que uno miraba con atención el rostro flaco y hosco de Patty. Cuando uno veía lo que se ocultaba detrás de aquel rostro, se le pasaban las ganas de reír. Al menos eso era lo que le pasaba a Clive. Y había que ir con pies de plomo con ella, porque parecía estúpida pero no lo era en absoluto.
—No quiero salir con chicos —había anunciado a la hora de la cena no hacía demasiado tiempo, hacia la época en que los chicos solían invitar a la chicas al Baile de Primavera en el club de campo o al baile de graduación del instituto—. Me da igual si no llego a salir nunca con un chico.
Al dictar aquella sentencia, los había mirado a todos con expresión desafiante y los ojos abiertos de par en par desde encima de su plato humeante de carne y verdura.
Clive había observado el rostro rígido y de algún modo escalofriante de su hermana, que asomaba por entre el vapor de la comida, y recordó algo que había sucedido dos meses antes, cuando la tierra todavía estaba cubierta de nieve. Clivey había recorrido descalzo el pasillo del piso superior para que su hermana no lo oyera, y había echado un vistazo al cuarto de baño porque la puerta estaba abierta... No tenía ni la menor idea de que Patty la Vomitiva estaba ahí dentro. Lo que vio lo dejó patidifuso. Si Patty hubiera vuelto la cabeza hacia la izquierda tan solo unos milímetros lo hubiera sorprendido mirándola.
Sin embargo, Patty no había vuelto la cabeza, ya que estaba demasiado concentrada en la labor de examinarse en el espejo. Estaba desnuda como una de las tías buenas de la gastada revista Modelos de Foxy Brannigan, y la toalla yacía olvidada a sus pies. Pero Patty no era una tía buena, eso lo sabía Clive; y a juzgar por la expresión de su hermana, ella también lo sabía. Tenía las mejillas granujientas llenas de lágrimas. Eran lágri mas gruesas y abundantes, pero Patty no emitía sonido alguno. Finalmente, Clive había recobrado una parte suficiente de su instinto de supervivencia como para alejarse de puntillas, y nunca había hablado del incidente con nadie, y mucho menos con su hermana. No sabía si se habría enfadado porque su hermano pequeño le había visto el trasero, pero estaba bastante seguro del modo en que habría reaccionado si hubiera sabido que la había visto llorar, aunque fuera ese llanto tan extraño y silencioso; estaba convencido de que eso habría bastado para que lo asesinara.
—Creo que los chicos son tontos y que la mayoría huele a queso pasado —había afirmado aquella noche de primavera antes de meterse un pedazo de rosbif en la boca—. Si un chico me pidiera para salir me partiría de risa.
—Ya cambiarás de idea, cariño —había augurado papá sin dejar de masticar la carne ni alzar la mirada del libro que tenía junto al plato.
Mamá había renunciado a convencerle de que no leyera en la mesa.
—No, no cambiaré de idea —replicó Patty.
Y Clive sabía que era cierto. Cuando Patty decía algo, casi siempre lo decía en serio. Era algo que Clive comprendía y que a sus padres se les escapaba. No sabía si lo decía en serio... eso de asesinearle si le contaba a alguien lo de los pedropellizcos, pero, desde luego, no iba a correr el riesgo. Aunque no lo matara de verdad, encontraría algún modo espectacular aunque invisible de hacerle daño, de eso estaba seguro. Además, algunas veces los pedropellizcos no eran pellizcos de verdad, sino que se parecían más bien al modo en que Patty acariciaba a veces a su pequeño caniche cruzado, Brandy; Clive sabía que lo hacía porque el perro había sido malo, pero tenía un secreto que no tenía ninguna intención de contarle; la verdad era que esos otros pedrope llizcos, los que recordaban las caricias, le daban una sensación bastante agradable.
Cuando el abuelo abrió la boca, Clive creyó que iba a decir: «Ya es hora de volver a casa, Clivey», pero en lugar de eso dijo:
—Te voy a contar algo, si es que quieres oírlo. No tardaré mucho. ¿Quieres oírlo, Clivey?
—¡Sí, señor!
—Tienes muchas ganas de que te lo cuente, ¿verdad? —inquirió el abuelo con voz abstraída.
—Sí, señor.
—A veces creo que tendría que raptarte para que te
quedaras conmigo para siempre. A veces pienso que si
te tuviera a mano viviría para siempre, por jorobado
que tenga el corazón.
Se sacó el pitillo de la boca, lo arrojó al suelo y lo aplastó hasta la muerte con una de sus botas de trabajo, moviendo el talón y a continuación cubriendo la colilla para asegurarse. Cuando alzó la mirada para volver a mirar a Clive, los ojos le relucían.
—Dejé de dar consejos hace mucho tiempo —empezó—. Treinta años o más, creo. Dejé de hacerlo cuando me di cuenta de que solo los estúpidos dan consejos y solo los estúpidos los aceptan. Pero la formación... Eso ya es otra cosa. Un hombre inteligente dará formación de vez en cuando, y un hombre inteligente... o un niño inteligente... recibirá formación de vez en cuando.
Clive no dijo nada, sino que se limitó a mirar a su abuelo con gran concentración.
—Hay tres tipos de tiempo —explicó el abuelo—, y aunque los tres son reales, solo uno de ellos es realmente real. Hay que conocerlos todos y poder distinguirlos en cualquier momento. ¿Lo entiendes?
—No, señor.
El abuelo asintió con un gesto.
—Si hubieras dicho «Sí, señor» te habría dado unos
azotes y te habría llevado de vuelta a la granja.
Clive bajó la mirada hacia los aplastados restos del cigarrillo del abuelo, ruborizado de orgullo.
—Cuando uno es un crío, como tú, el tiempo es largo. Por ejemplo, cuando llega mayo te parece que la escuela no terminará nunca, que mediados de junio no llegará nunca, ¿verdad?
Clive pensó en los últimos días de escuela, soñolientos y con olor a tiza, y asintió con la cabeza.
—Y cuando por fin llega mediados de junio y la maestra te da el boletín de notas y te deja ir, te parece que la escuela nunca volverá a empezar, ¿verdad que sí?
Clive pensó en aquella interminable autopista de días y asintió con tal fuerza que los huesos del cuello chasquearon.
—¡Hombre, pues sí que es verdad! Quiero decir, señor.
Aquellos días. Todos aquellos días que se arrastraban por la planicie de junio y julio, sobre el infinito horizonte de agosto. Tantos días, tantos atardeceres, tantos almuerzos consistentes en bocadillos de mortadela con mostaza y cebolla picada y gigantescos vasos de leche mientras su madre permanecía sentada en silencio en el salón, junto a su vaso de vino sin fondo, mirando los culebrones por la tele. Tantas tardes interminables en las que el sudor manaba de las raíces del cabello cortado al cepillo y luego rodaba por las mejillas, tardes en las que el momento en que te dabas cuenta de que el muñón de tu sombra se había convertido en un niño siempre te pillaba por sorpresa, tantos anocheceres infinitos en los que el sudor se enfriaba hasta quedar reducido a un olor parecido al de loción de afeitado mientras jugabas a pilla pilla o a policías y ladrones; el sonido de las cadenas de las bicicletas, los dientes bien engrasados encajando en las ranuras, olor a madreselva, el asfalto al enfriarse, hojas verdes y césped recién cortado, el sonido de los cromos de béisbol al chocar contra el sendero delantero de la casa de algún chico, intercambios solemnes y prodigiosos que alteraban los rostros de ambas ligas, conferencias que se arrastraban por las oblicuas sombras de la tarde hasta que el grito de «¡Cliiiiiiive! ¡A cenaaaaar!» ponía fin a las conversaciones; y aquella llamada siempre era tan previsible y al tiempo tan sorprendente como aquel muñón de sombra que hacia las tres se había transformado en la silueta negra de un niño a su lado; y hacia las cinco, aquel niño pegado a sus talones se había convertido en un hombre, si bien extremadamente flaco; noches aterciopeladas de televisión, el ocasional volver de páginas mientras su padre leía un libro tras otro; nunca se cansaba de ellas; palabras, palabras, palabras, su padre nunca se cansaba de ellas; Clive había querido preguntarle una vez cómo era posible que no se cansara de ellas, pero no se había atrevido; su madre levantándose de vez en cuando para ir a la cocina, seguida tan solo por los ojos enojados y preocupados de su hermana y los simplemente curiosos de Clive; el leve tintineo cuando mamá rellenaba el vaso que nunca quedaba vacío a partir de las once de la mañana (y su padre que nunca alzaba la mirada del libro, aunque Clive creía que lo oía todo y lo sabía todo, aunque Patty le había llamado estúpido mentiroso y le había propinado un pedropellizco que le había dolido todo el día la vez que se había atrevido a comentárselo); el zumbido de los mosquitos contra las mosquiteras, siempre mucho más ruidoso tras la puesta de sol; la orden de irse a la cama, tan injusta e inevitable, causa perdida antes de empezar; el brusco beso de su padre, su olor a tabaco, el beso más suave de su madre, dulce y agrio por el vino; el sonido de su hermana al decirle a su madre que debería irse a la cama después de que su padre se hubiera ido a la taberna de la esquina a tomarse un par de cervezas y mirar los combates de lucha en el televisor colocado sobre la barra; su madre diciéndole a Patty que se metiera en sus asuntos, una conversación de contenido inquietante pero tranquilizadora por su previsibilidad; las luciérnagas reluciendo en la penumbra; el lejano claxon de un coche cuando se sumía en el largo y oscuro túnel del sueño; y después el día siguiente, que parecía igual pero no lo era, no del todo. Verano. Eso era el verano. Y no es que pareciera largo, sino que en verdad lo era.
El abuelo lo observaba con atención y parecía leer todos aquellos pensamientos en los ojos castaños del chico; parecía saber todas las palabras necesarias para expresar todas aquellas cosas que el chico era incapaz de explicar; cosas que no podían brotar de sus labios porque su boca no podía articular el lenguaje de su corazón. Y entonces el abuelo asintió con la cabeza, como si quisiera confirmar aquella idea, y de repente, Clive temió que el abuelo lo estropeara todo diciendo algo suave, tranquilizador e insignificante. Claro, diría, todo eso ya lo sé, Clivey, yo también fui niño, ¿sabes?
Pero no dijo nada de eso, y Clive comprendió que había sido un estúpido al temer que lo hiciera. Más aún, comprendió que había sido desleal. Porque se trataba del abuelo, y el abuelo nunca decía chorradas como otros adultos decían tan a menudo. En lugar de decir algo suave y tranquilizador, habló con la seca fatalidad de un juez que pronunciara una sentencia de pena capital.
—Pues todo eso cambia —dijo.
Clive alzó la mirada hacia él, algo atemorizado ante la idea, pero encantado porque el cabello del viejo revoloteaba salvaje en torno a su cabeza. Pensó que el abuelo tenía el aspecto que tendría el predicador de la iglesia si supiera la verdad acerca de Dios en lugar de suponerla.
—¿Que el tiempo cambia? ¿Estás seguro?
—Sí. Cuando llegas a cierta edad..., a los catorce,
creo, casi siempre cuando las dos mitades de la raza
humana van y cometen el error de descubrirse una a
otra..., el tiempo empieza a ser tiempo real. Tiempo realmente real. Ya no es largo como antes ni corto como lo
será más tarde. Y se hace más corto, eso te lo digo yo.
Pero durante la mayor parte de la vida, el tiempo es
tiempo realmente real. ¿Sabes lo que quiere decir eso,
Clivey?
—No, señor.
—Pues entonces aprende: el tiempo realmente real
es tu bonito pony.... Dilo: «Mi bonito pony».
Sintiéndose un poco tonto y preguntándose si el abuelo le estaría tomando el pelo por alguna razón («tomándolo por el pito de un sereno», como diría el tío Don), Clivey repitió las palabras del abuelo. Esperó a que el abuelo se echara a reír, que le dijera: «¡Chico, esta vez sí que te he tomado por el pito de un sereno!». Pero el abuelo se limitó a asentir impasible, de un modo que desmentía sus temores.
—Mi bonito pony. Nunca olvidarás estas tres palabras si eres tan listo como creo. Mi bonito pony. Esa es la verdad acerca del tiempo.
El abuelo sacó el maltrecho paquete de cigarrillos del bolsillo de la pechera, lo contempló durante un momento y por fin se lo volvió a guardar.
—Desde los catorce hasta los..., bueno, digamos hasta los sesenta, la mayor parte del tiempo es tiempo mi bonito pony. Hay momentos en que el tiempo se hace largo como cuando eras pequeño, pero son malos momentos. En esos momentos darías tu alma por un poco de tiempo mi bonito pony, por no hablar de tiempo corto. Si le dijeras a la abuela lo que te voy a contar ahora, Clivey, me llamaría blasfemo y no me traería la botella de agua caliente durante una semana. Quizá dos.
Pese a ello, los labios del abuelo se curvaron en una mueca amarga y descreída.
—Si se lo contara a ese reverendo Chadband, a quien la parienta considera tan magnífico, me saldría con el cuento de que no lo vemos todo y con la historia de que los caminos de Dios son insondables, pero te diré lo que pienso, Clivey. Creo que Dios es un maldito hijo de puta por hacer que los únicos momentos largos que tiene un adulto son los momentos en que está para el arrastre, como cuando tienes las costillas rotas, las tripas hechas papilla o algo parecido. ¡Pero si un Dios así hace que los críos que ensartan moscas con alfileres parezcan santos que no han roto un plato en su vida! Me acuerdo lo largas que fueron aquellas tres semanas después de que se me cayera el tractor encima, y me pregunto por qué Dios creó vida, por qué creó seres vivos. Si necesitaba algo para desahogarse, ¿por qué no se fabricaba unos cuantos arbustos de zumaque y ya está? O, por ejemplo, ¿qué hay del pobre Johnny Brinkmayer, devorado lentamente por el cáncer el año pasado?
Clive apenas oyó las últimas palabras del viejo, aunque más adelante, mientras regresaban en coche a la ciudad, recordó que Johnny Brinkmayer, propietario de lo que sus padres llamaban el supermercado y los abuelos llamaban «La Mercantil», era el único hombre al que el abuelo iba a visitar algunas tardes... y el único hombre que iba a visitar al abuelo algunas tardes. Durante el largo viaje de regreso a la ciudad, a Clive se le ocurrió que Johnny Brinkmayer, al que recordaba vagamente como un hombre con una enorme verruga en la frente que se rascaba el paquete de un modo singular mientras andaba, debía de haber sido el único amigo verdadero del abuelo. El hecho de que la abuela tendiera a arrugar la nariz cuando se mencionaba el nombre de Brinkmayer y con frecuencia se quejara de lo mal que olía, no hizo sino reafirmar dicha suposición.
No obstante, aquellos pensamientos no se le ocurrieron en aquel momento, pues estaba pendiente de que Dios fulminara al abuelo. Seguro que lo fulminaría después de tamaña blasfemia. Nadie podía quedar impune después de llamar a Dios Padre Todopoderoso maldito hijo de puta, o insinuar que el Ser que había creado el universo no era mejor que un crío de tercero que disfrutaba atravesando moscas con un alfiler.
Clive se alejó un poco de la figura enfundada en los pantalones de peto, que había dejado de ser su abuelo para convertirse en un pararrayos. De un momento a otro caería un rayo del cielo azul y fulminaría a su abuelo como si fuera la última mierda, y los manzanos se convertirían en antorchas que anunciarían a los cuatro vientos la maldición del viejo por los siglos de los siglos amén. Las flores de manzano se convertirían en algo parecido a las virutas de papel quemado que salían del incinerador cuando su padre quemaba los periódicos de la semana a última hora de la tarde del domingo.
Pero no sucedió nada.
Clive esperó hasta que la fatal certeza empezó a remitir, y cuando un petirrojo se puso a cantar cerca de ellos, como si el abuelo no hubiera dicho nada malo, supo que no caería ningún rayo. Y en el momento en que se dio cuenta de eso, se produjo un cambio pequeño aunque fundamental en la vida de Clive Branning. La blasfemia impune de su abuelo no lo convertiría en un delincuente ni en un gamberro, ni siquiera en algo tan insignificante como un niño problemático, un término que acababa de ponerse de moda. Sin embargo, el norte de la fe de Clive se desplazó ligeramente, y el modo en que escuchaba a su abuelo cambió al instante.
Antes lo había escuchado. Ahora le prestaba toda su atención.
—Los momentos en que estás hecho un asco parecen eternos —decía el abuelo en aquel instante—. Créeme, Clivey, una semana hecho trizas hace que las mejores vacaciones de verano de tu niñez parezcan un fin de semana. ¡Diablos, una mañana de sábado! Cuando pienso en los siete meses que Johnny pasó en la cama con esa... esa cosa que se le iba comiendo las tripas... Dios mío, quién me manda a mí contarle estas cosas a un crío. Tu abuela tiene razón. Soy más tonto que un zapato.
El abuelo se miró los zapatos durante un instante. Por fin alzó la cabeza y meneó la cabeza no con ademán triste, sino de un modo brusco aunque no exento de humor.
—Da igual. He dicho que te iba a dar un poco de formación, y en vez de eso aquí estoy lamentándome como un perro lloroso. ¿Sabes lo que es un perro lloroso, Clivey?
El chico meneó la cabeza.
—Da igual; ya te lo explicaré otro día.
Por supuesto, nunca hubo otro día, ya que la siguiente vez que Clive vio a su abuelo, este estaba en una caja, y Clive suponía que aquello era una parte importante de la formación que el abuelo quería darle aquel día. El hecho de que el abuelo no fuera consciente de estarle dando formación no le restaba valor.
—Los viejos somos como trenes antiguos en un cambio de agujas... Demasiadas vías. Así que dan como cinco malditas vueltas antes de entrar.
—No pasa nada, abuelo.
—Lo que quiero decir es que cada vez que intento
ir al grano me voy por las ramas.
—Ya lo sé, pero es que las ramas son muy interesantes.
El abuelo esbozó una sonrisa.
—Si eres bocas, Clivey, tienes media batalla ganada.
Clive le devolvió la sonrisa, y el tenebroso recuerdo de Johnny Brinkmayer pareció alejarse de la mente del abuelo. Cuando volvió a hablar, su voz había adquirido un tono más práctico.
—¡Cuestión! A la porra con toda esa mierda. Pasar mucho tiempo con dolores no es más que un extra que pone Dios. Sabes que la gente colecciona esos cupones que dan con los paquetes de cigarrillos para luego cambiarlos por un barómetro de latón para colgárselo en la pared del despacho, o bien por un juego de cuchillos de carne, ¿verdad, Clivey?
Clive hizo un gesto de asentimiento.
—Bueno, pues así es el tiempo del dolor..., solo que
el premio es más bien un timo, por así decirlo. La cuestión es que, cuando te haces viejo, el tiempo normal, el
tiempo mi bonito pony, se convierte en tiempo corto.
Como cuando eres un crío, pero al contrario.
—Al revés.
—Eso.
La idea de que el tiempo se aceleraba cuando uno se hacía viejo estaba fuera del alcance de las emociones del chico, pero era lo suficientemente listo como para admitir el concepto. Sabía que si un extremo del subibaja sube, el otro tiene que bajar. Se dijo que el abuelo debía de estar hablando del mismo concepto, equilibrio y contraequilibrio. «Muy bien; es una forma de verlo», habría dicho el padre de Clive.
El abuelo extrajo el paquete de Kool del bolsillo de canguro y esta vez sacó con todo cuidado un cigarrillo..., no solo el último del paquete, sino el último que el chico le vio fumar. El viejo arrugó el paquete y se lo volvió a guardar en el lugar del que lo había sacado. Encendió el pitillo igual que había encendido el otro, con la misma facilidad pasmosa. No es que ignorara el viento que barría la cima de la colina, sino que, de algún modo, parecía anularlo.
—¿Y cuándo pasa eso, abuelo?
—Eso no te lo puedo decir exactamente, y no pasa
de golpe —repuso el abuelo mientras mojaba la cerilla
como había hecho con la anterior—. Simplemente
se acerca, como un gato que se acerca de puntillas a
una ardilla. Y cuando te das cuenta, resulta que no es
más justo que lo que ha hecho Osgood esta mañana al
contar.
—Bueno, pues entonces, ¿qué pasa? ¿Cómo te das cuenta?
El abuelo sacudió un cilindro de ceniza del cigarrillo sin sacárselo de la boca. Lo hizo con el pulgar, como si diera un golpecito sobre una mesa. El chico nunca olvidó aquel sonido.
—Creo que lo que notas primero es diferente para cada persona —explicó el viejo—, pero en mi caso empezó cuando tenía cuarenta y pico años. No recuerdo exactamente cuántos años tenía, pero sí que me acuerdo de dónde pasó..., en la tienda de Davis. ¿La conoces?
Clive asintió. Su padre casi siempre los llevaba a él y a su hermana a tomar batidos helados cuando iban a visitar a los abuelos. Su padre los llamaba los Trillizos de Vaichocfresa, porque siempre pedían lo mismo; su padre siempre pedía uno de vainilla, Patty de chocolate y Clive de fresa. Y su padre se sentaba entre ellos y leía mientras sorbían lentamente las bebidas. Patty tenía razón al decir que se podía hacer cualquier cosa cuando su padre estaba leyendo, es decir, casi siempre, pero cuando dejaba el libro a un lado y echaba un vistazo a su alrededor, había que sentarse bien derecho y hacer gala de los mejores modales si uno no quería llevarse unos azotes.
—Bueno, pues ahí estaba yo —prosiguió el abuelo.
Tenía los ojos vueltos hacia el cielo primaveral y contemplaba una nube que parecía un soldado tocando la corneta y se desplazaba con rapidez.
—Había ido a comprar el medicamento para la artritis de tu abuela. Llevaba lloviendo una semana, y tenía unos dolores de campeonato. Y, de pronto, vi una vitrina nueva. Habría sido difícil no fijarse. Ocupaba casi todo un pasillo, sí, señor. Había máscaras y adornos recortables de gatos negros, brujas volando en escobas y cosas así, y también había esas calabazas de cartón que vendían en aquellos tiempos. Venían en una bolsa de plástico y con una goma. La idea era que los niños recortaran la calabaza y después dejaran a su madre una tarde en paz coloreándola o incluso jugando a los juegos que había al dorso. Y cuando estaba terminada, se la colgaban encima de la puerta como adorno o, si la familia del crío en cuestión era demasiado pobre como para comprarle una máscara o demasiado estúpida como para ayudarle a hacerse un disfraz con los trastos que había en casa, bueno, pues entonces se podía sujetar la goma a la calabaza y llevarla en la cabeza. ¡Había un montón de niños paseándose por el pueblo con la bolsa de plástico en la mano y la calabaza de la tienda de Davis en la cabeza la noche de Halloween, Clivey! Y claro, también había sacado las golosinas. Siempre tenía el tarro de las golosinas de un centavo al lado del surtidor de refrescos, ya sabes cuál quiero decir...
Clive sonrió. Claro que lo sabía.
—... pero sus golosinas eran diferentes. Había un
montón de caramelos, sidral, piruletas y barras de regaliz. Y yo creía que el viejo Davis... el tipo que llevaba la
tienda en aquella época se llamaba Davis, y fue su padre
quien la abrió hacia 1911, pues creí que le faltaba
un tornillo. Por las barbas del profeta, me dije, Frank
Davis ha sacado las golosinas de Halloween antes de que se acabe el verano. Se me ocurrió ir al mostrador de
la farmacia y decírselo, y entonces una parte de mí me
dice espera un momento, George, a ti sí que te falta un
tornillo. Y no iba tan desencaminado, Clivey, porque
no era verano, y eso lo sabía tan bien como que me llamo George. Ves, eso es lo que quiero que entiendas,
que lo sabía. ¿Acaso no estaba ya buscando jornaleros
para cosechar la manzana y no había incluso puesto
quinientos anuncios al otro lado de la frontera con Canadá? ¿Y no le había echado ya el ojo a ese tipo, Tim
Warburton, que había llegado de Schenectady a buscar
trabajo? Tenía algo, parecía honrado, y pensé que sería
un buen capataz durante la cosecha. ¿Acaso no había
pensado en preguntarle al día siguiente si quería trabajar para mí, y no sabía él que se lo preguntaría, porque
había soltado como quien no quiere la cosa que se iba a
cortar el pelo a tal hora en tal sitio? Así que me dije,
madre mía, George, ¿no eres un poco joven para volverte senil? Sí, el viejo Frank ha sacado las golosinas de
Halloween un poco pronto este año, pero ¿en verano?
El verano ya ha pasado, viejo amigo. Eso ya lo sabía,
pero por un momento, Clivey o tal vez durante varios
segundos, me pareció que era verano, o que tenía que
ser verano, porque estaba siendo verano. ¿Entiendes lo
que quiero decir? No me llevó mucho rato volver a
convencerme de que era septiembre, pero hasta entonces me sentí..., me sentí...
El abuelo frunció el ceño antes de pronunciar una palabra que conocía pero no habría utilizado en una conversación con otro granjero, so pena de que lo acusaran, aunque solo fuera mentalmente, de estar como un cencerro.
—Me sentí consternado. Es la única palabra que se me ocurre, maldita sea. Consternado. Y eso fue lo que me pasó la primera vez.
Se quedó mirando al chico, que se limitó a devol verle la mirada sin ni tan siquiera asentir, tan concentrado estaba. El abuelo asintió por los dos y sacudió otro cilindro de ceniza del cigarrillo con el flanco del pulgar. Clive creía que su abuelo estaba tan absorto en sus pensamientos que el viento se estaba fumando casi todo el pitillo.
—Fue como acercarse al espejo del baño para afeitarse y ver que te ha salido la primera cana. ¿Entiendes, Clive?
—Sí.
—Muy bien. Después de la primera vez, me empezó a pasar con todas las fiestas. Creía que estaban sacando las cosas de la fiesta demasiado pronto, y a veces
se lo decía a alguien, aunque siempre procuraba que
sonara como si creyera que los tenderos eran unos codiciosos. Que era a ellos que les pasaba algo malo, no a
ti. ¿Entiendes eso, Clivey?
—Sí.
—Porque —continuó el abuelo— un tendero codicioso es algo que un hombre puede entender... y que algunos hombres incluso admiran, aunque yo nunca he
sido uno de ellos. «Fulano de tal es un lince», decían,
como si ser un lince, como si comportarse como ese
carnicero, Radwick, que siempre metía el pulgar en la
balanza si creía que no le pillarían, fuera algo bueno.
Yo nunca he pensado así, pero siempre lo he entendido.
Pero decir algo que dé la impresión de que te has vuelto
majareta..., eso ya es harina de otro costal. Por ejemplo,
decía algo como: «Dios mío, sacarán los adornos de papel y los filetes de oro antes de que el heno esté en el
pajar el año que viene», y quienquiera que estuviese ahí
decía que era más cierto que la Biblia, pero no era más
cierto que la Biblia, y después de pensármelo bien, Clivey, sé que sacaban todas esas cosas más o menos en la
misma época cada año. Y entonces me pasó otra cosa.
Unos cinco años más tarde, quizá siete. Tendría unos cincuenta años más o menos. En resumen, que me llamaron para ser jurado. Un coñazo, pero fui. El alguacil
viene y me hace jurar sobre la Biblia, me pregunta si
juro cumplir con mi deber con la ayuda de Dios, como
si no me hubiera pasado toda la vida haciendo las cosas
con la ayuda de Dios. Y entonces saca el bolígrafo y me
pregunta mi dirección, y se la doy con pelos y señales.
Y entonces me pregunta cuántos años tengo y voy y le
suelto que tengo treinta y siete.
El abuelo echó la cabeza hacia atrás y lanzó una carcajada a la nube que parecía un soldado. La nube, con la parte de la corneta ya tan larga como un trombón, estaba a medio camino entre los dos horizontes.
—¿Por qué dijiste eso, abuelo?
A Clive le parecía haber seguido la historia bastante bien hasta entonces, pero en aquel momento tuvo sus dudas.
—¡Pues lo dije porque fue lo primero que se me ocurrió! ¡Diablos! En cualquier caso, sabía que me había equivocado, así que me quedé callado un momento. No creo que ni el alguacil ni ninguna otra persona de la sala se dieran cuenta; casi todos parecían dormidos o a punto de dormirse, y aunque hubieran estado tan despiertos como si les acabaran de meter la escoba de la ratita por el culo, no creo que nadie se hubiera fijado. No fue más que como dar un paso en falso, como un bateador que deja pasar dos antes de darle a una bola difícil. ¡Pero, jolines! Preguntarle a un hombre cuántos años tiene no es como jugar al béisbol con pelotas pegajosas. Me sentí como un idiota. Me pareció que durante ese segundo realmente no sabía cuántos años tenía si no tenía treinta y siete, como si pudiera tener siete, diecisiete o setenta. Entonces me recuperé y le dije cuarenta y ocho o cincuenta y uno o lo que fuera. Pero no acordarte de los años que tienes, aunque solo sea por un momento... ¡Madre mía!
El abuelo arrojó el cigarrillo al suelo, lo pisó con el talón de la bota y empezó el mismo ritual consistente en asesinarlo y a continuación enterrarlo.
—Pero eso no es más que el comienzo, Clivey, hijo mío —prosiguió.
Aunque no había hecho más que utilizar una expresión del dialecto irlandés que a veces le salía, Clive pensó: «Me gustaría ser tu hijo. Tu hijo en lugar del suyo».
—Después de un tiempo, pasa de la primera marcha a la segunda y antes de que te des cuenta, el tiempo ha puesto la directa y ahí vas tú, a toda pastilla, como la gente en las autopistas, que van tan deprisa que sus coches hacen caer las hojas de los árboles en otoño.
—¿Qué quieres decir?
—Lo peor es cómo cambian las estaciones —explicó el viejo en tono huraño, como si no hubiera oído al
muchacho—. Las estaciones dejan de ser estaciones.
Parece como si la mujer acabe de sacar las botas, los
guantes y las bufandas del altillo cuando de pronto empieza el deshielo, y uno pensaría que la gente se alegra
de que acabe la temporada del deshielo, maldita sea, yo
siempre me alegraba, pero la verdad es que no te alegras
de que se acabe cuando te parece que el deshielo ha terminado antes de que hayas acabado de sacar el tractor
del primer charco de barro donde ha quedado estancado. Y entonces te da la sensación de que te acabas de
poner el sombrero de paja para el primer concierto
de verano de la banda cuando los álamos empiezan a
enseñar el camisón.
En aquel momento, el abuelo se volvió hacia Clive con las cejas enarcadas, como si esperara que el chico le pidiera una aclaración, pero Clive se limitó a sonreír encantado, pues sabía lo que era un camisón, sí, señor; era lo que su madre llevaba a veces hasta las cinco de la tarde, al menos cuando su padre estaba en la carretera, vendiendo electrodomésticos, accesorios de cocina y seguros cuando podía. Cuando su padre estaba fuera de la ciudad, su madre se ponía a beber en serio, y a veces bebía tan en serio que no podía vestirse hasta la puesta de sol. Entonces salía a veces, dejándole al cuidado de Patty mientras iba a visitar a alguna amiga enferma.
—Las amigas de mamá se ponen enfermas más a menudo cuando papá está fuera de la ciudad, ¿te has fijado? —le comentó una vez a Patty.
Su hermana se rió hasta que se le saltaron las lágrimas y contestó que sí, que se había fijado, desde luego que se había fijado.
Las palabras del abuelo le habían recordado que los álamos cambiaban de algún modo cuando se acercaba el momento de volver a la escuela. Cuando soplaba el viento, los troncos adquirían el mismo color que el camisón más bonito de su madre, un color plateado que resultaba tan sorprendentemente triste como hermoso; un color que simbolizaba el fin de lo que uno había creído eterno.
—Y entonces —continuó el abuelo—, empiezas a perder la noción de las cosas. No demasiado, no es como volverse senil como el viejo Hayden, que vive más abajo, en la carretera, gracias a Dios, pero aun así es una porquería confundir las cosas. No es lo mismo que olvidar las cosas, eso sería otra cosa. No, las recuerdas, pero confundes los momentos y las situaciones. Como, por ejemplo, yo estaba seguro de que me había roto el brazo justo después de que nuestro Billy muriera en aquel accidente de coche, en el 58. Eso también fue una porquería. Se lo podría demostrar... al reverendo Chadband. Billy iba detrás de un camión cargado de grava, a no más de treinta y cinco por hora, y de pronto, una piedrecilla no más grande que la esfera del reloj de bolsillo que te he regalado cayó del camión, rebotó contra el suelo y se cargó el parabrisas de nuestro Ford.
A Billy le entraron cristales en los ojos, y el médico dijo que seguramente se habría quedado ciego si hubiese sobrevivido, pero no sobrevivió..., sino que se salió de la carretera y chocó contra un poste de electricidad. El poste se estrelló contra el coche, y Bill quedó frito como cualquier chalado en la silla eléctrica de Sing Sing. Y lo peor que hizo en su vida fue hacerse el enfermo para no tener que recoger judías cuando todavía teníamos el huerto. Pero a lo que iba... Estaba seguro de que me había roto el maldito brazo justo después de aquello; ¡habría jurado que fui a su funeral con el brazo todavía en cabestrillo! Sarah tuvo que enseñarme la Biblia familiar y los papeles del seguro para que me creyera que ella tenía razón; me lo había roto dos meses antes, y cuando enterramos a Billy ya me habían quitado el cabestrillo. Sarah me llamó viejo estúpido y tuve ganas de darle un bofetón de lo cabreado que estaba, pero estaba cabreado porque me daba vergüenza, y al menos tuve la sensatez de reconocerlo y dejarla en paz. Y ella solo estaba cabreada porque no le gusta pensar en Billy. Era la niña de sus ojos, sí, señor.
—¡Madre mía! —exclamó Clive.
—No es que te pongas a chochear; más bien es
como cuando vas a Nueva York y te encuentras a esos
tipos en las esquinas con tres cubiletes y un guisante
debajo de uno, y apuestan a que no adivinas debajo de
qué cubilete está el guisante, y tú estás seguro de que lo
adivinarás, pero los mueven tan deprisa que te engañan
una y otra vez. Simplemente, te confundes, pierdes la
noción de las cosas. Y te da la sensación de que no puedes evitarlo.
Exhaló un suspiro y miró en derredor como si quisiera comprobar dónde se encontraban exactamente. Su rostro adquirió por un instante una expresión de completa impotencia que desagradó y atemorizó al niño. No quería sentirse de aquel modo, pero no podía evitarlo. Era como si el abuelo se hubiera quitado un vendaje y le hubiera mostrado una llaga que era el síntoma de algo terrible. Como la lepra.
—Parece como si la primavera hubiera empezado la semana pasada —comentó el abuelo—, pero mañana ya no quedará ninguna flor si el viento sigue soplando así de fuerte, y desde luego, eso es lo que parece. Un hombre no puede seguir las cosas mentalmente cuando van tan deprisa. Un hombre no puede decir: «Espera un momento, viejo amigo, espera a que me recupere y pueda seguirte». No hay nadie a quien decírselo. Es como ir en un carro sin conductor, ya me entiendes. Así que, ¿qué conclusión sacas de todo esto, Clivey?
—Bueno —empezó el chico—, tienes razón en una cosa, abuelo; parece que algún idiota se ha inventado todo esto.
No pretendía hacerse el gracioso, pero el abuelo se echó a reír hasta que su rostro volvió a adquirir aquel alarmante matiz violáceo, y esta vez no solo tuvo que inclinarse y apoyar las manos en las rodilleras de su pantalón de peto, sino que tuvo que rodear el cuello del chico para no caerse. Se habrían dado un buen batacazo si la risa y la tos del abuelo no hubieran empezado a ceder en aquel momento, cuando el chico ya estaba convencido de que la sangre saldría a borbotones de ese rostro violáceo e hinchado de risa.
—¡Eres la pera! —exclamó el abuelo cuando por fin logró dominarse—. ¡Eres la pera!
—¿Estás bien, abuelo? Quizá sería mejor que... —Mierda, no. No estoy bien. He tenido dos ataques al corazón en los últimos dos años, y yo seré el primer sorprendido si aguanto dos años más. Pero no es nada nuevo, muchacho. Lo único que quiero decir es que seas joven o viejo, tengas tiempo rápido o lento, siempre puedes tomar el camino recto si recuerdas ese pony. Porque si dices «mi bonito pony» entre cada número cada vez que cuentas, el tiempo no será más que tiempo. Si lo haces te digo que habrás ensillado a ese maldito animal. Aunque no puedes contar todo el tiempo, eso no entra en los planes de Dios. En eso estoy de acuerdo con ese grasiento bastardo de Chadband. Pero tienes que recordar que tú no posees tiempo, sino que el tiempo te posee a ti. Pasa a tu lado a la misma velocidad cada día. No le importas un comino, pero eso da igual si tienes un bonito pony. Si tienes un bonito pony, Clivey, tienes al cabrón bien cogido por las pelotas, y a la mierda todos los Alden Osgood del mundo.
—¿Lo entiendes? —El viejo se inclinó levemente hacia Clive Banning.
—No, señor.
—Ya lo sé, pero ¿lo recordarás?
—Sí, señor.
El abuelo Banning lo miró con atención durante tanto rato que el chico empezó a incomodarse. Por fin asintió con la cabeza.
—Sí, creo que lo recordarás, sí, señor.
El chico no respondió. En realidad, no se le ocurría nada que decir.
—Ya has recibido tu formación —prosiguió el abuelo.
—¡No he recibido ninguna formación si no lo entiendo! —gritó Clive con tal frustración y enojo que él mismo se sorprendió—. ¡No he recibido ninguna formación!
—A la mierda con eso de entender o no entender —replicó el viejo con toda calma.
Volvió a rodear el cuello del muchacho y lo atrajo hacia sí... por última vez antes de que la abuela lo encontrara muerto en la cama un mes más tarde. Un buen día despertó y ahí estaba el abuelo, y el pony del abuelo había echado abajo las vallas del abuelo y había dejado atrás todas las colinas del mundo.
Corazón malvado, corazón malvado. Bonito, pero de corazón malvado.
—La comprensión y la formación son dos conceptos que no casan —dijo el abuelo aquel día entre los manzanos.
—Entonces, ¿qué es la formación?
—Recordar —repuso el viejo con serenidad—.
¿Recuerdas el pony?
—Sí, señor.
—¿Cómo se llama?
El chico vaciló un instante.
—Tiempo..., supongo.
—Muy bien. ¿Y de qué color es?
Esta vez, el chico vaciló durante más rato, abriendo su mente como una pupila en la noche.
—No lo sé —repuso por fin.
—Yo tampoco —aseguró el viejo al tiempo que lo
soltaba—. No creo que sea de ningún color, y tampoco
creo que importe. Lo que importa es: ¿lo reconocerás
cuando lo veas?
—Sí, señor.
Un ojo reluciente y febril se apoderó de la mente del chico.
—¿Cómo?
—Porque es bonito —replicó Clive con absoluta
certeza.
—¡Bien! —exclamó el viejo con una sonrisa—. ¡Clivey ha recibido un poco de formación, y eso lo hace a él más sabio y a mí más feliz... o quizá al revés. ¿Quieres un trozo de tarta de melocotón, muchacho?
—¡Sí, señor!
—Entonces, ¿qué estamos haciendo aquí? ¡A por la
tarta!
Y así lo hicieron.
Y Clive Banning nunca olvidó el nombre, que era tiempo, ni el color, que no era ninguno, ni el aspecto, que no era ni hermoso ni feo..., sino simplemente bonito. Ni tampoco olvidó su carácter, que era malvado, ni lo que su abuelo había dicho cuando regresaban a la casa, palabras casi arrojadas, perdidas en el viento; había dicho que tener un pony para cabalgar era mejor que no tener pony, fuera cual fuese su carácter.
NO SE EQUIVOCA DE NÚMERO
Nprimer planoprimerísimo planointeriorexteriorfondopunto de vista. Seguramente la mayoría de ustedes ya sabía todo esto, ¿verdad?
ACTO PRIMERO entrada:
la boca de katie weiderman, ppp
Está hablando por teléfono. Bonita boca; dentro de unos instantes comprobaremos que el resto de ella es igual de bonito.
katie ¿Bill? Oh, dice que no se encuentra muy bien, pero siempre le pasa lo mismo entre un libro y el siguiente... No puede dormir, cree que cualquier dolor de cabeza es el primer síntoma de un tumor cerebral... En cuanto empiece con algo nuevo se encontrará de perlas.
sonidos de f: el televisor la cámara se retira. katie está sentada en el nicho del teléfono de la cocina, charlando con su hermana mientras hojea unos catálogos. Cabe señalar una característica poco usual del teléfono por el que está hablando: es de dos líneas y cuenta con botones iluminados que indican qué líneas están ocupadas. En estos momentos solo hay una línea ocupada, la de katie. mientras katie continúa con su conversación, la cámara se aleja de ella, se desplaza por la cocina y atraviesa el arco que comunica con el salón.
katie (la voz se va alejando)
Ah, hoy he visto a Janie Charlton... ¡Sí! ¡Está como una foca!...
La voz de katie deja de oírse. El volumen del televisor aumenta. Hay tres niños: jeff, de ocho años, connie, de diez, y dennis, de trece. Ponen La rueda de la fortuna, pero los niños no prestan atención al programa, sino que están enzarzados en su pasatiempo favorito: la Discusión Sobre Lo Que Verán a Continuación.
jeff ¡Vengaaaa! ¡Es el primer libro que escribió!
connie
El primer libro asqueroso.
dennis
Vamos a ver Cheers y Wings, Jeff, como cada semana.
dennis habla en el tono sentencioso que solo un hermano mayor consigue adoptar. «¿Quieres hablar más del tema y ver cuánto dolor puedo infligir a tu flacucho cuerpo, Jeff?», dice su expresión.
jeff ¿Podríamos grabarla al menos?
connie
Tenemos que grabar las noticias de la CNN para mamá. Ha dicho que se pasaría un buen rato hablando por teléfono con tía Lois.
jeff
Pero ¿cómo quieres grabar las noticias de la CNN, por el amor de Dios? ¡Si nunca paran!
dennis
Eso es lo que le gusta a mamá.
connie
Y no digas por el amor de Dios, Jeffie; no eres lo bastante mayor para hablar de Dios fuera de la iglesia.
jeff
No me llames Jeffie.
connie
Jeffie, Jeffie, Jeffie.
jeff se levanta, se acerca a la ventana y contempla la oscu ridad. Está muy molesto. Siguiendo la ancestral tradición de los hermanos mayores, a dennis y connie les encanta.
dennis
Pobre Jeffie.
connie
Creo que se va a suicidar.
jeff (volviéndose hacia ellos)
¡Es el primer libro que escribió! ¿Es que no os
importa un comino?
connie
Si tienes tantas ganas de verla, ¿por qué no la alquilas mañana en Video Stop?
jeff ¡No alquilan películas para mayores a niños pequeños y lo sabes muy bien!
connie (en tono abstraído) ¡Calla, es Vanna! ¡Me encanta Vanna!
jeff
dennis
Pídele a papá que te la grabe en el vídeo de su despacho y deja de dar la vara de una vez.
jeff cruza la habitación y al pasar le saca la lengua a Vanna White. la cámara lo sigue hasta la cocina.
katie ... así que cuando me preguntó si Polly había dado positivo en el análisis de estreptococos,
Dennis...
tuve que recordarle que Polly está fuera, en la escuela preparatoria... y Dios mío, Lois, la echo tanto de menos...
jeff pasa por su lado de camino a la escalera.
katie
Niños, ¿queréis hacer el favor de estaros callados?
jeff (en tono hosco)
Ahora sí que se estarán callados.
jeff sube la escalera con paso desanimado. katie lo sigue con la mirada durante un momento, cariñosa y preocupada.
katie
Ya se están peleando otra vez. Polly los mantenía a raya, pero ahora que se ha marchado a la escuela preparatoria... No sé... Quizá eso de enviarla a Boston no haya sido tan buena idea al fin y al cabo. A veces parece tan desgraciada cuando llama...
int. bela lugosi en el papel de drácula, pp
Drácula está sentado en la entrada de su castillo de Transilvania. Le han superpuesto un globo de viñeta sobre la cabeza. Dice así: «¡Escuchad! ¡Hijos míos de la noche! ¡Escuchad la música que tocan!». El póster está colgado de una puerta, pero no lo vemos hasta que JEFF la abre y entra en el estudio de su padre.
int. una fotografía de katie, pp la cámara se mantiene fija y a continuación se desplaza hacia la derecha. Vemos otra foto, una toma de polly, la hija que está en Boston, en la escuela preparatoria. Se trata de una encantadora muchacha de dieciséis años. Junto a la foto de polly hay otra de dennis..., una de connie... y por último una de jeff.
la cámara continúa desplazándose y se aleja para que podamos ver a bill weiderman, un hombre de unos cuarenta y cuatro años. Parece cansado. Está mirando el procesador de textos que hay sobre su mesa, pero su bola de cristal mental debe de haberse tomado la noche libre. En las paredes vemos cubiertas de libros enmarcadas. Todas ellas son escalofriantes. Uno de los títulos es Beso fantasmal.
jeff se acerca sigilosamente a su padre. La moqueta amortigua el sonido de sus pasos. bill suspira y apaga el triturador de textos. Al cabo de unos segundos, jeff coloca las manos sobre los hombros de su padre.
jeff ¡UUUUUHHHHH!
bill
Hola, Jeffie.
Bill hace girar la silla para mirar a su hijo, que parece desilusionado.
jeff ¿Por qué no te has asustado?
bill
Mi trabajo consiste en asustar. Estoy muy curtido. ¿Te pasa algo?
bill
Papá, ¿puedo ver la primera hora de Beso fantasmal y luego me grabas el resto? Dennis y Connie no me dejan ver nada.
bill se da la vuelta para mirar la cubierta del libro con expresión abstraída.
bill ¿Estás seguro de que quieres ver eso, amigo? Es bastante...
jeff
En esta toma, vemos claramente la escalera que conduce al estudio de su marido y que empieza detrás de ella.
katie
Realmente creo que Jeff necesita ir al ortodonc
