LIBRO PRIMERO
LA CESTA DE CAÑAS
1
Yo, Sinuhé, hijo de Senmut y de su esposa Kipa, he escrito este libro. No para cantar las alabanzas de los dioses del país de Kemi, porque estoy cansado de los dioses. No para alabar a los faraones, porque estoy cansado de sus actos. Escribo para mí solo. No para halagar a los dioses, no para halagar a los reyes, ni por miedo del porvenir ni por esperanza. Porque durante mi vida he sufrido tantas pruebas y pérdidas que el vano temor no puede atormentarme y cansado estoy de la esperanza en la inmortalidad como lo estoy de los dioses y de los reyes. Es, pues, para mí solo para quien escribo, y sobre este punto creo diferenciarme de todos los escritores pasados o futuros.
Porque todo lo que se ha escrito hasta ahora lo fue para los dioses o para los hombres. Y sitúo entonces a los faraones también entre los hombres porque son nuestros semejantes en el odio y en el temor, en la pasión y en las decepciones. No se distinguen en nada de nosotros, aun cuando se sitúen mil veces entre los dioses. Son hombres semejantes a los demás. Tienen el poder de satisfacer su odio y de escapar a su temor, pero este poder no les salva de la pasión ni las decepciones, y cuanto ha sido escrito lo ha sido por orden de los reyes, para halagar a los dioses o para inducir fraudulentamente a los hombres a creer en lo que no ha ocurrido. O bien para pensar que todo ha ocurrido de manera diferente de la verdad. En este sentido afirmo que desde el pasado más remoto hasta nuestros días todo lo que ha sido escrito se escribió para los dioses y para los hombres.
Todo vuelve a empezar y nada hay nuevo bajo el sol; el hombre no cambia aun cuando cambien sus hábitos y las palabras de su lengua. Los hombres revolotean alrededor de la mentira como las moscas alrededor de un panal de miel, y las palabras del narrador embalsaman como el incienso, pese a que esté en cuclillas sobre el estiércol en la esquina de la calle; pero los hombres rehúyen la verdad.
Yo, Sinuhé, hijo de Senmut, en mis días de vejez y de decepción estoy hastiado de la mentira. Por esto escribo para mí solo lo que he visto con mis propios ojos o comprobado como verdad. En esto me diferencio de cuantos han vivido antes que yo o vivirán después de mí. Porque el hombre que escribe y, más aún, el que hace grabar su nombre y sus actos sobre la piedra, vive con la esperanza de que sus palabras serán leídas y que la posteridad glorificará sus actos y su cordura. Pero nada hay que elogiar en mis palabras; mis actos son indignos de elogio, mi ciencia es amarga para el corazón y no complace a nadie. Los niños no escribirán mis frases sobre la tablilla de arcilla para ejercitarse en la escritura. Los hombres no repetirán mis palabras para enriquecerse con mi saber. Porque he renunciado a toda esperanza de ser jamás leído o comprendido.
En su maldad, el hombre es más cruel y más endurecido que el cocodrilo del río. Su corazón es más duro que la piedra. Su vanidad, más ligera que el polvo de los caminos. Sumérgelo en el río; una vez secas sus vestiduras, será el mismo de antes. Sumérgelo en el dolor y la decepción; cuando salga será el mismo de antes. He visto muchos cataclismos en mi vida, pero todo está como antes y el hombre no ha cambiado. Hay también gente que dice que lo que ocurre nunca es semejante a lo que ocurrió, pero esto no son más que vanas palabras.
Yo, Sinuhé, he visto a un hijo asesinar a su padre en la esquina de una calle. He visto a los pobres levantarse contra los ricos, los dioses contra otros dioses. He visto a un hombre que había bebido vino en copas de oro inclinarse sobre el río para beber agua con la mano. Los que habían pesado el oro mendigaban por las callejuelas, y sus mujeres, para procurar pan a sus hijos, se vendían por un brazalete de cobre a negros pintarrajeados.
No ha ocurrido, pues, nada nuevo ante mis ojos, pero todo lo que ha sucedido acaecerá también en el porvenir. Lo mismo que el hombre no ha cambiado hasta ahora, tampoco cambiará en el porvenir. Los que me sigan serán semejantes a los que me han precedido. ¿Cómo podrían, pues, comprender mi ciencia? ¿Por qué desearía yo que leyesen mis palabras?
Pero yo, Sinuhé, escribo para mí, porque el saber me roe el corazón como un ácido y he perdido todo el júbilo de vivir. Empiezo a escribir durante el tercer año de mi destierro en las playas de los mares orientales, donde los navíos se hacen a la mar hacia las tierras de Punt, cerca del desierto, cerca de las montañas donde antaño los reyes extraían la piedra para sus estatuas. Escribo porque el vino me es amargo al paladar. Escribo porque he perdido el deseo de divertirme con las mujeres, y ni el jardín ni el estanque de los peces causan regocijo a mis ojos. Durante las frías noches de invierno, una muchacha negra calienta mi lecho, pero no hallo con ella ningún placer. He echado a los cantores, y el ruido de los instrumentos de cuerda y de las flautas destroza mis oídos. Por esto escribo yo, Sinuhé, que no sé qué hacer de las riquezas ni de las copas de oro, de la mirra, del ébano y del marfil.
Porque poseo todos estos bienes y de nada he sido despojado. Mis esclavos siguen temiendo mi bastón, y los guardianes bajan la cabeza y ponen sus manos sobre las rodillas cuando yo paso. Pero mis pasos han sido limitados y jamás un navío abordará en la resaca. Por esto yo, Sinuhé, no volveré a respirar jamás el perfume de la tierra negra durante las noches de primavera, y por esto escribo.
Y, sin embargo, mi nombre estuvo un día escrito en el libro de oro del faraón, y habitaba el palacio dorado a la derecha del rey. Mi palabra tenía más peso que la de los poderosos del país de Kemi; los nobles me enviaban regalos, y collares de oro adornaban mi cuello. Tenía cuanto un hombre puede desear, pero yo deseaba más de lo que un hombre puede obtener. He aquí por qué estoy en este lugar. Fui desterrado de Tebas en el sexto año del reinado de Horemheb, con la amenaza de ser matado como un perro si osaba volver, ser aplastado como una rana entre dos piedras si jamás ponía el pie fuera de la tierra que me ha sido fijada como residencia. Tal es la orden del rey, del faraón que fue un día mi amigo.
Pero ¿puede acaso esperarse otra cosa de un hombre de baja extracción que ha hecho borrar los nombres de los reyes en la lista de sus antecesores para sustituirlos por los de sus parientes? He visto su coronación. He visto colocar sobre su cabeza la tiara roja y la tiara blanca. Y seis años después me desterró. Pero, según el cálculo de los escribas, era el trigésimo segundo año de su reinado. Cuanto se escribió entonces y ahora, ¿no es acaso ajeno a la verdad?
A aquel que vivía de la verdad lo he despreciado durante su vida a causa de su debilidad, y he vuelto a encontrar el terror que sembraba en el país de Kemi a causa de su verdad. Ahora su venganza pesa sobre mí porque yo también quiero vivir en la verdad, no por su dios, sino por mí mismo. La verdad es un cuchillo afilado, la verdad es una llaga incurable, la verdad es un ácido corrosivo. Por esto durante los días de su juventud y de su fuerza, el hombre huye de la verdad hacia las casas de placer y se ciega con el trabajo y con una actividad febril, con viajes y diversiones, con el poder y las destrucciones. Pero viene un día en que la verdad lo atraviesa como un venablo y ya no siente más el júbilo de pensar o trabajar con sus manos, sino que se encuentra solo, en medio de sus semejantes, y los dioses no aportan ningún alivio a su soledad. Yo, Sinuhé, escribo esto con plena conciencia de que mis actos han sido malos y mis caminos injustos, pero también con la certidumbre de que alguien obtendrá de ello una lección para sí si por casualidad me leyere. Por esto escribo para mí mismo. ¡Que otros borren sus pecados en el agua sagrada de Amón! Yo, Sinuhé, me purifico escribiendo mis actos. ¡Que otros hagan pesar las mentiras de su corazón en las balanzas de Osiris! Yo, Sinuhé, peso mi corazón con una brizna de junco.
Pero antes de comenzar mi libro dejaré que mi corazón exhale su llanto. He aquí cómo mi corazón de desterrado lamenta su dolor:
Que el que ha bebido una vez agua del Nilo aspire a volver a ver el Nilo, porque ninguna otra agua apagará su sed.
Que el que ha nacido en Tebas aspire a volver a Tebas, porque en el mundo no existe ninguna otra villa parecida a esta. Que el que ha nacido en una callejuela tebana aspire a volver a ver esta callejuela; en un palacio de cedro echará de menos su cabaña de arcilla; en el perfume de la mirra y de los buenos ungüentos aspira el olor del fuego de boñiga seca y del pescado frito.
Cambiaría mi copa de oro por el tarro de arcilla del pobre si tan solo pudiese hollar de nuevo el suave terruño del país de Kemi. Cambiaría mis vestiduras de lino por la piel endurecida del esclavo si tan solo pudiese oír aún el murmullo de los cañaverales del río bajo la brisa de la primavera.
El Nilo se desborda, como joyas las villas emergen de su agua verde, las golondrinas vuelven, las grullas caminan por el fango, pero yo estoy ausente. ¿Por qué no seré una golondrina, por qué no seré una grulla de alas vigorosas para poder volar ante las barbas de mis guardianes hacia el país de Kemi?
Construiría mi nido sobre las columnas policromadas del templo de Amón, en el resplandor fulgurante y dorado de los obeliscos, en el perfume del incienso y de las víctimas de los sacrificios. Construiría mi nido sobre el techo de una pobre cabaña de barro. Los bueyes tiran de las carretas, los artesanos pegan el papel de caña, los mercaderes vocean sus mercancías, el escarabajo va empujando su bola de estiércol sobre el camino empedrado.
Clara era el agua de mi juventud, dulce era mi locura. Amargo y ácido es el vino de mi vejez, y el pan de miel más exquisito no vale el duro mendrugo de mi pobreza. ¡Años, dad la vuelta y volved! ¡Amón, recorre el cielo de Poniente a Levante a fin de que vuelva a encontrar mi juventud! No puedo cambiar una sola palabra, no puedo modificar ningún acto. ¡Oh, esbelta pluma de caña, oh, suave papel de caña, devolvedme mis vanas acciones, mi juventud y mi locura!
He aquí lo que ha escrito Sinuhé, desterrado, más pobre que todos los pobres del país de Kemi.
2
Senmut, a quien yo llamaba mi padre, era médico de los pobres en Tebas. Kipa, a quien yo llamaba mi madre, era su esposa. No tenían hijos. En los días de su vejez me recogieron. En su simplicidad decían que yo era un regalo de los dioses, sin que pudieran darse cuenta de todas las calamidades que este regalo les iba a causar. Kipa me llamó Sinuhé según una leyenda, porque le gustaban las narraciones y pensaba que también yo había llegado huyendo de los peligros, como Sinuhé el legendario que, habiendo escuchado por descuido un terrible secreto en la tienda del faraón, huyó a países extranjeros donde vivió largos años y tuvo toda clase de aventuras.
Pero no era más que un producto de su imaginación infantil, y esperaba que sabría huir de los peligros para evitar los fracasos. Por esto me llamó Sinuhé. Pero los sacerdotes de Amón decían que era un presagio. Acaso fuera esta la razón por la cual mi nombre me llevó a peligros y aventuras en tierras extranjeras. Mi nombre me valió conocer terribles secretos, secretos de reyes y sus esposas, que pueden acarrear la muerte. Finalmente, mi nombre hizo de mí un desterrado.
Pero la idea de la buena Kipa al bautizarme así no es más infantil que imaginarse que el nombre ejerce alguna influencia sobre el destino del hombre. Mi suerte hubiera sido la misma si me hubiese llamado Kepru, Kafrán o Mosé, estoy convencido. No se puede, sin embargo, negar que Sinuhé fue desterrado, mientras Heb, el hijo del halcón, era coronado con la doble corona bajo el nombre de Horemheb como soberano del Alto y Bajo País. Por esto cada uno es libre de pensar lo que quiera sobre el presagio de los nombres. Cada cual busca en sus creencias un consuelo a las contrariedades y reveses de la vida.
Nací durante el reinado del gran faraón Amenhotep III, y el mismo año nació Aquel que quiso vivir de la verdad y cuyo nombre no debe ser pronunciado porque es un nombre maldito, aun cuando entonces no lo supiese nadie. Por esto una gran alegría reinó en el palacio cuando su nacimiento, y el rey ofreció grandes sacrificios en el gran templo de Amón, y el pueblo se regocijaba sin darse cuenta de lo que iba a ocurrir. La reina Tii había esperado en vano un hijo pese a que hubiese sido la real esposa durante veintidós años y que su nombre hubiese sido grabado al lado del rey en templos y estatuas. Por esto Aquel cuyo nombre no debe ser ya mencionado fue proclamado solemnemente heredero del poder real en cuanto los sacerdotes lo hubieron circuncidado.
Pero él nació en primavera, en la época de las siembras, mientras yo había venido al mundo el otoño precedente, en la más fuerte de las inundaciones. Pero ignoro la fecha de mi nacimiento porque llegué por el Nilo en una pequeña cesta de cañas calafateada con pez, y mi madre me encontró en los cañaverales de la ribera, en el umbral de su casa, donde me había depositado la crecida del río. Las golondrinas acababan de llegar y piaban sobre mi cabeza, pero yo permanecía silencioso y me creyó muerto. Se me llevó a casa y me calentó cerca del hogar y me sopló en la boca hasta que comencé a llorar.
Mi padre regresó de visitar a sus enfermos y trajo dos patos y un celemín de harina. Oyó mi llanto y creyó que Kipa había encontrado un gatito y comenzó a dirigirle reproches. Pero mi madre dijo:
—No es un gato, he recibido un hijo. ¡Regocíjate, Senmut, marido mío, porque tenemos un hijo!
Mi padre se enfadó y la trató de lechuza, pero Kipa le mostró mi desnudez y se compadeció. Así fue como me adoptaron y Kipa hizo creer a los vecinos que había dado a luz. Era una falsa vanidad y no sé si fueron muchos los que lo creyeron. Pero Kipa suspendió la cesta de cañas en el techo, sobre mi cuna. Mi padre tomó su mejor vaso de cobre y me llevó al templo para inscribirme entre los vivos como hijo suyo y de Kipa. Él mismo procedió a mi circuncisión, porque era médico y temía la cuchilla de los sacerdotes que deja llagas purulentas. Por esto no permitió que los sacerdotes me tocaran. Pero acaso lo hiciese también por economía, porque, siendo como era médico de pobres, distaba mucho de ser rico.
Cierto es que todas estas cosas me han sido referidas por mi padre y por mi madre y no las he visto ni oído, pero no tengo ninguna razón para creer que me hayan engañado. Durante toda mi infancia creí siempre que eran mis verdaderos padres y ningún dolor ensombreció mis días. No me dijeron la verdad hasta que me cortaron mis bucles de niño y me convertí en un adolescente. Lo hicieron porque temían y respetaban a los dioses, y mi padre no quería que viviese toda mi vida en la mentira.
Pero jamás pude saber de dónde había venido ni quiénes eran mis verdaderos padres. Creo, sin embargo, poder adivinarlo por lo que explicaré más tarde, aun cuando no sea más que una mera suposición.
Lo que sí sé seguro es que no soy el único en haber bajado por el Nilo en una cuna calafateada con pez. Tebas, con sus templos y sus palacios, era en efecto una gran ciudad y las cabañas de los pobres se extendían hasta el infinito, alrededor de los templos y los palacios. En los tiempos de los grandes faraones, Egipto había sometido a muchos países y con la grandeza y las riquezas las costumbres habían evolucionado; los extranjeros acudieron a Tebas como mercaderes y artesanos y edificaron también templos a sus dioses. De la misma manera que el lujo, la riqueza y el esplendor reinaban en los palacios y los templos, la pobreza asediaba las cabañas de sus alrededores. Muchos pobres abandonaban a sus hijos y más de una esposa rica, cuyo marido estaba de viaje, confiaba al río el fruto de sus ilícitos amores. Yo había sido quizá abandonado por la esposa de un pescador que había engañado a su marido con un mercader sirio; acaso fuese hijo de extranjeros, puesto que no me habían circuncidado a mi nacimiento. Cuando me hubieron cortado mis bucles y mi madre los hubo encerrado en un cofre de madera con mi primera sandalia, contemplé durante largo rato la barquita de cañas que me mostraba. Las cañas estaban amarillentas y rotas, sucias por el hollín del hogar. Las cañas estaban sujetas con nudos de pajarero; esto era lo único que revelaba a mis padres. Así fue como mi corazón recibió la primera herida.
3
Al aproximarse la vejez, mi espíritu goza volando como un pájaro hacia los días de mi infancia. En mi memoria mi infancia brilla con un resplandor maravilloso, como si entonces todo hubiese sido mejor y más bello que ahora. Sobre este punto no hay diferencia entre ricos y pobres porque no hay ciertamente nadie, por pobre que sea, cuya infancia no encierre algún destello de júbilo y de luz al evocarla en sus viejos días.
Mi padre Senmut vivía cerca de los muros del templo, en el barrio bullicioso y pobre de la villa. No lejos de su casa se extendían los muelles de río arriba donde los barcos del Nilo descargaban sus mercancías. En los callejones estrechos los tugurios de vino y de cerveza acogían a los marineros, y había también casas de lenocinio a las que algunas veces los ricos de la villa se hacían llevar en sus literas. Nuestros vecinos eran preceptores, suboficiales, patronos de barcas y algunos sacerdotes de quinto orden. Estos formaban con mi padre la aristocracia de este barrio pobre, de la misma manera que un muro emerge sobre la superficie del agua.
Nuestra casa era vasta en comparación con las casuchas de barro que flanqueaban en hileras desoladas los estrechos callejones. Teníamos incluso un jardincillo de algunos pasos en el que crecía un sicómoro plantado por mi padre. Matojos de acacias lo separaban de la calle y había una especie de estanque de piedra que solo se llenaba de agua cuando las crecidas del río. Teníamos cuatro habitaciones en una de las cuales mi madre preparaba la comida. Esta la tomábamos en la terraza, a la que se tenía acceso también desde el gabinete de consulta de mi padre. Dos veces por semana ayudaba a mi madre una mujer de faenas, porque le gustaba el aseo. Una lavandera iba a buscar la ropa sucia una vez por semana para ir a lavarla al río.
En este suburbio pobre, agitado e invadido por los extranjeros y cuya corrupción solo me fue revelada durante mi adolescencia, mi padre y sus vecinos representaban las tradiciones y las viejas costumbres respetables. Cuando las costumbres se habían relajado ya en la ciudad entre los ricos y los nobles, él y sus vecinos permanecían imperturbablemente aferrados al viejo Egipto, al respeto de los dioses, a la limpieza de corazón y al desinterés. Parecía que, en oposición a su barrio y a las gentes en medio de las cuales tenían que vivir y ejercer su profesión, quisiesen subrayar con sus costumbres y su actitud el hecho de no pertenecer a la misma clase.
Pero ¿a qué contar estas cosas que no he comprendido hasta más tarde? ¿Por qué no evocar en su lugar el tronco rugoso del sicómoro y el ruido de sus hojas mientras me resguardaba bajo su sombra del ardor del sol? ¿Por qué no recordar mi mejor juguete, un cocodrilo de madera que yo arrastraba con un cordel por la calle empedrada, abriendo su boca pintada de rojo? Los hijos de los vecinos se detenían llenos de admiración. Me procuré muchos bizcochos de miel, muchas piedras brillantes y muchos hilos de cobre dejándolos jugar con el cocodrilo. Solo los hijos de los nobles poseían juguetes parecidos, pero mi padre lo había recibido de un carpintero real a quien curó un absceso que le impedía sentarse.
Por la mañana mi madre me llevaba al mercado. No tenía gran cosa que comprar, pero podía consagrar el tiempo de una clepsidra regateando un manojo de cebollas, o una semana entera para la elección de un par de zapatos. Se adivinaba por sus palabras que estaba en situación desahogada y que no quería más que primera calidad. Pero si no compraba todo lo que cautivaba su mirada era porque quería educarme en un espíritu de economía. Como ella decía: «El rico no es el que posee oro y plata, sino el que se contenta con poco». Así hablaba, pero al mismo tiempo sus ojos cansados admiraban las telas de lana de colores de Sidón y de Biblos, leves y ligeras como plumas. Sus manos oscuras y endurecidas por los trabajos acariciaban las joyas de marfil y las plumas de avestruz. Todo aquello no era más que vanidad y cosas superfluas, asegurábase a sí misma. Pero mi espíritu infantil se rebelaba contra estas enseñanzas y hubiera querido poseer un mono que pasara sus brazos alrededor del cuello de su dueño o un pájaro de brillante plumaje que gritara palabras sirias o egipcias. Tampoco hubiese tenido nada que decir contra unos collares o unas sandalias de hebilla dorada. Solo mucho más tarde comprendí que la pobre Kipa quiso apasionadamente ser rica.
Pero como no era más que la esposa de un médico de pobres, apaciguaba sus sueños con relatos. Por la noche, antes de dormir, me contaba en voz baja todas las leyendas que conocía. Me hablaba de Sinuhé y el náufrago que traía de casa del rey de las serpientes tesoros fabulosos. Hablaba de los dioses y de los hechiceros, de los encantadores y de los antiguos faraones. Mi padre refunfuñaba algunas veces y decía que me llenaba el espíritu de vaciedades y fantasías, pero en cuanto había empezado a roncar, Kipa reanudaba su narración, tanto para su placer como para el mío. Recuerdo aquellas noches tórridas de verano en las que la casa abrasaba el cuerpo desnudo y el sueño no venía; oigo todavía su voz baja y soñolienta; de nuevo estoy en seguridad cerca de mi madre. Mi verdadera madre no hubiera podido ser para mí más dulce y más tierna que la simple y supersticiosa Kipa, en cuya casa los narradores ciegos o lisiados tenían seguridad de encontrar una buena comida.
Los cuentos me divertían el espíritu y me servían de contrapeso contra la calle bulliciosa, hogar de moscas, lugar impregnado de innumerables olores y pestilencias. A veces, viniendo del puerto, el aroma salubre del cedro y de la resina invadían el callejón. O bien una gota de perfume caía de la litera de una mujer noble que se inclinaba para regañar a la chiquillería. Por la tarde, cuando la barca dorada de Amón descendía hacia las colinas de Occidente, de todas las terrazas y de todas las cabañas salía el olor a pescado frito que se mezclaba con los efluvios del pan fresco. Este olor de barrio pobre de Tebas, aprendí a amarlo desde mi infancia y no lo he olvidado jamás.
Durante las comidas recibí también las primeras lecciones de mi padre. Con un paso fatigado atravesaba el jardincillo o salía de su dormitorio con las ropas oliendo a medicinas y pomadas. Mi madre le vertía agua en las manos y nos sentábamos en unos taburetes mientras ella nos servía. Por la calle pasaba un bullicioso grupo de marineros borrachos de cerveza que golpeaban las paredes con sus bastones y se detenían para hacer sus necesidades bajo nuestras acacias.
Hombre prudente, mi padre no protestaba. Pero cuando los marineros se habían alejado, me decía:
—Solo un miserable negro o un puerco sirio es capaz de hacer sus necesidades en la calle. Un egipcio las hace en el interior.
O bien decía aún:
—El vino es un don de los dioses si se usa con moderación. Un vaso no hace daño a nadie, dos hacen un charlatán, pero quien vacía la jarra entera se despierta en el arroyo desnudo y lleno de contusiones.
Algunas veces un perfume violento llegaba hasta la terraza cuando pasaba una mujer de cuerpo adornado con telas transparentes, pintadas las mejillas, las pestañas y los labios, y llevando en los ojos un brillo húmedo que no se ve nunca en los de las mujeres decentes. Mientras la contemplaba con fascinación, mi padre me decía con tono grave:
—Ten cuidado con las mujeres que te dirijan palabras lisonjeras y traten de atraerte a sus casas, porque su corazón es una red y una trampa y su seno quema con mayor ardor que el fuego.
¿Es acaso sorprendente que después de estas enseñanzas haya sentido horror hacia las jarras de vino y hacia las bellas mujeres que no se parecen a las otras? Porque al mismo tiempo veía en ellas todo el encanto peligroso de lo que asusta.
Desde mi infancia mi padre me permitió asistir a sus consultas. Me mostró sus instrumentos, sus cuchillos y sus botes de medicinas, explicándome cómo utilizarlos. Mientras examinaba un enfermo, yo permanecía a su lado tendiéndole una taza de agua, vendajes, ungüentos o vinos. Mi madre, como todas las mujeres, no podía ver los abscesos y las heridas y jamás aprobó mi infantil interés por las enfermedades. Un chiquillo no comprende los dolores ni los sufrimientos hasta haberlos experimentado. Abrir un absceso era para mí una operación apasionante y hablaba con orgullo a los demás chiquillos de todo lo que había visto, para suscitar su admiración. En cuanto llegaba un enfermo, seguía atentamente los ademanes y preguntas de mi padre hasta el momento en que decía: «La enfermedad es curable». O bien: «Voy a cuidarlo». Pero había también casos en que no creía que pudiese sanar; en este caso escribía unas palabras sobre un trozo de papiro y mandaba al enfermo a la Casa de la Vida, en el templo. Después lanzaba un suspiro, movía la cabeza y exclamaba: «¡Pobre hombre!».
No todos los enfermos de mi padre eran pobres. De las casas de placer le llevaban algunas veces, por la noche, algún hombre con vestiduras de lino, y los capitanes de navíos sirios iban a verlo por un absceso o un simple dolor de muelas.
Por esto no me sorprendió ver un día a la esposa del droguero entrar en casa de mi padre con todas sus joyas. Suspiró, gimió y enumeró todas sus penas a mi padre, que la escuchaba atentamente. Quedé muy decepcionado cuando le vi coger el trozo de papiro para escribir, porque había esperado que la pudiese curar, lo cual nos hubiera procurado muchas golosinas. Esta vez fui yo quien, lanzando un suspiro, moví la cabeza y exclamé: «¡Pobre mujer!».
La enferma tuvo un sobresalto y dirigió a mi padre una mirada asustada. Pero mi padre cogió algunos caracteres antiguos y unos dibujos de un viejo papiro usado, vertió aceite y vino en una copa e hizo macerar el papel hasta que la tinta se hubo disuelto en el vino; vertió después la poción recomendando a la mujer que la tomase en cuanto tuviese dolor de cabeza o de estómago. Cuando salió dirigí una mirada de asombro a mi padre. Él quedó confundido, tosió ligeramente y me dijo:
—Hay muchas enfermedades a las que la tinta, utilizada como remedio, puede curar.
No dijo nada más, pero al cabo de un rato, a media voz, añadió:
—En ningún caso este remedio puede hacer daño al enfermo.
A los siete años recibí la vestidura de adolescente, que ciñe los riñones, y mi madre me llevó al templo a asistir a un sacrificio. El templo de Amón en Tebas era entonces el más importante de todo Egipto. Una avenida flanqueada de esfinges con cabeza de macho cabrío se dirigía a través de la villa y el estanque de la diosa lunar hasta el templo, cuyo recinto estaba formado por muros poderosos y era como una villa dentro de la villa. En la cúspide de un pilón alto como una colina flotaban oriflamas abigarradas, y las estatuas gigantes de los reyes montaban la guardia a cada lado de la puerta de cobre.
Franqueamos la puerta y los vendedores de Libros de los Muertos comenzaron a solicitar a mi madre y a someterle sus ofertas murmurando o gritando. Me llevó a ver los talleres de los tallistas y las estatuillas de esclavos y servidores que, gracias a los encantamientos de los sacerdotes, trabajarían en el más allá por sus dueños sin que estos tuviesen que mover ni un dedo. Pero ¿a qué hablar de lo que todo el mundo sabe, puesto que todo está establecido y el corazón humano no cambia? Mi madre pagó la suma exigida para poder asistir al sacrificio, y vi a los sacerdotes de blancas vestiduras inmolar y descuartizar un buey que llevaba entre los cuernos un sello atestiguando que era inmaculado y no tenía un solo pelo negro. Los sacerdotes estaban gordos y sus cabezas afeitadas relucían de aceite. Cerca de doscientas personas asistían al sacrificio, y los sacerdotes, sin prestarles la menor atención, discutían entre ellos.
En cuanto a mí, examinaba las imágenes guerreras sobre las paredes del templo y admiraba las columnas gigantescas. Y no comprendía la emoción de mi madre, que, con los ojos llenos de lágrimas, me llevaba a casa. Me quitó mis zapatos y me dio unas sandalias nuevas que eran incómodas y me hicieron daño en los pies hasta que me hube acostumbrado.
Después de la comida, mi padre puso su hábil mano sobre mi cabeza y acarició los bucles de mis sienes.
—Tienes siete años, Sinuhé —me dijo—, debes elegir una carrera.
—Quiero ser soldado —dije yo en el acto.
No comprendí su expresión decepcionada. Porque los mejores juegos de muchachos en las calles son militares; había visto a los soldados ejercitarse en la lucha delante de los cuarteles; había visto los carros de combate salir de la villa para hacer maniobras, con sus ruedas ruidosas y sus colgantes oriflamas. No podía existir carrera más brillante y honorable que la carrera de las armas. Un soldado no necesita saber escribir, y esta era para mí la razón principal de mi elección, porque mis camaradas me habían contado cosas terribles sobre las dificultades de la escritura y la crueldad de los maestros, que le arrancaban a uno los cabellos si tenía la desgracia de romper la tablilla o el estilete.
Mi padre no debió de estar muy dotado durante su infancia, de lo contrario hubiera llegado a algo más que médico de los pobres. Pero era concienzudo y no perjudicaba a sus enfermos, y con el curso de los años había llegado a acumular experiencias. Sabía también cuán sensible y obstinado yo era, pero no protestó de mi decisión.
Pero al cabo de un rato pidió a mi madre una jarra vacía, entró en su habitación y vertió en ella vino ordinario.
—Ven, Sinuhé —dijo llevándome hacia la ribera.
Yo le seguí sorprendido. En el muelle se detuvo para observar una barcaza de la cual unos hombres sudorosos, con la espalda encorvada, sacaban mercancías embaladas en telas cosidas. El sol se ocultaba detrás de las colinas sobre la Villa de los Muertos; nosotros estábamos saciados, pero los hombres seguían descargando, jadeantes los flancos y cubiertos de sudor. El capataz los excitaba con su látigo y, tranquilamente sentado bajo un toldo, un escriba iba anotando la carga.
—¿Quisieras ser como ellos? —preguntó mi padre.
La pregunta me pareció estúpida y no contesté, pero miré a mi padre sorprendido porque nadie podía querer ser como aquellos hombres.
—Trabajan desde primera hora del día hasta tarde de la noche —dijo mi padre Senmut—. Su piel está curtida como la del cocodrilo, sus manos son rudas como las patas del cocodrilo. Solo por la noche pueden regresar a su cabaña de barro, y su alimentación es un trozo de pan, una cebolla y un sorbo de cerveza agria. Esta es la vida de los descargadores. Esta es también la del labrador. Tal es la de todos los que trabajan con sus manos. Tal vez no los envidiarás.
Moví la cabeza y lo miré sorprendido. Yo quería ser soldado y no cargador o abrir surcos en la tierra, regar los campos o ser pastor mugriento.
—Padre —dije yo mientras andábamos—, la vida del soldado es bella. Viven en los cuarteles y comen bien; por la noche beben vino en las casas de placer y las mujeres los ven con benevolencia. Los mejores de entre ellos llevan una cadena al cuello aunque no sepan escribir. De sus expediciones traen botín y esclavos que trabajan por ellos y ejercen un oficio por cuenta de ellos. ¿Por qué no sería yo soldado?
Mi padre no contestó, pero apresuró el paso. Cerca de un depósito de inmundicias, en medio de un enjambre de moscas que revoloteaba en torno a nosotros, se inclinó para dirigir una mirada a una cabaña baja.
—Inteb, amigo mío, ¿estás ahí? —dijo.
Un viejo, lleno de mugre, con el brazo derecho amputado a la altura del hombro y cubierto por un trozo de tela roída por la grasa, salió apoyándose en un palo. Su rostro estaba descarnado y surcado de arrugas; no tenía dientes.
—¿Es... es verdaderamente Inteb? —pregunté suavemente a mi padre, dirigiendo una mirada de pavor a aquel hombre.
Porque Inteb era un héroe que había combatido en las campañas de Tuthmosis III, el más grande de los faraones, en Siria, y se contaban muchas historias sobre sus proezas y las recompensas que había recibido.
El anciano levantó la mano para hacer un saludo militar y mi padre le tendió la jarra de vino. Se sentaron en el suelo, porque Inteb no tenía siquiera un banco en su casa, y con mano temblorosa se llevó la jarra a los labios y bebió ávidamente el vino sin verter una sola gota.
—Mi hijo Sinuhé quiere ser soldado —dijo mi padre sonriendo—. Te lo he traído porque eres el único superviviente de los héroes de las grandes guerras, a fin de que le hables de la vida magnífica y de las hazañas de los soldados.
—¡Por Seth y Baal y todos los diablos! —gritó el viejo con una risa aguda y entornando los ojos para verme mejor—. ¿Estás loco?
Su boca desdentada, sus ojos apagados, el muñón de su brazo y su pecho arrugado y sucio eran tan espantosos que me refugié detrás de mi padre y le agarré por la manga.
—¡Muchacho, muchacho! —exclamaba Inteb, ahogándose de risa—. Si tuviese un sorbo de vino por cada maldición que he lanzado contra mi vida y contra el triste destino que hizo de mí un soldado, podría llenar el lago que el faraón ha hecho excavar para divertir a su mujer. No lo he visto, porque no tengo medios para hacerme transportar más allá del río, pero no me cabe duda de que el lago se llenaría y sobraría vino todavía para embriagar a todo el ejército.
De nuevo bebió un largo trago.
—Pero... —dije yo temblando— el oficio de soldado es el más glorioso de todos.
—La gloria y el renombre —dijo Inteb, el héroe— es sencillamente estiércol, estiércol para alimentar las moscas. Toda mi vida he contado historias sobre la guerra y mis hazañas para sacarles un poco de vino a los papanatas que me escuchaban con la boca abierta, pero tu padre es un hombre honrado y no quiero engañarlo. Por esto te digo, muchacho, que de todos los oficios, el de soldado es el más horrible y miserable.
El vino borraba las arrugas de su rostro y daba brillo a sus ojos. Se sentó y se llevó a la garganta su única mano.
—Mira, muchacho, este cuello descarnado ha sido adornado con quíntuples collares de oro. Con su propia mano el faraón me los puso. ¿Quién puede contar las manos cortadas que he acumulado ante su tienda? ¿Quién fue el primero en trepar por las murallas de Kadesh? ¿Quién se lanzaba como un elefante enfurecido en medio del enemigo? ¡Yo, yo, Inteb, el héroe! Pero ¿quién me lo agradece hoy? Mi oro se ha disipado a los cuatro vientos del cielo, mis esclavos han huido o han muerto de miseria. Mi brazo derecho quedó en el país de Mitanni y desde largo tiempo hubiera muerto de miseria si no hubiese sido por algunas almas caritativas que me traen pescado seco y cerveza a fin de que cuente a sus hijos la verdad sobre las guerras. Soy Inteb, el héroe, pero mírame, muchacho. Mi juventud huyó en el desierto, en el hambre, en los tormentos y en las fatigas. Allí se ha fundido la carne de mis miembros, allí mi piel se ha curtido, allí mi corazón se ha vuelto más duro que la piedra. Y lo peor es que en los desiertos sin agua mi lengua se secó y que sufro de una sed eterna, como todos los soldados que regresan con vida de sus expediciones a países lejanos. Por esto mi vida ha sido un abismo mortal desde el día en que perdí mi brazo. Y no quiero siquiera mencionar el dolor de las heridas y los tormentos causados por los cirujanos cuando sumergen tu muñón en el aceite hirviendo, como tu padre sabe muy bien. ¡Que tu nombre sea alabado, Senmut; eres justo y bueno, pero el vino se ha acabado!
El anciano calló, jadeando un momento, y volvió melancólicamente la jarra. El brillo salvaje de sus pupilas se apagó y de nuevo reapareció el pobre desgraciado.
—Pero un soldado no necesita saber escribir —me atreví a murmurar.
—¡Hum! —gruñó Inteb, mirando a mi padre.
Este se quitó rápidamente un brazalete de cobre de la muñeca y lo tendió al anciano que lanzó un grito. Un chiquillo sucio apareció y tomó el brazalete y la jarra para ir a buscar vino.
—No tomes del mejor —le gritó Inteb—. Toma del más barato; te darán más. —Fijó sobre mí su mirada atenta—. Tienes razón —dijo—, un soldado no necesita saber escribir, debe saber solamente batirse. Si supiese escribir, sería jefe y daría órdenes al más bravo de los soldados. Porque todo hombre que sabe escribir es capaz de mandar a los soldados, y no se confían ni cien hombres al jefe que no es capaz de garabatear unos signos sobre un papel. ¿Qué placer puede hallar en las cadenas y las condecoraciones si es el hombre de la pluma quien le da órdenes? Pero así es y así será siempre. Por esto te digo, muchacho, que si quieres mandar soldados y conducirlos, aprende primero a escribir. Entonces los portadores de cadenas de oro se inclinarán ante ti y los esclavos te llevarán al combate en tu litera.
El chiquillo andrajoso regresó con la jarra de vino y el rostro del anciano se iluminó de júbilo.
—Tu padre Senmut es un buen hombre —dijo gentilmente—. Sabe escribir y me cuidó cuando empezaba a ver cocodrilos e hipopótamos, los días de felicidad y de fuerza, cuando no carecía de vino. Es un buen hombre, pese a que no sea más que un médico, incapaz de tensar un arco. Le doy las gracias.
Miré con inquietud la jarra que Inteb iba indudablemente a vaciar y tiré de la manga de mi padre, porque temía que bajo la influencia del vino nos despertásemos en el arroyo. Mi padre miró también la jarra, lanzó un ligero suspiro y volvió la cabeza. Inteb se puso a cantar con voz ronca un himno guerrero sirio y el chiquillo desnudo y bronceado por el sol se echó a reír.
Pero yo, Sinuhé, abandoné mi sueño de ser soldado y no protesté cuando al día siguiente mi padre y mi madre me condujeron a la escuela.
4
Mi padre no tenía medios para poder mandarme a las grandes escuelas de los templos donde los hijos de los nobles, de los ricos y de los sacerdotes de alto grado recibían su educación. Mi maestro fue el viejo sacerdote Oneh, que vivía no lejos de mi casa y tenía la escuela en la terraza destrozada. Sus discípulos eran hijos de artesanos, mercaderes, marinos y suboficiales a quienes sus ambiciosos padres destinaban a la carrera de escriba. Oneh había sido durante un tiempo contable de los depósitos de la celeste Mut y era capaz de enseñar los rudimentos de la escritura a los chiquillos que más tarde tendrían que escribir las cantidades de trigo, el número de cabezas de ganado y las facturas del avituallamiento de los soldados. En la villa de Tebas, la gran capital del mundo, había centenares de estas pequeñas escuelas. La enseñanza no era cara, pues los discípulos debían simplemente mantener al viejo Oneh. En las tardes de invierno, el hijo del carbonero le llevaba carbón de encina para su estufa, el hijo del tejedor se ocupaba de sus vestidos, el hijo del mercader de trigo le suministraba harina y mi padre le daba, para calmar sus dolores, pociones de plantas medicinales maceradas en vino.
Estas relaciones de dependencia hacían de Oneh un maestro indulgente. El discípulo que se dormía sobre su tablilla debía al día siguiente llevar al maestro alguna golosina, a título de castigo. Algunas veces el hijo del mercader de trigo le llevaba una jarra de cerveza y en este caso aguzábamos el oído, porque el viejo Oneh se lanzaba a contarnos historias maravillosas sobre el más allá y leyendas sobre la celeste Mut, sobre Ptah, el constructor de todo, y sobre los demás dioses que le eran familiares. Nosotros nos reíamos y pensábamos haberlo inducido a olvidar las lecciones difíciles y los enojosos jeroglíficos para todo el día. Solo más tarde comprendí que el viejo Oneh era mucho más docto y comprensivo de lo que nos figurábamos. Sus leyendas, que él vivificaba con su ignorancia piadosa, tenían un objeto determinado. Así nos enseñaba la ley moral del viejo Egipto. Ninguna mala acción escapa al castigo. Implacablemente todo corazón humano sería pesado una vez ante el tribunal de Osiris. Todo hombre de quien el dios de la cabeza de chacal había descubierto las maldades, era arrojado como presa al Devorador y este era a la vez cocodrilo e hipopótamo, pero mucho más terrible que ambos.
Nos hablaba también del reacio transbordador de las ondas infernales, de «Aquel que mira hacia atrás» y sin la ayuda del cual ningún difunto puede alcanzar los campos de los bienaventurados. Este batelero miraba constantemente hacia atrás y nunca hacia adelante como los bateleros del Nilo. Oneh nos enseñó de memoria las fórmulas propiciatorias destinadas a este batelero. Nos las hizo reproducir en signos y aprender de memoria. Corregía nuestros errores con dulces reprimendas. Debíamos comprender que la menor distracción podía comprometer toda vida de bienaventuranza en el más allá. Si se tendía al batelero un pasaporte con la más leve mancha, se permanecía errando implacablemente como una sombra, de una eternidad a otra, en las márgenes del río sombrío, o bien, peor aún, se caía en las espantosas simas del infierno.
Mi camarada más dotado era el hijo del comandante de los carros de guerra, Thotmés, que tenía dos años más que yo. Desde su infancia estaba acostumbrado a cuidar a los caballos y a luchar. Su padre, cuyo látigo se adornaba de hilos de cobre, quería hacer de él un gran capitán y por esto le exigía que aprendiese a leer. Pero su nombre, el del glorioso Thotmés, no fue un presagio como su padre había creído. Porque una vez en la escuela, el muchacho no se ocupó ya más de lanzar el venablo ni de los ejercicios de los carros de guerra. Aprendió fácilmente los signos de la escritura y mientras los otros penaban en su tarea, él dibujaba imágenes sobre la tablilla. Dibujaba carros de guerra y caballos empinados sobre sus patas posteriores y también soldados. Llevó arcilla a la escuela y se puso a modelar según las narraciones de Oneh una imagen muy curiosa del Devorador que, con sus enormes fauces abiertas, se disponía a deglutir un hombrecillo calvo cuyas espaldas encorvadas y vientre prominente eran las de nuestro buen maestro. Pero Oneh no se enfadó. Nadie era capaz de enfadarse con Thotmés. Tenía el rostro ancho de la gente del pueblo y las piernas gruesas, pero sus ojos tenían siempre una expresión de malicia contagiosa y sus manos hábiles daban forma a pájaros y animales que nos divertían enormemente. Yo había buscado su amistad a causa de sus relaciones militares, pero nuestra amistad subsistió a pesar de su poca ambición por la carrera de las armas.
Al cabo de cierto tiempo se produjo bruscamente un milagro. Fue tan claro que me acuerdo todavía de este instante como de una aparición. Era una fresca jornada de primavera, los pajaritos piaban y las cigüeñas reparaban sus nidos sobre los techos de las casas. Las aguas se habían retirado y el suelo comenzaba a verdear. Se sembraban y plantaban huertos y jardines. Era un día que inspiraba locas aventuras y nosotros estábamos inquietos en la terraza carcomida de Oneh. Yo dibujaba distraídamente signos enojosos, letras que se graban sobre la piedra y las abreviaciones corrientes del estilo ordinario. Súbitamente, una palabra olvidada de Oneh o un fenómeno inexplicable en mí dio vida a las palabras y los caracteres. De la imagen sale una palabra, de la palabra una sílaba, de la sílaba una letra. Asociando las letras, de las imágenes se formaban palabras nuevas, extrañas, que no tenían nada de común con las imágenes. El portador de agua más obtuso puede comprender una imagen, pero solo el hombre que sabe leer puede descifrar dos imágenes conjugadas. Yo creo que todos los que han aprendido la escritura comprenderán el fenómeno de que hablo. Fue para mí una verdadera aventura, más apasionante y más cautivadora que una granada robada en la tienda del frutero, más dulce que un dátil seco, deliciosa como el agua para el sediento.
A partir de aquel momento no hubo ya necesidad de alentarme. Me puse a devorar el saber de Oneh como el suelo bebe el agua de las inundaciones del Nilo. Aprendí rápidamente a escribir. Después aprendí a leer lo que los demás habían escrito. Al tercer año podía ya deletrear viejos textos y dictar a mis camaradas leyendas didácticas.
También en esta época me di cuenta de que no era igual que los demás. Mi rostro era más estrecho, mi tez más pálida, mis miembros más finos. Recordaba más un muchacho noble que un hijo del pueblo entre el que vivía. Y si hubiese ido vestido de una manera diferente, estoy seguro de que hubiera podido ser tomado por uno de estos muchachos que pasaban en litera o a quienes los esclavos acompañaban por las calles. Esto me procuró contrariedades. El hijo del mercader de trigo me cogía por el cuello y me trataba de muchacha hasta que me veía obligado a pincharle con mi estilete. Su presencia me era desagradable, porque olía mal. Como desquite, buscaba la compañía de Thotmés, porque este no me tocaba jamás.
Un día me dijo tímidamente:
—¿Quieres servir de modelo para un retrato?
Lo llevé a casa y bajo el sicómoro del jardín modeló en arcilla una figura que se parecía a mí y grabó mi nombre debajo. Mi madre, Kipa, nos dio pasteles y al ver el busto tuvo miedo y dijo que era arte de hechicería. Pero mi padre declaró que Thotmés podía llegar a ser artista real si conseguía ser admitido en la escuela del templo. En broma me incliné delante de Thotmés poniendo mis manos sobre las rodillas como se hace al saludar a los grandes. Los ojos de Thotmés brillaron, pero suspiró y dijo que desgraciadamente su padre quería de todos modos meterlo en la escuela de suboficiales de carros de guerra. Para un futuro jefe militar sabía escribir ya bastante bien. Mi padre se alejó y oímos a mi madre afanarse por la cocina. Pero Thotmés y yo nos regalamos con sabrosos bizcochos.
Yo entonces era completamente feliz.
5
Llegó entonces el día en que mi padre se puso su mejor traje y ciñó su cuello con un ancho collarete bordado por Kipa. Iba al gran templo de Amón pese a que en el fondo de su corazón no quería mucho a los sacerdotes. Pero sin la ayuda y la intervención de los sacerdotes ni en Tebas ni en todo Egipto podía conseguirse nada. Los sacerdotes administraban justicia y dictaban sentencia de manera que un hombre osado podía apelar contra una sentencia dictada por el tribunal del rey ante un templo elegido en suerte para disculparse. Toda la enseñanza que abría las carreras importantes estaba en manos de los sacerdotes; ellos eran también quienes predecían la importancia de las crecidas y las cosechas y fijaban los impuestos sobre todo el país. Pero ¿a qué exponer lo que todo el mundo sabe?
Creo que mi padre debió forzarse para dar este paso. Había pasado toda su vida cuidando a los pobres alejado del templo y de la Casa de la Vida. Ahora, como los demás padres pobres, iba a hacer cola en la sección administrativa del templo, esperando que un sacerdote altivo consintiese en recibirlo. Me parece todavía ver a aquellos padres pobres que, con sus mejores vestiduras, se sentaban en el patio del templo, soñando ambiciosos una vida mejor para sus hijos. A menudo llegaban de muy lejos, en sus barcas por el río, con sus provisiones, y consagraban sus mezquinos recursos a sobornar a los guardianes y los escribas para llegar hasta el sacerdote ungido con un óleo precioso. Este frunce la nariz ante su pestilencia, les habla brutalmente. Y, sin embargo, Amón necesita sin cesar nuevos servidores. A medida que aumentan sus riquezas y su poderío, debe aumentar el número de sus servidores que sepan escribir; pero, a pesar de esto, cada padre considera como una gracia divina poder colocar a su hijo en el templo, mientras en realidad es él quien aporta, en la persona de su hijo, un don más preciado que el oro.
Mi padre tuvo suerte, pues no había esperado más que hasta la noche cuando vio pasar a su antiguo condiscípulo Ptahor, que era entonces trepanador real. Mi padre osó dirigirle la palabra y Ptahor prometió ir en persona a nuestra casa para verme.
El día fijado mi padre se procuró una oca y vino de calidad. Kipa cocinaba refunfuñando. Un maravilloso aroma de grasa de oca salía de nuestra casa, atrayendo a la multitud de ciegos y mendigos. Exasperada, Kipa acabó distribuyéndoles pedazos de pan mojados en la grasa y se alejaron. Thotmés y yo barrimos la calle delante de la casa, porque mi padre había dicho a mi amigo que se quedase para el caso en que Ptahor quisiera hablarle. No éramos más que dos chiquillos, pero cuando mi padre encendió los dos recipientes de incienso para perfumar la terraza, nos sentimos como en un templo. Yo custodiaba el jarro de agua perfumada y protegía de las moscas el bello pañuelo de lino que mi madre guardaba para su entierro, pero que ahora tenía que servir de toalla para las manos del ilustre visitante.
La espera fue larga. El sol se puso y el aire refrescó. El incienso se consumía en sus recipientes y la oca iba chisporroteando en la grasa. Yo tenía hambre y el rostro de Kipa se alargaba y endurecía. Mi padre no decía nada, pero no encendió las lámparas cuando cayó la noche. Estábamos sentados en bancos en la terraza y nadie tenía interés en ver el rostro de su vecino. Entonces fue cuando supe cuántos dolores y decepciones pueden causar los ricos a los humildes y a los pobres por su sola negligencia.
Pero, por fin, aparecieron antorchas en la calle y mi padre se levantó de su asiento y se precipitó hacia la cocina a fin de coger una brasa con que encender las dos lámparas. Yo levanté, temblando, el jarro de agua y Thotmés suspiró profundamente a mi lado.
Ptahor, el trepanador real, llegó en una simple silla de manos llevada por dos esclavos negros. Delante de la litera un servidor, visiblemente borracho, sostenía una antorcha. Gimiendo y gritando saludos, Ptahor se apeó de su silla y mi padre lo saludó poniendo sus manos a la altura de las rodillas. Ptahor le puso la mano sobre el hombro, bien fuese para demostrar que juzgaba aquella cortesía exagerada, bien para encontrar en él un punto de apoyo. Dio una patada al portador de la antorcha diciendo que se fuese a incubar su vino debajo del sicómoro. Los negros dejaron la litera en el macizo de acacias y se sentaron sin que se les invitase a ello.
Apoyando la mano sobre el hombro de mi padre, Ptahor subió los escalones de la terraza, yo le vertí el agua sobre sus manos a pesar de sus protestas y le tendí la servilleta. Pero él me rogó que puesto que le había mojado las manos se las secase. Después me dio amistosamente las gracias y dijo que era un buen muchacho. Mi padre lo instaló en el sillón de honor, prestado por un vecino, y nuestro huésped dirigió varias miradas a su alrededor. Durante algún tiempo nadie habló. Después pidió de beber porque tenía la garganta seca por el largo camino. Mi padre se apresuró a ofrecerle vino.
Ptahor lo husmeó con aire desconfiado; después lo bebió con manifiesto placer.
Era un hombrecillo de cabello cortado al rape y piernas torcidas; su barriga y su pecho pendían lacios bajo la delgada tela de su traje. Su cuello estaba adornado de pedrería, pero iba sucio y lleno de manchas. Apestaba a vino, sudor y ungüentos.
Kipa le ofreció bizcochos de especias, pescados fritos, frutos y la oca asada. Comió por cortesía, pese a que visiblemente salía de un banquete. Probó todos los platos e hizo de ellos alabanzas que alegraron a Kipa. A petición suya, llevé a los negros víveres y cerveza, pero respondieron a mi cortesía con improperios y me preguntaron si el barrigudo tardaría mucho en salir. El servidor roncaba bajo el sicómoro y no sentí deseos de despertarlo.
La velada fue muy confusa, pues mi padre se entregó a la bebida más de lo razonable, hasta el punto de que Kipa se fue a la cocina y se sentó moviendo tristemente la cabeza entre las manos. Cuando hubieron terminado la jarra de vino, bebieron los vinos medicinales de mi padre y acabaron contentándose con cerveza ordinaria, pues Ptahor afirmaba que no era exigente.
Evocaron los años de estudio en la Casa de la Vida, contaron anécdotas sobre sus maestros y se abrazaron tambaleándose con efusión. Ptahor explicó sus experiencias como trepanador real y dijo que era el último de los oficios para un médico especialista. Pero el trabajo no era penoso, lo cual ya era una ventaja apreciable para un perezoso como él. «¿No es verdad, mi viejo Senmut?» El cráneo humano, sin hablar de la garganta y las orejas que requieren los cuidados de un especialista, era, a su juicio, la cosa más difícil de aprender; por esto lo había elegido.
—Pero —añadió— si hubiese sido un médico enérgico, hubiera sido un buen médico ordinario y habría dado la vida en lugar de dar la muerte cuando los parientes están hartos de los viejos y de los enfermos incurables. Daría la vida como tú, amigo Senmut. Sería quizá más pobre, pero viviría una vida respetable y más sobria.
—No creáis una palabra, hijos míos —dijo mi padre—. Estoy orgulloso de mi amigo Ptahor, trepanador real, que es el hombre más eminente en su ramo. ¿Cómo no recordar sus maravillosas trepanaciones que salvaron la vida de tantos nobles y villanos y suscitaron un asombro general? Expulsa los malos espíritus que enloquecen a las gentes y extrae de los cerebros los huevos redondos de las enfermedades. Sus clientes reconocidos lo han colmado de oro y plata, y collares...
—He recibido dones de parientes reconocidos —dijo Ptahor con la lengua pastosa—. Porque si por azar curo un enfermo sobre diez o sobre cincuenta, no, digamos sobre cien, la muerte de los demás es mucho más cierta. ¿Has oído acaso hablar de un faraón que haya sobrevivido tres días a la trepanación? No, me mandan los incurables y los locos para que los trate con mi trepanador de sílex, y tanto más pronto cuanto más ricos o nobles son. Mi mano libra de los sufrimientos, mi mano distribuye las herencias, las tierras, el ganado y el oro; mi mano eleva un faraón al trono. Por eso se me teme, y nadie osa contradecirme, porque sé demasiadas cosas. Pero lo que aumenta el saber aumenta también el dolor, y por esto soy tan desgraciado.
Ptahor se echó a llorar y se sonó con el pañuelo funerario de Kipa.
—Eres pobre, pero honrado, Senmut —dijo sollozando—. Por esto te amo, porque soy rico, pero podrido. Podrido como una boñiga de vaca en el camino.
Se quitó el collar de piedras preciosas y se lo puso en el cuello a mi padre. Después entonaron cantos de los que no comprendí las palabras, pero Thotmés los escuchaba con éxtasis, diciendo que en las casas de los soldados no se oían canciones más crudas. Kipa comenzó a llorar en la cocina y uno de los negros acudió a levantar a Ptahor para llevárselo. Pero el trepanador se resistía y llamó a un servidor gritando que el negro quería asesinarlo. Como mi padre no estaba en estado de intervenir, fuimos Thotmés y yo quienes tuvimos que echar al negro a bastonazos. Gritando y lanzando juramentos, los dos negros salieron corriendo llevándose la litera.
Ptahor se vertió entonces la jarra de cerveza sobre la cabeza, reclamando ungüentos para frotarse el rostro, y quiso bañarse en el estanque del jardín. Thotmés me dijo en voz baja que deberíamos meter a los dos hombres en la cama y finalmente mi padre y su amigo durmieron uno al lado del otro en el lecho nupcial de Kipa, jurándose amistad eterna.
Kipa lloraba, se arrancaba los cabellos y se vertía ceniza sobre la cabeza. Yo me preguntaba qué dirían nuestros vecinos, pues los cantos debieron de oírse a gran distancia en el silencio de la noche. Pero Thotmés permaneció tranquilo y afirmó haber visto escenas mucho más violentas en la casa de los soldados y en la suya, cuando los hombres de los carros de guerra contaban sus antiguas hazañas y sus expediciones a Siria y al país de Kush. Declaró que la velada había sido muy animada, pese a que no se hubiesen llamado músicos ni cortesanas para divertirlos. Consiguió calmar a Kipa, y después de haber limpiado lo mejor posible las trazas del festín nos fuimos a dormir. El servidor siguió roncando bajo el sicómoro y Thotmés fue a mi cama, me pasó su brazo por el cuello y me habló de mujeres, porque también había bebido vino. Pero aquello no me divirtió porque era más joven que él y no tardé en dormirme.
Me desperté temprano al oír pasos en el dormitorio. Mi padre dormía todavía profundamente, con el collar de Ptahor, pero este estaba sentado en el suelo con la cabeza entre las manos, preguntándose con voz lastimera dónde estaba.
Yo le saludé respetuosamente con las manos a la altura de las rodillas, y le dije que estaba en el barrio del puerto, en casa de Senmut, médico de pobres. Estas palabras lo tranquilizaron y me pidió cerveza. Yo le recordé que se había vertido la jarra sobre la cabeza, como lo delataban sus vestiduras. Entonces se levantó, frunció el ceño y salió. Yo le vertí agua sobre las manos y se inclinó gimiendo, pidiéndome que también le vertiese agua sobre la cabeza. Thotmés, que se había despertado, apareció con un pote de leche agria y pescado salado. Ptahor se sintió muy restablecido y acercándose al sicómoro despertó a su servidor a bastonazos.
—¡Miserable puerco! ¿Es así como cuidas a tu señor y llevas la antorcha delante de él? ¿Dónde está mi litera? ¿Dónde mis vestidos limpios? ¿Y mis píldoras? ¡Fuera de mi vista, puerco miserable!
—¡Soy un cerdo! —respondió humildemente el servidor—. ¿Qué me ordenas, oh, señor?
Ptahor le dio sus órdenes y el hombre se marchó en busca de una silla de manos. Ptahor se instaló cómodamente bajo el sicómoro y recitó, apoyado contra el tronco, un poema en el que se hablaba del alba y de una reina que se bañaba en el río. Después nos contó historias graciosas. Kipa, después de haber encendido el fuego, fue al dormitorio, donde oímos su voz. Al cabo de un rato, mi padre, vestido con nuevas vestiduras, apareció con aire contrito.
—Tu hijo es hermoso —dijo Ptahor—. Tiene el talle de un príncipe y sus ojos son dulces como los de las gacelas. —Pero a pesar de que yo entonces fuera solo un chiquillo comprendí que hablaba de aquella forma para hacer olvidar su conducta de la víspera. Poco después añadió—: ¿Qué sabe tu hijo? ¿Los ojos de su espíritu son tan abiertos como los de su cuerpo?
Thotmés y yo fuimos a buscar nuestras tablillas. Después de haber dirigido una mirada a la cima del sicómoro, el trepanador real me dictó una poesía que recuerdo todavía.
Muchacho, goza de tu juventud,
porque la vejez tiene ceniza en la garganta
y el cuerpo embalsamado no se ríe
en la sombra de su tumba.
Yo hice cuanto supe y la escribí primero de memoria en escritura ordinaria. Después tracé las imágenes y finalmente escribí las palabras vejez, cuerpo y tumba de todas las maneras posibles, tanto en sílabas como en letras. Le tendí la tablilla y vi que no encontraba ni una sola falta. Sentí que mi padre estaba orgulloso de mí.
—¿Y este otro muchacho? —preguntó Ptahor señalando a Thotmés.
Mi amigo estaba sentado no lejos de nosotros y había dibujado alguna cosa. Vaciló antes de entregar su tablilla, pero sus ojos reían. Había dibujado a Ptahor poniendo su collar en el cuello de mi padre y vertiéndose la jarra de cerveza sobre la cabeza; en un tercer dibujo, mostraba a los dos amigos cantando cogidos por el cuello. Era tan divertido que podía casi adivinarse lo que gritaban. Yo sentí ganas de reír, pero no me atreví por miedo a que Ptahor se enfadase. Thotmés no le había favorecido. Estaba reproducido tan pequeño y calvo como era, tan patizambo y barrigudo como en la realidad.
Durante largo rato Ptahor no dijo nada; miraba atentamente ya los dibujos, ya a Thotmés. Mi amigo tuvo miedo y se puso de puntillas. Por fin, Ptahor habló:
—¿Cuánto quieres por ese dibujo? Te lo compro.
Pero Thotmés se sonrojó y dijo:
—Mi tablilla no está en venta. A un amigo se la regalaría.
Ptahor dijo:
—¡Bien contestado! Seamos amigos, y la tablilla es mía.
Miró nuevamente los dibujos, sonrió y rompió la tablilla contra una piedra. Todos tuvimos un sobresalto y Thotmés se apresuró a pedir perdón ante la eventualidad de haber ofendido al trepanador.
—¿Me enojaré acaso contra el agua en que he visto mi imagen? —preguntó lentamente Ptahor—. Pero la mano y el ojo del dibujante son más que el agua. Porque sé ahora el aspecto que ofrecía ayer, no quiero que nadie lo vea. Por esto he roto la tablilla, pero reconozco que eres un artista.
Thotmés saltó de júbilo.
Ptahor se volvió entonces hacia mi padre y recitó, mirándome con aire solemne, la antigua promesa de los médicos:
—Lo tomo para curarlo. —Y dirigiéndose a Thotmés añadió—: Haré lo que pueda.
Habiendo así vuelto a encontrar la jerga de los médicos, los dos amigos rieron satisfechos. Mi padre me puso la mano sobre la cabeza y me preguntó:
—Sinuhé, hijo mío, ¿querrías ser médico como yo?
Las lágrimas acudieron a mis ojos y mi garganta se contrajo hasta el punto que no pude contestar, pero asentí con la cabeza.
—No como él, ni tampoco como yo —dijo Ptahor, incorporándose y con la mirada fija y penetrante—, sino un verdadero médico. Porque nada es más grande que un verdadero médico. Delante de él el faraón está desnudo y el hombre más rico es igual que el más pobre.
—Quisiera ser un verdadero médico —dije yo tímidamente, porque era todavía un chiquillo y no sabía nada de la vida ni que la vejez desea siempre transmitir a la juventud sus sueños y sus ambiciones.
En cuanto a Thotmés, Ptahor le mostró el brazalete de oro de su muñeca y le dijo:
—¡Lee!
Thotmés descifró las imágenes grabadas y leyó:
—«La copa llena de júbilo mi corazón.»
Sonrió.
—No sonrías, granuja —dijo Ptahor con tono serio—. No se trata de vino. Pero si quieres llegar a ser artista, debes exigir tu copa llena. En todo verdadero artista es Ptah quien se manifiesta, el creador y constructor. El artista no es solamente el agua o un espejo, sino mucho más. Cierto es que el artista es a menudo un agua aduladora o un espejo mentiroso, pero a pesar de todo el artista es más que el agua. Exige la copa llena, muchacho, y no te contentes con lo que te digan; debes creer lo que ven tus ojos claros.
Me prometió entonces que recibiría una invitación para entrar en la Casa de la Vida y que haría cuanto pudiese porque Thotmés fuese admitido en la Escuela de Bellas Artes de Ptah.
—Muchachos, escuchad lo que os digo y olvidadlo en cuanto os lo haya dicho y olvidad también que es el trepanador real quien os lo ha dicho. Vais a caer en manos de los sacerdotes y Sinuhé será ordenado sacerdote, porque nadie puede ejercer la medicina, como tu padre y yo, si no ha sido ordenado. Pero cuando estéis entre las patas de los sacerdotes del templo, sed desconfiados como el chacal y astutos como la serpiente, a fin de no perderos ni cegaros. Pero exteriormente sed dulces como la paloma, porque solo cuando ha llegado a la meta puede el hombre descubrir su propia naturaleza. Siempre fue así, y así será siempre. Recordad bien lo que os digo.
Al cabo de un rato llegó el servidor de Ptahor con una litera de alquiler y vestiduras limpias para su dueño. La silla de manos de Ptahor había sido dejada en prenda en una casa de lenocinio por los negros, que dormían todavía allí. Ptahor dio orden a su esclavo de desempeñar la silla y los negros; se despidió de nosotros, aseguró a mi padre su amistad y regresó a su barrio elegante.
Así fue como pude entrar en la Casa de la Vida del gran templo de Amón. Pero al día siguiente Ptahor, el trepanador real, envió a Kipa un escarabajo sagrado artísticamente grabado en una piedra, para que mi madre pudiese llevarlo sobre su corazón, bajo los vendajes, en su tumba. No hubiera podido causarle un júbilo más grande, hasta el punto de que Kipa se lo perdonó todo y dejó de hablar a mi padre de la maldición del vino.
LIBRO SEGUNDO
LA CASA DE LA VIDA
1
En aquellos tiempos los sacerdotes de Amón en Tebas se habían atribuido el derecho exclusivo de la enseñanza superior y era imposible comenzar los estudios sin su consentimiento. Es fácil de comprender que tanto la Casa de la Vida como la Casa de la Muerte hayan sido en todos los tiempos instaladas en el interior de las murallas del templo así como la alta escuela de teología para los sacerdotes de grados superiores. En rigor, puede admitirse que las facultades de matemáticas y de astronomía dependan de su jurisdicción; pero cuando los sacerdotes hubieron acaparado la escuela de comercio y la facultad de derecho, las gentes de cultura comenzaron a preguntarse si el clero no se mezclaba en cuestiones que dependían del faraón o del fisco. Cierto era que no se exigía la ordenación para entrar en la facultad de comercio o de derecho, pero como Amón disponía al menos de un quinto de las tierras de Egipto y del comercio, y la influencia de los sacerdotes era considerable en todos los terrenos, toda persona deseosa de consagrarse al comercio o de entrar en la administración, obraba cuerdamente sometiéndose al examen de un sacerdote de grado inferior, convirtiéndose así en un obediente servidor de Amón.
La mayor de las facultades era naturalmente la de derecho, porque daba la competencia requerida para todas las funciones, ya se tratase del fisco, de la administración o de la carrera de armas. La pequeña tropa de los astrólogos y los matemáticos llevaban una existencia apacible en las salas de conferencias, despreciando profundamente a los adolescentes que afluían a los cursos de contabilidad y geodesia. Pero la Casa de la Vida y la Casa de la Muerte vivían aparte en el recinto del templo, y sus discípulos gozaban de la consideración temerosa de todos los demás estudiantes.
Antes de franquear el umbral de la Casa de la Vida, me era indispensable pasar el examen de sacerdote de grado inferior en la facultad de teología. Debí consagrar a ello tres años, porque al mismo tiempo acompañaba a mi padre en sus visitas a fin de aprovecharme de su experiencia. Vivía en casa, pero cada día asistía a los cursos. Los muchachos que tenían protector poderoso podían pasar en pocas semanas este examen, que comprendía, además de los elementos de lectura, escritura y cálculo, unos textos sagrados aprendidos de memoria, así como leyendas sobre las santas trinidades y las santas enéadas, que culminaban siempre en el rey de todos los dioses, Amón. El objeto de esta enseñanza maquinal era ahogar el deseo natural de los estudiantes de pensar por sí mismos e inspirarles una confianza ciega en la importancia de los textos aprendidos. Solo cuando estaba ciegamente sometido al poderío de Amón, podía el joven estudiante alcanzar el primer grado del sacerdocio.
Los candidatos a este sacerdocio estaban clasificados según los estudios que tenían intención de emprender más tarde. Nosotros, los futuros discípulos de la Casa de la Vida, formábamos un grupo aparte, pero no hallé en él ni un solo amigo. No había olvidado la prudente recomendación de Ptahor y me replegaba en mí mismo, obedeciendo humildemente las órdenes y haciéndome el distraído cuando los demás gastaban bromas o se mofaban de los dioses. Había entre nosotros hijos de médicos rurales, a menudo mayores que nosotros, y que, torpes y bronceados, trataban de disimular su extrañeza y balbucían estúpidamente sus lecciones. Había, en fin, muchachos de baja extracción que sentían una sed natural de saber y aspiraban a abandonar el oficio y la situación de sus padres; pero eran tratados severamente y con exigencia, porque los sacerdotes sentían por ellos una desconfianza innata, ya que veían en ellos gente descontenta de su suerte.
Mi prudencia me fue útil, porque no tardé en darme cuenta de que los sacerdotes tenían entre nosotros sus espías. Una palabra imprudente, una duda expresada en público o una broma entre compañeros, llegaba rápidamente a oídos de los sacerdotes y el culpable era interrogado y castigado. Algunos discípulos eran bárbaramente apaleados, otros relegados del templo, y la Casa de la Vida les era igualmente cerrada, tanto en Tebas como en cualquier parte de Egipto. Si eran enérgicos, podían ganar las colonias como ayudantes de los amputadores de las guarniciones o seguir una carrera en Siria o el país de Kush, porque la reputación de los médicos egipcios se había extendido por el mundo entero. Pero la mayoría fracasaban a medio camino y se quedaban convertidos en vulgares escribas si habían conseguido saber leer y escribir.
El hecho de saber ya leer y escribir me dio ventaja sobre muchos de mis condiscípulos de más edad que yo. Estaba ya a punto de entrar en la Casa de la Vida, pero mi ordenación se retrasaba y yo no tenía valor para preguntar las razones, porque hubieran visto en ello una rebelión contra Amón. Entretanto, perdía el tiempo escribiendo los Libros de los Muertos que vendía en los patios. Me rebelaba en espíritu y me ponía melancólico. Muchos de mis camaradas, incluso los menos dotados, habían comenzado ya a estudiar en la Casa de la Vida, pero quizá, gracias a las enseñanzas de mis padres, tenía yo mejor preparación que ellos. Más tarde comprendí que los sacerdotes de Amón habían tenido más cordura que yo, porque creían en mí, adivinaban mi rebelión y mis dudas y de esta forma me ponían a prueba.
Finalmente, me anunciaron que había llegado mi turno de ir a velar en el santuario. Durante una semana debía habitar en el interior del templo, con prohibición de franquear el recinto. Debía purificarme y ayunar, y mi padre se apresuró a cortarme los cabellos y convocar a nuestros vecinos a fin de celebrar mi madurez. En efecto, a partir de aquel día era ya un adulto, puesto que estaba en condiciones de recibir la ordenación, acto que, pese a su carácter insignificante, me colocaba por encima de mis vecinos y de mis camaradas.
Kipa había hecho cuanto estuvo en su mano, pero los pasteles de miel no me fueron agradables al paladar, y las pesadas bromas de mis vecinos no me divirtieron. Por la noche, después de la marcha de los invitados, mi melancolía ganó también a Senmut y a Kipa. Mi padre me informó del misterio de mi nacimiento, Kipa precisó algunos pormenores y yo conservaba la vista fija en mi cuna de cañas suspendida en el techo, encima de la cama. Aquellas cañas ennegrecidas y rotas me destrozaban el corazón, porque no tenía padre ni madre. Estaba solo en la vida, solo bajo las estrellas de la inmensa ciudad. No era quizá más que un miserable extranjero, y acaso mi nacimiento encerrase un infame secreto.
Con una herida en el corazón, entré en el templo con las ropas de iniciación preparadas con amor y solicitud por Kipa, mi madre.
2
Éramos veinticinco candidatos a la iniciación. Después del baño en el estanque del templo, nos afeitaron la cabeza y nos dieron vestiduras groseras. Nuestro ordenador resultó ser un sacerdote muy poco concienzudo. Según la tradición, hubiera podido someternos a ceremonias humillantes; pero había entre nosotros hijos de familia así como hombres ya hechos que habían pasado sus exámenes de derecho y querían entrar al servicio de Amón para asegurarse su porvenir. Tenían provisiones abundantes, ofrecían de beber al sacerdote y algunos de ellos iban incluso a pasar la noche en las casas de lenocinio, porque para ellos la ordenación no tenía significado alguno. Yo velaba con el corazón herido y era presa de muy tristes pensamientos. Me contentaba con un trozo de pan y un vaso de agua, nuestra pitanza prescrita, y esperaba con una esperanza ansiosa lo que tenía que ocurrir.
Porque era todavía tan joven que hubiera querido creer de una manera indecible. Durante la ordenación, se decía, Amón aparecía y hablaba con cada uno de los candidatos, y hubiera sentido un alivio inmenso si hubiese podido liberarme de mí mismo y penetrar en el secreto de las cosas. En compañía de mi padre, había visto la enfermedad y la muerte desde mi infancia, y mi mirada era más penetrante que la de los muchachos de mi edad. Para un médico, no hay nada tan sagrado como la muerte, ante la cual tiene que inclinarse, decía mi padre. Por esto dudaba, y todo lo que había visto en el templo durante tres años reforzaba mi incredulidad.
Pero acaso detrás de la cortina, en la oscuridad de lo sacrosanto, me decía, se oculte un misterio que desconozco. Acaso Amón se muestre a mí para apaciguar mi corazón.
Tales eran mis pensamientos mientras erraba por el corredor destinado a los profanos, contemplando las santas imágenes coloreadas y leyendo las inscripciones sagradas que referían cómo los faraones habían ofrecido a Amón inmensas dádivas procedentes de su botín. Entonces fue cuando vi ante mí una mujer bellísima vestida con un traje del más sutil lino, de manera que veía sus pechos y sus muslos a través de la tela. Era alta y delgada, sus labios, sus mejillas y sus cejas estaban pintados, y me miraba con una curiosidad provocativa.
—¿Cuál es tu nombre, bello muchacho? —me preguntó, mirando con sus ojos verdes mi túnica gris que delataba que me preparaba para la ordenación.
—Sinuhé —respondí yo confuso, sin osar levantar la vista.
Pero era tan bella y el aceite que corría por su frente olía tan bien que esperaba que me pediría que la guiase por el templo.
—Sinuhé —dijo ella, pensativa—. ¿Entonces tienes miedo y huyes si se te confía un secreto?
Pensaba sin duda en la leyenda de Sinuhé, lo cual me irritaba, porque ya me habían atormentado bastante en la escuela con la leyenda de Sinuhé. Por esto me erguí y la miré cara a cara. Pero su mirada era tan extraña, tan curiosa y brillante, que sentía mis mejillas sonrojarse y un fuego extraño devoró mi cuerpo.
—¿Por qué tendría miedo? Un futuro médico no teme nada.
—¡Ah…! —dijo ella sonriendo—. El polluelo pía ya antes de haber roto el cascarón. ¿Tienes entre tus camaradas un muchacho llamado Metufer? Es el hijo del constructor real.
Este Metufer era el camarada que había ofrecido vino al sacerdote, dándole, además, un brazalete de oro. Me sentí desagradablemente sorprendido, pero me ofrecí para ir a buscarlo. Me decía que quizá era una hermana suya o una parienta. Esta idea me tranquilizó y la miré sonriendo.
—Pero ¿cómo hacerlo puesto que no conozco tu nombre y no podré decirle quién pregunta por él?
—Lo adivinará —dijo golpeando el suelo con impaciencia. Esto me llevó a mirar su pie, que el polvo no había ensuciado y cuyas uñas estaban pintadas de rojo—. Sabrá quién pregunta por él. Acaso me deba algo. Quizá mi marido esté de viaje y espere a Metufer para consolarme en mi dolor.
Mi corazón se angustió nuevamente al pensar que era casada. Pero respondí valientemente:
—¡Bien, bella desconocida! Voy a buscarlo. Le diré que una mujer más joven y más bella que la diosa de la Luna pregunta por él. Así sabrá enseguida quién eres, pues el que te ha visto una vez no puede olvidarte jamás.
Asustado de mi osadía, di la vuelta, pero ella me sujetó del brazo, diciéndome con aire meditativo:
—¡Mucha prisa tienes! Espera, tenemos todavía muchas cosas que decirnos.
De nuevo fijó sus ojos en mí y el corazón saltó dentro de mi pecho. Después, tendió su brazo cargado de brazaletes y sortijas y me acarició la cabeza.
—¿Esta bella cabeza no tiene frío, ahora que no lleva ya sus bucles? —E inmediatamente añadió—: ¿Me has dicho la verdad? ¿Me encuentras realmente bella? ¡Mírame mejor!
La miré y vi que sus vestidos eran de lino real; era bella a mis ojos, más bella que todas las mujeres que había visto hasta entonces, y no hacía nada por ocultar su beldad. La miraba, y sentía cicatrizarse la herida de mi corazón; olvidaba a Amón y la Casa de la Vida, y su presencia quemaba mi cuerpo como el fuego.
—No contestes —dijo ella tristemente—. No tienes necesidad de contestar, porque seguramente me encuentras vieja y fea, incapaz de regocijar tus bellos ojos. Ve, pues, a buscar a Metufer, así quedarás libre de mí.
Pero yo no me alejé, ni sabía qué decir, a pesar de que comprendía que se estaba burlando de mí. Reinaba la oscuridad entre las gigantescas columnas del templo. El resplandor de la piedra arquitectónica brillaba en sus ojos y nadie podía vernos.
—Acaso no sea necesario que vayas a buscarle —me dijo sonriendo—. Si gozas y te places con mi compañía, me basta, porque no tengo a nadie con quien divertirme.
Entonces me acordé de las palabras de Senmut sobre las mujeres que invitan a los muchachos a divertirse con ellas. Fue este recuerdo tan brusco que retrocedí un paso.
—¿No adiviné acaso que Sinuhé tiene miedo? —dijo ella avanzando hacia mí.
Pero yo levanté la mano y dije rápidamente:
—Sé muy bien quién eres tú. Tu marido está de viaje; y tu corazón es un cebo pérfido y tu seno quema con mayor ardor que el fuego.
La bella desconocida mostró una leve confusión, pero sonrió de nuevo y me dijo:
—¿Eso crees? Pues no es verdad. Mi seno no quema como el fuego; por el contrario, se dice que es delicioso. Compruébalo tú mismo.
Me cogió la mano y la llevó a su pecho, del que sentí la belleza a través de la tenue tela; hasta tal punto que empecé a temblar y mis mejillas se sonrojaron.
—No me crees todavía —dijo con una decepción fingida—. Es que la tela te estorba; espera, deja que la separe.
Abrió su túnica y puso mi mano sobre su pecho desnudo. Sentí latir su corazón, pero su pecho era tierno y fresco bajo mi mano.
—Ven, Sinuhé —dijo en voz baja—. Ven conmigo, beberemos vino y nos divertiremos juntos.
—No debo alejarme del templo —dije, angustiado, sintiendo vergüenza de mi cobardía porque la deseaba y la temía tanto como a la muerte—. Debo conservarme puro hasta mi ordenación, de lo contrario me arrojarían del templo y no podría entrar jamás en la Casa de la Vida. ¡Ten piedad de mí!
Así hablé porque sabía que estaba dispuesto a seguirla si me lo hubiese pedido una sola vez más. Pero ella tenía experiencia y comprendió mi situación angustiosa. Dirigió una mirada a nuestro alrededor. Estábamos solos, pero la gente circulaba no lejos de nosotros y un guía explicaba a unos extranjeros las curiosidades del templo, exigiéndoles monedas de cobre para mostrarles nuevas maravillas.
—Muy tímido eres, Sinuhé —me dijo—. Nobles y ricos me ofrecen alhajas de oro para que acepte divertirme con ellos. Pero tú deseas permanecer puro, Sinuhé.
—Querrás sin duda que vaya en busca de Metufer —dije desamparado.
Sabía que Metufer no vacilaría en abandonar el templo toda la noche, pese a que fuese su turno de vela. Tenía medios de hacerlo porque su padre era constructor real; pero en aquel momento hubiera sido capaz de matarlo.
—Quizá no deseo ya que llames a Metufer —dijo con una expresión de malicia en los ojos—. Quizá también desee que nos separemos como buenos amigos. Por esto te diré mi nombre, que es Nefernefernefer; se me juzga tan bella que nadie, después de haber pronunciado mi nombre, puede evitar repetirlo dos o tres veces. También es costumbre que al separarse los amigos cambien regalos para no olvidarse mutuamente. Por esto te pido que me ofrezcas un regalo.
Así conocí de nuevo mi pobreza, porque no tenía nada que darle, ni siquiera un modesto brazalete de cobre que, por otra parte, no hubiera osado ofrecerle. Sentía tanta vergüenza de mí mismo que bajé la cabeza sin decir nada.
—Pues bien, dame algo que caliente mi corazón —dijo ella levantando con su dedo mi barbilla y aproximando su rostro al mío.
Cuando comprendí lo que deseaba toqué con mis labios sus labios tiernos. Lanzó un leve suspiro y dijo:
—Gracias, ha sido un bello regalo, Sinuhé. No lo olvidaré. Pero debes de ser seguramente extranjero, de un lejano país, porque no has aprendido a besar. ¿Cómo es posible que las cortesanas de Tebas no te hayan enseñado todavía este arte pese a que tu cabello está cortado ya?
Se quitó una sortija del pulgar, una sortija de plata y oro con una piedra verde sin grabar, y me la puso en un dedo.
—También yo debo hacerte un regalo para que no me olvides, Sinuhé —dijo—. Cuando hayas entrado en la Casa de la Vida, podrás hacerte grabar en ella tu sello y serás lo mismo que los nobles y los ricos. Pero recuerda que la piedra es verde porque mi nombre es Nefernefernefer y porque me han dicho que mis ojos son verdes como el Nilo bajo los rayos del sol.
—No puedo aceptar tu sortija, Nefernefernefer —y la repetición de este nombre me causó un goce indecible—. Pero no te olvidaré jamás.
—¡Qué tontería! —dijo ella—. Guarda la sortija, puesto que yo lo quiero. Guárdala a causa de mi capricho, porque sé que me traerá algún día un gran interés.
Agitó su dedo meñique delante de mis ojos y me dijo con coquetería:
—Desconfía siempre de las mujeres cuyo seno es más ardiente que el fuego.
Dio media vuelta y se alejó, prohibiéndome acompañarla. Desde la puerta del templo la vi subir a una litera ricamente adornada; el corredor salió para abrirle paso gritando. Vi a la gente apartarse y susurrar después, pero su marcha me dejó sumido en una espantosa sensación de vacío, como si me hubiese arrojado de cabeza a algún sombrío abismo.
Metufer vio la sortija en mi mano algunos días después, me cogió la mano y, contemplando la sortija, dijo:
—¡Por los cuarenta y dos babuinos de Osiris! Nefernefernefer, ¿verdad? ¡Jamás lo hubiera creído de ti!
Me miró con aire de respeto, pese a que el sacerdote me hubiese encargado barrer el suelo y realizar los más bajos menesteres porque no le había llevado ningún regalo.
En aquel momento odiaba a Metufer como solo puede odiar un adolescente. A pesar de que ardía en deseos de interrogarlo sobre Nefernefernefer, me abstuve porque no quería rebajarme tanto. Oculté mi secreto en mi corazón, porque la mentira es más exquisita que la verdad y el sueño más puro que la realidad terrestre. Admiraba la piedra verde en mis dedos, evocaba sus ojos y su delicioso seno y sentía el olor de su perfume. Sus labios dulces tocaban los míos y me consolaba, porque Amón se me había ya aparecido y mi fe se había derrumbado.
Por esto al pensar en ella murmuraba: «Hermana mía». Era a mis oídos como una caricia, porque desde la más remota antigüedad esta palabra ha significado: «Mi adorada».
3
Pero quiero contar aquí cómo se me apareció Amón.
La cuarta noche era mi turno de velar sobre el reposo de Amón. Éramos siete, de los cuales dos, Mosé y Bek, querían entrar también en la Casa de la Vida. Por esto los conocía.
Yo estaba debilitado por el ayuno y la tensión de espíritu. Gravemente seguíamos sin sonreír al sacerdote —¡que su nombre permanezca siempre en el olvido!— que nos llevaba hacia el santuario. Amón había descendido de su barca tras la montaña occidental, los guardianes soplaron en sus trompetas de plata y las puertas del templo fueron cerradas. Pero el sacerdote que nos guiaba se había saciado de la carne de los sacrificios, los frutos y los panecillos dulces, el aceite corría por su rostro y el vino había empurpurado sus mejillas. Riéndose, levantó la cortina y nos mostró el santo de los santos. Una enorme hornacina excavada en la roca albergaba a Amón, y bajo la luz de las lámparas sagradas, la pedrería de su cuello y su tiara lanzaban destellos rojos, verdes y azules; parecían ojos vivos. Al alba, bajo la dirección del sacerdote, debíamos ungirlo y cambiarle las vestiduras. Yo lo había visto ya durante la fiesta de la primavera, llevado en procesión en una barca de oro, y la gente se postraba delante de él. Lo había visto también durante las crecidas navegar por el lago sagrado en su real nave de cedro. Pero, pobre estudiante, no lo había visto más que de lejos, y su traje rojo no me había producido una impresión tan grande como ahora, bajo la luz de las lámparas y en el silencio absoluto del santuario. El color rojo estaba reservado a los dioses, y al mirarlo, me parecía que la estatua de piedra me aplastaba con todo su peso.
—Velad y orad por el dios —dijo el sacerdote, agarrándose de las cortinas porque sus piernas no estaban muy seguras—. Quizá os llamará por vuestros nombres, porque tiene la costumbre de mostrarse a los candidatos y hablarles, si los juzga dignos de ello.
Hizo rápidamente con la mano los signos sagrados, murmurando los nombres divinos de Amón, y dejó caer la cortina sin hacer tan solo una reverencia ni poner sus manos a la altura de las rodillas.
Salió dejándonos solos en el atrio sombrío, cuyas losas helaban nuestros pies desnudos. Después de su marcha, Mosé sacó una lámpara y Ahmose penetró sin embarazo en el santuario y usó del fuego de Amón para encenderla.
—Sería una locura estar a oscuras —dijo Mosé.
Y nos sentimos más tranquilos aunque algo intimidados. Ahmose tenía pan y carne. Mata y Nefru comenzaron a jugar a los dados gritando con una voz tan aguda que resonaba en todo el templo. Después de haber comido, Ahmose se envolvió en sus vestiduras y se tendió en el suelo, lanzando maldiciones contra la dureza de las losas; Sinufer y Nefru no tardaron en seguir su ejemplo.
Yo era joven y velaba, a pesar de saber que Metufer había regalado al sacerdote una jarra de vino, invitándolo a su habitación con otros dos hijos de buena familia, de manera que no podía venir a sorprendernos. Velaba, pese a saber, por haberlo oído decir, que todos los candidatos comían, jugaban o dormían. Mata comenzó a hablar del templo de Sekhmet, de cabeza de leona, donde la hija celeste de Amón se aparecía a los reyes guerreros y los besaba. Este templo estaba situado detrás del de Amón, pero no gozaba ya del favor del pueblo. Hacía décadas que el faraón no había vuelto a él y la hierba crecía por entre las grandes losas del patio. Pero Mata decía que no tendría ningún inconveniente en velar allá y besar la desnudez de la diosa, y Nefru lanzaba los dados, bostezaba y lamentaba no haber tenido la idea de proveerse de vino. Después, los dos se acostaron y pronto fui yo el único en velar.
La noche fue larga y, mientras los demás dormían, una profunda piedad se apoderó de mí, porque era todavía joven y me decía que había permanecido puro y observado todos los ritos, a fin de que Amón se me apareciera. Repetía sus nombres sagrados y aguzaba el oído al menor ruido poniendo en tensión mis sentidos, pero el templo permanecía vacío y frío. Hacia el alba la cortina del santuario se movió un poco, pero eso fue todo. Cuando la luz del día entró en el templo apagué la luz, presa de una decepción indecible, y desperté a mis compañeros.
Los soldados hicieron sonar sus trompetas, los guardias fueron relevados en las murallas y un murmullo indistinto procedente de los patios llegó hasta mí, como la resaca de las olas lejanas bajo el viento; así nos dimos cuenta de que el trabajo cotidiano del templo había comenzado. El sacerdote vino por fin con grandes prisas, seguido, con gran sorpresa mía, de Metufer. Los dos apestaban a vino, iban cogidos del brazo; y el sacerdote balanceaba las llaves de los cofres en su mano y repetía, ayudado por Metufer, las palabras sagradas antes de saludarnos:
—Candidatos Mata, Mosé, Bek, Sinufer, Nefru, Ahmose y Sinuhé, ¿habéis velado y orado, como está prescrito, para merecer vuestra iniciació
