Azotes y caricias

Fragmento

I. Historia del sexo, 1: Del Gigante de Cerne Abbas a los falos de piedra

I

HISTORIA DEL SEXO, 1

DEL GIGANTE DE CERNE ABBAS A LOS FALOS DE PIEDRA

*

Ten en cuenta que si después de acostarte con alguien echas humo es que lo haces demasiado deprisa.

WOODY ALLEN

En Dorset, cerca de la localidad de Cerne Abbas, tallada en una colina de creta se halla la «postal guarra» más famosa de toda Gran Bretaña: es el Gigante de Cerne Abbas, que hasta hace poco se consideraba prehistórico. Esta figura, de cincuenta metros de estatura, representa a un ser humano desnudo (indiscutiblemente varón) con un garrote nudoso en la mano. También la llaman the Rude Man, «el Grosero», por la pasmosa erección de su miembro. La longitud de la tranca es de algo más de quince metros. Me refiero al garrote. El pene es mucho menor, aunque aplicando la correspondiente escala equivaldría a veinticinco centímetros en un tío normal.

Muchos siguen creyendo que el Gigante de Cerne Abbas es prehistórico, pero la primera referencia escrita data de 1694, y en su Historia y antigüedades del condado de Dorset (1774) el reverendo John Hutchins afirma que la figura se talló durante el siglo anterior. Lo más probable, en resumidas cuentas, es que el Grosero sea una muestra bastante moderna de land art, no un antiguo símbolo de fertilidad. Aun así, existía la tradición de que las parejas sin hijos hiciesen el baile del mayo en el blanco muslo del gigante, a fin de invocar la magia pagana de otros tiempos y favorecer la concepción. Hoy en día sigue habiendo jóvenes que copulan en el mismo sitio, esperanzados, y no muy lejos, en el aparcamiento del National Trust, reciben puntuaciones de otras personas pertrechadas de prismáticos. Bueno, no, lo de los puntos me lo he inventado, aunque el Gigante de Cerne Abbas sigue siendo un imán para el turismo, y aparte de atraer a japoneses de grandes teleobjetivos también arrastra a algún que otro bicho raro: en agosto de 2007 el Dorset Echo informaba de que uno de los visitantes, que se hacía llamar Fantasma Púrpura, había pintado el pene de ese color (el del gigante, claro, no el suyo).

Cuerpo de pruebas

Hoy en día vivir sin sexo es algo excepcional. Si alguien no lo practica, lo más probable es que dedique gran parte de su tiempo a pensar en él, sobre todo si es hombre. Tanto es así, que Aldous Huxley definió la castidad (lo que muchos llaman actualmente «celibato») como «la más antinatural de las perversiones sexuales». Yo creo que la clavó, y perdón por lo grosero de la imagen que puedan evocar mis palabras.

A pesar de que el sexo sea tan antiguo como el mundo, no es el método que todos los seres vivos emplean para reproducir sus genes. Los organismos más simples, como las bacterias, prescinden de él y se dividen, formando eternamente copias de sí mismas. No digo que no pudiera ser una manera de ahorrar en cenas caras, y de perder el miedo a las enfermedades de transmisión sexual, pero si los seres humanos se reprodujesen por vías no sexuales sería una catástrofe: imaginaos una infinidad de copias de Oprah Winfrey o de la duquesa de Alba, una generación tras otra... ¡Es para echarse a temblar! No: la principal ventaja biológica de la reproducción sexual es la multiplicidad de vástagos. Para la mayoría, sin embargo, importa más poder pasar muy buenos ratos a la vez que se propagan nuestros genes, y eso es algo que se sabe desde mucho antes de la aparición de la escritura.

Hace aproximadamente cuatro millones de años (poco tiempo en términos evolutivos) ciertos animales africanos parecidos al chimpancé dejaron de moverse a cuatro patas y empezaron a ir de un lado a otro apoyándose en las de atrás. Los órganos sexuales de esos seres recién erguidos (lejanos antepasados nuestros) se hicieron difíciles de reconocer. La hembra erecta de la especie carecía de pechos merecedores de tal nombre, y el pene del macho era tan pequeño que apenas se veía.

Con la evolución, el cuerpo de esos animales empezó a perder su espesa capa de vello, y en el pecho de las hembras se hicieron visibles las ubres, órganos sexuales cuya prominencia indicaba lo adecuadas que podían ser como parejas (aunque el paso de cientos de miles de años enseñó a los machos que mirar fijamente las mamas de una hembra era tan peligroso como mirar el sol: podía dañar la vista, en el sentido de quedarse con un ojo a la funerala).

También en los hombres se desarrollaron genitales mucho más grandes y ostensibles. En ese sentido, aunque ufanarse de un móvil pequeño y un pene grande sea algo propio del varón de nuestros días, parece que ya hace un par de millones de años que empezó a ser importante el asunto del tamaño.

Charles Darwin señaló que desde la perspectiva de la selección natural (la de la supervivencia del más fuerte) era difícil explicar la pérdida del vello y la postura erguida, ya que se tendría más frío y se caminaría más despacio, pero que ambas cosas presentaban ventajas en términos de «selección sexual» (supervivencia del más sexy). Básicamente, nuestros antepasados remotos encontraban más apetecibles a los miembros menos velludos del sexo contrario, y preferían a las parejas con mayores órganos sexuales. Por si no bastara con ello, el hecho de andar erguido sobre dos patas permitía un uso más fácil de las manos, ventaja de primer orden en lo evolutivo (y no digamos en lo sexual).

Una de las primeras cosas que hizo el macho erguido menos velludo de la especie fue regalar bombones prehistóricos a la hembra e invitarla a un restaurante romántico de la Edad de Piedra. Después de los quesos y el café le daba un garrotazo en la cabeza y la arrastraba hasta su cueva para amenizar la digestión con monerías.

Lo mucho o poco que pudieran divertirse nuestros antecesores durante el acto sexual es, claro está, una simple hipótesis, pero lo más probable es que fuera bastante. Actualmente existen primates que pasan mucho tiempo en una especie de orgía sexual interminable y obsesiva sin función reproductora. Los bonobos, por ejemplo, también llamados «chimpancés pigmeos», se entregan al sexo con asiduidad. Conocen el beso con lengua, así como el sexo oral, dos prácticas que no generan descendencia. Después de una pelea seria entre dos bonobos machos lo común es apaciguar los ánimos restregando los escrotos entre sí, como versión simiesca de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación en la que participó el arzobispo Desmond Tutu (otro tipo de primate). Tal vez pudieran resolverse así las peleas de bar y las tanganas futbolísticas.

El hombre moderno y sus mujeres

A medida que se reproducían, los practicantes bípedos del sexo siguieron evolucionando. Se considera que el ser humano actual (Homo sapiens, es decir, «ser humano sabio») apareció en África hace unos ciento noventa y cinco mil años. El primer arte humano —señal de inteligencia— que se conoce no hace su aparición hasta el Paleolítico Superior, hace entre cuarenta mil y diez mil años, con un margen de treinta mil. Cuando aparece, sin embargo, entre sus principales inquietudes —oh, sorpresa— parece hallarse el sexo.

Uno de los pocos ejemplos del primer arte de la humanidad, la Venus de Laussel, que es una estatuilla esculpida de la Edad de Piedra, ofrece una temática abiertamente sexual, ya que representa a una mujer desnuda con un cuerno en una mano. Esta opulenta (léase gorda) fémina destaca también por sus órganos sexuales. La Venus de Willendorf, estatuilla de piedra con rasgos femeninos y datada hace entre veintidós mil y veinte mil años, tiene en común con otras venus de este período (de las que se han descubierto centenares) la redondez de su cuerpo y el gran tamaño de sus pechos. Como en los otros casos conserva la cabeza, pero lo interesante es que la suya carece de facciones. Parece que a los artistas de la época no les quitaba el sueño lo políticamente correcto.

Difícilmente se podrá negar que las pinturas rupestres de Val Camonica, en el norte de Italia, fechadas hace unos cinco mil años, sean de temática sexual. Estas obras representan sin la menor duda a un hombre que copula con algo parecido a un burro, escena tan extraña como las que se observan en algunas pinturas rupestres siberianas. El significado de estas imágenes de zoofilia ha dado pie a discusiones encendidas entre barbudos arqueólogos. Lo que está claro es que el sexo estaba muy presente entonces y ofrecía el mismo aspecto que en nuestros días (aparte del burro). Algunas de esas escenas sexuales se parecen al porno actual. En una fascinante pintura rupestre de Mongolia se ve a una dama que practica la felación a un caballero al mismo tiempo que copula con otro. Es uno de los primeros ejemplos de multitarea, capacidad por la que son actualmente famosas las mujeres.

La práctica de esculpir figuras de pequeño tamaño como las venus se extendió hasta el Mesolítico. Por lo que respecta al Neolítico, en algunas zonas de Gran Bretaña y Francia aún pueden verse enormes piedras erguidas que datan de esa época y pueden llegar a tener un sugestivo carácter fálico, sobre todo con el sol detrás. Uno de los mayores es el Grand Menhir Brisé, que con sus casi veinte metros de altura pudo haber sido la mayor piedra de este tipo conocida en Europa. Actualmente está fragmentada en grandes trozos que han quedado en el lugar donde cayeron, posiblemente a consecuencia de una erección fallida, no sé si me explico.

Primeros libros eróticos

Con el advenimiento de las sucesivas civilizaciones, el sexo, como el tiempo, se mantuvo entre los principales temas de conversación para los caballeros distinguidos de todo el planeta, y también para algunas damas. En los textos indios, griegos y romanos de la Antigüedad abunda el sexo, y en algunos casos las ilustraciones. Es sabido que la Biblia no contiene solo grandes dosis de violencia, sino también de sexo. Queda claro que era un tema presente en todas las mentes... y en casi todos los dormitorios. Es más, desde que nuestros ancestros empezaron a desplazarse con dos patas sus dos grandes motores vitales han sido el sexo y el hambre. En ese sentido no es que hayan cambiado mucho las cosas: la comida y el sexo siguen vendiéndose muy bien. Hace poco, al pasar la calle Wardour del Soho londinense, vi a un hombre que vendía perritos calientes a la salida de un cine porno.

Antes del período clásico escasean los ejemplos de literatura erótica, aunque un país con larga fama en este tema, por su enfoque práctico de la instrucción sexual a través de la literatura y del arte, es la India. Uno de los textos más antiguos del mundo son los Vedas, amplio cuerpo de escritos en sánscrito fechados en torno a 1500-1000 a.C., época que corresponde más o menos a la última Edad del Bronce y la Edad del Hierro. Estos textos hindúes demuestran que en la antigua India el sexo se consideraba un deber conyugal. También revelan diferencias entre las actitudes morales y las prácticas sexuales de los ricos y poderosos y las de los hombres de a pie. La poligamia, por ejemplo, era practicada por los pudientes, pero no por los pobres; un dato interesante este, ya que a mí me parece que pocos hombres sobreviven a una esposa, así que no digamos a dos, o tres, o más...

El Kama Sutra, que es el más conocido de todos los libros eróticos de la antigua India, contiene consejos prácticos sobre el coito en una amplia serie de posturas. Las partes que lo constituyen fueron escritas más o menos entre 400 a.C. y 200 d.C. Personalmente, muchas de esas posturas me parecen recetas infalibles para sufrir una hernia discal o una distensión del cuádriceps, y creo que después de algunas de las más acrobáticas convendría tener cerca un buen frasco de Reflex, que recomiendo usar con precaución, por cierto. Dicho sea de paso: una vez, un amigo que juega al rugby quiso echárselo en el muslo, pero se le fue la mano y se roció abundantemente las partes pudendas. De repente, me explicó, fue como si se le quemase el escroto, y sin querer se encontró bailando (con acompañamiento sonoro) por todo el vestuario.

Por si a alguien le pica la curiosidad, Kama significa «placer sensual» y Sutra se podría traducir como «colección de aforismos en forma de manual». De todas formas no es una obra que hable solo de sexo, sino que también contiene reflexiones sobre la virtud, la naturaleza del amor, la vida familiar y cómo arrancar el coche una mañana de frío. (Bueno, lo último no.) La primera traducción al inglés del Kama Sutra la hizo en 1883 el exótico, por no decir byroniano, sir Richard Burton, intrépido explorador y amante del sexo y la literatura erótica. Este Burton era un tío curioso, que allá por donde iba anotaba la longitud de los penes de los autóctonos y la consignaba en sus libros de viaje, una especie de Guía de pichas para mochileros. En la traducción del Kama Sutra dispuso de la ayuda de su compinche F. F. Arbuthnot, orientalista y experto en falos. El libro fue impreso de manera privada por la Asociación Kama Shastra, un organismo totalmente ficticio cuyos únicos miembros eran la extraña pareja en cuestión, Burton y Arbuthnot. Gracias a este truco se saltaron las leyes de la época contra la obscenidad.

En China, el I Ching, texto antiguo y bastante inescrutable, muestra una falta de tapujos sorprendente al hablar sobre el sexo. Hay un momento en que describe metafóricamente la cópula del cielo con la tierra. Resulta casi inconcebible el tamaño del condón que necesitarían. La tradición taoísta china, cuyo nacimiento se produjo en torno al siglo VI a.C., loaba las virtudes de lo que llamaba «la Unión de las Esencias». En teoría, practicarlo aportaba enormes beneficios a las «sustancias energéticas» del ser humano, hasta el punto de volverlo saludable y tal vez inmortal, pero el precio debía de ser alto, ya que una de las «sustancias energéticas» del taoísmo, por ejemplo, es el jing, que una vez que se agota, digamos que por pérdida de fluidos corporales, lleva a la muerte del cuerpo. Al menos eso se creía. ¿Y cuál es el fluido al que se atribuye un mayor contenido en jing? El semen, en efecto. Por eso los taoístas aconsejaban reducir la frecuencia de la eyaculación o incluso evitarla por completo, a fin de preservar la «esencia vital». Supongamos, por seguir con la argumentación, que las premisas de los taoístas fueran ciertas (aunque es evidente que se trata de delirios). Pocos se apuntarían a este tratado de no proliferación de su arsenal.

El pensador chino Confucio (551-479 a.C.), que tenía ideas propias sobre el sexo, prefigura el pensamiento desarrollado más tarde por la Iglesia cristiana. Propuso, por ejemplo, que el matrimonio fuera una relación monógama, a pesar de lo cual hay obras de la dinastía Tang (607-907) y de la Qing, muy posterior (1644-1912), en las que se deja constancia de un amplio espectro de prácticas sexuales, tanto heterosexuales como homosexuales.

Hay un hecho cierto, y es que la idea confuciana de la monogamia no fue adoptada por los japoneses, mucho más relajados en sus actitudes. Los escarceos entre casados y cortesanas eran algo frecuente por esos lares. En la novela japonesa Historia de Genji, escrita a principios del siglo XI, el erotismo aparece no solo como un deber, sino como una parte importante de la vida. También la prostitución posee una larga tradición en el país. Durante el «milagro económico» que siguió a la Segunda Guerra Mundial las japonesas de virtud dudosa adquirieron una gran popularidad (más que nada porque el ocio nocturno desgravaba; es lo que se llama conjugar los negocios y el placer).

Actualmente la pornografía japonesa ha adquirido fama en todo el mundo, entre otras cosas por su acierto técnico, pero también por su diversidad temática. Los ambientes fetichistas japoneses están en pleno auge, lo cual me recuerda a un antiguo compañero de trabajo que había sido marinero durante la Segunda Guerra Mundial. «Las japonesas —me dijo un día, fregando una bandeja— hacen de todo.» Para un joven, como lo era yo entonces, la idea daba que pensar, y así lo hice.

Los egipcios, obsesos sexuales

Los antiguos egipcios han quedado un poco al margen de la historia del sexo, entre otras cosas porque la sombra de los griegos y los romanos es bastante alargada. Solemos pensar en los egipcios o bien como momias disecadas cuyas vísceras se guardaban en varios recipientes o bien como altivos faraones que impartían órdenes a los esclavos en las obras de la enésima pirámide, pero tampoco se diferenciaban tanto de nosotros. En los templos egipcios de la Antigüedad es posible encontrar todo tipo de iconografía religiosa obscena. Basta con buscarla. Así, en varios templos hallamos imágenes religiosas de dioses con erecciones imponentes, algunas tan geniales como una en la que Geb, el dios de la tierra, practica la autofelación. No es el tipo de ilustración religiosa que se imagina uno como encargo del Papa para Castelgandolfo. Hoy en día nos hemos vuelto más puritanos.

Los arqueólogos de salacot han descubierto ilustraciones sexuales fascinantes que indican que a la hora del jolgorio los egipcios de la Antigüedad seguían poco menos que la misma conducta que los de hoy. Ejemplo de ello es que en una misma imagen conviven a menudo practicantes del sexo con músicos y bebedores; la historia de siempre: vino, mujeres y canciones.

En el Museo Egipcio de Turín se puede ver el más soez de todos los hallazgos arqueológicos egipcios. Portador del engañoso nombre de Papiro 550001, o de otro más ilustrativo como es el de Papiro Erótico de Turín, tiene más de tres mil años de antigüedad, ya que data de la vigésima dinastía del antiguo Egipto (1186-1069 a.C.). A pesar del deterioro, esta obra de arte de la Edad del Bronce se conserva suficientemente intacta para que los estudiosos (o los simples mirones) reconozcan a una serie de hombres maduros y acrobáticos que, prodigiosamente dotados por la naturaleza, hacen partícipes de su experiencia a una serie de muchachas. Sus ilustraciones son tan gráficas que este papiro se ha descrito como «la primera revista porno de la historia», así como «el libro más guarro de toda la historia antigua».

Es un papiro largo, fino y lleno de agujeros, que ha sido necesario proteger de los estragos del tiempo colocándolo entre láminas de vidrio. Según los expertos en porno del antiguo Egipto las chicas de las imágenes experimentan los efectos narcóticos de la flor de loto, que aparece sobre sus cabezas (¡encima drogas!). Entre ilustraciones de señoras como Dios las trajo al mundo sobre objetos puntiagudos, y de parejas que se entregan indisimuladamente al sexo (dos de ellas sobre un carro bastante molón), el papiro está salpicado de palabras malsonantes. No es una obra religiosa, sino un ejemplo antiguo de un fenómeno moderno: el libro verde, pero en una versión mucho más elegante. Así los egipcios se nos antojan mucho menos lejanos, y más parecidos a nosotros, que en aquellos sarcófagos hermosos, sí, pero gélidos.

El primer testimonio de la historia de lo que podría ser una pareja homosexual es un relieve egipcio de 2400 a.C. en el que aparecen dos varones, Khnumhotep y Niankhkhnum, representados con sus narices en contacto, la postura más íntima del arte egipcio.

Ay, estos griegos...

Pasemos a los griegos de la Antigüedad, y a su rico legado de escritos obscenos e imaginería sexual. Si por algo son famosos es por la tranquilidad, y aun entusiasmo, con que se tomaban las relaciones homosexuales, hasta el punto de plasmarlas en vasijas y un montón de objetos más. Sobre las relaciones homosexuales masculinas nos instruyen varios autores griegos, entre ellos Platón, quien en El banquete menciona asimismo la homosexualidad femenina. Safo, poetisa de la hoy célebre isla de Lesbos, escribió muchos poemas amorosos dirigidos al sexo femenino, que accidentalmente dieron el nombre de su isla a ese amor que antaño no osaba pronunciar su nombre, pero que en palabras de Robertson Davies ahora no hay manera de que se calle. A partir del siglo VII a.C. se practican abiertamente y reciben el beneplácito oficial las relaciones entre hombres. Esas relaciones, conocidas como «pederastia», o paiderastia (es decir, «amor a los muchachos»), se encontraban en todos los ámbitos, incluido el ejército, como hoy en día. Sometidas a un complejo código social, estuvieron íntimamente ligadas a la cultura y la filosofía griegas. Las relaciones espirituales y eróticas entre hombres y muchachos se consideraban superiores a las de pura y burda índole sexual; venían a ser una especie de formación profesional en Carpintería y Sociología de los Medios que podía incluir escarceos sexuales; vaya, como en los colegios solo de niños o solo de niñas.

Los primeros pederastas atenienses fueron aristócratas cuyo papel era instruir, proteger y servir como modelos a sus eromenoi («amados»). Se suponía que en pago por ello (pago intelectual, en todo caso) recibían la belleza, la juventud y las esperanzas de los jóvenes; vaya, que no se reducía a un salto demasiado bajo al jugar a la pídola, como parece en las vasijas. No se trataba exactamente de lo que definiríamos en nuestros días como «relaciones homosexuales», porque los participantes solían tener también esposa y/o «amiga», y además el concepto antiguo de «homosexualidad» era mucho más vago que el actual.

Por aquel entonces tampoco el matrimonio era el de hoy. Actualmente se basa en antiguas usanzas culturales y en las doctrinas de la Iglesia cristiana medieval. Hasta la época contemporánea, el matrimonio fue una transacción comercial de tipo práctico entre dos familias, que eran a menudo las que concertaban el acuerdo. Así ha ocurrido hasta hace poco en las familias de la realeza.

Lo habitual era que el hombre griego contrajese matrimonio después de los treinta años con una adolescente, a quien por lo demás veía como simple mercancía, como una fábrica de bebés cuya función era dejar a un lado su supuesta envidia del órgano sexual masculino y ponerse a tener hijos. Ni en sus propios boudoirs mandaban estas pobres cónyuges, a quienes se obligaba a competir sexualmente con los eromenoi de sus maridos, y con las cortesanas. Estas últimas no eran simples chicas de vida alegre, sino «compañeras» refinadas e instruidas, aunque a menudo mantuviesen relaciones sexuales con sus jefes, a la manera de las au pairs más entusiastas de la actualidad. En suma, que para una mujer griega el matrimonio no solía ser una bicoca.

No ha de extrañarnos que los griegos de hoy en día sean tan suspicaces en todos estos temas, en especial el de lo gay. En 2002, una conferencia sobre la homosexualidad de Alejandro Magno provocó tal escándalo que la sala se llenó de manifestantes, y dos años después, al estrenarse la película Alejandro Magno, varios letrados griegos amenazaron furibundos con interponer una demanda contra los productores.

Los primeros testimonios propiamente dichos de una ciencia médico-sexual se originaron en época griega, con Aristóteles (384-322 a.C.), uno de los padres de la filosofía occidental. El problema es que el bueno de Aristóteles era tan lego en anatomía femenina que creía que el útero se desplazaba en torno al cuerpo de la mujer durante el período menstrual, modificando su estado de ánimo en función del lugar en el que se ubicase. Cuando más lloraban las mujeres era cuando el útero llegaba al corazón, y cuando estaba en la cabeza la mujer se ponía como loca (primera identificación escrita del síndrome premenstrual). De hecho la palabra «histeria» procede del griego hystera, que significa «útero». Más vale que cambie de tema, que podrían escribirme cartas.

Los griegos también son famosos por otra costumbre: su celebración del falo, a veces en forma de herma, un busto sin brazos colocado sobre una pilastra, en especial del dios fálico Hermes. El nombre de este último proviene del pilar (herma), y no al revés. El caso es que esas pilastras soportaban en los lugares más visibles tallas de penes erectos, y por lo visto los transeúntes las frotaban con aceite de oliva para tener buena suerte. Os invito a probarlo el verano que viene, en la playa: haceos con una botella de aceite para freír y con un letrero donde ponga «Frota, frota y tendrás suerte gratis». Ya me informaréis del resultado.

Otro de los dioses venerados por los griegos de la Antigüedad es Eros, que dio su nombre al «erotismo», y cuya estatua puede verse en Piccadilly Circus, disparando una flecha a los turistas japoneses. Dios del amor, la lascivia y el coito, concedía los dones del deseo y el placer sexual, al tiempo que sembraba la locura.

Escándalos romanos

A los antiguos griegos les pisan los talones otros indecentes: los romanos, cuya fama de libertinos y disolutos no tiene parangón. Los romanos no aceptaron sin reservas la filosofía, la cultura y las costumbres de los griegos, pero sí adoraban a un dios parecido del amor, de nombre Cupido, y adoptaron la famosa herma. Hacían bandera de la variedad sexual, y las orgías de la antigua Roma se han convertido poco menos que en un tópico.

La festividad de las Lupercalia, que celebraban en febrero, incluía un rito arcaico de fertilidad. En la de las Floralia se cubrían los templos de flores, mientras la población se vestía con colores vivos y observaba las evoluciones de bailarines desnudos. Eran días de prosperidad para las meretrices. Antiguamente el sexo no se practicaba por separado y a puerta cerrada, sino que era una parte festiva de la vida cotidiana.

Después de que una serie de tediosos conflictos civiles pusiera fin a la República romana, sustituida por el imperio, el primer emperador romano, Augusto, supervisó la implantación de leyes que intentaban controlar el adulterio. A partir de ese momento, por ejemplo, debía castigarse a las mujeres casadas que se acostasen con otro hombre; no así a los varones, impunidad de la que puede deducirse que otorgaba carta blanca a los más pillos.

En la década de 1860, cuando se excavó Pompeya, vieron la luz por vez primera en dos mil años muchas obras romanas de arte erótico. Para entonces la Ley sobre Publicaciones Obscenas de 1857 ya había prohibido difundir en Gran Bretaña gran parte de las groserías alegres, simpáticas y vitalistas que se le ocurrían a la gente desde el Paleolítico, y los victorianos, que supuestamente tapaban las patas del piano por miedo a alarmar al servicio (anécdota falsa, dicho sea de paso), palidecieron escandalizados ante el «porno» romano. ¿Qué hicieron? Pues nada, esconder en un armario las imágenes subidas de tono (después de haberlas contemplado bien) y limitar su visión a los «expertos», miembros, claro está, de la clase rica y poderosa. A la clase trabajadora se la mantenía bien a raya, no fueran a convertirse los obreros en hombres lobo al ver a un tío con túnica follando con una damisela, una cabra o hasta con otro tío.

Los romanos eran flexibles con las etiquetas sexuales; de ahí que en latín no exista el equivalente de «homosexual» o «heterosexual». Al igual que los griegos, no veían nada malo en que los hombres se sintieran atraídos por adolescentes de su mismo sexo, o por niñas, y debido a ello persistió la práctica griega de la pederastia. Con todo, el «afeminamiento» estaba mal visto: era importante conservar la masculinidad y el dominio.

Durante la Antigüedad grecorromana no se conocía la idea moderna de «orientación sexual». El sexo entre hombres se consideraba parte de la conducta normal, si bien los que adoptaban el papel pasivo eran vistos como un «género» distinto e inferior. Este punto de vista se puede comparar con ciertos conceptos actuales no occidentales de la sexualidad masculina, como podrá decir cualquier heterosexual que haya visitado el mundo árabe (Tánger, Argel o Marruecos); lo dirá con los dientes apretados, sobre todo si le hicieron proposiciones en la kasba.

Según todos los indicios, la noción de una identidad sexual masculina más «plástica» tiene presencia histórica en el mundo entero, y existe también entre los animales. Si no me equivoco es muy fácil encontrar ovejas y monos que cazan a pelo y pluma. Hace poco leí el caso de un pingüino que parecía gay, pero que cuando metieron a una hembra en el recinto que compartía con su novio, que lo «abandonó», resultó ser bisexual. Alexander Selkirk, la figura real en la que se inspiró el personaje de Robinson Crusoe, y que se embarcó por primera vez a los quince años para huir de una acusación formal de «conducta indecente», se refiere a los machos cabríos de su isla, con los que tenía la costumbre de «bailar», en términos que a más de uno podrían repelerlo, pero ¿qué iba a hacer? Allí no había ningún otro ser humano y él era un hombre lleno de vitalidad, que es posible que aprovechase su plasticidad sexual. Como bien podría haber dicho a sus rescatadores: «Si Dios no quisiera que el hombre copulase con un macho cabrío, ¿por qué puso los cuernos en una posición tan práctica?». Lo mismo ocurre en las cárceles, los barcos y los internados solo para niños o niñas, donde se aprovecha lo que se tiene a mano. A fin de cuentas, y pocas veces viene tan a cuento la expresión, no se le pueden pedir peras al olmo.

A la aristocracia romana no la amedrentaba el sexo. Los edificios en ruinas de Pompeya y Herculano nos han dejado muchas obras de arte erótico explícito. En los baños suburbanos de Pompeya hay pinturas que representan actividades de todo tipo, incluido el sexo oral. (Esperemos que esas señoras tan aristocráticas no hablasen con la boca llena.) También aparece el sexo en grupo con hombres y mujeres, en toda suerte de combinaciones.

La prostitución era legal y pública, y estaba muy extendida por todo el imperio. El descubrimiento de monedas romanas con una imagen obscena en un lado y un numeral romano en el otro (llamadas spintriae) llevó a los arqueólogos a definirlas como «fichas de burdel», aunque en un artículo de 2007, «¿Tienes una spintria en el bolsillo o es que te alegras de verme?», Geoffrey Fishburn, de la Universidad del Sur de Gales, adujo que tales fichas habían podido usarse para entrar en el teatro. Por teorías que no quede.

La literatura romana nos permite vislumbrar el sitio que ocupaba en la túnica romana de la vida la dorada trama del sexo. El dramaturgo cómico Plauto (muerto en 184 a.C.) escribió una larga serie de comedias sexuales de gran éxito, y también Ovidio (muerto en 17 d.C.) presenta actos sexuales en sus obras. Del poeta Horacio se dice que en su casa había una sala con espejos para observar a las prostitutas desde todos los ángulos. En cuanto a los dormitorios del emperador Tiberio, estaban adornados con pinturas y esculturas «lascivas». El mismo Tiberio poseía un célebre manual de sexo escrito por la reputada poetisa griega Elephantis.

Como es habitual, el sexo iba de la mano de la clase social. El macho alfa se llevaba la parte del león, y el matrimonio ideal romano consistía en una afectuosa sociedad en la que lo importante era seguir una conducta apropiada y engendrar hijos. La imbricación de los intereses del Estado con la sexualidad y la reproducción humanas se ejemplificaba en el culto romano de Venus, la diosa del amor, la belleza, el sexo, la seducción y la fertilidad. No me extraña que se le cayeran los brazos.

A diferencia de los griegos, tan amigos en su arte de los hombres desnudos, y que solían mantener vestida a la mujer, los romanos empezaron a mostrar sin prendas a las señoras, en plan Venus. En el siglo I d.C. ya se representaba desnuda a la mujer en toda clase de ocupaciones, incluidas las sexuales, mientras que los varones romanos se cubrían cada vez más los genitales, y su representación en pelota picada, a la manera del arte griego, iba en descenso.

El falo

Los romanos también daban mucha importancia al falo. El peneamuleto (fascinum, que significaba al mismo tiempo falo y espíritu mágico) era algo tan común que todavía se conservan muchos, sobre todo en forma de campanas fálicas de viento (tintinnabula). El fascinum estaba en todas partes, como los emoticonos de la actualidad: penes y más penes, con su campana en la punta, decorando joyas, lámparas y multitud de objetos.

Siguiendo con el tema, los romanos tenían a un dios llamado Príapo cuyo principal atributo era un miembro erecto de tamaño exagerado. Aún hoy pueden ser vistos (dios y miembro) en varios frescos romanos. Quien disgustase a Príapo se exponía a ser castigado con un estado de erección permanente e imposible de aliviar, cosa que ni entonces ni ahora era para ser tomada a risa: Príapo ha prestado su nombre a la incómoda dolencia del priapismo, que hoy en día sigue constituyendo una urgencia médica de primer orden (véase el capítulo XV).

Al falo se le ha rendido culto en todo el planeta: Babilonia, Egipto, Europa, India (donde se representa al dios Shiva en forma de pene), Italia, México, Persia, Escandinavia, España, Siria... De Grecia y Roma ya hemos hablado. En varias islas del Pacífico hay enormes penes de piedra que se mofan de los transeúntes. En Bután, todavía hoy, los anfitriones mojan en la taza del huésped un pene de madera antes de ofrecerle el té, quizá con crema.

Teniendo en cuenta que la evolución ha hecho del pene una «insignia» de masculinidad, no es de extrañar que hombres y niños lo ensalcen desde hace tanto tiempo, y de maneras tan gráficas. De hecho, el primer grafiti que suelen encontrar los escolares grabado en los pupitres es la representación estilizada de los genitales masculinos. Claro que este tuberoso pictograma tiene un equivalente femenino casi igual de popular, como es el par de pechos gigantes que suele aparecer pintado con spray en la pared de un paso subterráneo, a modo de parábolas titánicas a las que se ha añadido un par de pezones monstruosos mediante un solo chorro de aerosol. La obsesión por esta doble insignia de feminidad conserva el mismo vigor que en tiempos de la Venus de Willendorf. Por eso en el capítulo siguiente analizaremos los pechos con mayor detalle, para averiguar la causa del revuelo.

II. De uvas a peras: Un vistazo a los pechos

II

DE UVAS A PERAS

UN VISTAZO A LOS PECHOS

*

Hoy en día los científicos son del parecer de que la principal función biológica de los pechos es idiotizar a los hombres.

DAVE BARRY

Los pechos son esas redondeces del tronco de las señoras donde están las glándulas mamarias productoras de leche. A veces, si se da algún desajuste en los niveles hormonales de estrógenos y de testosterona, también pueden crecer en los niños y los hombres, trastorno que recibe el nombre de ginecomastia.

Aparte de su breve uso como prácticas botellas de leche, los pechos desempeñan un gran papel en la conducta sexual humana. Durante la excitación sexual, por poner un ejemplo, aumentan de tamaño y se les endurecen los pezones. Pero seamos francos: de no ser por su función sexual resultarían más que nada un estorbo.

Más allá de su aspecto, pocos hombres saben gran cosa de estas glándulas tan amorosas. Conviene, pues, citar un estudio innovador, realizado en Alemania, según el cual contemplar pechos de mujer durante diez minutos al día tiene efectos tan beneficiosos para la salud como ir en bicicleta durante media hora, y prolonga cinc

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