Agatha Raisin y la quiche letal (Agatha Raisin 1)

M.C. Beaton

Fragmento

Capítulo 1

1

Agatha Raisin esperaba sentada a la mesa recién recogida de su despacho de South Molton Street, en el barrio londinense de Mayfair. Por los murmullos y el tintineo de vasos que llegaba de la oficina dedujo que sus empleados estaban listos para despedirla.

Era el día de su jubilación anticipada. Agatha había creado su propia agencia de relaciones públicas y trabajado duro todos estos años para hacerla prosperar. Había recorrido un largo camino y dejado muy atrás sus orígenes de clase obrera en Birmingham. Había sobrevivido a un matrimonio desgraciado, se había divorciado y lo había superado, con el espíritu maltrecho pero resuelta a salir adelante. Y todo ese esfuerzo había tenido un único fin: cumplir el sueño de vivir en un cottage en los Cotswolds.

Esta región del corazón de las Midlands quizá sea uno de los pocos paisajes hermosos creados por la mano del hombre: pueblos pintorescos, casas de dorada piedra caliza, jardines de ensueño, pastizales, senderos serpenteantes e iglesias centenarias. Agatha había visitado los Cotswolds de niña, durante unas cortas y mágicas vacaciones de verano. Sus padres habían salido de allí despotricando y lamentando no haber ido, como siempre, a uno de esos complejos turísticos de la cadena Butlins. Agatha, sin embargo, había encontrado en los Cotswolds todo lo que deseaba en la vida: belleza, tranquilidad y seguridad, y ya entonces se prometió a sí misma, aun siendo apenas una niña, que algún día viviría en una de aquellas preciosas casitas de campo, en un pueblo tranquilo, lejos del ruido y los malos olores de la ciudad.

En todos estos años en Londres Agatha nunca había vuelto a los Cotswolds, siempre quiso conservar su sueño intacto, hasta que hace muy poco por fin compró la casita de sus sueños. Era una lástima que el pueblo se llamara Carsely y no Chipping Campden o Aston Magna o Lower Slaughter o cualquier otro de aquellos enigmáticos topónimos de la zona, pensaba Agatha, pero la casa era perfecta, y el pueblo no aparecía en la ruta de las guías turísticas, así que se libraba de las tiendas de artesanía, los salones de té y los autocares de turistas a diario.

Agatha tenía cincuenta y tres años, pelo castaño, facciones cuadradas, complexión fornida, y un acento de Mayfair tan marcado como cabía esperar, salvo en los momentos de emoción o nervios, en que se le escapaba el viejo tono nasal del Birmingham de su juventud. A pesar de dedicarse a las relaciones públicas, un sector donde conviene tener cierto encanto, Agatha carecía de él por completo. Ella conseguía resultados siendo una especie de poli bueno y poli malo a la vez, alternando estrategias de acoso y engatusamiento en nombre de sus clientes, y los periodistas a menudo les daban cobertura sólo para quitársela de encima. También era una experta chantajista emocional, y cualquier insensato que aceptara uno de sus regalos o invitaciones a comer acababa sufriendo una persecución implacable y descarada hasta devolvérselo en especies.

Era popular entre sus empleados puesto que éstos conformaban un grupo pusilánime y frívolo, el tipo de gente que forja leyendas sobre cualquiera que les infunde miedo. La describían como «todo un carácter», y como todos los así descritos son expertos en opinar sin filtros, Agatha no tenía verdaderos amigos. Su vida social siempre había estado relacionada con el trabajo.

Agatha se levantó para unirse a la fiesta y la invadió una ligera sensación de vértigo, algo que nunca acostumbraba a pasarle. Ante ella se extendía una larga secuencia de días en blanco: sin obligaciones, sin ruido ni alboroto. ¿Sabría sobrellevarlo?

Se apartó la idea de la cabeza y cruzó el Rubicón para entrar en la sala de la oficina y despedirse.

—¡Aquí viene! —gritó Roy, uno de sus ayudantes—. Aggie, hemos preparado un ponche de champán muy especial. Una auténtica bomba.

Agatha aceptó un vaso de ponche. Su secretaria, Lulu, se le acercó y le dio un paquete envuelto en papel de regalo mientras los demás se arremolinaban a su alrededor con más regalos. Agatha tenía un nudo en la garganta y una vocecita repitiendo en su cabeza: «¿Qué has hecho? Pero ¿qué has hecho?» Un perfume, de Lulu; un par de braguitas con abertura en medio, de Roy, claro; un libro de jardinería, un jarrón, y así sucesivamente.

—¡Que hable! —gritó Roy.

—Gracias a todos —dijo Agatha con brusquedad—. No me voy a China, ¿sabéis? Podéis venir a visitarme. Vuestros nuevos jefes, Pedmans, se han comprometido a no cambiar nada, así que supongo que las cosas seguirán más o menos como siempre para vosotros. Gracias por los regalos. Los guardaré con cariño, excepto el tuyo, Roy. Dudo que a mi edad vaya a encontrarles alguna utilidad.

—Uno nunca sabe lo que le depara la suerte —dijo Roy—. A lo mejor algún granjero calenturiento te persigue entre la maleza.

Agatha bebió más ponche, comió sándwiches de salmón ahumado, y luego, cargada con los regalos, que Lulu le había metido en dos bolsas de la compra, bajó las escaleras de Raisin Comunicaciones por última vez.

En Bond Street, apartó de un codazo a un hombre de negocios delgado y nervioso que acababa de parar un taxi y le soltó con todo el descaro: «Yo lo he visto primero.»

Pidió al taxista que la llevara a Paddington Station.

Cogió el tren de las 15.30 h a Oxford y se dejó caer en el asiento del rincón de un vagón de primera clase. Todo estaba preparado y esperándola en los Cotswolds. Un interiorista había «remodelado» el cottage; su coche la esperaba en la estación de Moreton-in-Marsh para el corto trayecto hasta Carsely; una empresa de mudanzas había trasladado todas sus pertenencias desde su piso de Londres, que ya había vendido. Estaba libre. Podía relajarse. Ya no tenía que aguantar el temperamento de ninguna estrella del pop, ni lanzar al mercado ninguna pretenciosa marca de alta costura. Lo único que tenía que hacer a partir de ese momento era complacerse a sí misma.

Agatha se quedó adormilada y se despertó sobresaltada con el anuncio del jefe de tren: «¡Oxford, esto es Oxford! ¡Llegada a término!»

No era la primera vez que Agatha se preguntaba por el uso de la expresión «llegar a término» en los ferrocarriles. Como si el tren estuviera a punto de saltar por los aires. ¿Por qué no decían simplemente «última parada»? Miró la pantalla de horarios, una especie de televisor mugriento colgado en el andén 2 donde se leía que el tren a Charlbury, Kingham, Moreton-in-Marsh y todas las demás estaciones hasta Hereford ya estaba en el andén 3. Cargada con las bolsas, cruzó el paso elevado. El día era frío y gris. La euforia que le había producido verse liberada del trabajo y el ponche de Roy empezaban a evaporarse.

El tren salió lentamente de la estación. A un lado asomaban unas barcazas y al otro una serie interminable de parcelas descuidadas, seguidas de una lúgubre extensión de campos anegados por la lluvia. Agatha sintió una punzada de desilusión.

Esto es absurdo, pensó. Tengo lo que siempre he querido. Estoy cansada, nada más.

El tren se detuvo en algún punto de las afueras de Charlbury: se fue deslizando hasta pararse del todo y se quedó allí, tan tranquilo, como suelen hacer los ferrocarriles británicos de forma inexplicable. Los pasajeros seguían sentados con estoicismo, oyendo los gemidos del viento que azotaba cada vez más fuerte los campos desolados. ¿Por qué nos comportamos como un rebaño de ovejas?, se preguntó Agatha. ¿Por qué somos tan cobardes y conformistas los británicos? ¿Por qué nadie llama a gritos al revisor y le pide explicaciones? Otros, menos sumisos, no lo permitirían. Se planteó ir a buscar al revisor ella misma, pero entonces se acordó de que ya no tenía prisa por llegar a ninguna parte. Sacó el ejemplar de The Evening Standard que había comprado en la estación y se dispuso a leerlo.

Al cabo de veinte minutos, con un crujido, el tren cobró vida lentamente. Otros veinte minutos después de la parada de Charlbury, entró en la pequeña estación de Moreton-in-Marsh. Agatha se apeó. Su coche seguía donde lo había dejado. Se había pasado los últimos minutos del viaje sufriendo por si se lo habían robado.

Era día de mercado en Moreton-in-Marsh, y el ánimo de Agatha empezó a revivir mientras conducía despacio por delante de los puestos. Allí se vendía de todo, desde pescado hasta ropa interior. El mercado se celebraba los martes. Tenía que recordarlo. Su Saab nuevo dejó atrás Moreton ronroneando y luego pasó por Bourtonon-the-Hill. Ya casi estaba en casa. ¡En casa! Por fin.

Salió de la A-44 y emprendió el lento descenso hasta el pueblo de Carsely, enclavado en un pliegue de los montes Cotswolds.

Era un pueblo pequeño y muy bonito, incluso para los estándares de los Cotswolds. Había dos largas hileras de casas y tiendas de piedra dorada y cálida; algunas eran bajas y con techos de paja, otras más altas y con tejados de pizarra. Había un pub llamado Red Lion en una punta y una iglesia en la otra. Unas pocas calles se dispersaban desde la principal, donde las casas se inclinaban unas sobre otras como si buscaran apoyo en la vejez. Los jardines resplandecían con flores de cerezo, forsitias y narcisos. Había una mercería de las de antes, una oficina de correos-colmado, una carnicería y una tienda que no parecía vender más que flores secas y que casi nunca estaba abierta. En las afueras del pueblo y ocultas a la vista por una colina, se habían construido unas casas de protección oficial, y entre éstas y el pueblo estaban la comisaría, una escuela de primaria y la biblioteca.

La casa de Agatha se alzaba solitaria en uno de los extremos de las dispersas calles laterales. Parecía uno de esos cottages de los calendarios que tanto le gustaban de niña. Era baja, con tejado de paja —paja nueva, de los juncos de Norfolk—, ventanas batientes y piedra dorada de los Cotswolds. Tenía un pequeño jardín delante y otro largo y estrecho en la parte de atrás, pero, a diferencia de casi todos los vecinos de la zona, el anterior propietario no era aficionado a la jardinería, así que allí no había más que hierba y unos arbustos deprimentes, de esa especie tan resistente que crece en los parques públicos.

Dentro, un cubículo diminuto y oscuro hacía las veces de recibidor. El salón quedaba a la derecha, el comedor, a la izquierda. La cocina, al fondo, era grande y cuadrada, gracias a una reforma reciente. En la planta de arriba había dos dormitorios de techo bajo y un baño. Todas las estancias tenían vigas vistas.

Agatha había dado libertad al decorador de interiores. Todo había quedado como esperaba pero... Agatha se detuvo en la puerta del salón. Tresillo con fundas de lino Sanderson, mesita con sobre de cristal, parrilla de estilo medieval y herraduras en la chimenea, jarras de peltre y las típicas jarritas con forma de cabeza humana colgadas de las vigas, aperos en las paredes... Pero parecía un decorado. Entró en la cocina y encendió la calefacción central. La fabulosa empresa de mudanzas incluso le había guardado la ropa en el armario del dormitorio y le había colocado los libros en las estanterías, así que no tenía mucho que hacer. Inspeccionó el comedor. Mesa grande, con su reluciente superficie resistente al calor. Sillas victorianas, un cuadro eduardiano de un niño con levita en un jardín luminoso, un aparador con bandejas azules y blancas, otra chimenea eléctrica con un fuego de leños falsos y un carrito de bebidas. En la planta de arriba, los dormitorios eran pura Laura Ashley. Le daba la impresión de estar en la casa de otro, en el hogar de un desconocido sin personalidad, o en un cottage de vacaciones caro.

En fin, no tenía nada para cenar. Tras una vida de restaurantes y comida para llevar, Agatha había decidido aprender a cocinar, y ahí estaban todos sus nuevos libros de cocina en una resplandeciente hilera de un estante de la cocina.

Cogió el bolso y salió. Era hora de investigar las pocas tiendas del pueblo. Muchas, le había explicado el agente inmobiliario, habían cerrado y se habían transformado en exclusivas residencias. Los del pueblo echaban la culpa a los forasteros, pero el verdadero responsable del daño había sido el coche, pues ellos mismos preferían ir a comprar a los supermercados de Stratford o Evesham en lugar de hacerlo a un precio más alto en el pueblo. Aquí casi todo el mundo tenía algún tipo de vehículo.

A punto de llegar a la calle principal, Agatha se cruzó con un anciano. El hombre se tocó la gorra y le soltó un alegre «buenas tardes». Ya en la calle principal, todos los que pasaban la saludaban de un modo u otro, con un distraído «hola» o un «menudo tiempecito». Agatha volvía a sentirse animada. Después de Londres, donde no conocía ni a sus vecinos, esos gestos de amabilidad suponían un cambio muy agradable.

Tras echar un vistazo al escaparate de la carnicería, decidió que sus prácticas culinarias podían esperar unos días más, así que fue al colmado y compró un curri Vindaloo «muy picante» para el microondas y una lata de arroz. En la tienda también la recibieron con suma amabilidad. En la puerta había una caja con libros de segunda mano. Agatha siempre había leído libros «instructivos», la mayoría de no ficción, pero vio un ejemplar maltrecho de Lo que el viento se llevó y lo compró sin pensárselo un segundo.

Ya en casa, encontró junto a la chimenea un cesto de leña artificial, pequeños trozos circulares de serrín compactado. Amontonó unos cuantos en la parrilla, los prendió y en nada tuvo un fuego crepitando. Quitó el tapete de ganchillo que el decorador había colocado con monería sobre la pantalla del televisor, y lo encendió. Había una guerra, para variar, y le estaban dando la cobertura habitual; es decir, el presentador y el reportero mantenían una charla de lo más agradable: «Te paso la palabra, John. ¿Cuál es la situación ahora?», «Bueno, Peter...». Cuando apareció en pantalla el inevitable «experto» presente en el estudio, Agatha se preguntó por qué se tomaban la molestia de enviar a un reportero de guerra. Hacían lo mismo que en la guerra del Golfo, donde la mayor parte de la cobertura parecía consistir en un corresponsal delante de una palmera junto a algún hotel de Riad. Qué manera de malgastar el dinero. El periodista nunca tenía mucha información, y sin duda habría resultado más barato colocarlo delante de una palmera en un estudio de Londres.

Apagó la televisión y abrió Lo que el viento se llevó. Estaba deseando tragarse un poco de basura intelectual para celebrar su libertad, pero le sorprendió lo buena que era la novela, casi indecentemente legible, pensó Agatha, que hasta entonces sólo había leído el tipo de libros que se leen para impresionar a los demás. El fuego crepitaba, y Agatha leyó hasta que los gruñidos del estómago la llevaron a meter el curri en el microondas. Esto sí que era vida.

Transcurrió una semana, una semana en la que Agatha, con su ímpetu habitual, se había dedicado a visitar todos los lugares de interés de la zona. Había estado en el Castillo de Warwick, en el lugar de nacimiento de Shakespeare, en el Palacio de Blenheim, y había visitado numerosos pueblos de los Cotswolds, siempre bajo un cielo plomizo, con viento y lluvia constantes, y todas las tardes había vuelto a su silenciosa casa y había leído a Agatha Christie, su último descubrimiento y lo único que le ayudaba a pasar el resto de la velada. Había ido al pub, el Red Lion, un local de techo bajo, pintoresco y alegre, cuyo dueño era afable y animado, y los parroquianos habían hablado con ella como siempre, con esa peculiar amabilidad que nunca iba más allá. Agatha habría sobrellevado mejor una animosidad suspicaz que esa acogida despreocupada que, de algún modo, la mantenía a raya. Nunca había sido muy buena haciendo amigos, pero, como no tardó en descubrir, los forasteros tenían algo que repelía a los del pueblo. No es que los rechazaran; en apariencia, les daban la bienvenida. Pero Agatha sabía que su presencia no provocaba ni la más mínima onda en el calmado estanque de la vida del pueblo. Nadie la invitó a tomar el té. Nadie le hizo ninguna pregunta, ni mostró un atisbo de curiosidad por ella. El vicario ni siquiera se le había acercado. En una novela de Agatha Christie, ya habría recibido la visita del vicario, y la de algún coronel retirado y su esposa, claro. Todas las conversaciones parecían limitarse a «buenos días» y «buenas tardes» o a hablar del tiempo.

Por primera vez en su vida, supo lo que era la soledad y se asustó.

Las ventanas de la cocina, en la parte de atrás de la casa, tenían vistas a los montes Cotswolds, que se alzaban al cielo apartándola del bullicio de la vida social y las tiendas, como si fuera una desconcertada criatura extraterrestre enclaustrada bajo el tejado de paja de su casa, al margen del mundo exterior. La vocecita que había susurrado «Pero ¿qué he hecho?» se convirtió en un grito desesperado.

Y entonces se echó a reír. Londres estaba sólo a una hora y media en tren, no a miles de kilómetros. Se pasaría por la ciudad al día siguiente, visitaría a sus antiguos empleados, comería en el Caprice, y luego tal vez se daría una vuelta por las librerías en busca de más material legible. Se había perdido el día de mercado de Moreton, pero ya iría otra semana.

Para acompañar su estado de ánimo, el día amaneció primaveral, con un sol brillante. El cerezo del jardín trasero, la única concesión a la belleza que le había parecido oportuna al anterior dueño de la casa, alzaba sus ramas cargadas de flores a un cielo azul claro. Agatha tomó su desayuno habitual: una taza de café solo, instantáneo, y dos cigarrillos con filtro.

Con la sensación de estar de vacaciones, condujo cuesta arriba por la tortuosa colina que salía del pueblo y luego descendió atravesando Bourton-on-the-Hill en dirección a Moreton-in-Marsh.

Llegó a Paddington Station, en Londres, inhaló grandes bocanadas de aire contaminado y sintió que revivía. En el taxi que la llevaba a South Molton Street, se dio cuenta de que en realidad no tenía ninguna anécdota divertida que contar a sus antiguos empleados. «Nuestra Aggie será la reina del pueblo en un abrir y cerrar de ojos», había dicho Roy. ¿Cómo iba a explicarles que nadie en Carsely sabía de la existencia de la inigualable Agatha Raisin?

Se bajó del taxi en Oxford Street y recorrió South Molton Street preguntándose qué sentiría al leer «Pedmans» donde antes estaba su nombre.

Se detuvo a los pies de la escalera que llevaba a su antigua oficina, encima de la tienda de ropa París. No había ningún rótulo, donde antes se leía RAISIN COMUNICACIÓN sólo quedaba un recuadro limpio.

Subió las escaleras. El silencio era sepulcral. Tanteó la puerta. Estaba cerrada con llave. Desconcertada, volvió a la calle y miró hacia arriba. Y allí, ocupando todo el largo de una de las ventanas, había un gran cartel de EN VENTA escrito con enormes letras rojas, seguidas del nombre de una inmobiliaria de prestigio.

Con expresión sombría, cogió un taxi a la City, a Cheapside, a la sede de Pedmans, y pidió ver al señor Wilson, el gerente. La recepcionista, con aspecto de aburrida y las uñas más largas que Agatha había visto en su vida, levantó el teléfono con desgana y habló con el susodicho.

—El señor Wilson está ocupado —dijo vocalizando mucho, y cogió la revista femenina que estaba leyendo cuando Agatha había llegado y repasó su horóscopo.

Agatha le quitó la revista de las manos y se inclinó por encima de la mesa.

—Mueve ese culo esmirriado y dile a ese picapleitos que voy a entrar.

La recepcionista la miró a los ojos, llenos de rabia, chilló y subió corriendo las escaleras. Al cabo de pocos minutos, que Agatha pasó leyendo su horóscopo —«Hoy puede ser el día más importante de tu vida, pero cuidado con tu temperamento»—, la recepcionista volvió tambaleándose sobre sus tacones de aguja y le susurró:

—El señor Wilson la recibirá ahora. Si es tan amable de seguirme...

—Conozco el camino —le espetó Agatha.

Su figura baja y fornida subió las escaleras, mientras sus zapatos de prudente tacón bajo resonaban contra los peldaños.

El señor Wilson se levantó para saludarla. Era un hombre pequeño y pulcro, de pelo ralo, gafas de montura dorada, manos fofas y sonrisa empalagosa, que más bien parecía un médico de Harley Street y no el director de una empresa de relaciones públicas.

—¿Por qué ha puesto mi oficina en venta? —preguntó Agatha.

El señor Wilson se alisó la coronilla.

—Señora Raisin, ya no es su oficina; nos vendió el negocio.

—Pero usted me dio su palabra de que mantendría al personal.

—Y la hemos cumplido. La mayoría prefirió la indemnización por despido improcedente. No necesitamos una oficina más. Todo el trabajo lo realizamos desde aquí.

—Permítame que le diga que no puede hacer eso.

—Permítame que le diga, señora Raisin, que puedo hacer lo que me venga en gana. Usted nos vendió la empresa, hasta el último tornillo. Ahora, si no le importa, estoy muy ocupado.

Se encogió en su silla mientras Agatha Raisin lo mandaba a un desagradable destino, a voz en grito y de forma muy gráfica, antes de cerrar de un portazo.

Agatha se quedó plantada en Cheapside, a punto de llorar.

—Señora Raisin... ¿Aggie?

Se dio la vuelta. Ahí estaba Roy. En lugar de los vaqueros, la camisa psicodélica y los pendientes dorados habituales, vestía un traje sobrio.

—Voy a matar a ese cabrón de Wilson —dijo Agatha—. Acabo de mandarlo a la...

Roy dejó escapar un chillido y se apartó un poco.

—Pues si no eres la «chica del mes», no deberían verme hablando contigo, querida. Además, tú le vendiste el chiringuito.

—¿Dónde está Lulu?

—Aceptó la indemnización y está tostando su cuerpecillo en la Costa Brava.

—¿Y Jane?

—Trabaja de relaciones públicas para Friends Scotch. ¿Te lo puedes creer? Una alcohólica trabajando para una marca de whisky. En un año se habrá fundido los beneficios de la compañía por el gaznate.

Agatha preguntó por los demás. Sólo Roy trabajaba para Pedmans.

—Es por los Trendies —le explicó (la banda de pop era un antiguo cliente de Agatha)—. A Josh, el líder, siempre le he caído muy bien, ya lo sabes. Así que Pedmans tuvo que mantenerme en el puesto para conservar al grupo. ¿Te gusta mi nueva imagen? —dijo, y dio una vuelta sobre sí mismo.

—No —le dijo Agatha con aspereza—, no te pega. Bueno, ¿por qué no me haces una visita este fin de semana?

Roy pareció esquivo.

—Me encantaría, querida, pero tengo montones de cosas que hacer. Wilson es un negrero. Tengo que marcharme.

Entró apresuradamente en el edificio y la dejó sola en la acera.

Agatha intentó parar un taxi, pero todos iban ocupados. Se acercó a pie a Bank Station, pero el metro no funcionaba y le dijeron que había huelga de transporte.

—¿Y cómo voy a ir hasta la otra punta de la ciudad? —gruñó Agatha.

—Pruebe con uno de los barcos del río —le sugirieron—. Vaya al muelle del puente de Londres.

Agatha fue renqueando hasta el puente mientras su rabia daba paso a una deprimente sensación de pérdida. En el muelle se topó con una especie de Dunquerque de yuppies. Estaba atestado de mujeres y hombres jóvenes aferrados a sus maletines con cara de angustia, mientras una flotilla de embarcaciones de recreo los iba sacando de allí.

Se puso al final de la cola, que avanzaba lentamente por el muelle flotante, y ya estaba medio mareada cuando por fin pudo subir a bordo de una vieja barcaza de vapor que habían recuperado para la ocasión. El bar estaba abierto. Se hizo con un gin-tonic bien cargado, se encaminó a popa y se sentó al sol en una de esas pequeñas sillas afelpadas de salón de baile que tienen los barcos de recreo del Támesis.

La embarcación abandonó el muelle y se deslizó por el río bajo un sol de justicia. Agatha tenía la impresión de que iba dejando atrás todo aquello a lo que había renunciado: la vida y Londres. El barco pasó por debajo de los puentes, en paralelo a los atascos de Embankment, y llegó al muelle de Charing Cross, donde Agatha desembarcó. Ya no tenía ganas de comer ni de ir de compras ni de nada, sólo de volver a casa, lamerse las heridas y pensar en su futuro.

Caminó hasta Trafalgar Square, luego siguió por el Mall, pasó por delante de Buckingham Palace, subió por Constitution Hill y el paso subterráneo, llegó a Hyde Park por la puerta de Decimus Burton y la casa del duque de Wellington, y atravesó el parque hacia Bayswater y Paddington.

Hasta ese día, pensó, siempre había avanzado con paso firme, siempre había sabido lo que quería. Había destacado en la escuela, pero sus padres hicieron que la dejara a los quince años, porque podía conseguir un buen trabajo en la fábrica de galletas local. Por aquel entonces, Agatha era una jovencita blancucha, delgada y de ademanes delicados. La rudeza de las mujeres con las que trabajaba en la fábrica la ponía de los nervios y el alcoholismo de sus padres la repugnaba, así que empezó a hacer horas extra, y ese dinero de más lo metía en una cartilla de ahorros par

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos