La puerta de Abadón (The Expanse 3)

James S.A. Corey

Fragmento

Prólogo. Manéo

Prólogo

Manéo

Manéo Jung-Espinoza —Néo para sus amigos de la estación Ceres— se acurrucó en la cabina de la pequeña nave que había bautizado Et Quoi. Después de casi tres meses, quedaban unas cincuenta horas para que hiciera historia. La comida se le había terminado dos días antes. El único líquido que le quedaba para beber era medio litro de orina reciclada que había pasado por su cuerpo más veces de las que podía contar. Había apagado todos los instrumentos que se podían apagar. El reactor estaba desconectado. Aún tenía los monitores pasivos, pero ningún sensor activo. La única iluminación de la cabina venía de los salpicaderos de las pantallas de los terminales. La manta en la que se había envuelto, que tenía las puntas atadas para que no saliera flotando, ni siquiera estaba encendida. Los transmisores de radio y de mensajes láser estaban desconectados, y había desmontado el transpondedor incluso antes de pintar el nombre de la nave en el casco. No había flotado hasta ahí para que una señal accidental avisara a las flotillas de que iba de camino.

Cincuenta horas (menos a estas alturas), y lo único que tenía que hacer era pasar desapercibido. Y no chocar contra nada, aunque eso ya quedaba en as mãos de Deus.

Su prima Evita había sido quien lo había introducido en la sociedad clandestina de las hondas. Eso había sido hacía tres años, muy poco antes de que cumpliera los quince. Él estaba pasando el rato en el hueco de su familia mientras su madre trabajaba en la planta de tratamiento de aguas y su padre asistía a una reunión del grupo de mantenimiento de la red eléctrica que supervisaba. Néo se había quedado en casa tras saltarse las clases por cuarta vez aquel mes. Cuando el sistema le avisó de que había alguien en la puerta, pensó que sería alguien de seguridad de la escuela que había ido a buscarlo por hacer novillos. Pero era Evita.

Era dos años mayor que él e hija de la hermana de su madre. Una auténtica cinturiana. Ambos tenían la misma complexión flaca y alargada, pero ella pertenecía de verdad al lugar. Evita le había gustado desde la primera vez que la vio. Manéo había soñado con ella sin ropa. Se había imaginado lo que se sentiría al besarla. Y ahora la tenía delante y estaban solos en el hueco. El corazón le latía el triple de rápido antes de abrir la puerta.

Esá, unokabátya —dijo ella mientras sonreía y se encogía de hombros haciendo un gesto con las manos.

Hoy —respondió él, intentando parecer tranquilo y sosegado. Al igual que ella, había crecido en la enorme ciudad espacial que era la estación Ceres, pero el padre de Manéo era bajo y achaparrado, como correspondía a los terrícolas. El chico había crecido allí y tenía el mismo derecho a usar la jerga del Cinturón, pero en ella sonaba mucho más natural. Cuando él lo pronunciaba, era como si imitase a alguien.

—Unos coyos han empezado a reunirse en el puerto. Silvestari Campos ha vuelto —dijo Evita con la cadera inclinada, su boca esponjosa como una almohada y sus labios resplandecientes—. Mit?

Ou non? —respondió Manéo—. No tengo nada mejor que hacer.

Después se había dado cuenta de que Evita había ido a buscarlo porque Mila Sana, una marciana con cara de caballo y algo más joven, estaba colada por él y todos habían pensado que sería divertido ver cómo la chica fea del interior le tiraba los trastos al mestizo. Pero a él había terminado por darle igual. Iba a conocer a Silvestari Campos y ya había oído hablar de los lanzamientos de hondas.

La cosa era así: unos coyos conseguían una nave. Podía ser una que hubiesen rescatado. O quizás una construida. Y era probable que al menos alguna parte de ella fuera robada. No necesitaba tener mucho más que un motor de fusión, un asiento de colisión y aire y agua suficientes para terminar el viaje. Luego todo se basaba en calcular la trayectoria. Sin un Epstein, los motores de fusión quemaban bolas de combustible demasiado rápido como para que diera tiempo de llegar a cualquier parte. Al menos sin ayuda. El truco estaba en calcularlo todo para que el acelerón —y los mejores solo aceleraban una vez— colocara la nave en asistencia gravitatoria y consiguiera velocidad gracias a un planeta o una luna para luego llegar tan lejos como le permitiera ese empuje. Después había que encontrar la manera de regresar sin morir en el intento. Todo se monitorizaba en una red secreta con doble cifrado que era tan difícil de penetrar como los sistemas de los Loca Greiga o la Rama Dorada. De hecho, quizá la red estuviera controlada por ellos. Era algo muy ilegal, y había alguien jugándosela detrás. También era peligroso, y ahí estaba la gracia. Y cuando volvías después, todo el mundo te conocía. Podías pasearte en las fiestas de los almacenes y beber lo que quisieras y hablar con quien quisieras y cogerle la teta derecha a Evita Jung sin que ella te apartara la mano.

Y fue así como Néo, que hasta entonces no se había interesado mucho por nada, desarrolló una ambición.

—Lo que la gente tiene que tener en cuenta es que el Anillo no es mágico —dijo la marciana. Durante los meses anteriores, Néo había pasado mucho tiempo viendo canales de noticias sobre el Anillo y el que más le gustaba era el de ella. Era guapa. Le gustaba su acento. No era tan fornida como una terrícola, pero tampoco pertenecía al Cinturón. Era como él—. Aún no lo comprendemos y puede que tengan que pasar décadas. Pero durante los últimos dos años hemos realizado los avances más prometedores e interesantes en ciencia de materiales desde la invención de la rueda. En los próximos diez o quince años, empezaremos a ver aplicaciones de todo lo que hemos aprendido gracias a observar la protomolécula, y será...

—Fruto. Del. Árbol. Envenenado —dijo la coyo de piel cuarteada que la mujer tenía al lado—. No podemos olvidar que todo esto procede de un asesinato en masa. Los monstruos y criminales de Protogen y Mao-Kwik soltaron esa arma en una población llena de inocentes. Fue esa matanza la que dio lugar a todo esto, y usarlo en nuestro beneficio nos convierte a todos en cómplices.

La imagen pasó al moderador, quien sonrió y negó con la cabeza mientras miraba a la de la cara cuarteada.

—Rabina Kimble —dijo el moderador—, hemos estado en contacto con un artefacto que, sin lugar a dudas, es alienígena y se apoderó de la estación Eros, pasó algo más de un año preparándose en la indómita estufa de presión que es Venus y luego lanzó una enorme cantidad de estructuras complejas más allá de la órbita de Urano para construir un anillo de miles de kilómetros de diámetro. No puede estar sugiriendo que tenemos la responsabilidad ética de ignorar esos acontecimientos.

—Los experimentos de Himmler con la hipotermia en Dachau... —empezó a decir la coyo de cara cuarteada mientras agitaba un dedo.

Pero le tocó el turno de interrumpir a la marciana guapa.

—¿Podemos, por favor, dejar atrás 1940? —preguntó con una sonrisa que parecía decir: «Intento ser amable, pero cerrad la puta boca»—. Esto no tiene nada que ver con nazis del espacio. Estamos hablando del acontecimiento más importante de la historia de la humanidad. Protogen hizo algo terrible y ya ha recibido lo que merecía. Pero ahora tenemos que...

—¡No son nazis del espacio! —gritó la anciana coyo—. Los nazis no son del espacio. Están aquí mismo, entre nosotros. Son el reflejo de nuestra peor naturaleza. Aprovechándonos de estos descubrimientos, legitimamos la manera en la que se realizaron.

La guapa puso los ojos en blanco y miró al moderador como si buscara ayuda. El moderador se encogió de hombros, lo que hizo que la anciana se enfadara más.

—¡El Anillo nos incita a pecar! —gritó la coyo. Tenía manchitas blancas de saliva en las comisuras de los labios, y el editor de vídeo había decidido dejarlas visibles.

—No sabemos lo que es —dijo la guapa—. Dado que tenía que realizar su misión inicial en la Tierra primordial y con organismos unicelulares, y acabó en Venus usando unos sustratos muchísimo más complejos, es muy probable que no sirva para nada. Pero debo dejar claro que no tiene nada que ver con la tentación ni con el pecado.

—Estamos hablando de víctimas. ¡Esos «sustratos complejos» son los cuerpos mancillados de inocentes!

Néo bajó el volumen del canal y se dedicó a ver cómo gesticulaban durante un rato.

Le había llevado meses calcular la trayectoria de la Et Quoi y encontrar el momento justo en el que Júpiter, Europa y Saturno estuvieran en la posición correcta. Las posibilidades eran tan reducidas que se parecía a tirar un dardo a medio clic de distancia y darle en el ala a una mosca de la fruta. La clave era Europa. Néo tenía que pasar muy cerca de la luna joviana y luego por debajo del gigante gaseoso, tan cerca que casi tiraría de él. Luego saldría de nuevo en dirección a Saturno, aprovechando la velocidad orbital para conseguir más impulso y lanzarse a la nada, donde no podría volver a acelerar, pero iría a una velocidad que nadie sería capaz de imaginar de un pequeño saltarrocas reconvertido. Atravesaría millones de clics en el vacío para acertar en una diana del tamaño del ojete de un mosquito.

Néo imaginó la cara que se les iba a quedar a todos los tripulantes de las naves científicas y militares que había alrededor del Anillo cuando una pequeña nave sin transpondedor y que seguía una trayectoria balística apareciera de la nada y atravesara el Anillo a ciento cincuenta mil kilómetros por hora. Después de hacerlo, tendría que reaccionar rápido. No le quedaría combustible suficiente para desacelerar del todo, pero sí para reducir la velocidad lo suficiente como para que pudieran enviarle una nave de rescate.

Pasaría algo de tiempo en la trena, eso lo tenía claro. Quizá dos años, si los magistrados se ponían en plan tocapelotas. Pero merecía la pena. Solo por los mensajes de la red secreta en la que sus amigos seguían la pista al acontecimiento con frases como: «No jodas, le va a salir bien», ya había merecido la pena. Iba a pasar a la historia. Dentro de cien años, la gente aún recordaría el mayor lanzamiento con efecto honda que se había realizado. Había tardado meses en construir la Et Quoi, más tiempo que el que había pasado volando, y luego pasaría más tiempo aún en prisión. Pero merecía la pena. Iba a quedar inmortalizado.

Veinte horas.

El mayor peligro lo constituía la flotilla que rodeaba el Anillo. Meses antes, la Tierra y Marte se habían dado tantos palos que sus armadas habían quedado reducidas a dos ancianos decrépitos, pero gran parte de los efectivos que les quedaban se habían apostado alrededor del Anillo. Ahí o en algún lugar de los planetas interiores, pero esos a Néo no le importaban. Habría unas veinte o treinta naves militares grandes vigilando mientras todas las naves científicas del sistema observaban, escuchaban y flotaban tranquilas a pocos miles de clics del Anillo. Con todo el músculo del ejército alrededor para que nadie les hiciera nada. Y todos asustados. A pesar de todo el metal y la cerámica que había arracimados en aquella pequeña región del espacio y de los relativamente pocos miles de clics que los separaban de la cara interna del Anillo, las probabilidades de chocarse contra algo eran triviales. Había mucha más nada que cosas. Y si golpeaba una nave de la flotilla, no iba a sobrevivir y no tendría que preocuparse, así que se encomendó a la virgen y empezó a preparar la cámara de alta velocidad. Cuando pasara, sería tan rápido que ni siquiera sabría si había dado en el blanco hasta que analizara los datos. Y se estaba asegurando de que todo quedara registrado. Volvió a encender los transmisores.

Hoy —dijo a la cámara—. Me llamo Néo. Néo a secas. Capitán y tripulación de la majestuosa nave de carreras cinturiana Et Quoi. Mielista me. Quedan seis horas para el mayor acontecimiento desde que Dios creó al hombre. Eu dedico a minha mãe, la maravillosa Sophia Brun y también a Jesucristo, nuestro Señor y Salvador. No perdáis detalle. Un parpadeo y habrá pasado. Tu es prêt?

Reprodujo el archivo. Tenía un aspecto de mierda. Seguro que le quedaba algo de tiempo. Al menos para afeitarse la barba rala y hacerse una coleta en el pelo. Le habría gustado haber seguido con su rutina de ejercicios para no tener los hombros tan caídos, pero ya era tarde. No obstante, podía trastear con el ángulo de cámara. Iba en trayectoria balística. No tenía que preocuparse por la gravedad de los propulsores.

Probó desde otros dos ángulos hasta que su vanidad quedó satisfecha y luego pasó a las cámaras exteriores. La presentación duraba poco más de diez segundos. Empezaría la retransmisión cuando quedaran veinte segundos y luego pasaría a las cámaras exteriores. A más de mil fotogramas por segundo y, aun así, era posible que las imágenes no llegaran a captar el Anillo. Tenía que confiar en que saldría bien. Ya no podía hacerse con una cámara mejor, si es que existía siquiera.

Bebió lo que le quedaba de agua y deseó haber cogido más comida. Un tubo de refresco de proteínas le habría venido genial. Ya quedaba menos. Acabaría en un calabozo terrícola o marciano con un baño decente, agua potable y comida para presos. Casi lo estaba deseando.

La batería de comunicaciones se activó y Néo oyó el graznido que avisaba de un mensaje láser. Aceptó la conexión. Tenía el cifrado propio de la red secreta y se había enviado en el momento exacto para que le llegara justo entonces. Había alguien además de él a quien también le gustaba fardar.

Evita seguía siendo guapa, pero tenía más aspecto de mujer que cuando él había empezado a ahorrar dinero y rescatar partes de naves para construir la Et Quoi. Cinco años más y se convertiría en una del montón. No obstante, aún le gustaba.

Esá, unokabátya —dijo ella—. Ojos del mundo. Augen de chacun. También los míos.

Sonrió y, por un instante, Manéo pensó que se iba a levantar la camisa. Para desearle buena suerte. El mensaje terminó.

Dos horas.

—Repito. Fragata marciana Lucien a la nave no identificada que se acerca al Anillo. Responda de inmediato o abriremos fuego.

Tres minutos. Lo habían visto con demasiada antelación. El Anillo aún estaba a tres minutos de distancia y se suponía que no tenían que verlo hasta que quedara menos de uno.

Néo carraspeó.

—Tranquilos. Bien? Tranquilos. Aquí la Et Quoi, nave de carreras procedente de la estación Ceres.

—Su transpondedor no está encendido, Et Quoi.

—Vaya, me habéis pillado. Puede que necesite ayuda.

—Su radio funciona bien, pero no hemos detectado la emisión de la baliza de emergencia.

—No hay emergencia —dijo él, arrastrando las sílabas para estirar al máximo los segundos. Tenía que darles conversación—. Estoy en trayectoria balística. Podría encender el reactor, pero me llevará unos minutos. ¿Podríais venir a echarme una mano?

—Se encuentra en una zona restringida, Et Quoi —dijo el marciano, y Néo notó cómo se le esbozaba una sonrisa en el rostro.

—No voy a hacer nada —dijo—. No voy a hacer nada. Me rindo. Solo tengo que reducir un poco la velocidad. Encendiendo motores en unos segundos, tranquis.

—Tiene diez segundos para cambiar de trayectoria y apartarse del Anillo o abriremos fuego.

El miedo era sinónimo de victoria. Lo iba a conseguir. Iba de camino al Anillo y había hecho que se cagaran de miedo. Un minuto. Empezó a calentar el reactor. Llegados a ese punto, ya no tenía ni que mentir. Activó la secuencia de inicio de todos los sensores.

—No disparen —dijo mientras gesticulaba una paja con la mano—. Por favor, señor, no me disparen. Estoy frenando lo más rápido que puedo.

—Le quedan cinco segundos, Et Quoi.

Le quedaban treinta segundos. El sistema de identificación amigo-enemigo de la nave se activó tan pronto como se encendió el resto de los sistemas. La Lucien iba a pasar muy cerca. Quizás a unos setecientos clics. Por eso lo habían visto. A una distancia así, la Et Quoi tenía que haberle iluminado los sistemas de amenaza como un árbol de Navidad. Había tenido mala suerte.

—Pueden disparar si es lo que quieren, pero estoy frenando lo más rápido que puedo —repitió.

Sonaron las alarmas. Aparecieron dos nuevos puntos en la pantalla. La Fils de Pute había lanzado torpedos.

Quince segundos. Iba a conseguirlo. Empezó a retransmitir con la cámara exterior.

El Anillo estaba ahí fuera, en alguna parte, y su diámetro de miles de kilómetros seguía siendo demasiado pequeño y oscuro como para distinguirlo a simple vista. Solo se veía una inmensa extensión de estrellas.

—¡No disparen! —gritó a la fragata marciana—. ¡No disparen!

Tres segundos. Los torpedos se acercaban cada vez más.

Un segundo.

En un parpadeo, todas las estrellas desaparecieron.

Néo tocó el monitor. Nada, no había señal alguna de amigo o enemigo. La fragata había desaparecido. Los torpedos habían desaparecido. Nada.

—Vaya —dijo a la nada y a nadie en particular—. Eso ha sido raro.

Algo brilló azul en el monitor y Néo se acercó a él, como si unos centímetros más de proximidad a la pantalla fuesen a hacer que todo cobrara sentido.

Los sensores que activaron la alerta por alta gravedad tardaron cinco centésimas de segundo en responder. La alarma, integrada en los sistemas de la nave, tardó otras tres centésimas en reaccionar y activar el led rojo y la bocina de emergencia. El pequeño aviso de la consola que advirtió de una desaceleración de 99 g tardó medio segundo en accionar los diodos luminosos. Pero para entonces Néo ya era poco más que una mancha roja en el interior de la cabina; la desaceleración de la nave lo había empotrado contra la pantalla y el mamparo que había detrás en menos tiempo del que las sinapsis tardan en enviar la información. Durante cinco largos segundos, la nave crujió y se tensó, no deteniéndose por sí sola, sino siendo detenida.

En aquella inabarcable oscuridad, la cámara de alta velocidad exterior siguió emitiendo y enviando miles de fotogramas por segundo de nada.

Y luego, de algo.

1. Holden

1

Holden

Cuando era niño y vivía en la Tierra bajo la inmensidad del cielo azul, una de sus madres había pasado tres años con unas migrañas incontrolables. Verla pálida y sudando a causa del dolor había sido muy duro, pero los síntomas previos a eso habían sido casi peores. Podía estar limpiando la casa o trabajando en contratos para su bufete cuando su mano izquierda empezaba a contraerse y se cerraba hasta dar la impresión de que las venas y los tendones chirriaban por la tensión. Luego los ojos dejaban de enfocar y las pupilas se le dilataban hasta que sus iris azules se volvían negros del todo. Era como ver a alguien sufrir convulsiones, y cada vez que ocurría Holden pensaba que esa vez sí que iba a morir.

Holden tenía seis años y nunca dijo a ninguno de sus padres lo nervioso que lo ponían las migrañas ni lo mucho que las temía, incluso cuando todo parecía ir bien. El miedo se había convertido en algo familiar. En algo que siempre esperaba. Aquello debería haberlo acostumbrado a sentir terror y quizá lo hiciera, pero lo que tenía en su lugar era la sensación de estar atrapado. El ataque podía llegar en cualquier momento y no tenía forma de evitarlo.

Lo envenenaba todo, aunque fuera solo un poco.

Era como sentirse perseguido.

—La casa siempre gana —gritó Holden.

Él y la tripulación (Alex, Amos y Naomi) estaban sentados a una mesa privada de la sala vip del hotel más caro de Ceres. Incluso allí, los tintineos, silbidos y voces digitalizados de las máquinas tragaperras se oían tan altos que ahogaban cualquier conversación relajada. Las pocas frecuencias que no se veían afectadas por el ruido estaban invadidas con esmero por el repiqueteo agudo de las máquinas de pachinko y el grave retumbar de la banda que tocaba en uno de los tres escenarios del casino. Todo aquello conformaba una barrera de sonido que hacía que a Holden le vibraran las tripas y le zumbaran los oídos.

—¿Qué? —le gritó Amos como respuesta.

—¡Que al final la casa siempre gana!

Amos miró la enorme pila de fichas que tenía delante. Alex y él se dedicaban a contarlas y dividírselas para preparar su próxima incursión a las mesas de juego. De un vistazo, Holden dedujo que habían ganado unos quince mil neoyenes de Ceres en la última hora. Era una pila impresionante. Si se retiraran ahora, sacarían una buena pasta. Pero claro, no iban a hacerlo.

—Venga —dijo Amos—. ¿Qué pasa?

Holden rio y se encogió de hombros.

—Nada.

Si su tripulación quería perder unos miles en las mesas de blackjack para desahogarse, ¿quién era él para interferir? En realidad, era una minucia comparado con la paga que iban a recibir por su contrato más reciente, y ese tan solo era uno de los tres que habían completado en los últimos cuatro meses. Iba a ser un año muy bueno.

Holden había cometido muchos errores durante los últimos tres años. Pero la decisión de dejar su trabajo como recadero de la APE y convertirse en autónomo no había sido uno de ellos. En los meses posteriores a empezar a trabajar como mensajero y escolta independiente, la Rocinante había conseguido siete trabajos, y todos habían sido muy rentables. Habían gastado todo el dinero volviendo a equipar la nave de proa a popa. La pobre había pasado unos años un tanto duros y necesitaba un poco de amor.

Después de hacerlo, conservaban tanto dinero en la cuenta general que no sabían qué hacer con él, por lo que Holden había pedido a la tripulación que hicieran una lista de deseos. Naomi había pedido quitar un mamparo para unir dos camarotes. Ahora tenían una cama para dos personas y espacio de sobra para caminar. Alex había hecho hincapié en la dificultad de comprar nuevos torpedos de clase militar para la nave, y había pedido que montaran un cañón de riel en la quilla de la Roci. Así tendrían más potencia que con los cañones de defensa en punta y solo necesitarían proyectiles de wolframio de un kilo como munición. Amos había gastado treinta de los grandes durante una parada en Calisto para comprar piezas de segunda mano y mejorar el motor. Cuando Holden le indicó que la Roci ya era capaz de acelerar a una velocidad suficiente para matar a la tripulación y preguntó que para qué necesitaban mejorarla, Amos había respondido: «Porque esto es mierda de la buena», así que Holden se había limitado a asentir, sonreír y pagar la factura.

Incluso después de aquel arrebato inicial de capitalismo descontrolado, les había quedado dinero suficiente para asignarse sueldos cinco veces superiores a los que tenían en la Canterbury y hacerse con reservas de agua, aire y bolas de combustible para al menos una década.

Era probable que fuera algo temporal. También llegarían las vacas flacas, momentos en los que no conseguirían ningún trabajo y tendrían que ahorrar para salir adelante. Pero aún no les había ocurrido.

Amos y Alex habían terminado de contar las fichas y gritaban a Naomi los trucos para jugar al blackjack y así convencerla de que fuera con ellos a las mesas. Holden hizo un gesto al camarero, que se acercó a toda velocidad para apuntar la comanda. En la sala vip no se pedía desde las pantallas de las mesas.

—¿Tienes algún whisky que se destile de granos de verdad? —preguntó Holden.

—Tenemos muchos destilados de Ganímedes —dijo el camarero. Había aprendido el truco de hacerse oír por encima del escándalo sin esfuerzo. Sonrió a Holden—. Pero para el refinado caballero terrícola también tenemos apartadas unas pocas botellas de Lagavulin de dieciséis años.

—¿Eso es whisky escocés de Escocia de verdad?

—De la isla de Islay, para ser exactos —respondió el camarero—. Cuesta mil doscientos la botella.

—Ponme ese.

—Sí, señor. Y cuatro vasos. —El camarero inclinó la cabeza y se dirigió al bar.

—Vamos a ir a jugar al blackjack —dijo Naomi entre risas. Amos separó un montón de fichas de su alijo y se las pasó a Naomi por encima de la mesa—. ¿Quieres venir?

La banda de la sala contigua dejó de tocar y el ruido de fondo volvió a un nivel casi tolerable, hasta que a los pocos segundos empezó a sonar una música enlatada por el sistema de altavoces del casino.

—Chicos, esperad un poco —pidió Holden—. He comprado una botella de algo muy bueno y me gustaría hacer un brindis antes de separarnos esta noche.

Amos esperó impaciente hasta que llegó la botella y luego se quedó varios segundos embobado con la etiqueta.

—Venga, vale. Ha merecido la pena esperar.

Holden sirvió un chupito para cada uno y luego levantó su vaso.

—Por la mejor nave y tripulación con las que nadie ha tenido jamás el honor de servir. Y por que nos paguen.

—¡Por que nos paguen! —repitió Amos, y luego los chupitos desaparecieron.

—Joder, capi —dijo Alex. Levantó la botella para mirarla—. ¿Podemos llevarnos un poco de esto a la Roci? Puedes comprarlo con mi sueldo.

—Lo mismo digo —afirmó Naomi. Luego cogió la botella y sirvió cuatro chupitos más.

Olvidaron por unos minutos las pilas de fichas y el atractivo de las mesas de cartas. Era lo único que Holden pretendía, que se quedaran juntos un rato más. En el resto de las naves en las que había servido, llegar a puerto era una oportunidad para olvidarte unos días de las mismas caras de siempre. Pero ya no. No con esta tripulación. Reprimió la necesidad de soltar un sensiblero «¡Os quiero, chicos!» mediante otro chupito de whisky.

—Uno más y nos vamos —dijo Amos mientras cogía la botella.

—Voy al baño —respondió Holden al tiempo que se levantaba. Se dirigió al baño tambaleándose un poco más de lo que esperaba. El whisky le había subido rápido.

Los baños de la sala vip eran un lujo. No había una hilera de orinales y lavamanos. En lugar de eso había media docena de puertas que daban a unas instalaciones individuales que tenían sus propios retretes y lavabos. Holden atravesó una y la cerró detrás de él. El ruido casi cesó del todo al cerrarla. Era un poco como quedar aislado del mundo. Seguro que lo habían diseñado pensando en ello. Le gustaba que quienquiera que diseñara el casino hubiera pensado en darle un lugar con cierta calma. Tampoco le habría sorprendido ver una tragaperras junto al lavabo.

Puso una mano en la pared para mantener el equilibrio mientras hacía sus cosas. Estaba a medio hacer cuando la estancia se iluminó durante un instante y el mango de cromo de la cisterna se iluminó con un leve resplandor azulado. Sintió que el miedo le atenazaba las entrañas.

Otra vez.

—Pero por Dios —dijo Holden, haciendo una pausa para terminar y subirse la cremallera—. Miller, será mejor que no estés ahí cuando me dé la vuelta.

Se dio la vuelta.

Miller estaba ahí.

—Hola —saludó el muerto.

—«Tenemos que hablar» —terminó Holden por él, y se dirigió al lavabo para lavarse las manos. Una pequeña luciérnaga azul lo siguió y se posó junto al grifo. Holden la aplastó con la palma de la mano, pero cuando la levantó no había nada.

En el espejo, el reflejo de Miller se encogió de hombros con un gesto de las manos. Se movía con una tosquedad muy desagradable, como un mecanismo de relojería. Era humano e inhumano al mismo tiempo.

—Todos estamos aquí a la vez —dijo el muerto—. No quiero hablar de lo que le ocurrió a Julie.

Holden sacó una toalla del cesto que había junto al lavabo y luego se dio la vuelta y se apoyó en él para encarar a Miller mientras se secaba las manos despacio. Temblaba, igual que siempre. Una sensación de amenaza y perversidad le recorría la espalda, igual que siempre. Holden la odiaba.

El inspector Miller sonrió, distraído por algo que Holden no alcanzaba a ver.

Aquel hombre había trabajado en el cuerpo de seguridad de Ceres, lo habían despedido y se había asignado a sí mismo la misión de buscar a una chica desaparecida. En una ocasión le había salvado la vida a Holden, y este había presenciado cómo la estación asteroide en la que Miller y muchas víctimas de la protomolécula alienígena habían quedado atrapados se estrellaba contra Venus. Víctimas entre las que se encontraba Julie Mao, la chica que Miller había estado buscando y que había encontrado demasiado tarde. Durante un año, el artefacto alienígena se había esforzado en desarrollar su plan incomprensible bajo las nubes de Venus. Cuando ascendió, arrastró consigo gigantescas estructuras de las profundidades y atravesó la órbita de Neptuno como una mastodóntica criatura marina capaz de nadar en el vacío. Y Miller también salió de Venus con ella.

Y el muerto no decía más que locuras.

—Holden —dijo Miller, pero no hablaba con él. Estaba describiéndolo—. Sí, tiene sentido. No eres uno de ellos. Oye, tienes que hacerme caso.

—Pues algo tendrás que decirme. Esto se ha ido de madre. Llevas apareciéndote de forma aleatoria durante casi un año y nunca me has dicho nada que tenga sentido. Nunca.

Miller hizo caso omiso del comentario. El viejo había empezado a respirar más rápido y jadeaba como si acabara de participar en una carrera. El sudor perlaba su piel pálida y grisácea.

—Pues mira, en el sector dieciocho había un burdel sin licencia. Entramos pensando que nos encontraríamos con quince o veinte en aquel antro. Puede que más. Pero llegamos y el sitio estaba desierto. Se supone que tengo que darle más vueltas. Tiene que tener algún significado.

—¿Qué es lo que quieres de mí? —preguntó Holden—. Dime lo que quieres de una vez, por favor.

—No estoy loco —afirmó Miller—. Cuando estoy loco, me matan. Por Dios, ¿me han matado? —La boca de Miller formó un pequeño círculo y empezó a aspirar el aire. Se le oscurecieron los labios y la sangre bajo su piel se tornó negra. Puso una mano en el hombro de Holden, que la notó muy pesada. Demasiado sólida. Como si Miller se hubiera vuelto a formar con hierro en lugar de huesos—. Se ha torcido todo. Hemos llegado, pero está vacío. Todo el cielo, vacío.

—No sé a qué te refieres.

Miller se inclinó hacia él. El aliento le olía a acetato. Tenía la mirada fija en Holden, las cejas arqueadas en un gesto interrogante, preguntándole si lo entendía.

—Tienes que ayudarme —pidió Miller. Los vasos sanguíneos de sus ojos se le habían puesto casi negros—. Saben que encuentro cosas. Saben que tú me ayudas.

—Estás muerto —espetó Holden sin consideración alguna y sin rumiar las palabras.

—Todos están muertos —dijo Miller. Levantó la mano del hombro de Holden y se dio la vuelta. La confusión le frunció el ceño—. Casi. Casi.

Holden oyó un aviso de su terminal y se lo sacó del bolsillo. Naomi le había enviado un mensaje: ¿TE HAS CAÍDO? Holden empezó a escribir la respuesta, pero luego se detuvo cuando se dio cuenta de que no tenía ni idea de qué decirle.

Cuando Miller volvió a hablar, lo hizo en un hilillo de voz, que casi sonaba infantil a causa del asombro y la sorpresa.

—No me jodas. Ha ocurrido —dijo el inspector.

—¿Ha ocurrido el qué? —preguntó Holden.

Se oyó un portazo cuando alguien entró en el baño contiguo, y Miller desapareció. El único rastro que quedó de él fue el olor a ozono y compuestos orgánicos volátiles, como si se encontrara en una tienda de especias en la que todo se había podrido. Y quizá todo fuesen imaginaciones de Holden.

Holden se quedó quieto un instante mientras esperaba a que aquel sabor metálico se le fuera de la boca, a que las pulsaciones le volvieran a la normalidad. Era lo que hacía siempre después de las apariciones. Después de que pasara lo peor, se lavó la cara con agua fría y se la secó con esa toalla tan suave. El sonido distante y quedo de las mesas de juego pasó a convertirse en histeria. A alguien le había tocado el premio gordo.

No lo iba a contar. Ni a Naomi ni a Alex ni a Amos. Merecían pasar un buen rato sin que esa cosa que se parecía a Miller se interpusiera. Holden reconoció que el impulso de ocultarlo era irracional, pero se sentía tan obligado a protegerlos que no era algo que se cuestionara a menudo. Sea lo que fuera eso en lo que Miller se había convertido, Holden se interpondría entre ello y la Roci.

Estudió su reflejo en el baño hasta que le pareció perfecto. El capitán despreocupado y algo borracho de una nave independiente y exitosa que estaba en franco de ría. Tranquilo. Feliz. Volvió a la algarabía del casino.

Por un instante sintió que era como volver atrás en el tiempo. A los casinos de Eros. A esa prisión mortal. Las luces resplandecían demasiado y los ruidos atronaban en exceso. Holden se abrió paso hasta la mesa y se sirvió otro chupito. Este lo bebería con más calma. Disfrutaría del sabor y de la noche. Alguien detrás de él lanzó unos alaridos. Solo eran carcajadas.

Naomi apareció unos minutos después de entre el caos y el ajetreo, como la personificación de la serenidad. El gran amor exagerado por los efluvios del alcohol que había sentido antes volvió a su cabeza mientras veía cómo la mujer se abría paso hasta él. Habían formado parte de la tripulación de la Canterbury años antes de que Holden se enamorara de ella. Ahora que echaba la vista atrás, cada mañana que se había despertado con otra persona había sido una oportunidad perdida de respirar el mismo aire que Naomi. En qué habría estado pensando. Se hizo a un lado para dejarle hueco.

—¿Ya te han desplumado? —preguntó.

—Alex —respondió Naomi—. Han desplumado a Alex. Le di mis fichas.

—Eres una mujer muy generosa —afirmó Holden mientras sonreía.

Naomi relajó el gesto y lo miró con cariño.

—¿Has vuelto a ver a Miller? —preguntó mientras se inclinaba hacia él para evitar el ruido.

—Es un poco incómodo no poder ocultarte nada.

—Eres muy predecible. Y tampoco es que sea la primera vez que Miller te asalta en el baño. ¿Has entendido esta vez algo de lo que te ha dicho?

—No —respondió Holden—. Es como hablar con un problema en el suministro eléctrico. La mitad del tiempo ni siquiera sé si es consciente de que estoy con él.

—No puede tratarse del auténtico Miller, ¿verdad?

—En realidad, me da más miedo que se trate de la protomolécula con el aspecto de Miller.

—Bien visto —dijo Naomi—. ¿Te ha dicho algo nuevo?

—Puede que sí. Dijo que había ocurrido algo.

—¿El qué?

—No lo sé. Se ha limitado a decir «ha ocurrido» y luego ha desaparecido de repente.

Se quedaron sentados en silencio durante unos minutos, una estampa de privacidad entre todo aquel desorden, y Naomi rodeó los dedos de Holden con los suyos. Se inclinó hacia él, le besó en la ceja derecha y luego lo levantó del asiento.

—Venga —dijo.

—¿Adónde vamos?

—Voy a enseñarte a jugar al póquer —respondió la cinturiana.

—Ya sé jugar al póquer.

—Eso es lo que tú te crees.

—¿Me acabas de llamar fish?

Naomi sonrió y le dio un empujón a Holden.

Holden negó con la cabeza.

—Si de verdad quieres jugar, volvamos a la nave. Podemos reunir un grupito y montar nosotros una partida. Hacerlo aquí no tiene sentido. La casa siempre gana.

—No hemos venido a ganar —dijo Naomi, y la seriedad de su voz hizo que las palabras parecieran más solemnes de lo que pretendía—. Hemos venido a jugar.

Se enteraron dos días después.

Holden estaba en la cocina, devorando comida para llevar de un restaurante cercano al muelle: arroz con salsa de ajo, tres tipos de legumbres y algo parecido al pollo, tan parecido que casi sabía al de verdad. Amos y Naomi supervisaban un cargamento de nutrientes y filtros para los sistemas de reciclado de aire. Alex dormía en el asiento del piloto. En el resto de las naves en las que Holden había servido, que la tripulación volviera a bordo antes de zarpar en el momento programado era toda una hazaña, ya que la mayoría pasaba varias noches en los hoteles del muelle antes de volver a casa. Pero ahora todos estaban en casa.

Holden echó un vistazo por los canales locales de noticias y entretenimiento con el terminal portátil. Un fallo de seguridad en el nuevo juego Bandao Solice había provocado que un servidor pirata que se encontraba en la órbita de Titán se hiciera con información personal y financiera de seis millones de personas. Los expertos en defensa de Marte pedían que se realizaran más inversiones para recuperar las pérdidas que habían sufrido en la batalla de Ganímedes. En la Tierra, una coalición agrícola de África desafiaba la prohibición de un tipo de cepa bacteriana fijadora de nitrógeno. Los integrantes de cada uno de los bandos habían salido a manifestarse en las calles de El Cairo.

Holden pasaba de un canal a otro y dejaba que su mente flotara por la superficie de toda aquella información, pero de improviso vio que aparecía una franja roja en uno de los canales. Y luego otra. Y otra. La imagen que aparecía encima del artículo le heló la sangre. Lo llamaban el Anillo. Se trataba de la gigantesca estructura alienígena que había salido de Venus y viajado hasta algo menos de dos unidades astronómicas de la órbita de Urano, para luego detenerse y ensamblarse por cuenta propia.

Holden leyó despacio la noticia mientras se le revolvía el estómago. Cuando levantó la cabeza, vio a Amos y Naomi en el umbral de la puerta. Amos había sacado su terminal. Holden vio que miraba las mismas franjas rojas que él.

—¿Has visto esto, capi? —preguntó Amos.

—Sí —respondió Holden.

—Un puto loco ha intentado atravesar el Anillo.

—Sí.

A pesar de la distancia que había entre Ceres y el Anillo, a pesar de esa enorme extensión de vacío, la noticia de que la nave cochambrosa de algún imbécil había entrado por un lado de aquella estructura alienígena y no había salido por el otro solo debería haber tardado unas cinco horas en llegar. Había ocurrido dos días antes. Fue el tiempo que los distintos gobiernos que vigilaban el Anillo habían sido capaces de encubrirlo.

—Se refería a esto, ¿verdad? —preguntó Naomi—. Esto es lo que ha ocurrido.

2. Toro

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Toro

A Carlos c de Baca (Toro para sus amigos) no le gustaba el capitán Ashford. Nunca le había gustado.

El capitán era uno de esos tipos capaces de poner muecas de desprecio sin mover la boca. Antes de que Ashford se uniera a la APE a tiempo completo, había sacado la carrera de matemáticas en el Campus Lunar de la Universidad de Boston y nunca dejaba que nadie se olvidara de ello. Era como si quisiera dejar claro que, al tener un título de una universidad de la Tierra, era mejor que los demás cinturianos. También aprovechaba cualquier ocasión para hablar mal de gente como Toro o Fred, quienes de verdad habían crecido en el pozo de gravedad. Ashford no era cinturiano ni había crecido en la Tierra. La manera en la que se aferraba a cualquier cosa que lo hiciera parecer el mejor, ya fuera su educación, su asociación con la Tierra o haber crecido en el Cinturón, ponía difícil no burlarse de él.

Y era Ashford quien iba a estar al mando de la misión.

—También hay que tener en cuenta el tiempo —dijo Fred Johnson.

Fred tenía un aspecto horrible. Estaba demasiado delgado. Todos estaban demasiado delgados últimamente, pero la piel oscura de Fred había tomado cierto tono grisáceo que daba a Toro la impresión de que el hombre tenía una enfermedad autoinmune o un cáncer sin tratar. Seguro que no era más que estrés, la edad y malnutrición. Lo mismo que les pasaba a todos los que no tenían algo más serio. De hecho, a Toro le empezaban a asomar algunas canas en las sienes y no le gustaban esos leds de mierda que se suponía que simulaban la luz solar. Que él fuera más moreno que la cáscara de un huevo se debía más al color café de la piel de su madre mexicana que a los rayos ultravioleta.

Había vivido en el vacío desde los veintidós años. Ahora tenía más de cuarenta. Y Fred, que había sido su superior en dos gobiernos diferentes, era mayor que él.

La grúa de construcción ascendió delante de ellos y sus paredes flexibles brillaron como las escamas de una serpiente. Se oía un rumor grave y constante, las vibraciones del equipo de construcción al transportarlo por la estación. La gravedad rotacional del lugar era algo menor que el tercio de g habitual en la estación Tycho, y Ashford se las daba de que podía ir más rápido y luego hacía el paripé de tener que esperar a que los terrícolas lo alcanzaran. Toro empezó a ir un ápice más despacio para hacerlo esperar más.

—¿El tiempo? ¿Cuánto tenemos, coronel? —preguntó Ashford.

—Más de lo que podría parecer —respondió Fred—. El Anillo no ha sufrido ningún cambio aparente desde que ocurrió el incidente. No lo ha atravesado nadie más y nada ha salido de él. La gente ya ha dejado de cagarse por la pata abajo y ahora solo estamos en alerta máxima. Marte se ha tomado el asunto como un tema estrictamente militar y científico. De hecho, han enviado a toda potencia media docena de naves científicas al lugar.

—¿Con qué escolta? —preguntó Toro.

—Un destructor y tres fragatas —respondió Fred—. La Tierra avanza más despacio, pero con más efectivos. El año que viene tienen elecciones y el secretario general está recibiendo por todas partes por haber hecho la vista gorda con las empresas corruptas.

—Por qué será —añadió Toro con voz impasible.

Incluso Ashford sonrió. Entre Protogen y Mao-Kwikowski, el orden y la estabilidad del Sistema Solar habían quedado hechos unos zorros. La estación Ceres había caído en manos de una tecnología alienígena para luego estrellarse contra Venus. Ganímedes producía menos de la cuarta parte de alimento que antes, lo que obligaba a todos los centros de población de los planetas exteriores a usar recursos agrícolas de refuerzo. La alianza Tierra-Marte era poco más que el recuerdo evocador con el que un abuelo se ponía nostálgico después de muchas cervezas. Los viejos tiempos, antes de que todo se torciera.

—Está montando un numerito —continuó Fred—. Con los medios. Con líderes religiosos. Poetas. Artistas. Está enviándolos a todos hacia el Anillo para que todas las noticias que puedan surgir no lo tengan a él como protagonista.

—Típico —añadió Ashford, pero no dijo nada más. ¿Típico para un político? ¿Típico para un terrícola?—. ¿Qué es lo que tenemos que encontrar ahí fuera?

La grúa hizo un ruido durante un momento, un accidente de armónicos que la hizo tintinear y estremecerse hasta que las sordinas industriales cumplieron su misión y detuvieron las vibraciones antes de que llegaran al punto de hacer daño.

—Todo lo que hemos podido confirmar es que algún idiota atravesó el Anillo volando a alta velocidad balística y no salió por el otro lado —dijo Fred mientras se encogía de hombros haciendo un gesto con las manos, como si fuese cinturiano—. Ahora ha aparecido una especie de anomalía en el material del Anillo. Puede ser que el Anillo se haya comido la nave de ese crío imbécil y la haya convertido en algo. Emitió gran cantidad de rayos X y rayos gamma, pero no lo que correspondería a la masa de la nave. Puede que lo haya roto. Puede que haya abierto una puerta y un nutrido grupo de pequeños hombrecillos verdes montados en platillos volantes estén a punto de atravesarlo para convertir el Sistema Solar en una estación de carretera.

—¿Qué se sup...? —empezó a preguntar Toro, pero Ashford lo interrumpió.

—¿Alguna noticia de Venus?

—Nada —dijo Fred.

Venus había muerto. Después de que la estación Eros corrompida atravesara la capa de nubes del planeta, los ojos de la humanidad habían pasado a observarlo durante años para ver cómo la protomolécula alienígena se afanaba entre aquellas altas temperaturas. Se erigieron torres de cristal de kilómetros de altura que luego se desmoronaron. Redes de fibra de carbono cubrieron el planeta y se degradaron hasta desaparecer. El arma tenía como objetivo apropiarse de los organismos simples que había en la Tierra hacía miles de millones de años. Pero en su lugar se había hecho con un complejo ecosistema de cuerpos humanos y las estructuras creadas por estos, para luego experimentar con todo ello en el horno tóxico que era Venus. Quizás había tardado más de lo esperado en llevar a cabo su plan. Quizás el hecho de trabajar con formas de vida complejas le había puesto las cosas más fáciles. Pero todo indicaba que ya no necesitaba Venus para nada. Y lo que importaba ahora era que había lanzado un anillo capaz de ensamblarse por sí mismo hacia el vacío que había más allá de la órbita de Urano, y el artefacto se había quedado ahí tan quieto como una piedra.

Hasta ahora.

—¿Qué se supone que vamos a hacer? —preguntó Toro—. Sin ofender, pero no es que tengamos las mejores naves científicas. Y la Tierra y Marte se han dado una buena tunda en los alrededores de Ganímedes.

—Estar ahí —afirmó Fred—. Si la Tierra y Marte envían sus naves, nosotros tenemos que enviar las nuestras. Si hacen una declaración, nosotros también. Si reclaman el Anillo, nosotros también lo reclamamos. Todo lo que hemos hecho para convertir los planetas exteriores en una fuerza política viable nos ha proporcionado beneficios, pero si empezamos a dejar que ellos lideren, podría venirse abajo.

—¿Tenemos pensado disparar a alguien? —preguntó Toro.

—Esperemos no tener que llegar a eso —respondió Fred.

El suave ascenso de la grúa los llevó hasta el arco de una plataforma. Una gran extensión de acero y cerámica se curvaba sobre ellos en aquel vacío repleto de estrellas, iluminada por miles de luces. Mirarla era como contemplar un paisaje, demasiado grande para tratarse de algo construido por seres humanos. Se parecía al cañón de una montaña. A la caldera de un volcán que se había llenado de praderas. Ya de por sí, la escala que tenía hacía imposible que se la considerara una nave. Pero lo era. Los mechas de construcción que recorrían su eslora eran más grandes que la casa en la que Toro había vivido de pequeño, pero a esa distancia parecían jugadores de fútbol americano en un partido. La línea larga y delgada del ascensor de la quilla se extendía por la parte inferior para transportar tripulantes desde la cubierta de ingeniería, en un extremo, hasta el centro de mando en el otro. La cabina secundaria, que se encontraba en el exterior, tenía capacidad para una docena de personas. No parecía mayor que un grano de sal. La suave curva de su perfil estaba salpicada de armas de raíl colocadas en torretas y las protuberancias furibundas e irregulares de los tubos de los torpedos.

En el pasado había sido la Nauvoo. Una nave generacional cuya misión era partir hacia las estrellas con un destacamento de mormones devotos sin más que un ecosistema de diseño y una fe inquebrantable en que la gracia de Dios iba a estar de su parte. Ahora era la Bégimo. La plataforma de armas más grande y cañera del Sistema Solar. En su interior cabían cuatro acorazados de clase Donnager de forma holgada. Podía acelerar proyectiles magnéticos a una fracción medible de la velocidad de la luz. Era capaz de albergar más torpedos nucleares que el arsenal completo de la Alianza de Planetas Exteriores. Su láser de comunicaciones tenía la potencia suficiente para atravesar el acero si disponía del tiempo suficiente. Sin duda, todo en ella estaba construido de la mejor manera posible para intimidar; solo faltaba pintarle unos dientes y soldarle una aleta de tiburón del tamaño de un edificio de apartamentos.

Y mejor que fuera así, porque no dejaba de ser una mierda de nave renovada y, si en algún momento tenían que afrontar un combate de verdad, las iban a pasar canutas. Toro miró de reojo a Ashford. El capitán había levantado la barbilla y los ojos le resplandecían con orgullo. Toro se pasó la lengua por los dientes.

Dejaron de sentir el peso cuando la plataforma y la grúa se adecuaron a la quietud de la Bégimo. Uno de los distantes mechas de construcción se convirtió en una llama blanca y resplandeciente cuando encendió el soldador.

—¿Cuánto queda para que podamos usarla? —preguntó Ashford.

—Tres días —respondió Fred.

—Los informes de ingeniería afirman que la nave estará lista en unos diez —aclaró Toro—. ¿Tienen intención de seguir trabajando en ella mientras viajamos?

—Esa era la idea, sí —dijo Fred.

—Porque claro, cómo íbamos a esperar unos días más, terminar el trabajo en el astillero y acelerar un poco más para llegar en el mismo momento que habíamos previsto.

Se hizo un silencio incómodo. Toro sabía que ocurriría, pero tenía que decirlo.

—La comodidad y la moral de la tripulación necesitan los mismos cuidados que la nave —espetó Fred, aunque su diplomacia alteró el peso de sus palabras. Toro lo conocía desde hacía mucho tiempo y notó el cambio. «Los cinturianos no toleran quemar a esa velocidad»—. Además, es más cómodo trabajar en la nave con la menor g posible. Todo está medido al milímetro, Toro. Zarpáis en tres días.

—¿Hay algún problema? —preguntó Ashford.

Toro le dedicó la sonrisa bobalicona que usaba cuando quería decir la verdad pero no meterse en problemas por hacerlo.

—Vamos de camino a ponernos gallitos con la Tierra y Marte mientras el Anillo hace cosas alienígenas y misteriosas de las que no tenemos ni idea. Contamos con una tripulación que nunca ha navegado junta, una nave cuya mitad de las piezas proceden de un rescate y no tenemos tiempo suficiente para comprobar que todo funciona como tiene que funcionar. Sin duda es un problema, pero no uno que podamos solucionar, así que vamos a hacerlo de todos modos. Lo peor que puede pasar es que muramos todos.

—Cuánto optimismo —dijo Ashford. El descontento irradiaba de sus palabras. Toro ensanchó la sonrisa y se encogió de hombros.

—Es algo que ocurrirá tarde o temprano.

La residencia de Toro en la estación Tycho era todo un lujo. Tenía cuatro habitaciones, techos altos y un baño privado con suministro de agua de verdad. No había vivido así de bien ni cuando era un niño en la Tierra. Se había pasado la juventud en una zona residencial de la Zona de Interés Colectivo de Nuevo México viviendo con sus padres, su abuela, dos tíos, tres tías y lo que le parecían millares de primos. Cuando cumplió los dieciséis y rechazó la ayuda básica, se dirigió hacia Alamogordo al sur y trabajó durante dos años desmontando antiguas estaciones eléctricas solares de los viejos y malos tiempos. En aquella época compartía habitación con otros diez tipos. Aún recordaba cómo eran, todos flacos y musculosos, sin camisa o con ella colocada alrededor de la cabeza. Aún podía sentir el sol de Nuevo México calentándole el pecho como si alguien le hubiera colocado la mano encima mientras él disfrutaba de la radiación y el calor de la energía de fusiones nucleares descontroladas, protegido tan solo por la distancia y la amplitud del cielo azul.

Cuando terminó su contrato de dos años, intentó entrar en una escuela técnica, pero solía distraerse con facilidad debido a las hormonas y el alcohol. Cuando abandonó, las únicas opciones que le quedaban eran unirse al ejército o limitarse a la ayuda básica. Había elegido la que se parecía menos a estar muerto. En el Cuerpo de Marines, nunca había tenido un catre más grande que el salón de su residencia en la estación Tycho. De hecho, ni siquiera había un lugar que pudiera considerar suyo hasta que abandonó el servicio militar. La estación Ceres no había sido un buen lugar para él. El hueco que tenía se encontraba cerca del centro de rotación, con muy poca g y un gran efecto Coriolis. No era mucho más que un lugar al que ir a dormir después de la borrachera de la noche anterior, pero era de su propiedad. Tenía las paredes desnudas de piedra pulida y la cama parecía sacada de los restos de una nave, con correas de sujeción para la baja gravedad. Algún propietario anterior había grabado las palabras BESSO O NADIE en la pared. Era cinturiano y significaba «mejor o nada». No sabía si se trataba de un eslogan político de la época. Las cosas que había conseguido desde que había llegado a la estación Tycho —el marco que iba pasando por un montón de buenas fotos de familia de la Tierra, el portavelas de hojalata de santos que su exnovia no se había llevado cuando se marchó o las ropas de civil— habrían llenado su vieja casa de Ceres y no le habría quedado espacio para dormir. Tenía demasiadas cosas. Necesitaba reducirlas al mínimo.

Pero no necesitaría hacerlo durante aquella misión. La suite del segundo de a bordo de la Bégimo era más grande.

El sistema sonó para indicarle que había alguien en la puerta. Por costumbre, Toro miró la cámara de vídeo antes de abrirla. Fred se agitaba inquieto y cambiaba el pie de apoyo. Llevaba ropas de civil. Una camisa blanca de botones y unos pantalones de abuelo con los que intentaba disimular la tripa caída. Era una batalla que no podía ganar. Ni Fred ni Toro estaban en baja forma. Lo que ocurría era que se hacían viejos.

—¿Qué tal? —dijo Toro—. Coge una silla cualquiera. Me estoy preparando.

—¿Vas a salir?

—Quiero pasar algo más de tiempo en la nave antes de que partamos —respondió Toro—. Buscaré mormones perdidos.

Fred hizo una mueca de dolor.

—Estoy seguro de que los encontramos a todos la primera vez —dijo, siguiéndole el juego—. Pero el sitio es grande. Puedes buscar más si te apetece.

Toro abrió el armario y recorrió sus camisetas con los dedos. Tenía diez. Aquello era una señal de decadencia. ¿Quién necesitaba diez camisetas? Sacó cinco y las tiró sobre una silla que había junto a un arcón.

—Después de todos los cambios que le hemos hecho —afirmó—, esto se va a convertir en el peor de los infiernos si recuperan los derechos de la Nauvoo.

—No lo harán —aseguró Fred—. Requisar la nave fue del todo legal. Se trataba de una emergencia. Te podría citar casos en los que hay jurisprudencia durante diez horas.

—Sí, pero fuimos nosotros los que la rescatamos y nos la agenciamos —continuó Toro—. Es el mismo caso que pedirle prestado a alguien el camión, tirarlo en una zanja, sacarlo y luego decir que es tuyo.

—La ley es algo maravilloso, Toro —afirmó Fred. Sonaba cansado. Había algo que lo importunaba. Toro abrió otro cajón, tiró la mitad de sus calcetines al reciclador y colocó la otra mitad sobre a las camisetas.

—Pero si el juez no lo ve como tú, la situación puede llegar a complicarse.

—Los jueces de la Tierra no tienen jurisdicción aquí —dijo Fred—. Y los que pertenecen a nuestro sistema judicial son leales a la APE. Perciben el panorama general. No van a arrebatarnos la nave más grande que tenemos para devolverla. En el peor de los casos, pedirán que paguemos una indemnización a los mormones.

—¿Nos lo podemos permitir?

—Ahora mismo, no —respondió Fred.

Toro soltó una pequeña carcajada.

—¿Alguna vez te has preguntado qué hicimos mal para haber acabado aquí? Tú estás al mando en uno de los puestos más importantes de la APE, yo de segundo de a bordo de Ashford. No parece que hayamos aprovechado nuestras vidas, tío.

—Tengo pensado un pequeño cambio de planes al respecto —dijo Fred.

Toro abrió el armario y apretó los labios. Fred no solo había acudido a darle a la sin hueso. Había algún problema. Toro sacó del armario dos trajes que aún llevaban esa película transparente y pegajosa para conservarlos. No se los había puesto en años. Seguro que no le servían.

—Ashford pensó que sería más adecuado tener a Michio Pa de segunda de a bordo. Lo hemos hablado. Te he reasignado como jefe de seguridad.

—Ahora soy el tercero al mando —dijo Toro—. Entonces, ¿Ashford pensaba que me lo iba a cargar para quedarme con el puesto?

Fred se inclinó hacia delante con los dedos entrelazados. La seriedad de su expresión era indicativa de que sabía que era una situación de mierda, pero había que apechugar con ella.

—Las apariencias lo son todo —aclaró Fred—. Se trata del ejército de la APE. La Bégimo es la respuesta del Cinturón a los grandes pesos pesados de Marte y la Tierra. Tener a un terrícola en el puente no envía el mensaje adecuado.

—Muy bien —aceptó Toro.

—Yo me encuentro en la misma posición. Ya lo sabes. Incluso después de todo el tiempo que ha pasado, debido a mis orígenes tengo que trabajar el doble para conseguir lealtad y respeto. Hasta los que prefieren tenerme cerca porque creen que ayudo a dar la impresión de que la Tierra es débil rechazan acatar mis órdenes. Tengo que ganarme el respeto una y otra vez.

—De acuerdo —afirmó Toro. Ser jefe de seguridad era sinónimo de pasar menos tiempo con el uniforme puesto. Suspiró y colocó ambos trajes en la silla.

—No digo que tú no tengas que hacerlo también —aclaró Fred—. Sé muy bien que eres el mejor de los mejores. Es solo que tenemos que vivir con algunas limitaciones si queremos conseguir nuestros objetivos.

Toro se apoyó en la pared con los brazos cruzados. Fred lo miró desde debajo de aquellas cejas del color de la escarcha.

—Señor, llevo mucho tiempo volando con usted —empezó a decir Toro—. Si quiere pedirme algo, puede hacerlo sin problema.

—Necesito que lleves esta misión a buen puerto —confesó Fred—. Lo que ocurre ahí fuera es lo más importante de todo el sistema y ni sabemos qué es. Si hacemos el ridículo o permitimos que los planetas interiores se hagan con alguna ventaja decisiva, perderemos mucho terreno. Ashford y Pa son buena gente, pero son cinturianos. No tienen la misma experiencia con efectivos terrícolas que nosotros.

—¿Crees que van a meter la pata?

—No. Ashford intentará hacer lo correcto con todo lo que esté en su mano, pero reaccionará como un cinturiano y lo sorprenderán situaciones que quizás a otros no lo harían.

—Ashford solo hace lo correcto porque tiene miedo de hacer el ridículo. No es más que un bonito uniforme relleno de vacío. Y no puedes confiar en alguien así.

—No confío en él —aseguró Fred—. Te envío ahí fuera porque confío en que tú seas capaz de hacer que todo vaya bien.

—Pero no me pones al mando.

—Pero no te pongo al mando.

—¿Y qué tal un aumento de sueldo?

—Eso tampoco —respondió Fred.

—Venga ya —dijo Toro—. ¿Toda la responsabilidad y nada de poder? ¿Cómo voy a rechazar una oferta así?

—En serio. Sé que te estoy haciendo una putada y que las razones son políticas y de apariencias. Pero necesito que lo aceptes.

—Y por eso he aceptado —repuso Toro.

Por un instante, el único sonido que se oyó fue el tranquilo repiqueteo del reciclador de aire. Toro volvió a sumirse en la tarea de meter su vida en un arcón. En algún lugar sobre él, escondida entre toneladas de acero, cerámica, piedra sin pulir y vacío, la Bégimo aguardaba.

3. Melba

3

Melba

Cuando entró en la casa de apuestas, Melba sintió que la observaban. La habitación estaba iluminada por las pantallas de las mesas de juego, de color azul, dorado o rosado. La mayoría tenía temática sexual o violenta. O ambas. Pulsa un botón para gastarte el dinero y ver cómo las chicas se meten objetos humillantes y desconocidos mientras esperas a descubrir si has ganado. Máquinas tragaperras, de póquer o de lotería en tiempo real. Los hombres que las usaban emanaban una atmósfera de estupidez, desesperación y un odio casi tangible a las mujeres.

—Querida —dijo un hombre gordo e inmenso desde detrás de un mostrador—, no sé bien si sabes dónde has venido, pero sí sé que es al lugar equivocado. Quizá sea mejor que te marches.

—He quedado —afirmó ella—. Con Travin.

El gordo abrió los ojos como platos debajo de sus sebosos párpados. Melba oyó que desde la oscuridad alguien le dedicaba una vulgaridad para molestarla. Lo hizo, pero no mostró indicios de ello.

—Travin atrás, si quieres, guapita —dijo el gordo, asintiendo. Al fondo de la habitación, detrás de un laberinto de amenazas y miradas lascivas, había una puerta roja de metal.

Todos sus instintos procedían de antes, de cuando era Clarissa, por lo que estaban todos mal. La habían entrenado en defensa personal desde que había tenido edad para caminar, pero solo para evitar que la secuestraran. Para llamar la atención de las autoridades y reducir la intensidad de las situaciones con sus captores. También había hecho otras cosas, claro. Cosas entre las que se encontraba el entrenamiento físico, pero el objetivo siempre había sido escapar. Huir. Encontrar ayuda.

Ahora que no quedaba nadie para ayudarla, las cosas ya no funcionaban igual. Pero era lo que tenía, así que era lo que tenía que usar. Melba (no Clarissa, sino Melba) asintió en dirección al gordo y atravesó la estancia abarrotada y poco iluminada. La gravedad completa de la Tierra tiraba tanto de ella que le parecía una enfermedad. En una mesa de juego, tres pequeños alienígenas grises abusaban sexualmente de una mujer con aspecto de dibujo animado mientras un platillo volante flotaba sobre ellos. Alguien se había llevado un premio decente. Melba apartó la mirada. Detrás de ella, un desconocido rio y la mujer sintió que se le tensaba la piel de la nuca.

De todos sus hermanos, ella era la que más había disfrutado del entrenamiento físico. Cuando terminó, empezó a estudiar taichí con el entrenador de defensa personal. Luego, cuando tenía catorce años, su padre había hecho un chiste al respecto en una reunión familiar. Había dicho que aprender a pelear tenía sentido (y era algo que respetaba), pero que bailar mientras hacías como que luchabas le parecía estúpido y una pérdida de tiempo. Nunca había vuelto a entrenar. Eso había ocurrido hacía diez años.

Abrió la puerta roja y la atravesó. El despacho casi parecía bien iluminado. Había un pequeño escritorio con una pantalla integrada que estaba conectada a un sistema de contabilidad barato. Un cristal blanco y esmerilado que dejaba atravesar la luz solar pero ocultaba las calles de Baltimore. Un sofá de plástico impreso tapizado con el logo corporativo de una marca de cerveza barata que se podían permitir hasta quienes vivían de la ayuda básica. En el sillón había dos hombres corpulentos sentados. Uno tenía implantadas unas gafas de sol que lo hacían parecer un insecto. El otro llevaba una camiseta que se estiraba demasiado debido a sus hombros, producto de los esteroides. Había visto antes a esos dos.

Travin estaba en el escritorio y tenía un muslo apoyado en él. Tenía el pelo rapado y unas canas empezaban a asomar por sus sienes. La barba no era mucho más larga. Llevaba puesto lo que en sus círculos podría pasar como un buen traje. El padre de Melba no lo habría llevado ni como disfraz.

—Vaya, mirad, la inimitable Melba.

—Sabías que estaba aquí —dijo ella. No había sillas. Ninguno de los asientos estaba libre. Se quedó de pie.

—Claro que sí —respondió Travin—. Desde el momento en que has entrado.

—¿Vamos a hacer negocios? —preguntó Melba con una voz que segó el aire.

Travis sonrió. No tenía los dientes alineados, y sus encías eran grises. Era una afección de la riqueza, una afirmación de que era tan poderoso que podía obviar la mera cirugía estética. Melba sintió un arrebato de desprecio. Era como un viejo cultista del cargo que imitaba antiguas demostraciones de poder sin saber muy bien el significado que tenían. Melba se había rebajado a tratar con él, pero al menos tenía la decencia de sentirse avergonzada por ello.

—Todo listo, señorita —dijo Travin—. Melba Alzbeta Koh. Nacida en la Luna, hija de Alscie, Becca y Sergio Koh, todos fallecidos. Sin familiares. Sin declaración de impuestos. Técnica electroquímica con licencia. Tu nueva identidad te espera, ¿sí?

—¿Y el contrato?

—La Cerisier cuando zarpe, apoyo civil para la grandiosa misión en el Anillo. Nuestra señorita Koh irá a bordo. En un puesto que requiere experiencia. Poco personal al que supervisar, no tendrás que dar mucho el callo.

Travin sacó del bolsillo un sobre de plástico blanco. Dentro se podía percibir la silueta de un terminal portátil barato.

—Todo está aquí. Todo listo —dijo—. Lo coges y cuando salgas por la puerta serás una mujer nueva, ¿sí?

Melba sacó su terminal portátil del bolsillo. Era más pequeño que el que Travin tenía en la mano y de mejor manufactura. Lo iba a echar de menos. Pulsó el código, autorizó la transferencia y se lo volvió a meter en el bolsillo.

—Muy bien —dijo—. Ahí tienes el dinero.

—Ah, aún queda un problemilla —dijo Travin.

—Tenemos un acuerdo —aclaró Melba—. Ya he cumplido con mi parte.

—Y es algo que dice mucho de ti —dijo Travin—. Pero hacer negocios contigo me gusta. Creo. Se descubren cosas interesantes. Al crear esta nueva tú, tuvimos que poner el ADN en las tablas y eliminar registros duplicados. Creo que no has sido del todo sincera conmigo.

Melba tragó saliva para intentar deshacer el nudo que se le había formado en la garganta. El hombre con ojos de insecto que había en el sillón se agitó, y el sillón rechinó bajo su peso.

—Ya te he pagado —aclaró ella.

—Bien, bien, es lo que tenías que hacer —afirmó Travin—. Clarissa Melpomene Mao, hija de Jules-Pierre Mao, de Mercancías Mao-Kwikowski. Un nombre muy interesante.

—Mao-Kwikowski se convirtió en empresa pública cuando mi padre entró en prisión —aclaró Melba—. Ya no existe.

—Una pena de muerte para una empresa —dijo Travin mientras dejaba el sobre encima de la pantalla del escritorio—. Es triste, pero no para ti, ¿eh? Los ricos conocen bien el dinero. Tienen formas de ocultarlo en sitios donde nadie fisgonea. De dárselo a sus esposas, quizá. A sus hijas.

Melba se cruzó de brazos y frunció el ceño. En el sillón, el culturista reprimió un bostezo. Quizás hasta no fuera fingido. Melba dejó que se alargara el silencio no porque quisiera presionar a Travin para que siguiera hablando, sino porque no sabía qué decir. Travin tenía razón, claro. Papi había tratado de ocuparse de ellos lo mejor que había podido. Siempre lo había hecho. Ni siquiera el hostigamiento de Naciones Unidas podía abarcarlo todo. Clarissa había tenido dinero suficiente para vivir una vida tranquila, retirada en la Luna o Marte, y morir de vieja antes de quedarse sin crédito. Pero ella ya no era Clarissa, y la situación de Melba era diferente.

—Puedo darte diez mil más —añadió—. Eso es todo lo que tengo.

Travin le dedicó una sonrisa gris.

—Todo tu bonito dinero se ha esfumado, ¿eh? ¿Qué es lo que hace que quieras salir al vacío? Quería saber. Así que investigué. Eres muy buena. Hasta con los gestos. No veo más que sombras. No oigo más que ecos. Pero... —Puso el sobre delante de él en el escritorio y mantuvo un dedo encima como hacía Petyr, el hermano de Melba, cuando estaba casi seguro de un movimiento de ajedrez pero aún no se atrevía a realizarlo. Era un gesto que indicaba propiedad—. Pero sé algo que no sabe nadie más. Sé cuál es la manera correcta de mirar ese Anillo.

—Diez mil es todo lo que tengo. De verdad. Me he gastado el resto.

—¿Y no necesitarías más? —preguntó Travin—. Llámalo una inversión si quier

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