Prólogo
La mayoría de las parejas están compuestas por dos niños asustados y traumados que esperan mutuamente que el otro les sane sus heridas.
KRISHNANANDA
Einstein decía que Dios no juega a los dados con el mundo. Nada es casualidad. Hoy, 2 de septiembre de 2019 y luego de tres años de investigaciones, me siento preparado para escribir mi cuarto libro: En el limbo. La pregunta central que dispara esta obra es la siguiente: ¿Qué sabe la biología moderna sobre el cerebro y su relación con las emociones?
Nada es casualidad. Te voy a contar una pequeña experiencia personal para que empieces a familiarizarte con la temática de este libro. El 2 de septiembre de 2018, hace exactamente un año, la madre de mis hijos y yo decidimos separarnos. Si hubo momentos en mi vida que me enseñaron, en carne propia, acerca de las emociones y su regulación fueron los doce últimos meses que acabo de vivir. Dicen que uno enseña lo que tiene que aprender. Separarse luego de doce años de matrimonio y con dos hijos es realmente un desafío emocional. Pero si uno se da permiso y pone intención, es una gran oportunidad para conocerse mejor. El modo en que interpretás lo que te está pasando influye de manera directa en cómo te sentís.
Separarse es un duelo que sobrevuela diferentes etapas, cada una de ellas es un tsunami de emociones. Y si bien no es un duelo por la muerte de un ser querido, expertos en el tema aseguran que la separación de una pareja se vive como una pérdida. En definitiva, es un duelo. En 2009 murió mi padre y en 2016, mi madre, por lo cual me consideraba bastante experto en el arte del duelo y pensaba que estaba mejor preparado para afrontarlo. Tal vez por eso decidí que fuese un momento para abrirme, restaurar y escuchar. Lo que se aproximaba debía ser tomado con curiosidad y aceptación, sin importar lo que sucediese. Claro, todo esto iba a ser posible luego de la primera etapa del duelo: la negación. El hecho de negar la realidad te permite amortiguar el impacto y aplazar parte del dolor. Esto ayuda a que el cambio de estado de ánimo —emociones sostenidas en el tiempo— no sea tan de golpe y así tu organismo no se vea afectado. Como explica Elisabeth Kübler-Ross, psiquiatra especialista en duelos, la negación puede ser explícita o no explícita, es decir que, aunque te expreses verbalmente aceptando la información que te expresa la realidad, en la práctica te comportás como si eso fuese una ficción transitoria, un papel que te toca interpretar sin que te lo creas del todo. Sin embargo, esa negación natural e inicial no puede ser sostenida por mucho tiempo porque te haría daño y chocaría con la realidad. Reconozco ciertas emociones por las que atravesé en esta etapa: incomodidad, desgano, inseguridad, desorientación, confusión, desorganización, desesperación.
Luego llegó la etapa del enojo, producto de la frustración que genera saber que alguien muy importante para vos ha dejado de quererte; parece que no se puede hacer nada para arreglar o revertir la situación. Separarse es el resultado de una decisión, y por eso en general se buscan culpables. Así, en esta etapa de la crisis lo que domina es la disrupción, el choque de dos —o más— ideas con una carga emocional muy fuerte, al punto de alcanzar estallidos de ira. “Es más importante tener razón que ser feliz”. Es por eso que aparece una fuerte sensación de enfado que se proyecta en todas las direcciones, responsabilizando al otro del fracaso de la pareja. Se siente injusto, y la rabia puede incluso dirigirse contra personas, animales y objetos que no tienen nada que ver. Otras emociones que me atravesaron en esta etapa: irritación, tensión, nervios, enojo, molestia, indignación, rabia.
La tercera etapa de un duelo es la de negociación. En esta etapa intentás crear una suerte de ficción que te permita ver la separación como una posibilidad que estás en posición de impedir que ocurra. De algún modo, te ofrecés a la fantasía de que estás en control de la situación. Fantaseás con la idea de revertir el proceso y buscás estrategias para hacerlo posible. Por ejemplo, es frecuente intentar negociar cambios en tu estilo de vida. Esta etapa es breve porque tampoco encaja con la realidad y, además, resulta agotador estar pensando todo el tiempo en soluciones. Emociones que atravesé durante esta etapa: vergüenza, ansiedad, confianza, energía, seguridad. Luego llega la etapa de la depresión. No la que es considerada un trastorno mental, sino un conjunto de síntomas similares. Acá volvés al presente con una profunda sensación de vacío. Aparece una fuerte tristeza que no se puede mitigar mediante excusas ni mediante la imaginación, y que te lleva, a veces, a entrar en una crisis en todos los aspectos de tu vida. No solo tenés que aprender a aceptar que la otra persona se ha ido, sino que además hay que empezar a vivir una realidad nueva. Es normal que te aísles y te notes más cansado, incapaz de pensar que vas a salir de ese estado. Emociones que atravesé durante esta etapa: tristeza, malhumor, infelicidad, pena, disgusto, desánimo, decepción. Finalmente hoy estoy escribiendo este nuevo libro en mi última etapa, la de aceptación. Aceptás cuando aprendés a seguir viviendo en un mundo donde la pareja ya no está como pareja. En parte, esta fase se da porque la huella del dolor emocional del duelo se va extinguiendo con el tiempo, pero también es necesario reorganizar activamente las ideas que conforman tu nuevo esquema mental. Evolucionás. No diría que es una etapa feliz, al menos no al principio, y se caracteriza más bien por la falta de emociones intensas y por el cansancio. Pero poco a poco va volviendo tu capacidad de experimentar alegría y placer, y a partir de esa situación las cosas suelen volver a la normalidad. A tu nueva normalidad. Emociones que estoy atravesando durante esta etapa: entusiasmo, cansancio, satisfacción.
Puede llevarte toda la vida aprender a manejar tus emociones. Sobre todo si sos, como yo, de los que crecieron pensando que ciertas emociones son malas. Quizás te decían que enojarte estaba mal, que algunas alegrías eran poco civilizadas o que no estaba bien llorar. Entonces, en lugar de aceptar tus emociones, te enseñaban a que las empujes lejos, las reprimas. Es verdad: es muy fácil que las emociones te lleven de paseo, pero eso no tiene que intimidarte. Una de las ideas de En el limbo es que aprendas a registrarlas sin que te secuestren, que cultives la habilidad de sentir y escuchar desde un lugar lo más neutral posible aceptando lo que sentís. En lugar de categorizarlas (en este libro verás que lo hago, pero solo a fines prácticos), mirar las emociones como lo hacemos al ver las nubes pasar en el cielo. No juzgamos a las nubes como buenas o malas, solo vemos cómo alguna pasa más rápido que otra, aquella es más grandota y mullida, y otra es larga y finita. Las nubes son solo nubes y las dejamos ser. Como las nubes, las emociones son transitorias. Podés permitir que te atraviesen y usarlas para evolucionar o simplemente dejar que se disuelvan. Dales su espacio. Cuanto mejor las entiendas y aceptes tus pensamientos y comportamientos, estarán en un lugar de mayor sabiduría y claridad. No existen las emociones buenas o malas, sí hay algunas más lindas y otras más feas. Lo bueno no es siempre lindo, y lo malo no es siempre feo. O, dicho de otra forma, lo lindo que te sucede en la vida no es siempre bueno y lo feo no es siempre malo. Por ejemplo, con respecto a mi duelo, me siento en un momento feo, pero interpreto —con mis pensamientos— que es bueno lo que me está pasando. Creo que cuando se trata de lo que sentís no puede haber “deberías” o “no deberías”. Lo que sentís es parte de lo que sos y muchas veces su origen está más allá de tu control. Cuando te convenzas de esto te aseguro que te va a ser fácil tomar decisiones constructivas sobre aquello que debés hacer con esas emociones.
Hace unas semanas tuve la suerte de ser invitado a un almuerzo con Robert Thurman, primer monje budista occidental. En la conversación le pregunté cuál era para él la herramienta o habilidad más importante de nuestra mente para lograr equilibrio y mayor bienestar. Lo pensó unos segundos y me dijo:
—Me tomó 52 años darme cuenta de qué es la autocompasión.
A lo cual repregunté:
—¿Pero la autocompasión no es sentir lástima hacia uno mismo y sentir los dolores propios como más profundos e importantes que los de los demás?
—La autocompasión es ser amable con uno mismo cuando uno se siente inadecuado, incompetente, inepto, poco atractivo. Es tomar perspectiva y recordar que nuestro sufrimiento es compartido por muchos, y más aún, que la imperfección y el dolor son parte de la experiencia humana. Y es tu capacidad de observar abiertamente tus experiencias sin identificarte con ellas. Desde una actitud autocompasiva tomás una perspectiva balanceada hacia tus emociones, de manera que tu dolor no es negado o reprimido, pero tampoco te identificás completamente con él —fue su respuesta.
Y con estas tres características me sumerjo a escribir En el limbo. Siendo amable conmigo mismo en un momento difícil, para poder ser amable con ustedes y compartir mis tres años de investigaciones. Queriendo brindar una perspectiva desde la biología del cerebro y sus emociones, recordando que lo que yo siento ustedes lo sienten. Y pidiéndoles que al leer observen abiertamente sin creer en lo que están leyendo, sino que se conviertan en sus propios conejillos de indias y experimenten a través de la lectura aquello que les provoque curiosidad. Como dice la psicóloga Kristin Neff: “No siempre podés obtener lo que querés. No siempre podés ser la persona que querés ser. Y cuando negás o resistís esta realidad, el sufrimiento surge en forma de estrés, frustración, y autocrítica. Sin embargo, cuando aceptás esta realidad con benevolencia, generás emociones positivas como la compasión y el cuidado, que te ayudan a enfrentar tu situación”. Te invito a leer con el deseo de que te ayude a enfrentar los desafíos de tu vida a través del conocimiento, una de las armas más poderosas que tiene el ser humano. Si estás leyendo este libro, es muy probable que no sea casualidad.
Introducción
Si tu madre te dice que te quiere, verifícalo.
ARNOLD DORNFIELD
Hace menos de un año fui a buscar a mi hijo Valentín, de ocho años, a un cumpleaños. Era viernes a las 19:30. Hora pico, tráfico y mucha gente queriendo salir de la ciudad. Tardé al menos veinte minutos en estacionar en doble fila mientras los conductores detrás me aturdían con sus bocinas. En el cumple habían jugado al fútbol. Al entrar vi a Valentín con carita de preocupado; claramente había llorado. Le di un gran abrazo pero me separó empujándome de su cuerpito transpirado. Caminamos en silencio hasta el auto. Lo sentí contener el llanto hasta que cerró la puerta. Mientras trataba de maniobrar en el cul-de-sac de la canchita de fútbol me empezó a contar lo que había pasado. Debo admitir que lo oía pero no lo escuchaba. Estaba cansado y un poco estresado por el tráfico. Pero al menos me hablaba de lo sucedido. Una copa. Una copa que el cumpleañero le había dado al mejor jugador de la cancha. Ese era el tema. Valentín argumentaba que se la habían dado porque era el mejor amigo del cumpleañero y no por haber jugado mejor. Decía que se la merecía él. Mi reacción: “¿Pero qué te importa esa copa, Valen? Lo importante es que la pasaste bien jugando al fútbol. ¿Qué importa a quién se la dio? Esa copa no significa nada, ¿cómo vas a ponerte mal por eso?” Hubo un silencio de varias cuadras. Suspiré. Se había calmado. Había entendido. ¿Había entendido? Al llegar al garaje de casa y apagar el motor del auto me di vuelta pensando que se había quedado dormido, pero estaba bien despierto, pensativo. Mirándome fijo y con una seguridad sorprendente me dijo con voz suave: “Papá, ¡esa copa era importante para mí!”. Bajé rápido y me ubiqué junto a él en el asiento de atrás. Lo tomé de las manos y por suerte se dejó. Aunque quizás ya era tarde, al menos tenía que pedirle perdón y tratar de remediar la situación. Le dije que tenía razón, que si era importante para él entonces era importante. Le pedí que me contara todo de nuevo, con lujo de detalles. Me esforcé para no interrumpirlo. Maldita ansiedad. Boceté calma y comprensión en mi cara y cuerpo y nos fuimos relajando, casi hundiéndonos en la butaca. Le pregunté qué otras cosas eran importantes para él y luego él quiso saber de las mías. Nos empezamos a reír porque en algunas coincidíamos y en otras no. Habrán pasado unos diez minutos. Al subir al ascensor me miró y volvió a decir: “Pa, ¡esa copa era importante para mí!”.
Como lo demuestra el modo en que reaccioné ante lo que le sucedía a Valentín se entiende la siguiente conceptualización: tus acciones y comportamientos son la consecuencia directa de cómo te sentís y, por ende, de tus emociones. Yo me comporté pésimo con mi hijo porque me sentía cansado, estresado y agotado previamente. Muchas veces no te das cuenta del daño que podés estar haciéndote o haciéndole a alguien, incluso a aquellos que más querés. De chico dependés emocionalmente mucho de tus padres y sin darte cuenta buscás su aprobación, su cariño y su comprensión. Esto hace que por momentos busques tanto afuera que te alejes de tu interior. Así se da un mecanismo por el cual empezás a desconectar de tu esencia, justo allí, donde reside tu fuente inagotable de cariño. Es normal que esto te lleve a buscar afuera lo que no sentís que tenés adentro. Que puedas dejar de reaccionar cuando vos lo decidas —no siempre es malo— pero que puedas empezar a responder es uno de los objetivos más apasionantes del viaje que te propongo hacer a través de este libro.
¿Tengo entonces la verdad sobre el mundo de las emociones? No. ¿Quién la tiene? ¿La verdad? ¿Importa tanto la verdad? —ya me estoy sintiendo filósofo—. Más allá de si importa o no la verdad, sí podemos afirmar que son siempre tus creencias las que le dicen a tu cerebro qué es verdad y qué es fantasía, o sea: qué es verdad para vos. Eso que creés. Luego de tres años de investigar sobre las emociones, en artículos científicos, entrevistas, incluso a través de mi propia mente y cuerpo, no creo haber llegado a ninguna definición científica de lo que es una emoción. No encontré ningún autor que la defina con evidencia científica y diga: “Una emoción es esto y no se discute”. Sin embargo, me queda claro, y a la comunidad científica también, que sin emociones no podrías tomar decisiones. Y que cuanto más las conozcas y aprendas a regularlas, mejores decisiones vas a tomar para tu vida. Así es: si bien las diferentes ramas de la biología y otras disciplinas asociadas (y no tanto) no se ponen de acuerdo acerca de la naturaleza exacta de las emociones, sí coinciden en su importancia vital tanto para sobrevivir como especie cuanto para tu bienestar. A pesar de que este mundo límbico es responsable del 95% de las decisiones que tomás, la educación formal no nos enseña nada acerca de él. Tus papás, por lo general, tampoco son grandes maestros cuando de este terreno se trata. Porque además, como veremos, es muy difícil enseñar algo que vos mismo no conocés sobre vos. Recuerdo que mis papás me decían que estar triste estaba mal. ¿A vos también te pasó? Para las maestras de mi escuela era lo mismo estar enojado, frustrado o decepcionado.
Te propongo lo que estuve haciendo para mí durante los últimos años. Número uno: bajar las expectativas sobre las verdades de la ciencia (esta creencia de “si es ciencia, funciona; si estudió en Harvard, debe saber mucho; hay experimentos que lo demuestran”). Número dos: no uses los datos, ejercicios, métodos e historias de este libro para autoconvencerte de algo. Al revés, abrí todo lo posible tu mente para hacer frente a tus creencias, presunciones, mitos, verdades reveladas y fórmulas mágicas. Sé que es muy difícil, pero vale la pena. Número tres: está en vos el encontrar el tesoro entre estas páginas. Pero lo más importante es que si lo encontrás, sepas cuidarlo y hacerlo tuyo. La idea es que te sirva de camino, de herramienta, de espacio y aire, de puente para ir construyendo una mejor versión de vos mismo. Para que entiendas que solo vos tenés la llave para ser feliz. Para que sepas y tengas el coraje de enfrentar los momentos de tensión de tu vida, quizás con miedo, está bien, pero con la mayor calma posible. Para que te arrepientas menos de las decisiones que vas tomando y por sobre todo eso que siempre nos dicen pero hacemos poco: aprender de tus errores y de los demás para ser mejores personas, profesionales, vecinos, colegas, hijos, abuelos o padres.
Espero que te des cuenta de que aceptar de forma radical tus emociones es la puerta de la auténtica felicidad. Que la exactitud en las palabras que uses para describir lo que sentís es esencial. Que tus talentos e inteligencias pueden ser desarrollados a lo largo de toda tu vida y que para ello el esfuerzo es central. Que dejes de considerar el éxito de los demás como una amenaza y que lo tomes como oportunidades para aprender. Que dejes de negar u omitir una emoción y que te preguntes qué es lo que esa emoción está tratando de decirte. Que las uses como datos o señales de que algo allí te importa mucho. Que sepas que vos sos el dueño de tus emociones y que ellas no son tu dueño. Vos podés diseñarlas y así diseñar tu propia vida.
Ruut Veenhoven es el director de la base de datos mundial de la felicidad y la define así: “Es cuánto te gusta la vida que llevás”.
Y a vos, ¿cuánto te gusta la vida que llevás?
PRIMERA PARTE
La fórmula de tus emociones
EJERCICIO. ANTES DE EMPEZAR
Catalogá del 1 al 10 cómo te sentís en las siguientes dimensiones:
- Estado de humor general: ................................
- Cómo te sentís en relación a
- familia: ................................
- amigos: ................................
- vida social: ................................
- relaciones amorosas: ................................
- trabajo: ................................
- recursos económicos: ................................
- estudio: ................................
- alimentación: ................................
- contacto con la naturaleza: ................................
- ejercicio físico: ................................
- salud general: ................................
- creatividad: ................................
- ocio: ................................
- empleo del tiempo: ................................
- sentido de propósito: ................................
- tu pasado: ................................
- tu presente: ................................
- tu futuro: ................................
Estás a punto de leer un libro sobre emociones y autoconocimiento. Por favor, completá las siguientes frases para aprovechar al máximo y personalizar el aprendizaje que vas a transitar.
- Describí en dos o tres frases la situación o situaciones que te motivan a querer leer este libro o mejorar tu comprensión sobre las emociones.
- Completá la frase: Estoy queriendo y tratando de aprender…
- Completá la frase: Porque quiero descubrir…
- Completá la frase: Para poder ayudar / ayudarme…
Capítulo 1
“La” inteligencia
IE phone home
Esta es una definición muy sencilla de inteligencia emocional (IE): es tu habilidad para percibir, comprender, gestionar y utilizar tus emociones de manera efectiva. Este modo de definir la inteligencia emocional a nivel científico es, podríamos decir, bastante nuevo. Fue elaborado inicialmente en 1990 por los doctores John Mayer y Peter Salovey, quienes decían que la inteligencia emocional era “la habilidad para regular las emociones y los sentimientos para luego usarlos para guiar nuestros comportamientos”. Sin embargo, mucho antes, en 1964, fue Michael Beldoch quien investigó y definió académicamente por primera vez el concepto de inteligencia emocional. Como todas las otras inteligencias descriptas, el coeficiente de inteligencia emocional (EQ) también varía entre las personas. La mayoría tiene muy poca idea de cómo distinguir las emociones y explorar el poder que tienen en tu mente y cuerpo, en tu vida. Ser más fluido en el idioma de las emociones puede ayudarte a sobrevivir mejor a tu relación de pareja, en tu trabajo, y para tener una relación más sana con los demás. Muchos estudios llevados a cabo durante años muestran una y otra vez que mejorar tu EQ empodera tu mente, ayudándote a gozar de una vida más feliz. La inteligencia emocional, en la vida real, sería definida como el modo en que llevás, gestionás y expresás tus emociones, sentimientos y estados de ánimo de la manera más eficiente. Si sos una persona equilibrada, empática y sociable, muy probablemente estés más consciente de tus emociones que una persona desmotivada y poco empática. En los medios de prensa y en el público en general la inteligencia emocional se puso más de moda gracias al gran trabajo realizado en 1995 por Daniel Goleman, que describió las siguientes cualidades o características presentes en las personas emocionalmente inteligentes:
- Habilidad de reconocer sus propias emociones.
- Habilidad para relacionarse con las emociones de los demás.
- Habilidad para escuchar a los otros sin juzgarlos.
- Habilidad para participar activamente de la comunicación interpersonal comprendiendo las señales no verbales del comportamiento.
- Habilidad para gestionar los pensamientos y sentimientos propios.
- Habilidad para manejar y expresar las emociones de una manera socialmente aceptada.
- Habilidad para recibir críticas de manera positiva y ser capaz de beneficiarse de ellas.
- Habilidad para poder perdonar, olvidar y moverse en la vida de manera racional.
Un proverbio que me gusta mucho dice: “La inteligencia emocional es la habilidad para crear un equilibrio entre saber lo que no sabés y lo que sabés que puede ser mejorado”.
Si el IQ (coeficiente de inteligencia racional) representa cuán ingenioso sos para analizar y comprender las cosas de manera lógica, el EQ sería cuán ingenioso sos para adaptarte a la realidad y sobrevivir en armonía con los demás. Salovey y Mayer, y más tarde Goleman, identificaron cuatro factores en los cuales podés trabajar para mejorar tu inteligencia emocional: 1) tu autoconocimiento, 2) el manejar tus emociones, 3) el comprender las emociones de los demás, y 4) tus habilidades sociales. De estos cuatro factores se desprenden los dominios de la inteligencia emocional.
Emociones variables
El científico británico J. B. S. Haldane decía que cuando aparecen nuevas ideas en el mundo de la ciencia lo primero que se escucha de los colegas es “lo que dicen no tiene sentido”; luego, con el tiempo, se convierte en “esto es raro pero interesante”, para seguir con “esto es verdad, ¿y qué?”, y finalmente terminar con un rotundo “siempre dije que esto era así”. ¿Será igual en el mundo de las emociones? Cada vez existe mayor evidencia científica que demuestra que nos hallamos ante un cambio de paradigma en cuanto a la comprensión de qué son las emociones. Desde el abordaje de las emociones primarias de Paul Elkman en los años setenta hasta la nueva teoría construccionista de Sarah Feldman Barret, unos años atrás, ha pasado mucha agua bajo el puente.
Podríamos afirmar que estamos frente a una revolución respecto de la comprensión de las emociones, pero también de la mente y el cerebro en general. Esto es clave: tu mente son tus pensamientos y emociones. Tu mente es tu cerebro en acción. Es decir, es tu cerebro el que te permite pensar y sentir.
Esta revolución obliga a repensar nuestras actitudes sobre las enfermedades mentales y físicas, nuestra comprensión sobre las relaciones personales y nuestros enfoques acerca de cómo educar a los niños y en último lugar, pero no menos importante, nuestra mirada sobre nosotros mismos —con independencia de la edad que tengas—.
En el mundo de hoy existe una notable falta de ayuda y motivación en la educación, familias y ambientes sociales para la comunicación, expresión y comprensión de las experiencias emocionales que vivís a diario. Las escuelas, en su mayoría, focalizan en logros académicos para sobrevivir en esta sociedad tecnológica, lo cual te deja con menos posibilidades de un desarrollo emocional. Te propone conceptos externos a tu vida en lugar de focalizar en tu realidad interna, tu mundo de pensamientos y emociones. En En el limbo me focalizaré en que te motives a llevar tu atención y curiosidad a esta, tu realidad interna. El precio por no conocer y/o gestionar mal tus emociones es muy alto y evidente. Si no te tomás un tiempo para explorar, sentir y pensar acerca de las experiencias emocionales clave que fueron dándole forma a tu vida, para bien y para mal, tu mochila emocional puede dañar tu calidad de vida y provocarte, incluso, malestares físicos y mentales. Sin un tiempo para pensar cómo estás llevando tu vida adelante y qué podrías y querrías cambiar, es muy probable que quedes atrapado en un formato de sensaciones, emociones y pensamientos que no contribuyen a tu bienestar y la toma de buenas decisiones.
Charles Darwin observó que las especies no son un tipo de ser con una serie fija de atributos sino una población de individuos ricos en su variedad. De manera análoga, palabras como enojo, alegría o miedo nombran una población de diversos estados biológicos que dependen mucho del contexto. Si estás enojado con tu mamá, a veces tu corazón irá más rápido, otras decrecerá su ritmo cardíaco, y otras quedará sin cambios. Fruncirás el ceño o quizás sonreirás. Te quedarás en silencio o gritarás. La variación es la norma. Y con las emociones también. Es importante destacar que estos descubrimientos científicos no solo quedan como simples conceptos nuevos en el ámbito académico. Cuando un oficial de seguridad aeroportuaria está entrenado y tiene confianza en asunciones de que, por ejemplo, las expresiones faciales y los movimientos del cuerpo son indicadores nobles de los sentimientos y las emociones de las personas, la plata de los contribuyentes que pagamos impuestos para entrenar a ese oficial está siendo malgastada. Cuando la comunidad médica se pregunta cuál es la relación entre el enojo y el cáncer está asumiendo que el enojo causa o dispara solo una cosa en el cuerpo, y eso es un error.
La facilidad con la cual sentís emociones y el poco o nulo esfuerzo que hacés para asumir las emociones en los demás no significa que cada emoción tenga un patrón distintivo, o huella, en la cara, cuerpo o tu propio cerebro. Cientos de experimentos y artículos científicos demuestran esto último. En lugar de preguntarse dónde están las emociones o qué patrones corporales las definen, hoy la ciencia moderna basa sus experimentos en entender cómo tu cerebro, con tu ayuda, construye estas experiencias increíbles.
Mi propuesta es que aprendas todo —al menos lo que yo sé— sobre el mundo de las emociones y los más novedosos hallazgos del mundo científico (y a veces no tan científicos). Los ejercicios ayudarán a que te conozcas mejor a vos y a tus sensaciones internas y percepciones externas; mejorarás tu vocabulario emocional; gestionarás de forma más eficiente lo que sentís dependiendo del contexto o situación y conocerás con más profundidad a los demás. Todo esto hará que todas tus relaciones interpersonales se vean beneficiadas y que te arrepientas menos de las decisiones que tomás en tu vida personal y profesional.
Hace más de diez años que trabajo motivando a la gente a conocer primero y fortalecer luego su inteligencia emocional, y no me canso de escuchar que lo que más experimentan cuando lo logran es arrepentirse menos de las decisiones que toman. Es decir: a mayor inteligencia emocional, menor arrepentimiento de las decisiones que tomaste en tu vida. Por otra parte, mi experiencia —y la de otros consultores internacionales— indica que aproximadamente solo el 20% de las personas que leerán este libro producirá, utilizando las herramientas que comparto, un crecimiento personal y profesional. Yo mismo he sido mi primer conejillo de indias durante estos últimos tres años y el grado de avance en la comprensión de quién soy, cuál es mi propósito, qué quiero, pero sobre todo qué no quiero seguir repitiendo para mi vida ha sido verdaderamente alucinante. Hoy puedo decir con mucha honestidad y humildad que soy una mejor persona, un mejor papá, y un mejor profesional que unos años atrás. Pero, sobre todo, que siento un mayor bienestar en mi vida.
La fórmula de las emociones
Fue en alguna noche de octubre de 2017. Me acosté en la cama de abajo del cuarto de mi hijo Valentín. Me disponía a contarle un cuento para acompañarlo a dormir cuando mi mente hizo un rápido cálculo matemático. Mil quinientos: el número aproximado de cuentos que había inventado desde su nacimiento para ese momento tan especial del día, la noche. Seguro que él tenía sus preferidos: el del dragón bebé marrón y naranja flúo que se pierde, la mariposa y la libélula que querían conocer el mar, el castor que enseña a nadar a otros animales del bosque, el extraterrestre que llega al patio del colegio, el nene que se convertía en mini superhéroe golpeándole la puerta del departamento al Hombre Araña y alguno más. Cuanto más cansado me encontraba, más repetía un cuento y menos creatividad tenía. Estaba por comenzar a improvisar una historia cuando Valen me dijo con una vocecita quebrada:
—Fue un año difícil para mí, papá.
—Contame, ¿qué pasó este último año que fue tan difícil para vos? —le susurré para que en el cuarto de al lado su hermana mayor, Uma, no escuchara nuestra conversación.
—Primero, los dos puntos que me dieron en la cabeza. En realidad no me caí del tobogán, me golpeé con las hamacas —me dijo develando el secreto que tenía guardado hacía ya un tiempo.
—¿Qué más?
—El hospital, la operación de la pelotita en el cuello. Me acuerdo mucho de que cuando volvimos a casa lloraste de alegría. No sabía que se podía llorar de alegría.
¿Cuándo fue la última vez que vos lloraste de alegría? ¿Sos de contener las lágrimas cuando querés llorar de alegría por miedo o vergüenza de lo que otros dirán o piensen?
En efecto, en febrero de 2017 le habían extraído un pequeñísimo quiste —la pelotita— que estaba pegadito a su tiroides, lo cual, además de un gran susto, requirió de cirugía con anestesia total y treinta horas de internación. Aunque todo salió bien y Valentín ya estaba recuperado al 100%, hoy, luego de ocho meses, quería hablar de lo duro que había resultado para él.
—Sí, es verdad, pero fuiste súper valiente y estás re bien. Ya se terminó eso —le dije con tono seguro y firme.
—No fui valiente, papá, tuve miedo.
—Pero, hijo, ser valiente también es sentir miedo. Ser valiente es que a pesar de sentir miedo puedas enfrentar los desafíos y las cosas que te van sucediendo en la vida —le dije haciéndome el maestro zen de Kung Fu Panda—. ¿Querés contarme algo más de esa pelotita que te sacaron o de lo duro que fue el año?
—Sí, fue duro además porque hoy me picó un mosquito en el brazo y me pusieron “calalil” —se refería al Caladryl, medicación tópica para la picazón (esto no es una publicidad encubierta…). Me reí a carcajadas pero hacia adentro, sin sonido y con un toque de emoción.
Le acaricié la frente y seguí con el cuento de los caballeros de colores que primero pelean con el dragón y luego se hacen amigos. Justo antes de dormirse, ya con su voz más cerca del sueño que de la vigilia, me preguntó:
—¿Es verdad que uno puede morirse de risa?
¿Vos podés hablar de lo que sentís con tus padres, parejas o amigos con total libertad?
Es increíble cómo ser padre te hace visitar diversos estados emocionales y a veces cambiando de uno a otro en un segundo. Desde la calma pura a la agitación y nervios de punta. Desde la energía renovada por sus gestos y preguntas hasta el cansancio total por sus berrinches o jornadas de triple turno. Desde el placer total de su olor hasta el desagrado por enterarte de que alguien lo hizo llorar.
Para la biología moderna del cerebro las emociones dependen de tres elementos: a la definición de estos elementos la llamaré la fórmula de las emociones. Elemento 1: la interocepción, que es la combinación de la intensidad del placer que estás sintiendo en un momento determinado (para que lo entiendas bien: puede ser de total displacer a placer alto) y la intensidad de energía (energía negativa hasta altos niveles de energía). La interocepción se produce gracias a áreas específicas del cerebro denominadas interoceptivas. Ellas reciben información e interpretan lo que sucede segundo a segundo en tu cuerpo. Como resultado de esa interpretación, se traducen tus estados de energía —baja/alta— y de placer —bajo/alto— del momento.
Elemento 2: tus experiencias pasadas, todo aquello que te sucedió en la vida, si es de características similares a lo que estás viviendo, impactará de un modo determinado en lo que te está ocurriendo en este momento. Esto se debe a que tus experiencias pasadas influyen en tu forma de interpretar y dar sentido y significado —con tus pensamientos— a las circunstancias y hechos que ocurren en tu vida hoy.
Elemento 3: el contexto donde estás atravesando esta situación particular hará una diferencia a la hora de sentir, ya que mismas situaciones con las mismas interpretaciones pero en diferentes contextos pueden cambiar —o no— tu estado emocional del momento.
Emociones = Interocepción (intensidad de tu sensación de placer y de energía) + Experiencias pasadas + Contexto.
Esta fórmula deriva de lo que se conoce como el nuevo abordaje para explicar las emociones: la teoría construccionista de las emociones. Esta surge de nuevas evidencias neurocientíficas del funcionamiento de tu cerebro y su capacidad de interpretar lo que sucede en tu cuerpo segundo a segundo. ¡Ampliaremos!
No lo digo yo
Sin duda son las emociones las que hacen que vivir valga la pena. Todos atravesamos diversos estados emocionales a lo largo de la vida: extremos, suaves o más neutros. No solo no los podés evitar sino que son actores y actrices principales a la hora de tomar decisiones, para bien y para mal.
Pero ¿es importante para todos, en igual medida, conocer sus emociones? Hace unos años en la Escuela Darden de Negocios de la Universidad de Virginia, Estados Unidos, fui a la conferencia de Michael Gelb —experto y fanático de Leonardo da Vinci y Thomas Edison—. Allí Gelb contaba sobre un estudio que se había hecho a unos mil líderes globales. La mayoría provenía del mundo de los negocios, pero también los había es
