1
Antes de ser Sauce fui Hierbajo. Mi abuela paterna, mi nainai, insistió en que era mejor llamarme Hierbajo. Creía que a los dioses les costaría más hundirme si ya estaba en el fondo. Papá discrepaba. «Los hombres quieren casarse con flores, no con hierbajos.» Después de discutirlo, se conformaron con Sauce, un árbol considerado «lo bastante delicado para llorar y lo bastante duro para convertirse en aperos de labranza». Siempre me pregunté qué habría opinado mi madre de haber estado viva.
Papá me mintió acerca de la muerte de mi madre. Tanto él como nainai me contaron que mamá había muerto al dar a luz. Pero yo me había enterado de que no había sido así por los cotilleos de los vecinos. Papá había «alquilado» su mujer a los «palos desnudos», los solteros de la ciudad, para saldar sus deudas. Uno de los solteros la dejó embarazada. Yo tenía cuatro años cuando sucedió. Para librar a mamá de la «semilla bastarda», papá compró unos polvos mágicos a base de raíces a un herborista. Los mezcló con té y se los dio a beber. Mamá murió junto con la semilla. A papá se le partió el alma, pues lo que él quería era matar al feto, no a su esposa. No tenía dinero para comprar otra mujer. Estaba enfadado con el herborista, pero no había nada que hacer, pues le habían advertido del riesgo que comportaba el uso de aquel veneno.
Nainai temía que los dioses la castigaran por la muerte de mamá. Creía que en su siguiente vida sería un pájaro enfermo y su hijo, un perro cojo. Nainai quemó incienso y rogó a los dioses que le rebajaran la pena. Cuando se quedó sin dinero para incienso, lo robó. Me llevaba a mercados, templos y cementerios. No actuábamos hasta que no oscurecía. Nainai se movía como un animal a cuatro patas. Entraba y salía de arboledas de bambú y vestíbulos de ladrillo, detrás de colinas y alrededor de estanques. Bajo la brillante luz de la luna, el largo cuello de nainai se estiraba. Su cabeza parecía encogerse. Sus pómulos se afilaban. Sus ojos rasgados se encendían mientras recorría los templos con la mirada. Nainai aparecía, desaparecía y volvía a aparecer como un fantasma. Pero una noche se detuvo. De hecho, se desplomó. Yo ya veía que estaba enferma. Se le caían mechones de pelo y el aliento le olía a podrido.
«Ve a buscar a tu padre —me ordenó—. Dile que se acerca mi final.»
Papá era un hombre apuesto que aún no había cumplido los cuarenta. Tenía lo que un adivino describiría como «la mirada de un rey antiguo» o «la energía del cielo y la tierra a la par», lo que significaba que era de frente cuadrada y mentón ancho. Tenía ojos de cordero, una nariz en forma de ajo que sobresalía de su rostro cual loma suave y una boca siempre dispuesta a sonreír. Lucía un cabello negro, abundante y sedoso. Cada mañana se lo peinaba y se lo recogía en una trenza mojada para que le quedara suave y brillante. Caminaba con la espalda recta y la cabeza levantada. Hablaba mandarín con acento imperial, sirviéndose de su voz como de un disfraz. Pero cuando perdía los estribos, su voz se despojaba de todo artificio. A la gente le chocaba que el señor Yee adoptara de repente un tono extraño. Desoyendo la opinión de nainai de que nunca vería realizadas sus aspiraciones, papá soñaba con trabajar un día como consejero del gobernador. Asistía a casas de té donde hacía alarde de su talento para la poesía clásica china. «Debo cultivar la agudeza mental y mis aptitudes literarias», solía decirme. A juzgar por el modo en que se presentaba, uno jamás hubiera imaginado que papá fuera un culi temporal.
Vivíamos en Chinkiang, una pequeña población alejada de la capital, Pekín, situada en la margen sur del río Yangtsé, en la provincia de Jiangsu. Nuestra familia era oriunda de la provincia de Anhui, una región dura donde la supervivencia dependía de una rutina interminable de esfuerzos físicos extenuantes. Mi familia trabajó durante generaciones la tierra fina y yerma de dicha región y tuvo que vérselas con la hambruna, las inundaciones, las langostas, los bandidos y los acreedores. Nainai se jactaba de ser ella quien había traído «suerte» a la familia Yee. Mi abuelo la había comprado cuando tenía cuarenta años. No se permitía mencionar que la adquisición había tenido lugar en una casa de alterne local. Cuando nainai estaba en la flor de la vida, tenía una silueta esbelta, con un cuello de cisne y unos ojos de zorro inclinados hacia arriba por ambos lados. Se pintaba la cara todos los días y se peinaba al estilo de la emperatriz. Se decía que a los hombres les bullía la sangre cuando nainai sonreía.
Cuando la familia cruzó el río Yangtsé y emigró al sur, nainai ya había dado tres hijos a los Yee. Papá era el mayor de todos y el único que fue al colegio. Mi abuelo esperaba sacar provecho de su inversión. Confiaba en que papá se convirtiera en contable para que la familia pudiera plantar cara a los recaudadores de impuestos del gobierno. Sin embargo, las cosas no salieron bien... el abuelo perdió a su hijo por la educación.
Papá se consideraba demasiado bueno para trabajar como culi. Con dieciséis años, tenía las costumbres caras y los sueños de los ricos. Leía libros sobre reforma política de China y mascaba hojas de té para refrescar su aliento a ajo de campesino. Una vida ideal, según contaba a los demás, consistía para él en «componer poemas a la sombra de ciruelos en flor», lejos del «ávido mundo material». En lugar de regresar a casa, papá viajó por todo el país, a expensas de sus padres. Un día recibió un mensaje de su madre. En él le informaba de que su padre y hermanos estaban gravemente enfermos, al borde de la muerte, a causa de una enfermedad infecciosa que se había extendido por su pueblo natal.
Papá se apresuró a regresar a casa, pero los funerales ya se habían celebrado. Los acreedores no tardaron en apoderarse de su casa. Nainai y papá cayeron en la pobreza y se convirtieron en culis. Aunque nainai juró que recuperarían la prosperidad perdida, ya no gozaba de buena salud. Cuando yo nací, nainai padecía una afección intestinal incurable.
Papá se esforzó por mantener su «dignidad intelectual». Siguió escribiendo versos e incluso compuso un poema titulado «El dulce aroma de los libros» para el funeral de mi madre. Invocando una espiritualidad recién descubierta, afirmaba que sus palabras serían un regalo mejor que joyas y diamantes para acompañar a su esposa en su siguiente vida. Si bien papá no se diferenciaba de un mendigo en cuanto a posesiones, siempre procuraba ir sin piojos. Se recortaba la barba para tener un aspecto cuidado y nunca desperdiciaba la oportunidad de hacer mención de su «honorable pasado».
El honorable pasado de papá no significaba nada para mí. En los primeros años de mi vida, la comida era lo único en lo que pensaba. Me despertaba con hambre por la mañana y me acostaba con hambre por la noche. A veces no podía dormir de los zarpazos que notaba en el estómago vacío. Vivía en un delirio, obligada a escarbar en la basura en busca de sobras. Pese al sustento que pudiera reportarme un golpe de suerte inesperado o una buena cosecha, el hambre siempre volvía a llamar a mi puerta.
Cuando tenía siete años, en 1897, las cosas no hicieron sino empeorar. Aunque su salud había seguido deteriorándose, nainai estaba decidida a hacer algo para mejorar nuestra suerte. Recuperando su antigua profesión, comenzó a recibir a hombres en la parte de atrás de la choza. Cuando me daban un puñado de semillas de soja tostadas, yo entendía que era hora de desaparecer. Me echaba a correr por los arrozales y los algodonales hasta el monte y me escondía en las arboledas de bambú, donde me ponía a llorar porque no soportaba la idea de perder a nainai como había perdido a mi madre.
Por aquel entonces, papá y yo trabajábamos en el campo como peones. Él sembraba arroz, trigo y algodón y cargaba estiércol. Yo me encargaba de plantar soja a lo largo de las lindes de los campos. Nos levantábamos cada día antes del amanecer para ir a trabajar. Por ser pequeña, me pagaban menos que a un adulto, pero estaba contenta de poder ganar dinero. Tenía que competir con otros menores, en especial niños. Siempre demostraba ser más rápida que ellos cuando se trataba de plantar soja. Utilizaba un palillo para hacer un agujero y tiraba dentro una semilla. Después echaba tierra encima y la aplastaba con el dedo gordo del pie.
El mercado de culis donde nos empleábamos se cerraba cuando terminaba la siembra. Luego no había manera de encontrar trabajo. Papá se pasaba los días recorriendo las calles en busca de ocupación. Nadie lo contrataba, aunque lo recibían con buenos modales. Yo lo seguía por toda la ciudad. Cuando lo vi paseando por las montañas de alrededor, comencé a dudar de su seriedad para encontrar un empleo.
—¡Qué espléndida vista! —exclamó papá maravillado mientras contemplaba el paisaje que se extendía a sus pies—. Sauce, ¡ven a admirar la belleza de la naturaleza!
Miré. El ancho Yangtsé fluía caudaloso y de un salto se ramificaba en pequeños canales y arroyos que bañaban las tierras del sur.
—Más allá de los valles se ocultan antiguos templos construidos hace cientos de años. —Papá volvió a alzar la voz—. ¡Vivimos en el mejor lugar que existe bajo el sol!
Yo sacudí la cabeza de un lado a otro y le dije que el demonio que tenía en el estómago me había sorbido el juicio.
Papá negó con un movimiento de cabeza.
—¿Qué te he enseñado yo?
Puse los ojos en blanco y recité:
—La virtud se mantendrá y acabará imponiéndose.
Al final la virtud dejó de mantener a papá. La sustituyeron los demonios que tenía en el estómago; lo pillaron robando. Los vecinos ya no querían relacionarse con él. La lástima era que papá no tenía madera de ladrón. Era demasiado torpe. Más de una vez presencié cómo lo molía a palos la gente a la que robaba. Lo tiraban a las aguas negras. A los amigos les contaba que había «tropezado con un tocón». Ellos le preguntaban entre risas si era el mismo tocón con el que había tropezado la última vez. Un día papá llegó sujetándose el brazo, que se le había descoyuntado.
«Me lo he merecido —dijo, maldiciéndose a sí mismo—. No debería haberle quitado la comida de la boca a un bebé.»
Para cuando cumplí ocho años yo era ya una ladrona avezada. Comencé robando incienso para nainai. Aunque papá me criticaba, sabía que la familia moriría de hambre si yo lo dejaba. Él se encargaba de vender lo que yo robaba.
Al principio cogía cosas pequeñas, como hortalizas, fruta, pájaros y cachorros. Luego opté por los aperos de labranza. Después de vender lo que yo robaba, papá iba directo a un bar de la zona para beber vino de arroz. Se lo tomaba poco a poco, a sorbos, cerrando los ojos como si se concentrara en el sabor. Cuando se le encendían las mejillas, se ponía a recitar su poema favorito. Aunque sus amigos le habían dado la espalda hacía ya tiempo, imaginaba que tenía un público delante:
El gran río Yangtsé fluye hacia el mar,
para nunca regresar, al igual que los gloriosos días de la dinastía.
¿Cuándo volverá a ser la hora de los héroes?
Aunque la música siga sonando, veloz y triunfal,
malograda la reforma, decapitados los reformadores,
las tropas extranjeras asolaron el país.
Y su Majestad se encerró en la isla de Yintai.
¿Dónde está la respuesta de los dioses?
Llora el sabio,
presa del desconsuelo y la desesperación...
Un día un hombre aplaudió. Estaba sentado en un rincón y se levantó para felicitar a papá. Era alto, un gigante para los chinos. Se trataba de un extranjero de ojos azules y pelo castaño, un misionero estadounidense. Estaba solo, con un libro voluminoso y una taza de té delante. Sonrió a papá y lo elogió por su excelente poema.
Absalom Sydenstricker se llamaba. La gente del lugar lo conocía como «el extranjero loco de ojos de demonio y nariz de arado». Era un elemento más de la ciudad desde que yo tenía memoria. No solo destacaba por su altura, sino también por el vello que le crecía cual maleza en los antebrazos y el dorso de las manos. Absalom se pasaba el año entero con una especie de túnica china de color gris. Por la espalda le caía una cola, que todo el mundo sabía que era postiza. Su atuendo le confería un aspecto ridículo, pero no parecía importarle. Absalom se pasaba el día persiguiendo a la gente por la calle. Intentaba pararlos y hablar con ellos. Quería hacerles creer en su Dios. De pequeños, nos enseñaban a rehuirlo. No nos dejaban decirle cosas que pudieran herir sus sentimientos, como «Largo de aquí».
A papá le resultaba familiar ya que, al igual que él, vagaba por las calles a todas horas. Papá llegó a la conclusión de que Absalom estaba haciendo méritos para que su Dios le ofreciera un pasaje al cielo cuando muriera.
«¿Por qué sino habría dejado su tierra para mezclarse con extraños?», se preguntaba papá.
Papá sospechaba que Absalom era un delincuente en su país. Aquel día escuchó por curiosidad lo que el extranjero tenía que decir. Más tarde lo invitó a casa para «seguir con la conversación».
Absalom aceptó encantado. No le importó el estado cochambroso de nuestra choza. Tomó asiento y abrió su libro.
—¿Le gustaría oír un relato de la Biblia? —sugirió.
A papá no le interesaban los relatos. Quería saber qué clase de dios era Jesús.
—A juzgar por cómo fue torturado, clavado y atado a unos postes y apuñalado hasta la muerte, debía de ser un soberano criminal. En China un tormento público tan minucioso solo se daría a un delincuente de alto estatus, como el antiguo primer ministro imperial, Su Shun.
La voz de Absalom rebosaba de entusiasmo. Comenzó a dar explicaciones, pero hablaba un chino difícil de entender.
Papá perdió la paciencia. Cuando Absalom hizo una pausa, aprovechó para interrumpirlo.
—¿Cómo va a proteger Jesús a los demás cuando ni siquiera supo protegerse a sí mismo?
Absalom agitó las manos en el aire y señaló con los dedos arriba y abajo antes de empezar a leer la Biblia.
Papá pensó que ya era hora de ayudar al extranjero.
—Los dioses chinos se entienden mejor —dijo—. Son más amables para con sus fieles...
—No, no, no. —Absalom sacudió la cabeza como el tamborilero de un mercante—. No me entiende...
—Escúcheme, extranjero, puede que mis sugerencias le sirvan. Vista a Jesús y dele un arma. Fíjese en nuestro dios de la guerra, Guan Gong. Lleva un traje de general hecho de metal pesado y una espada potente.
—Es usted un hombre inteligente —dijo Absalom a papá—, pero su fallo más grande es que es un entendido en todos los dioses salvo en el Dios verdadero.
Observé que el rostro de Absalom era como una enorme cama de opio con una nariz alta plantada en medio como una mesa. Sus cejas parecían dos nidos de ave bajo los cuales asomaban unos ojos azul claro. Tras su charla con papá, Absalom regresó a las calles. Yo lo seguí.
«¡Dios es vuestra mejor fortuna!», cantaba a los que se paraban frente a él.
Nadie le hacía caso. La gente se ataba los cordones de los zapatos, les limpiaba los mocos a sus hijos y seguía su camino. Absalom extendía sus largos brazos en el aire cual escobas. Cuando vio a papá de nuevo, sonrió. Papá le devolvió el gesto. Tardó un rato en comprender lo que Absalom trataba de decir.
«Hemos derramado sangre de forma ilícita —dijo Absalom, blandiendo la Biblia ante el rostro de papá—. Puede que fuera sin malicia, pero aún tenemos su mácula encima. La humanidad solo puede eliminarla mediante las plegarias y las buenas acciones.»
Descubrí dónde vivía Absalom. Estaba instalado en una casa de una sola planta situada en la parte baja de la ciudad. Sus vecinos eran culis y campesinos. Me pregunté qué le habría llevado a elegir aquel lugar. Aunque Chinkiang era la población más pequeña de la provincia de Jiangsu, había sido un importante puerto desde la antigüedad. Partiendo de la orilla del agua, las calles adoquinadas conducían a comercios y después al centro de la ciudad, donde se hallaba la embajada británica, la cual ocupaba el punto más elevado, con amplias vistas del río Yangtsé.
Si bien no era el primer misionero estadounidense que había viajado a China, Absalom afirmaba ser el primero en haberse establecido en Chinkiang a finales del siglo XIX. Según ancianos del lugar, poco después de su llegada, Absalom compró un terreno detrás del cementerio, donde construyó una iglesia. Su intención era evitar «molestar a los vivos», pero para los chinos molestar a los muertos era el peor delito que uno podía cometer. La alta sombra de la iglesia se extendía sobre el cementerio. Los ciudadanos protestaron. Absalom tuvo que abandonar la iglesia. Se trasladó a la parte baja de la colina y alquiló un local donde instalar su nueva iglesia. Era una sala de techos bajos, con vigas torcidas, tachuelas medio salidas y ventanas rotas.
La mayoría de la gente tenía a Absalom por un tonto inofensivo. A los niños les encantaba seguirlo. Lo que más llamaba la atención eran sus pies, por lo enormes que eran. Cuando Absalom pidió al zapatero local que le hiciera un par de zapatos chinos, se convirtió en noticia. La gente acudía a la tienda solo para ver la cantidad de material que necesitaría el encargo y saber si le cobrarían el doble.
Cuando le preguntaban qué motivo le había llevado a China, Absalom contestaba que estaba allí para salvar nuestras almas.
—¿Qué es un alma? —le preguntaba la gente entre risas.
Absalom nos hizo saber que el fin del mundo estaba cerca, y que todos moriríamos si no seguíamos a Dios.
—¿Qué pruebas tiene? —le preguntó papá.
—Para eso está la Biblia. —Absalom guiñó un ojo y sonrió—. El Señor explica la única verdad.
Papá decía que se sentía decepcionado con la descripción que daba Absalom del infierno occidental. El de los chinos era mucho más aterrador. A papá le encantaba cuestionar a Absalom en bares y casas de té. Se deleitaba con el corrillo de curiosos cada vez mayor que congregaba y su popularidad creciente. A espaldas de Absalom, papá reconocía que lo seguía por la comida, sobre todo por las galletas que preparaba al horno su esposa, Carie.
En comparación con nainai, Carie era una mujer grande. Tenía los ojos de color marrón claro y una cara redonda blanca, flácida y arrugada. Llevaba un sombrero de forma extraña que ella llamaba «capota». El interior de aquel gorro lo rellenaba su cabello castaño rizado. Carie iba todo el año con el mismo vestido oscuro, del color de un alga marina. La falda era tan larga que le arrastraba por el suelo.
Carie había prevenido a su marido contra papá, pues desconfiaba de él. No obstante, Absalom seguía tratándolo como a un buen amigo, si bien papá se negaba a ir a su iglesia de los domingos con regularidad.
Actuando como un verdadero artista, papá engañó a Absalom haciéndole creer que le interesaba su discurso, cuando lo que buscaba en realidad era darme la oportunidad de que pudiera robar. El día después de que me llevara el felpudo de la iglesia, oí gritar a Carie: «¡No hace falta cuidar nada porque vuela todo!».
2
Cuando Absalom nos mostraba sus dibujos basados en la Biblia, yo le preguntaba por los hombres de barba que llevaban aros dorados en la cabeza.
—¿Qué hacen caminando por el desierto envueltos en sábanas?
Absalom no sabía que yo solo le hacía preguntas para distraerlo, y así poder seguir robando.
A Absalom le costaba concentrarse, interrumpido como se veía por los gritos de la gente.
—Maestro Absalom, ¿cuándo conseguiremos comida? ¿Por qué no le pide a Dios que nos traiga comida ya?
Mientras Absalom seguía con su discurso, los niños le tiraban de los brazos y lo empujaban.
—¿Quién es la Virgen? ¿Quién es María?
—¿Quién es la Inmaculada? —pregunté en voz alta, pegándome a él como una lapa, con las manos dentro de sus bolsillos.
Para cuando Absalom me bendijo con un «Jesús te ama», yo ya le había quitado la cartera.
Tras meterme la cartera en el bolsillo con disimulo, me eché a correr por una callejuela en dirección a las afueras de la ciudad. Al sentir que me perseguían, atajé por un camino escabroso. Con todo, seguí notando aquellos ojos azules clavados en mi espalda. Pertenecían a una niña blanca como la nata que llevaba un gorro de punto negro. Era un poco más pequeña que yo. Siempre estaba sentada en un rincón de la iglesia, con un libro encuadernado en cuero en las manos. Su mirada parecía decir: «Te he visto».
Yo ya sabía quién era. Se trataba de la hija de Absalom y Carie. La criada de la familia la había llamado Pearl. La niña hablaba con la sirvienta en el dialecto de Chinkiang. Su madre y su padre no parecían necesitarla nunca; siempre estaba sola, leyendo.
Para deshacerme de ella, corrí lo más rápido que pude hacia el monte. Pasé los campos de trigo y algodón y, después de un par de kilómetros, me detuve. Al mirar a mi alrededor, me alegré de haberla perdido de vista. Respiré hondo y me senté. Estaba entusiasmada con mi cosecha.
Cuando me disponía a abrir la cartera, oí un ruido.
Alguien se acercaba.
Me quedé inmóvil, conteniendo la respiración.
Poco a poco giré la cabeza.
Detrás de mí, entre los matorrales, se hallaban aquellos ojos azules.
—¡Le has robado la cartera a mi padre! —gritó Pearl.
—No es verdad —contesté, imaginando la comida que se podría comprar con el dinero que había en aquella billetera.
—Sí que lo es.
—¡Demuéstralo!
—La tienes en el bolsillo.
Pearl dejó el libro e intentó meterme la mano en el bolsillo.
Yo la aparté de un codazo.
Ella cayó al suelo.
Yo agarré la cartera con fuerza.
Pearl se puso de pie. Sus labios rosados temblaban de rabia.
Nos miramos cara a cara. Me fijé en su frente cubierta de gotas de sudor. Tenía la piel blanca, como si se hubiera desteñido, y la nariz puntiaguda. Al igual que la cola postiza de su padre, el gorro de punto negro le servía para ocultar su cabello rubio rizado. Llevaba una túnica china bordada con flores de color añil.
—Dame la cartera o te las verás conmigo —me amenazó.
Yo le tiré un escupitajo.
Aproveché el momento en que se tapaba la cara con las manos para echar a correr.
Pearl atravesó los campos y subió y bajó una colina detrás de mí. Cuando logró cogerme, yo ya había escondido la cartera.
—Regístrame si quieres —le dije, levantando los brazos.
Ella así lo hizo, sin encontrar lo que buscaba.
Yo sonreí.
Pearl se quitó el gorro, jadeando. Unos rizos dorados le cayeron por la cara.
A partir de aquel momento me seguía a todas partes, y yo no podía robar. Me pasaba día y noche pensando en la manera de librarme de ella. Me enteré de que tenía una hermana menor, Grace. La criada china que cuidaba de ellas, Wang Ah-ma, llevaba mucho tiempo con la familia.
—Pearl y Grace se desviven por parecer chinas —les contaba Wang Ah-ma a sus amigas con las que se juntaba para hacer punto.
Se sentaban al sol a la puerta de la casa. Wang Ah-ma estaba tejiendo unos gorros nuevos para ambas. Con ellos se taparían su melena rubia para parecer chinas. Wang Ah-ma decía que tenía que darse prisa para acabarlos porque las niñas llevaban los gorros viejos ya raídos.
—Pobre Pearl, me suplica cada día que busque la manera de que le crezca el pelo negro.
—¿Y tú qué le has dicho? —le preguntaban las mujeres entre risas.
—Que coma semillas de sésamo negras, y ahora no hace otra cosa. Su madre pensaba que comía hormigas.
Antes de la siembra de primavera, los agricultores venían a la ciudad a proveerse de todo lo necesario para el año. Mientras los hombres compraban estiércol y llevaban a arreglar y afilar las herramientas, las mujeres se encargaban de revisar el ganado. En medio del ajetreo de puestos de comestibles y tiendas de suministros, yo buscaba la oportunidad para robar. Llevaba semanas sin tomar una buena comida.
Papá había empeñado casi todos los muebles que teníamos. Había desaparecido la mesa, los bancos y hasta mi propia cama. Ahora dormía en una estera puesta sobre el suelo de tierra apisonada. Los ciempiés me pasaban por encima de la cara en mitad de la noche. Nainai padecía una enfermedad que no tenía cura. Apenas podía moverse de la única cama que aún conservábamos. Papá se pasaba más tiempo con Absalom para ver si este lo contrataba.
«Absalom necesita mi ayuda —decía papá cada día—. No sabe contar historias. La gente se duerme con él. Debería ser yo quien explicara sus relatos de la Biblia. Yo podría dar un nuevo rumbo a su negocio.»
Sin embargo, a Absalom solo le interesaba salvar el alma de papá.
Una noche oí a papá comentar a nainai en voz baja:
—Sería una dote generosa.
Tardé un rato en entender a qué ser refería. Uno de sus amigos le había hecho una oferta para comprarme como su concubina.
—Pero ¿cómo vas a vender a Sauce? —Nainai se golpeó el pecho con el puño—. Si no es más que una niña.
—Para hacer dinero primero hay que tenerlo —le rebatió papá—. Además, necesitas medicinas. El médico ha dicho que estás empeorando...
—¡Mientras me quede un hálito de vida, ni se te ocurra! —espetó nainai, fuera de sí.
¿Y si moría nainai? Entonces me asusté. Por primera vez esperé que llegara el domingo para poder ir a la iglesia, donde Absalom hablaba del cielo y Carie servía comida. Papá y nainai querían unirse a mí, pero les daba vergüenza mostrar su desesperación delante de extraños.
La iglesia de Absalom se reducía a una sala con bancos. Las paredes eran de color barro. Absalom decía que el suyo era un dios humilde, que se preocupaba más por sus discípulos que por la apariencia de su templo. También decía que estaba recaudando fondos para construir una iglesia de verdad.
Me daban ganas de responderle que a la gente le traía sin cuidado su Dios y su iglesia. Si iban allí era por la comida. Esperábamos a que Absalom terminara de predicar. Teníamos que aguantarlo. Yo gritaba de alegría cuando llegaba el momento de batir palmas y decir «Aaamén».
Después de comer nos sentíamos bien. Entonábamos canciones para dar gracias al Dios de Absalom. Carie nos enseñaba himnos y oratorios. El primero que Carie nos cantó se llamaba «Amazing Grace».* Su chorro de voz sorprendió a todo el mundo. Tenía la profundidad que una canción china. Tanto que hizo vibrar toda la sala. Sonaba como la cascada de un manantial que bajaba de las montañas. La cara redonda y flácida de Carie adoptó una expresión de dulzura mientras proyectaba las notas hacia el techo sin esfuerzo.
Me enamoré de «Amazing Grace». Aquel canto me conmovió de un modo extraño. Aunque me crié escuchando óperas chinas, fue la canción de Carie la que me hizo pensar en mi madre. Nunca antes había sido capaz de imaginar el aspecto que tendría. Dicha canción me evocó su imagen, vívida y clara. Mamá era tan hermosa como una diosa china. Casi llegaba a oler su fragancia. Tenía un rostro ovalado y unos ojos de mirada tierna llenos de vida. Era bajita pero regordeta.
«Ven, mi niña —le oí decir—. No sabes cuánto deseaba verte.»
Los ojos se me llenaron de lágrimas. Noté que no era la única que estaba enamorándose de «Amazing Grace». Nainai quería que aprendiera la canción para que pudiera cantarla en su funeral.
Carie tenía un instrumento gigantesco que llamaba «piano». A menudo lo tocaba para acompañar su canto. Sus dedos bailaban sobre las teclas mientras ella permanecía sentada en un taburete con los bajos del vestido arrastrando por el suelo. Pasamos muchas tardes de domingo juntas. Carie me enseñó «Amazing Grace», palabra por palabra. Cuando volvía a casa, practicaba delante de nainai y papá:
Amazing Grace,
How seet the sound,
That saved a wretch like me.*
Yo entonaba igual que si cantara una ópera china, con una voz intensa y sonora:
I once was lost but now am found,
Was blind but now I see.*
A papá y nainai les gustaba mucho aquella canción y estaban impacientes por ver cómo seguía. Tuve que decirles que aquello era todo lo que había logrado aprender por el momento.
Papá se quedó callado un rato antes de decir:
—Aunque «Amazing Grace» es una canción extranjera, habla de nosotros, pues estamos perdidos, confundidos y asustados.
Nainai se mostró de acuerdo con él.
—Sauce —añadió, volviéndose hacia mí—, haz que Carie te la enseñe entera; podría irme en cualquier momento.
Le pregunté si se iría al cielo y en tal caso si se reuniría con mi madre. Nainai asintió.
—A tu madre le encantaría oírte cantar «Amazing Grace».
Fui a ver a Carie y le rogué que me enseñara el resto de la canción. Ella se alegró muchísimo. Me sentó junto a ella frente al piano y comenzó a cantar:
The Lord has promised good to me,
His Word my hope secures;
He will my shield and portion be,
As long as life endures.*
Carie cambió la voz, adoptando un tono de ternura que me recordó el suave fluir de un arroyo a través de un prado:
And mortal life shall cease;
I shall possess within the veil,
A life of joy and peace.*
A través de Wang Ah-ma nos enteramos de que Carie había perdido a cuatro de sus hijos después de llegar a China. «No conozco a ninguna mujer que haya pasado por algo peor... perder a cuatro varones», dijo Wang Ah-ma con un suspiro, levantando cuatro dedos.
Según ella, Carie tenía los nombres de sus cuatro hijos muertos grabados en el cabecero de la cama. «La señora habla con sus espíritus cada noche antes de dormirse.»
La gente se preguntaba qué cosas comería la familia de Absalom y a qué sabrían.
—Queso y mantequilla —respondió Wang Ah-ma. Se metió un dedo en la garganta y se dobló para simular que le venían arcadas—. Huele a tofu podrido.
—¿Y Pearl? —pregunté.
—Pearl es distinta. Tiene un estómago chino. —Wang Ah-ma esbozó una sonrisa de aprobación—. Pearl come lo que yo como. Es fuerte como un roble.
—¿Quieres decir que no morirá como sus hermanos? —quise saber.
Wang Ah-ma bajó la voz hasta hablar en un susurro.
—No me explico que cuatro de los hijos de Carie tuvieran que morir. Y de la misma enfermedad. Padecían de lo mismo que los niños chinos. ¿Por qué los de aquí sobrevivían y ellos no? El cuerpo de Pearl ha aprendido a luchar contra la enfermedad como si fuera china. ¡Y vaya si lo ha logrado! Buda es testigo.
Los que la escuchaban asintieron con admiración.
—¡Cuánto has hecho por tu señora, Wang Ah-ma!
El rostro de la sirvienta floreció como un loto de verano.
—Pearl come ración doble. Una en la cocina con los criados, y la otra con sus padres. La niña tiene un apetito increíble. Le encantan las nueces de soja y de loto y las algas asadas. Lo que más le gusta son las tortitas de cebolleta, que compro cada semana expresamente para ella.
Debería haberlo visto venir cuando Pearl me pilló. Yo tenía la boca llena de tortita, que había robado a Wang Ah-ma. Pearl esperó el momento oportuno para asegurarse de tener un testigo. Me sorprendió con la mano en el cesto de la criada, aunque esta ni se había dado cuenta de lo que ocurría.
Pearl me llevó a rastras ante Carie, que estaba sentada frente al piano.
Los vecinos la siguieron.
Avisaron a papá y nainai.
—De tal palo, tal astilla —gritaban los niños entusiasmados—. ¿Qué se puede esperar del ejemplo que da el padre?
—La he cogido con las manos en la masa —anunció Pearl.
Carie no miró a su hija, sino que se volvió hacia mí.
—Tú no lo has hecho, ¿verdad, Sauce? —me preguntó, cerrando la tapa del piano.
Temiendo que papá y nainai quedaran mal delante de toda la ciudad, mentí descaradamente.
—No, yo no he hecho nada.
Carie se levantó para saludar a papá y nainai.
—Perdonen —les dijo con voz dulce—, mi hija se ha equivocado.
—Pero ¡madre! —la interrumpió Pearl—. ¡Te digo que he sorprendido a Sauce in fraganti! —Pearl se volvió hacia Wang Ah-ma—. Ah-ma, por favor, cuéntale a madre la verdad...
—Señora —dijo la criada, dando un paso adelante—. Pearl no se ha equivocado...
Carie le hizo una seña con la mano derecha para que dejara de hablar y le dijo:
—Ah-ma, la sopa que tienes en el fuego está hirviendo.
—No está hirviendo, señora. Le acabo de echar un ojo.
—Pues ve a mirar otra vez —le ordenó Carie.
—Sí, señora —respondió Wang Ah-ma, asintiendo con la cabeza—, ahora voy. Pero le aseguro que Pearl tiene razón con lo de la tortita. Sauce la ha robado.
—No, Sauce no la ha robado —repitió Carie sin dirigir la vista a nadie.
Nainai y papá se miraron aliviados.
—¡Madre! —A Pearl le caían lágrimas por las mejillas—. ¡Huélele el aliento y verás cómo apesta a cebolleta!
—Basta ya, Pearl. —Carie hizo un ademán para dar por zanjada la discusión.
—Te lo juro por Dios. —Pearl se puso a llorar.
—Ve a poner la mesa —le mandó Carie—. Tu padre está al caer.
—¡Madre, no soy yo quien ha mentido!
—Yo no he dicho que hayas mentido, Pearl.
Aquella tarde lo pasé mal. Me notaba el cuello agarrotado, como si lo tuviera aplastado bajo una rueda de molino. Subí al monte para estar sola y no me moví de allí hasta que se puso el sol y vi regresar a los barqueros. La niebla comenzó a extenderse por la orilla del río. Los pulmones se me cargaron de humedad. Por la noche no pude dormir. Me corroía la vergüenza. El rostro lloroso de Pearl me rondó toda la noche. Lo primero que hice al levantarme fue reconocer ante papá y nainai que había cogido la tortita.
No les sorprendió.
3
Las casas de té celebraban la primavera organizando fiestas. «Hombres de letras» se reunían en torno a camelias, melocotoneros y ciruelos en flor y componían poemas. A papá le encantaban las fiestas y a mí las flores de los melocotoneros, que parecían nubes rosadas. Luego venía la estación húmeda de abril. En el sur de China la lluvia no caía en forma de chaparrón, sino en una densa niebla que lo cubría todo. Cuando sacaba un brazo por la puerta, no notaba que me cayeran gotas. Pero en cuanto salía al exterior, me envolvía un manto de agua. A los diez minutos de estar caminando, acababa con la ropa empapada. Si me pasaba una mano por la cara, me quedaba toda mojada. El cabello se me aplastaba poco a poco, y se me pegaban los pelos al cráneo.
En cuestión de un mes el río crecía varios centímetros. El agua y el cielo se fundían en un solo gris. Se veían sapos, anguilas, lombrices y sanguijuelas por doquier. Los caminos de tierra se convertían en barrizales casi impracticables. El bambú crecía con tanta fuerza que cuando llegaba el verano cubría la ladera sur de las colinas.
Yo tenía los dientes verdes de mascar algodoncillos. Acababa de cumplir nueve años. Cada vez me resultaba más difícil contener las ganas de robar. Pensaba mucho en un muchacho que nos había visitado durante el Año Nuevo chino anterior. Era un pariente lejano y tenía diecisiete años. Se llamaba San-bao. Trabajaba como aprendiz del herrero local. En lo que pensaba real mente era en las nueces de soja que había prometido regalarme. Me preguntaba cuándo cumpliría con su promesa.
Mis piernas me llevaron hasta el taller de San-bao. Lamenté no ir mejor vestida. A San-bao le sorprendió verme. Iba con un delantal sucio y los hombros al descubierto. Era un joven fuerte y jovial con una mandíbula de caballo. Bajo la piel se le marcaban unas venas gruesas que parecían lombrices. San-bao dejó el mazo y me preguntó cuál era el motivo de mi visita.
No podía contarle la verdad. No podía decirle que había ido allí por las nueces de soja. Le respondí que pasaba por allí sin más. Él sonrió con regocijo.
—¿Has comido? —me preguntó al cabo de un instante.
—No. —Me dio vergüenza contestar tan rápido.
—¿Qué te apetece?
Antes de que pudiera morderme la lengua, se me escapó:
—Unas nueces de soja estarían bien.
—Ah, claro, nueces de soja —repitió San-bao, recordando su promesa. Me pidió que esperara un momento y se metió en el taller. Al salir, me dijo—: Vamos a dar una vuelta y te compro las nueces de soja.
En cuanto San-bao las pagó, cogí la bolsa.
—No, aún no —dijo San-bao, quitándome las nueces—. No quiero que los niños mendigos se abalancen sobre ti. Vamos a buscar un sitio tranquilo donde sentarnos.
Lo seguí hasta la parte de atrás del viejo cementerio, donde las malas hierbas llegaban hasta la cintura. Vi unos cuervos negros alzar el vuelo y unos ratones de campo corretear entre los arbustos de bayas silvestres. Nos sentamos. San-bao me observó mientras yo comía las nueces de soja. En cuanto me las acabé, me rodeó los hombros con el brazo.
—Me porto bien contigo, ¿verdad? —me preguntó.
Yo asentí, sintiéndome un tanto incómoda.
—Hazme un favor —dijo, cogiéndome la mano para ponerla sobre su entrepierna.
Yo me quedé horrorizada.
—No tienes por qué ponerte tan seria. —San-bao sonrió con sorna.
—Me voy a casa.
