Los rayos del sol vespertino caen entre los balcones del Barrio Gótico como los restos de un transbordador espacial desintegrado en la estratosfera. Valentina Parini, alumna conflictiva de séptimo curso del Liceo Italiano de Barcelona y autodenominada Principal Experta Europea en la Obra de Stephen King, se balancea en su hamaca con expresión pensativa. Ya hace un par de semanas que uno de sus ojos parece desviarse ligeramente en dirección al exterior de su campo visual cada vez que mira algo. Giraut coge el folleto promocional de la nueva novela de Stephen King sin levantarse de su silla de jardín de plástico blanco. skyline visible desde el extremo del jardín más alejado de la casa consiste en una torre cubierta de andamios de la catedral y una bandada de gaviotas que planea en círculos voraces alrededor de alguna presa invisible.
Valentina Parini vive con su madre en el apartamento de la todos los habitantes del antiguo palacio ducal.
–Mi psicóloga escolar me ha prohibido que lea la nueva novela de Stephen King –continúa Valentina Parini. Su cuerpo prepubescente, flaco y de brazos y piernas exageradamente alargados contrasta con una cara redonda y de facciones diminutas que hace pensar en monos tropicales arborícolas. Su nariz es tan pequeña que a Giraut le parece un auténtico prodigio gravitatorio que sea capaz de sostener las gafas infantiles de pasta verde–. Que leerla puede ser muy negativo para mí. Le ha enviado una nota a mi tutora y otra a mi madre. –Su boca de labios diminutos se frunce en una mueca de asco–. Hasta ha avisado a la entrenadora de baloncesto. La muy puta.
Sentado en su silla de jardín, Lucas Girault, de treinta y tres años, saca un cigarrillo de la pitillera de plata con el anagrama repujado que lleva siempre en el bolsillo interior del traje. Su traje de hoy es un traje de Lino Rossi de color gris marengo con raya diplomática roja. Enciende el cigarrillo con un fruncimiento de los ojos vagamente estólidos y de las cejas finas y pálidas. La psicóloga escolar de Valentina Parini es uno de los temas de conversación más frecuentes de las reuniones vespertinas que Valentina y Giraut celebran en el jardín del palacio ducal. La relación clínica de Valentina con su psicóloga escolar se remonta a la época del episodio de su vida conocido académicamente como el Percance de la Clase de Español.
–Se titula Mundo maravilloso –dice Valentina. Señalando con la cabeza el folleto promocional de la nueva novela de Stephen King que Giraut tiene en las manos–. Es la historia de un hombre que se levanta un día y descubre que a su alrededor todo se ha vuelto perfecto. Los vecinos que antes lo odiaban ahora le regalan entradas para el béisbol. Sus compañeros del trabajo se han vuelto amables con él. Su ex mujer también. Todo se ha vuelto perfecto. El mundo empieza a funcionar sin problemas. Las guerras se terminan. Los políticos se vuelven inteligentes. Lo cual quiere
Stephen King–. Algo alienígena. Algo que está controlando mentalmente a la gente.
–Cuando yo tenía tu edad, también escribí una novela. –Lucas Giraut contempla el folleto promocional bajo la luz vespertina del jardín interior del palacio ducal. En la portada del folleto mundo maravilloso, de stephen king» y «lanzamiento mundial el 22 de diciembre». Giraut da una calada pensativa a su cigarrillo–. No era una novela como la tuya, ni como las de Stephen King. En realidad, no era exactamente una novela. Era sobre el Apartamento 13. No sé por qué se llama así. En mi familia siempre lo han llamado así. Es una especie de cuarto que hay en el piso de arriba del sitio donde trabajo. Mi padre iba allí para esconderse de mi madre, creo. El caso es que yo estaba obsesionado con el Apartamento 13. Soñaba con ese sitio durante noches seguidas. En mis sueños era mucho más grande de lo que es en realidad. Tenía lámparas antiguas y salones llenos de antigüedades. Y pasillos que no se terminaban nunca. –Levanta la vista hacia el palacio ducal conocido en las guías como Palacio de la Mar Fosca. Que comparte con Valentina Parini y su madre–. Todavía tengo esa novela archivada. Me acuerdo de que ocupaba muchos cuadernos. A eso me dedicaba yo todo el tiempo cuando era chaval. A llenar cuadernos. Con dibujos y cosas que escribía. Y en los cuadernos tengo toda clase de dibujos del Apartamento 13. O sea, tal como yo lo imaginaba por entonces. Nada que ver con lo que es en realidad. No conseguí entrar hasta después de que muriera mi padre. Y resultó que no es más que un cuarto pequeño y sin ventanas. Por lo de la enfermedad de mi padre, ya sabes. La enfermedad que tenía con las ventanas.
La voz de Marcia Parini llega ligeramente ocluida por el extractor de humos procedente de la ventana de la cocina del piso inferior de la casa.
–¿Lucas? ¿Te está molestando la niña? –dice la voz en tono infantiles de pasta verde. Se puede decir que Lucas Giraut es el único amigo que ha tenido alguna vez Valentina Parini. En sus doce años de vida. Giraut dobla el folleto promocional de la nueva novela de Stephen King y se lo devuelve. La hamaca en la que Valentina está tumbada es la misma hamaca que su padre, el señor Franco Parini, instaló tal vez a modo de broma macabra el día antes de abandonar para siempre a su esposa Marcia y a la hija de ambos. La relación entre el señor Franco Parini y Lucas Giraut era cordial en líneas generales. Una vez el señor Parini llamó a Giraut «mariconcillo de club náutico» y «puto inútil niño de mamá» después de que Giraut se asomara a su terraza mientras estaba teniendo lugar en el jardín interior una disputa conyugal entre los Parini que incluía el lanzamiento de diversos objetos del mobiliario doméstico-familiar.
–Ya no lo puedo soportar. –Valentina deja caer las manos con gesto exasperado sobre la manta a cuadros que le cubre el regazo–. Lo de las crepes. Tengo doce años. No quiero tener que explicar otra vez que las cosas que me gustaban cuando era pequeña no son las cosas que me gustan ahora. Todo esto es muy desagradable para mí. Mi madre se ha hecho amiga de mi tutora en la escuela. La misma que dice que tengo problemas psicosociales. –Hace una mueca asqueada que le arruga la nariz diminuta de mono arborícola–. Y el oculista dice que me tienen que poner un parche. Yo no quiero llevar un parche. Solamente los niños pequeños y estúpidos se dejan poner un parche.
–Yo nunca llevé ningún parche –dice Lucas Giraut en tono decidido.
La forma en que está repantingado en su silla de jardín de plástico blanco es ligeramente distinta de la forma en que la gente suele estar repantingada. Su espalda, por ejemplo, permanece recta. Los hombros perfectamente rectos. Los brazos unidos en el regazo con los dedos entrelazados o apoyados cautelosamente en los brazos del asiento. Lo único que en realidad permite disde las ventanas. Alejarse de las ventanas es inteligente. Lo sabe cualquiera que sepa algo de defenderse. –Echa un vistazo cauteloso en dirección a la ventana de la cocina del apartamento de la primera planta del antiguo palacio ducal. Luego mira a Giraut. Adopta tono vagamente confidencial–. He estado perfeccionando un nuevo ataque mental. Lo llamo el Ataque de los Aviones Rasantes. Es mejor que el Ataque con Ametralladora y mucho mejor que el Ataque con Granada de Mano. Es el mejor ataque que he inventado hasta ahora. Me va muy bien en la escuela, en clase o cuando mi tutora me obliga a hacer cosas estúpidas como ir a su despacho o al despacho de la psicóloga escolar a rellenar tests estúpidos. Lo que hay que hacer es imaginar que eres un piloto de un avión de guerra. De esos antiguos que llevaban a un hombre encima con gafas de aviador que manejaba una ametralladora. Luego imaginas a la gente a la que quieres liquidar. Los ves desde arriba, como si fueras el hombre del avión que maneja la ametralladora. Y te lanzas en picado. –Valentina coloca las manos frente al torso como si estuviera accionando los mandos de una ametralladora invisible–. Ves cómo corren en todas direcciones, pero claro, no pueden escaparse de un avión de guerra. Y tú te acercas y los ametrallas y luego le haces una señal al piloto para que suba y luego vuelva a bajar en picado para liquidar a los supervivientes. Si es que ha quedado alguno. Es un ataque que funciona mejor al aire libre, claro. Es perfecto cuando hay un partido de baloncesto. Cuando todas las estúpidas de mis compañeras se ponen uniformes de baloncesto y están felices y yo tengo que decir que estoy enferma para que me dejen sentarme en el banquillo.
Lucas Giraut se sube las solapas de su traje gris marengo con raya diplomática de Lino Rossi. Para protegerse del frío vespertino de la tarde de diciembre en el jardín del antiguo palacio ducal. Lucas Giraut no es solamente un entusiasta de los trajes de Lino Rossi. También ha desarrollado el hábito de analizar cuestiones relacionadas con la psique de un hombre y la forma en que –Mi padre estaba lleno de cosas extrañas –dice–. Como lo de su enfermedad con las ventanas. Me decía cosas extrañas todo el tiempo, y siempre que yo le preguntaba algo me contestaba en ese tono misterioso suyo, y entonces yo me obsesionaba. Llegaba a casa y me metía en la cama y no podía quitarme aquellas cosas de la cabeza. –Frunce el ceño, como si algún elemento del proceso de evocación que está llevando a cabo le resultara dificultoso–. Una vez me dijo que en nuestra manzana había un hombre que entrenaba buitres en su azotea. Tenía diez buitres en un palomar y los había entrenado para atacar a la gente. Y de vez en cuando el tipo esperaba a que se hiciera de noche y mandaba a alguno de sus buitres adiestrados para matar a alguien. Me pasé semanas obsesionado con aquello. Cada vez que salía de casa para ir a la escuela, caminaba con la espalda pegada a los edificios y mirando el cielo.
–Me he apuntado al concurso de talentos de la escuela. –Valentina Parini se recoloca las gafas de pasta verde con el dedo índice sobre su nariz minúscula y mira con sus rasgos arborícolas a Lucas Giraut, anticuario, vástago de anticuario y supuesto niño de mamá de acuerdo con los rumores que imperan en su círculo extendido de parientes y amistades–. Es una cosa que hacen todos los años para Navidad. Mi psicóloga escolar todavía no lo sabe. Y pienso leer mi novela. Sangre en la pista de baloncesto. so leerla delante de todo el mundo. En el auditorio de la escuela. Con mi entrenadora de baloncesto delante. Con mi psicóloga escolar delante y mi tutora y la directora y todas las niñas estúpidas de mi clase. –Las palabras de Valentina Parini tienen lo que se suele conocer técnicamente como Una Oscura Cualidad Amenazadora. De alguna forma, esa cualidad parece acentuar la desviación de su ojo–. Tal vez avise a mi madre también. No puedo leerla toda, claro. Solamente algunas partes. La decapitación de la entrenadora de baloncesto. La bomba de los vestuarios. La Matanza del Día de la Graduación.
Giraut entrelaza los dedos de las manos y apoya la barbilla
Parini está volteando una crepe en el aire. El rasgo físico más llamativo de Lucas Giraut, de treinta y tres años, nacido en Barcelona, es una cara redonda y en su mayor parte lampiña que no parece pertenecer a la misma persona que su cuerpo alto y delgado y de miembros largos. Los ojos castaños bajo unas cejas pálidas siempre parecen vagamente soñolientos y le dan a la configuración general de su cara un aire estólido.
–He alargado el último capítulo. –La voz de Valentina Parini adopta un matiz de algo parecido al discernimiento especializado del profesional literario–. He añadido más descripciones. De niñas muertas en el patio. Con las camisetas del uniforme de baloncesto agujereadas por las balas. Otras quemadas. –Tira hacia arriba de la manta de cuadros con que se está cubriendo las piernas y el regazo para protegerse del frío vespertino de la tarde de diciembre–. Algunas con la cabeza reventada.
Del otro lado del jardín llegan los ruidos de la calle. Los villancicos emitidos municipalmente por sistemas de megafonía baratos. Las instrucciones de los guías de grupos de turistas que recorren los alrededores de la catedral. Los gritos de alarma cuando alguno de esos turistas descubre que el bolso que lleva debajo del brazo el carterista que se aleja corriendo atléticamente es el suyo.
–Me muero de ganas de ver sus caras –dice Valentina–. En el concurso de talentos.
2
ERIC & IRIS
Eric Yanel y su prometida Iris Gonzalvo están tumbados en sendas hamacas contiguas en la enorme terraza del Hotel-Balneario Palladium de Ibiza. Bajo el sol razonablemente cálido de la temporada baja ibicenca. En la arena de la playa privada de sal atemperada con alto contenido en yodo del hotel, un grupo de bañistas contempla el partido de volley-playa mixto que está teniendo lugar a pocos metros por debajo de la terraza. Con caras invariablemente sonrientes. Las hamacas donde están tumbados Eric Yanel e Iris Gonzalvo no están exactamente dispuestas en paralelo, sino más bien en ángulos ligeramente centrífugos. Exactamente simétricas a ambos lados de la mesilla de aluminio donde están sus copas. Un Finlandia con zumo de arándano para ella y un Macallan de diez años con hielo para él. Con el cubito semifundido flotando en la superficie dorada, como alguien jugando a hacerse el muerto bajo el sol.
Iris Gonzalvo se incorpora a medias para quitarse el protector ocular y se queda mirando a su prometido mientras manosea ociosamente el aro dorado que une las cazoletas de la parte superior de su bikini azul marino de Dior. Eric Yanel tiene un cigarrillo colgando de la comisura de los labios y está mirando con el ceño fruncido una revista abierta que tiene en las manos. La sombra de la sombrilla con el emblema corporativo del HotelBalneario Palladium que Eric e Iris tienen detrás de sus espaldas solamente alcanza a cubrir la parte de sus cuerpos que queda por tajes fotográficos sobre los pechos y las nalgas de muje
