Todo empieza en alguna parte, aunque muchos físicos no estén de acuerdo.
Pero la gente siempre ha sido vagamente consciente del problema del principio de las cosas. Se preguntan en voz alta cómo llega al trabajo el tipo que conduce la máquina quitanieves o cómo consultan la ortografía de las palabras quienes hacen los diccionarios. Y sin embargo existe el deseo constante de encontrar en las redes retorcidas, enredadas y llenas de nudos del espacio-tiempo algún punto sobre el que se pueda poner un dedo metafórico para indicar que ese, justamente ese, es el punto donde empezó todo…
Algo empezó cuando el Gremio de Asesinos enroló al señor Teatime, que veía las cosas de forma distinta a otra gente, y una de las formas en que veía las cosas de forma distinta a otra gente era que veía la otra gente como si fueran cosas (más tarde, lord Downey del Gremio dijo: «Nos dio pena porque había perdido a los dos padres a una edad muy temprana. Pensándolo bien, creo que deberíamos haber prestado algo más de atención a eso»).
Pero fue mucho antes cuando la gente se olvidó de que las historias más antiguas de todas, tarde o temprano, tratan sobre la sangre. Después quitaron la sangre para hacer las historias más adecuadas para los niños, o por lo menos para la gente que se las tenía que leer a los niños, más que para los niños en sí (a quienes, por lo general, les gusta bastante la sangre siempre y cuando la derramen quienes lo merecen),* y luego se preguntaron adónde querían ir a parar las historias.
Y fue antes todavía cuando algo en la oscuridad de las cavernas más profundas y los bosques más sombríos pensó: pero ¿qué son estas criaturas? Voy a observarlas…
Y fue mucho, mucho antes todavía cuando se formó el Mundodisco, que avanzaría a la deriva por el espacio a lomos de cuatro elefantes montados en la concha de la tortuga gigante, Gran A’Tuin.
Es posible que, mientras se mueve, se vaya enredando como un ciego en una casa llena de telarañas con esas pequeñas hebras especializadas de espacio-tiempo que intentan crecer dentro de todas las historias que se encuentran, tirando de ellas y rompiéndolas y forzándolas a adoptar formas nuevas.
O es posible que no, claro. El filósofo Didáctilos ha sintetizado una hipótesis alternativa que es: «Las cosas pasan y ya está. Qué narices».
Los magos del claustro de la Universidad Invisible estaban plantados mirando la puerta.
Estaba claro que quien fuera que la hubiera cerrado quería que se quedara cerrada. Estaba fijada al marco con docenas de clavos. Tenía varios tablones clavados encima, de lado a lado. Y por fin, hasta esa misma mañana, había estado escondida detrás de una librería que alguien le había puesto delante.
—Y también está el letrero, Ridcully —dijo el decano—. Supongo que lo ha leído. El letrero que dice: «No abrir esta puerta bajo ninguna circunstancia».
—Claro que lo he leído —contestó Ridcully—. ¿Por qué te parece que la quiero abrir?
—Esto… ¿por qué? —preguntó el conferenciante de Runas Recientes.
—Para ver por qué la querían cerrada, claro.*
Hizo un gesto en dirección a Modo, el jardinero y enano para todo de la universidad, que estaba de pie al lado con una palanca.
—Manos a la obra, chaval.
El jardinero hizo un saludo militar.
—A sus órdenes, señor.
Con el ruido de fondo de la madera al astillarse, Ridcully siguió hablando:
—En los planos dice que aquí había un cuarto de baño. Un cuarto de baño no tiene nada de temible, por todos los dioses. Yo quiero un cuarto de baño. Estoy harto de ducharme con vosotros. Es antihigiénico. Se pueden pillar enfermedades. Me lo dijo mi padre. Donde hay montones de tíos bañándose juntos, el Gnomo de las Verrugas corretea con su saco.
—¿Eso es como el Hada de los Dientes? —preguntó el decano en tono sarcástico.
—Aquí mando yo y quiero un cuarto de baño para mí solo —dijo Ridcully con firmeza—. Y no hay nada más que hablar, ¿vale? Quiero un cuarto de baño antes de la Noche de la Vigilia de los Puercos, ¿entendido?
Y ese es el problema de los principios, claro. A veces, cuando se trata con reinos ocultos que tienen una actitud bastante distinta hacia el tiempo, a uno le llegan los efectos un poco antes que las causas.
De los márgenes del espectro auditivo vino un clinclinclinclín como de pequeños cascabeles plateados.
Más o menos a la misma hora en que el archicanciller estaba dando órdenes, Susan Sto-Helit estaba sentada en la cama, leyendo a la luz de las velas.
Los dibujos de la escarcha se ondulaban en las ventanas.
A ella le gustaban aquellos anocheceres de invierno. En cuanto metía a los niños en la cama ya podía hacer más o menos lo que quisiera. A la señora Gaiter le daba un miedo patético darle instrucciones de ninguna clase, por mucho que fuera ella quien pagaba el sueldo de Susan.
No es que el sueldo fuera importante, claro. Lo importante era que ella fuera Independiente y que tuviera un Trabajo De Verdad. Y ser institutriz era un trabajo de verdad. La única pega había llegado al descubrir su patrona que era duquesa, porque según el credo de la señora Gaiter, que era un credo más bien corto y escrito con letras grandes, la clase alta no debería trabajar. Debería ir por ahí haciendo el vago. Ya le costó a Susan bastante conseguir que dejara de hacerle reverencias cada vez que se cruzaban.
Un parpadeo le hizo girar la cabeza.
La luz de la vela estaba revoloteando en sentido horizontal, como si estuviera en medio de una ventisca.
Levantó la vista. Las cortinas ondeaban despegándose de la ventana, que…
… se abrió de golpe con un repiqueteo.
Pero no había viento.
Por lo menos, ningún viento de este mundo.
En su mente se formó una serie de imágenes. Una pelota roja… El olor acre de la nieve… Y de pronto desaparecieron, dejando en su lugar…
—¿Dientes? —se preguntó Susan en voz alta—. ¿Otra vez dientes?
Parpadeó. Y cuando abrió los ojos la ventana estaba, tal como ella sabía que estaría, cerrada a cal y canto. La cortina colgaba recatadamente. La llama de la vela estaba inocentemente vertical. Oh, no, otra vez no. No después de tanto tiempo. Todo había estado yendo tan bien…
—¿Zuzan?
Miró a su alrededor. Su puerta estaba abierta y había una figura pequeña de pie en el umbral, descalza y en camisón.
Susan suspiró.
—¿Sí, Twyla?
—Tengo miedo del monztruo del zótano, Zuzan. Ze me va a comer.
Susan cerró su libro con firmeza y levantó un dedo a modo de advertencia.
—¿Qué te he dicho sobre intentar parecer obsequiosamente encantadora, Twyla? —preguntó.
La niña dijo:
—Me has dicho que no tengo que hacerlo. Me has dicho que exagerar el ceceo es un delito penado con la horca y que solamente lo hago para llamar la atención.
—Bien. ¿Sabes de qué monstruo se trata esta vez?
—Es el grande y peludo de loz…
Susan levantó el dedo.
—¿Cómo? —le advirtió.
—… de los ocho brazos —se corrigió a sí misma Twyla.
—¿Cómo, otra vez? Oh, está bien.
Se levantó de la cama y se puso la bata, intentando mantener la calma mientras la niña la observaba. Así que están volviendo. Oh, no se refería al monstruo del sótano. Aquello iba incluido en el trabajo. Pero parecía que iba a empezar a recordar el futuro otra vez.
Negó con la cabeza. Por muy lejos que una huyera, siempre se acababa alcanzando a sí misma.
Por lo menos los monstruos eran fáciles. Ya había aprendido a tratar con ellos. Cogió el atizador del guardafuegos del cuarto de los niños y bajó la escalera de atrás, seguida de cerca por Twyla.
Los Gaiter estaban celebrando una cena formal. Llegaban voces amortiguadas procedentes del comedor.
Luego, mientras ella pasaba por delante, se abrió una puerta bañando el pasillo de luz amarilla y una voz dijo:
—¡Por los dioses, aquí hay una muchacha en bata con un atizador!
Vio varias figuras perfiladas sobre la luz y distinguió la cara preocupada de la señora Gaiter.
—¿Susan? Esto… ¿qué estás haciendo?
Susan miró el atizador y luego a la mujer.
—Twyla dice que tiene miedo de un monstruo que hay en el sótano, señora Gaiter.
—Y tú vas a atacarlo con un atizador, ¿no? —dijo uno de los invitados. Se percibía una fuerte atmósfera a coñac y puros.
—Sí —respondió Susan en tono natural.
—Susan es nuestra institutriz —dijo la señora Gaiter—. Esto… Ya les he hablado de ella.
Se produjo un cambio en la expresión de las caras que miraban desde el comedor. Se convirtió en una especie de respeto divertido.
—¿Les arrea a los monstruos con un atizador? —preguntó alguien.
—Pues bien mirado es muy buena idea —señaló otra persona—. Si a la niña se le mete en la cabeza que hay un monstruo en el sótano, tú entras con un atizador, haces unos cuantos ruidos como si estuvieras dándole una paliza mientras la niña escucha y todo solucionado. Tiene buenas ideas, la chica. Muy sensatas. Muy modernas.
—¿Es eso lo que estás haciendo, Susan? —inquirió la señora Gaiter en tono ansioso.
—Sí, señora Gaiter —respondió Susan, obediente.
—¡Esto lo tengo que ver, por Ío! No se ve todos los días a monstruos aporreados por una muchacha —dijo el hombre que estaba detrás de ella. Hubo un susurro de seda y una nube de humo de puros mientras los comensales salían en manada al pasillo.
Susan volvió a suspirar y descendió los escalones que llevaban al sótano, mientras Twyla se quedaba sentada recatadamente en lo alto de la escalera, abrazándose las rodillas.
Una puerta se abrió y se cerró.
Hubo un momento de silencio y luego un grito aterrador. Una mujer se desmayó y a un hombre se le cayó el puro.
—No tienen que preocuparse, todo irá bien —dijo Twyla, tranquila—. Ella siempre gana. Todo irá bien.
Se oyeron porrazos y ruidos metálicos, después un zumbido y por fin una especie de burbujeo.
Susan volvió a abrir la puerta. El atizador estaba doblado en varios ángulos rectos. Hubo un aplauso nervioso.
—Muy bien hecho —dijo un invitado—. Muy pesicológico. Una idea inteligente, eso de doblar el atizador. Y supongo que tú ya no tienes miedo, ¿verdad, niñita?
—No —dijo Twyla.
—Muy pesicológico.
—Susan dice que no me asuste, que me enfade —dijo Twyla.
—Esto, gracias, Susan —dijo la señora Gaiter, convertida en un manojo tembloroso de nervios—. Y, esto, ahora, sir Geoffrey, si no les importa pasar a la sala… quiero decir, al salón de fumar…
Los invitados se alejaron por el pasillo. Lo último que oyó Susan antes de que se cerrara la puerta fue:
—Rematadamente convincente, la forma en que ha doblado así el atizador…
Ella esperó.
—¿Se han ido todos, Twyla?
—Sí, Susan.
—Bien. —Susan volvió a entrar en el sótano y salió arrastrando algo grande y peludo con ocho patas. Consiguió cargar con él escalera arriba y llevarlo por el otro pasillo hasta el jardín de atrás, adonde lo sacó de una patada. Se evaporaría antes del amanecer.
—Eso es lo que nosotras les hacemos a los monstruos —dijo.
Twyla la observó con cautela.
—Y ahora es hora de que te vayas a la cama, muchachita —dijo Susan, cogiéndola en brazos.
—¿Puedo quedarme el atizador en mi cuarto esta noche?
—Vale.
—Solamente mata monstruos, ¿verdad…? —dijo la niña en tono soñoliento, mientras Susan la llevaba al piso de arriba.
—Eso es —dijo Susan—. De todas clases.
Metió a la niña en la cama al lado de la de su hermano y dejó el atizador apoyado en el armario de los juguetes.
El atizador estaba hecho de un metal barato y tenía un pomo de latón al final. Daría lo que fuera, reflexionó Susan, por poder usarlo con la anterior institutriz de los niños.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
Regresó a su pequeño dormitorio y se volvió a meter en la cama, mirando las cortinas con recelo.
Estaría muy bien poder pensar que se lo había imaginado. También sería una gran estupidez pensarlo, claro. Pero ya llevaba casi dos años siendo normal, saliendo adelante en el mundo real, sin recordar nunca el futuro…
Tal vez solamente lo había soñado (pero hasta los sueños podían ser reales…).
Intentó no hacer caso del largo hilo de cera que sugería que la llama había revoloteado durante unos segundos movida por el viento.
Mientras Susan intentaba dormir, lord Downey estaba sentado en su estudio poniendo al día sus papeles.
Lord Downey era un asesino. O mejor dicho, un Asesino. La mayúscula era importante. Distinguía a los bellacos que iban por ahí cargándose a gente por dinero de los caballeros a los que de vez en cuando consultaban otros caballeros que deseaban ver eliminada, por una tarifa razonable, cualquier hoja de afeitar inconveniente del algodón de azúcar de la vida.
Los miembros del Gremio de Asesinos se consideraban a sí mismos hombres cultivados que disfrutaban de la buena música y de la comida y la literatura. Y conocían el valor de la vida humana. En algunos casos, lo conocían hasta el último penique.
El estudio de lord Downey tenía las paredes forradas de paneles de roble y una moqueta de la mejor calidad. Los muebles eran muy antiguos y estaban bastante gastados, pero su desgaste era el desgaste que solamente se alcanza cuando los muebles buenos se usan con cuidado durante varios siglos. Eran muebles madurados.
En la chimenea ardía un leño. Delante del mismo había un par de perros dormidos de esa forma enredada en que duermen todos los perros grandes y peludos.
Aparte de unos ronquidos perrunos de vez en cuando o del crujido de un leño al moverse, no se oía más ruido que el rasgueo de la pluma de lord Downey y el tictac del reloj con carillón que había junto a la puerta… Unos ruidos pequeños y privados que solamente servían para definir el silencio.
Por lo menos así estaban las cosas hasta que alguien carraspeó.
El sonido sugería con claridad diáfana que el propósito del ejercicio no era eliminar la presencia de un trozo molesto de galleta, sino meramente indicar de la forma más educada posible la presencia de la garganta.
Downey dejó de escribir pero no levantó la cabeza.
Luego, después de lo que pareció ser un momento de reflexión, dijo en tono resuelto:
—Las puertas están cerradas con llave. Las ventanas tienen barrotes. Los perros no parecen haberse despertado. Los tablones que siempre crujen no han crujido. Otros pequeños arreglos que no voy a especificar parecen haber sido burlados. Lo cual limita mucho las posibilidades. Dudo de verdad que sea usted un fantasma y los dioses por lo general no anuncian su presencia con tanta cortesía. Podría ser usted, por supuesto, la Muerte, pero no creo que este se moleste con semejantes sutilezas, y además, me encuentro bastante bien. Hum.
Algo flotó en el aire delante de su escritorio.
—Mis dientes están en buenas condiciones o sea que es poco probable que sea usted el Hada de los Dientes. Siempre he pensado que una copa grande de coñac antes de ir a la cama elimina bastante la necesidad del Hombre de la Arena. Puedo entonar una melodía bastante bien, así que sospecho que no llamo mucho la atención de Old Man Trouble. Hum.
La figura se acercó flotando un poquito más.
—Supongo que un gnomo podría entrar por una ratonera, pero tengo puestas trampas —continuó Downey—. Los hombres del saco pueden atravesar paredes pero se resistirían a revelar su presencia. De verdad, me tiene usted intrigado. ¿Hum?
Y luego levantó la vista.
En el aire flotaba una túnica gris. Parecía estar ocupada, en el sentido de que tenía forma, pero el ocupante no era visible.
Downey tuvo la sensación hormigueante de que no es que el ocupante fuera invisible, sino que simplemente no estaba allí en sentido físico alguno.
—Buenas tardes —dijo.
La túnica respondió: Buenas tardes, lord Downey.
Su cerebro registró las palabras. Sus oídos juraron que no las habían oído.
Pero uno no se convertía en jefe del Gremio de Asesinos asustándose con facilidad. Además, aquella cosa no daba miedo. Resultaba, en opinión de Downey, asombrosamente aburrida. Si la sosez monótona pudiera adoptar forma, aquella sería la forma que adoptaría.
—Parece ser usted un espectro —dijo.
Nuestra naturaleza no está abierta a debate, fue el mensaje que llegó a su cabeza. Venimos a haceros un encargo.
—¿Desea que se inhume a alguien? —preguntó Downey.
Que se le ponga fin.
Downey pensó sobre aquella situación. No era tan infrecuente como parecía. Había precedentes. Cualquiera podía adquirir los servicios del Gremio. En el pasado algunos zombis habían contratado al Gremio para ajustar cuentas con sus asesinos. De hecho, el Gremio, o eso le gustaba pensar, practicaba la forma suprema de democracia. Para contratarlo no hacía falta inteligencia, posición social, belleza ni encanto. Solamente hacía falta dinero, que a diferencia de todo lo anterior estaba al alcance de cualquiera. Salvo de los pobres, claro, pero es que hay gente que no tiene remedio.
—Que se le ponga fin… —Era una forma muy extraña de decirlo—. Podemos…
El pago reflejará la dificultad de la tarea.
—Nuestra escala de tarifas…
El pago será de tres millones de dólares.
Downey se reclinó en su asiento. Aquello cuadruplicaba cualquier tarifa cobrada hasta entonces por cualquier miembro del Gremio, y la más alta había sido una tarifa familiar especial que incluía a los invitados que se quedaron a dormir.
—Nada de preguntas, supongo —dijo, para ganar tiempo.
Nada de respuestas.
—Pero ¿acaso la tarifa sugerida representa la dificultad del encargo? ¿El cliente tiene mucha protección?
No tiene ninguna protección. Pero es casi imposible borrarlo con armas convencionales.
Downey asintió. Aquello no era necesariamente un problema grave, se dijo a sí mismo. El Gremio había reunido una buena cantidad de armas no convencionales a lo largo de los años. ¿Borrarlo? Era una forma poco habitual de decirlo…
—Nos gusta saber para quién trabajamos —dijo.
Estamos seguros de que es así.
—Quiero decir que necesitamos conocer el nombre de usted. O de ustedes. De forma estrictamente confidencial, claro. Tenemos que anotar algo en nuestros registros.
Puede pensar en nosotros como… los Auditores.
—¿En serio? ¿Y qué es lo que auditan?
Todo.
—Creo que necesitamos saber algo sobre ustedes.
Somos la gente que tiene tres millones de dólares.
Downey captó el mensaje, aunque no le gustaba. Tres millones de dólares podían comprar muchas no preguntas.
—¿De veras? —dijo—. En esas circunstancias, como es usted un cliente nuevo, creo que querríamos el pago por adelantado.
Como desee. El oro ya está en sus cámaras.
—Querrá decir que estará pronto en nuestras cámaras —dijo Downey.
No. Siempre ha estado en sus cámaras. Lo sabemos porque lo acabamos de poner en ellas.
Downey se quedó mirando un momento la capucha vacía y luego, sin apartar la vista de ella, estiró un brazo y cogió el tubo de comunicación.
—¿Señor Winvoe? —dijo después de silbar por el tubo—. Ah. Bien. Dígame, ¿cuánto dinero tenemos en las cámaras ahora mismo? Oh, más o menos. Redondeando en millones, por ejemplo. —Sostuvo el tubo un momento lejos de su oreja y luego volvió a hablar por el mismo—. Bueno, tenga un detalle y compruébelo de todos modos, ¿quiere?
Colgó el tubo y colocó las manos extendidas sobre la superficie del escritorio que tenía delante.
—¿Puedo ofrecerle una copa mientras esperamos? —dijo.
Sí. Creemos que sí.
Downey se puso de pie sintiéndose aliviado y caminó hacia su enorme armario de las bebidas. Su mano permaneció un momento suspendida sobre el antiguo y valioso tántalo del Gremio, con sus licoreras etiquetadas de Nor, Arbenig, Otropo y Yksihw.*
—¿Y qué le gustaría beber? —dijo, preguntándose dónde tendría la boca el Auditor. Su mano se detuvo un momento breve delante de la licorera más pequeña, etiquetada Onenev.
Nosotros no bebemos.
—Pero acaba de decirme que le puedo ofrecer una copa…
Ciertamente. Lo consideramos a usted totalmente capaz de llevar a cabo esa acción.
—Ah. —La mano de Downey vaciló frente a la licorera del whisky, y después se lo pensó mejor.
En aquel momento el tubo de comunicación silbó.
—¿Sí, señor Winvoe? ¿De verdad? ¿En serio? A mí me pasa a menudo que me encuentro monedas debajo de los cojines del sofá, es asombroso cómo se acumu… No, no, no estaba siendo… Sí, claro que tenía razones para… No, a usted no le pertoca ninguna culpa… No, no veo cómo podría… Sí, vaya a descansar un rato, muy buena idea. Gracias.
Volvió a colgar el tubo. La capucha no se había movido.
—Vamos a necesitar saber dónde, cuándo y por supuesto quién —dijo al cabo de un momento.
La capucha asintió. La localización no está en ningún mapa. Nos gustaría que la tarea se completara antes de una semana. Esto es esencial. En cuanto al quién…
Un dibujo apareció sobre la mesa de Downey y a su cabeza llegaron las palabras: Llamémoslo el Gordo.
—¿Es una broma? —preguntó Downey.
Nosotros no bromeamos.
«No, supongo que no», pensó Downey. Tamborileó con los dedos.
—Hay mucha gente que diría que esa… persona no existe —dijo.
Tiene que existir. Si no, ¿cómo es que ha reconocido el dibujo enseguida? Y mucha gente mantiene correspondencia con él.
—Bueno, sí, claro, en cierto sentido sí que existe…
En cierto sentido todo existe. Es la cesación de la existencia lo que nos ocupa aquí.
—Encontrarlo va a ser un poco difícil.
Puede usted encontrar a sujetos en cualquier calle que le darán su dirección aproximada.
—Sí, claro —dijo Downey, preguntándose por qué los estaría llamando sujetos. Era una extraña elección de palabra—. Pero como usted dice, dudo que puedan dar una referencia en el mapa. Y aun así, ¿cómo se puede inhumar al… Gordo? ¿Tal vez con una copita de jerez envenenado?
La capucha no tenía cara para sonreír.
Malinterpreta usted la naturaleza del empleo, dijo dentro de la cabeza de Downey.
Al oír aquello se irritó. A los Asesinos del Gremio no se los empleaba. Se les hacían encargos o se disponía de sus servicios o se les planteaban cometidos, pero nunca se los empleaba. Solamente se empleaba a los sirvientes.
—¿Qué es lo que estoy malinterpretando exactamente? —inquirió.
Nosotros pagamos. Ustedes encuentran la forma y los medios.
La capucha empezó a desvanecerse.
—¿Cómo puedo contactar con ustedes? —preguntó Downey.
Ya nos pondremos en contacto nosotros. Sabemos dónde encontrarlo. Sabemos dónde encontrar a todo el mundo.
La figura se desvaneció. En el mismo momento la puerta se abrió de golpe y en el umbral apareció la figura consternada del señor Winvoe, el tesorero del Gremio.
—¡Perdone, milord, pero de verdad que tenía que subir! —Tiró un puñado de discos sobre el escritorio—. ¡Mírelos!
Downey cogió con cuidado un círculo dorado. Parecía una moneda pequeña, pero…
—¡No están inscritas! —exclamó Winvoe—. ¡No hay cara ni cruz ni cordoncillo! ¡Es un disco liso! ¡Son todos discos lisos!
Downey abrió la boca para decir: «¿Sin valor?». Se dio cuenta de que estaba medio esperando a que ese fuera el caso. Si aquellos tipos, quienes quiera que fuesen, les habían pagado con metal sin valor, entonces no había ni un atisbo de contrato. Pero se daba cuenta de que aquel no era el caso. Los Asesinos del Gremio aprendían a reconocer el dinero al principio de su carrera.
—Discos lisos —dijo— de oro puro.
Winvoe asintió en silencio.
—Nos sirven —dijo Downey.
—¡Tiene que ser mágico! —dijo Winvoe—. ¡Y nosotros nunca aceptamos dinero mágico!
Downey hizo botar la moneda sobre el escritorio un par de veces. Hacía un ruido sordo satisfactoriamente pesado. No era mágico. El dinero mágico parecía de verdad, porque su finalidad no era otra que engañar. Pero aquello no necesitaba imitar algo tan humano y adulterado como las simples monedas. Esto es oro, le decía a sus dedos. Tómalo o déjalo.
Downey se sentó y pensó mientras Winvoe permanecía de pie y se preocupaba.
—Nos lo quedamos —dijo.
—Pero…
—Gracias, señor Winvoe. Es mi decisión —dijo Downey. Se quedó mirando al vacío un momento y luego sonrió—. ¿Está todavía en el edificio el señor Teatime?
Winvoe retrocedió un paso.
—Yo creía que el Consejo había acordado expulsarlo —dijo en tono envarado—. Después de aquel asunto de…
—El señor Teatime no ve el mundo de la misma forma que otra gente —dijo Downey, recogiendo el dibujo de su escritorio y mirándolo con cara pensativa.
—Bueno, ciertamente, creo que en eso lleva usted razón.
—Por favor, hágalo subir.
El Gremio atraía a toda clase de gente, pensó Downey. Se encontró a sí mismo preguntándose cómo había llegado a atraer a Winvoe, por ejemplo. Costaba imaginarlo apuñalando a alguien en el corazón, no fuera a ser que manchara de sangre la cartera de la víctima. Mientras que el señor Teatime…
El problema era que el Gremio cogía a niños y les daba una educación espléndida y de paso les enseñaba a matar, de forma limpia y desapasionada, por dinero y por el bien de la sociedad, o por lo menos de aquella parte de la sociedad que tenía dinero, ¿y qué otra clase de sociedad existía?
Pero muy de vez en cuando uno descubría que le había salido alguien como el señor Teatime, para quien el dinero era una mera distracción. El señor Teatime tenía una mente realmente brillante, pero era brillante igual que lo es un espejo roto, lleno de facetas maravillosas e irisadas, pero a fin de cuentas también roto.
El señor Teatime disfrutaba demasiado con lo suyo. Y también con lo de los demás.
Downey había decidido en privado que muy pronto el señor Teatime se iba a topar con un accidente. Igual que mucha gente que carecía de moral, el señor Downey sí tenía principios, y Teatime le repelía. El asesinato era un juego meticuloso, que normalmente se jugaba contra gente que conocía las normas o que por lo menos se podía permitir los servicios de quienes las conocían. Un asesinato limpio era algo muy satisfactorio. Lo que supuestamente no tenía que haber era placer en matar de forma sucia. Esas cosas daban que hablar a la gente.
Por otro lado, la mente retorcida como un sacacorchos de Teatime era la herramienta ideal para tratar con algo como aquello. Y si no lo… bueno, entonces no era culpa de Downey, ¿verdad?
Concentró su atención en el papeleo durante un rato. Era asombroso cómo se le acumulaba. Pero había que tratar con ello. Al fin y al cabo, no eran unos vulgares matones…
Llamaron a la puerta. Dejó a un lado el papeleo y se reclinó en su asiento.
—Entre, señor Teatime —dijo. Nunca estaba de más intimidar un poco al otro.
Pero de hecho la puerta la abrió uno de los sirvientes del Gremio, manteniendo cuidadosamente en equilibrio la bandeja del té.
—Ah, Carter —dijo lord Downey, reponiéndose de forma magnífica—. Déjelo en esa mesa de ahí, ¿quiere?
—Sí, señor —dijo Carter. Se giró y asintió con la cabeza—. Perdone, señor, iré a por otra taza de inmediato.
—¿Cómo?
—Para su visitante, señor.
—¿Qué visitante? Oh, cuando el señor Teati…
Se detuvo. Se giró.
Había un joven sentado en la esterilla de la chimenea jugando con los perros.
—¡Señor Teatime!
—Se pronuncia «té-a-tí-me», señor —dijo Teatime, con solamente un matiz de reproche—. Todo el mundo lo dice mal, señor.
—¿Cómo ha hecho eso?
—Lo he hecho bastante bien, señor. En el último metro me chamusqué un poquito, claro.
En la esterilla de la chimenea había algunas piedras de hollín. Downey se dio cuenta de que las había oído caer, pero no le habían parecido nada fuera de lo normal. Nadie podía bajar por la chimenea. Había una gruesa reja firmemente instalada en la parte alta del tiro.
—Pero hay una chimenea cegada detrás de la vieja biblioteca —dijo Teatime, leyendo al parecer sus pensamientos—. Los tiros están conectados por debajo de los barrotes. Ha sido un paseíto, señor.
—¿En serio…?
—Oh, sí, señor.
Downey asintió. La tendencia de los edificios antiguos a ser laberintos de tiros de chimeneas cegadas era un dato que uno aprendía al principio de su carrera. Y luego, se dijo a sí mismo, uno lo olvidaba. Nunca estaba de más intimidar al otro… Se le había olvidado que aquello también lo enseñaban.
—Parece que le cae bien a los perros —dijo.
—Me llevo bien con los animales, señor.
La cara de Teatime era joven y abierta y amistosa. O por lo menos sonreía todo el tiempo. Pero el efecto quedaba estropeado para la mayoría de la gente por el hecho de que solamente tenía un ojo. Algún accidente no explicado le había hecho perder el otro, y el globo desaparecido había sido sustituido por una bola de cristal. El resultado era desconcertante. Pero lo que preocupaba más al señor Downey era el otro ojo del hombre, el que uno podía más o menos llamar normal. Jamás había visto una pupila tan pequeña y afilada. Teatime miraba el mundo a través del ojo de una aguja.
Descubrió que se había vuelto a cobijar detrás de su escritorio. Aquello pasaba con Teatime. Uno siempre se sentía más feliz si tenía algo que se interpusiera entre uno y él.
—¿Le gustan los animales? —preguntó—. Tengo por aquí un informe que dice que clavó usted al perro de sir George al techo.
—No lo podía tener ahí ladrando mientras yo trabajaba, señor.
—Hay gente que lo habría drogado.
—Oh. —Teatime pareció abatido durante un momento, pero luego sonrió—. Pero cumplí a rajatabla con el contrato, señor. De eso no hay duda, señor. Comprobé la respiración de sir George con un espejo según las instrucciones. Está en mi informe.
—Sí, claro. —Parece ser que para entonces la cabeza del hombre ya estaba a varios metros de su cuerpo. Era terrible pensar que Teatime pudiera no ver nada incongruente en aquello.
—¿Y… los sirvientes? —preguntó.
—Tenía que evitar que me sorprendieran, señor.
Downey asintió, medio hipnotizado por la mirada de cristal y la pupila diminuta. Sí, había que evitar que lo sorprendieran a uno. Y pasaba a menudo que un Asesino tuviera que afrontar una competencia profesional bastante dura, posiblemente incluso por parte de gente entrenada por los mismos maestros. Pero un anciano y una doncella que tan solo habían tenido la mala suerte de estar en la casa en aquellos momentos…
En realidad no había ninguna norma, tuvo que admitir Downey. Sucedía simplemente que, a lo largo de los años, el Gremio había desarrollado cierta ética y sus miembros solían trabajar de forma muy pulcra, llegando al punto de cerrar las puertas al salir y limpiando a medida que trabajaban. Hacer daño a gente indefensa era peor que una transgresión del tejido moral de la sociedad, era una violación de las buenas maneras. Era incluso peor que eso. Era de mal gusto. Pero era cierto que no había ninguna norma.
—No hice nada malo, ¿verdad, señor? —preguntó Teatime, con aparente nerviosismo.
—Esto… le faltó elegancia —dijo Downey.
—Ah. Gracias, señor. Siempre me gusta que me corrijan. Lo recordaré la próxima vez.
Downey respiró hondo.
—Es sobre eso que quiero hablarle —dijo. Sostuvo en alto el dibujo de… ¿cómo lo había llamado aquella cosa? ¿El Gordo?—. Por pura curiosidad, ¿qué le parecería inhumar a este… caballero?
Cualquier otro, no le cabía duda, se habría carcajeado. Habría dicho cosas como: «¿Es una broma, señor?». Teatime se limitó a inclinarse hacia delante con expresión de curiosidad concentrada.
—Difícil, señor.
—Cierto —admitió Downey.
—Necesitaría tiempo para preparar un plan, señor —continuó Teatime.
—Por supuesto, y…
Llamaron a la puerta y Carter entró con otra taza y un platillo. Asintió respetuosamente en dirección a lord Downey y volvió a salir sigilosamente.
—Ya, señor —dijo Teatime.
—¿Perdone? —dijo Downey, momentáneamente distraído.
—Que ya he pensado en un plan, señor —dijo Teatime, con paciencia.
—¿De veras?
—Sí, señor.
—¿Así de rápido?
—Sí, señor.
—¡Por los dioses!
—Bueno, señor, ya sabe que nos animan a que nos planteemos problemas hipotéticos…
—Oh, sí. Un ejercicio muy valioso… —Downey se detuvo y luego pareció escandalizado—. ¿Quiere decir que de verdad ha dedicado tiempo a pensar en cómo inhumar a Papá Puerco? —preguntó en tono débil—. ¿De verdad se ha sentado y ha pensado en cómo hacerlo? ¿De verdad le ha dedicado su tiempo libre al problema?
—Oh, sí, señor. Y también al Pato del Pastel del Alma. Y al Hombre de la Arena. Y a la Muerte.
Downey volvió a parpadear.
—¿De verdad que se ha sentado y ha estado pensando en cómo…?
—Sí, señor. He reunido un expediente bastante interesante. En mi tiempo libre, claro.
—Quiero que esto me quede claro, señor Teatime. ¿Usted… se ha… dedicado… a estudiar formas posibles de matar a la Muerte?
—Solamente como hobby, señor.
—Bueno, sí, hobbies, sí, yo antes coleccionaba mariposas —dijo Downey, recordando aquellos primeros momentos de placer incipiente propiciado por el uso del veneno y los alfileres—. Pero…
—En realidad, señor, la metodología básica es exactamente la misma que se usaría con un humano. Oportunidad, geografía, técnica… Lo único que hay que hacer es trabajar con los datos que se conozcan sobre el individuo en cuestión. Por supuesto, en el caso de este se sabe mucho.
—Y ha encontrado usted una forma, ¿verdad? —dijo Downey, casi fascinado.
—Oh, hace mucho tiempo, señor.
—¿Cuándo, si puedo preguntarlo?
—Creo que fue una Noche de la Vigilia de los Puercos mientras estaba tumbado en mi cama, señor.
Por los dioses, pensó Downey, y pensar que yo solamente trataba de oír los cascabeles del trineo.
—Caramba —dijo en voz alta.
—Puede que tenga que comprobar algún detalle, señor. Le agradecería el acceso a alguno de los libros que hay en la Biblioteca Oscura. Pero sí, creo que puedo ver el esquema general.
—Y sin embargo… esta persona… hay quien diría que es técnicamente inmortal.
—Todo el mundo tiene su punto débil, señor.
—¿Hasta la Muerte?
—Oh, sí. Por supuesto. Ya lo creo.
—¿En serio?
Downey volvió a tamborilear con los dedos en el escritorio. No era posible que el chico tuviera un plan de verdad, se dijo a sí mismo. Ciertamente tenía una mente retorcida. ¿Retorcida? Era prácticamente una hélice, pero el Gordo no era un simple objetivo más que vivía en una mansión de alguna parte. Era razonable dar por sentado que alguien habría intentado cazarlo antes.
Aquello le alegraba. Teatime fracasaría, y es posible que incluso fracasara de forma fatal si su plan era lo bastante estúpido. Y tal vez el Gremio perdería el oro, pero tal vez no.
—Muy bien —dijo—. No me hace falta saber cuál es su plan.
—Casi mejor, señor.
—¿Qué quiere decir?
—Porque no tengo intención de contárselo, señor. Se vería usted obligado a desaprobarlo.
—Me asombra que tenga usted tanta confianza en que pueda funcionar, Teatime.
—Me limito a pensar en el problema de forma lógica, señor —dijo el chico. En su voz había cierto reproche.
—¿Lógica?
—Supongo que simplemente veo las cosas de forma distinta a otra gente —dijo Teatime.
Era un día tranquilo para Susan, aunque de camino al parque Gawain pisó una grieta en la acera. A propósito.
Uno de los muchos terrores conjurados por el método fácil de la anterior institutriz con los niños había sido los osos que esperaban en la calle para comérselo a uno si pisaba las grietas.
Susan había adoptado el hábito de llevar el atizador debajo de su recatado abrigo. Con una sola paliza solía bastarle. Los monstruos se quedaban asombrados de que alguien más pudiera verlos.
—¿Gawain? —dijo ella, echando un vistazo a un oso nervioso que acababa de verla y que ahora estaba intentando alejarse como si la cosa no fuera con él.
—¿Sí?
—Has pisado deliberadamente en esa grieta para que yo tenga que darle una tunda a una pobre criatura que lo único malo que ha hecho es querer arrancarte los brazos y las piernas.
—Estaba dando brincos…
—Claro. Los niños de verdad no van dando saltitos a menos que hayan tomado drogas.
Él le dedicó una sonrisa.
—Si te pillo otra vez haciendo gracias como esa te haré un nudo con los brazos detrás de la cabeza —dijo Susan desapasionadamente.
Él asintió y se fue a empujar a Twyla para hacerla caer del columpio.
Susan se relajó, satisfecha. Era su descubrimiento personal. Las amenazas ridículas no les preocupaban en absoluto, pero les hacían obedecer. Sobre todo las que abundaban en detalles gráficos.
La anterior institutriz había usado diversos monstruos y hombres del saco como método de disciplina. Siempre había algo que acechaba para comerse o llevarse a los niños y niñas malos por crímenes como tartamudear o persistir desafiante y exasperantemente en escribir con la mano izquierda. Siempre había un Hombre de las Tijeras que acechaba a las niñas que se chupaban el pulgar, siempre había un Hombre del Saco en el sótano. Con aquellos ladrillos se construía la inocencia de la infancia.
Los intentos de Susan para conseguir que no creyeran en aquellas cosas solamente lograron agravar los problemas.
Twyla había empezado a mojar la cama. Aquello podía ser un mecanismo tosco de defensa contra la terrible criatura con garras que Twyla sabía que vivía debajo.
Esto lo había descubierto Susan en su primera noche, cuando la niña se había despertado llorando por culpa de un hombre del saco que había en el armario.
Ella había suspirado y había ido a echar un vistazo. Se había enfadado tanto que lo había sacado por la fuerza, le había dado en la cabeza con el atizador del cuarto de los niños, le había dislocado el hombro para poner énfasis y lo había sacado a patadas por la puerta de atrás.
Los niños se negaban a no creer en los monstruos porque, francamente, sabían condenadamente bien que estaban allí.
Pero ella había descubierto que también podían creer, y muy firmemente, en el atizador.
Ahora estaba sentada en un banco leyendo un libro. Siempre se preocupaba de llevar todos los días a los niños a un sitio donde pudieran estar con otros niños de la misma edad. Si le cogían el tranquillo al parque de juegos infantiles, pensaba, la vida adulta no podría aterrarles. Además, era bonito oír las voces de los niños jugando, siempre y cuando uno se cuidara de ponerse lo bastante lejos como para no oír lo que estaban diciendo.
Más tarde tenían lecciones. Estas iban muy bien ahora que se había librado de los libros de lectura sobre pelotas que botan y perros que se llaman Toby. Había puesto a Gawain a estudiar las campañas militares del general Tacticus, que eran adecuadamente sanguinarias y, más importante todavía, se consideraban demasiado difíciles para un niño. Como resultado de aquello su vocabulario se estaba multiplicando por dos cada semana y ya podía usar palabras como «desollamiento» en conversaciones cotidianas. Después de todo, ¿qué sentido tenía enseñar a los niños a ser niños? Si era algo que se les daba bien de forma natural.
Y aunque esto la horrorizaba un poco, a Susan se le daban bien los niños de forma natural. Se preguntaba con recelo si sería un rasgo de familia. Y si, a juzgar por la forma en que su pelo se recogía tan fácilmente en un moño de lo más recatado, estaba destinada a tener trabajos como aquel durante el resto de su vida.
Era culpa de sus padres. Ellos no habían querido que las cosas terminaran de aquella manera. O por lo menos, ella confiaba caritativamente en que no lo hubieran querido.
Sus padres habían querido protegerla, mantenerla lejos de los mundos que quedaban fuera de este, de lo que la gente llamaba lo sobrenatural, de… bueno, de su abuelo, para no andarse por las ramas. Aquello, sentía ella, la había dejado un poco marcada.
Por supuesto, si había que ser justos, los padres tenían aquella obligación. El mundo estaba tan lleno de recodos abruptos que si ellos no te ponían unas cuantas marcas para orientarte, no tendrías ninguna posibilidad de encajar. Y ellos habían sido concienzudos y amables y le habían dado un buen hogar y hasta una educación.
Y había sido una buena educación. Pero no fue hasta más adelante cuando Susan se dio cuenta de que había sido una educación en el campo de, bueno, la educación. Lo cual quería decir que si alguien necesitaba calcular el volumen de un cono, siempre podían llamar con plena confianza a Susan Sto-Helit. Cualquiera que no consiguiera recordar las campañas del general Tacticus o la raíz cuadrada de 27,4 no se quedaría decepcionado con ella. Si necesitabas a alguien que pudiera hablar sobre artículos del hogar y cosas que se compran en la tienda en cinco idiomas, entonces Susan era la primera de la cola. La educación había sido fácil.
Lo difícil había sido aprender cosas.
Conseguir una educación era un poco como una enfermedad de transmisión sexual. Te incapacitaba para un montón de trabajos y luego te venía el deseo acuciante de pasársela a otros.
Y se había hecho institutriz. Era uno de los pocos trabajos que una dama reconocida podía tener. Y se había adaptado bien al puesto. Había jurado que si alguna vez se sorprendía bailando por los tejados con deshollinadores se mataría a sí misma a golpes con su propio paraguas.
Después del té les leyó un cuento. A ellos les gustaban sus cuentos. El del libro era bastante espantoso, pero la versión de Susan fue bien recibida. Ella se dedicaba a traducir a medida que leía:
—… y entonces Jack cortó el tallo de la planta de judías, añadiendo asesinato y vandalismo ecológico a los cargos ya mencionados de robo, incentivación y asalto a la propiedad ajena, pero se salió con la suya y vivió feliz para siempre sin sentir ni un asomo de culpa por lo que había hecho. Lo cual demuestra que si eres un héroe se te perdona todo, porque nadie hace preguntas inconvenientes. Y ahora —cerró el libro de un golpe— es hora de ir a la cama.
La anterior institutriz les había enseñado a los niños una oración que incluía la esperanza de que uno u otro dios se llevara su alma si se morían mientras estaban dormidos… oración que, a menos que Susan anduviera muy equivocada, tenía el mensaje subyacente de que aquello sería bueno.
Un día, aseguraba Susan, le seguiría la pista a aquella mujer.
—Susan —dijo Twyla desde debajo de las mantas.
—¿Sí?
—¿Te acuerdas de cuando la semana pasada escribimos cartas a Papá Puerco?
—¿Sí?
—Pues… en el parque Rachel me ha dicho que no existe y que en realidad son los padres. Y todos los demás han dicho que tenía razón.
Se oyó un leve movimiento procedente de la otra cama. El hermano de Twyla se había dado la vuelta y estaba escuchando subrepticiamente.
Oh, cielos, pensó Susan. Había confiado en poder evitar aquello. Iba a volver a pasar otra vez como con el Pato del Pastel del Alma.
—¿Qué más da si de todas maneras recibís regalos? —preguntó, apelando de forma directa a la codicia.
—Sí da.
Oh cielos, oh cielos. Susan se sentó en la cama, preguntándose cómo demonios iba a salir de aquella. Dio unas palmaditas en la única mano que había a la vista.
—Míralo de esta manera, entonces —dijo, y tomó aire mentalmente—. Allá donde la gente sea obtusa y absurda… y allá donde tengan, aun siguiendo los criterios más generosos, la capacidad de atención de un pollito en medio de un huracán y la capacidad indagadora de una cucaracha con una sola pata… y allá donde la gente sea estúpidamente crédula, esté patéticamente apegada a las certezas que aprenden de niños y, en general, domine tanto las realidades del universo como una ostra domina el montañismo… sí, Twyla, Papá Puerco existe.
De debajo de las mantas no vino nada más que silencio, pero ella notó que su tono de voz había funcionado. Las palabras no habían tenido ningún significado. Aquello, como podría haber dicho su abuelo, era la esencia de la humanidad.
—Buenas noches.
—Buenas noches —dijo Susan.
Ni siquiera era un bar. No era más que una sala donde la gente bebía mientras esperaba a otra gente con la que tenía negocios. Unos negocios que solían consistir en la transferencia de la propiedad de algo de una persona a otra, pero bien pensado, ¿qué negocio no era así?
Había cinco hombres de negocios sentados a una mesa iluminada por una vela en un platillo. En medio de la mesa había una botella abierta. Los hombres tenían cierto cuidado de mantenerla lejos de la llama de la vela.
—Pasan de las seis —dijo uno, un hombre enorme con rastas y con una barba donde se podían criar cabras—. Los relojes han dado la hora hace una eternidad. No va a venir. Vámonos.
—Siéntate, ¿quieres? Los Asesinos siempre llegan tarde. Por culpa del estilo, ¿de acuerdo?
—Este está sonado.
—Es excéntrico.
—¿Qué diferencia hay?
—Una buena bolsa de monedas.
Los tres que todavía no habían hablado se miraron entre ellos.
—¿Qué es esto? No me dijiste nada de que fuera un Asesino —dijo Alambrera—. No dijo nada de que el tipo fuera un Asesino, ¿a que no, Banjo?
Se oyó un ruido parecido a un trueno lejano. Era Banjo Lilywhite, que estaba carraspeando.
—Es verdad —dijo una voz procedente de las laderas superiores—. No dijiste nada de nada.
Los demás esperaron a que el retumbar del trueno se apagara. Hasta la voz de Banjo era descomunal.
—Está —el primero que había hablado hizo un gesto vago con las manos, intentando transmitir la idea de alguien a quien le faltaban un tornillo, seis tuercas, dos docenas de arandelas, varios muelles, un juego completo de bujías y todo un surtido de engranajes— …sonado. Y tiene un ojo raro.
—Solamente es de cristal, ¿vale? —dijo el que llamaban Ojo de Gato, haciendo una señal a un camar
