uno de ellos clavara el cuchillo hasta el mango en el pecho abombado de Windle.
El mago miró el instrumento.
—¡Eh! ¡Que esta era mi mejor túnica! —gritó—. ¡Quería
que me enterraran con...! ¡Mirad lo que habéis hecho! ¿Sabéis
lo difícil que es zurcir la seda? Mirad, mirad... y esto no hay
quien lo cosa...
Se quedó escuchando. No se oía más sonido que el de las pisadas, ya lejanas, pero todavía apresuradas.
Windle Poons se arrancó el cuchillo del pecho.
—Podría haberme matado —murmuró al tiempo que lo tiraba a un lado.
En el sótano, el sargento Colon recogió uno de los objetos que se encontraban desperdigados en grandes montones por el suelo.
—Debe de haber miles —señaló Ruina, tras él—. Me gustaría saber quién los ha puesto aquí.*
El sargento Colon no dejaba de dar vueltas al objeto entre sus manos.
—Nunca había visto cosas semejantes —dijo. Lo sacudió. Su rostro se iluminó—. Es bonito, ¿no?
—La puerta estaba cerrada, como siempre —insistió Ruina—. Y estoy al día con los pagos al Gremio de Ladrones.
Colon sacudió el objeto de nuevo.
* Aunque en el Mundodisco no son muy habituales, es cierto que existen los anticrímenes, siguiendo la norma fundamental según la cual, en el Multiverso, todo tiene su opuesto. Obviamente, los anticrímenes son escasos. Por el simple hecho de dar algo a alguien, no se está cometiendo un antirrobo. Para que exista un anticrimen, hay que hacerlo de tal manera que cause ultraje y/o humillación a la víctima. Existen, por ejemplo, los asaltos-con-reparación-de-la-propiedad, las antidifamaciones (como en los discursos de las fiestas de jubilación), el antichantaje (como amenazar con revelar a los enemigos de un mafioso sus donativos secretos para obras de caridad). Los anticrímenes nunca se han puesto muy de moda.
—Muy bonito —repitió.
—¿Fred?
El sargento Colon, fascinado, miraba cómo caían los diminutos copos de nieve dentro de la pequeña esfera de cristal.
—¿Mmm?
—¿Y qué se supone que debo hacer?
—Ni idea. Supongo que son tuyos, Ruina. Aunque, la verdad, no entiendo por qué ha querido nadie deshacerse de
ellos.
Se volvió hacia la puerta. Ruina se interpuso en su camino.
—Entonces, son doce peniques —dijo con voz amable.
—¿Qué?
—Doce peniques. Por el que te acabas de guardar en el bolsillo, Fred.
Colon se sacó la esfera del bolsillo.
—¡Anda ya! —protestó—. ¡Si tú te los has encontrado!
¡No te han costado nada!
—Sí, pero está la cuestión del almacenamiento... el embalaje...
—Dos peniques —replicó Colon a la desesperada.
—Diez peniques.
—Tres peniques.
—Siete peniques... y voy a la ruina, para que lo sepas.
—Hecho —suspiró el sargento, de mala gana.
Sacudió una vez más la esfera.
—Muy bonito, desde luego —dijo.
—Vale lo que cuesta —asintió Escurridizo. Se frotó las manos, esperanzado—. Seguro que se venden como churros, ¿no
crees? —dijo al tiempo que cogía un puñado y los metía en
una caja.
Cerró la puerta cuando salieron.
En la oscuridad, algo hizo plop.
Ankh-Morpork siempre ha tenido fama y tradición por la bienvenida que da a seres de todas las razas, colores y formas, siempre que traigan dinero para gastar y un billete de vuelta.
Según la popular publicación del Gremio de Comerciantes, Bienbenido a Ankh-Morporke, ciudad de las mil sorpresas: «Tú, nuestro visitante, recibirás una Calurosa Bienbenida en las numerosas tavernas y hostales de esta Antiquísima Ciudad, en la que muchos establecimientos de restauración se esfuercan en satisfacer los gustos del que yega de lejos. Ya seas hombre, troll, enano, duende o gnomo, Ankh-Morporke alzará su Copa contigo y exclamará: ¡Salud! ¡Sí, tú, el de allá! ¡Te toca pagar la próxima ronda!».
Windle Poons no sabía adónde iban los no-muertos cuando querían divertirse. Todo lo que sabía, y lo sabía a ciencia cierta, era que, si se lo podían pasar bien en algún lugar, seguramente podrían hacerlo en Ankh-Morpork.
Su andar trabajoso le llevó hacia la zona interior de las Sombras. Solo que, ahora, ya no era tan trabajoso.
Durante más de un siglo, Windle Poons había vivido entre los muros de la Universidad Invisible. Desde la perspectiva de los años acumulados, había vivido mucho tiempo. Desde la perspectiva de la experiencia, tenía unos trece años.
En aquellos momentos, estaba viendo, oyendo y oliendo cosas que no había visto, oído ni olido jamás.
Las Sombras era la zona más antigua de la ciudad. Si se pudiera hacer una especie de mapa en relieve de la pecaminosidad, la maldad y la inmoralidad generalizada, como esas representaciones del campo gravitatorio en torno a un agujero negro, entonces, incluso en Ankh-Morpork, las Sombras estarían representadas por una columna. De hecho, las Sombras se asemejaban notablemente al fenómeno astronómico antes mencionado: tenían una cierta atracción poderosa, de allí no salía ninguna luz y, desde luego, podía convertirse en un portal hacia otro mundo. Hacia el otro.
Las Sombras eran una ciudad dentro de la ciudad. Las calles estaban abarrotadas de gente. Figuras encubiertas, casi ocultas bajo sus capotes, pasaban sigilosamente junto a él. Por el hueco de escaleras que se hundían en el suelo se elevaba una música extraña. Y también le llegaban olores pronunciados, excitantes.
Poons pasó junto a tiendas de comida para duendes, y vio bares de enanos de los que salían los sonidos para las canciones y las peleas, dos actividades que los enanos generalmente practicaban al mismo tiempo. Y también había trolls, que se movían entre las multitudes como... bueno, como gente enorme moviéndose entre gente pequeña. Y no caminaban tambaleándose.
Hasta entonces, Windle solo había visto trolls en las zonas más selectas de la ciudad,* donde se movían con exagerada cautela por si, accidentalmente, aporreaban a alguien hasta matarlo y luego se lo comían. En las Sombras caminaban a zancadas, con las cabezas bien altas, tanto que casi les sobresalían por encima de las paletillas.
Windle Poons se movía entre la multitud como una bola mal lanzada en una máquina de millón. Aquí, una ráfaga de humo estruendoso procedente de un bar le lanzaba de vuelta a la calle; allá, un portal discreto que prometía placeres inusuales y prohibidos le atraía como un imán. En la vida de Windle Poons no había habido demasiados placeres, ni siquiera de los usuales y permitidos. En una puerta iluminada por una luz rosada, algunos dibujos esquemáticos le dejaron todavía más desconcertado, pero con unas ganas increíbles de aprender pronto.
Dio vueltas y más vueltas por la zona, agradablemente atónito.
¡Qué lugar! ¡A tan solo diez minutos andando o quince minutos tambaleándose de la Universidad! ¡Y él ni siquiera había sabido que existía! ¡Cuánta gente! ¡Cuánto ruido! ¡Cuánta vida!
Algunas personas, de diferentes formas y especies, tropezaron con él. Una o dos empezaron a decir algo, pero cerraron las bocas a toda velocidad y se alejaron precipitadamente.
* O sea, en cualquier zona que no fuera Las Sombras.
Todos iban pensando... ¡sus ojos! ¡Como taladros!
Y, entonces, una voz se dirigió a él desde la penumbra de un edificio.
—¡Hola, machote! ¿Quieres pasarlo bien?
—¡Oh, sí! —respondió Windle Poons, embriagado ante
tantas maravillas—. ¡Oh, sí! ¡Sí!
Se dio media vuelta.
—¡Mierda!
Se oyó el ruido de unas pisadas que se alejaban apresuradamente por un callejón.
Windle se quedó mustio.
Obviamente, la vida solo era para los vivos. Quizá lo de volver a su cuerpo había sido un error. ¡Qué equivocado había estado al pensar lo contrario!
Se dio la vuelta y, sin apenas preocuparse por mantener el ritmo de los latidos de su corazón, echó a andar de vuelta a la Universidad.
Windle recorrió con pasos cansados el patio cuadrangular hasta llegar a la Gran Sala. Tenía que hablar con el archicanciller, él sabría qué hacer...
—¡Ahí está!
—¡Es él!
—¡Atrapadle!
El tren de pensamiento de Windle se despeñó por un acantilado. Miró a su alrededor, contemplando los cinco rostros congestionados, preocupados y, por encima de todo, conocidos.
—Ah, hola, decano —dijo con un suspiro de tristeza—. Vaya, ¿también está aquí el filósofo equino? Ah, y el archicanciller, esto es...
—¡Cogedle el brazo!
—¡No le miréis a los ojos!
—¡Cogedle el otro brazo!
—¡Esto es por tu propio bien, Windle!
—¡No es Windle! ¡Es una Criatura de la Noche!
—Os aseguro que...
—¿Ya le habéis cogido las piernas?
—¡Cogedle la pierna!
—¡Cogedle la otra pierna!
—¿Ya le habéis cogido todo? —rugió el archicanciller con
voz de trueno.
Los magos asintieron.
Mustrum Ridcully rebuscó entre los gigantescos pliegues de su túnica.
—¡Muy bien, demonio con forma humana! —aulló—. ¿Qué te parece esto, eh? ¡Ajá!
Windle entrecerró los ojos para observar el pequeño objeto que el archicanciller blandía bajo su nariz con gesto triunfal.
—Bueno, eh... —empezó tímidamente—. Pues parece... sí... mmm... sí, el olor es muy claro, ¿verdad? Sí, sin duda. Decididamente, se trata de Allium sativum. Ajo común doméstico. ¿Es eso?
Los magos se le quedaron mirando. Luego contemplaron el pequeño diente blanco. Luego, miraron de nuevo a Windle.
—He acertado, ¿verdad? —insistió el anciano, al tiempo que trataba de sonreír.
—Eh... —titubeó el archicanciller—. Sí. Sí, has acertado. —Ridcully trató de pensar en algo que añadir—. Bien hecho —dijo al final.
—Gracias por intentarlo —suspiró Windle—. No creáis, os lo agradezco de verdad.
Dio un paso hacia delante. Tanto habría dado que los magos intentaran detener el avance de un glaciar.
—Ahora voy a tumbarme un rato —dijo—. Ha sido un día muy largo.
Echó a andar con pasos tambaleantes hacia el interior del edificio. Avanzó por los pasillos hasta llegar a su habitación. Al parecer, alguien había trasladado sus cosas a ella, pero Windle solucionó el asunto por el sencillo sistema de cogerlo todo en una brazada y tirarlo al pasillo sin contemplaciones.
Luego se tendió en la cama.
Dormir. Bueno, estaba cansado. Para empezar, no era mala cosa. Pero dormir implicaba dejar de controlar su cuerpo, y aún no estaba seguro de que todos sus sistemas funcionaran bien del todo.
Además, en el fondo, ¿tenía que dormir? Al fin y al cabo, estaba muerto. Se suponía que eso era como estar dormido, solo que más. Todo el mundo decía que morir era como echarse a dormir, aunque, por supuesto, si uno no tenía cuidado, se le empezaba a pudrir la carne y se le caía.
Y también lo asaltó otra duda, ¿qué tenía que hacer uno cuando dormía? Soñar, por ejemplo... y eso estaba relacionado con lo de filtrar los recuerdos del día, o algo por el estilo. Pero ¿cómo se hacía?
Se quedó mirando el techo.
—Nunca me imaginé que estar muerto diera tantos problemas —dijo en voz alta.
Tras un rato, un chirrido ligero pero insistente le hizo girar la cabeza.
Encima de la chimenea había una palmatoria ornamental, que estaba fijada a la pared con una abrazadera. Era una parte del mobiliario tan familiar que Windle no la veía de verdad desde hacía cincuenta años.
Se estaba desatornillando de la pared. Giraba lentamente, dejando escapar un gemido metálico en cada vuelta. Tras una docena de giros, se terminó de desprender y cayó tintineando al suelo.
Los fenómenos inexplicables en sí no eran cosa rara en el Mundodisco.* Pero, por lo general, solían tener un objetivo más concreto. O al menos resultaban más interesantes que aquello.
No había más objetos que se movieran en la habitación.
* Por ejemplo, las lluvias de peces eran tan habituales en el pequeño poblado rodeado de tierras Aparadores de Pino, que sus habitantes habían desarrollado una floreciente industria de ahumado, salado y enlatado de arenques. Y, en las regiones montañosas de Syrrit, las ovejas que quedaban en los
Windle se tranquilizó, y volvió a concentrarse en organizar sus recuerdos. Allí había cosas de las que se había olvidado por completo.
Se oyeron unos susurros apresurados en el exterior, y entonces la puerta se abrió de golpe...
—¡Cogedle las piernas! ¡Cogedle las piernas! —¡Sujetadle los brazos!
Windle trató de incorporarse en la cama.
—Ah, hola a todos —dijo—. ¿Qué pasa?
El archicanciller, erguido en toda su altura a los pies del lecho, rebuscó en un saco y extrajo un objeto grande, pesado.
Lo sostuvo en alto.
—¡Ajá! —exclamó.
Windle le miró.
—¿Sí? —le alentó.
—Ajá —repitió el archicanciller, aunque con algo menos
de seguridad.
—Es el hacha simbólica de dos manos que se utiliza en el culto de Ío el Ciego —replicó Windle.
El archicanciller se le quedó mirando sin ninguna expresión. —Eh... sí —dijo—. Muy cier
