1
No es normal. Lo normal es un hombre que le arranque las ropas. Lo normal es un hombre que la zarandee. Lo normal es un hombre que se abra la bragueta y le enseñe sus negruras esperando que esa visión la asombre. Lo normal es un hombre tan cansado, tan borracho y tan cachondo que ni siquiera la mire, no sepa que se llama Anna, ni que tiene una hija de seis años, la pequeña Marie, a la que está cuidando su tía en una habitación cercana. Lo normal es un hombre que solo piense en ella como una blanda raja.
Pero este cliente no es normal.
Nunca se ha quitado la ropa, ni la ha empujado, ni le ha mostrado nada en sus pantalones. No es rico, pero tampoco pobre, quizá sea estudiante, una especie de poeta, según tiene entendido, aunque él no habla mucho. Solo conoce su apellido: Andersen. Incluso a estas horas de la noche va anormalmente arreglado y perfumado. Desde la última vez, se ha dejado crecer el bigote, lo que le da una apariencia más masculina, piensa Anna, pero no se atreve a decir nada. Estará cerca de los treinta, quizá un poco más, es difícil saberlo. Se ha sentado en el banco junto a la pared y está sacando sus tijeras y papeles de colores. No busca más que eso: observarla y hacer unas siluetas que se le parezcan. De vez en cuando levanta la vista con sus grandes ojos, rápidamente, avergonzado, tras lo cual su mirada regresa a las tijeras y el papel de colores. Está absorto en el movimiento de las tijeras, los retales que caen del papel mientras va cortando. El instrumento se retuerce y hace incisiones en el papel de un modo asombroso; Anna nunca ha visto a nadie recortar así, ni siquiera a su tío, que era sastre. Le sorprende la manera en que es capaz de extraer lo bello y hacer desaparecer el resto. Queda una versión fina de Anna, con el pelo suelto y formas antinaturales, sin ningún rastro de lo desagradable que los muchos clientes han ido dejando en sus ojos, el hueco que ocupaba su incisivo y las arruguitas de preocupación en la frente, preocupación por la pequeña Marie, por cómo le irá, si Anna será capaz de darle una vida mejor que la que ella ha tenido.
También Andersen le pide cosas extrañas. ¿Podría, por favor, estirar los brazos y manos hacia el techo? ¿Podría, por favor, subir la pierna como las bailarinas del teatro? Y ella lo hace. O al menos lo intenta. Por el dinero que suele darle, haría prácticamente cualquier cosa. De todos modos, no desea que deje caer las enaguas, nunca quiere verle el sexo, solo los pechos, las formas. Ella le ha preguntado si se quita la última y definitiva prenda. Pero no, absolutamente no. La hermana pequeña de Anna, Molly, piensa que no es natural. No te puedes fiar de un hombre que no bebe y que no se acuesta con mujeres, dice Molly. Por otra parte, puedes confiar en que un hombre que bebe y se acuesta con mujeres tarde o temprano te hará daño. Así son los hombres.
Anna se estira, yergue los pechos hacia él, ambas manos en el fino talle. Él levanta la vista, una mirada en los blancos senos de Anna, que cuelgan sin obstáculos y se balancean ligeramente.
En la calle suena el canto del sereno. «Las nueve en punto y sin novedad». Siempre el mismo sereno, cada uno tiene que controlar su zona de la ciudad, y las callejuelas exigen un vigilante firme, que pueda intervenir en las peleas, controlar a marineros borrachos, conducir ante el juez a los raterillos, poner orden en el caos.
—Ay —exclama Andersen retirando el dedo; la sangre gotea en el suelo.
—Déjeme ayudarlo —dice ella e intenta acercarse.
Él parece asustado y chupa la sangre del dedo.
—No, no —contesta.
—Pero está usted sangrando.
—Me tengo que ir, es muy tarde, demasiado tarde —dice el hombre, infeliz como un niño.
—¿A casa con su familia? —pregunta ella, mientras se apresura a vestirse imaginando al hombre alto y delgado junto a una esposa pálida y hermosa con un niño en cada pecho.
Él no responde, sino que se levanta y pone sus recortes en un cartapacio de cuero negro. Sus rizos casi tocan el techo; de tan alto como es se parece…, sí, eso es, se parece casi a uno de esos monos de brazos largos que Anna ha visto en el parque de atracciones.
—Por sus molestias —dice él poniendo en su mano una cálida moneda junto con una gota de sangre—. Y por su discreción —agrega.
Ella asiente, pero le parece que debería hacer una reverencia.
—¿Puedo verlo? —pregunta Anna y se sorprende a sí misma. No suele pedir nada a los clientes.
Andersen también está sorprendido, asustado.
—¿Verlo?
—A mí —dice ella señalando con la cabeza en dirección a la carpeta de cuero, que él aprieta con sus largos dedos como las garras sobre una presa.
—La próxima vez, la próxima. No estoy contento, todavía no —responde Andersen—. Pero no fue culpa suya, de ningún modo, sino mía.
Abre la puerta y mira hacia el pasillo. Como a la mayoría de sus clientes, no le apetece mucho encontrarse con los otros hombres que pasan por allí. Luego se despide rápidamente, no tiene un sombrero alto para la cabeza como los caballeros elegantes, solo una blanda gorra de seda negra, que probablemente sea una talla demasiado pequeña y con seguridad esté comprada en el extranjero, tal vez en Francia. Anna recuerda vagamente a un cliente francés (deben de haber pasado ya varios años desde entonces) que usaba el mismo tipo de tocado y que, por cierto, pagaba con billetes franceses obsoletos.
Andersen llega al marco de la puerta y desaparece. Suenan las botas contra el piso de madera hasta que se marcha.
Anna está contenta, el flaco poeta era el último cliente del día. Ya puede ir con Molly. Y la pequeña Marie, que con suerte estará ya dormida.
Se vuelve a poner el vestido y recoge los papeles. Están dispersos como grandes copos de nieve; aquí reconoce un pecho, allí una pierna. Varias veces durante el proceso, Andersen se ha mostrado descontento y ha comenzado de nuevo. Anna guarda el dinero en el monedero y piensa en la sopa con berza y trozos de cerdo salado que sirven en la esquina por seis chelines.
Llaman a la puerta. Un sonido al que ella nunca se acostumbra, el sonido de un nuevo cliente, nuevas repugnancias, hombres que quieren excavar con los dedos en sus aberturas, lavarse con su orina, azotarla con cinturones. Por lo general, los clientes suelen decir su nombre, pero fuera solo hay silencio. Tal vez sea el poeta que ha regresado, tal vez se ha olvidado de algo.
—¿Es usted, señor Andersen?
No hay respuesta. En su lugar llaman de nuevo, el ritmo de lo impredecible. Pone el oído en la puerta y oye a alguien fuera. Podría no abrir, podría decir que por hoy está cerrado. Pero el dinero…, necesitan dinero para la posada. Anna y Molly quieren comprar la Cueva de Judas situada a una hora a pie de la Puerta del Oeste. No es la posada más hermosa del país, pero los jinetes paran a menudo allí y tiene buena reputación porque el anterior propietario nunca decía que no a quien allí quisiera alojarse; ya fuera el mismo Judas, aquel que traicionó al hijo del Señor, siempre había un catre de paja y una jarra de cerveza para quien tuviera una moneda en la bolsa. Además, es la única posada que pueden comprar Anna y Molly, las mujeres no pueden ser propietarias en realidad, pero el dueño está de acuerdo en inscribir en el contrato al difunto padre de ambas. Ya han hecho un adelanto de cien táleros, que les ha llevado medio año ahorrar, recibiendo a cualquiera que llamase a la puerta… Con pocas excepciones.
No le queda más remedio que abrir.
Al resplandor de la lámpara de aceite, Anna ve a una mujer joven, bien vestida, un elegante pañuelo cubriendo un cabello rubio. No es de las que suelen entrar en el edificio. Desde luego que no. Quizá se haya perdido. Tal vez esté buscando a su marido. ¿Podría ser la mujer del señor Andersen que lo ha seguido, si realmente tiene mujer?
—¿En qué puedo ayudarla? —pregunta Anna.
—¿Me permite, señorita Hansen? —dice la mujer en voz baja y señalando la habitación de Anna.
Es guapa, como una dama de París. Anna prefiere no hablar en el pasillo, donde cualquiera podría oír lo que dicen. Hay un par de rameras, especialmente Sofie, o Mamadafie, como la llaman los soldados, con tan pocos clientes que no tienen otra cosa que hacer más que escuchar. Anna abre la puerta completamente y se hace a un lado.
La mujer se cuela rápidamente. Echa un vistazo a la cámara, se acerca a la ventana y corre las cortinas, aunque ya estaban cerradas. A esas cosas Anna ya está acostumbrada, al nerviosismo de los clientes, al miedo de ser vistos en casa de una ramera.
—¿Busca compañía? Por desgracia solo dispongo de un cuarto de hora. —Anna se yergue delante de la puerta. Recibe clientas un par de veces al año. No tiene nada en contra. Huelen mejor que los hombres y son menos tacañas. Pero aun así se avergüenzan, por mucho que solo quieran ser abrazadas, acariciadas con mimo, tal vez que les hagan cosquillas, mientras que los hombres no suelen ser vergonzosos y sí muy ruidosos y brutales, como el ganado nervioso antes del sacrificio.
La mujer se mantiene a la sombra de la vela.
—Permítame ver sus senos —susurra.
Anna no es tonta.
—Son ocho chelines.
—Le daré cinco táleros —contesta la mujer, nuevamente con un susurro.
Cinco táleros. Es una fortuna. Con eso estarían ya cerca del siguiente pago de la posada.
—No quiero que me destroce la ropa —dice Anna recordando la última vez que un cliente se creyó que podía hacer lo que quisiera.
—En ese sentido no tiene de qué preocuparse.
Anna se suelta el corsé y se baja los tirantes del vestido por los hombros para que los pechos queden libres. La mujer mira a Anna. La mide, su cintura y especialmente el pecho, como un carnicero valora las ubres de la novilla en el mercado de ganado.
—Acompáñeme al coche que tengo esperando en la esquina.
—No es posible. Lo siento, señora. Es…
La mujer la interrumpe poniéndole un meñique en los labios.
—Le daré el dinero abajo.
—Me están esperando. —Anna no suele contar esas cosas. Pero una mujer debería comprenderla, comprender su situación.
—Le pagaré más si viene conmigo —dice la mujer mostrándole a Anna un auténtico billete. Nunca le han pagado con un billete, excepto aquel francés—. Será suyo si me acompaña —susurra la mujer; una voz en la oreja, muy cercana y cálida. A Anna le gustaría dejarse tentar, necesitan el dinero. Mira en dirección a la habitación de su hermana, donde duerme la pequeña Marie mientras Molly vela por ella. Anna y Molly se han hecho una promesa, inquebrantable: nunca saldrán a la calle con un cliente. Nunca, de ningún modo. A las rameras les ocurren cosas terribles en las calles de la capital, y ni a los serenos ni a la policía les importa. Asesinar a una puta callejera sale gratis. Allí, en la casa, las mujeres se cuidan entre ellas. Se acude a un grito de ayuda.
—Lo siento —susurra Anna—. No puedo. No debo.
La mujer aparta la mirada, está irritada.
—Entonces continúe —dice mirando el busto de Anna.
Anna se abre el corsé y deja caer las enaguas. Se sienta en la cama como le gusta a la mayoría de los hombres. Con las piernas algo abiertas y apretando ligeramente los senos con los brazos, para que los pechos se junten como dos borrachos de regreso a casa.
La mujer se sienta y acaricia con el dorso de la mano el pecho izquierdo de Anna.
—¿Qué edad tienen sus senos?
Al principio Anna está confusa. ¿Los pechos tienen una edad diferente a la del cuerpo en el que están? Es cierto que crecen más tarde, llevan algo de retraso respecto al cuerpo, se podría decir. ¿Será algo así lo que quiere decir la señora?
—Tengo veintiocho años —responde Anna, renunciando a quitarse doce años y medio de vida para dar un resultado más exacto de la edad de sus senos.
La mujer se quita el pañuelo, se atusa el cabello y busca algo en su bolso.
—¿Está usted interesada en los perfumes? ¿Le agrada el mío?
La mujer le acerca el pañuelo a Anna y señala. No como un «por favor», sino más bien como un «hágalo». Huele poco, muy poco, dulce y amargo a la vez, como miel mezclada con algo desagradable, quizá aceite de ballena.
—Un olor extraño —dice Anna.
—Lo llamo aliento de ángel. Procede de los salvajes negros de las Indias Occidentales.
Anna mete la nariz en la tela.
—No soy capaz de…
La mujer coloca la mano en la nuca de Anna y aprieta el pañuelo contra su nariz. ¿Por qué es tan importante ese perfume? Anna busca el aire y siente un grupo de hormigas dirigiéndose a sus pulmones. O algo parecido. Tiene que avisar a Molly o a las demás, a cualquiera, pero resulta que ya no es capaz de controlar su cuerpo o su voz.
El rostro de la mujer desaparece como la mecha bajo el fuego.
2
Mamá está ya en casa? —pregunta la pequeña Marie, medio en sueños.
La llaman pequeña Marie porque es pequeña. Pequeña para su edad como consecuencia de la escasa comida y de un padre enclenque que ya no forma parte de la vida de Anna y de su hija. Y también porque en el burdel hay otra Marie más mayor, una tipa desagradable llamada Marie la rancia.
—Ahora viene —responde Molly escuchando al sereno. Deben de ser en torno a las diez. Anna ya debería haber acabado, hace mucho tiempo. Ha empezado a recibir a más clientes después de haber comenzado a pagar la Cueva de Judas. Molly también debería aceptar más clientes, por mucho que Anna insista en decir que no hace falta que lo haga. Anna afirma que Molly sufre más desgaste que ella. Las hermanas mayores pueden resistir mejor que las menores, dice. Molly sabe bien que Anna miente. Para empezar Anna tiene que mantener a la pequeña Marie. Molly también debería contribuir. Mañana. Mañana dejará pasar a uno o dos hombres más en la habitación y cerrará su alma donde no puedan alcanzarla. De lo contrario, ella, Anna y la pequeña Marie no saldrán nunca, no saldrán de ese burdel con el establo en el segundo piso, no saldrán de ese olor a mierda, miseria y vómito.
—¿Tía?
Molly mira a la pequeña, que se ha medio incorporado.
—¿Qué? —le pregunta.
—Pero tienes que responderme la verdad —dice la pequeña Marie con esa mirada que Molly no puede resistir.
—La verdad, lo prometo. Y la verdad es que tienes que dormir.
La pequeña Marie prepara la pregunta, que le lleva tiempo; Molly ve que la cabecita lucha por encontrar las palabras adecuadas. Molly entretiene la espera con su propio cabello, enmarañado e imposible, su mejor carta cuando se trata de hombres, pero aun así enmarañado e imposible. Se hace un moño en la nuca y lo sujeta con una larga aguja. Se la ha regalado Anna, a quien se la dio un marinero chino con problemas allá abajo. Anna no quería que le pagase ya que el chino no había podido, y en su lugar el chino le regaló la espadilla, larga y plana, pero más fina que un cuchillo de carnicero, y roja y negra como los uniformes de los soldados. Anna dijo que la aguja podría un día salvarle la vida a Molly. Una ramera está desnuda y no tiene nada con lo que defenderse, pero de ese modo Molly siempre tendrá una sorpresa escondida en el pelo. Es su sable de ramera, como lo llama Anna.
—Venga, amiguita —dice Molly—. Tienes que dormir.
—¿Y vas a responderme la verdad? —La pequeña Marie la mira con escepticismo.
—Sí, la verdad. Pero rapidito.
—¿Existen las princesas? ¿Pero reales?
Molly sonríe, se sienta en el borde de la cama, el heno se le mete por el trasero. Le retira a Marie el pelo de la frente, intentando que los rubísimos rizos se queden detrás de las orejitas. Lamenta que Marie nunca haya visto realmente la ciudad. Siempre la tienen en la habitación o en el patio; en los últimos dos o tres años, el rey ha perseguido con dureza a los hijos de las rameras. En los meses pasados se llevaron a los dos chicos de Karen; Molly recuerda cómo gritaba su compañera y se lanzaba a por el alguacil y los soldados del rey, quería que le devolviesen a sus niños. Los han mandado fuera de la ciudad, algunos dicen que a familias en el campo, que usan a este tipo de críos como sirvientes.
—Sí, Marie, existen las princesas. Y ahora a dormir.
—¿Las has visto?
—Las he visto —responde Molly. Y no es mentira. Ha llegado a ver pasar por las calles una de las carrozas doradas de palacio y tras los cortinajes blancos un rostro, un par de ojos que miraban a Molly con extrañeza. ¿De verdad se puede vivir tan miserablemente?, es lo que decían los ojos de la princesa. No, querría haber respondido Molly. No se puede. Pero eso es lo que ocurre cuando uno es pobre y se enamora de la persona equivocada. Es peligroso querer. Molly lo sabe. Le gustaría susurrárselo a Marie, para que ella también lo sepa. Para que se proteja. Hay que tener cuidado con los hombres. Los hombres son peligrosos, lo más peligroso del mundo, te enamoras y te abandonan, igual que a Molly. Luego, lo único que puedes hacer es marcharte del pueblo. Nadie va a querer estar contigo, después de haber sido usada y descartada. Tras eso solo puedes ser interesante para marineros y soldados de paso, charlatanes y buscadores de fortuna con unos pocos chelines en el bolsillo, extraños degenerados con los dientes putrefactos y estudiantes con fantasías enfermizas. Como ese poeta al que Molly vio entrando en la habitación de Anna hace un rato. Andersen. Molly le ha dicho a Anna que debe tener cuidado con él. Este tipo de hombres son los más peligrosos. Molly recuerda un chaval en Cala de Odín. Comenzó maltratando animales: una vez se le ocurrió romperle las alas a un mirlo. Y un día lo detuvieron por golpear a una chica de la aldea vecina: la había llenado de cardenales, le había roto los brazos. Lo mismo pasará con este poeta. Por ahora se contenta con recortar papeles. Pero pronto, en un mes o en la próxima luna llena, necesitará más, así es como se comportan. También le pidió a Molly que posara para sus extraños recortables, pero ella lo rechazó tajantemente. No tolera a los enfermos mentales, prefiere tener a un portero idiota que a un poeta imaginativo.
Molly ayuda a Marie con los restos de la cerveza caliente. La niña la toma con ansia. En el pueblo del llano se podía beber el agua, aquí no es posible, aquí todos beben, tanto niños como adultos, leche con aguardiente o cerveza tibia.
—Buenas noches, locuela. —Molly ve a la niña acurrucarse entre el heno como un cochino magro. Demasiado magro. Tienen que salir de este agujero. Si consiguen, o mejor, cuando tengan su propia taberna, se podrán permitir echar más cerdo a la sopa. Y no tendrán que preocuparse del alguacil del rey, ni que esconder a la pequeña Marie en el cajón bajo la cama como una muñeca secreta.
En ese mismo momento se oye al sereno. «Las once en punto y sin novedad», grita por encima de un caballo intranquilo y unos fulanos borrachos que cantan en la taberna. Las once, ¿cómo puede ser? Anna no suele trabajar hasta tan tarde.
Molly se levanta y escucha junto a la puerta. La habitación de Anna está un poco más allá en el pasillo, pero en el mismo piso.
¿Podría haberse topado con algún joven desesperado con un chelín en el bolsillo? Es mitad de mes… y no es raro que a los peones, artesanos y mozos de las granjas de las afueras aún no les falte dinero. A finales de mes, algunas veces intentan conseguir alguna rebaja en el precio y pueden llegar a ser insoportables y difíciles de controlar. Sin embargo, a Anna no suelen darle problemas. Ella trata a los clientes de un modo práctico.
Al principio, cuando la pequeña dormía, Molly le pedía consejo y ayuda a Anna, le preguntaba todo tipo de cosas que una prostituta nueva puede preguntarle a una curtida.
Ahora se da cuenta de que eran las cosas más estúpidas. ¿Qué les agrada a los hombres y por qué les gusta que los laman por todas partes? Anna respondía puntualmente a las preguntas, pero solo conseguía que Molly sintiese aún más curiosidad, casi ansiedad por saber y comprender más. Tras un par de meses, Molly se dio cuenta de que su hermana mayor no era una ramera diestra. Tenía pechos grandes, sobre todo después de haber dado a luz a la pequeña. Y esos senos habían sido tanto la maldición como la bendición de Anna. Sin ellos quizá habría sido la puta más pobre de la casa, incluso de toda la ciudad. Sin ellos las tres habrían muerto de hambre hace tres inviernos, cuando Molly perdió su trabajo como celadora en el hospital. Molly tuvo que aprender el oficio. El maldito oficio, pero un oficio como cualquier otro, no muy diferente del de tonelero. Cuanto más hábil, tanto más rápidamente queda satisfecho el cliente y sale por la puerta. Molly pidió consejo a las otras chicas. ¿Cómo la coges? ¿Hay que ordeñar el palitroque morado como las ubres de vaca o es más como frotar la plata? ¿Y qué hay de la boca? ¿Cómo se evita quedarse preñada, hay que untar la raja con cerveza blanca o con crema para el calzado, como afirma Salomine? Dos dedos de crema por la mañana antes de ponerse a la faena y también cuando has acabado, así no se queda una en estado.
Más tarde, meses más tarde, era Molly la que tenía que enseñarle a Anna cómo podía enredar a los clientes, cómo vestirse para vender sus senos de la mejor manera y a qué hombres aceptar. La suerte cambió un poquitín, pero solo un poco. La pequeña creció, empezó a andar, le salieron los dientes, dijo mamá y tita, y gruñó como si fuera un tieso capitán, y Anna y ella rieron, y las vacas comenzaron a mugir allá arriba.
Molly se desliza en un sueño blanco, nebuloso, y se despierta de golpe cuando las campanas de la iglesia dan la hora. Se levanta y vuelve a colocar la oreja contra la puerta que da al pasillo.
Ni un sonido. Anna debe de haber terminado.
De nuevo la intranquilidad le recorre la espalda. Algo está pasando. ¿Y si el tal Andersen ha utilizado las tijeras para algo más que hacer recortes? Un rápido vistazo a la pequeña: está totalmente perdida en sus mundos, sus párpados se mueven como un almiar con ratones.
No le queda más remedio que ir a mirar, solo un momentito.
Ha salido al pasillo y pasa delante de Mamadafie, delgada como una muñeca enferma, que está arrodillada entre las piernas de un soldado. El coño de Sofie se echó a perder el día en que tuvo que hacer salir a sus gemelos muertos, el culo se le reventó y la carne se le hernió de través. Ahora solo puede hacer dinero con la boca. Molly dobla la esquina del pasillo para llegar a la habitación de Anna. Llama un par de veces, con cuidado.
—Anna —dice en voz baja, por si Anna se hubiera dormido en brazos del cliente. Podría ser. Por regla general, a estas horas Anna está agotada.
No hay respuesta.
Abre la puerta. Y, con solo ver la cama vacía en la desierta cámara, la intranquilidad se apodera súbitamente de ella. Molly suelta el picaporte y vuelve por el pasillo por delante de Sofie y el soldado. Luego se detiene de pronto y regresa hasta la puerta abierta de Sofie.
—¿Has visto a Anna? —pregunta—. ¡Sofie!, ¿dónde está Anna?
Sofie se desenreda de los pantalones del soldado, la boca mojada.
—¿Qué? —dice gangueando.
—Respóndeme, zorra, es importante, ¿dónde está Anna?
El soldado se revuelve confundido e irritado, pero ha perdido la capacidad de hablar.
—¿Qué? —repite Sofie. Debe de haber bebido incluso más que su cliente.
—Maldita sea —masculla Molly y se apresura a bajar las escaleras y salir a la calle.
Molly busca el pelo rubio de Anna, normalmente recogido en un moño. También busca al poeta Andersen, pero hay mucha gente en las calles, nunca hay tranquilidad en esta parte de la ciudad, ni siquiera a última hora de la noche, y a Molly le cuesta distinguir a las personas en la oscuridad. Adelanta a un mendigo sin brazos, pasa delante de la taberna, donde hay una pelea, un joven grita porque le han roto la nariz.
Un panadero blande una vara con rosquillas. A su espalda se ha prendido un barril de aguardiente. Un anciano le grita a un pillo que le ha birlado el reloj. Una vaca muge. Molly tuerce por la calle de la Vid. Hay un grupo de marineros con gorras blandas que bailan dando vueltas.
A lo lejos ve a un sereno y corre a su lado.
Parece ocupado y cansado, pero hace un breve saludo hasta que descubre que es una prostituta y aviva el paso.
—Tiene que ayudarme —dice Molly.
—¿Qué quieres, zorra? Tengo que ir a la calle Almirante, donde se ha ahorcado un hombre.
—No sé, yo… Mi hermana ha desaparecido. Se ha…, se ha ido con un hombre. Un hombre raro.
—Hay muchos de esos. ¿Es una mujer pública como tú?
—Sí, sí, pero no es de las de…
—Entonces ya aparecerá, cuando los tipejos se vayan a descansar.
—No, no es así, tengo la sensación de que…
Pero el sereno es demasiado rápido y desaparece por detrás de un carro de caballos cargado con apestosas pieles de vaca. Molly se tapa la nariz y mira alrededor.
—¡Anna! —grita al ver una melena rubia que se pierde en el callejón que hay detrás del hotel—. ¡Anna!
El callejón está atiborrado de cajas de madera, de tablones y barriles. Alguien ha abandonado un carro destrozado. No hay ningún farol en la calleja, solo la débil luz de las ventanas cercanas. Sigue avanzando. En la oscuridad Molly intuye a varias parejas apoyadas las unas en las otras, rostros agitados, pechos y hombros desnudos, un par de bolas peludas, hombres que desaparecen bajo las faldas.
Ve a un hombre con traje negro, inclinado sobre un vestido verde.
—¿Anna? —pregunta apartando al hombre para ver a la mujer.
—Lárgate, tiparraca —dice el hombre; sus dientes están rojos de sangre. La mujer tan solo levanta la vista hacia Molly. No es Anna.
Molly retrocede por el callejón. Mira entre la multitud de personas, escucha el ruido y caos de las callejuelas. Las puertas de la ciudad se han cerrado ya para la noche. Copenhague es una prisión; sin los papeles adecuados, no hay posibilidad de salir o entrar. Pero así no va a poder encontrar a Anna. El número de callejones, sótanos, patios, calles y correderas en las que puede haber desaparecido es abrumador. No es como en su pueblo de Cala de Odín, donde no hay una sola calle adoquinada y la taberna cierra antes de la caída del sol, y donde siempre se sabe quién está en qué lugar. Se acuerda de la pequeña Marie y se apresura a volver a la primera planta del burdel pasando por delante de Sofie y el soldado.
La niña sigue durmiendo. Afortunadamente. Respira con tranquilidad, despreocupada, sin saber que su madre ha desaparecido. ¡Ay, cómo le duele el estómago! Algo no va bien. Anna nunca olvidaría a Marie, ni a Molly. Nunca saldría a la calle a esas horas, ni siquiera para conseguir un cliente más, ni para fumar, ni para tomarse un trago. Y además Sofie habría visto a Anna, si el poeta ese hubiera pasado con ella a cuestas.
¿Y si Anna no ha desaparecido por la puerta principal? Molly mira escaleras arriba.
¿La cuadra de las vacas? Imposible. En todo caso, Molly se apresura escaleras arriba hasta la segunda planta. La puerta del establo está abierta, contrariamente a lo habitual; el dueño de la casa, el señor Müller, tiene miedo de que las putas le roben leche de las ubres. Una de las tres vacas mira a Molly cansada y derrotada. La trampilla de la fachada está abierta, el polipasto que el señor Müller utiliza para subir y bajar a las vacas ha sido utilizado, pues, como Molly comprueba, el gran gancho no está arriba como suele. Molly pasa delante de las vacas hacia la apertura en el muro. Abajo, en el extremo de la soga, cuelga el gancho con las correas de cuero con las que el señor Müller ciñe a las vacas al subirlas o bajarlas cuando las lleva al matadero o a venderlas a cambio de un terrenito en la Isla del Muerto. ¿Será por aquí por donde ese poeta, Andersen, ha descolgado a Anna? No, imposible, ¿por qué querría nadie raptar a Anna? Molly se da la vuelta y ve los rastros en el heno viejo del establo. Son igualitos que las dos rayas que se dibujaban en el polvo del suelo de la cocina cuando, siendo niñas Anna y ella, por las noches tenían que arrastrar hasta la cama a su padre borracho.
Entonces se le viene el mundo encima. Como una mano cerrada en torno a su corazón. Y entiende que algo terrible ha sucedido. Un tremendo crimen. Que Anna ha sido arrastrada por el establo.
Que Anna está muerta. Que la madre de Marie está muerta.
Que la única esperanza de Molly ha sido asesinada.
3
Falta algo.
Es lo primero que piensa Anna al despertar. Luego siente que la cabeza le retumba de dolor. La sangre le presiona en los ojos, en la boca.
Cree que está acostada, pero al abrir los ojos todo se da la vuelta. Cuelga con la cabeza hacia abajo, se balancea de un lado a otro como el badajo de la campana de la torre. Tiene los brazos atados a la espalda, con fuerza, tanta que los hombros casi se le salen. Todo el cuerpo grita, está descoyuntado. Anna trata de gritar pidiendo ayuda, pero el sonido se ahoga inmediatamente en el trapo que alguien le ha colocado en la boca y atado en la nuca. Lo intenta de nuevo, tan alto como es capaz.
La habitación es grande. Hay mucha altura hasta el techo, donde está atada la soga de la que ella cuelga cabeza abajo. Hay barriles y sacos por todas partes. Delante de ella hay una puerta abierta, una gran puerta abierta al cielo, azul e iluminado de estrellas. Intuye el mar que brilla bajo la luna y un gran barco con las velas desplegadas.
Siente frío, aunque ese final del verano es cálido. Alguien sube las escaleras.
Una silueta contra el reflejo en el agua de la luz de la noche.
Es la mujer, la que visitó a Anna. Es tan guapa, tan delicada, en las manos lleva un platito de porcelana con un elegante motivo azul. En el plato hay dos estrechos cuchillos, de los que usan los carniceros cuando cortan los rojos pedazos en trozos más pequeños. Los cuchillos no cuadran con la mujer, el brillante vestido veraniego y la mirada suave. Se sienta frente a Anna y la mira a los ojos.
—Será usted tan elegante. Será la primera de todos los tiempos; como dice Schneider, somos nosotros los que tenemos que conformar el mundo —susurra la mujer mientras acaricia con la mano el pecho de Anna.
Anna trata de comprender, no conoce a ese Schneider, lo único que quiere es rogar por su vida, por su hija. Pero solo salen sonidos desesperados, sofocados por la tela. La mujer respira profundamente, selecciona un cuchillo y se pone de pie. Anna intenta liberarse, es imposible. Entonces lo siente, la piel que grita, la carne que gime, la mujer sigue hundiendo el cuchillo en Anna, junto a su pecho.
Quiere bajar la vista, es decir, subirla para verse el cuerpo, pero su propia sangre le golpea el rostro.
—La compasión no sirve de nada —dice la mujer. Es como si dudara, sorprendida al ver la carne pálida de Anna. Quizá se la pueda convencer, quizá reconozca que ha tenido una idea terrible—. La compasión no sirve de nada, es el hundimiento del ser humano —continúa. Anna grita, grita en la tela, grita y llora, cuando la mujer vuelve a clavarle el cuchillo. Anna mira al suelo. Hay un espejo oscuro, el espejo es redondo. Puede ver en él su propio rostro, casi separado del cuerpo, colgando en el centro del espejo negro como un fantasma. Hasta que una gota golpea el espejo que se pliega. No es un espejo, es un charco redondo de sangre.
4
Está sucediendo algo junto a la ventana. Algo más interesante que la lectura de Hans Christian. Varios de los elegantes señores se han vuelto a mirar hacia la calle.
Hans Christian carraspea y continúa su conferencia:
—El viernes 7 de marzo me desperté a medianoche y yací toda la madrugada sin poder dormir…
—Nosotros tenemos el problema contrario, no somos capaces de mantenernos despiertos, Andersen —grita alguien desde las filas posteriores.
Un estallido de risas entre los cincuenta y tantos hombres del gran salón.
Solo Edvard Collin es más joven que Hans Christian, que tiene veintinueve años y medio. Los demás de la sala son hombres de verdad, procedentes de lo más granado de la sociedad, médicos y profesores y comerciantes. Muchos de ellos han ayudado a Hans Christian con limosnas desde que llegó a la ciudad hace algo más de quince años. Le han protegido de manera especial los Collin, Edvard y su imponente padre, que lo acogieron como si fuera un animal desastrado, un perro o un gato perdidos cuyo dueño hubiese muerto. Y ese es el problema. Cuando lo ampararon, tenía catorce años, rebosaba de fuerza juvenil, estaba lleno de esperanzas. Pero ahora esa fuerza ha desaparecido, la esperanza se ha ido, la paciencia de sus protectores se ha agotado. Se nota. Su gran obra dramática sobre Agnete y el Tritón fue un fracaso que naufragó, los críticos lo crucificaron; Monrad, el más furioso de ellos, con la voz más elevada, dijo de la pieza que era «una búsqueda sin éxito de la profundidad». De regreso a casa desde Italia, Hans Christian se había jurado dejar aparcados los sueños de escritor, pondría fin a la inacabable inutilidad.
Hans Christian siente que una gota de sudor se le escapa entre el pelo y corre por la frente. Continúa su lectura, ¿cómo no va a hacerlo?
—Subíamos hacia las ruinas de la villa en el Tíber… —lee alzando la mano, como indicando cuán grandiosas se alzaban las ruinas contra el cielo italiano. De poco le sirve. Al menos la mitad del público se ha acercado a las ventanas del salón para mirar lo que sucede en la calle, a pesar de que no es más que el sonido de los cascos de los caballos contra el empedrado, el más normal de los sonidos de la ciudad. Ni siquiera puede competir con ese tipo de banalidades.
Hans Christian baja la vista al texto, su diario del viaje por Italia. No le apetece mucho, pero tiene que seguir con la lectura. Le aguarda una pequeña retribución y tiene necesidad de dinero que cubra su alquiler. Es decir: lo llaman retribución para preservar su dignidad, pero se trata más bien de una especie de limosna oculta. Lo sabe él y lo saben todos los congregados. Su mirada se cruza con la de Edvard, la compasión detrás de la irritada mirada. Edvard es como mi hermano, suele decir Hans Christian para tranquilizar a todos. Pero es algo más, más grande, más importante.
Al regresar de Italia (y con las palabras de los críticos como fresco flagelo en el trasero), Edvard le sugirió a Hans Christian que comenzara a escribir para niños. Les encantan las historias, había dicho Edvard. Sin duda, su amigo lo decía con buena voluntad, pero Hans Christian oyó algo más. Oyó la verdad que se ocultaba como espinas detrás del amistoso consejo. Si no era lo suficientemente bueno para escribir para los adultos, solo quedaban los niños. Pero a Hans Christian los niños no le gustan en absoluto, rechaza rotundamente su maldad pura, su naturaleza salvaje y su constante pasión por meter los dedos en cualquier llaga.
Ni siquiera cuando era pequeño le gustaban los niños, no, en la escuela prefería ir de la mano del maestro. Sí, está decidido. Nunca escribirá ese tipo de cosas. Antes que eso se vuelve a Odense, antes lo deja todo, antes desaparece. A su propio padre le pasó lo mismo. Había soñado con algo diferente, era listo, demasiado listo para ser zapatero, pero nunca llegó a ser otra cosa.
Con la excepción de Edvard, todas las miradas están puestas en la calle, donde un coche se ha detenido al otro lado del patio de la finca de los Collin. En el limpio aire se oye el relincho de los caballos. Hans Christian se vuelve hacia la ventana y ve que un policía atraviesa el portón.
En algún lugar lejano, la realidad llama con fuertes golpes. Se abre la puerta. No tiene sentido seguir leyendo, debe esperar, todos oyen los resueltos pasos en el recibidor, ascendiendo la escalera que conduce al primer piso, las miradas de todos se vuelven desde la ventana hacia las puertas del salón.
Se abren de golpe. Un agente con gorra negra entra.
—Hans Christian Andersen —dice el policía, y al instante los ojos de todos los asistentes se dirigen desde el policía a Hans Christian, del mismo modo que se sigue la bola en el juego de los bolos.
El agente se abre paso entre el público, que murmura y se hace a un lado, ansioso por ver cómo se desarrolla el drama. Por fin se sitúa ante Hans Christian, que sigue sentado aferrado a sus papeles.
Hans Christian traga saliva, baja la vista a la descripción de su periplo italiano, luego mira a Edvard, que se encoge de hombros sin comprender. ¿Tan malo es que tienen que arrestarlo directamente?
—¿Es usted Hans Christian Andersen? —pregunta el algo orondo policía colocando una mano en la porra que lleva en el cinturón. Probablemente sea como los otros agentes que Hans Christian ha conocido en Copenhague, donde las bofetadas sonoras, los aporreamientos y los revolcones por el barro se distribuyen con generosidad. En su pueblo, los policías eran diferentes, más amigables, más impresionables, si uno podía exponer su caso—. Responda, caballero —grita el agente.
—Sí.
—En ese caso, sígame. —El policía agarra a Hans Christian del brazo.
Hans Christian mira de nuevo a Edvard.
—¿Tan grave es? —pregunta.
Edvard se adelanta.
—Buen hombre, ¿de qué se trata?
El policía parece conocer a Edvard Collin e inmediatamente aparta la mano de Hans Christian. Otro triste testimonio de la posición de este en el fondo de la sociedad. Se le puede tratar como a un mugriento chico de la calle, uno de los que pululan junto a las puertas de la ciudad a la caza de mercancías caídas de los repletos carros de los campesinos.
—Son órdenes del director de la policía, señor Collin —responde el agente—. Tiene que hablar con Andersen.
—¿Sobre qué? —pregunta Hans Christian, con el labio inferior tembloroso, rebuscando en su mente en un intento de ordenar sus acciones. ¿Ha hecho algo mal, ha escrito algo inapropiado, alguien ha llegado a enterarse de lo que solo escribe en su diario?
—¿Sobre qué? —repite Edvard, y un temblor recorre la audiencia—. ¿Qué quiere Cosmus Bræstrup del señor Andersen?
El policía parece incómodo.
—Lo siento, yo solo he recibido una orden del director de la policía. El señor Andersen debe acompañarme.
Hans Christian tartamudea una torpe protesta, no quiere, no quiere ir a ningún lado. ¿Se lo van a llevar a rastras? ¿Como a un niño malcriado? Un recuerdo repentino: de cuando trabajaba en una fábrica de telas de Odense. Los endurecidos trabajadores afirmaban que era una chica, una doncella, querían ver su sexo, humillarlo, él gritó cuando le quitaron los pantalones, lo desnudaron delante de los demás chicos de la fábrica. Entonces corrió a casa con su mamá y ella le prometió que no tendría que regresar a la fábrica. Siente ahora la misma necesidad. Correr, desaparecer.
—Es muy mal momento, no puedo abandonar a mi público.
—El director de la policía no espera. Vamos —dice el agente agarrando de nuevo el brazo de Hans Christian, levantándolo de la silla y llevándoselo.
Los asistentes se apartan; los hombres mayores, los hombres de verdad, lo miran, se retuercen los mostachos, uno de ellos entorna el ojo tras un monóculo. Hans Christian evita sus miradas, sus ojos buscan el suelo, mientras se lo llevan del local.
Como a un delincuente común.
¿Tal vez lo vayan a echar de Copenhague, a expulsarlo? A los pies de la escalera, la criada le alcanza el abrigo. El policía no puede ocultar su asco. Tiene un agujero en la manga. Además, la chaqueta es demasiado abrigada para esa época del año, pero desde el invierno pasado no puede permitirse una nueva.
—Algo me podrán decir, ¿no? ¿Le ha ocurrido algo a alguien que yo conozco? —pregunta Hans Christian.
Están cruzando el patio, el hermoso patio de árboles marrones a la entrada de la propiedad de los Collin, camino de la calle. En el asiento del cochero está esperando un policía más mayor. Desde las ventanas los hombres siguen el último acto de la tragedia de Andersen. El agente hace una indicación al cochero en cuanto los dos han subido y parten por la calle de Noruega dejando atrás la Plaza Nueva del Rey. Por poco atropellan a un perro suelto.
—¿No vamos al Palacio de Justicia? —dice Hans Christian.
—El director de la policía está en la escena del crimen —grita el oficial joven.
¿La escena del crimen? Hans Christian no llega a comprender el sentido de esas palabras y observa en la plaza a las mujeres con sombrillitas y a los niños con sombreros y adornos. Continúan hacia el canal. El olor viene a su encuentro. Este tramo del canal es el basurero de toda la ciudad, lugar de reunión de todo lo que se come, bebe, usa, desecha y pudre. Todo lo que corre por las cunetas acaba aquí, algunas veces para alegre entretenimiento, pero por regla general para vergüenza de la ciudad. Y especialmente en un caluroso día de finales de verano como este, en el que nada puede pasar flotando sin despertar un desagradable recuerdo de lo que un día fue. Hans Christian tiene que taparse la nariz, pero los policías no lo notan.
Una multitud se agolpa junto al canal. Niños grandes con piernas inquietas, mujeres jóvenes con chal, un aprendiz de pintor con manchurrones en la cara, algunos comerciantes con gallinas y gansos en jaulas, la eterna lucha de la gente de Copenhague por un chelín. Desde que el Estado quebró todo es más difícil, hay que trabajar dos veces más para conseguir tres veces menos.
Abajo, junto al agua, está sucediendo algo que atrae la atención de los viandantes, pero cuando el coche pasa entre ellos se hacen a un lado y permiten que los agentes y Hans Christian se apeen. Hans Christian es conducido entre la multitud, y allí está él, una figura imponente sobre una vieja caja de fruta, un pedestal improvisado.
Debe de ser el director de la policía, Cosmus Bræstrup, un hombre estirado con brillantes botas, cabello negro y erizado, pues acaba de quitarse el casco, y una nariz aguileña.
El policía joven hace avanzar a empujones a Hans Christian. Este busca una salida, algún hueco entre el populacho por donde poder escabullirse y perderse en la multitud de la capital. No ha hecho nada, es injusto, pero ha llegado al borde y no hay a dónde ir.
—Es él, es él —se oye entre la multitud. Una voz de mujer corta los múltiples gritos y sonidos de la ciudad. La voz hace que Hans Christian se vuelva. La conoce. El rostro también le resulta familiar, quizá haya hablado con ella alguna vez. Es la hermana de la ramera.
Los pómulos son más afilados y el mentón mayor, pero los ojos son iguales y están en una chica de quizá veintitantos años. Un abundante cabello rojo sobresale por debajo de un sombrero barato y cae sobre el pecho, lleva el vestido abierto, desafiante, con un botón que ha desaparecido y la falda manchada con barro de varios días.
Sus ojos le hacen recordar la mirada que le lanzó cuando él quiso recortar su rostro y su cuerpo en cartulina. Estaba llena de asco y desprecio. No, ya podía largarse con viento fresco, y podía llevarse sus locuras con él. Todo eso lo había dicho aquella tarde con la mirada. Y ahora decía casi lo mismo. ¿Pero lo arrestaban por eso?
—Es el recortador de siluetas. Él fue quien lo hizo —grita la hermana señalándolo nuevamente. El director de la policía se da la vuelta y mira a Hans Christian.
—No he hecho nada —dice Hans Christian—. Tiene que ser un malentendido.
—¿Un malentendido? Lo han visto, es imposible confundirlo. —Cosmus Bræstrup baja de la caja de frutas y parece evaluar a Hans Christian con ojo experto.
—¿Visto? Me habrán visto en muchos sitios —replica Hans Christian, sintiendo el dedo de la mujer que aún lo señala.
La atención del director de la policía se dirige de nuevo al canal.
—Sacad a tierra a la mujer —grita impaciente.
Al principio Hans Christian no sabe a quién se refiere o de quién está hablando. Luego ve una extraña barca con un polipasto, una especie de grúa que se eleva sobre el agua y está arrastrando algo hacia el muelle. Como una garza que saca del lodo una anguila reacia. Dos hombres gritan mientras manejan la grúa, que se balancea de lado a lado. Entonces Hans Christian lo ve. El cuerpo de una mujer en el agua.
Su cara apenas se puede adivinar, pero sí lo suficiente como para que la ramera y la policía hayan inferido de quién se trata. El cuerpo parece estar atrapado en algo. Otro hombre se inclina sobre la borda y con un hacha corta una especie de soga. Cuando de pronto el filo atraviesa la cuerda, todo el barco se balancea y lanza a la muerta hacia el cielo.
Un suspiro recorre al populacho en el muelle.
En el extremo de la negra maroma de la grúa cuelga un ser. Un bello y femenino ser con los ojos cerrados. Está untado del agua sucia, las heces y la podredumbre del canal, pero el pelo que cae hasta los hombros brilla lleno de conchas. La cuerda, las algas y el vestido desgarrado se han enredado en la parte inferior de su cuerpo y parecen formar una sola pieza. El torso es pálido y blanco, pero salpicado de manchas con un curioso patrón, que incluso resulta bonito, hasta que se da cuenta, como todos en el muelle, de que está cortada, mutilada y completamente muerta.
Un grito de mujer corta el aire. Es la hermana.
—¿Qué ha hecho? ¿Qué ha hecho con mi Anna? —grita, perdiendo casi las palabras entre el llanto. Hans Christian se tambalea. La pena, el dolor; parece como si, de pronto, el viento se hubiera vuelto más frío, más inclemente.
—Dígame, señor Andersen, ¿conoce usted a esta mujer? —El director de la policía se dirige a él, pero grita la pregunta a la concurrencia—. Necesitará mirarla para poder responderme.
A Hans Christian no le hace falta mirarla. La desventaja de la vida del poeta es que mantiene una relación especial con los detalles de todo, que es prisionero de la belleza, como otros lo son de un temperamento irascible. En cuanto vio sus ojos cerrados, sus pecas como una partitura apresurada, sus hombros, sus caderas, la reconoció.
—Mírela, Andersen —grita Cosmus Bræstrup, pero las palabras contienen algo más que una exigencia para que observe a la muerta. No solo tiene que mirarla, tiene que contemplar lo que ha hecho. Levanta la vista, la difunta Anna aún cuelga sobre el agua sucia del canal, mientras el operario de la grúa calcula cómo se puede dejar el cuerpo en tierra. En ese momento lo ve, algo que no es Anna. Es ella. Y no es ella. Pocos conocerán su cuerpo tan bien como él, que lo ha reproducido en papel. Y algo ha cambiado, pero no es capaz de decir qué.
—Le dije que era él, es un pervertido —susurra la hermana muy cerca.
—Jamás la he tocado —responde Hans Christian, pero aún no han salido las palabras de su boca cuando la multitud ya está graznando, tosiendo, gritando y rodeándolo, ahora aún más dispuesta a empujarlo al canal. Más no puede añadir. Luego siente algo vivo en la cara, saliva que corre por su mejilla, ve el espumarajo blanco y furioso en la boca de la hermana.
—Maldito asesino —grita ella antes de que el director de la policía se interponga entre los dos.
—Lleváoslo —dice Cosmus Bræstrup a los dos agentes.
Obedecen. No así las piernas de Hans Christian, se niegan.
—No he hecho nada malo —susurra Hans Christian.
Ahora se lo llevan, una fuerte mano debajo de cada axila, duele, también cuando lo arrojan al fondo del carruaje y suben ellos a su lado. Puede oír a hombres y mujeres, incluso a algunos niños, gritándole.
Perro, asesino, monstruo.
—¡La cabeza! —grita alguien y más voces se suman—. ¡La cabeza! ¡La cabeza!
La gente le grita y se ríe a la vez. Es un teatro, un espectáculo en el que él es el villano. Hans Christian se levanta y mira al populacho, ¿por qué?, no lo sabe, debería haberse quedado tumbado. Se mira a sí mismo, solo ahora siente el calor húmedo en sus pantalones.
El llanto comienza en los labios, siempre ha sido así, la injusticia le hace temblar el labio inferior, luego vienen las lágrimas. ¿Por qué Dios está enojado con él? ¿Qué ha hecho él para merecerse esto? Nunca ha querido hacer nada más que cantar lo más hermoso que se pueda cantar, escribir lo más hermoso que se pueda escribir, bailar y entretenerse. ¿Cómo puede eso estar mal? ¡Pero si fue en honor de Dios, no en el suyo propio, por lo que a los catorce años abandonó el hogar de su infancia y el regazo de su madre, partiendo solo hacia Copenhague para rendir homenaje al Creador con la palabra y el canto y con el movimiento de las piernas! Y todo lo que ha emprendido ha sido rechazado. Esto debe de ser la despedida definitiva de Dios, no queda ninguna esperanza. La humillación es completa. Total.
—Se acabó, mamá —susurra agachando la cabeza para que nadie pueda ver su fea cara. Esa cara de la que se han reído durante toda su vida, esa cara a la que han gritado, escupido, despreciado, ante la que han vuelto la vista. Y antes de que termine la semana será reproducida en un dibujo del diario bajo el titular «Mediocre poeta condenado a muerte», y dentro de poco el sonido de la hoja del verdugo en el patíbulo de la Isla del Muerto será la última palabra que se diga al respecto.
5
Madame Krieger lleva meses viniendo al Jardín Botánico. En un rincón tranquilo ha unido la rama del manzano al tronco del espino albar, ha practicado una incisión en cada uno de ellos y los ha visto crecer juntos. Cuando se lo oyó describir a Schneider le pareció misterioso, mágico, pero ahora lo ve con sus propios ojos. Que la flor del espino y la manzana crecen en el mismo tallo. Que dos cosas se han convertido totalmente en una tercera. Que, como dice Schneider, no debemos tener miedo de crear el mundo que deseamos.
Los pensamientos de madame Krieger van del espino al pañuelo.
Aún no comprende cómo se lo pudo olvidar en la habitación de la prostituta. Todo estaba planeado. Y sin embargo cometió un fallo. Todavía recuerda el terror que se apoderó de ella cuando se dio cuenta de que el pañuelo se había quedado en el cuarto de la ramera. Podría delatarla. Echarlo todo a perder. Quizá las iniciales en el borde del pañuelo azul claro de seda podrían conducir hasta ella. No, tranquila, no deja de repetirse a sí misma. Nadie va a preocuparse por ese tipo de cosas. El cadáver de la prostituta no va a ser encontrado. Estará mar adentro. Y sin un cuerpo ni siquiera está muerta. Solo ha desaparecido, como tantas otras personas. Especialmente ese tipo de chicas. Dejan la ciudad, desaparecen, se esfuman.
Coge la manzana y le da un mordisco. No es roja, es pálida, demasiado dura. Pero, sin duda, es una manzana.
Una manzana en la rama de un espino albar. Su experimento ha tenido éxito. El mundo de Schneider se acerca. Primero en lo pequeño, al final lo crearemos todo desde el principio. Se puede hacer que dos ramas crezcan juntas. Es tiempo de milagros.
Algo le hace mirar a la manzana. De la carne pálida de la fruta sobresale un gusano. Lo ha mordido. Se ha comido su cabeza.
Madame Krieger se inclina entre los arbustos y escupe, escupe hasta que desaparece el sabor crujiente y salado. Se limpia la boca y mira a su alrededor. El Jardín Botánico está muy concurrido, especialmente en un día de finales de verano; hay sombreros de copa que sobresalen de los setos, llantos de niño entre los árboles. Muy cerca hay una pareja, la mujer se cuelga del brazo de su novio, contemplan el estanque de los peces, la mirada del hombre la sigue un poquitín más de lo normal cuando pasa delante de ellos, pero no le importa. Al contrario.
Las voces le dicen que ha sucedido algo. Hay revuelo en la salida. Un tipo con voz de marinero grita, otros señalan. ¿Es la curiosidad lo que la lleva en la misma dirección? ¿El temor?
Madame Krieger abandona el jardín por la salida del Puerto Nuevo y se mezcla con la corriente de las gentes que bajan en dirección al Canal del Islote. Todos van en la misma dirección, la gente está alborotada.
Mientras avanza con la muchedumbre, vuelve a repasarlo todo. Nadie la había visto entrar en la casa de lenocinio, había en la calle una ebria multitud de personas y ella había esperado a entrar hasta que una pelea entre dos prusianos y un italiano que cuidaba un oso había atraído la atención de todos. Y la mixtura de las Indias Occidentales había sido efectiva. Había sido difícil transportar a la ramera, pesada como una red de anguilas. Había subido las escaleras, había atravesado el establo con el hedor a animales, que madame Krieger nunca había soportado. Al menos, las vacas se habían mantenido en un relativo silencio, solo un par de miradas curiosas de esos estúpidos animales. Al final de la estrecha cuadr
