Debajo de mi piel

Mónica Salmón

Fragmento

Debajo de mi piel

PRÓLOGO

Es verdad que frente a la pérdida de un ser amado nadie puede explicarnos el dolor, pues éste parece no tener límites, porque su profundidad es enigmática e intransferible. Es verdad, también, que en una situación como ésta —la de la pérdida—, los seres humanos nos sintamos identificados los unos con los otros, acaso porque es la muerte la que siempre pone en relieve lo importante sobre lo trivial; y lo que siempre es importante es la vida.

El libro que el lector tiene en sus manos es justamente eso, un testimonio de vida. Ésta es, ante todo, la historia de una mujer extraordinaria cuyas decisiones fueron tan libres y su voluntad de vivir, tan expansiva que enfrentó la muerte con la misma intensidad y entereza. Parece sencillo llevar a cabo esas máximas que nos recuerdan que conviene reír sin esperar a ser dichoso, no sea que nos sorprenda la muerte sin haber realmente experimentado plenitud; pero no es nunca sencillo porque la vida siempre está poniéndonos a prueba. Como tampoco es sencillo que al amar la vida de súbito tengamos que enfrentarnos a su final.

El testimonio de existencia que Mónica Salmón nos ofrece habla de este tránsito. Al compartirnos la historia de su madre, conocemos el legado de una mujer que supo hacer de la vida, antes y después de que se le diagnosticara cáncer, un entorno amoroso y fecundo. Se dice que únicamente aquellos que evitan el amor pueden evitar el dolor del duelo. Y es por eso que este libro es, además de un testimonio, una expresión solidaria; no sólo porque Mónica Salmón se propone dignificar la manera valiente en la que un ser querido y la familia enfrentaron la enfermedad y el proceso doloroso de la muerte, sino porque esta historia busca ser un trayecto compartido para aquellas personas que han pasado por una situación semejante.

El pesar oculto, como un horno cerrado, quema el corazón hasta reducirlo a cenizas, escribió Shakespeare. Y ésa es la razón por la cual una sociedad tan afectada por la palabra cáncer necesita hablar. Cáncer es una palabra que ha marcado, sin duda, el lenguaje de nuestro tiempo. El término sigue causando un impacto social muy fuerte incluso en un periodo histórico como el actual, que muestra signos de evolución tanto en los campos de la ciencia y tecnología, como en aquellos en donde se busca entender emocionalmente las enfermedades de nuestra época. Por un lado, casi siempre hay una historia de cáncer cerca de nosotros; por otro, continúa siendo tan relevante el tema en materia de salud pública que la información disponible es vasta, condición que a veces resulta abrumadora porque se sabe tanto del cáncer que, al mismo tiempo, cuando éste llega, no se sabe nada de cómo enfrentarlo, de cómo hablar de él. Resulta paradójico que al haber tanta información sobre un tema tan sensible, sigan existiendo tantos tabúes a su alrededor.

Tal es el propósito de este libro: hablar; no permitir que una experiencia tan avasalladora como la de una enfermedad que involucra no sólo al paciente, sino también a los que lo rodean nos quite la urgencia por expresar todo lo que se aprende en el proceso, desde conocer los extremos de emoción más justificados, hasta plantear los reclamos más necesarios.

La vivencia individual del cáncer se convierte en una vivencia colectiva. Por eso Mónica Salmón, quien rompe el silencio una vez pasado el duelo, se encarga de poner énfasis en los detalles de los que casi no se habla: ¿En qué circunstancia se recibe un diagnóstico de dicha magnitud? ¿Cuáles son las primeras reacciones de los involucrados? ¿Cómo en medio de la incertidumbre se comienza a construir otra vida —pues es evidente que ese momento marca con claridad un límite y nos convierte en otro—? ¿Qué pasa con el mundo físico y emocional de una persona enferma? ¿Cómo la sociedad convive abierta o veladamente con las personas que tienen cáncer? ¿Por qué se establecen relaciones de dependencia con los médicos? Y ¿hasta dónde ellos, los médicos, se involucran como profesionales y como seres humanos capaces de ser empáticos frente al dolor y las circunstancias de sus pacientes?

Aunque cada persona enfrenta la enfermedad de una manera única, lo que Mónica Salmón propone en la segunda parte del libro resulta edificante por cuanto busca proponernos una guía a través de la cual se puedan compartir ciertas experiencias. Experiencias que nos explican con sencillez tanto los procedimientos prácticos (de entre la muy específica terminología clínica, cómo identificar el diagnóstico, qué hacer después de saber un diagnóstico, a qué tratamientos acudir, cuáles son los efectos secundarios de los tratamientos, qué pasa con la alimentación y los cuidados para la persona enferma, etcétera), como aquellos que hablan del universo afectivo entre los involucrados (qué pasa con la ira, con la soledad, con la depresión, con la esperanza o pérdida de ella, con el conocimiento o con la negación de la situación, con los sentimientos de culpa, con la angustia).

Este libro es una respuesta llena de solidaridad y franqueza a esa vivencia tan dolorosa y a la vez constructiva en términos de aprendizaje humano que la autora vivió al lado de su madre — quien lúcidamente denominó el cáncer como la Enfermedad del amor, pues creía, y con razón, que despertaba la fibra más sublime de las personas.

Aún es largo el camino para entender cabalmente cómo puede sobrellevarse una enfermedad tan compleja, y de qué manera hacer posible que el apoyo requerido para enfrentarla, que es forzosamente multidisciplinario, sea también accesible. A pesar de los avances de la ciencia, todavía parecemos incapaces de darle cabida al dolor para entenderlo y manejarlo con la eficacia terapéutica disponible. En estas condiciones extremas en las que un cuerpo tiene un padecimiento grave, el dolor es biológico, pero también psicológico y social; es familiar y es del espíritu. Por eso hay que entenderlo y atenderlo.

Aún es largo el camino para testimonios como éste, en el que Mónica Salmón nos comparte la experiencia de su duelo, que reconfortan y nos acompañan. A través de las palabras, la autora recupera la batalla de su madre contra el cáncer, para iluminar aquello que fue trance difícil y se convirtió al final en una lección mayor de humanidad. Ser testigos de su historia puede ayudarnos a trascender y a transformar la historia que cada quien trae consigo.

DR. JUAN RAMÓN DE LA FUENTE

Debajo de mi piel

1

RUTH

Sus manos recorren mi cuerpo. Cada centímetro, cada milésima de mi piel se estremece ante esa caricia. Al sentir su respiración, cambia mi temperatura, mi piel cambia de color. La humedad de mi cuerpo es su refugio.

Sus manos continúan inquietas; su boca continúa sedienta; su piel me envuelve y es ahí donde nuestros límites se pierden. Nuestra piel se confunde, nuestras almas se desprenden. Es ahí donde Dios existe, donde la poesía surge, donde la oración toma sentido.

La noche quiere quedarse impregnada en mi piel, pero el amanecer la sorprende. Justo en ese momento comienzan las preguntas de mi existencia. Es entonces cuando comprendo que todo es cíclico, que todo empieza y todo termina; cuando descubro que el alma se puede llegar a sentir sola en momentos donde nuestra piel está involucrada.

Me envolví en las sábanas mirando hacia la ventana mientras me cubría la boca con las manos reteniendo esa energía que, de placer, se convertía en lágrimas. Me tomó en sus brazos y me acercó hacia él. Sentía su cuerpo desnudo cubriéndome la espalda; mi temperatura ahora era distinta, sentía las piernas frías, el aire me faltaba y le dije:

—¿Sabes? ¡Algún día nos vamos a morir!

—Así es, algún día…

—Así como mi mamá, así como mi abuela, así como mi pasado. Todavía no logro aceptar que mi mamá se murió. Es como si en cualquier momento fuera a llegar, la fuera a ver. No logro entender absolutamente nada. Siento que mis mecanismos de defensa están al tope. Quizá no lo acepte del todo nunca, quizá me muera sintiendo que va a llegar, que va a volver. Tal vez si escribo un libro —al comienzo, a la mitad o al final—, entienda que murió. Pero, ¿sabes?, no lo concibo. No concibo que no pueda tocarla, que no pueda llamarla, que no pueda contarle mis secretos, mis experiencias, mi día a día.

¡Momentos como éste me hacen darme cuenta de que el alma sí existe!

Con voz suave me dijo:

—Qué vulnerables somos ante la vida. Pero tu mamá sigue estando en ti. No quiero sonar trillado; sé que piensas en ella y la sigues amando, pero de una u otra forma ella sigue contigo. A lo que me refiero es que la materia se transforma, y esa materia algún día volverá a estar junto a ti, a lo mejor la conciencia toma una forma superior y podemos viajar en el tiempo y ver todo.

El llanto impedía que pudiera hablar y con esfuerzo logré decirle:

—Tiene que existir algo más. En momentos como los que acabo de vivir, en los que puedo palpar mi alma, es cuando digo: “¡No es posible que sólo seamos cuerpo y ya!” Es cuando descubro que realmente tenemos alma, espíritu, energía o qué se yo, pero es algo que va más allá, mucho más allá de una simple respuesta a una actividad cerebral.

—Tienes que creer que tu mamá sigue estando aquí. Por sorprendente que resulte, los átomos de nuestros cuerpos se crearon en el interior de una estrella, sometidos a inmensas presiones y grandes temperaturas que resultan difíciles de comprender para nosotros.

Acomodada entre su hombro con voz dulce me dijo:

—Mi amor, acuérdate de que todos somos polvo de estrella. ¿Sabes, preciosa?, cuando se descubrió la fusión nuclear se comprendió el proceso que proporcionaba esa inmensa cantidad de energía a partir del hidrógeno y, como toda fuente de energía, generaba unos residuos a cambio. De hecho el calcio de nuestros huesos —me dijo mientras tocaba mi cadera en forma de cosquilleos—, de estos huesitos.

Mis lágrimas comenzaban a secarse y con un gran suspiro fui sintiendo mi alma en paz, en armonía. Es impresionante cómo podemos trasladarnos de un estado emocional a otro. No cabe duda de que en el mismo recipiente del placer se encuentra el del dolor, el del odio, pero también, el del amor.

Al hablar estiraba su mano y la mirada la dirigía al techo, pero no estaba fija en ningún lugar. Siguió muy concentrado hablando sobre que somos polvo de estrella:

—El hierro de la hemoglobina, el carbón, nitrógeno y oxígeno de los diferentes tejidos y células que forman nuestros cuerpos no existían al comienzo del universo.

En un tono como de respuesta y una emoción entre sus palabras me dijo:

—¡Imagínate que en los cinco primeros minutos después del Big Bang se formaron los primeros átomos! ¡Más tarde aparecieron las primeras estrellas, que inicialmente tenían esa misma composición, Mokanita (ésta era la forma en la que me solía decir mi mamá), la composición que tenemos nosotros!

Después de escucharlo me sentía conectada con él y con el universo, pero sobre todo con mi mamá. Al escuchar eso me resultaba estremecedor pensar en todo lo que había sucedido para que yo estuviera aquí y en cuántas generaciones hubo antes de mi existencia:

—¿Cómo puede uno comprender tales comienzos? Lo que más me unía a la historia de mi pasado era la historia de mi abuela materna —de la abuela paterna con dificultad recuerdo su nombre.

Abuela. Palabra que al mencionarla significó durante diecinueve años de mi vida paz, armonía, amor, respeto, admiración. Con el simple hecho de mencionarla todo se resolvía interiormente dejando un suspiro de satisfacción.

Decir Abuela era filtrar lo malo de mi vida. Abuela era el significado del amor más incondicional que jamás podré tener. Por eso me atrevo a hablar de aquella rusa que conquistó mi corazón; no hay día que no piense en ella…

Un día lluvioso, 15 de marzo de 1927, nació mi abuela en Moscú. Una pelirroja que llegó a ocupar el cuarto lugar de los hermanos Miahanovich. Abelardo, Neigth y Edith esperaban ansiosos su llegada. Su nombre sería Ruth y se convertiría en la consentida del papá. El parecido físico que tenía con él era sorprendente.

Al año siguiente llegó el quinto hermano: Alcides. Lita, la mamá de mi abuela, era una mujer que vivía para el cuidado de su familia y el hogar. El concepto de buena mujer era darle hijos sanos y fuertes al marido; por ello Lita estaba en búsqueda de otro hijo más.

La familia Miahanovich gozaba de una situación económica muy privilegiada, la cual les facilitaba la llegada de los hijos sin mayores esfuerzos. Sin embargo, los estragos de la revolución hizo que tuvieran que partir de Rusia y dejar todas aquellas comodidades y lujos que tenían en su tierra.

Mi bisabuelo temía perder la estabilidad que habían logrado. De hecho estaban al borde de perderlo todo; sufrían confrontaciones cotidianas y recibían amenazas y agresiones físicas. Decidió abandonar su país y depositar todos sus sueños en Estados Unidos; hablaba constantemente del presidente Roosevelt: sus ideales capitalistas le daban un gran optimismo a la comunidad internacional, pero sobre todo a mi bisabuelo.

A Saña —diminutivo de Alexánder y como llamaban a mi bisabuelo—, lo recordaba la abuela por su fuerza y su tenacidad para llegar siempre a la meta. Emprendieron el viaje en busca de paz para sus seis hijos —Kilith, la sexta de los hermanos, nacería ya en América—, pero también de la libertad tan anhelada.

Cuando decidió partir de Rusia la abuela tenía cinco años. Junto con su tierra natal, mi bisabuelo dejó su corazón y el esfuerzo acumulado de su trabajo. El viaje cumplió con sus expectativas. Gracias a amigos que habían dejado el país por las mismas razones, el viaje fue seguro y lograron llevar consigo la mayoría de sus pertenencias. Tenían miedo, pero al mismo tiempo la ilusión de una vida prometedora en Nueva York, donde la mayoría de sus amigos se habían establecido con éxito.

Dejaron su tierra y junto con ella un pasado que, al evocarlo, sería tan gris como las nubes rusas. También dejaron apellidos que jamás volverían a utilizar; los nombres de familia quedarían guardados en las profundidades de aquella historia que jamás se volvió a mencionar. Irónicamente, la historia que los mantenía unidos con sus compañeros de viaje eran las raíces que los habían hecho huir.

Hicieron una primera escala en la República de El Salvador donde con el tiempo aprendieron español. Por razones diplomáticas, cambiaron sus pasaportes por unos nuevos en los que su apellido se convirtió en Mandujano. Fue un cambio que les llevó mucho más tiempo del que imaginaron; pero esa nueva identidad evitaría que fueran perseguidos y les haría más fácil encontrar un lugar para echar raíces.

Después de algunos años, la familia Mandujano continuó su viaje. Pararon en México: primero se quedaron en Ciudad del Carmen, Campeche; después se mudaron a la Ciudad de México, donde mi bisabuelo podría continuar con los negocios familiares de telas y ofrecer una educación de calidad a sus hijos, mientras tramitaba su entrada a los Estados Unidos.

La adoración de mi abuela era su padre. Ella era la única que había heredado al mismo tiempo su inquebrantable temperamento y la firmeza de sus ideales. Gracias a su ejemplo, esa pequeña rusa desarrolló una fuerza sorprendente para creer en sus sueños y entregarse a las emociones intensas de la vida. La lucha por volver a empezar desde cero sería un aprendizaje que se expandiría a las futuras generaciones de la familia.

Mientras esperaban las visas americanas para llegar a su destino, a mi abuela la internaron junto con sus hermanas en el Colegio Alemán. Mi abuela era la más rebelde de todos los hijos y a la que más trabajo costaba educar. Ejemplo de ello era que en el Colegio Alemán la expulsaron por falta de disciplina. Cuenta la abuela que, aburrida y cansada de tanto orden, de tantos regaños y de escuchar cómo debían ser las cosas, trató de poner un poco de diversión entre sus compañeras que al igual que ella tenían que soportar las reglas absurdas del colegio. Puso en cada bacinica una pastilla de Alka-Seltzer. Cuando la prefecta y las maestras fueron al baño empezó a escuchar gritos y una de ellas, antes de llegar a los dormitorios, gritó: “¡Seguro fue Ruth! ¡Seguro!” El castigo que le dieron antes de suspenderla fue bañarla desnuda a manguerazos enfrente de todas. Si se trataba de asustarla y hacerla sentir mal, Ruth decidió que no les daría el gusto a las maestras de ser humillada ante las demás. Mientras la mojaban comenzó a bailar y todas rieron. La directora dio la orden de que le pusieran mayor presión a la manguera; cuando ésta subió, las risas disminuyeron, entonces Ruth decidió dar la espalda hacia donde se encontraba la directora, se inclinó hacia adelante y le mostró las nalgas. Quizá lo que hizo no fue lo más maduro, pero con eso la abuela nos enseñó que, por más difícil que parezca la situación, es posible darle la espalda —por no decir otra cosa— y salir de los problemas a carcajadas.

La pelirroja no sólo no compartía el mismo carácter que su familia, sino que tampoco compartía el mismo destino, ella seguía lo que su corazón le marcaba y prueba de ello fue que a los diecisiete años descubrió que su corazón le pertenecía a México.

La belleza era un don del que las hermanas gozaban, en especial mi abuela y la tía Edith. Diez años después, Kilith, la hermana más pequeña, descubrió en ella el mismo poder de sus hermanas. Eran mujeres seductoras por naturaleza. Sabían que podían conquistar a cualquier hombre. Caminaban como si fueran en pasarela, la forma para sentarse era delicada y jamás perdían la postura, siempre derecha. Cuando hablaban, los movimientos de sus manos eran suaves y delicados y parecía que danzaban al ritmo de las palabras. Presumían el encanto que tenían. Usaban el poder de la belleza como una herramienta para obtener sus objetivos.

Usaban vestidos entallados y escotes discretos para la época. Con elegancia mostraban los encantos de su feminidad. La abuela acostumbraba decir: “Cuando una mujer entra a un restaurante primero entra el pecho y después ella, siempre con una sonrisa suave, sin exagerar la expresión facial”.

Así, Ruth, la mujer de piel blanca, ojos verdes y sonrisa seductora decidió conquistar a un hombre de piel morena.

Mi abuela y Amelia, su mejor amiga, estaban llegando a una fiesta; en esos tiempos se acostumbraban los bailes en casas. Mientras bajaban unas escaleras de caracol para llegar a la fiesta miraron hacia abajo. Había dos jóvenes morenos muy apuestos. Los ojos de uno de ellos, Roberto, se encontraron con los de la abuela, que detuvo el paso en el siguiente escalón y, sin dejar de verlo, le dijo a Amelia:

—Me voy a casar con el muchacho de ojos negros.

El abuelo describía el instante en que vio a la abuela por primera vez como el único momento de su vida en que se quedó sin aliento: “Su vestido era tan rojo como sus labios; sus ojos tan verdes que iluminaban el lugar. Cuando sonrió, supe que era la mujer con la quería despertar todas las mañanas”.

El baile comenzó y justo cuando el abuelo tomó de la mano a la abuela, discretamente tuvo que poner un pañuelo entre las manos de ella, ya que en ellas escurrían gotas de sudor. Entre más sudaba más nerviosa se ponía y sudaba más, y entre más nerviosa se ponía más enamoraba al de la piel morena.

Ese baile marcaría el destino de dos familias, pues el hombre que acompañaba a Roberto era Carlos, el hermano de mi abuelo, quien se casaría con mi tía Amelia; y determinaría que la abuela dejara una herencia y su destino en un país que le prometía la libertad que buscaba su familia desde hace años para quedarse en México con Roberto.

El abuelo era un hombre de buena familia, educado y caballeroso; estaba por terminar sus estudios de contabilidad. Pero para la familia Miahanovich tenía dos defectos inaceptables: no era multimillonario y su piel era morena. Sin embargo, la abuela era una mujer de decisiones firmes, ya lo había elegido como marido y así sería a pesar de los demás.

Lita le decía, sin tono maternal y con voz autoritaria, que ese matrimonio era imposible. Su preocupación era cada vez mayor, se hacía más urgente controlar a su hija y casarla lo antes posible. Si el colegio no había podido con ella, veía difícil que alguien más lo lograra. Ella ya tenía un marido elegido para su hija, vivía en Nueva York, era de ojos azules, piel blanca y, sobre todo, millonario. Le decía a Ruth que esas historias que contaba de amor a primera vista y de sentir mariposas en el estómago y reflejarse en la mirada del otro eran cosas que sólo se escuchaban en un país como México.

Ya era momento de que todos se fueran lo más pronto posible de este país y que ella se diera cuenta de que la piel morena no era algo digno de mirar, mucho menos de admirar. Ella ya le tenía un marido que sería de su misma clase social y cultural, y no habría nada que pudiera impedirlo. Si seguía pensando en cosas imposibles, la desheredarían.

Pero mi abuelo Roberto pudo más que todo, más que esa herencia prometedora, más que ese hombre multimillonario que la esperaba en Nueva York y mucho más que satisfacer el sueño de sus padres. La abuela sabía que muchas veces, para realizar nuestros propios sueños, es necesario alejarse de aquellos que se oponen en el camino. Por más doloroso que se convierta, las decisiones del corazón no siempre van acorde con las de la sociedad; así, ella y el de la piel morena huyeron y se casaron en Acapulco.

Huir de casa era más complicado que haber salido de Rusia. Lita, siempre atenta de sus hijos, controlaba el hogar. Tenían clases de piano y mientras mi tía Edith tocaba Kilith se metió a la recamara de Neigth, tomó una pequeña bolsa y guardó lo que pudo de su hermana mayor. Se salió por el cuarto de servicio y en la esquina de la casa el abuelo la esperaba en su coche para irse directamente a la playa a casarse. Esa libertad de salir de casa le hizo saber que siempre habrá una salida para lograr los sueños.

Cuando se dieron cuenta de que la abuela no estaba, la familia Miahanovich hizo un escándalo. El castigo que le tenían preparado era mantenerla encerrada; además ella sería la primera que partiría a Nueva York. La buscaron, pero lo cierto es que la abuela ya era mayor de edad y eligió dejar atrás a su familia y su herencia para quedarse con el abuelo. Ruth había encontrado en él el sentido de su vida. Fue el comienzo de un matrimonio que, con altas y bajas, con separaciones y con amenazas de divorcio, duró cincuenta y siete años.

A los dos años de matrimonio Ruth se convirtió en mamá. Para sorpresa de mi abuela, Lita no quiso cargar al bebé debido a que había heredado el tono de piel del papá. Entre las tías comentaban la ironía de la vida, que de una mujer tan bella hubiera nacido un hijo moreno. Por su parte, Lita decía que ése era el castigo que su hija debía pagar por no haberse casado con aquel hombre de ojos azules, por lo que cada vez que mirara el color de piel de su hijo, en el fondo lamentaría no haberle hecho caso a sus consejos.

Al año dos meses nació su segundo hijo. Para sorpresa de Lita, éste tenía todos los atributos de la Familia Miahanovich: era rubio y de ojos verdes. Pero Lita, como buena rusa, nunca se daba por vencida y decía que, quizá, Dios ya la había perdonado. Lo cierto es que mi abuela Ruth era inmensamente feliz con su marido de piel morena y con sus dos hijos: el de chocolate y el de vainilla.

El abuelo era hábil y tenía una manera muy particular de salirse con la suya. Comenzó a tener éxito con sus negocios, lo que les permitió que ambos pudieran disfrutar

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