Prólogo
Bobbie Draper
«Miles de mundos», pensó Bobbie mientras se cerraban las puertas del metro. Y no solo miles de mundos. También miles de sistemas. De soles. De gigantes gaseosos. De cinturones de asteroides. Todo hacia lo que la humanidad se había expandido repetido miles de veces. En la pantalla sobre los asientos que tenía delante se veía un canal de noticias, pero los altavoces estaban rotos y la voz del hombre se oía demasiado distorsionada como para distinguir las palabras. El gráfico que se ampliaba y se alejaba junto a él era más que suficiente para enterarse. Habían llegado nuevos datos de las sondas que se habían enviado al otro lado de las puertas. Eran imágenes de un sol desconocido con círculos que delineaban las órbitas de los nuevos planetas. Todos ellos vacíos. Sea lo que fuere lo que había construido y disparado hacia la Tierra la protomolécula desde los confines del tiempo, ya no respondía a las llamadas. El constructor de puentes había abierto el camino, pero ningún dios omnipotente lo había atravesado.
A Bobbie le resultaba asombrosa la presteza con la que la humanidad había pasado de pensar «¿A qué inteligencia inconcebible podrían habérsele ocurrido unas maravillas tan desoladoras?» a «Bueno, como no están, ¿qué tal si nos quedamos con sus cosas?».
—Perdone —carraspeó la voz flemosa de un hombre—. No tendrá algo de calderilla para un veterano, ¿verdad?
Apartó la vista de las pantallas. El hombre era delgado y tenía el rostro ceniciento. Su cuerpo evidenciaba que había crecido a baja gravedad, lo tenía alargado y la cabeza apepinada. Se humedeció los labios y se inclinó hacia delante.
—¿Es veterano? —preguntó Bobbie—. ¿Dónde sirvió?
—En Ganímedes —dijo el hombre al tiempo que asentía y desviaba la mirada como si intentase emular un gesto de grandeza—. Me encontraba allí cuando todo se fue al traste. Al volver, el gobierno me dio la espalda. Estoy intentando reunir el dinero suficiente para comprar un pasaje a Ceres. Allí tengo familia.
Bobbie sintió cómo la rabia se le agolpaba en el pecho, pero intentó mantener una voz y un gesto calmados.
—¿Ha probado a ponerse en contacto con la comunidad de veteranos? Quizá puedan ayudarlo.
—Solo quiero comer algo —dijo con un tono cada vez más inquieto.
Bobbie miró el vagón de cabo a rabo. Lo normal es que a esa hora hubiese poca gente. Los barrios que pertenecían a Aurorae Sinus estaban todos conectados por la red de metro. Formaban parte del gran proyecto de terraformación marciana que había comenzado antes del nacimiento de Bobbie y que continuaría mucho después de su muerte. Pero ahora, allí no había nadie. Pensó qué sensación podría causar ella en aquel vagabundo. Era una mujer grande, tan alta como ancha, pero estaba sentada y la sudadera que se había puesto le quedaba un poco larga. Quizá el hombre pensara que abultaba porque estaba gorda. No lo estaba.
—¿En qué compañía sirvió? —preguntó. El hombre parpadeó. Bobbie sabía que se suponía que tenía que tenerle miedo, y él se mostró incómodo al ver que no.
—¿Compañía?
—¿En qué compañía sirvió?
El hombre se volvió a humedecer los labios.
—No quiero...
—Es curioso, ¿sabe? —continuó ella—. Juraría que conocía muy bien a todos los que estaban en Ganímedes cuando empezó la batalla. Y bueno, cuando uno pasa por algo así, nunca se olvida. Tiene que afrontar la muerte de muchos de sus amigos. ¿Qué rango tenía? Yo era sargenta de artillería.
La cara cenicienta se había puesto blanca y seria. Frunció los labios. Se metió las manos aún más en los bolsillos y murmuró algo.
—Míreme ahora —continuó Bobbie—. Trabajo treinta horas a la semana para la comunidad de veteranos y por mis ovarios que estoy segura de que podríamos hacer algo por un buen veterano como usted.
El hombre se giró, y Bobbie lo agarró por el codo antes de que pudiese esquivarla. El dolor y el miedo le desfiguraron el rostro al vagabundo cuando Bobbie tiró de él para acercarlo. Luego, con voz cautelosa y articulando a la perfección cada palabra, dijo:
—Invéntate. Otro. Cuento.
—Sí, señora —afirmó el vagabundo—. Lo haré. No se preocupe.
El vagón se movió y frenó al llegar a la primera estación de Breach Candy. Bobbie soltó al hombre y se puso en pie. Los ojos del vagabundo se abrieron de par en par al verla. Tenía ascendencia samoana y a veces causaba esa impresión en la gente que no se lo esperaba. Había momentos en los que se sentía incómoda, pero aquel no era uno de esos.
Su hermano vivía en un bonito hueco de clase media en Breach Candy, a no mucha distancia de la universidad inferior. Ella había vivido con él durante un tiempo al volver a Marte y aún se esforzaba por poner en orden su destrozada vida. Había sido un proceso más largo de lo que esperaba. Y parte de las consecuencias eran que no podía evitar sentir que le debía algo a su hermano. Las noches de cenas familiares eran su forma de pagarle.
Las estancias de Breach Candy estaban casi vacías y los anuncios de las paredes resplandecían cuando se acercaba. El reconocimiento facial permitía que se le mostraran productos y servicios personalizados para ella. Servicios de citas, membresías para gimnasios, döner para llevar, la nueva película de Mbeki Soon, asesoramiento psicológico. Bobbie intentaba no llevarlo al terreno personal. No obstante, le hubiese gustado toparse con más personas, algunas caras más que añadiesen algo de variedad a la publicidad. Que le permitieran pensar que aquellos anuncios iban dirigidos a otros, no solo a ella.
Pero en Breach Candy no había tanta gente como antes. Las estaciones de metro y los pasillos estaban más vacíos. Y menos personas acudían a la comunidad de veteranos. Le habían llegado rumores de que las matrículas en la universidad superior habían descendido un seis por ciento.
La humanidad aún no había conseguido formar una colonia del todo viable en los nuevos mundos, pero los datos de las sondas eran suficientes. Había una nueva frontera, y las ciudades de Marte empezaban a sentirse amenazadas por la competencia.
Tan pronto como cruzó la puerta, el rico aroma del gumbo a fuego lento de su cuñada llenó el ambiente y le hizo la boca agua. También oyó las voces estridentes de su hermano y su sobrino. Se le hizo un nudo en el estómago, pero era su familia. Los quería. Se sentía en deuda con ellos. Aunque la idea de pedir un döner para llevar fuese más que tentadora.
—... eso no es lo que estaba diciendo —oyó decir a su sobrino. Estaba en la universidad superior, pero cuando había una riña familiar, Bobbie aún era capaz de distinguir ese tono de niño de seis años.
Su hermano respondió entre gritos, y Bobbie reconoció el tamborileo de sus dedos en la mesa, característico de cuando quería dejar clara su opinión. Lo usaba como un recurso retórico. Como su padre.
—Marte no es una opción. —Golpe—. No es secundario. —Golpe—. Esas puertas y lo que sea que hay al otro lado no es nuestro hogar. El proyecto de terraformación...
—No tengo nada en contra de la terraformación —respondía el sobrino de Bobbie cuando ella entró en la habitación. Su cuñada la saludó con la cabeza desde la cocina sin decir nada. Bobbie le devolvió el saludo. El comedor daba al espacio abierto del salón en el que había un canal de noticias silenciado y donde se veían imágenes de larga distancia de planetas desconocidos y a un hombre negro y atractivo con gafas de pasta que hablaba junto a ellas con mucha seriedad—. Lo único que he dicho es que vamos a tener a nuestra disposición muchos datos nuevos. Datos. Nada más.
Los dos estaban inclinados sobre la mesa como si en medio hubiese un tablero de ajedrez invisible. Un juego de concentración e intelecto que los había absorbido y no les permitía ver el mundo que los rodeaba. En cierta manera, era verdad. Bobbie se sentó sin que ninguno de los dos se percatara de que había llegado.
—Marte —continuó su hermano— es el planeta más estudiado que hay. No importa la cantidad de nuevos datos que aparezcan sobre lugares que no son Marte. ¡Precisamente no son de Marte! Es lo mismo que decir que ver imágenes de miles de mesas te permitirá conocer mejor esta en la que estás sentado.
—El saber no ocupa lugar —dijo su sobrino—. Es lo que siempre me has dicho. No sé por qué ahora estás tan a la que salta.
—¿Qué tal te va, Bobbie? —preguntó con brusquedad su cuñada mientras traía a la mesa un cuenco. Tenía el arroz y los pimientos que usarían para mezclar con el gumbo, y también sirvió de recordatorio para dejar claro a los demás que tenían una invitada. Los dos hombres fruncieron el ceño ante la interrupción.
—Bien —respondió Bobbie—. El contrato con los astilleros ha salido bien. Debería ayudarnos a encontrarle trabajo a muchos veteranos.
—¿Ves? Porque están construyendo nuevas naves de exploración y transporte —recalcó su sobrino.
—¡David!
—Lo siento, mamá. Pero es la verdad —respondió David sin echarse atrás. Bobbie se sirvió arroz en el cuenco—. Todas las naves que son fáciles de actualizar se están actualizando, y también están construyendo más para que la gente pueda zarpar hacia esos nuevos sistemas.
Su hermano cogió el arroz y la cuchara de servir mientras se reía entre dientes para dejar claro lo poco que respetaba la opinión de su hijo.
—El primer equipo de exploración de verdad está a punto de llegar al primero de esos lugares...
—¡Ya hay gente viviendo en Nueva Terra, papá! Hay algunos refugiados de Ganímedes que... —Se quedó en silencio y dedicó una mirada de culpabilidad a Bobbie. Ganímedes no era algo de lo que se pudiese hablar en la cena.
—El equipo de exploración aún no ha aterrizado —dijo su hermano—. Aún faltan años para que se pueda afirmar que hay colonias de verdad ahí fuera.
—¡Y quedan generaciones enteras para que alguien pueda caminar por la superficie de este planeta! ¡No tenemos ni magnetosfera, joder!
—¡Esa boca, David!
Su cuñada había vuelto. El gumbo era oscuro, aromático y tenía una capa de grasa por la superficie. A Bobbie se le hizo la boca agua al olerlo. La mujer lo dejó sobre el salvamanteles y le pasó la cuchara de servir a Bobbie.
—¿Y qué tal tu nuevo apartamento? —preguntó.
—No está mal —respondió Bobbie—. Es barato.
—Ojalá no vivieses en Innis Shallow —dijo su hermano—. Es un barrio conflictivo.
—Nadie se va a meter con la tía Bobbie —comentó su sobrino—. Les arrancaría la cabeza.
Bobbie sonrió.
—Qué va, me limito a ponerles mala cara y...
Del salón llegó un resplandor rojizo y repentino. El canal de noticias había cambiado. Unas franjas rojas cubrían la parte superior e inferior, y en la imagen una terrícola con grandes mofletes caídos miraba a la cámara con rostro serio. Detrás de ella, se veía fuego y también una imagen de archivo de una vieja nave colonial. Unas letras negras que contrastaban con el blanco de las llamas rezaban: TRAGEDIA EN NUEVA TERRA.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Bobbie—. ¿Qué acaba de pasar?
1
Basia
Basia Merton había sido un buen hombre, en el pasado. No era de ese tipo de personas que fabricaba bombas con viejos barriles metálicos de lubricante y explosivos para minería.
Sacó otro del pequeño taller que tenía detrás de su casa y lo llevó a uno de los carritos eléctricos de Primer Aterrizaje. La pequeña hilera de edificios se extendía hacia norte y sur, y luego terminaba de improviso en una llanura que se perdía en el horizonte. La linterna que le colgaba del cinturón se mecía al ritmo de sus pisadas y proyectaba sombras extrañas y dinámicas en la tierra que cubría el suelo. Unos pequeños animales alienígenas le ululaban desde fuera del círculo de luz.
En Ilo (se negaba a llamarlo Nueva Terra), las noches eran muy oscuras. El planeta tenía trece pequeñas lunas de albedo bajo con una configuración orbital espaciada de manera tan perfecta que mucha gente había dado por hecho que eran artefactos alienígenas. Fuera cual fuese su origen, para alguien que había crecido en los satélites con tamaño de planetas de Júpiter, tenían un aspecto más parecido a asteroides atrapados por la gravedad que a lunas de verdad. Y no servían para capturar ni reflejar la luz del sol de Ilo una vez se había puesto. La fauna nocturna local estaba compuesta por pequeños pájaros y lagartos. O lo que los nuevos habitantes humanos de Ilo pensaban que eran pájaros y lagartos. Con sus contrapartidas terrícolas solo compartían el hecho de ser criaturas basadas en el carbono y las características externas más superficiales.
Basia gruñó por el esfuerzo mientras levantaba el barril para colocarlo en la parte trasera del carrito y, un segundo después, se oyó un gruñido de respuesta a unos metros de distancia. La curiosidad había obligado a un lagarto mimo a ponerse justo al borde de la luz, y sus pequeños ojos no dejaban de resplandecer. Volvió a gruñir, y su enorme cabeza de sapo que parecía hecha de cuero se bamboleó de un lado a otro mientras la bolsa de aire que tenía debajo del cuello se inflaba y desinflaba a medida que emitía el sonido. Esperó un instante sin dejar de observar y, al ver que no respondía, el lagarto volvió a perderse en la oscuridad.
Basia sacó las correas elásticas de la caja de herramientas y empezó a asegurar los barriles a la parte interior del carrito. No había peligro de que los explosivos estallaran al caer al suelo. O al menos eso era lo que aseguraba Coop. Basia no estaba de humor para comprobarlo por sí mismo.
—Baz —dijo Lucia.
La vergüenza hizo que se sonrojara, como si fuese un niño pequeño que acabara de robar una piruleta. Lucia sabía lo que estaba haciendo. Nunca habría sido capaz de mentirle, pero al menos esperaba que se quedase dentro mientras él trabajaba. Su sola presencia le hacía cuestionarse si lo que hacía era lo correcto. Si estaba haciendo lo que había que hacer, ¿por qué le avergonzaba tanto que Lucia le viese?
—Baz —repitió. No sonó insistente. Su voz tenía un tono triste, no enfadado.
—Lucy —saludó Basia al tiempo que se daba la vuelta. La mujer se encontraba justo al borde de la luz, llevaba una bata blanca amarrada alrededor de su delgada figura a pesar del aire frío de la noche. Su rostro era poco más que un borrón oscuro.
—Felcia está llorando —dijo la mujer con un tono que no sonó acusatorio—. Tiene miedo por ti. Ve a hablar con tu hija.
Basia se dio la vuelta y amarró con más fuerza las correas alrededor de los barriles para que su mujer no le viera la cara.
—No puedo. Ya vienen —respondió.
—¿Quién? ¿Quién viene?
—Sabes a qué me refiero. Nos van a quitar todo lo que hemos construido aquí si no les dejamos las cosas claras. Necesitamos tiempo. Y es así como vamos a conseguirlo. Sin la plataforma de aterrizaje, se verán obligados a tener que usar las lanzaderas pequeñas, así que vamos a eliminarla y así les obligaremos a reconstruirla. Nadie saldrá herido.
—Si la cosa se pone fea —comentó Lucia—, siempre podemos marcharnos.
—No —espetó Basia, que se sorprendió al oír el tono brusco de su voz. Se giró y dio unos pasos para ver mejor la cara de su mujer a la luz. Estaba llorando—. Se acabó el marcharnos. Nos fuimos de Ganímedes. Dejamos atrás a Katoa, escapamos y mi familia tuvo que vivir un año y medio en una nave sin que nadie nos dejara aterrizar en ninguna parte. No vamos a volver a huir. Nunca más. Se acabó, no van a quitarme a otro hijo.
—Yo también echo de menos a Katoa —dijo Lucia—, pero esas personas no lo mataron. Fue la guerra.
—Fue una decisión empresarial. Tomaron una decisión atendiendo a los intereses de una empresa y luego la convirtieron en una guerra que me quitó a mi hijo.
«Y yo les dejé hacerlo —pensó Basia sin pronunciarlo—. Cogí a Felcia, a Jacek y a ti y me marché dejando atrás a Katoa porque pensé que estaba muerto. Y no lo estaba.» Las palabras eran demasiado dolorosas para pronunciarlas, pero Lucia las oyó a pesar de todo.
—No fue culpa tuya.
Estuvo a punto de pronunciar un «sí que lo fue», pero tragó saliva.
—Esas personas no tienen derecho alguno en Ilo —dijo esforzándose por que su voz sonase razonable—. Nosotros llegamos primero. Nosotros reclamamos el territorio. Enviaremos el primer cargamento de litio, sacaremos dinero de él y así podremos contratar a unos abogados para que esto se convierta en un caso de verdad en el Sistema Solar. Y si las empresas ya tienen filial aquí cuando eso ocurra, pues da igual. Solo necesitamos tiempo.
—Si lo haces —dijo Lucia—, te meterán en la cárcel. No nos hagas eso. No le hagas eso a tu familia.
—Lo hago por mi familia —replicó Basia en voz baja.
Había sido peor que un grito. Dio un brinco hasta los controles y pisó a fondo el acelerador. El carrito salió despedido hacia delante entre chirridos. No miró atrás, no fue capaz de hacerlo y ver a Lucy.
—Por mi familia —repitió.
Se alejó de su casa y de la ciudad en ruinas que habían empezado a llamar Primer Aterrizaje cuando descubrieron el lugar en los sensores de la Barbapiccola. Nadie se había molestado en cambiarle el nombre cuando había pasado de ser una idea a un lugar de verdad. Condujo por el centro del pueblo, que estaba formado por dos hileras de edificios prefabricados, hasta que llegó a la amplia extensión de tierra que hacía las veces de carretera principal y luego giró hacia la zona de aterrizaje original. Los refugiados que habían colonizado Ilo habían descendido de la nave en pequeñas lanzaderas, por lo que lo único que necesitaban era una extensión de terreno lo suficientemente lisa. Pero los de Energías Carta Real, los empresarios, quienes tenían una escritura de la ONU que afirmaba que aquel mundo era de ellos, iban a bajar con equipamiento pesado. Las lanzaderas pesadas necesitaban una plataforma de aterrizaje de verdad, y se había construido en el mismo lugar al que habían llegado los primeros colonos.
Era algo que a Basia le resultaba ofensivo. Invasivo. El lugar donde había tenido lugar aquel primer aterrizaje era muy significativo. Se imaginó que algún día podría llegar a ser un parque con un monumento en el centro que conmemorara la llegada a aquel nuevo mundo. Pero en lugar de eso, ECR había construido una monstruosidad enorme y metálica justo encima del lugar. Y peor aún, habían contratado a los colonos para hacerlo y muchos de ellos habían pensado que era buena idea.
Se sintió como si lo hubiesen borrado de la historia.
Cuando llegó a esa nueva plataforma de aterrizaje, Scotty y Coop lo estaban esperando. Scotty se encontraba sentado en el borde de la plataforma de metal con las piernas colgando, fumando una pipa y escupiendo a intervalos en la tierra que había bajo sus pies. Junto a él había un pequeño farol eléctrico que le daba una tonalidad verduzca e inquietante. Coop estaba un poco apartado y miraba hacia el cielo enseñando los dientes. Era un cinturiano de la vieja escuela, y la agorafobia había sido más difícil de tratar en su caso que en el de los demás. El hombre de cara enjuta siempre estaba mirando el vacío para acostumbrarse a él, como si fuese un niño que no deja de arrancarse las costras de las heridas.
Basia aparcó el carrito junto al borde de la plataforma, salió de un salto y se puso a desabrochar las correas que sostenían los barriles bomba.
—¿Me echáis una mano? —preguntó.
Ilo era un planeta grande cuya gravedad era algo mayor que la de la Tierra. Incluso después de haber pasado seis meses tomando medicación para fortalecer sus huesos y sus músculos, todo seguía pareciéndole demasiado pesado. El simple hecho de pensar en bajar los barriles al suelo hacía que le molestaran los hombros antes de empezar siquiera.
Scotty se dejó caer de la plataforma de aterrizaje y descendió un metro y medio hasta el suelo. Se apartó el pelo negro y grasiento de los ojos y le dio otra larga calada a la pipa. Basia notó el olor pungente de la marihuana que Scotty cultivaba en una bañera mezclado con el de las hojas de tabaco deshidratadas y congeladas. Coop echó un vistazo mientras se afanaba por enfocar la vista, y luego asomó en su rostro una sonrisa ligera y cruel. El plan había sido obra de Coop.
—Mmm —dijo—. Qué bonitos.
—No te encariñes —dijo Basia—. No durarán mucho.
Coop imitó el sonido de una explosión y sonrió. Bajaron juntos los cuatro barriles pesados y los dejaron en fila al lado de la plataforma. Cuando iban por el último, todos jadeaban de cansancio. Basia se apoyó contra el carrito en silencio durante un instante mientras Scotty terminaba de fumar la pipa y Coop colocaba los dispositivos en los barriles. Los detonadores estaban en la parte de atrás del carro, como serpientes de cascabel durmientes, y tenían un led rojo que indicaba que por ahora estaban inactivos.
El pueblo resplandecía en la oscuridad. Las casas que todos habían construido juntos con sus propias manos brillaban como estrellas traídas del cielo. Detrás de los edificios estaban las ruinas. Una estructura alienígena baja y alargada con dos torres enormes que destacaban en el paisaje como termiteros. Tenían pasillos y estancias que no habían sido diseñados por los humanos. A la luz del día, las ruinas brillaban con colores inquietantes parecidos a los de la madreperla. Por la noche, parecían amplificar aún más la oscuridad. Los pozos mineros estaban a mucha más distancia, invisibles a excepción de las tenues luces que a veces se reflejaban en la parte inferior de las nubes. Lo cierto era que a Basia no le gustaban las minas. Las ruinas eran reliquias extrañas y deshabitadas del pasado del planeta y, como todo lo que era extraño pero no suponía una amenaza, dejaban de tenerlo en cuenta después de los primeros meses. En las minas sí que había historia y esperanzas. Había pasado la mitad de su vida en túneles de hielo, y los túneles que atravesaban el suelo alienígena olían raro.
Coop emitió un sonido agudo y agitó la mano mientras soltaba tacos. No había explotado nada, así que no podía ser tan grave.
—¿Crees que nos pagaran para reconstruirla? —preguntó Scotty.
Basia soltó un improperio y escupió en el suelo.
—No tendríamos que hacer esto si no fuese por esas rémoras de ECR —dijo mientras hacía rodar el último de los barriles hasta su posición—. Sin esto, no pueden aterrizar. Lo único que teníamos que hacer era no construirla.
Scotty rio al tiempo que soltaba una bocanada de humo.
—Iban a venir igual. Lo único es que se hubiesen gastado más dinero. Eso es lo que dice la gente.
—La gente es idiota —afirmó Basia.
Scotty asintió. Luego apartó un lagarto mimo que había en el asiento de pasajeros del carrito y se sentó. Apoyó los pies sobre el salpicadero y le dio otra larga calada a la pipa.
—Si volamos esto, vamos a tener que apartarnos bien. Esa pólvora explota que da gusto.
—Oye, colegas —gritó Coop—. Todo listo. Vamos a montarlo.
Scotty se incorporó y empezó a caminar hacia la plataforma. Basia lo detuvo, le quitó la pipa encendida de los labios y la dejó sobre el capó del carrito.
—Explosivos —dijo—. Explotan.
Scotty se encogió de hombros, pero parecía un tanto molesto. Coop ya estaba aflojando el primero de los barriles y bajándolo al suelo cuando llegaron junto a él.
—Un trabajo parfait. Tienen buena pinta.
—Gracias —dijo Basia.
Coop se tumbó bocarriba. Basia hizo lo propio a su lado. Después, Scotty echó a rodar con suavidad la primera de las bombas entre ellos.
Basia reptó por la parte inferior de la plataforma y se abrió paso por la maraña de vigas para colocar cada uno de los cuatro barriles, girar los dispositivos de detonación y sincronizarlos. Oyó un chirrido eléctrico y se molestó al pensar que Scotty se había marchado con el carrito. Pero no era el sonido de uno alejándose, sino el de otro que acababa de llegar.
—Oye —llamó a gritos la voz familiar de Peter.
—Pero qué hace aquí este fils de pute —murmuró Coop mientras se enjugaba la frente con la mano.
—¿Quieres que vaya a preguntarle? —comentó Scotty.
—Basia —llamó Coop—. Vete a ver lo que quiere Peter. Scotty aún no se ha llenado de tierra.
Basia salió de debajo de la plataforma e hizo hueco para Scotty y la última de las cuatro bombas. El carrito de Peter estaba aparcado junto al otro, y el hombre se encontraba entre ambos, moviéndose inquieto como si tuviese que orinar. A Basia le dolían la espalda y los brazos. Quería que acabase todo y volver a casa con Lucia, Felcia y Jacek.
—¿Qué? —preguntó Basia.
—Están de camino —dijo Pete entre susurros, como si alguien pudiese oírlos.
—¿Quién está de camino?
—Todos. El gobernador interino. El equipo de seguridad corporativa. El equipo técnico y científico. Todo el mundo. Van en serio. Van a hacer aterrizar todo un nuevo gobierno para este lugar.
Basia se encogió de hombros.
—Lo sabíamos. Llevan acelerando desde hace dieciocho meses. Por eso estamos aquí.
—No —insistió Pete entre brincos nerviosos y sin dejar de mirar a las estrellas—. Vienen ahora mismo. La Edward Israel acaba de realizar la maniobra de frenado hace media hora. Ha entrado en órbita alta.
A Basia se le lleno la boca del sabor metálico del miedo. Elevó la vista hacia la oscuridad. Mil millones de estrellas desconocidas, la Vía Láctea, o eso suponía todo el mundo, pero vista desde un ángulo diferente. Miró de un lado a otro desesperado y luego la vio. Era un movimiento sutil, como el del minutero de un reloj analógico, pero la vio. La pesada lanzadera descendía y se dirigía hacia la plataforma de aterrizaje.
—Iba a informaros por radio, pero Coop siempre dice que controlan las bandas de frecuencia y... —dijo Pete, pero Basia ya había empezado a correr hacia la plataforma. Scotty y Coop salían de debajo. Coop se sacudió la tierra de los pantalones y sonrió.
—Tenemos un problema —dijo Basia—. La nave ya está de camino. Y parece que ya han penetrado en la atmósfera.
Coop levantó la cabeza. El brillo de las luces le ensombreció las mejillas y los ojos.
—Vaya —dijo.
—Pensaba que lo tenías controlado, tío. Pensaba que sabías por dónde iban.
Coop se encogió de hombros, sin negar ni afirmar nada.
—Tenemos que sacar esas bombas de ahí —afirmó Basia. Scotty empezó a arrodillarse, pero Coop lo agarró del hombro.
—¿Por qué? —preguntó.
—Porque van a intentar aterrizar ahora mismo y todo podría saltar por los aires —respondió Basia.
Coop le dedicó una sonrisa agradable.
—Podría pasar, sí —dijo—. Pero ¿cuál es el problema?
Basia apretó los puños.
—Que están bajando ahora mismo.
—Eso he visto —comentó Coop—. Tampoco es que me preocupe demasiado. Además, hagamos lo que hagamos, no hay tiempo de sacar eso de ahí.
—Podríamos quitar la carga y los dispositivos de detonación —dijo Basia al tiempo que se agachaba. Paseó la linterna por la superestructura de la plataforma.
—Quizá sí, quizá no —comentó Coop—. La cuestión es si deberíamos hacerlo, y creo que cae por su propio peso.
—¿Coop? —llamó Scotty con voz lastimera e insegura. Coop lo ignoró.
—Yo diría que estamos ante una oportunidad —afirmó Coop.
—En esa cosa hay muchas personas —dijo Basia, que ya había empezado a meterse debajo de la plataforma. Los dispositivos electrónicos de la bomba más cercana estaban en la tierra. Se apoyó con el hombro y tiró.
—No hay tiempo, colega —dijo Coop.
—Podría haberlo si movieras el culo hasta aquí —gritó Basia. El dispositivo de detonación estaba unido a un lado del barril con la fuerza de una garrapata. Basia intentó meter los dedos en el mejunje del sellador y tirar de él.
—Mierda —dijo Scotty con una voz demasiado sobrecogida—. Baz, mierda, joder.
El dispositivo se soltó. Basia se lo metió en el bolsillo y empezó a arrastrarse hacia la segunda de las bombas.
—No hay tiempo —gritó Coop—. Será mejor que salgamos de aquí e intentemos hacerla saltar por los aires cuando todavía les dé tiempo de volver a ascender.
En la distancia, oyó que alguien había arrancado uno de los carritos. Pete se perdió en el horizonte. También oyó algo más. El grave rugido de los motores al frenar. Miró con desesperación las tres bombas que quedaban y salió rodando de debajo de la plataforma. La lanzadera era enorme en aquel cielo oscuro y estaba tan cerca que veía los propulsores.
No le iba a dar tiempo.
—¡Corred! —grito. Scotty, Coop y él salieron disparados hacia el carrito. El rugido de la lanzadera aumentó y se hizo ensordecedor. Basia llegó hasta el carrito y buscó el detonador. Si lo activaba pronto, la lanzadera podría volver a ascender y escapar.
—¡No lo hagas! —gritó Coop—. ¡Estamos demasiado cerca!
Basia pulsó el botón con la palma de la mano.
El suelo se elevó bajó sus pies y lo propulsó con fuerza; la tierra y las rocas le rajaron las manos y las mejillas mientras derrapaba, pero el dolor era algo distante. Una parte de él sabía que estaba muy malherido y que podía estar conmocionado, pero eso también era distante y fácil de ignorar. Lo que más le impresionó fue lo silencioso que estaba todo. Dejaron de llegarle los sonidos. Oía su respiración y los latidos de su corazón, pero era como si le hubiesen bajado el volumen al mínimo a todo lo demás.
Rodó para ponerse bocarriba y contempló la noche estrellada. La gran lanzadera atravesaba el cielo a toda velocidad con la mitad de su estructura en llamas, y el sonido de los motores había pasado de ser aquel rugido grave a convertirse en el lamento de un animal herido que Basia sentía en las entrañas en lugar de oírlo. La lanzadera estaba muy cerca, la explosión había sido demasiado fuerte y unos escombros desafortunados habían salido disparados en la dirección correcta. Era imposible saber qué había ocurrido exactamente. Una parte de Basia sabía que era una imagen horrible, pero también que tenía que prestar mucha atención.
La lanzadera desapareció de la vista sin dejar de emitir por todo el valle aquel alarido mortal que él oía como un pitido tenue y agudo. Luego se hizo el silencio de repente. Scotty estaba sentado a su lado en el suelo y miraba en la dirección por la que se había perdido la nave. Basia se quedó tumbado bocarriba.
Cuando dejó de estar encandilado, volvió a distinguir las estrellas. Las vio titilar y se preguntó cuál de ellas sería el Sol. Estaban tan lejos. Pero también cerca, gracias a las puertas. Habían derribado la lanzadera. Ahora irían a por ellos. No les habían dejado elección.
Le sobrevino un acceso de tos. Sentía que tenía los pulmones llenos de líquido y no dejó de toser durante varios minutos. De tanto toser, empezó a sentir dolor, uno que se le extendió de la cabeza a los pies.
Uno que le hizo sentir miedo.
2
Elvi
La lanzadera se sacudió, empujó a Elvi Okoye contra las correas con la fuerza suficiente para dejarla sin aliento y luego la volvió a comprimir contra el aplastante abrazo del asiento de colisión. Las luces parpadearon, todo se volvió oscuro y luego se iluminó otra vez. Elvi tragó saliva, y la emoción y la expectación dieron paso a un miedo animal. A su lado, Eric Vanderwert le dedicó la misma mirada medio maliciosa y medio esperanzada que le llevaba dedicando durante los últimos seis meses. Frente a ella, Fayez tenía los ojos abiertos como platos y la piel se le había empezado a poner grisácea.
—No pasa nada —comentó Elvi—. Todo va a ir bien.
A pesar de pronunciar aquellas palabras, una parte de ella se encogió al oírlas. La verdad era que no sabía qué pasaba. No había forma posible de saber si todo iba a ir bien. Y, aun así, su primer impulso había sido asegurarlo y decirlo como si así se fuese a hacer realidad. Se oyó un chirrido muy agudo que recorrió la superficie de la lanzadera, sonidos que empezaron a superponerse. Sintió cómo el peso del cuerpo se le iba hacia la izquierda y vio que los cardanes de todos los asientos de colisión cambiaban al mismo tiempo de dirección, como si fuese una coreografía. Perdió de vista a Fayez.
Se oyó el estruendo tritonal que anunciaba un mensaje de la piloto por el canal general de comunicaciones.
—Señoras y señores, al parecer la plataforma de aterrizaje se ha visto afectada por un error de funcionamiento muy grave y no podremos realizar el aterrizaje. Volveremos a órbita y atracaremos en la Edward Israel hasta que podamos volver a asegurar que...
La piloto se quedó en silencio, pero aún se oía por toda la nave el siseo de la línea abierta. Elvi supuso que se habría despistado con algo. La nave se sacudió y empezó a vibrar, y Elvi cogió sus amarres y se aferró a ellos. Cerca de ella, alguien había empezado a rezar en voz alta.
—Señoras y señores —repitió la piloto—. Me temo que el error de funcionamiento de la plataforma de aterrizaje ha provocado daños en la lanzadera. No creo que podamos volver a ascender. Tenemos el lecho seco de un lago a poca distancia y creo que vamos a tener que usarlo como plataforma de aterrizaje alternativa.
Elvi se sintió aliviada por un instante. «Aún tenemos una plataforma de aterrizaje.» Pero empezó a darle vueltas a aquello y el miedo se fue apoderando de ella. «En realidad está diciendo que vamos a chocar.»
—Voy a tener que pedirles a todos que permanezcan en sus asientos —continuó la piloto—. No se quiten los cinturones y, por favor, no saquen los brazos ni las piernas del armazón del asiento para evitar golpes. El gel está ahí para estos casos. Conseguiremos bajar en unos pocos minutos.
Aquella calma forzada y artificial de la voz asustó a Elvi más de lo que lo habrían hecho los llantos y los gritos. La piloto hacía todo lo posible para que nadie entrase en pánico. ¿Lo harían si conseguía convencerlos de que no había razón para asustarse?
Volvió a sentir cómo se le mecía el cuerpo, hacia la izquierda para luego quedarse igual que antes y después volverse cada vez más ligera a medida que la lanzadera descendía. Le dio la impresión de que el descenso duraba una eternidad. El traqueteo y los chirridos de la nave se convirtieron en sonidos atronadores. Elvi cerró los ojos.
—Todo irá bien —dijo para sí—. No pasará nada.
El impacto abrió la lanzadera como si fuese la cola de una langosta que acaba de recibir el impacto de un martillo. Vio estrellas que le resultaron familiares en el firmamento y su consciencia se desvaneció como si Dios hubiese apagado un interruptor.
Hacía siglos, los europeos habían invadido la vasta extensión libre de plagas de las Américas. Se habían subido a bordo de barcos de madera con gigantescas velas de lona y confiado en las habilidades de los marineros y en los vientos para partir de las tierras que conocían y llegar a lo que llamaban Nuevo Mundo. Los fanáticos religiosos, los aventureros y los desesperados por la pobreza se habían recluido durante más de seis meses para quedar a merced de las crueles olas del océano Atlántico.
Hacía dieciocho meses, Elvi Okoye había salido de la estación Ceres gracias a un contrato con Energías Carta Real. La Edward Israel era una nave enorme. Casi tres generaciones antes había sido una de las naves coloniales que había llevado a la humanidad al Cinturón y al sistema joviano. Cuando el éxodo había empezado a remitir y la presión por expandirse había alcanzado sus límites naturales, la Israel se había empezado a reutilizar como carguero de agua. La expansión había llegado a su fin, y el romance de la libertad había dado paso a la realidad del día a día: aire, agua y comida, en ese orden. Durante décadas la nave había sido una mula de carga por todo el Sistema Solar, hasta que se abrió al Anillo y todo volvió a cambiar. En la sede de Astilleros Bush de la estación Tycho se había empezado a construir una nueva generación de naves coloniales, pero la actualización de la Israel había terminado antes.
Cuando entró en la nave por primera vez, Elvi sintió un sentido de la maravilla, esperanza y emoción que parecían emanar de los propios recicladores de aire de la nave y extenderse por las esquinas de sus anticuados pasillos. Había vuelto a comenzar una época llena de aventuras, los viejos guerreros habían regresado, había que volver a afilar las espadas y lustrar las armaduras que se habían oxidado con el paso de los años. Elvi sabía que todo estaba en su cabeza, que era una proyección de su estado de ánimo y no algo que estuviese presente a nivel físico en la nave, pero ahí estaba a pesar de todo. La Edward Israel volvía a ser una nave colonial y sus estancias volvían a estar llenas de edificios prefabricados, laboratorios de producción y hasta un microscopio electrónico de barrido. Contaban con equipo de exploración y de creación de mapas, otro de sondeo geológico, otro hidrológico, el equipo de trabajo exozoológico de Elvi y mucho más. Había tantos doctores como en una universidad y tantos investigadores como en un laboratorio del gobierno. Mil personas entre tripulación y colonos.
Era una ciudad en el cielo, un barco lleno de peregrinos que, al mismo tiempo, se dirigía a la roca de Plymouth y realizaba el viaje de Darwin en el Beagle. Se trataba de una de las aventuras más grandiosas y bonitas en las que se había embarcado jamás la humanidad, y Elvi había conseguido una plaza en el equipo de exobiología. Con un contexto así, imaginar que el acero y la cerámica de la nave estaban imbuidos de alegría era una ilusión permisible.
Y todo aquello estaba bajo el control del gobernador Trying.
Le había visto varias veces durante los meses que habían pasado acelerando y frenando, y luego realizando aquel tránsito lento y escalofriante entre anillos, para luego acelerar y frenar de nuevo. Pero no había hablado con él hasta justo antes del descenso.
Trying era un hombre delgado. Tenía la piel caoba y el pelo blanco como la nieve, lo que a Elvi le recordaba a sus tíos, y también una sonrisa tranquila y apacible. Elvi se encontraba en la cubierta de observación imaginándose que las pantallas de alta resolución en las que se veía el planeta eran en realidad ventanas y que la luz de aquel sol desconocido rebotaba en los mares amplios y cenagosos y en las nubes altas y heladas para llegar directamente a sus ojos, aunque la gravedad de la deceleración en realidad le indicaba que todavía no estaban en órbita con el planeta. Era una visión extraña y maravillosa. Un océano único y gigantesco moteado por islas. Un continente enorme que se extendía a lo largo de medio hemisferio, que era más amplio por el ecuador y que luego se estrechaba por norte y sur. El nombre artificial de aquel mundo era Sonda Bering Cuatro, que era el nombre de la sonda que lo había descubierto. En los pasillos, las cafeterías y el gimnasio, todo el mundo lo llamaba Nueva Terra, lo que era indicativo de que ella no era la única a la que afectaba todo aquel romanticismo.
—¿En qué piensa, doctora Okoye? —preguntó Trying con amabilidad, lo que hizo que Elvi se sobresaltase. No lo había oído entrar. Tampoco le había visto colocarse junto a ella. Sintió que tenía que hacerle una reverencia o darle un informe profesional de la situación, pero el hombre tenía una expresión tan tranquila que se relajó.
—Me preguntaba qué he hecho para merecer todo esto —dijo—. Estoy a punto de contemplar la primera biosfera alienígena de verdad, a punto de aprender cosas sobre la evolución que eran imposibles de saber hasta estos mismos momentos. Debo haber sido una persona muy buena en una vida anterior.
En las pantallas, Nueva Terra resplandecía marrón, dorada y azul. Los vientos en alta atmósfera impulsaban nubes verdosas alrededor del planeta. Elvi se inclinó hacia ellas. El gobernador rio entre dientes.
—Será famosa —dijo.
Elvi parpadeó y soltó una carcajada que hizo que se atragantase.
—Supongo que sí, ¿no? —comentó—. Vamos a hacer cosas que la humanidad no ha hecho jamás.
—Algunas cosas, sí —dijo Trying—. Pero también otras que hemos hecho siempre. Espero que la historia sea benévola con nosotros.
Elvi no sabía muy bien a qué se refería, pero antes de que pudiese preguntárselo, entró en la estancia Adolphus Murtry. Era un hombre delgado de mirada adusta y ojos azules, jefe de seguridad con una firmeza y eficiencia que estaban a la par de la camaradería de Trying. Los dos hombres se marcharon juntos y dejaron a Elvi sola con aquel mundo que pronto podría explorar.
La lanzadera pesada era casi tan grande como algunas de las naves en las que había estado Elvi. Habían tenido que construir una plataforma en la superficie del planeta para que pudiese aterrizar. Llevaba en su interior las cincuenta primeras estructuras, cincuenta laboratorios básicos y, lo más importante, una cúpula de aislamiento.
Elvi había deambulado por los pasillos estrechos de la lanzadera con el terminal portátil en la mano para guiarse hasta el asiento de colisión que le correspondía. Cuando se habían asentado las primeras colonias de Marte, las cúpulas de aislamiento habían sido una cuestión de supervivencia. Servían para contener el aire y aislar la radiación. En Nueva Terra lo principal era limitar la contaminación. ECR los había contratado con la exigencia de que su presencia en el planeta tenía que ser lo más testimonial posible. Elvi había oído que ya había personas en la superficie planetaria y, con suerte, ellos también habrían tenido cuidado con el lugar en el que se encontraban. De no tenerlo, las interacciones entre los organismos del lugar y los que acababan de llegar se volverían muy complejas. Tanto que quizá sería imposible volver a aislar unos de otros.
—Pareces consternada.
Fayez Sarkis estaba sentado en el asiento de colisión y había empezado a amarrarse los amplios cinturones de seguridad por el pecho y la cintura. Había crecido en Marte, pero tenía la complexión alta y delgada y la cabeza alargada propios de la baja gravedad. Parecía estar como en casa en un asiento de colisión. Elvi se dio cuenta de que su terminal portátil la estaba avisando de que ya había encontrado su sitio. Se sentó, y el gel le rodeó los muslos y la parte baja de la espalda. Siempre le daban ganas de incorporarse un poco cuando se sentaba en un asiento de colisión, como una niña que no era capaz de estar tranquila en una piscina hinchable. Hundirse en el asiento le daba la impresión de que algo se la estaba comiendo.
—Pienso en lo que nos deparará el futuro —dijo al tiempo que se obligaba a echarse hacia atrás—. Hay mucho trabajo que hacer.
—Lo sé —dijo Fayez con un suspiro—. Se acabó el descanso. Ahora es cuando tenemos que ganarnos el sueldo, pero fue divertido mientras duró. Bueno, divertido menos cuando aceleramos a un g.
—Ya sabes que Nueva Terra tiene un poco más.
—No me lo recuerdes —dijo Fayez—. No sé por qué no podíamos empezar con un planeta algo más civilizado.
—Son las cartas que nos han tocado.
—Bueno, pues tan pronto como podamos mudarnos a un planeta decente tipo Marte, pediré el traslado.
—Lo pediréis tú y la mitad de Marte.
—Sí, lo sé. Estaría bien tener un lugar con una atmósfera respirable y campo magnético, para no tener que vivir como ratas topo. Sería como si hubiésemos terminado el proyecto de terraformación y estuviese vivo para verlo.
Elvi rio. Fayez estaba en el equipo de geología y en el grupo de trabajo hidrológico. El hombre había estudiado en las mejores universidades fuera de la Tierra, y sabía muy bien que como mínimo estaba tan asustado y emocionado como ella. Eric Vanderwert pasó junto a ellos y se acomodó en el asiento junto a Elvi. La mujer le sonrió con educación. Durante el año y medio que llevaba fuera de Ceres habían tenido lugar varios vínculos románticos, y si no románticos al menos sexuales, entre los miembros de los equipos científicos. Elvi se había mantenido al margen de aquel embrollo. Sabía que los líos sexuales y el trabajo eran una mezcla tóxica e inestable.
Eric saludó con la cabeza a Fayez y luego se giró hacia ella.
—Qué emocionante —dijo.
—Sí —afirmó Elvi.
Frente a ella, Fayez puso los ojos en blanco.
Murtry pasó a su lado entre los asientos de colisión. Miraba todo lo que tenía alrededor: los asientos, los cinturones, las caras de las personas que se preparaban para el descenso. Elvi le sonrió, y el hombre hizo un gesto brusco con la cabeza para saludarla. No era un gesto agresivo, pero sí formal. Elvi vio cómo la evaluaba. No de la forma sexual en la que un hombre suele fijarse en las mujeres, sino como si fuese un estibador que se asegura de que los cepos magnéticos de una carga están activados. Volvió a hacer un gesto con la cabeza, al parecer satisfecho de que Elvi se hubiese puesto bien los cinturones. Luego continuó. Cuando se perdió de vista, Fayez rio entre dientes.
—Es como si ese cabronazo siempre tuviera un palo metido por el culo —dijo después de que se marchase Murtry.
—¿Lo tiene? —preguntó Eric.
—Nos ha tenido a sus órdenes durante año y medio y ahora vamos a descender y él se va a quedar en órbita. Está cagado por lo que pueda llegar a pasarnos mientras seamos responsabilidad suya.
—Al menos se preocupa —comentó Elvi—. Por eso me gusta.
—A ti te gusta todo el mundo —se burló Fayez—. Es una tarita que tienes.
—Y a ti no te gusta nadie.
—Esa es la mía —dijo él, con una sonrisa en el gesto.
La alarma tritonal empezó a sonar y se oyó el sistema general de comunicaciones.
—Señoras y señores, me llamo Patricia Silva y seré su piloto durante este viajecito rutinario.
Se oyeron carcajadas por todos los asientos de colisión.
—Nos separaremos de la Israel en unos diez minutos y esperamos que el descenso lleve unos cincuenta, por lo que en una hora estarán respirando un aire del todo nuevo. El gobernador está a bordo y vamos a procurar que todo vaya como la seda y nos den una bonificación por desempeño.
Todos estaban nerviosos, hasta la piloto. Elvi sonrió y Fayez le devolvió la sonrisa. Eric carraspeó.
—Bueno —comentó Fayez con fingida resignación—. Hemos llegado hasta aquí, así que supongo que tendremos que terminar lo que vinimos a hacer.
No sabía dónde se originaba el dolor, le dolía demasiado como para distinguirlo. Se extendía por todas partes y lo abarcaba todo. Elvi se dio cuenta de que tenía la mirada fija en algo, una pata de cangrejo gigantesca y articulada, quizá. O una grúa de construcción rota. El suelo liso del lecho seco del lago se extendía a su alrededor, y luego empezaba a volverse más irregular hasta que llegaba a la base de esa cosa. Se imaginó que salía del suelo negro y reseco o que se había clavado en él al caer. Su mente agonizante intentó discernir si eran restos de la lanzadera, pero no lo consiguió.
Era un artefacto. Ruinas. Una estructura arcana dejada por la civilización alienígena que había diseñado la protomolécula y los anillos y que ahora estaba vacía y abandonada. A Elvi le sobrevino el recuerdo vívido e inconexo de una exposición de arte que había visto cuando era pequeña. En ella contempló una imagen en alta resolución de una bicicleta en una zanja en las afueras de las ruinas de Glasgow. Era una imagen que representaba las consecuencias del desastre, una tan condensada y expresiva como un poema.
«Al menos he tenido la suerte de verlo —pensó—. Al menos he podido llegar al lugar antes de morir.»
Alguien la había arrastrado al exterior de la lanzadera destrozada. Cuando giró la cabeza vio unas luces de construcción que resplandecían blancas y amarillas, y al resto tumbados a su alrededor formando hileras. Algunos estaban en pie y se movían entre los heridos y los muertos. No reconoció las caras ni la manera en la que se movían sus cuerpos. Después de haber pasado un año y medio en la Israel, conocía de vista a todo el mundo, pero aquellos eran desconocidos. Tenían que ser los lugareños. Los okupas. Los ilegales. El aire olía a tierra quemada y a comino.
Se había desmayado, ya que de repente apareció junto a ella una mujer que no había estado ahí antes. Tenía las manos ensangrentadas y la cara llena de tierra y fluidos que no eran suyos.
—Estás molida, pero no corres peligro. Voy a darte algo para el dolor, pero necesito que te quedes quieta hasta que podamos ponerte una férula en la pierna. ¿De acuerdo?
Era una mujer guapa o al menos tenía una belleza austera. En sus mejillas oscuras había unos puntos negro azabache que moteaban su rostro como si fuesen las cuentas de un velo. Unos hilos blancos adornaban las ondulaciones negras de su pelo, como el reflejo de la luz de luna en el agua. Pero en Nueva Terra no había luz de luna, solo la de miles de millones de estrellas desconocidas.
—¿De acuerdo? —repitió la mujer.
—De acuerdo —respondió Elvi.
—Repíteme qué es lo que te acabo de pedir.
—No me acuerdo.
La mujer se reclinó y apretó el hombro de Elvi con cuidado.
—¡Torre! Voy a necesitar que le hagas un escáner a la cabeza de esta. Puede que esté conmocionada.
Otra voz, de un hombre, surgió de la oscuridad.
—Sí, doctora Merton. Tan pronto como acabe con este.
La doctora Merton le dio la espalda a Elvi.
—Si me levanto, ¿te quedarás quieta hasta que venga Torre?
—Pero si no pasa nada. Puedo ayudar —respondió Elvi.
—Claro que sí —dijo entre suspiros aquella mujer tan atractiva—. Bueno, pues lo esperaré contigo.
Una sombra se cernió sobre ellas desde la oscuridad. Reconoció a Fayez por su forma de caminar.
—Puede irse, yo me quedaré con ella.
—Gracias —dijo la doctora Merton antes de marcharse.
Fayez bajó al suelo con un gruñido y cruzó las piernas. El pelo le sobresalía por todas partes de su cabeza ligeramente sobredimensionada. Apretaba los labios. Elvi le cogió la mano y sintió que el hombre intentaba resistirse durante un segundo antes de que sus dedos se tocasen.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Elvi.
—La plataforma de aterrizaje saltó por los aires.
—Vaya —dijo. Luego añadió—: ¿Es normal?
—No, la verdad es que no lo es.
Elvi intentó encontrarle un sentido. «Si no es normal, ¿por qué lo han hecho?» Empezó a despejársele lo suficiente la cabeza como para darse cuenta de que estaban en peligro. Era inquietante, pero una buena señal para su recuperación.
—¿Es muy grave?
Sintió que Fayez se había encogido de hombros, aunque no lo vio.
—Es grave. La mejor noticia del día es que hay un pueblo cerca y que la doctora es muy buena. Estuvo en Ganímedes. Aunque si nuestros suministros no estuviesen quemados ni aplastados debajo de varias toneladas de metal y cerámica, seguro que podría hacer más.
—¿El grupo de trabajo?
—He visto a Gregorio. Está bien. Eric ha muerto. No sé cómo le ha ido a Sophie, pero iré a buscar a los demás cuando alguien venga a quedarse contigo.
Eric había muerto. Minutos antes, se encontraba en el asiento de colisión junto a ella intentando ligar como un pesado.
—¿Sudyam? —preguntó Elvi.
—Ha vuelto a la Israel. Está bien.
—Algo es algo.
Fayez le estrechó la mano y se la soltó. Volvió a sentir el aire frío por la parte de la palma que ahora había quedado al descubierto. El hombre miró alrededor entre las hileras de cuerpos y hacia los restos de la lanzadera. Estaba muy oscuro, y Elvi casi no lo distinguía en la noche, solo las partes de él que quedaban iluminadas contra las estrellas.
—El gobernador Trying tampoco lo ha conseguido —dijo.
—¿Conseguir qué?
—Que ha muerto como una rata. Ahora no tenemos muy claro quién está al mando.
Elvi sintió que se le formaban lágrimas en los ojos y que un dolor se apoderaba de su pecho, uno que no tenía nada que ver con las heridas. Recordó la sonrisa amable de aquel hombre y la calidez de su voz. Era extraño que la muerte de Eric hubiese resbalado por la superficie de su mente como una roca que rebota contra la superficie de un lago pero la del gobernador Trying le afectase tanto.
—Lo siento mucho —dijo Elvi.
—Ya, bueno. Estamos en un planeta alienígena que está a año y medio de casa, nuestros suministros iniciales han quedado hechos papilla y se baraja que el problema haya sido debido a un sabotaje perpetrado por los mismos que nos están dando atención médica en estos momentos. No es que la muerte sea lo mejor, pero al menos es más simple. Acabaremos envidiando a Trying antes de que acabe todo esto.
—Seguro que no lo dices en serio. Ya verás como todo va bien.
—Elvi —dijo Fayez al tiempo que reía entre dientes con sorna—, no va a ir bien.
3
Havelock
—¡Oye! —dijo el ingeniero adormilado desde la celda—. Havelock. No sigues enfadado, ¿verdad?
—No me pagan para estar enfadado, Williams —respondió Havelock desde donde flotaba detrás del escritorio. La estación de seguridad interna de la Edward Israel era pequeña. Contaba con dos escritorios y ocho celdas, las oficinas y el calabozo tenían casi el mismo tamaño. Y ahora que la nave estaba en órbita alta, la pérdida de gravedad hacía que el lugar pareciese aún más pequeño.
—Mira, sé que me pasé de la raya, pero ya estoy sobrio. Puedes dejarme salir.
Havelock miró el terminal portátil.
—Solo cincuenta minutos más y podrás marcharte —comentó.
—Venga, Havelock. Ten piedad.
—Son las reglas. No puedo hacer nada.
Dimitri Havelock había trabajado como agente de seguridad en ocho empresas diferentes durante los últimos trece años. Pinkwater, Star Helix, la Cooperativa el-Hashem, Stone & Sibbets, entre otras. Hasta Protogen durante un corto periodo de tiempo. Había estado en el Cinturón, en la Tierra, en Marte y en la Luna. Había realizado trabajos de largas distancias en las naves de suministros que iban de Ganímedes a la Tierra. Se había visto envuelto en todo tipo de altercados: disturbios, graves actos de violencia, tráfico de drogas y hasta un inútil al que le gustaba robar los calcetines a la gente. No lo había visto todo, pero sí muchas cosas. Lo suficiente como para tener claro que nunca llegaría a verlo todo. Y lo suficiente también para saber que la manera en la que él reaccionaba a esas crisis estaba más relacionada con los integrantes de su equipo que con la crisis en sí misma.
Cuando el reactor de la base Aten se había estropeado, tanto su compañero como el supervisor habían entrado en pánico, y Havelock recordaba muy bien el miedo que le transmitieron. Cuando empezaron las revueltas en Ceres después de que destruyeran el carguero de hielo Canterbury, su compañero había sido más precavido que cobarde, y Havelock había sido capaz de afrontar la situación con la misma seriedad y resignación. Cuando habían aislado la Ebisu debido a una epidemia de virus Nipah, su jefe se había puesto muy voluntarioso (casi eufórico) y se había encargado de la nave como si de un rompecabezas que tenía que resolver se tratase, y le había contagiado a Havelock ese placer de estar haciendo algo importante.
Havelock sabía por experiencia que, antes que nada, los humanos eran animales sociales, y que él era muy humano. Habría sido propio de la época del Romanticismo (más masculino, vaya) fingir que era una isla a la que no le afectaban las olas de emoción que rompían a su alrededor. Pero no era cierto, y era algo que había terminado por no importarle.
Cuando recibieron la noticia de que la plataforma de aterrizaje de la lanzadera pesada había saltado por los aires y empezaron a llegar los informes de los heridos, Murtry reaccionó con una rabia muy eficiente y moderada que terminó por contagiársele a Havelock. Toda la actividad de aquel incidente se estaba desarrollando en la superficie del planeta, por lo que él solo podía fijarse en lo que pasaba en la Edward Israel. Y lo que pasara en la Israel sin duda iba a estar bajo el control de Havelock.
—¿Por favor? —gimoteó Williams desde la celda—. Necesito cambiarme de ropa. Tampoco pasa nada, ¿verdad? Solo son unos minutos antes.
—Si no pasa nada, tampoco te importará dejarlo estar —afirmó Havelock—. Dentro de cuarenta y cinco minutos serás libre. Siéntate y disfruta de la estancia.
—No puedo sentarme mientras flotamos en órbita.
—Era una forma de hablar. No seas tan literal.
El encargo de la Edward Israel había sido un contrato para enmarcar. Energías Carta Real iba a realizar la primera gran expedición hacia los nuevos sistemas que se habían abierto detrás de los anillos, y la compañía lo tenía por una empresa cuya importancia se veía reflejada en las primas que ofrecían para que todo llegase a buen puerto. Por cada día en la Israel le pagaban un extra de peligrosidad, incluso por los días que habían pasado cargando provisiones y recogiendo a la tripulación en la Luna. Llevaban fuera casi un año y medio de los seis en los que se planeaba regresar a la Tierra, con el correspondiente viaje de vuelta de dieciocho meses (en los que le pagaban el sueldo íntegro), por lo que se podía decir que más que un trabajo era un proyecto profesional.
Y, a pesar de todo, Havelock había dudado antes de firmar.
Había visto las grabaciones de Eros y de Ganímedes, el baño de sangre que había tenido lugar en la llamada zona lenta cuando las defensas alienígenas habían detenido las naves de improviso y acabado con la tercera parte de la tripulación que había en ellas. La gran cantidad de ingenieros y científicos que había en la Israel hacía que fuese imposible olvidar que zarpaban hacia lo desconocido. Hic sunt monstruos.
Y ahora, el gobernador Trying acababa de morir. Severn Astrapani, el estadístico que había cantado clásicos de Ryu-pop en el concurso de talentos, también estaba muerto. Amanda Chu, esa que había flirteado con Havelock cuando los dos estaban un poco achispados, también había muerto. La mitad de los hombres y mujeres del primer equipo estaban heridos. Los suministros de la lanzadera pesada (y la propia lanzadera), inservibles. Y el silencio que surgía de la Edward Israel era como ese instante de conmoción entre un impacto y el dolor posterior. Sensaciones seguidas de rabia y aflicción. Rabia y aflicción que no solo sentía la tripulación, también Havelock.
Le sonó el terminal portátil. El mensaje llevaba la etiqueta del equipo de seguridad. Murtry, Wei, Trajan, Smith y él. Havelock lo abrió con deleite. Puede que fuese el que tenía menos experiencia, pero al menos formaba parte del equipo. Formar parte de él le hacía sentir que tenía algo de control sobre los acontecimientos, al fin y al cabo. No era cierto, pero tampoco le daba muchas vueltas. Leyó rápido el mensaje, asintió para sí y pulsó el código de apertura de la celda.
—Estás de suerte —dijo—. Tengo que ir a una reunión.
Williams se impulsó fuera de la celda. Tenía el pelo canoso despeinado y la piel más gris de lo habitual.
—Gracias —dijo de malas maneras.
—Que no vuelva a pasar —advirtió Havelock—. Las cosas se van a poner muy difíciles de por sí y no necesitamos que nadie las complique aún más.
—Solo fue una borrachera —dijo el ingeniero—. No quería hacer nada malo.
—Lo sé —afirmó Havelock—. Pero que no vuelva a pasar. ¿De acuerdo?
Williams asintió sin mirarlo a la cara y luego se agarró a los asideros para impulsarse por el pasillo que llevaba a los camarotes de la tripulación y así ponerse unas ropas que no estuviesen rajadas ni manchadas de vómito. Havelock esperó a que se hubiese marchado y luego cerró la estación de seguridad y se dirigió a la sala de reuniones.
Murtry ya se encontraba allí. Era un hombre pequeño, pero de él irradiaba una energía que daba la impresión de calentar el ambiente. Havelock sabía que el jefe de seguridad había trabajado en cárceles privadas y en seguridad industrial de alto nivel durante toda su carrera. Entre eso y que ahora había sido contratado para estar al mando de la seguridad de la Israel, no había tenido que esforzarse para ganar el respeto del equipo. A su lado flotaba Chandra Wei, la especialista en información, y también Hassan Smith, segundo al mando en operaciones, y ambos tenían gesto serio y ceñudo.
—Havelock —saludó Murtry.
—Señor —respondió él al tiempo que se agarraba a un asidero y se giraba para que se le quedara la cabeza en la misma orientación que la de los demás. Unos segundos después, Reeve, la mano derecha de Murtry, entró flotando en la estancia.
Murtry asintió.
—Cierre la puerta, Reeve.
—¿Y Trajan? —preguntó Wei, aunque el tono desolador que había en su voz era respuesta más que suficiente.
—Trajan ha muerto en la lanzadera —dijo Murtry—. ¿Smith? Acaba de ser ascendido.
—No me alegra, señor —dijo Smith—. Trajan era una buena oficial y profesional. La echaremos de menos.
—Sí —comentó Murtry—. Bueno, estamos aquí para preparar la ofensiva.
—¿Y si tiramos una roca sobre esos okupas? —dijo Wei con un tono jocoso que no tenía gracia alguna. Murtry sonrió a pesar de todo.
—Por el momento, vamos a ceñirnos más a las normas —zanjó—. Además, aún tenemos personal ahí abajo. He realizado una consulta a la sede y les he pedido que nos confirmen que tenemos libertad para atajar el problema. Dadas las circunstancias, estoy seguro de que no se opondrán.
—Estamos a un año y medio de distancia de todo —aseguró Wei. No dijo «Nadie puede evitar que hagamos lo que queramos», pero la frase quedó flotando en el ambiente.
—También estamos a solo unas horas de todas las cámaras y canales de noticias desde la Tierra a Neptuno —dijo Reeve—. Es una mierda, pero tenemos que dar ejemplo. Si reaccionamos de manera desproporcionada, daremos pie a que las empresas desconsideradas vuelvan a oprimir a los pobres cinturianos. Vivimos en un mundo en el que ya no existe Protogen. No queremos que vuelva a ocurrir algo así.
—No sabía que te habían nombrado oficial de política —dijo Wei.
Reeve apretó los dientes. Cuando Murtry continuó hablando, su voz tenía un tono calmado, sosegado y amenazante como una serpiente de cascabel.
—Eso mismo. Ese es el tipo de cosas que no tenemos que hacer.
—¿Señor? —preguntó Reeve.
—Lo de tirarnos pullitas unos a otros. Se acabaron esas cosas.
Wei y Reeve se miraron.
—Lo siento, señor —se disculpó Wei—. Me he pasado de la raya.
—No hay problema porque es algo que no volverá a ocurrir —dijo Murtry—. ¿Sabemos si la Barbapiccola se ha movilizado?
—No han hecho nada, señor —respondió Wei—. Los cinturianos nos han enviado sus condolencias y también nos han ofrecido ayuda, como si pudiesen hacer algo, los muy...
—¿Han empezado a calentar motores?
—No que yo sepa, señor —respondió Wei.
—Pues no les quite ojo de encima —dijo el jefe. Era una orden, pero también había duda en sus palabras.
—Podríamos hacernos con el control de la nave —dijo Wei—. Era de Mao-Kwikowski antes de que irrumpieran en ella. Se puede considerar un rescate, pero la situación legal es un tanto turbia. Podemos alegar que es ilegal, meter en ella algunos efectivos y dejarla fuera de juego.
—Lo tendré en cuenta —dijo Murtry—. ¿Qué tal va la tripulación, Havelock?
—Conmocionada, señor. Asustada. Enfadada. Son científicos. Para ellos, los okupas son una molestia y una amenaza para sus datos. La mayoría jamás ha experimentado algo así.
Murtry se rascó el dorso de la mano con la barbilla.
—¿Y qué piensan hacer al respecto?
—Por el momento, emborracharse. Gritarse entre ellos. Teorizar sobre las decisiones judiciales que podrían surgir a raíz de esto. Parece que la mayoría tan solo quiere que todo pase rápido para seguir con las investigaciones.
Murtry rio entre dientes.
—Benditos pitagorines. Pues muy bien.
—Aún contamos con las dos lanzaderas atmosféricas ligeras —continuó Havelock—. Puedo conseguir pilotos y evacuar con ellas al personal que tenemos en la superficie.
—Nada de evacuaciones. Los okupas no se van a salir con la suya —afirmó Murtry—. Que nadie que esté ahí abajo vuelva a subir aquí. Lo que necesitamos es más personal en la superficie para ayudarlos. Sea cual sea la investigación, vamos a asegurarnos de que sigue adelante y de que todos los que estén allí lo vean con sus propios ojos.
—Sí, señor —afirmó Havelock un poco avergonzado.
—Reeve, vas a bajar. Tendrás que entendértelas con los del lugar y sonsacarles todo lo que puedas. Asegúrate de que los nuestros están a salvo. Que todos vean que tenemos la sartén por el mango.
—Bien, pero sin montar ningún espectáculo que ellos puedan usar para ganarse al público de las noticias que nos ve desde casa —comentó Reeve, que parecía estar de acuerdo.
—Wei, no pierdas de vista la nave enemiga. Si empieza a calentar motores, quiero ser el primero en saberlo.
—¿Tengo permiso para usar mi mejora del láser de comunicaciones?
La Edward Israel no tenía tubos de torpedos ni cañones Gauss. Lo más parecido a un arma que había en la nave era un antiguo láser de comunicaciones que podía piratearse para tener más potencia y que llegase a cortar. La nave se había diseñado cuando los peligros del espacio eran la radiación y el suministro de aire, no la violencia intencionada. Era muy pintoresca.
—No —dijo Murtry—. Limítate a vigilar qué hacen y oír las conversaciones, y luego infórmame. Si alguien tiene que tomar alguna decisión, seré yo quien lo haga. Nada de tomar la iniciativa. ¿Entendido?
—Sí, señor.
—Havelock, usted se quedará en la nave y se coordinará con el equipo que baje a tierra. Aun así, habrá que usar las lanzaderas para bajar personal y suministros a la superficie. Estamos aquí para establecer una base, así que empezaremos a hacerlo.
—¿Y si vuelven a atacarnos, señor? —preguntó Wei.
—Pues será decisión de los okupas y tendremos que respetarla —respondió Murtry.
—No tengo muy claro a qué se refiere con eso, señor —comentó ella.
La sonrisa de Murtry no se reflejó en sus ojos.
—Toda acción tiene consecuencias.
El camarote de Havelock solo era un poco mayor que las celdas de los calabozos, pero mucho más cómodo. Estaba amarrado a su asiento de colisión al final de su turno cuando oyó un suave golpe en la puerta justo antes de que entrase Murtry. El jefe de seguridad tenía el ceño fruncido, pero no más de lo habitual.
—¿Ha pasado algo, jefe? —preguntó Havelock.
—Usted ha trabajado con cinturianos —dijo Murtry—. ¿Qué opinión le merecen?
—Son personas —respondió Havelock—. Algunos son mejores que otros. Aún tengo amigos en Ceres.
—Muy bien. Pero ya sabe, ¿cuál es su opinión sobre ellos?
Havelock se agitó en el asiento y el movimiento hizo que flotara hacia los amarres mientras pensaba una respuesta.
—Son estrechos de miras. Casi tribales. Creo que su característica más común es que no les gustan los interian
