1
En aquella época, Olot no era famoso. Y nadie hubiese imaginado que esa noche de 1992 iba a cambiarlo todo, y de qué manera.
Sucedió un viernes de finales de otoño. Ya no se hablaba de los Juegos Olímpicos de Barcelona, que habían deslumbrado al mundo. En Olot había una decena de farmacias. La situada en el número 10 de la carretera de Santa Pau era propiedad de dos hermanas: Carme y Maria Àngels Feliu Bassols.
Maria Àngels era la menor de cinco hermanos, contaba treinta y cuatro años, estaba casada con Paco Pérez y tenía tres hijos: Fran, de cinco años; Maria Àngels, de tres y medio, y David, de dos. Vivían en el número 2 de la calle Pere Lloses, en un bloque de pisos conocido como el edificio Serblay o el edificio del RACC, porque en los bajos estaban las oficinas del Reial Automòbil Club de Catalunya. Muchos días, cuando los tres hijos salían de la escuela, antes de volver a casa pasaban un rato en la farmacia haciendo deberes o dibujando.
Es un viernes, 20 de noviembre de 1992. El hijo menor de Maria Àngels hoy no se encuentra muy bien y pasa la tarde en la farmacia con su madre. Al caer la noche, ella misma lo lleva a casa porque sus otros dos hijos ya han terminado las actividades extraescolares y Paco, su marido, ha salido de la imprenta y podrá encargarse de ellos. Así que Maria Àngels deja al pequeño y vuelve a la farmacia para finalizar el turno. Faltan apenas unos minutos para las nueve. Ella termina de preparar una fórmula para una clienta y su hermana Carme hace el cierre de caja cuando entra un amigo.
–No trabajéis tanto que no vais a saber qué hacer con tanto dinero –les dice el amigo mientras aún suena la campanilla de la puerta–. Venga, vamos a tomar algo.
–Sí, vamos, yo ya he acabado –dice Carme–. Maria Àngels, ¿cómo lo llevas?
–Yo también estoy lista, pero no puedo. Me esperan Paco y los niños, que tenemos que…
Carme la interrumpe:
–Nena, no te irá mal dedicarte un rato para ti.
–Claro, Maria Àngels. Venga, solo una copa… –insiste el amigo.
Van a la cafetería La Garrotxa, de la plaza Clarà, a cinco minutos de la farmacia, justo delante de donde vive Carme, que es la hermana mayor, con los patriarcas de los Feliu Bassols.
Al principio Maria Àngels no sabe si atreverse, duda, pero al final se suelta y pide un cubata de ron con Coca-Cola. «Qué narices, un día es un día», piensa, a la vez que observa de reojo la puerta, como si temiera que en cualquier momento fuera a irrumpir su padre, Tomàs Feliu de Cendra, uno de los mandamases de la comarca.
Pero el señor Feliu hoy no va al bar porque tiene un invitado que atender, Ramon Roca, un exdirigente del Banco Industrial de los Pirineos. De hecho, se trata de un exsocio, porque Tomàs Feliu fue también uno de los fundadores de ese banco, que acabó yéndose a pique. El señor Roca, que tiene su negocio en Tàrrega (la conocida fábrica Ros Roca) y vive en Agramunt, sufrió un secuestro tiempo atrás, a manos de tres encapuchados. Lo condujeron hasta una mina de Mequinensa, junto al Ebro, pero logró escapar, sin saber todavía muy bien cómo. Es justo lo que Ramon Roca está contándole a Tomàs Feliu mientras cenan en un restaurante y mientras las dos hijas de los Feliu apuran sus cubatas en el bar La Garrotxa.
–¡Va, otra ronda! –dice el amigo.
–No. Ni hablar –lo corta Maria Àngels–. Con uno ya tengo bastante. Me esperan en casa. ¡Adiós!
A Maria Àngels a veces le dan arrebatos. En un santiamén ha salido del bar y se dirige a su coche, un Renault 25 plateado que tiene aparcado allí mismo. Quizá llegaría antes a pie, pero hoy va en coche.
Cuando se pone en marcha, no se da cuenta de que tres hombres la siguen desde otro vehículo.
Ni por asomo sospecha Maria Àngels que dos agentes de la Policía Municipal de Olot, Toni Guirado y Pepe Zambrano, y un amigo suyo de Camprodon, el Pato, llevan rato vigilándola. En realidad, la han acechado durante meses. Y peor aún: es la tercera vez que intentan secuestrarla. Las dos anteriores, por causas peregrinas, les faltó valor en el último momento. En la primera ocasión hubo un malentendido sobre el lugar donde debían reunirse antes de empezar a actuar; en la segunda, uno llegó tarde y los otros dos se pusieron nerviosos. Esta vez no pueden fallar.
2
Hoy, viernes 20 de noviembre, el municipal Pepe Zambrano está de baja y su compañero Toni Guirado se ha tomado el día libre. Guirado está hasta el cuello de deudas y Zambrano es un drogadicto que siempre necesita dinero. El tercero, el Pato, se ha sumado a última hora a ver qué puede pescar. Los tres necesitan pasta de manera urgente.
Hacia las nueve y media de la noche, Maria Àngels llega al número 2 de la calle Pere Lloses con su Renault 25 plateado. Es una calle estrecha, de una sola dirección, con coches aparcados a ambos lados. El edificio Serblay queda a la izquierda. Es un bloque alto, de seis pisos, de obra vista y con los balcones blancos. La capital de la Garrotxa ya tiene treinta mil habitantes y los bloques de pisos forman parte del paisaje urbano, pero la apariencia de ciudad no puede ocultar que la comarca queda lejos de todo; las carreteras principales no son lo bastante buenas y se mantiene cierto aislamiento histórico que les da un carácter algo cerrado a sus habitantes.
Cuando Maria Àngels quiere meterse en el parking tiene que esperar primero a que salga el BMW de un vecino. Luego, ella ha de abrirse un poco hacia la derecha para esquivar los contenedores de basura que hay justo al lado de la entrada y, de paso, encarar mejor el coche. La puerta es muy estrecha y le preocupa rayarlo; es un vehículo grande y teme dar en algún canto. Entra aprovechando que la puerta del garaje (ella lo llama «garaje») aún está abierta. El mecanismo va muy lento, le cuesta mucho abrirse y cerrarse. «Algún día se colará alguien y desvalijará todos los coches», piensa mientras se dispone a aparcar en su plaza. Es un espacio pequeño y siempre le cuesta maniobrar. Tiene prisa porque se ha entretenido con el cubata, pero sabe que si va demasiado rápido será aún peor.
Ya está. Apaga las luces, detiene el motor, saca las llaves, sale del coche, cierra la puerta delantera, abre la de atrás y coge el bolso rojo que tiene en el asiento; está lleno de fotos de los niños. Las ha recogido al mediodía en casa de sus padres porque quiere ordenarlas durante el fin de semana. El parking está muy poco iluminado, algo de lo que ella siempre se queja. Ya va camino del ascensor, a pulsar el botón, cuando de repente oye una voz de hombre, seca y fuerte:
–¡Alto! ¡Las llaves del coche!
Aún no se ha dado la vuelta y ya lo tiene encima. Se queda pasmada, no sabe qué ocurre ni qué hacer. Ve además que hay otro individuo al otro lado. «¿Puede ser que vayan encapuchados? ¿Lo que lleva es una escopeta de cañones recortados?» Y mientras, inconscientemente, hace el gesto de alargar la mano hacia el lugar donde tiene las llaves, vuelve a oír al hombre, que grita de nuevo:
–¡Las llaves del coche!
El encapuchado le quita las llaves de la mano de un tirón y la agarra del codo. Abre rápidamente el coche y le indica que suba atrás, por la misma puerta por la que ella ha sacado hace un momento el bolso rojo.
–¡Sube al coche!
Entretanto, el otro encapuchado se mete en el coche por la otra puerta, la agarra por la cabeza para que se agache y le hace arrodillarse entre los asientos. Va abrigada, lleva un jersey de cuello alto de angora y una chaqueta que tiene una capucha con un borde como de zorro que se ha comprado hace apenas una semana. El policía municipal transformado en secuestrador que está sentado a su lado le retira la mano de la cabeza para encañonarla en el mismo punto con la recortada. Ella nota la dureza del arma.
–Si te mueves, te pego un tiro.
Se dirigen a la rampa de salida, pero la puerta del parking se abre a una velocidad que a los dos municipales les parece extremadamente lenta. Entonces ven que el camión de la basura les está tapando la salida. Está vaciando los contenedores que hay justo al lado de la puerta.
En ese momento, una vecina, la señora Linares, que viene precisamente de tirar la basura, aprovecha que la puerta está abriéndose y se mete en el aparcamiento; así no tiene que ir hasta la entrada principal. Baja por los escalones que hay al lado de la rampa. Ve que el Renault 25 de Maria Àngels está esperando para salir. Lo reconoce porque es el único de ese modelo que hay en todo el parking y porque tiene buena relación con la familia Pérez Feliu.
«Vaya, deben de salir a cenar, ahora los saludarás», piensa la vecina, que hace ademán de acercarse al coche, pero en el último instante le parece que los cristales están tintados de negro, muy oscuros, y, por lo que fuere, decide no hacerlo. No se ha fijado en quién conduce.
Maria Àngels, agachada dentro, nota que el coche acelera y luego oye una voz que exclama, angustiada:
–Pibe, ¡vas en dirección contraria!
Y otra que responde:
–¡Ya lo sé, joder!
Y ella, susurrando, se dice: «Madre mía, para robarme no era necesario salir del garaje. Esto es que quizá quieren violarme. ¡Ay, Dios mío! ¡Y mis hijos esperándome! Dios mío, ayúdame, no dejes que me hagan daño».
La vecina, como un pasmarote, ha visto que el coche salía disparado hacia la derecha, contradirección. Por el otro lado no podían pasar porque el camión taponaba toda la calle. No entiende nada, pero dirige la mirada a la parte superior de la rampa, por donde acaba de huir el Renault, y le parece que los dos hombres del camión de la basura quieren decirle algo. Sale del garaje.
–¿Sabes de quién es ese coche que ha salido?
–Sí, claro, iba a saludarlos, pero no he podido. Es el coche de Maria Àngels.
–Pues ¿no te importaría ir a decirles que se lo acaban de robar? Porque he visto a un encapuchado con gafas.
La vecina, asustada y con el corazón acelerado, sube al piso de los Pérez Feliu y llama con insistencia. Abre Paco, que lleva a su hijo menor en brazos.
–Oye, acaban de robarte el coche. Me lo acaba de decir el señor del camión de la basura.
–No puede ser. Si Maria Àngels no ha llegado…
–Sí que puede ser. He visto que era vuestra matrícula. ¿Habéis tintado los cristales últimamente?
–No, no, no. Debes de haberte confundido.
–Es el único Renault 25 que hay en todo el garaje.
–No puede ser. A ver, vamos a bajar, y cálmate, que estás muy nerviosa.
Paco llega a la calle. Encuentra ya a un grupo de personas reunidas en la puerta. Están todos asustados, y los basureros les están contando que casi los atropellan.
El marido de Maria Àngels Feliu, que ve que el lío va en serio, llama a su cuñada Carme para que venga y se encargue de los niños. Ante la incredulidad inicial, los basureros logran convencerlo de que es cierto que les han robado el coche, y ahora sí teme que le haya pasado algo a su mujer. Nervioso, antes de que llegue su cuñada, sube a los niños al piso de otro cuñado suyo, Xevi.
Dos hermanos de Maria Àngels, Xevi y Tomàs, viven en el mismo bloque, puerta con puerta, dos pisos por encima del suyo. Pero como Carme y Maria Àngels llevan juntas la farmacia, lo primero que se le ha pasado por la cabeza a Paco ha sido llamar a Carme. Además, sabe que en casa de Xevi hay una cena con amigos y no quiere molestarlos, y Tomàs tiene un bebé de diecisiete días. Sin embargo, está tan preocupado que, antes de que llegue Carme, sube y les cuenta que algo ha pasado con el coche de Maria Àngels y les pide que se queden con los niños, que él bajará de nuevo a la calle a ver qué descubre. Pero Xevi lo acompaña, y Dolors, su mujer, se queda con los críos y avisa al otro hermano, Tomàs, y a su mujer, Paloma. Los que no bajan a la calle se agrupan en el piso de Xevi Feliu.
Abajo, delante del número 2 de la calle Pere Lloses, ya se han reunido ocho o diez personas: vecinos, familiares y los dos basureros, José Antonio y Sebi, que no dejan de repetir lo que han visto hace un rato.
–Hoy solo traigo a un ayudante y he tenido que bajar de la cabina para ir a la parte de atrás a echar una mano –explica Sebi–. Cuando ya habíamos enganchado el contenedor y regresaba a la cabina, he visto un coche que quería salir y con señas le he dado a entender: «Tranquilo, ahora nos marchamos, no queremos molestar», y me he subido a la cabina. Entonces he oído unas ruedas que chirriaban y digo: «¿Qué coño hace este?». Vuelvo a bajar y voy atrás, donde estaba mi ayudante, y me dice que el coche ha salido de malas maneras y que, en lugar de ir hacia arriba, se ha ido calle abajo, hacia la avenida Reis Catòlics.
–El interior del coche estaba oscuro, pero algo brillaba y parecía que era una cara tapada y unas gafas –dice el ayudante.
Eran las gafas de Guirado, que, en ese mismo momento, está conduciendo a toda pastilla, en dirección a las afueras, el Renault 25 con el que han secuestrado a la hija menor de los Feliu. Maria Àngels no sabe cómo reaccionar e intenta colaborar y facilitar las cosas. De repente recuerda que en el bolso lleva la recaudación semanal de la farmacia. Cuando nota que la escopeta ya no le presiona la cabeza, se atreve a hablar, pero sin mirar al secuestrador que está a su lado.
–En casa me esperan mis hijos, hoy en la tele dan el programa del Antoni Bassas, es sobre familias y queríamos verlo con los niños… –Y, levantando un poco más la voz, les dice–: En el bolso hay dinero…
El secuestrador que está en el asiento trasero con ella, Pepe Zambrano, la corta en seco:
–¡No somos chorizos!
Ella se pone a rezar en silencio: «Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre… Por favor, no dejes que me hagan daño. Estos me tirarán por un barranco y mis hijos se quedarán sin madre. No lo permitas, Señor. No lo permitas, por favor». En ese instante, un poco más serena, se da cuenta de que ya no lleva las gafas y de que por un lado de la nariz le baja un chorrito de sangre. Cuando la han obligado a agacharse se le han clavado las gafas en la nariz y se le han caído. Lo que le preocupa no es la sangre. Sabe que es poca cosa, un rasguño. «¡Sin gafas no veré nada!» No se atreve a decirlo ni a moverse.
Con Guirado al volante y Zambrano en el asiento de atrás apuntando a la cabeza de Maria Àngels, el vehículo circula a toda velocidad por un camino de las afueras de Olot en dirección a la Fageda. Salir del núcleo urbano ha sido fácil, pero con los nervios no caen en la cuenta de que salir contradirección y casi atropellando a los basureros ha sido una maniobra tan aparatosa que en pocos minutos toda la ciudad sabe que algo grave ha pasado con ese Renault 25. Ahora van tan deprisa que los bajos del coche tocan el suelo cada vez que encuentran un bache.
Se dirigen al Triai, una zona en la que hay una cruz enorme, blanca, en homenaje a doce fusilados, supuestamente fascistas, del año 36. Es un lugar amplio, con pocas casas. Ellos, que como policías municipales suelen patrullar por allí, saben que vive muy poca gente y que esa noche no pasará ningún agente. Los viernes toca patrullar por otras zonas de la ciudad.
La noticia del robo, porque en aquel momento de la noche solo se habla de robo, llega a la mesa en la que cenan los padres de Maria Àngels con el matrimonio Roca. Los Feliu acaban de escuchar el relato de su invitado, el miedo que pasó ese hombre alto y fuerte en su Mercedes cuando lo secuestraron y cómo consiguió desatarse cuando lo tenían dentro de una mina de Mequinensa. Al enterarse de que su hija menor quizá estaba en el coche durante el robo, dan la cena por terminada, se despiden de los Roca y se dirigen a la calle Pere Lloses para averiguar qué demonios ha pasado.
3
Parece ser que la idea de secuestrar a Maria Àngels no era la primera opción de los agentes municipales. En un principio, habían estado vigilando a la hija de los dueños de los embutidos Noël, pero como se trataba de una mujer que iba de un lado para otro y que no tenía hábitos rutinarios, el secuestro les pareció demasiado complicado. En cambio, la farmacéutica sí era una mujer de costumbres fijas, y además su farmacia se encontraba a cincuenta metros de la casa de los padres de Guirado y muy cerca de donde él vivía, por lo que este podía vigilarla fácilmente.
Sí, querido lector, dos municipales del mismo Olot. Dos policías que, mientras patrullaban, en lugar de arrestar delincuentes, se dedicaban a controlar los movimientos de la farmacéutica.
El destino del Renault 25 en el que van los secuestradores y Maria Àngels es una pequeña parcela del Triai. Se trata de un cercado que está pasadas la parroquia de Sant Cristòfol de les Fonts y dos casas grandes, una de ellas conocida como Cal Cucut. Allí hay un Ford Escort rojo y allí se ha planeado el secuestro a última hora de la tarde. El Pato y Pepe Zambrano llegaron de Camprodon. Guirado, después de dejarse ver en el pabellón municipal de Olot, se dirigió al lugar con su vehículo, el Escort rojo. Los tres subieron al coche del Pato y condujeron hasta la farmacia. Una vez allí, tocaba esperar a que Maria Àngels saliera de trabajar. El plan era secuestrarla en ese momento, pero hoy había salido con su hermana y otro pájaro y se habían metido en el bar La Garrotxa. Aquello puso a los secuestradores más nerviosos de lo que ya estaban, porque les rompió las expectativas.
Decidieron seguir vigilándola y en cuanto la vieron salir del bar dedujeron que al fin volvía a casa y se le adelantaron. Aprovechando que un vecino salía del parking, dos de ellos se colaron para esperar escondidos la llegada del Renault 25. El Pato se quedó haciendo guardia dentro de su coche, frente al aparcamiento, para que nadie más entrara detrás del coche de Feliu, pero, ¡joder!, apareció el camión de la basura, y el Pato pensó que era mejor dar la vuelta a la manzana para no levantar sospechas. Cuando regresó, los otros dos ya habían secuestrado a la farmacéutica y salían a toda velocidad hacia la avenida Reis Catòlics, en contradirección. Se ha puesto a seguir a sus compinches y ahora se reúnen de nuevo junto al coche de Guirado, en el Triai.
Maria Àngels nota que se abre la puerta delantera, y después, la suya. Zambrano le dice:
–¡Vamos, sal del coche!
Ella se da cuenta de que no han ido muy lejos, el viaje ha sido bastante corto. Decide no mirarlos cuando se incorpore del asiento. «Mejor que no les vea la cara.» En ese momento, aprovechando que lleva puesta la capucha de su chaqueta nueva, los tipos le envuelven la cabeza a la altura de los ojos con una cinta marrón de embalar; dos vueltas de cinta, por lo que no ve nada. Ahora todo está muy oscuro. Solo puede pensar en una cosa: «Los niños, ay, Dios mío», y está tan asustada que no se da cuenta de que la cinta le pellizca la piel de la nariz.
A ojos de un desconocido, Maria Àngels puede resultar un poco seca y antipática, pero no es así en absoluto: en realidad es toda ternura, y también bastante tímida. Tiene una manera de responder que a veces parece que reparte puyazos cuando habla, no puede evitarlo. Seguramente se trata de un mecanismo de compensación para ocultar su timidez. Ahora, debido al miedo, se le acentúa ese tono agresivo cuando le atan las manos a la espalda.
–¡Vamos, entra! –le grita Toni Guirado.
–¿Dónde, si no veo nada?
Y la obligan a meterse en el maletero de otro coche.
Guirado sale disparado en su Ford Escort con la farmacéutica encajonada en el maletero. Según lo ven alejarse, El Pato y Zambrano dan por concluida su parte de la misión y se dirigen a Camprodon, donde viven ambos y donde el Pato regenta un pub. Es curioso: a Zambrano nunca le han exigido que, si trabaja de municipal en Olot, deba vivir también en la misma localidad.
Mientras el coche de Guirado se dirige a Sant Pere de Torelló, Maria Àngels vuelve a rezar, encogida y recostada de lado en aquel maletero donde a duras penas cabe porque es alta y de complexión grande. «¿Van a despeñarme por un precipicio? Ay, los niños…» Empieza a sentir claustrofobia y decide recurrir a las respiraciones rítmicas que recomiendan en los partos. No sabe cuánto tiempo permanece allí metida. Solo nota las continuas curvas de la carretera.
A finales de los años ochenta, Antoni Guirado adquirió en la Policía Local de Olot cierta notoriedad; protagonismo del bueno, en este caso. Por cuestiones políticas y de logística de los cuerpos policiales, el Gobierno de Madrid cerró el cuartel de la Policía Nacional española, que era la que se ocupaba de la llamada «seguridad ciudadana» y la que a menudo hacía de policía judicial (a las órdenes de los jueces). Los municipales se centraban en el tráfico, y la Guardia Civil vigilaba las zonas rurales.
La marcha de los nacionales coincidió con el boom de la heroína, al tiempo que en la ciudad aumentaban los robos. Estos delitos crearon una gran alarma social, porque en una misma noche podía producirse un robo en una farmacia, en un despacho y en un bar. El jefe de la Policía de la ciudad, que en aquel momento era Josep Torrent, le propuso al alcalde, Pere Macias, destinar dinero para formar a los municipales con el fin de que estos pudieran trabajar como policía judicial y así perseguir pequeños delitos, sobre todo robos y tráfico de drogas.
Dos agentes jóvenes, Toni Guirado y Blai Ortiz, ambos de la misma promoción, animosos y con ganas de hacer cosas, se interesaron por esa propuesta y se especializaron en dactiloscopia (para hacer labores de policía científica cuando se produjeran robos). Guirado, que deseaba ampliar sus conocimientos, pero también sus ingresos, además de hacer horas extra gracias a la dactiloscopia, realizaba turnos de patrulla y se buscaba la vida haciendo otros trabajillos. El jefe de la Policía, Torrent, que estaba muy satisfecho con el trabajo de Guirado (y aún más con el de Ortiz), dejó de estarlo un día en que recibió una llamada que lo preocupó. Los «otros trabajillos» de Toni Guirado consistían básicamente en vender jamones, pero sin liquidarlos a la empresa proveedora. Y, claro, el propietario de la empresa se quejó al jefe de los municipales.
Entonces Torrent, tras escarbar un poco, descubrió que Guirado tenía bastantes deudas y se había labrado fama de manirroto. Con todo, Torrent no dejó de considerarlo un buen agente…
En aquella época, el Ayuntamiento de Torelló buscaba un jefe para su Policía Municipal, y se enteraron de que en Olot los agentes Ortiz y Guirado estaban muy bien valorados. El primero no aceptó el cargo, pero Guirado sí se presentó. Sin embargo, antes de incorporarlo al puesto, el concejal de Seguridad de Torelló le pidió referencias al jefe de la Policía de Olot. Y Torrent fue sincero: «A ver, Guirado tiene un problema y es que vive por encima de sus posibilidades, gasta más de lo que ingresa. Acaba debiendo las letras del coche, de la tele, de la nevera, de la calefacción… Y, si lo hacéis jefe de policía, aún se endeudará más. Es importante que lo sepáis».
Lo nombraron jefe de la Policía de Torelló y duró un año, de 1990 a 1991. Parece que era muy duro a la hora de poner multas y que no hizo mucha amistad con los concejales del Ayuntamiento. Querían a alguien que siguiera consignas y él iba por libre. Al año, no le renovaron el contrato y volvió a ser agente municipal en Olot. Pero durante ese período en Torelló conoció a un personaje que le cambiaría la vida.
Pero volvamos ahora al inicio del secuestro, a la noche del 20 de noviembre. Pese al frío, en la calle Pere Lloses de Olot ha ido reuniéndose cada vez más gente. Al llegar, Carme, la hermana de Maria Àngels, baja directamente al garaje y ve que el coche no está. Uno de los allí presentes le hace ver que en la entrada se ha desprendido un trozo de pared y es entonces cuando ella teme que haya pasado algo grave, porque su hermana es muy cuidadosa con el coche, el tipo de persona que a la mínima rayadura lo lleva en seguida al taller. Tras contarle los basureros lo que han visto, Carme tiene una sospecha: «Quizá se han llevado a Maria Àngels para hacerse con medicamentos o drogas».
Sin perder un segundo, se sube a su coche y se dirige a la farmacia, pero no ve a nadie allí. Todo está tranquilo. No parece que hayan entrado. Debido a la tensión del momento, decide dar vueltas por Olot con el coche con la esperanza de encontrar el Renault 25 desaparecido. Xevi, su hermano, también coge el coche y empieza a recorrer la ciudad. Incluso pasa por la zona del Triai, pero no tiene la suerte de ver el vehículo de su hermana, que, como ya sabemos, está allí mismo, aparcado en una esquina. Los policías municipales que han secuestrado a Maria Àngels han elegido una finca idónea y convenientemente oculta para efectuar el intercambio de vehículos.
Entretanto, dentro del maletero de Guirado, Maria Àngels ha perdido la noción del tiempo. Entre unas cosas y otras, lleva una hora secuestrada.
4
Guirado aparca su Ford Escort, con Maria Àngels en el maletero, delante del número 8 del pasaje del Pujal de Sant Pere de Torelló. Es la casa de Ramon Ullastre, uno de los personajes clave en el secuestro.
Guirado conoció a Ullastre, el guardabosques de la zona, durante el año en que fue jefe de la Policía de Torelló. Era un hombre que no pasaba inadvertido y que siempre conducía coches espectaculares. A Guirado, el sueldo de jefe de los municipales apenas le llegaba, por lo que seguía acumulando deudas y haciendo todos los trabajillos que caían en sus manos, como por ejemplo ayudar a Ullastre en el cobro a morosos. Y es muy probable que en una de estas gestiones privadas empezaran a plantearse cómo ganar dinero rápido. No hay un acuerdo sobre cómo salió el tema la primera vez que se lo plantearon en serio, la versión difiere según quién lo cuente. Pero los dos coinciden en el lugar: fue en la playa de Sant Martí d’Empúries, un día de fiesta que pasaron también con sus mujeres. Guirado asegura que fue Ullastre quien lo propuso, y este afirma que fue el otro. No importa quién fuese. El caso es que decidieron llevarlo a cabo repartiéndose los papeles en la ejecución. Guirado secuestraba al pajarito, y Ullastre lo guardaba en una jaula para luego cobrar el rescate. Así quedaron y así lo han llevado a cabo hoy.
Toni Guirado está llamando al timbre de la casa de Ullastre, la segunda adosada de un grupo de cinco. No hay nadie en la calle. Son las diez y media de la noche. Abre la mujer de Ullastre, Montserrat Teixidor, una mujer guapísima. El municipal, inquieto, no se atreve a mirarla directamente a la cara. Con la vista clavada en el suelo, le pregunta:
–¿No está Ramon?
–No –le contesta ella en un tono tranquilo–. Ha salido a comprar unos bocadillos para cenar. No creo que tarde mucho. ¿Quieres entrar y esperarlo?
–No, no. Prefiero esperarlo en el coche, ya lo veré llegar.
La mujer no insiste, puesto que Guirado ya ha dado media vuelta. El policía, ahora convertido en delincuente, no quiere dejar el vehículo solo. Lleva a una mujer en el maletero y está nervioso.
A esa misma hora el marido de la farmacéutica, Francesc Pérez, al que todo el mundo llama Paco, entra en las oficinas de la Policía Municipal de Olot para explicar lo que le han contado los basureros y la vecina. Está muy asustado.
–¡Nos han robado el coche y se han llevado a mi mujer! –exclama recorriendo los metros que separan la puerta y el mostrador de recepción.
Ese día, casualidades de la vida, en las oficinas de la Policía Municipal estaba echando una mano un guardia civil y, como en aquella época un uniforme verde mandaba más que uno azul municipal, fue el agente de la Benemérita quien atendió al pobre Paco.
–Han secuestrado a mi mujer. ¡Se la han llevado! –grita el marido de la farmacéutica con las manos en la cabeza.
–¿Está seguro? ¿Qué evidencias tiene?
–¿Eh? ¿Cómo? ¡Sí, claro que estoy seguro! No ha vuelto a casa y tampoco está el coche, me lo han dicho los vecinos…
–Pero usted no lo ha visto y no tiene ninguna prueba, ¿no? –insiste el agente, altivo.
–¿Eh? ¡Oh, vaya!
Paco no sabe qué decir. Para él es tan evidente que se han llevado a su mujer que se queda descolocado.
–Pues, si no está seguro, no puede denunciar su desaparición hasta que no hayan pasado setenta y dos horas.
–¿Setenta y dos horas? –Se le está viniendo el mundo encima y ya pasa a gritar aún más fuerte–: Pero ¿qué está diciendo?
Al ver la desesperación de Paco, el municipal que también está detrás del mostrador se ve obligado a intervenir a la vez que mira de reojo al guardia civil, como diciéndole: «Pero, hombre, ¿no ves que lo estás asustando aún más?».
–Tranquilícese. Entiendo lo que me dice. Venga, le tomaremos declaración –comenta con cierta condescendencia–. A ver, dígame su nombre y su dirección, por favor.
–Francesc Pérez Acedo. Calle Pere Lloses número 2.
–¿A qué hora ha sucedido y dónde?
–Hace una hora, más o menos. No sé exactamente dónde. Yo estaba en casa con los niños, y han subido los vecinos… –responde con voz temblorosa.
–A ver, señor Pérez, ya sé que está asustado. Cálmese, por favor, y cuéntemelo despacio.
Guirado espera nervioso en el coche, con las luces apagadas. Ha aparcado un poco más allá del número 8 del pasaje del Pujal de Sant Pere de Torelló. Desde allí puede controlar mejor todo lo que pasa en dos calles. Al final ve llegar un coche. Enseguida reconoce el BMW de Ullastre. «Qué cochazo tiene el muy cabrón», piensa. Ramon Ullastre aparca delante de la vivienda y se baja del coche con una bolsa en la que lleva unos perritos calientes. En su casa prácticamente nunca se cocina, siempre comen de restaurante. No se hacen ni los bocadillos. Todo lo compran hecho (lo que no significa que lo paguen).
Guirado sale del Ford Escort y se acerca al BMW. Al ver su silueta, Ullastre aguarda un instante, pero cuando Guirado pasa por debajo de una farola lo reconoce y sonríe.
–¡Hombre, eres tú!
Guirado llega; está intranquilo.
–Ya está, ya tenemos el paquete. Está en el maletero.
–Cuando he visto tu coche me lo he imaginado. Espera, le doy la comida a mi mujer y le digo que tengo que marcharme. Ahora vuelvo.
Ullastre, al contrario que Guirado, se muestra tranquilo y seguro. Es un hombre corpulento, alto y apuesto, con un poco de entrecejo, y por esa época va teñido de rubio. Le gusta presumir de ciertos lujos, sobre todo de teléfono móvil y de coches. Ha tenido un Jaguar, un Porsche y unos cuantos BMW. Va diciendo por ahí que hace unos años le tocó un premio gordo de la ONCE. Este mes de noviembre le ha regalado un BMW modelo M3 a su mujer y alardea ante todo el mundo diciendo que le ha costado siete millones de pesetas.[1] Es precisamente el vehículo en el que acaba de llegar. Ullastre le indica a Guirado que lo siga y, cada uno en su coche, se alejan un poco. No tienen que apartarse demasiado, porque es un callejón sin salida y no está iluminado.
Tras colocar los automóviles a la misma altura, sacan a Maria Àngels para cambiarla de vehículo.
Con la cabeza tapada con la capucha y además envuelta con la cinta Tesa de color marrón, se siente desorientada. Tampoco sabe quiénes son los secuestradores ni cuántos hay, ya que no hablan. Se limitan a moverla a pequeños empujones. Luego la obligan a agacharse de nuevo, ella intenta aprovechar ese momento para estirar las manos y los brazos, que le duelen, pero no le da tiempo, ya que enseguida vuelven a meterla en un maletero. Entonces se tumba sobre el otro costado.
Ullastre cierra la puerta del maletero del BMW. Hablan en voz baja.
–¿Os ha costado mucho? –le pregunta Ullastre a Guirado.
–Hemos tenido que salir del parking en contradirección. Estaba el camión de la basura, joder.
–¿Y os han visto? ¿Os han reconocido?
–No, llevábamos los pasamontañas. Se habrán sorprendido, poco más, y habrán pensado que era un coche que tenía prisa.
–¿Tú crees?
–¡Que sí, joder! ¿Qué quieres que hayan pensado dos basureros? Bueno, me voy. Yo ya he cumplido con mi parte. Ahora te toca a ti. Y date prisa, hay que hacerlo rápido, ¿entendido?
–Sí, sí, tranquilo.
Guirado no está para nada tranquilo, pero ya no puede dar marcha atrás. Se sube al coche y vuelve a Olot. Ahora le toca a Ramon Ullastre, el guardabosques, que saca el teléfono y llama a un restaurante de Vidrà. Habla con un camarero llamado Sebastià Comas Baroy, que está sirviendo el segundo plato de la cena a un grupo de cazadores y a otro de albañiles. Ullastre se dirige a él en tono autoritario:
–Baja ahora mismo, que tengo el paquete. El pajarito está en la jaula.
–¿Cómo? ¿Qué dice? ¿Y quién es? Grite un poco más, que tengo el restaurante lleno y hay mucho ruido –le dice Sebas desgañitándose.
–Soy Ramon. Que digo que bajes ahora mismo, que tienes trabajo.
–Ah, hola. Bueno, ahora mismo, ahora mismo… no puedo. Estoy con un servicio y tengo que terminarlo.
–¿Y cuánto tardarás? –le pregunta Ullastre, contrariado por el follón que oye de fondo.
–¿Eh? ¿Qué dices? – Sebas vuelve a alzar la voz, alguien acaba de contar un chiste y las carcajadas inundan toda la sala.
–Da igual. Baja en cuanto termines. Te espero en casa, ¿entendido?
–¿En tu casa? Vale. Luego me paso.
Encerrada en el maletero, con las manos atadas a la espalda, la capucha puesta y la cinta rodeándole la cabeza y tapándole los ojos, Maria Àngels nota que el coche se pone en marcha y sufre aún más con las curvas y los baches de la carretera. Al rato, el coche se detiene. Pasan unos segundos y se abre el maletero. Alguien la gira y luego le acerca algo a la boca. Ella siente una especie de botellita en los labios, y una voz masculina le ordena:
–¡Bebe!
Ella, desconcertada, se niega volviendo la cabeza. Nota un olor fuerte, extraño.
–¡Bébete esto o te pincho!
Maria Àngels no puede saber que allí solo está Ramon Ullastre. Cree que
