PRÓLOGO
SECRETOS
Hablemos de adolescentes y secretos.
La infancia parece casi desprovista de ellos pero con la adolescencia los secretos brotan, se expanden y se vuelven tan comunes como los granos. Algunos jóvenes ocultan la identidad de quién pisa el acelerador de su corazón, o de quién simplemente lo pisa. Anhelos, sueños, deseos que se entierran en el fondo hasta encontrar un mejor momento para compartir lo que ni siquiera se puede nombrar.
Rosalina Posada Martín, de casi quince años, guardaba algunos secretos. A simple vista parecía pequeña y pobre como una rata, solitaria como un sepulcro y tan inofensiva como un cachorro.
Nada de eso era cierto.
Bastaba verla con detenimiento para detectar algo raro en esa muchacha que se escondía para leer en las salas de espera o en solitarias iglesias. Siempre cargaba libros viejos, con títulos tan raros como Compendio de la guerra umbría de las tres cicatrices, Criaturas subterráneas horribles o Principios básicos sobre el uso correcto de redivivos y mantenimiento, famoso manual del Dr. Cipriano el Quisquilloso.
Otra pista era su aspecto raro: pálida, con nariz sinuosa, el cabello de un castaño rojizo sin forma definida (lo más parecido sería tal vez una escoba de paja) y con cuerpo delgado como un tallo de bambú. Los piadosos dirían que era una “belleza incomprendida”; otros, más honestos, asegurarían que era fea como un demonio maorí. Sin embargo, una mirada atenta podría entrever que a cierta hora y con precisas condiciones de luz, Lina irradiaba un aura poderosa, casi sobrenatural. Sus manos, pequeñas, con algunas raras marcas de quemaduras y uñas mordidas, alguna vez empuñaron el arma más poderosa de una civilización oculta. Y sus labios, tan finos y tristes, todavía latían por los besos de dos pasiones. Dos hombres, aunque uno de ellos ni siquiera podría llamarse humano. Uno la salvó; otro la destruyó.
Nadie sospechaba que Lina fuera especial. Para los vecinos del barrio de Santa María la Ribera, era una adolescente de aspecto desaliñado, sin amigos, tensa, ensimismada, que vivía en casa de su tía Berta y estudiaba la preparatoria por su cuenta, con manuales de sistema abierto. Después de mucho pensarlo, la tía aceptó que trabajara en su salón de belleza. Fue un desastre: la joven siempre estaba demasiado distraída y provocó incontables accidentes con las secadoras y la cera para depilar. Al tercer día tía Berta la echó a la calle.
—Y qué bueno, la verdad, ¡porque me ponía de los nervios! —murmuró una clienta mientras le decoloraban el renegrido cabello—. Dicen que desde que murieron sus padres quedó mal de la cabeza.
Otra clienta, en proceso de una permanente, aseguró que el problema era que Lina debía de ser tan tonta y hueca como una cubeta:
—Si al menos fuera bonita, se compensaría… pero ni eso. ¡Qué cruz, pobre criatura!
Los niños del parque la seguían llamando el fantasma, pero Lina apenas prestaba atención al mundo diurno y cotidiano. Pero era muy distinto cuando el sol se ponía. Cada noche escapaba por una de las ventanas de la casa. A veces la veían cruzar a un costado del Kiosco Morisco alrededor de la una de la mañana. Y no era raro verla abordar el último metro. Así era todas las noches, y siempre iba sola.
Pero la Ciudad de México no es precisamente un campo de flores en lo que a seguridad se refiere. Aunque Lina parecía no tener miedo de nada, eso no impedía que pudieran ocurrir cosas, como lo de aquella noche.
En realidad todo comenzó un poco antes. Ya la habían detectado. Dos hombres que se ponían a beber fuera de un destartalado edificio. La habían estado observando durante más de una semana cruzar por la calle que desembocaba en las puertas del Panteón Francés.
Tal vez la muchacha no fuera especialmente hermosa, pero era mujer, era muy joven y estaba sola: eso bastaba para divertirse un rato. Uno de ellos aseguró que le harían un favor. Según él, a las feas les gustaba ser tomadas en cuenta.
Las primeras noches le dijeron algunas cosas al paso. Vulgares, pero sinceras. Se ofrecieron a hacerle compañía, a darle un poco de calor… la joven los ignoró y apretó el paso.
Eso los molestó. ¿Tan fea y con esos aires de princesa? ¿Quién se creía esa narigona orejas de duende? Tal vez necesitara una lección. Y la idea prendió en sus cabezas como hierba reseca.
La oportunidad llegó cuando uno de ellos, el más grande, moreno y con la cara picada por la viruela, consiguió un coche prestado. El otro, joven y gordo, le sugirió, entre broma y no, que podrían usarlo para dar un paseo con un six de cervezas y una mujer gratis.
Se miraron cómplices. Sabían dónde conseguir a la mujer.
Cerca de las dos de la mañana apareció la joven fea. Caminaba a toda prisa. El picado y el gordo se coordinaron tan bien que cualquiera habría dicho que tenían práctica. Se abrió la puerta del auto y desde el interior el picado tomó a la joven de la cabeza. Desde el exterior el gordo la empujó, y en pocos segundos la treparon al auto.
Los hombres esperaban que la muchacha gritara, así que ya tenían preparada una enorme navaja para asustarla un poco… o para lo que se ofreciera. El picado y el gordo reían divertidos. ¿No que no los iba a acompañar? Ahora era suya, y lo sería todo el tiempo que quisieran.
—Están cometiendo un error —advirtió la chica fea, con una tranquilidad fuera de lógica—. Déjenme ir ahora mismo.
Era una orden.
El gordo resopló y dijo:
—Te vas a ir cuando nosotros digamos y solo si quedamos contentos —envalentonado, desplegó la navaja. Y para que quedara claro quién daba las órdenes, con la otra mano la sujetó del cabello—. Más te vale que le bajes dos rayitas.
—No me entienden —dijo la chica fea, sin miedo, aunque parecía molesta—. No estoy sola. De noche nunca lo estoy.
—Estás con nosotros —dijo el picado al volante y le dio un trago a una cerveza—. Segurito nunca has estado tan acompañada. Te vas a divertir como nunca, carafea.
Barbotó una risa, divertido por su insulto poco original.
—Esto es peligroso para ustedes —advirtió de nuevo la joven, sin mosquearse—. No lo voy a repetir. Debo salir ahora mismo.
—¿O qué? —preguntó el gordo, desafiante, y le metió una mano vasta y rasposa debajo de la blusa, buscando su piel joven y tersa.
El picado volvió a reír.
—Carafea, carafea —canturreó.
Se distrajo un momento: lo que tardó en ver por el retrovisor y darle otro trago a la cerveza. Entonces frenó de golpe.
—Órale, ¿ya estás pedo o qué? —gritó el gordo. Se había dado un golpe contra el asiento.
—Iba a atropellar a un güey —intentó explicar el de la cara picada. Pero ahí delante, en plena madrugada, no había nadie en la calle.
—Neta, te lo juro. Estaba ahí —el picado miró el lugar desierto. Parecía nervioso—. Y le brillaban los ojos como focos rojos.
—¿Pues qué te metiste? Presta, ¿no? —dijo el gordo y rio.
Se oyó un chasquido metálico en el toldo, y sin que nadie lo esperara una barra de acero lo traspasó desde arriba. El gordo dio un salto hacia atrás, justo a tiempo para evitar que le rebanaran la cabeza.
—¡Está arriba del coche! —gritó el picado y vio a un hombre con pupilas brillantes como las de las bestias. Pisó el acelerador hasta el fondo.
La joven fea únicamente buscó de dónde sostenerse.
El coche se detuvo en medio del eje vial que separa la colonia Roma de la Buenos Aires. El vehículo frenó entre agónicos chirridos. El de la cara picada creía que con eso tumbaría al invasor, pero nadie cayó. Miró el espejo. Detrás del auto no había nadie. A esa hora la avenida estaba desierta y solo permanecía abierto el puesto de flores junto a la puerta del Panteón Francés.
—No entiendo —murmuró el picado—. Te juro que lo acabo de ver. Eso… ¿qué era?
—Eso es papá —explicó tranquila la joven—. Lo molestaron. Ahora va a ir por los demás.
—¿Los demás? —repitió el picado con una voz aguda. El gordo señaló a un costado del coche.
Ahí fuera había dos mujeres de una palidez espectral. Una parecía mayor, y la otra, más joven, aunque tenía una estatura absurda de casi dos metros. Llevaban vestidos muy raros, con sobrefaldas. Parecían de una época antigua. Pero lo más horripilante eran sus ojos brillantes en la penumbra y sus colmillos afilados.
El de la cara picada activó los seguros de las puertas y el gordo empuñó la navaja. De nada sirvió.
Volvió a aparecer el primer hombre. Ahora lo vieron mejor. Cargaba una especie de estaca de metal afilado e iba vestido de un negro que hacía contraste con su palidez enfermiza. Llevaba una melena desgreñada y era muy parecido a la joven fea.
Sin duda era su padre.
Solo que él lucía inmensos colmillos.
El ataque duró menos de un minuto. Las criaturas reventaron las bisagras de las puertas y tomaron en volandas al de la cara picada y al gordo, y con ellos a cuestas cruzaron la tapia del cementerio. Los arrastraron entre las tumbas y cipreses, entre el lodo y los charcos. Los hombres gritaban aterrorizados.
El coche quedó en medio de la calle, sin puertas. La navaja sobre el pavimento.
Cuando el picado y el gordo abrieron los ojos se dieron cuenta de que estaban en el interior de uno de los viejos mausoleos del cementerio. Olía a humedad, a salitre. Los seres extraños los rodeaban, incluida la chica, carafea.
—Lina, querida —dijo la que parecía una señora mayor—. ¿Qué quieres que hagamos con ellos?
—Les puedo cortar la cabeza en un instante —sugirió el hombre vestido de negro y empuñó su arma—. Acabo de afilar la estaqueta.
—Antes deberíamos beber de ellos —opinó la señora mayor.
El gordo y el picado comenzaron a temblar. La joven fea suspiró.
—Se los advertí… Pero no me escucharon.
—No nos hagan nada, ¡por favor, por favor! —chilló el gordo—. Era una broma, no te íbamos a hacer nada. Solo queríamos divertirnos sanamente. Les juro que…
—Basta de cháchara —gruñó la señora mayor—. No me gusta perder el tiempo con la comida. Yo pido primero, ¡tengo mucha sed!
—Madre, no seas impaciente —dijo el hombre de la melena desgreñada—. Lina, te estamos esperando. ¿Ya decidiste? ¿Qué les hacemos?
Todos miraron a la joven fea, que después de un profundo suspiro dijo:
—Déjenlos ir.
El gordo y el picado lanzaron una exclamación de alivio.
—Pero —la joven se acercó— recuerden esto: todas las noches, cuando salgan a la calle, podemos estar ahí.
Ambos palidecieron.
—Sí. ¡Gracias, gracias! —balbuceó el gordo buscando alguna salida—. ¡Jamás volveremos a hacer nada malo!
—Eso es mentira… —se oyó una voz grave que provenía del fondo del mausoleo.
Era la mujer alta. Su timbre de voz era muy extraño. Dio unos pasos y señaló al gordo y al de la cara picada.
—Cárcel es lo que veo —aseguró la extraña criatura—. Robo con agravantes, condena que se complica, falla hepática, renal, dental y, además, halitosis crónica.
—Querida, por favor —murmuró la dama mayor—. ¿Por qué siempre tienes que ser tan fatalista?
—Digo lo que veo —la mujer alta, o lo que fuera, se encogió de hombros, indiferente.
—Ya oyeron. ¡Largo de aquí! —gritó el pálido a los dos hombres. El picado y el gordo salieron a toda prisa. Unos minutos después estallaron risas macabras y casi al instante el mausoleo quedó vacío, como si las misteriosas criaturas se hubieran desvanecido. Los adolescentes tienen secretos. Pero Lina tenía demasiados.
Parecía fea e inofensiva, pero no lo era.
Rosalina Posada Martín era tan peligrosa que muchos la culpaban de haber provocado la peor de las guerras, una que estaba enfrentando una civilización oculta y peligrosa. Ella estaba convencida que todo había sido una horrible trampa, y ahora solo pensaba en recuperar lo perdido, en la venganza.
Ésta es su historia.
PRIMERA PARTE
Sueños, deseos y muchas pesadillas
CAPÍTULO I
UNA MALA NOCHE
Lina no podía dormir.
En realidad podía pero no quería. Al cerrar los ojos, casi siempre la esperaba una pesadilla. Todas eran espeluznantes, como esa visión de una pirámide de cráneos que chorreaban sangre o la del templo lleno de bancas donde se apilaban cadáveres de niños sin ojos. El problema había comenzado unas semanas atrás y las cosas se habían agravado en los últimos días, cuando comenzó a soñar de nuevo con Cerberus.
Estaba avergonzada de estos sueños, pero de algún modo sentía que se los merecía. La invadía la culpa: había desatado una guerra espantosa, había liberado a una de las criaturas más peligrosas del inframundo y le había entregado el arma más destructiva del tercer reino al hijo de Luna Negra. ¿Qué esperaba después de eso? ¿Soñar con dulces borreguitos?
Lina solía dormir en breves siestas repartidas durante el día para salir por la noche, pero después de una pesadilla en la que se ahogaba en un estanque lleno de cadáveres, decidió que antes de su salida nocturna era mejor leer que dormir. Se concentró en un libro que le prestó su padre: Vidas ejemplares, y no tanto, de los más famosos talismanes de los últimos mil años. Pero la biografía de Frebonia la Dulce resultó algo insulsa, así que a los pocos minutos Lina se durmió.
Al principio no sabía que se trataba de un sueño. Estaba en las calles de la Ciudad de México, en la calle peatonal de Génova, en la llamada Zona Rosa. Ese sitio le traía buenos recuerdos, porque ahí caminó la primera vez que llevó a Gis al mundo humano. Es cierto que ese barrio turístico llevaba muchos años en franca decadencia, pero a Lina le parecía romántico, a pesar de la mugre, los vendedores ambulantes, los bares de dudosa reputación, el olor grasoso de las cadenas de comida rápida… Y en ese momento notó algo antinatural: el silencio. Esa calle que parecía en ebullición día y noche ahora se asemejaba a un cementerio. Lo más extraño era que las personas estaban inmóviles. Vio a un anciano en una banca, a un vendedor en su puesto de hamburguesas, a una pareja de amigas tomando café en una terraza, todos como suspendidos. Lina se acercó a una de las chicas y con la punta del dedo le tocó un brazo. Sintió cómo se le hundía en una pasta blanda. Al retirar la mano dejó un orificio por el que brotó un chorro de tinta roja muy parecida a la sangre.
Con súbito terror Lina se dio cuenta de que todas las personas en la calle eran efigies de cera, y comenzaron a derretirse, mas no como lo haría una figura de cera sólida, sino como si abajo hubiera músculos, venas, arterias, huesos. La ropa y los zapatos se empapaban de cera caliente y miasmas pestilentes.
El viento le trajo un murmullo: “Lina…”.
¿Quién la llamaba? ¿Sería Gis? Lina no sabía qué pensar. Estaba tan confundida. ¿Qué ocurría? ¿Cómo había llegado hasta ahí?
“Te necesito, Lina.” Repitió la voz. Provenía del fondo, donde la calle descendía para convertirse en un lóbrego túnel que comunicaba con una plazuela circular donde estaban las entradas al metro.
El miedo de Lina se volvió pavor cuando notó que la calle se inclinó, con un movimiento de tierra, para obligarla a avanzar hacia el túnel. Los adoquines se salieron de su sitio, reventaron los cristales de los escaparates, las mesas y sillas se precipitaban calle abajo. Las figuras de cera se desplomaron en el asfalto ardiente para fundirse.
“Ven, ven… —decía la voz, suplicante—. No te haré daño.” Solo alguien peligroso haría una promesa semejante.
Fue imposible escapar a los escombros, a la calle que ahora tenía una posición casi vertical. Lina terminó en el túnel y llegó a la glorieta peatonal. No era como ella la recordaba: ahora parecía llevar decenios abandonada, estaba cubierta de matorrales secos y las vallas publicitarias se habían convertido en un amasijo de hierro oxidado. Su mente seguía luchando por encontrar una explicación lógica. Entonces vio cómo del cemento emergía un enorme árbol de corteza blanca y hojas de un rojo intenso. Era tan hermoso que Lina no pudo evitar acercarse. Tenía grabados símbolos rúnicos en el tronco y en las ramas. Oyó un latido: era el árbol.
La joven se puso tan nerviosa que comenzó a repasar mentalmente todos los tipos de árboles que conocía: junípero, ciprés, pino, ocote, acacia… No había visto ninguno como ese, de corteza tan delgada y suave como piel. Entonces sintió un roce leve. Algo subía por su pierna, una rama; otras más se deslizaron con delicadeza por su brazo, por el cuello, el rostro. Al tacto tenían una sensación suave, cariñosa. La recibían con amor.
“Te he extrañado —murmuró la voz—. ¿Por qué tuviste que morir?”
Lina perdió el aliento y se le durmieron los labios. Algo dulce y ácido se expandía bajo su lengua, como una bebida que le aletargaba los sentidos. Sintió una mezcla perfecta de fascinación y horror. Recordó dónde había experimentado algo similar… y con quién. Entonces la escena se trasmutó en horror puro. ¡No podía estar con Cerberus! ¡Eso era imposible! ¿Tenía acaso que repetir su error una y otra vez? Una luz se abrió paso en el fondo de su conciencia.
“Estoy soñando —se dijo con súbito alivio—. Todas estas imágenes vienen de mi inconsciente y de mi horrible sentimiento de culpa. ¡Despierta, despierta, por favor!”
Inmune a sus súplicas, el tronco del árbol se abrió con un crujido, y del fondo emergió una figura masculina, sin ropa, cubierta por miles de insectos rojos. Lina soltó un grito que terminó por romper la pared del sueño.
Lo primero que Lina vio fueron los números verdes del reloj digital. Eran las 11.20 de la noche, había dormido casi tres horas. Extendió una mano temblorosa y al encender la luz se dio cuenta de que había una mancha en Vidas ejemplares, y no tanto, de los más famosos talismanes de los últimos mil años. El retrato de Frebonia la Dulce estaba cubierto por gotas rojas. Lina se tocó el labio y sintió un pinchazo de dolor. Se había vuelto a abrir la herida que le hizo Cerberus cuando se alimentó de ella. ¡Al parecer nunca terminaría de cicatrizar!
Debía encontrar un poco de algodón para taponar la herida, se dirigió a su pequeño tocador, se topó con un cacharro de barro, era el vomitorium, que le regaló su primo nosferatu Osric como gesto de bienvenida a la familia subterránea. El trasto era horrible, pero Lina lo adoraba. ¡Era lo único que le quedaba de todas las grandes riquezas que alguna vez tuvo en el Mundo Umbrío! También tenía en una caja un billete de lotería con la imagen del llamado Ángel de la Independencia, que guardaba como recuerdo de su última cita romántica con Gis, el chico más guapo del mundo, que alguna vez fue su novio.
Lina sintió rabia. ¿Por qué no soñaba con el bello y dulce Gismundus? No, claro, su tonto inconsciente la machacaba con la culpa y con esos sueños terroríficos y… turbadores. Parecían variaciones de aquel día, el peor de su vida, cuando liberó a Cerberus del laberinto.
Volvió a mirar el reloj. Tenía que ver al resto de su parentela. ¿Llovería esa noche? Se asomó al ventanuco para hacerse una idea y se extrañó al ver la calle demasiado oscura. Las lámparas de la calle parecían fundidas. Al poner más atención se percató de que no lo estaban: el cristal de cada una estaba cubierto por miles de insectos rojos. Y esos no provenían de su inconsciente.
Lina dio un paso atrás. Eso no era posible. Sería una coincidencia. Tenía que encontrar una explicación. ¡Cómo odiaba esos sueños!

Cómo adoraba esos sueños. Eran acaso el mejor momento del día, el instante en que podía encontrar una gota de paz en el océano de muerte que era la vida diaria.
—Destinado, ¿está despierto? —preguntó una voz con suavidad—. Lo estamos esperando.
Cerberus se incorporó, abrió los ojos pero solo percibió una espesa neblina. A los pies de la cama vio la borrosa silueta de una nosferatu. Su voz era inconfundible, cálida como una copa de licor de sanguina. Era Titania Labios Sangrantes, la esposa de Carolus Fogg, jefe de la casta de los magos nigromantes.
Un par de criados nosferatus de larga túnica rosada se acercaron a la cama y abrieron las pesadas cortinas del dosel. Luego otros dos se acercaron, cada uno con un baúl de cuero negro. Se movían con rapidez y mansedumbre.
Estaban en uno de los vagones principales del Estix, el suntuoso tren del nigromante. Las paredes todavía lucían las bellas sederías negras, aunque quedaban pocos muebles de oro rojo. Los candiles de cristal tintinearon; se oyó el rumor sordo a lo lejos.
—La batalla comenzó hace rato —explicó Titania—. Su ejército necesita verlo.
Cerberus no dijo nada. Vestía solo una delgada bata púrpura. Su cuerpo, de un blanco espectral, era tan perfecto, musculoso y fibroso como la escultura de un espartano antiguo. Del lado del corazón se le veía el lunar rojizo, la marca que lo distinguía como talismán, y encima de la clavícula una almohadilla cubierta de símbolos taponaba su herida permanente. Cerberus parecía un poco ausente, como si alguna parte de él todavía estuviera en el reino de los sueños.
A una seña de la vampiresa de intensos labios rojos, los silenciosos criados abrieron los baúles y sacaron una exquisita armadura tejida con hilo de oro y con miles de amatistas engarzadas en el peto y las manoplas. Entre los cuatro criados cubrieron la desnudez de Cerberus y le colocaron con cuidado las piezas de su espléndida armadura.
—Sé que no quería que nadie interrumpiera su descanso —se disculpó la nosferatu—. Pero su madre me pidió…
—Deja que yo hable por mí misma —dijo una voz sibilante. Al instante, los criados se pusieron en cuclillas; alguno temblaba. Titania puso una rodilla en el suelo y bajó la cabeza. Acababa de entrar una vampiresa pálida y renqueante, de cráneo alargado, ojos amarillentos en ángulo imposible, el rostro cubierto de cicatrices, una tajada horrible que le desgarraba el cuello. Irradiaba una intensa aura oscura. Detrás de ella había dos depositantes, una horrible anciana con barba gris, llamada Pytia, vestida con la túnica naranja de los clarividentes, y al lado, el jefe de los hechiceros negros con túnica marrón. Parecía altivo y lucía largos dientes negros. Era Carolus Fogg. Luna Negra hizo una seña a los criados para que continuaran con su tarea.
—Dama Oscura —la recibió Titania con su hermosa voz—. El Destinado ya se está preparando…
—No puedes dormir antes de una batalla —le espetó Luna Negra al nosferatu.
—Madre, llevo días de asalto en asalto —murmuró Cerberus—. Estoy agotado
—¡Eres un dios! —la voz de Luna Negra se partió en duros filamentos—. ¡Los dioses no se agotan! ¡No puedes dormir cada vez que quieras! ¡Tuviste cien años para hacerlo!
A Cerberus le habría gustado decirle que no era sueño lo que tanto buscaba al ir a la cama, sino un recuerdo, pero guardó silencio, irritado.
Los criados terminaron de vestirlo. El joven umbrío lucía radiante, con su larga cabellera de un rubio casi blanco. Su belleza feroz resplandecía, terrorífica. Al verlo Luna Negra se veía a sí misma, cuando todavía era hermosa, antes de que fuera desfigurada, antes de su primera caída.
—Te entiendo, alma mía —la vampiresa se acercó y su voz se volvió casi cariñosa—. Sé que es duro, pero esto va a terminar pronto y todo será como debe ser. Vas a recuperar lo que nos quitaron. Esto es por tus ancestros asesinados, ¿entiendes?
El joven nosferatu asintió.
—Prepara a Abismo —pidió Luna Negra.
Cerberus extendió el brazo a la cama. La empuñadura de un arma emergió de entre las sábanas, para buscar la mano de su dueño. Las tres hojas se abrieron, desperezándose. Tenían costras de sangre seca en los filos. Los demás umbríos del vagón dieron un paso atrás, deslumbrados y temerosos del filo del arma más peligrosa del tercer reino.
—Su lengua de acero va a hartarse de sangre hoy —aseguró Luna Negra con una sonrisa—. En tus manos tienes el destino del nido de Karkaff. ¿Estás listo?
—Para ti siempre lo estoy —respondió Cerberus.
—Entonces besa a tu madre.
Cerberus se acercó y Luna Negra lo besó en los labios.
—Avisaré que el Destinado va al campo de batalla —dijo Carolus Fogg e hizo una seña a su mujer para salir.
Cerberus todavía no recuperaba la visión. Sus ojos seguían cubiertos de ese velo gris, pero al empuñar el arma sus sentidos se aguzaban: comenzó a oír voces fuera del tren, suspiros, corazones rebosantes de sangre; notó el olor del miedo de los pobladores y la acidez de la adrenalina de los soldados; la neblina dio paso a un juego de sombras, y podía distinguir la vida alrededor, como pequeñas flamas, tan débiles que un pequeño toque podía apagarlas. En compañía de su madre, el Destinado salió del Estix, el palacio ambulante que todavía guardaba algo de su esplendor y se movía con sus propias vías activadas con magia negra. Habían viajado hasta en una caverna. Alrededor del tren estaban formados un millar de soldados depositantes, sobre todo guerreras, las más feroces. Todos vestían los uniformes rojos en honor a Timur el Cíclope. Delante de la formación destacaba un nosferatu de intenso cabello rojo, uno de los más antiguos ayudantes de Luna Negra, y ahora jefe de la casta militar. Todos se postraron ante su joven líder, todo poder y belleza. La muerte era su consejera; la destrucción, su aliada. Cerberus dio un toque a la tierra con la empuñadura del arma y se elevó con suavidad hasta llegar encima del tren.
“El hijo de la Dama Oscura, el Destinado”, repetían a su alrededor.
—Con el Destinado, nada puede detenerlos—dijo Luna Negra a los soldados—. Cada disparo alcanzará su blanco, el fuego hallará su camino hasta saciarse, cada estaqueta encontrará su hogar en la carne del enemigo. Esta guerra es su victoria.
Mientras los soldados lanzaban vítores, Cerberus agradecía estar casi ciego. Así no podía ver que en el nido de Karkaff cientos, miles de vidas de umbríos llegarían a su fin ese día.
Con todo, tenía una imagen nítida en el fondo de su memoria. Muchas veces recurría a ella para darse ánimos. Era la visión de una humana que ya había muerto, pero cuya belleza seguía ahí, intacta en el recuerdo, para darle ánimos y surcar los ríos de sangre en los que transcurrían sus días. Era la visión de Lina Pozafría.

—No he conocido muchacha más floja que tú —dijo la tía Berta—. Ve qué hora es, y ni siquiera tienes el desayuno listo.
Lina corría de un lado a otro, exprimía las naranjas, supervisaba el tocino en la sartén, lavaba fruta y partía trozos de melón.
—Estaba planchando el uniforme de Bobby —explicó la joven—. No me dijo que tenía deportes. Y también tuve que hacer la maqueta que le dejaron en la escuela.
—¡Pretextos, como siempre! —bufó la tía Berta mientras daba un sorbo a su tercer café, pues los dos primeros no le habían gustado—. Para eso sí eres buena.
La tía Berta encendió el televisor de la cocina. En el noticiero matutino hablaban de un avión desaparecido en el océano Índico. Habían encontrado los restos de la nave pero ningún cadáver. No había rastro de los 370 pasajeros.
—¿Y revisaste tus pendientes de esta semana? —Berta miró el papel que estaba sujeto a un imán en el refrigerador.
—Sí, tía, pero esta vez me pareció demasiado.
—¿Barrer e ir a la tintorería es mucho para ti?
—Eso no. Pero en la lista dice que también pinte la casa, impermeabilice la azotea y cambie la tubería del lavabo. No sé cómo hacer eso.
—¿No que muy lista? —la diminuta tía sonrió—. ¡Investiga!
Después de su fracaso como ayudante en la peluquería, Lina se había convertido en la asistenta doméstica de la tía Berta.
—Lo sabes bien —recordó la mujer—, si quieres seguir en mi casa debes cooperar con trabajo. Aquí no voy a tolerar a limosneras con garrote.
—No soy limosnera —precisó la joven—. Mi padre te dio dinero para mis gastos, y era mucho.
La tía Berta lanzó un grito.
—Ya te dije que no menciones a ese demonio —se llevó la mano al pecho—. ¡Esa criatura infernal destruyó a mi querida hermana! De solo recordar su cara… Mira, ya estoy temblando.
“Pero bien que aceptaste su dinero”, pensó Lina, aunque no dijo nada. Se había cansado de discutir. Además tía Berta podía estar hasta media hora insultando a “ese horroroso monstruo”, como le llamaba a Ben.
Lina suspiró. Su paciencia estaba al límite. Llevaba apenas unos meses en esa casa, pero le parecían siglos. Le había rogado a Ben que la sacara de ahí; sin embargo, según él, aún debía esperar. ¿Hasta cuándo? Había tantas cosas que hacer ahora que había guerra.
—Mejor deja de decir incoherencias y busca a mi Bobby —ordenó la tía—. Se le va a hacer tarde.
Lina se secó las manos y salió a la habitación de su primo. Como no lo encontró, lo buscó en la sala y la terraza. Su primo ya no era un niño, sino un puberto de trece años, aunque mentalmente parecía atascado en los seis. Finalmente Lina lo encontró en el jardín.
—Tu mamá te está esperando.
Bobby le hizo una seña de que guardara silencio.
—¿Ya viste? —señaló el fondo del jardín—. Qué raro.
Sobre el muro había una parvada de cuervos lustrosos, inmóviles, de miradas desorbitadas y con el pico curvo cubierto de granulosidades grises. Había en ellos algo de salvaje y prehistórico.
Lina sintió un pinchazo de terror, pero hizo un esfuerzo por aparentar tranquilidad:
—Son simples pájaros. Yo no les veo nada raro.
Era una mentira tan grande como su nariz (y vaya que era grande). Para empezar esos animales no parecían normales. ¿Tendrían que ver con los escarabajos de la noche anterior? Lina sintió un estremecimiento y recordó que años atrás, cuando vivía en San Ysidro, California, comenzaron a suceder fenómenos extraños unos días antes de que asesinaran a su madre y su vida cambiara tan brutalmente.
Pero no podía volver a pasar. Eran simples coincidencias y ahí no había nada de paranormal.
Otra parvada de viejos cuervos aterrizó en el jardín. Graznaron y en apenas un par de minutos llegaron más aves, como si respondieran a un llamado. Ahora había un centenar.
—Entren a la casa, ¡ahora! —gritó tía Berta desde el rellano.
Lina y Bobby obedecieron. Berta abrazó a su hijo y comprobó que estuviera sano y salvo.
—Virgen santísima —la tía miró por la ventana.
Un ejército de cuervos cubría el pasto, los rosales, la banca y el árbol de granada del jardín. Berta miró con odio a su sobrina y le reprochó en voz baja:
—Sabes que odio esas cosas infernales. Rosalina, deja de hacer esto.
—Tía, yo no lo hago —afirmó la joven, aunque no estaba del todo segura.
—¡Estás asustando a mi Bobby! —insistió la tía.
—Yo no me asusto de nada —el niño no dejaba de mirar cómo los cuervos habían cubierto las macetas, como un manto negro—. Y ya sé que Lina es una bruja.
—Qué imaginación tienes, nene —Berta mostró una tensa sonrisa.
—Sí lo es —continuó el primo—. La otra noche vi que salió a hacer brujerías.
—Seguro estabas soñando, Bobby —dijo Lina de inmediato—. ¿Qué voy a hacer fuera en la noche?
—Brujerías —insistió el primo—. Te escapas todas las noches, y no creo que para ver a tu novio, pues ¿quién te va a querer así de fea? Mi mamá dice que no sales ni en rifa.
La tía Bety lanzó a su sobrina una mirada hostil. Los cuervos dejaron de graznar. Un fuerte ruido de alas estalló en el jardín y todos ellos salieron volando al mismo tiempo. Se formó una compacta nube negra que se perdió en el firmamento.
—Al menos no dejaron su porquería en mis macetas —dijo la tía con alivio.
La tía Berta envió a Bobby a desayunar y tomó del brazo a su sobrina.
—Rosalina —cuando usaba el nombre completo era porque la cosa iba en serio—, ¿me estás ocultando algo?
—Te juro que no, tía.
Lina mentía, claro. No le gustaba hacerlo, pero esta vez era preferible a decir la verdad. Si su tía se enteraba de sus escapadas nocturnas, lo más seguro es que la echara en la calle entre jicarazos de agua bendita.
La joven se recordó que debía ser más precavida. Aquella tarde, cuando su tía llegó del salón de belleza, le sirvió una ración de jerez más generosa para que pudiera conciliar un sueño más profundo, y para distraer a su primo le consiguió un videojuego de zombis (si Bobby supiera que ella conocía a bastantes redivivos de verdad). Mientras esperaba la hora de salir, Lina se sentó cerca de la ventana. Su tía le había prestado el sótano como habitación. A Lina no le molestaba en absoluto: estaba aislada y podía salir por ahí sin que nadie se diera cuenta. Ahora necesitaba concentrarse en no dormir. Para eso podía escuchar la radio, repasar algunas clases de la preparatoria abierta o ver por la ventana a la gente, a ese árbol que brotaba directamente del asfalto.
¿Qué hacía un árbol en medio de la calle?
Lo reconoció, era blanco y carnoso, de hojas rojas. La única explicación es que se había quedado dormida. Entonces la muchacha detectó que el tronco estaba totalmente abierto. Eso quería decir que su habitante estaba fuera.
Asustada, apagó la luz, cerró la ventana y corrió la cortina. No debía hacer ruido ni llamar la atención. Entonces vio que por el suelo avanzaba un pequeño insecto rojo, y supo que había alguien más en la habitación.
Las paredes del sótano se cubrieron con miles de escarabajos carroñeros, húmedos y llenos de tierra negra. Tapizaron la cama, el escritorio, el espejo, los libreros. Lina sintió que el corazón se salía del carril, y de reojo vio tras ella unos enormes pies blancos desnudos —parecían las garras de un animal, de un nosferatu, mejor dicho—; un tobillo tenía una antigua marca de una cadena. Antes de que pudiera reaccionar, una mano enorme y nervuda salió de la oscuridad y la tomó de la cintura.
La joven se recordó que no tenía por qué sentir miedo. Nada de eso estaba ocurriendo. Simplemente debía despertar.
“Si te hubieras quedado a mi lado —murmuró una voz profunda—, si me hubieras amado de verdad…”
Era justo como la recordaba, la intensa voz de Cerberus. “…estarías viva”, remató con pena.
Los insectos seguían cubriéndolo todo, una capa encima de otra. La habitación se desvanecía. Lina iba a desaparecer engullida por la oleada de insectos carroñeros. Sintió que algo caliente le resbalaba por el cuello: se había abierto la herida. Experimentó un dolor intenso, como el de un aguijón finísimo. Sin embargo, de alguna manera era agradable.
De la siseante cortina de insectos salió otra mano enorme dispuesta a rodear a Lina, a obligarla a girarse. La joven se resistió y en el forcejeo pudo liberarse. Cayó al suelo entre alaridos y se detuvo cuando notó que todo estaba en silencio. Levantó la cabeza. Todo parecía en calma: la luz encendida, el radio puesto en una estación de jazz. Había despertado.
Miró el reloj. Habían transcurrido apenas tres minutos.
La ventana seguía abierta; la noche, tranquila, pero solo un instante, porque un perro negro comenzó a aullar frente a la casa. De otras viviendas cercanas respondieron más perros y al poco tiempo se formó un coro estremecedor.
Desesperada, Lina trató de poner orden en sus pensamientos con una nota mental.
PESADILLAS
PROBLEMA:
Tengo sueños cada vez más extraños, inquietantes, pero a veces agradables (¿dije agradables? ¡Por Dios! ¿Qué me pasa? ¡Claro que no! Soñar con Cerberus es tan agradable como subirse a una montaña rusa sin cinturón de seguridad). Si sigo así se me va a freír el seso.
No puedo ir con un psicólogo, y dudo que esto sea producto de una simple indigestión. ¿Entonces? La próxima vez que vea a la abuela debo contarle de los sueños y de los cuervos, insectos y perros aulladores. Sé que estos sueños no son normales. Son señales de que algo horrible está por suceder.
¿Y si ya sucedió?
CAPÍTULO II
SI ME HUBIERAS AMADO DE VERDAD
El nido de Karkaff estaba parcialmente en ruinas. La lucha duró apenas un par de horas. Los habitantes habían resistido gracias al apoyo del ejército del Gran Concejo. Pero todo acabó cuando explotó de manera oportuna una red de conductos de gas que despedazó los cuarteles. Entre la desbandada y la huida de los soldados, los guerreros depositantes tomaron el control en el nido y lo primero que hicieron fue adueñarse del palacio de gobierno, una torre de piedra de granito. Ahí, en el salón de recepciones, ahora lleno de escombros, restos de mobiliario y equipaje abandonado, los depositantes de servicio, vestidos con túnicas rosas, montaron mesas para el tradicional banquete de la victoria.
La primera en llegar fue Luna Negra, acompañada de su corte, como la adivina Pytia, Carolus Fogg y otros magos nigromantes, así como soldados de alto rango y guerreras con uniformes rojos. Titania, que fungía como la asistente personal del Destinado, avisó que Cerberus tomaba un merecido descanso luego de la batalla, pero que no tardaría en unirse al evento. Cocineros y criados terminaron con los preparativos, aunque los ánimos se hundieron casi de inmediato.
Un mensajero llegó con la noticia de que el nido de Helhem, conquistado apenas seis días atrás luego de una sangrienta batalla, había sido recuperado por el ejército del Gran Concejo de Anub. Era la sexta vez que ocurría algo similar en los nidos dominados. El camino del triunfo de los depositantes ya no parecía tan contundente.
Al recibir la noticia Luna Negra canceló la celebración. Nadie probó las jarras de cerveza de plasma, las copas llenas de licor ni a los dos tibios que estaban presos en una jaula, destinados a ser el plato fuerte del festín. Todos estaban al pendiente de Luna Negra, que parecía arder de furia.
—Podemos recuperar Helhem —sugirió un nosferatu vestido con una lustrosa armadura cubierta de escarabajos de oro, el pelo como una hoguera. Se trataba del cruel Tirso el Rojo.
—¡No tenemos por qué repetir nuestros pasos! —los ojos de la vampiresa restallaron de furia—. Tenemos de nuestro lado la profecía de Timur el Cíclope, la estaqueta Abismo, los poderes de la necromancia y al Destinado, que es un talismán de guerra. No deberíamos sufrir ni una sola derrota. ¡Hemos planeado este ataque durante cien años y cien días! Los errores no deben existir.
—El sexto distrito ya está en nuestro poder —apuntó el Rojo—. En total, hay veintidós nidos que están bajo nuestras órdenes.
—Y hace unas semanas eran treinta y tres —recordó Luna Negra con su voz sibilante—. A este paso nunca controlaremos Anub, ¡el lugar donde asesinaron a mi familia! No podemos detenernos, por la memoria al clan sagrado de los Bromio. Si sometemos un nido debe ser para siempre.
—Es la maldición… —dijo una voz del otro lado de la mesa.
Todos miraron al nosferatu que se atrevió a interrumpir el discurso de Luna Negra. Era esquelético, sin pelo, los ojos inyectados de sangre y la piel amoratada con grietas. Se llamaba Siward Pozafría. Luego de que lo rescataran del manicomio de Erebus, se unió a los Timures, los guerreros depositantes.
Titania Labios Sangrantes, que era del mismo clan, le lanzó una mirada suplicante para que cerrara la boca y no los metiera en problemas. Pero todos sabían que Siward hacía lo que le daba la gana.
—Yo participé en la conquista Helhem y Niflem, nidos que luego volvimos a perder —explicó Siward, no sin cierta vergüenza—. Y entre los guerreros se dice que hay una maldición.
—¿Maldición? Son simples habladurías —aseguró Titania.
—Tonterías de borrachos —afirmó el Rojo—. ¡Siward siempre está hasta el cogote de cerveza de plasma!
—Solo bebo sangre cruda —respondió el nosferatu, ofendido.
—Basta. Quiero saber de la maldición —cortó Luna Negra. Todos guardaron silencio. Solo se oían los gritos de los humanos pidiendo clemencia desde su jaula. Nadie les hizo caso. Eran alimento que esperaba ser servido. Siward explicó:
—Las conquistas de Helhem y Niflem fueron como la de hoy. Todo salió bien mientras el Destinado estuvo en batalla: las armas dieron en el blanco, las estrategias de guerra funcionaron, las torres se derrumbaron en el ángulo que quisimos, todo parecía cuello chupado.
Rojo y Titania miraban a Siward como pidiéndole que guardara silencio, por su bien, por el de todos, pero el nosferatu continuó:
—Pero esa buena suerte se revirtió. Las tropas enfermaron de lepra de muerto, hubo accidentes, recibimos el contraataque del ejército del Gran Concejo y hasta las armas perdieron su filo —rechinó los dientes—. Ni siquiera el daño que hizo Abismo fue permanente: se cerraron las grietas y se agotaron los manantiales de magma —cuando notó la mirada acerada de Luna Negra, bajó la voz—. Creemos que alguien no está haciendo bien su parte.
—Y ese alguien soy yo —respondió una voz con tono helado.
En el acceso estaba Cerberus, su armadura todavía cubierta por costras de sangre seca y barro, restos de la batalla.
A excepción de Luna Negra, los presentes hicieron una genuflexión en señal de respeto.
—Destinado —saludó Siward e hizo un intento por matizar sus palabras—. Yo hablaba de un rumor, cosas de guerreros…
—Pero te referías a mí —Cerberus parecía más pálido por la rabia, avanzó y tomó un lugar en la mesa—. Dime si entendí: ustedes, bestias torpes, no son capaces de mantener los nidos bajo su dominio y me culpan a mí.
—Son demasiadas coincidencias… —murmuró Siward.
Eso terminó por desatar la furia de Cerberus.
—¿Quién te crees? ¡Cómo te atreves a contradecirme! —vociferó.
Con un movimiento volcó la mesa del banquete. Se desparramaron los toneles de cerveza de plasma, las bandejas con las empanadas de cuajo y las botellas de licor de sanguina recién abiertas. Se hizo un grave silencio. Todos miraron a Luna Negra esperando que detuviera a su hijo, pero permaneció inmóvil, atenta a la escena adónde conducía.
Cerberus gritó, desbordado de indignación:
—Doy lo que me piden: incendios, terremotos, peste. Abro caminos en roca sólida, derrumbo murallas de acero. ¿Y qué me dan a cambio? Injurias y un vagón tan pequeño como un armario. ¿Esa es la vida digna del Destinado a gobernar los cuatro reinos? —sus ojos cubiertos por veladuras parecían esforzarse para distinguir a los umbríos que intentaban evadirlo—. No me han cumplido ninguna promesa: no vivo en un palacio digno de mi jerarquía ni tengo como aliadas a las entidades del primer reino —la voz se le quebró en un matiz de amargura—. Y sigo tan ciego como el día que salí de Cimeria.
—Destinado, mis nigromantes y yo estamos trabajando en eso —aseguró el mago Carolus Fogg, envarado—. Conseguimos el Manual del portador y estudiamos otros mil grimorios y legajos de ciencias ocultas. Además, trabajan con nosotros otras castas, como la de los Fedros.
—Sin ningún resultado —gruñó Cerberus—. También ustedes pueden ser la maldición. ¿Por qué mi madre no manda decapitarlos y consigue mejores nigromantes?
—Su misión, Destinado, es grandiosa pero no sencilla —intervino Titania con su voz suave—. Y ni usted ni nosotros conocemos todavía el funcionamiento de Abismo. Es un arma muy compleja.
Cerberus la sacó de su funda adornada con tatuajes.
—¿La quieres explorar? Adelante —se la extendió.
Titania perdió el color de las mejillas y todos los presentes se alejaron, aterrados. La estaqueta desplegó las tres cuchillas, sedientas de sangre. Un solo toque bastaba para matar a cualquiera, excepto a su dueño. Cuando Cerberus depositó la base en el suelo el salón comenzó a vibrar, y la torre cercana se cubrió de grietas. Los tibios gritaron en su jaula. La única que permaneció en su sitio fue Luna Negra, que observaba con interés a su hijo.
—No me culpen a mí de sus derrotas —repitió Cerberus, y todas las vidrieras estallaron—. ¡No me exijan lo que ni ustedes dan! Estoy harto de ser el esclavo de los demás… ¿Pueden callar esos gritos?
Se refería a los humanos. Como la jaula estaba detrás de él, nadie se atrevió a acercarse. La estaqueta Abismo parecía estar a la espera de una víctima. Finalmente Luna Negra avanzó sin miedo hacia la jaula. Se oyeron unos alaridos terribles y rápidos chasquidos.
—¿Qué hiciste? —preguntó Cerberus.
—Atendí tu petición —la vampiresa guardó su propia estaqueta. En la jaula yacían dos cuerpos cortados por la mitad—. ¿No aprecias el silencio?
—Así no —la rabia de Cerberus pareció desmoronarse. Se veía agotado.
Luna Negra se acercó al nosferatu y le hizo una caricia en la cabeza. Le murmuró:
—Hijo. ¿Sabes qué creo? Que tu ejército tiene razón. Se ha desatado una maldición que frena nuestra guerra, y es por tu culpa —y añadió con frialdad—: Alma mía, no eres un líder digno.
Cerberus y todos los umbríos presentes parecían petrificados.
—Te guste o no, eres el responsable de las seis castas depositantes que honran a tus ancestros —continuó la nosferatu—. Eres responsable de cada detalle en esta guerra, de potenciar nuestras armas, cimentar las construcciones, hacer que el azar trabaje para nosotros. De nada sirve buscar grimorios para realizar actos de necromancia con Abismo ni llamar a las puertas del reino de los elementales o convocar tu cura si tú eres nuestro freno. Por tu culpa nuestras victorias no son definitivas.
—El arma me eligió —el umbrío parecía desconcertado—. Todo sucedió según el plan. Soy el sucesor que menciona Timur Bromio en sus profecías.
—Lo sé, alma mía, y nos darás el poder de los cuatro reinos. Ese es tu destino. Pero todavía eres débil —le tocó un brazo y el arma se retrajo—. La culpa no es toda tuya. Fuiste sometido tanto tiempo que necesitas fortalecerte. Debes aprender a amar la muerte por encima de la vida, a abandonar la piedad, a hacer de la guerra el aire que respiras. Necesitas conocer tantas cosas.
Luna Negra se inclinó para sumergir su mano en el charco de sangre que se había formado bajo la jaula de los humanos recién sacrificados. Se incorporó.
—Y yo, como tu madre, me voy a encargar de eso —Luna Negra puso los dedos ensangrentados en los labios de su hijo—. Serás fuerte y te convertirás en el merecedor del gran poder que te espera.
Cerberus dudó un poco, pero al final lamió la sangre de manos de su madre.

Con mano temblorosa Lina dejó la taza de café en el escritorio. Era el quinto. Sentía que el corazón redoblaba los latidos, pero eso era mejor que arriesgarse a dormir y caer en otra pesadilla. Cerca de medianoche vio que se detenía un camión de mudanzas en la acera de enfrente. En el costado se leía: Tres Castores. Desde el incidente con los tipos del cementerio su padre prefería ir por ella.
Lina descorrió el ventanuco y salió al pequeño jardín. Tuvo cuidado de no hacer ningún ruido y comprobó que no había luz en la ventana de la habitación de su tía (bendito jerez); en la de su primo resplandecía una pantalla: seguramente estaba matando zombis de videojuego.
Se acercó al camión de mudanzas y a toda prisa entró a la cabina. Lina casi gritó de la sorpresa.
Dentro del vehículo había otras tres criaturas. Cualquiera diría que parecían salidas de una pesadilla. Estaba un niño de unos doce años, pálido y ojeroso, con largos colmillos torcidos. A pesar de su extraño aspecto, se trataba del miedoso e inofensivo Osric, también llamado Sinfilo, por sus problemas dentales. En el asiento del conductor había dos nosferatus de ojos rojizos, larga nariz y piel cetrina. Uno de ellos iba vestido de monje; el otro, de ¿beisbolista? Tenían enormes colmillos amarillentos, estaban unidos por la cintura y compartían un mismo par de piernas.
Eran sus queridos tíos chupasangre: Moth y Puck. Lina llevaba tiempo sin verlos (solo intercambiaban cartas). Uno de ellos lanzó grandes exclamaciones.
—Puck, por favor, ¿puedes bajar un poco la voz? —pidió Moth—. Pareces murciélago con ataque de hidrofobia. Te recuerdo que estamos en una misión encubierta.
—Cierto, cierto. Discúlpame, Lina —Puck dejó de estrujar a la joven—. ¡Pero es que estoy muy emocionado de verte! ¡Estás más guapa que nunca! Aunque tal vez un poco delgada, si me lo preguntas. Te hace falta algo de carne en esos huesitos de ratón que te cargas.
—¿Vienen de Ubus? —preguntó la joven.
—Llegamos desde hace una hora —señaló Moth—. Trajimos suministros, y como tu padre estaba ocupado, nos ha tocado venir por ti.
—¡Y condujeron hasta acá! —dijo admirado Osric.
—No sabía que supieran manejar —exclamó Lina.
—Oh, no sabemos —reconoció Moth—, pero Osric nos dio las nociones básicas.
¡Osric! Lina sonrió. El pobre seguía sin entender para qué servían los semáforos. Según él, eran faros para atraer a los autos. Los siameses encendieron el motor y el camión de mudanza arrancó entre sacudidas. Conducían de manera espantosa y no se ponían de acuerdo con los pedales. Lina esperaba que no los detuviera una patrulla: ninguno tenía licencia (y tres de los cuatro tripulantes no eran humanos).
—¿Cómo están las cosas en Ubus? —preguntó Lina con cierto temor.
—Bueno, venimos de allá y hay buenas noticias —Moth sonrió.
—¿Al fin echaron a los depositantes? —preguntó la chica.
—¡Por mis colmillos! Ojalá, pero no es para tanto —suspiró Puck—. Sigue la lucha para controlar el nido, continúan los saqueos y buena parte está destruido.
—Es horrible —reconoció la chica.
—Bueno, es una guerra no una zarzuela —acotó Moth—. Ha habido asesinatos, batallas, traiciones, hambruna, fusilamientos, ríos de sangre y piojos que no veas.
—¡Pero están los Tres Verdes! —Osric lanzó un gritito de entusiasmo—. ¡Yo quiero ser como ellos!
—¿Quién? —preguntó Lina.
—Los Tres Verdes —repitió Puck—. La guerrilla en Ubus tomó un segundo aire gracias a tres hermanos umbríos que se volvieron los jefes de la resistencia.
—Verfagio, Vermigio y Vasafrito —explicó Osric, feliz de ser parte de la conversación—. Son del clan Aguahedionda.
—Con esos nombres ahora entiendo por qué se hacen llamar simplemente Verdes —acotó Puck.
—¡Cuidado al frente! —gritó Lina.
Un taxi estuvo a punto de chocar contra ellos. El chofer se había distraído al ver a los monstruosos conductores. Puck giró el volante, raspó un poco contra una barrera de contención, pero pudo evitar el impacto.
—Gran movida —observó Moth.
—Lo sé —respondió orgulloso Puck—. Ahora no me estrellé, como cuando íbamos por Lina. ¿En qué estábamos?
—En los Tres Verdes —recordó la joven.
—Sí, sí —retomó Puck—. Les llaman así por su tono de piel, pero también porque su familia lleva nueve generaciones comerciando con piedras preciosas, sobre todo esmeraldas…
—Puck —interrumpió Moth—, no es por criticar, pero vas en sentido contrario. O cuentas o manejas.
—Si no te gusta cómo manejo, hazlo tú —objetó Puck.
—¿Puedo hacerlo yo? —preguntó Osric.
—¡No! —gritaron Moth y Puck al mismo tiempo.
Cuando finalmente pudieron volver al carril correcto, Puck continuó:
—Hasta hace poco, los Tres Verdes eran unos señoritos sin provecho ni beneficio, una vergüenza para su clan. Entonces llegó la guerra, y con ella, una actividad para ocupar su tiempo libre y su dinero, ¿no es así Moth?
—Tienes la boca llena de razón y de mal aliento —asintió el aludido—. Los Tres Verdes tenían mucha experiencia organizando fiestas y saraos. Hablamos de siglos de vida disipada, en los que conocieron suficientes nosferatus para armar un ejército de resistencia. Como el Gran Concejo dejó de mandar refuerzos, ellos tomaron su lugar. Están gastando toda su fortuna en armamento, y ya liberaron varios barrios de los depositantes.
—Gracias a ellos hay esperanza en el nido —reconoció Puck, visiblemente emocionado.
—¡Alto! ¡Alto! —dijo Lina.
—Bueno, pequeña —Puck hizo un mohín—, si no te gusta cómo cuento las cosas, no tienes por qué…
—¡Alto! ¡El camión! —Lina señaló al frente. Estaban por estrellarse contra un camión repleto de gallinas.
Puck lanzó un grito. Osric gimoteó, el camión dio un giro violento, chirriaron las llantas entre humo y olor a chamusquina, estuvieron a punto de volcarse, pero milagrosamente consiguieron que el camión de mudanzas se mantuviera sobre las cuatro ruedas.
—Ya lo había visto —aseguró Puck—. Todo estaba calculado.
—¿Y por qué soltaste el volante? —preguntó Moth—. Si no lo tomo, ahora mismo habría varios no-muertos muy muertos por aquí.
—Pero estamos completos, es lo que importa —afirmó Puck.
—Sí, estamos bien. ¿Y la familia de Ubus? —Lina volvió al tema porque sabía que los hermanos podían discutir durante horas.
—El clan estaba a punto de salir del nido —aseguró Moth—. Pero no es tan fácil hacer una mudanza de un castillo de 1790 habitaciones. Solo Duncan tiene casi novecientos pares de zapatos.
¡Y dice que los necesita todos!
—Sobre todo las botas —aseguró Osric—. Le gustan porque le dan la estatura que necesita.
—Aunque esa no es la verdadera razón para que la familia siga en Ubus —continuó Puck—. Con la guerrilla de resistencia, el castillo de Cimeria se ha convertido en un lugar clave. Nuestro clan trabaja con los Tres Verdes, esconden armamento, almacenan alimentos y dan préstamos a familias que pierden todo a manos de los depositantes.
Lina sintió una súbita sensación de orgullo por su familia vampírica. Por desgracia era imposible visitarlos. Preguntó con timidez:
—¿Ellos saben que yo estoy…?
—¿Viva y coleando? —completó Puck—. ¡Oh, pequeña, claro que no! Ni ellos ni el resto del Mundo Umbrío conocen el secreto.
Y Moth agregó:
—Si tía Sangre se entera de que sigues con vida es capaz de subir a estrangularte con sus propias garras.
—No creo que lo haga tan rápido —opinó Puck—. Antes te quemaría poco a poco en leña verde hasta conseguir un dorado crujiente y doloroso. Temo que nunca te tuvo demasiado cariño.
Desde que la conoció, tía Sangre había sugerido que era mejor disecar a Lina y mantenerla como adorno en el salón de los jarrones del castillo, porque viva solo traería desgracias a la familia. Al final resultó que tenía razón.
—Para el inframundo tú estás más muerta que la moda de usar capa de terciopelo de cuello alto —prosiguió Moth—. Nadie sospechó de la falsa ejecución, ¡ni nosotros!
—Cuando creí que habías muerto lloré tanto que se me salieron la mitad de los sesos por los ojos —aseguró Osric—. Todavía no me recupero.
Nadie le dio importancia al comentario del pequeño. Osric lloraba por todo.
—Pero en el nido algunos sí están enterados de mi existencia, ¿o no? —preguntó Lina con voz temblorosa.
Sus tíos sabían de qué hablaba. La habían ayudado con una misión secreta.
—¿Gis sigue recibiendo mis mensajes? —Lina se mostró impaciente—. ¿Ha respondido algo?
Los siameses intercambiaron una de esas miradas extrañas (aunque todo en ellos era extraño).
—¡Vaya tráfico pesado! —dijo de pronto Puck mirando hacia los lados.
—Y con la prisa que tenemos —Moth chasqueó la lengua—. Tendré que poner música. ¿Alguien sabe dónde está el gramófono en este cacharro?
—¿Gis ha respondido a mis mensajes? —insistió Lina.
—¿Se
