de Bill, su amigo de juventud, que desayunaba todas las mañanas en la cocina de su madre, su colega en los Scouts (lanzaron una moneda al aire, Bill sería Ann la Muñeca de Trapo en el desfile; Dana, Andy el Muñeco de Trapo),* convertido –durante algún tiempo– en la más grande estrella de rock del planeta, un tío que provocaba disturbios en más de un país, se tiraba a una supermodelo, cantaba a dúo con Mick Jagger e hizo incluso cosas más raras, como contarle a Rolling Stone los recuerdos que había recuperado de haber sido sodomizado cuando tenía solo dos años por su padrastro, un hombre del que tomó su nombre legal y que sirvió para bautizar a una banda (Axl) en la que Gregory tocó el bajo durante un período y en la que Bill ni siquiera estuvo nunca, tío… Esos acontecimientos habían aparecido en la vida de Gregory como una supernova en una cultura precientífica. ¿Cómo se suponía que tenía que digerir todo aquello?

–¿Le llamas Bill o Axl? –le pregunté.

Él sonrió.

–Le llamo Ax.

–¿Sigues hablando regularmente con él?

–No he hablado con él desde 1992. Tuvimos una especie de pelea.

–¿Por qué motivo?

Desvió la mirada.

–Por alguna parida. –Y después de dudar y balbucear, añadió–: Debió de ser por una mujer.

Se mostraba nervioso, pero nervioso como lo estaría cualquier persona decente ante la que te sientas con una libretita y te pones en plan: «Tengo que tomar un vuelo a las dos y media. ¿Puedes contarme las cosas más bestias que te han pasado en la vida? Pide más aderezo de espinacas y achicoria, puedo pagarlo».

Se bebía las cervezas muy rápido. Utilizaba reiteradamente, sin ser en absoluto consciente de ello, una expresión que siempre he adorado, «De puta madre», dicho muy rápido y con una entonación una octava más elevada en el «puta», porque lo que se quiere decir no es «Correcto» o «Exacto», sino simplemente «Sí», como en «Eh, ¿te mola la fiesta?». De puta madre.

–Cuéntame algo sobre L. A. –le pedí–. Has dicho que estuviste trabajando para él allí. ¿Qué hacías exactamente?

–Arreglar lo que él se cargaba –respondió Gregory.

–¿Se cargaba muchas cosas? –pregunté.

–Su apartamento tenía unos espejos enormes por todas las paredes. Y de vez en cuando agarraba esa estatuilla de un astronauta que te entregan cuando ganas un premio de la MTV y rompía los espejos con ella. Y, bueno, él dormía hasta las cuatro de la tarde, de manera que alguien tenía que abrirle la puerta al tío de los espejos cuando venía. Me encargaba de este tipo de rollos.

Me contó otra historia de esa época en L. A., cuando Axl cogió la adorada boa constrictor albina de Slash y el bicho se le cagó encima. Y Axl llevaba ropa cara. Se puso como un loco y quería machacar a la serpiente. Empezó a maldecir al bicho. Pero Slash cogió su guitarra –en este momento Dana imitó la pose de alguien tomando impulso para cortar un árbol con un hacha– y le dijo: «No. Le hagas. Daño. A mi serpiente». Axl reculó.

Me parece que estuvimos allí sentados un buen rato. Dana tiene cuatro hijos y cuatro nietos. Cuando le dije que parecía muy joven para eso (¿os imagináis a Axl con cuatro nietos?), me respondió:

–Empecé joven. Como te decía, experimentamos un montón.

Su ex mujer, Monica Gregory, también conocía a Axl. Ella le regaló sus primeros altavoces. Gregory me comentó que solo habla con ella una vez al año, «cuando no tengo otro remedio». También me contó que lo que quiere es rebajar el nivel de disfuncionalidad de la siguiente generación. Y me contó que él, Axl, Monica y su pandilla de amigos solían ir a un parque en Lafayette cuando ya había oscurecido, el Columbian Park –«Por la noche éramos los amos de ese sitio»–, abrían la cerradura de la tapa del piano que había en el escenario exterior y tocaban para ellos mismos hasta muy entrada la madrugada. Yo me había paseado por el Columbian Park. Está prácticamente enfrente de la calle en la que estos chavales crecieron. A poco más de cinco metros del escenario hay un monumento en homenaje a los hijos de Lafayette que «hicieron el supremo sacrificio en defensa del país», y la lista de nombres incluye el de William Rose, probablemente el retatarabuelo de Axl, fallecido en la guerra civil, en la que supongo que se batalló en defensa de nuestro país de algún modo más o menos incierto. Y ahora, mientras Gregory hablaba, pensé en lo raro que debió de resultar eso, todos esos años en que Axl probablemente leyó ese nombre cientos de veces, sin enterarse de nada, sin saber que era su propio apellido; él, que un buen día, después de descubrir su verdadero apellido ojeando unos papeles de su madre y empezar a utilizarlo, cantaría «No necesito vuestra guerra civil», y se haría esa pregunta todavía sin respuesta: «Porque, de todos modos, ¿qué hay de civil en una guerra?».

En aquel entonces, dijo Gregory, Axl tocaba todo tipo de música. Mencionó a los Thin Lizzy.

–Pero el único momento en que realmente lo oía cantar era en el lavabo. Se podía pasar una hora allí metido haciendo Dios sabe qué. Dando saltitos como una tía, por lo que sé.

–¿Y tú qué crees que hay de Lafayette en su música?

–La rabia, tío. Yo diría que eso le viene de aquí.

–Se solía meter en un montón de peleas, ¿verdad?

(Desde que llegué a la ciudad, más de una persona me había contado esto.)

–Yo me peleé con él un montón de veces –me comentó Gregory–. Bueno, un año ganaba yo, el siguiente ganaba él. Una vez nos estábamos peleando en el patio trasero de su casa y yo estaba ganando. Mi padre vio lo que estaba pasando e intentó detener la pelea, pero su madre dijo: «No, deja que acaben la pelea». Siempre acabábamos machacados. Conforme te vas haciendo mayor, tardas más en recuperarte.

Resultaba un poco incómodo, pero yo intentaba todo el rato reconducir la conversación de nuevo hacia el tema Sheidler sin que se notase demasiado. ¿Realmente Dana no recordaba nada de aquella algarada? Él seguía respondiendo de modo elíptico:

–Recuerdo que los polis querían saber quién había pintarrajeado toda la calle con espray –dijo, sonriendo–. La noche en que Axl se marchó a L. A. dejó escrito: «Bésame el culo, Lafayette. Me largo de aquí». Ojalá lo hubiese fotografiado.

Finalmente, me impacienté y le dije:

–Señor Gregory, es imposible que no se acuerde de esto. Escuche: usted. Un chico con una bici. Axl y una mujer se enzarzan en una pelea. Él lleva el brazo entablillado.

–Te puedo contar por qué llevaba la tablilla –me dijo–. Fue por aguantar demasiado rato una M-80. Pensábamos que no pasaba nada, pero resultó que sí, porque casi te arrancaba la mano.

–Pero, en primer lugar, ¿por qué os indignaban tanto las marcas de ruedas en la acera? –pregunté.

–Mi padre trabajaba en la construcción. Todavía se dedica a eso. Y yo también trabajo en eso. Gregory e Hijos, yo y mi hermano somos los hijos. Sobre todo viviendas. Mi hermano ahora está muerto. Tenía treinta y nueve. Un tema de corazón. Mi padre aún no se siente capaz de sacar lo de «Hijos». En cualquier caso, mira, nosotros pusimos esa acera. Y se cabreaba mucho si veía que la estropeaban. «Maldita sea, ¿sabes lo que cuesta borrar eso?» Se habría pensado que lo habíamos hecho nosotros, y nos pateó el culo. De modo que lo vi [la obra del pequeño Scott Sheidler] y me dije: «No, no voy a permitirlo».

Eso fue todo. No podía entrar a fondo en ningún tema con Gregory antes de que su mirada se extraviase, antes de que se quedase meditabundo. Empecé a tener la sensación de que todo esto –el que estuviese allí, el que hubiese aceptado encontrarse conmigo– obedecía a algo, que todavía no habíamos llegado al asunto sobre el que había acudido a hablar.

–¿Sabes? –me dijo–, nunca había hablado con un reportero. Siempre me había negado cuando me lo proponían.

–¿Y por qué esta vez has aceptado? –le pregunté.

–No te iba a responder la llamada, pero mi padre me dijo que debía hacerlo. Deberías darle las gracias a mi padre. Mi hijo me ha dicho: «Dile lo gilipollas que era ese tío, papá». Y yo le he contestado: «Oh, él ya sabe toda esa mierda, hijo».

–Entonces ¿crees que ya ha pasado tiempo suficiente y que ahora ya puedes hablar de todas esas cosas?

–Joder, no lo sé. Supongo que tal vez él verá el artículo y me llamará. Ha pasado tanto tiempo… La verdad es que me gustaría simplemente hablar con él y entender qué ha ocurrido con él.

–¿Todavía le consideras un amigo? –pregunté.

–No lo sé. Echo de menos a ese tío. Le quiero.

Estuvimos callados un minuto y entonces Gregory se inclinó hacia un lado y sacó su cartera. La abrió y sacó un trozo de papel doblado. Lo depositó en mi mano, todavía doblado.

–Pon esto en tu historia –me dijo–. Él sabrá qué significa.

Al acabar la entrevista me fui directo al coche y me acordé del papel solo cuando ya estaba en el avión. En él había escritas un par de líneas de «Estranged», de Use Your Illusion II:

Pero todo lo que hemos conocido aquí.

Nunca quise que muriese.

6

Axl ha dicho: «Canto con cinco o seis voces diferentes que forman todas parte de mí. No es algo planeado.» Estoy de acuerdo. Una de ellas es una inesperadamente sólida voz de barítono. La más destacada de las voces, de todos modos, es la de la Mujer Diabólica. La Mujer Diabólica surge, más que cualquier otra de las voces, de lo más profundo de Axl. A menudo ella no entra hasta casi el final de la canción. De hecho, el dramático conflicto entre la Mujer Diabólica y su dulce y melódico yang –el Axl que canta versos como «Su cabello me recuerda un lugar cálido y seguro» y «Si quieres amarme, entonces, cariño, no te contengas»– es precisamente lo que produjo las mejores canciones de Guns N’ Roses. Tomad, por ejemplo, «Sweet Child o’ Mine». No es que no la adores desde el principio, con sus riffs asesinos y el estribillo que suena extrañamente anticuado, pero cuelga sobre ella la espada de Damocles. Uno piensa: Esto no puede ser cualquier cosa. Vamos, quiero decir: ¿«De vez en cuando, cuando veo su cara / me lleva a ese lugar especial»? ¿Qué es eso?

Y entonces, alrededor del minuto 5.04, aparece ella. Para entonces la canción ha virado bruscamente a un tono menor, los nubarrones han empezado a juntarse y jamás he escuchado un solo tan genial e inteligente sin imaginarme a Axl escondiéndose en algún rincón cuando arranca, para estar solo mientras su cuerpo sufre ciertas transformaciones. Lo que me encanta es que, cuando regresa, lo hace absolutamente crecido («cinco o seis voces diferentes que forman todas parte de mí»); todavía no ha acabado con el hey, hey, hey, hey, hey, hey, hey, hey cuando ese aterrador timbre se abre paso. ¿Y qué dice esa Mujer Diabólica? ¿Qué es lo que de hecho dice siempre? ¿Habéis pensado en eso alguna vez? Yo no. «Sweet Child», «Paradise City», «November Rain», «Patience», todas acaban con codas –Axl era un poeta de las codas sombrías y abiertas–, ¿y en qué acaban esas mismas codas? «Todo el mundo necesita a alguien.» «¿No crees que necesitas a alguien?» «Te necesito. Oh, te necesito.» «¿Adónde vamos? ¿Adónde vamos ahora?» «Quiero largarme.» «Oh, por favor, ¿me llevas a casa?»

7

Cuando tenía unos diecisiete años, iba de regreso a Indiana con el primer amigo que tuve en la infancia, Trent. Habíamos crecido juntos en la misma pequeña ciudad fluvial y los dos fuimos al colegio en otra parte más o menos al mismo tiempo, de modo que mitificábamos un poco nuestros lugares favoritos y a nuestros compañeros de juego de entonces, como suele hacer todo el mundo. El verano antes de nuestro último año en el instituto emprendimos un viaje sentimental a casa para saludar a todo el mundo y ver cómo les había ido. Estamos en 1991, cuando salió Use Your Illusion. En la radio ponían «Don’t Cry» a todas horas y era divertido imitarla. Pero aquella tarde resultó ser una de las más colosalmente deprimentes de mi vida.

Para un observador, nuestros viejos amigotes se dividían en dos tipos. Los que habíamos crecido en Silver Hills, donde a los niños se los educaba para que acabasen el instituto y fuesen a la universidad, estábamos acabando el último curso del instituto y mandando nuestras solicitudes para entrar en alguna universidad. Los que no eran de allí, no lo estaban haciendo. No hacían nada. Y ese era el caso de dos chavales de nuestra antigua pandilla, Brad Hope y Rick Sissy. Sus padres eran de clase trabajadora: uno conducía un autobús y el otro un camión de cemento; este último no sabía ni leer ni escribir. Pero la escuela primaria pública en la que los conocimos era mixta en todos los sentidos. Y hay algo en esa edad, entre los nueve y los once años…, tu personalidad ya ha aparecido, pero si tienes suerte todavía no has interiorizado la idea de que hay cosas que te diferencian de los demás, de que existe una escalera social.

Nos detuvimos primero en la casa de Ricky. Ricky había sido una especie de incansable genio del lumpenproletariado blanco. ¿Habéis visto alguna vez esos anuncios en la contraportada de los cómics en los que se explica que puedes construir un aerodeslizador con las piezas de una aspiradora? Ricky era de los que construían el aerodeslizador. Y conseguía que funcionase. Era más alto y más gordo que el resto de nosotros, tenía un tono de voz agudo y se ponía algún tipo de gomina en el pelo. Trent conseguiría finalmente entrar en la Universidad de Chicago y terminar una tesis de doscientas páginas sobre la Conferencia de Munich, y aun así te diría: Ricky era el más listo de todos. En una ocasión Ricky y yo estábamos disparando con una pistola de perdigones a los coches en el pequeño desguace que su padre tenía como una especie de negocio complementario. Tirábamos contra los parabrisas, que al resquebrajarse formaban una suerte de tela de araña. De pronto, el padre de Ricky, que acababa de despertarse de una de sus épicas siestas diurnas entre turnos, gritó desde la ventana de su dormitorio:

–¡Ricky, no dispares contra ese camión naranja! He vendido el parabrisas.

Jamás lo olvidaré. Ricky ni siquiera me miró. Simplemente salió corriendo. Dejó caer la pistola a sus pies y corrió hacia el bosque. Yo le seguí. Nos pasamos el resto del día allí. Encontramos una vieja tumba en medio de un campo. Subimos a la cima de la Colina de Pizarra, el punto más alto de los alrededores de nuestra ciudad, y Ricky me dio una extensa charla sobre cómo se formaba la pizarra y cómo era y no era esquisto. Jamás olvidaré la aterradora y exultante libertad de aquellas horas en el bosque.

Cuando Trent y yo volvimos a ver a Ricky, estaba sentado solo en una habitación a oscuras, viendo una peli porno en la que una mujer se masturbaba con un plátano pelado. Me dijo:

–¿Qué coño es eso que llevas en la cabeza? –Yo estaba en una fase pañuelo anudado en la cabeza. Aquel era amarillo. Él añadió–: Cuando te he visto salir del coche, he pensado: ¿Quién cojones es ese tío? He estado a punto de tomarte por un marica.

Le preguntamos qué estaba pasando. Nos contó que acababan de expulsarlo del instituto por intentar destrozar uno de los lavabos de los chicos vaciando una M-80 sumergible en los váteres. Además, acababa de sufrir un accidente serio con un jeep y se había fastidiado el hombro. ¿Lo tenía cubierto de costras? Toda la conversación se fue desarrollando mientras la mujer del plátano seguía a lo suyo. El padre de Ricky dormía en la habitación contigua. Ahora estaba jubilado. Le dijimos que después iríamos a visitar a Brad. Él nos respondió:

–Hace bastante que no veo a Brad. ¿Oísteis que se topó con un fantasma? Eso es lo que dijo: «Me he topado con un fantasma».

No abrimos la boca de camino a casa de Brad. Ahora lucía un verdadero bigote. Siempre había sido un chaval precoz. En una ocasión lo vi correteando por el perímetro de una zona de acampada con los pantalones bajados hasta los tobillos. «¿Esto tiene aspecto de pene de un niño de once años?» En absoluto. Brad solía implorarle a su madre que nos cantase «Birmingham Sunday», cosa que ella hacía, a capela, en la cocina. Ahora él no paraba de soltar «negrata» por aquí, «negrata» por allá. En esa época Trent salía con una chica negra en Louisville. Ninguno de los dos sabíamos qué hacer. Brad debió de notar que nos sentíamos incómodos, porque en un momento dado me miró y dijo:

–Ah, seguramente tengáis buenos negros en Ohio. –Allí es donde yo vivía ahora–. Nosotros nos estamos preparando para una guerra racial con los que tenemos por aquí.

Había dejado el instituto. Hacía tan solo cuatro años íbamos a dormir a su casa, donde organizábamos sesiones de espiritismo y cosas por el estilo, y ahora nos resultaba imposible comunicarnos. Había surgido una barrera. Se alzó el primer día de clase en séptimo, cuando varios de nosotros pasamos a un programa «acelerado» y otros siguieron en el programa «estándar». Por pura coincidencia, seguro, esta división era perfectamente paralela al nivel de ingresos de nuestros padres. Recuerdo que Ricky y yo nos cruzamos en el pasillo el primer día de curso de séptimo con un desconcierto que éramos demasiado pequeños para manejar, los dos en plan: «¿Por qué no coincidimos en ninguna de las clases?». Cuando pienso en ello, la verdad es que no volví a ver a aquellos chicos, no después de aquel día.

Axl se largó.

8

Había cientos de banderolas azules colgadas a lo largo de la margen sur del Nervión en Bilbao, y en la parte superior de cada una de ellas se leía GUNS N’ROSES. Las banderolas eran azul pálido y ondeaban contra un cielo completamente despejado solo ligeramente más claro. Esa noche, en las colinas que rodean la ciudad, la banda encabezaría el cartel de un festival de tres días y en el valle la música retumbaría tan nítidamente, con tal contundencia, que la gente de la parte vieja de la ciudad, si sabían inglés, podría entender cada palabra, pero de momento Bilbao mantenía esa tranquilidad y encanto ligeramente altivos. Hay una fuente cerca del Guggenheim que lanza chorros de agua cada cuatro o cinco segundos, y los chavales de piel aceitunada saltan a su alrededor. Se quedan en ropa interior y se ponen a jugar como locos, chicos y chicas, y era una delicia contemplarlos. ¿Podéis imaginaros, en el centro de cualquier ciudad norteamericana, a un grupo de chicas de doce años en bragas jugueteando con el agua, con sus lacios cabellos lanzando arcos de gotitas? Resulta difícil saber qué sería peor: el nivel de paranoia parental o el número de pervertidos merodeando. Aquí las cosas parecían mucho más sanas. Axl y los chicos aún no habían aterrizado. Todavía estaban volando.

El barrio en que tocaban se llamaba Kobetamendi. Está alto, y desde allí ves toda la ciudad, el río, las agujas de las iglesias, el resplandor de las escamas de titanio del museo. Cuando oscureció, se veía todo iluminado. Cuando no hay escenarios montados en Kobetamendi, no es más que un enorme campo vacío con una carretera, y al otro lado de esta, algunas granjas modestas.

Cuando llegué a la cima de la colina, estaba tocando un grupo de rap rock. La justificación para el rap rock parece ser que, si mezclas rock realmente malo y rap realmente malo, el resultado es de alguna manera bueno, siempre que los raps sean vociferados por un tipo blanco con sobrepeso, rapado y con los antebrazos llenos de tatuajes. Las mujeres de ese puñado de granjas de los alrededores se habían reunido detrás de la valla; apoyadas en ella, murmuraban y hacían oscilar sus bastones. Una de ellas era una de las personas mayores con aspecto más anciano que he visto en mi vida, con su rígido cabello blanco y esa cara como la parte interior de una cáscara de nuez que solo las mujeres verdaderamente ancianas llegan a tener. Ella y sus amigas estaban de hecho escuchando el rap rock, y una parte de mí quería correr hasta ellas y asegurarles que después de su muerte todavía quedaría gente en el mundo que sabría lo horrible que era esa música y que transmitiría sus conocimientos a miembros cuidadosamente seleccionados de las futuras generaciones, pero esas mujeres no parecían preocupadas. Incluso se reían. Estoy seguro de que recordaban circos ambulantes instalados en ese campo a finales del siglo pasado y, en realidad, ¿qué diferencia había?

Esa noche logré colarme en el backstage haciéndole un pequeño favor a la novia del bajista, una modelo portuguesa (le regalé al amigo portugués que había venido con ella un pase de prensa que me habían dado de más por error). Cuando el guardia de seguridad de la rampa trasera que conducía directamente al escenario, que ni siquiera miró a la modelo portuguesa cuando pasó como flotando junto a él, me plantó la palma de la mano contra el pecho, como diciendo «Eh, esto ya es un poco excesivo», ella se volvió un instante y le dijo: «Está conmigo».* Lo dijo con el nivel de nervios e incertidumbre con el que uno podría pedirle a un maître «una mesa en la zona de fumadores». Antes de que pudiera darle las gracias, ya estaba viendo a Axl bailando desde una proximidad tan inconcebible que si hubiese flexionado las rodillas, adelantado las manos y pegado un salto, al día siguiente hubiese salido en la sección de espectáculos de El País por agredirlo delante de veinticinco mil personas.

Ya había formado parte de virtuales océanos de berreantes y sudorosos adolescentes con anterioridad, pero ver uno desde el escenario, justo desde encima, ver a esa multitud moviendo los labios para formar unas palabras que te inventaste mientras te estabas lavando los dientes (es innecesario decir que yo estaba intentando imaginarme que las había escrito yo) resultaba embriagador. «Guns and RO-SES, Guns and RO-SES»… Axl agitaba el soporte del micrófono por el escenario mientras la multitud coreaba. Un chaval con barba nos miraba, a mí, a la modelo y a su amigo, cada diez minutos más o menos, se tapaba las orejas con las manos y movía los labios vocalizando la palabra «Piro». Y entonces teníamos que taparnos los oídos porque estaba a punto de estallar un artefacto pirotécnico tres metros más allá. Alguna que otra vez el chaval se olvidaba –estaba muy ocupado– y entonces alguien aullaba: «¡Aaaarrrg!», y se agarraba la cabeza.

Junto a mí había un tipo de más edad, que arrastraba los pies, llevaba una gorra de repartidor de periódicos y sostenía una guitarra en las manos; supuse que era un técnico. De pronto salió corriendo al escenario, y yo pensé: «Es Izzy Stradlin» (el guitarrista que fue uno de los miembros fundadores de Guns N’ Roses).

Está claro que Izzy es la razón por la que el grupo suena mucho mejor esta noche de lo que sonaba hace un par de meses en Nueva York. Empezó a unírseles en tres o cuatro canciones justo después de esa actuación de inicio de la gira y desde entonces ha ido apareciendo periódicamente. Su presencia –o, para ser exactos, la presencia de otro miembro original de la banda– parece que ha hecho que el resto de los chicos se sientan más como miembros de Guns N’ Roses y menos como, tal como lo describirá mañana El Diario Vasco, «una bullanguera formación de mercenarios al servicio del ego del vocalista».

La prensa española no fue muy amable. Dijeron que Axl era «un espectáculo grotesco»; lo llamaron «el divo»; hablaron de los inacabables «solos absurdos» a lo Nigel Tufnel que les hace tocar a todos los miembros de la banda en un intento de conseguir que el público se implique emocionalmente con la nueva formación (lo cierto es que alguien le ha dado un pésimo consejo, porque lo de los solos en el rock ha sido siempre un desastre desde que murió Jimi). Un artículo dice: «Las fotos de Axl dan miedo», con esa «perilla que le da un aire de millonario texano». En un momento glorioso, dicen que tiene «la voz de un gallo priápico». Cuentan que pide que su habitación esté cubierta de alfombras orientales y que no se relaciona con el resto de los miembros de la banda. Que llegó en un avión diferente. Cuentan que a los guardias de seguridad les han dado instrucciones de que nunca le miren a los ojos. También explican que el resto de los miembros de la banda se odian entre sí y piden que los alojen en plantas diferentes del hotel. Cuentan que él viaja con una diminuta gurú asiática llamada Sharon Maynard, «alias Yoda», y que no hace nada sin pedirle antes consejo, que ella elige la gente a la que tiene que contratar examinando sus caras. Pero sobre todo los españoles están obsesionados, como todos los medios europeos durante esta gira, con la cámara de oxígeno secreta en la que supuestamente desaparece durante los conciertos y de la que emerge «más fresco que una lechuga».

No puedo confirmar ni desmentir el asunto del oxígeno, y es difícil decidir si las constantes menciones en la prensa son la evidencia de que eso es real o si simplemente todo el mundo se limita a reciclar el mismo rumor. El mánager de una banda húngara llamada Sex Action, que hicieron de teloneros de G N’ R, asegura haber visto el artilugio, pero los húngaros se inventan historias de este tipo por pura diversión.

Lo que os puedo contar, basado en mi privilegiado puesto de observación junto a la modelo, es que hay una especie de celda cuadrada tapada con cortinas negras, a la izquierda, justo detrás del escenario. A través de las cortinas no se vislumbra ni un hilo de luz, y eso que yo he intentado ver algo. Axl se mete en este artilugio unas quince veces durante el concierto. En algunas ocasiones emerge con una nueva vestimenta –lo cual tiene sentido–, pero otras no. En ocasiones se mete allí cuando uno de los chicos está haciendo su solo o algo por el estilo –lo cual tiene sentido–, pero otras veces se mete en un momento en que resulta realmente desconcertante que no esté en el escenario. No sé si Sharon Maynard está en la celda. No sé qué hace él allí dentro. Si aspira gas reconstituyente, no sé si está en plan «Esto es bueno para mí» a lo Michael Jackson, o si tiene algún problema real en los pulmones. No tengo ni la más remota idea de qué pasa en el interior de la celda, solo sé que sí que existe y que es importante para Axl que esté allí.

En general, no puedo estar de acuerdo con mis disgustados colegas plumíferos del viejo continente sobre este concierto. Axl suena cada vez más compacto. De vez en cuando, el ingeniero de sonido, para asegurarse de que la mesa de mezclas está bien calibrada, sube el volumen del micrófono de voz y entonces solo se escucha a Axl, y suena bien. Y no está para nada gordo, de hecho tiene un aspecto bastante ágil. En determinado momento, se pone una camiseta muy ceñida y corre de punta a punta del escenario, y es el sprint del corredor de campo a través que en su día fue. Dana Gregory me contó que Axl solía correr en todas partes. Simplemente corría y corría. Dana Gregory me explicó que en una ocasión, en el oeste, cuando G N’ R tocaba en un estadio que tenía una pista de atletismo alrededor, Axl se puso a correr un sprint por ella durante una canción. Cuando un guardia de seguridad que lo confundió con un fan enloquecido intentó placarlo, Axl le arreó al tipo una patada en la cara. «Eso sucedió a tres metros de donde estaba yo», dijo Gregory. Y ahora aquí estaba ese cabrón, a tres metros de mí. La luna parecía aullar pidiendo ayuda porque algún poder oscuro la estaba borrando del firmamento. Sacaron un piano para que Axl pudiese interpretar «November Rain», y, tal como lo colocaron, él quedó directamente encarado conmigo. Como si estuviésemos sentados a una mesa uno frente al otro. Eso es lo más cerca que nunca he estado de él. Y de lo que me percaté en esta casi imaginaria despedida fue de la paz que transpiraban sus facciones mientras tocaba la intro del tema. Una paz absoluta. Un cálido relajamiento de los músculos faciales que iba mucho más allá de lo que puede hacer el botox, aunque no estoy diciendo que eso no contribuyese. Su rostro estaba ahora fuera del alcance de cualquier cosa capaz de sacarle de sus casillas.

Después de un bis final, él y el resto del grupo bajaron corriendo por la rampa y se metieron en una furgoneta que les esperaba con la puerta abierta. A ambos lados de ellos corrían unos voluminosos tipos vestidos de negro que parecían instructores militares. La furgoneta arrancó con un rechinar de neumáticos, llevándose también a la modelo. Unos enormes y pesados coches negros también emprendieron la marcha junto a la furgoneta. Y entonces todo quedó tranquilo. El País Vasco. A la mañana siguiente las banderolas seguían ondeando junto al río y la prensa preparaba sus cáusticas reseñas, pero Axl ya se había marchado.

Fueron la última gran banda de rock que no pensaban que había algo ligeramente embarazoso en formar parte de una banda de rock. Siempre hay miles de bandas de rock por todos lados que no consideran que el rock sea divertido en absoluto, pero raramente alguna de ellas es buena. Con G N’ R no importaba lo sofisticado que pretendieses ser en lo que a la música pop respecta (dejando por el momento a un lado la paradójica naturaleza de esa categoría social), no podías rechazarlos por completo. Fue el primero de mis grupos favoritos que a mi hermano mayor le encantó. Y le sucedió lo mismo a un montón de gente de mi generación. Durante toda mi adolescencia, mi hermano había estado dirigiendo mis gustos musicales –«Def Leppard es una mierda, escucha a los Jam»– y ahora por fin había un grupo del que no tenía que avergonzarme, y recuerdo el leve ardor de triunfo, unido a un sentimiento de fraternidad, que sentí el día que me dijo: «Colega, tenías razón con Guns N’ Roses. Es un buen disco». El disco era, claro, Appetite. Todo resultó muy raro después de aquello.

Hay críticos que sostienen que Nirvana convirtió en obsoletos a los Guns N’ Roses. Pero Guns N’ Roses nunca quedaron obsoletos. Simplemente se desintegraron.

Resulta más cercano a la realidad decir que G N’ R hicieron posible Nirvana. Cuando uno piensa en el nicho que Nirvana supuestamente creó y perfeccionó –una megabanda que los esnobs indies no podían rechazar por completo, por mucho que lo deseasen–, lo cierto es que G N’ R llegaron allí antes. O al menos llegaron casi al mismo sitio. Se vestían de manera idiota. No parecían saber diferenciar sus buenas canciones de las que eran una mierda. Pero también debemos recordar que aparecieron en un momento en que los grupos con cantantes con la pinta de Axl que movían las caderas sin asomo de ironía y con solistas que abrían las piernas y se montaban largas improvisaciones de dioses de la guitarra se suponía que no eran en absoluto interesantes, ni melódica, ni culturalmente, ni en ningún otro sentido. G N’ R sí lo eran. También eran grotescos, vulgares y estúpidos en ocasiones, incluso la mayor parte del tiempo. Incluso casi todo el rato. Pero siempre sabías que estabas viendo algo interesante cuando los veías.

¿No debería el grupo volver a reunirse? ¿No saben lo impresionante que resultaría eso? Dana Gregory me dijo que Slash e Izzy jamás volverían a tocar a tiempo completo con Axl: «Lo conocen demasiado bien».

Yo no lo conozco nada. Tal vez si su gente me hubiese dejado hablar con él, me habría mordido y golpeado, y me habría dicho que dejase a mis mocosos en casa, y yo habría podido superar su susceptibilidad. Pero tal como están las cosas, estoy escuchando otra vez «Patience». No sé cómo será donde vivís, pero en el Sur, donde yo

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