Paris la nuit

Valérie Tasso

Fragmento

Edouard

Édouard

—Dámelo, ¡mala puta!

El desconocido la agarró del pelo y le aplastó la cara contra la ventanilla del coche, removiéndola como quien apaga un cigarro. El pintalabios que llevaba la víctima se repartió por todo el vidrio, dando la impresión de que estaba sangrando. El golpe había sido limpio y las únicas huellas de violencia eran las marcas del carmín en la ventana. Rápidamente, el hombre rebuscó en los dos bolsillos del impermeable que llevaba la mujer, sacó algo y, acto seguido, la arrojó fuera del taxi, cerró la puerta, limpió con la manga las huellas de su delito y desapareció del parking como un cohete.

Otra película de guión escaso y actores mediocres. Desde luego, solo echaban basura por la televisión francesa. Decidí apagarla e irme a dormir, ansiosa por encontrarme al día siguiente con él, porque iba a ser la primera vez en once años que nos volveríamos a ver.

«Me hice médico —me dijo por teléfono—. Trabajo en una prestigiosa clínica de París y tenemos un seminario en el Sheraton.»

Nos habíamos citado en el hotel Prince de Galles Sheraton a las ocho de la tarde. Habíamos quedado primero en encontrarnos en el bar del hotel y luego, me había dicho, me invitaría al cóctel que organizaba su empresa. «A lo grande, con canapés y gente interesantísima.»

Me sorprendió que pusiera a los canapés y a las personas al mismo nivel pero no iba a hacerme la difícil a estas alturas. Si iba, era para verle, ¿qué me importaba lo que iba a comer y a quién me iba a encontrar?

Édouard era médico. Como su padre. No me extrañó que hubiera elegido esta profesión. Siempre le había gustado la anatomía… sobre todo la femenina…

Su pelo, del mismo color que el mío pero con algún reflejo pelirrojo, parecía una bayeta deshilachada con mechas rebeldes que acentuaba con un poco de gel fijador cada mañana. Unas pequitas doradas infinitas adornaban sus pómulos; de ellas se burlaban cariñosamente sus amigos porque tenía un aire de monaguillo con aspecto punky. Le llamaban «pelo de zanahoria» porque en aquella época emitían el anuncio de un queso de corteza naranja que un chico pecoso, curiosamente parecido a Édouard, comía con gula.

Se tomaba con mucho humor la bromita porque tenía un sentido de la amistad a prueba de bombas y todo lo que venía de sus amigos era sagrado y respetable. Como aquella noche que pasamos en su tienda de campaña montada en el jardín de su casa.

Sus amigos aparecieron de repente con linternas y, como mirones, habían intentado adivinar qué estábamos haciendo, lo que no era muy difícil imaginar. Él se enfadó un poco, salió de la tienda y regañó ligeramente a sus amigos mientras yo me tapaba el cuerpo con una manta y manchaba el saco de dormir con el espermicida generosamente entregado por su padre.

Al día siguiente, cuando nos reunimos con ellos, Édouard ni siquiera mencionó aquel episodio.

No tenía manera de conciliar el sueño. Me levanté para encender un cigarro, y maquinalmente, me puse delante de la ventana a espiar los movimientos de la calle. Mi habitación estaba en un primer piso, al lado de la estación de metro Blanche. No podía ser más auténtico.

Las cortinas de la ventana eran casi transparentes y me sentí desprotegida por un instante. Si yo podía ver a través de ellas, quizá alguien también me podía distinguir. Más que un primer piso parecía un bajo, ya que solo un metro de altura separaba mi habitación de la acera. Cualquiera hubiese podido estrecharme la mano para darme las buenas noches.

Hacía una noche despejada y calurosa. Tenía al París típico a mi alcance: Pigalle, Montmartre, y a los autobuses de turistas que paraban en fila india delante del Moulin Rouge y de los peep-show, cuyas incansables encargadas día y noche interpelaban a cuantos clientes pudieran, prometiéndoles un «goce asegurado», tanto para él como para ella.

No me extrañaba que no pudiera dormir. Además del nerviosismo por mi encuentro del día siguiente, había en la calle una fauna ruidosa que armaba escándalos tremendos pisando trozos de vidrio de botellas de cerveza tiradas en la acera. Algunos magrebíes jugaban al fútbol con ellos; otros se convertían en fakires improvisados, retorciéndose en el suelo al pelearse mientras otros chillaban al tiempo que intentaban separarles. Unos chicos africanos sentados en su coche parado, abierto de par en par y con música soul a tope, hacían movimientos de mano y cabeza al ritmo de un saxo. En medio de aquel escándalo pasaron unas chicas guapas altísimas, el pelo engominado a lo garçon, de finas piernas y escotes generosos salpicados todavía por una purpurina multicolor que el sudor de la noche había arrastrado hacia el canalillo. Bailarinas del Moulin Rouge con pestañas postizas. Se oyeron algunos silbidos. Venían del coche de los africanos. Las chicas, acostumbradas a tener que apartar a los ligones, pasaron de largo, sin hacer caso de las exclamaciones insistentes y vulgares de aquellos machotes dotadísimos.

Entre tanto bullicio me fijé en la ventana de enfrente. Había una sombra. Detuve mi mirada en aquel punto negro del segundo piso del edificio, intentando averiguar cualquier detalle que me diera una pista. Pero esta no se movía. Parecía sencillamente una mancha negra en una cortina. Empecé a contar los pisos del edificio a partir de las indicaciones que daba un cartel en la puerta de entrada:

A vendre («en venta»), y un número de teléfono.

Volví a dirigir la mirada hacia el segundo piso, pero la mancha en la cortina se había desintegrado como por arte de magia. Solo quedaba una luz tenue, que seguramente venía de una habitación interior del mismo piso.

Apagué mi cigarro cuando me dio un ataque repentino de tos y abrí la ventana para respirar aire fresco. En aquel momento, las bailarinas cruzaron la calle y se repartieron en varios taxis. Los magrebíes hicieron las paces. Los africanos cerraron las puertas del coche y yo la ventana, me puse unas bolas de caucho en las orejas, por si las moscas, y me metí nuevamente en la cama.

—No se olvide de pagarme esta noche; así podrá recuperar su pasaporte. Ya se lo dije ayer. Siempre se pagan dos noches por adelantado.

Mis gafas de sol me impedían diferenciar los diferentes matices de amarillo de la camiseta de Yamal Alaui (era el nombre que figuraba en la insignia que llevaba puesta con un pequeño alfiler), pero me fijé en su piel morena. Tenía las cejas espesas y una barba incipiente después de haber trabajado toda la noche.

—¿De qué parte es usted? —pregunté, sonriéndole.

—Esta piel se tostó bajo el sol de Orán —contestó, levantando las mangas de la camiseta y mirándose los bíceps con orgullo.

Yamal tenía algo de nostalgia en los ojos, probablemente porque recordaba lo que le había contado su padre de aquellas tierras norteafricanas, en la época en que todo el mundo tomaba té con menta pacíficamente, cuando leer un periódico en francés no era todavía un sacrilegio. Era demasiado joven para haber conocido una Argelia sin conflictos. Yamal era el símbolo andante del rap, del tag, del taf, del SMIC o del RMI,* nacido en Argelia, sí, pero educado a la francesa y su estado del Bienestar.

—¿Y usted?

Vacilé un momento.

—¿Se refiere al color blanco enfermizo de mi piel? —dije con humor—. Es blanco seco brut auténtico —contesté, refiriéndome a mi Champagne natal.

—¿Y esto, por dónde cae?

Busqué en mi monedero el dinero que me reclamaba de la noche, lo puse encima del mostrador de la recepción, y le respondí:

—A doscientos kilómetros de aquí, más o menos.

Recogí el pasaporte que Yamal sacó de un cajón, mientras se preguntaba seguramente dónde se encontraba aquel lugar a doscientos kilómetros de París que fabricaba albinos en serie. Me ajusté las gafas de sol encima de la nariz y salí.

La luz pegaba fuerte, como millones de rayos X que pinchaban ligeramente la piel de los transeúntes, asqueados de tanto calor, y la acera liberaba un olor a asfalto condensado que dominaba a la poca clorofila que desprendían los árboles que se habían atrevido a sobrevivir en esta urbe gigantesca.

Las gafas de sol me protegían de aquella luminosidad tan poco habitual en París. Me gustaba la realidad virtual que había detrás de los oscuros cristales. Era como observar la realidad desde fuera de ella, enmarcada en una montura que delimitaba mi propia perspectiva ofreciéndome otra dentro de mí.

Nunca me ha gustado el día. Siempre he sido un animal nocturno; de alguna manera comprar esas gafas supuso reproducir la noche que tanto amaba. De hecho, a la dependienta de la tienda la había vuelto loca, probándome centenares de ellas con mueca de desagrado, argumentando que quería las gafas más oscuras que se hubieran fabricado.

Andaba a pasos ligeros. A pesar del día alegre, que daba un color nuevo a las calles, el humor de los parisinos era el mismo de cualquier día, lloviera o hiciera sol: siempre parecían enfadados.

En realidad, no eran muchos los parisinos que había, porque prácticamente todos se largaban como borregos en verano, pero eso no era lo peor: lo terrorífico era, y es, que se marchaban a los mismos destinos comprados en Nouvelles Frontières, para mezclarse nuevamente entre ellos, chillar y reconstruir de ese modo, su propio, pequeño e inseparable París; eso sí, en un contexto exótico.

Las escasas sonrisas que se esbozaban sobre algunos rostros eran, pues, sonrisas italianas, españolas, o incluso inglesas (sí, sí, los ingleses hasta sonríen… fuera de su país, claro está).

Cogí el metro en la estación Blanche, línea azul, para ir al Instituto de Lenguas Orientales y anotar los horarios de las clases de japonés.

El metro de París es un antro que tiene un olor pegajoso a excremento que ya se percibe desde la entrada. Un olor que viola impunemente las fosas nasales blancas, negras o amarillas que pasan por allí sin discriminación, y que se instala hasta después de haber dejado ese hormiguero. Aun así, me gustaba adentrarme en un mundo protegido de la luz natural donde todo va rápido.

Faltaban pocas horas para reunirme con él y tenía la misma sensación que cuando me metí en su cama por primera vez: inexperta, con el nerviosismo y la ansiedad de enfrentarte a lo desconocido. Porque era eso: él era, once años más tarde, un completo desconocido para mí. Lo que jamás hubiese imaginado es que lo fuera tanto…

A las siete y media de la tarde, me apresuré hasta el hotel. Después de pasar por recepción para preguntar dónde estaba el bar, me dirigí hacia allí, me instalé encima de un taburete, en la barra y me puse a escrutar descaradamente a cada persona que se acercaba o que ya estaba tomando algo, charlando con alguien. Me había colocado justo en la barra para poder controlar cada entrada y salida de gente. No me cogería de sorpresa. Había llegado la primera, eran las ocho menos cinco y él, como siempre, se había propuesto llegar a la hora justa o con un poco de retraso. Como solía pasar en una cita así. Una cita casi a ciegas.

No nos íbamos a engañar. Era un encuentro importante, y aunque yo fingía naturalidad, sentada en un taburete que dejaba mis pies balanceándose como una mujer pequeña que no llega a tocar el suelo, estaba muy, pero que muy nerviosa.

Édouard apareció a la hora prevista, con un pequeño y extraño rayo de luz detrás de la espalda, como una aparición fantasmagórica. Andaba con pasos firmes, pero dirigiéndose despacio hacia la barra, como si quisiera saborear el instante, repasando las fotografías de un álbum con recuerdos de las últimas vacaciones. Era un film al ralentí. Para mí, no era él quien se estaba acercando. Eran las imágenes de un tiempo adolescente, cuando yo hacía escapadas de noche con Emma, cuando todavía éramos inconscientes y libres de aquella responsabilidad que supone la vida adulta; esos recuerdos estaban aquí, frente a mí, junto a una copa que pedí tímidamente a un camarero elegante.

Yo solo había querido experimentar con Édouard, sin compromisos. Me había llamado la atención su nariz graciosa, potente, respingona y un poco torcida en medio de un rostro delgado, armonioso, y lleno de simpatía, que rebosaba de cierta plenitud. Pero ahora, sentía unas ganas irrefrenables de escabullirme.

Édouard se acercaba mientras yo reconocía su paso elegante, esa sonrisa sincera; su imagen me resultaba todavía borrosa, pero su mandíbula seguía bien asentada, rigurosamente encajada en un mentón puntiagudo, las mejillas altas, el óvalo del rostro trazado perfectamente por una mano artista. Seguía siendo un hombre menudo, pero con el mismo carisma que siempre había transmitido su rostro. En aquella noche de la tienda de campaña me aprendí de memoria sus rasgos cuando estaba encima de mí; después, con el tiempo, fueron lentamente desapareciendo de mi cabeza y, ahora, tantos años después, regresaban como si los hubiese observado ayer mismo. No era un recuerdo lejano. Las pequitas seguían allí, quizá un poco más morenas que de joven. Hasta las pequitas envejecen. Pero las mechas rebeldes ya se habían tranquilizado, reuniéndose con el resto de una cabellera que se había vuelto dócil con el tiempo.

Su imagen se hizo un poco más nítida. A medida que avanzaba, me di cuenta de que faltaba algo en esa armonía. Faltaba la razón por la que me había enamorado de él. Faltaba lo divertido de su rostro, su huella digital, lo que le hacía único como ser humano.

—No has cambiado nada —me dijo a modo de saludo, cuando ya solo un escaso metro de distancia nos estaba separando.

Yo no podía decir lo mismo. Me quedé muda. No era el mismo Édouard. Creo que vio mi decepción enseguida.

—Como ves, lo he hecho —añadió.

Era lo único en lo que me estaba fijando.

—Lo hice porque me acomplejaba bastante, tú lo sabes bien —me explicó, como sintiéndose obligado a darme alguna justificación—. Y en el mundo médico en el cual estoy, es muy fácil encontrar a un buen especialista. Así que no lo dudé ni un minuto.

Édouard seguía hablando, dándome una explicación coherente a tanta mutilación imperdonable para mí. Yo seguía medio suspendida en recuerdos de niña púbe

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