Introducción
Mi novela Mil veces hasta siempre se publicó en Estados Unidos en octubre de 2017, y tras pasar ese mes de gira por el libro, volví a mi casa de Indianápolis y abrí un camino entre la casa del árbol de mis hijos y la pequeña habitación en la que mi mujer y yo solemos trabajar, una habitación que, dependiendo de vuestra visión del mundo, puede ser un despacho o un cobertizo.
No fue un camino metafórico. Fue un camino real en el bosque, y para hacerlo despejé decenas de las prolíficas e invasivas madreselvas que asfixian buena parte del centro de Indiana, arranqué la hiedra que se había adueñado del espacio y después eché virutas de madera en el camino y lo recubrí con ladrillos. Trabajé en el camino diez o doce horas diarias, cinco o seis días por semana, durante un mes. Cuando por fin terminé, cronometré el tiempo que tardaba en recorrer el camino andando desde nuestro despacho hasta la casa del árbol. Cincuenta y ocho segundos. Tardé un mes en construir un paseo de cincuenta y ocho segundos en el bosque.
Una semana después de haber terminado el camino, estaba buscando una barra de bálsamo labial en un cajón cuando de golpe y sin previo aviso perdí el equilibrio. El mundo empezó a dar vueltas y vueltas. De repente era un bote muy pequeño en alta mar. Se me salían los ojos de las órbitas y empecé a vomitar. Me llevaron de urgencia al hospital, y durante semanas el mundo no dejó de girar. Al final me diagnosticaron laberintitis, una enfermedad del oído interno con un nombre maravillosamente rimbombante que sin embargo es sin duda una experiencia de una estrella.
Recuperarme de la laberintitis me exigió semanas en la cama, sin poder leer, ni ver la televisión, ni jugar con mis hijos. Solo tenía mis pensamientos, a veces a la deriva en un cielo somnoliento, y otras veces de una insistencia y una omnipresencia que me aterrorizaban. Durante aquellos largos e inmóviles días mi mente fue de un lado a otro y deambuló por el pasado.
En cierta ocasión preguntaron a la escritora Allegra Goodman: «¿Quién le gustaría que escribiera la historia de su vida?». Ella contestó: «Parece que estoy escribiéndola yo, pero, como soy novelista, todo está en clave». En mi caso, había empezado a sentir que algunas personas creían conocer la clave. Daban por sentado que compartía la visión del mundo del protagonista de un libro o me hacían preguntas como si yo fuera el protagonista. Un famoso periodista me preguntó si, como el narrador de Mil veces hasta siempre, también yo tenía ataques de pánico cuando besaba.
Había invitado a hacerme estas preguntas al tener una vida pública como persona mentalmente enferma, pero, aun así, hablar tanto de mí en el contexto de la ficción empezó a resultarme agotador y un poco desestabilizador. Le contesté al periodista que no, no siento ansiedad cuando beso, pero sí tengo ataques de pánico, y me asustan mucho. Mientras hablaba me sentía alejado de mí mismo, como si mi yo no fuera realmente mío, sino algo que estaba vendiendo o como mínimo alquilando a cambio de una buena prensa.
Cuando me recuperé de la laberintitis, me di cuenta de que no quería volver a escribir en clave.
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En 2000 trabajé unos meses como capellán estudiantil en un hospital infantil. Estaba matriculado en la facultad de teología y tenía previsto convertirme en pastor, pero el tiempo que pasé en el hospital me hizo abandonar esos planes. No podía soportar la devastación que vi allí. Sigo sin poder soportarla. En lugar de ir a la facultad de teología, me trasladé a Chicago y trabajé como mecanógrafo para agencias de trabajo temporal hasta que al final conseguí un empleo introduciendo datos en la revista Booklist, una publicación quincenal de reseñas de libros.
Unos meses después tuve mi primera oportunidad de escribir la reseña de un libro. Una editora me preguntó si me gustaban las novelas románticas. Le contesté que me encantaban y me pasó una ambientada en el Londres del siglo XVII. En los siguientes cinco años hice reseñas de cientos de libros para Booklist —desde libros ilustrados sobre Buda hasta antologías poéticas—, y me fascinó cada vez más el formato de la reseña. Las de Booklist se limitaban a 175 palabras, lo que significaba que cada frase debía realizar múltiples funciones. En todas las reseñas había que presentar el libro y también analizarlo. Los elogios debían convivir con los problemas.
Las reseñas de Booklist no incluían valoraciones en una escala de cinco estrellas. ¿Por qué iban a hacerlo? En 175 palabras se puede comunicar mucho más a los posibles lectores que con cualquier sistema de puntuación. La escala de cinco estrellas solo se ha utilizado en análisis críticos en las últimas décadas. Aunque se aplicaba de vez en cuando en la crítica de cine ya en la década de 1950, la escala de cinco estrellas no se usó para calificar hoteles hasta 1979, y no se empleó ampliamente para calificar libros hasta que Amazon introdujo las reseñas de los lectores.
En realidad, la escala de cinco estrellas no es para las personas; es para los sistemas de recopilación de datos, y por eso no se convirtió en habitual hasta la era de internet. Es muy complicado que las inteligencias artificiales saquen conclusiones sobre la calidad de un libro a partir de reseñas de 175 palabras, mientras que las calificaciones con estrellas son ideales.
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Resulta tentador convertir la laberintitis en una metáfora: como mi vida carecía de equilibrio, me devastó un trastorno del equilibrio. Pasé un mes haciendo un camino en línea recta solo para que me dijeran que la vida no consiste en caminos sencillos, sino en laberintos vertiginosos que se pliegan sobre sí mismos. Incluso ahora estoy estructurando esta introducción como un laberinto, y vuelvo a lugares que creía que había dejado atrás.
Pero esta simbolización de la enfermedad es exactamente contra lo que intenté escribir en mis novelas Mil veces hasta siempre y Bajo la misma estrella, en las que al menos espero que el TOC y el cáncer se presenten no como batallas que ganar ni como manifestaciones simbólicas de defectos de carácter o de lo que sea, sino como enfermedades con las que merece la pena vivir lo mejor que se pueda. Yo no sufrí laberintitis porque el universo quisiera darme una lección sobre el equilibrio. Así que intenté vivir con ella lo mejor que pude. A las seis semanas, en general estaba mejor, aunque sigo teniendo ataques de vértigo, y son aterradores. Ahora sé con una visceralidad de la que antes carecía que la consciencia es temporal y precaria. No es una metáfora decir que la vida humana es un acto de equilibrio.
A medida que mejoraba, me preguntaba qué iba a hacer con la vida que me quedaba por delante. Volví a grabar un vídeo cada martes y un podcast semanal con mi hermano, pero no escribía. Ese otoño y ese invierno fue el tiempo más largo que he pasado sin intentar escribir para un público desde que tenía catorce años. Supongo que echaba de menos escribir, pero como se echa de menos a alguien a quien querías.
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Dejé Booklist y Chicago en 2005 porque mi mujer, Sarah, se matriculó en un posgrado en Nueva York. Cuando terminó sus estudios, nos trasladamos a Indianápolis, donde Sarah trabajó para el Indianapolis Museum of Art como conservadora de arte contemporáneo. Desde entonces hemos vivido aquí.
Leo tantas reseñas en Booklist que no recuerdo cuándo encontré por primera vez la palabra «Antropoceno», pero debió de ser hacia 2002. «Antropoceno» es un término propuesto para la era geológica actual, en la que los humanos hemos remodelado profundamente el planeta y su biodiversidad. Nada es más humano que engrandecer a los humanos, pero somos una fuerza enormemente poderosa en la Tierra en el siglo XXI.
Mi hermano, Hank, que empezó su vida profesional como bioquímico, en cierta ocasión me lo explicó así: como persona, tu mayor problema son las demás personas. Eres vulnerable a las personas, y dependes de ellas. Pero ahora imagina que eres un río, un desierto o un oso polar del siglo XXI. Tu mayor problema siguen siendo las personas. Sigues siendo vulnerable a ellas, y dependes de ellas.
Hank había estado conmigo en la gira del libro ese otoño de 2017, y para pasar el tiempo en los largos viajes entre ciudades competíamos entre nosotros por encontrar la valoración más absurda de los usuarios de Google sobre los lugares por los que pasábamos. Un usuario llamado Lucas, por ejemplo, dio al Badlands National Park una estrella. «No hay suficiente montaña», escribió.
En los años transcurridos desde que yo hacía reseñas de libros, todo el mundo se había convertido en crítico y todo se había convertido en reseñable. La escala de cinco estrellas se aplicaba no solo a libros y películas, sino también a baños públicos y fotógrafos de bodas. La medicación que tomo para tratar mi trastorno obsesivo compulsivo tiene más de 1.100 valoraciones en drugs.com, con una puntuación media de 3,8. Una escena de la adaptación cinematográfica de mi libro Bajo la misma estrella se filmó en un banco de Amsterdam; ese banco tiene ahora cientos de valoraciones en Google. (Mi favorita, una de tres estrellas, que dice íntegramente: «Es un banco».)
Mientras Hank y yo nos maravillábamos de que de repente hubiera reseñas con escalas de cinco estrellas en todas partes, le dije que hacía años había pensado en escribir una sobre los gansos de Canadá.
Hank me dijo: «El Antropoceno... RESEÑADO».
De hecho, escribí un par de estas reseñas en 2014, la de los gansos de Canadá y la del Diet Dr Pepper. A principios de 2018 se las mandé a Sarah y le pedí su opinión.
Cuando reseñaba libros, yo no aparecía en la reseña. Me imaginaba a mí mismo como un observador desinteresado que escribía desde fuera. Mis reseñas iniciales del Diet Dr Pepper y los gansos de Canadá también estaban escritas en el típico estilo de la no ficción del narrador omnisciente en tercera persona. Después de leerlas, Sarah me comentó que en el Antropoceno no hay observadores desinteresados, solo hay participantes. Me explicó que, cuando las personas escriben reseñas, en realidad están escribiendo una especie de memorias: esta fue mi experiencia comiendo en este restaurante o cortándome el pelo en esta barbería. Yo había escrito unas 1.500 palabras sobre el Diet Dr Pepper sin mencionar ni una sola vez lo mucho que me gusta desde siempre.
Por esa misma época, cuando empezaba a recuperar mi sentido del equilibrio, releí la obra de mi amiga y mentora Amy Krouse Rosenthal, que había muerto unos meses antes. En cierta ocasión había escrito: «Para todo aquel que intente discernir qué hacer con su vida: PRESTA ATENCIÓN A LAS COSAS A LAS QUE PRESTAS ATENCIÓN. No necesitas mucha más información». Mi atención se había fracturado tanto, y mi mundo se había vuelto tan ruidoso, que no estaba prestando atención a las cosas a las que estaba prestando atención. Pero cuando me metí en las reseñas, como me sugirió Sarah, sentí que, por primera vez en años, al menos estaba intentando prestar atención a las cosas a las que presto atención.
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Este libro empezó siendo un podcast en el que intentaba mostrar algunas contradicciones de la vida humana tal como la experimento: cómo podemos ser tan compasivos y tan crueles, tan persistentes y tan rápidamente presa de la desesperación. Quería sobre todo entender la contradicción del poder humano: somos demasiado poderosos y a la vez no somos lo bastante poderosos. Somos lo bastante poderosos para modificar radicalmente el clima y la biodiversidad de la Tierra, pero no lo bastante poderosos para elegir cómo los modificamos. Somos tan poderosos que hemos salido de la atmósfera de nuestro planeta. Pero no somos lo bastante poderosos para evitar el sufrimiento de las personas a las que queremos.
También quería escribir sobre algunos de los lugares en los que mi pequeña vida se topa con las grandes fuerzas del Antropoceno. A principios de 2020, dos años después de haber escrito el podcast, apareció una fuerza excepcionalmente grande en forma de un nuevo coronavirus. Entonces empecé a escribir sobre lo único sobre lo que podía escribir. En medio de la crisis —y como estoy escribiendo esto en abril de 2021, sigo estando en medio de esa crisis— encuentro muchas cosas que temer y que lamentar. Pero también veo a humanos trabajando juntos para compartir y distribuir lo que aprendemos colectivamente, y veo a personas trabajando juntas para cuidar a los enfermos y a las personas vulnerables. Aunque separados, estamos unidos unos a otros. Como me dijo Sara, no hay observadores; solo participantes.
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Al final de su vida, el gran autor de libros ilustrados e ilustrador Maurice Sendak dijo en el programa Fresh Air de la NPR: «Lloro mucho porque echo de menos a personas. Lloro mucho porque mueren y no puedo detenerlos. Me dejan y las quiero más».
Dijo: «A medida que envejezco descubro que estoy enamorado del mundo».
He necesitado toda mi vida hasta ahora para enamorarme del mundo, pero he empezado a sentirlo en los dos últimos años. Enamorarse del mundo no es ignorar o pasar por alto el sufrimiento, tanto humano como de otro tipo. En cualquier caso, para mí, enamorarme del mundo es mirar el cielo por la noche y sentir que tu mente flota ante la belleza y la distancia de las estrellas. Es abrazar a tus hijos cuando lloran, contemplar cómo brotan las hojas de los sicomoros en junio. Cuando empieza a dolerme el esternón, siento presión en la garganta y se me llenan los ojos de lágrimas, quiero apartar la mirada de los sentimientos. Quiero evadirme con ironía o cualquier otra cosa que me impida sentir directamente. Todos sabemos cómo termina el amor. Pero de todos modos quiero enamorarme del mundo, dejar que me parta por la mitad. Quiero sentir lo que hay que sentir mientras estoy aquí.
Sendak terminó esa entrevista con las últimas palabras que dijo en público: «Vive tu vida. Vive tu vida. Vive tu vida».
Este es mi intento.
«You’ll Never Walk Alone»
Estamos en mayo de 2020 y no tengo la cabeza para esto.
Descubro cada vez más a menudo que aludo a ello como «esto», sin nombrarlo ni necesitarlo, porque compartimos la rara y tan extendida experiencia humana de que los pronombres no requieran antecedente. El horror y el sufrimiento abundan por todas partes, y quiero que escribir sea descansar de ellos. Aun así, se abren camino, como la luz a través de las persianas, como el agua de las riadas a través de las puertas cerradas.
Supongo que estáis leyendo esto en mi futuro. Quizá lo estéis leyendo en un futuro tan distante de mi presente que «esto» se acabó. Sé que nunca acabará del todo. La siguiente normalidad será diferente de la última. Pero habrá una siguiente normalidad, y espero que estéis viviendo en ella, y espero estar viviendo en ella con vosotros.
Entretanto, tengo que vivir en esta y buscar consuelo donde pueda. Últimamente lo he encontrado en la canción de un musical.
En 1909, el escritor húngaro Ferenc Molnár estrenó su obra Liliom en Budapest. En la obra, Liliom, un joven y a menudo violento charlatán de feria, se enamora de una mujer llamada Julie. Cuando Julie se queda embarazada, Liliom intenta cometer un robo para mantener a su familia, que va a aumentar, pero el robo es un desastre, y Liliom muere. Termina en el purgatorio durante dieciséis años, tras los cuales le conceden un solo día para ir a ver a su hija Louise, que ya es adolescente.
Liliom fracasó en Budapest, pero Molnár no era un dramaturgo que sufriera de falta de confianza en sí mismo. Siguió organizando espectáculos en Europa y después en Estados Unidos, donde, en 1921, una traducción de la obra recibió buenas críticas y cierto éxito en taquilla.
El compositor Giacomo Puccini intentó adaptar Liliom a una ópera, pero Molnár se negó a venderle los derechos porque quería que «se recordara Liliom como una obra de Molnár, no como una ópera de Puccini». Vendió los derechos a Richard Rodgers y Oscar Hammerstein, el dúo de autores de canciones para musicales que acababa de triunfar con Oklahoma! Al hacerlo, Molnár consiguió que Liliom se recordara casi exclusivamente como un musical de Rodgers y Hammerstein, con el título de Carousel, que se estrenó en 1945.
En el musical, la canción de Rodgers y Hammerstein «You’ll Never Walk Alone» (Nunca caminarás solo) se canta dos veces, primero para animar a la recién enviudada Julie tras la muerte de su marido, y años después la cantan los compañeros de clase de Louise en su ceremonia de graduación. Louise no quiere cantar, está muy triste, pero aunque ahora no puede ver a su padre, siente su presencia y su aliento, así que al final empieza a cantar.
Las imágenes de la letra de «You’ll Never Walk Alone» no pueden ser más obvias. La canción nos dice que «sigamos adelante a través del viento y de la lluvia», lo cual no es una forma demasiado inteligente de evocar una tormenta. También nos dice que «sigamos adelante con esperanza en el corazón», cosa que parece agresivamente trillada. Y nos informa de que «al final de la tormenta, hay un cielo dorado y el dulce canto plateado de una alondra». Pero lo que en realidad hay al final de la tormenta son ramas esparcidas por todas partes, cables eléctricos caídos y ríos desbordados.
Aun así, conmigo la canción funciona. Quizá sea la repetición de las palabras «sigamos adelante». Creo que dos de los hechos fundamentales de ser persona son: 1. Debemos seguir adelante, y 2. Ninguno de nosotros camina nunca solo. Podemos sentirnos solos (de hecho, nos sentiremos solos), pero ni siquiera en la aplastante rutina del aislamiento estamos solos. Como Louise en su graduación, los que están lejos o incluso los que se han ido continúan con nosotros, animándonos a seguir adelante.
Todo el mundo ha versionado la canción, desde Frank Sinatra hasta Johnny Cash y Aretha Franklin. Pero la versión más famosa llegó en 1963 con Gerry and the Pacemakers, un grupo que, como los Beatles, era de Liverpool, dirigida por Brian Epstein y grabada por George Martin. En consonancia con el nombre del grupo, los Pacemakers cambiaron el compás de la canción, aceleraron el tempo, dieron a la música lúgubre un poco de energía, y su versión se convirtió en número uno en el Reino Unido.
Casi de inmediato, los hinchas del Liverpool Football Club empezaron a cantar esta canción en los partidos. Aquel verano, el legendario entrenador del Liverpool Bill Shankly dijo a Gerry Marsden, el cantante de los Pacemakers: «Gerry, hijo, yo os he dado un equipo de fútbol, y vosotros nos habéis dado una canción».
Hoy, «You’ll Never Walk Alone» está grabado en hierro forjado encima de las puertas del Anfield, el estadio del Liverpool. El famoso defensa danés del Liverpool Daniel Agger se tatuó YNWA por debajo de los nudillos de la mano derecha. Soy hincha del Liverpool desde hace décadas,[1] y para mí la canción está tan vinculada al club que cuando oigo las notas iniciales pienso en todas las veces que la he cantado con otros hinchas, a veces entusiasmados, y a menudo como un lamento.
Cuando Bill Shankly murió, en 1981, Gerry Marsden cantó «You’ll Never Walk Alone» en su funeral, como se ha cantado en muchos funerales de muchos hinchas del Liverpool. Para mí, el milagro de «You’ll Never Walk Alone» es lo bien que funciona como canción fúnebre, y como canción de graduación de secundaria, y como canción para celebrar que acabamos de ganar al Barcelona en la Champions League. Como dijo el exjugador y exentrenador del Liverpool Kenny Dalglish: «Abarca la adversidad y la tristeza, y abarca el éxito». Es una canción sobre la necesidad de mantenerse unidos incluso cuando los sueños se han ido al traste. Es una canción tanto sobre la tormenta como sobre el cielo dorado.
A primera vista, puede parecer extraño que la canción de fútbol más famosa del mundo proceda del teatro musical. Pero el fútbol es teatro, y los hinchas lo convierten en teatro musical. El himno del West Ham United se llama «I’m Forever Blowing Bubbles» (Siempre estoy haciendo pompas de jabón), y al principio de cada partido veréis a miles de adultos haciendo pompas de jabón en las gradas mientras cantan: «Siempre estoy haciendo pompas de jabón, bonitas pompas de jabón en el aire. / Vuelan tan alto que casi llegan al cielo. / Luego, como mis sueños, se desvanecen y mueren». Los hinchas del Manchester United transformaron el himno de la guerra civil estadounidense de Julia Ward «Battle Hymn of the Republic» en la canción «Glory, Glory Man United». Los hinchas del Manchester City cantan «Blue Moon», una canción de Rodgers y Hart de 1934.
Las comunidades que cantan estas canciones las engrandecen. Son afirmaciones de unidad en el dolor y en el triunfo: tanto si la pompa de jabón vuela como si estalla, cantamos juntos.
«You’ll Never Walk Alone» es cursi, pero no se equivoca. La canción no afirma que el mundo sea un lugar justo o feliz. Simplemente nos pide que sigamos adelante con esperanza en el corazón. Y como Louise al final de Carousel, aunque no creas en el cielo dorado ni en el dulce canto plateado de la alondra cuando empiezas a cantar, crees un poco más cuando terminas.
En marzo de 2020 circuló en internet un vídeo en el que un grupo de sanitarios británicos cantaban «You’ll Never Walk Alone» a sus compañeros de la unidad de cuidados intensivos desde el otro lado de una pared de vidrio. Los sanitarios intentaban animar a sus colegas. Qué palabra, animar. Aunque nuestros sueños se vayan al traste, seguimos cantándonos a nosotros mismos y unos a otros para animarnos.
Doy a «You’ll Never Walk Alone» cuatro estrellas y media.
El rango temporal de la humanidad
Cuando tenía nueve o diez años, vi en el Orlando Science Center una proyección de planetario en la que el presentador, en un tono que no delataba emoción alguna, nos explicó que en unos mil millones de años el sol será un 10 por ciento más luminiscente que ahora, lo cual probablemente provocará la evaporación descontrolada de los océanos de la Tierra. En unos cuatro mil millones de años, la superficie de la Tierra se calentará tanto que se derretirá. En siete u ocho mil millones de años, el sol será una gigantesca estrella roja, se expandirá hasta acabar succionando nuestro planeta, y toda evidencia que pudiera quedar de lo que pensamos, dijimos o hicimos en la Tierra quedará absorbida en una esfera ardiente de plasma.
Gracias por haber venido al Orlando Science Center. La salida es por la izquierda.
He necesitado buena parte de mis últimos treinta y cinco años para recuperarme de aquella presentación. Más tarde me enteraría de que muchas de las estrellas que vemos en el cielo nocturno son gigantes rojas, incluida Arturo. Hay muchas gigantes rojas. Es frecuente que las estrellas crezcan y engullan sus sistemas solares, que habían sido habitables. No es de extrañar que nos preocupe el fin del mundo. En todo momento hay mundos llegando a su fin.
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Una encuesta de 2012 realizada en veinte países encontró una amplia diferencia en el porcentaje de personas que creen que la humanidad terminará estando ellas vivas. En Francia, el 6 por ciento de los encuestados lo creía; en Estados Unidos, el 22 por ciento. De alguna manera tiene sentido, porque Francia ha albergado a predicadores apocalípticos. El obispo Martín de Tours, por ejemplo, escribió: «No hay duda de que el Anticristo ya ha nacido». Pero esto fue en el siglo IV. La historia del apocalipticismo estadounidense es mucho más reciente: desde las predicciones de Shaker de que se acabaría el mundo en 1794 hasta los cálculos del famoso evangelista Harold Camping de que el apocalipsis llegaría en 1994, y después, como no se produjo, en 1995. Camping anunció entonces que el fin de los tiempos empezaría el 21 de mayo de 2011, que daría inicio a «cinco meses de fuego, azufre y plagas en la Tierra, con millones de personas muriendo a diario, y culminará el 21 de octubre de 2011 con la destrucción definitiva del mundo». Dado que nada de esto sucedió, Camping dijo: «Reconocemos humildemente que nos equivocamos en las fechas», pero que conste que nadie reconoce nada humildemente si se refiere a sí mismo como «nosotros». Recuerdo algo que mi profesor de religión Donald Rogan me dijo una vez: «Nunca predigas el fin del mundo. Casi seguro que te equivocarás, y si tienes razón, no quedará nadie para felicitarte».
El apocalipsis personal de Camping llegó en 2013, cuando murió a los noventa y dos años. Parte de nuestros miedos sobre el fin del mundo deben de tener su origen en la extraña realidad de que el mundo de cada uno de nosotros terminará, y pronto. En este sentido, quizá las angustias apocalípticas sean un subproducto de la asombrosa capacidad humana para el narcisismo. ¿Cómo va a sobrevivir el mundo a la muerte de su habitante más importante: yo? Aunque creo que hay algo más en juego. Sabemos que tendremos un fin, en parte porque sabemos que otras especies lo tuvieron.
Los «humanos modernos», como nos llaman los paleontólogos, existimos desde hace unos 250.000 años. Este es nuestro «rango temporal», la cantidad de tiempo que hemos sido una especie. Los elefantes actuales son como mínimo diez veces más viejos que nosotros, ya que su rango temporal se remonta al Plioceno, que terminó hace más de 2,5 millones de años. Las alpacas existen desde hace unos 10 millones de años, cuarenta veces más que nosotros. Los tuátaras, una especie de reptiles que viven en Nueva Zelanda, aparecieron por primera vez hace unos 240 millones de años. Llevan aquí mil veces más tiempo que nosotros, desde antes de que el supercontinente Pangea empezara a fragmentarse.
Somos más jóvenes que los osos polares, los coyotes, las ballenas azules y los camellos. También somos mucho más jóvenes que muchos animales a los que llevamos a la extinción, desde el dodo hasta el megaterio.
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En la primavera de 2020, unas semanas después de que la aparición de un nuevo coronavirus empezara a cerrar escuelas y a vaciar supermercados en Estados Unidos, alguien me mandó una recopilación de las veces en las que yo había expresado públicamente mi temor a una pandemia. En el podcast 10 Things That Scare Me (10 cosas que me asustan) incluí muy al principio «una pandemia mundial que provoque el desmoronamiento de las normas humanas». Años antes, en un vídeo sobre historia mundial, había especulado sobre lo que podría suceder «si alguna superbacteria aparece mañana y recorre todas las rutas comerciales mundiales». En 2019 dije en un podcast: «Todos debemos prepararnos para la pandemia mundial que sabemos que se avecina». Y sin embargo no hice nada para prepararme. El futuro, incluso en aquello que no podemos evitar, siempre me parece vago y nebuloso… hasta que deja de serlo.
Después de que la escuela de mis hijos cerrara y después de haber encontrado una mascarilla que había comprado hacía años para minimizar la inhalación de serrín mientras les construía la casa del árbol, pero mucho antes de haber entendido el alcance de la pandemia, llamé a mi hermano, Hank, y le dije que estaba muy asustado. Hank es el sensato, el cuerdo y el tranquilo. Siempre lo ha sido. Nunca hemos permitido que el hecho de que yo sea el mayor impida que Hank sea el hermano sensato. Desde que éramos pequeños, una de las formas a las que he recurrido para gestionar mi ansiedad ha sido mirarlo. Mi cerebro no puede proporcionarme información fiable respecto a si lo que percibo como una amenaza lo es realmente, así que miro a Hank, veo que no está asustado y me digo que estoy bien. Si de verdad algo fuera mal, Hank no se mostraría tan tranquilo y seguro de sí mismo.
El caso es que le dije a Hank que estaba asustado.
«La especie sobrevivirá a esto», me contestó con voz algo entrecortada.
«¿La especie sobrevivirá a esto? ¿¿¿Es todo lo que puedes decirme???»
Se quedó un momento callado. Yo oía el temblor en su respiración, el temblor que él lleva toda la vida oyendo en la mía.
«Es todo lo que puedo decirte», me contestó un momento después.
Le dije a Hank que había comprado sesenta latas de Diet Dr Pepper para poder beberme dos cada día del confinamiento.
Y solo entonces oí la vieja sonrisa de Hank, la sonrisa de «mi hermano mayor es todo un personaje». «Para llevar cuarenta años preocupado por las pandemias, está claro que no sabes cómo funcionan», me dijo.
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Una regla del marketing minorista afirma que, para maximizar las ventas, las empresas deben crear una sensación de urgencia. «¡La superoferta termina pronto! ¡Solo quedan unas pocas entradas!» Estas amenazas comerciales, sobre todo en la era del comercio por internet, son casi siempre una ficción. Pero son eficaces, un eco de nuestras visiones apocalípticas: si tenemos una sensación de urgencia sobre el experimento humano, quizá al final nos pongamos manos a la obra, ya sea corriendo para salvar almas antes del juicio final o corriendo para abordar el cambio climático.
Intento recordarme a mí mismo que en el siglo IV la angustia escatológica de Martín de Tours tuvo que ser tan real para él como lo es la mía para mí. Hace mil años se consideraba que las inundaciones y las plagas eran presagios apocalípticos, porque eran muestras de una fuerza que estaba más allá de nuestra capacidad de comprensión. En la época en la que yo me hacía adulto, entre el auge de los ordenadores y de las bombas de hidrógeno, el efecto del año 2000 y el invierno nuclear, aumentaron las preocupaciones apocalípticas. Hoy en día estas preocupaciones a veces se centran en el posible descontrol de la inteligencia artificial o en la llegada de una pandemia devastadora de especies para la que hemos demostrado no estar preparados, aunque mi preocupación suele adoptar la forma de ansiedad climática o ecológica, términos que no existían hace unas décadas, pero que ahora son fenómenos generalizados.
Los humanos ya somos una catástrofe ecológica. En solo 250.000 años, nuestro comportamiento ha llevado a la extinción de muchas especies y al grave deterioro de muchas más. Es lamentable, y también cada vez más innecesario. Probablemente hace miles de años no sabíamos lo que hacíamos cuando cazábamos algunos mamíferos de gran tamaño hasta extinguirlos. Pero ahora sabemos lo que estamos haciendo. Sabemos pisar la tierra con más suavidad. Podríamos optar por utilizar menos energía, comer menos carne y talar menos bosques. Pero decidimos no hacerlo. El resultado es que, para muchas formas de vida, la humanidad es el apocalipsis.
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Algunas visiones del mundo adoptan cosmologías cíclicas. La escatología hindú, por ejemplo, establece una serie de períodos de miles de millones de años llamados kalpas en los que el mundo pasa por un ciclo de formación, mantenimiento y luego declive. Pero las escatologías lineales suelen aludir al fin de los tiempos para la humanidad como «el fin del mundo», aunque muy probablemente nuestra desaparición de la Tierra no será el fin del mundo, ni el fin de la vida en el mundo.
Los humanos somos una amenaza para nuestra propia especie y para muchas otras, pero el planeta nos sobrevivirá. De hecho, la vida en la Tierra puede tardar solo unos pocos millones de años en recuperarse de nosotros. La vida se ha recuperado de conmociones mucho más graves. Hace 250 millones de años, durante la extinción del Pérmico, las aguas superficiales de los océanos probablemente alcanzaron los 40 grados Celsius, o los 104 grados Fahrenheit. El 95 por ciento de las especies de la Tierra se extinguieron, y durante los cinco millones de años siguientes la Tierra fue una «zona muerta» en la que la vida apenas se desarrolló.
Hace 66 millones de años, el impacto de un asteroide provocó una nube de polvo tan grande que la oscuridad debió de cubrir la Tierra durante dos años, lo cual prácticamente interrumpió la fotosíntesis y llevó a la extinción del 75 por ciento de los animales terrestres. Comparados con estos desastres, no somos tan importantes. Cuando la Tierra acabe con nosotros, será como: «Bueno, esa plaga humana no era genial, pero al menos no he pillado el síndrome de los grandes asteroides».
Desde el punto de vista evolutivo, lo difícil fue pasar de células procariotas a eucariotas, y luego pasar de organismos unicelulares a pluricelulares. La Tierra tiene unos 4.500 millones de años, una cantidad de tiempo que sencillamente no me cabe en la cabeza. Pero imaginemos que la historia de la Tierra corresponde a un año, es decir, que se formó el 1 de enero y hoy es 31 de diciembre a las 11.59 de la noche. La primera vida en la Tierra surge hacia el 25 de febrero. Los organismos fotosintéticos aparecen por primera vez a finales de marzo. La vida pluricelular no aparece hasta agosto o septiembre. Los primeros dinosaurios, como el eoraptor, aparecieron hace unos 230 millones de años, o el 13 de diciembre en nuestro calendario de un año. El impacto del meteorito que antecede a la desaparición de los dinosaurios tiene lugar hacia el 26 de diciembre. El Homo sapiens no forma parte de la historia hasta el 31 de diciembre a las 11.48 de la noche.[2]
En otras palabras: la Tierra tardó unos 3.000 millones de años en pasar de la vida unicelular a la pluricelular. Se necesitaron poco menos de 70 millones de años para pasar del Tyrannosaurus rex a los humanos, que pueden leer, escribir, desenterrar fósiles, calcular desde cuándo existe la vida y preocuparse por su final. A menos que de alguna manera logremos eliminar toda la vida pluricelular del planeta, la Tierra no tendrá que empezar de cero y estará bien; al menos hasta que los océanos se evaporen y el planeta sea engullido por el sol.
Pero para entonces ya habremos desaparecido, y también nuestra memoria colectiva y recopilada. Creo que parte de lo que me asusta del fin de la humanidad es el fin de esos recuerdos. Creo que si un árbol cae en el bosque y no hay nadie que lo oiga, hace ruido. Pero si no hay nadie que ponga los discos de Billie Holiday, esas canciones no volverán a sonar. Hemos causado mucho sufrimiento, pero también hemos causado muchas más cosas.
Sé que el mundo nos sobrevivirá, y de alguna manera estará más vivo. Cantarán más pájaros. Deambularán más criaturas. Más plantas resquebrajarán nuestro asfalto y reconstruirán el planeta que nosotros terraformamos. Imagino coyotes durmiendo en las ruinas de las casas que construimos. Imagino nuestro plástico arrastrado por el mar cientos de años después de que el último de nosotros desaparezca. Imagino polillas que, como no tienen luces artificiales hacia las que volar, se vuelven hacia la luna.
Me consuela un poco saber que la vida continuará incluso sin nosotros. Pero diría que, cuando nuestra luz se apague, será la mayor tragedia de la Tierra, porque, aunque sé que los humanos tendemos a la grandilocuencia, también c
